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miércoles, 19 de marzo de 2025

Capítulo 54-2, Románico en los Valles Alaveses, Románico en la Montaña Alavesa

Tuesta, Bellojín, Villamaderne, Tobera, Markinez

Románico en Valles Alaveses
De las comarcas que constituyen la provincia de Álava, las que conforman el arco sur que rodea Vitoria son las más ricas en románico.
Nos referimos a la comarca de la Montaña Alavesa, al este, los Valles Alaveses (al oeste) y el Condado de Treviño (perteneciente administrativamente a la provincia de Burgos) en el centro.
No es de extrañar que sea así pues se trata de una zona muy influida por el románico navarro y principalmente castellano.

La comarca de los Valles Alaveses
La comarca de los "Valles Alaveses" se corresponVillade con la Cuadrilla de Añana y ocupa el sector occidental de la provincia de Álava, lindando al sur con la Comunidad de La Rioja, al oeste con la provincia de Burgos y al este con el Condado de Treviño.
La denominación de Valles Alaveses se debe a que su orografía está formada por varios valles con sus respectivos ríos que vierten sus aguas en el Ebro.
Desde el punto de vista paisajístico, es un placer contemplar estos valles frondosos y verdes perfilados por las peñas de los montes circundantes y salpicados por pueblecitos encantadores y pintorescos.

Características del románico en la comarca de los Valles Alaveses
La de la comarca de Valles Alaveses es una arquitectura románica madura, muy tardía, de finales del siglo XII y comienzos del XIII. En muchos de estos templos se perciben ya los aires góticos por el apuntamiento de los arcos además de la galanura y naturalismo de su decoración.
Del románico de los Valles Alaveses hemos elegido cinco iglesias interesantes: la de la Asunción de Tuesta, Santos Cornelio y Cipriano de Bellojín, San Millán de Villamaderne, San Juan de Cárcamo y de Santa María de Santa María de Tobera. 

Tuesta
El acceso más rápido desde Vitoria parte de la E5 / N-1 en dirección a Miranda hasta llegar al cruce de los Nanclares de La Oca-Los Llanos, para tomar allí la A-2622 que debe seguirse unos 15 km, cruzando bajo la autopista y pasando por Pobes y Salinas de Añana hasta el cruce de Tuesta, con la A-4320 que lleva al pueblo.
El valle de Valdegovía recibe tal nombre de la peña Gobea o peña Karria, cuya cresta aparece dominante con la vertical de sus 1.127 m, prosiguiendo al sur la sierra de Arcena, que eleva más al fondo los picos de Cueto, con 1.345 m, y Mota, con 1.319 m. Es un valle poblado desde antiguo, con yacimientos prehistóricos en cuevas, castros indoeuropeos, villas romanas, eremitorios rupestres tardoantiguos y monasterios altomedievales. Un factor de atracción recayó siempre en las aguas saladas del río Muera, que dio fama a la villa de Salinas de Añana, a sólo 3 km de Tuesta, aguas arriba.
Quedaba muy próxima la antigua sede episcopal de Valpuesta, vigente hasta fines del siglo XI, en que fue trasladada a Burgos. La comarca estuvo un tiempo bajo el dominio del Señor de Vizcaya, hasta 1379, cuando ya dependía directamente del rey castellano, pasando en 1460 a incorporarse en las Hermandades de Álava, en la Hermandad de Salinas, y en 1463 en las de Valdegovía y Valderejo.
Asomada a la cuenca del río Omecillo, que desemboca 5 km más abajo en el Ebro, Tuesta es una de las treinta aldeas integradas en el Ayuntamiento de Valdegovía, comprendido en la Cuadrilla de Añana, en el sudoeste alavés. Se sitúa en un altozano, a 549 m sobre el nivel del mar, orgullosa de su antiguo esplendor, como muestran los blasones en varias casonas y, sobre todo, su singular iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Se halla en zona fronteriza, lo que puede explicar el carácter militar de su iglesia, que antes de la reforma de 1962 tenía un torreón cuadrado, alto y robusto como una atalaya. Es un dato más que ha provocado la sospecha, para la que aún no hay pruebas determinantes, de una presencia activa de los Templarios, que se sabe que poseían una iglesia y dos casas en la villa de Salinas, y también otra iglesia en Villamaderne y un convento de Atiega, todo ello en un entorno de menos de 5 km alrededor de Tuesta.
La documentación medieval no es muy elocuente con respecto a Tuesta, aunque ya es citada a fines del siglo x. Pero al menos en 1086 hay referencia a dos donaciones de propiedades sitas en Tuesta al monasterio de San Millán de la Cogolla.
En una es el senior Beila García, filio de García Beilaz quien entrega al monasterio con sus casas y pertenecidos de Tuesta: una viña en Pobajas, junto a la dehesa, un huerto y parte en un molino. En otra es domna Sancia quien entrega un collazo llamado Beila Gonsalvez, junto con heredades y molinos.
En 1136, Martín, un clérigo de Tuesta, dona sus casas y posesiones a Valpuesta. Otro vecino de Tuesta es citado en 1156. Gonzalo de Tuesta entrega en 1182 al abad de Bujedo una era de sal en Salinas. Cuando Diego López de Haro compra en 1195 una casa en Villamaderne, el primer testigo citado es Joanes, presbiter de Tuesta. Como conclusión, parece que en estos siglos xi y xii era un lugar próspero, con tierras de labor, huertos, ganado y molinos, y en particular con viñas en Pobajas y Vallejo, entre Tuesta y Alcedo, o en Villaseca, además de participar en eras de sal, canteras y yeserías próximas.
Respecto a la historia reciente, no podemos olvidar la intervención restauradora realizada en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción a partir de 1962 bajo la dirección del arquitecto Jesús Guinea. Tratando de poner en valor su arquitectura románica se suprimió el coro renacentista, se tapiaron los vanos de las capillas delanteras –que daban impresión de un falso crucero– y se trasladó el retablo mayor a una capilla del Sur, donde quedaba achicado y desmochado, de donde se ha llevado recientemente al hastial del oeste, donde ha recuperado su porte. Se reordenaron las capillas y anexos, se remodelaron algunos elementos interiores, de arquitectura o talla, y se incorporaron en espacios libres dos ventanales y algunos canes procedentes de Betolaza. El tejado fue deslastrado, es decir, muchas losas originales fueron sustituidas por teja, y se desmontó el enorme torreón que cabalgaba sobre el último tramo de los pies.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción está construida con buenos sillares de arenisca amarillenta y fina, y con pulcritud de talla en los relieves. Presenta planta de una nave alargada, dividida en cuatro tramos, más el del presbiterio, que va cerrado por cabecera poligonal, articulada en cinco paños donde se abren sendos ventanales. Conserva un tipo particular de pila bautismal gallonada, modelo quizá inspirado en las tinas de metal, de rara originalidad, aunque también se encuentra en la iglesia alavesa de Lalastra.

Al exterior se aprecia la elegancia de la cabecera, dispuesta casi como una rotonda achaflanada en que las cinco ventanas abren bajo arquerías que apoyan en fuertes estribos. Un sistema semejante se descubre en las cabeceras de San Nicolás, de Miranda de Ebro y de Ameyugo (Burgos) –esta última trasladada a los Estados Unidos–. Constituyen, iniciado ya el siglo XIII, un avance de las soluciones góticas más ágiles que desplazan las presiones laterales sobre los arbotantes. Abundan en Tuesta las marcas de cantero, visibles tanto al interior como al exterior, pudiéndose distinguir hasta una decena de tipos diferentes.





Ventana del ábside 

Capiteles de la ventana

Capiteles de la ventana

Ventana del ábside 

Capiteles de la ventana 

Ventana del ábside 

Capiteles de la ventana 

Capiteles de la ventana 

Al interior, el presbiterio se cubre con bóveda de gallones, confluyendo seis ojivas en la clave, integrada por un clípeo representando a los ángeles con la cruz, y por un sillar encarado hacia la nave, en que Cristo Pantocrátor bendice y muestra en el libro su mensaje. Se subraya así una marcadísima intención de presidencia cristocéntrica como –salvando las enormes distancias, y yendo a los ejemplos más sobresalientes– en los célebres mosaicos de Cefalú y Monreale. Los tramos se cubren de ojivas, y se sustentan en anchas pilastras donde apoyan hasta ocho columnas acodilladas, dos más anchas en el frente, según un característico apoyo de la llamada escuela hispano-languedociana. Es un sistema muy racional, que permite una estructura robusta, concentrando las cargas de los apoyos.

