Románico en la comarca de Solsonès
Introducción
Ocupando el mismo centro geográfico de Cataluña,
la Comarca del Solsonès se sitúa al nordeste de la provincia de
Lleida, limitando con los territorios ya barceloneses del Bages y del Berguedà,
y no lejos de la gerundense Cerdanya, de la que queda separada al norte por la
espectacular sierra del Cadí.
Atraviesa
de norte a sur el Solsonès el río Cardener, afluente del Llobregat y principal
responsable de la fértil meseta en el que se enmarca buena parte del territorio
comarcal, cuyo relieve, montañoso en su tercio septentrional, va suavizándose a
medida que va descendiendo hacia el sur al encuentro de la Noguera, la Segarra
y L'Anoia.
Más
allá de la próspera Solsona, donde se concentra más de la mitad de los
aproximadamente 11.000 habitantes que pueblan la comarca, se caracteriza el
Solsonès por su eminente carácter rural, quedando salpicado el territorio por
pequeños núcleos de población y, por supuesto, por las personalísimas e
inconfundibles masías, muchas de ellas documentadas desde fecha medieval y que
desde entonces hasta prácticamente nuestros días, han sabido funcionar como
entidades agrícolas y ganaderas autosuficientes.
Contexto histórico
Poblado
desde la remota prehistoria como bien lo atestiguan los diversos restos en
forma de túmulos y dólmenes conservados en localidades como Ceuró y Llobera, el
Solsonès fue posteriormente solar de íberos y lacetanos que, al igual que en
comarcas vecinas, sufrirían su correspondiente proceso de romanización. En la
actualidad viene siendo identificada Solsona con la primero íbera y después
romana ciudad de Setelsis, habiendo aparecido en sus alrededores diversos
restos.
Tras
las invasiones bárbaras y sarracenas, los primeros testimonios de un intento de
organización y ordenación tanto del territorio como de la población se debe al
poder carolingio durante los siglos VIII y IX, proceso que quedaría culminado
con Wilfredo el Velloso, Conde de Urgell y Cerdanya, quien tras anexionar a sus
dominios buena parte del actual Solsonès, llevó a cabo una concienzuda empresa
repobladora.
A
principios de la décima centuria encontramos las primeras referencias a la
fundación de centros monásticos en la comarca, siendo de destacar los de Santa
María de Solsona, Sant Llorenç de Morunys y Sant Pere de Graudescales; cenobios
todos ellos que competirían en hegemonía territorial con las distintos linajes
señoriales que poco a poco fueron estableciéndose en el Solsonès, los cuales
implantarían en sus dominios pequeños regímenes de tipo feudal en torno a su
masía o, en el caso de aquellos más poderosos, su castillo o palacio.
Los
siglos XI y XII vinieron marcados en los territorios que nos ocupan por las
continuas tensiones entre las distintas casas nobiliarias más influyentes de la
zona, razón por la cual, incluso a día de hoy, es posible encontrar a lo largo
y ancho del Solsonès distintas edificaciones de carácter militar y defensivo
tales como castillos y torres.
Finalmente
y merced a una alianza matrimonial entre las casas de Urgell y Cardona sellada
a principios del siglo XIII, gran parte de la comarca quedaría bajo los
dominios de los Vizcondes de Cardona, linaje que, a medida que avanzó la Baja
Edad Media, fue ganando en influencia dentro del entramado político de los
Condados Catalanes.
A
finales del siglo XVI el Solsonès viviría un segundo proceso de esplendor
merced a la conversión de la canónica solsonesa en sede episcopal, razón por la
cual el monasterio fue exclaustrado y su iglesia, convertida ya en catedral,
profundamente reformada y ampliada.
Características generales del románico del Solsonès
Las
tierras de Solsona, al igual que las comarcas adyacentes tanto ilerdenses como
barcelonesas, son enormemente fecundas en cuanto a la densidad de edificaciones
románicas se refiere: solamente en el Solsonés e incluyendo tanto
construcciones militares como religiosas, rozan el centenar las llegadas a
nuestros días mejor o peor conservadas.
La
razón que justifica esta proliferación monumental hay que hallarla en los
numerosos núcleos poblaciones y masías que fueron desarrollándose en el
territorio en fecha medieval, los cuales, fueron dotadas desde un primer
momento tanto de equipamientos militares para su defensa como de pequeñas
iglesias y oratorios para sus servicios religiosos.
A
lo largo del Solsonès, además de una amplísima nómina de torreones defensivos y
casas fuertes, encontramos un románico de lo más variado que va desde aquellas
manifestaciones más arcaicas casi de transición desde el prerrománico, hasta
buenos ejemplos de románico internacional, que alcanzaría su máximo esplendor
dentro de la comarca en el primero monasterio y después catedral de Solsona.
No
fue ajeno tampoco el territorio que nos ocupa a la corriente lombarda que
caracteriza el primer románico del ámbito geográfico pirenaico y prepirenaico;
conservándose buenos ejemplos de ábsides animados a base de las prototípicas
arquerías ciegas y lesenas: un modelo decorativo que, lejos de estancarse y
extinguirse en el siglo XI, trascendió como recurso ornamental incluso en
edificaciones de bien entrado el siglo XII como es el caso de la seo solsonesa,
donde repertorios lombardos y fórmulas internacionales conviven en magnífica
armonía. Exceptuando la citada catedral, donde trabajarían maestros de buena
formación, la escultura monumental es un fenómeno bastante excepcional en todo
el Solsonès, reduciéndose a mínimas manifestaciones de carácter rural y siempre
de extrema inocencia en Sant Lleïr de Casavella y en La Mare de Déu de
Puig-Aguilar.
El
Museu Diocesà i Comarcal instalado en la propia ciudad de Solsona constituye
una visita obligada para conocer el románico de la comarca ya que en él se
exponen buenas representaciones de escultura, imaginería, pintura y artes
aplicadas medievales.
La
capital del Solsonès, lugar de nacimiento del pintor barroco Francesc Ribalta y
del fotógrafo Adolf Mas, se emplaza en la zona central de la comarca, en un
altiplano a unos 664 m de altitud, a orillas del río Negre (afluente del
Cardener) y en una zona poblada por numerosas fuentes natura les de agua. El
término municipal, de dimensiones modestas, no cuenta sino con un único núcleo
de población, la propia ciudad de Solsona, y se ve rodeado por completo por los
municipios vecinos de Olius y Lladurs. La población se halla a unos 105 km de
Barcelona, con la que se comunica a través de la autopista C-16, que lleva
hasta Manresa, y posteriormente de la carretera C-55; y a unos 100 km de
Lleida.
La
zona debió de estar poblada desde época prerromana, con un posible primer
asentamiento humano situado en el cercano Castellvell de Solsona, perteneciente
actualmente al vecino municipio de Olius. En algún momento indeterminado
(quizás entre los siglos II y I a. C.) el primitivo núcleo de población se
trasladó a la pequeña planicie aluvial del río Negre, un emplazamiento coincidente
con el de la actual ciudad de Solsona. Allí se habría desarrollado una
población romana de cierta importancia, a juzgar por la existencia de unas
termas públicas. Tras el dominio visigodo, Solsona estuvo en manos musulmanas
durante aproximadamente un siglo, hasta el establecimiento y consolidación de
la Marca Hispánica o frontera de Gotia por parte de los francos.
Aproximadamente
una centuria más tarde, seguramente a inicios del siglo X, se estableció en el
lugar una canónica dependiente de la diócesis de La Seu d’Urgell, que en sus
primeros tiempos de existencia debió de seguir una observancia aquisgranense.
Una primera consagración del edificio canonical se documenta el año 977, a la
que siguieron otras dos consagraciones en los años 1070 y 1163, que debieron de
responder a sucesivas obras de reconstrucción. Probablemente para la segunda
consagración, la del año 1070, la comunidad canonical de Solsona habría
adoptado ya la regla agustiniana, siguiendo una tendencia generalizada. En
cualquier caso, para el siglo xii la canónica había adquirido ya una
preponderancia que la había convertido en el segundo establecimiento en
importancia del obispado de Urgell, solamente por detrás del propio cabildo
catedralicio de La Seu d’Urgell.
Al
tiempo que se consolidaba la importancia de la canónica de Solsona, crecía
también la relevancia de la población surgida a su alrededor. Así, desde la
decimotercera centuria se celebraba mercado en la localidad y a finales de ese
mismo siglo comenzó la reconstrucción del templo canonical en estilo gótico. A
nivel político, desde al menos el siglo xi Solsona se había convertido en un
señorío feudatario del condado de Urgell, que era controlado a inicios del
siglo xiii por los Torroja. En 1217 Agnès de Torroja contrajo matrimonio con el
vizconde de Cardona Ramon Folc IV, con lo que los Cardona (que posteriormente
alcanzarían el rango de linaje condal y, más tarde, ducal) se situarían en
adelante al frente del dominio sobre el castillo de Solsona. No obstante, el
control sobre la localidad sería siempre compartido con la comunidad canonical,
de modo que cuando en 1338 se creó el consejo municipal, este contó con dos
cónsules y dos alcaldes, uno en representación del poder civil de los Cardona y
otro del establecimiento eclesiástico de Santa Maria.
Durante
la Baja Edad Media la localidad continuó su desarrollo urbanístico y económico.
Así, en 1303 se acordó la erección de un nuevo recinto amurallado, conservado
de modo muy parcial en la actualidad, que debió de contar con veintiuna torres
y que podría haber substituido una muralla anterior más endeble, del siglo XI.
A finales de la decimocuarta centuria, el fogaje de 1380 arroja el dato de la
existencia de doscientos doce fuegos en la localidad, que llegó a contar con
una pequeña comunidad judía. Unas pocas décadas más tarde, en 1420, se contrató
una importante obra pública con los maestros Pere Puigredom, original de
Cervera, y Joan Ferrer, natural de Montblanc: la canalización hasta la villa
del agua procedente del manantial conocido como la fuente Miravella, con una
distribución interior que incluía la construcción de tres fuentes públicas aún
conservadas. Se trata de tres elegantes fuentes de estilo gótico: la fuente
mayor (conocida en la actualidad como fuente de la plaza de Sant Joan), la
fuente de la iglesia (hoy en la plaza de la Catedral) y la fuente del castillo
(actualmente de la plaza de Sant Isidre).
Solsona
llegó a mediados del siglo XVI con un total de trescientos cuarenta y siete
hogares, según el fogaje del año 1553. A finales de ese siglo tuvo lugar un
acontecimiento de enorme transcendencia para la localidad: en 1593 la antigua
canónica de Santa Maria era elevada a rango catedralicio, como desmembramiento
de las diócesis de Urgell y Vic. Se trata de la única sede episcopal creada ex
novo en el principado de Cataluña a lo largo de toda la Edad Moderna; y de uno
de los dos únicos cambios significativos del mapa episcopal catalán de dicho
periodo, junto con el traslado de la antigua diócesis de Elna a Perpiñán
acontecido el año 1601 –poco más de medio siglo antes de que, como consecuencia
del tratado de los Pirineos, dicha diócesis pasara a integrar el reino de
Francia–, cuatro décadas después de que en 1564 hubiera sido escindida de la
obediencia a la archidiócesis de Narbona para ser afiliada a la provincia
eclesiástica tarraconense.
La
conversión de la canónica de Solsona en catedral y cabeza de una nueva diócesis
se produjo por petición expresa del rey Felipe II de España ante el papa
Clemente VIII y se enmarca, así, en la lista de iniciativas del mencionado
monarca en lo tocante al mapa diocesano de sus dominios peninsulares
(particularmente en lo que se refiere a la Corona de Aragón), que incluyen la
creación en 1564 de la nueva diócesis de Orihuela, desmembrada de Cartagena (en
contra de las aspiraciones de Xàtiva de devenir sede episcopal); la separación
en 1571 de las diócesis de Huesca y Jaca, que llevaban unidas desde finales del
siglo xi; la formación ese mismo año de la nueva sede episcopal de Barbastro,
como heredera de la antigua sede de Roda de Isábena y a costa de las diócesis
de Huesca y Lleida; la elevación en 1574 de la diócesis de Burgos a la
condición archiepiscopal; la creación de la diócesis de Teruel en 1577, como
segregación de la archidiócesis de Zaragoza; la separación el mismo año de las
diócesis de Albarracín y Segorbe, unidas desde mediados del siglo XIII; y,
final mente, el establecimiento de la nueva diócesis de Valladolid, desmembrada
de Palencia en 1595.
En
este contexto se comprende mejor la actuación de Felipe II, quien en un primer
momento, en 1589, manifestó al papa Sixto V su intención de crear tres nuevas
sedes episcopales en el principado de Cataluña, con el objetivo manifiesto de
hacer frente a los hugonotes del reino de Francia: Solsona, Manresa y Balaguer.
De ellas tres, la de Solsona siempre gozó de preponderancia en los planes
regios, de modo que finalmente fue la única que llegó a materializarse. Como
consecuencia de la nueva realidad episcopal de la localidad, esta recibió del
mismo Felipe II en 1594 el título de ciudad. Algo más tarde, en 1620, se dotó
de una universidad puesta bajo la tutela de los dominicos e instalada en el palacio
Llobera, destacado edificio gótico civil de la primera mitad del siglo xv que
previamente había sido ocupado por un hospital de pobres. Los siglos XVII y XVIII
fueron una época de bonanza para la localidad, que contaba con mil quinientos
noventa y tres habitantes según el censo de 1719, población que aumentó
significativamente hasta las dos mil setecientas cincuenta y una almas en el
censo de Floridablanca, de 1787, año en el que se hallaban próximas a su
finalización las obras de construcción del elegante palacio episcopal
neoclásico, edificio que desde 1896 alberga el actual Museu Diocesà i Comarcal
de Solsona.
Sin
embargo, la importancia de Solsona decreció en el siglo XIX, cuando fue ocupada
por el ejército napoleónico, que incendió la catedral en 1810, se convirtió más
tarde en bastión de las tropas carlistas –y, como tal, tuvo un papel muy activo
en los enfrentamientos bélicos que jalonaron dicha centuria– y, finalmente,
quedó aislada del proceso de industrialización generalizada vivido por Cataluña
y al margen de los trazados ferroviarios. Incluso, el obispado fue suprimido de
iure en 1851, como consecuencia de la firma del concordato entre el Estado
español y el Vaticano. En adelante, la antigua diócesis de Solsona fue unida a
la de Vic hasta el año 1933, cuando fue definitiva mente restaurada, en buena
medida gracias a las gestiones realizadas por el cardenal y arzobispo de
Tarragona Vidal i Barraquer, que había sido administrador apostólico de
Solsona.
Antigua canónica de Santa Maria
La
antigua canónica de Santa Maria de Solsona, catedral desde 1593, se emplaza en
el sector suroriental de la ciudad homónima, en lo que fue el interior del
recinto amurallado primitivo, ampliado en el siglo XIV. En la actualidad, el
monumento se integra totalmente entre las dependencias de la catedral y del
propio obispado, hasta el punto de que los vestigios románicos que han
permanecido emergen entre los cuerpos de tiempos posteriores, empezando por los
de la época gótica. No hay que olvidar que Solsona perteneció, hasta la
creación del obispado propio, a la demarcación eclesiástica de Urgell, en la
que desarrolló un papel destacado como segunda gran canónica por detrás de la
de la propia La Seu d’Urgell.
La
controvertida acta de consagración de la catedral urgelitana fechada en 819
contiene la que se consideraba primera cita de la iglesia solsonense, dato
relativo tras de mostrarse que se trata de un falso de la época del obispo Ermengol
I ahora fechable entre 1016 y 1024. En general, se admite que un primer
edificio pudo ser construido durante las primeras décadas del siglo X, si
tenemos en cuenta que según relata el mismo Ermengol en un documento del año
1000 la iglesia había sido erigida por su abuelo, el conde Sunifred II
(¿880?-948). Es probable que poco después fuera instaurada ya la canónica, bajo
la regla aquisgranense. Sin embargo, la primera consagración documentada tiene
lugar en 977, presidida por el obispo Guisad II de Urgell. Una parte de la ta
rea de los primeros priores consistió en obtener el favor de los obispos o de
los condes de Urgell con el fin de confirmar privilegios u obtener franquicias,
en competencia con los vizcondes. Sea como fuere, el monasterio fue aumentando
su patrimonio a lo largo de los siglos X y XI, hecho visible en la cantidad de
donaciones que iba recibiendo de parte de los condes y de la nobleza local. Una
segunda consagración tuvo lugar en 1070, a cargo del obispo Guillem Guifré y
del arzobispo de Narbona, Guifré, hermano del primero. Según algunas fuentes,
el templo había sido terminado el año anterior y, de acuerdo con un leccionario
del siglo XV, se produjeron una serie de prodigios que provocaron el aumento
del prestigio del templo. Asimismo, Ramon Planes se refiere a una donación de
Rotland para la iglesia y para la obra del campanario, en 1096-1097. Trataremos
más adelante hasta qué punto la nueva iglesia pudo estar o no completada en
aquellas fechas y qué partes podrían haber sido realizadas en aquella campaña.
