jueves, 14 de diciembre de 2017

Capítulo 34 - LOS EJÉRCITOS GRIEGOS


Los ejércitos griegos

Generalidades

Grecia había sido invadida sucesivamente por pueblos a caballo que se establecieron en su territorio, en el 1.200 AC los dorios se establecieron en lo que sería Esparta, los jonios que derrotaron a los dorios en el istmo de Corinto y se establecieron en el Ática y la isla Eubea, los tracios que se establecieron en el norte.
Estos pueblos abandonaron la caballería por un lado el terreno no proporcionaba buenos pastos para la cría de caballos, salvo en la zona de Macedonia, por otro lado eran poco eficaces, ya que el terreno pedregoso de la Grecia peninsular era de igual modo impracticable tanto para los carros ligeros como para los caballos no herrados.
En las largas distancias recorridas diariamente, los cascos de los caballos se desgastaban o se herían por las piedras, y hasta la invención de la herradura, sucedía que una parte nada despreciable de los caballos llegaban renqueando al campo de batalla. No obstante, el carro conservó un estatus privilegiado, sobre todo a través de la poesía épica, y fue utilizado en las carreras de caballos de los juegos Olímpicos o en los juegos Panatenaicos.
La participación de la caballería en la guerra no era demasiado gloriosa, ya que en la batalla su papel era irrelevante y sólo entraban en escena cuando se deshacía la falange enemiga y los jinetes tenían el dudoso honor de perseguir a los derrotados y rematarlos por la espalda. La caballería se constituyó a partir de ese momento como un privilegio social exclusivo para los ricos que pueden mantener el costoso equipo del jinete, pero que no se comparaba al honor de pertenecer a la falange. El rechazo de cabalgar se puede apreciar en las citas de Jenofonte: “montaban los caballos los soldados físicamente más débiles y menos valerosos”.
La reina de las batallas era la infantería, se organizaba en la famosa falange hoplita, que surge a finales del siglo VIII y mediados del VII a.C, durante el paso de la Edad Oscura a la Edad Arcaica.
La geografía montañosa de Grecia, contribuyó al aislamiento por tierra con el resto de poblaciones, generando ciudades con independencia política y con tradiciones o aspectos culturales muy diferenciados, lo que hoy se conoce como polis o ciudades-estado, que para su defensa necesitaban a a la mayor cantidad de gente posible, que pudieran costearse por ellos mismos el equipamiento necesario. Serán de este modo los propios ciudadanos quienes, llegado el momento, tomen las armas y se preparen para la guerra.
Para poder luchar por su polis se debía ser ciudadano de ella y tener una renta mínima. Aunque se sigue debatiendo dónde estaba el umbral de separación, en un primer momento serían solo los aristócratas y los más pudientes quienes formaran la falange, debido al coste del equipamiento, pero se iría ampliando con el paso del tiempo hasta involucrar al campesino medio propietario de tierras.
El soldado-ciudadano
Un ciudadano era, por definición, un soldado. Y el grado de cualificación política del ciudadano era el que determinaba su grado de cualificación militar. A las clases sociales más altas les correspondían los cargos superiores.
En la Atenas del siglo V a. C., los pentacosiomedimnos, los miembros de la primera clase tenían el privilegio de la trierarquía, la liturgia principal, que les encargaba armar la flota. Los caballeros se elegían entre los hippeis los miembros de la segunda clase. Y para pertenecer a la falange de los hoplitas debían formar parte de los zeugitas la tercera clase.
El buen soldado era el propietario de tierras. No sólo porque no se podía ocultar a la codicia de los enemigos, sino principalmente porque trabajar la tierra, según Jenofonte, era una escuela de virtud para el ciudadano, en la que adquiría las cualidades de vigilancia, fuerza y justicia que forman la base del espíritu militar.
El buen soldado era también padre de familia, porque la preocupación por conservar la libertad de sus hijos era otro buen motivo para combatir.

Organización militar de Atenas: la efebía
En Atenas, la infancia y el comienzo de la adolescencia se desarrollaban con mayor libertad y en condiciones muy diferentes a Esparta.
El joven ateniense se ejercitaba con regularidad en la palestra, bajo la dirección del pedotriba, y la gimnasia era una preparación normal para el oficio de las armas: la lucha, la carrera, el salto y el lanzamiento del disco desarrollaban la fuerza física y la elasticidad. En cuanto a la quinta prueba del pentatlón, el lanzamiento de jabalina, se trataba ya de un ejercicio puramente militar.
Para los hombres adultos, que habían superado ya la edad de la efebía, la gimnasia constituía el mejor medio de mantenerse en forma y de entrenarse entre dos campañas. En el siglo V a. C., la mayoría de los atenienses de todas las edades proseguían con este entrenamiento que les mantenía preparados para soportar las fatigas militares.
A partir del siglo IV a. C., hubo cierto relajamiento en la práctica del deporte. En esa época fue precisamente cuando las ciudades griegas trataron de confiar a soldados mercenarios la tarea de defenderlos, a cambio de un sueldo, mientras que antes de la guerra del Peloponeso, los ejércitos griegos estaban compuestos casi exclusivamente por ciudadanos.
Todo ateniense tenía que servir a su polis de los 18 a los 60 años. De los 18 a los 20, era efebo. En este momento realizaba su aprendizaje militar.
De los 20 a los 50 años, como «hoplita del catálogo (lista de reclutamiento)» o como jinete, formaba parte del ejército activo, alguna de cuyas clases, y a veces todas, se movilizaban al comienzo de la campaña militar fuera del país (éxodos).
De los 50 a los 60 años pasaba a ser veterano, los presbytatoi, que con los efebos y los metecos de cualquier edad integraban una especie de ejército territorial encargado de defender las fronteras y las plazas fuertes del Ática.
En tiempos de paz, el grueso del ejército sólo era una milicia disponible, excepto los efebos, que durante dos años estaban ocupados por entero en sus ejercicios y, por esa misma razón, exentos de cualquier deber político o incluso de comparecer ante la justicia. Eran ciudadanos desde el momento de su ingreso en la efebía, pero no ejercían sus derechos hasta que habían transcurrido esos dos años.
El ateniense pasaba, pues, 42 años de servicio, y cada una de estas 42 clases se designaban con el nombre de un héroe epónimo. Los ciudadanos que habían llegado a los 60 años quedaban liberados de toda obligación militar y se convertían en diaitetas, árbitros públicos, algo parecido a los «jueces de paz».
Al inicio de la guerra del Peloponeso en el 431 a. C., Atenas poseía un ejército activo de 13 000 hoplitas y 1000 jinetes, así como un ejército territorial de 1400 efebos, 2500 veteranos y 9500 metecos, unos 27 400 hombres. 
A pesar de una teoría de origen alemán que ha prevalecido durante largo tiempo, es cierto que en el siglo V a. C. existía la efebía. Los hoplitas de Maratón habían recibido seguramente una formación militar. Sólo cabe preguntarse si a partir de ese momento todos los atenienses estaban obligados a pasar por la efebía, es decir, si la clase humilde, los tetes, que eran sobre todo remeros de la flota, estaban exentos de ella. Aristóteles nos describe con detalle la institución en el siglo IV a. C., que tal vez no había sufrido cambios importantes desde la época de Pericles.
A comienzos del año ático, en el mes de Hecatombeon, los jóvenes atenienses de 18 años se inscribían como demotas, esto es, como miembros del demo de su padre. La asamblea del demo comprobaba su edad y decidía mediante votación si eran hijos legítimos y de condición libre. Cualquier impugnación suponía su remisión ante un tribunal de la Heliea, y el joven convicto de impostura era vendido inmediatamente por el Estado como esclavo.
Más tarde la Boulé sometía a los efebos a un nuevo examen. Las aptitudes físicas de los jóvenes las valoraban, sin duda alguna, bien la asamblea del demo, bien la Boulé en un consejo de revisión e incluso un tribunal en caso de impugnación. 
En el templo de la diosa Aglauro, al norte de la Acrópolis, los efebos prestaban más tarde este juramento, con la mano extendida sobre el altar.
Sacrificio de una cabra: siete efebos (a la izquierda), dos hombres barbudos (sacerdotes o magistrados) y un criado, depositan ofrendas sobre el altar; la diosa (a la derecha, tal vez Deméter) sujeta un cetro y un fíale con ónfalo. Mármol Pentélico, final del siglo IV a. C.

Esta lista de divinidades, sobre todo Aglauro, Talo, Auxo, y la inclusión de los límites y de los frutos del Ática tenían un carácter arcaico muy evidente: dicha fórmula de juramento es seguramente anterior al siglo V a. C.
Para dirigir a los efebos, el pueblo elegía a un sofronista (censor) por tribu, de una lista de tres nombres elegidos por los padres de los efebos, y un cosmeta (director), jefe de todo el cuerpo efébico. Él nombraba también a los instructores de los efebos (pedotribas) y a los maestros especiales que les enseñaban a luchar como hoplitas (hoplomaquia), a tirar con el arco y lanzar la jabalina: en la época de Aristóteles se había añadido un instructor para maniobrar la catapulta, recientemente inventada. El traje distintivo de los efebos, la clámide, parece haber sido, en su caso, negra.
El año de servicio se iniciaba dos meses después del comienzo del año civil, en Boedromion. Cosmeta y sofronistas empezaban por llevar a sus efebos a visitar los santuarios del Ática (que deberán defender), luego acudían a El Pireo donde estaban acuartelados, unos en Muniquia, otros en la Acté.
El sofronista recibía dinero para los efebos de su tribu (cuatro óbolos por cabeza y día) y compraba lo necesario para la alimentación de todos, pues comían por tribus. 
Tal vez se hacía ya entonces la división entre infantería y caballería, en esta escuela de efebía, pero no es seguro. El cosmeta debía preocuparse por convertir a los efebos en buenos jinetes y enseñarles a lanzar la saeta desde el caballo. 
De este modo transcurría el primer año, al final del cual se celebraba en el teatro una asamblea del pueblo, donde se pasaba revista a los efebos en movimientos de orden cerrado. En ese momento el Estado les daba un escudo y una lanza, hacían marchas militares por el Ática y estaban acuartelados en las fortalezas. 
Durante ese segundo año, los efebos se comportaban como peripoloi, esto es, como soldados patrulleros en torno a las fortalezas de Eléuteras, de Filé y de Ramnunte.
En Ramnunte, unas inscripciones del siglo IV a. C. permiten evocar la vida de los efebos y sus relaciones con la población local. Los ejercicios de los efebos requerían un elevado consumo de aceite y los ciudadanos de Ramnunte contribuían con sus propios fondos, con una generosidad que les suponía agradecimiento y honores (coronas) otorgados por los efebos y sus jefes.
El pequeño teatro de Ramnunte tenía una animación especial gracias a la presencia de los efebos: Sentados en los lugares de honor (de la proedría), los magistrados del demo y los oficiales de la guardia participaban en los espectáculos que allí se celebraban, sobre todo concursos de comedias.

Equipamiento de un hoplita
Existía un equipamiento que era considerado básico y que era obligatorio para todos los hoplitas y otro que era opcional.

Panoplia hoplita espartano 546 a.C: 1 coraza de bronce tipo campana; 2 grebas, 3 yelmo tipo ilirio con la cara abierta; 4 yelmo tipo corintio con la cara cerrada y protección nasal; 5 penacho de pelo de caballo; 6 penacho de bronce, 7 como armas lleva el escudo (aspis) tipo hoplón y la lanza de acometida dory. Se sugiere que combatían desnudos. El blasón del escudo es la cara de la Gorgona o Medusa. Autor Steve Noon para Osprey

El equipamiento básico el escudo, los griegos llamaban genéricamente aspis a los escudos, pero el hoplón era el escudo específico de los hoplitas, el yelmo o casco, la lanza o dory y posteriormente la espada o siphox:
El hoplón era el escudo cóncavo redondo de madera de álamo o sauce forrado de cuero y cubierto por una lámina de bronce, con un diámetro de 90 a 100 cm de diámetro y con un peso de 7 a 8 kilos, poseía una abrazadera denominada porpax que se situaba en el centro y que estaba destinada a sujetar el antebrazo y una agarradera de piel llamada antilabe que se situaba cerca del borde y que se agarraba con la mano, así el escudo se sostenía mediante dos puntos de apoyo que permitían distribuir y equilibrar mejor su considerable peso. La superficie exterior se pintaba con símbolos alusivos a la familia a la que pertenecía, a la ciudad por la que luchaba; otras veces se pintaban allí símbolos protectores como una amenazante cabeza de Gorgona que, simbólicamente, petrificaría al enemigo, otras alusiones son religiosas como por ejemplo el tridente del dios del mar Poseidón. Esparta decidió que en los escudos de sus hoplitas se representaría una gran lambda, la (Λ) inicial de Lacedemonia en griego antiguo; los tebanos plasmaban allí una maza o clava, que significaba la maza de Heracles; los sicionios usaban una sigma (Σ), los atenienses usaban una alfa (A). 
Los hoplitas formaban un muro con sus escudos que se solapaban, acometiendo con la lanza por entre la unión entre dos escudos. Como los hoplitas tenían cubierto su costado izquierdo por su hoplón, tendían a desplazarse a la derecha para protegerse con el escudo de su compañero, haciendo que la falange se desplazase siempre hacia la derecha. Hay un proverbio espartano que dice:”Puedes abandonar tu casco, que sólo te protege a tí, pero jamás puedes abandonar tu escudo, que protege a tu compañero”.
La dory era el armamento principal del hoplita, consistía en una lanza acometida de 2 a 3 metros de longitud rematada, de madera de cornejo, con una punta de hierro en un extremo y en el otro un contrapeso o regatón de bronce denominado sauroter (literalmente matalagartos) que también tenía punta y que se usaba para rematar a los heridos que estaban en el suelo, para clavarla en el suelo para hacer frente a la caballería o cuando se rompía poder seguir acometiendo.
Los primeros hoplitas no llevaban espadas como armamento secundario, solo la lanza o dory, en un pasaje Euripides dice:”Un soldado de infantería pesada es esclavo de sus armas y, en el momento en que rompe su lanza, ya no tiene posibilidad de proteger su cuerpo de la muerte porque cuenta con ella como única defensa. Y como quiera que sus compañeros de fila no sean valientes, muerto está por la cobardía de quienes le rodean”. Por ese motivo se le proporcionó como arma secundaria el siphox o xifos era una espada recta corta de doble filo y punta. Era el arma secundaria de los hoplitas griegos. La hoja clásica medía generalmente cerca de 50-60 cm de largo, aunque los espartanos, supuestamente, comenzaron a utilizar hojas de apenas 30 cm alrededor de la época de las guerras greco-persas. El xiphos tiene a veces un nervio central. Normalmente se colgaba de un tahalí situado en la axila izquierda. Posteriormente fue siendo sustituida por la espada curva kopish o kopis tenía un solo filo que se curvaba hacia adentro. Esta forma, generalmente denominada “recurva,” distribuye el peso de manera tal que el kopish era capaz de dar tajos como un hacha, manteniendo a la vez el filo de una espada y la capacidad de apuñalar. Jenofonte recomendaba su uso por los jinetes.
El yelmo o casco el más común era el tipo corintio denominado kranos, moldeado con una sola lámina de bronce para cubrir toda la cabeza y cuello, dejando una abertura en forma de T para los ojos y la boca; el interior estaba forrado con fieltro u otro material acolchado para amortiguar golpes que de otra manera, hubieran noqueado o matado al hoplita. Era un yelmo claustrofóbico que no permitía oír y dificultaba la visión lateral.



En ocasiones al casco se le añadían penachos de crin de caballo sujetos sobre una cresta para dar un aspecto aún más impresionante del guerrero, y para hacerle parecer más alto y corpulento. Fue sustituido en esparta por el denominado pilos que era un casco de forma cónica que dejaba libre la cara y las orejas, al que también se le podía añadir penachos. En algunas partes de Grecia se mantuvo el yelmo corintio evolucionado, en el que se dejaba una escotadura para las orejas y las carrilleras o paragnatides eran móviles para que fueran menos claustrofóbico. Otro yelmo muy usado era el boecio, era un casco muy ligero y muy cómodo, y aunque careciera de protección nasal y carrilleras, contaba con un protector de nuca y una gran visera. Fue posteriormente adaptado a la caballería tesaliana y macedonia. Al final se introdujo el casco tracio tenía una gran visera en la frente, que además protegía la cara con carrilleras o paragnatides móviles.
Como equipamiento complementario estaba la coraza o tórax, y las grebas.
La coraza o torax estaba formado por dos piezas de bronce unidas el peto o la parte de adelante y el espaldar o la parte de atrás, las más antiguas eran del tipo denominado de campana, llamada así por la forma ya que a la altura del abdomen, tenía un reborde que le daba esta forma, posteriormente fue sustituida por la coraza anatómica, que se asemejaba el torso humano al que se ajustaba, y se representaban los músculos e incluso las tetillas. 

Panoplia hoplita espartano 346 AC: 1 yelmo o casco tipo pilos dejaba al descubierto cara y orejas, era de bronce y se podía adornar, 2 los espartiatas abandonaron las corazas y las grebas y confiaban su protección solo en el hoplón; 3 linotorax que empezó a extenderse en la batalla de Leuctra, a veces estaba reforzado con cuero y placas metálicas; 4 casco calcidio que era una evolución del casco ilirio con carrileras móviles; 5 hoplón con el blason del gallo sagrado de Heracles, es muy probable que los periecos usasen esta panoplia. Steve Noon para Osprey

Las había de dos tipos una corta y otra más alargada que llegaba al abdomen, el peto y espaldar estaban unidas en un lateral por bisagras y en los hombros y en el otro lateral por charnelas. Este tipo se siguieron utilizando hasta los romanos, pero dado su precio era usada por los oficiales y los más ricos. A partir de principios del siglo V a.C, en la época de las guerras persas, las antiguas corazas de plancha de bronce fueron desplazadas por el linothorax, coraza hecha por con varias capas de lino, entre 12 y 20 son los números comúnmente expresados, encoladas entre sí y endurecidas mediante inmersión en vinagre y sal, y reforzadas en ocasiones con escamas de bronce, una forma de protección más liviana y fresca, pero efectiva y barata. El linothorax siguió empleándose hasta la introducción de la cota de malla en el 250 a.C.
Las grebas eran una pieza de bronce que cubría la pierna desde la rodilla hasta la base del pie, normalmente protegían ambas piernas, pero había casos en que no tenían dinero suficiente y solo protegían la pierna izquierda que era la que generalmente estaba más adelantada. Las primeras grabas cubrían solo la espinilla y se denominaron espinilleras o cnémida, cuando encerraban completamente la pierna se llama grebón.
También había guardas para los brazos, antebrazos, muslos, tobillos y pie, pero que desaparecieron a partir del siglo VI a.C.
Los jinetes empleaban una lanza de acometida más ligera denominada kamas (significa caña) que eran largas y finas, a veces complementaban con un par de jabalinas para ser lanzadas.
No había uniformidad en la falange, lo único era en escudo pintado con el mismo emblema y los espartanos llevaban una capa roja o himation y una túnica o chitón también de color rojo, para que los enemigos los pudieran distinguir bien a lo lejos, y al mismo tiempo disimular cuando estaban heridos, ya que el color rojo disimula la sangre. Los mejores soldados que solían estar mejor protegidos, luchaban en las primeras filas, los menos protegidos iban al final, los oficiales combatían en primera fila, en el caso de los espartanos para que se distinguiese de los demás llevaban una cimera o penacho longitudinal y los oficiales superiores una transversal como llevarían posteriormente los centuriones romanos. 

