Tuesta, Bellojín, Villamaderne, Tobera, Markinez
Románico en
Valles Alaveses
De las comarcas que
constituyen la provincia de Álava, las que conforman el arco sur que rodea
Vitoria son las más ricas en románico.
Nos referimos a la
comarca de la Montaña Alavesa, al este, los Valles Alaveses (al oeste) y el
Condado de Treviño (perteneciente administrativamente a la provincia de Burgos)
en el centro.
No es de extrañar que
sea así pues se trata de una zona muy influida por el románico navarro y
principalmente castellano.
La comarca de
los Valles Alaveses
La comarca de los
"Valles Alaveses" se corresponVillade con la Cuadrilla de Añana y
ocupa el sector occidental de la provincia de Álava, lindando al sur con la
Comunidad de La Rioja, al oeste con la provincia de Burgos y al este con el
Condado de Treviño.
La denominación de
Valles Alaveses se debe a que su orografía está formada por varios valles con
sus respectivos ríos que vierten sus aguas en el Ebro.
Desde el punto
de vista paisajístico, es un placer contemplar estos valles frondosos y verdes
perfilados por las peñas de los montes circundantes y salpicados por
pueblecitos encantadores y pintorescos.
Características
del románico en la comarca de los Valles Alaveses
La de la comarca
de Valles Alaveses es una arquitectura románica madura, muy tardía,
de finales del siglo XII y comienzos del XIII. En muchos de estos templos se
perciben ya los aires góticos por el apuntamiento de los arcos además de la
galanura y naturalismo de su decoración.
Del románico de los
Valles Alaveses hemos elegido cinco iglesias interesantes: la de la Asunción
de Tuesta, Santos Cornelio y Cipriano de Bellojín, San Millán
de Villamaderne, San Juan de Cárcamo y de Santa María
de Santa María de Tobera.
Tuesta
El acceso más rápido desde Vitoria parte de la
E5 / N-1 en dirección a Miranda hasta llegar al cruce de los Nanclares de La
Oca-Los Llanos, para tomar allí la A-2622 que debe seguirse unos 15 km, cruzando
bajo la autopista y pasando por Pobes y Salinas de Añana hasta el cruce de
Tuesta, con la A-4320 que lleva al pueblo.
El valle de Valdegovía recibe tal nombre de la
peña Gobea o peña Karria, cuya cresta aparece dominante con la vertical de sus
1.127 m, prosiguiendo al sur la sierra de Arcena, que eleva más al fondo los
picos de Cueto, con 1.345 m, y Mota, con 1.319 m. Es un valle poblado desde
antiguo, con yacimientos prehistóricos en cuevas, castros indoeuropeos, villas
romanas, eremitorios rupestres tardoantiguos y monasterios altomedievales. Un
factor de atracción recayó siempre en las aguas saladas del río Muera, que dio
fama a la villa de Salinas de Añana, a sólo 3 km de Tuesta, aguas arriba.
Quedaba muy próxima la antigua sede episcopal
de Valpuesta, vigente hasta fines del siglo XI, en que fue trasladada a Burgos.
La comarca estuvo un tiempo bajo el dominio del Señor de Vizcaya, hasta 1379,
cuando ya dependía directamente del rey castellano, pasando en 1460 a
incorporarse en las Hermandades de Álava, en la Hermandad de Salinas, y en 1463
en las de Valdegovía y Valderejo.
Asomada a la cuenca del río Omecillo, que
desemboca 5 km más abajo en el Ebro, Tuesta es una de las treinta aldeas
integradas en el Ayuntamiento de Valdegovía, comprendido en la Cuadrilla de
Añana, en el sudoeste alavés. Se sitúa en un altozano, a 549 m sobre el nivel
del mar, orgullosa de su antiguo esplendor, como muestran los blasones en
varias casonas y, sobre todo, su singular iglesia de Nuestra Señora de la
Asunción. Se halla en zona fronteriza, lo que puede explicar el carácter
militar de su iglesia, que antes de la reforma de 1962 tenía un torreón
cuadrado, alto y robusto como una atalaya. Es un dato más que ha provocado la
sospecha, para la que aún no hay pruebas determinantes, de una presencia activa
de los Templarios, que se sabe que poseían una iglesia y dos casas en la villa
de Salinas, y también otra iglesia en Villamaderne y un convento de Atiega,
todo ello en un entorno de menos de 5 km alrededor de Tuesta.
La documentación medieval no es muy elocuente
con respecto a Tuesta, aunque ya es citada a fines del siglo x. Pero al menos
en 1086 hay referencia a dos donaciones de propiedades sitas en Tuesta al
monasterio de San Millán de la Cogolla.
En una es el senior Beila García, filio de
García Beilaz quien entrega al monasterio con sus casas y pertenecidos de
Tuesta: una viña en Pobajas, junto a la dehesa, un huerto y parte en un molino.
En otra es domna Sancia quien entrega un collazo llamado Beila Gonsalvez, junto
con heredades y molinos.
En 1136, Martín, un clérigo de Tuesta, dona sus
casas y posesiones a Valpuesta. Otro vecino de Tuesta es citado en 1156.
Gonzalo de Tuesta entrega en 1182 al abad de Bujedo una era de sal en Salinas.
Cuando Diego López de Haro compra en 1195 una casa en Villamaderne, el primer
testigo citado es Joanes, presbiter de Tuesta. Como conclusión, parece que en
estos siglos xi y xii era un lugar próspero, con tierras de labor, huertos,
ganado y molinos, y en particular con viñas en Pobajas y Vallejo, entre Tuesta
y Alcedo, o en Villaseca, además de participar en eras de sal, canteras y
yeserías próximas.
Respecto a la historia reciente, no podemos
olvidar la intervención restauradora realizada en la iglesia de Nuestra Señora
de la Asunción a partir de 1962 bajo la dirección del arquitecto Jesús Guinea.
Tratando de poner en valor su arquitectura románica se suprimió el coro
renacentista, se tapiaron los vanos de las capillas delanteras –que daban
impresión de un falso crucero– y se trasladó el retablo mayor a una capilla del
Sur, donde quedaba achicado y desmochado, de donde se ha llevado recientemente
al hastial del oeste, donde ha recuperado su porte. Se reordenaron las capillas
y anexos, se remodelaron algunos elementos interiores, de arquitectura o talla,
y se incorporaron en espacios libres dos ventanales y algunos canes procedentes
de Betolaza. El tejado fue deslastrado, es decir, muchas losas originales
fueron sustituidas por teja, y se desmontó el enorme torreón que cabalgaba
sobre el último tramo de los pies.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
está construida con buenos sillares de arenisca amarillenta y fina, y con
pulcritud de talla en los relieves. Presenta planta de una nave alargada,
dividida en cuatro tramos, más el del presbiterio, que va cerrado por cabecera
poligonal, articulada en cinco paños donde se abren sendos ventanales. Conserva
un tipo particular de pila bautismal gallonada, modelo quizá inspirado en las
tinas de metal, de rara originalidad, aunque también se encuentra en la iglesia
alavesa de Lalastra.
Al exterior se aprecia la elegancia de la
cabecera, dispuesta casi como una rotonda achaflanada en que las cinco ventanas
abren bajo arquerías que apoyan en fuertes estribos. Un sistema semejante se
descubre en las cabeceras de San Nicolás, de Miranda de Ebro y de Ameyugo
(Burgos) –esta última trasladada a los Estados Unidos–. Constituyen, iniciado
ya el siglo XIII, un avance de las soluciones góticas más ágiles que desplazan
las presiones laterales sobre los arbotantes. Abundan en Tuesta las marcas de cantero,
visibles tanto al interior como al exterior, pudiéndose distinguir hasta una
decena de tipos diferentes.
Ventana del ábside
Capiteles de la ventana
Capiteles de la ventana
Ventana del ábside
Capiteles de la ventana
Ventana del ábside
Capiteles de la ventana
Capiteles de la ventana
Al interior, el presbiterio se cubre con bóveda
de gallones, confluyendo seis ojivas en la clave, integrada por un clípeo
representando a los ángeles con la cruz, y por un sillar encarado hacia la
nave, en que Cristo Pantocrátor bendice y muestra en el libro su mensaje. Se
subraya así una marcadísima intención de presidencia cristocéntrica como
–salvando las enormes distancias, y yendo a los ejemplos más sobresalientes– en
los célebres mosaicos de Cefalú y Monreale. Los tramos se cubren de ojivas, y
se sustentan en anchas pilastras donde apoyan hasta ocho columnas acodilladas,
dos más anchas en el frente, según un característico apoyo de la llamada
escuela hispano-languedociana. Es un sistema muy racional, que permite una
estructura robusta, concentrando las cargas de los apoyos.
Ábside central
El nombre de Elías aparece escrito en el libro
de Cristo coronado, como posible indicativo del responsable de la obra: Elias
me fecit (“me hizo Elías”). La posición del busto de Cristo, en la
clave del arco triunfal, domina la arquitectura y el conjunto de
representaciones de la iglesia.
Es la suprema posición jerárquica: Dios desde
su morada celestial. La autoridad y el reconocimiento de Elías debían de ser
absolutos para permitirse colocar allí su nombre. Es un caso único, no sólo en
el románico, sino en todo el arte medieval alavés, y en realidad en ningún
período artístico del entorno hay parangón con tal proclamación de autoría al
amparo de la imagen divina. En el arte universal tampoco son frecuentes los
casos de firmar en la piedra sobre un testigo tan sagrado, salvo el de Miguel
Ángel joven grabando excepcionalmente su nombre sobre una cinta que cruza el
pecho de la famosa Piedad del Vaticano.
La página que abre Cristo en el citado libro
muestra una inscripción tajante:
O DIVES DIVES / NON OMNIS TEMPORE VIVES
/ FAC BENE DEO IN VIVIS / POST MORTEM VIVERE SI VIS / ELIAS ME FECIT
La traducción más lógica del dístico latino,
obviando la correcta declinación del omnis, por supuesto error gramatical,
sería: “Oh rico, rico, no vivirás para siempre; según Dios haz el bien a los
vivos si quieres vivir después de la muerte. Elías me hizo”. Es indudable
la referencia en la frase a la parábola evangélica del pobre Lázaro y el rico
malvado (Dives), en el evangelio de San Lucas 16,19-31. Se confirma el dato al
encontrar casi la misma frase en un capitel del magnífico claustro de la
catedral de Monreale, en Sicilia, que suele datarse hacia el último cuarto del
siglo XII. Esta inscripción aparece grabada sobre un doble capitel, el octavo
de la arquería norte, cuyas caras se cubren de escenas alusivas a la misma
parábola del pobre Lázaro. Allí la inscripción exacta es: O DIVES DIVES, NON
MVLTO TEMPORE VIVES, FAC BENE DVM VIVIS POST MORTEM VIVERE SI VIS. Puede
interpretarse como: “Oh rico, rico, no vivirás mucho tiempo; haz el bien
mientras vives si quieres vivir después de la muerte”.