Parece que ya entonces la canónica se regía, como en tantos otros casos, por la
regla agustiniana. Como señaló Manuel Riu, el papel de Solsona dentro del
obispado de Urgell tam bién estaba relacionado con la conquista de territorios
bajo dominio islámico situados más al Sur y con su cristianización.
Las
donaciones y confirmaciones muestran una época de consolidación y de
prosperidad claramente manifiesta a lo largo del siglo xii, periodo en el que
también se produjeron situaciones de inestabilidad, dada la pugna de poder con
el propio obispado de Urgell. En todo caso, la bula del papa Eugenio III, en
1151, recoge un total de sesenta y ocho iglesias pertenecientes a la canónica.
Este periodo fructífero conduce, en plena centuria, a una nueva consagración en
1163. El papel de los condes de Urgell queda especialmente reflejado en el
texto, en tanto que Ermengol VII figura, en gran parte, como fundador de la
nueva iglesia (illius ecclesia ex magna parte fundatorem). Fue entonces cuando
la canónica se convirtió en el segundo centro del obispado, siendo en ocasiones
lugar de residencia de los propios obispos. En este contexto hay que situar la
figura del prepósito Bernat de Pampe (1161-1195), quien según el necrologio
construyó el claustro, el celler o bodega y el refectorio. A finales de su
prelatura se reforzó la protección papal con las bulas otorgadas por Alejandro III
en 1180 y Clemente III en 1188. Ellas responden, de nuevo, a situaciones de
conflicto y a incumplimientos por parte de la nobleza o del obispado.
Este
patrimonio parece haber permanecido estable durante los siglos XIII y XIV. A
finales de la primera de las dos centurias mencionadas se inició la
construcción de la nave gótica de la iglesia, que supuso la demolición de gran
parte de la románica. Ello sucedía posiblemente en tiempos de Ponç de Vilaró
(1265-1302), si nos atenemos a un documento de concesión de indulgencias
fechado en 1299 para aquellos que contribuyeran con limosnas a la construcción
de la iglesia.
Probablemente
las obras quedaron interrumpidas poco antes de la peste negra. Así, el altar
mayor, dedicado a santa María de les Reixes, no fue consagrado hasta 1407. Cabe
suponer que la conversión de la canónica en catedral en el año 1593 debió de
suponer nuevos cambios para el conjunto. De este modo, el cuerpo gótico de la
nave no fue completado hasta el siglo xvii, cuando se encarga al maestro de
obras Claudi Casals, de Barcelona, la construcción del nuevo presbiterio, que
siguiendo la traza gótica debió de comportar la destrucción de parte de la
cabecera románica. Posteriormente el templo fue continuado con capillas y
consagraciones de altares.
Hay
que señalar que la fisonomía del conjunto también iba siendo modificada con las
capillas sucesivamente dedica das a la Virgen del Claustro, cuyo culto fue
acrecentándose a partir de mediados del siglo XIII. A esta imagen pétrea se le
dedica un apartado específico más adelante, dada su excepcionalidad, pero es
importante tener presente que la actual capilla, construida en el siglo XVIII (1701-1727),
ocupa un amplio sector abierto en el lado sur del primer tramo de la iglesia
gótica. De hecho, se situaba en el lugar que había ocupado, aproximadamente, la
capilla parroquial dedicada a san Pedro, que sería trasladada durante el siglo XVII
junto al lado norte de la zona del transepto gótico; además, a partir de 1753
se construyó la capilla de la Mercè, que se convirtió en parroquial.
El
templo quedó muy afectado por el asalto de las tropas napoleónicas en 1810, lo
que obligó a reconstruir parte de la bóveda gótica entre 1833 y 1835. Otras
obras se produjeron hacia 1936-1939, que comportaron la destrucción del muro que
cubría los restos de la portada norte, que fueron redes cubiertos. Poco antes,
en 1931, la catedral había sido declarada Monumento Nacional. A partir de esas
fechas y hasta el momento actual, diversas campañas de restauración y de
adecuación del museo (hoy diocesano y comarcal) han ido consolidando el
conjunto, redescubriendo algunas partes de su estructura medieval, especialmente
la románica, y progresando en su conocimiento.
La iglesia: arquitectura y escultura
Aunque
en su fisonomía actual el antiguo complejo monástico –catedralicio desde
finales del siglo XVI– aparece como un complejo conglomerado formado por
superposiciones, ampliaciones y añadidos que van desde los siglos XI o XII hasta
el XVIII, en él subsisten testimonios claros, algunos de ellos de primera
línea, de lo que fueron las construcciones de la canónica en los siglos del
románico. Algunos de los componentes que podemos interpretar como originales o románicos
han ido viendo a la luz paulatinamente desde los años 1930, conforme se han ido
produciendo trabajos de restauración y de actualización de la iglesia, de sus
capillas y de sus dependencias. No es de extrañar, pues, que algunos de sus
elementos hayan sido poco desarrollados por la historiografía o sean
prácticamente inéditos. A pesar de ello, desde antiguo existe conciencia de la
importancia y singularidad del con junto, especialmente gracias a las
esforzadas interpretaciones de Elies Rogent y Josep Puig i Cadafalch, primero,
y de Joan Albert Adell, más recientemente.
Así,
actualmente se conservan visibles buena parte del sector oriental de la
iglesia, transepto incluido, la torre campanario e importantes cuerpos de la
canónica en torno al claustro. Al margen de los elocuentes vestigios
propiamente arquitectónicos, hay que tener en cuenta los impresionantes restos
escultóricos, tanto los que todavía se sitúan en su contexto de origen como
aquellos conservados en el Museu Diocesà i Comarcal de Solsona; capítulo aparte
merece la Virgen del Claustro, sin duda la pieza de mayor popularidad del
monumento, también por la fuerte devoción de la que sigue siendo objeto.
La
planta “románica” del entorno monástico giraba en torno a una iglesia basada en
un esquema a grandes rasgos basilical, dotada de cabecera con ábside y un
absidiolo a cada lado, transepto y naves. De acuerdo con los vestigios conservados de las naves, se da la particularidad de que la parte correspondiente
a la meridional quedaba interrumpida por la presencia del campanario y, más a
poniente, del claustro, cuya galería septentrional sobrepasa la longitud de la
nave central.
Ello
implica, pues, que ambos cuerpos ya estaban definidos antes de la construcción
del edificio correspondiente, supuestamente, a la consagración de 1163, y que
probablemente obligarían a prescindir de una tercera nave, a pesar de que se
aplicaba un esquema ya muy experimentado desde el siglo XI. Externamente, los
ábsides son prácticamente lisos. Los únicos detalles que subrayan la estructura
están constituidos por los canecillos de la cornisa, con decoración
escultórica, y la arquivolta y los capiteles del ventanal intermedio del
ábside, sin guardapolvo que lo resalte. Internamente, se ha destacado la arquería
que destaca el muro del ábside, con columnas de fuste cilíndrico que reposan
sobre un elevado podio, lo que la distancia de diversos ejemplos catalanes
próximos, como La Seu d’Urgell o Gerri de la Sal, donde las columnas, adosadas,
arrancan desde un punto más rebajado. De lo que queda del tramo precedente al
absidiolo sur destaca el sistema de bóveda de arista, así como un potente
sistema de pilares, tal como subrayó en su momento Joan-Albert Adell.
Del
transepto se ha conservado parte de la fachada norte, con el coronamiento a dos
vertientes, dotado de una po tente cornisa, así como gran parte del tramo sur,
cubierto con bóveda de cañón. Tanto los canecillos como los capiteles son
objeto de decoración escultórica, que debe ser estudiada detenidamente.
El
estudio de la escultura de Santa Maria de Solsona ha estado siempre mediatizado
por la importancia de la extraordinaria imagen de la Virgen del Claustro y por
los vestigios del conjunto claustral conservados en el museo. Pero también es
remarcable la decoración que nos ha llegado de todo el conjunto de la canónica,
especialmente de la iglesia.
El
planteamiento arquitectónico de esta última comportaba un programa escultórico
centrado en soportes habituales, visible tanto en los ventanales como en el
interior de la cabe cera y lo que queda del transepto. Por otro lado, cabe
desta car los testimonios de la portada del lado norte, quizás más avanzados
cronológicamente que los de la cabecera. Tampoco son nada desdeñables algunos
elementos ahora aprovechados en la fachada occidental, al margen de algunos
testimonios conservados en el museo, a los que nos referiremos en su momento.
También hay que tener en cuenta la singular decoración de la torre campanario,
que trataremos de modo específico más adelante.
En
la cabecera, en lo que ha sobrevivido de los ábsides y del transepto, se
aprecia una decoración escultórica aplicada especialmente en los capiteles.
Recordemos
que la parte interior del ábside está articulada mediante arcos ciegos que reposan sobre columnas de fuste exento. El podio está marcado por una línea de
impostas decorada mediante un sistema de ovas, de claro regusto antiquizante.
En los capiteles, en cambio, se desarrolla un repertorio basado en temas de
carácter vegetal y de bestiario. En algunos casos se muestran variantes del
capitel de tipo corintio, de cierta simplificación; en otros, se observan las
composiciones habituales de seres dispuestos simétrica mente, en ocasiones
afrontados, como águilas, leones o grifos. Se trata, sin duda, de un repertorio
frecuente en la escultura a partir de las últimas décadas del siglo xi y
durante toda la pri mera mitad del siguiente siglo. Las composiciones muestran
una disposición poco experimentada desde el punto de vista técnico. El mismo
carácter se mantiene en la decoración de los capiteles del ventanal central del
ábside, uno de los elementos más visibles y publicados del conjunto. Menos
difundidos son los repertorios de las ménsulas o canecillos de las cornisas,
con decoración a base de seres animales e híbridos y de figuración humana. En
conjunto, se trata de una opción de taller hasta ahora inédita en el ámbito
catalán, que requiere ser estudiada en detalle para ser clasificada y fechada.
En cualquier caso, po demos aventurar incluso fechas anteriores a los que hasta
ahora se ha considerado, más cerca de 1100 que de 1163.
Hay
vestigios importantes de la decoración de las portadas. Tras la capilla de San
Agustín aparecieron los restos de la portada correspondiente al lado norte de
la nave, consistentes básicamente con el sector superior derecho, es decir, la
enjuta que daba marco propiamente a la puerta. En ella apare ce un relieve
dedicado a san Miguel Arcángel triunfante sobre el dragón, de acuerdo con una
composición muy frecuente y sobradamente conocida. Un primer análisis
estilístico de dicho relieve permite detectar, como hemos señalado, indicios de
relaciones con el ámbito de la escultura hispánica y languedociana del entorno
del año 1100, quizás en paralelo a otras manifestaciones, como las de la
portada de Santa Maria de Covet (Pallars Jussà) o, incluso, ciertos componentes
de la escultura de la catedral de La Seu d’Urgell fechables hacia el segundo
cuarto del siglo xii. De la escultura de la iglesia también pueden proceder
algunos relieves conservados en el museo. Entre estos sobresale especialmente
una puerta pro vista de tímpano decorado con un grifo (MDCS 206), pro cedente
de la zona del presbiterio –en concreto del acceso a la escalera de caracol del
lado norte, que comunicaba con el tejado–, cuyo estilo se sitúa en el mismo
nivel que los restan tes; así como los vestigios de otro tímpano, muy
deteriorado, con una Maiestas Domini (MDCS 122).
Tímpano de la portada
de acceso a la escalera de caracol del lado norte del presbiterio (Museu
Diocesà i Comarcal de Solsona, núm. inv. MDCS 206)
El
interés de este conjunto radica en manifestar, como en tantos otros casos,
puntos de contacto con los grandes centros escultóricos de finales del siglo XI
y principios del XII. En este sentido, y cuando todavía falta un estudio en profundidad
de dicha fase escultórica de Solsona, no podemos olvidar el matrimonio del
conde de Urgell, Ermengol V, con María, hija del noble castellano Pedro
Ansúrez, quien, al enviudar su hija, entre 1102 y 1108, se trasladó al condado
catalán con el fin de proteger a Ermengol VI. Cierto que las fechas parecen, de
antemano, tempranas de acuerdo con el actual estado de la cuestión sobre la
arquitectura y escultura románicas en Cataluña, pero no hay que olvidar los
contactos del condado de Urgell con los reinos occidentales. Ermengol VI
colaboraría en la conquista de Zaragoza, en 1118, y en la expedición de Almería
de 1147. Sea como fuere, no olvide mos que estos vínculos familiares han
constituido la base para interpretar la presencia de un edificio del tipo del
primer románico catalán como el de la Anunciada de Urueña (Valladolid) y, en un
sentido opuesto, para explicar la llegada a La Seu d’Urgell de un códice del
Comentario del Apocalipsis de Beato de Liébana.
En
otro orden de cosas, el rosetón de la fachada gótica parece haber reaprovechado
elementos decorativos en zig-zag que podrían haber pertenecido a una fase
constructiva de mediados del siglo XIII, en concordancia con la puerta del
claustro que trataremos más adelante y con repertorios muy utilizados en
Cataluña en aquella época.
Muro fachada norte
Muy interesante -y que puede pasar desapercibido al visitante- es el bien conservado muro norte románico de la catedral. Su alero conserva sus canecillos de buena calidad y con iconografía interesante como, por ejemplo, monos, espinarios, la pirueta de un contorsionista esculpido de costado, una cabeza demoníaca de cuya boca salen serpientes, etc.
A la izquierda de este muro hay encastrado un espectacular relieve del arcángel San Miguel alanceando al Dragón.
La torre campanario
Originalmente
planteada como un cuerpo semi exento, la torre campanario de Solsona es única
en el románico en Cataluña por su composición plástica. Así, no tiene nada que
ver con los numerosísimos ejemplos del primer románico, cu ya distribución
decorativa se mantuvo, con algunos cambios técnicos, durante el siglo xii.
Según Ramon Planes, un tal Rotland legó a la iglesia solsonense una cantidad de
mil sueldos para la obra del campanario (1096-1097), al mismo tiempo que
mandaba ser enterrado en Santa Maria. Ello nos podría situar hacia 1100. Consta
de planta baja y otros tres niveles perfectamente articulados, a los que se
añadió un cuarto nivel durante los siglos XVI-XVII.
El
primer nivel está cubierto con una bóveda rebajada, con aberturas en el lado
sur y este. El segundo nivel muestra, en la cara meridional, una articulación
mural mediante una doble ventana coronada por un sistema de arranque de arcos
con los que se cruza otro arco de medio punto que enmarca la composición. En
este contexto, el campanario de Solsona es una pieza singular y excepcional en
Cataluña. De hecho, tanto los capiteles como la propia estructura del
campanario ofrecen pocos elementos de comparación en el románico catalán.
Dentro de los mismos vestigios esculpidos del con junto, como los del ábside
principal o los de la portada septentrional, tampoco hay paralelismos con
algunos capiteles, aunque un tema basado en la superposición de motivos vegetales
es frecuente en el siglo XII bajo muchas variantes. Quere mos llamar la
atención sobre las analogías con un capitel del monasterio inglés de Barking,
no lejos de Londres. Aunque, como decíamos, se trata de un motivo genérico, la
comparación podría concordar con los antecedentes que muestra la peculiar
estructura decorativa de este nivel del campanario de Santa Maria de Solsona,
con la decoración en relieve del doble arco que surge de la pilastra que separa
los dos ventanales, excepcional en Cataluña, que recuerda, en cambio, soluciones
adoptadas en numerosos edificios del románico en Inglaterra. La profundización
en este repertorio permitirá, en el futuro, contextualizar con más claridad
estos capiteles y el propio campanario de la canónica.
Los
dos niveles siguientes están estructurados mediante ventanales simples,
primero, y dobles, a continuación, que son actualmente visibles tras diversas
campañas de restauración. Algunos de los capiteles originales fueron
sustituidos por copias simplificadas y pasaron a formar parte de la co lección
del museo. Desde este punto de vista, los capiteles se inscriben dentro de la
singularidad del cuerpo de donde provienen, que podemos considerar como un
unicum en Cataluña. Su datación, así pues, también se convierte en un problema,
al ser complicado asociarla estrictamente a las obras que, supuestamente, se
habrían completado en la época de la consagración de 1163. No olvidemos, en
este sentido, lado nación de finales del siglo xi, que tras lo expuesto no
entraría en contradicción con una datación del campanario previa a la iglesia
actual, o a buena parte de la misma.