Hoplitas griegos siglo V AC: izquierda hoplita focense; centro hoplita con linotorax reforzado con placas; derecha hoplita ateniense con linotorax reforzado de escamas. Autor Andrey Karashchuk

Reclutamiento
En Atenas y muchas polis griegas, tenían un ejército de 10.000 efectivos que era el estándar de la época, y que estaba mandado por un polémarcos y formado por 10 tribus artificiales llamadas phylae que tenía que aportar 1.000 efectivos cada una bajo el mando de un phylarco o estratego así como una unidad de caballería de 100 jinetes o hippeis mandado por un hiparco. 
Solón en el 495 AC, sería quien terminaría por hacer partícipes de la defensa de Atenas a todos sus ciudadanos, fuera cual fuera su nivel económico. A partir de esta reforma se dividieron en cuatro grupos sociales, los pentacosiomedimnos, que eran el grupo más pudiente, siendo de este grupo del que salían los generales o strategos; los hippeis, que formarían la caballería; y los zeugitas que serían el grueso de la falange; por último estaban los thetes, personas demasiado pobres para ser hoplitas, y que solo eran llamados a filas en caso de necesidad; formaban bien como psiloi o infantería ligera o como marineros y remeros en la flota.
Boecia tenía un sistema similar el ejército estaba mandado por beotarcas formaban un colegio de once magistrados, elegidos cada uno por un distrito de la Liga más el designado como comandante en jefe. Cada distrito mandaba 1.000 hoplitas, más infantería ligera a las órdenes de un beotarca, y 100 jinetes a las órdenes de un hiparco.
Los ciudadanos de Esparta (también conocidos como lacedemonios) estaban divididos en tres clases. La primera de ellas estaba formada por los ciudadanos plenos, conocidos como espartiatas u homoioi (iguales), que recibían una cantidad de tierra (kleros) a cambio de su servicio militar. La segunda clase eran los periecos, ciudadanos de condición libre, generalmente mercaderes, artesanos y marineros. Esta clase, dentro del ejército, constituía la infantería ligera y llevaba a cabo trabajos militares auxiliares, posteriormente se transformaron en hoplitas cuando no hubo suficientes espartiatas. La tercera y más numerosa clase eran los hilotas, siervos propiedad del estado que eran utilizados para cultivar la tierra de los espartiatas y que no combatían. En el siglo V a.C, los hilotas también serán utilizados como psiloi o tropas ligeras en las escaramuzas.
Todos los espartiatas entre los 20 y los 60 años formaban parte del ejército. Al cumplir 20 años, pasaban a ser elegibles para el servicio militar, y se unían a una de las mesas (sisitia), en las que estaban incluidos 15 hombres de edades diferentes. Aquellos que eran rechazados quedaban en una forma de ciudadanía inferior. Los espartanos tenía dos reyes, cada uno de los cuales mandaba el ejército cuando éste salía, y había una guardia real de 300 hoplitas llamados hippeis (caballeros), que eran hoplitas seleccionados entre los mejores hebontes (jóvenes de 20 a 29 años), se nombraban tres hippagretas (pl. hippagretai) que nombraban 100 hippeis cada uno.
Los espartanos estaban organizados territorialmente en 4 tribus, cada una de las cuales proporcionaba 900 efectivos y estaba dividida en 30 triakades que proporcionaban 30 hoplitas, posiblemente formaban en 3 filas de 10 de fondo, en total proporcionaban 3.600 efectivos.
En el siglo V cambió y se pasó a los pentecostyes, Tuciades menciona que en la batalla de Maratón, los espartanos tenían 5 lochos de 512 hombres divididos en 4 pentecostyes de 128 hombres y 16 enomotias de 32 con una fuerza de 2.560.
Hacia el 403 a.C, aparece por primera vez la mora o regimiento mandada por un polemarco, el ejército costaba de 6 moras cada una con 576 hoplitas más 100 jinetes es decir el ejército estaba constituido por 3.456 hoplitas y 600 jinetes. Cada mora estaba constituida por 4 lochos de 144 efectivos, cada lochos constaba de 2 pentecostyes de 72 efectivos, estas a su vez se componían de dos enomotias de 36 efectivos (que podían formar 6×6 o bien 3×12).

Jinete espartano, infante macedonio y arquero cretense.

La falange espartana variaba según los efectivos disponibles, nunca alcanzó los 6.000 espartiatas, cuyo número fue disminuyendo paulatinamente hasta quedar solo 700, y que desplegaban siempre en el costado derecho de la falange, a continuación formaban los periecos y a la izquierda un regimiento o mora que era un cuerpo de élite de esquiritas de unos 576 efectivos. Los esquiritas eran un pueblo perteneciente al estado lacedemonio, de estatus comparable al de los periecos. Estaban establecidos en Esquirítida, región montañosa y salvaje situada al norte de Laconia.
En cuanto a la caballería espartana, en 424 a.C. se creó un cuerpo de caballería compuesto por 400 jinetes, aunque eran una parte pobre dentro del ejército espartano, los caballos pertenecían a los más ricos y solo entregaban las monturas a los jinetes cuando eran movilizados para una batalla. Los jinetes eran por lo general los más débiles físicamente y eran probablemente de la clase inferior, ya que la línea de batalla para un espartiata era la élite.
La caballería espartana estuvo presente en Mantinea en 418 a.C, cuando se añadieron pequeñas unidades de 60 hombres de caballería a cada mora. Agesilao II organizó y entrenó una fuerza de caballería mercenaria compuesta por jinetes tesalianos mientras estuvo en Asia, la caballería tesaliana era considerada como la mejor en aquellos tiempos. En la batalla de Lequeo de 391 a.C el funcionamiento de la caballería espartana fue muy inferior a su rival. Agesilao en su campaña en Beocia en 377-376 a.C, utilizó una fuerza de 1.500 jinetes mercenarios. En Leuctra, Cleómbroto II no disponía de ningún jinete mercenario y su caballería espartana fue profundamente derrotada por la caballería tebana. 
Respecto a la infantería ligera o psiloi eran reclutados entre los hilotas, carecían de protecciones en sus cuerpos, utilizaban armas arrojadizas, especialmente jabalinas y hondas, su estrategia consistía en atacar por sorpresa y retirarse del campo de batalla, actuando en los flancos junto a la caballería.

Infantería ligera o psiloi espartanos, rematando a un hoplita ateniense, visten la ropa tradicional de los pastores, llevan un gorro de lana y un manto, algunas veces eran pastores locales armados. Autor Angus McBride para Osprey

Organización de la falange 

Hoplitas
La falange hoplita alcanzó su máximo esplendor con los espartanos. La falange en el siglo V estaba constituida por pelotones o enomotias que literalmente significa “grupo juramentado” estaban constituidos por 24 hombres al mando de un enomotarca, formaban en 3 filas por 8 de fondo, la fila de 8 fue el número normal en muchos ejércitos, los romanos empleaban el contubernio de 8, y los bizantinos también emplearon este número.

Falange hoplita griega.

La formación era más columnas que filas, había que mantener las filas en un frente continuo para no dejar huecos, cuando un hombre de una columna caía, el de detrás se adelantaba para mantener la solidez de la primera fila, cuando uno de la primera fila era herido o estaba muy cansado, se procedía a su relevo por el siguiente, una operación delicada que requería compenetración para no perder la cohesión.
Dos pelotones o enomotias constituían una sección o pentecostyes o pentacostera (que significa 50) con 6 filas de 8 de fondo, estaban al mando de un penteconter.
Dos secciones o pentecostyes formaban una compañía o lochos o locos con 100 efectivos formada por 12 filas de 8 de fondo mandado por un lochagos.

Locos de una falange hoplita griega, estaba formada por 12 filas con 8 de fondo 

Tres lochos o locos formaban un batallón o mora mandado por un morarca, tenían 300 efectivos que era el estándar en todos los ejércitos griegos, 300 era la guardia real espartana, el batallón sagrado de Tebas.
Tres moras constituían una phylae (1.000 efectivos) en el ejército ateniense mandadas por un phylarcos o estrategos; en el ejército de la liga de Boecia, estaba el distrito mandado por beotarca.
Diez phylaes o distritos constituían una falange (10.000 efectivos) mandada por un polemarcos en Atenas o el beotarca federal en Boecia. 

Infantería ligera
Junto con cada hoplita iba un sirviente o skenoporos, un hombre de armamento ligero o psiloi, ya sea un ciudadano pobre que no podía permitirse una armadura, o posiblemente un esclavo de confianza. Estos hombres de armas ligeras llevaban los escudos de los hoplitas hasta la batalla, y la mayor parte del equipaje. Tenían jabalinas, hondas, y a veces arcos.

Psiloi o infantería ligera griega: a la izquierda un hondero, a la derecha peltastas 

Los psiloi o infantería ligera cuyo número no era fijo y su misión era empezar la batalla causando bajas al enemigo, y luego se retiraban para dar paso a la falange, normalmente llevaban armas arrojadizas como jabalinas, hondas y arcos; no llevaban armadura y normalmente no combatían cuerpo a cuerpo, a los que llevaban un escudo pequeño o pelta se les denominaba peltastas y que sí combatían cuerpo a cuerpo, pero no tenían ninguna posibilidad frente a los hoplitas.

Psiloi atenienses, delante un hondero, detrás peltastas tracios.

Para mantener a raya a los psiloi, se organizaban los ekdromoi o corredores, que eran los más jóvenes de las filas hoplitas, estos salían corriendo de la falange, sorprendiendo a los psiloi y peltastas.

Peltastas tracios atacados por los ekdromoi o corredores de una falange, éstos eran los más jóvenes de las filas hoplitas, salían corriendo de la falange y sorprendían a los psiloi y peltastas.

Peltastas tracios y un ekdromoi o corredores de la falange en el centro. 

Caballería
El hiparco era el jefe de la caballería ateniense, elegido por cada tribu para un año, era el que reclutaba a los jinetes al final de la efebía. Pero esta elección la tenía que confirmar la Boulé, que cada año pasaba revista (dokimasía) a los jinetes y a sus caballos. Los caballos que no pasaban la revista o dokomasía eran marcados con el símbolo de una rueda para que no volviesen a ser presentados. El hiparco tenía bajo su mando a los diez hilarcos que mandaban un escuadrón de 10 jinetes.
Jinetes tesalianos y hoplita boecio 440 a.C. Llevan el casco típico tesaliano denominado pelasos. 

El papel de los jinetes era casi exclusivamente auxiliar, dedicándose a la exploración y a la protección de las tropas de infantería, marchando a vanguardia junto con la caballería ligera, antes del combate junto con la infantería ligera atacaba a los hoplitas, sobre todo a los flancos para desorganizar su posición, para luego intentaba atacar por retaguardia a los hoplitas, después de la batalla los jinetes tendrían mucho que hacer en la retirada o en la persecución.
En una época se vistió como los jinetes tracios: grueso manto de lana, rodilleras y gorro de zorro. En el siglo IV AC, el equipo de caballería tendió a ser más pesado, y Jenofonte aconsejaba a los jinetes que llevasen una coraza a medida y manoplas, y que protegiesen a su caballo, sobre todo bajo el vientre, con un acolchado. 

Mercenarios
Los ejércitos griegos cuando el interés de los ciudadanos en alistarse en el ejército decayó y no tenían fuerzas suficientes reclutaron a mercenarios entre los que se encontraban los jinetes arqueros escitas, jinetes tesalianos, los famosos arqueros a pie cretenses, también reclutaron hoplitas que se integraban en la falange, los peltastas y las otras tropas ligeras se dividirán en taxis bajo el mando de taxiarcas.
Mercenarios helénicos siglo V a.C: izquierda arquero escita, centro lanzador de piedras, derecha hoplita de las frameas. 

Peltastas
No todos los mercenarios reclutados en Grecia eran hoplitas. Las derrotas sufridas durante las guerras de los siglos V y IV a. C. de algunos contingentes de hoplitas espartanos a manos de tropas ligeras, peor armadas pero más móviles, como en la batalla de Esfacteria (421 a. C.), o durante las campañas de Ifícrates de Atenas en la Guerra de Corinto durante la que obtuvo la victoria de Lecaón (390 a. C.) causando un 50 % de bajas a una unidad de 600 hoplitas lacedemonios, y la costumbre de que el equipo corría a cargo de los propios guerreros, contribuyó a una variación fundamental en el concepto de mercenario.
Si bien subsistió la idea de la falange mercenaria, adoptada por Siracusa durante las guerras para la expulsión de los tiranos (siglo IV a. C.), Cartago en el mismo periodo, o Persia al inicio de la guerra contra Alejandro Magno (343-330 a. C.), se produjo el desarrollo de un nuevo tipo de mercenarios: los peltastas pesados, empleados indistintamente como fuerzas de infantería de línea o de infantería ligera.
Los peltastas, en el momento de su aparición en los ejércitos griegos durante el siglo V a. C., eran guerreros tracios armados con un equipo ligero compuesto por botas de fieltro o cuero, túnica corta, un escudo de madera o mimbre con la parte superior recortada en forma de creciente lunar, jabalinas de entre 110 y 160 cm de longitud, y una lanza algo más larga que lanzaban por medio de un propulsor. Muy útiles para lanzar un gran número de proyectiles combatiendo en orden abierto contra los grupos de hoplitas con el objeto de desbaratarlos, eran, sin embargo, vulnerables en un combate directo que siempre se intentaba evitar mediante una rápida retirada que permitiera volver a encarar a la formación hoplítica para acosarla constantemente hasta provocar su ruptura por cansancio. Su presencia entre las tropas de la expedición de Ciro reclutadas por Clearco es una de las últimas menciones a las mismas.
Los nuevos peltastas pesados incorporaron a su equipo elementos de la panoplia como el escudo circular (hoplon) y la lanza larga, pero se desprendieron de las pesadas corazas y cnémidas (grebas) para aumentar la movilidad. Los cascos de fieltro o cuero sustituyeron en muchas ocasiones a los cascos de bronce.
Los tureoforoi, soldados de infantería ligera armados con un escudo oval (tureos) constituirían la prolongación conceptual de los peltastas pesados hasta época helenística. No sólo se constituyeron nuevas tropas polivalentes capaces de tomar parte en combates en línea y luchas irregulares, sino que desempeñaron un papel destacado otros tipos de guerreros, los arqueros y los honderos. 

Arqueros y honderos
Durante la tiranía de Pisístrato en Atenas (560-527 a. C.), el tirano reclutó una fuerza de arqueros escitas con el objetivo de prestar apoyo a los hoplitas atenienses, confiriéndoles un poder de fuego del que carecían. No obstante, la principal función de los arqueros fue la de ejercer como fuerza de orden público en Atenas, siendo su imagen muy común en la decoración de la cerámica ática.
Su presencia entre las tropas atenienses fue de corta duración, ya que no figuraron en la composición del ejército que combatió en Maratón (490 a. C.) y, por el contrario, se encuentran en el listado de tropas de Jerjes II que toman parte en la invasión de Grecia (480 a. C.) según el relato de Heródoto, bajo el nombre de sacas. El arma de los arqueros escitas era el arco compuesto de cuerpo doble convexo, fabricado mediante una combinación de hueso, madera, asta, tendones, corteza y cuero. Surgido durante la Edad del Bronce en el Oriente Próximo, marcará una época de la arquería a pie y a caballo destacando su empleo por múltiples pueblos, desde los partos que lo emplearon profusamente en su victoria de Carrhae (53 a. C.) frente al ejército romano de Marco Licinio Creso Dives, a los persas sasánidas. Los escitas disponían de diversos tipos de proyectiles con puntas de bronce o hierro, macizas o con aletas, según la función, que guardaban en un carcaj (gorytos) decorado.
La arquería en el mundo griego fue ejercida especialmente por los cretenses, ampliamente empleados en la guerra del Peloponeso y presentes en la retirada de los Diez Mil, aunque es probable que, con el tiempo, el concepto cretense referido a los arqueros no correspondiera tanto a una unidad cohesionada por su origen territorial, sino que se refiriera a un tipo concreto de soldado en función del arma empleada; de forma similar a las citas en las fuentes romanas referidas a los honderos baleares que, tras una primera fase, se referirían a todos aquellos guerreros especializados en el combate con hondas.
Los cretenses descritos por Jenofonte llevaban además del arco compuesto una vestimenta ligera y un escudo de bronce de pequeño tamaño (pelta) que emplearían en el combate cuerpo a cuerpo, citándose también cretenses armados con pequeños escudos (aspidiotai) al servicio de los seléucidas a finales del siglo III a. C., con corazas entre las tropas de Antíoco III mandadas por Polixénidas de Rodas e incluso entre las tropas del rey macedonio Perseo derrotadas en la batalla de Pidna (168 a. C.) por Lucio Emilio Paulo, donde los cretenses fueron, por codicia de los tesoros del rey, los últimos en abandonarle.
Pese a la concepción del combate cerrado característico de las polis y el supuesto desprecio hacia el empleo del arco como arma noble, siguiendo la tradición literaria que lo considera un arma «afeminada», existen ejemplos del empleo de arcos por soldados con armadura completa claramente identificables como hoplitas, en un dinos atribuido al Pintor de Altamura (c.450 a. C.) y, especialmente, en el Monumento de las Nereidas de Janto (c.400 a. C.), en que dos arqueros protegidos por corazas de lino (linothorax) y cascos corintios protegen la escalada de los hoplitas a las murallas.
Los honderos formaban también unidades especializadas de mercenarios. Junto a los rodios, aqueos y acarnienses obtuvieron justa fama ya durante la guerra del Peloponeso por la potencia y precisión de su tiro, como el contingente del golfo de Melida reclutado por los beocios antes del asedio de Delio.
Aunque es en la Anábasis donde se muestra con mayor claridad la necesidad de disponer de honderos para hacer frente a las acometidas de las tropas de Mitrídates, llegando los comandantes de los mercenarios griegos a primar a los soldados, especialmente peltastas, que aceptaron constituir la unidad de honderos del ejército en retirada, demostrándose su utilidad en la batalla de Drilae donde lucharon intercalados con los hoplitas.
Los mercenarios griegos constituían a pesar de su diversa procedencia, un grupo hasta cierto punto uniforme debido al hecho de compartir elementos correspondientes a un mismo ethos y, especialmente, a proceder de un sistema de combate común.
Las dificultades que Ciro tiene para transmitir sus órdenes al contingente mercenario reflejadas también en las experiencias de Orontes (385 a. C.) con contingentes mercenarios griegos y bárbaros, como el ateniense Cabrias con mercenarios griegos y soldados egipcios (384-382 a. C.) se multiplicarían en el ejército cartaginés. 

Mercenarios helénicos siglo IV a.C, un jinete arquero escita y un peltasta.

Los heraldos
Los ejércitos tenían sus heraldos o kerykes cuya misión era la de transmitir órdenes del general a través de la escala de mando o bien llevar mensajes entre los estados de guerra, eran los encargados de publicar y de declarar la guerra o la paz, proclamaciones que algunas veces solían hacer en verso, también solían acordar el lugar y hora de las batallas, solían vestir como los sacerdotes e iban acompañados de una tuba o trompeta. Podían entrar en las ciudades sitiadas o mezclarse en medio de los combates, sin que nadie se atreviese a herirles. 

Tácticas
Los ejércitos eran movilizados por los éforos, y sólo tras una serie de ceremonias se hacía una sacrificio religioso o sphagia, los sacerdotes que observan el flujo de sangre desde la garganta del animal (sphage), y deducían la disposición de los dioses respecto a la guerra, los atenienses consultaban al famoso oráculo de Delfos, si los presagios no eran propicios, el comandante podía decidir no partir, y esperar a hacer otro sacrificio que le fuera favorable, después el ejército se reunía y marchaba al frente. También realizaban otro sacrificio llamado diabateria cuando abandonaban sus tierras y entraban en territorio enemigo, si no era propicio, disolvían el ejército y regresaban a casa.

Sacrificio o diabateria del ejército espartano 470 a.C. Se realizaba al salir de las tierras de su país y entrar en territorio enemigo, había otros sacrificios o sphegia o antes de la batalla los espartanos realizaban el sacrificio a Artemis Agrotera. 1 un hoplita con casco corintio, coraza anatómica y grebas; 2 flautista tocando la flauta doble o aulós, 3 trompetero tocando el salpinx ambos llevan el chitón rojo igual que los hoplitas, detrás los sirvientes o skenoporos llevando la impedimenta 

El avance del ejército se denominaba ephodes, a en vanguardia la caballería y la infantería ligera o los esquiritas en los espartanos actuando como partidas de exploración y seguridad a vanguardia, detrás marchaba el comandante supremo (rey o polemarca) con su guardia personal y detrás las moras. Cada hoplita era acompañado de un sirviente llamado skenoporos y a veces de una mula para llevar la impedimenta. Las provisiones necesarias (cebada, queso, cebolla y carne en salazón) se llevaban en cada mora, que marchaba y acampaba de forma separada, y contaba con su propia caravana de aprovisionamiento.

Holplita con su sirviente o skenoporos siglo V a.C. Lleva dibujado en el blason Gorgona o cabeza de la Hidra de Cotinto pero que se pasó a todas las polis, el portador va armado lo que significa que sería empleado como psiloi 

Los espartanos solían hacer ejercicios físicos en campaña por la mañana y por la tarde, tras los ejercicios matutinos, eran revistados y después tomaban el desayuno o akratismos.
Para celebrar la batalla, los comandantes elegían terrenos llanos para poder desplegar la falange y combatir sin perder la cohesión. La mañana previa a la batalla, se celebraba un sacrificio o sphagia, si los presagios no eran favorables, un líder podía rechazar enfrentarse al enemigo.
El ejército realizaba tres comidas al día: akratismos, ariston y deipnon. La batalla se hacía siempre después del ariston. Se incluía vino. Tras el desayuno los generales realizaban los preparativos y establecían el santo y seña para reconocer a los compañeros de ejército, tiempo después se decidió utilizar blasones iguales en los escudos. Tras la comida o ariston se formaba la fila de batalla y los criados se quedaban en el campamento o se empleaban como tropas ligeras. El escudo, debido a su peso, era apoyado en el suelo hasta el momento de avanzar.
Los ejércitos desplegaban a una distancia de un kilómetro uno de otro, se formaba la falange con varias filas (ocho por regla general) para poder ejercer una presión colectiva y asegurar que se cubrían automáticamente los vacíos. Los intervalos entre los combatientes eran menores de un metro, de manera que un ejército de dimensiones medianas, por ejemplo 10.000 hombres, se extendía unos 1.500 metros.
En las alas tomaban posición algunos contingentes de tropas ligeras y de caballería que intentaban desbordar o se encargaban de oponerse a cualquier intento de desbordamiento y de contribuir, al principio y al final de la batalla, a crear confusión en las líneas enemigas, e iniciaban el combate antes de que lo hiciesen los hoplitas.
Cuando se daba la orden, se iniciaba la marcha en dirección al enemigo, la realizaban de una forma pausada, los espartanos la realizaban en medio de un silencio impresionante, sólo al son de la flauta, mientras que otros la acompañaban con fanfarrias a base de trompetas, gritos y peanes (himnos) de ataque en honor de Ares Enialio.

Avance de la falange hoplita antes de la batalla, normalmente lo realizaban a un paso pausado para no perder la formación 

Cuando se encontraban a una distancia de un estadio (185 m), es decir fuera del alcance de flechas y armas arrojadizas enemigas, paraban recomponían las filas, debía producirse un silencio sepulcral antes en este momento, a continuación, en iniciaban el epidrome que era la carga final, y se realizaba tras el grito de guerra, denominado eleleleu. Existían dos variantes de carga, con la lanza por debajo o por encima del hombro. En el choque chocaban los escudos y se buscaba romper la línea enemiga. Cuando la lanza se rompía se pasaba a utilizar la espada.