Ábside central 


El nombre de Elías aparece escrito en el libro de Cristo coronado, como posible indicativo del responsable de la obra: Elias me fecit (“me hizo Elías”). La posición del busto de Cristo, en la clave del arco triunfal, domina la arquitectura y el conjunto de representaciones de la iglesia.
Es la suprema posición jerárquica: Dios desde su morada celestial. La autoridad y el reconocimiento de Elías debían de ser absolutos para permitirse colocar allí su nombre. Es un caso único, no sólo en el románico, sino en todo el arte medieval alavés, y en realidad en ningún período artístico del entorno hay parangón con tal proclamación de autoría al amparo de la imagen divina. En el arte universal tampoco son frecuentes los casos de firmar en la piedra sobre un testigo tan sagrado, salvo el de Miguel Ángel joven grabando excepcionalmente su nombre sobre una cinta que cruza el pecho de la famosa Piedad del Vaticano.
La página que abre Cristo en el citado libro muestra una inscripción tajante:
O DIVES DIVES / NON OMNIS TEMPORE VIVES / FAC BENE DEO IN VIVIS / POST MORTEM VIVERE SI VIS / ELIAS ME FECIT
La traducción más lógica del dístico latino, obviando la correcta declinación del omnis, por supuesto error gramatical, sería: “Oh rico, rico, no vivirás para siempre; según Dios haz el bien a los vivos si quieres vivir después de la muerte. Elías me hizo”. Es indudable la referencia en la frase a la parábola evangélica del pobre Lázaro y el rico malvado (Dives), en el evangelio de San Lucas 16,19-31. Se confirma el dato al encontrar casi la misma frase en un capitel del magnífico claustro de la catedral de Monreale, en Sicilia, que suele datarse hacia el último cuarto del siglo XII. Esta inscripción aparece grabada sobre un doble capitel, el octavo de la arquería norte, cuyas caras se cubren de escenas alusivas a la misma parábola del pobre Lázaro. Allí la inscripción exacta es: O DIVES DIVES, NON MVLTO TEMPORE VIVES, FAC BENE DVM VIVIS POST MORTEM VIVERE SI VIS. Puede interpretarse como: “Oh rico, rico, no vivirás mucho tiempo; haz el bien mientras vives si quieres vivir después de la muerte”.
Exactamente la misma inscripción se halla en la ruinosa iglesia de Santibáñez del Río, que se halla a 6 kilómetros de la ciudad de Salamanca, siguiendo la ruta que lleva a Villamayor, donde se encuentran las canteras que han proporcionado la famosa piedra dorada de Salamanca. En el intradós del salmer de la portada meridional hay sendas inscripciones en latín medieval. En la de la derecha también puede leerse: O DIUES: DIUES / NON OMNI TEMPORE /UI[U] ES: FAC BENE DUM / [UI] UIS POST: MORTE[M] / UIUERE SI UIS. El dato aparece en los libros divulgativos del románico salmantino. A esta iglesia se le ha datado en la segunda mitad del siglo XII, momento de interés por el auge constructivo que se vive en la catedral de Salamanca, con fecundos talleres escultóricos, como el de Gundisalvus taiador citado en un documento de 1164. Puede pensarse que es un lugar de gran afluencia de canteros, escultores y artífices.
El adagio en verso latino, O dives, dives…, estaba difundido entre clérigos medievales y, como otras rimas leoninas, fue recopilado por Julius Wegeler en 1869. Podemos reconstruir algo mejor el texto completo, tal como lo muestra una recopilación de textos medievales puesta por escrito en el último cuarto del siglo XV, editado por Hans Walther (ICVL = Initia Carminum ac Versuum medii aevi posterioris Latinorum, Göttingen, 1959; Carmina medii aevi posterioris latina I), f. 152v: O diues diues non omni tempore viues. Fac bene dum viuis post mortem viuere si vis. Da tua dum tua sunt. Post mortem tunc tua non sunt…: “Oh rico, rico, no vivirás todo el tiempo. Haz el bien mientras vives, si quieres vivir después de la muerte. Da tus cosas mientras son tuyas, pues después de la muerte ya no lo son”.
Gracias a la excepcional aportación de esta imagen rectora, la de Cristo amonestando al buen uso del tiempo y de la riqueza, contamos con un mensaje explícito en el libro abierto. Éste alude directamente a textos del Apocalipsis de San Juan, en particular, el cap. 20,12: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras”. Así se corrobora el carácter apocalíptico del mensaje, recordando el juicio y, entre sus signos, el libro en que quedan consignadas las obras buenas y malas de los vivos, y el libro en que consta el nombre de los elegidos. Cristo aparece bendiciendo con su diestra, como signo de su omnipotencia, de su poder benefactor, y de su acogida a los elegidos.
Podemos, pues, considerar como segura la existencia de una idea clave en torno a la que se desarrolla el programa director de la obra de Tuesta, al que tanto su arquitectura, con un simbolismo más envolvente y difuso, y sobre todo la iconografía esculpida, necesariamente van a plegarse. Porque el mensaje de la clave va mostrando sus ecos, en primer lugar, en la zona inferior de la misma clave: dos ángeles elevan ceremoniosamente una gran cruz patada, con astil del tipo procesional, que ostentan sobre bandilia. Es el signum Christi por excelencia, que justifica el carácter de Cristo como Rey, Señor y Juez. En su enorme riqueza simbólica la Cruz evoca el árbol de la vida del Paraíso, la expansión de sus frutos hacia los cuatro puntos de la Tierra, el eje del tiempo y de la eternidad, la Muerte y la Vida. Ambos motivos, el Pantocrátor y los ángeles stauróforos, además de otra clave con motivo solar, conservan la pintura de tonos animados que denota claramente su particular importancia.
Por otra parte, la forma de la cruz, con sus brazos ensanchados hacia los extremos, como cruz patada, con un medallón circular en el centro donde se cruzan los brazos, y su astil, parece una viva imitación en piedra de la cruz de orfebrería. En concreto, la escena de los ángeles con la cruz y el tipo señalado evocan en particular la célebre Cruz de los Ángeles, la obra maestra de la orfebrería del Arte Asturiano, datada en el año 808, y cuya tradición legendaria aseguraba que había sido labrada y transportada por los mismos ángeles, por lo que muy tardíamente se hicieron dos ángeles acompañantes que se colocaron a ambos lados.
Es de esperar que ante un mensaje tan explícito, se refleje su eco en otras figuraciones esculpidas de la iglesia. En su interior se cuentan setenta y cinco capiteles, aunque varios han perdido su talla original por las remodelaciones.
La mayoría tienen temática vegetal, pero casi treinta se dedican a figuraciones humanas y, menos una extraña figura con alas, todas son cabezas, solas, o agrupadas. En total son treinta y tres cabezas en los capiteles interiores, de ellas tres parecen cabezas diabólicas, con rasgos bestiales y gesticulación exagerada; otras diez muestran un claro patetismo por el entrecejo fruncido y mostrando los dientes; y una veintena parecen serenas, cuatro de ellas femeninas, fácilmente reconocibles por la alta toca con barbuquejo que señala su alto nivel social. Probablemente es exactamente idéntico el rasgo de las cabezas masculinas, pues en varios casos están emparejadas por la posición.
Esto las convierte en destinatarias directas del mensaje que refleja el libro abierto, dirigido a los ricos. La extrema diversidad de los gestos, ostensible sobre todo en los rostros patéticos, conduce fácilmente la interpretación en la línea de verificar en las cabezas una reacción positiva o negativa como un efecto ya cumplido del mensaje del libro. Como un anticipo, el juicio ya se ha llevado a cabo. Las cabezas pueden interpretarse como una evocación genérica de los difuntos. Unos ricos han seguido el mensaje divino y se muestran alegres y serenos, otros no lo han seguido y se retuercen de dolor por el castigo, pareciéndose cada vez más a los diablos.





También en los capiteles exteriores de la cabecera y en los canes sobre la portada siguen apareciendo cabezas doloridas, cuatro en concreto, que reflejan hacia el exterior el clima de gran disyuntiva provocada por el juicio evocado por el libro del Pantocrátor, pues también hay una veintena de fisonomías sosegadas. Los canes de la cabecera no se despegan mucho de la tensión interior, porque siguen siendo dominantes, en una decena, los gestos hoscos de cabezas monstruosas, frente a sólo cuatro bustos serenos, algunos con rasgos naturalistas, como un retrato varonil y un busto de joven asomado a una balconada. Una graciosa tortuga supone una excepción pintoresca, que si unimos a unas liebres de otros canes, pueden evocar ecos de las fábulas de Esopo.





Podemos encontrar encajados en los muros de esta iglesia varias piezas interesantes que proceden de la iglesia alavesa de Betolaza, situada al norte de Vitoria. Fueron traídas en el momento de la citada restauración de la iglesia de Tuesta en la década de 1960. Por un lado se trata de dos ventanales intestados en los muros norte y sur del último tramo de la nave, abriendo el del sur hacia el pórtico. Sus motivos ornamentales son muy simples, a base de taqueado, dentellones y vegetales estilizados. También en el muro norte se añadieron a la hilera dos nuevos canes de Betolaza, que representan un personaje desnudo, deteriorado, y una típica lucha de villanos.

La portada es un compendio de variadísimas figuraciones, y aún es posible ver en ellas rastros de pintura que posiblemente las destacaban aún más. Las arquivoltas se escalonan en número de siete, empezando por dos geométricas, una con amplios dientes de sierra y otra con festones. La tercera, dedicada a los ángeles, es un bello arco de diez ángeles músicos, muy del vocabulario gótico, y la cuarta es un caleidoscopio de los llamados oficios, siguiendo la tradición románica. Son más de treinta figuras sentadas, y detalladas en atributos y gestos. Hay figuras grotescas, satíricas, lectores de libros con orejas de burro, un avaro con saco de monedas y gestos de desesperación, sumándose al impacto del juicio moral contra la avaricia, señalado también en el interior del templo. También hay uno o varios ceramistas, dos mujeres con cofres en las manos, evidentes signos de riqueza; algunos están comiendo, bebiendo de una copa y durmiendo, otros dos se pelean.
Hay monjes leyendo y varios músicos, uno de ellos con un gesto similar al de tocar el txistu, pues maneja la flauta con la izquierda y percutiría lateralmente el tambor con la derecha, rota.
Una lectura afinada podría enlazar esta temática con el programa interior, aunque la prudencia aconseja tener en cuenta que la portada es presumiblemente bastante más tardía que el interior del templo. Pero se advierte una insistencia moralizante en poner en solfa la riqueza, reflejada en los cofres y utensilios, la avaricia de la bolsa de monedas, las peleas de iracundos y las frivolidades o vicios del mucho comer, el mucho beber, la pereza del durmiente, o la música profana. La sátira alcanza a los ilustrados o clérigos con orejas de asno, lo que parece referirse al vicio de la vanidad o del orgullo necio. En el extremo inferior derecho de la siguiente arquivolta, un hombre desnudo, itifálico, alude a las actitudes procaces. Todo hace pensar que se están criticando los vicios y no sólo relatando los oficios.
La quinta arquivolta ofrece un tono bastante más inquietante que moral. Puede caracterizarse como las Alimañas terrestres, pues hay más de una docena de cuadrúpedos, en general felinos, alzando las patas o sacando la lengua, pero también se entremezclan esfinges, un grifo y la hidra o dragón de siete cabezas, además de cinco aves, que parecen anunciar el tema de la siguiente. En la sexta son las aves el motivo dominante, alternando con anchas hojas trifoliadas, pero también la lucha tiene su puesto, con la violencia del dragón que va a devorar a un niño, o el empuje de los guerreros que atraviesan a un dragón con la lanza, o a un león rampante con la espada.