Los “claustros”
Tal
como hemos señalado al principio, el claustro no se ubica en su totalidad como
un espacio contiguo a la iglesia, sino más hacia occidente, dibujando una
planta de cuadrilátero irregular. Los “claustros”, como se denomina el espacio
en Solsona y se rastrea en algunos documentos modernos, se situaban al
principio en un nivel superior al actual, claramente por encima del suelo de la
iglesia. Su construcción se atribuye al prepósito Bernat de Pampe, dado que en
el necrologio se lo cita como responsable del claustro, del refectorio y de la
bodega, tal como dijimos previamente. Ello nos sitúa en torno a las fechas de
1161 y 1195, años de su gobierno. El conjunto sobrevivió hasta el siglo xviii,
época en que fue destruido y sustituido –seguramente entre 1739 y 1745–,
manteniendo el mismo perímetro. Uno de los motivos de la sustitución fue, de
hecho, rebajar su nivel y situarlo al mismo nivel que la iglesia, para
facilitar la comunicación entre los dos ámbitos, especialmente en las
procesiones. Sus componentes estructurales y decorativos fueron reaprovechados
o dispersados y algunos de ellos fueron recuperados paulatinamente, especialmente
a principios del siglo XX, para formar parte de la colección del museo. De
hecho, todavía se conservan vestigios de la línea de la cornisa externa, con
algunos canecillos originales, además de parte de los muros perimetrales. El
pri mer intento de estudiar y reconstruir el espacio fue acometido por Puig i
Cadafalch, quien sugirió una arquería a base de una sola hilera de columnas. En
general, esta hipótesis fue mantenida hasta que Ramon Planes publicó una
descripción de 1720 (Arxiu Diocesà de Solsona, doc. 270), según la cual debió
de constar de una doble hilera de columnas por galería, con un total de sesenta
y dos. Esta disposición concordaría con las dimensiones de algunas impostas
conservadas en el museo, aunque capiteles, fustes y bases parecen haber sido
emplazados a pares claramente separados, como en tantos otros claustros
destacados.
La
historiografía moderna ha elogiado unánimemente estos testimonios por su
sorprendente calidad, no solo por la singularidad de la Virgen del Claustro al
que parece vincularse (desde la Edad Media apreciada sobre todo como imagen de
culto), sino también por toda la serie de relieves de tipología variada que dan
fe de la presencia de un taller des tacado y de un programa iconográfico
ambicioso y novedoso, por no decir excepcional. Por ello, nos parece oportuno
reproducir las palabras, traducidas de un artículo publicado en catalán en
1988, de Serafín Moralejo: “En el espléndido conjunto de claustros que Cataluña
ha conservado, ninguna ausencia se hace sentir más que la del claustro de la
antigua canónica, hoy catedral, de Santa Maria de Solsona. Si tenemos en cuenta
los escasos pero significativos restos que se le atribuyen, parece haber
excedido cualquiera de los conocidos por la calidad y la ambición del programa
escultórico”.
Todo
ello se deduce a partir de los numerosos testimonios que fueron recuperados a
lo largo del siglo XX y que actualmente integran una parte fundamental de las
colecciones del actual Museu Diocesà i Comarcal de Solsona. Buena parte de la
decoración se ordenaba en torno a las cuatro galerías, en las que debían de
combinarse las columnas de fuste sencillo con las que contenían estatuaria,
coronadas por capiteles también profusamente esculpidos; otros relieves pueden
in vitar a imaginar una disposición a modo de friso o de placa, quizás en los
pilares angulares. El tema de la Anunciación a María debía de figurar en dos
fustes, si atendemos al que presenta a María en actitud de recibir la
salutación angélica y a José con gesto dubitativo (MDCS 141), que se complementaría
con el arcángel Gabriel, desaparecido. Una parte de la historiografía también
ha asociado la Virgen del Claustro con el programa iconográfico de las
galerías. Hablaremos en detalle de la historia de esta pieza excepcional. Ahora
nos in teresa relacionar la imagen de la Virgen sedente, con el Niño en
posición de tres cuartos, con una posible representación de la Adoración de los
Magos adaptada a un formato columnario. Serafín Moralejo desarrolló esta
hipótesis, a la que nos referiremos más adelante al tratarla específicamente.
Otros
relieves situados en fustes y capiteles han sido relacionados recientemente por
Manuel Castiñeiras con un ciclo del Pseudo-Turpín o la Chanson de Roland. Entre
ellos, otro fuste figurativo con un personaje que sostiene una maza (MDCS 142)
podría representar a Ferragut, mientras que un relieve con un eclesiástico
podría figurar al arzobispo Turpín (MDCS 125). La temática asociada a Roldán
puede apare cer también en un capitel fragmentado con escena de lucha (MDCS
4006.1-4006.2). El recurso a este ciclo referido a la épica carolingia en
Solsona, no exento de algunas interpreta iones irregulares, es totalmente
compatible con el contexto de la canónica solsonense, implicada en acciones de
conquista hacia el sur que adquirieron connotaciones de cruzada, con las
conquistas de Carlomagno como referente. Según Castiñeiras, llama la atención
que en la documentación de la canónica surjan nombres de autores de donaciones
con el nombre de Rolando; el mismo autor recuerda, además, que Carlomagno había
sido canonizado en 1165, fechas coherentes con los datos, ya comentados,
alusivos a la actividad constructiva en torno al claustro. Ello pudo reforzar
una cierta actualización de la figura del emperador, o de su culto, en algunos
puntos de Europa, aunque la canonización había sido dictada por el antipapa
Pascual III, a instancias de Federico Barbarroja, y revocada en 1179, durante
el III Concilio Lateranense. Este contexto de lucha y de oposición queda
reflejado también a través de un relieve, a modo de friso de un pilar –como,
por ejemplo, en el claustro de la catedral de Girona–, cuya escena de caza
evoca el tema de la discordia (MDCS 121).
El fuste y el capitel
forman una sola pieza. La singularidad de esta columna historiada radica en los
dos personajes que se representan, la Virgen y san José, que son parte de una
anunciación, según una hipótesis ampliamente conocida. Un caso parecido de
figuración humana en las columnas de un claustro es el de Sant Bertran de
Comenge. Allí están los cuatro evangelistas los representados. Hay que remarcar
la estilización de los cuerpos que ocupan todo el fuste de la columna, con sus
testas enmarcadas bajo las hojas del capitel.
Pertenece a la escuela
tolosana del maestro Gilabert. En la reforma que sufrieron los claustros a
mediados del siglo XVIII, con la desaparición de casi toda la obra románica,
este objeto fue a parar al Turó de Sant Magí, cerca del seminario de Solsona, de
donde se recuperó, junto con otros del mismo conjunto, para ingresar en el
Museo.
Capitel de forma de tronco de pirámide invertida, con figuración vegetal y humana. Dos jóvenes ocupan los perfiles de las aristas del capitel. Los trajes, arropados al cuerpo, resaltan su anatomía, con pliegues a base de acanalados, tratados con destreza y seguridad. Con las manos cogen los tallos que arrancan del centro de la parte inferior.
La escena representada
en este bloque de piedra es la de una lucha por la posesión, parece, de una
liebre.
El personaje de la
izquierda branda una daga y coge por el cabello al personaje que defiende con
una liebre que sostiene con la otra mano. El tercer personaje parece indicar,
con el índice de la mano derecha, el propietario de la pieza.
Vinculamos esta obra
con el círculo de Gilabert de Tolosa.
Aparte
de los temas figurativos, la decoración de los capiteles contaba con una
presencia significativa de temas de tipo vegetal. Las composiciones están
marcadas por la fluidez y la agilidad en la presentación de los motivos, así
como por la variedad y la originalidad de los detalles. Este nivel de preciosismo,
acorde con un proyecto ambicioso, se aprecia en los fustes, cilíndricos u
octogonales, decorados con motivos vegetales y geométricos, hecho inédito y
excepcional en el románico en Cataluña.
Como
decíamos, tradicionalmente se ha fechado el claustro entre 1161 y 1195,
apoyándose en las fuentes. El estudio de la filiación estilística del taller
del claustro de Solsona ha estado determinado por la atribución de la Virgen
del Claustro al escultor tolosano Gilabertus. Hablaremos de ello en detalle al
tratar dicha imagen. Pero regresando al conjunto de las esculturas
pertenecientes al claustro, cabe señalar que muestran una serie de constantes
que las aproximan a los talleres tolosanos, no solo los de Gilabertus y los
llamados segundos talleres de Saint-Étienne y la Daurade, sino también el
llamado tercer taller de la Daurade, responsable de la decoración de la fachada
de la sala capitular de dicho priorato.
Ello
es especialmente visible en el tratamiento desenvuelto de los personajes y en
el tipo de representaciones de flora, en relativa concordancia con los frisos
tolosanos. Cuestiones de orden tipológico, como el recurso a la columna
figurada, tam bién aproximan ambos mundos y los relacionan, a su vez, con
centros pirenaicos como el más tardío de Saint-Bertrand-de Comminges (señalado
ya por Puig i Cadafalch), aunque no hay que olvidar otras experiencias
septentrionales, como el claustro de Notre-Dame-en-Vaux, en Châlons-en-Champagne.
En Cataluña, sin embargo, la experiencia fue única y, si nos atenemos a lo
conservado, jamás se intentó repetir (aunque no debemos olvidar las figuras de
san Pedro y san Pablo de las jambas de la portada de Ripoll, de concepción
distinta a los ejemplos solsonenses).
Dentro
del carácter homogéneo de las producciones, es posible detectar una cierta
evolución en el taller. Moralejo ya observó diferencias entre la columna de la
Anunciación y el relieve del friso, aunque algunas variaciones también podrían
estar determinadas más por el marco, la composición y el sentido del tema que
por una evolución o la intervención de manos distintas. Sea como fuere, el
sentido del movimiento y el planteamiento dramático de la escena de discordia,
con la profusión de pliegues de los personajes, podrían acercarnos más a fechas
avanzadas dentro del siglo xii que a mediados de la centuria. Ello equipararía
el conjunto a una época en la que también se trabajaba en los claustros de la
catedral de Girona o del monasterio de Sant Cugat del Vallès.
Pero
las actuaciones en torno al recinto claustral no se detuvieron en el siglo xii.
Unas obras de remodelación sacaron a la luz en 1951 una amplia portada y un
ventanal abiertos en el muro de la galería oriental del claustro, abriendo el
espacio situado entre el propio claustro y la zona del campanario y, más allá,
el tramo de transepto meridional. Se trata de un conjunto compuesto de amplias
arquivoltas decoradas con motivos geométricos y vegetales, que reposan sobre columnas
cuyos capiteles también están ornados con relativa profusión. No hay duda de
que por su estructura, de amplia luz sin tímpano ni dintel, nos remiten a la
serie de portadas encabezadas por las portadas de Fillols y del claustro de la catedral
de Lleida, que se agruparon junto con otras (entre ellas, las dos no lejanas
geográficamente de Agramunt) en torno a la mal llamada “escuela de Lleida”. En
efecto, buena parte de los motivos de las arquivoltas son paralelos a los de
aquellos centros (arcos entrelazados, zigzags, etc.); pero los capiteles
ofrecen, en gran parte, motivos inspirados en los atribuidos a las columnatas
de las galerías. Es posible atribuir esta portada a mediados del siglo XIII,
cuando parecen detectarse obras en el claustro y la canónica; al mismo tiempo,
es una interesante muestra de la permeabilidad de esta tipología de portada,
extendida desde mediados del siglo XIII, al adaptar sus repertorios a la
tradición de los propios talleres locales. A su izquierda se abre, a una altura
superior, una ventana geminada cuya decoración concuerda con la de la portada.
La virgen del claustro
A
pesar de su pertenencia a Santa Maria de Solsona, la imagen de la Virgen del
Claustro es una obra que, por su calidad, popularidad y también por la
controversia que genera, ha sido objeto de una historiografía específica en
muchos aspectos. Por ello, y por el hecho de ofrecer un recorrido histórico
marcado por su destacado papel como imagen de culto, especialmente a partir del
siglo xiii, requiere ser analizada monográficamente.
Se
trata de una escultura de la Virgen con el Niño elaborada en piedra local, que
mide 105 x 33 x 22 cm. La composición parece adaptarse a las proporciones del
bloque cúbico, de proporciones esbeltas, y es dominada por la posición casi
frontal de María, marcada por unos hombros estrechos. Vis te túnica y manto
ricamente ornados con profusos y virtuosos pliegues, mientras que bajo la
corona surgen unas largas trenzas que caen por encima de los hombros. Con la
mano derecha sostiene un cetro, culminado por dos aves afronta das, y con la
izquierda sujeta el cuerpo del Niño, inclinado y orientado hacia la izquierda.
En contra de lo que sería más frecuente, la mano derecha muestra la palma
abierta, mientras que con la izquierda se recoge el manto. El trono consiste en
una pieza cúbica, de montantes planos sin ningún tipo de resalte o de remate.
La Virgen tiene a sus pies dos animales: un ave, a la izquierda, y un
cuadrúpedo a la derecha, ambos con la cabeza pegada al propio cuerpo, como
señal de su misión. Es llamativo comprobar que la parte posterior de la talla
presenta la zona central sin pulir, mientras que los dos extremos mantienen el
trabajo en detalle de los laterales y la parte frontal.
Convertida,
seguramente desde el siglo XIII, en objeto de devoción, su formato material y
su planteamiento iconográfico han dado lugar a hipótesis diversas sobre si en
origen se trataba de una escultura arquitectónica o bien si fue ya concebida
desde el principio como una imagen de culto. Las referencias históricas no
ayudan en este sentido y, a veces, nos parecen contradictorias. La primera
referencia al culto a san ta María en Solsona se detecta a través de un
documento de 1192, en una donación efectuada por Ponç de Cervera y su esposa
para que una lámpara de plata quemara ante el altar de la Virgen. Volveremos
más adelante a tratar esta referencia en función de una imagen en madera
procedente de la canónica conservada en el museo solsonense. Otra referencia de
1248 cita a Berenguer de Font, quien habría mandado realizar de nuevo una
imagen de la Virgen, aunque este dato no con cuerda con la datación de la pieza
que nos ocupa. De hecho, la primera ocasión en que se documenta la denominación
de Virgen del Claustro es en 1296. Posteriormente, se construirá la primera
capilla, entre finales del siglo XIII y el siglo XIV, probablemente en el
espacio existente cerca de galería oriental del claustro; otros traslados están
documentados entre 1600 y 1606 y el definitivo –hasta el momento– entre 1701 y
1727. Según las fuentes, tal como explicó Antoni Llorens, la pieza sufrió desperfectos
significativos durante el ataque de las tropas napoleónicas de 1810, tras lo
cual fue reparada; también tuvo que ser protegida durante la guerra civil
española (1936 1939) y restituida tras el fin del conflicto.
La
historiografía tradicional ha subrayado los puntos de contacto de la Virgen del
Claustro con la producción de los talleres tolosanos activos aproximadamente
desde 1120, especialmente en la catedral de Saint-Étienne y en el priorato de
la Daurade, y muy concretamente en torno a la figura del escultor Gilabertus.
Las analogías entre las figuras de los apóstoles Andrés y Tomás y otros
capiteles del conjunto de Saint-Étienne y la Virgen que nos ocupa son
difícilmente discutibles: el tratamiento minucioso de los pliegues y el precio
sismo aplicado en el conjunto, como se refleja en los bordes de las vestiduras,
cercano a los trabajos de orfebrería, acercan enormemente los ejemplos
tolosanos y el solsonense, inclu yendo algunas de las restantes obras del
claustro. Conviene recordar que su localización originaria ha sido enormemente
controvertida: en primer lugar, ha sido considerada como una imagen de culto
que con el paso del tiempo habría ganado en prestigio; en otros casos, se la ha
considerado como un elemento de escultura arquitectónica, que la historiografía
ha situado tanto como parte del tímpano de una portada (Por ter), como en un
ventanal (Llorens) o, finalmente, en la mis ma arquería del claustro, hipótesis
planteada por Moralejo y que hemos seguido en varias ocasiones.
A
ello hay que añadir que la solución de presentar la re presentación de la
Virgen con rasgos como los de Solsona en un contexto más amplio ofrece diversos
elementos similares en Toulouse. Es interesante observar que en el capitel que
contiene la historia de santa María Egipciaca en Saint-Étien ne la
representación de la Virgen con el Niño muestra una composición comparable con
la solsonense; algo parecido su cede con el capitel de la Adoración de los
Magos, en el que bajo los pies de María aparece un león. Finalmente, no hay que
olvidar que la integración de un grupo de la Virgen con el Niño en un contexto
de Epifanía tiene uno de sus ejemplos más brillantes en los relieves que
decoraban la fachada de la sala capitular de la Daurade, tal como señaló
Moralejo. A pesar de todo ello, la concepción del grupo, el hecho de subrayar
la figura de María como reina, puede conducirnos tam bién a otras
representaciones, algunas de ellas de nuevo en un contexto francés
septentrional. Sería el caso de la magnífica Virgen en madera del priorato
parisino de Saint-Martin-des Champs, conservada actualmente en Saint-Denis,
fechable hacia 1135. En cualquier caso, este tipo de composición, con el Niño
orientado hacia un lado, se desarrolla en ejemplos de otros ámbitos, con las
lógicas variantes y diferencias en los detalles iconográficos. En Cataluña no
hay que olvidar, en este sentido, el relieve pétreo conservado en Montserrat, o
el posterior del tímpano de la iglesia del monasterio cisterciense de Vallbona
de les Monges (Urgell); lo mismo podría decirse de ejemplos de mobiliario de
altar, como el frontal de altar de la Mare de Déu del Coll (Osor, Selva, MEV
3), de ilustración de manuscritos o del sello abacial de Ripoll (MEV 9773). En
cualquier caso, no hay que olvidar la existencia de ejemplos similares en el
conjunto del ámbito hispánico, como la talla de la Virgen de Rocamador
(Palencia), con componentes no alejados del relieve solsonense. Sea como fuere,
la pieza que nos ocupa se inscribe en una modalidad que cuenta con ejemplos
análogos –no idénticos– en otros puntos de Europa. Ya anteriormente hicimos
referencia a una ilustración de la Biblia de Orleans (Orléans, Bibl.
municipale, ms. 13, fol. 95r), fechada entre 1145 y 1150, en la que la Virgen y
el Niño aparecen jun to a ángeles turiferarios. Por lo que respecta a la
presencia de las trenzas, se observa en ejemplos tan alejados entre sí como la
Virgen de Urnes (Noruega) o el bello relieve pétreo del co ro de Halberstadt
–junto con otros ejemplos germánicos, más allá de los ejemplos tolosanos y de
Île-de-France–.