Carga de la falange o epidrome, cuando la falange se encontraba a un estadio (185 m) del enemigo, se reorganizaba lanzaba el grito de guerra eleleleu y a continuación cargaban a la carrera contra las filas enemigas. Autor Giuseppe Rava  

La falange adversaria esperaba el choque o epidrome con la pierna izquierda adelantada, con los escudos perfectamente entrelazados para repartir el impacto y las filas de atrás apoyando a la primera para que no se rompiese la formación.

Falange hoplita esperando la carga o epidromo de su enemigo, las armas en el suelo sugiere que previamente han sido atacados por los psiloi o infantería ligera. 

Durante la batalla las órdenes se daban con trompeta o salpinx por el heraldo, ya que los ruidos y los yelmos impedían ser oídas, sobre todo la señal de retirada.
El fondo de la falange era importante, ya que debían empujar a los de delante. Cada falange, conducida por el ala derecha, trataba de sobrepasar a la falange enemiga por el flanco derecho, que era el más desprotegido; al describir la primera batalla de Mantinea, en la Guerra del Peloponeso, Tucídides comenta:
Los ejércitos maniobran todos de este modo: cuando llega el momento del encuentro tienden a desplazarse hacia su ala derecha, y ambas formaciones desbordan con el ala derecha la izquierda del enemigo; esto ocurre así porque cada soldado, por miedo, trata de cubrir lo más que puede su lado descubierto con el escudo del hombre que está alineado a su derecha y piensa que la apretada unión de una formación bien cerrada constituye la máxima protección; y el primer responsable de este desplazamiento es el jefe de la fila del ala derecha, ansioso de mantener siempre alejada del enemigo la parte descubierta de su cuerpo, y los otros le siguen a causa del mismo temor.”
Choque entre falanges hoplitas siglo VII AC, se observa los cascos tipo corintio, las corazas tipo campana, y las grebas o espinilleras que no cubrían la rodilla.

Durante la batalla, los jefes no podían modificar realmente el curso de los acontecimientos salvo su actitud personal, ya que en esa época no había reservas.
Los espartanos tenían ensayadas diferentes tácticas durante el ataque que eran muy difícil de ejecución como la epikampe o curvatura al frente, en la que cedían el centro para atraer al enemigo; la exeligmos o contramarcha, maniobra en la que la primera fila hace un giro y se vuelve hacia atrás y así sucesivamente; y la anastrophe o dar la vuelta para fingir la huida y dar la vuelta de repente y contraatacar, eran maniobras de muy difícil ejecución que exigían mucha coordinación, y que tenían que estar perfectamente ensayadas.
Tras romper la formación enemiga, los que huían se desprendían del escudo para ser más rápidos, eran denominados rhipsaspis, que significa “arrojaescudos”. Cuando terminaba la persecución los ganadores cogían de los muertos la vestimenta y las joyas. El botín era repartido a partes iguales y una décima parte era entregada como ofrenda a los dioses. Los vencedores erigían un trofeo en el campo de batalla (un simple armazón de madera decorado con armas arrebatadas al enemigo), se celebraba la victoria con un peán (himno) de victoria en honor de Dioniso y Apolo, después se procedía a recoger los cadáveres que eran enterrados en una tumba común, cercana al trofeo. De regreso a casa, con las preces acompañadas de sacrificios y banquetes.

Secuelas de una batalla entre hoplitas. Soldados erigiendo un trofeo de la victoria simboliza la posesión del campo de batalla y como una ofrenda de agradecimiento a los dioses. Consistía de armas y armaduras capturadas colocadas en un poste o un tronco de árbol a modo de un maniquí improvisado, Se puede desvalijando muertos, atendiendo a heridos, y  recogiendo cadáveres

Asedio en la Antigua Grecia
La poliorcética, o arte del asedio de la conquista (y por extensión, de la defensa) de las plazas fuertes, se originó durante la Antigua Grecia. Este tipo de asedios se originaron a partir del momento en el que se sobrepasó el estadio del mero sitio mediante un desarrollo excepcional de las técnicas militares, que apenas fueron llevadas más allá durante la Edad Media, hasta la invención de las armas de fuego. La importancia de las técnicas de asedio se debió al aumento del papel estratégico de la ciudad en detrimento del territorio en la defensa global de la polis. 

Los orígenes
Dejando aparte la tablilla de Micenas, en la que se ven honderos, arqueros y lanzadores de piedras librar una batalla bajo los muros de una ciudad, la descripción de Homero del asalto lanzado en carro por los troyanos contra el campamento fortificado de los aqueos, y la anécdota del Caballo de Troya, nada hay, excepto las fortificaciones descubiertas por los arqueólogos, que nos informe sobre la evolución de la poliorcética griega antes de finales de la Época Arcaica.
Desde el Neolítico, las preocupaciones defensivas presiden la organización del plano urbano. Más que mediante la construcción de recintos fortificados, de extensión y tamaño muy limitados, se puede observar la adaptación de la propia arquitectura civil para fines militares: las calles son estrechas y tortuosas, mientras que los muros de las casas, sobre todo en los límites de las aglomeraciones, se refuerzan en ocasiones para servir de murallas. Este sistema de protección, a pesar de su apariencia rudimentaria, es de una gran eficacia y permite sacar el mejor partido, con los menores esfuerzos, de los accidentes del terreno. En el siglo IV a. C. todavía será recomendado por Platón, en Leyes, que se preocupa por no separar topográficamente del marco ordinario de la vida privada el dispositivo de defensa colectiva, para incrementar así la combatividad de los ciudadanos.
La autonomía estructural y el poderío arquitectónico de los recintos amurallados tendieron, no obstante, a reforzarse en el trascurso del primer milenio a. C., dado el progreso de las técnicas de construcción, el enriquecimiento de las comunidades y la concentración de recursos sociales en manos de las aristocracias palaciegas (puede que también por influencia de los hititas, que por esas fechas ya se habían forjado una reputación de expertos en fortificaciones). 
Fue entre mediados del siglo XIV a. C. y finales del XIII cuando las acrópolis micénicas, a la sazón residencias reales, se rodearon de imponentes murallas de bloques ciclópeos, más o menos bien labrados y colocados sin mortero. Su anchura variaba entre los 4 y los 17 m, y su altura entre los 4 y los 9 m. Su trazado se verá determinado generalmente por la orografía, pero en ocasiones también se dividía en cortas secciones rectilíneas separadas por pequeñas descolgaduras, como en Gla, lugar situado en una isla del lago Copaide de Beocia. Las aberturas eran escasas: cuatro puertas en Gla, una puerta y una poterna en Micenas, Tirinto y Atenas, generalmente provistas de una rampa de acceso paralela a la muralla y flanqueada además por resaltos macizos que formaban un antepatio, como en Tirinto, o por torres, como en Micenas, Atenas y Gla.

Puerta Arcadia de Mesene.
Las puertas eran, como es evidente, los únicos puntos débiles del perímetro fortificado; de ahí las excepcionales precauciones tomadas para obligar al asaltante a presentarse ante ellas en una posición desfavorable, por su lado izquierdo, que no estaba protegido por el escudo y expuesto a las armas de los defensores. Era más bien sitiándolas como se podía esperar apoderarse de esas fortalezas, en las que probablemente se refugiara la población del territorio; por ese motivo, los constructores tomaron a menudo la precaución de acondicionar galerías subterráneas que conducían a fuentes situadas al pie de la muralla.
No parece que antes del siglo V a. C. volviera a producirse ninguna modificación en el arte de las fortificaciones y en los procedimientos de asedio. Aquello que importa en los recintos urbanos, cuyo número se incrementó notablemente a partir de la época arcaica, era su valor estático, el aspecto pasivo de su poderío; formadas por una estructura de ladrillos secados al sol, cimentados por lo general sobre una base de piedras aparejadas, con escasas aberturas y dotadas de algunas torres cuadradas de flanqueo (sobre todo en las proximidades de las puertas), es evidente que no fueron concebidas para resistir un asalto en toda regla.
Los relatos de los historiadores demuestran de hecho que los sitios fueron, hasta la guerra del Peloponeso, el método de asedio más extendido y eficaz. Una vez construido un muro de contravalación de ladrillos sin cocer o de piedras puestas en seco, en ocasiones completado en dirección al exterior con otro de circunvalación, a los sitiadores no les quedaba más que mantener la guardia, recurrir a sus reservas y armarse de paciencia. De este modo reconocían su incapacidad para forzar la entrada de la ciudad; una incapacidad que dejaba ver, sobre todo, su repugnancia a correr un riesgo semejante debido a que para ellos, lo esencial del conflicto era el control del territorio.
Durante la guerra del Peloponeso, los atenienses fueron los únicos que tuvieron los medios económicos y el valor político de sacrificar a sangre fría, como les había aconsejado Pericles, la defensa del territorio a la salvaguardia de la ciudad, ya que para ellos era el único medio de mantener su imperio, proveedor de tributos, que se encontraba amenazado por la superioridad terrestre de los espartanos. Pese a ello, su estrategia, por circunstancial y coyuntural que fuera y pese a su fracaso final, prefiguraba en cierta medida la nueva estrategia adoptada por la mayoría de las ciudades griegas a partir del siglo IV a. C. 

El desarrollo y la práctica del asalto
Esta nueva estrategia no le concedía importancia absoluta ni al territorio, como en la estrategia tradicional, ni a la ciudad, como en la estrategia de Pericles. Hacía un uso ponderado y gradual de uno y otra, con lo que intentaba diversificar las posibilidades de resistencia en torno al núcleo urbano, que en adelante se convirtió en el último reducto de defensa. Así, la conquista de la ciudad, generalmente depositaria de botines prometedores y tan necesarios para el final del conflicto, se convirtió en el objetivo principal de los agresores.
Esta tendencia se acentuó a comienzos de la época helenística. El desarrollo de la poliorcética griega data del momento en que mientras el cuerpo cívico tendía a desgajarse del territorio y a identificarse con la ciudad el problema de la defensa se presentó en términos puramente técnicos.
No obstante, esta evolución estratégica no hubiera trastornado hasta tal punto los procedimientos de asedio si la calidad de las tropas y la organización general del ejército no hubieran sufrido con la crisis de las polis.
Sin el desarrollo de las tropas ligeras, la práctica del asalto, que exigía unas disposiciones físicas y psicológicas por completo diferentes a las del asedio, hubiera tenido más problemas para imponerse. Hasta la aparición de Estados de naturaleza tiránica o monárquica, capaces de realizar un esfuerzo de guerra hasta entonces desconocido, no se pudo disponer de un parque de asedio lo bastante grande como para que un asedio fuera una empresa rentable. No fue una casualidad, ni el mero efecto de una causa concreta de carácter técnico, social o político, que la poliorcética griega alcanzara su apogeo en tiempos de Alejandro Magno y de los diádocos, durante el transcurso de los encarnizados conflictos que acompañaron al nacimiento de los imperios. Fue el resultado de una conjunción de fuerzas y apetitos nuevos, liberados por el estallido de la ciudad: la desaparición del soldado-ciudadano, el fracaso del modo de combate hoplítico y el desencadenamiento del poder convertido en absoluto, que se alimentaba a sí mismo y no se preocupaba más que de hacerse más grande. 

Las tropas de asalto
La difusión de la práctica de los asaltos tendió, en primer lugar, a incrementar la importancia relativa de las tropas ligeras y probablemente también a aligerar el equipo de la infantería. Para Ifícrates, el tipo ideal del «conquistador de ciudades» era el peltasta.
Por otra parte, tuvo como resultado importantes innovaciones tácticas destinadas a mejorar el poder de choque de los asaltantes. Por eso los siracusanos, en guerra con los cartagineses, fueron los primeros griegos en tomar conciencia, a finales del siglo V a. C., de la eficacia del «asalto continuo» realizado por oleadas sucesivas y, por consiguiente, de la necesidad de contar con reservas. Por ese mismo motivo, a partir de Alejandro se constituyeron en el seno de los ejércitos, comandos especializados en escalar murallas.
Por último, la guerra de asedio contribuyó a revalorizar el uso de la sorpresa, de las añagazas y de la traición en detrimento del enfrentamiento abierto, así como del valor individual, más o menos provocado por el cebo de las recompensas, en detrimento del heroísmo colectivo.
Así, el perfeccionamiento de la poliorcética favoreció en Grecia la decadencia del soldado-ciudadano y el desarrollo del profesionalismo militar, agravando a la vez la crisis social y política que había sido su origen; tanto más cuanto que estuvo acompañado, desde la época de Dionisio I (comienzos del siglo IV a. C.) hasta la de Demetrio Poliorcetes (comienzos del siglo III a. C.), de un desarrollo considerable de la técnica militar, que exigía una mayor movilización de medios materiales y humanos. 

Las armas incendiarias
Un arma tan primitiva como el fuego no dejó de representar durante toda la Antigüedad un papel importante en la guerra de asedio, porque la madera continuó siendo un material esencial en la arquitectura civil e incluso pasó a formar una parte esencial en la composición de los puntos más expuestos de las fortificaciones (puertas, caminos de ronda y empalizadas diversas), y también debido a los perfeccionamientos que se produjeron en las armas incendiarias para terminar con los sistemas de protección imaginados por los defensores.
A menudo se limitaba a crear inmensas hogueras, calculando con atención la dirección del viento. Los asaltantes lanzaban pez y azufre sobre ella para activar la combustión, mientras que los asediados creaban frente a sus edificaciones pantallas de piel fresca y lanzaban contra la hoguera agua, tierra y vinagre (cuyas cualidades como extintor eran muy apreciadas por los antiguos). También se supo desde muy pronto cómo actuar a distancia y con mayor precisión. Desde las guerras médicas se utilizaban flechas forradas de estopa encendida. Durante la guerra del Peloponeso se pusieron a punto una especie de lanzas-antorcha de las que Tucídides nos ha dejado una detallada descripción, que se probaron contra el atrincherado ateniense de Delio, en el invierno del 424 a. C. dice Tucídides:
.los beocios...utilizaron una máquina que venció. He aquí cómo era: tras haber cortado en dos una larga viga, la vaciaron por completo y unieron con exactitud las dos partes para hacer una especie de tubo; en el extremo suspendieron, mediante cadenas, un caldero, dentro del cual penetraba, desde la viga, un pico de fuelle de hierro que hacía escuadra; el resto de la madera también estaba revestida de hierro en gran parte de su longitud. Empujaban desde lejos las máquinas, con carros, contra la muralla en los sitios en donde había más sarmientos y madera; después, cuando estaba cerca, introducían grandes fuelles en el extremo de la viga que estaba en su lado y los accionaban. El aire, que llegaba con presión al caldero, lleno de carbones encendidos, de azufre y de pez, encendía una gran llama; lo que prendía fuego a la muralla, tanto y tan bien, que nadie podía permanecer en ella; los hombres la abandonaron y huyeron y, de este modo, se conquistó el muro. 

Estos procedimientos se perfeccionaron y se diversificaron a partir del siglo IV a. C., teniendo a menudo los asediados cada vez más y mejores medios para destruir las obras de carpintería que los asaltantes levantaban delante de sus murallas. Se inventaron entonces numerosos tipos de erizos incendiarios, de concepto análogo al que describe así Eneas el Táctico:
Preparad dos garrotes semejantes a manos de mortero, pero mucho mayores; en ambos extremos clavad clavos de hierro, unos pequeños, los otros grandes y, en el resto del garrote, por todo su contorno, arriba y abajo, pequeños paquetes de virulentos productos incendiarios. El objeto debe tener el aspecto de un rayo tal y como es representado. Hay que lanzarlo contra la máquina que avanza, preparándolo de tal manera que se quede clavado a ella y que, como está fijo, el fuego sea persistente. 
Las recetas de los productos incendiarios fueron refinándose. Eneas recomendaba utilizar «una mezcla de pez, azufre, estopa, incienso en polvo y serrín de pino». Tras las expediciones de Alejandro se usaron a veces fuegos líquidos, como el asfalto o el betún líquido. En el siglo III, Julio el Africano preconizaba incluso el empleo de un fuego «autónomo», que era un anuncio del fuego griego inventado por Calínico de Heliópolis hacia el 668-673:
A mediodía, a pleno sol, se tritura en un mortero negro, a partes iguales, azufre natural, sal gema, ceniza, piedra del cielo y pirita. Después se añade jugo de moras negras y asfalto de Zante sin secar, todavía líquido (cada uno de estos productos a partes iguales), para conseguir un producto que se parezca al hollín. Después se le añade al asfalto una pizca de cal viva. Se debe triturar cuidadosamente a mediodía, a pleno sol, protegiéndose la cara, puesto que se inflamará súbitamente. Una vez que se haya producido, hay que recubrir el producto con un recipiente cualquiera de cobre, para poder conservarlo así listo en un bote, sin exponerlo nunca al sol. Ahora, si deseáis incendiar el equipo de vuestros enemigos o cualquier otro objeto, lo untaréis por la noche, a escondidas; cuando salga el sol, todo arderá.
Sin embargo, Arquímedes lo haría mejor todavía si es cierto, como dicen autores tardíos, que en el 211 a. C. logrará incendiar los navíos romanos que participaban en el sitio de Siracusa utilizando espejos para captar el fuego del cielo. 

Uso del fuego griego, según un manuscrito bizantino 

Arietes
Otro tipo de máquinas de asedio estaba formado por las «obras con armazón». Éstas incluían, en primer lugar, los arietes, que habrían sido «inventados» durante el asedio de Samos, en el 440-439 a. C., por un ingeniero de Pericles, Artemón de Clazómenas. Sin duda se inspiró en modelos orientales, dado que este tipo de máquinas era de uso corriente en Asia occidental desde los tiempos del último imperio asirio, y era conocido incluso desde mucho antes, con formas más primitivas, desde el tercer milenio a. C.
De comienzos del siglo V a. C. es una cabeza de ariete de bronce, descubierta en el estadio de Olimpia. Se trata de un artefacto paralelepípedo de 25,2 cm de alto, 18,5 cm de largo y 9 cm de ancho, con paredes de entre 9 y 10 mm de grueso, que termina, por su parte anterior, en una arista flanqueada por una doble hilera de dientes de 4,7 cm de largo. A cada lado de las caras verticales de esta arma hay cuatro agujeros en los que aún se conservan algunos de los clavos que la fijaban en el extremo de una viga de madera encastrada en un saliente de la parte superior. Este ingenio, que debido a sus dimensiones y a la delgadez de sus paredes era propulsado a mano, no estaba destinado a embestir, o a aplastar las piedras del paramento, sino a aflojarlas y arrancarlas (entra en lo posible también que estuviera destinado a atacar puertas y poternas).
Más complejos de manejar y de mayor potencia eran los arietes (probablemente colgantes) que utilizaron los lacedemonios delante de Platea en el 429 a. C. y, sobre todo, los de los comienzos de la época helenística, cuyos servidores se colocaban bajo protecciones móviles llamadas tortugas.

Los mayores de esos arietes-tortuga fueron construidos en el 305 a. C. por Demetrio Poliorcetes (Poliorcetes= Expugnador de Ciudades) para el asedio de Rodas. Según Diodoro Sículo, 
eran de dimensiones inauditas, pues cada uno tenía una viga de 120 codos [53,28 m] cubierta de hierro, provista de una punta comparable al espolón de un navío y fácil de propulsar, porque estaba montada sobre ruedas y era puesta en movimiento, en el transcurso del combate, por más de 1000 hombres.
Este logro técnico fue igualado posteriormente por un tal Hegetor de Bizancio que, según Ateneo, Vitruvio y el propio ingeniero bizantino, construyó un ariete de iguales dimensiones, pero que estaba suspendido sobre cables y que era puesto en movimiento por sólo 100 hombres. Ya estuviera montado sobre ruedas, colocado sobre cilindros rotatorios (a veces se lo llamaba «taladro»), o colgado de un armazón, el ariete, sin sufrir modificaciones importantes, siguió siendo el arma favorita de los asaltantes hasta el final de la Antigüedad. 

Torres de asedio
A partir de finales del siglo V a. C., los asaltantes también hicieron uso de torres de asalto de madera que les permitían ocupar una posición dominante para apoyar con sus armas arrojadizas la acción de los arietes y, en ocasiones, irrumpir asimismo en el interior de la ciudad.

Asedio de Tiro, dibujo de 1696, en el que se aprecian claramente las torres de asedio. 

Por la rampa de asalto de Motia en el 397 a. C., Dionisio I de Siracusa:
Hizo avanzar contra la muralla las torres rodantes, de seis pisos, que habían sido construidas en función de la altura de las casas (dotándolas a continuación de puentes voladizos) para invadir por la fuerza el tejado de las casas vecinas. 
A partir del 340 a. C., Filipo II de Macedonia estuvo en condiciones de levantar torres de asedio de 80 codos (37,04 m). En cuanto a Alejandro Magno, utilizó contra Halicarnaso y Tiro torres de 100 codos de alto.
En el periodo helenístico, las más poderosas y complejas de esas torres recibieron el nombre de helepolis o helépola («conquistadora de ciudades»). 

