En estas páginas nos vamos a centrar en uno de
los monumentos más importantes de la arquitectura medieval en el País Vasco:
el Monasterio de Estíbaliz, así como de otras dos iglesias muy próximas:
Argandoña y Lasarte.
Estíbaliz
Menos de 10 km separan por el Este a Estíbaliz
de Vitoria. Para el acceso se puede salir desde el portal de Elorriaga por la
N-104 y, a unos 2 km, tomar en Elorriaga la A-132. Tras una desviación a la
derecha, hay que proseguir unos 5 km, y luego doblar a la izquierda al llegar
al cruce de Argandoña, subiendo por la A-4159 durante unos 2 km hasta el
aparcamiento de Estíbaliz. Existe también la posibilidad de enlazar con la
A-132 a partir de la A-2130, saliendo de Vitoria desde el barrio de Adurza
para, pasando junto al pueblo de Otazu, desembocar en la A-132 junto al
cementerio de El Salvador.
El cerro de Estíbaliz se eleva, hacia el centro
de la Llanada alavesa, como una atalaya bajo la que siempre han discurrido los
caminos, como la calzada romana que unía Astorga con Burdeos, según se señalaba
en el Itinerario XXXIV de Antonino. Desde la Alta Edad Media jugó un papel
primordial como centro militar, religioso y económico. En la época de las
aceifas musulmanas –siglo X– su posición estratégica le dotó de un castillo,
del cual constan los tenentes o condes en el siglo XI, cuando también se habla del
monasterio de Estíbaliz y de su iglesia. En el siglo XII, se reforzó tanto su
prestigio como para poblar a sus pies una villa de francos, ubicar allí el
lugar de encuentro de los alaveses con el Obispo de Calahorra, mantener un
mercado y ser declarada iglesia juradera. Pero, ante todo, constituía una
avanzadilla benedictina en la zona.
Se puede pormenorizar su papel en la defensa y
gestión del territorio. Según consta en el añadido a un documento referido al
último tercio del siglo X, Aurivita Didacoz regentaba el castillo de Estíbaliz,
siendo conde de Castilla Garcí Fernández. En 1086 figura como comes del
castillo Lope Íñiguez, y en 1106 Lope González aparece dominando Estíbaliz y
dando fuero a su villa de francos, pues desde 1095 ostentaba el título de Conde
de Álava. En 1148, entre los testigos de la confirmación por el navarro García
Ramírez del fuero de Logroño, figura el Comes Latron in Alava et in Estivaliz.
También se atestigua en 1176 la existencia de un mercado en Estíbaliz, que ya
perduraba seguramente desde casi todo el siglo XII, hasta al menos 1191, en
competencia con el mercado de Divina, lugar de otra tenencia más al Oeste, en
las estribaciones de Badaia y Arrato, zona que será pronto controlada por la
familia Mendoza.
El 12 de abril de 1074 Álvaro González de
Guinea dona a San Millán de la Cogolla el monasterio de Santa María de Mardones
y concede al abad Blas el altar de la derecha en el monasterio de Santa María
de Estíbaliz, para que se consagre a San Millán, lo que es confirmado por los
obispos Fortunio de Álava y Munio de Nájera. El lugar de Estíbaliz es elegido
en 1109 para que el obispo de Calahorra, Sancho de Grañón, celebre junta con
todos los alaveses, caballeros, clérigos y laicos, sobre diezmos y rentas eclesiásticas.
También allí, a fines del siglo XII, los alcaldes de Álava se pronunciarán en
el pleito y compromiso de juramento de Íñigo de Guevara con Lope González de
Mendoza. De ahí la legendaria tradición de los desafíos de Estíbaliz el día 1º
de mayo de cada año, si previamente no se llegaba a un acuerdo en el santuario.
La hija del citado alcaide de Estíbaliz y
fundador de Villafranca de Estíbaliz, Lope González, era en 1138 María López,
sobrina del Señor de Vizcaya, Diego de Haro. Ese año determinó entregar
Estíbaliz al monasterio benedictino de Santa María de Nájera, junto con otros
cuatro monasteriolos y propiedades en todo el contorno, incluyendo a la
inmediata Villafranca. En la donación se hace entrega expresa de ésta a Santa
María de Nájera y a San Pedro de Cluny. Ningún edificio románico es tan célebre
como la abadía de San Pedro de Cluny, en Borgoña, fundada en 910 por Guillermo
el Piadoso, duque de Aquitania, y puesta directamente bajo las órdenes del
papado, en el reinado de Carlos III el Simple. Las sucesivas construcciones de
su gran iglesia, particularmente importantes en torno a 1100 para la fase de
Cluny III, consiguen ultimar sus tramos de los pies hacia 1138, cuando Doña
María donaba Estíbaliz a Nájera, una filial de la vasta red de Cluny. A nadie
escapa que ello determinará la orientación artística de Estíbaliz, cuya iglesia
se construye en pleno siglo xii bajo el impulso y control de los benedictinos
najerenses, albergando pila bautismal parroquial, y en ósmosis natural con la
realidad social, cultural y económica del entorno: Villafranca y la Llanada alavesa.
En 1329, desde Aviñón, el papa Juan XXII
concedía indulgencias a Estíbaliz para favorecer las obras de su fábrica y
capillas, que debían así mejorar dada la afluencia de visitantes. En total
Estíbaliz permaneció durante casi tres siglos como posesión benedictina, hasta
que la compró en 1432 Fernán López de Ayala y Guzmán, el hijo del Canciller
Pedro López de Ayala, el fundador de sendos hospitales: en Vitoria, el de Santa
María del Cabello –o de Santiago–, y en Salinillas, señorío de su mujer María
Sarmiento. Por ello, un siglo más tarde, en 1542, Atanasio de Ayala cedió su
posesión de Estíbaliz al citado hospital de Santiago, ya regido por el Concejo
vitoriano, con alusión expresa a la acogida en ella de peregrinos.
Curiosamente, a fines del siglo XVI, un erudito
local, Fray Juan de Victoria, en sucesivas alusiones, al recordar que venían en
romería a la imagen de la Virgen de Estíbaliz “desde Burgos hasta la mar”,
repite hasta en tres ocasiones la misma afirmación: “Estivariz con su
iglesia, que fue de Templarios”. No nos es posible comprobar qué base tenía
el bien informado historiador y genealogista para afirmarlo con tal
contundencia.
Fracasó en 1608 el intento de establecerse unos
monjes. En cambio se llegará a fundar allí antes de 1625 una cofradía de
Trajineros, y en 1702 una Cofradía del Rosario, además de constar en 1728 que
era muy concurrida una hospedería, aneja a la iglesia, y que se hacían devotas
novenas, cultos y festejos en honor de la Virgen, sobre todo el día 1 de mayo,
como recuerda el historiador Landázuri. La pila bautismal, al menos presente
desde el siglo XIII, recuerda su función como parroquia.
Pero llegó su decadencia, al sufrir un incendio
hacia 1800, y subsistir con dificultades en el ejercicio de un culto esporádico
como una ermita, culto que se interrumpe en 1860. Por fin, las instituciones
forales y municipales emprenden su restauración entre 1904 y 1906, a cargo del
arquitecto Fausto Íñiguez de Betolaza, consiguiendo que se reanude el culto. En
1922 se cedió el santuario al Obispado de Vitoria, que solicitó al monasterio
de Santo Domingo de Silos el envío de monjes benedictinos, lo que propició una
nueva fase de obras, dirigida por los arquitectos Ricardo Uralde y Julián
Apráiz. En esa fase se alarga un tramo hacia los pies la nave mayor, y se
acomoda en un monasterio con aspecto neorrománico a los benedictinos. Éstos,
procedentes del monasterio de Lazcano, en dependencia de Santo Domingo de
Silos, regresan en 1923, cinco siglos después de su partida de 1432.
La solemne coronación de la imagen románica de
la Virgen de Estíbaliz, las visitas al santuario y los recorridos de la imagen
fuera de él, supusieron una gran renovación religiosa a partir del santuario,
incluso con proyección sociocultural como lugar de encuentro. En 1972-1973, una
nueva restauración trató de acomodar los espacios a la renovación litúrgica del
Concilio Vaticano II, y a la mejora de su entorno. Posteriormente, la
inestabilidad del terreno ha obligado a sanear la cimentación de los ábsides. Mantiene
su inveterado carácter de santuario mariano, y se ha renovado el monasterial.
