jueves, 14 de diciembre de 2017

Capítulo 36 - La Guerra entre griegos


La guerra entre griegos

Los hoplitas atenienses de Maratón, los de Esparta en las Termópilas y en Platea, los marineros y los epibatas de Atenas en Salamina salvaron a Grecia: sin ellos la civilización griega hubiera perecido sin desarrollarse, la Hélade se hubiera convertido en una satrapía persa.
Pero después de las guerras médicas, Grecia volvió contra sí misma toda su energía y su experiencia guerreras. Uno de los episodios más atroces y más significativos de la guerra del Peloponeso es el de Melos, en el 416 a. C. Esta pequeña isla doria del mar Egeo cometió el error, a los ojos de los atenienses, de querer ser neutral entre «los dos grandes» que entonces estaban en guerra. Hay que leer en Tucídides el trágico diálogo de los enviados atenienses y de los magistrados de Melos.
Los melios no cedieron y el ejército ateniense sitió Melos durante más de un año, pues la resistencia de ese puñado de hombres, celosos de su independencia, fue heroica: en una incursión mataron a muchos sitiadores. Los atenienses se vieron obligados a enviar refuerzos y ese fue el fin, que Tucídides cuenta en pocas palabras:
Se sitió la plaza con más refuerzos, hubo una traición y los habitantes se rindieron a la voluntad de los atenienses. Estos mataron a todos los hombres en edad de llevar armas y vendieron como esclavos a las mujeres y los niños. 
Y los melios eran griegos, no bárbaros.

Matanzas como ésta y las pérdidas en las luchas terrestres y marítimas debilitaron a Grecia y la dejaron sin hombres hasta el punto de que, en el siglo siguiente (siglo IV a. C.), para defender la ciudad tuvieron que contratar cada vez más a mercenarios, es decir, soldados extranjeros que ya no luchaban por patriotismo como ciudadanos, sino tan sólo para vivir a cambio de una paga.
Ya en el 399 a. C. los «diez mil» griegos de la Anábasis, entre los que figuraba el ateniense Jenofonte, que contará sus hazañas, eran soldados de oficio que ponían su espada al servicio de quien les pagara mejor: su historia saca a la luz las funestas consecuencias de una larga guerra que dejó a los antiguos combatientes reducidos a enrolarse en cualquier parte como mercenarios.
Pero estos aventureros pronto no tendrán que cruzar el mar para ganarse la vida y ponerse al servicio de un príncipe persa: las propias ciudades de Grecia, entre las que volvían a surgir discrepancias, se disputarán sus servicios a precio de oro.
En vano Demóstenes exhortará a menudo a sus conciudadanos para que suban ellos mismos a los trirremes y sirvan como hoplitas: contra Filipo prefirieron casi siempre recurrir a los mercenarios, y al final se decidieron, cuando ya era demasiado tarde, y fue en Queronea (338 a. C.) donde las mejores tropas de Atenas y de Tebas sucumbieron bajo la falange macedónica.

Carácter religioso de la guerra
En Atenas sobre todo, el juramento de los efebos y su visita a los santuarios daba un carácter religioso a la entrada en la carrera de las armas.
En los ejércitos de todas las ciudades griegas había numerosos ritos que jalonaban el comienzo de cada campaña militar y las distintas etapas de la guerra.
Antes de decidir una guerra, se consultaba a los dioses dirigiéndose, por ejemplo, al oráculo de Apolo Pitio, o incluso a los oráculos o adivinos locales.
Una vez decidida la guerra, no se rompían las hostilidades hasta que el heraldo, personaje investido de un carácter sagrado, hubiera procedido a la declaración solemne de guerra. Llegado el caso, el heraldo también llevaba las propuestas de tregua o de paz. La declaración de guerra entre dos polis se caracterizaba jurídicamente por la interrupción de toda relación entre ambas, a través de los heraldos (akerictí).

Neoptólemo mata a Príamo

En cuanto el ejército estaba preparado para partir, no podía ponerse en camino cualquier día. Los espartanos llegaron a Maratón después de la batalla, porque un escrúpulo religioso les prohibía entrar en campaña antes de la luna llena.
La expedición a Sicilia, iniciada un día nefasto, terminó en catástrofe.
En el momento en que el ejército estaba listo para la marcha, su jefe ofrecía un sacrificio y pronunciaba una oración.
Si era devoto, como Nicias, tenía mucho cuidado en no olvidar las imágenes de los dioses de Atenas y un altar portátil donde ardía el fuego perpetuo de la ciudad. Asimismo llevaba con él varios adivinos, pues durante la campaña no se podía adoptar ninguna decisión importante sin consultar previamente a los dioses.
Cuando los dos ejércitos estaban ya alineados frente a frente para la batalla, en cada campo el jefe, asistido por los adivinos, dirigía a los dioses unas plegarias consagrándoles las personas y los bienes de los enemigos. También inmolaban víctimas y los adivinos trataban de descifrar los presagios en sus entrañas.
Podía ocurrir que uno de los adversarios iniciara la acción y que el otro no intentara defenderse, si los dioses no se habían pronunciado con claridad: en Platea, el ejército espartano, inmóvil, con las armas a los pies y el escudo en el suelo, recibió una lluvia de flechas mientras esperaba que los dioses hablaran. 
En la lucha, los dioses y los héroes no abandonaban a sus fieles, sino que luchaban con ellos. En la batalla de Maratón contra los persas, muchos soldados atenienses creyeron ver a Teseo en armas, que se lanzaba a la cabeza contra los bárbaros. 
En época homérica, sólo se hacían prisioneros para inmolarlos después, ya que los dioses tenían derecho a ese sacrificio humano, excepto cuando se esperaba obtener un rescate del cautivo.
Todavía en época clásica era frecuente matar sin piedad a los enemigos vencidos en el mismo campo de batalla e incluso después de la batalla cuando se habían rendido. Se remataba a los heridos.
Cuando se tomaba una ciudad, se pasaba a cuchillo a las mujeres, a los ancianos y a los niños. Se vendía como esclavos a quienes se perdonaba la vida.
Ésta era la guerra, consagrada, o más bien, impuesta por la religión. El vencedor tenía el deber de enterrar a sus muertos y de conceder una tregua a los vencidos, para que pudieran hacer lo mismo.
A los enemigos muertos y a los prisioneros se les quitaban las armas. Amontonadas en el campo de batalla o agrupadas sobre troncos de árboles, constituían el trofeo sagrado y objeto de culto que se dedicaba a los dioses. Ese maniquí cubierto de armas se consideraba una estatua divina.
Erigir el trofeo era mostrarse victorioso. Tras un combate de resultado incierto, podía ocurrir que ambos adversarios erigieran un trofeo.
En la época clásica no se consagraba a los dioses la totalidad del trofeo, sino sólo una décima parte (decate), el diezmo. Éste es el origen de monumentos a menudo fastuosos que se apiñaban a lo largo de las vías sagradas de los santuarios panhelénicos, como en Delfos, y ante los cuales se escandalizaría Plutarco, sacerdote de Apolo Pitio:
Esos monumentos en los que el dios está rodeado por todas partes de primicias y diezmos, que son producto de matanzas, de guerras y de saqueos, y ese templo lleno de despojos y botines tomados a los griegos, ¿podemos ver todo eso sin indignarnos? ¿Cómo podemos no apiadarnos de los helenos cuando leemos en bellas ofrendas inscripciones tan vergonzosas como éstas: «Brásidas y los acantos con los despojos de los atenienses», «los atenienses con los despojos de los corintios», «los focenses con los despojos de los tesalios»?
Así como durante la campaña se arrasaban las tierras del enemigo y parecía normal arrancar las cosechas y talar los árboles, incluso los olivos, del mismo modo, tras la victoria, el territorio enemigo pertenecía al vencedor, que podía destruir las casas y hacer desaparecer cualquier signo de vida en esa tierra.
Cuando se firmaba un tratado de paz, los dioses presidían este acto solemne. En la fórmula del juramento se les nombraba como garantes y este juramento quedaba sellado con un sacrificio.

Batalla de Sepeia 494 a.C.
Durante siglos, las ciudades-estado de Argos y Esparta estuvieron peleando por el control y el liderazgo del Peloponeso. Cleomenes I, rey de Esparta le fue profetizado por el oráculo de Delfos que iba a tomar Argos. Feliz con la noticia de que iba a poner fin al viejo enemigo de Esparta, llevó a su ejército que eran unos 2.500 hoplitas hacia el norte para atacar a su rival. Tomó una ruta bastante extraña según Herodoto, hizo un sacrificio en el río Erasmus, pero los presagios le fueron desfavorables. Creyendo que el pase por el río le estaba prohibido; cruzó a través de mar y desembarcó al sureste de Argos, cerca de la ciudad de Nafplio cerca de Tirinto.
Batalla de Sepeia 494 a.C. Ruta de las fuerzas espartanas, al serle desfavorable el sacrificio, Cleomenes rey de Esparta, decidió no cruzar el río Erasmus y trasladar sus fuerzas por mar.

Los argivos reunieron su ejército que tendría unos 2.000 hoplitas y marcharon hacia el sur para enfrentarse con ellos fuera de la ciudad de Tirinto en un lugar llamado Sepeia.
El líder argivo dijo a su heraldo que hiciese el eco de las órdenes dadas por su homólogo espartano, para evitar cualquier engaño y permitir que los argivos siguiesen lo que los espartanos estaban haciendo. Cuando Cleómenes descubrió lo que estaba pasando, dijo en secreto a sus tropas que atacasen los argivos, cuando el heraldo diese el mensaje de romper la formación para la comida. El heraldo espartano dio el mensaje y el heraldo argivos lo imitó, preparándose para la comida mientras que la fuerza espartana atacó, cogiéndoles desprevenidos y atacándoles mientras comían.

Batalla de Sepeia 494 a.C. Las fuerzas espartanas de Cleomenes I derrotan a los argivos y establecen el dominio espartano completo en el Peloponeso. Según Herodoto, el ejército espartano engañó a los argivos haciéndoles creer que iban a comer.

Según Herodoto, rey espartano Cleómenes masacró a los restantes argivos, quemándolos vivos en el bosque sagrado de Argos donde habían huido para refugiarse, mandando prender fuego. Tras la batalla Esparta quedó como la única potencia del Peloponeso.
En el 468 a.C. Atenas se alió con Tesalia y Argos que seguía siendo la rival más poderosa de Esparta en el Peloponeso, la guerra con Esparta estaba asegurada, Esparta como respuesta creó la liga del Peloponeso.
Cimón fue sustituido por Pericles, reforzando el puerto del Pireo uniéndolo con murallas con Atenas.
El primer acto bélico se produjo en el 458 a.C., cuando Atenas arrebató Naupactos (Lepanto) a los lócridas ozolienos, dominando así el golfo de Corinto y estableciendo restricciones sobre el comercio con Italia y Sicilia, más adelante los megarenses se apartaron de la liga del Peloponeso, lo que significó para Atenas una fuerte defensa avanzada contra la posibilidad de una invasión terrestre del Ática. Pericles disponía de una fuerza de 13.000 hoplitas, 16.000 hombres para guarnecer las fortificaciones, 1.600 arqueros y 300 trirremes.

Batalla de Tanagra 457 a.C.
Al estallar la guerra, Atenas descargó el primer golpe en Argólida, aunque sin fortuna, seguido de una batalla naval en el golfo sarónico y el bloqueo de Egina por tierra y por mar.
Esparta respondió mandando un ejército bajo el mando de Nicodemo con 1.500 hoplitas espartanos y 10.000 peloponenses aliados a Boecia para inducirla a entrar en la Liga. Una vez conseguido su objetivo, de regreso se dirigieron a Atenas, derrotando en la batalla de Tanagra a un ejército ateniense de 14.000 efectivos bajo el mando de Mirónides que había ido a cerrarles el paso, no se sabe la disposición de los ejércitos, el combate fue igualado y duro, los espartanos estarían consiguiendo definir la batalla por el lado derecho, cuando los escuadrones de caballería tesalios se percataron, cambiaron entonces de bando. Este hecho fue clave, pues al comenzar la huida, los atenienses y sus aliados tuvieron que soportar el acoso de la caballería. Ambos bandos debieron de tener muchas bajas, ya que los espartanos regresaron a Esparta inmediatamente y no aprovecharon el éxito.
Dos meses después, los atenienses se reagruparon y derrotaron a los tebanos en la batalla de Enofita, a pocos kilómetros de la batalla anterior, destruyeron a continuación las murallas de Tanagra y causaron estragos en Lócrida y Fócida, tomando el control de Beocia excepto Tebas.
En el 456 a.C, una expedición ateniense a Egipto acabó en desastre, los atenienses y sus aliados perdieron 250 barcos y casi 50.000 hombres a manos de los persas. Poco tiempo después hubo una revuelta en Tesalia, y las fuerzas atenienses enviadas fueron rechazadas. Cansados de guerra, los atenienses llamaron de nuevo a Cimón que suscribió con los persas el tratado de paz de Calias, y firmó una paz con los espartanos de 30 años a cambio del reconocimiento espartano de los territorios atenienses.

Guerra del Peloponeso
La guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) fue un conflicto militar que enfrentó a la Liga de Delos (encabezada por Atenas) con la Liga del Peloponeso (encabezada por Esparta).
Tradicionalmente, los historiadores han dividido la guerra en tres fases. Durante la primera, llamada la guerra arquidámica, Esparta lanzó repetidas invasiones sobre el Ática, mientras que Atenas aprovechaba su supremacía naval para atacar las costas del Peloponeso y trataba de sofocar cualquier signo de malestar dentro de su Imperio. Este período de la guerra concluyó en 421 a. C., con la firma de la Paz de Nicias. Sin embargo, al poco tiempo el tratado fue roto por nuevos combates en el Peloponeso lo que llevó a la segunda fase. En 415 a. C., Atenas envió una inmensa fuerza expedicionaria para atacar a varios aliados de Esparta. La expedición ateniense, que se prolongó del 415 al 413 a. C., terminó en desastre, con la destrucción de gran parte del ejército y la reducción a la esclavitud de miles de soldados atenienses y aliados.
Esto precipitó la fase final de la guerra, que suele ser llamada la guerra de Decelia. En esta etapa, Esparta, con la nueva ayuda de Persia y los sátrapas (gobernadores regionales) de Asia Menor, apoyó rebeliones en estados bajo el dominio de Atenas en el mar Egeo y en Jonia, con lo cual debilitó a la Liga de Delos y, finalmente, privó a Atenas de su supremacía marítima. La destrucción de la flota ateniense en Egospótamos puso fin a la guerra y Atenas se rindió al año siguiente.
La guerra del Peloponeso cambió el mapa de la Antigua Grecia. Desde un punto de vista helénico, Atenas, la principal ciudad antes de la guerra, fue reducida prácticamente a un estado de sometimiento, mientras Esparta se establecía como el mayor poder de Grecia. El costo económico de la guerra se sintió en toda Grecia; un estado de pobreza se extendió por el Peloponeso, mientras que Atenas se encontró a sí misma completamente devastada y jamás pudo recuperar su antigua prosperidad. ​ La guerra también acarreó cambios más sutiles dentro de la sociedad griega; el conflicto entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana, cada una de las cuales apoyaba a facciones políticas amigas dentro de otras ciudades estado, hizo de las guerras civiles algo común en el mundo griego.
Mientras tanto, las guerras entre ciudades, que originariamente eran una forma de conflicto limitado y formal, se convirtieron en luchas sin cuartel entre ciudades estado que incluían atrocidades a gran escala. La guerra del Peloponeso, que destrozó tabúes religiosos y culturales, devastó extensos territorios y destruyó ciudades enteras, marcó el dramático final del dorado siglo V a. C. de Grecia. 
En la Historia de la Guerra del Peloponeso, libro uno, sección 23, Tucídides aclara que Esparta comenzó la guerra con Atenas «porque temía que los atenienses se hicieran más poderosos, al ver que la mayor parte de Hellas se encontraba bajo el control de Atenas».4​ Ciertamente, los casi cincuenta años de historia griega que precedieron al inicio de la guerra del Peloponeso habían estado marcados por el desarrollo de Atenas como uno de los poderes principales en el mundo mediterráneo. Tras rechazar los griegos la invasión persa en el año 480 a. C., Atenas encabezó la coalición de polis (ciudades estado) griegas que continuaron las guerras médicas conocida como la Liga de Delos, atacando territorios persas en el Egeo y Jonia. Lo que siguió fue un período al cual se ha denominado Pentecontecia (nombre dado por Tucídides), en el cual Atenas fue conocida más ampliamente por la historiografía griega con el de Imperio ateniense, impulsando una guerra agresiva contra el Imperio aqueménida. Para mediados del siglo, los medos habían sido expulsados del Egeo y obligados a ceder el control de una amplia cantidad de territorios a los atenienses. Al mismo tiempo, Atenas incrementó su poder. Durante el curso del siglo, varios de sus ex aliados independientes fueron reducidos al estatus de estados tributarios de la Liga de Delos; estos tributos fueron empleados para el mantenimiento de una poderosa flota y, luego de mitad de siglo, para financiar grandes programas de trabajos públicos en Atenas.
A poco de instaurada la Pentecontecia, comenzaron a surgir fricciones entre Atenas y las polis peloponesias, incluida Esparta; tras la salida de los persas de Grecia, Esparta trató de evitar la reconstrucción de las murallas de Atenas (sin las murallas, los atenienses habrían estado indefensos ante un ataque por tierra y sujetos al control espartano), pero fueron rechazados.7​ Según Tucídides, aunque Esparta no realizó ninguna acción en ese momento, «se sintieron ofendidos sin manifestarlo».​ Los incidentes motivados por la reconstrucción de las murallas de Atenas comenzaron a deteriorar sensiblemente las relaciones entre ésta y Esparta.
En 465 a. C. volvieron a estallar conflictos entre las polis con el inicio de una revuelta ilota en Esparta. Los espartanos solicitaron ayuda a todos sus aliados, Atenas incluida, para sofocar la rebelión. Atenas envió un contingente considerable pero, al llegar, fueron enviados de regreso por los espartanos, mientras que los hombres de los demás aliados tuvieron permiso de quedarse. 
De acuerdo con Tucídides, los espartanos actuaron de tal manera por temor a que los atenienses cambiasen de bando y apoyaran a los ilotas; ofendidos, los atenienses repudiaron su alianza con Esparta. Cuando finalmente los rebeldes ilotas debieron rendirse y abandonar el país, los atenienses los establecieron en una ciudad estratégica, Naupacto, en el golfo de Corinto. 
En 459 a. C., Atenas se aprovechó de una guerra entre la ciudad vecina de Megara y Corinto, ambas aliadas de Esparta, para sellar una alianza con Megara, obteniendo así un asidero fundamental en el istmo de Corinto. A continuación ocurrió un conflicto de quince años, conocido comúnmente como la Primera Guerra del Peloponeso, en el cual Atenas luchó con intermitencia contra Esparta, Corinto, Egina y otros estados griegos. Durante un tiempo en medio de este conflicto, Atenas controló no sólo Megara, sino también Beocia; sin embargo, cuando éste terminó, y enfrentados a una invasión masiva del Ática por Esparta, los atenienses cedieron los territorios que habían ganado en la Grecia continental, y tanto Atenas como Esparta reconocieron los derechos uno del otro a controlar sus respectivos sistemas de alianzas. Oficialmente, la guerra finalizó con la Paz de los Treinta Años, firmada durante el invierno de 446/445 a. C. 
Dos acontecimientos condujeron a la reanudación de la guerra que rompía la Paz de los Treinta Años firmada en 446/445 a. C.:
·       la guerra entre Corinto y Corcira
·       y la defección de Potidea, colonia de Atenas. 

Dos hechos trascendentales fueron los detonantes de la conflagración:
·       el decreto ateniense contra Megara, descrito más abajo.
·       y el mencionado crecimiento extraordinario del poder de Atenas 

Guerra entre Corinto y Corcira
En el 435 a. C., Corcira y Corinto rompieron hostilidades. Corinto, con colonias en el Adriático, intervino en la stasis (guerra civil) entre demócratas y oligarcas de su colonia de Epidamno y envió clerucos (colonos) y una guarnición. Los oligarcas pidieron ayuda a Corcira, antigua colonia de Corinto, y aquella asedió por mar a la ciudad de Epidamno con 40 barcos y la cercaron por tierra los exiliados de esta ciudad y sus aliados ilirios. Los corintios enviaron una expedición formada por naves y contingentes peloponesios y jonios aliados de algunos miembros de la Liga del Peloponeso, como los tebanos. Los corcireos fueron a Corinto y solicitaron el arbitraje de la Liga del Peloponeso y del oráculo de Delfos. Como los corintios se opusieron, se entabló una batalla naval frente al promontorio de Leucimna, en Corcira, en la que vencieron los corcireos, que expugnaron Epidamno, la cual firmó la capitulación.
Dos años después de su victoria naval, en 433 a. C., Corcira solicitó su inclusión en la Liga de Delos, puesto que los corintios estaban preparando una gran flota para consumar su venganza.
Según Plutarco, los atenienses, a sugerencia de Pericles, les enviaron una flota de diez trirremes, una mínima escuadra disuasoria, bajo el mando de Lacedemonio (hijo de Cimón de Atenas), ​ y posteriormente otro contingente de veinte, con la orden expresa de no trabar combate con los corintios si estos no atacaban a la ciudad de Corcira.
En la batalla de las islas Síbota, ​ se enfrentaron las flotas corcirea y corintia pero, antes de la inminente victoria de los corintios, estos divisaron una escuadra de veinte naves atenienses que se acercaban. Los corintios, que ignoraban cuál era o podría ser la magnitud de la flota ateniense, se retiraron.
Corcira concluyó un epimachía (alianza defensiva) con Atenas para no vulnerar las cláusulas de la Paz de los Treinta Años, que conllevó la presencia ateniense en los puertos de Corcira, impidiendo a Corinto frenar la expansión ateniense hacia Occidente.  

Los intereses atenienses y corintios chocaron también en el norte del mar Egeo. Potidea, ciudad de Calcídica, miembro de la Confederación de Delos, mantenía relaciones con su metrópoli, Corinto, que seguía enviando a los epidemiurgos.
Atenas ordenó a Potidea derribar la muralla del lado del mar, que la separaba de la península de Palene, que entregasen rehenes y que no aceptase la presencia de los magistrados corintios.
Potidea contaba con el apoyo de Esparta y del rey macedonio Pérdicas II, por lo que se negó. Los espartanos les habían prometido invadir el Ática en el caso de que los atenienses atacasen Potidea. Esta anunció su retirada de la alianza ateniense en el 432 a. C., y acogió dentro de sus murallas a un cuerpo expedicionario de corintios y peloponesios, mandados por Aristeo de Corinto, lo que casi supuso la ruptura del pacto del 446 a. C. por parte de los corintios, ya que la expedición estaba formada por voluntarios.
Atenas envió sus fuerzas a Tracia a principios del 432 a. C. contra Pérdicas al estallar la rebelión de Potidea. Según algunos historiadores que se basan en las listas de tributos del 432 a. C., es posible que Atenas, con vistas a la guerra con este rey, aumentara de 6 a 15 talentos el tributo (phoros) de Potidea.
La rebelión de Potidea había sorprendido al cuerpo expedicionario ateniense de treinta trirremes enviado contra Pérdicas; estos resultaban insuficientes para asediar Potidea. Por ello, primero se apoderó de Terma, después sitió Pidna y obligó a los macedonios a firmar la paz con Atenas.

Poco después Atenas ordenó el ataque a Potidea y envió nuevas tropas mandadas por Calias y por Formión. No envió más contingentes en previsión de que Esparta cumpliera la promesa hecha a Potidea de invadir el Ática. 
Potidea fue una importante colonia corintia, fundada hacia el año 600 a. C. y ubicada en el istmo que une a Palene con la península Calcídica, pero se convirtió en miembro de la confederación de Delos al final de la invasión persa por lo que rendía tributo a Atenas. Tras la batalla de Síbota, Atenas exigió a Potidea que demoliera la muralla que daba a la península de Palene (de esta manera quedaría expuesta a un ataque por mar y facilitaría el control por parte de la flota ateniense), expulsara a los magistrados corintios y enviara rehenes. Los atenienses temían que Potidea se revelara debido a la influencia corintia o del rey Pérdicas II de Macedonia, quien alentaba deserciones entre los aliados de Atenas en Tracia. ​
En efecto, los atenienses tomaron las precauciones mencionadas porque Corinto se mostraba abiertamente hostil después del conflicto en Corcira y Pérdicas II era enemigo de Atenas debido la alianza que esta ciudad había pactado con su hermano Filipo y su enemigo Derdas, quienes conspiraban en su contra. Para facilitar el conflicto en su país, Pérdicas buscó desestabilizar al imperio ateniense: envió embajadores a Esparta para incitar el estado de guerra y negoció la sublevación de algunos territorios cercanos como calcidea y Botiea. Los atenienses descubrieron las intrigas del rey macedonio y para prevenir la rebelión de sus aliados enviaron a Poitidea una flota de treinta trirremes y mil hoplitas bajo el mando de Arquéstrato. Esta expedición había sido destinada en un principio para atacar el territorio de Pérdicas, pero fue dirigida a Potidea para tomar los rehenes que había exigido, demoler la muralla y mantener vigiladas a las ciudades vecinas para prevenir posibles rebeliones.
Ante esta situación, los potideatas enviaron embajadores a Atenas para persuadirlos de que tomaran cualquier medida contra ellos y a Esparta para procurarse su apoyo ante cualquier necesidad. No lograron una respuesta favorable en Atenas, pero sí en Esparta, que prometió invadir el ática en el caso de que fueran atacados por los atenienses. A pesar de que esta promesa no se cumplió, dio píe a Potidea para pactar junto a los potideos y a los calcideos y sublevarse del dominio ateniense.
Cuando los comandantes de la flota ateniense que había sido redestinada desde Macedonia a Poitidea para prevenir su rebelión descubrieron que ya se había sublevado, decidieron volver a la costa macedonia para continuar la guerra contra Pérdicas II puesto que no les era posible luchar con tan solo mil hoplitas en los dos frentes.
Según Tucídides, ante la presencia de naves áticas en Macedonia, Corinto vio en peligro sus intereses en la región y envió una expedición de voluntarios conformada por mil seiscientos hoplitas y cuatrocientos soldados de infantería ligera a Potidea bajo el mando de Aristeo, quienes llegaron la ciudad 40 días después de iniciada la sublevación. ​ Al mismo tiempo cuando Atenas se enteró de que las tropas de Aristeo iban en camino a Potidea, envió contra las ciudades rebeldes un nuevo ejército, constituido por dos mil hoplitas y cuarenta naves bajo el mando de Calias y otros cuatro estrategos. ​ Las nuevas tropas atenienses se dirigieron primero a Macedonia, donde se acoplaron a los otros mil hombres de la expedición anterior que para ese momento habían tomado Terme y habían comenzado el asedio de Pidna, pero movidos por la necesidad de luchar contra las ciudades sublevadas firmaron con Pérdicas un pacto de paz temporal y marcharon rumbo a la península Calcídica. 
Las tropas atenienses, conformadas en ese momento por tres mil hoplitas liderados por Calias y seiscientos jinetes macedonios comandados por el hermano de Pérdicas y aliado de Atenas, Filipo, llegaron a píe a un pequeño emplazamiento llamado Gigono y acamparon. Las tropas corintias y potideatas ya habían acampado en el istmo de Palene, al mando de Aristeo la infantería y de Pérdicas (que ya había roto el tratado con Atenas) la caballería.
Aristeo buscó mantener a su ejército en el istmo mientras que sus aliados calcideos y a la caballería de Pérdicas se ubicarían en la ciudad de Olinto, para que de esta manera, si Calias los atacaba, las tropas de Olinto acudirían auxiliarlos y atraparían a los atenienses entre los dos ejércitos. Sin embargo, Calias y los otros estrategos previeron esta situación y enviaron a la caballería macedonia y a algunos soldados aliados hacia Olinto para prevenirla. Acto seguido levantaron el campamento y marcharon a Potidea y los ejércitos se enfrentaron.