La Helépolis o Helépola (tomadora o conquistadora de ciudades) fue una antigua maquinaria de asedio, en concreto un tipo de torre de asedio o bastida de grandes proporciones, desarrollada durante el reinado de Alejandro Magno, y que se utilizó con gran éxito en el asedio de distintas ciudades del periodo helenístico. La más célebre fue la construida por Epímaco de Atenas para Demetrio I de Macedonia para sitiar lugares fortificados.
Las helépolis eran útiles por la artillería que se concentraban en ellas, sobre todo por las piezas de artillería de calibre variado que guarnecían todos los pisos.
Según Bitón, el macedonio Posidonio, durante el reinado de Alejandro, construyó una de 14,50 m. La mayor parte de la estructura era de madera, de pino y abeto para los tabiques, de roble y fresno para los elementos rodantes, ejes, ruedas, puntales y vigas maestras. En el penúltimo piso había puentes voladizos provistos de aparejos para alzarlos. Entre las vigas de la plataforma de la base se habían colocado grandes ruedas, en posición vertical, que como si fueran jaulas de ardilla, que eran capaces de mover las ruedas motrices de la torre; servían como dispositivo de apoyo, después de que la torre fuera llevada hasta cerca de la muralla.
Cuando Demetrio Poliorcetes iba a sitiar Rodas, propuso construir una máquina, que se llamaría la Conquistadora de ciudades. Su forma era la de una torre cuadrada. Reposaba sobre cuatro ruedas de madera. Fue dividida en nueve pisos: los de más abajo contenían las máquinas para lanzar las grandes piedras, los pisos intermedios, grandes catapultas para disparar lanzas y en los niveles superiores, otras máquinas para arrojar piedras más pequeñas, junto con catapultas más pequeñas. Era manipulada por 200 soldados, además de los que la manejaban girando el gran cabestrante que accionaban las ruedas a través de una correa. Resultó extremadamente lenta pero extremadamente fuerte.
En el gran sitio de Rodas (305 a. C. /304 a. C.), Demetrio empleó una helépolis contra los combatientes de Rodas de unas dimensiones aún mayores y complicó la construcción, tras haber intentado montar dos de ellas, en el puerto, sobre dos pares de barcos.
La nueva helépolis, además de ocho enormes ruedas sólidas, con cubiertas de madera de casi un metro de grosor, tenía también ruedas de pivote para permitir su desplazamiento lateral, así como aligerar la presión de esta estructura sobre el suelo. Su forma era la de una gran torre afilada, cuyos lados medían unos 41,1 metros de alto y 20,6 metros de ancho, con lo que rebasaba las torres de las murallas de Rodas. 

Unas vigas paralelas, con menos de medio metro de separación que formaban parte del piso inferior, podían alojar entre ellas a casi un millar de hombres para propulsarla desde el interior. Hacían falta muchos más en el exterior para imprimirle velocidad. Diodoro Sículo dice que fueron seleccionados 3.400 soldados, los más fuertes, para mover la helépolis.
Los tres lados que estaban expuestos al ataque, eran resistentes al calor al ir protegidos con planchas de hierro, por si los rodios intentaban prenderle fuego. Al frente de cada piso había un portón, que estaba protegido por unos postigos, hechos de pieles cubiertas con lana, que se podían abrir o cerrar mecánicamente, para amortiguar los impactos de los proyectiles de piedra lanzados por los defensores.
Cada uno de los nueve niveles tenía dos amplios tramos de escaleras, tanto para ascender, como para descender. En cada planta estaban las armas que lanzaban los proyectiles tales como las balistas y catapultas, que eran las más pequeñas, y más grandes en otros niveles. En las plantas superiores estaban los lanzadores de piedras (litóbalos), y toda una serie de máquinas lanzadoras, como los oxibeles (enormes y evolucionados gastrafetes) y las balistas que disparaban tanto flechas como jabalinas y eran menos pesadas que las catapultas. En las plantas inferiores estaban instaladas catapultas y otras máquinas lanzadoras de inmensos proyectiles de piedra, de casi 90 kg de peso.
En suma, esta helépolis era una descomunal torre de asedio, que requería más de medio kilómetro de terreno desbrozado y terraplenado hasta las murallas, que rodaba a mayor velocidad que sus «hermanas pequeñas», que estaba provista de varios niveles de plataformas con múltiples máquinas lanzadora, y que era una eficacísima máquina de asedio, aunque careciera de salientes voladizos y de rampas, desde los que las tropas pudieran lanzarse al asalto de las fortificaciones enemigas.
La helépolis fue construida por Epímaco de Atenas, y Diéclides de Abdera escribió una descripción fiel de ella. Ha sido sin ninguna duda el ingenio más grande y destacable de su clase que se ha erigido nunca.  

Las máquinas lanzadoras
La artillería se componía de muchos tipos de máquinas lanzadoras, que se caracterizaban por el modo de propulsión, la naturaleza del proyectil y la técnica de construcción.
Por una parte estaba la ballesta (gastrafetes, arcuballista), basada en el principio del arco, y el ingenio de torsión (la catapulta griega), cuyos dos brazos se enganchaban a madejas de fibras elásticas (tendones y crines animales, cabellos femeninos). 

Catapulta.
También estaban las máquinas de flechas, ya fueran de pequeñas dimensiones (llamada primero escorpión y luego manubalista), ya de gran tamaño (llamada oxibeles oxybela y catapulta, después balistas), y el lanzador de piedras (petróbolo o litóbolo en griego. 
Cada una de estas categorías tenía además numerosas variantes, según el modo en que la fuerza motriz se comunicara a los proyectiles: las catapultas oxíbelas de tipo eurítono se diferenciaban de las catapultas petróbolas de tipo palíntono por la disposición de los tensores, que tenían una línea que a veces recordaba al perfil de los arcos simples y a veces al de los arcos compuestos, frente a las catapultas y balistas tradicionales, que tenían siempre dos brazos propulsores.
En estas máquinas hay que incluir un cierto número de modelos experimentales puestos a punto por los ingenieros helenísticos:
·       la catapulta de aire comprimido del alejandrino Ctesibio hacia el 270 a. C.
·       la catapulta de repetición construida en Rodas por Dionisio de Alejandría
·       la catapulta de resortes de bronce realizada por Filón de Bizancio a finales del siglo III a. C.

Las primeras máquinas lanzadoras meras ballestas o ya basadas en la torsión fueron inventadas en el 399 a. C. por los ingenieros griegos que Dionisio I había hecho ir a Siracusa para emprender la lucha contra los cartagineses.

A continuación se difundieron lentamente por Grecia durante la primera mitad del siglo IV a. C., y luego con mayor rapidez por Macedonia en tiempos de Alejandro Magno. De esa fecha data, si no la invención, la mejora de las máquinas de torsión, como atestigua la puesta en servicio de petróbolos durante el sitio de Tiro en el 332 a. C.
Su evolución y adecuamiento es difícil de determinar, aunque se perfeccionaron muchos detalles. Por ejemplo, h. 275 a. C. se empezaron a realizar tablas de calibrado que establecían las relaciones fijas entre el diámetro de las madejas propulsoras, la longitud o el peso de los proyectiles y las dimensiones de las diferentes piezas de las máquinas.
Fue en la época helenística cuando se utilizaron las mayores piezas de artillería que conoció la Antigüedad, capaces de arrojar flechas de 4 codos y balas de 3 talentos a una distancia que variaba entre los 100 y los 300 m. Este armamento comenzó probablemente a declinar a partir del siglo III a. C., sobre todo por la falta de especialistas, lo que redujo la importancia relativa del principio de la torsión respecto a la del arco.
Las máquinas lanzadoras tuvieron un papel creciente en los combates en campo abierto y las batallas navales; pero no por ello dejaron de estar destinadas esencialmente a las guerras de asedio. 

Los trabajos de desmonte
A diferencia de las máquinas de asalto, los trabajos de desmonte y de zapa nunca cayeron en desuso. La construcción de un terraplén de asalto durante la Antigüedad se hizo siempre del mismo modo: con los materiales que había a mano y procurando que la calzada no pudiera venirse abajo durante el asedio. En el 429 a. C., delante de Platea, los peloponesios
... con los troncos que cortaron en el Citerón, se pusieron a construir por los dos lados del terraplén, entrecruzándolos a modo de muro de paramento, para impedir que el terraplén no se desparramara demasiado; adentro acarrearon fajina, piedras, tierra y todo lo que se pudiera amontonar de un modo eficaz. Estuvieron terraplenando durante setenta días y setenta noches sin interrupción, distribuidos en turnos, unos llevando materiales mientras los otros dormían o comían; y los jefes lacedemonios que estaban asociados al mando de las fuerzas, los obligaban al trabajo.
Con las zapas y las minas se pretendía provocar el derrumbamiento de la muralla o del terraplén de asalto enemigo y proporcionar a los asaltantes una vía de acceso al interior de la plaza fuerte.
Los griegos recurrieron a ellas desde mediados del siglo V a. C., y después, durante la Guerra del Peloponeso, por lo menos por parte de los defensores. En Platea fueron los asediados quienes, tras haber intentado ralentizar la construcción del terraplén retirando los materiales acumulados al pie de la muralla, desde la ciudad excavaron, tomando una referencia en la rampa, y comenzaron así, por debajo, a llevarse con ellos los materiales de relleno. Durante mucho tiempo, los de fuera no se dieron cuenta; continuaron rellenando, pero con menos eficacia, pues los materiales que arrojaban eran sustraídos por debajo y no hacían más que reemplazar a los que se llevaban. 
Tanto los textos como los descubrimientos arqueológicos demuestran que los procedimientos de la guerra de minas no se modificaron apenas durante toda la Antigüedad. 

Las reacciones de los asediados
El único medio que tenían los asediados de resistir los ataques realizados con gran refuerzo de las máquinas de asalto, era no sólo reforzando la guardia de las murallas en ocasiones recurriendo a perros para prevenir los golpes de mano, sino rivalizando en ingenio técnico con los agresores para contrarrestar los progresos del enemigo, delante y detrás de la línea fortificada tanto como en la propia muralla.
Algunos de los procedimientos utilizados eran puramente defensivos: fosas, trampas y fortificaciones varias, colchones y pantallas contra los proyectiles. Lo más importante era sobre todo la potencia de tiro de los defensores y su capacidad para poner a punto «antimáquinas» de una diversidad y complejidad iguales a las de los ingenios de ataque.
Filón de Bizancio, a finales del siglo III a. C., recomendaba las «antimáquinas»:
Contra las galerías y las obras de carpintería hay que colocar, en el canalón que sobresalga de una obra de carpintería interior o de una torre, piedras de 3 talentos; que en el extremo del canalón haya batientes de puerta con goznes a cada lado, mantenidos cerrados mediante amarras que baste con soltar para que los batientes se abran por la presión de la piedra, que resbala y cae sobre las galerías. Las amarras aseguran el cierre posterior y se repetirá la operación.
Al hacer caer piedras grandes desde lo alto de obras de carpintería, lanzando otras por medio de petróbolos, palíntonos y de onagros, y dejando caer piedras con peso de talentos por las ventanas, se intentará aplastar sus protecciones (...)
Contra las obras de carpintería situadas en las cercanías (...), tras haber agujereado la muralla en ese sector en los lugares adecuados, colocaremos bolas de madera móviles en las aberturas y, al golpearlas con ayuda de un contra-ariete encima de la plataforma de base, aplastaremos sin dificultad la obra de carpintería, el ariete, el trépano, el modillón y todo lo que pudieran acercar.
Esa es la razón por la que las vigas redondeadas se colocan transversalmente en los agujeros, para que el ariete, tanto hacia el interior como hacia el exterior, gracias a las bolas de madera, sea puesto con facilidad.
Para este ariete hay que construir un soporte tan sólido como sea posible, para que aquellos que lo empujan hacia adelante, teniendo los pies bien asentados, puedan golpear lo más violentamente posible (...).
Si el sector del ataque está en pendiente, hay que lanzar las ruedas con guadañas o piedras grandes, pues así es como destruiremos el mayor número posible de enemigos en un mínimo tiempo.
Si la aproximación se produce desde el mar, hay que disponer paneles bien escondidos y provistos de clavos, y sembrar de trampas de hierro y de madera e interrumpir con empalizadas los lugares fácilmente accesibles (...).
También es útil tener dispuestas gruesas redes de lino contra los que trepan por las murallas con escalas y con puentes levadizos, puesto que, cuando se lanzan contra los asaltantes, es fácil hacerlos prisioneros cuando la red se cierra.
Lo mismo sucede con las picas en forma de anzuelo; proyectadas con la ayuda de maromas, y retiradas después hacia arriba, cuando se enganchan en los barriletes y los paneles de protección y se tira de las maromas, pueden arrancar una buena parte de ellos. 
La acción de estas «antimáquinas» necesitaba verse apoyada con salidas que, cuidadosamente preparadas, permitían sembrar la confusión en las filas enemigas y dañar sus obras de carpintería. Los asediados, al abandonar el principio de la defensa lineal, creaban así una zona de resistencia que amortiguaba a menudo el poder de choque de las tropas asaltantes. 

El arte de las fortificaciones
A partir del siglo IV a. C., las fortificaciones griegas dejaron de tener valor exclusivamente por su poderío estático. En adelante, fueron concebidas de manera que incrementaran la potencia de fuego y favorecieran las intervenciones ofensivas de los asediados en la cercanía de las murallas. Este resultado se alcanzó, en concreto, mediante la excavación de fosos defensivos y la construcción de antemuros delante de las murallas, mediante el vaciado de las torres de muralla, gracias a la invención del trazado en cremallera y en dientes de sierra, así como aumentando el número de poternas. 
No obstante, sólo durante los dos siglos siguientes con un cierto retraso con respecto a los progresos de la poliorcética se difundieron en la arquitectura militar ideas nuevas, que pretendían la diversificación y la articulación de los medios de defensa a ras de tierra y en altura. En adelante, la menor masa de las murallas y de las obras defensivas dejó de ser un obstáculo para los asediados. Su utilidad pasó a ser la de la táctica que materializaban. Se pasó de una arquitectura ponderal a una arquitectura de movimiento.
El tipo más perfecto de fortaleza helénica lo representa el castillo de Euríalo en Siracusa. Ya se ha descartado que fuera obra de los ingenieros de Dionisio I:

Micenas 

El arte griego de las fortificaciones alcanzó su culmen en Siracusa en tiempos de Arquímedes, al final de una evolución cuyos diferentes aspectos se pueden analizar con más facilidad en otros yacimientos helenísticos menos complejos, desde el punto de vista técnico, y más homogéneos desde el punto de vista cronológico.
Selinunte presenta, en la primera mitad del siglo III a. C., una versión simplificada de los fosos y bastiones siracusanos.
El reemplazo del remate almenado por un alto parapeto lleno de ventanas e incluso la transformación del camino de ronda en una galería parcial o totalmente cubierta están atestiguados en Heraclea de Latmos y en Atenas desde los últimos años del siglo IV a. C. Y vuelven a aparecer, con una forma más elaborada, en Sida, Panfilia (sur de Asia Menor) en la primera mitad del siglo II a. C.
En la misma época, el sector meridional del recinto de Mileto reproduce un trazado en cremallera reforzado por torres muy salientes, mientras que en Marsella, a orillas del puerto antiguo, se organizaba una línea fortificada hábilmente articulada.
La capacidad de las torres para atacar de flanco, sobre todo cerca de las puertas, se incrementó tanto por el desarrollo de su potencia como por la adopción de varias plantas variadas: pentagonal, hexagonal, en forma de herradura o de un concepto incluso más inteligente.
Son ejemplos, entre otros muchos, de unas innovaciones técnicas que, en lo esencial, siguen las enseñanzas de Filón de Bizancio, y cuya importancia se puede apreciar en el hecho de que continuaron siendo útiles, con algunas mejoras, hasta finales de la Edad Media.

La flota de guerra ateniense

La marina de guerra en la Antigua Grecia, que no se puede generalizar a todos los griegos, sino a algunas poleis griegas, permaneció directamente sometida a la expansión territorial, que era a la vez el fin y la condición necesaria.
Algunos Estados de la Antigüedad clásica supieron dotarse de una poderosa marina de guerra: Atenas en la época clásica, Egipto, Cartago y Rodas en el período helenístico, y Roma en el curso de las guerras púnicas y a finales de la república.
Desde el punto de vista de sus instrumentos, la guerra en el mar tenía unas exigencias propias, por completo alejadas de las del combate en tierra firme. 
De ahí que haya algunas contradicciones entre la originalidad técnica de las actividades marítimas y su subordinación a las actividades terrestres; contradicciones que son obvias en las secciones de los barcos de guerra, en las flotas militares y en las tácticas navales.

Los barcos de guerra
Modelo de trirreme. 

Los barcos de guerra conservaron, durante toda la Antigüedad, ciertas características técnicas que delimitaron siempre de un modo bastante concreto el campo de su uso estratégico y táctico.
En primer lugar, se diferenciaban de los barcos mercantes por su forma alargada, que les valió siempre el apelativo de barcos «largos». Rápidos, y por lo general dotados de una gran capacidad de maniobra, eran en cambio muy poco marineros, lo que les convirtió a menudo en presa de las tempestades, aunque la costumbre quería que no se hiciera uso de ellos durante la temporada mala. En resumen, eran unas construcciones armoniosas pero frágiles.
En segundo lugar, se distinguían de los barcos mercantes en su modo de propulsión, puesto que, si bien estaban provistos de una e incluso varias velas que se izaban durante las travesías, de lo que dependían en el momento del combate era de la potencia de sus remos.
Una primera consecuencia era que, en sus limitados cascos repletos de remeros, no se podían acumular reservas de agua y alimento, de ahí la necesidad de hacer frecuentes escalas. También sucedía que estos ingenios de guerra valían tanto como los hombres que los dirigían y que, por decirlo así, los personalizaban. Del ardor, de las energías y, sobre todo, de la habilidad de los remeros, fruto de una larga experiencia, dependía en gran parte el resultado de la batalla.
Finalmente, para que pudieran llevar a cabo su función militar, los barcos de guerra debían incluir accesorios esenciales; por un lado, un espolón para desfondar a los barcos enemigos y, por el otro, plataformas de combate, en donde pudiera situarse la infantería de marina. No obstante, estos dos accesorios conocieron durante la Antigüedad un desarrollo variable, según predominara la táctica del abordaje o la del espolonazo. 

Los orígenes de la marina de guerra

Barco de guerra en una vasija griega. 

Los primeros navíos de guerra, reconocibles por sus remos y su forma alargada, aparecen incisos en una placa de arcilla del III milenio a. C., descubierta en Siros, una isla del mar Egeo, así como en una pintura de un vaso del siglo XVII a. C. hallado en Volos, en Tesalia.
Nuevos detalles se pueden observar en representaciones, más o menos esquemáticas, de la época micénica: velas, mástiles y plataformas a proa y popa.
Para comienzos del I milenio a. C. disponemos de las descripciones homéricas, a menudo convencionales y estereotipadas, pero en ocasiones también ricas en vocabulario náutico y en evocadoras descripciones, como cuando hablan de los «negros navíos» o de los «huecos navíos», «bien unidos», «bien trabajados», con la proa azul o roja, tan ligeros que cada noche se los podía sacar del agua y varar en la orilla y tan bajos que no había peligro en saltar desde su borda a tierra firme.
Sin embargo, hay un detalle que Homero no menciona, pese a que ya se utilizaba en su tiempo: el espolón de proa que está claramente atestiguado desde comienzos del siglo VIII a. C. en vasos cerámicos de estilo geométrico.
Los más habituales de esos buques eran propulsados por 20 o 30 (triacónteras) o 50 remeros (pentecónteras), repartidos en dos bancos a babor y otros dos a estribor. En ocasiones, desde finales del siglo VIII a. C., cada uno de esos bancos se desdobla en dos hileras superpuestas, de las que nacen los birremes (dikrotoi). 
El mérito de esta invención recae en los fenicios, que en esta época aparecen en todo el Mediterráneo, o en los propios griegos; quizá el corintio Aminocles que, según Tucídides (I, 13), se habría distinguido en Samos, cerca del 704 a. C., al crear la samaina.  

El reino del trirreme

Sección de trirreme. 