Exactamente la misma inscripción se halla en la
ruinosa iglesia de Santibáñez del Río, que se halla a 6 kilómetros de la ciudad
de Salamanca, siguiendo la ruta que lleva a Villamayor, donde se encuentran las
canteras que han proporcionado la famosa piedra dorada de Salamanca. En el
intradós del salmer de la portada meridional hay sendas inscripciones en latín
medieval. En la de la derecha también puede leerse: O DIUES: DIUES / NON
OMNI TEMPORE /UI[U] ES: FAC BENE DUM / [UI] UIS POST: MORTE[M] / UIUERE SI UIS.
El dato aparece en los libros divulgativos del románico salmantino. A esta
iglesia se le ha datado en la segunda mitad del siglo XII, momento de interés
por el auge constructivo que se vive en la catedral de Salamanca, con fecundos
talleres escultóricos, como el de Gundisalvus taiador citado en un documento de
1164. Puede pensarse que es un lugar de gran afluencia de canteros, escultores
y artífices.
El adagio en verso latino, O dives, dives…,
estaba difundido entre clérigos medievales y, como otras rimas leoninas, fue
recopilado por Julius Wegeler en 1869. Podemos reconstruir algo mejor el texto
completo, tal como lo muestra una recopilación de textos medievales puesta por
escrito en el último cuarto del siglo XV, editado por Hans Walther (ICVL = Initia
Carminum ac Versuum medii aevi posterioris Latinorum, Göttingen, 1959; Carmina
medii aevi posterioris latina I), f. 152v: O diues diues non omni tempore
viues. Fac bene dum viuis post mortem viuere si vis. Da tua dum tua sunt. Post
mortem tunc tua non sunt…: “Oh rico, rico, no vivirás todo el tiempo. Haz el
bien mientras vives, si quieres vivir después de la muerte. Da tus cosas
mientras son tuyas, pues después de la muerte ya no lo son”.
Gracias a la excepcional aportación de esta
imagen rectora, la de Cristo amonestando al buen uso del tiempo y de la
riqueza, contamos con un mensaje explícito en el libro abierto. Éste alude
directamente a textos del Apocalipsis de San Juan, en particular, el cap.
20,12: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono;
fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida;
y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus
obras”. Así se corrobora el carácter apocalíptico del mensaje, recordando
el juicio y, entre sus signos, el libro en que quedan consignadas las obras
buenas y malas de los vivos, y el libro en que consta el nombre de los
elegidos. Cristo aparece bendiciendo con su diestra, como signo de su
omnipotencia, de su poder benefactor, y de su acogida a los elegidos.
Podemos, pues, considerar como segura la
existencia de una idea clave en torno a la que se desarrolla el programa
director de la obra de Tuesta, al que tanto su arquitectura, con un simbolismo
más envolvente y difuso, y sobre todo la iconografía esculpida, necesariamente
van a plegarse. Porque el mensaje de la clave va mostrando sus ecos, en primer
lugar, en la zona inferior de la misma clave: dos ángeles elevan
ceremoniosamente una gran cruz patada, con astil del tipo procesional, que
ostentan sobre bandilia. Es el signum Christi por excelencia, que
justifica el carácter de Cristo como Rey, Señor y Juez. En su enorme riqueza
simbólica la Cruz evoca el árbol de la vida del Paraíso, la expansión de sus
frutos hacia los cuatro puntos de la Tierra, el eje del tiempo y de la
eternidad, la Muerte y la Vida. Ambos motivos, el Pantocrátor y los ángeles
stauróforos, además de otra clave con motivo solar, conservan la pintura de
tonos animados que denota claramente su particular importancia.
Por otra parte, la forma de la cruz, con sus
brazos ensanchados hacia los extremos, como cruz patada, con un medallón
circular en el centro donde se cruzan los brazos, y su astil, parece una viva
imitación en piedra de la cruz de orfebrería. En concreto, la escena de los
ángeles con la cruz y el tipo señalado evocan en particular la célebre Cruz de
los Ángeles, la obra maestra de la orfebrería del Arte Asturiano, datada en el
año 808, y cuya tradición legendaria aseguraba que había sido labrada y transportada
por los mismos ángeles, por lo que muy tardíamente se hicieron dos ángeles
acompañantes que se colocaron a ambos lados.
Es de esperar que ante un mensaje tan
explícito, se refleje su eco en otras figuraciones esculpidas de la iglesia. En
su interior se cuentan setenta y cinco capiteles, aunque varios han perdido su
talla original por las remodelaciones.
La mayoría tienen temática vegetal, pero casi
treinta se dedican a figuraciones humanas y, menos una extraña figura con alas,
todas son cabezas, solas, o agrupadas. En total son treinta y tres cabezas en
los capiteles interiores, de ellas tres parecen cabezas diabólicas, con rasgos
bestiales y gesticulación exagerada; otras diez muestran un claro patetismo por
el entrecejo fruncido y mostrando los dientes; y una veintena parecen serenas,
cuatro de ellas femeninas, fácilmente reconocibles por la alta toca con
barbuquejo que señala su alto nivel social. Probablemente es exactamente
idéntico el rasgo de las cabezas masculinas, pues en varios casos están
emparejadas por la posición.
Esto las convierte en destinatarias directas
del mensaje que refleja el libro abierto, dirigido a los ricos. La extrema
diversidad de los gestos, ostensible sobre todo en los rostros patéticos,
conduce fácilmente la interpretación en la línea de verificar en las cabezas
una reacción positiva o negativa como un efecto ya cumplido del mensaje del
libro. Como un anticipo, el juicio ya se ha llevado a cabo. Las cabezas pueden
interpretarse como una evocación genérica de los difuntos. Unos ricos han
seguido el mensaje divino y se muestran alegres y serenos, otros no lo han
seguido y se retuercen de dolor por el castigo, pareciéndose cada vez más a los
diablos.
También en los capiteles exteriores de la
cabecera y en los canes sobre la portada siguen apareciendo cabezas doloridas,
cuatro en concreto, que reflejan hacia el exterior el clima de gran disyuntiva
provocada por el juicio evocado por el libro del Pantocrátor, pues también hay
una veintena de fisonomías sosegadas. Los canes de la cabecera no se despegan
mucho de la tensión interior, porque siguen siendo dominantes, en una decena,
los gestos hoscos de cabezas monstruosas, frente a sólo cuatro bustos serenos,
algunos con rasgos naturalistas, como un retrato varonil y un busto de joven
asomado a una balconada. Una graciosa tortuga supone una excepción pintoresca,
que si unimos a unas liebres de otros canes, pueden evocar ecos de las fábulas
de Esopo.
Podemos encontrar encajados en los muros de
esta iglesia varias piezas interesantes que proceden de la iglesia alavesa de
Betolaza, situada al norte de Vitoria. Fueron traídas en el momento de la
citada restauración de la iglesia de Tuesta en la década de 1960. Por un lado
se trata de dos ventanales intestados en los muros norte y sur del último tramo
de la nave, abriendo el del sur hacia el pórtico. Sus motivos ornamentales son
muy simples, a base de taqueado, dentellones y vegetales estilizados. También
en el muro norte se añadieron a la hilera dos nuevos canes de Betolaza, que
representan un personaje desnudo, deteriorado, y una típica lucha de villanos.
La portada es un compendio de variadísimas
figuraciones, y aún es posible ver en ellas rastros de pintura que posiblemente
las destacaban aún más. Las arquivoltas se escalonan en número de siete,
empezando por dos geométricas, una con amplios dientes de sierra y otra con
festones. La tercera, dedicada a los ángeles, es un bello arco de diez ángeles
músicos, muy del vocabulario gótico, y la cuarta es un caleidoscopio de los
llamados oficios, siguiendo la tradición románica. Son más de treinta figuras
sentadas, y detalladas en atributos y gestos. Hay figuras grotescas, satíricas,
lectores de libros con orejas de burro, un avaro con saco de monedas y gestos
de desesperación, sumándose al impacto del juicio moral contra la avaricia,
señalado también en el interior del templo. También hay uno o varios
ceramistas, dos mujeres con cofres en las manos, evidentes signos de riqueza;
algunos están comiendo, bebiendo de una copa y durmiendo, otros dos se pelean.
Hay monjes leyendo y varios músicos, uno de
ellos con un gesto similar al de tocar el txistu, pues maneja la flauta con la
izquierda y percutiría lateralmente el tambor con la derecha, rota.
Una lectura afinada podría enlazar esta
temática con el programa interior, aunque la prudencia aconseja tener en cuenta
que la portada es presumiblemente bastante más tardía que el interior del
templo. Pero se advierte una insistencia moralizante en poner en solfa la
riqueza, reflejada en los cofres y utensilios, la avaricia de la bolsa de
monedas, las peleas de iracundos y las frivolidades o vicios del mucho comer,
el mucho beber, la pereza del durmiente, o la música profana. La sátira alcanza
a los ilustrados o clérigos con orejas de asno, lo que parece referirse al
vicio de la vanidad o del orgullo necio. En el extremo inferior derecho de la
siguiente arquivolta, un hombre desnudo, itifálico, alude a las actitudes
procaces. Todo hace pensar que se están criticando los vicios y no sólo
relatando los oficios.
La quinta arquivolta ofrece un tono bastante
más inquietante que moral. Puede caracterizarse como las Alimañas terrestres,
pues hay más de una docena de cuadrúpedos, en general felinos, alzando las
patas o sacando la lengua, pero también se entremezclan esfinges, un grifo y la
hidra o dragón de siete cabezas, además de cinco aves, que parecen anunciar el
tema de la siguiente. En la sexta son las aves el motivo dominante, alternando
con anchas hojas trifoliadas, pero también la lucha tiene su puesto, con la violencia
del dragón que va a devorar a un niño, o el empuje de los guerreros que
atraviesan a un dragón con la lanza, o a un león rampante con la espada.
Sobre esta escena sorprende encontrar una
preciosa imagen entronizada de la Virgen con el Niño, ambos con los gestos y
atributos habituales: el Niño bendiciendo y con el libro, la Virgen con una
flor en su mano. Constituye un confortante signo de esperanza en un ambiente de
fuerte tono agresivo. Por fin, la séptima culmina este arco iris de escultórica
paleta con un predominante bucólico, entre corderos y cabras, puercos y vacas
que pastan, los pastores, con sus perros y sus flautas, cuidan los rebaños, más
algunos cazadores con sus dardos y perros. Les acompañan cópulas de animales y
personas –esta escena semiborrada intencionalmente–, alguna escena de trabajo,
y, como contrapunto, un centauro sagitario, más dos grupos identificables:
Sansón desquijarando al león, y San Jorge y el dragón.
Cualquier intento de estructuración lógica del
conjunto debe contar con las refecciones y restauración, o con la posibilidad
de que las piezas preparadas para el montaje pudieran en algún caso
desajustarse. De hecho, en el interior de la iglesia se conservan varias
dovelas esculpidas como las de la portada, que se ve que quedaron excluidas del
montaje. También se ven in situ cuatro cabezas de ángeles y otros fragmentos
rehechos por la restauración del año 1962 y siguientes.
Puede decirse que hay bastantes elementos
concordantes, junto a inclusiones que no encajan tan fácilmente.
Las arquivoltas más homogéneas son las tres
centrales: coro de ángeles músicos, las actividades humanas vistas desde sus
connotaciones negativas, y las alimañas amenazantes. El orden jerárquico sería,
pues, inverso a su nivel de altura, pero no parece que ese aspecto tenga
connotación particular, sobre todo sin un tímpano que organice un programa muy
determinado. Conviene, por tanto, completar la información estudiando los
capiteles antes de aventurar una interpretación.