Iglesia de Santa María
La iglesia de Santa María de Estíbaliz presenta
planta de cruz latina, en la que destaca un amplio crucero y una cabecera que,
inusualmente en Álava y zonas limítrofes, despliega un conjunto de tres
ábsides. Según se comprueba por la descripción que hacía en 1794 el arquitecto
Olaguíbel, la nave comprendía sólo dos tramos pero, según se ha indicado, se
amplió con un nuevo tramo para habilitar allí un coro alto, en la reforma de
1928 ejecutada por el arquitecto Julián de Apráiz. Al mismo tiempo se reacondicionó
esa parte de la iglesia, deformada por la instalación de unas dependencias
anejas, tal como se aprecia en un grabado de 1879 y en una fotografía de 1890,
y se trasladó a su extremo occidental, una portada abocinada sencilla que era
la entrada sur de las dependencias, una vez aplicada la necesaria restauración.
Fachada
Cabecera
Las dimensiones exteriores tienen en longitud
casi 37 m, pero puede suponerse que se limitaba a unos 30 m con los dos tramos
originales; y a casi 24 m en la anchura en los brazos del crucero, midiendo en
el interior 33 m de largo –de ellos unos 26 m contando sólo dos tramos– por 20
m en el transepto. En altura se alcanzan casi los 9 m bajo la bóveda de la nave
y 10 m en el centro del crucero.
Al exterior, las dos vistas más relevantes
conciernen a la fachada del brazo sur del crucero y a la triple cabecera. En
cuanto al resto, presenta muros de mampostería al Norte y se halla muy alterado
por las reformas o añadidos en la zona occidental y ángulo sudoeste, donde se
unió a las dependencias conventuales mediante un pasadizo elevado. La sacristía
es añadida en el siglo XX. En cambio, el cimborrio se mantiene en el lugar
dominante sobre el crucero, mostrando su bloque cuadrangular, no muy elevado.
Planta
Sección trasversal
Asomada al borde del altozano, la cabecera
triple, insólita en el románico del País Vasco, sorprende también por la
particular separación de ambos absidiolos con respecto al gran ábside central.
En vez de reforzar la estructura uniendo sus muros próximos, los separan,
liberando unos espacios muertos entre ellos, pero con la ventaja de permitir la
apertura de ventanales en los costados del tramo recto del presbiterio, ya que
la capilla mayor no dispone de ventanales en el frente del ábside curvo.
Éste, al exterior, organiza su paramento con
dos columnas adosadas y capiteles vegetales, pero no llegan a alcanzar la
cornisa, mediando varias hiladas bajo ella. Este detalle y el aprovechar un
capitel bajo la cornisa como si fuera un canecillo más, son claros indicios de
un recrecido, y sugieren en esta zona reestructuraciones importantes y
antiguas. Por ejemplo, en la cara sudeste de este ábside había un ventanal de
arco apuntado, tal como se ve en fotos muy antiguas.
En el frente del absidiolo meridional se abre
una reducida ventana, con arquivolta adornada de medias bolas y sobrearco
moldurado, apoyando sobre dos columnas de capiteles vegetales. La cara interna
del mismo ventanal es similar, pero aún con mayor sencillez decorativa. Son muy
simples los vanos abocinados a ambos lados del presbiterio, que según parece
fueron trasladados en 1906 desde una ermita del valle de Gamboa.
Bajo la cornisa de este ábside mayor se
disponen catorce canecillos esculpidos, no así en los absidiolos. Resumiendo su
identificación, y ordenados de izquierda a derecha, son: 1, cabeza animal
mordiendo a una serpiente; 2, grylle con capucha y cola enrollada; 3, asno
erguido soplando en un instrumento musical; 4, cabeza de rasgos bestiales que
abre la boca y muestra dientes y lengua; 5, cabeza de macho cabrío; 6,
cuadrúpedo de perfil; 7, prótomo animal deteriorado; 8, león que gira la
cabeza, deteriorado; 9, flor de cuatro pétalos cerrados; 10, dos leoncillos
rampantes afrontados; 11, pez; 12, aspa inscrita en un círculo; 13, personaje o
animal frontal descabezado; 14, bajo la cornisa hay un capitel reaprovechado
que muestra una sirena que eleva su doble cola a los costados sobre las aguas
inferiores. Curiosamente los canes del pez y del aspa inscrita en un círculo se
repiten en sendos canes de la cabecera de San Martín de Zar, en Treviño.
Dejando para más adelante la descripción de la
fachada meridional, pasamos a analizar la estructura interior.
Interior
La planta de cruz latina desarrolla un amplio
crucero al que abren el ábside mayor y los dos absidiolos descentrados en los
brazos del crucero, a modo de capillas. Esta triple cabecera es una
singularidad de la que ni siquiera gozaba Armentia, una novedad en el románico
del entorno, que revela la intención de acoger un despliegue cultual
importante, lo que presupone mayor número de clérigos que una simple parroquia.
Los cuatro arcos torales son apuntados y doblados. En consecuencia, también las
bóvedas son abocadas al perfil apuntado. Ello determina que en la bóveda del
presbiterio se pase, mediante un breve muro colgado, desde la bóveda de horno
absidial, hasta el más elevado apuntamiento del tramo recto.
El mayor desafío técnico aparece al elevar la
bóveda del cimborrio en el centro del crucero. El arquitecto demuestra conocer
las novedades aportadas por el naciente arte gótico: a cierta altura sobre los
arcos torales cabalgan otros sólidos arcos apuntados, permitiendo abrir
ventanales en las cuatro caras del cimborrio. Pero se ha debido reforzar el
soporte de las bóvedas mediante arcos cruzados, cuyas bases se encastran en
cuatro repisas angulares. Una discreta clave redonda se decora con roseta de
diez pétalos, orlada de perlitas. El sistema supone un anuncio del
abovedamiento típico del gótico, pero aún los arcos no están integrados en el
entramado de la bóveda, sino que ésta reposa sobre ellos. A esta fórmula a
veces se le ha llamado bóveda de ojivas o de arcos cruzados.
También presenta arcos de este tipo la bóveda
del brazo norte del crucero, que parece la más tardía, reposando sobre ménsulas
en la base del arco toral, o sobre capiteles integrados en soportes convexos de
refuerzo, adheridos al muro en un momento posterior al resto.
Interior
Interior
Interior del crucero
Interior
Adorna la concavidad del ábside principal una
imposta inferior con ajedrezado y una superior con besantes en doble hilera,
que se extiende hasta los pilares del crucero. Ya se ha indicado que los tramos
originales de la nave no pasaban de dos, pues el de los pies es un añadido de
hacia 1920 para habilitar el coro alto al uso de los monjes. En esos tramos se
aprecian los muros de mampostería, con gran simplicidad ornamental en los dos
pilares intermedios, claramente renovado el del lado norte. Poco aporta la
rehecha portada occidental, con cinco arquivoltas lisas de ligero apuntamiento
y capiteles de inercia, bajo tejaroz, ventanal y canes repuestos. Noticias poco
concretas, por parte de Landázuri en el siglo XVIII y de Becerro de Bengoa en
el siglo XIX, hacen referencia a un claustro, quizá un pórtico, al norte de la
iglesia, del que no hay restos.
Sorprende al visitante ver una pieza muy
decorativa y algo fragmentada, que pudo servir como cancel, pero ahora se
encuentra sobre la pared del templo. Una orla lisa enmarca un rectángulo que
inscribe dos círculos semejantes, en forma de flores abiertas con una lacería
perforada a modo de celosía. Sobre el eje central y las enjutas se disponen
adornos florales, y se distinguen respectivamente 15 y 13 pétalos nervados en
las corolas abiertas. Las lacerías de cuatro bucles esquinados tienen lejana
progenie visigótica –como la D visigótica– y prerrománica, de donde pasa a
miniaturas y relieves románicos. La expresión de algo sin fin parece
predominante, pues el símbolo se adapta a un altar de la capilla de San Miguel
de Bessuejouls (Aveyron), a una cruz procedente de la Trinité –Abbaye aux
Dames– de Caen (Museo de Caen, Normandía), a un capitel de la iglesia de Combs
(Baja Auvernia), y compone series en arquivoltas o jambas de la portada de San
Andrés de Toscolano-Maderno (lago de Garda, Italia) y de los ventanales de San
Abundio de Como, también en Lombardía.