Del birreme, que llevaba un centenar de remeros, se pasó al trirreme (o triere, según la palabra romana triremis), cuyo nombre aparece por primera vez hacia mediados del siglo VI a. C. en los poemas de Hiponacte.
Según Heródoto (II, 158), este tipo de navío se utilizaba desde finales del siglo VII a. C., en tiempos del faraón Necao I, que excavó un canal entre el Nilo y el mar Rojo «lo bastante ancho como para que dos trirremes bogando de frente pudieran navegar por él», antes de hacer construir algunos de ellos, unos con destino al mar septentrional, los otros en el golfo Arábigo con destino al mar de Eritrea.
Es poco verosímil que los egipcios fueran sus inventores; más bien serían los corintios, que tuvieron buenas razones para perfeccionar su armamento marítimo desde la primera mitad del siglo VII a. C., con motivo de sus conflictos con Corcira.
Otros historiadores se pronuncian por una datación diferente; ya sea más antigua (finales del siglo VIII a. C.), como es el caso de aquellos que siguiendo a Tucídides tienen a Aminocles por el inventor del trirreme; ya más moderna (finales del siglo VI a. C.), cuando arguyen que, hacia el 535 a. C., Polícrates de Samos debía su poder a una flota formada todavía por pentecónteras.
En cualquier caso, los trirremes estaban muy difundidos por el Mediterráneo oriental desde finales del siglo VI a. C. El propio Polícrates envió 40 de ellos a socorrer al rey aqueménida Cambises II en 525 a. C.
En 494 a. C., durante la revuelta jónica contra los persas, Quíos pudo alinear 100, Mileto 80, Lesbos 70 y Samos 60.
La flota enviada por Darío I en 490 a. C. habría estado formada por 600, mientras que Gelón de Siracusa, diez años después, les ofrecía 200 a los griegos, a cambio del mando supremo en el mar. Sin contar con que los atenienses, gracias a los esfuerzos de Temístocles, pudieron disponer de más de 200 trirremes durante la segunda Guerra Médica.
Los especialistas se han esforzado por resolver el difícil problema de la disposición de los remos a bordo de los trirremes, sirviéndose de algunas representaciones de difícil interpretación y de escasos textos, no menos enigmáticos en sus detalles. Los datos fundamentales que podemos mencionar son que las portillas de remo no estaban colocadas a la misma altura y que en la tripulación de un trirreme siempre había tres categorías de remeros: los tranitas, los zigitas y los talamitas, lo que hacía un total de 170 hombres aproximadamente.
No hay más que tres posibilidades para distinguir las diferentes categorías de remeros según su disposición en el interior del barco, disponiéndolos a lo largo, a lo ancho o a lo alto. Las dos primeras soluciones, que consisten en repartir de la proa a la popa a tres grupos de boga o confiarles la maniobra de cada remo a tres hombres, no han dejado de tener en el pasado sus defensores, a los que no les gustaba considerar la superposición de tres bancos de remeros. Sin embargo, el problema ha quedado definitivamente resuelto en favor de la tercera solución, con algunas variaciones, muy comprensibles, de detalle.
Los remeros del banco inferior, llamados talamitas, movían sus remos a través de portillas situadas a unos 50 cm por encima de la línea de flotación y, por ese motivo, provistas de troneras de cuero. Los remeros del banco medio, llamados zigitas, los movían bajo el puente. Mientras que para sujetar los toletes de los remeros del banco superior, llamados tranitas, se habían dispuesto monturas de madera que sobresalían de las bordas y que se llamaban parexeiresia, es decir, «dispositivo auxiliar para los remos».
De modo que los emplazamientos para remar se superponían, pero también se imbricaban, de tal forma que las portillas se presentaban al tresbolillo en los flancos del navío. Así se conseguía no forzar, por razones de seguridad, la altura de las bordas (2,20 m) e igualar la longitud de los remos (4,17 m, excepto en el centro del trirreme, en donde llegaba a los 4,40 m). Por consiguiente, la unidad tripartita de remo, que daba su nombre a este tipo de barco, se disponía en oblicuo.
A cada lado del trirreme había 27 de esas unidades, a las que se añadían, debido al perfil del casco, dos tranitas remando en solitario delante y detrás. Como cada hombre estaba situado a una distancia aproximada de unos 90 cm de su vecino, la longitud del trirreme no sobrepasaba en demasía la del antiguo pentecóntero, en donde se alineaban 25 remeros (debía alcanzar unos 36 m) y, sin embargo, se conseguía un incremento apreciable de capacidad, lo que le permitía desarrollar una velocidad, sin velas], de más de cinco nudos.
En cambio, necesitaba obligatoriamente remeros bien entrenados, suficientemente coordinados en su bogar como para no entrechocar sus remos. 

Desde comienzos del siglo IV a. C., se observan ya algunos signos precursores de esa carrera hacia el gigantismo en la construcción naval. En el 339 a. C., en Siracusa, los ingenieros de Dionisio I, que contaban en su haber con la puesta a punto de la catapulta, inventaron la quinquerreme (con cinco bancos de remeros) y construían cuatrirremes (con cuatro bancos de remeros).
Es muy posible que no se tratara más que de prototipos, más o menos logrados, y que la invención de los modelos definitivos de cuatro y cinco bancos de remeros se debiera más bien a los fenicios o a los chipriotas, poco antes de ser sometidos por Alejandro Magno.
Lo que sí es seguro es que, en el momento en que éste comenzó su expedición, la mayor parte de las flotas orientales estaba formada por quinquerremes, mientras que la flota ateniense del 325 a. C.-324 a. C. todavía contaba con 360 trirremes y sólo 50 cuatrirremes y 7 quinquerremes.
En 314 a. C., Demetrio Poliorcetes pidió a los fenicios que le construyeran un navío de siete bancos de remeros; en el 301 a. C., ya tenía uno de trece y, posteriormente, en el 288 a. C., de quince y dieciséis bancos. Seguidamente, Antígono I Gonatas (276 a. C.-239 a. C.) hizo que se comenzara a construir en Corinto el Istmia, que seguro que tenía 18 bancos.
Ptolomeo II Filadelfo (282 a. C.-246 a. C.) encargó a Pirgóteles que le construyera, en Chipre, navíos de 20 y 30, antes de que Ptolomeo IV Filopator (221 a. C.-203 a. C.) se llevara la palma con un navío de 40 bancos, del que Calígeno nos ha dejado una descripción maravillada:
Filopator dio al barco de 40 bancos que construyó una eslora de 280 codos (124,32 m) y 38 codos (16,87 m) de una borda a otra, así como una altura de 48 codos (21,31 m) hasta el adorno de la proa. Desde los adornos de proa hasta la línea de flotación había 53 codos (32,53 m). Había cuatro remos-timón de 30 codos (13,32 m) que debido al plomo contenido en sus empuñaduras y al peso de su parte interna, estaban lo suficientemente bien equilibrados como para ser fáciles de gobernar. Tenía dos proas y dos popas, y poseía siete espolones; el primero el más importante, los demás eran de tamaño decreciente, y algunos protegían las serviolas de proa. Estaba revestido con doce cables de cinta, cada uno con una medida de 600 codos (266,40 m). Era extremadamente bien proporcionado y la ornamentación del navío admirable. Tenía mascarones de proa y popa con no menos de 12 codos (5,32 m), y no había rincón que no estuviera adornado con pinturas al encausto. Desde los remos hasta la carena estaba rodeado de hojas de hiedra y de tirsos. Tan grande era la riqueza de su aparejo, que no había rincón del barco que no lo tuviera. Durante un crucero de prueba, llevó a 4000 remeros y 400 hombres para las maniobras; en el puente, 2.850 infantes de marina y además, bajo los bancos, mano de obra complementaria y una gran cantidad de alimentos. (Ateneo, Deipnosofistas, V, 203 y ss.)
En este caso, se trataba de una construcción de prestigio, de un juguete real. Pero no podemos decir lo mismo de los barcos anteriores. Por ejemplo, he aquí la composición de la flota de Ptolomeo II Filadelfo, que estaba formada de 366 unidades: dos navíos de 30 bancos (uno de los cuales hacía de barco almirante), uno de 20, cuatro de 13, dos de 12, catorce de 11, treinta de 9, cinco de 6, diecisiete de 5 y 224 de menor tamaño.
La cuestión del punto de vista técnico de estas supergaleras, que sigue siendo muy polémica, supone el principio de la superposición de remeros y el manejo de un remo a muchos de ellos. Mientras el número de bancos fuera inferior a 24 puede explicarse así, combinando el número de hileras de remos y remeros asignados a cada remo. Pero cuando se llega a 30 o 40, hay que buscar una explicación complementaria. Puede que, como sugiere la descripción de Calígeno, pensando en un navío de dos cascos, de tipo catamarán. Se logra así aumentar el número de remeros al tiempo que se limita la altura de las bordas. En un navío de 10 bancos, idéntico al que utilizó Marco Antonio en la batalla de Accio en el 31 a. C., el puente no estaba a más de 3 m sobre el nivel del mar. 

Otros tipos de barcos
En toda flota militar antigua había un cierto número de navíos especializados, cuya construcción y mantenimiento estaban dictados por las funciones particulares que se les confiaban.
Unos estaban destinados al transporte de tropas o de sus monturas. Otros servían como correos, como el Páralo en Atenas. Otros tenían por modelos a los barcos piratas que querían combatir o destruir.
En esta última categoría entraban, con la vieja triacóntera, toda una serie de embarcaciones ligeras y rápidas, de naturaleza y apelativos variados según las regiones: keles o keletion, epatrokeles o epaktris, lembos ilirio, liburna dálmata, etc. 
Mejor conocida y más difundida que las embarcaciones precedentes es la hemiolis («aquella compuesta por un banco y medio»), una birreme en la cual una parte de los remeros (la mitad posterior del banco superior) abandonaba su puesto en el remo durante el abordaje para participar en el combate y dejar sitio a la vela. Para luchar contra las hemiolotai de los piratas, se habría inventado en el siglo IV a. C., aplicando el mismo principio al trirreme, la triemiolia, que aparece frecuentemente en época helenística en las flotas rodia, egipcia y ateniense.  

Arsenales
Los arsenales estaban compuestos, en primer lugar, por hangares para barcos, cuyo número y dimensiones permiten determinar la importancia cuantitativa y cualitativa de la flota que acogían. Según las fuentes disponibles, parece que el tirano Polícrates de Samos habría sido el primero en construir uno en Samos, hacia el 525 a. C.
En la época clásica serán especialmente numerosos en El Pireo (372 en 330-325 a. C.), en torno a las radas de Muniquia (82), de Zea (196) y de Cántaros (94), así como en Siracusa (310 a comienzos del siglo IV a. C.).
Algunos ejemplares con la parte inferior tallada en la roca han sido descubiertos por los arqueólogos en El Pireo, Sunión, Oinaidai, Acarnania y en Apolonia, en Cirenaica. En este caso, los diques secos, que estaban separados entre sí por columnatas o muros macizos, tenían 6 m de ancho y 40 de largo, 38 de los cuales estaban por encima del agua; en sus canales centrales se izaban los trirremes con ayuda de rodillos y polipastos, por una pendiente cuyo porcentaje era de 1 a 14.
A estos hangares se añadían numerosas dársenas para reponer los aparejos, la más famosa y mejor conocida de las cuales, gracias a una descripción que se conserva, fue obra, en El Pireo, del arquitecto Filón a finales del siglo IV a. C. 
Los arsenales estaban controlados por colegios especiales de magistrados, que en Atenas eran conocidos como neoroi o epimeletes. En Rodas, determinadas indiscreciones respecto al armamento naval estaban castigadas con la pena de muerte. 

El armamento naval
Armar una flota exigía la intervención directa o indirecta del Estado, puesto que era el único capaz de soportar la carga inicial y de asegurar el servicio regular que desempeñaban.
En la época clásica, la construcción de barcos de guerra era asumida por el Estado. Este sistema databa de la época de Temístocles que había conseguido, poco antes de la Segunda Guerra Médica, convencer a sus compatriotas para que destinaran a ello los 200 talentos proporcionados por el descubrimiento de un nuevo filón de plata en Laurión, en vez de repartírselos. 
Estos ingresos colectivos fueron distribuidos, en este caso, entre los ciudadanos ricos con la condición de que proporcionaran los barcos. Después sería la boulé la que se vio obligada, so pena de que se les negaran los honores tradicionales al término de su mandato, a velar porque se comenzara la construcción, cada año, de un determinado número de trirremes, por lo general una decena.
En cambio, todo lo tocante al mantenimiento y equipamiento, tanto en hombres como en material, de los navíos de cuya construcción se hacía cargo el Estado, se hacía recaer en los ciudadanos más ricos (pertenecientes a la clase de los pentakosiomedimnos), que se veían sometidos obligatoriamente a un servicio especial que llevaba el nombre de trierarquía.
A mediados del siglo V a. C., los trierarcas eran tantos como unidades era posible fletar (unos 400 en vísperas de la Guerra del Peloponeso). Pero este servicio se convirtió en una carga tan grande en la segunda mitad de esta guerra (Guerra de Decelia), que a partir de entonces hubo de confiarle la responsabilidad de un único navío a dos trierarcas, llamados sintrierarcas, antes de pasar en 357 a. C. al sistema de las simmorias, que permitía repartir este tipo de obligación entre un número cada año mayor de ciudadanos. Los 1.200 ciudadanos más ricos fueron agrupados en 20 simmorias, cada una de las cuales se encargaba de muchos navíos.
El funcionamiento de la trierarquía, que se basaba en una discriminación fiscal, suscitó muchos problemas, que pronto se convirtieron en procesos entablados por aquellos que se quejaban de soportar una carga injusta en contra de aquellos que intentaban por todos los medios librarse de ella o que malversaban los bienes del Estado, etc.

Demóstenes propuso en el 340 a. C. una reforma definitiva para poner fin a los abusos. Pero hubo de reconocer, cuatro años después, que las maniobras de sus adversarios la habían desfigurado. Esto no impide que la eficacia de ese servicio ateniense esté lo suficientemente atestiguada por dos siglos de hegemonía marítima y por todas las imitaciones que sufrió en el resto del mundo griego (hasta el Reino Ptolemaico).

La composición de las tripulaciones
La tripulación de un barco de guerra se repartía en cuatro categorías: los oficiales, los técnicos, los remeros y los infantes de marina.
En un trirreme ateniense, el trierarca, que la mayoría de las veces carecía de cualquier competencia tanto náutica como militar, contaba en el mar con la asistencia que le prestaban diferentes oficiales de marina que se encargaban de que el servicio se desarrollara adecuadamente: el kybernetes o timonel, que también hacía las veces de segundo oficial; el proreo o vigía, cuya autoridad alcanzaba a todas las operaciones que tenían lugar en la parte anterior del barco, así como todas las cuestiones relativas a la carena y al aparejo; el keleustes («aquel que golpea la medida»), cuya misión general era ocuparse de los remeros; y por último, el pentacontarca, que asistía a sus colegas y que además era el adjunto administrativo del trierarca. Esta jerarquía, con pocas diferencias, era también la de la flota rodia.
A estos oficiales hay que añadirles los técnicos, que variaban según la importancia del navío.