Combate
Comenzada la batalla, el ala de Aristeo y las tropas de élite de Corinto derrotaron a una sección de la línea ateniense y la persiguieron largo trecho mientras que los atenienses resultaron victoriosos contra el resto del ejército pelopenesio.13​ Aristeo, al enterarse de la derrota del resto del ejército, dudó en el momento de elegir el camino por el cual regresar debido al contingente ateniense apostado cerca de Olinto. Decidió volver a lo largo de la costa con alguna dificultad, con la esperanza de evitar a la falange principal ateniense. Una fuerza de reserva de potideatas, localizada en la vecina polis de Olinto intentó ayudar a Aristeo, pero fueron derrotados.
Los corintios y los potideatas perdieron unos 300 hombres y los atenienses unos 150, incluyendo a Calias. La caballería macedonia no se unió a la batalla. Finalizada la batalla los atenienses erigieron un trofeo y permitieron a los potideatas la recolección de los cadáveres de sus soldados. 

Asedio
Luego de la batalla, los atenienses permanecieron fuera de Potidea y construyeron una muralla para bloquear e iniciar el asedio de la ciudad. Como no eran suficientes para bloquear las dos salidas de la ciudad, fueron reforzados por otros mil seiscientos hoplitas comandados por Formión, quienes terminaron de amurallar la puerta sur de Potidea. Además, cortaron la salida al mar mediante un bloqueo naval.
Tucídides relata que Aristeo, el comandante corintio, propuso dejar en Potidea a un grupo de quinientos hombres para su defensa y que el resto huyera por mar. De esta manera, la ciudad aguantaría más tiempo el asedio al consumirse menos suministros. Sin embargo, la idea fue rechazada y Aristeo huyó de Potidea por su propia cuenta. Se unió a la lucha de otras ciudades sublevados de Calcidea y comandó un ataque contra la ciudad de Sermilia. ​ En cuanto a Formión, saqueó con sus hoplitas varias localidades de la península durante el tiempo que duró el asedio.
Durante el bloqueo, representantes atenienses y espartanos se reunieron en Esparta, cuyo resultado de ello fue una declaración formal de guerra.
Sin embargo, este asedio mermó seriamente el tesoro ateniense, que supuso un gasto de mil talentos por año en este ataque. Esta, en combinación con la plaga que asoló a Atenas a principios de la década del 420 a. C., hizo el control de Pericles insostenible. La estrategia períclea de guarecerse detrás de los Muros Largos y depender de las pocas reservas que les quedaban volvieron desfavorables las conciencias de sus conciudadanos hacia el gran estadista ateniense.
Alcibíades y Sócrates estuvieron entre los soldados atenienses en esta batalla, en la cual el filósofo salvó la vida de su pupilo.
En el Museo Británico se conserva el epitafio referente a los muertos de la batalla de Potidea, que reza lo siguiente: «El éter recibió a sus almas, la tierra a sus cuerpos».
En 447 a. C., después de la derrota de los atenienses, batidos por los beocios en Coronea, los megarenses se rebelaron. Con la ayuda de los corintios, sicionios y epidaurios masacraron la guarnición ateniense. Megara que se había unido a Atenas al separarse de la Liga del Peloponeso, cambió su alianza. En respuesta Atenas envió tropas para reconquistar Pegas. La Ekklesía (Asamblea del pueblo ateniense) promulgó un decreto que les excluía de todos los puertos y fondeaderos del Imperio ateniense. Tales medidas afectaron gravemente a la economía de Megara, que pidió a Esparta y a la Liga del Peloponeso la guerra contra Atenas. Esta fue una de las causas que precipitaron el inicio de la guerra. 

El Decreto de Mégara o Decreto Megarense fue un conjunto de sanciones económicas impuestas a Mégara en 433 a. C. por Atenas poco antes del estallido de la Guerra del Peloponeso.
La razón por la que se dictó el decreto fue que los megarenses, supuestamente, habían ocupado tierra sagrada de Démeter, para cultivarla, en Eleusis. El decreto prohibía a los megarenses, pertenecientes entonces a la Liga del Peloponeso, entrar en los puertos y mercados del imperio ateniense, ​ asfixiando la economía de Mégara. La prohibición puso a prueba la frágil paz (la Paz de los Treinta Años) entre Atenas y Esparta, que era aliada de Mégara.
Si este decreto precipitó el inicio de la Guerra del Peloponeso es un tema controvertido. La fecha, contenido y motivos del decreto (psephisma) de Pericles prohibiendo el acceso a Mégara de todos los mercados atenienses y de sus aliados, son temas debatidos. ​ De Ste. Croix considera que una sanción comercial no afectaría significativamente a Mégara, pues el decreto se aplicaba sólo a ciudadanos megarenses, cuando parece ser que la mayor parte del comercio en todas las ciudades se llevaba a cabo por metecos (extranjeros).
Probablemente el argumento más poderoso es que, independientemente de que el decreto afectara a Mégara, no parece probable que este fuera el suceso que espoleó a Esparta a iniciar la guerra. Sabemos por el debate espartano durante la revuelta en Samos que estaban deseando ir a la guerra mucho antes del Decreto de Megara y que las afrentas a Corinto en Córcira y Potidea muestran que las fuerzas peloponesias se mostraban muy hostiles.
El creciente poder y corrupción en Atenas, en parte causado por sus beneficios de la Liga de Delos podía haber causado que Esparta y sus aliados en un principio empezaran a tener recelos de ellos y más tarde les temieran. El Decreto de Mégara, básicamente, impone sanciones económicas para perjudicar no sólo a Mégara, sino también a sus aliados que se beneficiarían de su comercio. Esto se vería por Esparta y sus aliados como otro movimiento de Atenas para debilitar a sus rivales y extender su dominio, influencia y poder. Mégara era también un punto estratégico cercano a Atenas que proveía a Esparta de posibles puestos militares cercanos a Atenas, así como de sus ventajas económicas derivadas del comercio.

La ruptura de la paz
En 440 a. C., la Paz de los Treinta Años fue puesta a prueba cuando Samos, uno de los aliados más poderosos de Atenas, se rebeló contra la alianza. Los rebeldes se aseguraron rápidamente el apoyo de un sátrapa persa, y Atenas se encontró ante la necesidad de encarar revueltas a lo largo de su imperio. Los espartanos, cuya intervención hubiese desatado una guerra para determinar el destino del imperio, convocaron a sus aliados a un congreso para discutir la posibilidad de entrar en guerra con Atenas. No obstante, la decisión del congreso fue no intervenir; los atenienses aplastaron la revuelta y la paz se mantuvo.
La segunda prueba para la paz, y la causa inmediata de la guerra, llegó en la forma de varias acciones atenienses específicas que afectaron a los aliados de Esparta, principalmente a Corinto. Atenas había sido convencida de intervenir en una disputa entre Corinto y Corcira respecto de la guerra civil en Epidamnos y, en la batalla de Síbota, un pequeño contingente de trirremes atenienses jugaron un papel sumamente importante al evitar que la flota corintia capturase Corcira. Sin embargo, cabe notar que los atenienses habían recibido instrucciones indicándoles que no interviniesen en la batalla. La presencia de navíos de guerra de Atenas cerca del lugar donde tenía lugar la batalla fue suficiente para disuadir a los corintios de aprovechar su victoria, salvando así a la mayor parte de la derrotada flota corcirea. Después de eso, Atenas sitió Potidea, un aliado tributario de los atenienses y ex colonia de Corinto.
Ultrajados, los corintios comenzaron a presionar a Esparta para que tomara alguna medida en contra de Atenas. Mientras, Corinto ayudaba de manera no oficial a Potidea infiltrando grupos de soldados dentro de la ciudad sitiada para ayudar a su defensa. Estos acontecimientos fueron una violación directa al Tratado de los Treinta Años, que, entre otras cosas, había estipulado que las Ligas de Delos y del Peloponeso respetarían mutuamente sus autonomías y cuestiones internas.

Polis griegas del Egeo septentrional en 431 a. C. 

Una nueva provocación surgió en la forma de un decreto ateniense (promulgado en 433/2 a. C.) que imponía estrictas sanciones comerciales contra Megara (otra aliada de Esparta tras la Primera Guerra del Peloponeso). Las sanciones, conocidas en conjunto como el Decreto de Megara, fueron ignoradas por Tucídides, pero los historiadores económicos modernos han notado que prohibir a Megara comerciar con el próspero Imperio ateniense habría sido desastroso para Megara y, por lo tanto, consideran al decreto como una causa más de la guerra. ​
En medio de estos eventos, los espartanos llamaron a una reunión de la Liga del Peloponeso en Esparta en el año 432 a. C. Esta reunión recibió a representantes de Atenas al igual que a aquellos provenientes de las ciudades miembros de la Liga, y se convirtió en el escenario del debate entre atenienses y corintios. Tucídides informó que, hasta ese momento, los corintios habían condenado la inacción de los espartanos, advirtiéndolos de que, si seguían pasivos, pronto se hallarían rodeados de enemigos y sin ningún aliado. Como respuesta, Atenas recordó a Esparta su historial de victorias militares contra Persia y la previno de los peligros de enfrentarse a un Estado tan poderoso. Imperturbable, la mayoría de la asamblea espartana votó que los atenienses habían roto la paz, declarando, en esencia, la guerra.
El historiador Simon Hornblower afirma que de la narración de Tucídides se desprende que la causa profunda de la guerra se gestó durante la Pentecontecia, los 50 años que mediaron entre el final de la Segunda Guerra Médica y el estallido de la Guerra del Peloponeso. Dice también que el relato de Tucídides de los acontecimientos de la década 445-435 a. C. «son tratados no como parte de esos cincuenta años, a los que pertenecen estrictamente hablando, sino como parte de la sucesión de hechos que fueron la causa inmediata de la guerra». Añade que Tucídides en el libro I.23.6, «desarrolla la primera teoría de la causalidad histórica», donde dice que:
La causa más verdadera, aunque la que menos se manifiesta en las declaraciones, pienso que la constituye el hecho de que los atenienses, al hacerse poderosos e inspirar miedo a los lacedemonios, los obligaron a luchar. Pero las razones declaradas públicamente, por las cuales rompieron el tratado de la Paz de los Treinta Años y entraron en guerra, fueron las siguientes... 

Batalla de Potidea (432-35 a.C.)
En el 435 a.C, empezaron de nuevo las discordias, ese año Córcira (Corfú) se separó de Corinto y buscó apoyo en Atenas, Corcira era la llave del tráfico comercial italo-siciliano que proporcionaba trigo al Peloponeso. La flota de Corcira y Atenas que disponía de 110 trirremes, se enfrentó a la flota corintia que tenía 150 trirremes junto a la isla de Sibota, siendo derrotados los corintios que perdieron 70 naves frente a las 30 aliadas, los corintios se retiraron de Corcira.
Poco después los atenienses y los corintios lucharon otra vez, esta vez se debió a la rebelión de varias ciudades tributarias de Atenas ubicadas en la península Calcídica, rebelión que fue instigada y apoyada por el rey macedonio Pérdicas II, quien tenía intereses en debilitar el poder ateniense por motivos políticos y en ganarse la amistad de la liga del Peloponeso. Una vez efectuada la rebelión, Corinto envió soldados voluntarios para apoyarla, y al intervenir Atenas en la zona, sucedió el combate en la batalla de Potidea, la ciudad de Potidea se encuentra en el istmo entre Calcidia y la península de Pelane, las tropas atenienses mandadas por Calias con 3.000 hoplitas entre los que se encontraba el filósofo Sócrates, y 600 jinetes macedonios se enfrentaron a las fuerzas corintias mandadas por Aristeo que disponía de 1.200 hoplitas, 400 psiloi y 200 jinetes. El enfrentamiento tuvo lugar en el mismo istmo delante de la ciudad, los corintios fueron derrotados y se replegaron a la ciudad de Potidea, que estuvo sitiada durante tres años. Se sabe que el comportamiento de Sócrates en la batalla (junio del 432) fue brillante, salvando la vida a su, en esos momentos, discípulo Alcibíades. Durante el asedio pidieron ayuda a Esparta, cuyo resultado de ello fue una declaración formal de guerra.
Batalla de Potidaea 432 a.C. El filósofo griego Sócrates defiende a su alumno Albiciades herido. 

El coste de la guerra, junto una plaga que asoló a Atenas en el 427 AC, hizo el control de Pericles insostenible, muriendo a consecuencia de la misma, siendo sustituido por Cleón.
La guerra se extendió a Sicilia, Atenas mandó una flota allí para impedir el tráfico de trigo con el Peloponeso, allí la guerra prosiguió con altibajos.

Mapa de la Guerra del Peloponeso con indicación de las batallas 
La guerra arquidámica
Esparta y sus aliados, excepto Corinto, eran dominios con base predominante en tierra, capaces de convocar a grandes ejércitos terrestres que eran prácticamente invencibles (gracias a las legendarias fuerzas espartanas). El Imperio ateniense, pese a tener base en la península del Ática, se extendía entre las islas del mar Egeo; los atenienses obtenían su riqueza del tributo que pagaban esas mismas islas. Atenas mantenía su imperio por medio de su poderío naval. Por este motivo ambos estados eran relativamente incapaces de plantar una batalla decisiva.
Se conoce como la Guerra Arquidámica a la primera parte de la Guerra del Peloponeso, que comprende desde su estallido en 431 a. C. hasta la Paz de Nicias (421 a. C.). Su nombre deriva del rey de Esparta, Arquídamo II, quien (pese a no ser un entusiasta de la guerra) dirigió las invasiones peloponesias al Ática hasta su muerte en 427 a. C. El conflicto duró diez años y puede dividirse en cuatro fases:
1.     La guerra defensiva de Pericles (hasta su muerte).
2.     La guerra ofensiva de Atenas tras la muerte de Pericles.
3.     La ocupación ateniense de Pilos y Esfacteria.
4.     La paz del 421 a. C. lograda por el estratego ateniense Nicias. 

Hasta la muerte de Pericles
Los principales acontecimientos de la narración de Tucídides de la guerra hasta la muerte de Pericles, ​ son:
1.     La primera invasión del Ática por los espartanos.
2.     El principio del asedio de Platea por su vecina beocia, Tebas.
3.     La epidemia de peste en Atenas.  

Invasiones del Ática
El plan de operaciones de los espartanos y de la Liga del Peloponeso consistía en presentarse en el Ática todos los años, antes de la recolección, y arrasar los campos para forzar a los atenienses a iniciar una lucha en campo abierto, en la que resultarían perjudicados.
Por su parte, Esparta seguía fomentando el descontento entre los aliados atenienses de la Confederación de Delos.
Los atenienses sabían que el resultado final dependía de su flota a la que se asignó cuatro misiones específicas:
·       El control de las rutas marítimas del Mediterráneo Occidental a través del Golfo de Corinto y en torno a la península del Peloponeso.
·       Hostigar a los espartanos con desembarcos en sus costas.
·       Consolidar una serie de puntos estratégicos, claves para mantenerles bloqueados.
·       Aislar a las fuerzas peloponesias de sus aliados de Sicilia y de la Magna Grecia.
En 431 a. C., dos meses después de los hechos relatados en la siguiente sección, el ejército espartano se presentó en el Ática y Arquídamo intentó, como ya lo hiciera en una ocasión anterior, que los atenienses hicieran algunas concesiones. Pericles no cedió. Además la Asamblea ateniense promulgó un decreto por el que se prohibía negociar con el enemigo, si presionaba con las armas.
Para una mayor seguridad, los atenienses refugiaron a sus familias y sus bienes en los Muros Largos, y desde allí pudieron contemplar cómo sus trigales, viñedos y olivares eran destruidos por los peloponesios.
Arquídamo hubo de retirarse del Ática tas haber esperado inútilmente durante un mes a que salieran las tropas de Pericles a defender sus tierras y tratar de expulsarle. Por otra parte, carecía de alimentos, pues los atenienses habían retirado sus reservas de comida y sus ganados.

Representación de finales del siglo XIX de un hoplita espartano.

Ataque a Platea
Las acciones bélicas empezaron en el 431 a. C., con el ataque de Tebas contra la ciudad de Platea, aliada de Atenas, y hostil a la supremacía tebana en la Liga Beocia, la cual constituía una especie de puesto avanzado en territorio beocio. Entre las dos ciudades existían grandes tensiones, ya que los tebanos buscaban ampliar la Liga Beocia, al frente de la cual estaban, y no quería renunciar a Platea.
En la primavera de 431 a. C., los tebanos ayudados por una facción pro-tebana desde el interior intentaron apoderarse de Platea por sorpresa. La tentativa fracasó, pero los platenses, asustados, mataron a los 330 prisioneros tebanos que habían penetrado subrepticiamente en la ciudad, y dicha masacre alzó a los tebanos contra ellos.
Aunque la agresión tebana a un aliado ateniense abría tácitamente las hostilidades, el inicio «oficial» de la contienda, no llegó hasta mayo, con la invasión peloponésica del Ática encabezada por el rey euripóntida Arquídamo II.

Siguientes acciones bélicas
En estos primeros años de la guerra, Atenas desplegó una intensa actividad militar que se manifestó, entre otros hechos, en invadir anualmente a la vecina región de Megáride, la expulsión de los eginetas de su propia isla para establecer en ella clerucos (colonos) atenienses quienes, en virtud de un pacto entre Atenas y Esparta, se establecieron en la región de Tirea. También los atenienses se lanzaron al control absoluto del Golfo de Corinto y de la ruta marítima al mediterráneo occidental.
En 431 a. C., Pericles conforme a sus posibilidades y planes estratégicos, envió una escuadra de cien trirremes contra las costas del Peloponeso, que aunque fracasó en Metone (en la costa occidental de Mesenia), defendida por el general espartiata Brásidas, tuvo éxito en Élide.
Brásidas, atípico estratego espartiata, fue sin duda el más destacado de la guerra arquidámica, por lo que mereció el elogio de Tucídides por su talento militar y su habilidad diplomática.
El noroeste continental griego fue un importante teatro de operaciones, región en la que Atenas con la ayuda de sus aliados acarnanios, intentó eliminar la influencia corintia. En 431 a. C. las mismas 100 naves que habían circunnavegado el Peloponeso se apoderaron de la colonia corintia de Solio, desalojaron del poder en Ástaco al tirano filo-corintio Evarco -restaurado por los corintios en el invierno siguiente- y ganaron por medios diplomáticos la isla de Cefalonia, en la boca del Golfo de Corinto.
Los rápidos desembarcos en territorio perieco de Laconia y Mesenia se repitieron en años sucesivos:
·       en 430 a. C. Sobre dichas acciones véase el segundo párrafo de la sección Tras la muerte de Pericles.
·       en el verano de 428, cuando en dos ocasiones la flota ateniense asoló regiones costeras lacedemonias. Tucídides refleja la preocupación de los espartiatas. 

En la primavera de 430 a. C., 4000 hoplitas atenienses y 300 caballeros a bordo de 100 naves de transporte de caballería propias y 50 de Quíos y Lesbos, arrasaron la campiña de Epidauro e intentaron un asalto sobre la ciudad, que fracasó, tras lo cual devastaron los campos de Trecén, Halias y Hermíone, ​ ciudades situadas en la península de Acté, en el noroeste de la península peloponesia. La expedición terminó con la conquista y saqueo de Prasias.
La devastación de estas tres ciudades, además de minar la moral espartana, constituyó una llamada de atención a Argos para que abandonase su neutralidad y encabezara la oposición a Esparta en el Peloponeso. Por otra parte, Prasias, situada al sur de Cinuria, era un punto caliente del ancestral conflicto entre espartanos y argivos por la posesión de esta región fronteriza entre Laconia y la Argólida, querella que se recrudeció cuando los espartanos asentaron allí a los eginetas expulsados de su isla por los atenienses. 

En el verano del 430 a. C. se produjo un intento de acercamiento diplomático de Esparta a Persia, mediante el envío de una embajada integrada por los espartanos Aneristo, Nicolao y Pratodamo, el tegeata Timágoras, el corintio Aristeo y el argivo Pólide, que tenía como principal misión lograr el apoyo financiero el Gran Rey a la Liga del Peloponeso. La presencia en esta delegación de al menos dos espartiatas de alto linaje como eran Aneristo y Nicolao, descendientes de Espertias y Bulis, los dos nobles que ofrecieron sus vidas a Jerjes I para expiar el crimen cometido contra los heraldos del Gran Rey persa, ​ratificaba la disposición espartana a continuar la guerra hasta la desintegración del imperio ateniense, precisamente en un momento en que Atenas buscaba una solución pacífica al conflicto. De camino a Persia, los embajadores aprovecharon para persuadir al rey odrisio Sitalces de que abandonara la alianza ateniense, lo que podría ser muy útil para el auxilio a Potidea, e incluso para sublevar a toda la Calcídica, muy próxima al reino tracio. Pero casualmente, se hallaban en la corte de Sitalces dos embajadores atenienses que convencieron a Sádoco, hijo del soberano odrisio, que acababa de recibir la ciudadanía ateniense, para entregarles a los enviados peloponesios. Los integrantes de la embajada fueron apresados, conducidos a Atenas y ejecutados sin juicio previo. Tucídides explica la violación de la ley que permitía a cualquier individuo defenderse públicamente, por el temor que despertaba Aristeo, a quien se acusó de todos los males sobrevenidos en Potidea y Tracia.
A finales del verano de 430 a. C., los lacedemonios y sus aliados enviaron una expedición de 100 naves, con 1.000 hoplitas a bordo, contra la isla de Zacinto, ​ situada frente a Élide y aliada de Atenas. Al mando del espartiata Cnemo, desembarcaron y devastaron la mayor parte de la isla. Al no rendirse los zacintios pusieron proa hacia el Peloponeso. Tucídides da a entender que la campaña militar fue un fracaso por la participación de Cnemo como navarca (almirante), ya que lo veía como el arquetipo de espartiata por su falta de energía y decisión. ​Zacinto era de una gran importancia estratégica por servir de escala en los periplos atenienses del Peloponeso y dada su situación frente a las costas de Élide, no lejos de la base naval peloponesia de Cilene. Lo más importante es el momento en el que se produjo la expedición, poco después de que Atenas entablara negociaciones para el final de la guerra; conversaciones que no conocemos porque Tucídides ni siquiera las esboza, poco preocupado por los frustrados intentos de paz.
Atenas atravesaba por un momento muy difícil en la guerra, no tanto por las invasiones anuales de los peloponesios como por la epidemia que diezmaba a la población. Sumado a ello, estaba el rápido agotamiento del tesoro de Atenea, acelerado por la sangría financiera que suponía la prolongación del sitio de Potidea, y que la autoridad de Pericles era puesta en entredicho por una mayoría del pueblo que le culpaba de las desgracias de la guerra. Críticas que llegaron a concretarse en la privación temporal del cargo de estratego y en la imposición de una multa.
No se sabe qué condiciones ponía Esparta para sellar la paz, aunque no debieron de ser muy diferentes de las exigidas antes del estallido del conflicto, porque el silencio del historiador ateniense sugiere una intransigencia por ambos bandos y un escaso fruto de la vía diplomática. 

La peste
Una epidemia, originada en Etiopía, fue introducida por el puerto de El Pireo en 430 a. C. y rápidamente se propaló por una ciudad cuya densa población vivía apiñada dentro de las murallas en precarias condiciones higiénicas.
Pese a que Tucídides describe con precisión los síntomas, la naturaleza de la enfermedad sigue siendo objeto de debate entre los patólogos, que barajan las posibilidades de peste bubónica, tifus, viruela y gripe. ​
En tres años perecieron 4.400 hoplitas y 300 caballeros, es decir, aproximadamente un tercio de ambos cuerpos, un porcentaje de víctimas que presumiblemente también se registraría entre el conjunto de la población.
Pericles, sucumbió a la epidemia y murió en 429 a. C.
La epidemia, por otra parte, se repitió en 427 a. C. 

Tras la muerte de Pericles
El vacío de poder que dejó Pericles fue ocupado por el aristócrata Nicias y el demagogo Cleón, ​el primero partidario de un entendimiento con Esparta que pusiera fin al conflicto, y el segundo proclive a una guerra a ultranza y sin concesiones. Esta lucha interna afectó a la política exterior ateniense, que experimentó continuos vaivenes según el pueblo se dejaba persuadir por uno u otro líder. La herencia política del «Olímpico» recayó, además, en Éucrates y Lisicles. Ninguno de estos personajes supo aprovechar las oportunidades que se presentaron a los atenienses para salir airosa de una guerra difícil. 