Sobre esta escena sorprende encontrar una preciosa imagen entronizada de la Virgen con el Niño, ambos con los gestos y atributos habituales: el Niño bendiciendo y con el libro, la Virgen con una flor en su mano. Constituye un confortante signo de esperanza en un ambiente de fuerte tono agresivo. Por fin, la séptima culmina este arco iris de escultórica paleta con un predominante bucólico, entre corderos y cabras, puercos y vacas que pastan, los pastores, con sus perros y sus flautas, cuidan los rebaños, más algunos cazadores con sus dardos y perros. Les acompañan cópulas de animales y personas –esta escena semiborrada intencionalmente–, alguna escena de trabajo, y, como contrapunto, un centauro sagitario, más dos grupos identificables: Sansón desquijarando al león, y San Jorge y el dragón.
Cualquier intento de estructuración lógica del conjunto debe contar con las refecciones y restauración, o con la posibilidad de que las piezas preparadas para el montaje pudieran en algún caso desajustarse. De hecho, en el interior de la iglesia se conservan varias dovelas esculpidas como las de la portada, que se ve que quedaron excluidas del montaje. También se ven in situ cuatro cabezas de ángeles y otros fragmentos rehechos por la restauración del año 1962 y siguientes.
Puede decirse que hay bastantes elementos concordantes, junto a inclusiones que no encajan tan fácilmente.
Las arquivoltas más homogéneas son las tres centrales: coro de ángeles músicos, las actividades humanas vistas desde sus connotaciones negativas, y las alimañas amenazantes. El orden jerárquico sería, pues, inverso a su nivel de altura, pero no parece que ese aspecto tenga connotación particular, sobre todo sin un tímpano que organice un programa muy determinado. Conviene, por tanto, completar la información estudiando los capiteles antes de aventurar una interpretación.

Sobrepasando la amplitud del abocinamiento, ocho columnas por lado brindan una inusual majestuosidad a la portada. Menos una, todas tienen capiteles historiados cuajados de expresivas figuritas, que incluso prosiguen en las jambas, flanqueando la puerta.
Iniciando la lectura en la banda izquierda, desde la puerta hacia fuera, resumimos lo más identificable: representaciones de una pareja enlazada que recuerda el tema de la concordia y los villanos iracundos luchando, conforme al tema de la discordia; una mujer dando de beber a un hombre; el abrazo de un hombre y una mujer, observados por un clérigo con su libro; otro personaje que calma a uno que le amenaza con un garrote; dos verdugos dando latigazos a un desventurado; y por fin San Miguel dominando con su lanza al dragón infernal.

Al otro lado, las primeras figuraciones desde la jamba representan un centauro sagitario apuntando con su flecha a un grifo, y el enfrentamiento de dos parejas de arpías y otras dos de dragones. Los dos capiteles siguientes quedan unidos porque saltan de uno a otros dos perros que, con un tercero, acuden hacia un hombre que los tienen atraillados, mientras al lado un hombre estrangula a otro para adueñarse de una mesa con objetos, que el otro pretendía alcanzar. La interpretación más probable, a nuestro entender, concierne a una paráfrasis de un texto bíblico: la ya citada parábola del pobre Lázaro y el malvado rico (Lc.16,19-31). Lázaro pretende alcanzar las migas de la mesita redonda, pero se lo impide el criado, que lo estrangula, y el rico malvado azuza su perro contra él. En la parábola se citan los perros en sentido compasivo, pues le lamían las heridas; aquí manifiestan la dureza de corazón del avaro. Contrasta en el siguiente el mensaje más radicalmente opuesto: la caridad de San Martín a caballo, volviéndose a dar la mitad de su capa al pobre.
Por fin los dos últimos evocan los dominios infernales, es decir, la meta del camino de perdición, que ya se esbozaba en muchas escenas. En uno de los capiteles se observan las piernas de tres personajes cuyos cuerpos han sido eliminados por falta de espacio al encajar el capitel.
En cambio perdura la lucha de dos diablos enzarzados, junto a otros dos que arrastran o lanzan a sendos condenados, hombre y mujer, a la boca de Leviatán. Así que, por un lado hay escenas de carácter moral, insistiendo en temas de violencia o de avaricia, con sus contrarios: concordia y la proverbial generosidad de San Martín; por otro, visiones escatológicas: San Miguel en el definitivo combate contra el dragón infernal y el eterno castigo del infierno, representado en la boca de Leviatán. Todo es muy indicativo de que se pretende lanzar un mensaje muy directo de exhortación religiosa. Y tal propuesta encaja bien con la interpretación ético-moral que hemos hecho de las figuraciones de la cuarta arquivolta, además de otros ecos repartidos por las demás. En suma, se presenta como una lógica continuación del programa esencial marcado por el Pantocrátor de la clave y su libro abierto.

En lo alto de la portada, aprovechando un entrante del muro recubierto por una arcada, se ha dispuesto un fino conjunto de siete esculturas de bulto redondo, que sobrepasan el metro de altura. Ya son claramente góticas, y su datación apunta a las últimas décadas del siglo XIII, algo antes del 1300. Dadas sus actitudes mesuradas, sus gestos cortesanos y los pliegues naturalistas de sus vestimentas, pueden ponerse en relación con las estatuas de la Catedral de Burgos, en especial las que pueblan las torres, pináculos y arcos de las zonas altas, siguiendo la estela del maestro del Sarmental en décadas muy posteriores.
Pero la más estrecha proximidad iconográfica puede relacionarlas de manera especial con los grupos de la Anunciación y de la Epifanía de la iglesia de Villalcázar de Sirga (Palencia), que era en ese momento una encomienda de los caballeros del Temple y centro de un muy importante bailío de la orden. Ejemplos de la Epifanía en el románico muy tardío los hallamos en la Antigua de Bañares (Rioja), y en la iglesia burgalesa de Ahedo de Butrón, con parecida composición a la de su próxima Gredilla de Sedano, donde se trata en realidad de una Anunciación y Coronación.
En Tuesta también se yuxtaponen dos escenas del Nuevo Testamento, típicas de la vida de la Virgen y la Encarnación del Verbo: la Anunciación y la Epifanía.
En la primera, ocupando el extremo derecho, el ángel Gabriel anuncia la noticia de su próxima maternidad a María, que se inclina humilde y ocupa el lugar inferior de todo el conjunto. En cambio se halla de nuevo entronizada en el punto superior y central del friso con su Hijo, sobre su brazo izquierdo; le acompaña San José y se le acercan por la izquierda los tres Magos oferentes. La Virgen que preside estas escenas se hacía ya presente, a tamaño reducido, como se ha indicado, en una de las arquivoltas. Pero en el friso superior se reviste de un carácter apocalíptico, pues bajo sus plantas yace pisoteado el dragón del Apocalipsis. De fecha similar, pero tallada en madera y luciendo magnífico revestimiento polícromo, se halla expuesta a la veneración en el interior de la iglesia la imagen de la Virgen Blanca, que constituye, como toda la iglesia, el orgullo y foco más entrañable de los tuestanos.

Quien se acerque a visitar la iglesia de Tuesta, conociendo el arte de las demás iglesias de la zona de Valdegovía, pronto advertirá que es diferente, que constituye una excepción. Quien la visite sin conocer el resto, se sorprenderá también por encontrar un nivel de calidad inesperado, tanto en la arquitectura como en los relieves esculpidos. Por otro lado, no se han hallado aún pruebas documentales ni paralelismos artísticos que ayuden a explicar definitivamente su carácter diferencial. Como en la casi totalidad de los monumentos medievales de esta zona, los documentos callan y sólo las piedras hablan.
La iglesia de Tuesta parece una especie inédita, un unicum en Álava. Se palpa un lenguaje y un estilo que sobrepasan la ruralidad. Se respira un perfume de exotismo particular, quizá conformado por acentos meseteños, fácilmente detectables, pero eso no lo explica todo.
Se pueden seleccionar, al menos, siete caracteres tan peculiares, que obligan a interpretarla con mención aparte:
– Una cabecera especial, por dentro y por fuera, tanto en la arquitectura como en los detalles esculpidos en canes y capiteles.
 – La clave presidencial, desde la que el Pantocrátor ostenta el libro y su mensaje moral, con la firma: Elías me fecit.
– El estilo de columnas binadas en el frente y escalonadas en racimo, soportando sencillas pero recias bóvedas de ojivas. Todo ello la inscribe en el gran grupo de iglesias de tipo languedociano, que en la península se adscribe casi a la demarcación de la antigua Tarraconense, más algunos ejemplares que llegan hasta el Tajo. Los cistercienses y las órdenes militares contribuyeron al desarrollo de esa corriente.
– Abundancia de cabezas gesticulantes, tanto en el interior –capiteles–, como en el exterior –canes–. El fenómeno de acumulación de tales cabezas recuerda al que se produce en el triforio de la catedral de Burgos, o de Toledo, y en los muros de Villalcázar de Sirga.
– Amplia portada, con trabada combinación de motivos que forman una gran enciclopedia animada de esculturas. La temática muestra raíces románicas, desarrolladas con lenguaje expresivo ya gótico. Recuerdos en la configuración de la portada principal de Villalcázar de Sirga, también dedicada a Santa María la Blanca.
– Un friso superior gótico con siete estatuas representando la Anunciación y Adoración de los Magos. El estilo tiene aires cortesanos como cierta estatuaria de la catedral burgalesa y otros singulares ejemplos góticos. Una vez más se advierte el paralelismo con Villalcázar de Sirga.
– La interrogante que provoca la inusual presencia de un gran torreón defensivo sobre la parte occidental de la nave, que fue suprimido en la restauración de hace cincuenta años. Queda ahora una ligera muestra alusiva al carácter defensivo en el altísimo arco alancetado que sirve de descarga en el muro de los pies.

En resumen, no hay pretensiones catedralicias, por dimensiones o monumentalidad, pero sí una calidad y una intencionalidad que claramente sorprenden como extrañas al compararlas con otros ejemplos rurales de su entorno inmediato y del conjunto de Álava. Las comparaciones de estilo con otros monumentos de la época, sitúan con claridad las fases constructivas de lo esencial de Tuesta a lo largo del próspero siglo XIII. Su obra aparece como paralela en el tiempo de obras de tanta envergadura como la Catedral de Burgos, y muestra sorprendentes paralelismos con la iglesia templaria de Villalcázar de Sirga, también dedicada a Santa María la Blanca, ambas con magníficas imágenes de devoción mariana.