En la flota rodia de la época helenística no había muchos de ellos: un encargado del equipo, un carpintero, un timonel, un engrasador (a cargo probablemente de la conservación del cuero), un médico, un encargado de los estrobos (para fijar y reparar las estopas), un flautista (que marcaba el ritmo de la cadencia de los remeros), así como un cierto número de marineros de cubierta para mantener los cordajes, las velas y las amarras. En un trirreme ateniense de la época clásica, los oficiales y técnicos sumaban un total de veinte personas.
Los infantes de marina también variaban en número, debido a las concepciones tácticas del momento. En los vasos de la época geométrica se los puede ver ya provistos de arcos y de largas picas. En los trirremes atenienses de la guerra del Peloponeso, eran por lo general 14, entre ellos 4 arqueros. 
El reclutamiento de las tripulaciones
Para ocupar el puesto de remero en la época clásica, los atenienses embarcaban preferentemente en sus navíos a aquellos de sus ciudadanos que pertenecían a la última clase del censo, la de los tetes, y sólo en caso de peligro. Como en vísperas de Salamina, llamaron asimismo a los zeugitas y caballeros. No obstante, solían recurrir igualmente a sus aliados, sobre todo en tiempos de la confederación de Delos, e incluso a mercenarios.
Los remeros atenienses recibían un salario aproximadamente igual al de los hoplitas, puesto que llegaba a una dracma por día a comienzos de la guerra del Peloponeso.
En la época helenística, los soberanos los reclutaron, por medio de dinero, entre sus súbditos o entre las poblaciones con experiencia del mar Egeo, Asia Menor, Chipre y Fenicia. Raras fueron las poleis griegas que entonces mantuvieron a rajatabla, como Rodas, el recurso a sus ciudadanos. Existen numerosos documentos epigráficos que permiten seguir la carrera de ciudadanos de todas las clases sociales en la marina de guerra rodia.
Los griegos estuvieron decididos durante mucho tiempo a coger un remo para defender la patria y, en ocasiones, incluso consiguieron gloria con ello.
El siguiente pasaje de Los acarnienses de Aristófanes ilustra la preparación de una expedición naval:
...inmediatamente hubierais botado trescientos trirremes, y la ciudad se habría colmado del tumulto de los soldados, de griterío alrededor de los trierarcas, del pago de las soldadas, del estofado de los paladios, del alboroto de la lonja, del reparto de raciones, de odres, de estrobos, de gente comprando cántaros, de ajos, aceitunas, cebollas en redes, de coronas, de anchoas, de flautistas de caras congestionadas. El arsenal, a su vez, de maderos aplanados para hacer remos, de martillazos en los toletes, de taladros de escobenes, de flautas, de cómitres, de pífanos, de silbatazos. 
Las tácticas navales
Las tácticas navales fueron fundamentalmente de dos clases, nacidas de la alternativa siguiente: o bien dirigir el combate en el mar como si se estuviera desarrollando en tierra, o bien hacerlo considerando que éste tenía lugar en el mar.
En el primer caso, lo determinante son los infantes de marina, que no ven en la nave sino una plataforma flotante y que no aspiran más que a recrear artificialmente las condiciones típicas de una batalla terrestre. En el segundo caso, es el propio barco el que sirve como arma de combate y le da al enfrentamiento un carácter específico. Los objetivos finales eran o bien el abordaje o bien espolonear al adversario.
A partir del momento en que, en la época arcaica, el espolón aparece provisto de una armadura de metal, ya no podemos dudar de su uso en los combates. Desde entonces no dejó de perfeccionarse. Los trirremes llevaban un espolón de bronce coronado por un cierto número de puntas suplementarias. La plusmarca en cuanto al número de espolones le corresponde al barco de 40 bancos de Ptolomeo IV, que estaba provisto de siete de ellos.
El objetivo era poner fuera de combate, y a ser posible hundir, al navío enemigo perforándolo por debajo de la línea de flotación. Para conseguirlo, el agresor tenía que cumplir dos condiciones: situarse en una posición tal que pudiera desarrollar su ataque desde el flanco y no desde la parte anterior del navío contrario, que también estaba provista de un espolón, y lanzar su ataque con una velocidad adecuada, ni demasiado deprisa ni demasiado lenta, de tal modo que lograra penetrar en el casco del adversario sin quedar atrapado en él. En esas condiciones, siempre iguales, el éxito sonreía a aquellos que lograban lanzar sus golpes con rapidez y precisión, gracias a las cualidades de maniobra de sus navíos, que dependían en gran parte de la excelencia de las tripulaciones.
Dioniso en una embarcación, navegando entre delfines. Kílix ático de figuras negras, circa 530 a. C. 
El ataque final necesitaba ir precedido de unas maniobras de aproximación destinadas a colocar al enemigo en una mala posición; unas veces eran improvisadas y originales, en forma de estratagemas (por ejemplo, cuando se las arreglaban para lanzar a la flota enemiga contra la costa), y otras codificadas y fácilmente reconocibles, como si fueran la coreografía de un ballet.
El periplous era realizado por naves que comenzaban a girar en torno al adversario intentando reducir poco a poco su campo de acción y sembrar el desorden entre sus filas, antes de atacarlo con su espolón. Pero esta maniobra implicaba un cierto riesgo, pues quienes las llevaban a cabo presentaban sus flancos a los golpes enemigos.
El diekplous consistía en presentarse en fila, con las proas apuntando a los barcos enemigos, intentando deslizarse entre ellos lo más cerca posible con la intención de romper sus remos, para después dar media vuelta, de tal modo que fuera posible lanzarse de popa o de flanco sobre el adversario inerme. Conocido desde el siglo IV a. C., el diekplous aún era considerado en tiempos de Polibio (I, 51, 9) como la «maniobra más eficaz en una batalla naval». No obstante, había tres maneras de hacerlo fracasar: colocándose en dos líneas, adoptando una posición al tresbolillo o formando un círculo. 
Sin embargo, raros fueron los momentos en los cuales los procedimientos tácticos, basados en el principio del espolonazo, tuvieron un papel determinante, casi único, en los combates marítimos; pues para ello había de conseguirse un dominio perfecto de las técnicas navales, alcanzar una adaptación total del instrumento de guerra a las condiciones específicas del entorno y tomar plena conciencia de la originalidad de los métodos a emplear. A falta de todo ello, terminaban por imponerse los acostumbrados esquemas inspirados en las maniobras terrestres.
El abordaje demuestra unas preocupaciones tácticas opuestas a las del espolonazo. Si en un caso son los barcos los que se ven envueltos directamente, en el otro son los combatientes. Por eso es posible juzgar, en ausencia de cualquier otro dato, los procedimientos utilizados por los griegos antes de la época clásica según el número de infantes de marina embarcados en cada navío y según la importancia de las instalaciones que les estaban destinadas.
La práctica del abordaje es por lo menos tan antigua como la del espolonazo. Parece haber gozado de las preferencias de los héroes homéricos. A finales de la época geométrica, en los vasos de Dipylon se ven a menudo soldados provistos de arcos y lanzas tomar parte activa en las batallas navales, dispuestos sobre las plataformas de proa y popa. Éstas no tardaron en estar unidas entre sí, bien por una pasarela axial, bien por unos pasamanos, antes de transformarse, como muy tarde a finales de la época arcaica, en un puente más o menos continuo.
Se explica así que 40 infantes de marina pudieran ser embarcados en cada trirreme quiota, en el 494 a. C., para la batalla naval de Lade (cerca de Mileto, en la costa de Asia Menor).
En el 480 a. C. los trirremes atenienses demostraron en el estrecho de Salamina la superioridad táctica del espolonazo sobre el abordaje. En conjunto, esta superioridad apenas fue contestada durante la época clásica, antes de la aparición del gigantismo naval, que permitió a los soldados helenísticos dominar los mares desde lo alto de sus fortalezas flotantes.
El nuevo modo de combate destaca claramente en la descripción que hace Diodoro Sículo de la batalla entre Ptolomeo I Sóter y Demetrio Poliorcetes en el 307 a. C., en las aguas de Salamina de Chipre:
Cuando las trompetas dieron la señal de combate y las dos fuerzas armadas lanzaron sus gritos de guerra, todos los navíos emprendieron un tremendo ataque; utilizando los arcos y los petróbolos, y después, arrojando nubes de jabalinas, se hería a quienes se encontraban a tiro. Seguidamente, cuando los barcos se aproximaron y estaban a punto de chocar con violencia, los combatientes del puente se agacharon, mientras que los remeros, animados por los encargados de la boga, pusieron más energía en sus movimientos. Avanzando con fuerza y violencia, unas veces las naves se arrancaron los remos -lo que les impedía huir o perseguir y no dejaba a la tripulación, pese a su deseo de luchar, lanzarse al combate-, y otras, tras haberse golpeado frontalmente con sus espolones, se liberaron para dar otro golpe, mientras que los hombres del puente se herían unos a otros, tan cerca estaban los blancos. Una vez que los trierarcas habían golpeado por el flanco e incrustado firmemente sus espolones, algunos abordaban al barco enemigo, en donde recibieron e infligieron golpes terribles; en efecto, unas veces, después de haberse enganchado al navío próximo, al perder el equilibrio, caían al mar donde morían de inmediato por los lanzazos de los hombres del puente; otras, al conseguir su propósito, mataban a sus adversarios o los obligaban, dada la exigüidad del espacio, a precipitarse al agua.  
Para detener los ataques frontales de las naves macedonias, que estaban dotadas de sólidas serviolas, los rodios, que continuaban confiando en su maniobrabilidad, «habían puesto a punto dice Polibio un ingenioso procedimiento. Lanzaban de frente a sus barcos de tal modo que recibían los golpes por encima de la línea de flotación, mientras que ellos tocaban a sus adversarios por debajo, abriendo en sus cascos brechas irreparables» 
Fue poco habitual que los antiguos griegos consiguieran llevar sus tácticas navales al mismo nivel de elaboración que sus tácticas terrestres y que alcanzaran un grado de cualificación igual al que demuestran sus técnicas de construcción. El motivo principal es, sin duda, que el prestigio de la guerra en tierra firme se le oponía la desconfianza, el descrédito incluso, más o menos acentuado según las épocas, que sufrían las operaciones marítimas, cualquiera que fuera su papel real en la resolución de los conflictos. 
En tiempos de Pericles nadie habría pensado en negar que el control del mar era la base del imperialismo ateniense. Sin embargo, aquello era considerado por los oligarcas como la causa principal de la descomposición política y moral que originaría su caída, pues una polis semejante se hallaba a merced de la plebe marítima, que ineluctablemente había de empujarla hacia las formas más extremas de democracia.
Los excesos de los demagogos que sucedieron a Pericles, seguidos de la derrota del 404 a. C., no podían sino facilitar la difusión de esas ideas oligárquicas en el pensamiento conservador del siglo IV a. C. Tanto Isócrates como Jenofonte ven en la hegemonía marítima una fuente de injusticia, pereza, avaricia, codicia y de tiranía, mientras que Platón se preocupa, en las Leyes, porque la ciudad no tenga vistas al mar, para que no sucumba a sus tentaciones. Además, muchos fueron en esa época los que intentaron revalorizar, en sus llamadas utilitaristas al glorioso pasado militar de Grecia, la victoria de Maratón en detrimento de la de Salamina.
Cuando la aniquilación de las ambiciones marítimas atenienses le restó intensidad al debate, las condenas se hicieron menos severas y más matizadas. Aristóteles y Cicerón, pese a ser tan sensibles a los deletéreos miasmas que flotaban en los ambientes portuarios, no por ello dejan de estar dispuestos a aceptar en este punto una especie de compromiso, por razones de eficacia militar y económica; del mismo modo en que, a partir de entonces, el nuevo género literario de los «elogios» supo destacar las ventajas del mar. 
La subordinación de la guerra marítima a la terrestre era para los antiguos un asunto de moralidad política. Un Estado que orientara en aquella su actividad militar no sólo corría el riesgo de arruinar más o menos rápidamente las bases tradicionales de la economía terrestre, sino que debería aumentar a corto plazo los derechos políticos de los estratos sociales más humildes, que eran los que proporcionaban la base de sus fuerzas armadas.
La guerra naval, en donde lo que más contaba era la calidad del instrumento de combate y la habilidad profesional de los combatientes, llevaba las actividades militares hacia la técnica, en una época en la que ésta aún no estaba muy desarrollada en los combates terrestres. Por eso era conveniente dejar ese tipo de práctica guerrera a aquellos que no tenían más que un papel marginal en la vida política de la comunidad.
En el mar es donde Atenas era más poderosa porque en el siglo V a. C. ejercía una verdadera talasocracia. Y sin embargo, en el 490 a. C., el año de la batalla de Maratón, todavía no poseía una flota digna de ese nombre, como tampoco tenía caballería.
Fue Temístocles quien impulsó el poder naval de Atenas. Comprendió, sin esperar a que el oráculo de la Pitia dijera que «sólo sería inexpugnable una muralla de madera», que la ciudad necesitaba muchos barcos de guerra para defenderse contra la flota de Egina y sobre todo contra la flota de Jerjes.
Fue él el que transformó a numerosos hoplitas atenienses en soldados de marina y marineros, hasta el punto de que más tarde se le acusó de haber convertido a nobles guerreros en viles remeros.
Aprovechando el descubrimiento de un nuevo filón, más rico, en las minas de plata de Laurión, logró que los atenienses, en vez de repartirse los beneficios de la explotación quizás 100 o incluso 200 talentos, prestaran a los 100 ciudadanos más ricos medios para construir trirremes.
Por otra parte, inició importantes obras en El Pireo, que sustituyó como puerto a la ensenada de Falero. Se acondicionaron y fortificaron las dársenas de Zea y Muniquia. Las construcciones y todos los preparativos necesarios se llevaron a cabo con tal rapidez que en el año 480 a. C., en la batalla de Salamina, Atenas pudo alinear 147 barcos de guerra dispuestos a hacerse a la mar, y otros 53 se mantenían de reserva, lo que hace una flota total de 200 trieres.
Gracias a los recursos del tributo pagado por las ciudades dominadas por el poder ateniense, esta flota aumentará todavía más a lo largo del siglo V.
En los siglos V a. C. y IV, contará normalmente con unos 300 o 400 trirremes, cantidad más que suficiente para garantizar el domino de Atenas sobre el mar Egeo y los estrechos. 
Los muertos y los inválidos de guerra
En Atenas, después de cada campaña se llevaban piadosamente a la ciudad los restos de los guerreros muertos y se les hacían funerales nacionales:
Tres días antes de las exequias, se alza una tienda bajo la cual se depositan los restos de los muertos y todo el mundo tiene que llevar ofrendas a su familiar muerto (casi siempre vendas de lana, coronas y guirnaldas de flores y de hojas, ramas o vasos funerarios). En la comitiva son conducidos por los carros con los féretros de ciprés, uno por cada tribu. Al mismo tiempo se lleva un lecho vacío y adornado en honor de los desaparecidos. Los ciudadanos y los extranjeros que lo desean forma parte del cortejo. Las mujeres rodean el féretro y lanzan gemidos. Los féretros se depositan en un monumento público, erigido en el barrio más bello de la ciudad (el Cerámico), y un orador elegido por el Estado pronuncia el elogio que ensalza el valor de los muertos
En el 431 a. C. fue el propio Pericles quien pronunció este epitafio logos, cuyo recuerdo ha transmitido Tucídides.
En el monumento funerario, los nombres de los muertos se grababan por tribu, debajo de un título muy simple: «Lista de los atenienses muertos en tal campaña, de la tribu Erectea...», pero a menudo también un breve poema, un epigrama funerario exaltaba su heroísmo.
La polis se hacía cargo de los huérfanos de guerra y garantizaba su manutención hasta la efebía. Entonces tenía lugar en la fiesta de las Grandes Dionisias, en el teatro, la entrega solemne de la armadura completa (panoplia) que el Estado ofrecía a cada huérfano.
En el momento en que se van a presentar las tragedias, el heraldo se adelanta, presenta a los huérfanos cuyos padres murieron en la guerra, adolescentes vestidos con el equipo de hoplita, y pronuncia la más bella proclama: «El pueblo ha educado hasta la adolescencia a estos jóvenes cuyos padres murieron como valientes guerreros; ahora los arma con esta armadura completa, deja que cada cual prosiga su carrera, encomendándoles a la Buena fortuna, y los invita ocupar la primera fila (proedría) en el teatro».
Laomedonte agonizante, figura E-XI del frontón este del templo de Afea, del 505-500 a. C. 
En cuanto a los atenienses que han sobrevivido a las heridas pero que están inválidos o enfermos, la polis también les presta ayuda: una ley, atribuida a Pisístrato, ordena que la ciudad se haga cargo de alimentar a los mutilados de guerra. 
Hay que distinguir esta ley de la que concedía una pensión diaria de dos óbolos a todos los enfermos civiles que carecían de recursos: el inválido para el que Lisias escribió un alegato no es, desde luego, un inválido de guerra, porque en ese caso, cómo sacaría a relucir sus méritos militares en el momento en que se habla de suprimirle la pensión. 
Ejército espartano
Esta es la estructura politico-social espartana sobre el 700 a.C. poco vario hacia el 500 a.C época en la que comienza el mods.


AGOGÉ
El sistema de valores morales que regía la vida del espartano le era enseñado mediante un elaborado sistema educativo conocido como AGOGÉ. Éste nació en el periodo arcaico pero se perfeccionó en el siglo V a.C. 
Era un instrumento cuya finalidad consistía en la formación de excelentes soldados; condicionado por el hecho de que la táctica hoplítica exigía la fuerza necesaria para manejar el armamento propio y superar la conciencia individual para acomodarse a los requisitos de una formación cerrada y compacta como la de la falange. 
Las diferentes etapas de la Agogé se podrían relacionar del siguiente modo: 
Una delegación de ancianos decidía si el niño recién nacido era apto o no para seguir los pasos que le llevarían a ser un espartiata de pleno derecho: si no era apto se le eliminaba.
A los siete años salía del hogar paterno y pasaba a depender de la tutela del Estado. Entraba a formar parte de unas unidades llamadas AGELAI.
Se ponía énfasis en la disciplina, la obediencia ciega y la rivalidad con sus iguales. El proceso era observado por los ancianos, pero eran jóvenes de mayor edad que los componentes de las Agelai los que les supervisaban: entre ellos, uno hacía las veces de supervisor general (PAIDONOMO) y varios otros eran los que castigaban (MASTIGOFOROS; los portadores del látigo).
Los castigos se realizaban en el altar de ARTEMIS ORTIA (diosa de la caza u nodriza), que gustaba de la sangre y dónde los sacrificios humanos habían dado paso a la flagelación en la que el futuro espartiata demostraba su indiferencia ante el dolor aguantando todo lo posible los lamentos. 
Los niños, en ésta etapa de sus vidas, iban descalzos y casi desnudos, y estaban acostumbrados a robar (se les castigaba si les cogían no por robar, sino por dejarse coger).

A los doce años pasaban a ser EIRENES (Efebos) y, según iban pasando los años, entraban a formar parte de diferentes grupos que recibían un nombre u otro en función de la edad. Se piensa estaban en relación con la etapa de educación en que se encontraban. 
Al aumentar en edad dirigían grupos más jóvenes actuando como sus jefes.
Entre los dieciocho y los veinte años formaban parte de la KRIPTEIA, aunque no se conoce muy bien su función. El joven, armado con un cuchillo y con alimento suficiente, se internaba en territorio ilota escondiéndose durante las horas de luz y matando esclavos en la oscuridad.
A los veinte años entraba en una SISSITIA o Phiditia (comida comunal) integrándose dentro del organigrama del ejército espartano. 
Hasta los treinta años su posición era ambigua; formaba parte del estado como ciudadano de hecho pero no de derecho (aún no había adquirido la plenitud de sus derechos pero sí sus obligaciones).
Cuando, a los treinta, entraba en la APELLA (Asamblea de los Iguales), entraba a formar parte, también, de la ciudadanía espartiata.
Según Plutarco, los valores que la Agogé trataba de inculcar eran obedecer bien, ser firme en la dificultad y vencer o morir combatiendo. 
Mención aparte, merece el trato tan controvertido de la homosexualidad; homosexualidad que no se puede identificar con la mera opción sexual de la actualidad.
En las polis griegas se enfatizaban los vínculos personales entre los componentes de la falange hoplita, "desarrollando una fuerte ética de exaltación de la masculinidad de sus miembros": la plasmación solía ser la existencia de fuertes vínculos homosexuales entre ellos, valorándose especialmente el contenido didáctico de esos vínculos. 
Los jóvenes buscaban un mentor entre los ciudadanos en cuya compañía aprendían a convertirse en ciudadanos a su vez, estableciéndose una relación de marcado índole homosexual.
Estos dos aspectos se dan en todas las polis griegas (ejemplo sobresaliente entre sus mismos contemporáneos era el caso de LA BANDA SAGRADA tebana; cuerpo de élite de Tebas). 
En Esparta esa ética de exaltación a la masculinidad se sublima atribuyéndola al mismo LICURGO. 

Sociedad.
Tres son las clases sociales del Estado espartano; los espartanos o homoioi (los iguales), los periecos y los ilotas

HOMOIOI
Los iguales, ciudadanos con todos los derechos, viven exclusivamente en Esparta y Amiclas. Acceden a la ciudadanía a través de un proceso educativo muy selectivo (véase Agogé). A la edad de treinta años, con la entrada del espartano en la Asamblea de Ciudadanos (Apella) se completan los pasos previos a la adquisición de todos los derechos (hasta ese momento le representan familiares o amantes). 
El espartiata se dedica con exclusividad al oficio de las armas, algo que se consigue merced a que sus necesidades económicas se encuentran cubiertas a través del usufructo de un lote de tierras (véase Kleroi) que se le asigna personalmente. Así. El espartiata dedicará las mañanas al ejercicio físico y las tardes a las comidas comunales o syssitia. Es aquí donde se manifestará el ideal igualitario; tanto en la igualdad de comportamiento como en la igualdad en las aportaciones económicas (que eran mensuales). 

La syssitia es un arcaísmo que parece tener su origen en la andreia cretense. Adopta su forma definitiva a finales del siglo VII a.C., momento en el que las aportaciones para las comidas se realizarán individualmente, desapareciendo las phiditia cuyos fondos provenían de la comunidad. 
Los comensales de cada una de ellas eran de 15 y cumplía, entre otras, una función militar; de cohesión entre los miembros de la falange hoplita.
Esto reducía a la familia a una institución cuyo principal fin era la procreación. De aquí se comprende el carácter eugenésico de la misma, admitiendo la infidelidad (incluso provocándola) con objeto de tener hijos. 
El mayor problema con que se va a encontrar Esparta con el tiempo tiene su origen en lo restrictivo de su ciudadanía; LA CARENCIA ENDEMICA DE CIUDADANOS. 

PERIECOS
Disfrutan de todos los derechos excepto los políticos. Viven y cultivan sus tierras en asentamientos (poleis) sometidos a la autoridad de Esparta. Estos asentamientos se alejan de un núcleo central espartano en torno al Eurotas. 
Dependiendo de la ubicación, la actividad económica de los periecos será una u otra, aunque las principales serán la agricultura y la ganadería. Esto difiere con lo que se pensaba; que se dedicaban a la artesanía y al comercio con exclusividad.
Las poleis llegan a desarrollar formas de autogobierno de nivel local disfrutando de una cierta autonomía. La política exterior queda restringida a los espartanos.
El control de los periecos está en manos de los HARMOSTES. Había 20 de ellos, probablemente uno por cada división del territorio perieco. Este control se centrará en 4 exigencias principalmente: un cierto tipo de prestaciones, en el servicio militar (los periecos debían proporcionar contingentes de hoplitas que combatían junto a los espartanos aunque en unidades separadas), el cultivo de los TREMENE regios y la manufactura de algunos artículos. 

ILOTAS
Eran esclavos asignados a los lotes de tierra que se entregaban en usufructo a los espartanos (aunque en última instancia, tanto tierras como esclavos, pertenecían al Estado).
Hay discrepancias si, éstos, debían entregar a sus amos la mitad de lo que cosechaban o tenían unas cantidades asignadas de antemano fuera cual fuese la producción. 
De los 9000 ò 10000 lotes, 6000 estaban en Mesenia (recordemos que Esparta se componía de una región originaria llamada Laconia y otra conquistada; Mesenia), lo que hace una idea de la proporción de ilotas en ella. 
El hecho que marcará la política espartana con respecto a sus esclavos será el levantamiento ilota del 464 a.C., tras un terremoto devastador que mermó considerablemente las filas espartanas. Durará 10 años y se transformará en una guerra; la Tercer Guerra Mesenia. La guerra concluirá al permitir a los resistentes en el Monte. Itome (símbolo de la nacionalidad mesenia) salir del Peloponeso.
Será ahora cuando la declaración de guerra anual a los ilotas por parte de los éforos y la krypteia toma sentido. 
Se da una situación peculiar con los ilotas: por un lado se les subyuga (krypteia, declaración anual de guerra, etc.) y por otro lado son usados como escuderos, combaten como infantería ligera e incluso como hoplitas junto a los espartanos.
El principal método de sojuzgación espartiata será la krypteia: los jóvenes espartanos parten a tierras ilotas con una daga y algo de comida con objeto de matarles durante la oscuridad de la noche (por el día se ocultan).
Esa es la forma, pero será en el trasfondo donde los analistas difieran. Hay quien habla incluso de que la krypteia era un servicio secreto espartano estructurado con funciones de información y control.
Plutarco sitúa el origen de la institución en la revuelta del 464.
A Grosso modo, se presentan dos explicaciones principalmente:
·       Krypteia como ceremonia de iniciación (una prueba de madurez) para los jóvenes espartiatas. 
·       Krypteia como método de subyugación de los ilotas. 
·       Como casi siempre en Historiografía, las posturas se han acercado planteando una solución intermedia: Primero sería una ceremonia iniciática que luego busca unos fines de control ilota. 
LOS DESCLASADOS

NEODAMOS
Parecen ser ilotas liberados por su servicio al Estado espartano. Un ejemplo le tenemos en los 700 ilotas al mando de Brásidas que habían combatido en la Calcídica como hoplitas. 
Con el tiempo esto será cada vez más frecuente (como consecuencia de la angustiosa necesidad de Esparta de ciudadanos), incrementándose la presencia en el ejército lacedemonio de ilotas y disminuyendo la de espartiatas. 

MOTHAKES
Son individuos que no nacieron de espartanos que acceden a la Agogé y a la ciudadanía. Algunos de ellos adquirirían una influencia relevante. 

HYPOMEIONES
Parecen llamarse así genéricamente a los espartanos que han perdido la ciudadanía (sus derechos) bien como consecuencia de no poder pagar las comidas comunales (económicas) o por su comportamiento en al campo de batalla
La pérdida podía ser transitoria (como la de los prisioneros de Esfacteria) o definitiva.
Una duda se plantea; los jóvenes que no superaban la Agogé también se encuadran dentro de éste grupo?.
 
Instituciones.
Las instituciones espartanas, al igual que las del resto de las culturas próximo-orientales del mundo antiguo combinan funciones políticas con religiosas. Destacan principalmente las siguientes:

DIARQUIA.- Dos reyes (uno de la familia Agíada y otro de la Europóntida) comparten la cúspide en la pirámide institucional.
A lo largo del siglo V a.C. fueron perdiendo progresivamente poder; el regente Pausanias y el rey Leotíquidas cometieron durante las guerras médicas unas irregularidades que suscitaron el recelo del resto de las instituciones. Tras lo cual, los éforos absorberán parte de sus poderes.
Sus principales funciones las ostentarán en periodos bélicos (pero siempre sujetos a la autoridad de las instituciones espartanas); tienen el mando absoluto del ejército (tras la época clásica dos éforos acompañarán al rey en campaña llegando, incluso, a tomar decisiones militares). En la época arcaica los dos reyes podían acompañar al ejército a la batalla, pero tras Cleómenes I se determina que uno sólo de los dos podrá ir.
Ejercen funciones de general y sacerdote. Ocupan el puesto de mayor honor en la falange, el más expuesto, en el extremo derecho de la primera fila.
Su influencia en la sociedad espartana es indirecta, a través de su prestigio (obtenido principalmente en combate) puede influir en los ciudadanos para que se inclinen por una determinada postura o un cierto candidato a una institución.
Recibían honores de héroe en sus funerales; excepto los caídos en combate, las mujeres fallecidas durante el parto y los diarcas, los enterramientos se realizaban inhumando al difunto envuelto en un sudario rojo y hojas de olivo, además de disponer de una lápida sin epígrafe. En estos tres casos sí llevaba epígrafe.

EFORADO.- Son cinco (5) los éforos, nombrados por la Apella anualmente. No se conoce bien el proceso de su nombramiento. Progresivamente van asumiendo más funciones a la largo del siglo V a.C. producto del excesivo protagonismo de algunos reyes y del mal uso de las fuerzas militares (sobre todo Cleómenes en la batalla de Eleusis).
Podemos dividir sus funciones en tres apartados:
1. Política interior. Mantienen el orden y velan por la seguridad interna (son los que organizan la krypteia y declaran anualmente la guerra a los ilotas). Podían decretar la expulsión de extranjeros (Xenelasia) si lo consideraban oportuno.
2. Política exterior. Reciben a los embajadores y deciden si los escuchará la Apella. Determinan junto a ésta la movilización del ejército y se preocupan del reclutamiento.
Durante las guerras contra los persas elaboraron acuerdos de alianzas y coordinaron su polis con los demás aliados.
3. Supervisión. Tienen potestad para hacer rendir cuentas a todos los magistrados.
Durante las guerras médicas se da un impulso a sus competencias, pero tras el levantamiento ilota del 464 a.C. y la subsiguiente Tercera Guerra Mesenia se crea un clima de inseguridad y paranoia que se tradujo en que el eforado se erigiera garante del mantenimiento de las tradiciones y del "status quo". Algunos autores sitúan en ésta época la declaración anual de guerra a los ilotas.

