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viernes, 31 de enero de 2025

Capítulo 33-1, Románico en Vall de Boí

 

Románico en Vall de Boí
En este pequeño valle del Pirineo encontramos un conjunto de iglesias y ermitas excepcionales que se erige como la cuna y la máxima expresión del arte románico catalán. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2000, el conjunto del Valle de Boí lo conforman Sant Climent y Santa María de Taüll, Sant Joan de Boí, Santa Eulàlia de Erill la Vall, Sant Feliu de Barruera, la Nativitat y Sant Quirc de Durro, Santa María de Cardet y la Assumpció de Cóll. Todas las iglesias son visitables excepto Sant Quirc de Durro y la Assumpció de Cóll.
De estilo románico lombardo, las iglesias del Valle de Boí son templos funcionales y sencillos de una o tres naves, erigidos con pequeños sillares de granito. Las cubiertas son vigas de madera o bóvedas de cañón. Y es que estas iglesias son el reflejo artístico de una sociedad austera, ligada al entorno natural y fuertemente jerarquizada.
Una de sus características principales es la unidad de estilo arquitectónico. Son construcciones llevadas a cabo durante los siglos XI y XII siguiendo los modelos provenientes del norte de Italia, el románico lombardo, que se caracteriza por la funcionalidad de sus construcciones, el esmerado trabajo de la piedra, los esbeltos campanarios de torre, y la decoración exterior de arcuaciones ciegas y bandas lombardas.
Las iglesias románicas de la Vall de Boí son el reflejo artístico de una sociedad estructurada en torno a las jerarquías eclesiásticas y señoriales, personificadas en este caso en los señores de Erill y el obispado de Roda de Isábena, promotores de los templos del valle. En esta sociedad medieval, la iglesia no solo cumplía una función religiosa, sino que también desempeñaba un importante papel social, como lugar de reunión y refugio del pueblo. En el caso de la Vall de Boí, esta función social de los templos se pone de manifiesto en la utilización de sus esbeltos campanarios de torre como elementos de comunicación y vigilancia.
El interior de las iglesias estaba decorado con pinturas murales y tallas. Las figuras hieráticas (con las imágenes de la virgen y los santos y la figura dominante del Pantocrátor) y el juego de colores caracterizan unas pinturas simbólicas y de gran creatividad, que configuran uno de los hitos más altos el arte románico a nivel internacional.
Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, el conjunto románico fascinó a los intelectuales de la Renaixença. Josep Puig i Cadafalch, entre otros, e instituciones como el Instituto de Estudios Catalanes contribuyen a la revalorización y conservación del arte del Pirineo.
Actualmente una buena parte de las pinturas, tallas y mobiliario se conserva en diferentes museos catalanes, especialmente en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). Sin embargo, muchas de las iglesias cuentan con importantes fragmentos de pintura mural y esculturas románicas originales, además de reproducciones de las que se conservan en los museos. En el caso de Sant Climent de Taüll, un moderno mapping recrea los frescos originales del ábside y ofrece una experiencia inmersiva de lo que fue el momento de su creación. Asimismo, la visita al conjunto de iglesias se puede complementar con el Centro del Románico del Valle de Boí.

Historia de los frescos del valle de Bohí
A principios del siglo XX se manifestó un gran entusiasmo por estudiar y catalogar las pinturas románicas murales de las iglesias del valle de Bohí. Fueron “descubiertas” tanto por eruditos como por profanos, cuyo único interés era el puramente económico. En 1907, el Valle de Boí fue uno de los lugares visitados por la Misión Arqueológica-jurídica a la raya de Aragón, organizada por el Instituto de Estudios Catalanes, con el objetivo de proteger el patrimonio artístico catalán. El equipo estaba formado por Josep Puig i Cadafalch, Guillem Marià Brocà, Josep Gudiol, Josep M. Goday y Adolf Mas. En sus trabajos, investigan y catalogan la mayoría de las iglesias de la zona. ​
Entre 1905 y 1909 la Junta de Museos de Barcelona hizo una fiel reproducción de los frescos pirenaicos, cuya publicación dio a conocer estas obras a un mundo que, en uno u otro sentido, tuviera que ver con el arte. Se desató así el deseo de adquisición, bien para museos, bien para coleccionistas particulares y en 1919 muchos intermediarios en compra venta lograron bastantes compras, que fueron a parar la mayor parte a museos y colecciones particulares de Estados Unidos.
El caso de Tahull fue una excepción, pues el pueblo entero se negó a que salieran de sus iglesias ni frescos ni obras de arte, consiguiendo implicar en el asunto a la Mancomunidad de Cataluña y al obispado de Seo de Urgel. Finalmente, se decidió que estarían mejor guardadas en el museo de Barcelona, lejos de posibles hurtos o transacciones. Un equipo de restauradores italianos llevó a cabo la tarea de desprender las pinturas de las paredes y hacer, en algunos casos, reproducciones in situ.
Las pinturas románicas de Tahull custodiadas en el museo se hicieron desde entonces mundialmente famosas y fueron objeto de estudio por parte de grandes profesionales de Arte, lo que arrastró a un estudio sistemático de todas las demás pinturas murales de las iglesias del valle de Bohí, la mayoría de las cuales se hallan a buen recaudo, protegidas en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y en el Museo Episcopal de Vich.

Iglesia de Sant Climent de Taüll
La localidad de Taüll se sitúa al pie de la montaña denominada l’Agut d’Erill, sobre Boí. A la derecha se encuentra el valle del río de Sant Martí. El pueblo consta de dos núcleos: el principal donde está la iglesia de Santa Maria –conocido como “el Barri” o “Poblet de Santa Maria” y el segundo, en forma de calle alargada, que conduce al templo de Sant Climent, en el área conocida como la Guinsa. La primera mención al lugar de Taüll la proporciona un compromiso de repartición de posesiones fechado en 1064 entre los condes de Pallars Sobirà, Artau I y Llúcia, y los de Pallars Jussà, Ramon IV y Valença, en el que la villa –ipsa illa de taul–, junto a las de Durro, Cardet, Boí y Erill la Vall, se asigna a estos últimos.
Posteriormente, en un documento de 1064-1067, los hombres de Boí y de Erill firman un documento sacramental de fidelidad al conde Ramon IV en el que se cita explícitamente el lugar de Taüll, así como un villar, que podría tratarse de la población en el entorno de Sant Climent de Taüll: Sacramentale quod fecerunt homines (…) de Taulino et de ipso villare (…). El nombre de la villa de Taüll aparece en otros pactos posteriores entre ambos linajes pallareses como perteneciente a los condes de Pallars Jussà.
Desde finales del siglo XI los señores de Erill, que eran súbditos de los condes pallareses y vasallos del rey de Aragón, poseían la villa de Taüll y su villar, y, por lo tanto, parecen ser los responsables del impulso de la actividad edilicia en la zona. Aunque posiblemente a finales del siglo XI había tres iglesias con funciones parroquiales –Santa Maria, Sant Climent y Sant Martí–, las primeras menciones a estos templos provienen de la consagración por parte del obispo Ramón Guillem de Roda de las iglesias de Sant Climent y Santa Maria, respectivamente llevada a cabo el 10 y el 11 de diciembre de 1123. Gracias al testamento del año 1171 de Ramon Pere III de Erill y su mujer Agnès sabemos que su abuelo, Ramon Pere II (1112-1137/40), había dado una propiedad (mas) en Taüll a la orden del Hospital. Más tarde, la hija de Ramon Pere III de Erill, siguiendo un pacto, concedió a su tío Arnau II de Erill la mitad de Taüll, con sus términos y pertenencias, mientras que la otra mitad se decidió mantenerla en condominio. Cabe recordar, a este respecto, que Taüll era un lugar estratégico para la baronía de los Erill, ya que el puerto de Rus, que se podía vigilar desde la ermita de Sant Quirze, comunicaba, hacia Capdella, con otras de sus posesiones.
Tras la concordia de 1140, Taüll, pasó de la jurisdicción de Roda al obispado de Urgell. No obstante, como otras parroquias de los valles pirenaicos disfrutaba de un régimen especial autónomo, tal y como se desprende de las visitas arzobispales realizadas en 1314, 1315 y 1373. En esta última se menciona la existencia de dos vicarios en el lugar, Arnau de Perarnau y Joan de Cóll, ya que las dos iglesias –Santa Maria y Sant Climent– eran coparroquiales, y así lo seguirán siendo hasta el siglo XVIII. Es entonces cuando Santa Maria se convierte en la única parroquia de Taüll y su templo es objeto de grandes reformas: las naves laterales se transformaron en capillas, la nave central se cubrió con bóveda de cañón, se elevó una cúpula con cimborrio exterior en el transepto y el ábside de la nave de la epístola se remplazó por una sacristía. En los años 1970 durante la restauración del edificio se devolvió a este su aspecto original románico.

Arquitectura
El conjunto arquitectónico de Sant Climent de Taüll está formado por la iglesia y su esbelto campanario exento, convertido en icono del románico pirenaico. Está situado en el extremo sureste del núcleo de Taüll, en un paraje de gran belleza natural del valle de Boí. En 1931 el templo fue declarado Monumento Histórico-Artístico, y en el año 2000 Patrimonio Mundial de la UNESCO, dentro del conjunto de las iglesias del valle de Boí. Debido a la singularidad de los frescos que cubrían el ábside –hoy conservados en el Museu Nacional d’Art de Catalunya– la historiografía ha centrado su mirada especialmente en las pinturas, en detrimento del análisis arquitectónico del edificio. No obstante, aunque la atención dedicada a la arquitectura de Taüll haya sido menor, desde inicios del siglo XIX personalidades de la época, como Lluís Domènech i Montaner (1904) y Josep Puig i Cadafalch (1907), llevaron a cabo una primera aproximación a las características morfológicas del conjunto. Desde Puig i Cadafalch, la solución planimétrica adoptada en Sant Climent de Taüll –planta basilical de tres naves, con tres ábsides, separadas por arcos sobre pilares cilíndricos y techumbre de madera– ha sido objeto de debate historiográfico. Si bien el historiador catalán planteó que se trataba de una arquitectura residual y arcaica de montaña, propia de la Alta Edad Media, estudios recientes realizados por Milagros Guardia e Immaculada Lorés han llevado a cuestionar esta apreciación. La planta basilical de Taüll no debería ser interpretada como un signo de “arcaicidad”, sino más bien como una novedad local, que sigue el modelo romano de la basílica difundido en el marco de la Reforma gregoriana.
Vista lateral de Sant Climent, Taüll
Vista frontal
Cabecera

La actual iglesia de Sant Climent fue construida en los primeros años del gobierno de los señores de Erill, en tiempos del obispo de Roda de Isábena, Ramón Guillem (1104 1126), que la consagró el 10 de diciembre del año 1123.
Conservamos la prueba de la solemne consagración en una copia de una inscripción pintada en la nave de la iglesia, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Cabe pensar que las excelentes relaciones de los señores de Erill con el obispo de Roda y el rey Alfonso el Batallador, al cual apoyaron en las campañas bélicas aragonesas del primer cuarto del siglo XII, habrían favorecido la instauración de un contexto político y económico favorable para la construcción de los templos de Sant Climent y Santa Maria de Taüll.
Las diversas campañas restauración de las pinturas efectuadas en los años 2000, 2001 y 2013, así como la excavación arqueológica realizada en el ábside de la iglesia en el 2010, todas ellas bajo la supervisión de la Direcció General del Patrimoni de la Generalitat de Catalunya, han permitido avanzar en el conocimiento arquitectónico del edificio y su secuencia constructiva. Históricamente, se ha venido considerando que la iglesia consagrada en 1123 reemplazó a un templo precedente, construido en el último cuarto del siglo XI (catalunya romànica, 1984-1998, XVI, pp. 240-243; Lorés i Otzet, I., 2019; Guardia Pons, m. y Lorés i Otzet, i., 2020), del cual se aprovecharon todos los muros perimetrales, salvo la fachada occidental. Esta afirmación ha sido puesta en duda en los últimos años por Eduard Riu-Barrera (riu-barrera, E. y Tarrida su Granyes, E., 2014), para quien la diferencia visible en el aparejo de los muros debe achacarse a un primer proyecto interrumpido, un cambio en la ejecución del edificio, pero en ningún caso a la existencia de un templo preceden te. Esta hipótesis se basa en la excavación arqueológica del año 2010, la cual puso de manifiesto una plena continuidad constructiva entre los cimientos y la elevación del muro del ábside, y que tan solo hay vestigios de un pavimento en uso, plenamente asociados por estratigrafía al muro absidal. El mismo autor sostiene que entre la edificación (un solo proceso con relativo cambio durante la ejecución de proyecto) y la consagración del 1123, vinculada a los frescos conservados en Taüll, existió un cierto lapso de tiempo, y, por tanto, sitúa la arquitectura en pie en el último tercio o cuarto del siglo XI. Por el contrario, para Milagros Guardia e Immaculada Lorés existió un templo precedente, construido en el último cuarto del siglo XI, que fue reemplazado por el actual.
En cualquier caso, se trate bien de un templo precedente, bien de un primer proyecto interrumpido, las dos secuencias constructivas son fácilmente apreciables en un análisis visual de la estereotomía de la construcción. Así, en la parte inferior de las fachadas norte, sur y este, encontramos un tipo de apa rejo formado por piedras poco trabajadas, de forma irregular y litologías diversas. Por encima de este nivel, en cambio, se observa una clara voluntad de homogeneizar el muro median te otro tipo de aparejo, que corresponde a la fábrica consagrada en 1123: sillarejo de granito tallado en forma rectangular y dispuesto en hiladas. En general, los muros de la iglesia presentan sillarejo de rocas graníticas unido por morteros de cal y arena. También se encuentran otros tipos de materiales como cuarcita y pórfido. Por otra parte, los escasos restos ornamentales localizados en los arcos ciegos del campanario y el ábside están tallados con piedra de travertino.
La convivencia entre estos dos modos constructivos se hace especialmente evidente en la cabecera. Desde el actual nivel del suelo hasta una altura de 2,5 m, se sitúan tres ventanas abocinadas correspondientes a un primer impulso edilicio. Una ventana en arco de doble punto y doble derrame marca el arranque de la nueva construcción. A partir de este nivel, el aparejo está formado a base de sillarejo de tamaño medio, desbastado con esmero y articulado en hiladas más regulares que las correspondientes al estadio inferior. Los paramentos de los absidiolos también muestran dos tipos diferentes de construcción, el de la posible iglesia primitiva y el de la actual.
En la cabecera se aprecia también la decoración paramental característica del primer románico (a base de la habitual combinación de arquillos ciegos esculpidos en piedra toba y lesenas) que se dispone con esmero en los tres ábsides. En el ábside central y el absidiolo sur, una pieza troncopiramidal de piedra toba corona las semicolumnas y recibe las arcuaciones superiores en el lugar de la correspondiente ménsula. Esta pieza tiene las características formales de un capitel y conserva una decoración muy sencilla a base de volutas y grandes hojas. Por debajo del alero del tejado de los tres ábsides, discurre el característico friso de dientes de sierra.                                                        
                                                                        El campanario
Detalle de la fachada norte, con restos de decoración pictórica
 

En el interior, el edificio destila una gran armonía y equilibrio de volúmenes, de manera que resultan imperceptibles las irregularidades de su planta: los tres ábsides que rematan la estructura basilical no están alineados y los muros laterales de las naves no están dispuestos de forma paralela. Además, la fachada occidental no es perpendicular a los muros de cierre Alzado este Sección transversal laterales de la iglesia ni a las hiladas de soporte de separación de las naves. Sin embargo, estas irregularidades planimétricas fueron minimizadas mediante diversos elementos –pilares circulares y arcos presbiterales– que minimizan la percepción de asimetría.
Planta
Nave
 

Las tres naves están separadas por cuatro arcos formeros que descansan sobre tres pilares cilíndricos a cada lado, en pilastras en el muro occidental y en los pilares de separación del ábside en el este. Los pilares cilíndricos confieren una gran sobriedad al edificio. Los correspondientes al lado de la epístola no tienen ninguna base visible, sino que arrancan directamente del pavimento. Por el contrario, los del lado del evangelio apoyan sobre un zócalo cilíndrico que a su vez monta sobre una base cuadrada. Esta diferencia en el soporte probablemente cabe achacarla a la necesidad de reforzar los cimientos de los pilares del lado del evangelio, debido a la pendiente del terreno.
El recurso de la planta basilical cubierta por una techumbre de madera –sin precedentes en el panorama de la arquitectura románica de los Pirineos– no debe ser interpretado como un signo de arcaicidad como sugirió Puig i Cadafalch, sino como una clara manifestación de la adhesión a la Re forma gregoriana por parte del obispo Ramón de Roda. Las convicciones reformistas del obispo de Roda y las relaciones con el papado podrían ser la causa del tipo basilical adopta do en la iglesia de Taüll (Lorés i Otzet, I., 2019), siguiendo el prestigioso modelo de las grandes basílicas constantinianas del siglo iv. En los Pirineos, esta solución tan solo cuenta con el antecedente de la catedral de Jaca, construida en el último cuarto del siglo XI, en un contexto claramente reformista.
Posteriormente, el recurso de los pilares cilíndricos como medio de separación de las naves será utilizado en diversas iglesias del valle de Aran, como Santa Maria de Arties, Santa Eulària de Unha y la Assumpció de Bossòst.
El espacio interior se ilumina mediante el ventanal ya mencionado del ábside central, flanqueado por dos óculos, y también gracias a dos ventanas en arco de medio punto, de tamaño relativamente modesto y de doble derrame, situadas en los absidiolos. Encontramos una ventana en el muro sur del templo y otras tres en el hastial occidental. Aquí se halla el ingreso principal a la iglesia, así como los vestigios de un pórtico adosado que debía de ocupar toda la fachada. La puerta principal, en la fachada occidental, probablemente estaba coronada con un relieve esculpido que acoge el monograma de Cristo, hoy conservado en el interior de la iglesia. A lo largo del muro sur se abren otras tres puertas, dos tapiadas y una tercera que comunica la iglesia con la base del campanario.
La potencia de la torre campanario, de 23,32 m de al tura, proporciona una gran monumentalidad al edificio. Actualmente, se accede a ella directamente desde el interior de la iglesia, por una puerta situada al lado del absidiolo sur. La construcción se eleva sobre una planta de 4,31 x 4,61 m. Presenta un zócalo ciego sobre el cual se alzan los seis niveles con ventanales. En el primero hay una ventana en arco de medio punto; bíforas en el segundo, cuarto, quinto y sexto; y una trifora en el tercero. Las aberturas están separadas por un fuste prismático de piedra toba con capitel mensuliforme. En cada nivel hay una franja con cinco arcos ciegos que sobresalen ligeramente respecto del plano de la fachada. El campanario sigue la tipología difundida en los condados catalanes desde finales del siglo XI, como atestiguan los de Vic, Girona o Cuixà.
Por último, conviene subrayar que la torre conserva vestigios de la decoración pictórica exterior, consistente en un revoque de cal sobre el cual se pintaron sencillos motivos geométricos de color rojo y ocre.
Nave colateral sur
 
Pinturas murales
La decoración pictórica mural que cubría originalmente la iglesia de Sant Climent de Taüll se encuentra actual mente repartida entre el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC 15966-CJT) y algunos restos in situ. En el primero se conservan mayormente las pinturas del ábside central y su arco triunfal, así como las del ábside lateral norte. Como tantos ejemplos de la pintura románica pirenaica, el conjunto llegó hasta nosotros en estado fragmentario y despertó a inicios del siglo XX el interés del arquitecto, político y erudito catalán Lluís Domènech i Montaner, que visitó la iglesia el 11 de octubre de 1904. A él debemos la primera fotografía de las pinturas del ábside central, todavía medio escondidas detrás de los pináculos de un retablo del gótico tardío de la primera mitad del siglo XVI, así como una minuciosa descripción iconográfica de las partes que no estaban encaladas: el Agnus Dei de la bóveda del arco triunfal, la Dextera Domini de la bóveda del presbiterio, así como la Maiestas Domini del cascarón y los apóstoles del hemiciclo absidial. En su visita, Domènech in tuye también la existencia de más pinturas bajo las capas de cal existentes tanto en la capilla central como en los ábsides laterales, comenta el marco románico del frontal repintado del altar mayor y dibuja y transcribe –con errores– el célebre epígrafe conmemorativo de la consagración de la iglesia (10 de diciembre de 1123), que originalmente se situaba en la primera columna norte de la nave central.
Posteriormente, la misión arqueológica organizada en 1907 por el Institut d’Estudis Catalans (IEC) a la Vall d’Aran y a la Alta Ribagorça, constituida por Josep Puig i Cadafalch, Guillem Mª de Brocà i Montagut, Josep Gudiol i Cunill, Jo sep Goday i Casals y el fotógrafo Adolf Mas se encargó de recoger, de manera exhaustiva, la información y los testimonios artísticos que quedaban todavía en la iglesia. Este trabajo de campo está principalmente documentado en el cuaderno de notas de mosén Gudiol i Cunill que se con serva en el Arxiu-Biblioteca Episcopal de Vic, en el cual se transcribe, de forma minuciosa (cap. XVII, pp. 22b-25b), la inscripción conmemorativa de la columna, la iconografía del ábside central con sus epígrafes, así como diferentes elementos del mobiliario litúrgico. El éxito de la expedición llevó a Puig i Cadafalch a solicitar, como presidente de la Junta de Museus, por medio de un breve informe, la declaración de la iglesia de Sant Climent de Taüll como monumento nacional, algo que, sin embargo, no se produjo hasta muchos años más tarde: el 3 de junio de 1931. En este contexto de redescubrimiento y valorización del románico, en 1908, por encargo de la Junta de Museus, el pintor Joan Vallhonrat llevó a cabo una copia en acuarela del conjunto mural del ábside central (130 x 130 cm), así como de la Virgen con el cáliz (130 x 77 cm) (MNAC 63862 y 63865). Su objetivo era el de servir de ilustración –junto a otras fotografías, planos y calcos– de la iglesia de Sant Climent de Taüll en el tercer fascículo de la serie Les pintures murals catalanes del IEC, publicado por Josep Pijoan en 1911.
Conjunto pictórico del ábside central (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15966). Foto: © Museu Nacional d’Art de Catalunya
 