Formión y Cnemo
En el verano de 429 a. C., los espartanos pusieron en práctica un vasto y ambicioso plan en el noroeste que aspiraba a la dominación no sólo de Acarnania, ​ sino también de las islas de Zacinto y Cefalonia e incluso de Naupacto, donde desde el invierno del 430-429 a. C., los atenienses situaron una flota bajo el mando de Formión que acrecentaba su control del Golfo de Corinto.

Mapa del Golfo de Corinto.
El plan espartano dificultaría extremadamente o incluso impediría a los atenienses la circunnavegación del Peloponeso y el bloqueo del Golfo de Corinto por falta de puertos en donde recalar sus naves. Pero la campaña acarnania, dirigida también por Cnemo, acabaría en otro descalabro debido a la mala coordinación entre los intervinientes y a la inconstancia en el liderazgo de los espartanos, más dispuestos a retirarse ante cualquier eventualidad o contratiempo que a empeñarse en una empresa lejana de la que no eran directos beneficiarios. ​Las 47 naves que constituían la flota de apoyo a Cnemo no pudieron eludir la vigilancia de Formión y se vieron obligadas a combatir a la entrada del Golfo de Corinto. Las dos naumaquias, en la segunda de las cuales se impuso Formión, a pesar de tener una desventaja en número de naves de casi 4 a 1, consiguió encerrar en el golfo a una gran parte de la escuadra peloponesia. Esto impidió a la Liga del Peloponeso participar en la defensa de las costas peloponesias, pues las consecuencias de ambas derrotas fueron desastrosas para ella.
Después, Formión dio un rodeo por Acarnania, región con varios territorios dominados por los aliados de Atenas. Regresó a Atenas por Naupacto, y así logró dificultar el suministro de trigo de la Magna Grecia al Peloponeso. A pesar de sus éxitos se le acusó ante los tribunales y fue condenado a pagar una multa que al no poder satisfacer, conllevó su atimia (pérdida de la ciudadanía). Debido a ello no pudo volver a desempeñar ningún cargo público.
En el plano militar, Atenas conservó Naupacto, con lo que ello significaba para el bloqueo del golfo y del istmo de Corinto, mientras que casi un cuarto de la flota peloponesia había quedado desmantelada y sus tripulaciones capturadas o muertas. Efectos que se dejaron sentir sobre la actividad naval en los siguientes años. Otro hecho no menos importante fue el afianzamiento naval del poder ateniense en el noroeste continental de Grecia en detrimento de los corintios, como demostrarían poco después las expediciones a Acarnania de Formión y de su hijo Asopio. 

Revuelta de Mitilene
La revuelta de Mitilene fue un incidente acaecido, en el que la ciudad de Mitilene trató de hacerse con la isla de Lesbos y de rebelarse contra Atenas. En el 428 a. C. el gobierno de Mitilene planeó una rebelión conjunta con Esparta, Beocia y otras ciudades de Lesbos. Mitilene comenzó los preparativos fortificando la ciudad y reuniendo suministros para una guerra prolongada. Sin embargo, dichas medidas fueron interrumpidas por la flota ateniense, que había sido advertida de la rebelión. Aunque Mitilene envió representantes a Atenas para negociar un acuerdo, al mismo tiempo y en secreto despachó una embajada a Esparta con el propósito de pedir ayuda.
El intento de alcanzar un acuerdo con Atenas fracasó, dado que ésta no deseaba que Mitilene subyugara a su aliada, la ciudad de Metimna, y la flota ateniense bloqueó por mar a Mitilene. Aunque Esparta aceptó proporcionar su ayuda a Mitilene y construyó una flota, se acobardó ante una muestra del poderío ateniense, por lo que no realizó ninguna acción contra Atenas durante el primer año de la contienda. Mientras tanto, arribaron a Lesbos 1000 hoplitas atenienses, lo que permitió completar el asedio por tierra. Pese a que Esparta envió finalmente su flota a Mitilene en el verano de 427 a. C., el avance de ésta fue tan cauteloso y tuvo tantos retrasos que cuando llegó a las cercanías de Lesbos recibió la noticia de que Mitilene se había rendido.
Tras la rendición de Mitilene, en Atenas se encendió un gran debate en cuanto al destino de sus habitantes. Una facción, liderada por Cleón, abogaba por la ejecución de todos los hombres de Mitilene y el encarcelamiento de los niños y de las mujeres; mientras que otra facción, liderada por Diódoto (hijo de Éucrates), prefería un tratamiento más moderado, donde se debería ejecutar sólo a los cabecillas. La asamblea ateniense titubeó: ordenó la ejecución masiva de todos los hombres, pero al día siguiente revocó la sentencia. Al final, se perdonó a la ciudad entera, aunque 1000 supuestos cabecillas fueron ejecutados sin juicio.

El gobierno oligárquico de Mitilene había considerado rebelarse contra Atenas incluso antes del estallido de la Guerra del Peloponeso. Sin embargo, cuando se acercaron a Esparta en la década de 430 a. C., no fueron aceptados en la Liga del Peloponeso. Sin el necesario apoyo de Esparta, que con su ayuda podía hacer viable la rebelión, el plan de Mitilene se quedó en nada.2​ No obstante, en el año 428 a. C. los líderes mitileneos juzgaron que era el momento propicio para rebelarse, y tanto Esparta como Beocia participaron en los planes de la rebelión. La principal motivación para la revuelta fue que los mitileneos deseaban tomar el control de toda la isla de Lesbos; a Atenas no le gustaba la creación de subunidades dentro de su imperio y seguramente no hubiera permitido que Lesbos se unificara. Además, el estatus de privilegio de Mitilene, que comandaba su propia flota y era un Estado independiente dentro del Imperio ateniense, aventuraba que en el futuro Atenas habría de enfrentarse a Mitilene y someterla como un Estado tributario, tal como había hecho con la mayoría de sus aliados. Por lo tanto, los mitileneos comenzaron a reforzar sus fortificaciones y adquirieron mercenarios y suministros en la zona del Mar Negro. Sin embargo, la noticia de los preparativos llegó a oídos de los atenienses gracias a varios de los enemigos de Mitilene en la región (Metimna y Ténedos) y a un grupo de ciudadanos mitileneos que representaban los intereses de Atenas en la ciudad (probablemente miembros de la facción democrática del lugar).
Los atenienses, que aún sufrían la plaga y se encontraban bajo una gran presión financiera debido a la prolongación inesperada de la guerra, en un principio intentaron negociar para así evitar verse envueltos en otra contienda militar en Lesbos.6​ Sin embargo, cuando Mitilene se negó a abandonar sus planes para unificar Lesbos y sus preparativos para la guerra, Atenas se resignó ante la necesidad de una respuesta militar y despachó una flota rumbo a Mitilene; diez trirremes mitileneos, que se desempeñaban dentro de la marina de guerra, fueron recluidos en Atenas junto con sus tripulaciones. El plan inicial era que la escuadra llegara durante un festival religioso, por lo que todos los habitantes de Mitilene se hallarían fuera de la ciudad, facilitando la conquista de las fortificaciones por las tropas atenienses. No obstante, puesto que el plan se trazó en una asamblea abierta, resultó imposible mantenerlo en secreto, y Mitilene recibió una advertencia sobre el acercamiento de los navíos. El día del festival, la población permaneció en la ciudad y se redobló la guardia en los puntos más débiles de la muralla. Los atenienses, que se encontraron con la ciudad bien defendida, ordenaron a los mitileneos que rindiesen su flota y derribaran las murallas. Mitilene rechazó estas exigencias e incluso envió a su contingente naval a combatir contra la de Atenas en las afueras del puerto. Pero cuando los atenienses obtuvieron una pronta victoria y los navíos mitileneos se replegaban hacia el puerto, la ciudad aceptó velozmente negociar un armisticio y despachar representantes a Atenas. No obstante, la intención del gobierno de Mitilene no era llegar a un acuerdo con Atenas, sino más bien ganar tiempo para que sus negociaciones con Esparta y Beocia dieran sus frutos.5​ Mientras los representantes se encaminaban hacia Atenas, se despachó un segundo grupo rumbo a Esparta para obtener su apoyo en la rebelión.
Las negociaciones en Atenas fueron breves e infructuosas. Los mitileneos ofrecieron mantenerse leales a cambio de que los atenienses retiraran de Lesbos su flota. Dentro de la propuesta se hallaba implícito el hecho de que Atenas abandonara Metimna, algo que los atenienses no podían efectuar, ya que el no proteger a una ciudad sujeta a su imperio ante un ataque minaría su autoridad al frente del mismo. En consecuencia, Atenas rechazó la oferta de Mitilene.
Cuando los embajadores regresaron a Lesbos y dieron a conocer el resultado de las negociaciones, todas las ciudades de la isla salvo Metimna declararon abiertamente la guerra a Atenas.9​ Mitilene reunió un ejército y avanzó para atacar el campamento ateniense. Pese a que el resultado de la batalla le fue levemente favorable, los mitileneos no quisieron forzar su ventaja y se retiraron detrás de sus fortificaciones antes de que cayera la noche. Por su parte, los atenienses, animados por la falta de iniciativa de sus enemigos, convocaron a las tropas de sus aliados y, a su llegada, construyeron dos campamentos fortificados, uno a cada lado del puerto de Mitilene. Desde aquellas posiciones, impusieron un bloqueo naval sobre la ciudad, mientras que Mitilene y sus aliados siguieron controlando todo el territorio situado fuera de las fortificaciones atenienses.
Inmediatamente después del ataque de los mitileneos contra el campamento ateniense, un trirreme con embajadores de Esparta y Beocia logró esquivar el bloqueo y entrar en Mitilene. Una vez allí, los emisarios convencieron a los habitantes de la ciudad de que enviaran a un segundo grupo de embajadores para solicitar la intervención de Esparta (los espartanos y beocios habían partido antes de la revuelta y desde hacía tiempo se les había imposibilitado la entrada a la ciudad). Esta segunda delegación de negociadores de Mitilene llegó a su destino menos de una semana después que el primero, en julio, pero ninguno consiguió la ayuda inmediata por parte de Esparta; sus ciudadanos delegaron la decisión sobre Mitilene a la Liga del Peloponeso en su totalidad, la cual se reuniría en Olimpia un tiempo más tarde, ese mismo verano. ​ Durante la reunión, los embajadores mitileneos pronunciaron un discurso justificando su revuelta, enfatizaron la debilidad de Atenas e hicieron hincapié en la importancia de atacar a los atenienses del imperio, del cual extraían sus recursos. Tras dicha exposición, los espartanos y sus aliados aceptaron mediante una votación incluir a los habitantes de Lesbos dentro de su alianza y atacar a Atenas con urgencia, respaldando la revuelta.
Los planes trazados en Olimpia determinaron que todos los Estados aliados enviaran sus contingentes al istmo de Corinto para unirse y preparar el avance hacia Atenas. El contingente espartano fue el primero en llegar y se dispuso a recorrer el istmo lentamente con navíos del golfo de Corinto para así poder atacar en forma simultánea por tierra y por mar. No obstante, mientras que los espartanos se dedicaban con entusiasmo a dicha labor, el resto de los aliados se demoró en enviar a sus contingentes; el período de cosecha había iniciado y los aliados estaban cansados del constante servicio militar (ya habían sido llamados al servicio ese mismo verano para una invasión del Ática que comenzó en mayo y se prolongó todo un mes). Entretanto, conscientes de que el alistamiento de tropas peloponesias se debía en parte a la afirmación de los mitileneos de que Atenas se hallaba sumamente debilitada, los atenienses prepararon una flota de 100 navíos para realizar ataques en las costas del Peloponeso. La preparación del contingente naval requirió la toma de medidas extremas, puesto que los recursos del Estado ya eran muy escasos; debido a que no había suficientes thetes (ciudadanos pobres) disponibles para servir como tripulación de los navíos, se reclutó como remeros a zeugitai (propietarios de tierras que normalmente combatían como hoplitas) y a metecos (extranjeros que residían en Atenas). La flota ateniense efectuó incursiones a voluntad contra las costas peloponesias, y los espartanos, a quienes se les había prometido que los cuarenta navíos en Mitilene y otros cuarenta que habían circunnavegado el Peloponeso a comienzos del verano constituían la totalidad de las fuerzas navales que Atenas podía reunir, llegaron a la conclusión de que se los había engañado y cancelaron sus planes de lanzar un ataque durante ese verano.
Mientras las tropas espartanas llevaban a cabo sus preparativos en el istmo de Corinto, Mitilene y sus aliados atacaron Metimna por tierra, esperando que les fuera entregada a traición. Sin embargo, la traición prometida no ocurrió, y tras lanzar una ofensiva contra la ciudad que no tuvo el éxito esperado, se retiraron hacia Antisa, Pirra y Ereso.
Los mitileneos regresaron a casa, deteniéndose durante el camino para reforzar las fortificaciones de varios de sus aliados cerca de Metimna. Una vez que los mitileneos hubieron desaparecido, las tropas de Metimna avanzaron sobre una de estas ciudades, Antisa, pero fueron derrotadas por los defensores y sus mercenarios en un combate fuera de las murallas de la ciudad. ​ Un gran número de metimneos y sus auxiliares murieron a manos de los antiseos, y los supervivientes emprendieron la retirada a su ciudad.
En este momento, los atenienses se dieron cuenta de que su ejército en Lesbos era insuficiente para lidiar con Mitilene, por lo que otros 1000 hoplitas fueron despachados a la isla, bajo el mando del estratego Paques, hijo de Epicuro. Gracias al incremento en el número de sus tropas, los atenienses en Lesbos lograron hacerse con el control de las tierras que rodeaban Mitilene y construyeron una muralla circunvalando la ciudad por los tres lados de la ciudad que miraban a tierra, completando así el bloqueo contra ésta. Además Mitilene contaba con fuertes construidos en algunas posiciones con buenas defensas naturales, y es presumible que los atenienses no temieran un ataque por la espalda de los aliados de Mitilene.
Refiere Tucídides que el invierno empezaba, y sobre la base de la secuencia de los hechos, se ha calculado que la construcción del muro de circunvalación les tomó unas cuatro semanas.
A fin de pagar los gastos por el asedio durante su crítica situación financiera, Atenas se vio obligada a recurrir a dos medidas extremas. En primer lugar, impuso el pago de una eisphora, o impuesto directo, a sus propios ciudadanos. ​ Los antiguos griegos eran sumamente reacios a tomar este tipo de medidas, las cuales consideraban un abuso sobre sus libertades personales, y es posible que esta haya sido la primera ocasión en que se haya obligado el pago de este impuesto en Atenas. El segundo mandato consistió en anunciar un aumento del tributo exigible a sus Estados sujetos, y se enviaron doce naves para cobrar el nuevo gravamen varios meses antes de la fecha habitual; esto desató claras situaciones de descontento, y uno de los generales que comandaba uno de los trirremes fue asesinado mientras intentaba cobrar el tributo en Caria.
En el verano de 427 a. C., los espartanos y sus aliados planificaron un esfuerzo conjunto por tierra y mar para desgastar los recursos de Atenas y aliviar el asedio sobre Mitilene. La invasión anual del Ática correspondiente a ese año fue la segunda más prolongada de la guerra arquidámica, superada en duración y destructividad únicamente por la de 430 a. C. Mientras se llevaba a cabo esta invasión, se despachó a 42 barcos al mando del navarco Álcidas hacia Mitilene. El objetivo era que los atenienses estuviesen preocupados por la invasión y no pudieran dedicar toda su atención a Álcidas y su flota.
Sin embargo, en Mitilene el tiempo se estaba agotando para un rescate del Peloponeso. Un representante espartano, Saleto, había ingresado subrepticiamente en la ciudad a bordo de un trirreme a fines del invierno con noticias del plan de socorro y había tomado el mando de las defensas del lugar, anticipándose a la llegada de la flota. ​No obstante, las provisiones de alimento de Mitilene se acabaron en algún momento a comienzos del verano y, ya que el contingente naval aún debía aparecer, Saleto debió apostar por intentar romper el bloqueo. ​ Todos los ciudadanos, de los cuales la mayoría había combatido hasta el momento en las tropas ligeras, recibieron una armadura hoplítica como parte de los preparativos. Aun así, una vez que la población estuvo armada, esta se negó a obedecer al gobierno de la ciudad y exigió que las autoridades distribuyeran el resto de las provisiones de comida, amenazando con pactar con los atenienses si esto no se cumplía. Al ver que el problema era insalvable y que cualquier acuerdo de paz en el que no estuviesen involucrados tendría seguramente consecuencias fatales para ellos, los funcionarios del gobierno se pusieron en contacto con el comandante ateniense y se rindieron con la condición de que ningún habitante de Mitilene fuera hecho prisionero, esclavizado o ejecutado hasta que los representantes de la ciudad hubiesen expuesto su caso ante Atenas.
Al mismo tiempo que sucedían estos acontecimientos, Álcidas avanzaba con sus barcos, lentamente y con cautela, desperdiciando mucho tiempo en rodear el Peloponeso. Pese a que consiguió evitar a los atenienses y llegar a Delos sin ser descubierto, alcanzó la ciudad de Eritras, situada en la costa de Jonia, unos días después sólo para enterarse de que Mitilene ya había caído. ​ En aquel instante, el comandante del contingente de Elis propuso lanzar un ataque contra los atenienses en Mitilene, sosteniendo que dado que la captura de la ciudad era muy reciente, los tomarían por sorpresa y en un momento vulnerable. ​ De todas formas, Álcidas no deseaba efectuar un movimiento tan atrevido y rechazó la idea, al igual que otro plan para tomar una ciudad jonia como base desde la cual fomentar rebeliones dentro del imperio. De hecho, tras saber que Mitilene se había rendido, el objetivo principal de Álcidas fue regresar a casa sin tener que enfrentarse a la flota de Atenas, por lo que navegó hacia el sur, siguiendo la costa de Jonia. Los trirremes atenienses para misiones oficiales, Páralo y Salaminia, pudieron verlo fuera de Claros, y la escuadra ateniense fue enviada desde Mitilene en su persecución. Sin embargo, Álcidas zarpó desde Éfeso a toda vela de vuelta al Peloponeso, sin detenerse hasta encontrarse seguro dentro de las fronteras de su patria, logrando escapar así de sus perseguidores. Luego de esto, los atenienses regresaron a Lesbos y sometieron a las últimas ciudades rebeldes de la isla.
Tras terminar de someter a Mitilene, el strategos ateniense Paques envió a la mayor parte del ejército de regreso a Atenas y, junto con él, a los mitileneos que habían sido identificados como especialmente culpables de la revuelta, así como al general espartano Saleto, quien fue ejecutado de inmediato a pesar de que había señalado que, a cambio de su vida, haría retirar las tropas espartanas que asediaban Platea. Luego, la asamblea centró su atención en la cuestión de qué hacer con los prisioneros en Atenas y con el resto de los mitileneos en Lesbos. A continuación se produjo uno de los debates más famosos de la historia de la democracia ateniense y una de las tan sólo dos ocasiones en que Tucídides registró el contenido del cruce de discursos que se llevó a cabo en la Asamblea. Debido a ello, el debate ha sido materia de muchos análisis en el campo académico, apuntando a dilucidar tanto las circunstancias de la revuelta como la política interna ateniense de la época. 

La versión de Tucídides
Según lo informado por Tucídides, el debate se prolongó dos días. Durante el primero, del cual Tucídides sólo proporciona un resumen, los atenienses, furiosos, condenaron a muerte a la totalidad de la población masculina de Mitilene, y a la esclavitud a las mujeres y los niños. ​ Los ciudadanos estaban especialmente airados por el hecho de que la revuelta hubiese traído a una flota de Esparta a aguas jonias, algo que jamás habría ocurrido en circunstancias normales, ya que ninguna flota enemiga había surcado dichas aguas en 20 años. Tras la decisión tomada por la Asamblea, se despachó un trirreme a Mitilene con la orden de que Paques ejecutara a los hombres mitileneos.
No obstante, al día siguiente y después de que los atenienses ponderasen la severidad de lo que acababan de decidir, varios ciudadanos comenzaron a arrepentirse. ​ Conscientes de tal situación, los delegados mitileneos que habían llegado a Atenas para presentar su caso solicitaron que los pritanos reuniesen la Asamblea, algo a lo que los funcionarios accedieron. En la nueva reunión se produjo un debate entre quienes sostenían el decreto del día anterior y los que abogaban por un castigo más suave. El primer discurso del que Tucídides da noticia es el pronunciado por Cleón, quien había propuesto la moción del día previo. Este discurso señala la primera aparición de Cleón en los registros históricos, y Tucídides lo presenta diciendo que «era excepcional entre los atenienses por la violencia de su temperamento, y en esta época ejercía la más grande influencia sobre el pueblo».

El Imperio Ateniense en el 450 a. C. 

En el discurso de Cleón, tal como informa Tucídides, el político argumenta que la única forma de mantener el orden es la aplicación sistemática de las leyes, incluso si estas puedan parecer injustas, y que además toda la población de Mitilene (no sólo la aristocracia) se había rebelado contra Atenas, por lo que merecían su condena. El discurso está repleto de duras críticas al pueblo ateniense y a ciertos elementos de la ideología democrática, y traza una ideología imperialista que describe abiertamente al gobierno de Atenas como una tiranía y la abraza como tal. Parte del discurso de Cleón estuvo dedicado a atacar a quienes hablarían en su contra, sosteniendo que cualquier persona que hablara a favor de los mitileneos debía haber sido sobornada. ​ Algunas cuestiones del discurso evocan argumentos aportados por Pericles en su famoso diálogo fúnebre y está claro que Cleón, según lo presenta Tucídides, utiliza deliberadamente su discurso para reclamar aspectos de la posición de líder de Pericles. En cuanto a su contenido, el discurso hace hincapié en la condición favorable que Mitilene había ostentado antes de la revuelta, afirma que toda la ciudad es responsable del levantamiento y señala que una ciudad que goza de cierto favoritismo y se rebela debe ser sometida al más duro de los castigos para impedir que otras sigan su ejemplo.
Después del discurso de Cleón, Tucídides presenta el pronunciado por Diódoto, un político que aparece por única vez en los registros históricos pero que, según Tucídides, también se había mostrado contrario a la propuesta de Cleón el día precedente. ​ Identificado como «Diódoto, hijo de Eucrates», se presume que el Eucrates en cuestión es un lugarteniente bastante destacado de Pericles, mencionado en varias ocasiones anteriores. La primera parte del discurso de Diódoto está dedicada a refutar las acusaciones que Cleón había dirigido contra quienes hablasen luego de él, y en especial aduce que la asamblea se vería privada de sabios consejos si examinara continuamente los motivos de los disertantes en lugar de los argumentos que éstos presentan. A continuación, Diódoto embiste contra la afirmación de Cleón de que un castigo severo impedirá futuras rebeliones, señalando que ningún Estado inicia una revuelta con la intención de fracasar, y que la contramedida más útil es por lo tanto un castigo más suave que permitiría reconsiderar la situación cuando la rebelión pareciera fracasar. Durante su discurso, Diódoto se niega a desviarse del terreno de la comodidad, recordando a los atenienses que no se hallan reunidos en un tribunal de justicia, sino en una asamblea política dedicada a determinar qué acción es la más ventajosa para Atenas. En cuanto a la cuestión de la culpabilidad, no obstante, rechaza completamente que los demos compartan la culpa de los oligarcas y advierte a la asamblea en contra de ganarse la antipatía de amigos potenciales a lo largo del imperio.
Una vez concluidos los discursos para la moción, la asamblea votó, por escaso margen, eliminar el decreto del día anterior. A continuación, Cleón presentó una segunda moción proponiendo ejecutar, sin mediar juicio alguno, a los 1000 habitantes de Lesbos que Paques había determinado como los principales culpables de la rebelión; esta moción se llevó a cabo en una discusión de la que no se tiene registro. De inmediato se despachó un navío a Mitilene para anular la orden de ejecución del día previo. Los representantes mitileneos en Atenas ofrecieron a la tripulación de la nave una gran recompensa si llegaba a tiempo para evitar las ejecuciones. Remando día y noche, durmiendo por turnos y comiendo frente a sus remos, la tripulación del segundo trirreme consiguió recuperar la ventaja de un día del primer barco y llegar a Mitilene en el preciso momento en que Paques estaba leyendo la orden inicial, con lo que se logró impedir su aplicación. 

Consecuencias
Aunque se perdonó la vida a los ciudadanos de Mitilene, los habitantes de Lesbos recibieron un castigo severo. ​ Todos los terrenos de labranza de la isla, salvo los pertenecientes a Metimna, fueron confiscados y divididos en 3000 lotes que fueron arrendados anualmente a la gente de Lesbos. De estos lotes, 300 fueron dedicados a los dioses, y los 10 talentos que se recaudaban al año por ellos pasaban a formar parte del tesoro de Atenas; el resto financiaba una guarnición de clerucos atenienses. ​ Atenas confiscó todas las posesiones mitileneas en la Jonia continental y sus navíos, e hizo derribar sus murallas. Para Atenas, esto resolvía varios problemas: la guarnición brindaría seguridad en Lesbos y la ausencia de sus miembros de Atenas serviría en cierto modo para aliviar la sobrepoblación de la ciudad y la carga en el tesoro público provocada por la necesidad de alimentar a miles de agricultores desplazados de sus tierras. La guarnición regresó a casa a mediados de los años 420 a. C., pero al parecer los atenienses se habían equivocado al creer que la isla era segura: en 412 a. C., luego del desastre en Siracusa, Lesbos fue una de las primeras islas que comenzaron a complotar contra la debilitada Atenas.
En una anécdota que algunos relacionan con la cuestión mitilenea, Plutarco indica que Paques se suicidó durante un juicio posterior a su mandato en Mitilene. Donald Kagan interpreta esta anécdota como una señal de que Paques, de posición política moderada, fue enjuiciado por Cleón u otro político más agresivo, en desaprobación por no haber perseguido a la flota de Álcidas. 

El final de Platea
En 427 a. C., los espartanos y sus aliados, marcharon con sus tropas a Platea, que estaba sitiada desde 429 a. C. Platea, aliada de Atenas seguía siendo una espina clavada en el corazón de la Liga Beocia, liderada por los tebanos. Después de sendos discursos de platenses y tebanos, cinco jueces espartanos desplazados al efecto a Platea complacieron a sus aliados tebanos con la decisión de ejecutar a los 225 defensores que se habían rendido (200 platenses y 25 atenienses) y esclavizar a 110 mujeres. La ciudad fue destruida y las tierras y comunidades pequeñas que dependían de ella fueron anexionadas por los tebanos (427 a. C.), que vieron su poder político y económico incrementado dentro de la confederación. 