GERUSIA
.- Está compuesta por los diarcas y veintiocho (28) miembros escogidos por aclamación por la Apella entre los ciudadanos de más de sesenta (60) años con un pasado intachable.

Su función política es principalmente deliberativa y de consejo, aunque también preparan el orden del día a tratar en la asamblea de iguales.
Sin embargo, su función por excelencia es judicial: conforma los tribunales de justicia.
En caso de encausar a uno de los diarcas, en el tribunal también deberán estar presentes los éforos y el otro rey.

APELLA.- La conforman todos los ciudadanos de pleno derecho y sus reuniones son mensuales.
No tiene capacidad de debate y, ante ella, sólo tienen el derecho a la palabra los diarcas, los éforos y la Gerusía.
Su única función es la aprobación o no, POR ACLAMACIÓN, de los puntos que les proponen aquellos que tiene derecho a la palabra. 
¿QUIÉN DETENTA EL PODER?.- Parece que los éforos: Aunque tienen la limitación de que su magistratura es anual, al surgir de la ciudadanía, eran los transmisores de las inquietudes y valores de los espartiatas que los elegían. 
Ejército; el único fin.
"Antes que a ellos, oirían ustedes hablar a las imágenes de piedra y les sería más fácil hacer apartar las miradas de las estatuas de bronce". Jenofonte.
"Que cada uno siga firme sobre sus piernas abiertas,
Que fije en el suelo sus pies y se muerda el labio con los dientes.
Que cubra sus muslos y sus piernas, su pecho y sus hombros
Bajo el vientre de su vasto escudo.
Que su diestra blanda la fuerte lanza,
Que agite sobre su cabeza el temible airón". Tirteo
 
"Viajero, ve a decir a Esparta que nosotros hemos caído aquí por obedecer sus leyes" Estela de piedra que conmemora en las Termópilas el sacrificio de los 300 espartanos de Leónidas. Poema de Simónides.
La guerra entre los antiguos griegos consistía, principalmente, en un choque entre formaciones compactas de Infantería Pesada llamadas falanges (de ellas se hablará más adelante) sin el apoyo de Infantería Ligera ni Caballería. 
La falange estaba compuesta por infantes, los HOPLITAS, armados de un modo homogéneo. La panoplia de armas que portaban eran las siguientes:  
ASPIS.- Escudo circular de 110 cm. de diámetro. Formado por un gran cuenco y un borde muy reforzado casi plano (de modo que podía apoyarse sobre el hombro izquierdo). Se componía de láminas de madera encoladas entre sí. El interior se forraba de cuero fino, llevaba una embrazadera de bronce en el centro que iba remachada y una agarradera de cuero en el borde. El exterior del escudo podía ir cubierto de una lámina de bronce o ir pintado y decorado con un motivo de lámina del mismo material. 

Pesaba 8 Kg aproximadamente (recordemos que los espartanos portaban un escudo más pesado que el del resto de las poleis). 
El motivo que distinguía a los espartiatas era la lambda que llevaban pintada en el escudo: la inicial de Lacedemonia.
- Panoplia del hoplita a excepción de la lanza. Recordar que la espada del espartiata es de menor longitud que la de los hoplitas de otras poleis. 
DORY.- La lanza medía entre 1'8 y 2'4 metros, su asta era de madera de cornejo y, la punta, era de HIERRO. Poseía también una contera metálica para atravesar al caído o apoyarla en el suelo con objeto de resistir una carga de caballería.
El resto del equipo, al margen de estas dos armas que definían al Hoplita, estaba compuesto de un yelmo de bronce de modelo corintio forrado en su interior de fieltro o cuero; una coraza formada por capas de lino reforzadas con escamas de bronce; unas grebas también de bronce; y una espada corta que constituía el arma de reserva caso de que se consiguiera romper la línea enemiga o perder la lanza en la refriega (la espartiata tenía una menor longitud que las usadas por otras poleis). 
Los espartanos, además de sus armas, se diferenciaban del resto de los hoplitas de la Hélade, por qué vestían un manto rojo que, se decía, disimulaba la sangre, y por qué tenían el pelo largo y cuidado para causar un efecto sicológico al contrario. 
La falange; es una formación compacta de infantes pesados que, hombro con hombro, presentan un frente unido ante el enemigo.
La panoplia del hoplita está específicamente diseñada para la falange; el escudo sobresale por el lado izquierdo del infante para cubrir la región desprotegida de su compañero de la izquierda. De ese modo, los escudos se van solapando a lo largo de la línea formando un frente continuo. Sin embargo, el hoplita situado en el extremo de la derecha no recibe la protección del escudo de un compañero que estuviera situado a su derecha, así que, buena parte de la eficacia de la falange dependerá de la entereza y el valor de éste hoplita. Este será el puesto en que sirvan los reyes espartanos, para los valores espartiatas, el puesto de mayor honor. Esta peculiaridad se traduce en una característica de los combates de falanges:
"Los ejércitos hacen todos esto: suelen cabecear hacia su ala derecha en las acometidas y, en consecuencia, dominan ambos con su ala derecha el ala izquierda del contrario, y ello a causa de que cada soldado, por temor, protege lo más posible su lado desnudo (es decir, el derecho) con el escudo del compañero situado a su derecha, y por considerar que la formación compacta es lo que ofrece mayor seguridad. En realidad, el que inicia el desvío es el que va el primero por la derecha, en su afán de hurtar continuamente la parte desnuda de su cuerpo a los contrarios; después le siguen por el mismo temor también los demás. (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, V 71). 

A través de la línea de escudos, como aguijones, las lanzas sobresalen "pinchando" al enemigo.
La idiosincrasia de la falange, nacida entre el 700 y el 650 a.C., exige una intensa disciplina en el "orden cerrado" (en movimientos coordinados) y un entrenamiento constante. Sobre todo, el paso de la línea de columna (formación de marcha) a la de combate es difícil.
El combate estaba precedido por un sacrificio ritual (llevado a cabo por el diarca de turno) al que seguía un almuerzo ceremonial dónde quizás se consumiera más vino del habitual. 
Inmediatamente antes del combate se entonaba el Peán, canto de guerra en honor de Apolo (otros dicen que es una canción de marcha que ayuda a mantener el paso y otros se refieren a él como un grito o ululato de guerra). Después la falange se pone en movimiento al son del pífano;
La lanza se cruza con la lanza, el escudo se pega al escudo;
Y el uno se apoya en el otro, el casco al casco, el hombre al hombre.
Los penachos se tocan con cimeras chispeantes
Al doblarse las cabezas, tan apretadas estás las filas.
Ondulan las lanzas, entre las manos audaces
Sacudidas. Los pensamientos son rectos, el deseo es de batalla.
La Iliada. Homero.
 
En esta imagen observamos un hoplita arquetípico de Esparta. En su escudo se identifica la lambda de Lacedemonia. Vemos la capa roja característica y el pelo largo peinado cuidadosamente antes de la batalla. Su cimera transversal nos dice que es un oficial.
Para la historiografía actual está fuera de toda duda que la figura de Licurgo es legendaria y carente de realidad histórica, dándose como un hecho seguro que la ordenación del Estado espartano, tal como se presenta hacia final del siglo VI, no fue la obra de un único legislador; más bien fue el resultado de larga lucha que la comunidad espartana mantuvo consigo misma y contra una población sometida mucho más numerosa, frente a las que la minoría de los “iguales” se encontraba en permanente “estado de sitio.” En el transcurso de sus conquistas primero de  Laconia y después de Mesenia fueron surgiendo las instituciones básicas del régimen espartano: ilotismo, ejército hoplita, reparto igualitario de las tierras, comunidad de los iguales, etc. 
La rhétra, el más antiguo documento de la historia de Grecia1 –datado entre finales del siglo VIII y principios del VII a.C.– menciona algunas de las instituciones del Estado: la diarquía, el senado y la asamblea del pueblo; pero no hace mención alguna sobre el eforado, el ejército o la agogé.

LA TÁCTICA
La escasa movilidad y visibilidad, achacables al pesado equipo del hoplita, eran compensadas por la lucha en formación cerrada. El escudo de cada soldado cubría una distancia a su izquierda más o menos igual a la que quedaba delante de él, así protegía al compañero que estaba a su izquierda tanto como a él mismo.
Las filas de guerreros se disponían en profundidad para lograr el máximo impulso  y evitar el ser flanqueados. Lo normal eran las formaciones de cuatro a ocho filas. Orden, disciplina y valor controlado eran cualidades esenciales para conseguir la cohesión de la falange. Para alcanzar este objetivo era necesario un entrenamiento conjunto y organizar las brigadas según la localidad, la consanguinidad u otro tipo de relación entre los guerreros de una misma fila, de modo que los compañeros se conociesen y ayudasen. 
El combate consistía en un avance concertado, con la defensa del escudo y lanzando golpes con la lanza o la espada. Unas filas empujaban a las otras. Cuando los guerreros de la vanguardia caían, eran pisoteados por los de la fila de atrás que pasaban a ocupar las primeras posiciones. Terminaba la batalla cuando uno de los bandos se rompía o echaba a correr. En ausencia de caballería no había persecución, dada la dificultad que suponía correr largos trechos sin desorganizar su formación tanto como los que huían.
Por lo general, los ejércitos vencedores se contentaban con la posesión del campo de batalla, despojar a los cadáveres, matar o retener para pedir rescate o vender como esclavos a los heridos y posteriormente enterrar a sus muertos. Por lo general, eran raras las pérdidas masivas, ya que sólo las filas de vanguardia estaban en peligro y la huida, que suponía caer en desgracia pública, era fácil.
Esta forma de combatir, resultó efectiva contra tropas más numerosas y bien armadas debido a la disciplina y cohesión habituales de los hoplitas; también era peligrosa y brutal cuando se embestían dos ejércitos hoplitas. Los enfrentamientos más comunes ocasionaban grandes heridas.
Sin embargo la formación hoplita era poco adecuada para el terreno quebrado y montañoso; tampoco era muy efectiva en los asedios.

LA ORGANIZACIÓN MILITAR
Todos los espartanos, en la edad comprendida entre los veinte y sesenta años, eran guerreros y asistían diariamente a los ejercicios de entrenamiento.
Después de haber tenido en sus orígenes una organización basada en su constitución tribal, el ejército fue reorganizado de acuerdo con el principio territorial.
Pasando a estar formado por cinco agrupaciones de combate llamadas lóchos
(división) una por cada una de las cinco aldeas en que se hallaba dividida Esparta.
Cada una de estas divisiones se componía de destacamentos unidos por un juramento, los llamados enomotias (enomotíai), cuyos miembros llevaban, incluso en tiempos de paz, un modo de vida en común, agrupados en la misma syssitia.
El constante ejercicio y la preparación permanente hicieron del ejército espartano un instrumento de fuerza numéricamente pequeño pero tan activo como el mundo antiguo no lo había visto más que en los ejércitos asirios. La infantería espartana era considerada como invencible, siendo raros los que conseguían detener sus ataques.

La  Agogé
A partir de los siete años de edad todos los niños, exceptuados los herederos reales, comenzaban una educación organizada por el Estado. Los niños eran encuadrados en destacamentos especiales llamados ágeles (literalmente “rebaños”), bajo el mando de un jefe, supervisados por magistrados (paidónomos) y otros jóvenes de mayor edad, los que, mediante un riguroso adiestramiento, trataban de hacer de los niños buenos guerreros. En su educación y enseñanza, el primer puesto correspondía a los ejercicios gimnásticos: lucha, carrera, lanzamiento de disco y jabalina, etc., que contribuyen al desarrollo físico de los niños. Para endurecerles, se les acostumbraba a caminar con los pies desnudos y casi sin vestidos en todas las estaciones del año, y se procuraba hacerles hábiles, ingeniosos y obedientes.
Los niños asistían ordinariamente a las comidas en común (syssitía) y a reuniones  en las que oían hablar de distintos asuntos y hazañas. La educación moral de los espartanos se ajustaba al arte militar: durante los ejercicios gimnásticos, las comidas comunes y en las campañas militares se cantaban himnos a la gloria de la patria y de los guerreros famosos.
A los catorce años, los adolescentes ingresaban en la clase de los eírenes. El rigor en la educación era reforzado. Se intensifican las privaciones e inclemencias a que venían siendo sometidos. Se les da una dieta deliberadamente insuficiente para incitarlos a robar comida, y los que eran sorprendidos recibían duros castigos para que aprendieran a mejorar sus habilidades. Acompañan a los guerreros a través del país, para acostumbrarse a la vida de campaña y a las privaciones. Los guerreros que los instruían ejercían un control casi absoluto sobre ellos, y solían aplicarles torturas físicas y mentales para endurecerlos. Además, se les enseña a expresar sus ideas y deseos de la forma más breve posible, “lacónicamente”, como correspondía a un buen soldado. 
A los veinte años, los que habían superado los grados de la agogé, obtenían el equipo completo de hoplita, ingresaban en los syssitía y pasaban a formar parte de la comunidad de los guerreros. A partir de este momento, debían, también, participar en el entrenamiento de las generaciones más jóvenes.
La educación de las niñas estaba también bajo control del Estado. Tenía por objetivo el armonioso desarrollo de las futuras madres de una prole sana. Aprendían danza, música y canto; realizaban ejercicios gimnásticos, mezcladas con los muchachos y, como ellos, se ejercitaban desnudas hecho que solía escandalizar a los observadores extranjeros. Mientras que en el resto de Grecia las mujeres vivían recluidas, en Esparta eran educadas igual que los hombres y disfrutaban de una libertad bastante grande, así como del respeto de los espartiatas. Sin embargo, al igual que en toda Grecia, las mujeres espartanas carecían de derechos políticos.

El ejército espartano era la fuerza militar de la ciudad estado de Esparta, una de las más importantes en la historia de la antigua Grecia. El ejército constituía el pilar principal del estado espartano, en el cual la primera y principal obligación de sus ciudadanos era convertirse en buenos soldados.
Sometidos al entrenamiento militar desde su infancia, los soldados espartanos eran los más disciplinados, entrenados y temidos de la antigua Grecia. En los momentos de mayor apogeo de Esparta, entre los siglos VI y IV a. C., estaba aceptado comúnmente en Grecia el hecho de que "un soldado espartano valía lo que varios hombres de cualquier otro estado".  

El ejército en la época micénica
La primera referencia que nos ha llegado sobre los espartanos en la guerra se remonta a la Ilíada, en la que se relata cómo los espartanos participaron junto con otros contingentes griegos. Al igual que el resto de ejércitos de la civilización micénica, el ejército espartano estaba compuesto principalmente por infantería, la cual iba equipada con lanzas cortas, espadas y el característico escudo griego (dyplon).
Se trata de una era en la que los relatos que tenemos nos ofrecen un tipo de guerra de carácter heroico, basada en tácticas simples que a veces suponían poco más que una carga general. La mayor parte de las bajas se producían en el momento en que uno de los dos ejércitos enfrentados huía en desbandada, momento en el que el otro ejército vencedor podía perseguirle para dar muerte a los soldados en retirada. En este tipo de guerra "heroica" descrita por Homero, el arco se veía como un arma afeminada.
Los carros de guerra eran utilizados por las élites. Sin embargo, y al contrario que sus análogos de Oriente Medio, parece que su utilización quedaba reducida al papel del transporte del guerrero al lugar de la batalla. En ese momento, el soldado bajaba del carro y luchaba a pie y, si era necesario, el soldado podía volver a tomar las riendas del carro para alejarse del combate. En cualquier caso, también existen relatos en los que los guerreros arrojan su lanza contra el enemigo en el momento previo a desmontar del carro.
Imagen del héroe y dios griego Heracles, de quien los reyes de Esparta decían descender.

Las reformas de la Época Arcaica y la expansión
La Esparta micénica, al igual que gran parte de Grecia, pronto se vio envuelta por las invasiones dorias, que finalizaron en la civilización micénica y provocaron la conocida como «Edad Oscura de Grecia». Durante esta época, Esparta (o Lacedemonia) era un mero pueblo dórico a la ribera del río Eurotas, en Laconia.
A comienzos del siglo VIII a. C., sin embargo, la sociedad espartana se transformó. Las reformas, que más tarde la leyenda acabaría atribuyendo a la figura posiblemente mítica de Licurgo, supondrían la creación de nuevas instituciones y el establecimiento de un nuevo estado espartano de corte militarista. La nueva constitución de Esparta permanecería inalterada durante los siguientes cinco siglos. 
Desde aproximadamente el año 750 a. C. Esparta se embarcaría en una expansión continua, que le llevaría en primer lugar a someter a Amiclas y otros pueblos de Laconia para más tarde, en la Primera Guerra Mesenia, conquistar el fértil territorio de Mesenia. A comienzos del siglo VII a. C. Esparta era, junto con Argos, el poder dominante en el Peloponeso. Ambas poleis se enfrentaron por la posesión de dos territorios fronterizos, Cinuria y Tirea, zonas cerealistas.  Fue en el marco de estas luchas con los argivos que Esparta adoptó el estilo hoplita de combate, aproximadamente entre los años 680 y 660 a. C.
En el siglo VI a. C., la política expansionista comportaba un cierto peligro para Esparta y frenó la evolución socio-cultural del estado espartano. Después de someter a los mesenios en el transcurso de dos guerras y de reducirlos a la condición de hilotas, los espartanos encontraron una fuerte resistencia en Arcadia, región situada al norte del estado lacedemonio. 

Establecimiento de la hegemonía espartana sobre el Peloponeso
Inevitablemente, los dos poderes dominantes en el Peloponeso, Argos y Esparta, terminarían colisionando. El enfrentamiento comenzó decantándose del lado de Argos, tras su victoria en la batalla de Hysias del año 669 a. C. Esta derrota espartana fue el desencadenante de la Segunda Guerra Mesenia, que ocupó al ejército espartano durante casi veinte años.
 A lo largo del siglo VI a. C., Esparta aseguraría su control sobre la península del Peloponeso: Arcadia fue obligada a reconocer la supremacía espartana, Argos perdió la ciudad de Cinuria cerca del 546 y sufrió un duro golpe a manos de Cleómenes I en la batalla de Sepeia del año 494. Mientras tanto, una serie de expediciones espartanas contra las tiranías sirvieron para incrementar enormemente su prestigio militar. 
A comienzos del siglo V a. C., Esparta era la potencia indiscutible del sur de Grecia, y ostentaba la hegemonía de la recién creada Liga del Peloponeso (que era más conocida para sus contemporáneos como los «lacedemonios y sus aliados»). 

Guerras contra Persia y Guerras del Peloponeso
A finales del siglo VI, Esparta era reconocida como la ciudad estado preeminente de Grecia. El rey Creso, de Lidia, firmó con ellos una alianza y, más tarde, las ciudades griegas de Asia Menor apelaron a también a Esparta en busca de ayuda en la revuelta jónica. 
En la segunda invasión persa, liderada por Jerjes I, Esparta recibió el liderazgo general de las fuerzas griegas en tierra y mar. Debido a esto, los espartanos jugaron un papel crucial en la expulsión de los invasores, principalmente en la batalla de las Termópilas y la batalla de Platea. En los hechos posteriores, sin embargo, los acuerdos del general Pausanias con los persas y la falta de interés de los espartanos en luchar muy alejados de su tierra supuso que se retiraran a una especie de aislamiento relativo, que supuso que fuese la ciudad de Atenas la que asumiese el mando en el esfuerzo contra los persas. La tendencia aislacionista de Esparta se vio fortalecida por las revueltas de algunos de sus aliados y por un gran terremoto en el año 464 a. C., al que le siguió una revuelta a gran escala de los hilotas mesenios.
Más adelante, el crecimiento de Atenas como potencia llevaría a las consiguientes fricciones entre las dos ciudades, que a su vez desembocarían en dos conflictos a gran escala, la Primera y la Segunda Guerra del Peloponeso, que devastaron Grecia. Esparta sufrió una serie de duros reveses militares en estas guerras, incluyendo el primer caso de rendición de una unidad espartana completa en la batalla de Esfacteria en 425 a. C., pero finalmente lograron la victoria gracias a la ayuda de los persas. Bajo el mando de Lisandro, la flota peloponesia (financiada con dinero persa) capturó las ciudades de la alianza ateniense y logró la decisiva victoria naval de Egospótamos que forzó a los atenienses a rendirse. La guerra dejó a Esparta en posesión de la hegemonía sobre la totalidad de Grecia. 

La corta «hegemonía espartana»
Esta situación hegemónica del estado de Esparta sobre los demás estados de Grecia no duró demasiado. Esparta había sufrido duras bajas en las Guerras del Peloponeso, y su mentalidad conservadora y en ocasiones demasiado estrecha de miras, pronto provocó la alienación de muchos de sus aliados. En concreto, la ciudad estado de Tebas se enfrentó a Esparta en varias ocasiones, minando con ello su autoridad, y la Guerra de Corinto que siguió a esos hechos llevó a la humillante Paz de Antálcidas, impuesta por Persia, que destruyó la reputación de Esparta como protectora de la independencia de las ciudades estado griegas.
Al mismo tiempo, el prestigio militar espartano sufrió un duro golpe cuando un contingente de 600 hombres fue diezmado por peltastas (tropas ligeras) dirigidas por Ifícrates. A pesar de su continuo esfuerzo militar, Esparta era incapaz de proyectar su poder por encima de la totalidad de Grecia, y sufría de escasez de recursos humanos militares que se agravaban por su negativa a reformar el ejército para solventar ese problema. La consecuencia final fue que la fuerza de Esparta se colapsó tras la desastrosa derrota ante la fuerza tebana liderada por Epaminondas en la batalla de Leuctra, en 371 a. C. La batalla supuso la pérdida de numerosos espartiatas (las tropas ciudadanas de Esparta que tenían menor rango que el hoplita), y el final de su control de Mesenia. 