Años más tarde, con el fin de frenar la operación de la venta en el extranjero de las pinturas del Pirineo, iniciada con la compra y exportación de Santa Maria de Mur, la Junta de Museus adquirió, entre otras, las pinturas de Sant Climent de Taüll y ordenó en 1920 su arranque por parte de Franco Steffanoni. En esta primera fase, en la que se arrancó principalmente la decoración del ábside central por la técnica del strappo, se produjo un incidente con los vecinos, que destrozaron la tela ya arrancada con la inscripción conmemorativa.
No obstante, en 1923, Arturo Cividini pudo rehacerla en el museo a partir de los trozos recuperados y el calco que se había hecho durante la misión de 1907. En la segunda fase de los arranques, durante el invierno de 1922, Arturo Cividini y Arturo Dalmati removieron mediante la técnica del stacco las pinturas del absidiolo norte de Sant Climent. Las pinturas del ábside central, una vez traspasadas a tela, fueron instala das y expuestas, por primera vez, en 1922, en el denominado Museu d’Art i Arqueologia de la Ciudadela de Barcelona, pa ra mostrar las adquisiciones del trienio de 1919-1922. Dicha presentación, que fue inaugurada oficialmente en 1924 (sala VII), se caracterizaba por integrar en la estructura absidal tan solo los murales del cascarón y del hemiciclo y repartir en fragmentos esparcidos por la sala otras escenas y decoraciones del primitivo conjunto, como las del pobre Lázaro, el Agnus Dei, la inscripción y los arcángeles del absidiolo norte. Muy pronto, las pinturas adquirieron notoriedad en una serie de publicaciones científicas y fueron, asimismo, motivo de inspiración de los movimientos de vanguardia, como se pue de ver en la serie de pinturas realizadas a finales de la década de 1920 por el artista surrealista Francis Picabia (1879-1953). En 1934, el ábside fue instalado en la sala VIII del Palau Nacional de Montjuïc, sede del antiguo Museo de Arte de Cataluña, junto a otros fragmentos que se repartían entre dicho espacio y la sala IX.
La gran remodelación museográfica de la presentación de las pinturas va a producirse en 1973, bajo la dirección de Joan Ainaud de Lasarte, en el entonces Museu d’Art de Catalunya. En ella, se evoca, por primera vez, el espacio arquitectónico del monumento, con la instalación de la estructura completa del ábside central, así como una simulación de la nave central a través de una serie de arcos sobre pilares em bebidos en las paredes laterales de la sala. Se incorporaron entonces al ábside una serie de fragmentos como la Dextera Domini, en el arco presbiterial; el Agnus Dei, los ángeles y el pobre Lázaro, en el intradós del arco triunfal; la figura que suena un olifante, en la enjuta izquierda del arco triunfal; y la inscripción en el primer pilar encastrado de la pared izquierda de la sala. Posteriormente, en la reforma integral llevada a cabo por Gae Aulenti y Enric Steegmann, que se inauguró en 1995, la iglesia de Sant Climent se reproduce casi integral mente en su arquitectura en el ámbito V de la sala de románico. Así, junto al ábside central, se montan, por primera vez, las pinturas del ábside norte, se reconstruye la hilada de arcos y columnas del lado norte y se exponen asimismo en paneles colgados en la pared diversos elementos de pintura mural. Uno de ellos, que figura la representación de Caín pensativo, ha sido recientemente integrado en el museo (2023) en el lugar que le corresponde: el lado izquierdo de la bóveda del presbiterio (o arco preabsidal).
Por lo que respecta a la situación de los restos de las pinturas originales en la iglesia, con motivo de la restauración del templo por parte del arquitecto Alejandro Ferrant (1959 1961) se llevaron a cabo varias acciones. En primer lugar, se encargó una reproducción monumental de las pinturas de la concha absidal a Ramon Millet (1959), que fue colocada in situ en 1961. En segundo lugar, en previsión de dicha instalación, en 1960 Ramon Gudiol realizó diversos arranques en las partes bajas de la capilla mayor, que incluyeron la decoración del intradós de la ventana central de la parte inferior del ábside de la primera iglesia, que había sido tapiada durante la construcción del nuevo templo. Esta operación de nuevos arranques se continuó en 1961 a petición de Joan Ainaud de Lasarte, que logró recuperar la ya mencionada figura con el olifante de la enjuta izquierda del intradós del arco triunfal. Todos estos nuevos fragmentos pictóricos fueron trasladados al museo e integrados en la presentación de Ainaud en 1972 1973. No obstante, in situ quedaron otras pinturas descubiertas en esa misma campaña, como el frontis del absidiolo norte, las representaciones de los santos Clemente y Cornelio en el intradós del arco triunfal, así como el apostolado del muro norte (san Pedro). No será, sin embargo, hasta las campañas de restauración de los años 2000 y 2001 que se ponen en valor estas pinturas in situ y se descubren nuevos fragmentos: en el intradós del arco triunfal, aparecen las manos y cabezas de los ángeles que sostenían el clípeo con el Agnus Dei, así como la escena con el banquete del mal rico (lado sur); y, en la bóveda del arco presbiterial, se recuperan las figuras de Caín y Abel realizando su ofrenda a ambos lados de la Dextera Domini, en un primer registro, así como el asesinato de Abel (lado sur). Asimismo, en la enjuta derecha del arco triunfal, aparece otra figura haciendo sonar un cuerno, que hace pendant con el que había sido arrancado para el museo, en el la do izquierdo, a inicios de los años 1960, así como vestigios de figuras de animales. Posteriormente, en 2013, con motivo del desmantelamiento de la reproducción de Millet, se llevó a cabo, dentro del programa Romànic Obert, la restauración y el estudio de los restos pictóricos del ábside por parte de Mercè Marquès, bajo la dirección del Centre de Restauració de Béns Mobles de Catalunya (CRBMC). Dicho trabajo permitió determinar la localización exacta de los fragmentos arrancados en el pasado, así como las distintas fases pictóricas del monumento, desde capas previas (pinturas de sillares pintados) a dibujos preparatorios (Santiago el Mayor). El objetivo principal de este proyecto era revalorizar la capilla mayor del edificio para proyectar en ella un mapping que pudiese recrear virtualmente las pinturas originales del edificio, el cual fue realizado por Eloi Maduell y Albert Burzon. Dicha proyección, que fue inaugurada el 23 de noviembre de 2013, se ha convertido en uno de los mayores atractivos turísticos de la iglesia y ha contribuido a dar todavía mayor notoriedad al conjunto mural de Sant Climent de Taüll, sin duda el más internacionalmente conocido del románico catalán.
La comprensión de la decoración pictórica de la iglesia y sus fases es compleja y controvertida, ya que la historiografía reconoce dos y hasta tres momentos decorativos. La primera corresponde a la policromía del primer edificio, que consistía en un encintado de líneas blancas, que, a finales del siglo xi se completa con una decoración vegetal en el intradós de las ventanas del ábside central y los óculos, visibles tanto in situ, tras la restauración de 2013, como en la pintura arrancada de la ventana central que se conserva en el MNAC. En la construcción de la segunda iglesia, que aprovecha la estructura de la primera y la alarga en longitud y altura, se van a tapiar estos vanos para proceder a un segundo encintado, sobre el cual trabajará en el ábside central y su hastial el denominado maestro de Sant Climent de Taüll. Un segundo pintor, que la historiografía ha reconocido como el maestro del Juicio Final o tercer maestro de Santa Maria de Taüll se ocuparía de los ábsides laterales y sus hastiales, si bien no existe acuerdo sobre si trabajó contemporáneamente con el maestro de Sant Climent o lo hizo años más tarde.
La pintura se extendía, así, originalmente por toda la superficie de las paredes de los tres ábsides y sus frontispicios. No obstante, hasta nosotros solo han llegado, de manera fragmentaria, la decoración del ábside central y del absidiolo norte. La capilla mayor, como es habitual en la pintura románica catalana, se organiza en un estructurado programa iconográfico dispuesto en tres registros.
La concha absidal está presidida por una monumental Maiestas Domini, en la que un Cristo con el nimbo crucífero, situado dentro de una mandorla de fondo azulado, aparece rodeado de los cuatro vivientes del Apocalipsis. Jesús bendice con su mano derecha mientras sostiene con la izquierda un libro abierto, apoyado sobre la rodilla, en el que se lee un versículo tomado del evangelio de Juan: eGo/ svm/ lux/ mvndi (Jn 8, 12) (“Yo soy la luz del mundo”). Esta cita joánica se completa, a ambos lados del rostro de Cristo, a partir de las letras alfa y omega que penden de unos hilos, en alusión al capítulo inicial del Apocalipsis: “Yo soy el Alfa y la Omega” (Ap 1, 8). Siguiendo la iconografía carolingia que recoge la imagen veterotestamentaria de Isaías 66, 1 –“Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies”–, la figura cristológica está sedente sobre un segmento semicircular evocador del ar co iris –que aquí aparece decorado con palmetas– y apoya sus pies sobre un escabel formado por un círculo ornamentado con elementos florales que alude a la tierra.
Los cuatro vivientes se despliegan, a ambos lados de la mandorla de gloria, en forma de cuatro figuras aladas que portan los símbolos de los evangelistas. El grupo se dispone sobre un fondo de bandas que, de arriba abajo, son de color negro, amarillo y azul. Las figuras, si seguimos la información que proporciona la acuarela de Vallhonrat (1908), estaban todas ellas acompañadas de tituli identificativos que, por estar realizados a secco, con la técnica al temple, posiblemente perdieron durante el arranque y traspaso a tela alguna o la totalidad de sus letras. En la parte superior, a la izquierda, se sitúa el ángel de Mateo sosteniendo un libro, mientras que, a la derecha, el ángel de Juan lleva con sus manos veladas el águila. En la reproducción de Vallhonrat, el evangelista se acompañaba del epígrafe en blanco s(anctus)/ mat/evs, actual mente perdido, mientras que junto a Juan se leía s(anctus)/ i /o(h)/a(n)/ne/s, si bien ahora solo se conservan las letras de la última parte de la inscripción: o/a/n/es. Por otra parte, tal y como han señalado Milagros Guardia e Immaculada Lorés, durante el montaje en el museo el encaje de los dos vivientes en la composición se alteró ligeramente, pues originalmente las figuras tocaban tanto la mandorla como el arco absidal y no estaban, por lo tanto, separadas de ambos márgenes, como se presentan desde 1922. En la parte inferior, el resto del tetramorfos –Marcos y Lucas– se alberga en una original composición diagramática formada por cuatro ruedas –dos a cada lado de la mandorla que se interseccionan–, en una clara evocación del veterotestamentario carro de Yahvé de la visión de Ezequiel (1, 15-21). A la izquierda, la figura alada de Marcos –s(anctus) marchv[s] e(van)G(elista)– agarra una de las patas traseras del león, mientras que, a la derecha, la figura alada de Lucas –s(anctus) lucha[s] e(van)G(elista)– coge al toro de la cola. Ambos animales sostienen con sus cuartos delanteros un rollo (Marcos) y un libro (Lucas), y su cuerpo está cubierto de ojos en alusión a Apocalipsis 4, 8: “Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor”.
La imagen de la majestad de Cristo con los vivientes es una muestra de la complejidad iconográfica del ábside de Sant Climent que ejemplifica lo que Yves Christe definió como una visión sintética de una teofanía románica, en la que la imagen apocalíptica aúna en sí misma diversos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ello, aunque se ha querido buscar como origen de dicha composición la tradición iluminada altomedieval que incluye los símbolos de los cuatro evangelistas en círculos –Evangeliario de Gundohinus (754), Evangeliario de Lorsch (815), Codex de Gero (950 970), Biblia de León (960), Beato de Girona (978)–, sus paralelos más obvios están en la tradición diagramática de los scriptoria de Ripoll y Cuixà de los siglos XI y XII. De hecho, el maestro de Sant Climent presenta conscientemente una visión sintética heredera de esta tradición catalana en la que la mandorla del Cristo del Apocalipsis parece estar impulsada por cuatro ruedas, las cuales, además, se interseccionan, tal y como se veía en la representación del carro de Yahvé de la visión de Ezequiel (1, 15-21) de la Biblia de Ripoll (Vat. Lat. 5729, f. 208v). Esa misma cultura diagramática se hace igual mente explícita en el Evangeliario de Cuixà (ca. 1120-1130) (Perpiñán, Bibl. Munic., Ms. I, f. 3), en la que en medio de una serie de círculos concéntricos el Cordero apocalíptico preside la escena rodeado de los bustos de los evangelistas y sus símbolos en clípeos.
A ambos lados del Cristo en majestad se disponen, en los extremos del cascarón del ábside, con sus cuerpos cubiertos de ojos, un serafín, a la izquierda, y un querubín, a la derecha. Ambos están acompañados, respectivamente, de sendas inscripciones –s/e/r/a/P/h/i/[n] y s(anctvs)/ c[hervbin]– que se corresponden con la información que proporciona la acuarela realizada por Vallhonrat en 1908, donde la palabra querubín estaba, sin embargo, más completa que en la actualidad: cherv.
Tal y como ha señalado Montserrat Pagès, junto al querubín de la derecha existe una segunda inscripción semiborrada –se ra– que no corresponde con la pintura original, pues fue añadida durante el montaje de las pinturas en el museo, en el que se agregó este trozo de tela para hacer encajar la composición a la estructura del ábside. Los serafines y los querubines son seres angélicos hexápteros, con su cuerpo cubierto de ojos, que, según la Jerarquía celeste de Dionisio Aeropagita (siglos V-VI) pertenecen al grupo más cercano a Dios: mientras que los primeros se encargan de alabar a la divinidad, los segundos son los guardianes del trono. En la iconografía cristiana su representación suele ser idéntica, de manera que solo se distinguen a través del tituli que los acompaña. Su situación junto a la Maiestas Domini en Sant Climent fue puesta por Marcel Durliat en relación con tres placas marmóreas del deambulatorio de Saint-Sernin de Toulouse atribuidas a Bernardo Gilduino (ca. 1096), en las que se representa igualmente a Cristo en majestad acompañado del tetramorfos (placa central) entre un querubín (izquierda) y un serafín (derecha). Tal y como han señalado diversos autores, el hecho de que en Taüll su posición esté invertida con respecto al ejemplo tolosano obedece a respetar la jerarquía que les corresponde a los serafines, pues estos pertenecen a la categoría más próxima a la divinidad y, por lo tanto, han de estar a su de recha. Por otra parte, su inclusión en la visión teofánica se justifica, como ha demostrado Marcello Angheben, por el contenido litúrgico y eucarístico de los programas iconográficos de los ábsides pintados catalanes, en los que mediante estas figuras angélicas se alude a las palabras de alabanza y compromiso de alianza con el Señor que se pronuncian tanto en los ritos iniciales del ordinario de la misa como en la plegaría eucarística. De ahí, el tremendo éxito que esta iconografía absidal tuvo en el ámbito pirenaico del siglo xii, como se ve en los ejemplos de Sant Maria de Taüll, Sant Pau de Esterri de Cardós, Santa Eulàlia de Estaon, Sant Pere de Montgauch, Santa Maria de Arles de Tec, Santa Maria de Vals, Sant Serni de Baiasca y San Juan Bautista de Ruesta.
Debajo de la teofanía, en el semicilindro absidal, a ambos lados de la ventana axial, se sitúa el colegio apostólico con María, acompañado de inscripciones. De izquierda a derecha, se figura a: santo Tomás –[to]mas–, san Bartolomé –s(anctvs) bartolomee–, santa María –s(ancta) maria–, san Juan –s(anctvs) ioanes–, Santiago el Mayor –s(anctvs) iacho be– y san Felipe –s(anctvs) Fi[liPvs] –. El registro apostólico con los ocho personajes se completaba en la pared del tramo recto del presbiterio con otros seis, tres a cado lado, de los cuales se ha conservado en el extremo izquierdo la figura de san Pedro –s(anctvs) Petrvs–, que seguramente hacía pendant con la de san Pablo, en el lado derecho.
La inclusión y centralidad de María, en medio del colegio apostólico, junto a san Juan Evangelista, cubierta con maphorion y portando, con la mano velada, un recipiente de connotaciones eucarísticas del que salen rayos rojos –en este caso una patena– es una constante en los programas icono gráficos absidales catalanes. Su precedente está en Sant Pere del Burgal (Pallars Sobirà), donde María llevando un cáliz se sitúa, sin embargo, junto a san Juan Bautista, en una perfecta Déesis. El tema de la Virgen con el cáliz se repite hasta la saciedad en los ejemplos pirenaicos de Santa Eulàlia de Estaon, Santa Maria de Ginestarre, Santa Eugènia de Argolell, Santa Coloma de Andorra y Sant Cristòfol de Anyós, entre otros. En el caso de Taüll, se trataría, sin duda, de una derivación de la personificación de María como Iglesia, que recoge la sangre de Cristo, en las escenas carolingias y otonianas de la Crucifixión y que, descontextualizada, aparece después integrada en programas apocalípticos.
Algunos de los apóstoles están diferenciados por sus rasgos físicos y atributos, como en el caso de Juan, que lleva un hermoso libro cubierto de pedrería que sostiene, también con la mano velada, y que hace alusión a su carácter de autor de uno de los evangelios y del Apocalipsis. No menos interesante es el caso de Santiago el Mayor, pues este se sitúa a la izquierda de Juan Evangelista, pues ambos eran, según el texto bíblico hijos de María Salomé y, por lo tanto, hermanos. En su re presentación se ha seguido la iconografía jacobea del período strictu sensu que remarcaba su parentesco con Cristo –pues eran primos– a través de un rostro claramente cristomimético que recuerda, no por casualidad, el de la de la Maiestas Domini del ábside. El maestro de Taüll prestó, además, especial atención a los atributos e indumentaria de Santiago el Mayor que no solo lleva un libro –como si fuese autor de alguno de los libros de la Biblia–, sino que viste, debajo de la casulla, una suntuosa dalmática decorada con círculos sobre fondos rojos que recuerda a las ropas litúrgicas de sedas damasquinadas que utilizaban los obispos del momento. Se trata, probablemente, de una consciente confusión que aparece en los textos de la época relacionados con el auge de la Iglesia compostelana, en el que se busca dotar a Santiago el Mayor de los atributos de Santiago el Justo o Adelphotheos –el hermano de Jesús–, que fue el primer obispo de Jerusalén y autor de las Epístolas de Santiago en el Nuevo Testamento, las cuales pasaron a atribuirse entonces a Santiago el Mayor, como se recoge en el Liber sancti Iacobi (I, 2).
Tal y como señaló Serafín Moralejo, existen ejemplos de esta apropiación iconográfica en el arte languedociano, concreta mente, en la lastra de Santiago el Mayor en el pilar nororiental del claustro de San Pedro de Moissac (1085-1100).
El apostolado se alberga en una estructura pintada con arcos que busca subrayar la suntuosidad de la arquitectura a través de la figuración de una serie de motivos, como las piedras de las enjutas en las arcuaciones y las diferentes texturas marmóreas de fustes y caprichosos capiteles y cimacios. Se trata, sin duda, de una evocación de la descripción de las murallas de la Jerusalén celestial en el Apocalipsis, con sus doce puertas y los nombres de los doce apóstoles (Ap. 21, 12-14), la cual no necesita del Sol y la Luna, pues estará iluminada por el Cordero de Dios (Ap. 22, 3-5), como se hace explícito en el arco del presbiterio a través de la representación del Agnus Dei cubierto de ojos.
Para separar el registro intermedio del zócalo, como es habitual en la pintura románica catalana, se coloca una greca que se conserva actualmente muy deteriorada. Bajo ella, se situaba una simulación de cortinajes colgados de la que apenas quedan restos.
El programa se completa tanto en los arcos de la capilla mayor como en su frente con una serie de imágenes que acentuaban la visión de la divinidad, la tipología entre en Antiguo y el Nuevo Testamento, así como el sentido eclesiológico del programa iconográfico. En el arco presbiterial (o interior), en el centro, la Dextera Domini, bendecía la ofrenda de Abel (lado izquierdo), que todavía se distingue en las pinturas in situ, mientras que de la representación de Caín (lado derecho) solo se conserva la parte inferior de la túnica. Bajo este último, se sitúa la escena del asesinato de Abel (abel), en el que Caín lo sujeta por los cabellos en el momento en que le da un hachazo en la cabeza. Del otro lado, se ubicaba la escena de Caín iratus –conservada en el MNAC–, en la que este se representa sedente y lujosamente vestido, con su la mano derecha apoyada en la mejilla en gesto de melancolía. Para Milagros Guardia, la imagen ejemplifica el momento en que Caín está indignado y con el rostro abatido (Gen 4, 6), al haberle Yahvé rechaza do su ofrenda. El motivo del Caín iratus, que aparece también en los ciclos pictóricos catalanes de Ginestarre de Cardós y Sant Andreu de Baltarga –en estos casos, con tituli identificativos del personaje–, tiene su mejor paralelo en los mosaicos de San Marcos de Venecia. Según Guardia, se trataría de una derivación del repertorio de los Octateucos griegos (Vat. Gr. 747, f. 26r) que, sin embargo, representaban a Caín abatido en el momento de la reprobación de Yahvé tras la muerte de Abel (Gen 4, 9-15), tal y como se ve, por ejemplo, en la Biblia de Ripoll (ca. 1027-1032) (Vat. Lat. 5729, f. 6r).
En el arco más externo (triunfal), se sitúa el Cordero de los siete ojos del Apocalipsis (Ap 5, 6), que, coronado con un nimbo crucífero, sobrepasa el marco del clípeo que lo alberga. Cuatro ángeles, conservados entre la instalación del mu seo y los restos in situ, sostenían el medallón del Agnus Dei, una imagen que, por su temática y situación en la embocadura del ábside, lugar del sacrificio de la misa, hacía referencia al sacramento eucarístico y a la victoria del Cristo sobre la muerte. En el extremo inferior del arco se despliegan dos escenas de la parábola neotestamentaria del rico malo y el pobre Lázaro (Lc. 16,19-31). A la derecha, y conservada in situ, está la representación del lujoso banquete del rico, mientras que, a la izquierda, en la instalación del museo, se figura un semidesnudo Lázaro –lacha[rvs]–, medio reclinado sobre un bastón ante la puerta y con el cuerpo cubierto de llagas que un perro le lame. Evidentemente, la colocación de esta temática junto a la historia de Caín y Abel buscaba denunciar, siguiendo los ideales de la Reforma gregoriana, los pecados del orgullo, de la avaricia y de la gula: si Caín, al ofrecer las gavillas en mal estado, ejemplificaba al mal agricultor que no daba el mejor diezmo de sus frutos a la Iglesia, la parábola se convertía en una diatriba a la acumulación de riqueza de los ricos y a su falta de caridad en contraposición a la humildad de Lázaro.
Por último, en la cara frontal de los pilares del arco triunfal hay dos figuras eclesiásticas que, mirando a los espectado res de la nave, parecen continuar el registro del apostolado. En el lado del evangelio, se trata de san Clemente –s(anctvs) clementis–, santo titular de la iglesia, que lleva tonsura, vis te una suntuosa dalmática, como la de Santiago el Mayor, y porta báculo, mientras que en el de la epístola, ataviado con casulla y palio, se ha identificado con san Cornelio, cuyas reliquias fueron depositadas en el altar el día de la consagración, tal y como se informa en la inscripción pintada. Con la figuración de estos papas mártires, pertenecientes a los orígenes de la Iglesia, en el espacio que separa el santuario de la nave de los laicos, se reivindicaba, siguiendo los ideales de la Reforma gregoriana, la vuelta a la ecclesiae primitivae forma, y se mostraba el papel del estamento eclesiástico como sucesor de Cristo y responsable de la misión apostólica.
Restos de la escena del banquete del mal rico. Pintura conservada in situ.
San Clemente. Pintura conservada in situ, en el frente del pilar izquierdo de acceso al ábside central
Ángel del absidiolo norte. Maestro del Juicio Final o tercer Maestro de Santa Maria de Taüll (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15806)
 

En las enjutas del arco triunfal aparecen dos figuras masculinas, vestidas con túnica corta, que hacen sonar dos enormes cuernos metálicos y tienen su cabeza cubierta por un casco. Se han querido interpretar como dos cazadores, pues justo en el registro superior aparecieron una patas de animal. No obstante, los sonadores de olifante, por su posición en es quina, enmarcando la visión apocalíptica del ábside, pueden ser una alusión a los vientos que soplan desde los extremos de la tierra ante la aparición de los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos (Ap 7, 1), tal y como aparece en la tradición de los beatos o en la Biblia de Sant Pere de Rodes (Paris, BnF, lat. 6, vol. IV, f. 106v). Por otra parte, existe un precedente en la iconografía románica de asimilación de la personificación del viento a la figura del cazador, con túnica corta, casco y oli fante, como se ve en la representación de Marcius (cornator) del mosaico de la cripta de San Savino de Piacenza (ca. 1107).
Por lo que respecta a las pinturas del absidiolo norte, es tas pertenecen, sin duda, a una mano diferente al denominado maestro de Sant Climent de Taüll, que sería el autor principal del ábside central. Se trataría del llamado maestro del Juicio Final o tercer maestro de Santa Maria de Taüll, un pintor de menor calidad, que es el responsable de pintar en la vecina iglesia de Santa Maria de Taüll el ciclo de la pared sur, el baptisterio y la contrafachada, así como las columnas y arcos de la nave. Como veremos más adelante, esta diversidad de estilo y pericia se ha querido traducir en una distancia cronológica entre ambos, si bien podría perfectamente tratarse de una di visión de tareas dentro de un mismo encargo en el que a los mejores maestros se les dan las partes principales de los edificios y a los menos dotados, las menores. En el hemiciclo del absidiolo norte de Sant Climent, sobre un fondo de bandas de color rojo, ocre y azul negruzco, se disponían, a ambos lados de la ventana axial, las figuras de seis ángeles que mientras con una mano realizan el gesto de la bendición, con la otra llevan indistintamente una cruz de asta larga o un pájaro. La representación de coros angélicos o grupos de arcángeles es habitual en la pintura románica, como se ve en el ábside central de la iglesia de Sant’Angelo in Formis (1072-1087), así como en los ejemplos catalanes de Santa Maria d’Àneu y del plafón del baldaquino de Ribes. De hecho, la insistencia angélica del absidiolo de Taüll probablemente se deba a que, quizás, en origen este estaba bajo la advocación de san Miguel, como se deduce de la noticia dada por mosén Gudiol en 1907, cuan do describe allí la existencia de un retablo de 1572 dedicado a este arcángel. En la parte superior, en las enjutas del arco, el ciclo se completa con la representación de dos pavos rea les, que también aparecen en el ábside sur de Santa Maria de Taüll –en este caso, bebiendo de un cáliz–, y sobre ellos, en la parte superior, se figuran dos cánidos muy similares a los que aparecen en la pared occidental de la nave lateral sur de Santa Maria de Taüll, en el espacio del baptisterio.
Tradicionalmente el conjunto de pinturas de Sant Climent de Taüll y su comitencia se han datado a partir de la inscripción pintada en el primer pilar norte de la nave central, en la que se dice que la iglesia fue consagrada el 10 de diciembre de 1123 por el obispo Ramón de Roda de Isábena, que se intitula como obispo de Barbastro:
ANNO AB INCARNACIONE/D(DOMI)NI
M :C:XX:III:IIII:ID(US):DE(CEM)BR(IS)/VENIT RAIMUND(US) EP(IS) C(OPUS) BARBASTRE/NSIS ET C(ON)SECRAVIT HA(N)C. ECCL(ES) IA(M). IN HONORE/ S(AN)C(T)I CLEMENTIS M(A)R(TIRIS) ET PON(EN)S. RELIQ(U)IAS/IN ALTARE. S(ANC)TI CORNELII. EP(ISCOP)I ET M(A)R(TIRIS).
Inscripción pintada que recoge la fecha de consagración: 10 de diciembre de 1123 (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15967). Foto: © Museu Nacional d’Art de Catalunya

La fórmula utilizada es muy similar a la recogida en el manuscrito de la Collectio Tarraconensis (Tarragona, Biblioteca Pública, Ms. 26, f. 203v). Dicha colección de cánones de la Iglesia romana y textos litúrgicos, que fue elaborada en Ro da de Isábena bajo el gobierno del obispo san Ramón en la década de 1120, supone un testimonio fehaciente de la instauración definitiva de la Reforma gregoriana en la diócesis de Roda-Barbastro. En ella se recogen, entre los folios 203 y 225, una serie de ordines litúrgicos muy cercanos al nuevo pontifical romano que incluyen un ordo de consagración de las iglesias, cuya formulación general coincide, a grandes ras gos, con la que el obispo san Ramón (1104-1126) parece haber seguido en una serie de testimonios de 1120 (San Román de Castro, Puebla de Castro, Huesca), 1122 (Santa María de Merli, Huesca), y 1123 (Santa María de Alaón y Sant Climent de Taüll): Anno ab incarnatione domini MC XX III episcopus ille con secravit hanc ecclessiam in honore illius sancti ponens in altari reliquias sanctorum illorum ille die. (…) audinos Pater de celis, miserere nobis filii redemptor mundi Deus, miserere nobis Spiritus Sancte Deus, miserere nobis Sancta Trinitas unus Deus, miserere sanctorum deus nostre, Sancta Maria Dei Genetris Virgo (ora pro nobis) Virginum, Michael, Gabriel, Raphael omnes sancti angeli et archangeli, omnes sancti beatorum Spiritum ordines, omnes sancti, patriarche et prophete, Iohanes Baptista, Petre, Paule audinos, Iacobe (maior), Iohannes , Philipe, Bartolomee, Mathe, Toma, Iacobe (minor) (….) Clemens, Corneli (….) Nicholae (…) (Tarragona, Biblioteca Pública, Ms. 26, f. 203v). Sin duda alguna, dicha fór mula, adaptada a cada una de estas iglesias según la titulación y reliquias que se depositaban en los edificios, tuvo que ser utilizada por Ramón de Roda en esos años. En todo caso, la fecha que se recoge en el manuscrito para este ordo concreto –1123–, así como la retahíla de la letanía de los apóstoles y santos, nos llevan a pensar en su uso en la consagración de Santa Maria y Sant Climent de Taüll. De hecho, la importancia dada a los arcángeles y ángeles, a la Virgen María, o incluso la agrupación de los apóstoles en la letanía que, a diferencia de otras, se centra en Santiago el Mayor, Juan, Felipe, Bartolomé y Tomás, sugieren que el ordo de la consagración sirvió, en cierta medida, de referente en la distribución de temas, tanto en Sant Climent como en Santa Maria. Ello es extensible a la lista de mártires, pues se nombra a Clemente y Cornelio, cuyas reliquias se utilizaron en la consagración de Santa María de Merli y Sant Climent de Taüll, o la mención a san Nicolás, que está presente en primer pilar sur de Santa Maria de Taüll.
Recientemente, Guardia y Lorés han defendido que la inscripción de Taüll fue copiada años más tarde, en tiempos del obispo Gaufred, hacia 1140 –coincidiendo con la redacción de la Vita de san Ramón (1138) y el inicio de su culto como santo–, dentro con una campaña pictórica realizada, su puestamente, en ese momento por el maestro del Juicio Final de Santa Maria de Taüll, la cual abarcaría la capilla norte y su hastial, así como la capilla meridional de Sant Climent. No obstante, cabe señalar que en ambas iglesias el programa general de decoración y los repertorios iconográficos utilizados son coherentes con la existencia de una gran campaña llevada a cabo en torno a 1123. La repartición de espacios en función de la habilidad, calidad y técnica de los pintores es un he cho habitual en el arte románico, que explicaría que el genial maestro de Sant Climent se ocupase de la capilla mayor y el resto fuese dado a un maestro menor que trabajaba contemporáneamente en las naves y contrafachada de Santa Maria de Taüll. De la misma manera, que Ramón hubiese sido des poseído desde 1113-1116 de la sede de Barbastro, refugiándose en Roda, no es tampoco un argumento para la datación tardía de la inscripción de Taüll. De hecho, esta circunstancia no impidió que Ramón reclamase hasta su muerte esa titulación barbastrense, como lo había hecho años antes el obispo compostelano Diego Peláez que, a pesar de su deposición en 1088, siguió titulándose como “de la sede compostelana” has ta 1104. Cabe recordar que el título Ramimundus, Barbastrensis Episcopus se recoge en la década de 1120, tanto en documentos –San Román de Castro (1120), Santa María de Merli (1122)–, como en las inscripciones monumentales de la cripta de Santa María de Alaón y de Sant Climent de Taüll (1123).
Las pinturas del ábside central realizadas por el Maestro de Sant Climent han recibido de la crítica especializada la calificación de obra maestra del arte románico europeo. Dicho conjunto, datado en 1123, se ha querido enlazar con la decoración pictórica de la capilla de la enfermería del claustro de la catedral de Roda de Isábena, dedicada a san Agustín y san Ambrosio, cuyo estilo, sin embargo, corresponde más bien al primer y segundo maestros de Santa Maria de Taüll. Aunque este espacio fue consagrado en 1107, su decoración pictórica debe ser coetánea a la realización de los conjuntos de Taüll en la década de 1120, cuando el obispo Ramón residía en Roda.
Con respecto al denominado “círculo de Pedret”, el maestro de Taüll supone la irrupción de una monumental y sintética visión teofánica, llena de tensión y movimiento, en la que se logra traducir a la pintura de un ábside la experimentación que entonces se estaba llevando a cabo en los tímpanos de los grandes portales escultóricos del sur de Francia. Por ello, tanto en Taüll como en la portada de Saint-Pierre de Moissac (ca. 1115) encontramos el mismo gusto por una composición sin tética que combina magistralmente y de forma unitaria distintas visiones bíblicas. De la misma manera, el gusto por el movimiento y la agitación centrífuga, perceptible especialmente en la falda y mangas del Cristo, en los ropajes arremolinados del ángel de Mateo y en la impulsiva postura de avance de San Marcos, se encuentra igualmente en las figuras del tímpano de Moissac. De hecho, es precisamente en la miniatura occitana contemporánea donde podemos encontrar algunas de las claves del estilo de Taüll, de pliegues pinzados, de consistencia casi metálica, cuya animación se produce solo en el movimiento ascendente de los plissouflés (paños al viento), como se observa en el manuscrito de Flavio Josefo, De Bello Judaico (Paris, BnF, ms. Lat. 5058, fols. 2v-3r), realizado en el scriptorium de Moissac hacia 1100, donde se aprecia una tendencia.
Su fuerza creativa original se hace patente, sin embargo, en la estilización de las formas, en las que la fluctuación de la línea resulta fundamental, como se aprecia en la sinuosidad de los cabellos, en las enfáticas cejas, en la ornamental barba o en los ficticios hilos blancos que cuelgan de los ojos de Cristo. Del mismo modo, destaca la riqueza de la gama cromática, cuya aplicación en capas consigue increíbles efectos de volumen en ciertas zonas de la Maiestas Domini, como la barriga o la falda. A su vez, su original uso del blanco de calcio en los nimbos confiere a la obra una luz misteriosa que da sentido al texto del libro que lleva Cristo en su mano: eGo/ svm/ lux/ mvndi (Jn 8, 12). similar a resolver los rostros alargados con una marcada exoftalmia.
Con razón, se ha querido justificar la huella del estilo y la iconografía languedociana en Sant Climent a partir de la personalidad y contactos de su comitente, Ramón Guillem, originario de Durban, que había sido canónigo en Saint-Antonin de Pamiers (Ariège) y prepósito en Saint-Sernin de Toulouse (1100-1104). No obstante, la obra pictórica del maestro de Taüll es muy compleja, pues enlaza con tradiciones locales y el gran auge de la pintura sobre tabla catalana en torno a 1120 con las que parece establecer un fructífero diálogo. De ahí que se haya sugerido que el maestro de Taüll hubiese tenido un progresivo aprendizaje artístico que lo hubiese llevado de la pintura sobre tabla y la miniatura a la realización de pinturas murales. Este peculiar curriculum vitae podría explicar su extraordinaria personalidad artística, que rompe con el ilusionismo del denominado círculo del maestro de Pedret, y apuesta por nuevas fórmulas de experimentación más ornamentales y decorativas, visibles en la composición, la ejecución y super posición de colores, el uso del blanco en los nimbos y la aplicación de placas de estaño. Todo ello lo acerca a la estética y a algunos recursos técnicos de la entonces emergente pintura sobre tabla, como se constata en los frontales de La Seu d’Urgell (ca. 1119) e Ix, en el baldaquino de Ribes y en la ta bla de Esquius. Estas obras sugieren un aprendizaje común de los artistas y un intercambio de recetas entre ambas técnicas.