Sobrepasando la amplitud del abocinamiento,
ocho columnas por lado brindan una inusual majestuosidad a la portada. Menos
una, todas tienen capiteles historiados cuajados de expresivas figuritas, que
incluso prosiguen en las jambas, flanqueando la puerta.
Iniciando la lectura en la banda izquierda,
desde la puerta hacia fuera, resumimos lo más identificable: representaciones
de una pareja enlazada que recuerda el tema de la concordia y los villanos
iracundos luchando, conforme al tema de la discordia; una mujer dando de beber
a un hombre; el abrazo de un hombre y una mujer, observados por un clérigo con
su libro; otro personaje que calma a uno que le amenaza con un garrote; dos
verdugos dando latigazos a un desventurado; y por fin San Miguel dominando con
su lanza al dragón infernal.
Al otro lado, las primeras figuraciones desde
la jamba representan un centauro sagitario apuntando con su flecha a un grifo,
y el enfrentamiento de dos parejas de arpías y otras dos de dragones. Los dos
capiteles siguientes quedan unidos porque saltan de uno a otros dos perros que,
con un tercero, acuden hacia un hombre que los tienen atraillados, mientras al
lado un hombre estrangula a otro para adueñarse de una mesa con objetos, que el
otro pretendía alcanzar. La interpretación más probable, a nuestro entender,
concierne a una paráfrasis de un texto bíblico: la ya citada parábola del pobre
Lázaro y el malvado rico (Lc.16,19-31). Lázaro pretende alcanzar las migas de
la mesita redonda, pero se lo impide el criado, que lo estrangula, y el rico
malvado azuza su perro contra él. En la parábola se citan los perros en sentido
compasivo, pues le lamían las heridas; aquí manifiestan la dureza de corazón
del avaro. Contrasta en el siguiente el mensaje más radicalmente opuesto: la
caridad de San Martín a caballo, volviéndose a dar la mitad de su capa al
pobre.
Por fin los dos últimos evocan los dominios
infernales, es decir, la meta del camino de perdición, que ya se esbozaba en
muchas escenas. En uno de los capiteles se observan las piernas de tres
personajes cuyos cuerpos han sido eliminados por falta de espacio al encajar el
capitel.
En cambio perdura la lucha de dos diablos
enzarzados, junto a otros dos que arrastran o lanzan a sendos condenados,
hombre y mujer, a la boca de Leviatán. Así que, por un lado hay escenas de
carácter moral, insistiendo en temas de violencia o de avaricia, con sus
contrarios: concordia y la proverbial generosidad de San Martín; por otro,
visiones escatológicas: San Miguel en el definitivo combate contra el dragón
infernal y el eterno castigo del infierno, representado en la boca de Leviatán.
Todo es muy indicativo de que se pretende lanzar un mensaje muy directo de
exhortación religiosa. Y tal propuesta encaja bien con la interpretación
ético-moral que hemos hecho de las figuraciones de la cuarta arquivolta, además
de otros ecos repartidos por las demás. En suma, se presenta como una lógica
continuación del programa esencial marcado por el Pantocrátor de la clave y su
libro abierto.
En lo alto de la portada, aprovechando un
entrante del muro recubierto por una arcada, se ha dispuesto un fino conjunto
de siete esculturas de bulto redondo, que sobrepasan el metro de altura. Ya son
claramente góticas, y su datación apunta a las últimas décadas del siglo XIII,
algo antes del 1300. Dadas sus actitudes mesuradas, sus gestos cortesanos y los
pliegues naturalistas de sus vestimentas, pueden ponerse en relación con las
estatuas de la Catedral de Burgos, en especial las que pueblan las torres, pináculos
y arcos de las zonas altas, siguiendo la estela del maestro del Sarmental en
décadas muy posteriores.
Pero la más estrecha proximidad iconográfica
puede relacionarlas de manera especial con los grupos de la Anunciación y de la
Epifanía de la iglesia de Villalcázar de Sirga (Palencia), que era en ese
momento una encomienda de los caballeros del Temple y centro de un muy
importante bailío de la orden. Ejemplos de la Epifanía en el románico muy
tardío los hallamos en la Antigua de Bañares (Rioja), y en la iglesia burgalesa
de Ahedo de Butrón, con parecida composición a la de su próxima Gredilla de
Sedano, donde se trata en realidad de una Anunciación y Coronación.
En Tuesta también se yuxtaponen dos escenas del
Nuevo Testamento, típicas de la vida de la Virgen y la Encarnación del Verbo:
la Anunciación y la Epifanía.
En la primera, ocupando el extremo derecho, el
ángel Gabriel anuncia la noticia de su próxima maternidad a María, que se
inclina humilde y ocupa el lugar inferior de todo el conjunto. En cambio se
halla de nuevo entronizada en el punto superior y central del friso con su
Hijo, sobre su brazo izquierdo; le acompaña San José y se le acercan por la
izquierda los tres Magos oferentes. La Virgen que preside estas escenas se
hacía ya presente, a tamaño reducido, como se ha indicado, en una de las
arquivoltas. Pero en el friso superior se reviste de un carácter apocalíptico,
pues bajo sus plantas yace pisoteado el dragón del Apocalipsis. De fecha
similar, pero tallada en madera y luciendo magnífico revestimiento polícromo,
se halla expuesta a la veneración en el interior de la iglesia la imagen de la
Virgen Blanca, que constituye, como toda la iglesia, el orgullo y foco más
entrañable de los tuestanos.
Quien se acerque a visitar la iglesia de
Tuesta, conociendo el arte de las demás iglesias de la zona de Valdegovía,
pronto advertirá que es diferente, que constituye una excepción. Quien la
visite sin conocer el resto, se sorprenderá también por encontrar un nivel de
calidad inesperado, tanto en la arquitectura como en los relieves esculpidos.
Por otro lado, no se han hallado aún pruebas documentales ni paralelismos
artísticos que ayuden a explicar definitivamente su carácter diferencial. Como
en la casi totalidad de los monumentos medievales de esta zona, los documentos
callan y sólo las piedras hablan.
La iglesia de Tuesta parece una especie
inédita, un unicum en Álava. Se palpa un lenguaje y un estilo que sobrepasan la
ruralidad. Se respira un perfume de exotismo particular, quizá conformado por
acentos meseteños, fácilmente detectables, pero eso no lo explica todo.
Se pueden seleccionar, al menos, siete
caracteres tan peculiares, que obligan a interpretarla con mención aparte:
– Una cabecera especial, por dentro y por
fuera, tanto en la arquitectura como en los detalles esculpidos en canes y capiteles.
– La
clave presidencial, desde la que el Pantocrátor ostenta el libro y su mensaje
moral, con la firma: Elías me fecit.
– El estilo de columnas binadas en el frente y
escalonadas en racimo, soportando sencillas pero recias bóvedas de ojivas. Todo
ello la inscribe en el gran grupo de iglesias de tipo languedociano, que en la
península se adscribe casi a la demarcación de la antigua Tarraconense, más
algunos ejemplares que llegan hasta el Tajo. Los cistercienses y las órdenes
militares contribuyeron al desarrollo de esa corriente.
– Abundancia de cabezas gesticulantes, tanto en
el interior –capiteles–, como en el exterior –canes–. El fenómeno de
acumulación de tales cabezas recuerda al que se produce en el triforio de la
catedral de Burgos, o de Toledo, y en los muros de Villalcázar de Sirga.
– Amplia portada, con trabada combinación de
motivos que forman una gran enciclopedia animada de esculturas. La temática
muestra raíces románicas, desarrolladas con lenguaje expresivo ya gótico.
Recuerdos en la configuración de la portada principal de Villalcázar de Sirga,
también dedicada a Santa María la Blanca.
– Un friso superior gótico con siete estatuas
representando la Anunciación y Adoración de los Magos. El estilo tiene aires
cortesanos como cierta estatuaria de la catedral burgalesa y otros singulares
ejemplos góticos. Una vez más se advierte el paralelismo con Villalcázar de
Sirga.
– La interrogante que provoca la inusual
presencia de un gran torreón defensivo sobre la parte occidental de la nave,
que fue suprimido en la restauración de hace cincuenta años. Queda ahora una
ligera muestra alusiva al carácter defensivo en el altísimo arco alancetado que
sirve de descarga en el muro de los pies.
En resumen, no hay pretensiones catedralicias,
por dimensiones o monumentalidad, pero sí una calidad y una intencionalidad que
claramente sorprenden como extrañas al compararlas con otros ejemplos rurales
de su entorno inmediato y del conjunto de Álava. Las comparaciones de estilo
con otros monumentos de la época, sitúan con claridad las fases constructivas
de lo esencial de Tuesta a lo largo del próspero siglo XIII. Su obra aparece
como paralela en el tiempo de obras de tanta envergadura como la Catedral de
Burgos, y muestra sorprendentes paralelismos con la iglesia templaria de
Villalcázar de Sirga, también dedicada a Santa María la Blanca, ambas con
magníficas imágenes de devoción mariana.
Bellojín
Bellojín dista 40 km de la capital alavesa.
Para alcanzarla desde Vitoria-Gasteiz deberemos dirigirnos por la N-I en
dirección Burgos-Madrid, hasta la salida 340 del polígono industrial de Los
Llanos de Nanclares de la Oca. Se continúa por la carretera A-2622 y se avanza
por la travesía de Pobes. Desde allí, hasta Espejo donde se prosigue por la
A-4328 hacia Villamaderne. A escasos dos kilómetros de atravesarla, se alcanza
Bellojín. Está ubicado en la margen izquierda del río Omecillo y al sur de la
Sierra de Arkamo.
Hasta el siglo XI el territorio que ocupa el
municipio de Valdegovía, junto al de Lantarón y Añana, perteneció de forma
alternativa al reino de Navarra y al de Castilla. En 1273 Alfonso X el Sabio
renovó los Fueros de Valderejo, reconociendo la petición de sus pobladores que,
al pasar de realengo a propiedad del Señorío de Vizcaya, temían perder sus
privilegios y condiciones jurídicas, solicitando unas garantías que les
protegieran.
A mediados del siglo XII aparece en diversos
documentos medievales bajo el topónimo de Villausi, e irá derivando en Villoxin,
Villa Oxim y Villosin a mediados del siglo XIII. Parece hacer
referencia a una villa que se corresponde a un nombre propio de persona. Sin
embargo, no queda constancia de este pueblo entre las aldeas de la Reja de San
Millán.
Según las noticias del licenciado Martín Gil,
ya en el siglo XVI eran muy pocos los vecinos que poblaban esta localidad. Hoy
está incluida en el concejo de Villamaderne, de la que dista dos kilómetros, e
incluida en el municipio de Valdegovía.
Iglesia de San Cornelio y San Cipriano
Esta iglesia, situada en una explanada del
pueblo de Bellojín, está dedicada a San Cornelio y San Cipriano de Cartago,
Papa y Obispo del siglo III, que sufrieron las persecuciones y martirios de los
primeros cristianos. El Cartulario de Valpuesta fecha en 913 el monasterio de
San Cipriano de Pando, que ha sido atribuido en numerosas ocasiones a este de
Bellojín.