Restos de un posible cancel
Entre la riqueza escultórica de Estíbaliz cabe
destacar los ocho capiteles, que hacen gala de una pulcra talla, bajo los arcos
torales y que van acompañados de la franja de imposta con doble cenefa de
besantes. En el ángulo sudoeste aparecen los capiteles más sencillos, muy
similares, en los que priman los remates angulares de la cesta, con grandes
flores de lis colgantes partiendo de una trama de hojas enlazada por orla de
juncos curvados. La flor de lis invertida ya aparecía en Cluny a principios del
siglo XII.
Capiteles de los arcos torales
Las únicas diferencias se aprecian en que el
que mira al crucero presenta hojas del tipo acanto, y rosetas en los ápices,
mientras que el que da a la nave muestra vegetales muy estilizados y pequeñas estrellas
pareadas en los ápices. También son vegetales los del opuesto ángulo noroeste
del crucero, pero tratados con gran complejidad compositiva y elegancia formal.
El que da al crucero agita la hojarasca, apenas contenida por cintas que se
curvan organizando la composición según un eje de simetría. Es una forma muy
evolucionada del capitel corintio, con doble escalonamiento inferior y
caulículos doblados arriba, todo ello con notable claroscuro y sistemáticas
perforaciones de trépano en las cintas y roleos.
Más elegante –combinando los vegetales con
cuerpos de cuadrúpedos, aves y carátulas– se muestra el que mira al crucero
norte. Supone una gran escuela alcanzar el equilibrio de composición con formas
tan dispares, emulando las antiguas tradiciones que juegan con entrelazos,
tanto en miniatura como en eboraria o en talla. Aquí el juego se inicia abajo,
partiendo en cada cara de las carátulas, de cuyas bocas salen tallos, y en sus
frentes se funden las cabezas de cuadrúpedos estirados, todo enlazado por tallos
perlados que ascienden integrando hojas y aves en una fina trama, evocando
caulículos y volutas en los remates. La caligrafía rotunda de las carátulas
trae recuerdos del antiguo clasicismo.
La gran aportación iconográfica corresponde a
los cuatro capiteles absidales, integrados en un ciclo, muy característico
sobre la historia de la salvación, propio del siglo XII. Unas rosetas
octopétalas coronan uno o varios de los ápices de los cuatro capiteles, como
signo de la autoría única del citado ciclo, lo que es también confirmado por
las similitudes en figuras, rostros, plegados y demás detalles compositivos.
Pecado original Expulsión
del Paraiso
El ciclo se inicia en el lado septentrional
–izquierdo– del presbiterio, dramatizando el Pecado Original. El eje central
del capitel lo ocupa el árbol prohibido, en que se enrosca la serpiente
tentando a Eva con el fruto que ofrece en su boca. El lateral derecho presenta
a Eva y Adán desnudos y llevándose a la boca el fruto prohibido. En el opuesto
se ocultan, avergonzados, tras las hojas de la higuera, pero Dios se les
aparece entre nubes para recriminar su acción. Es un perfecto resumen del
capítulo 3 del libro del Génesis. Ambas escenas aparecen en un famoso capitel,
procedente de Cluny (Musée lapidaire du Farinier) y también en otro capitel del
crucero de la iglesia de Saint-André, en Chalon-sur-Saône (Saône et Loire), que
incluye una roseta similar en el ápice. La Expulsión del Paraíso se desarrolla
en dos actos. A la izquierda, un ángel nimbado expulsa a Adán y Eva desnudos,
aunque Eva intenta cubrirse, y doloridos, como indican sus manos en las
mejillas. A la derecha, un ángel blande una espada en su diestra, señalando con
la otra la puerta del Jardín de Edén o del Paraíso, puerta bien detallada en su
jamba, dovelas, batiente y herrajes.

Adán y Eva
Adán y Eva
Adán y Eva
Los Pecadores y sus castigos, enfrente, al otro
lado del ábside, quedan en claro paralelismo, pues suponen la actualización del
Pecado Original, mediante dos pecados muy tipificados en el código moral
medieval: la Lujuria y la Avaricia. Como Adán y Eva, forman pareja de hombre y
mujer, y van desnudos. A la izquierda, una mujer en cuclillas soporta las
mordeduras de un sapo y de una serpiente en sus pechos, y la brusquedad en su
cuello de un diablo alado, que empuña un tridente y la amenaza con sus dientes.
A la derecha, otro diablo agresivo doblega la cabeza y pisa el pie de un avaro,
caracterizado por la gran bolsa que cuelga de su cuello, de la que se apodera
el diablo. Un aro en la diestra del avaro abre la interrogación sobre si puede
tratarse del cedazo del molinero, de la piedra de moler o de la boca del horno.
Con la misma bolsa y aro, atacado por leones, se ve al avaro Epulón en el
capitel exterior izquierdo de la portada de Saint-Étienne de Bourg Argental
(Haute Loire), que muestra bajo él, como estatua columna, una representación de
la Lujuria, atacada por sapos y serpientes. En Saint-Philibert de Tournus se ve
un diablo arrastrando con una cadena al avaro que sostiene un aro en la mano.
Si se refieren a molineros, se destacaría una caracterización social de tal
pecado. Pero en un can de Santa María de Yermo (Cantabria) el diablo atormenta
a un avaro, que no sólo porta bolsa y una caja cuadrada, sino también una balanza,
lo que sugiere un comerciante, en general. Es sabido que las representaciones
de ambos pecados capitales, Avaricia y Lujuria, son innumerables en el
románico.
La Lujuria La
Avaricia
Capitel
historiado del Monasterio de Nuestra Señora de Estíbaliz, mostrando escenas
representativas de fertilidad.
Anunciación
Cierra el ciclo la Anunciación. De cara al
público, hacia el lado meridional del crucero, se ofrece una salida digna al
drama de la caída, desarrollado en los capiteles precedentes. Se destaca el
contraste dialéctico con el Pecado Original, en la oposición Eva-Ave y en el
tronco de árbol del eje central, que en este caso ostenta como fruto la vid,
que simboliza a Cristo: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn
15, 1). Así, es Jesucristo, aún sin aparecer en figura, quien se reafirma como
el anunciado protagonista del mensaje. Una filacteria, sostenida entre el ángel
y María, lo explicita con la salutación inicial, ave maria gracia ple [na],
subrayada en el gesto de sorpresa de la Virgen. Una paloma vuela hacia su oído,
simbolizando la consumación inmaterial de la Encarnación, que en ciertas
tradiciones se interpretaba en la Concepción por el oído, o bien mediante
intervención del Espíritu Santo en forma de paloma.
El brazo norte del crucero revela en la bóveda
y sus particulares soportes una intervención bastante más tardía. La ménsula
del ángulo próximo al ábside muestra un águila explayada y deteriorada. En la
opuesta ofrece una composición más compleja. Una columnilla muestra una
carátula amenazadora sobre el capitel. La flanquean tres figuras humanas,
imberbes, con túnicas y capas. Dos ostentan libros y el restante les señala.
Bajo el grupo, una mujer en posición de atlante se tira de sus largos cabellos.
Parece algo forzada la interpretación que se propuso del conjunto, recurriendo
al libro de Daniel, de modo que condensaría, abajo, la caída de Babilonia y,
arriba, los tres Jóvenes en el horno, aunque en ella resultase sugerente
destacar el contraste maniqueo de lo positivo (los jóvenes) y lo negativo (la
carátula y la atlante desesperada).
La anunciación
Ménsula
del brazo norte del crucero
Al fondo del brazo norte del crucero, los
esquinales se han reforzado con soportes redondeados que acogen en cada caso
tres columnas. Los capiteles son más apaisados y remedan las flores de lis
invertidas y pendientes de tallos que lucían los del ángulo suroeste del
crucero, pero incluyen carátulas en los vértices angulosos entre tallos. Vistos
éstos, sus basas y la solución desencajada de soportes y bóvedas, parece claro
concluir que son el fruto tardío de una reparación de refuerzo de un punto
débil, ya en los albores del gótico.
Fachada sur del crucero
La fachada sobresale, como un frontis luminoso
de piedra blanca, en el brazo sur del crucero. Compone un equilibrado plan de
tres cuerpos superpuestos: la portada, un amplio ventanal y la espadaña calada
por doble arquería. Todo ello organizado según un claro eje de simetría. La
portada abocinada queda protegida y destacada por el saliente del tejaroz. Una
fila de canes completa este primer marco, como plataforma para el nivel
intermedio, enmarcado por columnillas de ángulo, similares a las del ventanal
central. Éste cumple la doble misión de iluminar el crucero desde el Sur y de
aligerar el peso sobre la portada.