Antipendios. El Frontal de altar de Sant Climent
En el cuaderno de notas de mosén Gudiol de la expedición de 1907 se describen tres antipendios. El primero, situado en el altar mayor es una taula romanica repintada, excepte del march (“Es una tabla románica repintada, excepto en el mar co”. Es la única que se conserva actualmente en el templo, que Domènech i Montaner describe en su visita de 1904. Del as pecto original de este frontal románico tan solo es perceptible el marco, ya que la tabla frontal fue repintada en el siglo XVI con la figura de san Clemente. El bastidor está decorado con una serie alternada de cavidades esféricas y rombos en relieve de estuco que originalmente estaban cubiertos de placas de estaño corladas y que apuntan a una datación en el siglo XIII.
Un segundo antipendio se situaba, según mosén Gudiol, en el ábside lateral sur, y estaba decorado por Jesús, en una doble mandorla en ocho –aunque en otro manuscrito dice que era la Virgen María–, los símbolos de los evangelistas y los doce apóstoles. Aunque se conserva un dibujo esquemático en el cuaderno de Gudiol de la expedición de 1907, no es posible decir mucho más sobre esta pieza, ya que la tabla desapareció en una data imprecisa después de 1907. No obstante, la presencia de la doble mandorla lleva a pensar que se trataba, tal y como señalan Guardia y Lorés, del frontal más antiguo de la iglesia, pues el uso de la doble mandorla es característico de los primeros frontales del taller de La Seu d’Urgell, como el de los Apóstoles (ca. 1119) y el de Ix, del segundo cuarto del siglo XII.
El tercer frontal, dedicado a la hagiografía del santo y papa romano Clemente, titular de la iglesia, estaba original mente en el ábside del evangelio. La pieza fue adquirida por Lluís Plandiura, pero con la venta de esta colección en 1932 pasó a formar parte de los fondos del Museu d’Art de Catalunya en 1932 (actualmente, MNAC 3908), donde se encuentra en las reservas. En el momento del “descubrimiento” el antipendio se encontraba en mal estado de conservación, a juzgar por las fotos realizadas en 1907; sin embargo, una restauración excesiva llevada probablemente a cabo por Ar turo Cividini para Plandiura le devolvió un aspecto límpido y uniforme, en el que se aprecian muchas partes claramente reconstruidas.
El frontal tiene unas medidas de 92,5 x 169 x 9 cm, está pintado al temple sobre madera de pino, y presenta abundantes decoraciones de estuco en relieve y restos de placas de estaño con corladura. Su decoración se estructura horizontalmente en dos registros y cuatro escenas. Estas iban originalmente acompañadas de textos explicativos en el marco superior, si bien sus trazos se han prácticamente perdido o han sido sustituidos por un elemento ornamental, como se ve en la escena inferior derecha.
La narración comienza en el registro superior, a la izquierda, donde san Clemente, vestido como papa, con mitra y báculo, aparece sentado en una silla curul mientras se dirige a Teodora, que, con su cabeza nimbada y velada por un maphorion, aparece arrodillada ante él. Detrás de esta, se sitúa un grupo de hombres, entre los que destaca uno armado con una espada, que se ha identificado con Sisinio, el marido de Teodora, que, en un principio, quería apresar al santo. Aun que se ha querido ver en la escena el episodio de la misa de san Clemente, la ausencia de mobiliario litúrgico induce a pensar que se trata, más bien, del episodio ocurrido en la casa de Sisinio, en el que este, tras ser curado de su ceguera y sor dera por Clemente a petición de su esposa, ordena prender al santo por hechicero.

Frontal de altar de Sant Climent de Taüll (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 3908).
 

El relato se continúa en el registro inferior, a la izquierda, en el que el emperador Trajano, entronizado, con corona y un cetro rematado en el motivo de la flor de lis, eleva su de do índice al cielo en señal de disputa con san Clemente que, vestido con túnica y manto, es conducido por un soldado con espada en presencia del soberano. El santo se presenta nimba do y tonsurado, sin atributos episcopales, y lleva un rollo en su mano: por su actitud, con su mano derecha levantada pare ce estar en medio de una disputa con Trajano por su negativa a adorar los ídolos. Se trata, probablemente, del momento en el que el emperador decreta su destierro a una isla, cerca de Querosena, en Crimea.
A continuación, en el lado izquierdo del registro superior, se figura el milagro del manantial y de la visión del Agnus Dei que tuvo lugar durante su destierro en la isla de Crimea. Allí, encontró a dos mil cristianos condenados a hacer trabajos forzados para extraer el mármol de unas canteras. Uno de ellos, posiblemente el que viste una larga capa aguadera, con capucha, característica de viajeros y pastores, le dijo que desgraciadamente tenían que acarrear el agua desde muy lejos, por lo que el santo les ordenó rezar para que brotase allí mismo. Entonces, sobre un peñasco se apareció un cordero y Clemente hizo cavar allí un agujero del que brotó milagrosamente el agua. En el frontal, el cordero se presenta con un nimbo crucífero como prefiguración de Cristo y junto al lugar del manantial está escrita la palabra: Fons. Cabe señalar que las dos escenas del registro superior utilizan en su extremo izquierdo la figuración de un edificio o torre almenada cuadrangular, de dos pisos de ventanas, cuyos vanos alternan la forma cuadrangular, el arco de medio punto y el óculo.
Por último, en el lado derecho del registro inferior, se figuran los episodios más famosos de su hagiografía. En primer lugar, el martirio del santo, que fue arrojado a las profundidades del mar con un ancla al cuello por orden de un general de Trajano. En segundo lugar, el milagro del niño perdido y reencontrado por su madre. Según la leyenda, para conservar los restos del santo, un ángel había construido un templete bajo las aguas, que cada año quedaba al descubierto al bajar la marea, sus fieles iban allí en peregrinación para venerar sus restos. Una mujer que la visitó con su hijo, en el momento de la impetuosa subida de las aguas se olvidó del pequeño que estaba dormido en un lugar templo. No obstante, al volver en peregrinación al año siguiente, lo encontró allí sano y salvo. En el frontal se representa así, sobre las aguas, la gruta de la tumba del santo con la imagen del niño dormido y, a la derecha, en una parte muy retocada de la obra, el reencuentro entre madre e hijo.
El uso masivo de la decoración de pastillaje de yeso con placas de estaño corlado tanto en el marco como en el fondo –donde aparece de manera reiterada la flor de lis–, la insistencia en la narración y en la temática hagiográfica y el empleo de un lenguaje figurativo que integra algunos elementos góticos se encuentra en otros frontales de altar de la zona de la Ribargoza, entre los que destaca el de San Martín de Chía (MNAC 3902) y el de Cardet (MNAC 3909) –ambos firma dos por un pintor de nombre ioh(annes), así como el de San ta María de Rigatell (MNAC 3911). Todos ellos, como el de Sant Climent, se han datado en la segunda mitad del siglo xiii y hablan de la difusión en esta área de un taller con una fuerte personalidad propia que la historiografía bautizó, en un pri mer momento, como el “taller de Lérida” (W. W. S. Cook), pero que actualmente tiene a denominarse más propiamente “de la Ribagorça”

Obras de talla en madera
Las piezas talladas en madera asociadas a Sant Climent de Taüll presentan problemáticas diversas relacionadas con su tipología e identificación, sin que por ello no supongan un interesante patrimonio cuya historia y situación actual es diversa. El punto de partida para ordenar este panorama es, como en otros casos cercanos, la documentación derivada de la misión organizada por el Institut d’Estudis Catalans en 1907, que incluye algunas notas cuya interpretación puede dar lugar a dudas. Sin embargo, de ellas se han extraído interpretaciones que podemos considerar verosímiles y razona bles. Desde estas premisas, las piezas que comentaremos son las siguientes: en primer lugar, una talla de una Maiestas Domini aislada, pero que aparecía aprovechada en el retablo del siglo xvi; seguidamente, el banco presbiteral o litúrgico, cuya clasificación y datación ha dado lugar a ciertas dudas, algunas de ellas todavía no resueltas; a pesar de ello, se le dedicará una especial atención.
Por otro lado, debemos de hacer referencia a la figura de un san Juan Evangelista que en 1907 fue observada en el campanario de Sant Climent y que podría identificarse con la impresionante talla conservada en el museo de Vilafranca del Penedès, según han propuesto Milagros Guardia e Im maculada Lorés; esta pieza coincide, por su calidad y sentido del volumen, con algunas de las imágenes más destacadas del grupo del valle de Boí y de Aran, como el Cristo de Mijaran (parte de un Descendimiento de la cruz) y las dos Marías asociadas a una Visitatio Sepulchri procedentes de Santa Maria de Taüll. Se discute igualmente su función originaria, probablemente como elemento del mobiliario litúrgico de la igle sia. La pieza está tratada de modo específico en el volumen correspondiente de esta colección dedicado al museo de Vilafranca (comarca del Alt Penedès, Barcelona), de modo que remitimos al texto citado para conocer más apreciaciones sobre la misma.
Finalmente, se conserva también una talla de la Virgen con el Niño, actualmente expuesta en la instalación museo gráfica de la propia iglesia, que consideramos posterior a la época que nos ocupa y que por lo tanto no trataremos en detalle.

Maiestas Domini de un mueble de altar
En la propia iglesia se conserva y expone una talla en madera que representa a Cristo en majestad. En las primeras fotografías del interior del templo en las que se visualiza el altar mayor, realizadas en 1904 y 1907, se observa esta ima gen ocupando una posición central en dicha estructura, co mo elemento reaprovechado. Ello permite interpretar que la pieza pudo desarrollar un papel importante antes de la construcción del retablo, seguramente como parte de un frontal de altar. De modo independiente, es de nuevo fotografiada en 1922. Su fisonomía era distinta de la actual, especialmente por lo que se refiere a la policromía y a otros detalles sobre su estado de conservación. Ha sido objeto de diversas restauraciones, la última de las cuales tuvo lugar en 2002.
La talla, trabajada en madera de álamo, es de dimensiones relativamente medianas y muy llana (59,5 x 21,5 x 14,5 cm). Se trata de una imagen sedente, entronizada, que hace el gesto de bendecir con la mano derecha y muestra el libro, cerrado, con la izquierda. Viste túnica, con restos evidentes de color rojo, y manto pintado de azul. La policromía, al temple, se complementa en el libro con yeso o estuco que marca un leve perlado que recorre sus lados, a imagen de la pedrería de los objetos más suntuosos. La construcción de la imagen es de una sola pieza de madera, a excepción del brazo derecho, cuyo gesto de bendición en perpendicular al cuerpo obligaba a encajar una segunda pieza que configura la mano y el antebrazo. La corona era originariamente lobulada, quizás con trifolios, tal como se percibe en la fotografía de 1922.
Maiestas Domini de un mueble de altar
 

Los rasgos faciales de Cristo son de una cierta rudeza, hecho que se materializa con la forma simplificada de la barba o el tamaño y el volumen saliente de los ojos; esta tendencia también se refleja en los pliegues de los ropajes, tratados con una cierta reiteración. El dorso de la imagen es prácticamente liso, lo que refuerza la hipótesis de su uso integrada a un mueble de altar, se tratara de un frontal o de un retablo.
Hay que recordar que entre las notas de Gudiol i Cunill se daba noticia de un frontal de altar en desuso, localizado en el absidiolo sur, actualmente desaparecido. La referencia es breve y de ella no se puede interpretar si dicho frontal con servaba o no las estatuillas, a pesar de que se hace referencia a un esquema basado en la Maiestas Domini en el centro, flanqueada por el tetramorfos y por un apostolado en los registros laterales. Nos parece interesante la referencia, si bien la talla que nos ocupa no parece conservar elementos de encaje para ser aplicada a una tabla.
La historiografía se ha centrado más en citar como ejemplos de comparación las imágenes de un Salvador o Maiestas Domini como el de Basarán (MNAC 3927) o la del propio frontal de altar de Santa Maria de Taüll (MNAC 3904), tal como cita Celina Llarás en Catalunya Romànica, y que trata mos en detalle en este mismo volumen. A pesar de que desapareció, hay una cierta correspondencia con una talla de san Martín de la iglesia de Benasque. Recordaremos también otra talla de iconografía análoga, de procedencia desconocida, en el Museu Frederic Marès de Barcelona (MFM 680). De un carácter distinto, y especialmente de mayor grosor, entendido ya como imagen exenta, destaca la imagen de Sant Salva dor de la Vedella (Cercs, Berguedà), conservada en el Museu Episcopal de Vic (MEV 1602).
Desde un punto de vista estilístico la pieza podría derivar de formulaciones de ascendente tolosano, muy presentes en distintos centros catalanes del siglo xii, aunque también podría interpretarse como una derivación de obras como el citado frontal de Santa Maria de Taüll, que podría situarse entre las últimas décadas del siglo XII y el entorno del 1200. Por todo ello, sería justificada una datación de la primera mitad del siglo xiii para la talla de Sant Climent de Taüll.

Banco presbiteral
En las notas tomadas por Josep Gudiol i Cunill en 1907, durante la expedición científica del Institut d’Estudis Catalans, se citaba un banco que él mismo fechaba en el siglo XVI.
Ya entonces se ponía de manifiesto la singularidad del objeto, con su triple asiento cobijado por una estructura a base de ar cos y columnillas y decorado con motivos tallados y calados de diversa naturaleza, tanto en la parte frontal como en los laterales. Aunque entonces fue localizado en el lado derecho de la iglesia, tras la entrada, se trata de un mueble de función litúrgica destinado al presbiterio, que Voravit Roonthiva asocia tipológicamente a una sedilia.
Elaborado totalmente en madera, mide 260 x 172 x 86,7 cm. En 1920 ingresó en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC 15898), tras ser comprado a Ignasi Pollak mediante una serie de gestiones documentadas a través de la Junta de Museus, en las que participaron tanto Emili Gandia como Joaquim Folch i Torres, que manifiestan su complicado despiece en el valle y su traslado a Barcelona. Así, entre los aspectos relacionados con dichas gestiones, es interesante una carta que alude a los posibles derechos de la casa Pubill (Barruera) sobre el banco. Parece que no existen más datos sobre este asunto, aunque hay que recordar que la casa Pubill está adosada a una torre que ha sido considerada como posible emplazamiento del castillo de Barruera. El banco cuenta con una reproducción del mismo actualmente integrada en el planteamiento museográfico de la iglesia de Sant Climent, junto con otras piezas originales.
Por su tipología original –en Cataluña– y por la simplicidad de parte de sus motivos decorativos, ha sido definido a menudo como obra de carácter popular, de manera que se ha dudado de su datación en época románica o medieval. Sin embargo, es remarcable su carácter singular, de modo que solo se conoce un paralelo inmediato, y parcial, en el mismo valle de Boí. Se trata de unos plafones que fueron fotografiados en 1907 en la iglesia de la Nativitat de Maria de Durro (Arxiu Mas, C-1305); uno de ellos desapareció, mientras que el de la derecha de la imagen citada se conserva in situ, reutilizado como parte del respaldo de un banco de datación moderna junto con otro, no documentado, a principios del siglo XX. Los motivos de los tres plafones coinciden plena mente con los de los laterales del banco que nos ocupa. En el ámbito ribagorzano, hay que recordar que en la antigua sede episcopal de Roda de Isábena se conserva una silla gestatoria, cuyos elementos estructurales y simplicidad ornamental no están muy alejadas del mueble que nos ocupa. En cambio, también se ha constatado el fuerte contraste cualitativo con otra pieza del ámbito ribagorzano, el llamado faldistorio de san Ramón, en la misma sede de Roda, obra maestra robada y troceada por Erik el Belga.
El mueble de Taüll fue objeto de un estudio amplia mente detallado realizado por Celina Llarás, publicado en 1998-1999, especialmente en lo que se refiere a aspectos constructivos y a su repertorio. Actualmente, en el momento de redactar estas líneas, está en curso, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, un detenido examen de los materiales constitutivos, de su estructura, de los aspectos técnicos y de los tipos de madera, de los vestigios de policromía y de los grafitis que contiene, con el fin de detectar mayores indicios sobre su datación, posibles modificaciones históricas, previas a su descubrimiento y a su ingreso en el museo.
El banco o sedilia consta de tres compartimentos con los correspondientes asientos, que reposan sobre un plinto o ta rima. Los asientos están separados por dos listones y quedan subrayados frontalmente por tres arcos que se apoyan sobre columnillas, mientras que el respaldo es macizo y los dos laterales calados. El dosel queda rematado por una crestería, decorada con motivos calados, en cuyos ángulos se sitúan unas piezas a modo de florón o de corona. Debió de ser de disposición fija si nos atenemos a su estructura y a sus amplias dimensiones, de modo que debió de ser concebido como asiento para tres clérigos, en el ámbito del presbiterio. Técnicamente, el objeto está construido a base de la combinación de diversas modalidades y tipos de ensamblaje.
Los motivos decorativos que ocupan las diferentes partes y superficies del mueble son fundamentalmente de carácter geométrico y vegetal, con alguna excepción remarcable. En los montantes del mueble se desarrollan, de arriba abajo, ventanas en arco de herradura, estrellas de seis puntas talladas a bisel, formas de almenas, mientras que los capiteles están trabajados con hojas lisas muy simplificadas, junto con otros motivos arquitectónicos y geométricos, como círculos y ajedrezado, entre otros. En las dos columnillas que separan los tres arcos, los capiteles también contienen hojas lisas y estilizadas, en mayor grado que las de los ángulos. Por encima, la cara externa de los arcos está decorada con un ajedrezado, mientras que las dos enjutas interiores presentan sendos trifolios (flores de lis?); por encima, se desarrolla una serie de arcos ciegos de medio punto, yuxtapuestos, en un total de doce. Es ta disposición seguida de arcos, que se adapta perfectamente a una estructura de tipo arquitectónico, recuerda igualmente la decoración de una serie de mesas de altar, muchas de ellas marmóreas, localizadas entre el norte de Cataluña y el Languedoc, entre otros ámbitos del románico. No puede pasar desapercibido el valor simbólico del número doce, asociado por ejemplo a los apóstoles (representados la decoración pic tórica del presbiterio de la iglesia) y en concordancia con la función litúrgica del mueble. No hay que olvidar que en él se sentaban el sacerdote, el diácono y el subdiácono. Entre los citados arcos y la crestería hay una pieza que conforma el dosel o techo del banco, decorada con otra serie de arcos cie gos con las aristas dentadas, en cuyo interior se dibujan unas formas de cruz en aspa obtenidas mediante la combinación bícroma de piezas de madera. En cuanto a la crestería, que a inicios del siglo xx mostraba la parte derecha muy deteriora da, presenta básicamente una decoración en calado a base de formas geométricas superpuestas que generan rectángulos en vertical y círculos, y un esquema en aspa en el centro muy reconstruido; en las piezas de los ángulos aparecen dos estrellas de seis puntas en cada lado externo, además del remate a modo de florón ya citado, que se conserva también en la zona posterior derecha. En la parte inferior, junto al plinto, se desarrolla una sucesión de arcos ciegos de medio punto situados por encima de un friso de triángulos y otro de formas alme nadas. Los dos laterales del mueble mantienen unos repertorios del mismo carácter, destacando una forma arquitectónica consistente en dos arcos con campanas situadas a la derecha, bajo la crestería, y otra flor de lis a su derecha. No se puede descartar un sentido litúrgico o simbólico en estos motivos, del mismo modo que debería contemplarse un posible uso de la flor de lis como elemento heráldico. También destaca la presencia de formas de arco de herradura en distintas partes del mueble, detalle que ha sido considerado como muestra de la presencia de motivos de tradición altomedieval, también difundidos posteriormente. Al mismo tiempo, la presencia sistemática de formas circulares rebajadas se ha relacionado con la decoración de los marcos de frontales de altar, como elemento de imitación o recuerdo de producciones suntuosas. En cualquier caso, son sorprendentes las diferencias de composición y de repertorio entre los dos lados, no solo en los elementos pertenecientes a los montantes, en talla rebajada, sino también entre los calados, con distintos tipos de elementos de carácter geométrico.
Banco presbiterial (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15858).
 

Sin duda, el factor que ha convertido el banco de Taüll en un mueble singular es su estructura tripartita, difícil de clasificar por su decoración y variedad de recursos técnicos apli cados. Así, el carácter de su decoración, a base de un repertorio que, en parte, cuenta con un largo recorrido cronológico antes, durante y después del románico, ha provocado dudas razonables sobre su datación y sobre su historia. Sin embargo, la mayor parte de los trabajos que lo han tratado con cierto nivel de detalle, ya desde Joaquim Folch i Torres, pasando por Joan Ainaud o Josep Mainar, lo sitúan enfáticamente en época románica. Más dudas manifestó el importante trabajo de Celina Llarás quien citaba, como elementos de comparación algunas estructuras de coro pertenecientes a los siglos XIII-XVI, como las de Santa María de Gradefes, Santa Clara de Astudillo (Museo Arqueológico Nacional) y Santa Clara de Moguer. Más allá de producciones realizadas básicamente en madera, creemos que es interesante tener en cuenta el coro pétreo de Santiago de Compostela, obra del maestro Mateo y fechable hacia 1200, que ofrece componentes estructurales semejantes a los del banco de Taüll. No se trata, de ningún modo, de establecer un vínculo entre Taüll y Compostela, dadas las enormes diferencias cualitativas, ornamentales y técnicas existentes entre ambos conjuntos. Pero ejemplos co mo el compostelano muestran paralelismos compositivos del siglo xiii para el caso que nos ocupa.
Es cierto que buena parte del repertorio diverso y heterogéneo de los motivos se inscribe dentro de tradiciones que entroncan con la época románica, algunos ya experimentados en centurias precedentes, otros también muy difundidos posteriormente en todo tipo de objetos. Ello ha propiciado que en ocasiones el conjunto haya sido definido como de carácter popular, término que puede conducir a una cierta con fusión y a clasificarlo como una obra de carácter artesanal. Así, temas como los arcos ciegos, los trifolios o flores de lis, ajedrezados, triángulos, etc. son frecuentes en decoraciones de carácter arquitectónico y se observan también, a veces de modo aislado, en ocasiones más sistematizado, en objetos de mobiliario. También es interesante recordar el uso del calado en laterales de los tronos de imágenes, a veces con motivos cruciformes, una idea visible en los laterales del trono en metal de la imagen-relicario de santa Fe de Conques. Por otro lado, un tema comparable al de Taüll –aunque no idéntico– se observa en una placa de la excepcional virgen dorada de Essen, fechada hacia 980. Otros motivos calados, de composición más compleja, deberían ser estudiados más a fondo. Cabe decir que los motivos de forma romboidal con los lados escalonados se observan también en los plafones de la barandilla del coro, desaparecidos, de la misma iglesia de Sant Climent.
Si bien una buena parte de los recursos técnicos y decorativos del conjunto son de una cierta simplicidad y rusticidad, muchos de ellos se localizan en obras pétreas del entorno pirenaico más próximo. Así puede observarse en los relieves planos de diversas pilas bautismales o de aceite de edificios de la Vall d’Aran y del Pallars Sobirà (concretamente en el valle de Àneu). Una cierta proximidad también puede observarse en dos fragmentos de tabla que fueron reutiliza dos en la cubierta lígnea de Sant Vicenç de Capdella (Pallars Jussà), según se recoge en un informe de intervención del año 2012, inédito. Hay que recordar que esta zona del Pallars, co mo es el caso de la iglesia citada, estuvo relacionada con los señores de Erill. En estos casos también se aprecia un trabajo de cierta tosquedad, acentuado por la naturaleza de algunos materiales. En un ámbito más amplio, no hay que olvidar que algunos de los muebles europeos fechados o fechables en época románica recurren a los arcos ciegos o los motivos de seis pétalos o puntas. Algunos de los muebles de sacris tía de Sion (Valais, Suiza) –también discutidos–, el armario litúrgico de la abadía de Aubazine (Limousin, Francia) o el relicario de Halberstadt (Sachsen-Anhalt, Alemania). Más concretamente, son elocuentes algunas correspondencias de repertorio o de estructura con dos muebles publicados por Hermann Schmitz en 1927, uno de ellos un arca atribuida al “sur de Francia”.
En conjunto vemos, pues, como existen ejemplos fecha dos entre los siglos xii y xiii que ofrecen puntos de referencia para el banco de Taüll. Pudiera parecer un unicum en el con texto del que procede, a pesar de los ejemplos de plafones citados del mismo valle de Boí. No hay duda del carácter singular, y al mismo tiempo simple, del banco presbiteral de Sant Climent de Taüll, pero tampoco del hecho que gran parte de sus recursos técnicos y ornamentales son utilizados en obje tos de mobiliario medievales, detectables entre los siglos xii y xiii. Su estructura también puede explicarse por su función, y cuenta con ejemplos comparables del siglo xiii, aunque tam bién de momentos más avanzados, dentro de los márgenes cronológicos medievales. En este sentido, se pueden evocar también las sedilia pétreas, a menudo embebidas en el muro, como algunas inglesas fechadas en el siglo XIII. Evidentemente, es razonable cuestionar la opción de que la totalidad de sus componentes formen parte de su configuración original y pensar que el mueble, tal como llegó a principios del siglo XX cuando fue descubierto y publicado, sea un montaje posterior a la época que nos ocupa, aprovechando algunas piezas originarias de distintos objetos y de diversos momentos. Las coincidencias entre los motivos calados de los laterales con el coro de la misma iglesia de Taüll, o las semejanzas de carácter con el coro de San Román de La Puebla de Castro, fechado entre los siglos XIV y XV, pueden confirmar dicha situación. Por todo ello, el estudio que se está llevando a cabo en el museo puede contribuir a avanzar en su conocimiento, y en su clasificación y datación.

Virgen con el niño
Una imagen de la Virgen con el Niño conservada en el Museu Frederic Marès de Barcelona (MFM 660), tallada en madera y policromada, está considerada como procedente de Taüll, no sin algunas reservas dado que ni se precisa su edificio de origen ni se conocen testimonios documentales que certifiquen dicha vinculación. Es de dimensiones modestas, con una altura de 60,5 cm y una anchura y un grosor de 22 cm.
Presenta una composición basada en la frontalidad, de cierta rigidez y hieratismo, propia de las representaciones de la Sedes Sapientiae. María va vestida con velo, manto sujetado por encima del pecho, túnica y sobretúnica; además, se vislumbra en bajorrelieve un cíngulo por encima de la zona correspondiente al vientre, que en otras tallas semejantes se re presenta pintado. Tiene la mano derecha extendida, de modo que debió de sostener algún tipo de objeto, como sucede en Virgen con el Niño (Museu Frederic Marès, MFM 660). Foto: © ArtWorkPhoto.eu tantos otros casos, mientras que la izquierda se sitúa en vertical, en un gesto de sostener o proteger al Niño. La figura de este último aparece sentada sobre la pierna izquierda de Ma ría y está constituida por una pieza de madera distinta a la de la Virgen, con la que se ancla mediante una espiga, también de madera. A grandes rasgos, su indumentaria es análoga a la de María, a una escala reducida. Realiza el gesto de bendecir con la mano derecha, como de costumbre, mientras sostiene el libro con los dedos de la izquierda, que se muestra cerrado.
Las coronas de ambos personajes mantienen una composición convencional, con una diadema de cierta altura y los florones ubicados en el frente y a los lados. También destaca la disposición del trono, con los montantes que se prolongan desde los laterales, prismáticos, culminados por una especie de disco en la parte anterior, y por una forma aproximadamente ovalada y puntiaguda en la parte posterior. El dorso de la pieza es plano, a excepción de la parte correspondiente al cuerpo de María, con los pliegues que siguen la forma del velo.
Virgen con el Niño (Museu Frederic Marès, MFM 660).
 

La policromía y el tratamiento superficial de la imagen ha experimentado cambios a lo largo de su historia. Cabría descifrar hasta qué punto el rojo del velo o el azul del manto pertenecen a su fisonomía original. Por otro lado, sobresalen algunas zonas tratadas con relieve en yeso (o estuco), como se observa en los bordes de la túnica de Jesús o en sectores de los laterales del trono. Se trata de un recurso frecuente en el revestimiento de todo tipo de producciones lignarias, de mo do que es frecuente detectarlo en objetos de mobiliario litúrgico. En otro ámbito artístico, el de la Cerdanya, se observa por ejemplo en la importante virgen de Ger.
Por su composición y elementos iconográficos la talla que nos ocupa ha sido asociada a diversas imágenes de la Ribagorza y su entorno, tal como apuntaron especialmente Teresa Vicens y Celina Llarás. Así, han sido citadas obras como la virgen de San Vicente de Roda de Isábena (robada por Erik el Belga en 1979), la virgen de Pedrui (conserva da en una casa particular de La Pobla de Roda), la de Santa Clara de Puycremat (Graus) o incluso la de Santa Liestra (colección Godia, Barcelona). Por el tipo de manto, también ha sido citada la virgen de Sant Gil de Pinyana (El Pont de Suert, conservada en el Museu de Lleida: diocesà i comarcal, MLDC 335), aunque en otros aspectos esta última se aparta totalmente de las citadas. También podemos añadir la de Obarra (colección Antoni Tàpies, Barcelona), en un estado muy alejado del original, desaparecida la figura del Niño. Otras obras de origen desconocido del Museu Marès han sido incluidas en el elenco de comparaciones, aunque en es tos casos la figura del Niño aparece sentada en el centro de la falda de María (MFM 669 y 841). Además, se han citado ejemplos ajenos al contexto ribagorzano, como la virgen de la Peña, conservada en la iglesia parroquial de Santa Cilia de Jaca o, más lejanamente, la de Iguácel (Museo Diocesano de Jaca). Cabe advertir que ambos ejemplos del ámbito jacetano presentan una estructura corporal de las figuras distinto, como puede observarse en la configuración de la zona de los hombros, que les confiere un carácter ligeramente monumental; en cambio, el repertorio de indumentaria es muy semejante a las citadas en primer lugar. Regresando al con texto ribagorzano, pueden incluirse en el grupo una imagen del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (inv. 60609) y la de la antigua colección barcelonesa Vall, en paradero desconocido, tal como indicó Jaume Barrachina. Y al grupo podemos añadir una pieza, también de procedencia desconocida, del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC 15935), lo mismo que una del Museu de Lleida: diocesà i comarcal (MLDC 1250). En efecto, todas estas piezas están asociadas entre sí por componentes de la indumentaria, así como por la posición no centrada de la figura de Jesús, en ocasiones. Por lo que atañe a imágenes de otras tipologías, se han comentado algunas correspondencias con la talla de un san Martín, de Benasque, desaparecida. También se han constatado diversas coincidencias entre algunas de estas ta llas en la composición del trono. Podemos citar, finalmente, ciertas coincidencias con una imagen perteneciente al ámbito del Pallars, de tratamiento más simplificado: la Mare de Déu de les Esplugues de Conques (Pallars Jussà).
Más allá de los casos citados, entre Cataluña y Aragón, debemos de subrayar que algunos elementos se observan en obras destacadas de otros ámbitos. Así, el recurso al manto sujetado por un medallón o fíbula (pintado, tallado o incluso destacado mediante una piedra preciosa), se detecta en obras del mundo hispánico en general como la virgen de Puentedura (Burgos, conservada en el Museu Frederic Marès), la virgen del monasterio cisterciense de Santa María de Perales (Museo de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid) o la de Nuestra Señora de Rocamador, en Estella (Navarra). En otros espacios artísticos, es interesante recordar la virgen de Saint-Martin des-Champs, París (ahora en Saint-Denis). También la sobre túnica se observa en Puentedura y en Rocamador. Todo ello sugiere la necesidad de estudiar más a fondo la indumentaria de las imágenes e intentar comprender su diversidad, según zonas o según cronologías.
Desde el punto de vista estilístico, la talla del Museu Marès sobresale por su calidad, tanto por el tratamiento de los rasgos faciales de las figuras como por el detalle en los pliegues de la indumentaria, especialmente en la sobretúnica y en la zona baja, y visible, de la túnica de la Virgen, en contraste con las superficies lisas del manto. La tendencia a la proliferación de pliegues recuerda obras fechadas entre las últimas décadas del siglo xii y el inicio del XIII. Probablemente, la obra más destacada en este entorno sea el frontal de talla de Santa Maria de Taüll, aunque su tratamiento plástico alcanza una elegancia y una precisión que no observamos en la pieza que nos ocupa. Sin embargo, una mirada hacia obras de Île-de-France a partir de las décadas centrales del siglo XII ya aporta posibles referentes lejanos para dicho tipo de tratamiento.
Su estado de conservación es bueno, a pesar de ciertas pérdidas en algunos puntos más delicados, como los dedos de las manos, detalles de las coronas, del trono o asiento y las lógicas pérdidas y transformaciones de la policromía. En cualquier caso, solamente un estudio detallado de la pieza, desde el punto de vista material y técnico, puede aportar más datos para su clasificación y para profundizar en su historia.
En definitiva, esta imagen de la Virgen con el Niño muestra una clara equivalencia con una serie de obras del entorno ribagorzano, que incluye artísticamente numerosas obras del valle de Boí. Llarás intentó agruparlas en torno a un hipotético grupo de Roda, desde la base de que en aquella antigua sede se conservó una talla semejante hasta 1978. Si bien hay que separar los aspectos iconográficos –especialmente definidos en estos casos por la indumentaria–, de los estilísticos, se puede acotar perfectamente dicho grupo, aunque no hay indicios claros para considerar que todas ellas procedan de un taller concreto. Lo significativo es la existencia de una serie de tallas que parecen seguir unos referentes o modelos determinados, que no solo se localizan en el ámbito ribagorzano, sino que aparecen también en otras zonas de Cataluña y Aragón y que, a su vez, pueden responder a directrices más generales. Por todo ello, la imagen de la Virgen con el Niño que nos ocupa concuerda con el contexto del valle de Boí, a pesar de no se pueda certificar documentalmente que proceda de Taüll. Sus aspectos estilísticos también permiten apuntar en una dirección análoga.
Respecto de su datación, se tiende a situar esta pieza, junto con otras, a principios del siglo xiii, si bien la fecha que aporta el museo es la segunda mitad del siglo XII. Las correspondencias con obras de otras tipologías, como el frontal de Santa Maria de Taüll (y sus posibles conexiones con el sepulcro de Roda de Isábena), nos sitúan en un contexto de las últimas décadas de finales de siglo XII, sin que se puedan descartar otras opciones.