 

Bellojín
Bellojín dista 40 km de la capital alavesa. Para alcanzarla desde Vitoria-Gasteiz deberemos dirigirnos por la N-I en dirección Burgos-Madrid, hasta la salida 340 del polígono industrial de Los Llanos de Nanclares de la Oca. Se continúa por la carretera A-2622 y se avanza por la travesía de Pobes. Desde allí, hasta Espejo donde se prosigue por la A-4328 hacia Villamaderne. A escasos dos kilómetros de atravesarla, se alcanza Bellojín. Está ubicado en la margen izquierda del río Omecillo y al sur de la Sierra de Arkamo.
Hasta el siglo XI el territorio que ocupa el municipio de Valdegovía, junto al de Lantarón y Añana, perteneció de forma alternativa al reino de Navarra y al de Castilla. En 1273 Alfonso X el Sabio renovó los Fueros de Valderejo, reconociendo la petición de sus pobladores que, al pasar de realengo a propiedad del Señorío de Vizcaya, temían perder sus privilegios y condiciones jurídicas, solicitando unas garantías que les protegieran.
A mediados del siglo XII aparece en diversos documentos medievales bajo el topónimo de Villausi, e irá derivando en Villoxin, Villa Oxim y Villosin a mediados del siglo XIII. Parece hacer referencia a una villa que se corresponde a un nombre propio de persona. Sin embargo, no queda constancia de este pueblo entre las aldeas de la Reja de San Millán.
Según las noticias del licenciado Martín Gil, ya en el siglo XVI eran muy pocos los vecinos que poblaban esta localidad. Hoy está incluida en el concejo de Villamaderne, de la que dista dos kilómetros, e incluida en el municipio de Valdegovía.

Iglesia de San Cornelio y San Cipriano
Esta iglesia, situada en una explanada del pueblo de Bellojín, está dedicada a San Cornelio y San Cipriano de Cartago, Papa y Obispo del siglo III, que sufrieron las persecuciones y martirios de los primeros cristianos. El Cartulario de Valpuesta fecha en 913 el monasterio de San Cipriano de Pando, que ha sido atribuido en numerosas ocasiones a este de Bellojín.
El edificio de mampostería que hoy contemplamos es fruto de una reciente restauración, donde se suprimió el habitáculo de la sacristía aneja, en un intento por recuperar su estructura original datada a finales del siglo XII.
Tiene una única planta rectangular y ábside semicircular, que definen el volumen exterior. En el lateral sur, junto a la portada, se adosa una torre de planta cuadrada, en cuyo piso superior se albergan las campanas. En los cuatro lados se abre un arco alargado de medio punto. El interior del cuerpo de la torre queda iluminado por dos pequeñas ventanas rectangulares.

La portada dispuesta en el muro sur está formada por un arco apuntado, bajo una arcada de iguales características, pero con decoración jaqueada y una moldura en el borde que une ambas impostas. Bajo éstas, muy geométricas y sencillas, encontramos los capiteles ornamentados con diferentes motivos. En el de la izquierda, unas flores se concentran en su parte superior, muy circulares y con relieve, mientras que en el capitel derecho hay dos aves de cuerpo ancho y ambas cabezas giradas hacia el ápice del capitel. En este capitel encontramos también una serpiente enroscada sobre una de estas aves a la que parece atacar.
De los collarinos arrancan fustes lisos que descansan sobre basas sencillas muy deterioradas. En el lado derecho de la puerta de acceso podemos apreciar en un sillar una cruz latina tallada, patada en su brazo más largo.

Portada

Capitel de la portada 

Capitel derecho, siluetas desgastadas de dos animales alados con cola de serpientes 

Entre los pocos vanos que iluminan su interior, hemos de destacar el ventanal de la cabecera. Se trata de una estrecha saetera enmarcada dentro de una ventana, con un arco de medio punto apuntado de doble bisel. Se apoya sobre dos columnillas con decoración vegetal en sus capiteles. El capitel de la izquierda está formado por hojas planas, que en su parte superior acaban en picos con unos remates y con bolas. El capitel derecho está compuesto de hojas con mucho volumen, que ocupan todo el tambor, y con flores circulares. Bajo el collarino se alzan los fustes monolíticos, sobre sencillas basas en pequeños plintos rectangulares. Este ventanal aún conserva la parte de la pintura mural que decoraba la iglesia, a base de color rojizo y trazos negros.

Ventana del ábside

Capitel de la ventana 

Capitel de la ventana 

En el muro norte ha quedado huella de otro acceso de arco de medio punto, posiblemente posterior, y tapiado en alguna de las reformas, así como una hornacina alargada, que debió de ser de utilidad cuando le fue añadido un anexo a este lado del edificio.
Entre este vano y la portada encontramos incrustado otro capitel que ahora forma parte del paramento del lateral sur. Junto a él, se ha conservado lo que parece ser parte de otro ventanal, con la basa que debía sostener la columna que soportaba el otro capitel perdido. Este capitel muestra también una decoración vegetal formada por una especie de espigas, dobladas hacia fuera, acomodándose al espacio del capitel, y con incisiones en V.

Junto a estos restos románicos de fábrica del edificio original, encontramos también en ambos laterales varios canecillos. Entre éstos, los más interesantes son los figurativos. En el muro sur hay una cabeza monstruosa de largo cuello, con grandes ojos almendrados, una especie de cresta, y una gran boca semiabierta con labios muy gruesos que dejan entrever sus dientes trazados a través de una línea en zigzag. A su derecha encontramos una figura humana, de cabeza alargada, y vestida con una túnica de pesados pliegues, que porta una bola en su mano izquierda. Bajo el alero del muro norte se han conservado otros dos canes con cabezas de rasgos animalísticos, una de ellas con grandes ojos y un acentuado hocico, y la otra, de características muy similares pero de menor tamaño y con la cabeza cubierta por una especie de casco. El resto de canecillos, la mayoría lisos, tienen forma de quilla y carecen de ornamentación.


En un pequeño tramo bajo el alero se ha conservado una decoración formada por tres franjas con triángulos, a modo de cenefa, que parece que debió de ocupar una parte importante del edificio.
En su interior, la nave está dividida en tres tramos –separados por unos arcos fajones– que se cubren con bóveda de cañón. El ábside es semicircular y se cubre con bóveda de horno. Se accede al presbiterio a través de un arco triunfal de perfil apuntado, que reposa sobre los dos capiteles de las columnas adosadas a las paredes del arco. Ambos están decorados con temas historiados. En el de la izquierda aparece un hombre desnudo, con una postura encogida pero imposible. Tiene la cabeza triangular y cabellos muy lineales que arrancan de la cabeza y rellenan el resto de la parte frontal del capitel. Esta figura está flanqueada por dos serpientes dispuestas en las aristas, de gran cabeza y gesto amenazador, con larga cola. Parecen estar asfixiando un animal cuadrúpedo de características felinas. La escena se repite en ambos laterales. El dinamismo de esta escena se ve acentuado por las líneas curvas que parecen entremezclarse, como ocurre en el capitel derecho.


Capitel interior norte

Capitel interior sur 

Capitel interior sur 

Capitel sur de la nave 

En el lateral derecho encontramos a dos hombres en los vértices, con el mismo tratamiento en el rostro y en el peinado que veíamos en el capitel izquierdo. Una de estas figuras humanas se presenta barbada y desnuda, con las piernas abiertas, mostrando una torsión imposible; la otra, de pie con la cabeza rehundida, y vistiendo un largo hábito con un cinturón sobre el que apoya sus manos. Quizá pueda tratarse de un monje por el atuendo, pero la escena no nos aclara esta hipótesis. En el centro, un gallo se adapta al espacio que queda entre las dos figuras. A ambos laterales aparece un pez y otro animal cuadrúpedo rampante. La temática es de difícil interpretación, pero es una buena muestra de dinamismo y movimiento en el arte románico alavés, conseguidos a través de torsiones en sus personajes, con líneas curvas. El fuste de las columnas es liso, y las basas se apoyan sobre plintos de base cuadrangular, sin ninguna particularidad.
El arco que separa la parte central de la nave y los pies está apoyado sobre dos columnas con capiteles de decoración mucho más esquemática. El de la izquierda tiene una guirnalda con bolas en los ápices, mientras que el de la derecha –con una decoración más fina– tiene unas conchas alargadas que cuelgan de los vértices superiores y un dibujo geométrico y lineal entre ellas. Bajo ambos capiteles, el collarino se decora con un sogueado. Los fustes y las basas son muy sencillos y sin decoración.
En el interior encontramos una pila bautismal de copa ancha y grandes dimensiones, pero sin decoración, que descansa sobre una gruesa moldura redondeada en un pie cilíndrico de poca altura.

Villamaderne
Esta localidad se encuentra a 34 km de Vitoria-Gasteiz y a 20 de Miranda de Ebro, en el Valle de Valdegovía. Para acceder a ella desde la capital alavesa hay que tomar la N-I hasta Nanclares de la Oca, donde se enlaza con la carretera A-2622. Pasados los pueblos de Pobes, Salinas de Añana y Espejo, se llega a Villamaderne.
El Valle de Valdegovía formaba parte de la Merindad de Castilla la Vieja, de la Hermandad de Álava, con el único fin de mantener las defensas frente a malhechores, a modo de protección. En el siglo xii permaneció bajo el poder de Alfonso VII. Durante este siglo, en el año 1146, fue concedido el Fuero de Cerezo a varias localidades del Concejo de Espejo, entre ellas Villamaderne y sus aldeas más próximas, como Bellojín y Tuesta.
Entre los linajes que dejaron huella en esta localidad encontramos a los Velasco y los Sarmiento, ya a finales del siglo xvi. Una de las huellas más evidentes del poderío de esta nobleza en estas tierras está en la antigua casa-torre del pueblo de Villamaderne. Pese a que fue construida como torre defensiva, pronto fue convertida en palacio. Tras esta transformación conservó algún elemento del momento de su fundación, como uno de los ventanales. Después de varios altercados entre las nobles familias de las localidades próximas, fue destruida en un incendio por los Velasco. Su reconstrucción corrió a cargo de los Sarmiento. Hoy es la torre-palacio de Materna-Muñoz.
En las proximidades de Villamaderne había varias ermitas. Sólo nos han llegado noticias de la de la de Nuestra Señora de la Blanca –junto a la actual Venta Blanca, con un arco fechado en 1592– y de la de Santa Lucía.