Ello
plantea, además, el papel de la Virgen de Solsona como modelo de prestigio,
derivado de su potente culto, detectado especialmente a partir del siglo XIII.
Son diversas las tallas marianas que han sido consideradas como una derivación
de la de Solsona –no olvidemos que fue elaborada en piedra y asociada al
contexto arquitectónico de la columna ta del claustro–. Una de ellas, de
procedencia desconocida, se conserva en el MNAC (inv. 4397) y coincide con la
del Claustro por el recurso a las trenzas y por la posición del Ni ño, aunque
muy simplificada. Otro caso, la Virgen de Sant Miquel de Castellvell, en Olius
(MEV 1280), también podría reflejar el recuerdo de la Virgen del Claustro, al
ser representada con las trenzas, lo mismo que la posterior de Santa Maria de
la Torre (Clariana de Cardener), por la posición del Niño.
A
ellas se puede añadir otra imagen de origen desconocido (MDCS 11614),
actualmente conservada en el museo de Solsona, que tratamos específicamente más
adelante.
Al
margen de la importancia del conjunto del claustro por las soluciones
decorativas y estructurales que debía de presentar, Solsona se presenta como un
hito significativo en las relaciones entre el arte catalán y el tolosano,
especialmente con respecto a los conjuntos de escultura de los claustros y de
las fachadas de las salas capitulares de Saint-Étienne y de la Daurade. Más
allá de tratarse, pues, de una referencia ineludible en este panorama, su
estudio plantea una de las cuestiones más controvertidas del arte románico
catalán, da dos los interrogantes que conlleva su datación.
Si
confirmamos que los trabajos del claustro marcaron un nuevo contacto con el
mundo tolosano, hay que tener en cuenta la posible contradicción que supone
tener presentes los datos de que disponemos para fechar Solsona. Así ha sido
señalado por diversos autores, como Immaculada Lorés. Situar la datación de las
obras del claustro en relación con los tiempos de Bernat de Pampe (1161-1195),
aunque sea en sus inicios, en función de una consagración en 1163, implica una
fuerte distancia cronológica respecto de los márgenes que últimamente se
proponen para la actuación de Gilabertus y de su taller (hacia 1120). En este
sentido, Quitterie Cazes e Im maculada Lorés han fechado la escultura hacia
1160. Además, algunas de las soluciones visibles en Solsona parecen conectar
más con los talleres tolosanos más avanzados, como el de la fachada de la sala
capitular de la Daurade. Intentando no recurrir excesivamente a un análisis
biográfico de un escultor o de un taller, es sugerente la hipótesis de situar
Solsona co mo un estadio intermedio dentro de la actividad de los talleres de
Toulouse y su evolución, como había expuesto Serafin Moralejo. Pero quizás
Solsona no deba explicarse solamente a partir de la relación con el Languedoc.
No podemos olvidar las aportaciones llevadas a cabo en la Île-de-France a
partir de 1140 y sus innovaciones en la historia de la columna figura da o
historiada. El preciosismo en el trabajo de la Virgen del Claustro, tan cercano
al de Gilabertus, también es apreciable en la decoración del portal real de la
catedral de Chartres. Con todo, la cuestión sigue abierta, y el lapso de tiempo
que habría entre la fachada de la sala capitular de Saint-Étienne de Toulouse y
las obras solsonenses sorprende, si seguimos considerando como válida la
atribución del conjunto a la época de Bernat de Pampe, de acuerdo con los datos
que la documentación de la canónica parece proporcionar. Por todo ello, en el
actual estado de la cuestión, a veces no suficiente mente reflejado
textualmente, se tiende a abandonar la idea de la atribución de la escultura al
maestro tolosano. Compar timos esta idea, al mismo tiempo que serán importantes
futuros estudios de la obra.
En
cualquier caso, en Solsona nos encontramos ante uno de los casos en que la
escultura románica en Cataluña se sitúa indiscutiblemente a un nivel similar al
de los grandes centros languedocianos, hasta el punto de que parece aportar
novedades a soluciones desarrolladas en los grandes focos. La adopción de este
estilo y del programa iconográfico que resulta obedecen a una voluntad y a un
contexto precisos que aún no han sido planteados. Su contraste, y posible contemporaneidad,
con el círculo de Cabestany y la excepcional portada de Sant Pere de Rodes,
derivados sin duda los talleres tolosanos anteriores a 1120, y también
relativamente con Ripoll, ejemplifican un panorama diverso y una búsqueda continuada
de una personalidad propia, a pesar de la dependencia de talleres foráneos, si
es que la coetaneidad entre estos grandes monumentos se confirma.
Las dependencias
Quedan
algunos vestigios significativos de las construcciones de la canónica,
ordenadas en torno al perímetro claustral. Es muy probable, y justificable,
situar la primitiva sala capitular en el sector oriental, en correspondencia
con la elegante portada abierta en el siglo xiii. Este espacio y su entorno,
sin embargo, debieron de ser modificados pronto, si seguimos las hipótesis
relativas a las primeras ubicaciones de la capilla dedicada a la Virgen del
Claustro. Otro ambiente conservado se sitúa en paralelo al ala meridional, el
antiguo refectorio, de planta rectangular que alcanza los 24 m de longitud,
cubierto con bóveda de cañón. Este espacio fue convertido posteriormente en
capilla de los Santos Mártires.
NAVÈS
El
municipio de Navès, el más extenso del Solsonès, está situado en el extremo
oriental de la comarca, Su población está muy diseminada por el territorio y
cuenta con nueve entidades o pueblos: Besora, Busa, les Cases de Posada, Linya,
Navès, Pegueroles, La Selva y la Valldora. Navès, la localidad principal, se
halla en el kilómetro 117 de la carretera C-26, de Solsona a Berga.
Geográficamente,
Navès pertenece, a excepción de su parte meridional, at valle de Lord. Está
cruzado de Norte a Sur por dos ríos, la Vall d'Ora, en su parte oriental, y el
Cardener, en la occidental. Las llanuras meridionales son parte de la Depresión
Central, mientras que en la parte norte, ya en el Prepirineo, se elevan la
montaña de Taravil y la sierra de Busa. Esta última es especialmente conocida
por haber sido campo de reclutamiento e instrucción del general Lacy, así como
prisión durante la Guerra de lndependencia.
Esta
zona estuvo habitada desde tiempos antiguos, como lo atestiguan los hallazgos
de algunos vestigios que se han interpretado como restos de los muros de una
antigua villa romana. También cabe destacar la presencia de necrópolis como la
adyacente a Santa Margarita de Navès o las de Cal Feliu y la del Camp dels Gira-sols,
que hoy no es visible. En el municipio se conservan vestigios de alguna iglesia
prerrománica, como Sant Martí Tentellatge, en la que, insertados en el actual
edificio barroco se encuentran los restos de un templo citado en la
documentación ya desde el siglo X. A mediados del siglo XI, la iglesia de Sant
Martí aparecía incluida en la relación de bienes del monasterio de Sant Llorenç
de Morunys. Gracias a las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en 1994
se sabe que se trataba de un edificio de nave única y ábside semicircular por
el exterior y con forma de herradura en el interior.
Monasterio de Sant Pere de Graudescales
Se
halla en un paraje natural de una gran belleza, a la ribera del río Aigua d'Ora
y a los pies de la sierra de Busa. Se llega recorriendo 15 km por una pista
forestal que arranca hacia el Norte entre los kilómetros 119 y 120 de la
carretera C-26, cerca de Naves.
Las
primeras noticias documentadas sobre Sant Pere de Graudescales se remontan a
principios del siglo X, concretamente al año 913, cuando el presbítero Magnulf
pidió al obispo de La Seu d'Urgell, Nantigís, que la iglesia fuera consagrada y
dotada. Algunos decenios después, en 960, y a instancias del sacerdote
Francemir, la comunidad canonical de Sant Pere de Graudescales fue instituida
como monasterio, y Belló, presbítero de Sant Llorenç de Morunys, bendecido abad
por el obispo Guisard II. Aún en la misma centuria, el conde Borrell II dotó al
monasterio de viñas, tierras y casas en el valle de Lord, posesiones que hay
que sumar a las ya cedidas por el obispo Guisard y los citados Francemir y Belló.
La bula de 1001 del papa Silvestre II, en la que confirmaba al obispo Sal-la
los bienes del obispado, así como un testamento de 1027, permiten atestiguar la
continuidad de la vida monacal en Graudescales a inicios del siglo XI. Si los
citados documentos, además de otros vestigios, ofrecen indicios para pensar en
un cierto auge del cenobio a inicios del siglo Xl, un largo silencio documental
de más de un siglo y, especialmente, las noticias conocidas de la segunda mitad
del XII, hablan de una acusada crisis. En ese momento, los hombres de Sant Pere
de Graudescales formularon una queja al obispo y al capítulo de La Seu d'Urgell
por haber sido atacados algunos miembros de la comunidad y saqueadas y quemadas
algunas de sus posesiones. Se acusaba a Bernat des Vilar y a su hijo, Pere —que
probablemente capitanearan una invasión cátara— de este trágico suceso que tuvo
como consecuencia el final del monasterio. Se instituyó el decanato de Sant
Pere de Craudescales en el valle de Lord y nada parece indicar que la vida en
comunidad se retomara en el lugar.
Hay
que concluir, pues, que la vida monástica en Graudescales se desarrolló entre
los siglos X y XII, en los que gozó de un cierto auge durante la primera mitad
del XI. Del conjunto monástico restan únicamente algunos muros y, por supuesto,
la iglesia. Esta ha sido objeto de dos fases de restauración y reconstrucción
llevadas a cabo por la Diputación de Barcelona entre 1956-1962 y 1986-1987,
respectivamente.
Las
estructuras arquitectónicas del monasterio pudieron ser descubiertas gracias a
las intensas campañas arqueológicas de Alberto del Castillo e lñaki Padilla.
Aunque
los vestigios arqueológicos no permiten discernir con exactitud cómo fue la
primitiva construcción del siglo X, un potente muro de 15 m de longitud y
0'90-1 m de anchura, dispuesto de Norte a Sur, y otros restos hacia el Oeste,
con probabilidad también del X, aportan indicios suficientes para pensar que el
edificio tuvo una forma rectangular. Debió de constar de dos estancias,
siguiendo una estructura habitual en la Cataluña rural de la Alta Edad Media
(parecida a la del mas o mansus) No hay que descartar la posibilidad de
que esta construcción pudiera haber estado rodeada por otras, que darían cabida
al ganado.
Sin
embargo, nada se conoce de cómo era la iglesia monástica del siglo X. Nos hemos
referido anteriormente a las peticiones del presbítero Magnulf para que ésta
fuera consagrada, algo que aconteció el mismo 913, como lo corrobora el acta de
consagración, que se conserva en el Archivo Capitular de La Seu d'Urgell. El
documento ofrece también información sobre las donaciones que Sant Pere de
Craudescales recibió en ese momento: casas, huertos, molinos, viñas, etc.,
además de objetos del ajuar litúrgico (cáliz, patena, manípulo, alba, etc.) y
libros (un misal, un leccionario, un antifonario, un salterio y un disposito
—un conjunto de comentarios u homilías de los Evangelios—).
Más
adelante, Francemir dotó Graudescales de siete libros más, de contenido bíblico
y patrístico. Sumados constituirían un total de doce, sin duda, un número
simbólico. Es altamente probable que de Sant Pere de Craudescales procediera
también un Moratia in Job, aunque es difícil determinar el momento de su
llegada al monasterio. La sospecha nace de la localización en el Arxiu
Episcopal de Solsona de un pergamino (36'5 x 27 cm) de calidad, donde se
incluye el texto un fragmento del libro de San Gregorio— en dos columnas
escrito en letra visigótica pura, lo que en Cataluña supone una datación
anterior al siglo lX, puesto que la letra visigótica desapareció de los
condados catalanes, y fue sustituida por la carolina, en la segunda mitad del
lX. El pergamino en cuestión fue hallado desempeñando la función de cubiertas
de un volumen de testamentos del siglo XVII en la parroquia de la Selva, en el
mismo municipio de Navès, donde fueron trasladados el culto y las pertinencias
de Craudescales.
Cerrando
este paréntesis y retomando el análisis arquitectónico del monasterio, nos
centramos ahora en las construcciones de época románica, cuando el monasterio
debió de gozar de una mayor prosperidad. Es en este momento cuando se edificó
la iglesia monástica que hoy conocemos, actualmente tamizada por las distintas
fases de restauración y reconstrucción ya comentadas.
El
edificio, que se levanta al Este de los vestigios de las dependencias
monásticas, está compuesto por una sola nave con transepto. En éste se abren
tres ábsides semicirculares jerarquizados, el central de mayor tamaño que los
laterales, dispuestos en batería. De ellos, el norte está completamente
reconstruido. En ambos absidiolos laterales se abren ventanas axiales de doble
derrame, igual que las tres ventanas del ábside central, de la que la del lado
norte fue abierta en el transcurso de la restauración. También lo fue la
ubicada en la parte superior de la fachada occidental, en forma de cruz latina,
que difícilmente responde a lo debió de existir en la época románica. La
iglesia monástica cuenta con otras aberturas, como las abiertas en la nave y el
cimborrio, a las que hay que sumar las ventanas de sendos extremos del
transepto; a juzgar por las fotografías antiguas, todas ellas de nueva factura.
El edificio cuenta con tres puertas, al igual que otras iglesias benedictinas:
una, situada en la fachada occidental, daba al exterior; una segunda, en el
extremo meridional del transepto, comunicaba con el claustro, ubicado, según se
acostumbraba, al sur de la iglesia; y, una tercera, hoy tapiada, en el muro
oeste del lado norte del transepto, que daba a la zona del cementerio —aunque
fueron halladas sepulturas en otras partes del recinto—. La primera es fruto de
la reconstrucción, al igual que la mayor parte de la nave. Por lo que concierne
a las otras, son de arco de medio punto adovelado, como el resto de las ventanas
originales del edificio.
En
el interior, la nave y los brazos del transepto se cubren con sendas bóvedas de
cañón, mientras que los ábsides lo hacen con bóvedas de cuarto de esfera.
Estas
últimas fueron realizadas durante las intervenciones del siglo XX, pues
imágenes anteriores a la restauración permiten observar que no se conservaban.
En
el espacio del crucero, se eleva un cimborrio octogonal, que interiormente está
se corresponde con una cúpula sobre trompas. Lo que más sorprende al visitante
del interior de del templo es la diferencia del nivel del suelo del transepto y
los ábsides respecto a la nave, ya que ésta se halla mucho más elevada. No
puede olvidarse que la mayor parte de la nave es fruto de una reconstrucción y,
por lo tanto, no responde al edificio original. Esto, visible en fotografías
anteriores a la restauración, es fácilmente apreciable mediante la lectura
atenta del paramento, que revela hasta que punto subsisten los muros
primigenios y, en consecuencia, dónde empiezan los de nueva factura. La
pregunta pertinente es, pues, si ese desnivel que la restauración conservó se
debe a la concepción espacial del edificio románico o a sucesos posteriores.
Parte
de la historiografía ha justificado el desnivel, juntamente con la abertura de
las tres puertas, por una supuesta división litúrgica del espacio. Se ha
considerado que la nave, más elevada, funcionaría como coro, y estaría
destinada a los monjes, que accederían al interior por la puerta de poniente
que comunicaría con las dependencias monacales—, mientras que el transepto, en
un nivel inferior, sería ocupado por los legos. Por ende, la puerta ubicada en
el extremo sur del transepto, que daría al claustro, debería de ser el acceso
exterior principal a la iglesia, lo que es, por lo menos, sorprendente. Aunque
señalando la singularidad de esta disposición, se ha comparado con edificios
como Santa Maria de Serrabona, donde una magnífica tribuna se dispone en la
nave, o Santa Maria de Castellfollit de Riubregós, en donde se abrió también
una puerta al extremo del transepto. Si la última comparación puede no ser
demasiado determinante, parece difícil sostener cualquier parecido con la
espectacular y excepcional tribuna de Serrabona. Si nos fijamos en el uso
litúrgico de los espacios en el románico catalán, dicha hipótesis se revela
como especialmente desacertada.