Iglesia de Santa Maria de Taüll
La iglesia de santa Maria, la parroquial de Taüll, está situada en el centro del núcleo principal del pueblo, en la parte alta. El templo aparece documentado en 1123, cuando el 11 de diciembre el obispo de Roda-Barbastro, Ramón Guillem, consagró la iglesia, un día después de que hiciera lo propio con la de Sant Climent. La fecha de este acto apareció en un pergamino que envolvía unas reliquias descubiertas en una caja en el altar mayor los primeros años del siglo XX. Posteriores a esta fecha son otros documentos del siglo XII con donaciones de los condes del Pallars y la protección de los barones de Erill a la iglesia de Santa Maria. En estos años los condes y sus vasallos los barones de Erill, colaboraron con Alfonso el Batallador en la conquista y repoblación de los territorios ocupados por el Islam. Después de 1140, las iglesias de la población pasaron a depender del obispado de Urgell. En el siglo XVIII, Santa Maria, que se convirtió en la única parroquia de Taüll, fue reformada. Sus naves laterales se convirtieron en capillas, la central se cubrió con bóveda de cañón, se levantó una cúpula con cimborrio exterior en el transepto y el ábside del lado de la Epístola, el meridional, pasó a desempeñar las funciones de sacristía.
El aspecto más destacado reside en las pinturas murales, publicadas en 1907 como resultado de la expedición del Institut d’Estudis Catalans. Entre 1919 y 1923 se procedió al arranque de la mayor parte de ellas. Otros fragmentos de pintura fueron adquiridos en los años 60. A principios de los 70, se iniciaron las obras de restauración, que devolvieron a la iglesia su aspecto original del siglo XII, mediante la supresión de las reformas realizadas en siglos anteriores. Asimismo, se rebajó el nivel del suelo respecto al original. Durante la restauración se hallaron nuevos fragmentos de pintura románica que en parte se conservan in situ. En el entorno, durante unas excavaciones de 1966 se hallaron los restos de una necrópolis. En 2003 se realizó otra campaña arqueológica en el interior del templo.
El edificio, románico, es una estructura sencilla, de principios del siglo XII, aunque más cercana a modelos del siglo anterior. Sus muros están realizados con sillares bien tallados, a diferencia de los modelos anteriores. Es de planta basilical, con tres naves cubiertas con una estructura de madera a doble vertiente, que sostienen arcos formeros que se apoyan sobre pilares cilíndricos y columnas. La cabecera tiene tres ábsides semicirculares que dan a un amplio presbiterio donde se ini cian las naves. Incluida en la nave sur, se halla la torre campanario que posiblemente pertenecía a una antigua iglesia y que se incorporó a la consagrada en 1123. El campanario está formado por un alto zócalo de dos pisos cubiertos con bóveda de cañón en el interior, y cuatro pisos con ventanas, simple la del primer piso y geminadas las de los restantes tres pisos superiores. También del siglo XI, y perteneciente a la antigua iglesia, es un tramo del muro sur, junto al campanario y más cercano a la puerta de ingreso al templo. En los exteriores del campanario, se conservan restos del enlucido que lo cubría junto con algunas muestras todavía de pintura. La puerta principal de la iglesia, en el lado oeste, es simple con un arco de medio punto. Otra puerta se halla en el lado sur. En el exterior, los ábsides aparecen decorados con una línea de arcuaciones y bandas lombardas, y un friso de dientes de sierra en la parte superior.
Iglesia Parroquial de Santa María
Cabecera de coro
Fachada meridional y campanario.
Tal como ya hemos comentado, Santa Maria sigue un plan basilical, considerado “arcaico” por algunos autores al no incorporar la bóveda de cañón, más habitual.
En opinión de Immaculada Lorés, esta peculiar fisonomía, unida al uso de pilares cilíndricos estilizados, buscaba remitirse a un modelo prestigioso: el de la basílica tardoantigua con columnas. Ello se relacionaría con la aplicación de la reforma gregoriana llevada a cabo por el obispo Ramón de Roda entre 1104 y 1126, en la que los programas edilicios romanos y sus programas figurativos le habrían servido de inspiración.

Pintura mural
Adquiridas por la Junta de Museus en 1919, las pinturas fueron arrancadas entre 1919 y 1923 mediante el método del strappo, y traspasadas a lienzo por especialistas italianos y del Museu d’Art de Catalunya. En 1960 y 1971 siguieron todavía los arranques de fragmentos de pintura mural. Se pudo ob tener una segunda capa de la pintura del ábside, que actual mente se conserva también en el MNAC. La comparación de las dos capas permite estudiar la técnica de la pintura mural. Algunos fragmentos de pintura se conservan in situ.
Interior
 

El conjunto tiene importancia, además, por la extensa superficie pintada: gran parte de la cabecera de la iglesia, la nave sur y el muro occidental (la contrafachada). Cuenta con el programa más extenso, único en este sentido, de la pintura románica catalana. Cuando lo habitual es que se haya con servado solo la pintura del ábside, por la protección que hizo en su momento la construcción de retablos barrocos en las iglesias románicas, sobre todo en el siglo XVIII. El programa iconográfico presenta un ciclo completo, y responde a la función didáctica impulsada por la reforma gregoriana.
En el ábside central, en la bóveda se representa la Epifanía, con la Maiestas Mariae sentada en un rico trono y rodeada por la mandorla. Viste amplia túnica y casulla sacerdotal y apoya los pies en un taburete. Posee nimbo, y sostiene con las dos manos al Niño. Este con nimbo crucífero y vestido con ricas telas, sostiene un rollo con la mano izquierda mientras bendice con la derecha. Es la misma representación que encontramos en los ábsides de Santa Maria d’Àneu (MNAC) y de Santa Maria de Cap d’Aran (Metropolitan Museum, Nueva York). La Virgen y el Niño están envueltos en una mandorla, modelo que según A. Grabar procede de modelos iconográficos antiguos, y por ello identifica el tema como Sedes pueri y no como Maiestas Mariae (Yarza Luaces, J., 1999). A su lado, ocupando los espacios triangulares que flanquean la mandorla, aparecen, a la derecha del Niño, la figura de Melchor (melhior) y, a su izquierda, las de Gaspar (GasPas) y Baltasar (baldasar). Sobre los reyes dos estrellas (stela) de ocho puntas, una a cada lado, que quizás puedan relacionarse con el Officium Stellae, drama litúrgico representado con frecuencia en el siglo xii. La aparición de este astro es habitual en estas representaciones, pues son los mismos evangelios los que justifican la estrella que siguen los Reyes Magos cuando se dirigen a adorar a Jesús. Representa el camino a seguir. En el mismo sentido, la segunda estrella representa a Cristo, es la resplandeciente estrella matinal del Apocalipsis (22, 16) a la que debe seguirse. La historiografía también ha explicado la presencia de las dos estrellas como símbolo de la Antigua y la Nueva Ley.
La bóveda de cuarto de la esfera y el muro semicilíndrico aparecen separados por un friso ornamental de tipo clásico. Está formado por una greca dibujada en tres dimensiones, y con gran riqueza cromática. Es quizás el deseo de separar la tierra del cielo o el mundo inmaterial del mundo material.
El hemiciclo absidal aparece dividido en registros con temáticas que continuarán en los muros laterales de los dos tramos del presbiterio. En el primer registro aparecen bajo arcadas simuladas, según la antigua composición que encontramos en el arte romano, seis apóstoles y santos que sostienen, a excepción de Pedro, un libro con la mano izquierda velada para no profanarlo, y señalándolo con la otra mano. Se reconocen por sus atributos iconográficos las figuras de Andrés, Pedro y Pablo, con su calvicie, en el centro a los lados de la ventana, a los que siguen Juan y Santiago el Mayor. Debajo aparece un amplio friso con representaciones de animales fantásticos inscritos en círculos, que recuerdan los tejidos hispanoárabes del siglo x y que continúa, como veremos, en los muros laterales de espacio presbiteral que precede al ábside. Similar decoración aparece en San Baudelio de Berlanga (Soria) y en las pinturas de Maderuelo (Museo del Prado). Y finalmente en el tercer registro, se representa un friso que imita cortinajes, con motivos circulares y animalísticos que también continua por la parte baja de los arcos de triunfo.
Pinturas murales de Santa Maria de Taüll (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15863-CJT).
 

En lo alto de la bóveda presbiterial inmediata al ábside, aparece dentro de un clípeo el cordero místico –el Agnus Dei–, con el nimbo crucífero y llevando la cruz. A su derecha, una nube de la que sale la mano de Dios, la Dextera Domini, sobre la figura de Abel, que sostiene con las manos veladas un cordero como ofrenda. El sacrificio de Abel aparece también en Sant Quirze de Pedret. A la izquierda, en muy mal estado de conservación, otra figura que la historiografía identificó con Caín, pe ro que Gudiol i Cunill (1927) y Yarza (1999) han considerado que se trata de Melquisedec, tal como aparece en las pinturas de Maderuelo. Este personaje es representado en algunas obras de la Alta Edad Media cerca del espacio en el que se celebra la Eucaristía, como sucede, por ejemplo, en los mosaicos de San Vital de Ravena en donde aparecen las figuras positivas de Abraham y el sacrificio de Isaac, Melquisedec y Abel haciendo sus ofrendas. Pueden considerarse como una prefiguración del sacrificio de Cristo. En los muros laterales del tramo presbiteral más oriental, se sitúan dos figuras de apóstoles y santos, una en cada lado, como se aprecia en el registro correspondiente del hemiciclo absidal. En el tramo occidental del presbiterio se dis ponen cuatro figuras a cada lado, lo que eleva el total de figuras de este registro intermedio a dieciséis.
Debajo siguen, como en el ábside, la franja de medallones con animales y los cortinajes figurados, que también con tienen clípeos con motivos zoomórficos.
En el centro de la bóveda del tramo presbiterial exterior, cuyas pinturas están casi destruidas, aparecía, posiblemente, la Maiestas Domini dentro de una mandorla sostenida por ángeles. En los laterales de esta bóveda, los símbolos antropozoomórficos de los evangelistas, acompañados de ángeles. Se conservan las figuras de Lucas y Juan a los lados de un serafín con seis alas con ojos, y, finalmente, el arcángel Gabriel. Estas figuras de los evangelistas con cuerpo humano y cabeza del animal, el toro de san Lucas y el águila de Juan, no son frecuentes en la pintura romántica catalana, pero sí tiene una amplia tradición en la miniatura del siglo x de los beatos, y también las vemos en la pintura mural de San Isidoro de León y Maderuelo. En el lado opuesto, actualmente en muy mal estado de conservación, deberían de aparecer las figuras de los evangelistas Marcos y Mateo, un serafín y el arcángel Miguel. Los ángeles de este conjunto se relacionan iconográficamente y estilísticamente con los que aparecen en las pinturas de Maderuelo.
Pinturas del ábside central (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15863).
Ábside central. Pinturas de las bóvedas (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15863)
 

En el registro inferior, bajo los dos grupos de cuatro figuras de apóstoles y santos, continúan como en el muro cilíndrico del ábside, los medallones con animales en su interior: un águila, un felino, un pájaro, un ciervo, y otros seres fantásticos como uno con cabeza de felino y cola de pez. Continúa el friso, que, a modo de zócalo, representa cortinajes figurados con círculos como bordados que incluyen también representaciones de animales.
En el extradós del arco aparecen unos medallones circulares con cabezas humanas no identificadas, que siguen la tradición clásica. Quizás pudieran representar el sol y la luna.
M. Durliat (1974) comenta que la pintura de la bóveda del ábside con la Epifanía está concebida como una imagen del Apocalipsis, ya que debajo de ella se halla representado el colegio apostólico presidido por Pedro y Pablo y, además, en el coro se hallan representaciones de los evangelistas, serafines y arcángeles intercesores. Además, el Agnus Dei ocupa el centro del intradós del arco de entrada al ábside, y es adorado por Melquisedec y Abel que le presentan sus ofrendas. M. Angheben (2008), en cambio, define el tema como una teofanía, no el Juicio Final, pues los ángeles del ábside se oponen al Juicio Final de la contrafachada. Cohabitan pues dos teofanías, como en Müstair y en Sant’Angelo in Formis. Comparando la decoración del ábside con el de Santa Maria d’Àneu, este presenta una forma más compleja del tema al introducir las figuras de los profetas y haciendo más patente la temática del simbolismo tipológico oponiendo la Antigua Ley a la Nueva.
Los ábsides laterales debieron de estar pintados, pero actualmente solo se conservan escasos restos en el meridional. En el muro que separa este del ábside principal, se conserva la figuración de un capitel y los fragmentos de dos personajes. En el paramento triangular que sigue la inclinación de la techumbre situado sobre el arco presbiterial, se representa un cáliz flanqueado por dos pavos reales (Pavo), como encontramos en toda la tradición plástica desde el arte romano, paleocristiano y bizantino, durante toda la Alta Edad Media.
Los animales afrontados y en el centro el elemento definidor del tema sea el cáliz de la Salvación, el vaso cerámico como fuente de agua viva, la palmera o el vaso de la eucaristía. El pavo real representa la inmortalidad. En el centro del intradós del arco presbiterial, aparece la mano de Dios, dentro de un medallón circular sostenido por dos ángeles. Debajo, dos personajes que J. Ainaud (1973) ha identificado con dos pro fetas. Ello nos lleva, en conjunto a otro drama litúrgico, el Ordo Prophetarum, que desde el Antiguo Testamento anuncia la primera venida de Cristo. La decoración pictórica situada por el museo en la ventana de este ábside corresponde en realidad a la del ábside septentrional.
También estaban pintados los pilares y columnas de separación de las naves y el intradós de los arcos formeros. Los pilares semicirculares adosados a la fachada están decorados con pinturas con elementos ornamentales. Las columnas de separación de las naves tienen representaciones de santos obispos, como san Nicolás (nicholas) o san Clemente en actitud de bendecir. En esta columna en la que se representa a este papa se realizaron sobre las pinturas, en época no muy posterior a estas, unos grafitos. Esta cronología la demuestra la letra de una inscripción incisa, en la que puede leerse un nombre propio “Pere de la (...) ataul”, que responde a las abreviaciones y grafía de la primera mitad del siglo xii. La temática de estos grafitos se relaciona con el Juicio Final del muro oeste, con la representación del laberinto y del nudo de Salomón (Carbonell i Esteller, e., 1991). El laberinto, de antigua tradición clásica, fue interpretado en estos siglos medievales como el difícil camino que el cristiano había de seguir para acceder a la salvación.
En el intradós de los arcos de separación de las naves se representaban santos y profetas. Así en el cercano a la puerta meridional aparece el Agnus Dei y un santo. Y en el arco más próximo al muro occidental se distinguen dos figuras identificadas como Jeremías e Isaías, profetas que anunciaron los hechos del Nuevo Testamento, y otra figura no identificada. En una ocasión, el nombre inscrito de los profetas aparece escrito al revés.
La nave sur está completamente pintada. Empezamos la lectura por la parte más cercana al campanario y nos dirigiremos hacia el ábside. La historiografía no coincide en el sentido de la lectura, pues algunos historiadores empiezan por el lado más cercano a la cabecera. Las escenas están dispuestas en tres registros en el tramo que une el campanario con el ábside. En el registro inferior aparece una representación de cortinajes, separados por una banda ornamental geométrica de los dos niveles superiores. En el registro intermedio, que se ha de leer de derecha a izquierda, es decir, desde el campanario, se desarrollan las escenas siguientes: la revelación del arcángel Gabriel en el templo a Zacarías del nacimiento de su hijo Juan Bautista (Lucas 1, 5-20) y cuando Zacarías escribe el nombre de su hijo: “Juan es su nombre” (Lucas 1, 62-64). Normalmente es el profeta el que lleva un incensario, y aquí es el arcángel. Un cáliz aparece sobre el altar, lo que apunta también a la eucaristía. A continuación, los Reyes Magos adoran a Jesús, sobre el regazo de la Virgen dentro de una mandorla en la que también aparece, parcialmente incluido, un ángel que porta una vela. Se trata, en consecuencia, de la Epifanía. A continuación, sin separación, son las mismas figuras de los reyes los que visitan a Herodes. El evangelio de Mateo es el único que explica la presencia de los Magos y su visita al monarca judío.
Pinturas de la nave sur. Historia de Zacarías (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15861).
Pinturas de la nave sur. Epifanía y visita de los Magos a Herodes (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15861).
 

En el registro superior, muy difícil de interpretar, apare cen de derecha a izquierda: dos ángeles con lanzas y escudos; un personaje que corta su capa y la entrega a otro personaje; sigue otra escena con un cuadrúpedo que se enfrenta a un hombre; a continuación, en la siguiente, se representa una nave con dos personajes, uno de ellos un ángel; finalmente aparecen dos individuos, uno de ellos lleva una llave y es ben decido por el otro. El segundo episodio ha sido relacionado por Vivancos (1996) con la vida de san Martín, que parte su capa para darla a un pobre. Sureda (1981) sugiere que las dos últimas escenas podrían estar relacionadas con la vida de san Pedro; también se ha apuntado la posibilidad de que respondan a escenas de la vida de san Clemente.
En la puerta lateral, del muro sur, una greca ornamental sigue el extradós del arco de medio punto. En las enjutas, se han pintado una especie de serpientes, y en su interior apare ce una cruz flanqueada por peces.
Al otro lado de la torre campanario, la continuación del paramento sur, y el fragmento de muro occidental limitado por una columna adosada determinan una capilla que hace la función de baptisterio, la cual está decorada con pinturas que tienen relación con la decoración de la contrafachada. En el tramo del muro meridional se representa el infierno con los diablos monstruosos y las almas desnudas de los condenados. En este espacio, pero ya en el muro occidental, en el triángulo superior aparecen pájaros y un perro que persigue a otro animal, quizás un ciervo. A veces, a esta última escena se le ha dado un sentido vinculado a las constelaciones Canis Maior y Canis Minor (Yarza Luaces, J., 1999). Debajo en dos episodios unidos, Goliat es derribado por David, que le corta la cabeza con una espada. Representa el triunfo del Bien so bre el Mal, y estaría asociado al Juicio Final y la Salvación. Debajo, en el último registro, se han representado las figuras de unos ángeles.
Pinturas de la nave sur, muro occidental. David y Goliat (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 15865).
 

Siguiendo en el muro occidental, de cierre de la iglesia, sobre la puerta principal aparece representado el Juicio Final. En la parte superior central (no se conserva actualmente) debería de estar representado Cristo presidiendo el juicio, acompañado de la corte celestial angélica (Mateo, 25: 31), o bien con menos frecuencia en la península, la Etimasía, el trono de Cristo vacío que ocupará en el momento del Juicio Final. A la izquierda, uno de los personajes representado porta la cruz, el instrumento del sacrificio, otro individuo sostiene un libro, el tercero es un ángel; al otro lado, dos ángeles flanquean en el centro a un personaje sin alas, que Yarza (1999) ha identificado como el buen ladrón, Dimas, como aparece en Torcello. Esto nos da una versión no habitual del Juicio Final en la pintura mural románica.
Debajo, a la izquierda, la psicostasis, es decir el pesaje de las almas, con san Miguel (michael) que sostiene la balanza, y a la derecha las almas de los condenados en el fuego eterno (Mateo, 25: 41). Aquí, en este caso, se pesan las acciones morales (Yarza Luaces, J., 1981). En el tímpano de la puerta aparece representado un personaje masculino con una copa en cada mano, de difícil identificación. La historiografía ha intentado darle un significado, pero quizás nos encontremos ante una figura arcaizante de la orante paleocristiana que nos acerca a la Salvación (catalunya romànica, 1984-1998, XVI).
De las naves central y lateral norte solamente se conserva un fragmento. Se trata de la representación del baño de Jesús, por encima del pilar correspondiente a la cara sur, en la enjuta que une los dos arcos, sin duda parte de una Natividad. Conservado durante un tiempo en Sant Climent, fue restaurado e instalado en su emplazamiento original en 2024. Ello ha llevado a la historiografía a pensar que esta nave norte estaba dedicada al ciclo de la Infancia de Cristo.
El altar de la iglesia, hecho con ladrillos y enlucido, está también pintado con elementos ornamentales, con círculos tangentes a imitación de los tejidos orientales o andalusíes. Es de factura muy rústica.
La historiografía ha distinguido tres maestros o talleres en el conjunto de las pinturas de Santa Maria de Taüll. En primer lugar, el pintor de la cabecera, activo en 1123. Este primer pintor fue nombrado al principio maestro de Made ruelo por J. Gudiol Ricart (1950). En 1973, J. Ainaud consolidó su estudio y le dio el nombre de maestro de Santa María, diferenciándolo del autor de Maderuelo y con cronología anterior a este. Esta relación la justifica, además del estilo, porque el obispo san Ramón que consagró Taüll fue persona influyente en la corte de Alfonso el Batallador, quien repobló el valle alto del Duero a partir de 1120. J. Sureda (1981) planteó la posibilidad de que el taller que pintó en Maderuelo fuera un poco anterior a Santa Maria de Taüll, por la complejidad iconográfica del primer conjunto. Para Yarza, este primer maestro o taller de Santa Maria se incluiría dentro de la corriente llamada italo-bizantina, y un colaborador suyo es posible que trabajara en Castilla, en San Baudelio de Ber langa, poco después de 1123, y más tarde en Santa Cruz de Maderuelo. Su pintura influyó también en la cabecera de Sant Pere de Sorpe. Es un taller más italiano que bizantinizante, pero distinto a los pintores que vienen primero a Cataluña dando lugar a las pinturas de Pedret; en Santa Maria de Taüll es un pintor autóctono, bajo la influencia italiana pero que ha recogido estilemas del arte catalán del momento, como el geometrismo de las formas. Propone que este pintor es algo anterior al maestro de Sant Climent. Para Vivancos, es un pintor de formación italiana también, perteneciente al equipo del maestro de Sant Climent. Ambos pintores son contemporáneos y posiblemente independientes. Pertenece a este taller la obra del altar que imita un tejido islámico u oriental, ya citada anteriormente.
Para M. Castiñeiras (2008) un segundo pintor es el que realiza la decoración del ábside meridional, muy dañado. También situado cronológicamente en el momento de consagración de la iglesia, es un pintor de gran calidad. Tiene tam bién relación con las pinturas de Santa Cruz de Maderuelo (Museo del Prado). Estos dos grupos de pintores coinciden pues en torno a 1123.
Las pinturas de la nave sur, los muros meridional y occidental, las del intradós de los arcos de separación de las na ves y las columnas, corresponden a otro taller que ha venido a llamarse del maestro del Juicio Final, nombre propuesto por J. Gudiol. El descubrimiento bajo la pintura, en la escena de Herodes, de una cruz pintada en la consagración de 1123, determina que los murales son posteriores a esta fecha. J. Ainaud (1973) relacionó estas pinturas con los conjuntos del círculo de Susín (Museo Diocesano de Jaca) descubiertos en 1966, de Surp (Museu Nacional d’Art de Catalunya y Museu Diocesà d’Urgell) y con el frontal de San Vicente de Vió. Borrás y García Guatas (1978) dicen que no corresponden a es te maestro las pinturas de Susín, pero admiten cierta relación con la tabla de Vió. Es una pintura con un estilo más tosco, sin refinamiento, con una gama cromática muy reducida, y con errores en la descripción de la iconografía. Se relaciona estrechamente con los ángeles del ábside norte de Sant Climent de Taüll, y en ello coincide gran parte de la historio grafía. Este taller es, pues, algo posterior al maestro de Santa Maria, poco tiempo después del año 1123.
Estamos ante uno de los conjuntos más importantes de la pintura románica en Cataluña, tanto por el completo pro grama iconográfico que permite desarrollar la extensa superficie pintada conservada, como por la calidad de uno de sus talleres (no el otro): el que decora la cabecera de la iglesia, y que presenta un estilo más evolucionado dentro de la influencia italiana que se da en la pintura románica. La importancia del conjunto de Taüll con las iglesias de Sant Climent y Santa Maria, con arquitecturas simples y arcaizantes, pero con grandes maestros que decoran con murales los templos en unos años concretos, nos habla de la importancia de la nobleza de esta zona, los barones de Erill, vasallos de los condes de Pallars, y del obispo Ramón, en un momento de repoblación de un territorio por parte de la nobleza, y tam bién de propagar y afirmar la reforma gregoriana por parte de la iglesia.

Obras de talla en madera
De Santa Maria de Taüll procede, sin duda alguna, el repertorio de obras de escultura en madera más amplio y variado del románico en Cataluña. En su mayor parte, los diversos objetos fueron puestos a la luz como resultado de la expedición del Institut d’Estudis Catalans, en 1907, tal como muestran testimonios escritos y fotográficos surgidos de aquel transcendente episodio. Todo ello queda compuesto por un frontal de talla, que entonces aparecía con el añadido de un san Juan Evangelista –inicialmente concebido como parte de una cruz–, de dos crucifijos, y de una figura de una María –a la que algo más tarde se sumaría otra– atribuibles a un grupo de la Visitatio Sepulchri. También entonces apare cían cuatro figuras de un Descendimiento de la cruz, que hoy consideramos posteriores a 1250, del mismo modo que una imagen de la Virgen de la Leche. Gran parte de ellas pasaron al mercado del arte para formar parte integrante de los fondos de diversos museos en Barcelona, Cambridge (Massachussetts) y París, en estados de conservación diversos. En líneas generales, cada una de las piezas concuerda con las constan tes iconográficas y estilísticas visibles en el valle de Boí (Sant Climent de Taüll, Erill la Vall, Durro…), de la Ribagorça y de sus alrededores.
Tratamos en detalle cada una de las piezas a continuación, de acuerdo con una ordenación basada en criterios de cronología. De las piezas conservadas o documentadas, dos de ellas se alejan de una datación ajustada a lo que se califica como “románico”: en primer lugar, las cuatro tallas del Descendimiento, del cual se incluye un breve texto para justificar su distinta clasificación; en segundo lugar, una talla de la Vir gen de la Leche, actualmente desaparecida.
Dos tallas de las Marías procedentes de un grupo de la Visitatio Sepulchri.
En una de las fotografías que muestran las imágenes ex traídas de la iglesia de Santa Maria en 1907 aparece una talla de una figura femenina (Arxiu Mas, C-1300), con un singular tocado, que por sus dimensiones y calidad escultórica sobre salía entre las restantes. Posteriormente, Joaquim Folch i Torres publicaba una segunda pieza semejante, aunque con una posición y gestualización diferentes. La primera se conserva en el Fogg Museum (actualmente Harvard Art Museums, en Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos, inv. 1925.11), mientras que la segunda está custodiada en el Musée national du Moyen Âge-Thermes et Hôtel de Cluny (Cl. 23673), en París. Las dos fueron reunidas con motivo de la exposición dedicada a la escultura del valle de Boí entre 2004 y 2005, sucesivamente en el museo parisino y en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, lo cual permitió la confrontación directa entre ambas. Sin embargo, los balances historiográficos de ellas difieren entre sí, con identificaciones diversas, lo cual invita a iniciar su análisis de modo individual, más cuando durante mucho tiempo no han sido tratadas como posible parte de un mismo conjunto.
Artista desconocido. Figura femenina (Harvard Art Museums/Fogg Museum, Friends of the Fogg Art Museum Fund).
 