El edificio de mampostería que hoy contemplamos
es fruto de una reciente restauración, donde se suprimió el habitáculo de la
sacristía aneja, en un intento por recuperar su estructura original datada a
finales del siglo XII.
Tiene una única planta rectangular y ábside
semicircular, que definen el volumen exterior. En el lateral sur, junto a la
portada, se adosa una torre de planta cuadrada, en cuyo piso superior se
albergan las campanas. En los cuatro lados se abre un arco alargado de medio
punto. El interior del cuerpo de la torre queda iluminado por dos pequeñas
ventanas rectangulares.
La portada dispuesta en el muro sur está
formada por un arco apuntado, bajo una arcada de iguales características, pero
con decoración jaqueada y una moldura en el borde que une ambas impostas. Bajo
éstas, muy geométricas y sencillas, encontramos los capiteles ornamentados con
diferentes motivos. En el de la izquierda, unas flores se concentran en su
parte superior, muy circulares y con relieve, mientras que en el capitel
derecho hay dos aves de cuerpo ancho y ambas cabezas giradas hacia el ápice del
capitel. En este capitel encontramos también una serpiente enroscada sobre una
de estas aves a la que parece atacar.
De los collarinos arrancan fustes lisos que
descansan sobre basas sencillas muy deterioradas. En el lado derecho de la
puerta de acceso podemos apreciar en un sillar una cruz latina tallada, patada
en su brazo más largo.
Portada
Capitel de la portada
Capitel derecho, siluetas desgastadas de
dos animales alados con cola de serpientes
Entre los pocos vanos que iluminan su interior,
hemos de destacar el ventanal de la cabecera. Se trata de una estrecha saetera
enmarcada dentro de una ventana, con un arco de medio punto apuntado de doble
bisel. Se apoya sobre dos columnillas con decoración vegetal en sus capiteles.
El capitel de la izquierda está formado por hojas planas, que en su parte
superior acaban en picos con unos remates y con bolas. El capitel derecho está
compuesto de hojas con mucho volumen, que ocupan todo el tambor, y con flores
circulares. Bajo el collarino se alzan los fustes monolíticos, sobre sencillas
basas en pequeños plintos rectangulares. Este ventanal aún conserva la parte de
la pintura mural que decoraba la iglesia, a base de color rojizo y trazos
negros.
Ventana del ábside
Capitel de la ventana
Capitel de la ventana
En el muro norte ha quedado huella de otro
acceso de arco de medio punto, posiblemente posterior, y tapiado en alguna de
las reformas, así como una hornacina alargada, que debió de ser de utilidad
cuando le fue añadido un anexo a este lado del edificio.
Entre este vano y la portada encontramos
incrustado otro capitel que ahora forma parte del paramento del lateral sur.
Junto a él, se ha conservado lo que parece ser parte de otro ventanal, con la
basa que debía sostener la columna que soportaba el otro capitel perdido. Este
capitel muestra también una decoración vegetal formada por una especie de
espigas, dobladas hacia fuera, acomodándose al espacio del capitel, y con
incisiones en V.
Junto a estos restos románicos de fábrica del
edificio original, encontramos también en ambos laterales varios canecillos.
Entre éstos, los más interesantes son los figurativos. En el muro sur hay una
cabeza monstruosa de largo cuello, con grandes ojos almendrados, una especie de
cresta, y una gran boca semiabierta con labios muy gruesos que dejan entrever
sus dientes trazados a través de una línea en zigzag. A su derecha encontramos
una figura humana, de cabeza alargada, y vestida con una túnica de pesados
pliegues, que porta una bola en su mano izquierda. Bajo el alero del muro norte
se han conservado otros dos canes con cabezas de rasgos animalísticos, una de
ellas con grandes ojos y un acentuado hocico, y la otra, de características muy
similares pero de menor tamaño y con la cabeza cubierta por una especie de
casco. El resto de canecillos, la mayoría lisos, tienen forma de quilla y
carecen de ornamentación.
En un pequeño tramo bajo el alero se ha
conservado una decoración formada por tres franjas con triángulos, a modo de
cenefa, que parece que debió de ocupar una parte importante del edificio.
En su interior, la nave está dividida en tres
tramos –separados por unos arcos fajones– que se cubren con bóveda de cañón. El
ábside es semicircular y se cubre con bóveda de horno. Se accede al presbiterio
a través de un arco triunfal de perfil apuntado, que reposa sobre los dos capiteles
de las columnas adosadas a las paredes del arco. Ambos están decorados con
temas historiados. En el de la izquierda aparece un hombre desnudo, con una
postura encogida pero imposible. Tiene la cabeza triangular y cabellos muy
lineales que arrancan de la cabeza y rellenan el resto de la parte frontal del
capitel. Esta figura está flanqueada por dos serpientes dispuestas en las
aristas, de gran cabeza y gesto amenazador, con larga cola. Parecen estar
asfixiando un animal cuadrúpedo de características felinas. La escena se repite
en ambos laterales. El dinamismo de esta escena se ve acentuado por las líneas
curvas que parecen entremezclarse, como ocurre en el capitel derecho.
Capitel interior norte
Capitel interior sur
Capitel interior sur
Capitel sur de la nave
En el lateral derecho encontramos a dos hombres
en los vértices, con el mismo tratamiento en el rostro y en el peinado que
veíamos en el capitel izquierdo. Una de estas figuras humanas se presenta
barbada y desnuda, con las piernas abiertas, mostrando una torsión imposible;
la otra, de pie con la cabeza rehundida, y vistiendo un largo hábito con un
cinturón sobre el que apoya sus manos. Quizá pueda tratarse de un monje por el
atuendo, pero la escena no nos aclara esta hipótesis. En el centro, un gallo se
adapta al espacio que queda entre las dos figuras. A ambos laterales aparece un
pez y otro animal cuadrúpedo rampante. La temática es de difícil
interpretación, pero es una buena muestra de dinamismo y movimiento en el arte
románico alavés, conseguidos a través de torsiones en sus personajes, con
líneas curvas. El fuste de las columnas es liso, y las basas se apoyan sobre
plintos de base cuadrangular, sin ninguna particularidad.
El arco que separa la parte central de la nave
y los pies está apoyado sobre dos columnas con capiteles de decoración mucho
más esquemática. El de la izquierda tiene una guirnalda con bolas en los
ápices, mientras que el de la derecha –con una decoración más fina– tiene unas
conchas alargadas que cuelgan de los vértices superiores y un dibujo geométrico
y lineal entre ellas. Bajo ambos capiteles, el collarino se decora con un
sogueado. Los fustes y las basas son muy sencillos y sin decoración.
En el interior encontramos una pila bautismal
de copa ancha y grandes dimensiones, pero sin decoración, que descansa sobre
una gruesa moldura redondeada en un pie cilíndrico de poca altura.
Villamaderne
Esta localidad se encuentra a 34 km de Vitoria-Gasteiz
y a 20 de Miranda de Ebro, en el Valle de Valdegovía. Para acceder a ella desde
la capital alavesa hay que tomar la N-I hasta Nanclares de la Oca, donde se
enlaza con la carretera A-2622. Pasados los pueblos de Pobes, Salinas de Añana
y Espejo, se llega a Villamaderne.
El Valle de Valdegovía formaba parte de la
Merindad de Castilla la Vieja, de la Hermandad de Álava, con el único fin de
mantener las defensas frente a malhechores, a modo de protección. En el siglo
xii permaneció bajo el poder de Alfonso VII. Durante este siglo, en el año
1146, fue concedido el Fuero de Cerezo a varias localidades del Concejo de
Espejo, entre ellas Villamaderne y sus aldeas más próximas, como Bellojín y
Tuesta.
Entre los linajes que dejaron huella en esta
localidad encontramos a los Velasco y los Sarmiento, ya a finales del siglo
xvi. Una de las huellas más evidentes del poderío de esta nobleza en estas
tierras está en la antigua casa-torre del pueblo de Villamaderne. Pese a que
fue construida como torre defensiva, pronto fue convertida en palacio. Tras
esta transformación conservó algún elemento del momento de su fundación, como
uno de los ventanales. Después de varios altercados entre las nobles familias
de las localidades próximas, fue destruida en un incendio por los Velasco. Su
reconstrucción corrió a cargo de los Sarmiento. Hoy es la torre-palacio de
Materna-Muñoz.
En las proximidades de Villamaderne había
varias ermitas. Sólo nos han llegado noticias de la de la de Nuestra Señora de
la Blanca –junto a la actual Venta Blanca, con un arco fechado en 1592– y de la
de Santa Lucía.
Iglesia de San Millán
Esta iglesia parroquial se encuentra en pleno
centro urbano de la localidad de Villamaderne. Pese a que ha sido profundamente
transformada, aún conserva restos románicos de gran valor. De entre estas
modificaciones merece destacarse la ampliación que se realizó a principios del
siglo xix bajo la dirección del arquitecto vitoriano Fausto Iñiguez de
Betolaza.
El elemento más destacado del edificio es su
espléndida espadaña, adosada al esquinal suroeste, notable por su altura y por
la calidad de su construcción. Consta de un gran arco apuntado, abierto en la
parte inferior para permitir el tránsito, dos niveles de troneras –dos de arcos
apuntados y otras dos de medio punto, los cuatro doblados– y un remate a piñón
bajo el que se abre una tronera más pequeña para el campanil. A medida que
asciende en altura, su anchura va disminuyendo ligeramente.
Esta espadaña, de sillares, destaca del resto
del edificio, que es de mampostería, y ello le otorga un mayor protagonismo en
el entorno. Durante una de las numerosas restauraciones que se realizaron en
este conjunto arquitectónico, se eliminaron las construcciones que dificultaban
su visión.
En la ampliación del templo de principios del
siglo XIX, se tapió una de las dos portadas románicas que se conservaban, la
dispuesta en el muro oeste.
Lamentablemente, se encuentra muy erosionada
por lo que apenas pueden apreciarse los motivos decorativos de los capiteles,
distinguiéndose únicamente unos relieves redondeados y un motivo circular. Las
columnas, de fuste liso sobre las que apoyan los capiteles, no llegan al suelo,
sino que se levantan sobre unos pequeños plintos. La arquivolta mejor
conservada muestra el típico taqueado.
La portada del muro sur, por donde actualmente
se accede al templo, es mucho más sencilla. Presenta arquivoltas con
abocinamiento y un ligero relieve, proporcionado por el rehundimiento lateral
de las dos primeras arquivoltas, mientras que la tercera y más sobresaliente
muestra una moldura muy sencilla. Bajo las impostas no hay ninguna decoración.
La que quizá hubo en su día, se perdió durante las reformas de rehabilitación
del edificio.
Desde el interior podemos comprender mejor la
estructura original del templo antes de sufrir todas estas modificaciones. En
origen constaba de dos naves, que seguían la orientación tradicional
Este-Oeste. Hoy se presenta con la cabecera hacia el Norte y el ingreso por el
Sur, en una planta de salón. De su etapa fundacional queda el arco apuntado de
la cabecera, tapiado en el muro este de la iglesia, y frente a él, en el muro
oeste, otro arco rebajado que suponemos que sería el primitivo acceso, con un arco
rebajado hoy también tapiado. Desde el exterior, este último queda oculto bajo
la portada, con la decoración ajedrezada descrita anteriormente. Algunos de los
contrafuertes visibles en el interior también son testimonios de la antigua
construcción.