La Guerra civil de Corcira
La Guerra civil (stásis) que estalló en Corcira representó el primer incidente de consecuencias dramáticas para la política interna de una ciudad como consecuencia de la intromisión de las dos potencias que se disputaban la hegemonía de la Hélade.
En 427-426 a. C., el endémico antagonismo ente los demócratas y los oligarcas corcirenses degeneró en un conflicto abierto civil cuando los segundos intentaron hacerse con el poder por medios violentos y derrocar el gobierno democrático.
Corinto, a la que le gustaba imponer su autoridad en las colonias que había fundado en el Adriático, intervino en la guerra civil de Epidamnos (437 a. C.), entre aristócratas y demócratas, que se desencadenó tras muchos años de disensiones internas, a causa de la ruinosa guerra que los primeros mantuvieron con la tribu iliria de los taulantios. Los demócratas expulsaron a los oligarcas y a solicitud de los primeros, Corinto envió colonos y una guarnición a Epidamno. Los oligarcas, por su parte, se aseguraron el apoyo de Córcira, antigua colonia también de Corinto, cuya flota puso asedio por mar a Epidamnos.
Los corintios prepararon una gran expedición en la que participaron aliados del Peloponeso, del Mar Jónico y de Tebas. 

La isla había firmado una alianza defensiva (epimachía) con Atenas. Los atenienses habían intentado obtener su compromiso, pero como consecuencia de una votación se decidió que Córcira fuera aliada de Atenas. Parece que el partido aristocrático corcirense había sido favorable a Corinto, mientras que el partido popular se inclinaba por Atenas. Los diferentes jefes de los dos partidos se citaron en los tribunales. Pitias, jefe del partido popular, fue absuelto de los cargos políticos que pesaban sobre él. Él citó a sus adversarios ante la justicia, esta vez, por una acusación de sacrilegio. Los cinco miembros del partido aristocrático fueron condenados a una gravosa multa. Pitias, personaje influyente del Consejo, insistió para que fuera pagada. Los aristócratas y sus partidarios aprehendieron a los demócratas. Pitias fue atacado y muerto en la misma sala del Consejo, ante la vista de sesenta personas. Sus partidarios se refugiaron en un trirreme ateniense.
Los aristócratas convocaron la Asamblea de los ciudadanos, a la que hicieron votar la neutralidad de la ciudad en la guerra. Un trirreme corintio que transportaba a emisarios de Esparta atracó en Córcira y poco tiempo después, el partido aristocrático lanzó un nuevo ataque contra el democrático, el cual resultó vencido. Los supervivientes se refugiaron en la acrópolis y en la parte alta de la ciudad. También tenía en su poder el puerto Hilaico. Los aristócratas tomaron el área del ágora, donde residían la mayoría, y el puerto contiguo enfrente del continente.
Los demócratas se negaron a sumarse a los esclavos, con la promesa de su libertad, mientras que los oligarcas hicieron llegar a 800 mercenarios. ​
Al día siguiente tuvo lugar un nuevo enfrentamiento en el que vencieron los demócratas. Para evitar la toma del arsenal, ​ los aristócratas incendiaron los edificios en torno al ágora.
El estratego ateniense, Nicóstrato, llegó la jornada siguiente con 12 barcos y 500 hoplitas mesenios. Obligó a los diferentes partidos a aceptar su arbitraje. Los aristócratas responsables de la rebelión huyeron antes de poder ser juzgados por sus actos, y fue declarada una amnistía para el resto. Además, se concluyó una alianza defensiva (epimachía) con Atenas. También se decidió intercambiar los barcos de guerra entre las dos ciudades. Los demócratas pensaron que podrían desembarazarse de sus adversarios políticos enviándolos a Atenas. Antes de embarcar, los partidarios de los aristócratas, cerca de cuatrocientos, se refugiaron en los templos de los Dioscuros y de Hera. Fueron persuadidos a partir y exiliados en un islote situado enfrente del templo de la diosa.
Tres o cuatro días después se presentó, bajo el mando de Álcidas, una flota peloponesia de una sesentena de naves que intentó aprovechar la situación. Ante la amenaza, Córcira se aprestó a equipar 60 trirremes con urgencia y a medida que estaban listos los enviaban contra el adversario. Llegaron frente a los navíos enemigos en formación abierta. Mientras se aproximaban a los barcos enemigos, dos barcos corcirenses desertaron. Mientras que en las otras naves, las tropas embarcadas combatían entre sí. La flota peloponesia sacó provecho de la situación y se alineó con 20 trirremes contra los corcirenses y con el resto de naves contra los 12 trirremes atenienses, dos de las cuales eran el Salaminia y el Páralo.
La intervención del ateniense Nicóstrato con su flota tampoco solucionó el problema, aunque de momento Corcira firmó una alianza con Atenas que sustituía a la anterior epimachia (alianza defensiva). 

Batalla naval
Los escaso barcos corcirenses atacaron en desorden y se encontraron en dificultades Los trirremes atenienses estaban en inferioridad numérica y temiendo una maniobra envolvente por parte de los peloponesios, no atacaron ni al grueso de la flota ni al centro de la escuadra alienada frente a ellos. Al final arremetieron contra un ala y hundieron un barco. Después, la flota peloponesia adoptó una formación en círculo y los atenienses navegaban en torno suyo. Temiendo que ocurriera como en Naupacto (429 a. C.), las naves que estaban luchando contra las corcirenses acudieron en su ayuda. Una vez reunidos, los trirremes peloponesios lanzaron un ataque coordinado contra los atenienses, quienes empezaron a retirarse lentamente para atraer sobre ellos el ataque de la formación enemiga, con el fin de que las naves corcirenses pudieran ponerse a salvo. Los atenienses no pudieron impedir la derrota total de los corcirenses que se batieron en retirada, después de haber perdido trece navíos. La batalla terminó a la puesta del sol. 

Negociaciones
Los partidarios de los oligarcas fueron repatriados del islote para que no pudieran ser socorridos por la flota peloponesia. Demócratas y aristócratas negociaron entonces la reconciliación. Se trataba, para todos, de defender la ciudad ante todo. Los aristócratas aceptaron servir a bordo de las naves de guerra. Córcira se preparó para un asedio, pero no fue atacada. Los peloponesios se contentaron con asolar el Cabo Leucimna y después se replegaron. Llegaron entonces sesenta barcos atenienses de refuerzo. Los demócratas masacraron a todos los oligarcas que se habían quedado en tierra. Los que se habían refugiado en los templos fueron convencidos para que salieran, y fueron juzgados y condenados a muerte. Algunos prefirieron suicidarse. Los supervivientes, cerca de 500, se adueñaron de los territorios continentales de la ciudad, desde donde hicieron incursiones contra la isla. Causaron tantos estragos que el hambre se apoderó de la ciudad. Como no consiguieron convencer ni a Corinto ni a Esparta de que les prestaran ayuda para regresar a su patria, reclutaron mercenarios y desembarcaron en la isla. Quemaron sus naves para no poder retroceder y se instalaron en el monte Istone, desde el cual reemprendieron las incursiones. Rápidamente tomaron el control de los campos. 

En 425 a. C., Atenas envió una flota para ayudar a sus partidarios en Córcira. La idea era asegurar la ruta hacia Sicilia. Los demócratas auxiliados por hoplitas atenienses encabezados por los estrategos Eurimedonte y Sófocles, ocuparon la fortificación desde la que los oligarcas hostigaban a sus rivales políticos, y concluyeron un acuerdo por el que los mercenarios debían entregarse, y los oligarcas correrían la suerte que decidiera el pueblo ateniense. Fueron conducidos a la isla de Ptiquia. Desde allí fueron enviados a Atenas para ser juzgados. Temiendo que los tribunales de sus aliados no condenaran a muerte sus enemigos, los demócratas idearon una estratagema. Los empujaron a tratar de fugarse, lo que rompería el acuerdo con Atenas. Por otra parte, a los estrategos atenienses, presionados a entregarse en Sicilia, no les importó deshacerse de sus prisioneros y que se hicieran cargo de los corcirenses. Los demócratas masacraron salvajemente a sus enemigos oligarcas y vendieron a las mujeres como esclavas.
La guerra civil llegó así al final, con la desaparición casi completa de uno de los dos partidos. 

Ocupación ateniense de Pilos y Esfacteria
La guerra iba a tomar un sesgo nuevo e inesperado favorable a Atenas, en medio de los éxitos y fracasos en cada uno de los dos bandos contendientes. Los atenienses habían decidido llevar a cabo una intensa actividad naval en el Mar Jónico, con el fin de atacar a los aliados de Esparta y con la pretensión de extender su hegemonía a Sicilia y Magna Grecia.
Atenas destacó allí su flota con dos objetivos concretos:
·       aislar al Peloponeso de las ricas colonias de Italia y Sicilia, en especial de Siracusa
·       imponer su hegemonía política sobre las colonias griegas de Occidente.
La intervención ateniense se apoyó en las viejas y enconadas rivalidades que venían enfrentando secularmente a los griegos de estas colonias occidentales.
Desde mucho tiempo antes, Siracusa amenazaba a Segesta, Leontino y Regio, entre otras. Pericles había pactado con ellas en contra de Siracusa y sus aliados (Gela, Selinunte, Hímera y Locri). 

Batalla de Pilos (425 a.C.)
En la primavera de 425 a.C., Esparta ayudó a Mesina a rebelarse contra Atenas. En esa misma época, los espartanos invadieron el Ática dirigidos por el rey Agis. Los atenienses enviaron 40 naves a Sicilia bajo el mando de Eurimedonte y Sófocles, con la orden de restablecer la democracia en Corcira (Corfú). Demóstenes que los había ganado poco tiempo antes en la batalla de Olpae, pudo embarcar a bordo de una de las naves. Una tempestad obligó la flota a refugiarse en Pilos, un excelente puerto natural de la costa del Peloponeso a unos 70 km de Esparta, lo que retrasó el viaje a Corfú. Este rodeo le vino bien a Demóstenes que quería reforzar las fortificaciones de Pilos, poner un pie en el Peloponeso y alentar una rebelión de los hilotas contra los espartanos. Los comandantes pensaban que era una pérdida de tiempo y de dinero, pero los soldados continuaron, a pesar de todo, fortificando la zona, pues el mal tiempo impedía su salida. Las fortificaciones fueron acabadas en seis días y Demóstenes se quedó en la isla con cinco barcos mientras que la flota continuó su misión hacia Corcira y Sicilia.
Cuando Esparta tuvo conocimiento de que Atenas había tomado Pilos, retiró su ejército del Ática. Los espartanos marcharon sobre Pilos a primeros de mayo y llamaron a su flota de 60 barcos que se dirigía hacia Corcira (Corfú) para que se dirigiera hacia Pilos. Demóstenes anticipándose a las acciones espartanas y envió dos de sus barcos para llamar a la flota ateniense. El puerto de Pilos estaba en una gran bahía cuya entrada estaba casi completamente bloqueada por la isla de Esfacteria: no existía más que un paso estrecho por cada lado de la isla para entrar en la bahía.
Los espartanos planearon bloquear por tierra y mar la fortaleza de Pilos, y controlar las dos entradas del puerto a fin de impedir a la flota ateniense entrar y desembarcar un contingente en la isla.
Mientras los atenienses regresaban, los espartanos llegaron primero, y tomaron posiciones a lo largo de toda la costa antes de lanzar su asalto. Además, destacaron unos 420 hoplitas al mando de Epitadas, con sus respectivos hilotas, a la boscosa isla de Esfacteria, que protegía la bahía. El fin era impedir que los atenienses ocupasen la isla.
Demóstenes disponía de pocos hoplitas. La mayoría de sus tropas eran marinos desarmados de las restantes trirremes. Apostó 60 hoplitas en el punto más débil de las fortificaciones de la plaza pensando que los espartanos querían desembarcar allí. El resto de sus tropas estaba en las murallas, tierra adentro.

Pilos y Esfacteria campo de batalla 

El asalto no se hizo esperar mucho duró del 25 al 30 de mayo. Por mar, la flota de 60 naves se organizó para, por turnos, acercarse a la playa lo suficiente para desembarcar. Por tierra, los hoplitas espartanos se lanzaron contra las defensas recién levantadas. Este asalto fue el más fácil de detener. Los atenienses, aunque habían tenido poco tiempo, habían hecho un buen trabajo, y los espartanos, en su precipitación, ni siguiera disponían de escaleras para asaltar el muro. Los pocos hoplitas y las tropas peor armadas no tuvieron mucha dificultad en hacer retroceder una y otra vez a los espartanos.
Por mar, sin embargo, la cosa era muy distinta. Los 43 barcos espartanos mandados por Trasimélidas y Brásidas, aunque maniobrando con dificultad, trataban de arrimarse a la playa y a las rocas cercanas y, lanzando pasarelas para desembarcar. Los hoplitas atenienses tuvieron que resistir saltando de roca en roca, empujando cada pasarela, impidiendo que los espartanos descendieran de los barcos, mientras esquivaban los proyectiles que les lanzaban desde los barcos. Brásidas fue herido, y las tropas espartanas, incapaces de desmantelar las fortificaciones de la playa, fueron rechazadas por las tropas atenienses.

Batalla de Pilos 425 a.C intento de desembarco espartano. Los espartanos intentan desembarcar y los atenienses tratan de impedirlo. 

Los atenienses tuvieron que soportar estoicamente dos días más de asedio, hasta que al atardecer del tercer día, los espartanos de tierra se retiraron en busca de madera para construir ingenios de asedio. La flota mientras entró en la bahía.
El tercer día, el resto de la flota ateniense volvió. Habiendo sido reforzada por 10 barcos, contaba en total con 50 naves. Los espartanos habían descuidado el plan original de proteger con sus barcos la entrada de la bahía por si atacaban los atenienses, pensaron que la estrechez de la bahía compensaría las mayores cualidades de los marineros atenienses. La flota ateniense había penetrado en la bahía por las dos bocas y desplegado con una inigualable precisión, entablando el combate.

Batalla de Pilos 425 a.C. La flota ateniense entra en la Bahia y sorprende y derrota la flota espartana. 

Los espartanos fueron cogidos por sorpresa y desplegaron sin orden ni formación. Pronto los espartanos perdieron sus barcos. Los 420 hoplitas lacedemonios, de los cuales la mitad eran espartiatas quedaron totalmente aislados en el islote de Esfacteria. Las naves atenienses establecieron una vigilancia cercana a Esfacteria para impedir la huida de los espartanos.

Batalla de Esfacteria 425 a.C. espartiatas desembarcando en el islote

Los espartanos, incapaces de organizar una expedición de socorro para sus tropas, pidieron un armisticio y enviaron embajadores a Atenas a fin de negociar el regreso de la guarnición de la isla.
Esparta y Atenas empezaron las negociaciones. Para obtener el derecho de aprovisionar a la tropa de Esfacteria, Esparta debía entregar 60 trirremes. El demagogo Cleón hizo encallar las negociaciones reclamando además los puertos de Megara y Trecén, así como Acaya. La postura ateniense tenía un fin: la humillación de Esparta mediante la captura o exterminio de los defensores de Esfacteria. Los espartanos entonces se dieron cuenta de que Cleón realmente no perseguía ningún acuerdo, retiraron la embajada e intentaron abastecer a Esfacteria con la ayuda de nadadores.
Los atenienses empezaron a entender el embrollo en el que Cleón les había metido. Era imposible abastecer a la flota en aquel extremo de la península del Peloponeso. Además, los griegos desconocían el número exacto de guerreros espartanos atrapados en la isla. Como era muy boscosa, permanecían ocultos, y los atenienses no se decidían a atacar.
La situación se estancó, y en Atenas, la gente comenzó a echarle la culpa a Cleón. Éste se jactó de que lograría la victoria en veinte días. Para lograr la victoria, se unió a Demóstenes, llevando con él un contingente de peltastas y de arqueros. Nicias que era el estratego que debía encabezar el relevo en el bloqueo de Esfacteria, le cedió con sorna el mando a Cleón.
La fortuna no estaba con los espartanos. Un día de viento, un pequeño fuego del campamento pasó a los árboles, y la isla ardió durante dos días enteros. Los espartanos se salvaron, pero ahora Demóstenes sabía más o menos cuántos eran, y planeó el asalto final. 

La batalla
El 10 de agosto, los atenienses desembarcaron arqueros, honderos y peltastas junto a los hoplitas antes del alba. Los destacamentos espartanos desplegados al sur de la isla no advirtieron la primera oleada, y fueron rápidamente eliminados. Después, los atenienses se dirigieron hacia el pozo, donde se encontraron con la falange espartana ya formada.

Batalla de Esfacteria 425 a. C.  fases: 1 los hoplitas espartanos despliegan delante del pozo para proteger el suministro de agua

Fase 2 los psiloi o infantería ligera ateniense atacan a los espartanos haciendoles retroceder

Fase 3 los espartanos se refugian en un antiguo fuerte, pero son envueltos y finalmente se rinden. 

Demóstenes dio órdenes a las tropas ligeras para que desplegaran a ambos flancos, y envió otro contingente por la costa para rodear a los espartanos por retaguardia. Los hoplitas ateniensese quedaron frente a los espartanos.

Batalla de Esfacteria 45 A.C. los psiloi o infantería ligera ateniense atacando a los hoplitas espartanos, al fondo se ve a los holplitas ateniensas.

Los peltastas y honderos de los atenienses corrieron hacia los flancos y pronto rodearon a los espartanos, al igual que las tropas que aparecieron por la retaguardia ateniense. Comenzó una infernal lluvia de proyectiles sobre los espartanos.

Batalla de Esfacteria en 425 A.C. los psiloi o infantería ligera ateniense hacen retroceder a los hoplitas espartanos que sufren numerosas bajas durante su repliegue.
Demóstenes, mantenía a su falange quieta, mientras los espartanos empezaban a sufrir bajas a pesar de la protección de sus escudos, por lo que decidieron replegarse a un fuerte abandonado de la isla que se encontraba a unos dos kilómetros, comenzaron a retroceder, intentando mantener la formación hacia arriba, a pesar del acoso de los psiloi atenienses, casi la mitad de los espartanos cayó en la lenta retirada, de aproximadamente una hora.
Poco a poco, las tropas ligeras se fueron envalentonando, acercándose cada vez más a los espartanos. Teniendo en cuenta el enorme número de proyectiles lanzados, el porcentaje de bajas no era nada espectacular, pero, encerrados en la fortaleza, lejos del único pozo, aunque salobre, de la isla, los espartanos harían frente todavía a lo peor. Su comandante, Epitadas, fue muerto; su segundo, Estifón, fue herido.
Un comandante mesenio condujo a sus tropas a lo largo de la arista de un acantilado y desembocó en la retaguardia de los espartanos. Cercados y agotados, los espartanos capitularon. 292 hoplitas fueron hechos prisioneros, de los cuales 120 eran espartiatas. Los atenienses perdieron alrededor de 50 hombres.
Batalla de Esfacteria 45 a.C. Ultima posicion de los espartanos en el fuerte abandonado. 

Secuelas
Los acontecimientos de Esfacteria provocaron una gran conmoción en Grecia: ¡por primera vez, los espartanos preferían entregarse antes que morir! Una grave crisis sacudió la ciudad, desmoralizada, y condujo a la matanza de 20.000 hilotas. La presencia de un puesto ateniense en Pilos ponía en peligro el conjunto del territorio mesenio, inmovilizando así una guarnición lacedemonia en la región. Por fin, Atenas amenazó con matar a los prisioneros de Esfacteria si los espartanos no suspendían sus invasiones anuales del Ática.
La batalla demostró de manera brillante el valor de las tropas ligeras, pues los espartanos fueron vencidos sin que las tropas de hoplitas entraran en combate. Los atenienses hicieron un uso excelente de las tropas ligeras y las nuevas tácticas que la expansión ateniense a otros territorios como Tracia donde se empleaban con gran profusión, a partir de esta batalla, los peloponesos los incorporaron a su ejército.
El tiempo en que los lacedemonios estuvieron asediados en la isla, desde la batalla de Pilos hasta la librada en Esfacteria, fue de 72 días en total. 

La batalla de Esfacteria en 425 a. C., Es una etapa importante de la historia militar, dado que una tropa de infantería ligera venció a una falange de hoplitas.
La flota ateniense iba hacia la asediada Córcira, pero debió refugiarse en el golfo de Pilos tras una tempestad. El estratego Demóstenes mantuvo con él cinco trirremes atenienses, más dos que llegaron de su aliado Naupacto. Ante la amenaza sobre el territorio mesenio, el ejército espartano atacó Pilos sin éxito; después ocupó el islote de Esfacteria.
Durante ese tiempo, la flota ateniense logró liberar Córcira de la influencia espartana, y regresó para ayudar a Demóstenes. 420 hoplitas lacedemonios, la mitad de los cuales aproximadamente eran ciudadanos espartanos, se encontraron cercados en el islote.
Esparta y Atenas empezaron las negociaciones. Para obtener el derecho de aprovisionar a la tropa de Esfacteria, Esparta debía entregar 60 trirremes. El demagogo Cleón hizo encallar las negociaciones reclamando además los puertos de Megara y Trecén, así como Acaya. Los espartanos no aceptaron las condiciones atenienses y llegaron a abastecer a Esfacteria con la ayuda de nadadores.
Cleón, desafiado por sus conciudadanos para lograr la victoria, se unió a Demóstenes. Llevando con él un contingente de peltastas y de arqueros, Cleón se jactó de que lograría la victoria en veinte días.

La batalla
Los atenienses desembarcaron antes del alba, arrollaron los puestos avanzados de los espartanos y progresaron en la isla. El grueso de las fuerzas espartanas avanzó hacia los atenienses.
Los hoplitas espartanos no podían entablar batalla contra los hoplitas atenienses por temor a que los peltastas enemigos atacaran sus flancos y su retaguardia. Los peltastas, que no portaban ni armadura ni pesados escudos, esquivaban fácilmente la carga de los hoplitas espartanos. Estos eran hostigados sin descanso, bajo una lluvia de proyectiles de honda, de flechas y de jabalinas, todos estos proyectiles lanzados desde menos de 50 metros. Su comandante, Epitadas, fue muerto; su segundo, Estifón, fue herido.
Los espartanos se retiraron a su puesto avanzado, en un fuerte en ruinas. Un comandante mesenio condujo a sus tropas a lo largo de la arista de un acantilado y desembocó en la retaguardia de los espartanos. Cercados y agotados, los espartanos capitularon. 292 hoplitas fueron hechos prisioneros, de los cuales 120 eran ciudadanos. Los atenienses perdieron alrededor de 50 hombres.
Los acontecimientos de Esfacteria provocaron una gran conmoción en Grecia: ¡por primera vez, los espartanos preferían entregarse antes que morir! Una grave crisis sacudió la ciudad, desmoralizada, y condujo a la matanza de 20.000 hilotas. La presencia de un puesto ateniense en Pilos ponía en peligro el conjunto del territorio mesenio, inmovilizando así una guarnición lacedemonia en la región. Por fin, Atenas amenazó con matar a los prisioneros de Esfacteria si los espartanos no suspendían sus invasiones anuales del Ática.
Diagrama de la batalla. 

Los ciudadanos espartanos que habían capitulado fueron desterrados de Esparta y expoliados todos sus bienes.
La batalla demostró de manera brillante el valor de las tropas ligeras, pues los espartanos fueron vencidos sin que las tropas de hoplitas entraran en combate.
El tiempo en que los lacedemonios estuvieron asediados en la isla, desde la batalla de Pilos hasta la librada en Esfacteria, fue de 72 días en total. La expedición había partido a comienzos de mayo y los combates en Pilos se habían iniciado hacia el 25-30 de mayo. La victoria final en Esfacteria tuvo lugar hacia el 10 de agosto de 425 a. C. 

El éxito de Esfacteria había llevado al partido belicista de Atenas, dirigido por Cleón, a un programa de acciones que distaba de la política naval de Pericles, decantándose por las empresas guerreras terrestres.
La conquista de la isla de Citera en 424 a. C. por Nicias acarreó graves perjuicios al comercio peloponesio. Se apoderaron los atenienses del puerto de Nisea. Después un contingente ateniense pretendió la conquista de Beocia, pero sufrió una gran derrota en Delio, frente a los hoplitas beocios que, por primera vez, aplicaron la táctica de la falange en formación oblicua.
El general espartiata Brásidas dio un nuevo giro a la guerra, que hasta ese momento consistía en asolar el Ática y mantenerse a la defensiva en el Peloponeso. Sabían que el punto débil de Atenas estaba en Calcídica y en Tracia. Para llegar estas regiones los lacedemonios deberían pasar por Tesalia, que aunque oficialmente era aliada de Atenas, estaba dividida en filoatenienses y filoespartanos: el sector popular estaba de parte de Atenas y la rica aristocracia simpatizaba con Esparta.
Brásidas atravesó el istmo de Corinto, Beocia, Tesalia y se presentó en Calcídica donde incitó a sus habitantes a la sublevación.
Las ciudades de Acanto y Estagira se pusieron de su lado y su éxito más sobresaliente fue la conquista de Anfípolis. De este modo, Brásidas dio a los atenienses un golpe considerable en una zona en la que su imperio parecía estar muy seguro.
Tucídides, el historiador, entonces strategos y encargado de la defensa de la ciudad, no pudo evitar que fuera tomada por Brásidas. Esta pérdida era importante por su posición estratégica con respecto a Tracia y los Estrechos (Helesponto y Dardanelos), porque Anfípolis proporcionaba madera para construir barcos y porque contribuía financieramente. Tucídides fue castigado al ostracismo (destierro) por la ekklesía ateniense.
A raíz de la victoria espartana, numerosas ciudades calcídicas hicieron defección de la Confederación de Delos y las ricas minas de oro del Monte Pangeo pasaron a Esparta.
La situación de Atenas en Tracia se debilitó con la pérdida de otras poblaciones como Torone. Por todo esto, los atenienses se vieron obligados a subir las cuotas del tributo (eisphora), lo cual provocó la defección de otras ciudades aliadas.
Pero atenienses y espartanos encarnados en la persona de Nicias y Plistoanacte deseaban una paz cuanto antes, ya que estos últimos estaban muy preocupados de los prisioneros de Pilos, a quienes se ejecutaría si los peloponesios invadían de nuevo el Ática.
En consecuencia, en la primavera de 423 a. C., Laques gestionó una tregua de un año que parecía dejar una puerta abierta hacia la paz definitiva. Tucídides recoge su contenido en el que figuraban las diferentes líneas locales de demarcación en ambas fuerzas y sus posesiones territoriales. Ciertas cuestiones problemáticas quedarían sujetas a arbitraje.
Pero cumplido el plazo, la guerra se reanudó en Calcídica y prosiguieron las intrigas. La ciudad de Sición defeccionó de la Confederación de Delos y según el acuerdo debía haber sido devuelta a estos, pero Brásidas se negó.
Nicias logró atraerse a Pérdicas II de Macedonia y al príncipe Arrabeo de Lincéstide, consiguiendo alguna ventaja en el norte.
Cleón se presentó con un fuerte contingente y cosechó algunas victorias, entre las cuales cabe destacar la conquista de Torone, pero al acercarse a Anfípolis los espartanos le infringieron una severa derrota. Cleón y Brásidas murieron en la Batalla de Anfípolis en el año 422 a. C. 