Habitualmente,
el coro se ubicaba en la zona de la cabecera, que solía ser la primera parte
del edificio finalizada. En Cataluña se conocen un par de ejemplos, muy
interesantes, de desplazamientos del coro hacia la nave mayor de la iglesia, lo
que respondería a una necesidad de dar cabida a un intente número de canónicos
y beneficiados. El primero, la catedral de Vic, donde, en 1206, el coro se
ubicó en la nave y el espacio liberado fue ocupado por un nuevo altar, dedicado
a la Virgen. Un proceso similar pudo darse también en la catedral de Barcelona,
ya que se conoce que en 1229 el coro no respondía a una forma semicircular,
necesaria a su adaptación al ábside, por lo que puede pensarse que en este
momento debía de estar situado en otro ámbito de la catedral. Dicho esto, son
varios los motivos que invitan a descartar la posibilidad de que la elevación
del suelo de la nave de Graudescales respondiera a la utilización de ésta como
coro.
Uno,
que los desplazamientos conocidos del coro a la nave en territorio catalán
tienen lugar en fechas mucho más tardías a las que se proponen para la
construcción de la iglesia de Sant Pere de Graudescales. En segundo lugar, que
no son frecuentes, pudiéndose atestiguar, o por lo menos sospechar, en dos
importantes edificios catedralicios. Por último, pero no menos importante, que
nada parece indicar que el número de clérigos del monasterio fuera
suficientemente importante como para justificar la ampliación del espacio
coral.
Dejando
de lado la teoría expuesta, otras parecen mucho más acertadas. Como ha indicado
Lluïsa Amenós, es más atinado pensar que el desnivel se debe a que el espacio
de la nave quedó lleno de sillares y otros materiales de construcción al ceder la bóveda de cañón que la cubría,
hacia 1680.
El
aparejo utilizado en el edificio es bastante regular, y está compuesto de
sillares de pequeñas dimensiones, de mayor tamaño en los ángulos. A la luz de
las fotografías de mediados del siglo XX, esta pulcritud del paramento, sin
duda exagerada por la restauración, no parece ajena a la construcción románica.
La iglesia cuenta con decoración mural en la zona de la cabecera, donde se
disponen arquillos ciegos en los tres ábsides y, en los arranques de estos
últimos, lesenas. Cierto es que esta ornamentación es propia del denominado
primer románico aunque es bien sabido que en ámbito catalán pervive durante
décadas y, por inercia, se mantiene en la arquitectura mucho más allá del
período inicial del románico.
Así
pues, esta decoración mural no ciñe necesariamente la cronología de la
construcción a principios del siglo XI. Aunque los datos arqueológicos parecen
revelar que en este momento el monasterio gozaba de cierto auge, ni la
planimetría, ni el aspecto general del conjunto parecen responder a las
primeras décadas de dicha centuria. No es baladí fijarse en el panorama
arquitectónico del románico catalán para darse cuenta que esa planta —una nave
con transepto donde se abren los ábsides—, que ofrece la ventaja de multiplicar
los altares, es una fórmula que gozó de cierto éxito en décadas posteriores.
Sería el caso, por ejemplo, de Sant Jaume de Frontanyà, Santa Eugènia de Berga,
Santa Cecília de Voltregà, etc. Así pues, sin desatender las aportaciones
resultantes de los estudios arqueológicos, desde la perspectiva de la historia
del arte parece más probable que su datación deba situarse no antes la segunda
mitad de siglo, siendo posible fecharla, incluso, ya en el siglo XII.
No
podemos dejar todavía la iglesia monástica sin referirnos a unos escasos y
prácticamente imperceptibles restos de pintura mural que se encuentran en su
interior, y que fueron descubiertos por Jaume Bernades en 1995, situados bajo
el arranque del arco sur del crucero, en el tramo de muro que separa el ábside
central del meridional. Es muy poco lo que hoy puede verse, por lo que se hace
necesario recurrir a alguna descripción existente. Se han distinguido, y
todavía pueden intuirse, dos personajes, ambos nimbados, acompañados de una
inscripción ilegible. Es probable que, tratándose de figuras nimbadas, se trate
de una representación de santos, aunque, dados los escasos vestigios, es
imposible aventurarse a hacer más precisiones al respecto. Los indicios que
proporcionan tampoco parecen suficientes para determinar la datación, discutida
por la historiografía. Manuel Riu se inclina por calificarlas de góticas,
mientras que Lluïsa Amenós las considera posiblemente románicas.
Además
de la construcción de una nueva iglesia monástica, se remodelaron las
dependencias monacales. Se reedificó y amplió la estancia rectangular del siglo
X, del modo que se detalla a continuación. En lo que concierne a la
construcción, que hay que fechar en su mayor parte en el siglo Xl, ésta debió
de mantener una forma de paralelogramo, de 20 m por 7'5/5 m), que constaría de
tres estancias.
La
primera debió de estar destinada bien a albergar ganado, bien a guardar
utensilios. La segunda de las habitaciones, más pequeña, 7 m por 7 m, disponía
de un hogar y de un banco pétreo adosado al muro —que pudo tener la función de
alacena—, por lo que este segundo espacio debió de acoger los monjes de Sant
Pere. Queda, todavía, una tercera estancia, de 6 m por 5 m, en la que fueron
hallados distintos materiales de cobre y hierro, que hacen suponer que su
función era la de taller. Además, conectaba con un horno, situado a poniente,
donde probablemente se cocía el pan para la comunidad. Esta última sala parece
ser la de construcción más tardía, pudiéndose fechar ya en el siglo XII, poco
antes del final de la vida monástica en Graudescales. Sin embargo, las
excavaciones arqueológicas evidenciaron que la estancia fue reconstruida a
finales del siglo XII o a inicios del XIII, por lo que se pudo utilizar como
alojamiento excepcional del decano. Aun así, no subsistió mucho más allá de la
mitad del siglo XIV. El claustro se ubicaba al Este de estas dependencias y, en
consecuencia, al sur de la iglesia monástica, tal y como es habitual.
Tras
el abandono de la vida monástica, Graudescales se convirtió en parroquia, que
fue regida por clérigos seculares, y en la que subsistió el culto durante
siglos. En época moderna, el mal estado del edificio y, especialmente, el
derrumbe de buena parte de la nave en 1 680, obligó a utilizar únicamente la
zona oriental del templo. Aun así, a finales del siglo XVII, se costeó un
retablo bajo la advocación del primer pontífice, que fue trasladado a Sant Cristòfor
de Busa. El precario estado de conservación de Sant Pere de Graudescales hizo
necesaria la restauración, ya mencionada.
Renclusa en el rio Aigua d’Ora
A
unos 100 m al Norte del monasterio se ubicaba una antigua presa y camino.
La
necesaria explotación de los recursos naturales que ofrecen los alrededores por
parte de la comunidad de Sant Pere de Graudescales se tradujo no únicamente en
la posesión de tierras de cultivo y de ganado, sino que también en el
aprovechamiento de las posibilidades que el río Aigua d'Ora ofrecía.
Gracias
a unas pequeñas oquedades excavadas en las rocas colindantes con el río, cerca
del punto donde éste se estrecha, se ha podido deducir que allí fue instalado
un dique. La presa, y su consiguiente elevación del nivel del agua, permitían
utilizar de un modo más fácil el agua del río para el regadío, por medio de
canales y acequias, además de funcionar como vivero de peces para el consumo de
la comunidad. La documentación permite atestiguar también el uso de la fuerza
hidráulica para los molinos que poseía el monasterio a lo largo del río.
Es
posible que, por la complicada orografía del terreno al Norte del monasterio,
el valle del río fuese utilizado como paso. Así pues, la construcción de la
presa obligó a elevar el camino. Se montó una pasarela de madera que permitía
cruzar de una ribera a la otra y salvar el desnivel hasta una plataforma,
también lignaria, que se sustentaba a la roca mediante encajes. Lo único que
hoy resta visible de este camino colgado, que llegó a tener cerca de 50 m, son
huecos de los encajes en la roca.
Sant Llorenç de Morunys
El municipio de Sant Llorenç de Morunys, de minúsculas dimensiones, se ubica en el extremo sep
tentrional de la comarca del Solsonès, en pleno valle de Lord, a los pies del imponente macizo
del Port del Comte, en un enclave prepirenaico de notable belleza paisajística. Debido al exiguo
tamaño del término municipal, únicamente cuenta con un núcleo de población: el pueblo de Sant
Llorenç de Morunys, situado a 925 m de altitud y comunicado con la capital comarcal, Solsona
(distante 25 km en dirección Sur), a través de la carretera C-462; con La Seu d’Urgell (situada a 66
km), capital del Alt Urgell, a través de la misma vía, pero en esta ocasión en dirección Norte; y con
Berga (a 31 km hacia el Este), capital del Berguedà, por la ruta LV-4241.
El origen de la localidad, indisolublemente ligado a su antiguo monasterio, hay que buscarlo
en algún momento de la segunda mitad del siglo ix, cuando se estableció en el lugar una comuni
dad de canónigos regulares cuyo primer abad conocido es Bo, documentado en el año 910. Inicial
mente llamado Sant Llorenç de la Vall de Lord, el topónimo actual se documenta por vez primera
en 992. Como tantos establecimientos religiosos de su época, el de Sant Llorenç de Morunys fue
muy favorecido por el poder condal a lo largo del siglo x, lo que le permitió consolidar su situación
económica (por ejemplo, gracias a las donaciones efectuadas por Borrell II, en 971, y por su hijo
Ermengol I, en 992).
El establecimiento canonical de Sant Llorenç de Morunys sufre una mutación decisiva el año
1019, cuando se adoptó en él la regla benedictina a instancias del obispo urgelense Ermengol y
del conde Ermengol II de Urgell, quienes intervinieron activamente en el proceso de elección del
nuevo abad para imponer en el cargo a Ponç, procedente de Sant Serni de Tavèrnoles. A partir de
entonces, Sant Llorenç de Morunys se convirtió en un priorato dependiente de Tavèrnoles, a pe
sar del intento de subordinarlo –conjuntamente con Sant Andreu de Tresponts y a instancias del
legado pontificio de Gregorio VII– a Ripoll que se produjo en 1079, que no tuvo éxito debido a la
radical oposición de Tavèrnoles. Así pues, el ya priorato benedictino de Sant Llorenç de Morunys
se mantuvo bajo dependencia de Sant Serni de Tavèrnoles hasta la supresión de la vida monástica
regular y la consiguiente secularización del establecimiento que tuvo lugar por orden papal de Cle
mente VIII, en 1592, cuando los monjes benedictinos fueron desplazados al monasterio de Santa
Maria de Gerri. El año siguiente, 1593, fue creada la nueva diócesis de Solsona y Sant Llorenç de
Morunys se transformó en una colegiata dependiente de la nueva sede episcopal.
El origen de la actual población de Sant Llorenç de Morunys es común a tantos lugares donde
se instalaron establecimientos monásticos de cierta importancia, en derredor de los cuales surgie
ron pueblas habitadas por los servidores monásticos. No hay que perder de vista, en este sentido,
que los monasterios medievales, amén de centros espirituales, eran también núcleos de producción
económica de primer orden y, debido a ello, bajo su amparo generaron el asentamiento en torno a
ellos de importantes contingentes de mano de obra laica, que se convirtieron en nuevos habitantes
del lugar. En el caso concreto de Sant Llorenç de Morunys, la formalización definitiva de la puebla
monástica que dio lugar a la población actual data del año 1283, cuando el conde de Cardona Ra
mon Folc le concedió el título jurídico de villa franca. Sin embargo, es evidente que existía ya una
población asentada de modo estable en torno al priorato desde bastante antes. Estas circunstancias
históricas explican que en un primer momento se aludiera a ese núcleo poblacional dependiente del
monasterio como “La Puebla” y que, más tarde, fuera conocido como “Villafranca”, antes de que el
nombre del priorato benedictino acabara por denominar también el caserío laico surgido a su abri
go. Se generó así una población compacta de planta pentagonal irregular, cuyo trazado urbano se
ha conservado notablemente, con el priorato ocupando su sector noroeste y ejerciendo la función
de templo parroquial.
Hacia el año 1400 esa población se dotó de un recinto amurallado que, a mediados del siglo
xix, aún conservaba siete torres, como relata Pascual Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico-his
tórico de España. Con el tiempo, los lienzos de la muralla –perforados a intervalos por las puertas de acceso al recinto– sirvieron de asiento para la construcción de viviendas, dando lugar a la imagen
actual de la población. Dichas viviendas tuvieron que ser rehechas en buena medida en la primera
mitad del siglo xix, tras el incendio de la localidad que ordenó en 1823 el general liberal Antoine
Rotten, capitán general de Cataluña, en el contexto de la Guerra Realista de 1822-1823, que vio la
instalación en La Seu d’Urgell de un contragobierno absolutista presidido por el arzobispo de Ta
rragona, Jaume Creus, y que terminó con la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Monasterio de San Lorenç de Morunys
Sant Llorenç de Morunys se encuentra 20 km al Norte de
Solsona y 30 km al Oeste de Berga, desde donde se llega por las carreteras
C-462 y C-463 respectivamente.
En
885, una comunidad de clérigos se estableció en las ruinas de una antigua villa
romana denominada Noves y situada en el camino entre La Seu d'Urgell y Cardona,
dominó el valle de Lord. Los primeros abades conocidos de esta comunidad,
destinada probablemente a la cristianización del valle de Lord, fueron los
sacerdotes Bo (e 910) y Ciendiscle (920-948). En 992 el lugar era ya conocido
como Morunys. Pronto gozó del apoyo explícito de la casa condal de Urgell,
manifestado, por ejemplo, con generosas donaciones, como las realizadas en 971,
989, 992 y 997. Durante el último tercio del siglo X el monasterio de Sant
Llorenç; fue haciéndose con un importante patrimonio compuesto por un buen
número de dominios y propiedades dispersas por el condado de Urgell, derechos
sobre bosques, molinos, villas y amplias extensiones de tierra de cultivo, así
como con el control sobre varias iglesias y parroquias.
El
estudio realizado sobre el diplomatario del monasterio, que ha llegado a
nuestros días, ha permitido a los especialistas reconstruir su patrimonio a lo
largo de los siglos, y dibujar el perfil de una institución centrada en la
explotación de bienes ubicados sobre los numerosos cursos fluviales que pueblan
el territorio circundante. En 1019, tras
la muerte del abad Llobató, y a instancias del obispo Ermengol y de la familia
condal, el cenobio fue reformado. Para ello se nombró abad a Ponç, que
detentaba el mismo cargo en Sant Semi de Tavernoles, con lo que Sant Llorenç
pasó a convertirse en un priorato benedictino dependiente de dicha abadía.
No
se ha conservado, en cambio, el acta de consagración del templo, que se suele
situar en el segundo cuarto del siglo XI. Durante dicha centuria el priorato
continuó incrementando su patrimonio.
Contó con el favor de Arnau Mir de Tost y de su esposa Arsenda, quienes
en 1068 y 1072 donaron al monasterio, en el que estaba enterrada su hija Sança,
siete onzas de oro y un alodio. A comienzos de último cuarto del siglo, la
comunidad fue nuevamente objeto de una reforma, esta vez propugnada por el
legado pontificio Amato, que había sido enviado por el papa Gregario VII a la
diócesis de Urgell. Como consecuencia de la misma, en 1078 Sant Llorenç fue
unido al monasterio de Sant Andreu de Tresponts por el Ermengol IV y el obispo
Bernat Guillem. Al año siguiente, el conde intentó poner ambos monasterios bajo
el control de Santa Maria de Ripoll, a lo que se opuso el de Tavernoles,
alegando derechos prioritarios, con lo que,
finalmente, Sant Llorenç continuó
dependiendo de este último
monasterio.
La
iglesia del antiguo priorato de Sant Llorenç de Morunys es un edificio de
dimensiones monumentales A juzgar por los resultados de las diferentes
excavaciones realizadas en el siglo pasado, en algún momento del siglo XI, el
templo podría haber sufrido las consecuencias de un importante incendio que, al
parecer, obligó a reconstruir por completo al menos su cabecera. Esta
circunstancia debió de ser aprovechada para modificar también los ábsides
laterales originales, que eran de planta de herradura, por unos semicirculares.
Actualmente,
su planta basilical está compuesta por tres naves, separadas por pilares
cruciformes, y por dos ábsides semicirculares, pues el tercero, el meridional,
fue sustituido en el siglo XVIII por una sacristía y la capilla de la Mare de
Déu dels Colls. Las dimensiones del templo son considerables, de unos 25 m de
largo por más de 11 m de ancho, de los que 7,5 m corresponden a la nave
central. Originalmente, el templo era algo más corto, pues, hasta el siglo
XVII, la fachada occidental coincidía con el actual arco de entrada al coro, y
sobre ella existía un campanario de espadaña de doble vano, que, junto a la
fachada, fue destruido en dichas reformas. Sobre el presbiterio de la nave
central se alza una cúpula de base elíptica que se sustenta sobre trompas. Los
restos del cimborrio románico, de base octogonal, son aún visibles desde el
exterior y destacan por su aparejo formado por sillares regulares dispuestos en
hiladas uniformes.
A
lo largo de los siglos, el aspecto exterior del templo se ha visto
sustancialmente transformado por las diferentes actuaciones realizadas, pese a
lo cual, aún es visible algo de su parte oriental, donde destaca el ábside
central. En su paramento exterior, seis lesenas, apoyadas sobre un zócalo de
unos 30 cm de altura, determinan siete entre paños coronados por sendas parejas
de arquillos ciegos.