Tal como hemos comentado, la primera imagen salió a la luz en 1907. Posteriormente, pasó a formar parte de las colecciones de Henri Daguerre y Alphonse Kahn, para ser comprada más tarde, en 1925, por el Fogg Art Museum a Arnold Seligmannm Reyd & Co. Se trata de una figura femenina, presentada frontalmente, que conserva la base o pie por medio de la cual debía de quedar fijada en un soporte. Sus dimensiones la acercan a una escala natural, monumental, con 154,9 cm de altura, 38,1 cm de anchura y 31 cm de grosor; la madera es de árbol frutal, probablemente de peral. Presenta algunos restos de policromía. Viste túnica, manto y aparece tocada con un velo, a modo de maphorion, de perfil ovalado, tal como sucede en las imágenes de la Virgen de los Descendimientos de la cruz conservadas y procedentes del valle de Boí (Erill la Vall, Durro). El planteamiento simplificado de las extremidades, en parte motivadas por la adaptación de la composición a la pieza de madera, comportan un gesto con la mano derecha, con la palma abierta y mostrada hacia el espectador; no se conserva la mano izquierda, que quizás sos tenía un objeto. Con estos elementos, había sido objeto de diversas identificaciones, entre ellas, como imagen de María de una Anunciación.
La segunda imagen fue publicada por Folch i Torres en 1932 sin que existan testimonios documentales sobre su ori gen. Mide 133 cm de altura, por 38 cm de anchura y 31 cm de grosor y está trabajada con madera de peral. Fue vendida por Jacques Bacri, de París, entre 1928 y 1932, perteneció a la colección Théodore Pitcairn, y, posteriormente, a la de Florence Guillemin. Reapareció para la historiografía y pa ra el público cuando fue donada al citado museo parisino en 2001, mediante una donación de la Association pour le rayonnement du Musée du Moyen Âge, con la participación de AREVA.
Aparece de pie, con el torso y la cabeza inclinados hacia delante, este girado hacia su izquierda; viste con túnica y manto, y con un velo a modo de cofia de contorno casi almendrado y cuello remarcado. Los brazos, de la misma pie za que integra la figura entera, se doblan hacia adentro para que, en un gesto aparentemente forzado, muestre las palmas de ambas manos abiertas hacia el espectador. Faltan los pies y el zócalo donde se apoyaban y mediante el cual la figura debía quedar fijada. De la policromía solo quedan algunos vestigios, cuyo análisis indica la presencia de amarillo (oropimente) en la indumentaria, bordeada de galón rojo.
Ambas figuras coinciden en diversos aspectos, como en su escala –la diferencia de altura es atribuible a la pérdida del zócalo en la de París–, materiales y, especialmente, rasgos estilísticos. La esbeltez de la composición, la elegancia en el trabajo de los pliegues de las vestiduras, particularmente de escaso relieve, el perfil ovalado de las cabezas y los ojos almendrados bajo los arcos enfatizados de las cejas, que en lazan con la nariz, coinciden. Por ello, pertenecen al círculo de imágenes lignarias que agrupó los conjuntos del Descendimiento de la cruz del valle de Boí y, también, del valle de Aran. De este modo, el sentido del volumen que se observa en las cabezas aproxima estas dos tallas al Cristo de Mijaran (actualmente conservado en la iglesia parroquial de Vielha) y a una talla identificada como un san Juan Evangelista, de ori gen no documentado con certeza, conservada en el Museu de les Cultures del Vi de Vilafranca del Penedès (VINSEUM). No es de extrañar, pues, que se haya intentado establecer una vinculación más directa entre las dos Marías y la imagen de Vilafranca, que algún autor ha asociado con un san Juan identificado por Gudiol i Cunill en Sant Climent de Taüll. Con ello, las dos imágenes que nos ocupan se apartan ligeramente de las del Descendimiento de Erill la Vall, que recibieron un tratamiento de líneas y de volumen más esquematizado.
La presencia de estas dos tallas permitió a Xavier Dectot sugerir que ambas proceden de un grupo de la Visita de las Marías al Sepulcro. Ello añade un nuevo componente iconográfico y litúrgico en los grupos de talla del valle de Boí, único en Cataluña, si tenemos en cuenta que el resto de las piezas formaban partes de grupos del Descendimiento. En el ámbito europeo hay que considerar especialmente el gru po correspondiente a la figura de un ángel, que también ha estado asociada a un grupo similar, procedente de Colonia (Boden Museum, Berlín), fechado hacia 1170-1180. Aunque técnicamente es muy diferente a las piezas ribagorzanas, nos interesa su realización en fechas avanzadas en el siglo xii. En definitiva, la presencia de un conjunto de este tipo se ha supuesto relacionada con el teatro litúrgico, de acuerdo con la representación del drama de la Visitatio Sepulchri en el marco del ciclo de la resurrección de Cristo, documentado en Vic durante el siglo xii. En cualquier caso, de la importancia de este ciclo en el valle de Boí hay un posible testimonio en un frontal de altar, más tardío, conservado en el Museu Episcopal de Vic (MEV 9707) (tratado en el volumen I de los correspondientes a Barcelona, pp. 515-516), del cual se ha supuesto un origen en la misma iglesia de Sant Climent de Taüll, aunque no está documentado. Su temática, muy relacionada con el Santo Sepulcro de Jerusalén, estaría en consonancia con la existencia de tallas como las que nos ocupan y con un desarrollo del ciclo pascual en el valle de Boí.
Queda por tratar el asunto de la datación de ambas es culturas, que, evidentemente, está ligado estrechamente a la cuestión, compleja, de los Descendimientos de la cruz y de una serie de crucifijos pertenecientes al mismo círculo artístico. Así, las opiniones para la datación de los conjuntos se han balanceado entre dos puntos de vista. En primer lugar, se proponía una cronología alta en el siglo xii, basada en las analogías existentes en la indumentaria entre las figuras de Ma ría de los Descendimientos y la de las pinturas del ábside de Sant Climent de Taüll, del entorno del 1123. Podemos añadir ciertas correspondencias existentes en cuanto al tratamiento del cuerpo desnudo en las figuras de Cristo y algunas representaciones pictóricas de las iglesias de Taüll. Cabe señalar que esta cronología es la que se aporta de cara a la figura del Musée de Cluny. Junto a este parecer, que admite la continuidad del grupo en obras y dataciones más avanzadas, se ha desarrollado una tendencia que aboga por una cronología más reciente, entre la segunda mitad del siglo xii y el 1200. En este sentido, la vinculación de los grupos del Descendimieto de la cruz con la lucha contra el catarismo ha justificado esta avanzada datación. En este debate también hay que considerar, lógicamente, el otro ejemplo conocido y compuesto nuevamente con siete personajes, el Descendimiento de Sant Joan de les Abadesses, llamado Santíssim Misteri, que, como he mos dicho más arriba, se fecha en 1251. Si bien desconoce mos cuál fue la composición de otros conjuntos de los cuales solo se conserva la talla de Cristo, es interesante constatar la equivalencia entre los conjuntos del valle de Boí –sin olvidar Aran– y el entorno de Ripoll, quizás atribuibles a los vínculos que existieron desde el siglo xi entre dichos ámbitos.

Frontal de altar de talla
Las fotografías de la expedición del Institut d’Estudis Catalans de 1907 muestran entre las obras escultóricas y de mo biliario sacadas a la luz en Santa Maria de Taüll un frontal de altar de talla (Arxiu Mas, C-03390). Asimismo, las notas de aquella Missió tomadas por Josep Gudiol i Cunill aluden a un frontal d’altar ab l’apostolat y Jesus mestre – segle XII-XIII, repintat en 1589 entre los contenidos de la parroquial, aparte de citar las pinturas murales y otros objetos de épocas románica y posteriores.
Con la importante adquisición de parte de la colección Plandiura, en 1932, el frontal ingresó en el museo, donde siempre ha sido expuesto en las salas como una de las obras más singulares de talla en madera (MNAC 3904). Sus dimensiones se sitúan dentro de las medidas más o menos habituales para este tipo de muebles: 97 cm de altura, 135,5 cm de anchura y 11 cm de grosor. Trabajado en madera, conserva restos significativos de policromía al temple, y se distingue por contar con tallas de madera aplicadas y ordenadas en registros y cobija das bajo arcos separados por columnillas. Su composición se basa en un esquema tripartito, habitual en obras de esta tipo logía elaboradas en otros soportes y técnicas (orfebrería y metalistería, escultura en piedra o mármol, pintura sobre tabla). Su iconografía también responde a una selección visible con cierta frecuencia, que cuenta con numerosos ejemplos en Cataluña entre los siglos xii y xiii, especialmente en pintura sobre tabla. Así, en el registro central aparece la figura de Cristo en majestad (Maiestas Domini), inscrito en la mandorla y rodeado por el tetramorfos, mientras que en los laterales se ordenan las figuras de los apóstoles. Trataremos con mayor detalle la composición iconográfica de la obra más adelante.
Fechable hacia 1200, con anterioridad a su descubrimiento moderno había sido objeto de una refección, que también comportó un repintado documentado gracias a la inscripción parcialmente conservada en el marco superior donde se lee la fecha Foc Pintat a 1579 (“Fue pintado en 1579”). Los seres del tetramorfos fueron sustituidos por unos motivos florales también pintados. Es posible que fuera entonces cuando se introdujeron cambios en algunas figuras, lo que supuso la incorporación de una estatuilla que representa ba a san Juan Evangelista, procedente sin duda de un crucifijo de tipo calvario fechable en época románica, que se ubicó en el extremo superior derecho del conjunto (según el punto de vista del espectador), tal como es visible en la fotografía de 1907. Esta talla ingresó también en el museo, con posterioridad al frontal, procedente de la colección Bosch i Catarineu (luego Muñoz Ramonet) (MNAC 035.720). La citada intervención del siglo XVI comportó la desaparición de una talla original, quizás ya perdida o deteriorada previamente, de la cual no se conserva rastro alguno. Para la historia y la f isonomía actual del frontal también fue determinante la intervención que firmó Arturo Cividini en 1924, documentada a través de significativas fotografías. En ese momento el san Juan añadido en 1579 fue retirado, mientras que se incorpora ba una talla de Judas ahorcado (permutando su ubicación con la del apóstol situado originalmente en el extremo inferior), cuyo estilo es muy alejado del de época románica (MNAC 107.889). Posteriormente, ya en el museo, fue retirada la talla de Judas y se planteó una nueva recomposición del frontal, dejando vacío el arco que durante buena parte de la historia de la tabla había sido ocupado por el citado san Juan. De la policromía, buena parte de los vestigios se corresponden con el repintado del siglo XVI, según es visible en lo que permanece de la inscripción que recorría las dos líneas horizontales del marco. Las verticales y el fondo del registro central lo eran con motivos vegetales. Buena parte de esta decoración, visible en fotografías realizadas entre 1907 y 1924, ha desaparecido. También fue borrada la inscripción que había sido firmada por Cividini.
Frontal de altar. Madera policromada (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 3904).
 

Todo el conjunto queda enmarcado en los cuatro lados, con vestigios de policromía, mientras que en un nivel sensiblemente inferior se sitúan las piezas de madera que ordenan la composición con los registros, la mandorla y los arcos que inscriben las figuras de los apóstoles. Las figuras se acoplan a la tabla mediante clavijas de madera de un cierto espesor, que posiblemente no sean las originales. En el centro destaca la imagen del Cristo en majestad, entronizado, inscrito en la mandorla, en una composición totalmente frontal, haciendo el gesto de bendecir con la mano derecha y sosteniendo el libro con la izquierda, abierto. Va coronado y viste con tú nica y manto, tratada con pliegues de cierta elegancia, geometrizados y reiterados. A su alrededor estaban los símbolos del tetramorfos, de los cuales todavía quedan huellas de los huecos practicados para fijar cada uno de los relieves ligna rios, que indican una disposición tradicional, con el ángel de Mateo y el águila de Juan en la parte superior, en disposición centrífuga, con la cabeza girada hacia el interior, y el león de Marcos y el toro de Lucas en la parte inferior.
A ambos lados se distribuyen las figuras de los apóstoles, en dos niveles e inscritos en formas arquitectónicas a base de arcos sobre columnillas. Todas las figuras visten con túnica y manto, mientras sostienen un libro, y están tratadas con una cierta variedad según los gestos, el tratamiento de las cabezas y de los pliegues de la indumentaria. Presentan notables res tos de policromía donde se combinan las tonalidades rojizas con las verdes. A excepción de dos de ellas, es difícil concretar su identificación. En el registro superior, a la izquierda de Cristo, se sitúa la figura de san Pedro, que muestra las llaves, y la de san Pablo, con su característica calva; esta disposición no es la más habitual, aunque se observa en la tabla pintada llamada de Esquius (MNAC 65502), vinculada con el taller de Ripoll. La figura imberbe ubicada en el recuadro opuesto podría identificarse con san Juan Evangelista por su posición central junto a Cristo. No hay que olvidar que en las notas de Gudiol extraídas de la expedición de 1907 se citaba y dibuja ba otro frontal de altar en la iglesia de Sant Climent de Taüll, de composición general análoga al de Santa Maria, si bien el dibujo muestra una doble mandorla en el centro.
El frontal de Santa Maria de Taüll es uno de los ejemplos más destacados de la serie de objetos de mobiliario tra bajados en madera conservados en Cataluña, entre los que también sobresale el de Sant Pere de Ripoll (Museu Episcopal de Vic, MEV 556). En este caso, se repite un sistema de enmarcado de los personajes bajo arcos y entre columnillas similar al de Taüll, aunque técnicamente sea totalmente distinto al que nos ocupa. Este tipo de composición se observa igualmente en tablas estrictamente pintadas, como la de Farrera de Pallars (MNAC 15808), o elaboradas en otras téc nicas, como sucede en el caso de Esterri de Cardós (MNAC 15899). Otros ejemplos significativos pertenecientes al con texto ribagorzano, aunque desprovistos de la tabla de ori gen, los situamos en Bibils (cuyas estatuillas se conservan parcialmente en el Museu Nacional d’Art de Catalunya) y en el grupo de tallas que fue asociado a Erill la Vall, pero cuyo origen es difícil de definir. Siguen prácticamente el mismo es quema los de Sant Hilari de Buira (Museu de Lleida: diocesà i comarcal), aunque con una iconografía distinta, tal como sucede más tardíamente en casos como el del frontal de Sant Pere del Burgal (Museu Episcopal de Vic), o, de nuevo en el ámbito ripollense, el de carácter mariano de Sant Joan de les Abadesses, que perdió toda su escultura. Más allá de los ejemplos que hemos citado, pertenecientes básicamente a los entornos ribagorzano y ripollense, este tipo de composición se observa en producciones de otros ámbitos y formatos: ci taremos, solo como dos ejemplos alejados entre sí en todos los aspectos, el Arca Santa de Oviedo, fechada en 1122, o el frontal trabajado en piedra de Avenas, en Borgoña (actual departamento del Rhône), fechable hacia el segundo cuarto del siglo XII. Evidentemente, existen profundas diferencias de orden compositivo e iconográfico entre dichas piezas, pero muestran la difusión de unos esquemas compositivos basados en el registro central de la Maiestas Domini y los dobles registros laterales con el apostolado.
Desde el punto de vista estilístico, las tallas del frontal se caracterizan por la nitidez de las formas, por un cierto vigor en el relieve y por un recurso a estereotipos en el tratamiento de los pliegues que han llevado a compararlo con conjuntos de escultura monumental en piedra. Algunas diferencias en la talla y en la indumentaria son debidas a la diferente escala de las figuras, entre la del Cristo en majestad y la de los apóstoles.
Se trata de una de las piezas de mayor calidad de la Ribagorza, si bien no están del todo claros sus paralelos significativos en la zona. C. Llarás observó algunas correspondencias con la talla de la Virgen con el Niño que se considera procedente de Taüll (Museu Frederic Marès, Barcelona, MFM 660). En el tratamiento de los pliegues, así como en el perfil de la coro na, incluso en los rasgos faciales hay claros puntos de contacto. El análisis de dicha talla mariana la ha puesto en contacto con otros ejemplos de la zona ribagorzana, o incluso con la desaparecida talla de un san Martín de Benasque. Por último, son interesantes las equivalencias con la escultura pétrea de la antigua catedral de Roda de Isábena, tal como se observa con los relieves que constituyen el tetramorfos del sepulcro de san Ramón, que ha sido fechado con cierta unanimidad hacia 1170 y que podrían hacer replantear la datación más avanzada y cercana al 1200 para el frontal que nos ocupa.

Tallas del Descendimiento de la cruz
El Descendimiento de Taüll (MNAC 3915-CJT) conserva solamente cuatro de los siete personajes que debieron de componerlo. Aparte de la imagen de Cristo, se cuenta con las figuras de José de Arimatea, la Virgen y uno de los dos ladrones. Una parte sustancial de sus características iconográficas, compositivas y estilísticas muestran cierta familiaridad con los Descendimientos fechados en el siglo XII, especialmente con el de Erill la Vall. Sin embargo, del estudio detenido de las tallas se detectan diferencias significativas respecto del resto de las obras del valle de Boí y de su círculo artístico.
Ello puede comprobarse con la gestualidad de las figuras, tal como es visible, por ejemplo, tomando como referencia las de María de Erill (MNAC 3917) y Durro (MNAC 15895), si nos atenemos a las figuras conservadas. También hay aspectos relativos al tratamiento de las superficies, de la anatomía, que muestran algún tipo de dependencia respecto de los otros casos. Sin embargo, las formas son más esquemáticas y los volúmenes más angulosos respecto de las obras normal mente fechadas en el siglo XII.
Las dimensiones de las figuras de Taüll son sensiblemente inferiores a las de los restantes ejemplos (crucifijo: 122 x 168 x 22 cm; José de Arimatea: 103 x 38 x 29 cm; María: 110 x 29 x 17 cm; ladrón: 100 x 20 x 15 cm), que acostumbran a adquirir un fuerte sentido monumental. Lo mismo sucede en comparación con las dos tallas identificadas como parte de una Visitatio Sepulchri, que hemos tratado más arriba. Ade más, y especialmente, las diferencias se acentúan al abordar la imagen de Cristo, en el momento de ser desclavado –por un Nicodemo aquí desaparecido– y sostenido por José de Arimatea, la mano izquierda del cual está tallada en la misma pieza que configura el tronco del crucificado, como sucede en tantos otros ejemplares. A diferencia del Cristo de Erill (y del desaparecido de Durro), se trata de una imagen de tres clavos, con un doble cruce de las piernas y los pies. Si bien el cuerpo presenta rasgos que muestran similitudes de orden estilístico con Erill y Mijaran, el tratamiento es escultórica mente más simplificado, aunque no desprovisto de sutilezas como la curvatura que marca el relieve de la zona del perizonio. La estructura compositiva de esta pieza también es difrente, algo que sucede igualmente con la cabeza, más incli nada y trabajada con un menor sentido del detalle que en los ejemplos fechados en el siglo XII. Igualmente, el tratamiento de los rasgos faciales y del conjunto del cuerpo refleja una marcada intención de mostrar el sufrimiento, lo que lo sitúa como un claro ejemplo de innegable carácter doloroso. Así, fueron reesculpidos algunos detalles corporales de la imagen y esta fue repintada.
Tallas del Descendimiento de la cruz (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 3915-CJT).
Tallas del Descendimiento de la cruz (Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC 3915-CJT).
 

Además, presenta los brazos articulados, mediante un sistema muy simple basado en hembrillas cerradas de hierro forjado que los enlazan con los hombros. Así se facilitaba su movimiento ascendente o descendente, como una ligera rotación por delante del cuerpo, lo que permitía tanto representar episodios como el Descendimiento –o desenclavo– de Cristo como su sepultura. Si bien desconocemos de qué época son las piezas de metal utilizadas, estas ya son visibles en la pri mera fotografía conocida del conjunto, de 1907. Hay que advertir que en origen la talla no fue concebida para ser arti culada, si tenemos en cuenta que en la zona de los hombros todavía quedan parte de las mechas con las que las piezas correspondientes a los brazos encajaban con el cuerpo. De este modo, hay que considerar un lapso de tiempo entre la producción de la imagen, del conjunto del Descendimiento, y su adaptación como imagen articulada. Es viable pensar que las articulaciones fueran practicadas al mismo tiempo que fue transformada la fisonomía de la imagen, aunque el uso de este sistema también pudo ser aplicado con posterioridad.
Toda esta serie de rasgos nos obligan a situar el Descendimiento de Santa Maria de Taüll como un conjunto de fecha avanzada, bajomedieval, lejos ya de lo que en términos convencionales se suele definir como románico, lo que iconográficamente lo sitúa en pleno gótico. Por estos motivos, lo incluimos en estas páginas con un texto simplificado, teniendo en cuenta la historiografía asociada al arte románico que lo ha tratado. Asimismo, todos estos aspectos que configuran su fisonomía actual, restauraciones modernas aparte, nos obligan a interrogarnos sobre las transformaciones que el conjunto, por un lado, y la imagen del Crucificado, individualmente, pudieron experimentar especialmente entre los siglos XIII y XIV, sin descartar fechas más avanzadas.

 
lglesia de Sant Feliu de Barruera
La iglesia de sant Felíu de Barruera, localidad que actúa como cabeza del municipio de La Vall de Boí, se encuentra a 13,7 km de El Pont de Suert, desde donde se llega por la carretera L-500, que se adentra en el valle. El templo se halla junto a la carretera, en un prado a la orilla derecha del río Noguera de Tor.
Se considera que podría corresponderse con Barruera el lugar conocido como Sant Feliu, consignado en el inventario de bienes del monasterio de Santa Maria de Lavaix como donación del conde Frédolon de Toulouse a mediados del siglo IX. En virtud del acuerdo firmado en 1094 por Artau II y Eslonça con Ramon V y Valença, las localidades de Boí, Taüll, Cardet y Barruera pasaron a manos del condado de Pallars Jussà. En un documento que se puede datar entre 1099 y 1104 se da fe de la dedicación de una iglesia a san Félix mártir, ceremonia a la que asistieron Ledgarda, esposa de Miró Guerreta, y sus hijos, Miró Guerreta, Guillem Miró y Ramon Miró, los cuales dotaron al templo de un hombre en el castillo de Castellars. Esta iglesia podría ser la de Barruera, dado que, desde 1072, parte del valle de Boí formaba parte del señorío de Miró Guerreta. Posteriormente, Barruera pasó a manos de la familia de los Erill, señores dominadores del valle a comienzos del siglo XII. En la concordia de 1140 entre los obispados de Roda de lsábena y Urgell, en la que se fijaron los respectivos límites diocesanos, Barruera pasó a formar parte de este último.
El aspecto que ofrece actualmente la iglesia de Sant Feliu de Barruera es el resultado de una severa restauración realizada, durante los años setenta del siglo XX, sobre un edificio que ya había sido fuertemente reformado a lo largo de los siglos. Posiblemente, inicialmente estuvo concebido para tener una planta basilical de tres naves con sendos ábsides semicirculares. Los restos de una columna de sección circular conservados en la entrada de la capilla norte parecen indicar que, como sucede en otras iglesias del valle, como Sant Climent y Santa Maria de Taüll y Sant Joan de Boí, dichas naves podrían haber estado separadas por columnas y no por pilares cuadrangulares o cruciformes. Ya sea porque el proyecto inicial no se llegó a finalizar, ya porque parte del templo no se ha conservado, el hecho es que actualmente presenta una planta formada por una sola nave rectangular —algo irregular—, un transepto que sólo cuenta con un brazo —el sur—, una cabecera formada por dos ábsides semicirculares, precedidos de sendos espacios presbiteriales, y una torre campanario, de sección cuadrada, en la esquina suroeste.
Posteriormente, se le adosaron en el flanco norte de la nave dos capillas y una sacristía —que fue eliminada en la citada restauración—, así como un pórtico delante de la fachada oeste y otra capilla entre la torre y el brazo del transepto, que también fue derruida en dicha intervención.
En el paramento exterior del ábside norte, el correspondiente a la nave, seis lesenas, apoyadas en un tosco zócalo, determinan siete entre paños coronados por sendas parejas de arquillos ciegos apoyados en pequeñas ménsulas triangulares. Los entre paños pares cuentan con sendas ventanas de doble derrame y arco de medio punto. Sobre los frisos de arquillos, dos hiladas de piedras están colocadas de tal manera que simulan una imposta biselada. Por su parte, el ábside meridional, adosado al muro oriental del brazo del transepto, es totalmente liso, está coronado por una imposta biselada y en él se abren dos ventanas, una en el centro y otra en el lado sur. Ambas son alargadas y estrechas, de derrame simple hacia el interior y arco doblado en el exterior.
 

Las techumbres troncocónicas de losas de pizarra de los dos ábsides fueron reconstruidas en su totalidad durante la restauración. Asimismo, también se fueron añadidas en dicha intervención las dos alargadas ventanas de arco de medio punto situadas en los muros sur y oeste del transepto —una de ellas para sustituir una ventana cuadrangular moderna—.
La puerta, cuya realización ha sido situada en los siglos XVI o XVI, se encuentra bajo el pórtico moderno de la fachada oeste. A pesar de estar formada por un arco de medio punto, las molduras que recorren sus dovelas y jambas denotan su factura tardogótica. Su cerrojo, que presenta un pasador rematado por una cabeza de un bóvido, podría ser contemporáneo al resto de la portada.
 
En la parte superior del paramento de este frontis occidental se aprecian diversos procesos de reforma de la nave, que al menos fue realzada en dos ocasiones.
Además, en el lado sur, junto a la torre, se adivinan los restos de lo que podría haber sido un campanario de espadaña. Los vanos que se abren en lo alto de la fachada, entre ellos un óculo, fueron añadidos en el transcurso de alguna de las reformas acometidas La torre campanario, a la que se accede desde el interior del templo, presenta dos partes bien diferenciadas y de distinta cronología. La mitad inferior, posiblemente construida en el siglo XII, es totalmente lisa y apenas tiene cuatro pequeños y estrechos vanos, que podían calificarse de aspilleras, dos en la cara oeste, y los otros dos en los blancos sur y este. Por encima de la moldura que divide ambas fases, se elevan dos cuerpos con grandes vanos para las campanas en cada una de sus caras, que fueron realizados en época moderna.

En el interior, la nave se cubre con una bóveda de cañón reforzada por cuatro arcos Sajones apoyados en ménsulas, que no se corresponde con la cubierta original, y que fue realizada cuando se llevó a cabo el sobrealzado del templo. bastante más bajas son las dos bóvedas de cañón que cubren los dos tramos que configuran el doble presbiterio que precede al ábside, que cuenta con la habitual bóveda de cuarto de esfera. Refuerza la idea de que el proyecto original incluía la construcción de un edificio de tres naves, la existencia de este presbiterio doble, cuyos tramos presentan diferente altura y anchura, pues es una solución que también se utilizó en las iglesias de Sant Climent y Santa Maria de Taüll. El brazo sur del transepto se cubre con una bóveda de cañón perpendicular al eje longitudinal de la nave, mientras que el ábside a él adosado y el tramo presbiterial que le precede se cubren, respectivamente, con sendas bóvedas de cuarto de esfera y de cañón. A los pies del templo se construyó un coro elevado de factura moderna.
El aparejo utilizado en los entrepaños del ábside norte y en los lienzos del presbiterio a él asociado está formado por tosca mampostería, que contrasta con el uso de sillarejo de piedra toba en las lesenas, las ventanas y los arquillos ciegos. Mejor tallado y dispuesto con más cuidado en hiladas uniformes, es el sillarejo utilizado en el ábside sur, el brazo sur del transepto y la mitad inferior de la torre. Algo más irregular en su colocación y talla es el material empleado en la fachada occidental. En el brazo del transepto, el campanario y en el paramento interior del presbiterio sur, se distribuyen unos cuantos mechinales, de los cuales carecen los dos ábsides y el doble presbiterio norte.
Teniendo en cuenta lo comentado, parece bastante razonable la propuesta de fases constructivas planteada por J.-A. Adell. En un primer momento, a finales del siglo XI, o comienzos del XII, y con la idea de edificar un templo de planta basilical de tres naves, se construyó el ábside norte, el presbiterio doble que le precede y el primer pilar de la nave —a diferencia de lo que indica este autor, no parece claro que el primer arco formero del lado norte se realizara en este momento—Por razones desconocidas los trabajos se interrumpieron.
Llegado el momento de su reiniciación ya entrado el siglo se modificó el planteamiento inicial, y se optó por un edificio de una sola nave un transepto, tres ábsides y torre campanario en su esquina suroeste Este nuevo proyecto tampoco se realizó, lo que provocó que el edificio quedara inconcluso y con una estructura asimétrica Ya en el siglo XVI, se finalizó o modificó la parte superior del campanario, se sustituyó la portada por la actual y se añadieron las capillas laterales.
En 2007 y 2008 se procedió a la consolidación del campanario y se realizó una intervención arqueológica de tipo preventivo.