Este cambio en la distribución interior se
materializó también en el sistema de cubrición, empleándose bóvedas de
crucería, conformadas por arcos apuntados con claves ornamentales, que apoyan
sobre columnas y pilares. Además, para iluminar el interior, se abrieron vanos
de arcos apuntados en los muros. En conclusión, esta reforma supuso la
definitiva adaptación de este templo románico a un neogótico tardío de
principios del siglo XIX. A estos cambios de estilo hemos de añadir el del
edificio anejo en el muro sur, que sirve de casa parroquial.
Karkamu
Karkamu se encuentra 26 km al Norte de Miranda
de Ebro, y 34 km al Sudoeste de la capital alavesa. Para acceder a esta
localidad deberemos dirigirnos por la N-I en dirección a Burgos hasta la salida
340 del polígono industrial de Los Llanos de Nanclares de la Oca. Se continúa
por la carretera A-2622 y luego por la A-3314. Tras atravesar el pueblo de
Morillas, la A-3318 nos lleva hasta Karkamu.
Este pueblo se sitúa a los pies de la sierra de
Arkamo, en el margen oriental del valle del Omecillo, en el límite del
municipio de Valdegovía, al que pertenece. Queda bañado por un afluente del río
Omecillo, que desciende de Guinea y atraviesa su territorio.
El topónimo Carcamu aparece hacia 1025 en la
Reja de San Millán de la Cogolla, como una de las aldeas pertenecientes al
Alfoz de Murielles, debiendo entregar al monasterio una regga de ferro.
A mediados del siglo XII lo encontramos en los cartularios de Santo Domingo de
la Calzada y San Salvador de Oña como Cárcamo, nombre con el que perdurará
durante siglos. Según Ramón Menéndez Pidal, puede relacionarse con un
antropónimo de origen celta, aunque por sus características lingüísticas
también podría provenir de la palabra “cárcamo”, el hueco donde gira el rodezno
de los molinos hidráulicos. De hecho, aún se pueden observar los restos de uno
de estos molinos. G. Martínez Díez lo relaciona con Ruy Sánchez de Cárcamo,
poseedor de muchos de los pueblos de esta zona. Hoy se presenta con su nombre
oficial en euskera: Karkamu.
En 1332 le fue concedido el Fuero por Alfonso
XI, por ser una aldea perteneciente al Alfoz de Cerezo, junto a Alcedo,
Bergüenda, Bachicabo, San Zadornil, Villanueva de Valdegovía, Villamaderne y
Tuesta, entre otras.
Pertenecientes a esta localidad encontramos dos
edificios importantes en el panorama artístico del románico alavés en la
comarca de Valdegovía: la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y la ermita
de San Juan Bautista, a escasos metros una de otra.
Ermita de San Juan Bautista
Este edificio, situado en pleno centro urbano,
es el que actualmente ofrece los servicios religiosos a la comunidad. Se
encuentra en muy buen estado, fruto de una importante restauración que ha
mantenido gran parte las características de la construcción primitiva.
Al realizarse una restauración en 1975, Beltrán
de Salazar descubrió una inscripción en un sillar que estaba oculto en el muro
interno bajo la ventana del ábside. Fue descifrada por Vidal Fernández de
Palomares. En ella se lee an cei l cister venit, es decir, Anno centesimo
quinquagesimo cister venit [Año 1150, llegó el Cister]. Hoy esta
inscripción podemos contemplarla en su interior.
Un dato importante a tener en cuenta es que,
según tal inscripción se identifica a su autor como procedente de la Francia
cisterciense. Aunque ya en la década de 1130 y 1140 se iniciaban las
fundaciones cistercienses respondiendo al impulso evangelizador de la orden,
esta fecha resulta un poco precoz, ya que aún vivía San Bernardo, el reformador
de la Orden Benedictina del Cister. Quizá por ello, está dedicada a San Juan,
el último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero de los Santos del
Nuevo Testamento, que dedicó su vida a predicar la venida de Cristo. La
impronta de esta orden monástica quedará también patente en la iglesia de la
Asunción de Nuestra Señora en Tuesta, en la desaparecida iglesia de Ameyugo, en
la antigua iglesia de San Nicolás de Miranda de Ebro o en la iglesia de San
Cosme y San Damián de Encio, entre otras.
Esta ermita es de pequeñas dimensiones, de
fábrica de mampostería, y sillarejo en la cabecera. Presenta una planta
rectangular de una sola nave y cabecera semicircular. Además se ha utilizado
piedra caliza de color rojizo. La cubierta del ábside, de menor altura que la
nave, está realizada con lastras de pizarra, mientras que el resto del edificio
queda cubierto por teja más moderna. Entre los elementos decorativos exteriores
caben destacar la portada, los vanos y los canecillos que recorren todo el perímetro
del alero.
La portada está formada por un arco de medio
punto con tres arquivoltas: la central se decora con bolas, mientras que las
otras se presentan de forma muy sencilla, con simples acanaladuras y molduras
que le dan cierto dinamismo. Carece de columnas en las jambas.
Sobre el mismo muro se abre un pequeño vano muy
abocinado, al interior de un arco de medio punto. A los pies de la iglesia
encontramos otro, una estrecha saetera cuyo abocinamiento sólo es apreciable
desde el interior del edificio.
En el ábside se halla otro ventanal con una
decoración muy trabajada que resguarda una estrecha saetera de menor tamaño con
respecto a la parte trasera. Este vano está compuesto de un arco de medio punto
con taqueado y tres medias bolas. Las impostas también están decoradas con el
taqueado, y se apoyan sobre dos columnillas con capiteles.
Éstos, lamentablemente, se muestran muy
erosionados.
En el de la izquierda parece entreverse un
hombrecillo agachado empuñando una espada, y en el de la derecha motivos
vegetales. Las columnas monolíticas de fuste liso descansan sobre basas de toro
y escocia. Sobre el mismo muro de la cabecera encontramos, en un bajorrelieve,
una cruz latina con remates en los brazos.
Ventana del ábside
Bajo la cubierta, en la parte del ábside,
discurre una cornisa con ajedrezado. En los canecillos del alero se representan
figuras humanas, animales y bolas, siendo los del ábside más esbeltos y muy
variados. Se puede apreciar un hombre con las manos en la boca y una bola
grande en sus pies; otro hombre desnudo en actitud exhibicionista; una mujer
con un tocado de la época y largas vestimentas, siguiendo la moda de mediados
del siglo XII, con los brazos en alto, y en posición de baile; y un águila con
las alas abiertas. El resto de canecillos figurativos son de difícil
identificación por el mal estado con el que han llegado hasta nuestros días. En
cualquier caso, sugieren un clima festivo e incluso algo irrespetuoso.
Canecillos
Pero, junto a estos canes, dispuestos en los
laterales norte y sur de la nave, encontramos otros más pequeños y de trazado
más geométrico, formados por cuadrados superpuestos con mayor o menor
curvatura, bolas, medias bolas e incluso tres bolas en un mismo canecillo y
otros cilindros dispuestos horizontalmente. Algunos nunca fueron adornados,
como nos lo demuestran los que se presentan en forma de cubo sin decorar.
Al acceder al interior del edifico, puede
observarse la anchura de los muros, que parece exagerada para una construcción
de tan poca altura y sin apenas vanos. La nave queda cubierta con bóveda de
cañón reforzada por arcos fajones con imposta modulada, mientras que el ábside
tiene bóveda de horno.
A la cabecera se accede mediante un arco de
medio punto cerrado a modo de arco de herradura, marcando la diferencia del
presbiterio, y realzado con tres escalones que destacan la parte más importante
del templo. Está formado por un doble arco y con un perfil que, sobre todo en
su lado derecho, cierra a la altura del salmer, sugiriendo un perfil de
herradura.
Las impostas quedan marcadas sobre una cornisa
de taqueado. El arco exterior y de mayor tamaño se apoya sobre dos columnas
exentas. En ellas encontramos dos capiteles, el de la izquierda, historiado,
representa un hombre acechado por un felino, tal vez recordando el pasaje de
Daniel (Dan 6, 23-42), en el que es llevado ante los leones. El de la derecha
tiene motivos vegetales formados por grandes hojas planas, entre las que
sobresalen, en la parte superior, dos pequeñas cabezas, una de serpiente y otra
de otro animal, que nos muestran sus dientes; en la parte inferior, una
cabecilla redondeada antropomorfa y otra de un felino. Los fustes de las
columnas, que no llegan al suelo, no tienen ninguna decoración y descansan
sobre basas de toro y escocia en pequeños plintos cuadrados con bolas en sus
ángulos.
Interior
Interior
Capiteles del arco triunfal
En el ábside encontramos una talla de San Juan
Bautista gótico, patrón de esta ermita, que durante muchos años ocupó un lugar
en un retablo de la iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, hasta
que fue restaurada y recuperó su lugar original. En un ángulo de la iglesia
encontramos una representación, también gótica, de la Virgen María con el Niño.
Tobera
Santa María de Tobera se encuentra a 28 km de
la capital alavesa. Se ubica en la margen izquierda del río Ayuda, a pocos
kilómetros al este de Berantevilla, a la que históricamente estuvo ligada.
Coincide con un punto estratégico, por la proximidad a la antigua calzada
romana que comunicaba Astorga con Burdeos y pasaba por Berantevilla, que
aparece nombrada como Virantevilla en el documento de la Reja de San Millán de
la Cogolla, de 1025. Además está muy próxima a la ruta del Camino de Santiago.
El topónimo de Tobera es de origen medieval, así como el de Tobillas, y refleja
la abundancia de piedra porosa, conocida como “toba”, muy característica
de la zona.
Estas tierras donde se asientan Tobera y
Santurde pertenecieron al señorío del marqués de Miravel y conde de
Berantevilla. Llegó a ser villa en el siglo XVII, con Diego Hurtado de Mendoza,
Conde de Lacorzana y Señor de Tobera.
A principios del siglo XX, Santa María de
Tobera se convirtió en despoblado del que sólo se conserva su iglesia. Hoy
apenas se conserva alguna construcción de piedra, que sirve de almacén para los
trabajos agrícolas de los vecinos de Santurde. Forma parte del término
municipal de Berantevilla, junto con Escanzana, Lacervilla, Lacorzanilla,
Mijancas, Santa Cruz del Fierro y Santurde.
Ermita de Santa María de Tobera
Esta antigua iglesia se encuentra sobre una
pequeña loma, a orillas del río Rojo, rodeada de campos de cultivo. Se trata de
un edificio del siglo XII formado por una sola nave construida de mampostería y
un ábside semicircular realizado en sillería bien escuadrada. A los pies se
eleva una espadaña de dos huecos y remate recto.
En el muro occidental de la nave hay un
ventanal rectangular que ilumina el interior del templo. Bajo este vano se
halla incrustada una inscripción, que informa de las reformas que se realizaron
en este edificio en el siglo XVII. Anejo al muro sur hubo un habitáculo que
sirvió de sacristía y un pórtico con un arco realzado al que se accedía por
unas escaleras. Hoy sólo queda el arranque del arco y restos de muros.