El ventanal se compone de tres arquivoltas y
sobrearco de ajedrezado. Los perfiles muestran baquetones, menos la externa,
que se achaflana. Sorprende la delicadeza de líneas punteadas, con pequeños
dentellones en las mediacañas, de la arquivolta interior y de las impostas, e
incluso trepanando los collarinos de las columnillas. El claroscuro del trépano
sigue tachonando los finos capiteles, plegados como un paraguas los interiores,
de entrelazados con cabecitas humanas los de la izquierda, e intercalando rosetas
o una flor de lis en la trama vegetal los de la derecha. Estos últimos anudan
paralelismos con los capiteles meridionales del crucero, así como una banda con
cadeneta en el intradós del ventanal refuerza los lazos con la decoración de la
portada inferior, incluso con algunos canes del tejaroz.
Ventana de la fachada sur
Corona la fachada una espadaña de doble vano,
realizado por sobrearcos que apoyan en columnillas, que han sido repuestas –no
así las columnillas que refuerzan los ángulos ni las repisas, que ya se
observan en fotos antiguas–. Si hacemos caso a la referencia del arquitecto
Olaguíbel, a fines del siglo XVIII la espadaña tenía cuatro arcos para otras
tantas campanas, que se redujeron a dos en el siguiente, pero que recibieron
temporalmente, a comienzos del siglo XX, un remate agudo para el tercer vano,
derribado por un temporal, quedando en un solo cuerpo de dos vanos, como ahora
se ve. Lo más singular es una repisa formada por una cabezota redonda con gran
boca erizada de dientes, todo muy caligráfico. Por el lado izquierdo de la
fachada se engrosa el muro para albergar una escalera de caracol, iluminada por
dos saeteras, de las que sólo existía la inferior antes de las reformas.
En cuanto a los canes del tejaroz, varios son
simples: el 1º, 5º, 7º y 10º presentan doble moldura de media caña; el 11º en
forma de nacela; el 3º, muy deteriorado, pudiera ser un instrumento, quizá un
salterio; el 8º lo forman tres barriles agrupados; el 6º compone tres bucles en
cadeneta englobando rosetas, de forma similar a como en el 13º envuelven una
roseta dos serpientes enlazadas. También otros presentan figuraciones: el 2º:
cabeza masculina con sombrero encasquetado, en relación con el 4º: cabeza femenina
con toca plisada; el 9º superpone una máscara de felino de dientes punzantes,
que le relacionan con la cabezota de la espadaña, amenazando a una cabeza de
hombre calvo; el 12º retoma la cabeza de felino, destacando las orejas, pero no
tan agresivo.
La Porta Speciosa
Así se ha popularizado, desde el estudio
simbólico del benedictino padre Pinedo, esta denominación: Speciosa (la puerta
hermosa). En ello Estíbaliz se hermana con el monasterio de Leire. El nombre
corresponde a dos muestras de los más elegantes y potentes despliegues
ornamentales del románico al norte del Ebro. En Estíbaliz, a las influencias
navarras, meseteñas y del valle del Ebro se suman aportaciones lejanas. Para su
rico repertorio ornamental pueden rastrearse muy lejos sus fuentes de
inspiración, dado el auge artístico del momento y la proyección cluniacense. A
la vez, su influjo difusor es claramente perceptible en una amplia área, que se
desborda también hacia la vertiente cantábrica.
Nada nos asegura que un monumento, tan afectado
por fases de declive y sucesivas refecciones, haya mantenido intacto su diseño
original, pues al menos se han intestado a ambos lados varias piezas
esculpidas, que por su finura se creyeron merecedoras de tan digno marco. No
hay tímpano esculpido, según es habitual en la comarca.
Se confía a las arquivoltas la labor de
escalonar, en el ritmo ondulante de las roscas, un sutil juego de sombras y
luces. Se aprecian tres arquivoltas: la primera de baquetón sobre la jamba, la
segunda en corona de acantos, la tercera se desdobla: arriba en cadeneta de
junquillos incluyendo piñas, y abajo en roleos perlados sobre cordoncillo,
sorprendiendo en ésta la presencia de una cabecita invertida y de un león, de
cuyas bocas brotan los roleos en las bases opuestas. También en San Andrés de
Toscolano-Maderno (lago de Garda, Italia) dos leones vomitan tallos de roleos
en los arranques de la arquivolta. Por fin, el sobrearco repite la cadeneta de
las piñas y se trasdosa con sarta de besantes. Vuelan en saliente las
escalonadas impostas en que ondulan, a la izquierda, los roleos perlados
rompiendo en brotes o en flores de arum, y se encadenan en zarcillos o enmarcan
corolas, a la derecha.
Las cuatro columnas, acodadas en sus jambas
sobre plintos y basas de garras, presentan fustes decorados con finas tramas de
encestado, los interiores, y de red romboidal de pétalos, incluyendo perlas,
los exteriores. Este afán de realzar los fustes con entrelazos cuenta con
viejas raíces borgoñonas, como las de la portada sur de Paray-le-Monial, que se
expanden, por ejemplo, a los Vosgos, como en Saint-Martin de Pompierre. Aún
siendo inusual en muchas regiones, se convierte gracias a Estíbaliz en un motivo
de referencia que se difunde por diversas portadas y ventanales de un amplio
entorno. El ornamento floral se completa en las jambas, orladas de besantes. En
la jamba izquierda se superponen y enroscan diez roleos contorneados de hojitas
festoneadas y, sobre el último, asienta entronizado un Pantocrator bendiciendo,
con libro y nimbo crucífero. Tal evocación divina entre roleos puede
encontrarse en miniaturas y eboraria.
La otra jamba retoma los roleos, muy
trepanados, ahora en forma de pámpanos que envuelven, en diez bucles, a cinco
figuras, y en el undécimo se arquean sobre un busto dominante, de rostro joven,
pelo rizado y diestra alzada con gran índice extendido. Desde abajo se
superponen, borrosos por la erosión, una figura femenina y cuatro hombres
contorsionados, quizá desnudos, y sobre ellos queda el hombre que señala con el
dedo. Su gesto le ha valido ser identificado con San Juan Bautista, lo que es
una posibilidad, por la conocida frase del Precursor mostrando a Cristo, pero
no es un atributo exclusivo, pues también se reconoce, por ejemplo, en varios
profetas del Antiguo Testamento. Si en ambas jambas dirigimos la vista al
arranque inferior de los roleos, nos sorprenderá descubrir dos figuras que
pasan casi desapercibidas: a la izquierda, una pequeña serpiente; a la derecha,
una mano humana que sujeta el arranque del tallo. No han sido tenidas en cuenta
en las descripciones, y menos aún en las interpretaciones, que deben ser
siempre muy prudentes.
Merecen la atención los cuatro capiteles,
cargados de sutileza y ligeros por el trépano, sobre collarinos en forma de
plato, rematados en los ápices con rosetas y una pequeña cabeza barbada en el
exterior de la derecha. El opuesto por la izquierda es de filiación corintia,
por la doble fila de finos acantos y las volutas angulares. El contiguo ofrece
en cada cara un bucle de ramaje curvado en espiral, que concluye en roseta o en
disco helicoidal, de gran originalidad. La configuración espiral trae recuerdos
del doble capitel, procedente del monasterio de Santa María la Real de Aguilar
de Campoo, conservado en el Museo Arqueológico Nacional (nº inventario 50167) y
también de unos capiteles procedentes del despoblado alavés de Donás, que
fueron recogidos en el Museo Incipiente de Álava y de los que ahora se ignora
su paradero.
El capitel interior izquierdo, roto en la base,
superpone dos filas de hojas perladas o trepanadas, replegadas como cogollos en
los ángulos. El último de la derecha marca con perlitas los roleos envolviendo
hojarasca, bajo la cabeza que asoma en el ápice. La labra delicada, permitida
por la piedra franca, aún pareciendo algo barroca, resulta en general graciosa.
Capitel
y atlante
Capitel de acantos sobre jóvenes
durmientes y capitel con centauro y arpía
Escena con centauro y arpía.
Escena con centauro y arpía.