En
el entrepaño central se abre una ventana de derrame simple hacia el exterior y
arco de medio punto. De los dos vanos laterales, ubicados en los entrepaños
centrales de cada lado, tan sólo se ha conservado el meridional, pues el otro
fue anulado en el siglo XVIII al construir un pasadizo para comunicar con el
edificio del otro lado del callejón. En la parte inferior del entrepaño
central, justo por encima del zócalo, se descubrió una cuarta ventana en el
curso de la restauración acometida en 1960, la cual podría corresponderse con
una desaparecida cripta. Aunque en tierras catalanas existen algunos ejemplos
de cabecera con dos niveles que se corresponde exteriormente con un paramento
continuo, como Sant Pere de Ager, Sant Climent de Taüll, Santa Maria de Cardet
o Sant Pere de Madrona, este tipo de solución arquitectónica es más frecuente
en tierras aragonesas, donde se encuentra en el ábside central de la catedral
de Roda de lsábena, en el castillo de Loarre, en el monasterio de Santa María
de Alaón o en las iglesias de San Esteban de Sos del Rey Católico, Santa María
de Ainsa, San Juan y San Pablo de Tella, Murillo de Gállego o Luesia, estas dos
últimas dedicadas a san Salvador. Un precedente para todas ellas es el
monasterio de San Salvador de Leyre. En la citada restauración de 1960 se
eliminó el recubrimiento de mortero y se resaltaron, de forma bastante tosca,
las juntas de los pequeños sillarejos que componen su aparejo.
De
las entradas que originariamente podría haber tenido el templo, subsisten
solamente dos en el muro sur, que comunicaban la iglesia con las dependencias
monásticas y de las que una de ellas facilita actualmente la entrada al
claustro, y una en el muro norte, que fue cegada. Las tres están formadas por
sendos arcos de medio punto. Un cuarto acceso, que se encontraba en la fachada
oeste, fue destruido a finales del siglo XIII o comienzos del XIV, cuando se
reconstruyó la muralla de la villa.
Portal de entrada
El
muro sur del templo, el que coincide con la panda norte del claustro, está
reforzado por dos contrafuertes de los que se conserva la parte inferior, y
entre los cuales se halla la segunda de las puertas citadas que se abren en
este paramento. Está enmarcada por su parte superior con un arco a modo de
chambrana que está flanqueado por sendas parejas de arquillos ciegos apoyados
en mensulillas de perfil triangular. Esta peculiar combinación de arcuaciones
ciegas con arcos de mayor anchura que enmarcan un vano se da también en el
ábside de la cercana iglesia de Santa Creu de Ollers, el cual, probablemente,
se inspiró en la ornamentación de este muro sur de Sant Llorenç.
Sobre
esta puerta se encuentra una abertura formada por un arco de medio punto que no
parece haber sido una ventana. En este lienzo meridional hay unos mechinales
distribuidos en tres hileras. Ocupando los sectores norte y este, y anexo a la
iglesia, se encontraba un cementerio, del que se han encontrado restos que se
han datado en los siglos XI y XII, y que fue utilizado hasta finales de la baja
Edad Media.
En
el interior, la nave central se cubre con una gran bóveda de cañón que se eleva
hasta los 15 m de altura, y que se ve reforzada por la presencia de cuatro
arcos fajones apoyados en pilastras, las cuales, en su parte inferior, forman
parte de los mencionados pilares cruciformes. Las naves laterales, más bajas,
están cubiertas por bóvedas de arista. En los muros de la nave central, por
encima de los arcos formeros que la separan las laterales, se abren sendas
series de ventanas de doble derrame y arco de medio punto, cuyo perfil se
adapta a la curvatura del arranque de la bóveda. Algunas de ellas han sido
cegadas. Los dos ábsides conservados se cubren con bóvedas de cuarto de esfera.
Durante las excavaciones realizadas en el subsuelo de la sacristía en 1970 se
pusieron al descubierto los restos del ábside sur, que tenía planta de de
herradura. Adosado a uno de los restos de sus muros se rescató un fragmento de
revoque original de reducidas dimensiones (apenas l5 por 15 cm) en el que
figura una inscripción incisa de finos trazos, en la que puede leerse SALUS
XR/IS/Th con una letra Que ha permitido datarla hacia el siglo X. Ya avanzado
el siglo XIII, el ábside de la nave central fue profusamente decorado con
pinturas murales al fresco, de las que se conservan algunos fragmentos.
Encastrada
en el segundo pilar cruciforme del lado de la epístola de la iglesia, a algo
más de 1,5 m del suelo, en la pilastra que da a la nave central, es visible una
piedra de reducidas dimensiones (18,1 por 20 cm) que cuenta con una interesante
inscripción. Este documento epigráfico quedó al descubierto durante el proceso
de restauración y limpieza que tuvo lugar en 1975, momento en el que fueron
retirados los restos de revoque que cubrían los paramentos. La piedra parece
haber sido preparada con anterioridad a las incisiones, pues presenta un
aspecto pulido y limpio que contrasta con los otros dos sillares que la acompañan
a ambos lados. El texto, que consta de seis líneas de desigual factura y
longitud, puede ser trascrito de la siguiente forma: P(ro)PI(t)IET TI(bi)
D(omi)NO/ ÍA(m) SIC LIBE(ra)M / SOMNUI (et) S(ecul)I / ERUE A TE API[IMA] / DE
ORE/ NE P(er)ERDAS D(ei). En él se implora a Dios para que sea propicio con
el que fallece —expresada la idea de la muerte con la liberación del sueño y de
este mundo— y recomienda que se rece para que el alma no pierda a Dios. Por
ello ha sido puesto en relación con el salmo 21.
En
1936 el ara de mármol blanco fue despedazada y sus fragmentos colocados dentro
de la mesa de altar. No fue hasta 1966 que, cuando al desmontar dicha mesa,
volvieron a salir a la luz. Actualmente se conservan en el Museu del Patronat
de la Vall de Lord, en Sant Llorenç de Morunys. Salvador Alavedra al
estudiarlos y compararlos con una fotografía conservada en el Arxiu Mas, llegó
a la conclusión que el ara medía 80 por 90 cm y que la decoración de su orla
era un trabajo excepcional procedente del sur de Francia. En relación a la
inscripción, este autor y Manuel Riu i Riu han leído los siguientes: Basilanus
presbiter, Galanon, Giscafredus presbiter cum omnibus parentibus, Eliseus, Bulgara
presbiter Suniario Sacer, Oriolus, Ospedus, Balascu, Ioannes, Ammet, Bernardus
presbiter, Recredus, Cilene, loanis Foranis, Nicholaus, Moricio, Elionor,
Esclavino presbiter, Befredus presbiter, Barbara sacer, Fridericus sacer, Genelon,
Salamonis y Elbira, además de la inscripción en mayor formato I(hesus)
(x)H(ristus) D(ominus) Han datado esta inscripción a inicios del siglo XI.
Al
Sureste de la iglesia, se ubica un claustro de planta trapezoidal y discretas
dimensiones (17 por 21 m) de estilo renacentista, que sustituyó a otro anterior
del cual se conservan dos arcadas de medio punto en la esquina suroeste. La
construcción de la iglesia y de los restos del claustro se han datado en el
siglo XI, lo que es coherente con las noticias documentadas sobra la misma y
con las inscripciones de los fragmentos del ara de altar.
Restos del claustro
románico
Sant Esteve d'Olius
Sant
Esteve d'Olius es la iglesia parroquial de Olius,
en El Solsonès, declarada Bien cultural de interés nacional.
Se encuentra en el extremo occidental de la población, en un risco sobre el
río Cardener. Documentos de finales del siglo X y co
mienzos del XI hablan de la existencia de un domum, que ha
llevado a pensar en la presencia de una comunidad monásti
ca. El primero es una donación, realizada por el presbítero
Duran en 985, de unas tierras y viñas ad domun sancti Stephani
qui est fundatus yn olius. Otros dos, datados ya en la primera dé
cada de la siguiente centuria, dan testimonio de sendas per
mutas de unas viñas entre dicho domum y Galind y su esposa.
En 1127, en la entrega de un molino, se hace referencia a Sco
Stephano et suis clericis, lo que pone claramente de manifiesto la
existencia de una comunidad de clérigos. En este mismo si
glo, hay documentadas varias donaciones a la iglesia de Sant
Esteve, como la de la condesa Constança de Urgell en 1041, o la de Mir Guilani y su esposa en 1065. En 1079, el obispo
Bernat Guillem consagró el templo, por petición expresa del
conde Ermengol IV de Urgell y de los habitantes de Olius,
según consta en el acta de consagración conservada en el
Arxiu Diocesà de Solsona (n. 221). En dicho documento se
hace referencia a que el edificio había sido construido por los
propios habitantes desde sus cimientos (aedificatum atque a fun
damento constructum). En esta ceremonia, el prelado consagró
dos altares, el de la iglesia, dedicado a san Esteban, y el de la
cripta, al sepulcro de Cristo y a santa María. Ya hemos co
mentado que, en 1103, la iglesia de Sant Esteve, junto con el
castillo y las capillas de su territorio, pasó a depender de San
ta Maria de Solsona. Son varias las bulas papales en las que se
incluye la iglesia de Olius como parte de las posesiones del
templo de Solsona: Eugenio III (1150), Alejandro III (1180) y Clemente III (1188). Sin embargo, a pesar de ello, Ermengol
VII mantuvo el control del castillo hasta 1183. Son numero
sas las donaciones y contratos de diferente naturaleza en las
que estuvo implicado este templo en el siglo XII.
Se trata de un edificio cuya alargada planta consta de
una nave rectangular de tres tramos, un amplio presbiterio
elevado sobre una cripta y una cabecera formada por un áb
side semicircular. En el muro norte del presbiterio, se adosó
una torre de planta cuadrada. Exteriormente, el paramento
absidal está estructurado en dos niveles. La parte inferior, a
modo de elevado zócalo, es lisa, se corresponde con la crip
ta, y en ella se abren tres ventanas de arco de medio punto y doble derrame, mucho más profundo en la zona interior. El
nivel superior, más elevado, corresponde a la iglesia superior,
y en él seis lesenas, dos de las cuales son las de los extremos,
determinan cinco entrepaños, los cuales están coronados por
sendos frisos de tres arquillos ciegos apoyados sobre mén
sulas triangulares. Tres ventanas, de arco de medio punto y
doble derrame, algo mayores que las anteriores, se ubican
en el paño central y en los de los extremos. Bajo el alero de
la cubierta discurre una moldura lisa a bisel. Los muros late
rales son lisos, están coronados por sendas molduras a bisel
idénticas a la del ábside y están reforzados exteriormente por
potentes pilastras a modo de contrafuertes, de las que se con
servan tres en el paramento sur y seis en el norte. En aquel, en
el tramo central de la nave, muy cercana a una de las pilastras,
se abre una ventana de arco de medio punto y doble derrame.
Al otro lado de dicha pilastra, pero en el mismo tramo de la
nave, se halla una portada, de época posterior, con arco de
medio punto realizado con alargadas dovelas. La portada original, que hasta hace unos años estuvo cegada, se encuentra
en la fachada occidental. Está formada por un arco de medio
punto extradosado por una moldura lisa. Sobre ella se abre
una alargada ventana de arco de medio punto sin derrame. El
resto del frontis es liso, y en su paramento se observan zonas
reformadas y grietas consolidadas. A la parte oriental del mu
ro sur se adosó en época posterior un edificio de gran tamaño.
En el interior, la nave está cubierta por una bóveda de
cañón, en la que dos arcos fajones apoyados en pilastras, re
matadas en impostas biseladas lisas, determinan tres tramos.
El amplio presbiterio, elevado sobre la cripta, y al que se
accede mediante sendas escalinatas laterales, también está cubierto por el mismo tipo de bóveda. Está separado de la na
ve por un arco presbiterial apoyado sobre semicolumnas co
ronadas por capiteles troncocónicos lisos con una especie de
bolas en las esquinas. Por su parte, el ábside, delimitado por
un arco de características similares al anterior, se cubre con
la habitual bóveda de cuarto de esfera. Sobre los capiteles de
los arcos presbiterial y absidal se disponen sendos cimacios a
bisel, de los que el meridional del primer arco está decorado
con taqueado y, sobre él, una moldura sogueada. Cada tramo
de los muros laterales delimitado por las pilastras y las semi
columnas está reforzado por sendas parejas de grandes arcos
de medio punto. Los dos arcos occidentales del tramo este de la nave fueron modificados cuando se abrieron bajo ellos sen
das capillas de planta rectangular a modo de arcosolios. Los
dos nuevos arcos se construyeron bajo los primigenios, que
todavía se conservan. En los muros del presbiterio se abren
sendas puertas, la norte, que da al campanario, y la sur, mo
derna, que facilita el acceso a la sacristía adosada. El arco de
medio punto que enmarca el derrame interior de la ventana
central del ábside se apoya en dos columnas con capiteles ornamentados. El septentrional presenta en su cara oeste dos
rostros humanos trabajados de forma muy esquemática, y en
la sur una animal alargado, o quizás dos, que podría ser una
serpiente. La cesta opuesta está decorada con motivos vege
tales y un animal cuadrúpedo.
Nave
El
aparejo utilizado está formado por sillarejo bastante homogéneo y dispuesto en
hiladas uniformes. En el cuerpo inferior de la torre campanario se utilizaron
sillares bien labra dos, escuadrados y pulidos, lo que denota una cronología
posterior al resto del edificio. En la cripta el material utilizado es más
irregular, pues apenas ha sido trabajado. Finalmente, en las bóvedas se utilizó
una mampostería de material muy menudo.
La Cripta
Bajo
el presbiterio y el ábside se encuentra la cripta, espacio configurado por tres
naves de cuatro tramos cubiertos por bóvedas de arista, las cuales se apoyan en
seis columnas exentas, otras tantas pilastras de sección rectangular, y dos
semicolumnas que flanquean el ábside. Los capiteles que coronan las columnas
exentas y algunas de las pilastras son lisos, salvo uno que presenta una forma
a similar a la de las cestas del presbiterio: troncocónica invertida con bolas
en las esquinas. Una moldura de bocel recorre horizontalmente la parte inferior
de esta cesta. Tres de los fustes de las columnas exentas tienen sección
poligonal, mientras que el resto son cilíndricos. Un banco de piedra recorre la
parte inferior de los muros perimetrales. El acceso actual, que se realiza
mediante una escalinata situada en la parte central, es fruto de una reforma
del siglo xviii. Originalmente, se entraba a la cripta mediante dos escaleras
laterales, de las que se conservan algunos restos. Se ha relacionado esta
cripta con las de Sant Vicenç de Cardona, Sant Pere de Vic o la catedral de
Roda de Isábena, todos ellos edificios más complejos y de mayores dimensiones.
Se ha datado la iglesia y su cripta en el siglo XI. Por su parte, la torre
campanario primigenia habría sido elevada en el siglo XII o en la centuria
posterior.
La
actual puerta de acceso está en el muro sur, con grandes dovelas trabajadas.
La puerta primitiva, hoy tapiada, está en el frontis, de arco de medio
punto. Son también actuaciones posteriores la puerta adovedada de mediodía, que
sustituye a la de poniente, y la torre del campanario. Modernamente el interior
de la iglesia ha sido despojado de la ornamentación de tipo clasicizante,
añadida probablemente a la segunda mitad del siglo XVII. Entre el ábside y
el portal hay una masía adosada, del siglo XVII, que corresponde a
la rectoría. Del primitivo castillo de Olius queda una masía a
cien pasos de la iglesia, y en la que todavía se puede ver parte de una torre.
Castellar de la Ribera
Castellar de la Ribera en un municipio situado al oeste de Solsona, formado por cuatro poblacio
nes: la que da nombre al término –situada en la margen izquierda de la Ribera Salada–, Pampa –al
norte–, Ceuró –al oeste– y Clarà –al este–. No obstante, el poblamiento actual se caracteriza por su
dispersión. Recorre el territorio municipal, de Este a Oeste, la carretera C-26, que une Bassella con
Solsona. El lugar de Castel lar ya es citado en el cabreo de censos y réditos pertenecientes a Santa
Maria de La Seu d’Urgell de 839, conservado en una copia del siglo xi. Los cuatro núcleos pobla
dos contaron con sus respectivos castillos, documentados por primera vez en 1043 el de Clarà, en
1068 el castro Ozro (Ceuró), en 1091 el Kastellari castro (Castellar) y en 1227 el de Pampane (Pampa),
si bien el lugar de Pampano es ya mencionado en el acta de consagración de Santa Maria de La Seu
d’Urgell (falso del siglo xi fechado en 819), y, posteriormente en la venta de unas viñas por parte
del conde Borrell en 959.
lglesia de Sant Julià de Ceuró
La
antigua parroquia de Ceuró se halla al Oeste del término de Castellar de la
Ribera, en lo alto de una cresta situada al Sur de la Ribera Salada. Se accede
tras recorrer 1,6 km por una pista señalizada y asfaltada que hay que tomar a
mano derecha —si se llega desde Lleida—, justo después del punto kilométrico 89
de la carretera C-26, cruzando la mencionada Ribera Salada y pasando por el
lado de una gravera.