Iglesia de San Millán
Esta iglesia parroquial se encuentra en pleno centro urbano de la localidad de Villamaderne. Pese a que ha sido profundamente transformada, aún conserva restos románicos de gran valor. De entre estas modificaciones merece destacarse la ampliación que se realizó a principios del siglo xix bajo la dirección del arquitecto vitoriano Fausto Iñiguez de Betolaza.
El elemento más destacado del edificio es su espléndida espadaña, adosada al esquinal suroeste, notable por su altura y por la calidad de su construcción. Consta de un gran arco apuntado, abierto en la parte inferior para permitir el tránsito, dos niveles de troneras –dos de arcos apuntados y otras dos de medio punto, los cuatro doblados– y un remate a piñón bajo el que se abre una tronera más pequeña para el campanil. A medida que asciende en altura, su anchura va disminuyendo ligeramente.
Esta espadaña, de sillares, destaca del resto del edificio, que es de mampostería, y ello le otorga un mayor protagonismo en el entorno. Durante una de las numerosas restauraciones que se realizaron en este conjunto arquitectónico, se eliminaron las construcciones que dificultaban su visión.



En la ampliación del templo de principios del siglo XIX, se tapió una de las dos portadas románicas que se conservaban, la dispuesta en el muro oeste.
Lamentablemente, se encuentra muy erosionada por lo que apenas pueden apreciarse los motivos decorativos de los capiteles, distinguiéndose únicamente unos relieves redondeados y un motivo circular. Las columnas, de fuste liso sobre las que apoyan los capiteles, no llegan al suelo, sino que se levantan sobre unos pequeños plintos. La arquivolta mejor conservada muestra el típico taqueado.

La portada del muro sur, por donde actualmente se accede al templo, es mucho más sencilla. Presenta arquivoltas con abocinamiento y un ligero relieve, proporcionado por el rehundimiento lateral de las dos primeras arquivoltas, mientras que la tercera y más sobresaliente muestra una moldura muy sencilla. Bajo las impostas no hay ninguna decoración. La que quizá hubo en su día, se perdió durante las reformas de rehabilitación del edificio.
Desde el interior podemos comprender mejor la estructura original del templo antes de sufrir todas estas modificaciones. En origen constaba de dos naves, que seguían la orientación tradicional Este-Oeste. Hoy se presenta con la cabecera hacia el Norte y el ingreso por el Sur, en una planta de salón. De su etapa fundacional queda el arco apuntado de la cabecera, tapiado en el muro este de la iglesia, y frente a él, en el muro oeste, otro arco rebajado que suponemos que sería el primitivo acceso, con un arco rebajado hoy también tapiado. Desde el exterior, este último queda oculto bajo la portada, con la decoración ajedrezada descrita anteriormente. Algunos de los contrafuertes visibles en el interior también son testimonios de la antigua construcción.
Este cambio en la distribución interior se materializó también en el sistema de cubrición, empleándose bóvedas de crucería, conformadas por arcos apuntados con claves ornamentales, que apoyan sobre columnas y pilares. Además, para iluminar el interior, se abrieron vanos de arcos apuntados en los muros. En conclusión, esta reforma supuso la definitiva adaptación de este templo románico a un neogótico tardío de principios del siglo XIX. A estos cambios de estilo hemos de añadir el del edificio anejo en el muro sur, que sirve de casa parroquial.

 

Karkamu
Karkamu se encuentra 26 km al Norte de Miranda de Ebro, y 34 km al Sudoeste de la capital alavesa. Para acceder a esta localidad deberemos dirigirnos por la N-I en dirección a Burgos hasta la salida 340 del polígono industrial de Los Llanos de Nanclares de la Oca. Se continúa por la carretera A-2622 y luego por la A-3314. Tras atravesar el pueblo de Morillas, la A-3318 nos lleva hasta Karkamu.
Este pueblo se sitúa a los pies de la sierra de Arkamo, en el margen oriental del valle del Omecillo, en el límite del municipio de Valdegovía, al que pertenece. Queda bañado por un afluente del río Omecillo, que desciende de Guinea y atraviesa su territorio.
El topónimo Carcamu aparece hacia 1025 en la Reja de San Millán de la Cogolla, como una de las aldeas pertenecientes al Alfoz de Murielles, debiendo entregar al monasterio una regga de ferro. A mediados del siglo XII lo encontramos en los cartularios de Santo Domingo de la Calzada y San Salvador de Oña como Cárcamo, nombre con el que perdurará durante siglos. Según Ramón Menéndez Pidal, puede relacionarse con un antropónimo de origen celta, aunque por sus características lingüísticas también podría provenir de la palabra “cárcamo”, el hueco donde gira el rodezno de los molinos hidráulicos. De hecho, aún se pueden observar los restos de uno de estos molinos. G. Martínez Díez lo relaciona con Ruy Sánchez de Cárcamo, poseedor de muchos de los pueblos de esta zona. Hoy se presenta con su nombre oficial en euskera: Karkamu.
En 1332 le fue concedido el Fuero por Alfonso XI, por ser una aldea perteneciente al Alfoz de Cerezo, junto a Alcedo, Bergüenda, Bachicabo, San Zadornil, Villanueva de Valdegovía, Villamaderne y Tuesta, entre otras.
Pertenecientes a esta localidad encontramos dos edificios importantes en el panorama artístico del románico alavés en la comarca de Valdegovía: la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y la ermita de San Juan Bautista, a escasos metros una de otra.

Ermita de San Juan Bautista
Este edificio, situado en pleno centro urbano, es el que actualmente ofrece los servicios religiosos a la comunidad. Se encuentra en muy buen estado, fruto de una importante restauración que ha mantenido gran parte las características de la construcción primitiva.
Al realizarse una restauración en 1975, Beltrán de Salazar descubrió una inscripción en un sillar que estaba oculto en el muro interno bajo la ventana del ábside. Fue descifrada por Vidal Fernández de Palomares. En ella se lee an cei l cister venit, es decir, Anno centesimo quinquagesimo cister venit [Año 1150, llegó el Cister]. Hoy esta inscripción podemos contemplarla en su interior.
Un dato importante a tener en cuenta es que, según tal inscripción se identifica a su autor como procedente de la Francia cisterciense. Aunque ya en la década de 1130 y 1140 se iniciaban las fundaciones cistercienses respondiendo al impulso evangelizador de la orden, esta fecha resulta un poco precoz, ya que aún vivía San Bernardo, el reformador de la Orden Benedictina del Cister. Quizá por ello, está dedicada a San Juan, el último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero de los Santos del Nuevo Testamento, que dedicó su vida a predicar la venida de Cristo. La impronta de esta orden monástica quedará también patente en la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora en Tuesta, en la desaparecida iglesia de Ameyugo, en la antigua iglesia de San Nicolás de Miranda de Ebro o en la iglesia de San Cosme y San Damián de Encio, entre otras.

Esta ermita es de pequeñas dimensiones, de fábrica de mampostería, y sillarejo en la cabecera. Presenta una planta rectangular de una sola nave y cabecera semicircular. Además se ha utilizado piedra caliza de color rojizo. La cubierta del ábside, de menor altura que la nave, está realizada con lastras de pizarra, mientras que el resto del edificio queda cubierto por teja más moderna. Entre los elementos decorativos exteriores caben destacar la portada, los vanos y los canecillos que recorren todo el perímetro del alero.

La portada está formada por un arco de medio punto con tres arquivoltas: la central se decora con bolas, mientras que las otras se presentan de forma muy sencilla, con simples acanaladuras y molduras que le dan cierto dinamismo. Carece de columnas en las jambas.
Sobre el mismo muro se abre un pequeño vano muy abocinado, al interior de un arco de medio punto. A los pies de la iglesia encontramos otro, una estrecha saetera cuyo abocinamiento sólo es apreciable desde el interior del edificio.
En el ábside se halla otro ventanal con una decoración muy trabajada que resguarda una estrecha saetera de menor tamaño con respecto a la parte trasera. Este vano está compuesto de un arco de medio punto con taqueado y tres medias bolas. Las impostas también están decoradas con el taqueado, y se apoyan sobre dos columnillas con capiteles.
Éstos, lamentablemente, se muestran muy erosionados.
En el de la izquierda parece entreverse un hombrecillo agachado empuñando una espada, y en el de la derecha motivos vegetales. Las columnas monolíticas de fuste liso descansan sobre basas de toro y escocia. Sobre el mismo muro de la cabecera encontramos, en un bajorrelieve, una cruz latina con remates en los brazos.

Ventana del ábside 

Bajo la cubierta, en la parte del ábside, discurre una cornisa con ajedrezado. En los canecillos del alero se representan figuras humanas, animales y bolas, siendo los del ábside más esbeltos y muy variados. Se puede apreciar un hombre con las manos en la boca y una bola grande en sus pies; otro hombre desnudo en actitud exhibicionista; una mujer con un tocado de la época y largas vestimentas, siguiendo la moda de mediados del siglo XII, con los brazos en alto, y en posición de baile; y un águila con las alas abiertas. El resto de canecillos figurativos son de difícil identificación por el mal estado con el que han llegado hasta nuestros días. En cualquier caso, sugieren un clima festivo e incluso algo irrespetuoso.

Canecillos 

Pero, junto a estos canes, dispuestos en los laterales norte y sur de la nave, encontramos otros más pequeños y de trazado más geométrico, formados por cuadrados superpuestos con mayor o menor curvatura, bolas, medias bolas e incluso tres bolas en un mismo canecillo y otros cilindros dispuestos horizontalmente. Algunos nunca fueron adornados, como nos lo demuestran los que se presentan en forma de cubo sin decorar.