El hemiciclo absidal está dividido en tres
paños por medio de dos columnas adosadas que se rematan en capiteles decorados
con motivos geométricos y vegetales, a base de aros entrecruzados, tacos y
especie de piñas o bolas. En el paño central se abre un ventanal románico
formado por una estrecha saetera enmarcada por dos arquivoltas de medio punto,
una decorada con un bocel y la otra con esferas. Se completa el ornamento con
guardapolvo e impostas ajedrezadas. Por desgracia, se han perdido las columnas
y capiteles que completaban la decoración del ventanal. Este mismo esquema
ornamental se repite en las ventanas dispuestas en los muros rectos del
presbiterio, si bien en este caso el tapiado parcial de las mismas impide
apreciar si se conservaron o no las columnas.
La cornisa que recorre el ábside y los muros
laterales está decorada con el típico ajedrezado que vemos repetido en otros
elementos de este mismo edificio. Esta cornisa está soportada por una colección
de canecillos de variada decoración, siete de ellos colocados en el tramo
absidal.
Desde el lado sur encontramos, en primer lugar,
un canecillo que parece representar dos figuras humanas desnudas que han
perdido sus cabezas, un hombre y una mujer abrazándose, con las piernas
entrelazadas. Un segundo canecillo presenta una figura masculina con cabeza muy
ovalada, ojos saltones y rasgos inexpresivos, debido a su mala conservación. La
parte inferior del canecillo se muestra muy deteriorada. No obstante, podemos
percibir que este personaje desnudo se nos presenta en actitud exhibicionista,
sujetando con ambas manos su sexo. El tercero es una cabeza monstruosa de
reptil, tal vez una serpiente, de cuya boca parece salir una pierna humana.
Destaca la cara redondeada con una sola oreja y sus grandes ojos y nariz, bien
marcados. La cabeza se prolonga en un cuello con escamas formadas por pequeñas
puntas de diamante.
El canecillo está enmarcado por un sogueado muy
fino, excepto en uno de sus laterales. En el cuarto canecillo no se ha
conservado el motivo principal que fue representado, de manera que sólo podemos
ver la decoración a base de rodillos curvos en la parte superior, y escalonados
en la parte inferior. El quinto repite la misma temática que veíamos en el
primero, es decir, una pareja desnuda abrazada en actitud provocadora. Los
otros dos canecillos son irreconocibles, ocupando el último de ellos una superficie
curva y lobulada.
Como podemos observar en algunos de estos
canecillos, se trata de una temática obscena, aunque hemos de pensar que con
fines morales y didácticos. Son representaciones del pecado, más concretamente
de la lujuria. Estos programas iconográficos de temática sexual aparecen en
distintos templos del norte peninsular, como la iglesia de Santa María de Yermo
y San Pedro de Cervatos, en Cantabria, o la ermita de San Pedro de Abrisketa en
Bizkaia, entre otras. Dentro de este contexto, según A. Gómez Gómez, podríamos
interpretar la cabeza de serpiente o animal monstruoso como la boca del
infierno, y que estuviera devorando a los condenados, como se ve representado
en el Santuario de Nuestra Señora de Estíbaliz, donde aparece una cabeza
monstruosa engullendo una figura humana.
En el interior, la nave presenta una techumbre
moderna de madera, mientras que la cabecera se cubre con bóveda de horno en el
tramo curvo y de cañón en el presbiterio, en ambos casos arrancando de una
línea de imposta ajedrezada.
El arco triunfal que separa estos ámbitos es de
medio punto y descansa sobre una pareja de columnas adosadas provistas de sus
correspondientes capiteles.
En el capitel izquierdo se muestra una figura
humana vestida con una túnica acampanada con pliegues marcados, aunque de poco
relieve, con las manos cubriéndose el cuerpo y una serpiente enroscada a su
izquierda. De los ángulos cuelgan dos piñas, elemento muy común en la ruta
jacobea. En los laterales de este capitel, a ambos lados de la figura, hay un
hombre que se cubre igualmente pero sin túnica, y al otro lado hay un querubín
con una ballesta. Se trata de la expulsión de Adán y de Eva del paraíso (Gen 3,
8-24), pero el enlucido que les ha sido aplicado no permite ver con claridad
los detalles de la escena.
Lo mismo ocurre con el capitel del lado
derecho, en el que se nos muestra una figura con túnica y un pez a su derecha.
En los ángulos encontramos de nuevo dos piñas que cuelgan, y, a ambos lados, un
animal de grandes dimensiones, y otra figura humana que podría estar tejiendo
una red para la pesca. Por todo esto, podríamos decir que se trata de una
escena de caza y pesca, pero desconocemos el significado y la identidad de los
personajes.
En el interior de la cabecera llama la atención
las tres ventanas que se abren en ella, que repiten la misma organización y
decoración que hemos descrito en el exterior.
En una esquina de los pies de la nave
encontramos la pila bautismal. Se trata de una copa de medianas dimensiones sin
decorar, con un pie cilíndrico liso que se ensancha hasta convertirse en una
basa cuadrada de ángulos rematados.
Románico en la Montaña Alavesa
La Comarca de la "Montaña Alavesa"
ocupa el sector oriental de la provincia, limitando al norte con la Llanada, al
sur con La Rioja Alavesa, al oeste con el Condado burgalés de Treviño y al este
con tierras de Navarra.
Si Álava es una provincia con una riqueza
paisajística casi inigualable, la comarca de la Montaña es especialmente
atractiva.
En lo referente al románico, no es un
territorio de gran densidad de monumentos, sin embargo, cuenta con una de las
más relevantes joyas del románico vasco como es la ermita de San Juan de
Markínez.
Precisamente, si podemos establecer un rasgo
unificador del románico de la Montaña Alavesa, además de su carácter tardío
(como en toda la provincia), es la existencia de varias ermitas románicas
emplazadas en lugares de idílica belleza. Tal es el caso de cuatro de los
templos románicos elegidos:
·
La
Ermita de San Juan de Marquínez: una de las más notables y bellas iglesias
vascas gracias a su poderosa cabecera de sillería bien ajustada así como a su
decoradísima portada.
·
La
Ermita de Andra Mari de Ullibarri-Arana se ubica en medio de un prado verde que
contrasta con la blancura de sus contundentes muros de sillería románica.
·
Ermita
de Elizmendi de Kontrasta: interesante por su rudísimo ábside en cuya
zona baja existe una serie de lápidas romanas reutilizadas que inspiraron
a los artesanos del templo a la hora de tallar los canecillos.
·
La
Ermita de la Virgen del Campo de Maeztu: pequeño templo románico de una nave
rematada en cabecera de planta rectangular y agradable portada abierta en el
muro sur.
También son apreciables algunas iglesias
parroquiales como las de la Asunción de Urarte, San Martín de Arluzea, Asunción
de Apellániz, Santa Eufemia de Leorza y Degollación del Bautista de Zekuiano,
que nos ofrecen detalles interesantes como puertas, ventanales y hasta una
galería porticada.
Markinez
La localidad de Markinez se halla situada a
poco más de 29 km al sur de la capital alavesa. Para acceder a ella desde
Vitoria-Gasteiz, se sale por el barrio de Iturritxu hacia Aretxabaleta tomando
la carretera local A-2124, que se convierte en la B-750 al entrar en el Condado
de Treviño. Al llegar a la localidad de Ventas de Armentia, se gira a la
izquierda continuando el camino, durante unos 8 km, por la carretera local de
Burgos B-741. Pasado el pueblo de Albaina, se girar de nuevo a la izquierda
para recorrer los últimos 6 km que nos separan del destino. Los primeros 2 km
transcurren por la carretera B-7413, en territorio burgalés, y los 4 km
restantes por la carretera alavesa A-3134.
Al llegar a Markinez, nos encontraremos en la
montaña alavesa y en el curso alto del río Ayuda. Es una zona en la que hubo
asentamientos poblacionales muy tempranos, como lo atestiguan las grutas
artificiales situadas en su término. Desde finales del siglo XI ya se documenta
Markinez como toponímico, dato que se recoge en la donación de tierras de
Marquiniz que hace don Gonzalvo Monioz al monasterio de San Millán de la
Cogolla, en 1087. También se conserva la lápida dedicatoria de la ermita de San
Juan, del año 1226, donde cita a Fortunio de Marquínez, Arcipreste de Treviño.
Con posterioridad, en el Catálogo de San Millán, se citan dos lugares en
Markinez, “Marquina de Suso” y “Marquina de Yuso”, donde se dice que
contribuyen con sendas rejas. Sin embargo, en la relación del obispo don
Jerónimo Aznar, de 1257, figuraba como una sola población citada con el nombre
de Marquiniç.
La villa de Markinez fue señorío de los condes
de Salinas hasta el año 1557, en que fue vendida a título de perpetua
enajenación a Diego de Álava y Esquíbel, obispo de Ávila y Presidente de la
Real Chancillería de Valladolid. En la visita pastoral realizada por el
licenciado Martín Gil, en 1556, se recoge que su parroquia estaba servida por
cinco beneficiados, tres de ración entera y dos de media ración. En el término
de Markinez se encuentran dos ermitas notables, la de San Juan y la de Nuestra
Señora de Beolarra. Estos datos se recogen en el Catálogo Monumental de la
Diócesis de Vitoria. En la actualidad esta localidad pertenece al municipio de
Bernedo y forma parte de la cuadrilla de Campezo-Montaña Alavesa /
Kanpezuko-Arabako Mendialdea.
Ermita de San Juan
La ermita de San Juan está situada en el
término de Markinez, a unos 500 m de dicha localidad, en un entorno solitario
de monte, con árboles y rocas de caprichosas formas. Desde la carretera, al
iniciar la ascensión de una loma, vemos un templo cuya riqueza arquitectónica y
ornamental sobrecoge y transporta a una época pasada. Este privilegiado marco
imprime carácter y notoriedad al edificio. Esta ermita es uno de los monumentos
más hermosos del románico alavés, que fue consagrada en 1226, siendo obispo de Calahorra
Juan Pérez, datos que nos aporta la inscripción que se conserva en la fachada
sur y que reza así:
HEDIFICATIO HUIUS TEMPLI FUIT FACTA SUB ANNO
D / OMINI M CC XX VI NONO KL DECEMBRIS IOHE PETRI / EPO EXISTENTE IN CALAGURRA
ET REGNANTE FERDINA / DO REGE IN CASTELLA ET M ARHIDIACONO IN ARMENTIA / ET
FURTUNIO DE MARQUINIZ ARCHIPRESBITERO IN TRI / VINIO ET GARSIAS DE PANGUA
MAGISTRO IN ARMENTIA / UT VIDENTES HOC SCRIPTUM ORENT PRO ANIMA EPI /
SPECIALITER ET OMNIBUS BENEFACTORIBUS HUIUS TE / PLI.
El volumen que conforma el edificio está
realizado con buenos sillares de piedra, y sus paramentos se adaptan al
desnivel del terreno. Es un solo volumen en el que se pueden distinguir tres
partes: una semicircular, hacia oriente, que corresponde a la cabecera; seguida
de otra prismática, ligeramente más ancha y alta, cubierta a doble vertiente,
que correspondería al tramo del presbiterio; y una tercera que formaría la nave
propiamente dicha.