La
primera mención documental del lugar de Ceuró, citado como Ozro, figura
en la copia del siglo XI de los censos de 839 de Santa Maria de La Seu dÚrgell.
En 1061 ya se aludía a la iglesia de Sant Juliá en una venta de terrenos. En
1094 Ermessén legó a la iglesia una viña y parte de un huerto. La familia Miró
debió de ostentar el señorío del lugar, al menos entre finales del siglo Xl y
principios del XII, puesto que Ermessèn, miembro de la mencionada familia,
cedió en 1100 la iglesia de Sant Juliá, con todos los clérigos que vivían en la
comunidad, a Santa Maria de Solsona. En 1102, el conde de Urgell efectuó la
donación al monasterio de Solsona de la iglesia de Sant Julià de Ouró, con todas sus posesiones y las
sufragáneas de su término y las que pudieran serlo en adelante. En una bula de
1150 emitida por el papa Eugenio III se menciona la iglesia de Ceuró, al igual
que en la segunda consagración de la iglesia de Santa Maria de Solsona, en la
bula del papa Alejandro III a Bernat de Pampe en 1180 y, finalmente, en la bula
de 1188 de Clemente III.
Aunque
ha sido objeto de notables modificaciones estructurales, la iglesia de Sant
Julià conserva elementos de la primitiva construcción románica, especialmente
ostensibles en el ábside y los muros externos.
El
templo está constituido por una sola nave y un ábside semicircular, cuerpos que
internamente se separan con un arco triunfal de medio punto. El ábside se
asienta sobre un podio que acaba en una arista muy marcada al Oeste, adoptando
una morfología similar a la proa de un barco. Encima de este podio la cabecera
de la iglesia descansa sobre un zócalo de unos 50 cm de altura, compuesto por
tres hiladas de sillares uno de los aspectos más interesantes de este edificio
es su decoración mural, realizada a base de arquillos ciegos dispuestos por
parejas en los entrepaños delimitados por las lesenas.
La
regularidad que caracteriza al paramento absidal, contrasta con lo que se
observa en los lienzos laterales, en los que algunos entrepaños, que tienen
anchuras diversas, cuentan con uno o tres arquillos. Se conservan dos de las
ventanas originales de este edificio, ambas de arco de medio punto adovelado y
de doble derrame. La primera de ellas se localiza en el centro del ábside y, la
segunda, en el muro meridional de la nave.
Por
su lado, la puerta se sitúa en la fachada occidental, si bien esta parte del
templo corresponde a una etapa constructiva posterior, aunque es plausible
pensar que podría estar en donde se ubicaba la entrada primigenia.
Efectivamente,
la fachada fue rehecha tras los desperfectos causados por un rayo en 1905.
También fue modificada la cubierta de la nave, que en la actualidad presenta
bóvedas cuatripartitas. Por la parte externa, es manifiesto, así mismo, el
añadido con el que se sobrealzó el edificio, y que eleva notablemente su altura
primitiva, que parece que fue la que marca el lado este de la nave.
Finalmente,
como transformación relevante, hay que mencionar la presencia de un cuerpo
adosado al muro sur, que lo cubre en gran parte, y que se abrió a la nave
mediante un gran arco. Esta parte del edificio fue recuperada en la
restauración antes mencionada, por lo que ahora se puede contemplar parte del
muro románico que había permanecido oculto durante largo tiempo a consecuencia
de la acumulación de escombros.
En
una restauración efectuada en la década de los 2000 se descubrieron los restos
de unas pinturas murales románicas en el ábside, en las que parece dibujarse un
Cristo en majestad, que por el momento están pendientes de un estudio en
profundidad. Los elementos arquitectónicos y decorativos de este templo, así
como las noticias documentales que hacen referencia al mismo, podrían indicar
que la construcción fue realizada en el siglo Xl.
Iglesia de Santa Eulalia de Timonea
Timoneda
es una población diseminada situado al Norte del municipio, entre la rambla de
Canalda y el río Rialb, en el paisaje ligeramente abrupto de la Sierra de la
Mora. De lo que debió de ser el antiguo núcleo poblacional, situado en la falda
del Serrat de Sant Serni hoy sólo resta en pie el templo de Santa Eulalia, la
rectoría y el cementerio. Para llegar, desde Solsona se debe tomar la carretera
LV-4241 en dirección a Lladurs y a unos 12 km girar a la izquierda. Recorridos
unos metros hay que desviarse nuevamente a la izquierda por una carretera que
conduce a Timoneda.
La
parroquia de Timoneda aparece ya en el acta apócrifa de consagración de Santa
Maria de La Seu d'Urgell, formando parte de las posesiones de dicha canónica.
No obstante, según Jordi Bolòs la parroquia tuvo un origen anterior, previo
incluso al dominio carolingio sobre tierras catalanas. En este sentido, Antoni
Llorens recuerda que el lugar de Timoneda, del cual existen numerosas
referencias documentales anteriores al siglo XI, debía de constituir en época
medieval una villa con varias casas, un castillo y la iglesia. Sin embargo, no
es hasta finales del siglo XI, concretamente en 1091, cuando se encuentra una
alusión explícita a la parroechia de Mante Eulalie, como límite
territorial de una propiedad donada por Guillem Arnau a Santa Maria de Solsona
en el término de Timoneda.
Posteriormente,
en un documento de 1117, es la propia iglesia la que se convierte en objeto de
una donación efectuada por Guadall Aimeric. Será precisamente este personaje
quien protagonizará unos años más tarde un litigio con el obispo de Urgell,
Pere Berenguer, a causa de la posesión del templo. Según un documento fechado
en marzo de 1131, Aimeric dejó en manos del obispo el establecimiento de
rentas, oblaciones y otros derechos que hasta entonces debía ejercer él mismo
sobre la iglesia de Timoneda.
En
diciembre del mismo año, se firmaba otro documento mediante el cual el obispo
de Urgell donaba a Santa Maria de Solsona esta iglesia y todas las de su
término, con sus posesiones, derechos, oblaciones y provisión de clérigos que
las han de servir. En dicha donación se hacía constar que los referidos templos
habían sido rescatados de las manos de Guadall Aimeric por el obispo.
A
pesar de ello, el referido Aimeric, no debió de desligarse del todo de estas
iglesias, pues en 1135 aparece firmando junto a su esposa e hijos un convenio
con Santa Maria de Solsona para la recogida del diezmo de las de Santa Eulalia
y Santa Maria, esta última conocida actualmente como Santa Magdalena del Vilar.
De
todos modos, la canónica debió de ser la propietaria titular de las ecclesios
de Timonedo, tal y como confirman la tercera acta de consagración de Santa
Maria de Solsona (1163) y las bulas papales de Eugenio III (1150), Alejandro
Ill 1180) y Clemente Ill (1188). Finalmente, la parroquia de Timoneda, junto
con su iglesia, pasó a formar parte del obispado de Solsona.
Desde
el punto de vista arquitectónico, el templo de Santa Eulalia ha sufrido
numerosas intervenciones y añadidos posteriores, que han modificado en gran
medida la estructura original de la obra románica En lo referente a la planta,
el edificio presenta nave única cubierta y un ábside plano, así como una torre
campanario de planta cuadrangular adosada al norte de la nave. A este esquema se
añadieron con posterioridad diversos elementos. Por un lado, fueron edificadas
dos capillas laterales de planta cuadrada y un cuerpo adosado en el lado norte
del ábside, de planta rectangular, que desempeñaba las funciones de sacristía.
Además, sobre el tejado original a doble vertiente se edificó otra pequeña
dependencia que apoyaba en la torre campanario y que modificó la fisonomía de
la cubierta, transformándola en un tejado a una sola vertiente. Sin embargo,
dicho elemento fue eliminado en la última restauración del conjunto, realizada
en 1993, ya que amenazaba la integridad de la torre, de modo que fue restituido
el esquema de cubierta a doble vertiente.
En
cuanto a la articulación de los muros, se distingue un aparejo de morfología
diversa que cabe atribuir a las diversas etapas constructivas. En los sectores
atribuidos a la campaña románica se utilizaron sillares de tamaño irregular,
desbastados y dispuestos en hiladas. A esto hay que añadir un paño de opus spicatum,
que también se considera original, en el muro que comunica la iglesia con la
rectoría. En cambio, en el resto del edificio se alternan sectores de aparejo
muy irregular, con algunas hiladas de sillares de gran tamaño y bien tallados,
sobre todo en la parte superior del muro meridional. También se observan
grandes sillares en las esquinas y un aparejo mucho más pulido y regular en el
último piso de la torre, erigido en época moderna. Por lo que se refiere a los
vanos del edificio, nada se ha conservado de la obra románica original,
exceptuando los del campanario, que comentaremos más adelante.
"opus
spicatum"
En
el muro sur se abre una puerta bajo arco de medio punto dovelado datada en 1623,
por encima de la cual hay dos ventanas de arco de medio punto monolítico, quizá
también de esta misma época. En la capilla de este mismo lado se conserva otra
pequeña ventana de perfil rectangular, y otra de mayor tamaño en el muro
situado entre esta capilla y el ábside. Una tercera ventana, rectangular y de
doble derrame se abre en la pared oriental de la sacristía. Finalmente, el
acceso actual a la iglesia se realiza por una gran puerta adintelada que se
abrió recientemente en una de las capillas laterales.
Como
ya se ha apuntado, adosada al muro norte de la nave se erige una torre
campanario con tres niveles de aberturas. En el primero, se observa, en cada
frente, una ventana muy alargada que al exterior se remata con un arco de medio
punto monolítico, mientras que en el interior adopta perfil adintelado. El
segundo nivel está construido con piedra toba y presenta en cada frente una
ventana geminada. Las ventanas de los lados meridional y oriental se consideran
originales y presentan doble arco monolítico que asienta en una columna. Ésta
descansa sobre una base realizada en un bloque prismático invertido con las
esquinas cortadas, en las cuales se han practicado dos incisiones en sentido
vertical. Sobre ella se observa un sencillo collarino moldurado. El fuste de la
columna es liso y se remata con un capitel troncocónico que al exterior
presenta una decoración muy simple.
En
el caso del lado sur aparece una especie de nicho de poca profundidad, mientras
que en el frente oriental vemos una serie de molduras horizontales. En los dos
frentes restantes, el septentrional y occidental, el vano repite el esquema de
ventana geminada, aunque su factura es moderna. Con toda probabilidad esta
parte fue intervenida durante la restauración de 1993, cuando se decidió
reproducir el modelo de las ventanas sur y este. En la parte interior de este
segundo piso se observan los restos más o menos modificados de una especie de
pechinas. Actualmente éstas quedan justo por encima del suelo del tercer piso,
pues toda la torre ha sido recientemente acondicionada para facilitar su
acceso. En el tercer nivel del campanario, claramente posterior, se hallan
cuatro aberturas adoveladas y de medio punto.
En
el interior, que también ha sufrido modificaciones a lo largo de los años, que
han alterado ligeramente la estructura original, la nave se cubre con bóveda de
cañón. Como resultado de la restauración efectuada en el año 1993 fue eliminado
el rebozado de los muros, y se dejó la piedra a cara vista. Se aprecia un
aparejo un tanto irregular, realizado a base de sillarejo desbastado sin pulir,
de diversos tamaños y colocado en hiladas uniformes. Cabe desvincular de la
fase constructiva románica el coro añadido en el sector oeste, la puerta y las
ventanas del muro sur, las capillas laterales, la puerta de acceso a la
sacristía y la ventana de doble derrame situada junto al ábside.
En
cuanto a la cronología, las importantes modificaciones posteriores de las que
ha sido objeto el edificio impiden precisar con exactitud las fechas en las que
fue construida la parte románica.
Por
último, es obligado hacer mención a los elementos de escultura monumental
conservados en el conjunto. Por un lado, en el exterior del muro norte se
observan dos sillares que han sido decorados con incisiones muy simples. En uno
de ellos se representa una figura humana sumamente esquemática, con los brazos
abiertos, que viste una especie de hábito. En el otro parece representarse una
figura similar, aunque su avanzado estado de deterioro dificulta su lectura.
Se
desconoce la cronología de estos elementos y si ésta fue su ubicación original.
Por otro lado, en las descripciones de los años ochenta del siglo pasado, se
menciona un sillar procedente de este mismo sector en cuyo frente se habían
esculpido una cruz y una flor, y que se relacionó con la campaña románica. Sin
embargo, actualmente dicho elemento se encuentra desaparecido.
Lladurs
La localidad de Lladurs se sitúa a unos 7 km al norte de Solsona, en la cuenca de la Ribera Salada,
y forma parte del altiplano solsonense. El municipio está formado por un conjunto de masías dise
minadas en un territorio que combina el paisaje boscoso en sus colinas con los perfiles de terrazas
y planos donde se cultiva el cereal. Para llegar, desde Solsona se ha de tomar la carretera local LV
4241 en dirección a Sant Llorenç de Morunys.
El nombre de Lladurs figura ya en la apócrifa acta de consagración de la iglesia de La Seu
d’Urgell en la que figura la fecha falsa de 839, como villa integrada en el condado de Urgell, aunque
hay quien sitúa su origen en época ibérica, bajo el topónimo Liturci. El conde Borrell II de Urgell y
Barcelona debió de poseer una cantidad importante de alodios allí, según consta en su testamento
fechado en 993. El castillo de Lladurs, cuyos restos, ya de época gótica, se encuentran en lo alto de
un tozal, dominando los accesos a los valles del río Cardener y Aigua d’Ora, debió de pertenecer en
origen al conde Borrell II, quien lo mandaría construir coincidiendo con la campaña de reconquista
de finales del siglo x. Entre finales del siglo x y principios del xi, los obispos de Urgell, Sal·la y su
sucesor, Ermengol, habían adquirido propiedades en el término. Un siglo más tarde, gran parte del
mismo pasó, de algún modo que aún no se ha determinado, a ser propiedad del monasterio de Sant
Serni de Tavèrnoles, como lo demuestra el acta de consagración de su iglesia, datada en 1040. Este
cenobio debió de ostentar su propiedad hasta 1304, cuando su abad lo permutó con Ramon Folc
VI, vizconde de Cardona, a cambio de otras posesiones.
lglesia de Santa Maria de Solanes
La
iglesia de santa Maria se encuentra a pocos metros del caserío de Solanes, en
una zona elevada en el extremo occidental del municipio de Lladurs, entre el
Serrat de Pampa y el Puit de Monpol. Para llegar desde Solsona hay que tomar la
carretera C-26 hacia Bassella y desviarse a la derecha en dirección a Montpol.
Antes
de llegar a esta población, se gira a la izquierda por una pista forestal que
conduce a Solanes.
El
templo, hoy en día integrado en una propiedad privada, debió de estar en origen
vinculado al caserío de Solanes, uno de los más antiguos de la zona.
Antoni
Novell documentó el caserío en el año 982 como Mansus Solanes, aunque
las referencias encontradas referentes al lugar lo sitúan ya en el siglo XII,
momento en el que han sido datados los dos documentos que comentamos a
continuación.
El
primero recoge la donación de Berenguer Bernat por vía testamentaria de la
tercera parte de Ciutadilla y Solanes, con sus términos, a Santa Maria de
Solsona en 1118. En el segundo, Guillelmi de Solanes firmó un documento fechado
entre 1151 y 1168. No en vano, la primera referencia explícita al templo se
halla en el documento de donación de bienes por parte de Ot de Solanes al
monasterio de Sant Sadurní de Tavérnoles, datado en 1184. En dicho documento,
el referido donó al monasterio las propiedades, casas y la capellam ecclesie
Sante Marie, junto a las tierras que le correspondían.
El
edificio presenta una sencilla planta de nave única y un ábside semicircular.
En
origen el templo debió de estar cubierto con bóveda de cañón, de la que tan
sólo quedan los arranques. Sin duda, el elemento más reseñable del conjunto es
el ábside, en el que dos lesenas determinan tres entrepaños decorados con
sendos frisos de tres arquillos ciegos, los cuales se apoyan en ménsulas
formadas por un cilindro en posición horizontal.
Las
lesenas apoyan en un zócalo formado por cuatro hiladas de sillares, que, a su
vez, se apoya en una base semicircular de mayos diámetro, cuya altura se adapta
al nivel del terreno. En el entrepaño central se abre una ventana de doble
derrame y arco de medio punto dovelado. Sobre los arquillos, una hilada de
sillares colocados de forma inclinada, soporta la cornisa. En el tramo oriental
de los dos muros laterales se abren, de forma simétrica, sendas ventanas de
similares características que la anterior.
Lesenas del ábside
La
del lado septentrional es visible solamente en el interior, ya que en este
sector se adosó con posterioridad un edificio. Sobre la fachada occidental se
yergue un campanario de espadaña de dos ojos con arcos de medio punto. El
aparejo de los paramentos exteriores está compuesto por sillarejo desbastado de
diferentes tamaños, colocado en hiladas uniformes. A esto, debe añadirse la
utilización de bloques de piedra toba en algunos elementos, como las lesenas,
los arquillos ciegos y las ventanas. Asimismo, cabe señalar la existencia de un
doble muro en la fachada sur, revelado gracias al desprendimiento de parte del
paramento exterior en la zona occidental, donde se ubica la puerta. Esta
circunstancia ha dejado al descubierto un sector constituido por sillarejo
desbastado dispuesto en hiladas, así como un arco de medio punto dovelado
rebajado correspondiente a la puerta. En la parte superior de los muros de la
nave, coincidiendo con el tramo sobreelevado en una reforma posterior, el
aparejo utilizado pasa a ser mampostería.