Batalla de Anfipolis (422 a.C.)
Posteriormente a la batalla Esfacteria, el suministro de grano desde Sicilia y Sur de Italia, quedó amenazado, los espartanos tenían que recuperar el honor y decidieron cortar el suministro de plata en Tracia, y que Atenas empleaba para financiar la guerra, Brásidas, uno de los generales espartanos, reunió un ejército de aliados e ilotas de unos 2.500 efectivos entre los que no había espartiatas y se dirigió a la colonia de Anfípolis, que controlaba a un gran número de minas de plata. La ciudad estaba defendida por el general ateniense Eucles, quien pidió ayuda a Tucídides, que estaba estacionado en Tasos con siete trirremes atenienses.
Para capturar la ciudad antes de que llegara Tucídides, Brásidas ofreció dejar a todos los que desearan quedarse a guardar su propiedad, y ofreció el paso franco a aquellos que quisieran partir. Anfípolis se rindió, a pesar de las protestas de Eucles. Tucídides llegó al cercano puerto de Eyón el mismo día que la ciudad se rendía, y le defendió con la ayuda de aquellos que permanecieron en Anfípolis. Mientras tanto, Brásidas comenzó a aliarse con otras ciudades tracias, y con Pérdicas de Macedonia, y atacó otras ciudades de la región, como Torone. Los atenienses temieron que sus otros aliados capitularan rápidamente, como los de Anfípolis, si Brásidas les ofrecía términos favorables de paz.
Tucídides fue considerado responsable de la caída de Anfípolis, fue llamado a Atenas donde fue juzgado y exiliado.
En respuesta a la caída de la ciudad, Atenas y Esparta firmaron un armisticio de dos años. Atenas tenía la esperanza de que podría fortificar más ciudades en preparación de futuros ataques de Brásidas, y los espartanos tenían la esperanza de que Atenas al fin devolvería los prisioneros tomados en la batalla de Esfacteria, curiosamente los ciudadanos espartanos que habían capitulado fueron desterrados de Esparta y expoliados todos sus bienes.
Cuando el armisticio terminó en 422 a.C., Cleón llegó a Tracia con una fuerza de 30 barcos, 1.200 hoplitas, y 300 jinetes, con muchas otras tropas de aliados de Atenas. Volvió a capturar Torone y Escione; en Escione, el comandante espartano Pasitélidas fue muerto. Cleón ocupó posiciones en Eyón, mientras Brásidas ocupó posiciones en Cerdilio. Brásidas tenía unos 2.000 hoplitas y unos 300 soldados de caballería, más algunas tropas de Anfípolis, pero no se sentía con fuerzas suficientes para derrotar a Cleón en una batalla campal. Brásidas entonces regresó a Anfípolis, y Cleón se trasladó hacia la ciudad para la preparación de la batalla. Cuando Brásidas no salió, Cleón supuso que no habría ataque, y empezó a regresar con sus soldados a Eyón.
En este punto, Brásidas salió de Anfípolis y cargó contra las desorganizadas tropas atenienses. En la debacle que siguió, Brásidas fue herido de muerte, aunque los atenienses no se dieron cuenta de ello. Cleón murió también cuando fue atacado por el comandante espartano Cleáridas. El ejército ateniense entero huyó a Eyón, aunque aproximadamente 600 de ellos fueron muertos antes de que alcanzaran el puerto. Tan solo siete espartanos murieron.
Brásidas vivió lo suficiente para enterarse de su victoria y fue enterrado en Anfípolis. Los anfipolitanos lo recordarían como el fundador de la ciudad.

La Paz de Nicias
La paz de Nicias fue un tratado de paz firmado entre las ciudades-estado griegas de Atenas y Esparta en 421 a. C., que puso fin a la primera parte de la guerra del Peloponeso.
En 425 a. C. los espartanos habían perdido las batallas de Pilos y de Esfacteria, una derrota grave por la que los atenienses retuvieron 120 hoplitas espartanos (manifestado por Tucídides). Fueron recuperados en 424 a. C., cuando el general espartano Brásidas capturó Anfípolis. El mismo año, los atenienses sufrieron una gran derrota en Beocia en la batalla de Delio, y en 422 a. C. fueron derrotados de nuevo en la batalla de Anfípolis en el intento de retirarse a esa ciudad. Ambos, Brásidas, el principal general espartano y Cleón, el principal político de Atenas murieron en Anfípolis. Ambos bandos estaban agotados y listos para la paz.
Las negociaciones fueron iniciadas por Plistoanacte, ​ rey de Esparta, y el general ateniense Nicias. Ambos decidieron la devolución de todo lo que habían conquistado en la guerra, excepto Nisea, que quedaría en manos atenienses, y Platea, que permanecería bajo el control de Tebas. En particular, Anfípolis sería devuelta a Atenas, y los atenienses deberían liberar a los prisioneros tomados en Esfacteria. Templos de toda Grecia serían abiertos a los fieles de todas ciudades, y el oráculo de Delfos recuperaría su autonomía. Atenas podía continuar recaudando el tributo de los estados que lo habían hecho desde la época de Arístides, pero Atenas no podía forzarles a que se hicieran aliados. Atenas también aceptó prestar ayuda a Esparta si los hilotas se rebelaban. Todos los aliados de Esparta acordaron firmar la paz, menos los beocios, Corinto, Elis y Mégara.
Diecisiete representantes de cada bando juraron mantener el tratado, que se pretendió al menos durante quince años. Estos representantes fueron, por Esparta, el rey Plistoacnate y Agis II, Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zeúxidas, Antipo, Télide, Alcínadas, Empedias, Menas, y Láfilo. Los signatarios atenienses fueron Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mírtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco, y Demóstenes. El tratado de paz entró en vigor bajo el eforato de Plístolas, el cuarto día antes del fin del mes de Artemisio ​y en Atenas bajo el arcontado de Alceo, el sexto día antes del mes de elafebolión.
Este tratado se concluyó al acabar el invierno, con la primavera en sus comienzos, inmediatamente después de las Dionisias urbanas.
Sin embargo, ningún bando estaba satisfecho, y el tratado fue roto después y declarado inservible. 

Tras la muerte de Cleón y Brásidas, belicosos guerreros de ambas naciones, la Paz de Nicias duró alrededor de seis años. No obstante, esta fue una época de escaramuzas constantes en el interior y en las inmediaciones del Peloponeso. Mientras los espartanos se contuvieron de entrar en acción, algunos de sus aliados comenzaron a hablar de revolución. Estas ideas eran apoyadas por Argos, un poderoso Estado del Peloponeso que había permanecido independiente de Lacedemonia. Con la ayuda de los atenienses, los argivos tuvieron éxito forjando una coalición de estados democráticos en el Peloponeso que incluía a estados importantes como Mantinea y Elis. Los primeros intentos de Esparta por quebrar la coalición fracasaron, y comenzó a cuestionarse el liderazgo del rey de Esparta, Agis II. Envalentonados, los argivos y sus aliados, con el apoyo de un pequeño ejército ateniense al mando de Alcibíades, se pusieron en marcha para tomar la ciudad de Tegea, cercana a Esparta.
La batalla de Mantinea (418 a. C.) fue la mayor batalla librada dentro del territorio griego durante la guerra del Peloponeso. Los lacedemonios, junto con sus vecinos tegeatas, se enfrentaron al ejército combinado de Argos, Atenas, Mantinea y Arcadia. En la batalla, la coalición aliada logró varias victorias iniciales, pero fracasó en capitalizarlas; esto permitió que las fuerzas de élite espartanas derrotaran a la coalición. El resultado fue una victoria total para Esparta, que rescató a su ciudad del borde de la derrota estratégica. La alianza democrática se fracturó y muchos de sus miembros regresaron a la Liga del Peloponeso. Mediante su victoria en Mantinea, Esparta consiguió recuperarse de una mala situación y restablecer su hegemonía dentro del Peloponeso. 

Batalla de Mantinea (418 a.C.)
Fue una de las batallas más importantes de la guerra del Peloponeso. Ocurrió en el año 418 AC, enfrentando a Esparta y sus aliados con el ejército encabezado por Argos y Atenas, con victoria espartana. 

Antecedentes
La paz de Nicias del 421 a.C, duró alrededor de seis años, no obstante, esta fue una época de escaramuzas constantes en el interior y en las inmediaciones del Peloponeso. Mientras los espartanos se contuvieron de entrar en acción, algunos de sus aliados comenzaron a hablar de revolución. Estas ideas eran apoyadas por Argos, un poderoso estado del Peloponeso que había permanecido independiente de Lacedemonia. Con la ayuda de los atenienses, los argivos tuvieron éxito forjando una coalición de estados democráticos en el Peloponeso que incluía a estados importantes como Mantinea y Elis.

Lacedemonios o espartanos en el 418 en la batalla de Mantinea: 1 hoplita lacedemonio; 2 oficial lacedemonio se distingue por el penacho longitudinal; 3 oficial superior se distingue por el penacho transversal. Llevan la túnica exomis que dejaba libre el brazo derecho, su única protección era el casco tipo pilos y el hoplón. 

Los espartanos fueron excluidos de los Juegos Olímpicos del 420 AC que se organizaron en Eleo con el pretexto de que no habían pagado la multa por la ocupación militar de Lepreo, lo que suponía la violación de la paz de Nicias donde se contemplaba el acceso libre a los santuarios. Sin embargo los espartanos no tomaron ninguna acción.
En el 419 AC, la invasión de Epidauro por parte de los aliados, Esparta fue apremiada a tomar una acción contra ellos, apurados por el hecho que Corinto y Beocia pudieran desligarse de su alianza y que todo el Peloponeso pudiera ponerse en su contra.
Reunieron un ejército compuesto por beocios, corintios y demás aliados de Esparta, que fue puesto bajo el mando de Agis II, hijo de Arquídamo II, uno de los reyes de Esparta. El ejército se movilizó para enfrentarse a Argos, pero en el momento en que Esparta estaba en ventaja y a punto de dar el golpe decisivo contra los argivos, Agis decidió establecer una tregua con ellos. Tal decisión fue extremadamente impopular entre las tropas y sus aliados, ya que el ejército reunido era, según Tucídides “el mejor de la época en toda Grecia”. Otra demostración de lo erróneo de la tregua fue que, inmediatamente después de pactada, los argivos capturaron Orcómeno, una de las ciudades clave de la región. 

Comenzaron a cuestionarse el liderazgo del rey de Esparta, Agis II, los éforos designaron a diez xymbouloi o consejeros, quienes debían dar su consentimiento ante cualquier acción militar que Agis deseara efectuar.
Envalentonados, los argivos y sus aliados, con el apoyo de un pequeño ejército ateniense al mando de Alcibíades, se pusieron en marcha para tomar la ciudad de Tegea, cercana a Esparta, donde una facción estaba preparada para entregar la ciudad a los argivos y sus aliados.
Un ejército espartano bajo el rey Agis fue despachado para evitar que tomasen la ciudad, ya que la pérdida de Tegea haría que Esparta quedase cortada de sus aliados del norte. Agis estaba en una posición difícil políticamente.
Agis puso en movimiento a todo el ejército espartano y se dirigió a Tegea. Allí se reunió con sus aliados de Arcadia y pidió ayuda a sus aliados del norte (Corinto, Beocia, Fócida y Lócrida). No obstante, el ejército del norte se demoró en llegar al lugar puesto que no esperaban ser convocados y debían atravesar territorio enemigo (Argos y Orcómeno).
En un principio parecía que los espartanos estaban superados en número a la llegada en Tegea hasta que el ejército fuese reforzado por las tropas aliadas del norte. Sin embargo, prevaleció el desacuerdo en el campamento argivo. Tras la victoria en Orcómeno, los eleos no estaban de acuerdo con los atenienses y mantineos sobre el ataque a Tegea. Los eleos como resultado retiraron sus 3.000 hoplitas del ataque a Tegea. Se abría una oportunidad para Agis. Él podría atacar en ese momento, ya que tenía una fuerza superior, sin sus aliados del norte, o bien esperar y arriesgarse al retorno de los eleos. Se eligió por el ataque inminente.

Hoplitas griegos preparándose para la campaña. 

La zona entre Mantinea y Tegea consiste en un valle que se estrecha en un punto a unas cuatro millas (6,5 km) de Mantinea. Entre este punto y Mantinea el valle se ensancha de nuevo, pero pasa inicialmente a través del bosque de Pelagos. Más cerca de Tegea se encuentran los dos ríos, el Saranda (Sarandapotamos) y el Zanovistas. Agis primeramente decidió atacar a la coalición argiva que estaba desplegada en una elevación del terreno entre el bosque Pelagos y Mantinea. En el último momento fue disuadido por los consejeros de no intentar un ataque cuesta arriba y se retirase.
Tras suspender el ataque, Agis determinó entonces atraer al ejército argivo fuera de su posición elevada, desviando el curso del río Saranda hacia el Zanovistas para inundar el campo Mantinea cuando llegase la época de lluvias que tendría lugar en las siguientes semanas.
Cuando completaron el desvío, los espartanos marcharon de vuelta hacia Mantinea. Los espartanos quedaron sorprendidos cuando salieron del bosque de Pelagos ya que el ejército argivo que ahora había cambiado de posición y los estaban esperando. Se organizaron velozmente, ya sin tiempo de esperar la llegada de sus otros aliados. 

Despliegue inicial
Los argivos y sus aliados disponían de unos 8.000 infantes y 500 jinetes, había desplegado sus fuerzas de la siguiente manera: A la derecha 2.000 mantineos, a continuación 1.000 arcadios, 1.000 hoplitas argivos, 3.000 argivos, 1.000 cleones, 1.000 hoplitas atenienses y los 500 jinetes atenienses.
Los espartanos y sus aliados disponían de 8.000 infantes y 500 jinetes, desplegaron apresuradamente situando 200 jinetes a la izquierda, a continuación 600 esquiritas (unidad de élite espartana), 1.000 brásidos, 3.500 espartanos, 2.000 laconios, y 200 jinetes laconios.

Batalla de Mantinea 418 A.C. despliegue inicial y fases de la batalla 

La batalla
Una vez desplegadas las fuerzas frente a frente (fase 1), en las batallas entre hoplitas, como cada hombre lleva el escudo con la izquierda, su flanco derecho queda desprotegido, a no ser que se aproxime al hoplita de su derecha, quedando así defendido tras su escudo. Esto ocasionaba siempre una desviación de los ejércitos de hoplitas hacia la derecha.

Falange espartana avanzando

Ambos ejércitos bascularon hacia su derecha (fase 2), lo que hizo que los contendientes girasen en sentido horario, y los espartanos y tegeos rebasasen a los atenienses y argivos de enfrente, mientras que en la otra ala, los mantineos y arcadios sobrepasaban a los esciritas y brásidos.
Los mantineos, arcadios y los argivos del ala derecha aislaron el ala izquierda de Agis y la empujaron, tratando de rodearla y aniquilarla. Sólo el entrenamiento de las tropas que combatían con espartanos, aún sin tener su experiencia, evitó el desastre (fase 3), en cambio, en el otro lado del campo de batalla la situación era justo la contraria: los espartanos y tegeos pusieron en fuga rápidamente al ala izquierda de la coalición, formada por veteranos argivos y atenienses, que lograron salvarse gracias a la caballería, que frenó el ímpetu espartano, y a la propia evolución de la batalla.
Agis, viendo a su ala izquierda derrotada, ordenó parar la persecución de los veteranos argivos y los atenienses, y volver en auxilio de la otra ala (fase 4). Inesperadamente, el grupo de hoplitas argivos de élite y sus aliados se vieron rodeados, y la batalla pronto estuvo decidida.

Falange ateniense avanzando. 

Los espartanos de Agis se prepararon a masacrar a los argivos pero, al parecer, un consejero del rey, se llevó aparte a Agis y le aconsejó que procurase un camino de huida para los Mil, el cuerpo de élite argivo reclutado entre los oligarcas de Argos. 

Secuelas
El lado argivo perdió aproximadamente 1.100 hombres (700 argivos y arcadios, 200 atenienses y 200 mantineos), y los espartanos, unos 300.
Batalla de Mantinea 418 a.C. secuelas de la batalla. Tras una batalla, el vencedor tenía el derecho a despojar a los cadáveres vencidos y erigir un trofeo de la victoria simboliza la posesión del campo de batalla y como una ofrenda de agradecimiento a los dioses. Consistía en armas y armaduras capturadas colocadas en un poste o un tronco de árbol como un maniquí improvisado, de modo que estos monumentos de hostilidad durasen sólo por un breve tiempo y desapareciesen rápidamente. Poco después, los espartanos recogieron a sus muertos y, como era su costumbre, los enterraron cerca del trofeo. 

Esparta envió una embajada a Argos y los argivos aceptaron una tregua según la cual entregaban Orcómeno, todos sus prisioneros y se unían al bando espartano para desalojar a los atenienses de Epidauro. Además, renunciaban a su alianza con Elis y Atenas. Tras derribar al gobierno democrático de Sición, los Mil Argivos realizaron un golpe de estado contra el gobierno de Argos, donde la moral de los demócratas era baja, debido al mal desempeño del ejército en conjunto y de los atenienses en la batalla.
En términos más generales, la batalla aumentó de forma considerable la moral y el prestigio lacedemonios, quienes, tras el desastre en Pilos y Esfacteria, fueron tachados de cobardes e incompetentes en una batalla. Su éxito en Mantinea marcó un cambio de opinión y el reconocimiento de los griegos hacia los hoplitas espartanos.
El resultado dio la supremacía a Esparta y el declive de Atenas como fuerza dominante del Peloponeso. 

La expedición a Sicilia
La primera fase de la Guerra del Peloponeso —la Guerra arquidámica— terminó en el año 421 a. C. con la Paz de Nicias, en la que Atenas y Esparta acordaron una paz de 50 años. En el año 416 a. C., embajadores de la ciudad siciliana de Segesta (Egesta en griego) fueron enviados a Atenas para pedir ayuda en su guerra contra Selinunte y sugirieron también que podrían contener la expansión de Siracusa en Sicilia. Los segestanos ofrecieron sufragar los gastos de la expedición.
Atenas envió a Segesta delegados para comprobar el tesoro de la ciudad y además recibir 60 talentos como adelanto. Los delegados informaron favorablemente sobre la capacidad económica de Segesta. Los atenienses, y en especial su general Alcibíades, fueron atraídos por la riqueza de la isla en cereales y otros recursos. Ayudando a Segesta sentían que podían ganar una posición en Sicilia que les permitiría lanzarse a una eventual conquista. Mientras Pericles aún vivía, había aconsejado a Atenas no extender demasiado su imperio, pero este consejo ya había sido olvidado por todos.
Nicias, Alcibíades y Lámaco fueron elegidos para dirigir la expedición, aunque Nicias no estaba interesado en ello. Cinco días después de ser elegidos hubo un debate en la Asamblea entre aquellos que estaban en contra de la expedición, dirigidos por Nicias, y los que la apoyaban, liderados por Alcibíades. Nicias argumentó que no deberían ser arrastrados a una guerra en la que no estaban implicados y que Atenas no debía sentirse tan segura a pesar del tratado de paz que él había establecido con Esparta sólo unos pocos años antes.
Esparta aún era su enemiga y no podían permitirse malgastar tiempo y hombres luchando en una guerra lejana mientras sus enemigos estaban tan cerca. Nicias expresó que, incluso si conquistaran Sicilia, sería imposible de gobernar, además de que los aliados más débiles y más pobres de Atenas se rebelarían continuamente contra ella y estaban mucho más próximos. Los sicilianos, dijo, tendrían más temor de Atenas si ésta no era puesta a prueba en la batalla, de la misma manera que Atenas había tenido miedo de Esparta antes de que pudieran derrotar a los espartanos en la guerra. Finalmente, esperó a que sus conciudadanos no fueran persuadidos por el joven y arrogante Alcibíades, de quien opinaba que sólo buscaba su gloria personal.
Hubo otros discursos, sobre todo a favor de la expedición, antes de que Alcibíades respondiera a Nicias. Tras defender su juventud y arrogancia, afirmó que la situación era similar a la que se enfrentó Atenas en su guerra contra Persia, mientras que ellos tenían los enemigos cerca de casa. Su victoria sobre Persia condujo a la gloria ateniense y a la fundación de la Liga de Delos, y esta expedición les traería los mismos resultados. La expedición también contribuiría a mantener a Atenas activa en tiempo de paz, de modo que estarían preparados para los futuros ataques espartanos.
Nicias pronunció, entonces, un segundo discurso. Dijo que Atenas necesitaría una flota y un ejército mucho mayor para lograr su meta, mucho más que las 60 naves que Segesta había ofrecido equipar. Nicias esperaba que los atenienses tuvieran dudas sobre la viabilidad de la expedición, pero en vez de eso, se volvieron aún más entusiastas. Nicias sugirió renuente que precisarían al menos 100 trirremes y 5000 hoplitas, más millares de tropas ligeras y otros suministros.
Tras largos preparativos, la flota estuvo lista para zarpar. La noche antes de la partida, alguien destruyó muchos de los hermas —representación en piedra de marcas para señalar carreteras y fronteras y marcar los límites de las propiedades, con el busto del dios Hermes— colocados alrededor de la ciudad para la buena suerte. Esto fue considerado un mal presagio para la expedición. En la investigación que siguió, algunos enemigos políticos de Alcibíades afirmaron que éste era el responsable, aunque no había prueba de ello. Alcibíades se ofreció voluntariamente para ser sometido a juicio en el que demostraría su inocencia, pero sus enemigos temieron que el ejército se pusiera de su lado, por lo que consiguieron aplazar el inicio del juicio hasta que el general llegara a Sicilia.
En junio del año 415 a. C. la flota zarpó de El Pireo hacia Corcira, donde embarcó al resto de la fuerza y desde allí zarparon a Sicilia en 134 trirremes (100 de las cuales eran de Atenas), 130 transportes, 5100 hoplitas (2200 eran atenienses), 1300 arqueros, lanzadores de jabalina y honderos y 300 caballos. El ejército estaba formado por 27 000 hombres.
Las tropas desembarcaron en Regio, donde recibieron la desagradable noticia de que el tesoro de Segesta no era el declarado y que los delegados atenienses habían sido engañados en cuanto a la cuantía del tesoro de esa ciudad. Ante esto los atenienses decidieron atacar a Siracusa en lugar de a Selinunte.
En Siracusa no querían creer que esta expedición estuviese dirigida contra Sicilia. Mucha gente de Siracusa, la más rica y más poderosa ciudad de Sicilia, opinaron que los atenienses de hecho venían a atacarles bajo el engaño de ayudar a Segesta en una guerra de menor importancia. El general siracusano Hermócrates sugirió que pidieran ayuda a otras ciudades sicilianas y a Cartago, también deseó encontrarse con la flota ateniense en el mar Jónico antes de que llegaran. Otros argumentaron que Atenas no sería ninguna amenaza para Siracusa y hubo gente que no creyó que hubiera una flota en absoluto, porque Atenas no sería tan estúpida como para atacarles mientras aún estuviera en guerra con Esparta. Atenágoras acusó a Hermócrates y a otros de intentar inculcar miedo entre la población y de derrocar al gobierno.
Al enterarse del engaño de Segesta, los atenienses deliberaron sobre el curso a seguir: Nicias sugirió hacer una demostración de fuerza y después volver a casa, mientras que Alcibíades dijo que debían fomentar revueltas contra Siracusa y después atacar a Siracusa y Selinunte. Lámaco propuso que debían atacar enseguida a Siracusa.
La flota prosiguió hasta Catania, y estando allí llegó un buque correo de Atenas a buscar al general Alcibíades para que compareciera ante un tribunal en Atenas acusado de haber profanado un templo ateniense. Alcibíades se embarcó de regreso, pero en el viaje huyó, refugiándose en Esparta. Políticamente, Alcibíades era más bienvenido en la oligárquica Esparta que en la democrática Atenas y pronto comenzó a ofrecer consejo a los espartanos sobre cómo la situación en Siracusa podría beneficiarles a costa de Atenas. En Atenas fue dictada una sentencia de muerte en ausencia, su culpabilidad estaba probada aparentemente.
En Catania, el ejército quedó dividido en dos grupos, uno al mando de Nicias y el otro al de Lámaco. Catania se encontraba a 45 km al norte de Siracusa. Los atenienses decidieron no atacar, por lo que los siracusanos resolvieron atacarlos por sorpresa. Cuando éstos se pusieron en movimiento, Nicias y Lámaco fueron informados y decidieron embarcar a sus hombres. En la noche entraron en el Gran Puerto y desembarcaron en las llanuras de Anapo al sur de la ciudad. Los siracusanos regresaron y se prepararon para atacarlos.

Mapa de la Guerra del Peloponeso. 

Primera batalla de Siracusa
Al día siguiente ambos ejércitos se dispusieron a la batalla. Los atenienses formaron filas de ocho hombres en fondo con los argivos y los mantineos a la derecha, el resto de los aliados a la izquierda y los atenienses en el centro. Las filas de los siracusanos eran de dieciséis hombres en fondo y contaban con 1200 jinetes. Los atenienses aún no tenían caballería, aunque el número de sus tropas era casi igual. Los atenienses atacaron primero, creyendo ser un ejército más fuerte y más experimentado. Después de una inesperada y fuerte resistencia, los argivos empujaron el ala izquierda siracusana provocando la huida del resto. La caballería siracusana evitó que los atenienses los persiguieran, pero los siracusanos perdieron cerca de 260 hombres, y los atenienses, cerca de 50. Tiempo después comenzó el invierno y los atenienses prefirieron regresar a Catania. 