Al acceder al interior del edifico, puede observarse la anchura de los muros, que parece exagerada para una construcción de tan poca altura y sin apenas vanos. La nave queda cubierta con bóveda de cañón reforzada por arcos fajones con imposta modulada, mientras que el ábside tiene bóveda de horno.
A la cabecera se accede mediante un arco de medio punto cerrado a modo de arco de herradura, marcando la diferencia del presbiterio, y realzado con tres escalones que destacan la parte más importante del templo. Está formado por un doble arco y con un perfil que, sobre todo en su lado derecho, cierra a la altura del salmer, sugiriendo un perfil de herradura.
Las impostas quedan marcadas sobre una cornisa de taqueado. El arco exterior y de mayor tamaño se apoya sobre dos columnas exentas. En ellas encontramos dos capiteles, el de la izquierda, historiado, representa un hombre acechado por un felino, tal vez recordando el pasaje de Daniel (Dan 6, 23-42), en el que es llevado ante los leones. El de la derecha tiene motivos vegetales formados por grandes hojas planas, entre las que sobresalen, en la parte superior, dos pequeñas cabezas, una de serpiente y otra de otro animal, que nos muestran sus dientes; en la parte inferior, una cabecilla redondeada antropomorfa y otra de un felino. Los fustes de las columnas, que no llegan al suelo, no tienen ninguna decoración y descansan sobre basas de toro y escocia en pequeños plintos cuadrados con bolas en sus ángulos.

Interior

Interior 


Capiteles del arco triunfal 

En el ábside encontramos una talla de San Juan Bautista gótico, patrón de esta ermita, que durante muchos años ocupó un lugar en un retablo de la iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, hasta que fue restaurada y recuperó su lugar original. En un ángulo de la iglesia encontramos una representación, también gótica, de la Virgen María con el Niño.

 

Tobera
Santa María de Tobera se encuentra a 28 km de la capital alavesa. Se ubica en la margen izquierda del río Ayuda, a pocos kilómetros al este de Berantevilla, a la que históricamente estuvo ligada. Coincide con un punto estratégico, por la proximidad a la antigua calzada romana que comunicaba Astorga con Burdeos y pasaba por Berantevilla, que aparece nombrada como Virantevilla en el documento de la Reja de San Millán de la Cogolla, de 1025. Además está muy próxima a la ruta del Camino de Santiago. El topónimo de Tobera es de origen medieval, así como el de Tobillas, y refleja la abundancia de piedra porosa, conocida como “toba”, muy característica de la zona.
Estas tierras donde se asientan Tobera y Santurde pertenecieron al señorío del marqués de Miravel y conde de Berantevilla. Llegó a ser villa en el siglo XVII, con Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Lacorzana y Señor de Tobera.
A principios del siglo XX, Santa María de Tobera se convirtió en despoblado del que sólo se conserva su iglesia. Hoy apenas se conserva alguna construcción de piedra, que sirve de almacén para los trabajos agrícolas de los vecinos de Santurde. Forma parte del término municipal de Berantevilla, junto con Escanzana, Lacervilla, Lacorzanilla, Mijancas, Santa Cruz del Fierro y Santurde.

Ermita de Santa María de Tobera
Esta antigua iglesia se encuentra sobre una pequeña loma, a orillas del río Rojo, rodeada de campos de cultivo. Se trata de un edificio del siglo XII formado por una sola nave construida de mampostería y un ábside semicircular realizado en sillería bien escuadrada. A los pies se eleva una espadaña de dos huecos y remate recto.

En el muro occidental de la nave hay un ventanal rectangular que ilumina el interior del templo. Bajo este vano se halla incrustada una inscripción, que informa de las reformas que se realizaron en este edificio en el siglo XVII. Anejo al muro sur hubo un habitáculo que sirvió de sacristía y un pórtico con un arco realzado al que se accedía por unas escaleras. Hoy sólo queda el arranque del arco y restos de muros.

El hemiciclo absidal está dividido en tres paños por medio de dos columnas adosadas que se rematan en capiteles decorados con motivos geométricos y vegetales, a base de aros entrecruzados, tacos y especie de piñas o bolas. En el paño central se abre un ventanal románico formado por una estrecha saetera enmarcada por dos arquivoltas de medio punto, una decorada con un bocel y la otra con esferas. Se completa el ornamento con guardapolvo e impostas ajedrezadas. Por desgracia, se han perdido las columnas y capiteles que completaban la decoración del ventanal. Este mismo esquema ornamental se repite en las ventanas dispuestas en los muros rectos del presbiterio, si bien en este caso el tapiado parcial de las mismas impide apreciar si se conservaron o no las columnas.
La cornisa que recorre el ábside y los muros laterales está decorada con el típico ajedrezado que vemos repetido en otros elementos de este mismo edificio. Esta cornisa está soportada por una colección de canecillos de variada decoración, siete de ellos colocados en el tramo absidal.


Desde el lado sur encontramos, en primer lugar, un canecillo que parece representar dos figuras humanas desnudas que han perdido sus cabezas, un hombre y una mujer abrazándose, con las piernas entrelazadas. Un segundo canecillo presenta una figura masculina con cabeza muy ovalada, ojos saltones y rasgos inexpresivos, debido a su mala conservación. La parte inferior del canecillo se muestra muy deteriorada. No obstante, podemos percibir que este personaje desnudo se nos presenta en actitud exhibicionista, sujetando con ambas manos su sexo. El tercero es una cabeza monstruosa de reptil, tal vez una serpiente, de cuya boca parece salir una pierna humana. Destaca la cara redondeada con una sola oreja y sus grandes ojos y nariz, bien marcados. La cabeza se prolonga en un cuello con escamas formadas por pequeñas puntas de diamante.

El canecillo está enmarcado por un sogueado muy fino, excepto en uno de sus laterales. En el cuarto canecillo no se ha conservado el motivo principal que fue representado, de manera que sólo podemos ver la decoración a base de rodillos curvos en la parte superior, y escalonados en la parte inferior. El quinto repite la misma temática que veíamos en el primero, es decir, una pareja desnuda abrazada en actitud provocadora. Los otros dos canecillos son irreconocibles, ocupando el último de ellos una superficie curva y lobulada.

Como podemos observar en algunos de estos canecillos, se trata de una temática obscena, aunque hemos de pensar que con fines morales y didácticos. Son representaciones del pecado, más concretamente de la lujuria. Estos programas iconográficos de temática sexual aparecen en distintos templos del norte peninsular, como la iglesia de Santa María de Yermo y San Pedro de Cervatos, en Cantabria, o la ermita de San Pedro de Abrisketa en Bizkaia, entre otras. Dentro de este contexto, según A. Gómez Gómez, podríamos interpretar la cabeza de serpiente o animal monstruoso como la boca del infierno, y que estuviera devorando a los condenados, como se ve representado en el Santuario de Nuestra Señora de Estíbaliz, donde aparece una cabeza monstruosa engullendo una figura humana.

En el interior, la nave presenta una techumbre moderna de madera, mientras que la cabecera se cubre con bóveda de horno en el tramo curvo y de cañón en el presbiterio, en ambos casos arrancando de una línea de imposta ajedrezada.
El arco triunfal que separa estos ámbitos es de medio punto y descansa sobre una pareja de columnas adosadas provistas de sus correspondientes capiteles.
En el capitel izquierdo se muestra una figura humana vestida con una túnica acampanada con pliegues marcados, aunque de poco relieve, con las manos cubriéndose el cuerpo y una serpiente enroscada a su izquierda. De los ángulos cuelgan dos piñas, elemento muy común en la ruta jacobea. En los laterales de este capitel, a ambos lados de la figura, hay un hombre que se cubre igualmente pero sin túnica, y al otro lado hay un querubín con una ballesta. Se trata de la expulsión de Adán y de Eva del paraíso (Gen 3, 8-24), pero el enlucido que les ha sido aplicado no permite ver con claridad los detalles de la escena.

Lo mismo ocurre con el capitel del lado derecho, en el que se nos muestra una figura con túnica y un pez a su derecha. En los ángulos encontramos de nuevo dos piñas que cuelgan, y, a ambos lados, un animal de grandes dimensiones, y otra figura humana que podría estar tejiendo una red para la pesca. Por todo esto, podríamos decir que se trata de una escena de caza y pesca, pero desconocemos el significado y la identidad de los personajes.

En el interior de la cabecera llama la atención las tres ventanas que se abren en ella, que repiten la misma organización y decoración que hemos descrito en el exterior.
En una esquina de los pies de la nave encontramos la pila bautismal. Se trata de una copa de medianas dimensiones sin decorar, con un pie cilíndrico liso que se ensancha hasta convertirse en una basa cuadrada de ángulos rematados.

 

Románico en la Montaña Alavesa
La Comarca de la "Montaña Alavesa" ocupa el sector oriental de la provincia, limitando al norte con la Llanada, al sur con La Rioja Alavesa, al oeste con el Condado burgalés de Treviño y al este con tierras de Navarra.
Si Álava es una provincia con una riqueza paisajística casi inigualable, la comarca de la Montaña es especialmente atractiva.
En lo referente al románico, no es un territorio de gran densidad de monumentos, sin embargo, cuenta con una de las más relevantes joyas del románico vasco como es la ermita de San Juan de Markínez.
Precisamente, si podemos establecer un rasgo unificador del románico de la Montaña Alavesa, además de su carácter tardío (como en toda la provincia), es la existencia de varias ermitas románicas emplazadas en lugares de idílica belleza. Tal es el caso de cuatro de los templos románicos elegidos:
·       La Ermita de San Juan de Marquínez: una de las más notables y bellas iglesias vascas gracias a su poderosa cabecera de sillería bien ajustada así como a su decoradísima portada.
·       La Ermita de Andra Mari de Ullibarri-Arana se ubica en medio de un prado verde que contrasta con la blancura de sus contundentes muros de sillería románica.
·       Ermita de Elizmendi de Kontrasta: interesante por su rudísimo ábside en cuya zona baja existe una serie de lápidas romanas reutilizadas que inspiraron a los artesanos del templo a la hora de tallar los canecillos.
·       La Ermita de la Virgen del Campo de Maeztu: pequeño templo románico de una nave rematada en cabecera de planta rectangular y agradable portada abierta en el muro sur.
También son apreciables algunas iglesias parroquiales como las de la Asunción de Urarte, San Martín de Arluzea, Asunción de Apellániz, Santa Eufemia de Leorza y Degollación del Bautista de Zekuiano, que nos ofrecen detalles interesantes como puertas, ventanales y hasta una galería porticada. 