Relieve de la Anunciación
Las preciadas piezas añadidas al programa
inicial ya se distinguen en la portada dibujada y fotografiada antes de fines
del siglo XIX. Algunos rasgos de proximidad temática o estilística con
Armentia, han marcado el rumbo para las pesquisas en busca de su eventual
procedencia. De las cinco piezas, hay cuatro que resultan concordantes en
estilo: la Anunciación, el atlante, los jóvenes durmientes y el doble capitel.
Difiere la factura nerviosa y detallada del sagitario, próxima a muchas
figuraciones de la portada. Sobre la imposta del ángulo izquierdo del frontis,
se aprecia un capitel de tradición corintia, soportado por un atlante barbudo,
de sombrero globuloso y en cuclillas. Al otro extremo se superpone un triple
conjunto: abajo, un capitel de acantos trepanados, cuyo collarino reposa sobre
la cabeza de dos jóvenes durmientes que alzan sus túnicas exhibiendo las
piernas; en el centro, un hosco centauro sagitario dispara su flecha
atravesando una arpía emplumada; arriba, dos capiteles de inspiración corintia,
el inferior invertido.
Pero el relieve más destacado, contiguo a lo
anterior, muestra una delicada escena del ángel Gabriel y de María en la
Anunciación. La pieza aparece recortada y mal encajada entre dos impostas y el
sobrearco. El suelo se ondula bajo sus pies calzados, lo que es inusual en el
caso del ángel. Una fina columna los separa, pero los une la doble arcada de
medio punto rematada en castilletes, quizá sugiriendo la morada de María o la
ciudad de Nazareth. Ambos giran en diálogo, marcado por el gesto anunciador del
ángel, al que responde la sorpresa de María, que modestamente alza sus manos.
Ella viste túnica, manto y toca sobre la cabeza, con pliegues verticales,
angulosos o curvos. Son mucho más abultados y movidos en el caso del ángel, de
amplia manga en la túnica, manto ceñido y con caída arqueada además del pliegue
inflado, que simboliza la premura de su viaje. Muestra cara juvenil, graciosos
rizos y sólo un ala vista. Algunos estilemas les unifican a ambos: la reserva
lisa en la cadera, al modo de Armentia, pero en especial unas líneas
concéntricas de plegado filiforme, que parecen más características de las
piezas encajadas en la portada de Estíbaliz, pues se hallan también en el
atlante antes citado.
La entrega de Estíbaliz al monasterio
benedictino de Santa María de Nájera, por Doña María López en 1138, marcó sin
duda en un corto plazo el arranque de las obras, que pudieron prolongarse más
de medio siglo, aprovechando los años de esplendor del citado mercado de
Estíbaliz, hacia 1176, y rematando incluso la Porta Speciosa para el tiempo de
la segunda fecha documentada del mismo, hacia 1191.
En el absidiolo meridional –antes ocupaba el
del lado opuesto– se halla una pila bautismal del siglo XIII, de ejecución, por
tanto, posterior al conjunto de la iglesia. Un sector del lado posterior de la
taza quedó sin tallar, evidenciando que se dispuso adosada o muy próxima al
muro, quizá en el absidiolo del norte. No responden al mismo estilo la taza y
el pie, y es de lamentar que su base esté muy deteriorada. El pie responde a
una fórmula, habitual en la Llanada alavesa, que reúne cuatro columnillas en torno
a un cilindro, pero en Estíbaliz encaja a duras penas en la base de la taza,
interfiriendo en ella y rasgando su decoración de hojas. De los pequeños
capiteles vegetales, sólo uno muestra con claridad un rostro humano
estereotipado, enmarcado por tallos de los que penden frutos. Corresponden a la
misma factura tardía de los capiteles del soporte del brazo septentrional del
crucero.
En cambio, las tallas de la copa resultan más
expresivas y variadas, combinando en toda la base curva de la taza una gran
flor abierta, con finas arquerías trilobuladas, y en el remate, una triple
hilera de ajedrezado que imita castilletes. Resulta muy original la enorme
corola de al menos cuatro hileras de pétalos imbricados. Recuerda una gran flor
acuática, como la del nenúfar –en Occidente–, o del loto –en Oriente–. Las
hojas se disponen planas, apuntadas y con marcada nervadura en cuadradillo, y
sólo tres de la fila superior presentan el borde entallado.
En la banda ancha de la taza se dispone una
galería de arquerías trilobuladas, dobladas por gabletes silueteados por
crochet, sobre columnillas. Se completaron doce arquerías que engloban figuras
talladas que, en sentido contrario a las agujas del reloj, se identifican como:
Aqua; rostro masculino con cabello ceñido y perilla; águila explayada; cabeza
de joven imberbe con pelo rizado; águila explayada; cabeza deteriorada de
joven; león rampante; león pasante; rostro masculino con densa cabellera y
barba; águila explayada; dos leones erguidos afrontados; hoja acuática de limbo
ancho ondulado. La única figura difícil de reconocer es la primera, y por ello
su visión ha sido forzada en los estudios, según la previa interpretación
iconológica, presentándola como una cara humana o como un cefalópodo o medusa
octópoda.
Esta figura tiene el aspecto de una bolsa
combada, abierta hacia abajo y con cinco ramificaciones colgantes. Se puede
reconocer ahí un antiguo símbolo del Abyssus –véase la miniatura del fol. 5 v
de la Biblia de Ripoll, del siglo XI (Roma, Vaticano, Bib. Apost. lat. 5729,
fol. 5v) y otras–. Pero en concreto la mejor correspondencia la ofrece una
miniatura de la Clavis Physicae de Honorio de Autun –que sigue el Periphyseon
de Escoto–, pintada hacia mediados del siglo xii (París, B.N. ms lat 6734, fol
3v). Allí, entre las cuatro naturalezas de la Creación, Ignis, Aer, Aqua,
Terra, (Fuego, Aire, Agua y Tierra), la identificación del Aqua es exactamente
igual que la de la pila de Estíbaliz, sólo que en las ramificaciones colgantes
aparecen peces.
El paralelismo con la miniatura permite avanzar
en la interpretación de las figuraciones de la pila. Como allí, el Aer se
relaciona con aves (águilas); la Terra tanto con plantas (la hoja abierta), con
animales terrestres (leones), como humanos (las cuatro cabezas). Respecto al
Ignis, se ven nubes y figuras con nimbo: serán santos. En conclusión, de las
doce figuras de la pila de Estíbaliz, la primera significa Aqua, muy lógico en
ambiente bautismal; las águilas –fig. 3, 5 y 10– son el Aer; y el resto, tanto
leones como cabezas humanas –de jóvenes o viejos–, se refieren a la Terra.
Queda sin alusión el Ignis. Respecto a las arquerías treboladas y los
castilletes, se combinan habitualmente en los doseles del gótico, ya iniciado
el siglo xiii, quizá perdiendo gradualmente la típica evocación de la Jerusalén
Celestial, que aún seguía claramente vigente en Armentia.
Virgen de Estíbaliz
Por último, hay que hacer referencia a la
Virgen de Estíbaliz. Sus dimensiones son 120 x 40 x 30 cm. Dada la ruinosa
situación de la ermita de Estíbaliz, la imagen fue trasladada a la parroquia de
Villafranca. Una descripción de Lorenzo Fernández de Viana señala su estado deplorable
en 1871, pues los más graves deterioros o ausencias afectaban a la cabeza y
manos de la Virgen y la figura del Niño, de manera que fueron cumplidamente
restaurados por él mismo en 1897. El Niño data de entonces. Adrián Aldecoa
retocó la policromía en 1946. Una nueva repristinación tuvo lugar en 1984, de
la mano de José Eguía.
La Virgen, hierática y simétrica, corresponde
al tipo de Sedes Sapientiae y supera el metro de altura. Se halla entronizada
en alta sede, cuyos cuatro montantes rematan en bolas, y está coronada, como el
Niño. El rostro, fruto de la restauración, se enmarca con un velo plegado.
Desciende de los hombros una capa con pechera y cuello engalanado que permite
mostrar las mangas y una sobreveste delantera de remate oval. La túnica
inferior, talar, ondula apenas los plegados, pero ostenta unas muy largas mangas
de las que asoman los puños de la camisa y las manos: la izquierda, para
sujetar al Niño, y la derecha, ostentando una flor abierta. El Niño bendice con
la diestra, sujetando en la otra la bola de su autoridad. La vestimenta, rostro
y manos dejan abiertas muchas incógnitas sobre el grado de fidelidad a los
elementos originales. Los tonos de la policromía, también readaptados por las
sucesivas restauraciones, van desde el dorado al rojo y azul oscuro.