Del invierno de 415 a la primavera de 414 a. C.
Los siracusanos reorganizaron su ejército y comenzaron a entrenar convenientemente a su infantería pesada. Además enviaron emisarios a Corinto y a Esparta pidiendo ayuda y emprendieron la tarea de amurallar el río Temerites para impedir que el enemigo construyera un muro de contravalación. Los atenienses solicitaron que para la primavera se les enviara una fuerza de caballería.
Atenas pidió socorro a los cartagineses y a los etruscos. Atenas y Siracusa intentaron conseguir apoyo de las ciudades griegas de Italia. En Corinto, representantes de Siracusa se reunieron con Alcibíades, quien estaba trabajando con Esparta. Alcibíades informó a Esparta que habría una invasión del Peloponeso si Sicilia era conquistada y que, por lo tanto, debían acudir en auxilio de Siracusa y también fortificar Decelia, cerca de Atenas. Esparta no deseaba inmiscuirse, por ahora, en el conflicto, por lo que sólo se comprometió a enviar al general Gilipo para que tomara el mando del ejército siracusano.
En mayo de 414 a. C., los refuerzos que llegaron de Atenas consistían en 250 jinetes, 30 arqueros montados y 300 talentos de plata para contratar a 400 hombres más de caballería de sus aliados sicilianos; además decidieron empezar la campaña de verano.

Posible trazado posible de las murallas de asedio. La información de Tucídides es inexacta, la situación exacta de las murallas no está clara. 

Los siracusanos guarnecieron el Olimpeo y pusieron una fuerza de 600 guerreros escogidos al mando del general Diomilo para proteger los accesos del norte de la ciudad. La mañana en que éste estaba revistando sus fuerzas, los atenienses atacaron: habían efectuado un movimiento nocturno con sus naves, desembarcando en León y tomando la puerta de Euríalo antes de que los siracusanos de Diomilo la pudieran proteger. Cuando llegó Diomilo, seguido por Hermócrates, se libró un combate en que los siracusanos fueron obligados a retroceder hacia el interior de la ciudad.
Ambos bandos empezaron entonces a construir una serie de muros. El ateniense de circunvalación, conocido como el «círculo», para aislar Siracusa del resto de la isla, mientras que los siracusanos levantaron varios contramuros desde la ciudad a varios de sus fuertes. Una fuerza de 300 atenienses destruyó parte del primer contramuro, pero los siracusanos edificaron otro, esta vez con una zanja, impidiendo a los atenienses que ampliaran su muro hasta el mar. Otros 300 atenienses atacaron este muro y lo tomaron, pero fueron eliminados por un contraataque de los siracusanos en el cual murió Lámaco, quedando sólo Nicias de los tres comandantes originales. Los siracusanos destruyeron 300 metros del muro ateniense, pero no pudieron derruir el Círculo, que fue defendido por Nicias. Después de que Nicias rechazara el ataque, los atenienses finalmente ampliaron su muro hasta el mar, bloqueando totalmente Siracusa por tierra, y su flota entró en el Gran Puerto para bloquearlos desde el mar.
La situación de los siracusanos era tan desesperada, que pensaron iniciar negociaciones con Nicias y depusieron a Hermócrates y Sicano como generales, sustituyéndolos por Heráclides, Eucles y Telias.
Poco después de lo anterior, el general espartano Gilipo arribó con sus refuerzos a Léucade, una isla del mar Jónico y continuó hacia Locri en Calabria. Allí se enteró de que Siracusa no estaba cercada por completo, por lo que presionó sobre Hímera en Sicilia, donde reclutó un ejército de más de 2000 hoplitas, otros guerreros medianamente armados y un centenar de jinetes. Gilipo avanzó hasta Siracusa tomando contacto con el ejército siracusano en Euríalo, que estaba desguarnecida. Inmediatamente comenzaron a construir otro contramuro en Epípolas. Aquí sucedieron dos combates: en el primero, los siracusanos fueron derrotados, pero en el segundo triunfaron, lo que le permitió a Gilipo terminar su muralla. La flota corintia también llegó al Gran Puerto, bajo el mando de Erasínides.

Asedio de Siracusa 414 A.C. llegada de los refuerzos espartanos. Los espartanos entran en la ciudad de Siracusa con su general Gilipo al frente, la población civil los recibe con entusiasmo.

Asedio ateniense de Siracusa 414 A.C. Los atenienses construyendo los muros de asedio de Siracusa. 

Nicias, agotado y enfermo, envió un patético informe a Atenas en el que explicaba que en lo terrestre, él era el cercado y no los siracusanos, que sus naves se estaban pudriendo y sus guerreros estaban muriendo en gran número. Que cada salida en búsqueda de combustible, forraje y agua significaba una batalla. Que su situación era insostenible. Atenas, pensando en su prestigio, mandó una nueva expedición de refuerzo a las órdenes de Eurimedonte y Demóstenes. Entretanto Esparta envió su ejército al mando de Agis al Ática.
Llegada la primavera, Gilipo lanzó su ofensiva contra los atenienses. Al inicio, los atenienses ganaron en el mar, pero en tierra perdieron su base naval y con ella el trigo y sus pertrechos navales.
En julio del año 413 a. C. llegaron por fin los refuerzos atenienses al mando de Demóstenes y Eurimedonte. Estos consistían en: 73 trirremes, 5000 hoplitas y 3000 arqueros, los que sumados a los honderos y lanzadores de jabalina, totalizaban 15 000 hombres.
Debido a la enfermedad de Nicias, la dirección del ejército ateniense la asumió Demóstenes. Demóstenes decidió actuar de inmediato, pero no pudo imponerse a los siracusanos, por lo que mandó levantar el cerco y regresar a Atenas. La partida se difirió casi un mes, pero cuando las naves estuvieron listas para zarpar, el 27 de agosto del 413 a. C., ocurrió un eclipse de luna que los ateniense consideraron como un signo de desgracia, de manera que tanto las tropas como los marineros rehusaron a embarcarse, negativa que fue aprobada por Nicias, que era muy superticioso.
La llegada de Demóstenes no fue un gran alivio para los atenienses. Su campamento estaba ubicado cerca de un pantano y muchos de ellos habían caído enfermos, incluyendo Nicias. Viendo esto, Demóstenes pensó que debían regresar a Atenas y defender el Ática contra la invasión espartana que había tomado Decelia. Nicias, que se había opuesto a la expedición al principio, ahora no quería mostrar debilidad ante los siracusanos y espartanos, o a los atenienses de casa, quienes probablemente le someterían a juicio por fracasar en la conquista de la isla. Esperaba que los siracusanos se quedaran pronto sin dinero, y también había sido informado de que había facciones proatenienses en Siracusa que estaban preparadas para entregarle la ciudad. Demóstenes y Eurimedonte acordaron reticentes que Nicias podría tener razón, pero cuando llegaron los refuerzos del Peloponeso, Nicias estuvo de acuerdo en que debían partir. 

Segunda batalla de Siracusa
Cuando Gilipo supo la decisión de los atenienses, pensó aprovecharla atacando con sus naves las de los atenienses. En el combate murió el general Eurimedonte y la flota ateniense fue obligada a retroceder hacia el interior del Puerto Grande. Gilipo ordenó bloquear la entrada del Puerto Grande colocando una hilera de trirremes y naves mercantes, anclados y amarrados unos a otros.
Después del eclipse lunar, los atenienses decidieron que la única salida a tan desesperada situación era forzar la salida del puerto. Cargaron sus trirremes con el máximo de soldados que podían contener y se lanzaron contra la barrera de naves siracusanas que tapaban la entrada del puerto. Estaban dispuestos a morir en el intento y si se salvaban, dirigirse a Catania.

Primera Batalla naval de Siracusa, 414 a.C., Los siracusanos fueron derrotados por mar, pero por tierra consiguieron capturar los fuertes de Plemirio, controlando la entrada del puerto. 

El 10 de septiembre del año 413 a. C. los atenienses zarparon en su desesperada acción y navegaron en línea recta hacia la salida del puerto. La batalla fue caótica por lo reducido del espacio y la cantidad de naves. La victoria siracusana fue aplastante y en la acción murió Eurimedonte.
Nicias y Demóstenes organizaron las tropas para dirigirse por tierra hacia Catania, pero Gilipo les cortó la retirada, por lo que ambos, después de encarnizados combates, tuvieron que rendirse.
De manera somera, este fue el final de la empresa militar ateniense en tierras sicilianas. ​ La suerte que corrieron los cuatro estrategos que comandaron las fuerzas expedicionarias fue la siguiente: Alcibíades se pasó al enemigo cuando los trirremes oficiales del Estado ateniense fueron a apresarle para enjuiciarle en Atenas. ​ Lámaco murió en combate en el segundo año de la guerra (414 a. C.). ​ En 413 a. C. Durante la desesperada retirada terrestre de los 40 000 soldados del ejército ateniense hacia la ciudad aliada de Catana, los efectivos se dividieron en dos columnas debido al hostigamiento de las tropas ligeras y de la caballería siracusanas. Demóstenes al mando de un contingente, fue rodeado, apresado, 20 000 de sus hombres murieron y unos 6000 se rindieron. La otra columna dirigida por Nicias, famélica y sedienta, logró llegar más lejos, hasta el río Asinaro. Allí fueron masacrados mientras bebían del río. ​ Para poner fin a la carnicería Nicias se rindió. Tanto él como Demóstenes fueron ejecutados sin juicio previo. ​ Cerca de 7000 prisioneros, condenados a trabajos forzados en las latomías (canteras) de Siracusa, hacinados, murieron a causa del hambre o de enfermedades apenas 70 días después. Se salvaron los que sabían recitar de memoria versos de Eurípides, ​ los que fueron vendidos como esclavos, y algunos fugitivos de las dos divisiones de infantería consiguieron llegar a Catania.

Batalla nocturna de Epipolas 413 a.C. Las atenienses durante el asedio de Siracusa, organizan un ataque nocturno inicialmente tienen éxito pero son derrotados por los siracusanos debido a la confusión. 

Los recursos humanos, materiales y económicos destinados a la invasión de Sicilia fueron los siguientes:
·       Al comienzo de la Guerra del Peloponeso, Atenas contaba probablemente con 9000 hoplitas de todas las edades, unos 11 000 thetes y 3000 metecos. Aparte de la contribución de sus aliados, destinó a la operación militar al menos 3000 hoplitas y 9000 thetes, y un número indeterminado de metecos.
·       La flota de la Confederación de Delos perdió 216 trirremes, de los cuales 160 eran atenienses. Unos 100 se salvaron, pero no todos en condiciones de navegar.
·       El tesoro aliado que en 431 a. C. disponía de 6000 talentos, quedó reducido a menos de 500. Sin embargo los siracusanos obtuvieron un enorme botín, y destinaron una décima parte para la construcción de un tesoro en el santuario del templo de Apolo de Delfos.
Así termina Tucídides su relato sobre esta expedición: «los atenienses fueron derrotados en todos los campos, sufrieron sobremanera; fueron vencidos en toda regla: su flota, su ejército, todo fue aniquilado, y muy pocos hombres lograron regresar a sus hogares».

Fin de la expedición ateniense. 

En Atenas, los ciudadanos no creyeron, al principio, en la derrota. Cuando se dieron cuenta de la enormidad de lo que había ocurrido, les entró pánico, ya que el Ática estaba ahora expedita, teniendo en cuenta que los espartanos estaban muy cerca, en Decelia.
La derrota causó un cambio inmenso también en la política de muchos otros Estados. Estados que habían sido neutrales se unieron a Esparta, imaginando que la derrota de Atenas era inminente. Asimismo se rebelaron numerosos aliados atenienses de la liga de Delos, y aunque la ciudad comenzó inmediatamente a reconstruir su flota, había poco que pudiera hacer acerca de las revueltas. La expedición y el desastre consiguiente dejaron a Atenas tambaleándose.
Aproximadamente 9000 hoplitas habían fallecido, y aunque esto era un golpe, la auténtica preocupación era la pérdida de la enorme flota enviada a Sicilia. Los trirremes podían ser reemplazados, pero los 25 000 marineros experimentados caídos en Sicilia eran irreemplazables, y Atenas tuvo que depender de esclavos mal preparados para formar la columna vertebral de su nueva flota. Económicamente, Atenas quedaba endeudada, la expedición fue un desperdicio que costó alrededor de veinte millones de dracmas. ​ La expedición fue un desastre para la democracia de la polis, diez mil de sus treinta a cuarenta mil ciudadanos murieron.
En 411 a. C. la democracia ateniense fue derrocada en favor de una oligarquía, y el Imperio aqueménida se unió a la guerra en el bando de los espartanos. Aunque las cosas parecían horrorosas para Atenas, fueron capaces de recuperarse en pocos años. La oligarquía fue pronto derrocada, y Atenas ganó la batalla de Cinosema. Sin embargo, la derrota de la expedición a Sicilia fue el principio del fin de Atenas. En el 404 a. C. fue vencida y ocupada por Esparta. 

La segunda guerra: Guerra de Decelia (413 a. C.-404 a. C.),
Los lacedemonios no se limitaron simplemente a enviar ayuda a Sicilia; también resolvieron llevar la guerra a territorio ateniense. Con el consejo de Alcibíades, fortificaron Decelia, cerca de Atenas, y evitaron que los atenienses pudieran utilizar sus tierras durante todo el año. La fortificación de Decelia impidió el envío de suministros a Atenas por tierra, obligando a que fueran transportados por mar con un coste mayor. Lo peor de todo quizá fuera que el trabajo en las minas de plata cercanas fue completamente interrumpido, ya que unos veinte mil esclavos atenienses fueron liberados por los hoplitas espartanos en Decelia. Con los mil talentos del tesoro y reservas de emergencia diluyéndose, los atenienses tuvieron que demandar mayores tributos a sus aliados, aumentando aún más la tensión y la amenaza de otra rebelión dentro del Imperio.
La historiografía griega le adjudicó el nombre de guerra de Decelia debido a la importancia estratégica que adquirió el fuerte del demo de Decelia, erigido años antes por los espartanos. Allí se estableció una guarnición permanente, que constituiría el punto de partida desde el cual los peloponesios ejercieron un hostigamiento constante sobre el resto del Ática a partir de la primavera de 413 a. C.
La denominación alternativa de guerra de Jonia o guerra jónica se debe a que el principal teatro de operaciones militares fue la región griega de Jonia (ubicada en la costa de Asia Menor). El control de la Grecia asiática, junto con la presión ejercida sobre el Ática, podía hacer bascular la victoria hacia el campo peloponesio.
El historiador ateniense Tucídides hace hincapié en los cuantiosos daños materiales que la ocupación de Decelia causaba a la economía del Ática, con respecto a las breves y periódicas invasiones durante la Guerra arquidámica.
Tras el desastre de la expedición siciliana, con el consecuente desplome moral ateniense, nació en la ciudad un sentimiento regeneracionista. En otoño de 413 a. C. se fundó una comisión de ancianos (próbulos, probouloi). ​ Era esta una institución propia de un gobierno oligárquico, por el reducido número de sus miembros —eran diez— y la edad mínima requerida era de 40 años. La comisión se encargó de examinar todas las propuestas presentadas con el objetivo de paliar la crisis económica. No obstante el pasado demócrata de alguno de los próbulos como Sófocles y Hagnón, su nombramiento precursó el movimiento antidemocrático de 411 a. C.

La armonía entre las clases económicas se había basado en el interés común por la supervivencia del Imperio: cleruquías y soldadas para los hoplitas y tetes; y para los ricos, terrenos en ultramar y exención de subvenir a pagar la flota (cf. trierarca). Pero al eliminarse estas ventajas económicas desapareció la solidaridad de clases.
El hecho de que la derrota de Sicilia tuviera lugar a fines de la buena estación de navegación fue una circunstancia favorable para poder reconstruir una flota. En verano de 412 a. C., mientras el dominio sobre la Grecia asiática se quebraba, se tomó por decreto la decisión de recurrir a la reserva de mil talentos del tesoro de la diosa Atenea que Pericles había creado en 431 a. C. ​ Las dificultades que entrañaba el cobro del phoros (tributo) a los aliados, llevó a la sustitución de este durante un tiempo por un impuesto de 1/20 (eikosté) sobre el comercio marítimo. Dicho impuesto resultó insuficiente, por lo que los atenienses intentaron en ocasiones elevar el phoros a los aliados recalcitrantes, y hubieron de adoptar otras medidas en situaciones dramáticas. 
En otoño de 413 a. C., el optimismo reinaba en Esparta puesto que creían que la victoria de la Liga del Peloponeso en Sicilia les permitiría en breve derrotar definitivamente a los atenienses y conseguir la supremacía en toda Grecia.
Ya antes del fin de la guerra de Sicilia, y aprovechando los consejos de Alcibíades, el rey Agis II (que ostentaba conjuntamente el poder en Esparta con Plistoanacte) había relanzado la guerra en la primavera de 413 a. C. con la invasión del Ática y la fortificación de Decelia.
La Liga del Peloponeso, sin embargo, seguía sin contar con una flota que estuviera en condiciones de competir con la ateniense. Por ello, los espartanos buscaron la ayuda del representante del Imperio aqueménida en Sardes, el sátrapa Tisafernes.

Toma de Decelia
En la primavera de 413 a. C., el rey espartano Agis II, aconsejado por Alcibíades, capturó Decelia, una fortaleza en territorio ateniense. La devastación de las costas de Laconia por una flota ateniense, clara violación de la Paz de Nicias a ojos espartanos, le sirvió como justificación. La fortaleza le sirvió como base de operaciones desde donde efectuar saqueos metódicos por toda Ática. La elección de esta población no fue arbitraria. Situada a unos 22 km al noreste de Atenas, pasaba por ella la ruta más corta hacia la isla de Eubea, «una posesión territorial de la mayor importancia para los atenienses, ya que obtenían de ella más ganancias que de toda el Ática».​
A la ocupación permanente de Decelia, que arruinaba los campos del Ática, se sumaron otros dos hechos:
·       por una parte, que la ruta de importaciones de Eubea a través de Oropo y Decelia quedó cortada, y
·       por otra, la paralización de la explotación de las minas de plata de Laurión, que sufragaba el gasto bélico ateniense, y que no había sucedido años antes en las breves incursiones peloponesias durante la Guerra arquidámica. Los atenienses habían quedado privados de una gran parte de su territorio y habían perdido más de veinte mil esclavos, en su mayor parte artesanos, que se pasaron al enemigo. Además, perdieron todos sus rebaños y animales de carga. 

Sublevación de los aliados de Atenas
Ayudados financieramente por Tisafernes, el sátrapa persa de Sardes, los lacedemonios concentraron sus esfuerzos en romper los lazos de Atenas con sus aliados. A partir de 412 a. C., esta estrategia espartana, aliada con las pretensiones persas, encontró eco en muchos de los aliados de Atenas: Eubea, Lesbos, Quíos, Eritrea, Mileto, Metimna, Mitilene, Lebedos, Clazómenas y Teos, entre otras, se sublevaron contra Atenas y entablaron negociaciones con Esparta. Particularmente importante fue la defección de Quíos, que hasta entonces había suministrado una cantidad importante de barcos a Atenas. En estas negociaciones intervinieron los sátrapas Tisafernes de Sardes y Farnabazo II de Dascilio.
El principal aliado de Atenas a partir de entonces fue Samos, que permaneció fiel a los atenienses y sirvió de base a su ejército y su flota.
Los aliados de Atenas que habían abandonado su causa solicitaron a los espartanos que mantuvieran las promesas de liberación hechas al comienzo de la Guerra arquidámica, que les enviasen una flota de socorro y que colaborasen en los nuevos frentes de lucha en Jonia y en el Helesponto. Tucídides recuerda las promesas que Tisafernes y Farnabazo hicieron a Esparta, entre otras, la de financiar la guerra contra Atenas. 

La crisis de 411 a. C. en Atenas
El partido oligárquico se constituyó en la década del 440 a. C. en torno a Tucídides de Alopece (demo del Ática) para oponerse a la política de Pericles. El ostracismo al que fue condenado aquél (442 a. C.) debilitó algún tiempo la oposición oligárquica, pero ésta no tardó en sustituir a sus dirigentes durante los años que precedieron al desencadenamiento de la Guerra del Peloponeso. En este tiempo, fueron incoados varios procesos judiciales contra los enemigos políticos de Pericles.
Los adversarios del régimen democrático, que no aceptaban la soberanía del dêmos (el pueblo), se reunían en pequeños grupos que recordaban a las heterías aristocráticas. Elaboraron una propaganda que reclamaba el retorno a la patrios politeia, a la antigua constitución. 

El dêmos, los oligarcas y la democracia
La guerra era consecuencia directa del imperialismo ateniense sobre el mundo griego. Por su modo de gobierno, el dêmos era el más firme partidario de la hegemonía de Atenas. Más aún, esta hegemonía se hacía necesaria para el correcto funcionamiento de la democracia. El hastío bélico despertó voces que pedían una reforma constitucional, que sustrayera al pueblo su soberanía y a los oradores su influencia. Estas voces fueron alentadas por el partido oligarca, de clara tendencia antidemocrática. Aunque reducida en número, esta facción fue creciendo en poder e influencia desde el comienzo de la guerra. 
Los oligarcas esperaban el momento propicio para derribar el régimen democrático y negociar con Esparta. Sin embargo, la solidez de la democracia ateniense y su amplia aceptación social les obligaron a actuar con prudencia. Intentaron ganarse poco a poco la lealtad de aquellos atenienses descontentos por los fracasos militares y, sobre todo, al conjunto de pequeños propietarios arruinados por la guerra.
En invierno de 412-411 a. C. en un escenario indeciso, donde eran frecuentes las escaramuzas entre ambos bandos, los peloponesios concluyeron un segundo tratado con Persia. En este tratado se concretó la alianza contra los atenienses, además de la ayuda financiera del rey Darío II a las tropas peloponesias. En este contexto, los rodios decidieron pasarse al campo peloponesio. Alcibíades - por entonces mal considerado en Esparta - deseaba recuperar su posición en Atenas, a la que había traicionado durante la expedición siciliana, utilizando sus relaciones con Tisafernes en provecho de la ciudad. 
Paradójicamente, fue Alcibíades quien proporcionó a los oligarcas conjurados la excusa para actuar. Es conveniente, antes de continuar con el complot oligárquico, hacer una breve digresión sobre este general y político:
Alcibíades fue enviado a Sicilia como uno de los cuatro estrategos al mando de la expedición ateniense. Poco tiempo después de su desembarco en la isla fue conminado a regresar a Atenas para comparecer ante los tribunales por el asunto de la mutilación de los hermas. En el viaje de vuelta huyó a la ciudad de Turios, en Italia meridional, desde donde se trasladó al Peloponeso. En aquel momento, Atenas y Esparta se encontraban nominalmente en paz, aunque en la práctica ambas potencias mantenían una «guerra fría». Según Claude Mossé «cabe la posibilidad de que Alcibíades creyera que no traicionaba a nadie yéndose a refugiar a Esparta». El historiador francés apunta la posibilidad de que aconsejara al rey espartano Agis II invadir el Ática y acantonarse en Decelia. Fue obligado a abandonar Esparta por las fundadas sospechas de que era amante de la esposa del monarca espartano. Se refugió en la corte de Tisafernes, desde donde comenzó su hábil estrategia. Por un lado, utilizó su influencia sobre Tisafernes para desligar al sátrapa de la alianza espartana, sin que ello supusiera acercarlo a una Atenas dominada por los demócratas radicales. Por otro lado, mediante promesas de ayuda financiera de Tisafernes, trató de convencer a los atenienses de que establecieran un gobierno oligárquico en la ciudad.
Consiguió que la mayoría de los estrategos atenienses acantonados en Samos escucharan sus propuestas. En particular Pisandro, que marchó a Atenas para convencer al pueblo de que Alcibíades debía regresar y de la adopción provisional del cambio de régimen político. Pisandro encabezó una embajada de diez comisarios para negociar los términos acordados por la Asamblea del pueblo ateniense con Tisafernes, quien influido por Alcibíades endureció sus exigencias y pretendía atribuirse todo el mérito. El resultado fue que el sátrapa acercó posturas con los lacedemonios, con quienes firmó un tercer tratado recogido por Tucídides. En él, por primera vez se confirmaban los subsidios persas, al mismo tiempo que se comprometían a prestar apoyo naval en el Egeo para combatir a Atenas.
Pisandro y sus acompañantes regresaron a Samos. Con el apoyo de las heterías atenienses, el estratego planeó derribar a las democracias de esta isla y de sus aliados y establecer una oligarquía en Atenas. La situación de crisis de la ciudad ática, privada a la vez del phoros y de su territorio, constituía un caldo de cultivo ideal para el golpe de estado.
El juego personal de Alcibíades, conjurado con los oponentes atenienses a la democracia, acarreó el establecimiento temporal del régimen oligárquico en la ciudad.

Golpe de Estado oligárquico
El golpe de Estado de los Cuatrocientos, en el año 411 a. C., derrocó al gobierno democrático de Atenas, reemplazándolo por una efímera oligarquía. Fue conducido por un grupo de prominentes ciudadanos atenienses, quienes ocupaban puestos de poder en la guarnición ateniense de Samos. Actuaron en coordinación con Alcibíades, que prometía ofrecer apoyo persa a Atenas si la democracia era derrocada. Las negociaciones, sin embargo, quedaron rotas cuando Alcibíades se vio incapaz de cumplir lo prometido. No obstante, los líderes del movimiento oligárquico siguieron adelante con sus planes iniciales.
Los oligarcas urdieron en realidad dos golpes de Estado: uno en Atenas y otro en Samos, donde la marina ateniense tenía su base. El golpe de estado en Atenas transcurrió sin mayores complicaciones y la ciudad cayó bajo el control de «Los Cuatrocientos». En Samos, por el contrario, la conspiración fue neutralizada por los demócratas samios y los oficiales prodemócratas de la flota ateniense. Los hombres de la flota apercibidos del golpe de Estado en la metrópoli, sustituyeron a sus generales por otros nuevos, anunciando que la ciudad se había rebelado contra ellos y no ellos contra la ciudad. Los nuevos jefes de la flota organizaron la destitución de Alcibíades en Samos y proclamaron su intención de batallar contra Esparta. 