Ventana del ábside
El
interior, que desempeñó la función de almacén durante algún tiempo, presenta
una estructura sencilla, con un aparejo algo tosco, similar al que se observa
en el exterior pero con sectores de mampuesto. De la bóveda de cañón, desde
hace años prácticamente arruinada en su totalidad, sólo se conservan los
arranques.
Este
hecho permite observar con toda claridad la parte interna del segmento de muro
exterior que sirvió para sobrealzar la nave. Por su parte, el ábside, que se
mantiene íntegro, está cubierto por una bóveda de cuarto de esfera, y está
precedido por un arco presbiterial apoyado en pilastras, el cual, con su mayor
anchura, facilita la transición entre el espacio absidal y el de la nave.
Finalmente,
junto a la puerta de acceso se conserva una pequeña y sencilla pila bautismal,
de datación desconocida.
Por
las características descritas, el templo se adscribe a las formas de la
arquitectura romànica catalana del siglo XI.
Por
último, conviene recordar que, en el exterior de la iglesia, frente a la
fachada meridional, fueron halladas recientemente dos estelas discoidales que
conservan el pedúnculo. Ambas muestran
la misma decoración en sus dos caras, con una cruz latina cuyos contornos se
hallan incisos. Asimismo, en este mismo sector, aunque en este caso adosado a
la fachada, se conserva un bloque de piedra de factura popular que presenta en
su frente dos cruces incisas. La ausencia de mayores evidencias impide precisar
la cronología, función y ubicación original.
Santa Creu d'Ollers (Guixers)
En
el límite entre los municipios de Bellvei y de Sant Llorenç de Buixalleu,
saliendo de la villa de Sant Llorenç por la carretera de La Coma i Safaja, a
1,5 km — aproximadamente del cercado de la villa y a mano derecha de la
carretera mencionada, al pie de ésta, se encuentra la ermita de Santa Creu, que
se integra dentro del término parroquial de Buixalleu.
De
su historia se sabe poca cosa. El conde de Urgell y su esposa Adelaida cedieron
la iglesia de Santa Creu, situada entonces en el condado de Urgell, en el
término del castillo de La Pedra, en el lugar llamado "vila d'Ollers",
y la transfirieron al monasterio de Benets de Sant Llorenç de Buixalleu, el 14
de octubre del año 1084, con la tercera parte de los delmas y con la totalidad
de las primicias, las oblaciones y los derechos de sepultura de las seis masías
que había en su entorno y que debían constituir su parroquia. Parece que las
familias residentes en las casas de la parroquia de Santa Creu d'Ollers se
dedicaban a la fabricación de las olletas grises que dieron nombre al lugar de
Ollers, topónimo hoy transformado en los Ullessos, nombre actual de la partida.
Desde
entonces, la iglesia de Santa Cruz dependió del monasterio de San Lorenzo y
constituyó una de las parroquias. Más tarde, al formarse, en el año 1297, la
villa de San Lorenzo, fue perdiendo importancia, pero hasta época reciente ha
restado parroquia de las masías que la rodean, servida por comunitarios de San
Lorenzo.
Cuando
en 1593 fue suprimido el monasterio, el servicio parroquial de Santa Cruz fue
encargado a uno de los sacerdotes de la colegiata.
Hoy
sólo se celebra misa la festividad de la Santa Cruz de Mayo, en la que, sin
embargo, no se reparten ya los panecillos bendecidos que recordaban los
eulogios de la gran festividad medieval de la fiesta de la parroquia.
Hasta
hace muy pocos años los parroquianos de Santa Cruz eran enterrados en el
cementerio que rodeaba la ermita, el cual en el año 1950 fue reducido al lado
meridional, cerrado con un muro de piedra y separado de la pared de la ermita
con el fin de evitar las humedades. En este cementerio ha sido típica, hasta el
comienzo del siglo XX, la ofrenda de un pan que hacían los parientes del
difunto a cada uno de los que asistían al funeral. Con este pan y una candela
encendida, todo el mundo hacía tres vueltas a la fosa abierta al suelo, en la
que ya habían colocado el baúl con el muerto, besando cada vez la estola del
capellán oficiando, el cual había salido del templo, después de la segunda
misa, con cruz alzada procesionalmente y con el salpás, para dispensar
las absueltas generales al fallecido. De esta escena, vivida en pleno siglo XX,
tenemos dos representaciones gráficas en el valle de Lord, una en la pared
frontal de un sarcófago del siglo XII, empotrado en el muro de la fachada de la
iglesia parroquial de Llinars, que mide 64 × 37 cm, y otra esculpida en las
jambas de la derecha de la puerta de acceso a la ermita románica de Sant Lleïr
de Casavella, también del siglo XII. En este último caso, la figura del
sacerdote, o quizá del santo titular, está rodeada por dos escolanets
que llevan los utensilios para la absuelta. Para abrir la fosa y enterrar al
difunto también se seguía un procedimiento rutinario: mientras en la capilla se
decía la primera misa, los fosos abrían la fosa. Durante la segunda,
desayunaban y, tras la absuelta y en la tercera, cubrían de tierra el sepulcro.
(MRR)-.
La
iglesia de Santa Creu d'Ollers consta de una sola nave, de 12,80 × 4,30 m,
cubierta con bóveda ligeramente apuntada, subdividida en tres tramos por arcos
torales sostenidos por pilares adosados a los muros laterales. La altura máxima
de la bóveda es de 5,33 m. Forma la cabecera un ábside de planta semicircular,
situado a levante, con ventanilla centrada de doble espalda. Queda ornamentado
exteriormente por unas arcuaciones ciegas lombardas entre lesenes que bajan
hasta el basamento formado por una triple escalonada semicircular que lo rodea
y que no fue visible hasta que en 1950 se rebajó el nivel de tierras unos 2 m,
retiró el cementerio, y arregló una plazoleta ante el ábside.
El
espacio absidal queda subdividido así en cinco partes equivalentes. Una cornisa
sencilla de piedra corona el ábside, cuya cubierta de cuarto de esfera fue
protegida por losas de piedra caliza, cabalgatas, antes de serlo por la
cubierta de tejas actual.
La
fachada principal, en la que se abre la puerta, es la de poniente, que culmina
en un campanario de cadireta o espadaña, de dos ojos.
El
acceso se efectúa por la puerta situada en la fachada occidental, la cual
presenta un arco de medio punto enmarcado por una sencilla chambrana formada
por estrechas losas. Sobre la puerta se dispone otra ventana con arco de medio punto
monolítico, y que cuenta con una jamba compuesta por un sillar dispuesto de forma vertical.
Se corona el frontis con un imponente campanario de espadaña.
En
el interior, la nave se cubre con una bóveda de cañón apuntada, reforzada con
dos arcos Sajones que se apoyan en pilastras y que determinan tres tramos. Un
arco presbiterial en gradación facilita la transición a la menor anchura del ábside,
que, a su vez, se cubre con bóveda de cuarto de esfera. En el lado sur de este
espacio presbiterial se abre una credencia cuadrada. En el muro meridional, en
los tramos occidental y central de la nave, se hallan cinco orificios cuadrados
alineados, cuya función, posiblemente, estaba destinada a la recepción de
ofrendas.
El
antiguo altar de madera y un interesante crucifijo post-románico fueron
quemados en julio de 1936, junto con todos los ornamentos. En 1948 la alcaldía
de Sanaüja restauró el templo, y eliminó los restos de enyesados y los añadidos
posteriores, y en 1950 fue colocada una mesa de altar de piedra con seis
muñecos y una pequeña cruz, y una campana en la espadaña. (MRR).
El
edificio está totalmente desnudo de ornamentación, excepto el ábside, que ha
sido decorado con un friso de arcuaciones, en series de dos entre lesenes,
salvo la central, que enmarca la ventana y sólo tiene un arco.
El
aparato ha sido hecho con pequeños siervos bien cortados, dispuestos
ordenadamente en hiladas irregulares.
Por
sus características esta iglesia constituye un notable ejemplar de las formas
de la arquitectura lombarda, ya evolucionada, como patente la bóveda, un chiste
apuntado, y un cierto refinamiento en el aparato de elementos como las lesenas,
por lo que podemos situar su construcción hacia el final del siglo XI, o
principios del XII.
Sin
embargo, la solución de arcuación central del ábside, que parece original, es
poco común en la arquitectura catalana, bien que excepcional, y aparece también
en otros edificios de la plenitud de la arquitectura lombarda como Sant Ponç de
Corbera o Santa Maria de Palau de Rialb, donde las lesenas enmarcan una única
arcuación. (JAA).
La Cova i La Pedra
Situado
en el Norte de la comarca, entre las sierras del Port del Comte y del Verd, el
municipio de la Coma i la Pedra forma parte del valle de Lord y tiene como
capital a la localidad de la Coma. En su territorio, en el que predominan bosques
y prados, nacen los ríos Cardener y Mosoll.
La
primera mención documental de la Coma se halla en el acta de consagración de Sant
Serni de Tavèrnoles de 1040, donde figura su iglesia como una de las posesiones
del monasterio. Por su parte, el topónimo de “Petra” se menciona en la controvertida
acta de consagración de la catedral de La Seu de Urgell, que no puede ser
fechada en 839, como comúnmente había considerado la historiografía. Este hecho
invalida el acta como instrumento para la datación del lugar de la Pedra. Las
noticias documentadas más antiguas del castillo de la Pedra hacen alusión a su
iglesia. En 962 el obispo Guisad de Urgell consagró de nuevo Sant Serni in locum
Castro Petra fulgenti después de que en su interior hubiese tenido lugar un
homicidio, lo que denota una mayor antigüedad del templo, que posiblemente se
remonta a la época del obispo Guisad l (857-872). En los siglos XI y XII existe
un goteo de noticias sobre la Pedra. En el testamento de 1041 del obispo
Eriball —hermano y sucesor de Bermon, vizconde de Osona y señor de Cardona— se
citaba un alodium de Pera, que parte de la historiografía ha situado en
el término del castillo. Si dicha mención puede suscitar alguna duda, queda
claro que, con el paso del tiempo, la influencia de los señores de Cardona
sobre el castillo de la Pedra se hizo evidente: en 1162 recibía sal procedente
de las minas y, en 1167, aparecía entre las posesiones que Ramon Folc III legó a
su primogénito. En 1213, el castillo es mencionado en el testamento del vizconde
de Cardona, Guillem l. En lo que concierne a la iglesia, fue cedida por
Ermengol de Urgell a la catedral de La Seu d'Urgell y, en 1057, fue consagrada de
nuevo. En 1196, el abad de Tavèrnoles cedió en enfiteusis algunas tierras de la
parroquia de Sant Serni que poseía el priorato de Sant Llorenç de Morunys. Los
escasos vestigios del castillo de la Pedra se encuentran en lo alto de un
promontorio de difícil acceso, y consisten, tan sólo, en un fragmento de muro,
de escasa altura, edificado con sillares de distintas dimensiones dispuestos en
hiladas horizontales.
Iglesia de Sant Lleïr de Casabella
La
iglesia de sant Lleïr de Casabella se encuentra en la vertiente norte de promontorio
conocido como Sant Lleïr, y muy cerca de la masía de Casabella.
Entre
los kilómetros 34 y 35 de la carretera LV-4241, de Sant Llorenç de Morunys a Berga,
al poco de atravesar un puente, arranca a mano izquierda una pista por la que, tras
recorrer 2 km en sentido norte se llega a este templo.
Sant
Lleïr, que se ubicaba en el antiguo término del castillo de la Pedra, figura
entre las pertenencias de Sant Serni de Tavèrnoles citadas en el acta de
consagración de 1040 de su iglesia monástica. El templo debió de ser anexionado
al patrimonio del monasterio urgelitano junto a todas las propiedades de Sant
Llorenç de Morunys, del que dependería. En 1064, consta como linde de la
iglesia de Sant Serni de Vilamantells.
La
construcción actual ofrece una apariencia muy alejada de lo que debió de ser en
origen. La primitiva iglesia debía de constar de la nave rectangular —y un
tanto irregular— orientada al Este. En este muro se abren dos ventanas, tan
sólo visibles desde el exterior. Una presenta un arco de medio punto
monolítico, mientras que la otra, situada más arriba y hacia el lado
meridional, probablemente fue abierta a posteriori, quizás cuando se sobre
elevaron los muros de la nave, que se cubre con bóveda de cañón. hay todavía
otra ventana, de forma rectangular, en el muro meridional. En este mismo muro se
ubicaba el acceso, como se puede apreciar desde el interior, hasta que se trasladó
al lado septentrional, cerca de poniente Allí se halla una puerta de arco de medio
punto, con grandes dovelas, que cuenta con decoración escultórica.
En
el testero de la iglesia se edificaron capillas en los lados norte y sur, lo
que, observando la planimetría, puede sugiere un falso transepto. En el muro de
levante de la capilla meridional se abre un óculo formado por dos sillares monolíticos
en los que se ha abierto un semicírculo, ligeramente irregular. La totalidad de
la parte norte de la construcción se halla cobijada bajo un pórtico, con tres
arcos levemente apuntados La lectura de paramentos sugiere, sin embargo, que
dicho pórtico no fue una obra unitaria, pues en él se observa una notoria diferencia
entre el arco este y los dos restantes. En el muro que cierra el espacio a
poniente se ubica otra ventana, de arco de medio punto monolítico, mientras que
el acceso se realiza mediante una puerta situada a levante. El conjunto es
coronado por un campanario de espadaña.
La
estructura del edificio original, con una única nave rectangular, ha sido repetida
incansablemente en multitud de iglesias humildes que, precisamente por su modestia,
resultaban alejadas de las novedades arquitectónicas. No obstante, es cierto que
la carencia de un ábside semicircular es una característica frecuente en la
arquitectura prerrománica, período en el que algunos autores como Xavier Sitjes
y Xavier Barral han incluido Sant Lleïr. Otros, como M. Vidal y M. Vilaseca o Joan-Albert
Adell, sitúan la construcción en el siglo XI, aunque reconocen en ella
soluciones arquitectónicas ancladas en la tradición.
La
sobreelevación de los muros, amén del cambio de ubicación de la puerta, se
situaría en el siglo XIII. Las otras reformas habría que situarlas, posiblemente,
en época moderna.
Sin
duda, el elemento que ha recibido una mayor atención son los relieves situados
bajo las impostas biselados de la puerta norte. En el situado en el lado
occidental hay tres figuras, de las que la central, que viste túnica larga y
casulla y lleva la cabeza cubierta, parece bendecir con su mano derecha y sitúa
la otra sobre el pecho. Está flanqueada por otros dos personajes similares, pero
vestidos con túnica corta. Mientras que uno parece llevar un pequeño recipiente
para el agua bendita y un utensilio alargado, quizás un hisopo, el otro coloca
ambas manos sobre el cuerpo. Esta escena ha sido identificada como una
consagración, lo cual no es un caso aislado. Entre los ejemplos más evidentes con
la representación de esta escena es obligado citar la esculpida en un capitel de
la portada de Roda de lsábena, donde figuran el obispo Odesindo y dos clérigos
consagrando la catedral.
En
el otro grupo, el de la izquierda, dos personajes con túnica corta, uno de ellos
armado, flanquean un Agnus Dei, mientras que en la parte inferior se
ubica la serpiente. Según Jordi Camps, la escena podría hacer alusión al
cumplimiento de una penitencia consistente en la construcción de una iglesia,
que atestigua la escena de consagración de la derecha.
En
el intradós de la puerta se hallan un par de relieves decorativos.
El
primero está formado por una flor de seis pétalos inscrita en un círculo,
motivo ornamental muy recurrente en la plástica románica. El otro presenta tres
cardos, emblema heráldico de los señores de Cardona.
La
historiografía ha fechado dicha escultura en el siglo XIII, no antes del segundo
cuarto, poco después, por lo tanto, de la unión matrimonial, en 1217, entre
Ramon Folch IV y Agnès de Torroja, única heredera de los señores de Solsona.
Aun
así, podría tratarse de un conjunto más tardío. En este sentido, se ha de tener
en cuenta que, como señala Francesc Rodríguez Bernal, el escudo de los Cardona no
aparece representado hasta 1214- 1216. Según Armand de Fluviá, el sello más
antiguo con dicha heráldica data de 1258. Entre las primeras figuraciones
escultóricas del emblema heráldico destaca la que aparece junto a un caballero
en uno de los capiteles de la galería meridional del claustro de Santa Maria de
l'Estany (Bages), fechada a finales del siglo XIII o, incluso, a principios de la
centuria siguiente. Así, parece cuanto menos dudoso que en una fecha temprana
como es la de 1225- 1250, el escudo ya se representase en Sant Lleïr.
Resulta
atinado, pues, retrasar la cronología hasta fechas bastante más avanzadas. Con
ello, se hace evidente también la necesidad de revisar la cronología de la
construcción, especialmente de la reforma lechada en el siglo XIII.
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