Esta parte presenta una longitud dupla con relación al
presbiterio y cabecera, y triple tomando como medida sólo el presbiterio,
proporciones que ya se encuentran citadas en Los diez libros de Arquitectura
del romano Vitruvio cuando habla de la belleza de los edificios, en referencia
a las medidas y proporciones que debe haber entre las partes que conforman el
todo. Esta tercera parte se cubre también a doble vertiente y destaca un poco
más en altura y anchura que las dos anteriores, dando un carácter de apertura y
de verticalidad al conjunto.
En el muro sur se concentra una gran profusión
de elementos arquitectónicos repletos de motivos ornamentales. En primer lugar,
vamos a prestar atención a la portada, situada en la parte más occidental del
muro. Se encuentra sobre un muro de sillares resaltado que destaca sobre el
paramento, rematado en la parte superior por una cornisa ajedrezada en voladizo
bajo la que se conservan ocho canecillos lisos de perfil cóncavo en su mayoría,
a excepción de dos: uno situado en el extremo izquierdo, que es liso con el
perfil en arista, y otro situado en el centro, que contiene un volumen
prismático.
Dos columnas superpuestas a cada lado limitan
este marco en el que se encuentra la portada. Tienen los fustes lisos, apeados
sobre basas de garras, los inferiores, mientras que los superiores lo hacen
sobre una moldurada línea de imposta que se extiende a lo largo del muro hacia
los pies y hacia la cabecera, pero en este caso decorada con un contundente
ajedrezado. Coronan estos fustes sendos capiteles decorados con motivos
vegetales distribuidos en dos registros, a base de estilizadas hojas de acanto
superpuestas con las puntas vueltas hacia fuera y detalles de trépano. En el
capitel inferior también podemos ver una cabecita humana situada en la arista
que se asoma entre la hojarasca. Muestra rasgos muy esquemáticos tallados de
forma muy tosca.
La portada muestra un arco ligeramente
apuntado, enmarcado por un baquetón sobre el que voltean tres arquivoltas
decoradas con motivos vegetales, que se alternan con gruesos baquetones y,
cubriendo todo el conjunto, un sobrearco. El baquetón del arco se decora, en el
trasdós, con una sarta de besantes y tres medallones lisos, uno situado en la
clave del arco y los otros dos a los lados, sobre la línea de imposta. La
primera y la tercera arquivolta están decoradas con estilizadas hojas de
acanto, con los nervios marcados y las puntas vueltas hacia fuera. La segunda
arquivolta decora su trasdós con una sarta de besantes, y en el perfil presenta
unos tallos entrelazados, a modo de guirnalda, con óvalos escamosos en el
centro que simulan piñas o frutos granulosos. Este motivo ornamental, repetido
en el románico alavés, nos remite a la Puerta Speciosa de Estíbaliz. Alternando
entre las arquivoltas encontramos baquetones, y como remate del conjunto un
sobrearco, también baquetonado y decorado con besantes en el trasdós, al igual
que en el baquetón del arco y en la segunda arquivolta.
La línea de imposta moldurada sirve de base y
separación entre los elementos sustentados y los sustentantes, que se
encuentran sobre un elevado zócalo corrido y están formados por tres columnas a
cada lado con sus correspondientes intercolumnios, las jambas y el apoyo del
sobrearco. Las columnas que sostienen las arquivoltas tienen los fustes
monolíticos, lisos, se apoyan sobre basas con dobles garras y están rematadas
por capiteles decorados con motivos vegetales. En los capiteles encontramos dos
niveles de hojas de acanto con los nervios marcados y las puntas vueltas hacia
fuera; en la unión entre las hojas se observa una fina labor de trépano y una
pequeña flor en la parte superior, detalle que varía en dos de los capiteles
del lado derecho, donde son sustituidas por pequeñas cabecitas humanas, de
rasgos esquemáticos, que asoman entre la hojarasca y las volutas situadas en
los ángulos, formadas por caulículos. Los intercolumnios tienen gruesos fustes
fragmentados, coronados por capiteles muy desarrollados que se ornamentan con
motivos vegetales: pequeñas flores y hojas de acanto superpuestas en dos
niveles entre las que aparece una cabecita humana, en este caso situada en la
parte superior de la arista del capitel –a excepción del capitel situado en el
lado izquierdo de la portada, realizado con hojas planas muy estilizadas y las
puntas vueltas hacia fuera en la parte superior, con la cabecita colocada en la
parte central de la arista del capitel–.
El apoyo de las jambas es un grueso fuste
fragmentado que apoya en una basa de garras y se remata con un desarrollado
capitel que sigue el mismo esquema que los descritos en la portada en cuanto a
decoración: estilizadas hojas de acanto distribuidas en dos registros con labor
de trépano y marcados nervios. En el lado izquierdo la decoración se amplía con
caulículos que forman pequeñas volutas en los ángulos. El sobrearco apea en un
fuste que se remata con un capitel cuya decoración se divide en dos registros,
el inferior con hojas de acanto y el superior con volutas en los ángulos, entre
las que aparece una cabecita en la cara exterior del capitel del lado derecho
de la portada.
A la derecha de la portada, sobre la moldura
ajedrezada que recorre el paramento, encontramos un ventanal románico. Es un
estrecho y alargado vano rematado en arco de medio punto sobre el que voltean
tres arquivoltas, lisas, con finos baquetones en la arista, y un sobrearco que
decora su trasdós con una sarta de besantes, detalle que también encontrábamos
en la portada. Una línea de imposta moldurada los separa de los elementos
sustentantes: tres columnas a cada lado, con los fustes monolíticos, lisos, apoyados
en basas con dobles garras y coronados, todos ellos, por capiteles decorados
con motivos vegetales, distribuidos en dos registros de preciosas hojas de
acanto con una minuciosa y elaborada labor de trépano. El antepecho escalonado
refuerza la sensación de derrame y abocinado del vano. En esta parte del muro
sur, correspondiente a la zona de la nave, se conservan unos canecillos
medievales, lisos y de perfil cóncavo, bajo una cornisa decorada, en parte, con
un rotundo ajedrezado.
En este muro sur encontramos otro vano
medieval, sobre la imposta ajedrezada y en el tramo correspondiente al
presbiterio. Se trata de un vano largo y estrecho, de características similares
al anterior, rematado en arco de medio punto, cobijado por tres arquivoltas y
un sobrearco.
La primera y la tercera son lisas y llevan un
baquetón en la arista, mientras que la segunda muestra una decoración vegetal
de hojas de acanto con las puntas vueltas hacia fuera. El sobrearco,
baquetonado y liso, decora su trasdós con una sarta de besantes. La línea
moldurada discurre sobre los elementos sustentantes y va desde el intradós del
vano hasta el sobrearco. Como apoyos encontramos tres columnas a cada lado, con
los fustes monolíticos, lisos, apeados sobre basas de dobles garras y rematados
por capiteles decorados con motivos vegetales, siguiendo el esquema y modelo de
los descritos hasta ahora. La decoración, a base de hojas de acanto con las
puntas vueltas hacia fuera, se realiza en dos niveles y presentan una fina
labor de trépano. Los capiteles de los extremos presentan, en la parte central
de la arista, una especie de fruto granuloso, detalle que se repite
simétricamente en ambos lados del vano. Bajo el alero del tejado, una cornisa
lisa cobija cuatro canecillos lisos y de perfil cóncavo.
Marcando el límite que separa el presbiterio de
la cabecera, encontramos una gran columna que recorre el muro desde el zócalo,
sobre el que se apoya, hasta la cornisa del alero del tejado. Tiene el fuste
liso, apoyado sobre una basa de garras dobles y se remata con un capitel
decorado con motivos vegetales distribuidos en dos niveles: hojas de acanto con
las puntas vueltas y, en la parte superior, una pequeña flor en el centro de la
cara exterior. En las aristas y, un poco estropeados, se encuentran unos tallos
largos acabados en bolas. Dos medias columnas de grandes dimensiones se adosan
al muro de la cabecera semicircular y lo recorren en altura, desde el zócalo
sobre el que se apoyan hasta el alero del tejado. Tienen los fustes lisos y
fragmentados, apeados en basas de garras dobles. Los capiteles que los rematan
distribuyen la decoración vegetal en dos registros, en los que podemos ver las
hojas de acanto superpuestas –con las puntas vueltas y los nervios marcados–,
así como los tallos en las aristas que forman bolas en los ángulos superiores,
en uno de los cuales se representa la cabecita de un animal.
La ermita de San Juan es uno de los escasos
templos románicos alaveses que presenta la cabecera semicircular, en una zona
donde predomina la cabecera recta como elemento arquitectónico.
En el exterior encontramos el muro semicircular
de la cabecera dividido en tres partes iguales por las dos grandes medias
columnas, partes que también quedan fragmentadas, horizontalmente, al ser
recorridas por la línea de imposta ajedrezada que nace en el muro sur, a la
derecha de la portada. En el paramento central, entre las medias columnas y por
encima de la línea de imposta, se abre un ventanal románico, similar a los
descritos en el muro sur. Aquí, el vano, rematado en arco de medio punto, está
volteado por dos arquivoltas baquetonadas y un sobrearco moldurado.
El único elemento decorativo se encuentra en el
trasdós de la segunda arquivolta, donde una sarta de besantes recorre el arco.
La línea de imposta moldurada, como el sobrearco, se apoya en dos pares de
columnas con los fustes monolíticos, lisos y apeados sobre basas de dobles
garras, que están rematados por capiteles de motivos vegetales, cuyo ornato se
repite de forma simétrica en ambos lados del vano. Los dos capiteles exteriores
siguen el esquema y modelo de los descritos en los otros ventanales: hojas de
acanto con los nervios marcados y las puntas vueltas, distribuidas en dos
registros. En la parte superior, pequeñas cabecitas asoman entre la hojarasca,
en este caso muy poco marcadas.
Los dos capiteles interiores parecen más
estilizados, al llevar la decoración en un solo nivel. Son hojas planas y lisas
que vuelven las puntas en los ángulos y forman una voluta en el vértice de la
arista. Además, en el capitel del lado derecho, unos tallos recorren la arista
y forman una especie de fruto granuloso a media altura. El antepecho escalonado
acentúa la sensación de derrame y abocinado del vano. También aquí, bajo el
alero del tejado, encontramos la cornisa lisa que cobija los canecillos medievales,
lisos y de perfil cóncavo, cuatro en cada uno de los tres tramos del
semicírculo, que forman la cabecera.