Argandoña
Situado a poco más de 8 km de Vitoria-Gasteiz,
el pueblo de Argandoña está emplazado a los pies del cerro de Estíbaliz y de su
santuario, un punto neurálgico en pleno Camino de Santiago entre Salvatierra y
Vitoria, los caminos de la Montaña y la Llanada alavesa. Se accede saliendo de
Vitoria por la carretera N-104 en dirección a San Sebastián, tomando la salida
tras pasar Elorriaga y circulando por la A-132 en dirección a Estella. Tras
dejar atrás Ascarza, Argandoña se nos presenta a la izquierda de la carretera
subiendo el cerro.
El documento de la Reja de San Millán registra
que Argandoña, entonces denominado Argendonia, pagaba al monasterio riojano
tres rejas junto con Aberásturi, Uriarte, Petríquiz, Ascarza y San Román en el
Alfoz 2º de Harhazua. El obispo Jerónimo Aznar la denomina Argandoynna en 1257,
y se comprueba que a la reunión del Arcedianato de Álava de 1295 asistieron dos
beneficiados del lugar de Argandonna.
Iglesia de Santa Columba
La iglesia de Argandoña es un espléndido
ejemplo de arquitectura románica de la Llanada, y forma parte de ese conjunto
de edificios románicos con ábside semicircular, como son Gazeo, Alaitza,
Trokoniz, Santa María de Ayala o San Juan de Arrarain, entre otros. Quizá los
casos de Trokoniz, Ayala y la propia Argandoña podrían pertenecer a un siglo
XIII más avanzado, con construcciones absidiales de mayor entidad.
Consta de una planta de nave única cubierta con
bóveda de cañón apuntado, dividida en tres tramos, además del presbiterio, que
ya, como muestra de un románico de inercia, se cubre con bóveda de arcos
cruzados. Frente al ábside se observa cómo el arco triunfal apea sobre unas
pilastras con capiteles vegetales algo deteriorados, que presentan adosadas
unas columnillas que descienden sin llegar al suelo, y se apoyan en pequeñas
ménsulas con forma de carátulas. El cuerpo románico tiene adosada la sacristía a
la izquierda –espacio del siglo XVI– y el pórtico posterior en la fachada sur.
Este pórtico, abierto al sur por tres arcos de
medio punto, acoge una bella portada contemporánea a la iglesia, con tres arcos
y sobrearco apuntados, y las cuatro arquivoltas decoradas con baquetón liso que
reposan sobre una imposta con tallo ondulante y hojas verticales en sus curvas.
Presenta dos pares de columnas a cada lado, ya que la arquivolta interior se
apoya sobre jambas lisas.
Los fustes de estas columnas están íntimamente
relacionados con los de la Puerta Speciosa de Estíbaliz: el exterior izquierdo
y el interior derecho muestran decoración de retícula con botones en los
huecos, y los otros dos con motivo de encestado. Todas las columnas se apoyan
en basas decoradas por finas franjas punteadas que alternan con franjas lisas.
Las de la derecha rematan con un motivo vegetal en el vértice, mientras que las
de la izquierda lo hacen con una voluta.
Los capiteles también son de alta calidad: de
izquierda a derecha vemos hojas de acanto con volutas en la parte superior;
monstruo, posiblemente un león, de grandes fauces que lucha con una serpiente
de cuerpo aplastado y lengua bífida, a la que agarra por el cuello.
En el lado derecho vemos hacia el interior un
capitel con acantos estilizados y muy trepanados, y en el exterior dos círculos
con punteado y cruces entrelazadas en medio, ambos capiteles con lises vueltas
en los vértices.
El exterior de la iglesia presenta sillares
excepcionalmente bien cortados. La bóveda de arcos cruzados del interior tiene
su reflejo en el exterior del tramo recto del presbiterio, ya que el muro se
refuerza por cuatro pilastras adosadas que permiten la descarga de las fuerzas
de los arcos interiores. Actualmente sólo se puede ver completamente una de las
pilastras en el muro sur, ya que las del norte están ocultas por la sacristía,
y la otra semioculta por la obra del pórtico.
Esta pilastra aparece dividida por una imposta
lisa que recorre todo el ábside semicircular, y se moldura también con
columnillas adosadas y adornadas con sus respectivos capiteles y basas: vemos
capiteles con hojas y cabezas animales muy esquemáticas, tanto debajo de la
imposta como debajo del alero del tejado, y sus correspondientes basas con
hojas verticales. Junto a esta pilastra vemos una de las dos ventanas románicas
de la iglesia –en este caso cegada–, de la que se conserva el sobrearco de
medio punto liso, la imposta con una hilera de hojas con puntos, restos del
capitel izquierdo, vegetal, incrustado en el muro y la columna derecha, de
fuste liso, con un pequeño capitel de líneas geométricas.
En el exterior, el ábside presenta cinco
lienzos generados a partir de cuatro semicolumnas adosadas que molduran
verticalmente la cabecera. Estas columnas asientan sobre basas con garras y
flores geométricas, y están rematadas por capiteles bastante deteriorados,
todos con decoración vegetal, menos uno, que presenta una cabeza de buey; a su
lado se aprecia una estrella de ocho puntas grabada en un sillar.
En el paño central se abre un ventanal bien
conservado, uno de los más bellos del románico alavés, de fina labra sin
recargar, y realizado por el mismo taller de influencias orientales que trabajó
en las portadas de Otazu, Durana o Gordoa, ya que los motivos prácticamente se
repiten en las cuatro iglesias: entrelazos, molduras polilobuladas, tema de
Dama y Caballero, estrellas de seis puntas, motivos almenados, etc. Esta
ventana abocinada presenta tres arquivoltas baquetonadas de medio punto y
sobrearco con una moldura polilobulada, con cada uno de sus vértices decorados
con una flor de cuatro pétalos. Las arquivoltas descansan en una imposta con
hilera de hojas lanceoladas punteadas –la misma que aparece en la ventana
cegada del muro sur– y bajo ella una cenefa de incisiones en zig-zag que
recorre la parte superior de todos los capiteles.
Seis son las columnas de fuste liso apoyadas en
basas con flores geométricas en semicírculos y volutas en sus vértices, tres a
cada lado, que alternan con columnillas cuyos capiteles tienen, los de la
izquierda, volutas los dos primeros y vegetal el interior, y los de la derecha,
volutas el exterior, decoración geométrica el del centro, la misma que la
ventana cegada del muro sur, y hojas con cabezas animales entre ellas, como en
las pilastras exteriores del presbiterio, motivo proveniente de Estíbaliz. Los
capiteles principales, de gran calidad, muestran, a la izquierda y de fuera
adentro, un sacerdote con vestiduras sagradas, los brazos en alto y manípulo en
la mano izquierda, en actitud de oficiante; tallos vueltos en espiral hacia
afuera y, sobre ellos, castilletes; y cabeza de varón con melena partida y
flequillo, de rasgos nobles. A la derecha, de dentro afuera, vemos dos
estrellas de seis puntas formadas por dos triángulos entrelazados, con una hoja
en el vértice y, encima, tallos vueltos con cabezas de animales asomando en los
huecos; cabeza de dama de facciones nobles con toca de barbuquejo, similar a la
del varón; y águila en presa sobre un conejo. Todos los capiteles presentan un
collarino con tallos ondulantes.
En fechas muy recientes la parroquia de
Argandoña ha sido protagonista de uno de los hallazgos más fructíferos del arte
medieval alavés. En el interior de la iglesia, en el hueco absidial, se sitúa
un retablo de estilo neoclásico realizado en 1777 por Mateo y José de Moraza,
retablo que se adapta perfectamente al cascarón del ábside impidiendo ver
cualquier resquicio de éste. Tras una visita a la iglesia para otros
menesteres, un grupo formado por vecinos del pueblo y el profesor de la
Universidad del País Vasco Pedro Echeverría Goñi desplazaron el ostensorio y
sagrario del retablo, pudiendo acceder a la parte trasera del mismo por un
estrecho y precario espacio. Allí pudieron comprobar que existe una traducción
hacia el interior de la magnífica ventana exterior, de las mismas
características, esta vez con dos pares de columnas principales y dos
columnillas a cada lado. Las arquivoltas, también dos, son baquetonadas, aunque
la exterior presenta adosada una moldura que se decora con motivos vegetales de
hojas muy naturalistas.