Markinez
La localidad de Markinez se halla situada a poco más de 29 km al sur de la capital alavesa. Para acceder a ella desde Vitoria-Gasteiz, se sale por el barrio de Iturritxu hacia Aretxabaleta tomando la carretera local A-2124, que se convierte en la B-750 al entrar en el Condado de Treviño. Al llegar a la localidad de Ventas de Armentia, se gira a la izquierda continuando el camino, durante unos 8 km, por la carretera local de Burgos B-741. Pasado el pueblo de Albaina, se girar de nuevo a la izquierda para recorrer los últimos 6 km que nos separan del destino. Los primeros 2 km transcurren por la carretera B-7413, en territorio burgalés, y los 4 km restantes por la carretera alavesa A-3134.
Al llegar a Markinez, nos encontraremos en la montaña alavesa y en el curso alto del río Ayuda. Es una zona en la que hubo asentamientos poblacionales muy tempranos, como lo atestiguan las grutas artificiales situadas en su término. Desde finales del siglo XI ya se documenta Markinez como toponímico, dato que se recoge en la donación de tierras de Marquiniz que hace don Gonzalvo Monioz al monasterio de San Millán de la Cogolla, en 1087. También se conserva la lápida dedicatoria de la ermita de San Juan, del año 1226, donde cita a Fortunio de Marquínez, Arcipreste de Treviño. Con posterioridad, en el Catálogo de San Millán, se citan dos lugares en Markinez, “Marquina de Suso” y “Marquina de Yuso”, donde se dice que contribuyen con sendas rejas. Sin embargo, en la relación del obispo don Jerónimo Aznar, de 1257, figuraba como una sola población citada con el nombre de Marquiniç.
La villa de Markinez fue señorío de los condes de Salinas hasta el año 1557, en que fue vendida a título de perpetua enajenación a Diego de Álava y Esquíbel, obispo de Ávila y Presidente de la Real Chancillería de Valladolid. En la visita pastoral realizada por el licenciado Martín Gil, en 1556, se recoge que su parroquia estaba servida por cinco beneficiados, tres de ración entera y dos de media ración. En el término de Markinez se encuentran dos ermitas notables, la de San Juan y la de Nuestra Señora de Beolarra. Estos datos se recogen en el Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria. En la actualidad esta localidad pertenece al municipio de Bernedo y forma parte de la cuadrilla de Campezo-Montaña Alavesa / Kanpezuko-Arabako Mendialdea.

Ermita de San Juan
La ermita de San Juan está situada en el término de Markinez, a unos 500 m de dicha localidad, en un entorno solitario de monte, con árboles y rocas de caprichosas formas. Desde la carretera, al iniciar la ascensión de una loma, vemos un templo cuya riqueza arquitectónica y ornamental sobrecoge y transporta a una época pasada. Este privilegiado marco imprime carácter y notoriedad al edificio. Esta ermita es uno de los monumentos más hermosos del románico alavés, que fue consagrada en 1226, siendo obispo de Calahorra Juan Pérez, datos que nos aporta la inscripción que se conserva en la fachada sur y que reza así:
HEDIFICATIO HUIUS TEMPLI FUIT FACTA SUB ANNO D / OMINI M CC XX VI NONO KL DECEMBRIS IOHE PETRI / EPO EXISTENTE IN CALAGURRA ET REGNANTE FERDINA / DO REGE IN CASTELLA ET M ARHIDIACONO IN ARMENTIA / ET FURTUNIO DE MARQUINIZ ARCHIPRESBITERO IN TRI / VINIO ET GARSIAS DE PANGUA MAGISTRO IN ARMENTIA / UT VIDENTES HOC SCRIPTUM ORENT PRO ANIMA EPI / SPECIALITER ET OMNIBUS BENEFACTORIBUS HUIUS TE / PLI.
El volumen que conforma el edificio está realizado con buenos sillares de piedra, y sus paramentos se adaptan al desnivel del terreno. Es un solo volumen en el que se pueden distinguir tres partes: una semicircular, hacia oriente, que corresponde a la cabecera; seguida de otra prismática, ligeramente más ancha y alta, cubierta a doble vertiente, que correspondería al tramo del presbiterio; y una tercera que formaría la nave propiamente dicha.
Esta parte presenta una longitud dupla con relación al presbiterio y cabecera, y triple tomando como medida sólo el presbiterio, proporciones que ya se encuentran citadas en Los diez libros de Arquitectura del romano Vitruvio cuando habla de la belleza de los edificios, en referencia a las medidas y proporciones que debe haber entre las partes que conforman el todo. Esta tercera parte se cubre también a doble vertiente y destaca un poco más en altura y anchura que las dos anteriores, dando un carácter de apertura y de verticalidad al conjunto.

En el muro sur se concentra una gran profusión de elementos arquitectónicos repletos de motivos ornamentales. En primer lugar, vamos a prestar atención a la portada, situada en la parte más occidental del muro. Se encuentra sobre un muro de sillares resaltado que destaca sobre el paramento, rematado en la parte superior por una cornisa ajedrezada en voladizo bajo la que se conservan ocho canecillos lisos de perfil cóncavo en su mayoría, a excepción de dos: uno situado en el extremo izquierdo, que es liso con el perfil en arista, y otro situado en el centro, que contiene un volumen prismático.
Dos columnas superpuestas a cada lado limitan este marco en el que se encuentra la portada. Tienen los fustes lisos, apeados sobre basas de garras, los inferiores, mientras que los superiores lo hacen sobre una moldurada línea de imposta que se extiende a lo largo del muro hacia los pies y hacia la cabecera, pero en este caso decorada con un contundente ajedrezado. Coronan estos fustes sendos capiteles decorados con motivos vegetales distribuidos en dos registros, a base de estilizadas hojas de acanto superpuestas con las puntas vueltas hacia fuera y detalles de trépano. En el capitel inferior también podemos ver una cabecita humana situada en la arista que se asoma entre la hojarasca. Muestra rasgos muy esquemáticos tallados de forma muy tosca.


La portada muestra un arco ligeramente apuntado, enmarcado por un baquetón sobre el que voltean tres arquivoltas decoradas con motivos vegetales, que se alternan con gruesos baquetones y, cubriendo todo el conjunto, un sobrearco. El baquetón del arco se decora, en el trasdós, con una sarta de besantes y tres medallones lisos, uno situado en la clave del arco y los otros dos a los lados, sobre la línea de imposta. La primera y la tercera arquivolta están decoradas con estilizadas hojas de acanto, con los nervios marcados y las puntas vueltas hacia fuera. La segunda arquivolta decora su trasdós con una sarta de besantes, y en el perfil presenta unos tallos entrelazados, a modo de guirnalda, con óvalos escamosos en el centro que simulan piñas o frutos granulosos. Este motivo ornamental, repetido en el románico alavés, nos remite a la Puerta Speciosa de Estíbaliz. Alternando entre las arquivoltas encontramos baquetones, y como remate del conjunto un sobrearco, también baquetonado y decorado con besantes en el trasdós, al igual que en el baquetón del arco y en la segunda arquivolta.
La línea de imposta moldurada sirve de base y separación entre los elementos sustentados y los sustentantes, que se encuentran sobre un elevado zócalo corrido y están formados por tres columnas a cada lado con sus correspondientes intercolumnios, las jambas y el apoyo del sobrearco. Las columnas que sostienen las arquivoltas tienen los fustes monolíticos, lisos, se apoyan sobre basas con dobles garras y están rematadas por capiteles decorados con motivos vegetales. En los capiteles encontramos dos niveles de hojas de acanto con los nervios marcados y las puntas vueltas hacia fuera; en la unión entre las hojas se observa una fina labor de trépano y una pequeña flor en la parte superior, detalle que varía en dos de los capiteles del lado derecho, donde son sustituidas por pequeñas cabecitas humanas, de rasgos esquemáticos, que asoman entre la hojarasca y las volutas situadas en los ángulos, formadas por caulículos. Los intercolumnios tienen gruesos fustes fragmentados, coronados por capiteles muy desarrollados que se ornamentan con motivos vegetales: pequeñas flores y hojas de acanto superpuestas en dos niveles entre las que aparece una cabecita humana, en este caso situada en la parte superior de la arista del capitel –a excepción del capitel situado en el lado izquierdo de la portada, realizado con hojas planas muy estilizadas y las puntas vueltas hacia fuera en la parte superior, con la cabecita colocada en la parte central de la arista del capitel–.