Ventana del ábside
En el muro norte distinguimos el tramo del
presbiterio, donde el límite queda marcado por pilastras, a modo de
contrafuertes. Bajo la cornisa en la que apoya el tejado encontramos cuatro
canecillos lisos de perfil cóncavo. En la zona que corresponde a la nave,
encontramos dos canecillos como los descritos, situados en el contrafuerte bajo
el alero, zona en la que se aprecia la uniformidad de los sillares. El resto
del muro, aunque realizado en buena piedra, muestra señales de derrumbes y
reconstrucción. En el hastial de poniente se abren otros dos vanos gemelos,
abocinados y estrechos, que están rematados por un arco de medio punto sobre el
que voltean tres arquivoltas baquetonadas y un sobrearco doble, cobijando las
dos ventanas. Los baquetones de las arquivoltas continúan por el muro a ambos
lados de los vanos, haciendo la función de elementos sustentantes que llevan
como remate una franja continua decorada con amplias y carnosas hojas,
similares a las que se encuentran en la portada de la iglesia de San Lorenzo,
en Miñano Mayor, o en las basas y capiteles del arco triunfal de la iglesia de
la Purificación de Nuestra Señora, en Lopidana. En esta última también
encontramos cuadrúpedos, que podemos relacionar con el que se representa al
lado izquierdo del ventanal derecho: un cuadrúpedo, esquemático y primitivo en
las formas del cuerpo, que porta una gran cabeza. Sobre los baquetones hay
motivos figurados en un intento de individualizar los capiteles, pudiéndose
distinguir figuras humanas y animales, entre los que destaca una graciosa
ardilla.
El interior del templo es un espacio único en
el que se manifiesta el escalonamiento en anchura y altura que veíamos en el
exterior. La excelente calidad de los materiales se conserva en el ábside, el
presbiterio, las bóvedas y los contrafuertes, siendo notable la diferente
piedra utilizada en los paramentos que, aún siendo de buena calidad, no son
sillares regulares. Se distinguen bien las tres zonas: en la cabecera, el
ábside semicircular cubierto con bóveda de cascarón o cuarto de esfera, apoyada
sobre una línea de imposta moldurada, delimitada por dos finos baquetones
superpuestos a cada lado que nos indican el comienzo del presbiterio.
Esta segunda zona del presbiterio se cubre con
bóveda de cañón ligeramente apuntada y abarca hasta el arco triunfal.
Un arco triunfal doblado y ligeramente apuntado
que apea en pilastras, en el caso del primer arco, y sobre columnas adosadas en
los frentes, en el caso del segundo. El fuste liso va sobre basas de garras
dobles con ensanchamientos planos en los ángulos. Los capiteles de ambos lados
están muy trabajados, siguiendo el mismo esquema y modelo ornamental que la
mayoría de los descritos en el exterior, a base de hojas de acanto
superpuestas, con las puntas vueltas, que forman volutas en el vértice
superior, y con finas labores de trépano. La zona de la nave se cubre con
bóveda de cañón ligeramente apuntada y se encuentra fragmentada en tres por dos
arcos fajones apuntados, sencillos y en arista viva, que continúan a lo largo
del muro a modo de contrafuertes.
En el muro de la cabecera, entre los restos de
la línea de imposta que lo recorre decorada con un elegante ajedrezado, se abre
un ventanal románico, más modesto en dimensiones que el descrito en el
exterior. Es un vano estrecho, con arco de medio punto sobre el que voltean dos
arquivoltas lisas con las aristas en bisel y un sobrearco moldurado como la
línea de imposta sobre la que descansan. Bajo ella, una columna a cada lado del
vano, en la que vemos los mismos motivos ornamentales que decoran los capiteles
y basas del resto de columnas: motivos vegetales superpuestos y trabajados con
minuciosas labores de trépano.
Ventana y capitel de la ventana interior
En el muro sur se encuentran las réplicas de
los dos ventanales medievales exteriores. Los dos son similares al situado en
el interior de la cabecera en cuanto a dimensiones y elementos ornamentales de
basas y capiteles. Uno se halla situado en el tramo del presbiterio, sobre la
ajedrezada línea de imposta, pero las dos arquivoltas que voltean el vano son
baquetonadas, y el capitel derecho, en el registro superior, lleva hojas planas
y lisas, con las puntas vueltas formando volutas en los vértices. El otro ventanal
románico, que se sitúa en el primer tramo de la nave, también tiene las
arquivoltas baquetonadas, aunque sus capiteles se desarrollan en un solo
registro, a base de estilizadas hojas planas y lisas que vuelven las puntas
hacia fuera, motivo que veíamos en el exterior, en un capitel de la ventana de
la cabecera. Más que un cambio de modelo en la decoración, pensamos que se
trata de un non finito, que les privó de las minuciosas labores de trépano. Las
ventanas gemelas del hastial de poniente, en el interior son sencillas y
carecen de decoración.
Otros elementos románicos que se conservan en
el interior del templo son los nichos de las credencias, situados a ambos lados
del presbiterio, bajo la línea de imposta ajedrezada.
La credencia del lado izquierdo presenta un
doble arco de medio punto con la arista rematada en bisel, que se apoya en el
centro sobre una columna exenta de fuste monolítico, liso, apeado en una basa
de garras, y cuyo capitel lleva una decoración vegetal de hojas lisas, muy
planas, en las que destaca el nervio central. Sobre el capitel, un volumen
moldurado, a modo de línea de imposta como la que se encuentra en el muro, a
ambos lados, y bajo la que podemos adivinar restos de baquetones con sencillos
capiteles. En la credencia del lado derecho, el doble arco de medio punto está
rematado por finos baquetones, y el capitel de la columna se decora con hojas
sencillas que vuelven sus puntas hacia fuera, con el nervio central remarcado,
sobre el que apreciamos una especie de fruto granuloso. La moldura del volumen
que va sobre el capitel también difiere de la moldura que decora la línea de
imposta de los muros a ambos lados. Estos pequeños matices nos están hablando
de diferentes manos o de diferentes momentos de ejecución.
Próximo Capítulo: Románico en la Montaña Alavesa, Románico en la Llanada Alavesa
Bibliografía
Azcárate Ristori, José María, Arte Gótico en
España, Madrid, 1990.
Begoña y de Azcarraga, Ana de, Echeverría Goñi,
Pedro Luis y Martínez de Salinas de Ocio, Felicitas (dir.), Monumentos
Nacionales de Euskadi. Álava, t. I, Bilbao, 1985.
Fernández de Palomares, Vidal, “Angosto y sus
alrededores. Tuesta: este lugar es de behetría...”, en Hoja de Angosto, 1975,
pp. 8-11.
Fernández de Palomares, Vidal, “Hallazgo de una
inscripción en la ermita románica de Cárcamo”, en Hoja de Angosto, 1976, pp.
7-10.
Gómez Gómez, Agustín, “La escultura románica en
Navarra, Álava y su entorno”, en Revisión del arte medieval en Euskal Herria,
Cuadernos de Sección. Artes plásticas y monumentales, Eusko Ikaskuntza, nº 15,
Donostia, 1996, pp. 79-101.
Gómez Gómez, Agustín, Rutas románicas en el
País Vasco, Madrid, 1998.
Gómez Gómez, Agustín, “Santa María de Tobera:
una manifestación del románico rural en Álava”, en Kobie, Bilbao, 6, 1989, pp.
269-276.
Laborda Yneva, José (dir.), Álava, iglesias restauradas,
Vitoria-Gasteiz, 2003.
López de Guereñu, Gerardo, Álava Solar de Arte
y de Fe, Vitoria-Gasteiz, 1962.
López de Ocáriz Alzola, José Javier, Tuesta.
Templo de Nuestra Señora de la Asunción, col. Álava. Monumentos en su Historia,
no 6, Vitoria-Gasteiz, 1986.
López de Ocáriz Alzola, José Javier, “La
serpiente a escena. Cuarenta representaciones con serpientes en el Románico
alavés”, Kultura, XI, Vitoria-Gasteiz, 1987, pp. 9-24.
López de Ocáriz Alzola, José Javier, La tête
sculptée: miroir d’une société. Etude de la figure humaine dans les églises du
Pays Basque: Álava, Biscaye et Guipuzcoa aux XIIE et XIIIE siècles, 2 vols.,
Villeneuve d’Ascq, 1997.
López de Ocáriz Alzola, José Javier, Pays
Basque Roman, col. “La Nuit des Temps”, nº 87, “Zodiaque”, 1997.
López de Ocáriz Alzola, José Javier, “Las obras
de canteros y escultores en Valdegovía medieval”, en Vélez Chaurri, José Javier
(ed.), Las Tierras de Valdegovía. Geografía, Historia y Arte (Actas de las
Jornadas sobre Geografía, Historia y Arte en Valdegovía), Vitoria, 2003, pp.
75-101.
López de Ocáriz Alzola, José Javier y Martínez
de Salinas de Ocio, Felicitas, “Arte prerrománico y románico en Álava”, en
Eusko-Ikaskuntza. Cuadernos de Sección: Artes Plásticas y Monumentales, San
Sebastián, 1988, pp. 15-79.
López de Ocáriz Alzola, José Javier y Martínez
de Salinas de Ocio, Felicitas, “Los orígenes del arte cristiano en Álava/Araba:
Prerrománico y Románico”, en Ibaiak eta Haranak. El agua, el río y los espacios
agrícola, industrial y urbano, 6, San Sebastián, 1990, pp. 39-66.
López del Vallado, Félix, “Arqueología
Monumental cristiana en el País Vasco”, en Primer Congreso de Estudios Vascos,
Bilbao, 1919, pp. 755-771.
López del Vallado, Félix, “Arqueología. Las
tres Provincias Vascongadas”, en Carreras y Candi, Francisco (dir.), Geografía
General del País Vasco-Navarro. Barcelona, 1921, pp. 823-895.
Manterola Ispizua, Ismael y Rodríguez Valle,
Esther, “Reflejo del fisiólogo en la portada de Nuestra Señora de la Asunción
de Tuesta (Álava)”, Lecturas de Historia del Arte II (Congreso de Historia del
Arte “La Literatura en las Artes”, Vitoria, 1989), Vitoria-Gasteiz, 1990, pp.
245-248.
Plazaola Artola, Juan, Historia del arte vasco,
t. I: De la Prehistoria al Románico, Lasarte-Oria, 2002.
Ocón Alonso, Dulce, “La arquitectura románica
vasca: tipos, modelos y especificidad”, en Revisión del Arte Medieval en Euskal
Herria. Cuadernos de Sección. Artes plásticas y monumentales, nº 15, Donosti,
1996, pp. 51-78.
Plazaola Artola, Juan, “El arte vasco se
cristianiza (The Basque art is christianised)”, en Revista Internacional de
Estudios Vascos, 46, t. 1, 2001, pp. 61-104.
Portilla Vitoria, Micaela Josefa, Arte
románico. Raíces y evolución, col. Álava en sus manos, IV, Vitoria-Gasteiz,
1983, pp. 41-72.
Ruiz de Loizaga, Saturnino, “El templo
parroquial de Tuesta”, en Boletín de la Institución Sancho el Sabio, XXII,
Vitoria, 1978, pp. 55-85.
Ruiz de Loizaga, Saturnino, “Tuesta, ayer y
hoy”, en Hoja de Angosto, 1981-1982, pp. 7-8.
Sáenz de Urturi, Francisca, Arte. Itinerarios
Artísticos. Valdegovía, Vitoria, 1987.
Urturi, Asunción et alii, “La ermita de Santa
María de Tobera”, en Kultura, V, Vitoria, 1983, pp. 17-23.
Villaverde, Francisco Javier, Descripción e
interpretación de la escultura pétrea románica y protogótica de la Diócesis de
Vitoria (tesina de licenciatura de la Facultad de Teología de Vitoria), s.d.
No hay comentarios:
Publicar un comentario