Los Cinco Mil
En Atenas pronto surgió un conflicto entre oligarcas moderados y extremistas. Los moderados, liderados por Terámenes y Aristócrates, pidieron la sustitución de los Cuatrocientos por la oligarquía más amplia de «los Cinco Mil». Este gobierno incluiría a todos los ciudadanos de la clase de los zeugitas o de la clase superior de los hippeis (caballeros), y tenía como pretensión «recobrar la concordia social» (homónoia).
El Consejo de los Quinientos (Boulé) quedó disuelto y sólo mantuvieron derechos políticos cinco mil ciudadanos. Los oligarcas impusieron un gobierno de 30 plenipotenciarios, entre los que se encontraban los diez probuloi. También eligieron cinco proedroi («presidentes») encargados de designar a cien ciudadanos. Cada uno de estos cien elegiría, a su vez, a otros tres ciudadanos, con lo que quedaría constituido el Consejo de los Cuatrocientos. De esta manera, la Boulé democrática de los Quinientos, elegida por sorteo, era sustituida por una Boulé «cooptada» que ejercía la soberanía y que convocaría a los Cinco Mil cuando le apeteciera. Además, se suprimieron todas las retribuciones públicas (misthoi) que los ciudadanos cobraban hasta entonces por la asistencia al tribunal de la Heliea y a la Boulé. Sólo se mantuvo la paga para el servicio militar. Esta medida supuso un gran alivio para las finanzas públicas. Del seno del Consejo de los Cuatrocientos se elegían los estrategos y los demás magistrados y cargos públicos. 

Reacciones
En el Egeo: El cambio constitucional no fue aceptado por la flota establecida en Samos. Los estrategos León y Diomedonte, ​ el trierarca Trasíbulo y el hoplita Trasilo, se enteraron de la conjura de los oligarcas y lo comunicaron a los marinos - la mayoría de los cuales pertenecía a la clase de los thetés, a quienes armaron contra los conjurados. El régimen democrático en Samos quedó reforzado y los soldados destituyeron de sus cargos a los estrategos y trierarcas favorables a la conjura de Atenas, colocando a Trasíbulo y Trasilo en su lugar. Constituidos en auténtica asamblea de ciudadanos, también eligieron para el cargo a Alcibíades. Después iniciaron la lucha contra los peloponesios en Jonia y en el Helesponto. ​ Aconsejados por Alcibíades iniciaron negociaciones con los enviados de los Cuatrocientos. 

En Atenas: Entretanto, en Atenas comenzaba a producirse la escisión entre los oligarcas. A Terámenes le inquietaba la reacción de Alcibíades y de los demócratas de Samos. Negociaron un acuerdo por el que se respetaba el gobierno de los Cinco Mil, aunque se elegiría de su seno nuevos bouleutas (consejeros).
Bajo presión, Antifonte, Pisandro y Aristarco, los jefes extremistas, ​ entablaron negociaciones de paz con Esparta, y empezaron a construir una fortificación en el puerto de El Pireo, que podrían haber planeado entregar a los espartanos. Después de que Frínico, líder de los extremistas, fuera asesinado en el ágora, los moderados se hicieron más fuertes y arrestaron a Alexicles, un general extremista en El Pireo.
Terámenes y sus seguidores empujaron a los hoplitas para que se rebelaran contra los Cuatrocientos y devolvieran la autoridad a los Cinco Mil. La confrontación terminó con los hoplitas en El Pireo, destruyendo la nueva fortificación. Varios días después, los Cuatrocientos fueron oficialmente reemplazados por los Cinco Mil, que gobernaron durante varios meses más. La victoria ateniense en Cícico abrió el camino de regreso de la democracia.
El régimen constitucional mixto de los Cinco Mil
Según Tucídides, la nueva constitución ateniense combinaba acertadamente elementos oligárquicos y democráticos.
La amnistía de Alcibíades y el restablecimiento de las relaciones con Samos fueron los actos más importantes de los Cinco Mil. No obstante, debieron ceder su lugar a la democracia radical restaurada en 410 a. C. Hicieron funcionar el Consejo de los Quinientos y los jurados con las antiguas dietas.
Cleofonte, líder de la facción demócrata radical, se hizo con el poder. Se desconocen muchos detalles de esta crisis, ya que la obra de Tucídides se interrumpe en este punto y ni Jenofonte ni Aristóteles explican de modo satisfactorio la evolución de los acontecimientos a este respecto. 

Batallas navales (411-406 a. C.)
Victorias atenienses
Las acciones de la flota ateniense estuvieron encaminadas a recobrar los territorios sublevados y el control de los estrechos del Helesponto y del Bósforo para garantizar el suministro de grano procedente del Quersoneso y de otros territorios de la costa del Mar Negro. La flota ateniense obtuvo algunos éxitos en el Helesponto frente a la escuadra peloponesia en Cinosema, Abidos (411 a. C.) y Cícico (410 a. C.): Atenas dejaba constancia de su superioridad naval al dominar de nuevo el centro vital de los estrechos. La derrota de los espartanos en Cícico fue tan grave que Esparta solicitó la paz sobre la base de mantener el Imperio ateniense y cambiar Decelia por Pilos y Citera. La propuesta fue rechazada de plano por los demócratas radicales, presididos por Cleofonte.
La ocupación de Pilos había tenido lugar en 425 a. C., durante la Guerra arquidámica: una escuadra de la flota en travesía hacia Sicilia se detuvo en Pilos a propuesta de Demóstenes. Fortificó la plaza y amuralló el puerto. Atenas se proponía establecer una base permanente con la intención de cortar la ruta de los barcos mercantes, ya que era una bahía protegida y casi cerrada por la isla de Esfacteria. Los lacedomonios, quince días después de haber acampado en el Ática se retiraron a su región y se aprestaron a marchar contra Demóstenes por tierra y a desembarcar en la costa sudoccidental de Pilos, ante el temor de los espartanos de una insurrección de los mesenios alentada por los atenienses. Trascurridos tres días de ataque terrestre y naval fracasaron.
En el verano de 424 a. C. la isla de Citera había sido ocupada por una fuerza expedicionaria, bajo el mando de los estrategos atenienses Nicias, Diítrefes y Autocles, compuesta por 60 naves atenienses, 2000 hoplitas, un pequeño contingente de caballería y soldados de Mileto y de otras polis aliados.
En 409 a. C., Alcibíades recuperó Calcedón y Bizancio y obligó a los espartanos y a Farnabazo a negociar. Al mismo tiempo, Trasíbulo reconquistaba Tasos y las localidades rebeldes de Tracia.
En 408 a. C., Alcibíades regresó a Atenas, donde se le dispensó una acogida triunfal y fue elegido estratego junto con Trasíbulo y Conón para el periodo de 407-406 a. C. La Asamblea le concedió plenos poderes para proseguir la guerra por tierra y por mar. Tres meses después se pondría al frente de las operaciones en Jonia.

Mapa del área del Quersoneso Tracio, escenario de varias batallas.

Tracia clásica, la región noreste del Mar Egeo, el Mar de Mármara y la costa noroeste de Anatolia. 

Victoria espartana
Sin embargo, en 406 a. C., los peloponesios, con Lisandro al mando, consiguieron derrotar a los atenienses en la batalla de Notio. Los atenienses habían estado sitiando Focea y a causa de la derrota se vieron obligados a levantar el asedio. Alcibíades fue relevado del mando y se exilió en sus posesiones de Tracia. 

La Batalla de Arginusas y sus consecuencias
Ese mismo año, Conón y los estrategos Diomedonte, León y Trasíbulo equiparon 150 trirremes con la ayuda de Samos. Con esta flota rompieron el bloqueo que sufría Conón en el puerto de Mitilene y batieron a los espartanos en la batalla de las islas Arginusas, cerca de Lesbos.
En el enfrentamiento Esparta perdió la mitad de su flota y pereció el navarca espartiata Calicrátidas. Atenas perdió 25 naves y una repentina tempestad impidió el rescate de los náufragos atenienses. Los estrategos fueron condenados a muerte por la Asamblea, que los juzgó de manera colectiva y no individual. Entre ellos se encontraba Pericles el Joven, hijo de Pericles y Aspasia.
Este proceso judicial representó un gran error jurídico y político. Según Jenofonte, Sócrates, uno de los pritanos, que ostentaba a la sazón el cargo de epístata (equiparable a presidente del Estado), fue el único que se manifestó en contra del procesamiento en un juicio único. 

Derrota final de Atenas
La gran crisis del imperio ateniense: el principio del fin.
La Batalla de las Arginusas y el juicio y la condena de los generales que participaron en ella gestaron la crisis del Imperio ateniense. El posterior socavamiento de la democracia tradicional y el arrepentimiento de la Asamblea responsable de la ejecución de los generales, ejercieron como agravantes de la misma.
Esta crisis fue agravada por el rechazo de los atenienses, convencidos por el político Cleofonte, de las proposiciones de paz de los espartanos, que querían terminar con los gastos ocasionados por la guerra. Anteriormente los atenienses habían rechazado otra oferta de paz que se produjo después de la Batalla de Cícico.
Como resultado del rechazo a la propuesta de paz, una embajada conjunta de espartanos y persas, procedente de Jonia y enviada a Esparta por Ciro el Joven, reclamó el regreso de Lisandro al frente de la flota peloponesia.
Durante la primavera de 405 a. C., Lisandro, financiado por Ciro, acometió en Éfeso la reconstrucción de una flota de al menos 200 trirremes. Al principio se contentó con dar pequeños golpes de mano contra algunas ciudades fieles a los atenienses. Mientras, afianzó su posición en Egina, isla en la que celebró un encuentro con el rey Agis. Durante esta entrevista se urdió la reconquista de los Estrechos del Egeo, lo que a la postre resultaría fatal para la capital del Ática.53​ La flota peloponesia zarpó rumbo al Helesponto y tomó Lámpsaco. La escuadra ateniense de 18 trirremes que la perseguía, para interceptarla o llegar al Helesponto antes que Lisandro, arribó justo a tiempo de enterarse de la caída de Lámpsaco y viró hacia Egospótamos con la pretensión de atraer a la flota peloponesia al combate. Lisandro, debido a la experiencia de las batallas de Cícico, Arginusas y de otras veces en que los atenienses habían demostrado su superioridad táctica, prefirió utilizar la sorpresa y la astucia antes que una arriesgada batalla en formación.​ Los atenienses, por su parte, no tomaron la iniciativa, y vararon sus barcos en la orilla.
Alcibíades, exiliado desde la batalla de Notio, llegó a caballo desde sus posesiones en Tracia ante la flota ateniense e intentó convencer a los estrategos de que la playa arenosa de Egospótamos era indefendible. Dada la imposibilidad de obtener suministros sugirió desplazarse a la polis de Sestos. Allí la flota gozaría de protección y aprovisionamiento. Además apuntó la posibilidad de que un grupo de tracios con los que había tratado atacarían el campamento enemigo si se les otorgaba parte del mando. Alcibíades consideraba que esta era su última oportunidad para ascender. Sus argumentos fueron desoídos y los estrategos le respondieron «que se ocupara de sus asuntos». 

Acontecimientos que precipitaron la caída de Atenas
Se desconocen los pormenores de la catástrofe ocurrida a finales de agosto de 405 a. C. debido a la disparidad entre las fuentes. Según recoge Diodoro y determinados fragmentos de los oradores Lisias e Isócrates -quienes según Édouard Will inspiran más credibilidad que Jenofonte-, la flota ateniense fue sorprendida por Lisandro cuando se decidió a reemprender la marcha, aún con la mayoría de sus barcos en tierra. El triunfo de Lisandro pareció realmente fácil: capturó la mayor parte de la flota, escapando únicamente de diez a veinte naves. De éstas, algunas llevaron la noticia de la derrota a Atenas, mientras el resto partían hacia el exilio con Conón a bordo. Los escasos combatientes que pudieron refugiarse en Sestos se rindieron pocos días más tarde.
Lisandro sabía que Atenas se hallaba a su merced, por lo que se centró en cerrar los Estrechos, reconquistando Calcedón y Bizancio en el proceso. Liquidó así los restos del Imperio ateniense en el Egeo: las ciudades aliadas capitularon y se entregaron a gobiernos oligárquicos reducidos (decarquías). Estos gobiernos fueron apoyados militarmente por guarniciones peloponesias enviadas por los harmostas o gobernadores. La única ciudad que resistió fue Samos. Los supervivientes de Melos y los desterrados de Egina y otros lugares pudieron regresar a sus patrias. 

En las puertas de Atenas
Hacia el mes de octubre del mismo año de 405 a. C., Lisandro se situó delante de Atenas, que ante la inminente amenaza había cerrado Falero y Muniquia, dos de sus tres puertos militares. Al conocer la derrota de Egospótamos los atenienses se armaron de valor y decidieron resistir, conocedores de que descartada la capitulación estaban abocados al hambre y al exterminio.
Pausanias, diarca de Esparta, llegó a la cabeza de un ejército con el que reforzó las tropas de su colega Agis, y ambos diarcas acamparon frente a la ciudad. Los 150 trirremes de Lisandro completaban el bloqueo. Ante la escasez de víveres, la Ekklesía ofreció a Agis la entrada de Atenas en la Liga del Peloponeso con la condición de que no fueran derribadas las murallas. Dicha condición fue rechazada ante un eventual resurgimiento ateniense, por lo que la negociación no se llevaría a cabo sin la demolición de las defensas de la ciudad.

Capitulación
Las circunstancias de la rendición de Atenas, y el papel que jugó en ella Terámenes fue controvertido para sus coetáneos. Se centraron las diatribas sobre su negociación en Esparta. Jenofonte le tacha de haberse demorado tres meses sin motivo cuando fue enviado a Samos a parlamentar con Lisandro. ​ Lisias, en cambio, afirma que el retraso se produjo en Esparta, debido a que no existía un acuerdo sobre el destino que se le reservaba a Atenas. Como fue Lisandro el que envió a Terámenes a Esparta lo más probable es que la razón esté de parte de Lisias. En resumen, a Terámemes se le obligó a esperar sin saber el motivo, no siendo éste responsable de la prolongación del sufrimiento de Atenas. Otra acusación de la que fue objeto es la de haber incumplido su promesa de regresar con las capitulaciones, que hubieran conseguido que Atenas conservara su flota y sus muros. Promesa, en palabras de Simon Hornblower, «que no podía cumplir porque no sabía si podría mantenerla».​ Con todo, Corinto y Tebas presionaban para que se destruyera Atenas, pero los espartanos vetaron dicha propuesta.
En todo caso, quien obstaculizó la conclusión de la paz fue Cleofonte. Los atenienses prescindieron de él, la Asamblea ratificó las condiciones negociadas por Terámenes y aceptó los términos de la rendición que le entregaron en Esparta. Dichos términos los consigna Jenofonte de manera sucinta:
... los lacedemonios harían la paz con tal de que los atenienses derribasen los Muros Largos y El Pireo, entregasen las naves excepto doce, admitiesen a los desterrados y tuvieran los mismos amigos y enemigos y, en consecuencia, siguieran a los lacedemonios por tierra y por mar adonde los llevasen.
Jenofonte, op. cit. ii.3.20-21.

No sin oposición, se aprobó aceptar la paz (abril de 404 a. C.) A continuación, Lisandro entró en El Pireo, regresaron los desterrados y los muros fueron demolidos al son de las flautas. Según refiere Jenofonte «los peloponesios creían que aquel día comenzaba la libertad para la Hélade». Con estas palabras el historiador concluye su relato de la Guerra del Peloponeso. 

Balance
Entre 410 a. C. y 406 a. C., Atenas parecía próxima a la victoria. En 405 a. C., como consecuencia de la derrota en Egospótamos, vio interrumpido el suministro de cereales, hecho que constituyó la verdadera causa de su caída. La guerra había terminado y con ella el Imperio ateniense.
La fortificación de Decelia y las subsecuentes invasiones del Ática arruinaron a los propietarios rurales. El comercio exterior y las industrias entraron en crisis; las minas de Laurión quedaron paralizadas. «Masas empobrecidas y dependientes de las liberalidades del Estado ateniense y ricos resentidos contra éste fueron el resultado».
Atenas ofreció a Samos un tratado de isopoliteía: todos los samios serían atenienses y todos los atenienses serían samios, tratado que no llegó a concretarse.
A modo de epílogo, sirvan estas palabras de Victor Davis Hanson:
Poco después del fin de los combates, en el otoño de 405 a. C., la democracia, quebrantada por una derrota militar humillante y la muerte de millares de combatientes en el Mar Egeo durante los diez años de la Guerra de Decelia, comenzó a perder terreno. Tras la capitulación oficial de Atenas en la primavera de 404 a. C., el régimen democrático cedió su lugar a la oligarquía de los Treinta, mientras que los Estados tributarios de Atenas eran «liberados» y librados. Egospótamos marcó el fin oficial de las hostilidades directas entre Atenas y Esparta, pero la guerra no terminó oficialmente hasta que Atenas, asediada, renunció a la democracia en la primavera de 404 a. C.
Victor Davis Hanson (2008). La guerre du Pélo.ponèse, París: Flammarion, ISBN 978-2-08-210327-5, p. 362 

Batallas entre griegos

Batalla de Egospotamos (404 a.C.)
Fue un enfrentamiento naval librado entre Atenas y Esparta en el marco de la Guerra del Peloponeso en 405 a.C, en la desembocadura del Egospótamos, río del Quersoneso (península de Galipolli). La flota espartana bajo el mando de Lisandro capturó a la armada ateniense. Supuso el término de la guerra.

Antecedentes
En el año 413 a.C., Esparta, aconsejada por Alcibíades, ocupó la fortaleza de Decelia en el Ática, desde donde hostigó a Atenas. Los aliados de Atenas comenzaron a abandonarla en la que se llamó la guerra de Decelia. Además, Esparta recibió apoyo monetario de Persia a cambio de renunciar a las ciudades jónicas.
En el año 411 a.C., Alcibíades logró que los atenienses cambiaran su sistema de gobierno por una oligarquía. El ejército ateniense se sublevó en Samos y exigió que Alcibíades regresase a Atenas. Al año siguiente, 410 AC, Alcibíades al mando de la flota ateniense de 86 naves derrotó en la batalla naval de Cícico, en el mar de Mármara, a la flota espartana mandada por Míndaro con 80 naves, hundiéndole 60 naves. Tras este desastre Esparta buscó la paz, pero Atenas se la negó porque en el intervalo había sido reinstaurada la democracia gracias a Cleofonte.
Las fuerzas atenienses bajo la dirección de Alcibíades fueron ganando terreno hasta conseguir la completa reconquista del Bósforo, restableciendo la vía de abastecimiento del trigo desde Ucrania.
El año 407 a.C., Alcibíades regresó triunfalmente a Atenas, donde volvieron elegirle general, pero al poco tiempo, los espartanos al mando de Lisandro con 70 barcos lo derrotaron en la batalla naval de Notio, perdiendo 22 barcos de los 80 que mandaba, por lo que la Asamblea ateniense lo sustituyó por el general Conón. Temiendo por su persona, Alcibíades se retiró a una fortaleza en el Helesponto.
Durante el invierno siguiente, Lisandro terminó su año de mandato y fue sustituido por Calicrátidas quien tomó el mando de una flota reforzada compuesta por 140 trirremes. Obligó a Conón aceptar combate frente a Mitilene y lo derrotó, hundiéndole 30 de sus 70 naves y bloqueándolo en dicha ciudad.
Al año siguiente 406 a.C., Calicrátidas, que ahora disponía de 170 naves, dejó 50 en el bloqueo de Mitilene y con el resto se enfrentó a los atenienses en la batalla naval de Arginusas, al sur de Lesbos, sufriendo una aplastante derrota, perdió 70 naves y murió en el combate. Probablemente los atenienses podrían haber destruido a toda la flota espartana, pero una tormenta puso fin al combate. La tormenta impidió a los atenienses recoger a los náufragos de los 25 buques perdidos de su flota.

Batalla naval de Arginusas 406 a.C. 

Esta victoria significó que Atenas recuperara el dominio del Egeo oriental y rehusara nuevamente la paz que le solicitaba Esparta. Ciro el Joven insistió ante Esparta en que designara a Lisandro como comandante en jefe de su flota, pero como las leyes espartanas prohibían que una persona ocupara por dos períodos consecutivos el mismo cargo, obviaron esto nombrando a un jefe nominal y a Lisandro como segundo, aunque ejercía el mando efectivo. Lisandro se dirigió a Éfeso y con la ayuda monetaria de Persia incrementó rápidamente el número de trirremes de su flota.
En el año 405 a.C, la flota espartana zarpó en dirección a Rodas, regresó al norte bordeando la costa asiática y pasó al Helesponto poniendo sitio a Lámpsaco con el propósito de interferir el tráfico del Ponto.
Al enterarse Conón del bloqueo establecido por los espartanos, zarpó de inmediato de Quíos con una flota de 180 trirremes. Antes de llegar a Sestos, Lampsaco había caído en manos de los espartanos, por lo que continuó hasta Egospótamos que se encontraba un poco al norte de Sestos, frente a Lámpsaco. 

La batalla
Lisandro disponía de 200 naves y al día siguiente se alistó para el combate. La flota ateniense salió a enfrentarlo, pero Lisandro eludió el combate regresando a Lampsaco por lo que los atenienses regresaron a Egospótamos. Esta rutina se repitió por cuatro días hasta que Alcibíades le recomendó a Conón que se trasladase a Sesto donde tendría puerto y ciudad al mismo tiempo para el aprovisionamiento. Los generales atenienses no le hicieron caso y le conminaron a que se retirara.
Al quinto día, cuando los atenienses zarparon de Egospótamos y se dirigieron a Sestos donde desembarcaron para aprovisionarse, estando en esta faena la flota de Lisandro se lanzó sobre ellos a gran velocidad. Conón no alcanzó a reembarcar a toda su tripulación que se encontraba dispersa y disponer las naves para el enfrentamiento. Solo Conón con nueve naves se pudo hacer a la mar, el resto fue capturado en la playa, haciendo muchos prisioneros, aunque algunos se refugiaron en las fortificaciones cercanas.

Batalla de Egospotamos 404 a.C. 

Batalla de Egospótamos 404 a.C. 

Conón comprendió el desastre sufrido, se dirigió a Abarnis y luego buscó refugio en Evagoras I en la isla de Chipre. Envió una nave a Atenas con la noticia de lo sucedido. En la acción de Egospótamos, que en realidad no fue una batalla, los espartanos capturaron 170 naves atenienses mientras éstas estaban varadas en la playa. De 3.000 a 4.000 prisioneros fueron degollados.
Después de la victoria, Lisandro navegó a Bizancio y Calcedonia, ciudades que lo recibieron triunfalmente. Envió a Atenas sus guarniciones con salvoconductos. Su idea era que cuantas más personas hubiera en Atenas, más fácilmente caería ésta por el hambre. 

Batalla de Coronea (394 a.C.)
El rey de Esparta Agesilao II se encontraba en Jonia, en campaña contra los persas, donde acababa de ganar la batalla de Nemea, de la que salieron victoriosos los espartanos. Cuando se aliaron Atenas, Tebas, Argos y Corinto (apoyados y financiados por Persia) con el objetivo de frenar la intervención de Esparta en la zona de Asia Menor, siendo llamado urgentemente de nuevo a Esparta, y comenzó una marcha tierra adentro a través de Tracia y la Grecia central hacia el Peloponeso.
En su camino de vuelta, varios contingentes de focios y orcomenios se le unieron, además de algunas moras que estaban situadas como guarniciones en la ruta. En total Agesilao contaba con un ejército de 1.680 hoplitas espartiatas, unos 2.000 neonamodeis que fueron parte de los Diez Mil mercenarios griegos reclutados por Ciro el Joven (incluyendo al propio Jenofonte) mandados por el espartiata Herípidas, algunos contingentes de ciudades griegas de Asia Menor que se le unieron mientras volvía y otros de Orcómeno y Focia. En total disponía de unos 15.000 hoplitas. Jenofonte además señala que tenían bastantes más unidades de peltastas que el enemigo pero el mismo número de unidades de caballería.
Al entrar en Beocia se encontró con la oposición de una fuerza compuesta por 6.000 boecios, 6.000 atenienses, 3.000 eubeos, 7.000 argivos y 3.000 corintios, lo que hacía un total aproximado de 23.000 hoplitas.
Jenofonte describe cómo se dispusieron ambos contingentes. En la derecha del ejército lacedemonio se situó el rey Agesilao junto con las moras de espartiatas, seguido de los veteranos de los Diez Mil, luego los griegos de Asia Menor, luego los focios y finalmente los orcomenios en el extremo izquierdo.
En el bando contrario, los tebanos ocuparon el ala derecha, directamente enfrentados contra los orcomenios, y los argivos el lado izquierdo, enfrentados directamente contra los espartiatas. El encuentro tuvo lugar en la llanura de Coronea, con el contingente lacedemonio marchando desde el río Kephisos y sus oponentes desde el monte Helikon, es decir, Agesilao marchaba desde el sur y sus oponentes desde el norte.
Ambos ejércitos avanzaron en silencio total. Cuando se encontraban a un estadio (175 m), se pararon y recompusieron las filas para iniciar la carga o epidrome. Según la descripción de Jenofonte, en el campo de batalla reinaba un silencio total. A continuación las filas espartanas lanzaron el grito de guerra y cargaron a la carrera.
Los veteranos de los Diez Mil, mandados por Herípidas, y los griegos asiáticos cargaron contra las tropas que tenían enfrente y pronto envolvieron a sus enemigos, en el otro extremo, los lacedemonios cargaron, pero antes de chocar contra la línea de argivos, estos huyeron presa del pánico.

Batalla de Coronea, 394 a.C. El ejército espartano realizando una contramarcha o exeligmos, maniobra en la que la primera fila hace un giro y se vuelve hacia atrás y así sucesivamente. Se muestran en el acto del exeligmos o contramarcha, con cada enomotia en una etapa diferente de la maniobra, para ilustrar el proceso. Los tebanos se muestran en dirección al tren de bagajes espartano. Se aprecia la maza o clava de Hércules o Heracles en los escudos tebanos. 