 

Iglesia de Sant Joan Baptista de Boi
Se accede a Boí desde Barruera, circulando en sentido noreste por la carretera L-500, desde la cual, transcurridos 4,5 km, se ha de tomar un desvió a la derecha. Recorrido escasamente 1 km por la L-501, y nada más llegar a la localidad, la iglesia es visible a la derecha de la carretera.
La primera noticia documental sobre la existencia de la villa de Boí, que toma su nombre del valle (vallis bovinos, valle de las vacadas), es de principios del siglo XI, pero es a partir del año 1064 cuando las referencias son más explícitas. Aparece en la documentación, entre otras villas y castillos de la zona, a raíz de los pactos entre los dos condes de Pallars (Subirá y Jussà) Artau l y Ramon, mediante los cuales se intentaba una redistribución de las propiedades de uno y otro en los dominios que otrora fueran del condado de Pallars, antes de la división que se produjo a la muerte del conde Sunyer entre sus dos hijos La reiteración de estos pactos, que se enuncian como venta y permuta entre ambos y en los mismos términos a lo largo de veinte años, se debían a su evidente incumplimiento. El conflicto no se resolvió hasta 1080, no sin la intervención del rey de Aragón, a la sazón Sancho Ramírez, que medió entre los dos condes y, definitivamente, en el año 1094. Quedaban en manos de Ramon de Pallars Jussà los castillos de Torralla, Erill, Adons, Enrens, Vilba, Bellera, Reguard, Tenriu, Talarn, Llordia, el monasterio de Lavaix y las villas de Boí, Durro, Taüll, Erill (la Vall), Barruera y Cardet.
El marco de estos conflictos favoreció sin duda alguna la obtención de beneficios por parte de los señores, fieles a uno u a otro conde, en el contexto de la formación de la sociedad feudal. Uno de los firmantes de tales pactos era Miró 11, de sobrenombre Guerreta o Guirreta, de la familia de los Bellera. A este señor el conde le concedía en alodio el castillo de Grau de Castelló, que se construyó con el fin de controlar la entrada al valle de Boí, así como las vilas de Saraís, Boí y Erill entre 1075 y 1092. Miró II Guerreta fue uno de los actores destacados en la usurpación de alodios de la lglesia, según confirman las donaciones que, en reparación, realizaron su viuda y sus hijos en los años sucesivos. La otra familia que poseía bienes en el mismo valle, los Erill, los irán consolidando y aumentando particularmente durante los siglos XII y XIII.
Boí era, por su posición, un nudo importante de comunicaciones. Tres caminos confluían en esta villa uno era el que seguía el curso del Noguera de Tor desde El Pont de Suert y que continuaba hasta los puertos que permitían cruzar los Pirineos (Caldes) alcanzando el Valle de Aran. Otro camino, transversal, comunicaba con Cabdella, en la Vall Fosca, pasando por el puerto de Rus y Taüll. Esta misma ruta, desde Boí y pasando cerca de Erill la Vall, cruzaba el puerto de Celada y conducía hasta el valle de Barrabés, en el río Noguera Ribagorzana. Un tercer camino comunicaba Boí con Durro y Saraís y, por Cóll, hasta Vilaller en el valle de Barravés y enlazaba con la ruta transpirenaica que seguía el Noguera Ribagorzana hasta el puerto de Vielha en el valle de Aran.
La iglesia dedicada, desde que tenemos noticia de ello, a san Juan Bautista se situó, desde sus orígenes, a las afueras de la villa de Boí. Actualmente está junto a las ruinas del castillo medieval y fuera de los vestigios de las murallas que, en su día, cercaban la villa No hay referencia documental a la iglesia pero es muy probable que se construyera en el último cuarto del siglo XI y, como tantas otras del mismo valle, fuera una iglesia propia construida bajo el patronazgo de la familia de Miró Guerreta. El castillo, no obstante, es muy posterior, posiblemente ya de inicios del siglo XIII.
Durante los años en que se construyó la iglesia y se realizó la decoración pictórica, esta última en el entorno de 1100, la sede ribagorzana de Roda a la que pertenecían las iglesias del valle, vivía un período de intenso desarrollo. Por una parte, con la conquista de Barbastro, sus obispos se intitularán de Roda-Barbastro. El primero de ellos es Ramón Dalmacio (1075- 1095), nombrado a instancias del legado pontificio de Gregorio VII, con la intención de que introdujera en su sede los principios de la llamada reforma gregoriana y, por tanto, gozó del apoyo incondicional del papado, pero también del apoyo real, en su labor. Los beneficios jurisdiccionales y económicos fueron notables en su época. Instauró la vida regular en su sede y reformó monasterios a partir del modelo cluniacense. Su sucesor, Poncio (1097-1104) antiguo monje de Santa Fe de Conques, será el primer obispo de Barbastro, a raíz de la conquista de esta plaza, y continuó activamente la labor de Ramón Dalmacio. Es el momento en que se produce la llegada al reino de hombres formados en el sur de Francia, particularmente de monasterios o centros reformados, para ocupar las principales sedes episcopales. Es así igualmente en el caso del obispo de Pamplona Pedro de Rodez, formado también en Conques y en Saint-Pons-de-Thomiéres. Las relaciones de estos hombres fueron muy estrechas con los centros de origen y, sin duda alguna, contribuyeron a intensos intercambios artísticos y culturales. baste recordar las notables donaciones que recibió Conques por parte de Aragón en estos momentos.
La sede de Roda-Barbastro, esta última escogida en espera de la conquista de Lleida, vivió conflictos continuos por motivos jurisdiccionales con sus vecinas de caca-Huesca y con La Seu d'Urgell. Estos conflictos se perpetuaron, llevando a situaciones de violencia, aunque la sede de Roda contara con el apoyo decidido del papado hasta que, en el año 1140, mediante una concordia, la iglesia de Boí con las demás del valle de Boí pasó a depender del obispado de La Seu d'Urgell.
La iglesia de Sant Joan de Boí sufrió profundas transformaciones a lo largo de los siglos. En origen constaba de tres naves separadas mediante arcos bajos sostenidos por gruesos pilares cilíndricos — cuadrangulares en el tramo oriental—, con los correspondientes ábsides semicirculares y una única puerta, situada en el lado norte debido a las condiciones orográficas.
De los ábsides, únicamente se conservó el del lado norte que se corona al exterior mediante una sencilla ornamentación de arquillos ciegos. Del central se preservó el espacio presbiteral previo a la curva del ábside. Es muy probable que la caída de los cuerpos superiores del campanario fuera la causa de la destrucción de ambos ábsides.

Al margen de las abiertas en la cabecera, la nave lateral norte conserva tres altas y estrechas ventanas que ritman el muro que contiene, precisamente, la puerta, en arco de medio punto dovelado. El muro sur fue destruido en las modificaciones de época moderna. En el de poniente había una ventana alta que iluminaba la nave central y otras dos en las laterales. La central fue ampliada y modificada para iluminar el coro dispuesto a los pies en época moderna y se abrió, en este mismo momento, la puerta que actualmente da acceso a la iglesia.
La torre, de planta cuadrangular, fue construida en relación con la iglesia hasta una altura que corresponde, grosso modo, a la de las naves laterales. Se trata de un cuerpo macizo, sin aberturas, excepto la puerta que comunicaba con la nave lateral meridional, y muy similar a la de Santa Maria de Taüll, de finales del siglo XI. Es muy probable que en Boí, los cuerpos sucesivos, a partir del basamento ciego, se añadieran durante el siglo Xll. En efecto, las altas torres campanario, muy características del valle en general, son el resultado de obras nuevas (Sant Climent de Taüll, Erill la Vall) o recrecidas en esos momentos (Santa Maria de Taüll). No podemos calcular en este caso el número de cuerpos, sin duda excesivos para su estabilidad puesto que se derrumbaron. Únicamente el primero de ellos se mantuvo con pocos cambios.
Se abren en él cuatro ventanas coronadas por arquillos ciegos. El segundo fue restaurado durante los años 50. Siguiendo el modelo de Taüll, se abría con ventanas geminadas separadas por una columnilla y enmarcadas igualmente con arquillos ciegos. El superior, el cuerpo de campanas, corresponde ya a las obras de época moderna.
 
El conjunto de la iglesia y la parte inferior de la torre se construyó en ruda mampostería con una disposición irregular de las hiladas de piedra que contrastan con la de los cuerpos superiores de la torre, añadidos posteriormente.
Como era habitual, una vez construido el edificio, a finales del siglo Xl, y a fin de unificar y nivelar la superficie de los muros y evitar humedades, se procedió a rellenar los espacios entre las piedras con mortero de cal. Estas juntas podían, y así se hizo en los muros internos y externos de nuestra iglesia, repasarse con líneas blancas (encintado), simulando de esta manera un aparejo regular, un recurso que debemos considerar de intención ornamental.
Durante el siglo XVII, como sucedió en otras iglesias del valle, la estructura original quedó totalmente enmascarada por las particiones del espacio interior, que anularon las naves laterales, y con la construcción de una nueva cubierta abovedada, más baja, en la que, a partir de entonces, fue una nave única. De la primitiva nave meridional apenas quedaron vestigios, y solamente se mantuvo el último tramo hacia poniente como espacio de baptisterio. Asimismo, la puerta original quedó cegada y se abrió otra en el lado de poniente. El ábside central fue desmantelado y sustituido por una cabecera plana. En el momento de su “descubrimiento científico”, a principios del siglo XX, solamente restaba en pie el ábside norte en el que se había instalado la sacristía.
En un momento, que situamos en el entorno del año 1100, los muros interiores fueron revestidos en todo su perímetro con un ciclo pictórico mural figurado que cubrió por completo el espacio de las naves y ábsides y que, por ello mismo, no tiene paralelos en las iglesias de la zona. Se trata, por tanto, de una obra ambiciosa que podemos considerar fruto de la promoción continuada del señor de la villa Miró II Guerreta.
Al margen de la remodelación de los espacios arquitectónicos, que escondieron también las pinturas románicas a partir de época moderna, cabe destacar tres momentos importantes en las intervenciones que han afectado el edificio hasta el estado en que se encuentra actualmente.
El primero fue el arranque de las pinturas del interior y del exterior en dos momentos distintos: entre 1920- 1923 y durante las restauraciones de los años 70; el segundo corresponde a las obras de restauración del campanario y de la iglesia a partir de 1959; el tercero fue la intervención que llevó a repintar, en un intento de interpretar y restituir idealmente las antiguas pinturas, los muros internos de la iglesia.

El arranque o los arranques de las pinturas y su documentación
En el momento en que se inicia el interés por el conocimiento de las pinturas románicas y de las primeras publicaciones por parte del lnstitut d'Estudis Catalans, en la iglesia de Boí, por lo que ya hemos comentado, apenas eran visibles trazas de las pinturas que la decoraban en origen por completo Solamente la puerta exterior, que había sido tapiada, seguía mostrando las pinturas originales, aunque muy afectadas por haber permanecido a la intemperie. En el interior se logró identificar algunos fragmentos dispersos, con lo cual se dedujo que posiblemente toda la iglesia había sido pintada, a diferencia de la mayor parte de los conjuntos que se iban descubriendo en la zona pirenaica. Así, los dibujos acuarelados a escala que se encargaron al pintor Joan Vallhonrat para ser publicados en el correspondiente fascículo de la obra Les pintures murals catalanes se reducían a la puerta exterior y la escena de la lapidación de san Esteban. Los demás fragmentos visibles eran un “dragón abriendo la boca”, tal y como es descrito en ese momento, y un dromedario localizado en la parte inferior del muro norte.

Unos años más tarde 1920), en el momento en que la Junta de Museos de Barcelona decidió actuar para evitar que las pinturas murales que se habían ido publicando fueran arrancadas y expatriadas, puesto que ya estaban vendidas, lo que se esperaba encontrar en Boí eran retazos de un conjunto casi perdido. No fue así, como no lo fue en otros casos, puesto que en el proceso de arranque fueron apareciendo otros muchos fragmentos. Lo comprado a los comerciantes extranjeros se reducía a lo que se conocía en el momento, por lo que se tuvo que negociar sobre la marcha con el obispado para poder arrancar los nuevos e importantes restos pictóricos que se iban desvelando. La operación se inició precisamente en la iglesia de Boí durante el mes de diciembre de 1919, aunque las pinturas quedaron depositadas, hasta su traslado al Museo de barcelona, en la localidad. Durante el verano de 1920 se arrancó la decoración de la puerta exterior. Finalmente, las pinturas que se habían descubierto durante el proceso, después de una negociación y de su compra al obispado de La Seu d'Urgell, fueron arrancadas el mes de enero de 1923. En esta ocasión, y a diferencia de las campañas realizadas en los meses previos en Taüll, los especialistas italianos no fueron acompañados por un fotógrafo por lo que la documentación gráfica referida a Boí es nula. Los dibujos acuarelados que había realizado años antes Vallhonrat tampoco precisaban la ubicación de los fragmentos reproducidos.

Vista interior de la nave y ábside norte  


Las pinturas arrancadas correspondían al muro norte de la nave lateral del mismo lado, al muro de poniente en la nave central, y a algún fragmento del frontis del ábside norte. Se pudieron localizar vestigios de pintura en los intradoses de los arcos de separación, pero solamente se arrancaron dos debido a que las estructuras modernas dificultaban o impedían las labores. Resulta claro que se entreveían más restos, pero, por lo dicho, se dejaron in situ.
 
Hasta hace poco la operación llevada a cabo en Boí era la más compleja y peor documentada de todas las realizadas durante esos años (1920-1923), puesto que no se conservaban notas de los protagonistas ni fotografías. Por ello, no se sabía con exactitud el lugar preciso de procedencia de los distintos fragmentos.
Estos hechos han dificultado enormemente, desde un principio, la exposición de las pinturas en el museo de barcelona, en los distintos proyectos museográficos (1924, 1931, 1973, 1995).
La situación ha cambiado gracias a la recuperación que pudimos hacer de los croquis y documentos del que fuera el hombre enviado por el museo para controlar los trabajos de arranque, el conservador Emili Gandía, guardados por la familia y que se creían irremisiblemente perdidos pese a que se sabía de su existencia. El rigor del trabajo de Gandía nos permite ahora restituir con exactitud la posición de todos y cada uno de los fragmentos y, por tanto, comprender adecuadamente el programa iconográfico.
Habían quedado en los años 20, como hemos dicho, pinturas que, bien por su estado de conservación, bien por las estructuras que todavía enmascaraban el edificio, no se habían arrancado. Lo fueron durante el proceso de restauración de la iglesia en los años 70 y, en este caso, a cargo del Museo de Barcelona y por sus técnicos, dirigidos por Joan Ainaud.

Las restauraciones del edificio
El análisis de los proyectos de restauración de la iglesia presentados y/o aprobados, que se conservan en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares y en el Arxiu del Collegi d'Arquitectes de Lleida, nos permite deducir que, en algunos casos, lo que se proponía no llegó a realizarse o bien que se impuso como prioridad alguna intervención sobre otras por lo que existe al respecto una cierta confusión. Con todo, es evidente que las primeras obras afectaron exclusivamente al campanario, dentro de un proyecto que abarcaba el conjunto de estas torres del valle de Boí, por parte del Ministerio de la Vivienda, la Diputación de Lleida y por iniciativa de ENHER. Debemos enmarcarlo en las actuaciones derivadas de las obras de construcción de las centrales hidroeléctricas que realizaba esta empresa pública en la zona en los años 50 y siguientes del siglo XX. El proyecto aprobado 1959) era muy ambicioso puesto que pretendía desmacizar las ventanas y devolver el aspecto original al piso superior de la torre y rehacer el ábside meridional, así como realizar una reproducción de las pinturas arrancadas. No obstante, esta intervención, dirigida por el arquitecto restaurador Alejandro Ferrant, no se llegó a culminar y se limitó a la restauración y consolidación de los arquillos del primero y parte del segundo piso de la torre y a iniciar la reconstrucción del ábside meridional que había sido destruído en época moderna.
La siguiente intervención, la más ambiciosa de cuantas se llevaron a cabo en el edificio, se inició en 1972 y se prolongó hasta 1980 bajo la dirección del arquitecto Guillem Sáez Aragonés. El proyecto tenía como objetivo acabar la restauración de la torre, reconstruir el muro de la nave meridional y tratar de salvar las pinturas visibles que quedaban a la intemperie, así como abrir de nuevo la puerta original, además de consolidar los muros y bóvedas, de construir una nueva cubierta y de rehacer el enlosado.
Las noticias y documentos de los años 1976- 1977 no nos permiten seguir el ritmo de las obras, pese a que sí nos hacen saber que hubo recortes importantes. En la memoria presentada con el proyecto de 1978 se hace hincapié en el descubrimiento de nuevas pinturas durante las obras que se iban realizando. Las pinturas fueron arrancadas (1977- 1978), como ya hemos dicho, por lo técnicos del Museo de barcelona con la intención de que fueran restauradas y devueltas a la iglesia para su reinstalación. Diversas circunstancias —el impago de los trabajos, esencialmente, aunque constan en el presupuesto— impidieron esta devolución por lo que se integraron en las colecciones del museo y se exhiben desde la remodelación de 1995 en el MNAC. Estas pinturas procedían de los intradoses de los arcos de separación, de la decoración del espacio del baptisterio, así como de figuras situadas sobre los muros sur y norte de las naves norte y sur, respectivamente.
El proyecto de restauración dirigido por Sáez tampoco se pudo Culminar aunque se avanzó notablemente en el intento de eliminar todo lo añadido en época moderna y devolver a la iglesia su aspecto “original” queremos poner de relieve, entre las obras finalizadas o iniciadas, la eliminación de los muros de época moderna, del revestimiento de los pilares y de la cubierta de la nave central —devolviendo, por tanto, a la iglesia la estructura espacial original—, la reconstrucción del ábside meridional, la del desaparecido muro meridional que permitió abrir una comunicación directa con la torre y el desmantelamiento del coro situado a los pies de la iglesia. Se actuó también en las aberturas del muro de poniente. Quedó pendiente, entre otras actuaciones, la “reconstrucción” de los cuerpos superiores de la torre.
El proyecto quedó paralizado durante veinte años a raíz del traspaso de competencias a la recién recuperada Generalitat de Catalunya. En distintas actuaciones en los años 1998-1999 y 2000 se llevó a cabo una configuración nueva del espacio interior, con la construcción de nuevas cubiertas de madera en las tres naves y la recuperación de la primitiva topografía exterior, con diversas intervenciones arqueológicas. Se practicaron, asimismo, excavaciones en el entorno para liberar los volúmenes de la iglesia que había quedado prácticamente hundida en sus costados oriental y norte, en las que se hallaron numerosas tumbas en el perímetro, y que permitieron descubrir los pilares del porche que se adosaba al costado norte de la iglesia, que se dató a finales del siglo XII o XIII. Se construyó, asimismo, un ligero tejadillo en torno a la puerta primigenia, en el lado norte, intentando reproducir el original.

La “reproducción” de las pinturas
Durante las restauraciones de los años 70, después de arrancadas las pinturas, se había procedido a suprimir los enlucidos y dejar la obra vista, rejuntando los sillares con cemente portland Dado este estado de cosas, en el año 2000 se decidió una operación audaz y controvertida que consistió en encargar a un equipo de restauradores la realización de una reproducción/interpretación de las pinturas originales, conservadas en el Museo, en los muros de la iglesia Dado que la información con que se contaba en el momento no era completa, puesto que no habían aparecido los papeles de Emili Gandía, el resultado es erróneo y, desgraciadamente, irreversible.

Las pinturas
Dado que nada conservamos de los temas que se desarrollaban en los tres ábsides y en la zona del presbiterio, en donde se concentran habitualmente las teofanías, o bien el tema principal, no es asunto fácil rehacer el programa original De la nave central no conservamos más que la composición desarrollada en el muro de poniente, que es, como era habitual en los conjuntos al pinos y de la Lombardía, una imagen del Juicio presidida por la figura de Cristo —no conservada— y las alusiones al Paraíso y al Infierno a su derecha e izquierda, respectivamente Del primero podemos rehacer una figura de dimensiones notables, el patriarca Abraham llevando en su seno las almas de los elegidos En el costado opuesto diversos diablos de cuerpos alargados atormentan las almas de los condenados.
Conocemos parte de las pinturas de la nave lateral del evangelio y algo de lo que hubo en la de la epístola En la primera, una serie de figuras nimbadas, apóstoles o santos sin identificar, ocupaban los espacios sobre los pilares y, en parejas dialogantes, el muro de cierre norte Esta galería de apóstoles y santos se puede advertir también en los pilares de la nave opuesta Solamente identificamos, mediante la lectura de la correspondiente inscripción, la figura del apóstol Felipe —S(anctu)S FILI[ ]—, situada ya en el extremo norte de la nave del mismo lado.  En el desarrollo de este ciclo de apóstoles y santos, se introduce una figura, situada junto al ábside en la nave de la epístola que, por su indumentaria —viste falda corta— nada tiene que ver con el resto Lleva un ave en la mano, y solamente se conserva, parcialmente, una inscripción, imposible de interpretar por el momento [A]VI[ ].

Lapidación de San Esteban 

Es altamente probable que en el espacio occidental de la nave sur se desarrollaran representaciones alusivas al texto de la Revelación o Apocalipsis Ello es así porque podemos identificar una peculiar configuración de la bestia apocalíptica de cuerpo único y siete cabezas coronadas por cuernos que se dirige hacia una ciudad, acompañada de una inscripción que podemos leer sólo parcialmente [ ]ET CORNUA DECEM [ ] (Ap 13.1) Se completaba con otros elementos arquitectónicos de interpretación difícil.
La nave lateral norte —en el muro sur—, junto al ábside correspondiente, acogió la única escena hagiográfica conservada: la lapidación de san Esteban en las afueras de los muros de Jerusalén, que se acompaña de la correspondiente inscripción: S(anctu)S STEFANUS. Otra inscripción, con una grafía muy distinta pero semejante a la mencionada en relación con la bestia apocalíptica, se dispone entre los verdugos del protomártir. E[...]POC[?]. Justo al lado de la escena del martirio de Esteban, otra inscripción alude a san Martín. S(anctu)S MARTINIS. No hay espacio, no obstante, para una escena, como pudiera ser la Caridad de san Martín, en relación con la inscripción. Es posible que ambas tuvieran relación con la advocación de la iglesia o con la dedicación del altar del ábside septentrional. Efectivamente, en alguna visita pastoral de época moderna se alude al altar de san Esteban en Boí. Le sigue, sobre el arco contiguo, una enorme figura de cuadrúpedo de cuya boca surge una flor y cuya cola acaba en forma de serpiente En este muro, por tanto, se yuxtaponen escenas y figuras que nada o poco tienen que ver las unas con las otras.
En los intradoses de los arcos de separación entre las naves se organizan grupos de dos o cuatro recuadros que enmarcan una extraordinaria serie de figuras zoomórficas, y una humana, que presumiblemente, por lo menos en los arcos más próximos a la cabecera de la iglesia, pretendían configurar un bestiario ya que se acompañan de inscripciones que aluden a ello. No hay, no obstante, una coincidencia entre el texto de las inscripciones y las figuras que acompañan (OLIFAN, LEO, MAC[AE]RA, OSNO, VI[PE]RA, etc.). La figura humana que se inserta en este peculiar discurso se representa de perfil —una alusión a su lectura negativa— y se aparta manto con la mano, lo que le permite hacer visibles, u ostentar, sus genitales y, a la vez, una prótesis que lleva sujeta desde su rodilla debido a la amputación del pie izquierdo.
 



La parte mejor conservada del conjunto de la decoración es el muro de cierre norte de la nave lateral del mismo lado. Las figuras y escenas se organizan a partir de los elementos arquitectónicos, las tres ventanas y la puerta original que se abría en este muro. Entre las parejas de santos o apóstoles en conversación, se inserta una escena de juglaría protagonizada por un músico, un malabarista con bolas y cuchillos y un equilibrista o contorsionista en el acto de hacer la rueda sobre dos espadas al tiempo que lleva una tercera en la boca. Una inscripción situada debajo de esta escena se puede leer parcialmente a partir de la documentación gráfica elaborada por Candía. [BEN?]EDIXI [...] OPERA [...] MEAS [... PRECO VOS, que tal vez deberíamos relacionar con la consagración de la iglesia.
Por último, la puerta, abierta en este muro, era decorada con la figura de un gallo que ocupaba por entero el luneto (MNAC/MAC 15796), sin duda una evidente advertencia de la vigilancia que era preciso mantener ante las tentaciones y peligros del mundo que esperaba fuera.
La abundancia de temas, que acostumbran a denominarse “profanos”, en este ciclo resulta enormemente interesante y a la vez intrigante, sobre todo porque carecemos del contrapunto de las escenas sacras que ocuparían los espacios relevantes de la iglesia es decir, la zona reservada a los clérigos.
La sintaxis ornamental, la selección de temas y su filiación, nos han llevado a deducir que el equipo de muralistas responsables de esta decoración partía de modelos miniados, que hemos podido localizar en los principales centros del mediodía de Francia, en particular en los scriptoria de Limoges. Efectivamente, podemos observar que, a partir de unos temas ornamentales simples y reducidos, se yuxtaponen figuras, aparentemente inconexas a partir de repertorios miniados que se “monumentalizaron” para adaptarse a los muros de la iglesia.
Se trata de un interesante indicio de los métodos de trabajo en los albores de la creación de la pintura mural románica en Occidente. En cualquier caso, es un conjunto que no admite paralelos con otros ciclos pictóricos conocidos en los valles pirenaicos, tal vez por su misma precocidad. No nos cabe duda de que la decoración es unitaria, realizada por un equipo de muralistas que, como será habitual, utilizó plantillas para trazar los rostros de las figuras, tal y como puede observarse comparando los rostros de perfil del hombre amputado de uno de los intradoses y los verdugos que participan en la lapidación. Por otra parte, la utilización de un canon extraordinariamente alargado para las figuras humanas nos conduce, esta vez por motivos formales, al mismo horizonte histórico-artístico, las regiones del mediodía de Francia (salterio de Lunel).
Durante la reciente restauración de la escena de la lapidación de san Esteban se ha podido observar la utilización, poco habitual, de relieve en estuco para resaltar algunos detalles, en particular, el cuarto de círculo que acoge la Dextera Domirni, quizás con la intención de aplicar hoja metálica y dorado.
Unos años más tarde, tal vez en relación con la promoción episcopal del valle de Boí en época del obispo de Roda, Gaufredo, y antes de que sus iglesias pasaran a depender de La Seu d'Urgell, en la iglesia de Boí se decoró el espacio en torno a la puerta original, situada en el lado norte. Es un hecho que cabe relacionar con otras intervenciones pictóricas en el mismo valle, como son las de las naves de Santa Maria de Taüll y los ábsides laterales de Sant Climent. Pese a que estaban protegidas bajo un ligero porche la degradación de esas pinturas en Boí fue considerable. Es por ello que no puede leerse la larga inscripción que se desplegó en el listel superior, y apenas se conservan trazas de la composición original. Con todo, el tema central era el crismón enmarcado en círculo y sostenido por cuatro ángeles. En la zona inferior se vislumbran un grupo compacto de personajes con suntuosas vestimentas y una figura aislada, a la derecha del monograma, sosteniendo un libro. La presencia del crismón nos conduce a la elección de este símbolo de adscripción a los ideales de la lglesia reformista y al ámbito político del reino de Aragón.

Imágenes y mobiliario
A diferencia de otras iglesias del valle de Boí, la de Sant Joan no ha conservado vestigios de mobiliario litúrgico, antependia o imágenes de época medieval. No obstante, en las visitas pastorales de los años 1575 y 1576 se hace mención a un grupo del Descendimiento, en el que se distinguían la figura de Cristo y las que formaban parte del grupo, seguramente como los hallados en Erill la Vall y Santa Maria de Taüll. Desconocemos dónde estaba instalado, aunque se ordena su cambio de ubicación que, según informa la visita de 1611, debía de ser el altar de san Sernin.

 

Iglesia de la Nativitat de la Mare de Déu o de Santa Maria de Durro
El pueblo de Durro se encuentra ubicado en el valle de Boí, sobre la ribera derecha del Riuet que desagua por la izquierda, en la Noguera de Tor. El acceso se hace por una carretera que sale de Barruera, cruza el río y lo bordea hasta llegar al pequeño pueblo donde a la entrada está la iglesia de la Natividad.
Por lo que concierne a la villa, aparece por primera vez documentada en los pactos y convenios feudales realizados entre las dos ramas condales de Pallars y que condujeron a la división del condado, hecho que se registró en la segunda mitad del siglo XI (1064-1067). En estos documentos se reconocía a Durro como posesión del conde Ramon IV de Pallars Jussá, al que unos años después, en 1070, los hombres del valle de Boí, incluido Durro, hicieron juramento de fidelidad. A principios del siglo XII, la familia de los Erill dominaba buena parte del valle de Boí y su entorno, y las iglesias y parroquias dependían del obispado de Roda, importante centro religioso y de creación artística, muchas de estas edificaciones y de sus programas decorativos se han atribuido a la labor de promoción del obispo Ramón Guillem así como al poder de los Erill. No sabemos hasta que punto la parroquia de Durro contó con esos apoyos.
Lo cierto es que hasta mediados del siglo XII dependieron de ese obispado. A partir de 1140, la parroquia de Durro se integró, al igual que todo el valle, al obispado de Urgell, donde sabemos que disfrutó de un régimen de autogobierno que se basaba en el sistema de co-rectorías, organización que se comprueba por primera vez con la visita papal de 1373 en la cual participó, junto con otros sacerdotes, el vicario de Durro llamado Pere Amigó, co-rector de la parroquia en ese momento. Unos años después, 1399, se tiene noticia de que se otorga una portionem o co-rectoría de la iglesia de Durro a un presbítero nacido en la villa y para 1566 eran diez o doce los co-rectores que tenía la parroquia, el mayor número de todo el valle. El registro de 1723 informa que en Durro el número de porcionarios era ilimitado, hecho que viene a ilustrar que muchas veces las co-rectorías contaban con rentas insuficientes.
La iglesia de la Nativitat de la Mare de Déu ha sufrido serias transformaciones a lo largo de su historia, desde los siglos XII y XIII no se cuenta con una cronología precisa sobre estas modificaciones y hay muchas dudas sobre su disposición primitiva. Es un edificio modesto debido a que no contó con disponibilidad de recursos, pero de considerables proporciones, compuesto por una nave larga y estrecha, con cabecera orientada al Este, del ábside central, que era semicircular, quedan algunos vestigios. En fecha indeterminada, probablemente en la segunda mitad del siglo XII o principios del XIII, se cubrió la nave con bóveda de cañón —a la que después se le dio un perfil levemente apuntado—, dividida en cuatro tramos por arcos fajones que apoyan sobre resaltes adosados a los muros. Con posterioridad, se sustituyó este ábside primitivo, hoy desarticulado, por un cuerpo de planta semitrapezoidal construido con los sillares de la cabecera derribada, y que funciona como sacristía. Se ilumina la iglesia por un solo ventanal central en el muro de poniente, de doble derrame y arco de medio punto.
Al exterior, la estructura de la iglesia se complica por la construcción, a lo largo del muro meridional, de un porche o soportal sostenido por tres arcadas, como en Erill la Vall, y abierto en su extremo occidental.
Debajo del envigado que lo cubre, corre una cornisa decorada con ajedrezado. Ahí se encuentra la puerta de entrada a la iglesia, a la que después nos referiremos. Por sus características constructivas y materiales, este soportal se emparenta con la obra de Sant Romà de Casós, Sant Climent d´lran o la capilla de Sant Quirce, también en Durro. Como muy pronto esta edificación podría fecharse en la segunda mitad del siglo XII, y parece razonable, en opinión de Junyent, Mazcuñán y Adell, que fuera contemporánea a la construcción de la bóveda de la nave, no así a la transformación del ábside primitivo. El extremo oriental del porche está ocupado por una capilla cubierta con cúpula, añadido de fecha desconocida.
En el ángulo noreste, al inicio del muro norte cerca de la cabecera, se levanta la torre campanario, de planta cuadrada con cinco pisos superpuestos y coronada por una cubierta piramidal de pizarra. La división entre los pisos está marcada por frisos de dientes de sierra y, debajo, arcos ciegos, esquema que se repite en las torres del valle de Boí, aunque carece de las proporciones esbeltas de otras torres. También ha sufrido transformaciones como la sustitución de los vanos pareados románicos de medio punto por arcos ojivales en el tercer y cuarto pisos.
 