Además existe un sobrearco sencillo que apea
sobre dos ménsulas con decoración figurativa: una cabeza humana con cabello
partido y dos orejas puntiagudas, como las de un felino, y otra cabeza muy
deteriorada por atravesarla el anclaje del retablo. Las arquivoltas apoyan
sobre una imposta con hilera de hojas lanceoladas con puntos, igual a la del
exterior, y bajo ellas, en el lado derecho, una moldura de dientes de sierra y
de hojas lanceoladas menos estilizadas en el izquierdo, sobre los capiteles.
Los capiteles repiten temas ya vistos en el
exterior: a la izquierda, de fuera adentro, una extraña estrella de siete
puntas en la cara exterior y otra de cinco puntas en la interior, y una hoja
carnosa en el vértice y, sobre ellas, volutas de tallos vueltos con cabezas de
animales en los espacios centrales (igual que en el capitel interior derecho de
la ventana exterior); los mismos tallos de nuevo en dos pisos, con hojas en el
vértice abajo y volutas arriba, y corazones en los espacios en lugar de cabezas
de animal.
En el lado derecho, y de dentro afuera, se
encuentran de nuevo los tallos con voluta en el vértice en la parte inferior
del capitel, y en los espacios hay flores de seis pétalos inscritas en círculos
con punteado, y encima volutas con cabezas de animales; el último capitel
repite el tema de los tallos con hojas en el vértice y corazones en los
espacios intermedios, esta vez en los dos pisos del capitel.
Debajo de las cestas, aparece de nuevo un
collarino con tallos ondulantes. Los fustes son todos lisos y las basas
idénticas a las exteriores; los capiteles de los intercolumnios son vegetales y
sus basas lisas o con garras y flores geométricas.
Si ya por sí mismo este descubrimiento es
importante, lo más sorprendente de todo es que esta ventana está completamente
policromada en acusados tonos rojos, amarillos y azules, los colores “canónicos”.
La zona alrededor del vano cegado presenta una cenefa vegetal naturalista en
azul. Los capiteles se pintan en rojo y amarillo para los detalles. La imposta
alterna rojo y amarillo para las hojas lanceoladas. Los fustes se decoran con
motivos en zigzag dentado, sobre todo en azul. Las arquivoltas alternan capas
homogéneas de color rojo en sus zonas convexas con líneas paralelas en rojo,
amarillo y el color de la piedra en las cóncavas. La moldura con motivos
florales también se pinta en rojo y amarillo; las basas, los capiteles de los
intercolumnios e incluso las ménsulas del sobrearco –con el personaje de la
izquierda de cabello partido– en tono amarillo. El resto del ábside parece
estar encalado en blanco en su totalidad, como el resto del templo.
No existe ninguna referencia a este ventanal y
a sus pinturas. La única reseña al respecto la hace el profesor de la
Universidad del País Vasco Carlos Venegas en su tesis doctoral, donde escribe: “(…)
Ábside: se encuentra oculto por un retablo neoclásico perfectamente adaptado a
la arquitectura. Pese a ello, en la inspección realizada a través de un pequeño
intersticio se ha podido comprobar que al menos la ventana ábside se encuentra
decorada con pinturas murales realizadas al temple que parecen ser de una época
bastante posterior. Ha resultado totalmente imposible acceder al resto del
muro. (…)”. Consultados de nuevo los profesores Echeverría y Venegas, y
ante la inexistencia de un estudio detallado, se sitúan las pinturas en los
siglos del gótico por su decoración geométrica, sus roleos naturalistas y el
tipo de pigmento, aunque cualquier aproximación cronológica más explícita
supondría hacer conjeturas sin argumentos de peso.
De cualquier modo, la evidencia de estas
pinturas confirma la teoría, sostenida entre otros por los citados profesores,
de que todos los templos medievales estaban completamente policromados. No
necesariamente incluían programas iconográficos, que también existían, como se
demuestra en las cercanas parroquias de Gazeo y Alaitza, sino sobre todo a base
de motivos ornamentales, y no se mostraban con la piedra desnuda como se con
templan hoy en día y como corrientes estéticas anteriores han hecho creer. De
hecho, en la nave de Argandoña, tanto en el presbiterio como en el coro, se
aprecia un despiece de sillería con doble línea de color rojizo, que el
profesor Venegas relaciona con los de Añua y que se encuadran en el siglo XIV;
y en la sacristía, ya del siglo XVI, encontramos otro despiece distinto, de
ladrillo con arcos conopiales rematados en tres pequeñas bolas, y algunas
cenefas decorativas, un poco posteriores a la obra de la arquitectura.
Lasarte
La aldea de Lasarte dista apenas 4 km desde el
centro de Vitoria, y 2 km desde Armentia. Se eleva un poco más que estas
poblaciones, a 569 m sobre el nivel del mar, unida por el acceso A-4132 a la
carretera A-3102 que sube desde Vitoria al puerto de Zaldiaran, y también a la
carretera A-2124 que va al puerto de Vitoria. Ambas rutas cruzan hacia el Sur
la pequeña sierra que separa la Llanada alavesa de la comarca de Treviño, como
paso rápido para dirigirse hacia las tierras meridionales de Álava y el valle del
Ebro.
En los albores del primer milenio destacaba
Lassarte –así figura escrito–, junto con Armentia y Gasteiz –futura villa de
Vitoria–, entre las poblaciones alavesas más pobladas, pues alcanzaban a reunir
cada una tres rejas de hierro como donativo al monasterio de San Millán de la
Cogolla, lo que sólo ocurre en muy raras ocasiones, pues en otros casos hace
falta unirse dos o tres núcleos para alcanzar a reunir las tres rejas. Pero
Lasarte no pudo seguir el despegue de Gasteiz, ya provista de muros en el siglo
XI y villa aforada en 1181, llegando un siglo más tarde, el 13 de mayo de 1286,
a ser ella misma la aldea de Lasarte, donada a la villa de Vitoria por el rey
Sancho IV de Castilla, que la había recibido de la Cofradía de Álava cuando era
aún infante.
Lasarte fue sede de una Junta de Caballeros e
Infanzones, y también consta que, desde el siglo XVI, contaba con la ermita de
San Pedro de Ibarra, desaparecida hacia 1800. La parroquia de Lasarte, como las
otras nueve aldeas viejas, era en la Edad Media dependiente del cabildo
vitoriano. Hubo un conflicto en el siglo xiii sobre si los diezmos debían pasar
al cabildo de Armentia, protegido por los Obispos de Calahorra, o al cabildo
vitoriano. Tras los pleitos, en algunas épocas llegó a ser administrada por la
Colegiata de Santa María de Vitoria quedando, al menos desde el siglo XVI,
unida en este punto a los destinos de Armentia, pues ambas convivían bajo una
misma administración común.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
La parroquia de la Asunción de Lasarte presenta
una arquitectura maciza, semejante a una fortaleza, tanto por el cuerpo unido
de nave y cabecera, como por la torre. El aparejo utilizado es de mampostería
de lajas y bloques calizos de extracción próxima.
La conformación de una amplia planta de salón y
el tipo de claves de bóveda concuerdan bien con una inscripción pintada en el
interior, que conmemora su conclusión en 1511. Tres siglos después, en 1806,
recibió el correspondiente maestreo, dando una fisonomía igualitaria al
conjunto, que poco antes había sido completado con un retablo neoclásico de
1798, de relativa valía. Tanto éste como los otros retablos barrocos de fines
del siglo xviii fueron trasladados en las reformas de hacia 1974, para liberar en
el presbiterio los ventanales románicos, hasta entonces ocultos.
Estos dos ventanales y dos estatuas-columnas,
sorprendentemente intestadas en una cabecera inadaptada a ellos, suscitan
muchos interrogantes. Su parentesco con el último taller de Armentia es tan
marcado, y su prestancia tan impropia de un templo rural, que cabe preguntarse
si no fueron labrados y costeados para la Colegiata de Armentia que, en sus
refecciones, fue despojada de ellos para mejorar la vecina fábrica de Lasarte.