Los mercenarios cercanos a Agesilao asumieron que la batalla había acabado e incluso ofrecieron una condecoración al rey para conmemorar su victoria. Justo entonces llegaron noticias del otro flanco: los tebanos habían roto las filas de los orcomenios y estaban encima de los carruajes con los suministros, arramblando con el botín que traían de Asia.
Nada más enterarse, Agesilao dio la orden de que el contingente espartano de realizar una exeligmos o contramarcha, maniobra en la que la primera fila hace un giro y se vuelve hacia atrás y así sucesivamente, y cargase contra los tebanos, lo que hizo con increíble rapidez y sin perder la cohesión de la falange. Cargaron y en ese momento los tebanos se dieron cuenta de que sus aliados habían huido. Formaron con la idea desesperada de romper las filas de Agesilao para unirse en el monte con el resto del ejército.
Lo que ocurrió fue uno de los peores baños de sangre de la historia de las batallas de hoplitas. Jenofonte lo describió: “Escudo apretado contra escudo luchaban, mataban y morían a cambio“. Al final unos pocos tebanos lograron llegar hasta el monte pero, en palabras de Jenofonte, “muchos otros murieron en el camino“.
Agesilao fue herido en la batalla y tuvo que ser llevado de vuelta a la falange. Ahí llegó la caballería y le informó de que unos 80 hombres se habían refugiado en un templo cercano. Agesilao ordenó que fueran perdonados y que se les permitiera ir a dónde quisieran.
Según Diodoro, más de 600 beocios y sus aliados cayeron, mientras que en el bando espartano solo cayeron 350 soldados. Tras la batalla, Agesilao II ordenó erigir un monumento a modo de trofeo al día siguiente y realizar un desfile de tropas. Los tebanos enviaron emisarios pidiendo enterrar sus muertos bajo tregua, a lo que los lacedemonios accedieron. Según Plutarco (de origen beocio), los tebanos estaban eufóricos tras la batalla ya que habían logrado pasar de nuevo a través del contingente espartano y huir. Agesilao regresó a Esparta pasando por Delfos y dejó un contingente tras él dirigido por el polemarca Gilis. Este intentó invadir la Lócrida, pero fracasó y fue muerto en batalla.

Expedición de Agesilao II (378 a.C.)
Antes de la creación del batallón Sagrado bajo Górgidas, los atenienses habían ayudado a los exiliados tebanos retomar el control de Tebas y la ciudadela de Cadmea de Esparta. Esto fue seguido por Atenas al entrar abiertamente en una alianza con Tebas contra Esparta.
En el verano de 378 a.C, Agesilao II dirigió una expedición espartana contra Tebas desde la ciudad de Beocia de Tespia, todavía aliada de Esparta. Su fuerza consistía en 1.500 jinetes y 28.000 de infantería. Al menos 20.000 de la infantería eran hoplitas, 500 esquiritas o infantería ligera constituían la vanguardia de infantería. Al enterarse de la inminente invasión, Atenas acudió rápidamente en ayuda de Tebas mediante el envío de una fuerza de unos 200 jinetes y 5.000 infantes (tanto de los ciudadanos y mercenarios, incluyendo hoplitas y peltastas) bajo el mando del estratego ateniense Demeas y comandante mercenario Cabrias.
Las fuerzas espartanas estuvieron durante varios días intentando romper las empalizadas de tierra en el perímetro del territorio tebano, y finalmente rompieron las fortificaciones y entraron en el territorio de Tebas, devastando los campos a su paso. Aunque los atenienses se habían unido a las fuerzas de Tebas, aún estaban siendo superados en número por los espartanos; sus fuerzas combinadas eran sólo a 1.700 jinetes, 12.000 hoplitas, y alrededor de 5.000 psiloi o infantería ligera. Con la caída de las empalizadas, solo les quedaron dos opciones: o bien a retirarse de nuevo a las murallas defendibles de Tebas o bien mantener sus posiciones y enfrentarse a los espartanos en campo abierto. Se optó por la segunda y desplegaron sus fuerzas a lo largo de la cresta de una suave colina baja, frente a las fuerzas espartanas. Górgidas y el batallón Sagrado ocuparon el ala derecha, mientras que Cabrias y una fuerza de hoplitas mercenarios experimentados ocupaban el ala la izquierda.

Escaramuza en Tanagra 377 a.C.: 1 jinete lacedemonio con el casco pilos, 2 soldado eskirita, llevan casco pilos pintados en blanco, 3 hoplita tebano con casco boecio. Autor Richard Hook para Osprey 

Agesilao envió primero a los psiloi tiradores para probar el despliegue enemigo. Estos fueron fácilmente rechazados por las fuerzas de Tebas y Atenas, y probablemente por su más numerosa caballería. Agesilao ordenó entonces avanzar a todo el ejército espartano. Esperado que la visión de la superioridad de las fuerzas espartanas sería suficiente para intimidar a las fuerzas tebanas y atenienses y que rompiesen filas. Esta misma táctica había funcionado contra las fuerzas argivas en la batalla de Coronea (394 a.C).
Cuando estaban a unos 200 metros, Agesilao estaba esperando que las fuerzas tebanas y atenienses cargaran en cualquier momento. En lugar de ello, Cabrias ordenó a sus hombres que descansaran, al unísono, sus hoplitas mercenarios inmediatamente asumieron la postura de descanso con la lanza apoyada en el suelo apuntando hacia arriba en lugar de hacia el enemigo, y el escudo apoyado en la rodilla izquierda en lugar de estar sujeto en el brazo izquierdo. Górgidas, al ver esto, también ordenó al batallón Sagrado ponerse en descanso.
Al ver la audacia de la maniobra y la disciplina en la ejecución fue tal que Agesilao detuvo el avance. Al ver que sus intentos de provocar a los tebanos y atenienses para que bajasen y luchasen no tuvieron éxito, Agesilao finalmente pensó que era más prudente retirar sus fuerzas de nuevo a Tespia.
Poco después, Agesilao disolvió su ejército en Tespia y volvió a Peloponnesos través de Megara. Dejó al genera Feobidas como su harmosta (gobernador militar) en Tespia.
Los tebanos bajo Górgidas mataron 200 hombres que Agesilao dejó cerca Tespia como una avanzada. También hicieron varios ataques en territorio tespio, aunque estos pequeños consumado. Foebidas, por su parte, comenzó a hacer varias incursiones en territorio tebano utilizando los espartanos bajo su mando y reclutas tespios. Estos generales estuvieron luchando entre sí hasta que Foebidas murió a manos de la caballería tebana.
Poco tiempo después, Agesilao montó una segunda expedición contra Tebas. Después de una serie de escaramuzas que ganaron con cierta dificultad, se vio obligado a retirarse de nuevo cuando el ejército tebano salió con toda sus fuerzas mientras se acercaba a la ciudad. Diodoro observa en este punto que los tebanos se enfrentaron a partir de entonces contra los espartanos con confianza. Górgidas desaparece de la historia entre 377 y 375, durante el cual el mando del batallón Sagrado fue transferido a Pelópidas. 

Batalla de Tegira (375 a.C.)
En 375 a.C, Pelópidas, supo que la guarnición espartana de Orcómeno había ido a una expedición a Lócrida, partió con el batallón Sagrado y una pequeña fuerza de caballería, con intención de apoderarse de la ciudad mientras estaba sin vigilancia. Cuando los tebanos llegaron a la ciudad, sin embargo, se enteraron de que una fuerza importante había sido enviada desde Esparta para reforzar la guarnición de Orcómeno, y se acercaba a la ciudad. En consecuencia, Pelópidas se retiró con su fuerza, pero antes de que los tebanos pudieran alcanzar la seguridad en Tegira, se encontraron con la guarnición espartana original que regresaba de Lócrida.
La fuerza tebana era en gran medida superada en número por los espartanos, se estima que los duplicaban. Estaba constituida por el famoso batallón Sagrado era la fuerza principal junto otros dos moras o batallones de hoplitas, infantería ligera y caballería, los espartanos tenían dos philae o regimientos uno de ellos ateniense y sus efectivos serían 2.000 hoplitas más la infantería ligera y caballería. Plutarco señala que un soldado tebano, al ver la fuerza enemiga, le dijo a Pelópidas “Vamos a caer en manos de nuestros enemigos“, a lo cual respondió Pelópidas “Y por qué no ellos en las nuestras“; Pelópidas, a continuación, ordenó a la caballería tebana cargar mientras la infantería adoptaba una densa formación anormal en su costado izquierdo.

Batalla de Tegira 375 a.C., se puede apreciar el distintivo de los tebanos que era la maza de Heracles pintada en el escudo, lleva  el típico casco boecio. 

Cuando las dos falanges chocaron, el primer encuentro fue muy reñido y fue inconclusivo, en el segundo choque, en el segundo choque murió el jefe espartano y los lacedemonios abrieron sus filas, la compacta formación tebana rompió la línea espartana en un punto de contacto y luego se volvió a atacar los flancos vulnerables de los espartanos a cada lado. El grupo de espartanos se dispersaron y huyeron, aunque la persecución tebana se vio limitada por la proximidad de Orcómeno ya que los espartanos tenían allí establecidas más unidades.
No se sabe si la creación del orden oblicuo fue prevista o se debió a la casualidad, al tener que desplegar sobre la marcha, pero a partir de este momento, Epaminondas lo empleó en todas las batallas. La victoria tebana en la batalla de Tegira tuvo poca importancia militar inmediata, más allá de la supervivencia de la fuerza de Pelópidas, la fuerza espartana, una vez que se reagrupó en Orcómeno, era demasiado formidable para que Pelópidas aprovechara su ventaja. A pesar de ello, la victoria fue un evento de importancia simbólica para ambas partes. Diodoro Sículo registra que la victoria en Tegira marcó la primera vez que los tebanos habían levantado un trofeo a la victoria sobre una fuerza espartana, pues mientras los tebanos habían derrotado a los espartanos antes, estas victorias habían sido en general pequeñas escaramuzas.
Durante los dos años en que los espartanos no pudieron atacar Beocia, los tebanos aprovecharon para acosar las posiciones de los aliados lacónios en el área, se producen múltiples enfrentamientos a pequeña escala en donde los beocios no solo consiguen casi siempre la victoria si no que los aprovechan para ejercitarse y ganar confianza frente a los temidos hoplitas espartanos.
Otros combates salpican aquí y allá el territorio beocio, en un combate a las afueras de Tespias fue derrotado y muerto el harmoste espartano de la ciudad, también cae el harmoste de Tanagra en otro afortunado enfrentamiento contra los tebanos, se incursionó (al mando de Pelópidas) dentro de la Fócida, hasta el punto de tener estos que solicitar la ayuda de Esparta bajo la amenaza de abandonar la alianza.

Expansión de la Liga de Boecia 

Platea fue ocupada en el otoño del 373 a.C. por Neocles y su población expulsada del Beocia (Neocles engañó a los platenses y asalto la ciudad cuando menos lo esperaban, la ciudad fue demolida, excepto los santuarios, y la población exiliada al Ática, en donde fueron recibidos amistosamente). Orcómenos fue obligada a alinearse con la Liga en el 370 a.C, sufrió no obstante la destrucción de sus murallas y de sus derechos políticos. La ciudad años más tarde volvió a padecer las consecuencias de una sangrienta represalia tebana a causa de un intento de conspiración por parte de sus elementos oligárgicos, su población fue muerta o expulsada de su ciudad y de territorio beocio, estas acciones se hicieron aprovechando que Epaminondas se encontraba en campaña en Tesalia.
Al llegar la primavera del 371 a.C., Beocia se encontraba prácticamente unificada bajo la hegemonía de Tebas excepto Orcómenos. 

Batalla de Leuctra (371 a.C.)
La disputa estalló cuando una coalición de ciudades-estado de Beocia apeló a Esparta para que les liberase del control político de Tebas. Los espartanos exigieron que los tebanos retirasen su ejército de ocupación, pero éstos se negaron, por lo que el rey espartano Cleómbroto I marchó a la guerra desde Focea.
En lugar de tomar la ruta más fácil hacia Beocia a través de un desfiladero, los espartanos marcharon cruzando los montes, llegando por sorpresa y tomando una fortaleza y doce trirremes tebanas antes de que nadie se diese cuenta de su presencia.
El ejército espartano estaba compuesto de unos 11.000 efectivos: de los cuales había 2.000 hoplitas espartanos, 1.500 focenses, 1.000 arcanianos, 2.000 corintios, 2.000 arcadios y. En total 8.500 hoplitas de los cuales 400 eran espartiatas o élite espartana, además disponían de 1.000 jinetes y 1.100 psiloi o tropas ligeras (300 espartanos, 500 tracios y 300 focenses). Establecieron su campamento en unas alturas cerca de la ciudad de Leuctra y esperaron al ejército boecio.
El ejército de la liga de Boecia liderada por el beotarca Epaminondas, consiguió reunir 8.000 hoplitas de los cuales 6.500 eran tebanos entre los que se encontraba el batallón Sagrado, y 1.500 de Boecia, Sicion y Elaia; 1.500 jinetes y 1.000 psiloi o infantería ligera. Establecieron su campamento en una elevación frente a los espartanos.
Algunos de los comandantes tebanos en un primer momento consideraron prudente retirarse tras los muros de Tebas e invitar a un asedio en lugar de enfrentarse a los temibles espartanos en una batalla abierta. Sin embargo, Epaminondas los convenció de lo contrario.
Ya los había vencido en Tegira y les recordó la violación notoria de dos vírgenes locales por dos espartanos en Leuctra. Las dos víctimas se habían suicidado por la vergüenza, y se había establecido un monumento en su memoria. Epaminondas hizo un homenaje delante de este monumento antes de la batalla e hizo pintar una serpiente en los escudos afirmando que al golpear la cabeza de la serpiente (el ejército espartano), la serpiente moriría.
A pesar de la inferioridad numérica y de la dudosa lealtad de los aliados beocios, aceptaron luchar en el campo de batalla frente a la ciudad.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Despliegue de fuerzas, a la izquierda el posible despliegue de fuerzas, a la derecha el despliegue alternativo 

La primera acción real de la batalla fue cuando los espartanos atacaron a los no combatientes de Tebas (mozos de equipaje, comerciantes etc.) que se retiraban de vuelta a Tebas. Sin embargo, en el ataque, Hieron, el líder espartano murió y los tebanos se vieron obligados a reincorporarse a la fuerza principal. 

Despliegue inicial
Cleombroto desplegó su ejército en cuatro divisiones: a la derecha como siempre los espartanos (2.000), a continuación focenses y arcadianos (2.500), a continuación los corintios (2.000), después los arcadios (2.000) situó en las alas repartidos su caballería y su infantería ligera.
Epaminondas fue mucho más innovador y puso su caballería e infantería ligera frente a su propia formación de falange. Desplegó a sus hoplitas también en 4 divisiones, la su izquierda extraordinariamente profunda 48 filas de los hombres (cuadruple de los normal), e hizo su frentes más estrechos que los espartanos. El batallón Sagrado (300) también se posicionó en la banda izquierda, los 1.500 aliados beocios fueron estacionados en el flanco derecho, y las otras divisiones con 8-12 hombres de profundidad.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Despliegue Inicial y fases de la batalla 

Cleómbroto respondió a este sorprendente despliegue reorganizando sus propias líneas, desplazando su caballería e infantería ligera al frente y extendió su línea de hoplitas con el fin de flanquear el ala izquierda de Epaminondas, para ello tuvo que disminuir su profundidad. 

La batalla
La batalla comenzó con la caballería tebana cargando contra la espartana, poniéndola en fuga, los jinetes espartanos se vieron obligados a refugiarse tras sus propias líneas, la falange abrió sus filas para permitirles el paso, los tebanos les persiguieron a través de los espacios creados, creando el caos en la formación espartana.
Epaminondas, por su parte, mandó avanzar su flanco izquierdo siendo seguido por las otras divisiones de forma escalonada que es lo que se conoce como el orden oblicuo.
Los hoplitas se encontraron, élite contra élite, y la formación tradicional de 12 líneas de profundidad de Esparta comprobó que no era capaz de aguantar el impacto de la columna de 48 hombres que habían colocado contra ellos. Hubo un breve encuentro en el que los espartanos trataron de mantener la masa gigantesca de tebanos y del batallón Sagrado, hasta que fueron literalmente barridos por la columna. El ala derecha espartana fue derrotada con bajas de unos 1.000 hombres, de los cuales 400 eran espartiatas (tropas de élite de ciudadanos espartanos), y entre los que se encontraba el propio el rey Cleómbroto.

Batalla de Leuctra 371 a.C. carga del batallón Sagrado. Se puede ver a un oficial superior espartano dirigiéndose a sus tropas, se distingue por su penacho transversal.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Se puede ver un oficial superior espartano arengando a sus tropas, también se puede ver la profundidad del despliegue tebano.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Se distingue un oficial espartano con el escudo a la espalda retirando un herido.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Dos imágenes iguales de la retaguardia del ejército espartano, pero con distinta uniformidad, se ve un oficial superior espartano herido transportado por dos compañeros, se distingue su casco con la cimera transversal, los de la izquierda pueden ser espartiatas, los de la derecha periecos.

Batalla de Leuctra 371 a.C.  Se puede apreciar la serpiente pintada en los escudos tebanos. 

Para cuando las divisiones del centro y de la derecha del ejército tebano alcanzaban las posiciones enemigas, el ala derecha de Esparta había sido destrozada.
Viendo su ala derecha derrotada, el resto del ejército peloponesio, se retiraron y dejaron al enemigo el control del campo de batalla. Por otra parte, la llegada de un ejército de Tesalia sirvió para que un segundo ejército espartano comandado por Arquídamo II decidiera no intervenir y retirarse, mientras que los tebanos prefirieron cesar su persecución de los espartanos supervivientes. 

Secuelas
La derrota de Esparta condujo a la desintegración de la liga del Peloponeso, ya que muchos de sus aliados llegaron a ser independientes, o cambiaron la lealtad a Tebas, y a la aparición de la Liga Arcadia liderada por Tebas.

Batalla de Leuctra 371. Secuelas de la batalla. Los vencedores siguiendo la tradición, erigieron un triunfo después de la batalla, se ve al fondo dos heraldos con sus báculos. 

Batalla de Mantinea (361 a.C.)
Ocurrió en el 362 a.C entre los tebanos liderados por Epaminondas y apoyados por los habitantes de Arcadia y Beocia, y los espartanos, dirigidos por el rey Agesilao II y apoyados por Elis, Atenas y Mantinea. Los espartanos fueron derrotados, pero con la muerte de Epaminondas sólo sirvió para allanar el camino a la conquista de Grecia por Macedonia.

Antecedentes
Después de que la batalla de Leuctra en 371 a.C., hiciera tambalear la hegemonía espartana, el político y general Epaminondas de Tebas procuró construir una nueva hegemonía centrada en su ciudad. Para ello, los tebanos habían marchado al sur, a la zona dominada tradicionalmente por los espartanos, y creó la liga Arcadia, una federación de ciudades-estado de la meseta central del Peloponeso, para contener la influencia espartana, de tal modo que Tebas mantuviera el control total.
Los espartanos se habían aliado con Elis (ciudad de menor importancia del Peloponeso con una desavenencia territorial con Arcadia) en un esfuerzo de minar a la liga Arcadia. Cuando los arcadios calcularon mal y se apropiaron del santuario de Zeus en Olimpia, en Elis, una de las ciudades-estado de Arcadia, Mantinea, se separó de la Liga. Mantinea se unió a Esparta y Elis para atacar la liga Arcadia. Atenas decidió dar su apoyo a Esparta, pues estaba recelosa del poder tebano. Los atenienses también recordaban que, al final de la guerra del Peloponeso, los tebanos demandaron que Atenas fuera destruida y sus habitantes esclavizados. Un ejército ateniense fue mandado por mar para juntarse con las fuerzas expedicionarias espartanas, con el fin de evitar que fuera interceptado en tierra por el ejército tebano.

Mapa de Esparta y Boecia en 367 a.C.
Ejército tebano en el 362 a.C.: 1 peltasta tesaliano; 2 peltasta aeniano; 3 oficial tebano herido con un casco boecio. 

Tras enterarse de que Agesilao II ya había salido de Esparta al mando de las tropas, decidió hacer una marcha nocturna hacia la capital de Laconia, esperando encontrarla desguarnecida tras la salida del ejército. Al enterarse, Agesilao dio media vuelta e inmediatamente se volvió con las tropas ligeras y la caballería de vuelta a Esparta, llegando solo un momento antes que los beocios, el otro rey de Esparta, Arquidamo, consiguió rechazarlos fuera de los límites de la ciudad.

Batalla de Mantinea 362 a.C. movimientos previos 

Epaminondas marchó con sus tropas a Mantinea, pero no por el camino más corto, sino siguiendo la cadena montañosa que se encuentra al oeste de Tegea. Al llegar junto a la ciudad de Mantinea, descendió por la ladera del monte y formó en el llano, frente a los enemigos. 

Despliegue inicial
Los dos ejércitos se encontraron a unos treinta estadios de Mantinea, en el camino que lleva a Palantio, junto bosque llamado de Pélago. Agesilao II colocó su ejército protegiendo Mantinea, en una llanura de 2 kilómetros de ancho entre las montañas Mytikas y Kapnistras. Para atacar Mantinea, Epaminondas no tenía más remedio que enfrentarse al ejército de Agesilao. El contingente espartano estaba al mando del rey espartano Agesilao II, estaba compuesto de 20.000 hoplitas: 3.000 de Esparta, 7.000 de Mantinea, 2.000 de Elis, 2.000 de Acaya, y 6.000 de Atenas; 2.000 jinetes: 1.000 de Atenas y 1.000 de Mantinea y otras ciudades; y 1000 psiloi mercenarios.
Ocuparon una posición entre dos montes, en su ala derecha situó la caballería disponiendo su formación en varias divisiones con la caballería y tropas ligeras a los flancos.

Batalla de Mantinea 362 a.C. despliegue de fuerzas 

Epaminondas, desplegó su ejército de forma similar al espartano, ocupando un frente de la misma longitud. El ejército tebano estaba compuesto por contingentes tanto de Tebas como de otras ciudades-estado de Beocia, y contaban con el apoyo de los arcadios todavía leales a la liga. Tenía una fuerza de 28.000 hoplitas: 10.000 de Tebas y Beocia, 2.000 de Tesalia, 1.500 de Eubea, 1.500 de Malis, 3.000 de Lócrida, 3.000 de Sición, y 5.000 de Argos; 3.000 jinetes: 1.000 de Tebas y Beocia y 2.000 de Tesalia; y 4.000 psiloi tesalios y mercenarios.

Batalla de Mantinea 362 a.C. despliegue inicial 

Epaminondas simuló dar a sus tropas las instrucciones para montar el campamento, por lo que, viendo a los beocios dejar las armas, los lacedemonios y los aliados peloponesios rompieron también poco a poco su formación pensando ya en retirarse. Fue entonces cuando Epaminondas dispuso a sus hombres en columna y, dando la orden de recoger de nuevo y rápidamente las armas, con él mismo a la cabeza, marchó en línea recta contra el enemigo. Éste, desconcertado por el ataque cuando ya no esperaban tal cosa, procedió precipitadamente a volver a formar la línea de batalla. 

La batalla
Epaminondas dio entonces la orden de avanzar, cogiendo al enemigo con la guardia baja y provocando bastante confusión en el campo de Mantinea en la preparación de la batalla.
Mandó por delante y a ambos flancos su caballería y psiloi o infantería ligera, que hicieron retroceder a la caballería de Atenas y Mantinea. Diodoro indica que la caballería ateniense del ala derecha de espartana, aunque no era inferior en calidad a la beocia, no pudo aguantar las armas arrojadizas que lanzaba la infantería ligera que Epaminondas había colocado entre su propia caballería, expulsándoles de la colina Kanipstra, en el ala izquierda la caballería tebana y tesaliana derrotaron fácilmente a la de Mantinea expulsándoles de la colina Mytikas. Una vez derrotada la caballería peloponesa, comenzaron a hostigar los flancos de la falange enemiga.
Mientras tanto, la falange tebana avanzaba. Jenofonte describe el ala izquierda tebana como “un trirreme, con su espolón de proa sobresaliendo por el frente“, a la vez que indica que Epaminondas pensaba que si fuese capaz de golpear y atravesar las líneas enemigas en cualquier lugar, destruiría al ejército completo de sus adversarios.

Batalla de Mantinea 362 a.C avance de los tebanos

Como en Leuctra, el ala derecha que era donde estaban situados los espartanos, recibieron el terrible choque del batallón Sagrado y los hoplitas de élite tebanos. En un principio hubo un breve equilibrio inicial, pero luego los tebanos lograron romper las líneas espartanas, y la falange enemiga completa fue puesta en fuga. Parecía que iba a ser una nueva victoria decisiva de Tebas basada en el modelo de Leuctra pero, cuando los victoriosos tebanos se lanzaron en persecución de sus enemigos, Epaminondas fue herido mortalmente por el espartano Antikatres que le dio una lanzada mortal en el pecho y murió poco después. A medida que las noticias de la muerte de Epaminondas se extendían en el campo de batalla de un soldado a otro, los aliados cesaron en su persecución del ejército derrotado.

Batalla de Mantinea 362 a.C. tebanos persiguiendo a los espartanos
Batalla de Mantinea 362 a.C. muerte de Epaminondas. 

Secuelas
Los jefes tebanos Iolaidas y Difanto también cayeron. En su lecho de muerte, Epaminondas, al saber que sus compañeros habían muerto, instó a los tebanos a firmar la paz, a pesar de haber ganado la batalla. Lo cierto es que la batalla podría haber sido una completa victoria beocia, pero al final la muerte de Epaminondas cambió totalmente el escenario del conflicto. Los beocios se retiraron (nunca volverían a entrar con todo su ejército en el Peloponeso). Las pocas guarniciones que quedaron en el país serían retiradas pocos años después.
Las ambiciones y la influencia de Tebas en la región quedaron de esta manera enterradas para siempre en los campos de Mantinea. Sin el liderazgo de Epaminondas, la hegemonía de Tebas se derrumbó. El resultado final de la batalla fue el allanamiento del camino para que Macedonia conquistara Grecia, asegurada la debilidad de Tebas y Esparta. 

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