En cuanto al aparejo de los muros de la nave, es muy uniforme, presenta sillares de medidas medianas, muy bien trabajados y dispuestos, en hiladas horizontales perfectamente ordenadas como se hace habitualmente; los paramentos están desnudos y son tan sólo interrumpidos por los resaltes angulares y, en la parte superior, por una cornisa parcialmente decorada con ajedrezado y sostenida por arquitos ciegos sobre ménsulas. Todo el conjunto está cubierto por una techumbre a dos aguas recubierta con pizarra.
Este edificio se integra plenamente con las obras de los constructores de otras iglesias del valle de Boí. Teniendo en cuenta sus características específicas, estaríamos ante una edificación con una clara influencia de Santa María de Alaón (Huesca) y de fecha un poco más tardía que las restantes, probablemente la segunda mitad del siglo XII.
La portada de acceso a la iglesia de la Nativitat está abierta bajo el porche —hay otra puerta en el muro norte, a los pies del templo pero que no tiene mayor interés ni ornamentación—, es muy sencilla en estructura y decoración, consiste en un arco de medio punto con dos arquivoltas apoyadas sobre columnas. Encima, un arco que deriva de la chambrana con función ornamental y una cenefa ajedrezada que cubre toda la superficie. Sobre la portada, un crismón en bajorrelieve formado por los caracteres X, P y S (nomen sacrum en nominativo de Cristo), el alfa y el omega y un trazo horizontal que, junto al vertical, forma una cruz. Todo ello se encuentra dentro de un círculo inscrito en un cuadrado que en las esquinas superiores muestra dos pájaros afrontados, que recuerdan la iconografía paleocristiana de los pavos bebiendo de la fuente de vida, y en las inferiores dos leones de factura y postura muy similar a los que figuran en uno de los capiteles de la portada. No obstante, uno de estos cuadrúpedos podría ser un toro y, así, hacer referencia junto al león a dos de los evangelistas, Lucas y Marcos. El resto de los espacios está ocupado por motivos vegetales de hojas entrelazadas que se parecen a las del tambor de los dos capiteles internos de las jambas. En las columnas de la portada la decoración está muy dañada por los restos de yeso que la cubren; los dos capiteles externos presentan un motivo que recuerda las hojas de acanto del capitel clásico, en cambio en las cestas internas aparecen figuras de animales afrontados, cuadrúpedos que levantan una pata delantera, unos parecen ser una pareja de leones que giran la cabeza hacia el ángulo, otro quizá un asno y también un rostro humano, tanto éste como las figuras leoninas remiten a algunas composiciones presentes en conjuntos de la diócesis de Urgell.

En líneas generales, esta portada es muy parecida a la de Santa Maria de Cóll, aunque de mejor calidad. Tanto por las combinaciones ornamentales que se observan en ella, como por el repertorio de imágenes que recuerdan lejanamente el mundo antiguo, y de formas vegetales y florales que aquí encontramos, se piensa que se trata de una portada probablemente de la segunda mitad del siglo XII.
Las hojas de esta puerta de entrada cuentan con un cerrojo de hierro forjado que consta de un pasador terminado en la cabeza de un animal con ornamentación incisa, y el cual no puede ser anterior al siglo XIV.
Para terminar con la historia de la iglesia, sólo añadiremos que en el siglo XVI se llevó a cabo otra reforma que incluyó un nuevo retablo mayor —del que sólo quedan tablas aisladas—, y la capilla del Santo Cristo, ubicada en el muro norte, donde se colocó la figura del crucificado que daba nombre a la capilla y del que hablaremos más adelante por tratarse del Cristo del Descendimiento románico de esta iglesia. En el siglo XVIII se construyó un segundo retablo para esta capilla, donde se volvió a colocar al Cristo. Por último, en el siglo XIX la iglesia sufrió nuevamente importantes reformas con el tratamiento de sus muros, el pintado y dorado del retablo mayor (1848) y el cambio del pavimento de la losa tradicional al entarimado de madera, que elevó el nivel del piso de toda la iglesia.

En el año 1980 fue declarada monumento histórico-artístico, y tres años después el Servicio del Patrimonio Arquitectónico de la Generalitat de Cataluña la restauró por primera vez. La última intervención que sufrió la iglesia fue a finales del año 2000, en que la misma institución cambió los tejados, restauró algunos retablos y encontró entre los escombros, restos de una figura tallada en madera, que se ha identificado como el Nicodemo del Descendimiento, al que nos referiremos más adelante.

Descendimiento de la cruz
En 1907, cuando se llevó a cabo la misión arqueológico-jurídica del lnstituto de Estudios Catalanes al Vall d'Aran y la Alta Ribagorça, uno de sus integrantes, el padre Gudiol i Cunill, escribió la siguiente nota en su libreta. “S. XVIII Durro (6 Sbre)...Nota un Crucifijo de más de medida natural] perteneciente a un Descendimiento igual al de Taüll. En el campanario una imagen de mujer con el característico bonete del siglo XIII”. Dado que en su exhaustivo repaso de los bienes del templo, no se refirió a ninguna otra imagen, se ha pensado que eran las únicas dos figuras que se conservaban del conjunto Del Cristo, del que sólo existe una fotografía publicada por R. bastardes i Parera, se sabe que desapareció en 1936, de la figura de la Virgen, todavía en 1920 debía de encontrarse en el campanario de la iglesia de Santa Maria de Durro, pues se conserva una fotografía, fechada en ese año, realizada por Vidal i Ventosa (Arxiu Históric de la Ciutat de Barcelona, Arxiu Fotogràfic, clixé 32838). En febrero de 1922 fue adquirida por la Junta de Museos al obispado de la Seu d'Urgell, y en 1937 participó en las dos exposiciones de arte catalán en París. Formó parte de la colección del Museo de Barcelona (núm inv. IS 895), y, actualmente, es una de las joyas de talla románica en madera que posee el Museo. En un principio, Folch i Torres identificó esta figura como una de las Santas Mujeres del Calvario o en el sepulcro de Cristo, pero muy pronto se confirmó que había formado parte del Descendimiento de esta iglesia, por el gran parecido que guardaba con el grupo descubierto en Taüll también en 1907, así como con el de Erill la Vall. hasta antes de la campaña de restauración de 2000-2002, en la que se encontraron in situ varios fragmentos de la figura de Nicodemo, la Virgen era la única figura conservada de este Descendimiento de Durro, grupo del que hay poca documentación anterior al siglo XX.
La escultura de María es una talla de madera de tilo que mide 1,88 x 0,51 x 27,5 m, está de pie, vestida con túnica y manto a manera de casulla, abierto a la altura de los brazos; cubre su cabeza con la cofia típica en forma de guimpa que cae sobre el cuello. Porter fue el primero que hizo notar el parecido de ésta con la que lleva la imagen de la Virgen María en la pintura del ábside de Sant Climent de Taüll. En opinión de Trens (1946) es una evolución del velo, ya cerrado, signo de pena sobre todo en el Gótico. La guimpa lleva al centro, un adorno a base de círculos entrelazados al que se denomina ligadura o lazo, semejante al de las otras imágenes de María de la zona. Su cuerpo está formado por dos piezas de madera verticales y su estado de conservación es bastante bueno, a pesar de que le faltan el antebrazo izquierdo, las dos manos —de la izquierda se conservaba un fragmento y el encaje pero fue retirado y hoy se desconoce su paradero—, algunos detalles de la cabeza, parte de la zapatilla derecha (hoy añadida) y del zócalo o peana (restituido). Es importante señalar que los antebrazos y las manos eran piezas que iban encajadas, unas a la altura del codo y otras en la muñeca, práctica que era frecuente en este tipo de obras. Los brazos de la figura se disponen doblados, el derecho hacia el frente y el izquierdo estaría hacia arriba para sostener el brazo desclavado de Cristo, postura habitual de la Virgen en los descendimientos y que es más visible en la María de Taüll.
La Virgen de Durro lleva unos zapatos puntiagudos, como en otras imágenes de ella, que apoya sobre una pequeña peana rectangular, en parte restituida, y debajo de ésta, un vástago o espiga que servía para fijar la imagen a una viga. Tendría una disposición semejante a la de otros descendimientos como el de Erill o el de Sant Joan de las Abadesses —éste de época gótica—, donde María aparece entre José de Arimatea, que sostiene a Cristo, y Dimas, el buen ladrón. Los tres estarían del lado derecho del crucificado, mientras que Nicodemo, san Juan y Gestas, el mal ladrón, estarían en este orden a la izquierda de la cruz. Quizá el de Durro constaría también, como éstos, de siete personajes. En cuanto al lugar donde se podía haber ubicado, se ha pensado que estaría alineado en una viga que iría de costado a costado a unos 3 m de altura, en el arco de entrada al presbiterio, encima del altar o a la entrada del coro, como en el caso de otros conjuntos.
En cuanto a los rasgos distintivos y cualidades de esta pieza, se puede destacar su postura, que se suaviza por la simetría de los pliegues del manto, la ligera inclinación de la cabeza, que es casi una sugerencia, pero se nota por el desnivel de la espalda y por la postura de los brazos que le da una ligera inclinación al cuerpo. Tiene una gran sobriedad en su estructura, su postura es hierática si se la compara con obras italianas contemporáneas o con ejemplos de otras técnicas donde María muestra un gesto de ternura Presenta una evidente tendencia a la simplificación de algunos detalles ornamentales, como, por ejemplo, el atado de la cofia, los pliegues de la casulla, que en el lado derecho son cuatro y de exactitud geométrica y los del frente, amplios y regulares siguiendo la anatomía del cuerpo, muy proporcionado. Asimismo, cabe señalar que los pliegues de la túnica trabajados con suma perfección, caen con un gran naturalismo y muestran la silueta de las piernas. De la policromía que tuvo en origen, que atenuaba su actual austeridad, sólo se conservan algunos restos en la parte baja del manto.
Estas tallas de madera se recubrían con tela, se les daban capas de yeso, como en la pintura sobre tabla, y sobre ellas se aplicaban los colores al temple. Todas estas características unidas a la perfección de los detalles y a una evidente tendencia a la síntesis hay que interpretarlas, en palabras de bastardes, como muy propias de la evolución estética de un buen artista en su época de madurez.
El paralelo más próximo a la Virgen de Durro es la figura de María del descendimiento de la iglesia de Santa Eulalia de Erill la Vall, por la disposición de los brazos, los pliegues de la indumentaria, la cofia y la ligadura ornamental, características que hacen suponer una cronología muy próxima para los dos conjuntos, e incluso que hayan sido obra del mismo escultor. No obstante, por su calidad escultórica, la de Durro, en opinión de Bastardes i Parera, es la mejor —de mayores dimensiones, la más esquemática y de canon longitudinal—, de un grupo de cinco Marías que él ha estudiado con bastante profundidad y a las que considera, por su estilo, como exponentes de una escuela de tallistas que recibe el nombre de Taller de Erill o al que también se le suele llamar de la Ribagorza.
Consideramos importante, antes de pasar a hablar del taller, señalar algunos aspectos que resultan significativos en relación a los Descendimientos, dado que esta imagen de la Virgen procedía de uno de ellos. Por su gran tamaño y ubicación están considerados como la escenificación dramática más espectacular del mobiliario litúrgico de madera. Su finalidad era la de mostrar un episodio del momento más importante del calendario litúrgico de la lglesia, además de la Navidad: la muerte de Cristo que culminaba con la resurrección, debieron de tener un protagonismo especial en las celebraciones de Semana Santa y, sin duda, estuvieron relacionados con el teatro litúrgico de la época, del siglo XII avanzado y con posterioridad. La presencia de algunas de las imágenes, como es el caso de Nicodemo y José de Arimatea, parte importante de este relato, pudo contener, además, un mayor significado porque su actividad se asemejaba a la función que desempeñaban los ministros en el altar, con lo cual adquiría una dimensión sacramental. Quizá todo esto sea el motivo por el que, en los programas iconográficos de las iglesias, se prefirieron los descendimientos a las crucifixiones. Sin embargo, la insistencia en el tema y en los cristos sufrientes en esta zona específica de Cataluña ha llevado a Mathias Delcor y Josep Bracons a intentar demostrar que, posiblemente, estuvo relacionada con la lucha contra la herejía albigense. Lo cierto es que los conjuntos de descendimientos perduraron en Cataluña hasta épocas posteriores, como el gótico de San Joan de les Abadesses, que hemos mencionado.
Es en Cataluña donde se conserva el mayor número de ellos y donde forman uno de los conjuntos más importantes de la escultura románica, debido a su peculiaridad y homogeneidad, que se hace patente en la tipología, estilo e iconografía. Todo ello se suma a la localización de las piezas dentro de un marco geográfico muy concreto, centrado en los valles de Boí y Aran. Esta zona estuvo íntimamente relacionada con centros de creación artística como Roda de lsábena, la Seu d'Urgell, Toulouse y Comminges.
Desde el punto de vista estilístico, constituyen una de las grandes aportaciones del románico catalán al amplio y rico acervo del románico europeo.
En relación al taller que produjo esta obra y muchas otras, no sólo de descendimientos —como los de Erill la Vall, Taüll, Durro, Mijaran y Sant Climent—, sino también cristos, figuras femeninas en la visita de las Marías al sepulcro, frontales de talla y demás figuras en madera, Cook y Gudiol opinan que por la alta calidad artística de las obras y su carácter unitario, habría que agruparlas bajo la denominación global de escuela y, sin duda alguna, atribuir su trabajo a un taller activo en Taüll o en Erill la Vall. Asimismo, añaden que debido a que el taller nació en una zona carente de escultura monumental, las semillas no pudieron ser indígenas, sino que fueron traídas junto con los programas litúrgicos que se desarrollaron en estos pueblos. Además, para ellos, quienes fundaron el taller eran de origen “netamente hispánico”, aunque no encuentran antecedentes ni entre los imagineros catalanes ni en Aragón ni en Castilla que expliquen el origen de esta escuela de la Ribagorza. Quizá, gracias a su aislamiento y a su pequeña área de influencia, pervivió por muchos años —desde el segundo cuarto del siglo XII hasta las primeras décadas del l 200—, sin alterar su esencia. Por otro lado, Porter pensó en un taller o incluso en un solo escultor, autor de las piezas que él pudo analizar, hipótesis ésta que fue seguida en su momento por algunos historiadores. Ainaud, por su parte, justifica la existencia de un taller local o comarcal por el área geográfica tan reducida en la que se produjeron las obras (Alta Ribagorza), sin embargo, plantea la cuestión de que no se puede olvidar la existencia de otros cristos de un estilo no muy distinto y de calidad extraordinaria, que se produjeron en otras comarcas limítrofes, como el Pallars Jussá y el Vall d'Aran. Algunos otros proponen la hipótesis de un taller dependiente del obispado de Urgell y con influencias del norte de Italia. Lo que sí se puede es delimitar o hablar de una modalidad estilística, con cierta vigencia en el tiempo, también es posible admitir que hay un núcleo que define al grupo (Mijaran, Salardú, Erill, etc.), y tener presente que hubo una continuidad en obras más avanzadas, es decir, que el taller inicial influyó en las manifestaciones artísticas del Noroeste de Cataluña hasta finales del siglo XIII o los primeros años del XIV. En resumen, que en la actualidad cuestiones como la filiación, el origen del estilo y del taller, así como los artistas que trabajaron en él, son problemas aún sin resolver.
En cuanto al nombre del taller, Gudiol i Ricart le llamó inicialmente “escuela de imagineros de la Ribagorza” y lo situaba en Taüll o Erill. Luego, él mismo creó la expresión “taller de Erill” por el papel que tenía el Descendimiento de Santa Eulália en la definición del grupo, además de su calidad, estado de conservación y que es el único que se conserva completo en Cataluña. Por su parte, Bastardes i Parera adoptó esta denominación y la ha utilizado constantemente. hoy en realidad se ha conservado en espera de poder definir con más claridad todo lo relacionado con el taller y sus obras.
Por lo que se refiere a la datación de la Virgen de Durro ha habido distintas posturas. Folch i Torres, por la técnica de la talla y el estilo de los pliegues, la relacionaba con algunos tipos de escultura monumental románica en piedra del siglo XI, tanto en España como en el sur de Francia, y la situaba a finales del siglo XI o principios del siglo XII. Sin embargo, después de que Porter destacó los paralelismos entre la escultura de María del Fogg Art Museum y la Virgen pintada en el ábside de Sant Climent de Taüll en el año 1123, la postura generalizada de autores como el mismo Folch, Ainaud, Cook, Gudiol o Bastardes, fue la de aceptar como válida esta referencia cronológica, con lo que se estableció la datación para los descendimientos a lo largo de la primera mitad del siglo XII, una época desde el punto de vista histórico, de mayor riqueza en el valle de Boí, con la reafirmación del poderío de los Erill y la dependencia del obispado de Roda, centro importante de creación artística. Gudiol i Cunill fue el primero en proponer un periodo más tardío, el transcurso del siglo XIII, aunque posteriormente diversas opiniones, entre las que se cuentan las de Lorés, Vivancos y Camps, han situado estas obras en la segunda mitad del siglo XII, otro de los momentos de mayor auge en la producción artística de estos valles, sobre todo en pintura mural y sobre tabla. Por su parte, Josep Bracons las ubica a finales del siglo XII y principios del XIII, pues plantea la hipótesis de que pudieron ser un arma ideológica en la lucha contra los herejes albigenses. No obstante, el estado de las investigaciones a la fecha no cuenta con los suficientes elementos técnicos para afinar la datación.
Además de la figura de la Virgen, tenemos noticias también de una talla de madera policromada, del Cristo que formaba parte de este descendimiento de Durro. Durante la misión organizada por el lnstituto de Estudios Catalanes en 1907, a la que hicimos mención al hablar de la Virgen, la nota de Gudiol, así mismo hacía referencia a un Cristo de dimensiones mayores al natural y que pertenecía a un descendimiento como el de Taüll. El primero que publicó este descubrimiento fue Puig Cadafalch, quien participó también en esa expedición, y lo identificó porque el Cristo presentaba en el costado izquierdo la mano de José de Arimatea esculpida en relieve. Esta observación salió publicada en un artículo sobre la imagen de María del Fogg Art Museum en el Anuari de lnstitut d"Estudis Catalans (Vll,192 l-26, p. 208). Posteriormente, Porter y Duran i Canyameres citaron el hecho, pero sin conocer la imagen, sólo basados en el comentario de Puig i Cadafalch. Hoy sólo se conserva una antigua fotografía hecha en Durro en agosto de 1920 por Gabriel Roig, y que se encontró en 1960.
El cliché fue integrado al archivo de Albert Bastardes (R-4812) y publicada por Rafael bastardes en 1977. Recordemos que en 1920 la talla de María se conservaba en el campanario y que se la relacionaba con un Cristo que todavía recibía culto particular en esta iglesia. Más tarde, en 1936 el Cristo desapareció.
Lorés comenta que fue destruido y bastardes que fue quemado, pero el retablo de Erill, que todos daban por incendiado en la Guerra Civil, se encuentra en los almacenes del Museu Diocesá d'Urgell, con lo cual no puede descartarse que el Cristo aún exista en alguna colección, museo o en otro sitio. Desgraciadamente, la fotografía es el único documento con el que contamos y, aunque muy valioso, es deficiente y difícil de interpretar, además su apariencia menos convincente puede deberse a los repintes, añadidos y a defectos de la presentación fotográfica. Se desconocen sus medidas exactas pero, por los objetos visibles en la foto y por su relación con la figura de María, se puede deducir que era de grandes proporciones, quizá se le pueda atribuir una altura por encima de los 180 cm. Debió de tratarse de una talla de calidad —confirmada por la de María—, atribuible al taller de Erill.
Se observa que estaba muy maltratada. De su anatomía, es visible la parte del costillar, donde destaca la mano de José de Arimatea, los brazos, las piernas y, escasamente, el rostro y los cabellos. Sin embargo, a pesar de las evidentes imperfecciones, bastardes afirma que esta fotografía le ha sido suficiente para descubrir y confirmar que posee las siete características que él atribuye al taller de Erill, por lo que se refiere a las imágenes de Cristo, y aunque en algunos casos los detalles no son fácilmente observables — por ejemplo, los pliegues de las trenzas— hay otros que se muestran muy definidos como la “pectoralización del detroide”. También llama la atención sobre una extraña muesca que presenta en el brazo derecho, no comprensible desde el punto de vista anatómico, y que quizá fue consecuencia de alguna manipulación anterior, como la que se hizo cuando se adaptó el brazo caído de la imagen del descendimiento para convertirlo en un crucificado independiente. Este hecho quizá deba entenderse a la luz del Concilio de Trento (1545-1563) cuando muchos de estos grupos, que durante el románico y el gótico tuvieron un importante papel como instrumentos litúrgicos, se retiraron del culto y las imágenes de Cristo fueron reconvertidas en figuras de crucificados. El perizoma o paño de pureza original del Cristo quedó oculto debajo de una tela mal ajustada y que, posiblemente, se puso para esconder el maltrato que tenía la imagen en esa zona y reaprovecharla. En cuanto a la cruz, no sabemos si la que se ve en la fotografía es la original. Es de sección cilíndrica, con el arranque de pequeñas ramas, como árbol de la vida. Lo cierto es que hay otros Cristos de la época, la mayoría destruidos y que conocemos sólo por fotografías, que presentan esta tipología de cruz como el de Mur, el de Limiana y el de Montmagastre.
Por lo que se refiere al destino que tuvieron las imágenes del Descendimiento de Durro, los últimos trabajos de restauración de la iglesia, y en especial del retablo del Santo Cristo (2000-2002), por parte del Servicio del Patrimonio Arquitectónico de la Generalitat, han dado pie a Sierra i Reguera a elaborar una hipótesis. Él piensa que en sus orígenes, estaría situado a la entrada del ábside sobre una viga al ta, sin poder precisar cuánto tiempo permaneció en ese lugar. Es probable que con la reforma del siglo XVI, en la que se construyeron un nuevo retablo mayor y la capilla del Santo Cristo, el conjunto hubiera sido trasladado a un espacio lateral, quizá esa misma capilla, y en el retablo se colocaría al Cristo.
En 1734 se volvieron a hacer transformaciones en este recinto, entre otras, un nuevo retablo para enmarcar al crucificado, se vistió a la imagen y, posiblemente, se repintó, el resto de las figuras se desmontaron o fueron arrancadas. Las reformas del siglo XIX fueron bastante considerables porque, entre otras obras, desmontaron el retablo de esta capilla para cambiar el piso, y al volverlo a montar utilizaron fragmentos de alguna de las figuras para los macizos de obra y piedra donde se asentó el retablo, como se ha constatado en esta última restauración.
En cuanto a la datación del Cristo, las piezas ribagorzanas del taller de Erill estudiadas por bastardes se sitúan entre los siglos XII y XIII.
Como mencionábamos, entre los años 2000-2002 se llevaron a cabo trabajos de restauración en la iglesia de Durro por parte del Servicio del Patrimonio Arquitectónico de la Generalitat y al inicio de estas labores, detrás del retablo del Santo Cristo ubicado en la capilla de esta misma advocación, en el costado norte de la iglesia, se encontró un fragmento que consistía en los dedos de una mano, en relativo buen estado y con restos de policromía. Se catalogó y de momento se guardó. Unos meses después, al desmontar los macizos de obra y piedra sobre los que se apoyaba el retablo, se descubrieron más fragmentos de madera esculpidos que habían sido reutilizados. un antebrazo que conservaba la capa pictórica original, una cabeza, un cuerpo y otros trozos más pequeños. En 2001 fueron restaurados en el Centro de Restauración de bienes Muebles de la Generalitat de Cataluña (CRBMCC).
Están trabajados sobre madera de alba (blanca), la cabeza muy desgastada en algunas partes, presenta un rostro de canon alargado, nariz recta, labios entreabiertos y una barba hecha a base de acanaladuras que van de los lados hacia el centro. Pareciera portar gorra y, del lado izquierdo sobre la oreja, se alcanzan a ver algunos cabellos de canales rectos y parte de la capa de preparación de la policromía. El cuerpo sin brazos es el fragmento más grande, ligeramente inclinado a la izquierda, con restos de pintura roja original en el centro, y en la cintura, un cinturón de nudo que cuelga. La parte baja del torso refleja la abertura de las piernas, que debieron de encajarse a los lados con grandes clavos, uno de ellos todavía aparece. El antebrazo se conserva entero, con policromía en rojo desde el encaje del codo hasta la muñeca, y se alcanza a ver lo que Quizá era el final de la manga, la mano muy cerrada como si cogiera el mango de una herramienta que hoy no existe. La otra mano, primer pedazo encontrado, muestra los cuatro dedos hasta la palma. Los rasgos de la cara y cabeza, al igual que los cuatro dedos de una mano, podrían inclinarnos a pensar en José de Arimatea, Nicodemo o quizá en alguna otra figura del descendimiento, pero la mano cerrada alrededor de lo que podrían ser las tenazas con las que se desclavó a Cristo de la cruz, nos remiten, sin duda, a Nicodemo.
Mientras avanzan las investigaciones, hoy la figura del supuesto Nicodemo está instalada en una vitrina del coro de la iglesia de Durro y los fragmentos se han colocado siguiendo la postura de este personaje que desclava el brazo de Cristo con las tenazas.

Virgen con el niño
Hasta el año 1936 está imagen de la Virgen estuvo como titular en la iglesia de Santa María de Taüll Por lo que parece provenía de la parroquia de Durro y actualmente se desconoce su paradero, sólo se conserva una fotografía del año 1922 en el Archivo Mas.
La escultura de madera policromada presenta a María sentada en un asiento del tipo cofre moldurado, con los pies apoyados en un escalón figurado y vestida con un manto que le cubre parte de la espalda y le cruza por delante. Los bordes del manto, de la túnica, del cuello y la parte inferior están decorados con punteado.
Sobre su rodilla derecha sostiene al Nino, que aparece coronado y bendice con su mano derecha, mientras que coloca la izquierda, cerrada, sobre la rodilla. Su indumentaria es la habitual en las representaciones iconográficas de la Redes Sapientiae. Parece que la Virgen podría haber llevado un objeto en la mano izquierda, el cual ya no figura en la fotografía.
En opinión de Cook y Gudiol, la figura es una talla tosca que puede agruparse con las obras más tardías de la escuela de Lleida, junto con algunos crucifijos y un pequeño Cristo que se encuentra en Sant Climent de Taüll y, aunque conserva el “sintetismo estructural arcaico”, da una versión posterior al 1200 (mediados del XIII), del humanismo presente en el núcleo básico de la imaginería del valle de Boí. Por su parte, Carbonell también le da una datación tardía, siglo XIII, y Llarás comenta que tanto los rasgos faciales más naturalistas de esta escultura, a diferencia de la mayoría de las imágenes del siglo XII, como la semejanza con obras como las vírgenes de Cubells o de Santa Linya (Noguera), hoy en lugar desconocido, confirman para esta imagen una datación no anterior a la segunda mitad del siglo XIII y nos hablan, también, de su desvinculación de las características formales del taller de la Ribagorza.

Plafones de madera
Por último, para terminar con esta reseña sobre los bienes de época románica conservados o perdidos de la iglesia de la Natividad de Durro, nos referiremos a dos plafones de madera que se encuentran en el coro de la iglesia, y que hoy forman el respaldo de un banco de fecha posterior. Están hechos en madera de pino, miden 80 x 50 cm y muestran una decoración de motivos geométricos, como pequeñas arcuaciones en herradura, discos, círculos calados unidos de dos en dos por bandas longitudinales, motivos triangulares calados, rombos de perfil escalonado y estrellas de seis puntas inscritas en círculos, todos estos diseños organizados en tres bandas. Uno de los plafones tiene las estrellas de seis puntas aserradas en su tercio inferior y es curioso que este tercio aparezca en la parte superior del segundo platón, señal clara de que posiblemente en origen formaron un solo platón que, al ser reutilizado, se cortó para construir el respaldo del nuevo banco. Este platón seguramente perteneció a otro mueble de madera.
La gran semejanza que tienen los dos fragmentos del platón de Durro con los plafones laterales del banco de Sant Climent de Taüll, ya fue observada por Gudiol en 1907, quien en sus notas ponía que habían sido realizados por la misma mano. Asimismo, en relación al de Taüll, hacía la observación de que, aunque parecía un banco muy antiguo, bien mirado uno podría creer que se trataba de la obra de un carpintero influido por el estilo morisco del siglo XVI.
Ainaud por su parte añadía que las estrellas de seis picos procedían de una tradición popular muy antigua. Los paralelismos y coincidencias entre ambas obras son totales: se aprecian en el mismo tipo de madera, su anchura, el tratamiento técnico y los elementos decorativos, aunque la ordenación de estos sea diferente. En el estudio que Llarás hace del banco de Taüll, señala la posibilidad de que los plafones laterales de éste se hayan reaprovechado de otro conjunto u obra de carpintería. una prueba más que puede avalar esta suposición es la fotografía conservada en el archivo Mas (clixé Mb-2054) que data del año 1907, donde se lee: “banco de Taüll, Museo de Arte de Cataluña” y aparecen dos plafones similares a los de Taüll, pero lo sorprendente es que el panel derecho de la fotografía es el mismo que figura a la izquierda del banco de Durro. Aún así, no hay que perder de vista que la foto es parcial y que cabría la posibilidad también de un error de marcaje en la fotografía. Sin embargo, la cercanía entre Taüll y Durro lleva a pensar a Llarás que quizá todos los paneles pertenecieron a la misma obra.
En relación a la datación que se les asigna a los plafones de Durro, la mayoría de los autores les otorgan la misma que a los de Taüll. En las últimas investigaciones de Celina Llarás sobre este banco —donde analiza detalladamente las cuestiones de carácter técnico, formal y ornamental—, ha llegado a la conclusión de que se trata de un mueble no románico, y que no se le puede considerar dentro de los siglos XII y XIII, como en algún momento se pensó, sino que es más bien una obra resultado de un reajuste de piezas descontextualizadas, que debieron formar parte de otras construcciones, que puede ser valorable como una obra popular y atemporal y cuya datación podría ser medieval pero también posterior. El repertorio ornamental y técnico es de tradición medieval pero no tiene lógica si se le valora aisladamente. El tipo de herramientas utilizadas no es anterior al siglo XV, y alguna de las técnicas que se empleó pertenece a la segunda mitad del siglo XIV. A la fecha, y dado el estado de la cuestión, es muy difícil aproximarse a una datación satisfactoria y lógica para estas piezas.