El apoyo de las jambas es un grueso fuste fragmentado que apoya en una basa de garras y se remata con un desarrollado capitel que sigue el mismo esquema que los descritos en la portada en cuanto a decoración: estilizadas hojas de acanto distribuidas en dos registros con labor de trépano y marcados nervios. En el lado izquierdo la decoración se amplía con caulículos que forman pequeñas volutas en los ángulos. El sobrearco apea en un fuste que se remata con un capitel cuya decoración se divide en dos registros, el inferior con hojas de acanto y el superior con volutas en los ángulos, entre las que aparece una cabecita en la cara exterior del capitel del lado derecho de la portada.
A la derecha de la portada, sobre la moldura ajedrezada que recorre el paramento, encontramos un ventanal románico. Es un estrecho y alargado vano rematado en arco de medio punto sobre el que voltean tres arquivoltas, lisas, con finos baquetones en la arista, y un sobrearco que decora su trasdós con una sarta de besantes, detalle que también encontrábamos en la portada. Una línea de imposta moldurada los separa de los elementos sustentantes: tres columnas a cada lado, con los fustes monolíticos, lisos, apoyados en basas con dobles garras y coronados, todos ellos, por capiteles decorados con motivos vegetales, distribuidos en dos registros de preciosas hojas de acanto con una minuciosa y elaborada labor de trépano. El antepecho escalonado refuerza la sensación de derrame y abocinado del vano. En esta parte del muro sur, correspondiente a la zona de la nave, se conservan unos canecillos medievales, lisos y de perfil cóncavo, bajo una cornisa decorada, en parte, con un rotundo ajedrezado.
En este muro sur encontramos otro vano medieval, sobre la imposta ajedrezada y en el tramo correspondiente al presbiterio. Se trata de un vano largo y estrecho, de características similares al anterior, rematado en arco de medio punto, cobijado por tres arquivoltas y un sobrearco.
La primera y la tercera son lisas y llevan un baquetón en la arista, mientras que la segunda muestra una decoración vegetal de hojas de acanto con las puntas vueltas hacia fuera. El sobrearco, baquetonado y liso, decora su trasdós con una sarta de besantes. La línea moldurada discurre sobre los elementos sustentantes y va desde el intradós del vano hasta el sobrearco. Como apoyos encontramos tres columnas a cada lado, con los fustes monolíticos, lisos, apeados sobre basas de dobles garras y rematados por capiteles decorados con motivos vegetales, siguiendo el esquema y modelo de los descritos hasta ahora. La decoración, a base de hojas de acanto con las puntas vueltas hacia fuera, se realiza en dos niveles y presentan una fina labor de trépano. Los capiteles de los extremos presentan, en la parte central de la arista, una especie de fruto granuloso, detalle que se repite simétricamente en ambos lados del vano. Bajo el alero del tejado, una cornisa lisa cobija cuatro canecillos lisos y de perfil cóncavo.
Marcando el límite que separa el presbiterio de la cabecera, encontramos una gran columna que recorre el muro desde el zócalo, sobre el que se apoya, hasta la cornisa del alero del tejado. Tiene el fuste liso, apoyado sobre una basa de garras dobles y se remata con un capitel decorado con motivos vegetales distribuidos en dos niveles: hojas de acanto con las puntas vueltas y, en la parte superior, una pequeña flor en el centro de la cara exterior. En las aristas y, un poco estropeados, se encuentran unos tallos largos acabados en bolas. Dos medias columnas de grandes dimensiones se adosan al muro de la cabecera semicircular y lo recorren en altura, desde el zócalo sobre el que se apoyan hasta el alero del tejado. Tienen los fustes lisos y fragmentados, apeados en basas de garras dobles. Los capiteles que los rematan distribuyen la decoración vegetal en dos registros, en los que podemos ver las hojas de acanto superpuestas –con las puntas vueltas y los nervios marcados–, así como los tallos en las aristas que forman bolas en los ángulos superiores, en uno de los cuales se representa la cabecita de un animal.


La ermita de San Juan es uno de los escasos templos románicos alaveses que presenta la cabecera semicircular, en una zona donde predomina la cabecera recta como elemento arquitectónico.
En el exterior encontramos el muro semicircular de la cabecera dividido en tres partes iguales por las dos grandes medias columnas, partes que también quedan fragmentadas, horizontalmente, al ser recorridas por la línea de imposta ajedrezada que nace en el muro sur, a la derecha de la portada. En el paramento central, entre las medias columnas y por encima de la línea de imposta, se abre un ventanal románico, similar a los descritos en el muro sur. Aquí, el vano, rematado en arco de medio punto, está volteado por dos arquivoltas baquetonadas y un sobrearco moldurado.
El único elemento decorativo se encuentra en el trasdós de la segunda arquivolta, donde una sarta de besantes recorre el arco. La línea de imposta moldurada, como el sobrearco, se apoya en dos pares de columnas con los fustes monolíticos, lisos y apeados sobre basas de dobles garras, que están rematados por capiteles de motivos vegetales, cuyo ornato se repite de forma simétrica en ambos lados del vano. Los dos capiteles exteriores siguen el esquema y modelo de los descritos en los otros ventanales: hojas de acanto con los nervios marcados y las puntas vueltas, distribuidas en dos registros. En la parte superior, pequeñas cabecitas asoman entre la hojarasca, en este caso muy poco marcadas.
Los dos capiteles interiores parecen más estilizados, al llevar la decoración en un solo nivel. Son hojas planas y lisas que vuelven las puntas en los ángulos y forman una voluta en el vértice de la arista. Además, en el capitel del lado derecho, unos tallos recorren la arista y forman una especie de fruto granuloso a media altura. El antepecho escalonado acentúa la sensación de derrame y abocinado del vano. También aquí, bajo el alero del tejado, encontramos la cornisa lisa que cobija los canecillos medievales, lisos y de perfil cóncavo, cuatro en cada uno de los tres tramos del semicírculo, que forman la cabecera.

Ventana del ábside 

En el muro norte distinguimos el tramo del presbiterio, donde el límite queda marcado por pilastras, a modo de contrafuertes. Bajo la cornisa en la que apoya el tejado encontramos cuatro canecillos lisos de perfil cóncavo. En la zona que corresponde a la nave, encontramos dos canecillos como los descritos, situados en el contrafuerte bajo el alero, zona en la que se aprecia la uniformidad de los sillares. El resto del muro, aunque realizado en buena piedra, muestra señales de derrumbes y reconstrucción. En el hastial de poniente se abren otros dos vanos gemelos, abocinados y estrechos, que están rematados por un arco de medio punto sobre el que voltean tres arquivoltas baquetonadas y un sobrearco doble, cobijando las dos ventanas. Los baquetones de las arquivoltas continúan por el muro a ambos lados de los vanos, haciendo la función de elementos sustentantes que llevan como remate una franja continua decorada con amplias y carnosas hojas, similares a las que se encuentran en la portada de la iglesia de San Lorenzo, en Miñano Mayor, o en las basas y capiteles del arco triunfal de la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora, en Lopidana. En esta última también encontramos cuadrúpedos, que podemos relacionar con el que se representa al lado izquierdo del ventanal derecho: un cuadrúpedo, esquemático y primitivo en las formas del cuerpo, que porta una gran cabeza. Sobre los baquetones hay motivos figurados en un intento de individualizar los capiteles, pudiéndose distinguir figuras humanas y animales, entre los que destaca una graciosa ardilla.

El interior del templo es un espacio único en el que se manifiesta el escalonamiento en anchura y altura que veíamos en el exterior. La excelente calidad de los materiales se conserva en el ábside, el presbiterio, las bóvedas y los contrafuertes, siendo notable la diferente piedra utilizada en los paramentos que, aún siendo de buena calidad, no son sillares regulares. Se distinguen bien las tres zonas: en la cabecera, el ábside semicircular cubierto con bóveda de cascarón o cuarto de esfera, apoyada sobre una línea de imposta moldurada, delimitada por dos finos baquetones superpuestos a cada lado que nos indican el comienzo del presbiterio.


Esta segunda zona del presbiterio se cubre con bóveda de cañón ligeramente apuntada y abarca hasta el arco triunfal.
Un arco triunfal doblado y ligeramente apuntado que apea en pilastras, en el caso del primer arco, y sobre columnas adosadas en los frentes, en el caso del segundo. El fuste liso va sobre basas de garras dobles con ensanchamientos planos en los ángulos. Los capiteles de ambos lados están muy trabajados, siguiendo el mismo esquema y modelo ornamental que la mayoría de los descritos en el exterior, a base de hojas de acanto superpuestas, con las puntas vueltas, que forman volutas en el vértice superior, y con finas labores de trépano. La zona de la nave se cubre con bóveda de cañón ligeramente apuntada y se encuentra fragmentada en tres por dos arcos fajones apuntados, sencillos y en arista viva, que continúan a lo largo del muro a modo de contrafuertes.
En el muro de la cabecera, entre los restos de la línea de imposta que lo recorre decorada con un elegante ajedrezado, se abre un ventanal románico, más modesto en dimensiones que el descrito en el exterior. Es un vano estrecho, con arco de medio punto sobre el que voltean dos arquivoltas lisas con las aristas en bisel y un sobrearco moldurado como la línea de imposta sobre la que descansan. Bajo ella, una columna a cada lado del vano, en la que vemos los mismos motivos ornamentales que decoran los capiteles y basas del resto de columnas: motivos vegetales superpuestos y trabajados con minuciosas labores de trépano.


Ventana y capitel de la ventana interior 

En el muro sur se encuentran las réplicas de los dos ventanales medievales exteriores. Los dos son similares al situado en el interior de la cabecera en cuanto a dimensiones y elementos ornamentales de basas y capiteles. Uno se halla situado en el tramo del presbiterio, sobre la ajedrezada línea de imposta, pero las dos arquivoltas que voltean el vano son baquetonadas, y el capitel derecho, en el registro superior, lleva hojas planas y lisas, con las puntas vueltas formando volutas en los vértices. El otro ventanal románico, que se sitúa en el primer tramo de la nave, también tiene las arquivoltas baquetonadas, aunque sus capiteles se desarrollan en un solo registro, a base de estilizadas hojas planas y lisas que vuelven las puntas hacia fuera, motivo que veíamos en el exterior, en un capitel de la ventana de la cabecera. Más que un cambio de modelo en la decoración, pensamos que se trata de un non finito, que les privó de las minuciosas labores de trépano. Las ventanas gemelas del hastial de poniente, en el interior son sencillas y carecen de decoración.

Otros elementos románicos que se conservan en el interior del templo son los nichos de las credencias, situados a ambos lados del presbiterio, bajo la línea de imposta ajedrezada.
La credencia del lado izquierdo presenta un doble arco de medio punto con la arista rematada en bisel, que se apoya en el centro sobre una columna exenta de fuste monolítico, liso, apeado en una basa de garras, y cuyo capitel lleva una decoración vegetal de hojas lisas, muy planas, en las que destaca el nervio central. Sobre el capitel, un volumen moldurado, a modo de línea de imposta como la que se encuentra en el muro, a ambos lados, y bajo la que podemos adivinar restos de baquetones con sencillos capiteles. En la credencia del lado derecho, el doble arco de medio punto está rematado por finos baquetones, y el capitel de la columna se decora con hojas sencillas que vuelven sus puntas hacia fuera, con el nervio central remarcado, sobre el que apreciamos una especie de fruto granuloso. La moldura del volumen que va sobre el capitel también difiere de la moldura que decora la línea de imposta de los muros a ambos lados. Estos pequeños matices nos están hablando de diferentes manos o de diferentes momentos de ejecución.


Próximo Capítulo: Románico en la Montaña Alavesa, Románico en la Llanada Alavesa

 

 

 

 

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