Historia posterior
Después del desastre de Leuctra y el ascenso de Tebas, Esparta quedó reducida al estatus de potencia de tercer nivel, y se encerró en su aislamiento. 
Los espartanos fueron, curiosamente, el único estado griego que se negó a participar en las campañas de Alejandro Magno en Persia y, por ese motivo, cuando Alejandro envió 300 corazas persas capturadas en la batalla del Gránico, envió también el siguiente mensaje:
Alejandro, hijo de Filipo, y los griegos - excepto los espartanos - de los bárbaros que viven en Asia.

Durante la ausencia de Alejandro en Oriente el rey Agis III provocó una revuelta, pero fue derrotado. Tras la muerte de Alejandro, Esparta volvió a verse envuelta como estado independiente en muchas de las guerras del siglo III a. C. Bajo los reyes reformistas Agis IV y Cleómenes III disfrutó de un corto renacimiento y logró una serie de éxitos contra la Liga Aquea, pero terminó con su derrota en la batalla de Selasia. El último resurgimiento de Esparta tuvo lugar bajo el mando de Nabis, pero tras su derrota en la Guerra contra Nabis la ciudad fue incorporada en la Liga Aquea en 189 a. C. Esto supuso el final de Esparta como poder independiente, y más tarde quedaría sometida al gobierno de Roma, aunque manteniendo el estatus de ciudad autónoma. 

Organización del ejército
Estructura social
Los ciudadanos de Esparta (también conocidos como los «lacedemonios») estaban divididos en tres clases. La primera de ellas estaba formada por los ciudadanos plenos, conocidos como espartiatas u homoioi («iguales»), que recibían una cantidad de tierra (kleros) a cambio de su servicio militar. La segunda clase eran los periecos, no ciudadanos de condición libre, generalmente mercaderes, artesanos y marineros. Esta clase, dentro del ejército, constituía la infantería ligera y llevaba a cabo trabajos militares auxiliares. La tercera y más numerosa clase eran los hilotas, siervos propiedad del estado que eran utilizados para cultivar la tierra de los espartiatas. En el siglo V a. C., los hilotas también eran utilizados como tropas ligeras en las escaramuzas. 
Los homoioi eran el núcleo central del ejército espartano: participaban en la Asamblea espartana (Apella) y constituían la fuente de la que se nutría el ejército para formar a sus soldados hoplitas, que componían la base del ejército. Es más, los homoioi estaban obligados por ley a ser soldados y nada más, teniendo prohibido aprender o ejercitarse en cualquier otra actividad. En gran medida, la necesidad de mantener un continuo despliegue militar en la sociedad espartana suponía la obligación de mantener a un número cada vez más vasto de hilotas subyugados. 
Uno de los principales problemas de la sociedad espartana con el paso del tiempo fue la caída del número de ciudadanos con plenos derechos (oligantropía), lo cual supuso consecuentemente una caída en el número de soldados que formaban el núcleo del ejército: el número de homoioi disminuyó desde los 6.000 ciudadanos existentes en 640 a. C., hasta tan sólo 1.000 en 330 a. C. Esto supuso que los espartanos se viesen obligados a utilizar hoplitas reclutados de entre los hilotas, y que en ocasiones viesen la necesidad de otorgar la libertad a algunos de ellos, los neodamodes, y a darles tierras en las que establecerse a cambio de que cumpliesen un servicio militar. 
Por otra parte, la población de espartiatas se dividía entre distintos grupos en función de su edad. Los más jóvenes (menores de 20 años) se consideraban más débiles debido a su falta de experiencia, y a los más mayores (más de 60 años o, en épocas de crisis, de 65) sólo se les llamaba a filas en caso de emergencia, y para defender las caravanas de suministros. 

Estructura táctica
La principal fuente para el conocimiento de la organización del ejército espartano son los escritos de Jenofonte, que admiraba a los espartanos. Su obra La Constitución de los lacedemonios ofrece una visión detallada del Estado y la sociedad espartana a comienzos del siglo IV a. C. Otros autores, como Tucídides, también ofrecen información al respecto, aunque no tan confiable como la de los relatos de Jenofonte, cuya información fue obtenida de primera mano. 
Se sabe poco de la organización del ejército anterior a esa época, y existe un gran margen para la especulación. La primera forma de organización militar y social (durante el siglo VII a. C.) parece que podría haber consistido en las tres tribus (llamadas phylai y con los nombres de Pamphyloi, Hylleis y Dymanes) que aparecen en la Segunda Guerra Mesenia (685-668 a. C.). Una subdivisión posterior fue la «fraternidad» (phratra), y se tiene constancia de la existencia de 27, nueve por cada tribu. En algún momento, esta división fue reemplazada por cinco divisiones territoriales, los obai (que significa «pueblo») y que aportaban un lochos de unos 1.000 hombres cada uno. Parece ser que este sistema todavía se usaba en las guerras contra Persia, como puede inferirse de las referencias que Heródoto hace a los lochoi en su Historia. Esparta adoptó el estilo hoplita de combate aproximadamente entre los años 680 y 660 a. C. 
Los cambios que acaecieron entre las Guerras contra Persia y las Guerras del Peloponeso no se encuentran documentadas aunque, según Tucídides, en la batalla de Mantinea del año 418 a. C. había presentes 7 lochoi, cada uno de los cuales estaba dividido en cuatro pentekostyes de 128 hombres cada uno, y 16 enōmotiai de 32, dando un total de 3.584 hombres para el ejército espartano principal.  A finales de la Guerra, la estructura había evolucionado todavía más con la finalidad de combatir la escasez de soldados y para crear un sistema más flexible que permitiese a los espartanos enviar destacamentos más pequeños a campañas o guarniciones fuera de su tierra natal. Según Jenofonte, la unidad básica seguía siendo la enōmotia, con 36 hombres en tres filas de doce bajo el mando de un enomotarca (enōmotarches). Dos enōmotiai formaba un pentēkostys de 72 hombres bajo el mando de un pentēkontēr, y dos pentēkostyai se agrupaban en un lochos de 144 hombres dirigidos por un lochagos. Cuatro lochoi componían una mora de 576 hombres, la unidad táctica más grande del ejército espartano, a cuyo mando se encontraba un polemarca.  Seis morai componían el ejército espartano en campaña, a los que se añadían los skiritai y los contingentes enviados por estados aliados.
Enōmotiai

Locho

Los reyes y los hippeis
El ejército completo de Esparta era dirigido oficialmente en la batalla por los dos reyes. En un inicio, los dos reyes acudían al mismo tiempo a la batalla y dirigían las operaciones bélicas desde la vanguardia, pero a partir del siglo VI a. C. se decidió enviar sólo a uno, permaneciendo el otro en la ciudad. Al contrario que lo habitual en otros estados, la autoridad de los reyes de Esparta estaba muy limitada, y el poder real estaba en manos de cinco hombres electos, llamados éforos (ephoroi).
Por el contrario, en épocas remotas tenían la facultad de declarar la guerra a cualquier enemigo sin la oposición de ningún espartiata, pues de lo contrario dicho individuo incurriría en sacrilegio. Las prerrogativas reales en el ámbito militar debieron cambiar en la época de Heródoto, y ser exclusivas de los éforos y de la gerusía. Quizás la conducta de Cleómenes I hizo que el historiador de Halicarnaso creyera en la exclusiva autoridad de los soberanos espartanos en todo lo concerniente a la guerra, basándose en que dicho rey actuó con total independencia en el episodio de la expulsión de Aristágoras de Mileto cuando le solicitó ayuda para la revuelta jónica (499 a. C.)  El historiógrafo alemán Georg Busolt admite que en esta época un monarca pudiera ordenar personalmente expulsar a un extranjero que había acudido a Laconia demandando ayuda militar. En sentido contrario se manifiestan Tucídides y Jenofonte, para quienes la decisión era competencia de la Apella, y los éforos eran quienes trataban con los embajadores o delegaciones extranjeras. 
Por otra parte, los reyes iban acompañados por un selecto grupo de 300 hombres que componían la guardia real, y que recibían el nombre de hippeis («caballeros»). A pesar de su título, se trataba de hoplitas de infantería, al igual que todos los demás homoioi. En realidad, los espartanos no llegaron a utilizar caballería propia hasta las épocas más tardías de la Guerra del Peloponeso, cuando se añadieron pequeñas unidades de 60 hombres de caballería a cada mora
Los hippeis formaban parte de la primera mora, y eran la élite del ejército espartano. Siendo ese su estatus, se desplegaban invariablemente en el flanco derecho de la línea de batalla, puesto que era ese flanco el lugar de honor reservado para los mejores soldados. Eran seleccionados todos los años por oficiales especialmente comisionados para ello, los hippagretai, y se buscaban entre los hombres con experiencia de batalla y con hijos, de forma que su línea de sucesión continuase en caso de muerte.  Fueron los hippeis los que lucharon en una competición celebrada en 546 a. C. contra los caballeros de Argos, y fueron también los hippeis los 300 soldados que acompañaron al rey Leónidas I en su famosa batalla contra los persas en las Termópilas. 

Caballería
En 424 a. C. se creó un cuerpo de caballería compuesto por 400 jinetes, aunque eran una parte pobre dentro del ejército espartano, los caballos pertenecían a los más ricos y solo entregaban las monturas a los jinetes cuando eran movilizados para una batalla. Los jinetes eran por lo general los más débiles físicamente y eran probablemente de la clase inferior, ya que la línea de batalla para un espartiata era el lado derecho. 
La caballería lacedemonia estuvo presente en Mantinea en 418 a. C. cuando fue añadida a cada mora. Agesilao II organizó y entrenó una fuerza de caballería mercenaria compuesta por caballos tesalios mientras estuvo en Asia. 
La caballería tesalia era considerada como la mejor en aquellos tiempos. En la batalla de Lequeo de 391 a. C. el funcionamiento de la caballería espartana había sido inadecuada en el mejor de los casos. Agesilao en su campaña en Beocia en 377-376 a. C., utilizó una fuerza de 1500 jinetes mercenarios. En Leuctra, Cleómbroto II no disponía de ningún jinete mercenario y su caballería espartana fue profundamente derrotada por los tebanos.
La caballería no era una fuerza militar de gran importancia en el ejército espartano, ya que sólo un pequeño sector de la ciudadanía podía permitirse sufragar los gastos del equipo y del caballo, por lo que estos contingentes no eran muy abundantes. El papel de los caballeros sería casi exclusivamente auxiliar, dedicándose a la exploración y a la protección de las tropas de infantería, al hostigamiento a distancia o a la persecución del enemigo durante su huida. 

La infantería ligera
En el ejército espartano también luchaban, junto a los hoplitas, unidades de infantería ligera de hilotas. Ellos carecían de protecciones en sus cuerpos, utilizando armas arrojadizas, especialmente jabalinas. Su estrategia consistía en atacar por sorpresa y retirarse del campo de batalla. Las jabalinas solían medir poco más de metro y medio, rematándose con una punta metálica.
Empleada fundamentalmente para la caza. Sin embargo, los hoplitas no disponían de este tipo de armas ya que se consideraban más efectivas la lanza y la espada. Los esquiritas formaban un cuerpo de élite de infantería ligera, un loche (batallón), una parte de los 600 hombres, que servía de complemento del ejército ciudadano. Combatían en la extrema izquierda de la línea de batalla, que era el puesto más amenazado de la falange hoplítica. También había hilotas honderos en el ejército espartano. Como proyectiles se podían emplear piedras, pero habitualmente la munición eran balas en forma de bellota, realizadas en barro cocido o plomo, que recibían el nombre de glandes. 

Entrenamiento
Durante el periodo arcaico griego, de entre 700 y 600 a. C., la educación en la mayor parte de los estados griegos y con independencia del sexo se centraba en las artes. Cuando los niños eran más mayores, entonces la población masculina recibía también la correspondiente instrucción militar. Sin embargo, a partir del siglo VI a. C. en adelante, el carácter militarista del estado de Esparta se fue volviendo más pronunciado, y la educación de esta ciudad estado quedó volcada en cubrir las necesidades de la guerra. 
Tanto los niños como las niñas eran criados por las mujeres de la ciudad hasta la edad de siete años, momento el cual los niños varones (paidia) eran apartados de sus madres para agruparles juntos en los denominados agelai.
En ese momento eran educados para soportar la escasez y las situaciones más duras. Se les proveía de muy escasa comida y ropa, lo cual favorecía que intentasen robar. Por otro lado, si se les cogía robando eran castigados, pero no por el hecho de estar robando sino por no haber sido lo suficientemente buenos en ello y haber sido atrapados.
Existe una historia muy característica sobre los robos, contada por Plutarco: «Los niños convirtieron el robo en una cuestión verdaderamente seria, hasta el punto de que uno de ellos, según cuenta la historia, llevaba oculto bajo su ropa un zorro que había robado. Aguantó que el animal mordiera y arañase su cuerpo y prefirió morir por ello antes que dejar que su robo fuese descubierto».
Por otra parte, los chicos eran educados para fomentar la competición entre ellos en juegos y en combates de entrenamiento, a la vez que fortalecían el espíritu de pertenencia al grupo. En cuanto a la educación intelectual, los niños aprendían a leer y a escribir, y memorizaban las elegías de Tirteo que elogiaban el valor guerrero y la vigorosa afirmación del ideal moral de la patria espartana y de las celebraciones de la muerte por ella, todo ello en el marco de la Segunda Guerra Mesenia sobre la que escribió el poeta.  
A los doce años, los niños pasaban a ser jóvenes (meirakion). Se intensificaba su educación física, su disciplina se hacía mucho más estricta y los chicos eran abrumados con una gran cantidad de tareas. Debían andar siempre descalzos, y vestían sólo una túnica tanto en invierno como en verano. 
La mayoría de edad se alcanzaba a la edad de 18 años, y el joven adulto (eiren) comenzaba sirviendo como entrenador de los más pequeños. Al mismo tiempo, los chicos más prometedores eran seleccionados para la Krypteia. Al cumplir 20 años, los espartanos pasaban a ser elegibles para el servicio militar, y se unían a una de las mesas (sisitia), en las que estaban incluidos 15 hombres de edades diferentes.

Aquellos que eran rechazados quedaban en una forma de ciudadanía inferior, puesto que sólo los soldados podían ser homoioi. En cualquier caso, e incluso después de eso, incluso durante el matrimonio y hasta aproximadamente la edad de 30 años, pasarían la mayor parte del día en los barracones con su unidad. Los deberes del servicio militar duraban hasta los 60 años, si bien existen casos registrados de personas de más edad participando en campañas en tiempos de crisis. 
A lo largo de toda su vida adulta, los homoioi continuaban bajo un régimen de entrenamiento realmente estricto. Sobre el particular, Plutarco comenta que «...eran los únicos hombres en el mundo para los que la guerra suponía un respiro del entrenamiento para la guerra.» La valentía era la principal virtud para los espartanos: Las madres espartanas solían dar a sus hijos que partían a la guerra su escudo a la vez que decían «¡Con él o sobre él!», en el sentido de «vuelve con él, o transportado encima de él» y debido a que en la batalla, el pesado escudo de los hoplitas era el primer elemento que un soldado abandonaba cuando quería escapar. 

El ejército en campaña
Tácticas
Al igual que otros estados griegos, el ejército espartano estaba basado en la infantería, y luchaba mediante el empleo de la formación de falange. Los espartanos no introdujeron ninguna innovación táctica o cambios significativos en la guerra de soldados hoplitas. Por el contrario, su ventaja fundamental frente a otros estados se basaba en que el continuo entrenamiento y superior disciplina hacía que su falange estuviese mucho mejor cohesionada y fuese más efectiva en el campo de batalla. Utilizaban la falange al estilo clásico, en una línea única con una profundidad uniforme de entre 8 y 12 hombres. 
Cuando luchaban junto con sus aliados, los espartanos normalmente ocupaban el flanco honorario, que era el derecho. Si, como solía ocurrir, los espartanos lograban la victoria en su flanco, entonces giraban hacia la izquierda para arrollar la formación enemiga desde el flanco. 
Durante la Guerra del Peloponeso, los enfrentamientos se fueron haciendo cada vez más fluidos, y las tropas ligeras se usaban cada vez en mayor grado por lo que las tácticas fueron evolucionando para adaptarse a ese cambio. Sin embargo, en los enfrentamientos entre falanges lo que prevalecía a la hora de conseguir la victoria era la resistencia y la capacidad de empujar más que el enemigo.
La falange espartana sólo pudo ser derrotada cuando los tebanos, con Epaminondas al mando, modificaron la estructura de la falange para inventar la falange oblicua. Epaminondas, en la batalla de Leuctra, incrementó la profundidad del flanco izquierdo de su falange, que debía enfrentarse a los espartanos ubicados en el flanco derecho de la línea enemiga, y gracias a esa innovación táctica pudo arroyar a las tropas de élite enemigas antes de que su debilitado flanco derecho pudiese sucumbir. 

Marchando
Según Jenofonte, el ejército era movilizado por los éforos, y sólo tras una serie de ceremonias y sacrificios religiosos el ejército se reunía y marchaba al frente. 
El ejército marchaba precedido por el rey, con los esquiritas (skiritai) y las tropas de caballería actuando como guardia de avanzada y partidas de exploración. Las provisiones necesarias (cebada, queso, cebolla y carne en salazón) se llevaban junto con el ejército, y cada espartano iba acompañado de un sirviente hilota. Cada mora marchaba y acampaba de forma separada, y contaba con su propia caravana de aprovisionamiento. 
Por último, el ejército espartano ofrecía un sacrificio a los dioses para saber su disposición al respecto, cuando partían de Esparta y atravesaban los límites de su territorio y lo mismo hacían todas las mañanas previas a la batalla. El rey o los oficiales eran los encargados de hacerlo y, si los presagios no eran favorables, un líder podía rechazar seguir marchando o enfrentarse al enemigo.
Previamente al inicio de una campaña o de una batalla enviaban heraldos con la misión de anunciar la guerra, y que aunque no ha sido determinado stricto sensu, consistían en unos ritos: por ejemplo «la práctica de que un cordero atravesara la frontera simbolizaba la intención de las tropas agresoras de asolar el territorio enemigo y transformarlo en pasto». 

Equipamiento
Los espartanos utilizaban el mismo equipamiento típico de los hoplitas de la Antigua Grecia. Su única marca distintiva de los espartanos con respecto a sus vecinos griegos eran su túnica (chitōn'') y su manto (himatión), de color escarlata, así como el pelo largo, que los espartanos mantuvieron durante mucho más tiempo que la mayor parte de los griegos. Para los espartanos, el pelo largo mantenía su antiguo significado arcaico como símbolo del hombre libre. Por otro lado, para los griegos del siglo V, su peculiar asociación con los espartanos había llegado a hacer que tuviese el significado de simpatía política a favor de éstos.  En el siglo V a. C. y en Atenas dejarse crecer el cabello (komân) era una señal de laconismo. 
Otro símbolo espartano muy conocido, y adoptado a mediados del siglo V a. C., era la letra lambda (Λ), que hacía referencia a la región de Laconia o Lacedemonia y que iba pintada en los escudos de los espartanos. Los hoplitas espartanos a menudo son representados llevando una cresta atravesada en su casco, si bien se trata posiblemente de un símbolo utilizado para identificar a los oficiales. 
Hoplita del siglo IV a. C. Porta un casco tracio, una coraza con relieve muscular y pteruges de cuero y cnémidas. Está equipado con una lanza (dory), el xifos y el escudo hoplita (aspis). En esa época, muchas ciudades estado habían estandarizado la indumentaria y el equipamiento de sus soldados, consiguiendo con ello una apariencia más uniforme. 

En el periodo arcaico, los espartanos estaban equipados con armaduras de bronce articuladas, cnémidas para las piernas, y el casco, normalmente un casco corintio. A menudo se discute qué tipo de armadura para el torso utilizaban los espartanos durante las Guerras Persas, si es que usaron alguno, aunque parece probable que continuasen llevando corazas de bronce, aunque de un estilo algo más esculpido, o bien que hubiesen llevado el linotorax en su lugar. En la última parte del siglo V a. C., cuando la guerra se había vuelto más flexible y los enfrentamientos a gran escala entre falanges eran más raros, los griegos fueron abandonando muchas de las formas de armadura corporal utilizadas hasta entonces. Los lacedemonios también adoptaron una nueva túnica, la exomis, que podía colocarse de forma que dejase el brazo y el hombro derecho descubiertos y libres para entablar el combate.
Además, y junto con la lanza, los espartiatas también iban armados con un xifos como arma secundaria.
Los espartanos mantuvieron el sistema tradicional de la falange hoplita hasta las reformas de Cleómenes III, cuando fueron equipados con la sarissa macedonia y comenzaron a entrenarse en el estilo de la falange macedonia. 

Hoplitas de Esparta - Siglo VI a.C.
Hoplitas de Tegea - Siglo VI a.C.

Guardia Real de Esparta - Siglo V-IV a.C.

Hoplitas de Esparta - Siglo V-IV a.C.

Hoplitas Periecos - Siglo V-IV a.C.

Peltastas Hilotas

Honderos Hilotas

Caballería Espartana - Siglo IV-III a.C.

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