Iglesia de Santa Maria de Cardet
A la entrada del valle de Boí, sobre la ribera de la Noguera de Tor, se encuentra el pequeño a pueblo de Cardet. El acceso está indicado en la carretera del valle por una desviación a la izquierda. Es en el extremo oriental de la villa donde se levanta la iglesia de Santa Maria.
La primera noticia que se conoce sobre Cardeto se remonta al año 1054, cuando aparece como lindero del distrito de Castelló de Tor, en la venta que una dama de nombre Eizolina hizo al rey Ramiro l. En la segunda mitad del siglo XI, Cardet es nombrada con frecuencia en los convenios pallaresos, ya fuera porque era vendida, cambiada o definida por los condes de Pallars Sobirá a favor de los de Pallars Jussà. Para 1070 Ramon IV de Pallars Jussà debió de entregarla como feudo al linaje de los Guerreta, y, en el siglo XII, está documentada como alta señoría de los barones de Erill uno de ellos, Bernat de Erill, en 1157, antes de marchar a Jerusalén, y para la salvación de su alma, dejó en alodio al abad Pere y a los canónigos del monasterio de Santa María de Lavaix, el castillo de Cardet con sus términos y pertenencias; seguramente se incluía la parroquia de Santa Maria, que también dependió de Lavaix hasta la Desamortización, aunque en su inventario, de principios del siglo XIII, no aparece. No se cuenta con ninguna referencia directa a la parroquia de Cardet hasta 1373, cuando, en visita pastoral por el valle de Boí, el nuncio papal se entrevistó, entre otros sacerdotes, con el rector de Cardet.
La iglesia dedicada a santa María es una construcción de reducidas dimensiones y aparentemente muy sencilla, pero que encierra una historia constructiva muy compleja y, por lo mismo, demanda para su estudio una buena exploración arqueológica y arquitectónica de las estructuras. Parece que la parte más antigua corresponde al muro sur y parte del de poniente, datable en el siglo XI. Esta iglesia, que constaba de una sola nave, fue reformada en el siglo XII con la construcción del ábside y de la bóveda de cañón que cubría la nave, apoyada, al menos, en dos arcos Sajones soportados por pilares semicirculares adosados a los muros perimetrales.
 

En el lado izquierdo del centro de la nave, se encuentra el acceso, por un estrecho corredor, a la cripta, formada por una nave corta —que corresponde al tramo de bóveda de levante de la iglesia—, con ábside semicircular en cuyo centro se abre un vano de un solo derrame, en sus paredes laterales hay una serie de hornacinas rectangulares, quizá con función funeraria. Tanto por su presencia como por la tipología, esta cripta es la única que se conoce de esa época en el valle de Boí.

Cripta 

Actualmente, la iglesia presenta la nave única dividida en cuatro tramos por arcos fajones y cubierta con bóvedas de arista. Los arcos se apoyan en pilares semicirculares en el muro sur y rectangulares, alterados, en el muro norte. El ábside semicircular está oculto por un retablo barroco, pero aún pueden verse los bancales del arco de triunfo alterado cuando se tendieron las bóvedas.
Asimismo, a la derecha del ábside se agregó a la obra original una habitación de planta irregular que funcionó como sacristía, y en el muro norte de la nave una capilla. Asimismo, a los pies de la iglesia hay un coro de madera totalmente enyesado y decorado. Todas estas alteraciones y transformaciones hacen que sea muy difícil observar la estructura original del edificio, que sólo es visible al exterior, razón por la cual no se puede leer la historia constructiva del edificio.

Detalle del interior del ábside


Interior y retablo 

La puerta de entrada se encuentra en la fachada occidental, y fue alterada por la construcción de un arco rebajado que le redujo la altura. Está cobijada por un porche con una sencilla estructura de viguería a dos aguas. La portada presenta un arco de medio punto en cuyas dovelas aparecen incisos un crismón y una cruz. Por encima de la cubierta hay dos ventanas de un solo derrame, y remata la fachada una espadaña de dos niveles, con dos vanos en el primero y uno solo en el segundo.


Crismón 

La cabecera es mucho más elevada en relación al cuerpo de la iglesia y al nivel de la cripta, debido a la configuración del terreno de fuerte pendiente en esa zona. Ninguna fachada tiene ornamentación a excepción del ábside, que exteriormente está articulado en cinco entrepaños divididos por lesenas que delimitan, debajo del alero, el friso continuo de dientes de sierra y las arcuaciones, esculpidas en un solo sillar, en series de tres. Llama la atención en el primer entrepaño sur, la tercera arcuación, en la que aparece una pequeña cabeza humana. Se abren en el lienzo absidal tres ventanas de doble derrame y arco de medio punto monolítico. El aparejo de los sillares es regular y alterna con piezas más toscas en la formación de lesenas. La fachada de poniente está construida con sillares bien tallados, de hiladas anchas y dispuestos regularmente, en cambio la del sur es de aparejo irregular dispuesto en hileras horizontales y desiguales. La ventana de esta fachada es de factura reciente.
Debido a estas diferencias de aparejo, a las disfunciones en su estructura y a la falta, como decíamos en un principio, de exploración arqueológica y arquitectónica, se han planteado algunas hipótesis sobre su tipología, el proceso constructivo y cronológico. Ante todo, habría que señalar las enormes semejanzas entre ese proceso constructivo de Santa Maria de Cardet y el que se ha encontrado en las exploraciones de Santa Eulália de Erill la Vall, el paralelismo y la tipología de los pilares permiten situar el proceso de reforma en torno a 1123, fecha de consagración de Sant Climent y Santa Maria de Taüll, donde se encuentran el mismo tipo de pilares. Se cree que unos años después debió de rehacerse la parte alta del muro de poniente, posteriormente, sin poder asignar una fecha, al hundirse la bóveda y derrumbarse el muro norte, se adoptó la solución de las bóvedas de arista y los pilares rectangulares que se encuentran adosados al muro norte.
Por último, es importante insistir, por un lado, en la relación entre las iglesias de Santa Maria de Cardet y Santa Eulália de Erill la Vall, porque ha permitido un mayor acercamiento a los complejos y acelerados procesos constructivos que se dieron en el valle de Boí entre finales del siglo XI y el primer cuarto del siglo XII, y por otro lado. El referente más claro a la disposición exterior en dos pisos del ábside de Cardet es el ábside central de la catedral de Roda de lsábena, de la que, por cierto, dependían las iglesias del valle de Boí. Además, este esquema de paramento absidal continuo al exterior en el que se superponen los niveles de la cripta y de la iglesia, es bastante habitual en el reino de Aragón, donde se utiliza en el castillo de Loarre, Murillo de Gállego o Luesia. Un precedente de este tipo de solución arquitectónica se encuentra en el monasterio de Leyre.

Frontal de altar
El frontal de altar perteneciente a esta iglesia de Santa Maria es una de las obras más destacadas del taller de la Ribagorza. Fue adquirido como parte de la colección de Lluís Plandiura por el Museo de Barcelona en el año 1932, y hoy forma parte importante de los fondos del Museu Nacional d'Art de Catalunya (núm. 3 903). Está compuesto por tres calles, una central y dos laterales, divididas éstas en dos registros. Sus medidas son 0,96 por 1,62 m. Se trata de un ciclo dedicado a la infancia de Cristo presidido por la imagen central de la Maiestas Mariae.
En estilo narrativo se suceden las escenas, de iconografía muy tradicional, de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, la Epifanía, la Degollación de los lnocentes y la huida a Egipto, todas ellas distribuidas en torno a la imagen de la Virgen y el Niño, que ocupa el espacio central, de doble tamaño que los cuatro compartimentos laterales, separados estos horizontalmente por una franja con decoración vegetal similar a la que encontramos en el frontal de altar de la Virgen de Rigatell. El tema de la Maiestas Mariae es frecuente en los frontales de altar, lo que ha llevado a pensar que se trata de una transposición a la pintura, de las imágenes escultóricas de culto que existían en las iglesias. Además, en la mayor parte de ellos aparecen las escenas que hemos enumerado de la vida de Cristo y de María, como es el caso de los de Cóll, Espinelves y Llucà, Aviá, Mosoll, Rigatell y este de Cardet.
En el compartimento central, dentro de la mandorla, está María, sentada sobre un taburete con un cojín y cubierto con una tela ornada con unos flecos, sostiene al Niño de forma natural, sobre su rodilla diestra, los dos de tres cuartos y no de frente, con la cabeza ligeramente girada a la derecha. Si bien lo habitual es que Jesús se sitúe sobre la rodilla izquierda, esta modificación, como comenta Ainaud, puede responder a la relación del tema principal con la escena de la Epifanía que se encuentra en el compartimento inferior izquierdo, y debería ser entendida como influencia de los grupos escultóricos.
Cook, por su parte, le añade significado cuando afirma que se trata de una ruptura con la frontalidad románica en aras de un mayor naturalismo. En cuanto a la representación de la mandorla, que en el arte bizantino estuvo siempre ligada a la noción de divinidad, a la persona de Cristo, en el arte románico pierde este significado riguroso y dogmático, y vemos como en la pintura catalana, se utiliza también para la figura de María. Además, la Virgen aparece nimbada y coronada como Reina del Cielo, rasgo propio de las obras del siglo XIII. La corona está adornada con flores de lis, símbolo de castidad asociado siempre a ella. El Niño, con nimbo crucífero, bendice con su mano derecha, mientras que con la otra apoya el libro sobre su pierna. En el centro del lado biselado del marco superior se lee la inscripción MATER D[omi] NI.
En las esquinas, flanquean la mandorla los símbolos de los evangelistas; en la parte superior Mateo y Juan con sus nombres escritos en la cara biselada del marco, MATEVS y IOANNES; en la parte interior, el león de Marcos y el toro de Lucas, que llevan entre las patas sus filacterias donde se lee MARCVS y LVCAS.
El tema de la Maiestas Mariae acompañada del Tetramorfos ha llamado la atención de diversos autores (Cook, Sureda, Loosveldt) que ven en ello una contaminación de la Maiestas Domini. No obstante, en Cataluña, desde inicios del siglo XII, es habitual encontrar a la Maiestas Mariae presidiendo el ábside acompañada del Tetramorfos, como es el caso de las pinturas de Santa Maria de Taüll (1123).
Siguiendo el orden de la lectura de las escenas del frontal, tenemos en el compartimento superior izquierdo dos representaciones, separadas por una delgada columnilla: la Anunciación y la Visitación En la primera, aparece María, quien en una mano lleva un libro y con la otra saluda el mensaje del arcángel Cabriel, que porta un largo cetro; a un costado, la Visitación enmarcada por columnillas. Las inscripciones correspondientes se encuentran en el bisel superior, GABRIELIS y la salutación AVE MARIA y sobre el abrazo de María e Isabel, ELISABET y MARIA.
En el recuadro superior derecho se desarrolla una doble escena, pero en este caso sin ningún elemento de separación. el Nacimiento del Nino Jesús y el Anuncio a los pastores. El unir en una misma narración estos dos episodios es tradición en obras del repertorio bizantino. Por la diferencia de tamaño de las figuras se señala cuál es la escena principal, el Nacimiento, donde la Madre de Dios aparece sobre el lecho en forma de jergón, a la manera bizantina, detalle que nuevamente remite al mosaico bizantino con antecedentes significativos en Cataluña, como es el caso del frontal de Avià. Sobre su cabeza figura la inscripción MARIA y, entre ella y José, —a un lado sentado con su báculo—, el pesebre, donde se lee IHS, con el Niño recostado y acompañado del buey y la mula, mientras un ángel que baja del cielo parece hacer alusión al aviso en sueños a José para que inicie la huida a Egipto, tema frecuentemente sintetizado en la composición del Nacimiento. En el bisel superior aparece el nombre IOSEP.
Por lo que se refiere a la representación del anuncio a los pastores, su esquema compositivo es muy habitual, aunque, como apunta Post, en este caso concreto es relevante la aparición del paisaje. Entre montañas con árboles, corderos, cabras y un perro con traílla, el ángel se dirige a dos pastores cuya inscripción se encuentra en el bisel derecho. PASTORES. Este tema, mucho más frecuente en murales y frontales que el del baño del Niño, se inspira en el pasaje de san Lucas (Lc. 2, 8-20) y ha sido interpretado de distintas maneras. Sureda habla de dos tipologías básicas en representaciones tardorrománicas, la de Santa Maria de Barberá que imita la disposición de la Anunciación con el ángel a la izquierda y el grupo de pastores a la derecha, y la de Cardet que señala un lugar específico donde los dos pastores y su rebaño se acomodan a los accidentes del terreno, y el ángel desciende desde el cielo, todo ello reunido en una composición de gran riqueza.
En el segmento inferior izquierdo del frontal, las figuras de los tres Reyes ocupan todo el espacio; el que va al frente se dirige a la Madre de Dios y al Niño y les ofrece, medio arrodillado, su presente, el de en medio —que es el más joven, y al que Loosveldt identifica con Gaspar a pesar de que no tiene inscripción—, gira la cabeza hacia el tercer rey y le señala la estrella que por lo que se alcanza a ver, estuvo colocada en uno de los círculos de la franja horizontal. A diferencia de la pintura mural, donde la escena de la Epifanía representada en el ábside es el tema central del programa iconográfico, en los frontales es un episodio más de la infancia de Cristo. La singular disposición que guarda la Maiestas Mariae con respecto a los tres Magos en esta tabla, se encuentra también en otros frontales, como los de Avià y Rigatell. La vinculación de los nombres de los Reyes —citados en el Liber Pontiíicales de Ravena, recogido por el Pseudo-Beda— con cada una de las edades y etapas de la vida, será una característica constante en el románico catalán, si bien no siempre guardarán el mismo orden. Mientras que en los frontales de Espinelves, Rigatell, Taüll y Avià, el joven está identificado como Gaspar, en el de Mossol es Baltasar, y en el de Rigatell el más anciano es Baltasar.
Por último, en el compartimento inferior de la derecha, cerrando el ciclo, se narran los episodios de la Degollación de los lnocentes y la huida a Egipto. Entre ellos no hay ningún elemento que los se pare, tan sólo las mayores dimensiones de las figuras de José y María indican que el segundo de ellos se trata de la escena principal. La Virgen aparece con el Niño sentada sobre la mula conducida por José, quien lleva un hatillo sobre su espalda, que ha desaparecido, y va vestido con una túnica más corta en comparación con otros frontales. Sin embargo, la más interesante por su iconografía es, quizá, la que representa la matanza de los lnocentes, donde el rey Herodes, sentado en un bancal con un cojín, da la orden de ejecutar a los infantes, mientras que uno de sus soldados le muestra a un pequeño ensartado en su lanza, otro decapita a un inocente con la espada y un tercero da trozos de un niño a unos perros. La lectura de esta escena ha resulta difícil porque se han perdido las figuras de los niños y las armas de los soldados, de los que tan sólo se conservan las líneas incisas de sus siluetas. Frente al tercer verdugo, una madre en actitud desesperada se rasga la túnica y, debajo de ella, sobre el bisel del marco, se alcanzan a ver unas letras de la inscripción, muy deteriorada y que Cook leyó como BACL. Pagés ha propuesto una nueva lectura en la que la primera letra no sería b sino r, con lo cual se leería RAC(he)L, de significación muy clara en esta escena, pues se trata de Raquel, aquella mujer que según relata el evangelio de Mateo (Mt 2, 17- 18), al cumplirse la profecía de Jeremías, lloró y se desesperó por sus hijos, los hijos de Israel, los inocentes degollados por Herodes.
Es probable que en el bisel inferior del marco hubiera otros nombres que hicieran referencia a las escenas, pero el estado de deterioro en el que encuentra sólo ha dejado vestigios de dos de ellas, la ya citada de la mujer del pasaje de los inocentes y otra que Cook registró como IH(esu)S PTP(?). Una nueva lectura de esta inscripción es la que ha propuesto Pages, a quien la comparación con la que aparece en el único frontal firmado que se conoce hasta ahora, el de San Martín de Chía (también en el Museu Nacional d'Art de Catalunya), le ha permitido descifrar la supuesta firma del de Cardet. En Chía aparece en el centro del bisel inferior del marco la leyenda IOH(anne)S PINTOR ME FECIT. La de Cardet se encuentra en el mismo sitio y, aunque las letras se conservan incompletas y está muy borrada, Pagés ha leído (i)OH(anne)S PIN(tor). De ello se puede deducir que el denominado taller de la Ribagorza habría contado con un pintor principal llamado Johannes, a quien se le pueden atribuir ambas piezas, Chía y Cardet aunque se han apreciado ciertas diferencias entre ambas tablas, éstas pueden explicarse, bien por la evolución del pintor, bien por su trabajo con otro colaborador.
En cuanto a la técnica empleada en el frontal de Cardet, combina dos técnicas: la pintura al temple sobre tabla y el bajorrelieve de estuco en los fondos, bandas de separación y el marco. Este estuco se revestiría de láminas de estaño que se bruñían y matizaban con barniz transparente o se coloreaban para darle a las superficies un tono dorado, lo que se conoce como colradura. Si para Cook y Post la utilización del estuco sería de influencia islámica, para Folch i Torres y Ainaud el uso de dorados sería un intento de imitar la orfebrería y los iconos orientales bizantinos. Es común que durante los siglos XII y XIII las tablas pintadas de altar mostraran esta constante preocupación por sugerir los repujados en metal y simular el trabajo de orfebrería que imita gemas y cabujones pintados con los colores de las piedras preciosas. Muchos de los frontales del denominado taller de la Ribagorza o de Roda de lsábena —al que pertenece el de Cardet—, fueron realizados empleando este procedimiento técnico, al que recurrían las iglesias y parroquias con menos recursos para imitar el rico mobiliario de orfebrería que poseían catedral es e iglesias importantes.
En el marco de Cardet se alternan motivos geométricos, vegetales y zoomorfos colocados simétricamente. En el interior de los medallones o discos aparecen leones, tema muy usual que se empleaba en textiles, manuscritos y pinturas. En las franjas divisorias de los compartimentos se encuentra un motivo geométrico que incluye en su interior palmetas enmarcadas por sus propios tallos, con nervaduras en las hojas y de muy fina ejecución. En todos los fondos de las escenas, la decoración es a base de un entramado de losanges que enmarcan motivos decorativos en forma de flor de lis, como los que figuran en otros frontales procedentes de la franja aragonesa, y que a veces han sido interpretados como gotas o lágrimas, trama muy similar a la que se observa en los frontales de Boí, Taüll, Chía o Rigatell, y que responde a la tipología de la escuela de pintura de la Ribagorza o de Roda de lsábena, si bien se ha querido ver también la existencia de un taller en Lleida, de difícil comprobación.

El tratamiento de las figuras es de un dibujo muy preciso, marcado por una incisión poco profunda, la cual se queda a la vista por la caída de algunos fragmentos de pintura del registro inferior. Las caras están bien perfiladas, y aunque las figuras, en general, son planas, los pliegues de los paños, tan cuidados y exquisitos, marcados con líneas de color, crean efectos de claroscuro y les imprimen a las figuras un cierto volumen y pausado movimiento. Además, la mayoría de las túnicas y mantos ribetea su contorno con líneas blancas que acentúan este carácter. Llaman la atención las gradaciones cromáticas, el sentido del detalle, los finos y elegantes ademanes y actitudes y, en algunos casos, como la escena del Anuncio a los pastores, su gran dinamismo. Los rostros reflejan vida interior y los personajes parecieran dialogar entre ellos, podríamos decir que, en general, hay un mayor movimiento en las escenas cuyo sentido narrativo habla ya de una nueva sensibilidad cercana al gótico. Casi todos los autores coinciden en alguna de las innovaciones que presenta este frontal y Que lo acercan al lenguaje del gótico. Así, Azcárate lo incluye en las tendencias “protogóticas avanzadas” por sus novedades narrativas y por su expresionismo naturalista. Las escenas historiadas, en opinión de Vicens, preparan la composición iconográfica de los retablos del gótico. Por otro lado, Post senala como una de esas innovaciones, la yuxtaposición de escenas simultáneas que se aprecia en dos de los compartimentos, el del Nacimiento y Anuncio a los pastores y el de la Degollación de los lnocentes y Huida a Egipto.
En este sentido, Alcolea y Sureda destacan en estas mismas representaciones, el distinto tamaño de los personajes como elemento que distingue a la escena principal de la complementaria. También se manifiestan en el estilo algunos cambios iconográficos, como la ruptura de la rigidez románica en los gestos, detalles como el que en la escena central, la Virgen toma al Niño con sus manos, la agitación del perro y las cabras de los pastores en la escena del Anuncio, el dolor de la madre en la matanza de los inocentes, por enumerar algunos.
Para muchos autores, entre ellos, Post, Cook, Azcárate, Castiñeiras y Camps, la presencia de rasgos bizantinos en el frontal es muy clara. Las nuevas corrientes bizantinizantes que en torno al año 1200 se perciben en la Europa occidental, muy importantes en Francia e Inglaterra, y que dieron lugar al llamado Estilo 1200, también se hacen presentes en la pintura románica en Cataluña, tanto en la mural como sobre tabla. Por su parte, Loosveldt piensa que se trata de un estilo local donde aparecen estas influencias bizantinas asimiladas tiempo atrás por el románico catalán y que, aunque es una obra contemporánea a la aparición de un nuevo arte en tierras francesas, está condicionado por la tradición autóctona. Por último, sólo cabe añadir que, en cuanto a la temática de las escenas y la iconografía, frecuente en el siglo XIII, hay afinidades con otros frontales —en especial con el de Avià—, dedicados al ciclo de la vida de Cristo e incluso algunos enriquecen el repertorio de temas.
Para Ainaud, el frontal de Cardet es quizá la obra más arcaica del taller de la Ribagorza, dentro de esta segunda etapa del románico, al que se añadirían los de Chía, Taüll y Boí. Sin embargo, Camps apunta que se distingue por algunos rasgos como el uso de ondulaciones y la suavidad de las formas, que lo alejan de los demás y del carácter arcaizante que a veces se atribuye al grupo. En opinión de Blasco y Bardas, este grupo de frontales señala el final de la pintura románica sobre tabla.
Por lo que se refiere a la datación del frontal, existen diversas opiniones. A excepción de Carbonell, que lo fechaba a finales del siglo XII, hoy todos coinciden en que es obra del siglo XIII, con algunas diferencias. Post durante la primera mitad del siglo, Ainaud en un momento anterior a la segunda mitad, Cook, Gudiol y Sureda hacia la segunda mitad, Loosveldt en el último cuarto del siglo y Sarrate en el último tercio del siglo XIII. Por lo tanto, si se tienen en cuenta todas estas propuestas de los estudiosos del frontal, su ejecución se puede ubicar entre mediados y la segunda mitad del siglo XIII.

Viga
Además del frontal, se conserva de Cardet una viga travesera que, según Ainaud, estaba situada en el ábside de la iglesia, pintada al temple sobre madera, adscrita al mismo círculo del antipendio y que fue adquirida por el Museo de Arte de Cataluña en el año 1962 (MNAC, inv. 71999). Mide 22 x 390 cm y presenta en su cara superior agujeros de distintas medidas que generalmente servían para sujetar o encajar imágenes sobre el altar, figuras talladas en madera de grupos de descendimientos o de otros asuntos o para colgar cruces o palomas eucarísticas. En este caso son varios, cuatro de ellos visibles, por lo que se piensa en algún Descendimiento.
Este tipo de piezas presentan poca superficie para pintar con lo cual, los motivos que las decoran están muy relacionados con la miniatura. La técnica del dibujo y el estilo de la iluminación resultan idóneos para trabajar en espacios pequeños y esto, además, nos habla de la pluridisciplinariedad de los talleres de pintores románicos.
La decoración que presenta la viga se encuentra en sus caras frontal e inferior, donde se pueden apreciar una serie de figuras de iconografía muy curiosa consistente en pájaros, monstruos y combate de guerreros con animales alados con cabeza humana. Desgraciadamente, no se ha conservado la totalidad de la decoración original, pues se ha perdido la ornamentación central y de las partes extremas de la viga.
Comenzaremos por describir el frente, de izquierda a derecha. Aunque con bastante deterioro y cortado el extremo de la viga, se observa a dos aves afrontadas, a continuación, dos leones que levantan su pata derecha en actitud de lucha, uno de ellos, el de color oscuro, está coronado, siguen dos pavos bebiendo de una fuente, después un fragmento perdido y, por último, dos hombres con escudos, al parecer soldados de infantería, enfrentados a sendos seres híbridos —el de la derecha muy borrado—, alados y con cabeza humana. Es probable que también en este extremo falte un pedazo de la viga. Sureda las define como “escenas psicomáquicas” de enfrentamiento entre leones, entre aves y de hombres con bestias. En este caso, en el que habla de hombres luchando con las langostas del Apocalipsis, quizá se basa en el hecho de que los guerreros portan dos tipos de armas diferentes, el de la izquierda una espada y el de la derecha una lanza, y por el tipo de ave que acompaña al hombre de la espada. Sin embargo, una representación de este tipo aparece en el beato de París (fol. 92) donde aparecen las langostas con cabeza de hombre y cuerpo y patas de langosta, en cambio aquí los animales tienen patas y alas de ave, cabeza humana y cola de reptil. Asimismo interpreta la de las aves bebiendo de la fuente como la fuente de gracia.


Por lo que respecta al dibujo, es bastante preciso, cuidado y lleno de detalles, y, teniendo en cuenta que la viga estaría a una altura considerable del ábside, las figuras resultan bastante proporcionadas, cuentan con una buena disposición y cierto movimiento. Asimismo, es perceptible a todas luces el Vierte carácter ornamental que tiene todo el conjunto, además de su rica policromía en la que sobresalen los tonos naranjas de los picos de los pavos, del cáliz y el escudo del guerrero.
Es muy importante señalar que hoy la viga está descontextualizada, por lo que no se conoce la iconografía que la acompañaba y que le daba sentido y significado, ya fueran las imágenes en talla que debía soportar o las pinturas murales que decoraban el ábside o algunas otras obras en madera complementarias o a las cuales complementaba.
Una interpretación que se le ha dado a este repertorio iconográfico es de carácter moralizante su significado simbólico sería el de mostrar la lucha entre el Bien y el Mal con el triunfo del primero y fundamentado en la vida eterna, simbolizada por los pavos que beben de la fuente de vida, de la pila bautismal representada en forma de cáliz, imagen del cristiano que abreva del cáliz de la salvación. Pero, en opinión de Carabasa, se trata de meros recordatorios, por ello la acción no llega a consumarse ni se muestran las consecuencias. Este es un tema de origen clásico que en el periodo paleocristiano y bizantino tuvo una gran difusión y que es muy frecuente en la época plenamente románica. Obras con escenas de lucha entre animales y de estos con el hombre, con este contenido, las hay en escultura monumental —claustros catalanes como Ripoll, Girona, la Seu d'Urgell y, más tarde, Tarragona—, en pintura mural —Sijena—, así como en textiles y manuscritos, y su fuente más rica y de abundante repertorio fueron los bestiarios.
Sin embargo, hay algunos aspectos de la iconografía de la viga que habría que señalar, pues resultan significativos, como el aspecto fantástico de todos los animales, con formas de una gran imaginación, aves con cola de reptil, cuernos o largas orejas y garras como de aves de rapiña, otras con cabeza humana, también el hecho de que el león oscuro esté coronado, la falta de insignias en los escudos de los soldados Que podrían identificar a alguna familia noble o añadir significado a la lucha, todos ellos son elementos que llaman la atención y requieren de un mayor estudio.
En la cara inferior de la viga observamos un único tema ornamental de motivos geométricos, formas en zigzag de color verde y rojo dibujadas en blanco cuyo diseño, por cierto, aparece también en el escudo del guerrero del lado derecho con el dibujo en líneas negras. Este motivo, que no se encuentra en ningún otro conjunto contemporáneo, ni en Cataluña ni en el ámbito hispánico es considerado por Carbonell como autóctono. La capa pictórica de esta zona baja presenta una amplia sección del centro, de 155 cm, sin pintura, lo que hace suponer a Ainaud que quizá la viga estaba en contacto con otro mueble, ya fuera la parte alta de un retablo u otra pieza de mobiliario no identificada.
Desde el punto de vista del estilo, se han planteado diversas opiniones; Ainaud apunta que, aunque hay diferencias entre la viga y el frontal, estas pueden deberse más al desigual estado de conservación que a la diversidad de autores. Por su parte, Cook y Gudiol señalan que el concepto románico de los temas de la viga no tiene relación estilística con el frontal, lo que indica que aquella se pintó in situ por un artista de paso y éste se realizó en el taller del “productor” del grupo. Lo cierto es que se advierte en la viga un estilo diferente al del frontal en el sentido de que es menos rígido, menos dependiente de fórmulas repetidas y, aunque las figuras fueron traídas, sin duda, de algún repertorio, no copia modelos muy conocidos, sino que actúa con mayor libertad a la hora de dibujar y organizar la decoración del conjunto quizá lo que más distancia a ambas obras es la composición y el detalle del dibujo. Por otro lado, en relación al nivel de ejecución, la viga sería un reflejo inmediato del frontal, en consecuencia, estaría perfectamente integrada al mismo círculo.
Por último, en cuanto a la datación de la viga, se trata de una obra que podemos situar en el siglo XIII, por un lado, dentro de la primera mitad por su relación con los repertorios de animales fantásticos del románico, aunque con una iconografía más elaborada; por otro lado, a mediados del siglo o si acaso en la segunda mitad y en estrecha relación con las obras más tardías del taller de la Ribagorza, sobre todo con el frontal.

Próximo Capítulo:  Románico en Val d´Aran- Sant Esteve de Tredós, Santa María de Cap d'Aran de Tredós, Santa María de Arties, Assumpció de María de Bossòst, Sant Miquel de Vielha, Sant Andreu de Salardú, Santa Eulalia de Unha, San Pedro de Escunhau, San Félix de Vilac .


 

 

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