Para ello hay dos momentos oportunos: el primero en torno a 1500, cuando Armentia
desciende de la categoría de Colegiata a la de parroquia rural, y en cambio se
está construyendo la parroquia de Lasarte, concluida en 1511; el segundo, en la
conocida remodelación de Armentia en 1776, cuando sabemos que, de todo lo
desmontado, fueron separadas piezas de calidad por el mayordomo del cabildo
colegial, Gabriel de Guesalaga, sin que tengamos por ahora constancia de cuáles
eran, ni de su destino. En esta época era párroco de Lasarte Esteban Antonio de
Armentia, persona de reconocida autoridad, pues desde el Obispado de Calahorra
le nombran “juez de comisión” y depositario provisional de las primicias
procedentes de Armentia que correspondían a la Colegial de Vitoria, como
garantía de que se vayan a hacer en Armentia las obras necesarias.
La portada de la parroquia de Lasarte
corresponde a un románico de inercia, muy simple en su trazado, con triple
arquivolta apuntada, formada por gruesos boceles y sólo una con vegetales
ondulantes mostrando hojas estilizadas y medias bolas en el sobrearco. Bajo la
imposta lisa, la mayor muestra de cansancio corresponde a los soportes, que han
dejado de ser columnas cilíndricas para transformarse en baquetones verticales,
rematados en capiteles angulares, ornamentados con ocho mascarones, cuatro por
lado. Los rostros, frontales, van enmarcados por formas muy planas que sugieren
cabellos, tocas o barbuquejos.
Los collarinos y las basas van encordonados.
Según las características, todo apunta a dataciones muy avanzadas dentro del
siglo XIII. También se conserva una pila bautismal, dotada de amplia base
decorada con vegetales, bolas y garras. Sobre la base va un pie cilíndrico
flanqueado por cuatro columnillas, como soporte de la copa, amplia y lisa.
Dos estatuas-columnas –previamente ubicadas en
el exterior, a ambos lados del ventanal del Apostolado–, con motivo de la
restauración de 1974, fueron emplazadas al fondo del presbiterio, al lado
izquierdo, en el lado opuesto a la cara interna del ventanal citado. Las
figuras, de similar factura, apoyan sus pies calzados sobre peanas, montadas
sobre pedestales de moldura decreciente y rematadas con cimacios superiores, en
forma de artesa invertida.
Comenzando por la izquierda, la figura gira la
cabeza hacia su pendant. Se cubre con bonete cilíndrico, que libera grandes
mechones de cabello apelmazado, enmarcando un rostro de marcadas facciones y
ancha mandíbula, en consonancia con un amplio cuello. Viste túnica talar, de
mangas estrechas, que remata abajo en pliegues doblados, como también el manto,
pero en éste destacan sobre todo los graciosos frunces del hombro izquierdo y
la amplia caída bajo ese mismo brazo doblado. Queda así libre la mano derecha
que, como atributo, ostenta una vara florida.
Estatua-columna. Aarón
Estatua-columna. Moisés
La otra figura, fina de modelado, repite el
bonete cilíndrico. De cara redonda y con graciosos rizos, parece insinuar un
leve giro hacia su derecha, como en diálogo con la anterior. También sus pies
se calzan con pedules, y se muestran abiertos y separados. La túnica, de ajustada
manga, va ceñida a la cintura, alisando la curva de la cadera, tal como se
puede ver en muchas figuras de Armentia, y, como allí, marcando los remates
inferiores con forma de tubos aplastados de órgano. A modo de clámide y con
fíbula redonda, sujeta el manto en el hombro derecho, que así libera ese lado,
cubre el hombro opuesto, se dobla sobre el brazo izquierdo y termina en
elegantes dobleces. De esa forma puede quedar respetuosamente oculta la mano
izquierda, encargada de portar el atributo, cuya importancia es rubricada por
el gesto indicativo del índice de su diestra.
Señala lo que parece un libro que muestra un
retalle rehundido en su borde superior, liberando dos ápices redondeados, de
manera que, si no es una rotura accidental, su forma recuerda las famosas
tablas de la ley de Moisés, que ya se representaban por esta fecha en Vezelay y
en otros relieves románicos.
Resulta aceptable la hipótesis que propuso Ruiz
Maldonado, de que pueda interpretarse como Moisés acompañado por su hermano
Aarón, a quien cuadra bien la tradicional vara florida, interpretada en la
Patrística como una alusión que simboliza a la Virgen en el Nuevo Testamento.
Según diversos aspectos estilísticos, se emparenta con el tercer taller de
Armentia. Por ejemplo, el rostro carirredondo y los rizos del supuesto Moisés
son muy comparables con los del ángel derecho del Tímpano de la Ascensión.
En el costado sur del presbiterio, a una altura
inferior a la de su compañero del ábside, se abre una ventana de gran valor
ornamental, embutida entre la tosca mampostería circundante. En su cara
exterior cubre el estrecho vano con dos arquivoltas de medio punto y sobrearco,
apoyando sobre dos pares de columnas.
La arquivolta interior luce corona de acantos,
la siguiente cardina en espiral y, en la superior, se encadenan roleos formados
por hojas dentadas o flordelisadas.
La misma ejecución, de fino diseño trepanado,
se aprecia en los cimacios, con más ágil agitación en el lado izquierdo y con
una serie de hojitas perladas en el derecho. Hasta las jambas externas lucen o
una tira de zigzag o una cadeneta, y emergen mínimas columnillas en los
intercolumnios. A la derecha, los capiteles, vegetales están muy dañados, y lo
mismo el interior del lado opuesto, que mostraba acantos trepanados. Por suerte
se ha salvado el izquierdo, con finas cardinas que giran en doble espiral, rematándolas
una piña colgante en el ápice central. Es una talla muy elaborada, con
paralelismos en Navarra (Torres del Río) y en Burgos (Escalada y Bañuelos de
Rudrón), entre otros.
De organización similar, pero mucho más
sencilla en motivos y en acabado, es la cara interior del citado ventanal,
ubicado sobre una doble credencia de vanos simples. Varios elementos, en
cimacios o basas, han debido ser reconstruidos. Ornamenta sus arquivoltas con
sartas de medias bolas, abalorios o perlas, simplificando el carácter moldurado
del cimacio. Los capiteles, vegetales, prosiguen modestamente la estela de la
cara exterior. En conclusión de lo analizado en este ventanal meridional, hay
muchos puntos comunes con las tallas de Armentia, por ejemplo con las orlas que
acompañan a los relieves figurados del pórtico.
Respecto al ventanal sudeste del ábside,
tratándose de una obra maestra –pues no es fácil hallar un ventanal comparable
a él–, su ubicación lógica sería un lugar preferente, ocupando el centro y eje
del ábside. Pero en Lasarte tal espacio sólo recibe una luz casi cenital de un
altísimo óculo con estrella en pentáculo y, en cambio, el magnífico ventanal
del apostolado se relega a un lateral del ochavo.
Extraño y mal encajado en la elevada
construcción tardogótica, no cabe duda de la reubicación tardía de este
ventanal y, en cuanto al centro y eje del ábside, es claro que el criterio
primordial era el de respetar el espacio destinado al retablo, una preocupación
posterior a cualquier fase del arte románico.
En su cara exterior destaca su gran despliegue
del abocinamiento, alcanzando cinco arquerías superpuestas, cuatro de ellas
como arquivoltas y la superior como sobrearco. La rosca interna muestra una
cadeneta que incluye flores de aro, la segunda roleos perlados con hojas
plegadas, la tercera acantos, la cuarta abalorios y el sobrearco roleos en
espiral. Las impostas, muy voladas, se pueblan de hojarasca palmeada y dentada,
e incluso las finas jambas interiores se cubren de cadenetas y de hojitas
trepanadas, mientras que las exteriores encadenan motivos vegetales, aves y una
arpía, todo de fina labra, idéntica a la que se ve en el pórtico de Armentia.
Otro tanto puede decirse de los capiteles, con los acantos trepanados del lado
derecho, o las enramadas vegetales del izquierdo, en las que asoma una arpía.
Este rico escenario pone en valor las seis
estatuas columnas, con figuras de Apóstoles, calzados con pedules, vestidos de
túnicas ajustadas y amplios mantos, pero desprotegidos ante la intemperie y los
traslados. Varían los gestos, los rostros, los peinados, las mangas y manos,
pero hay mucha regularidad en los pliegues, verticales, terciados y con la zona
de reserva lisa en la curva cadera, de modo que, en todo ello, se revela un
aire de familia con la estatuaria del pórtico de Armentia. En algún caso incluso
se giran y conversan. El apóstol exterior del lado izquierdo muestra calvicie y
arrugas en la frente, larga barba, manto en forma de toga y despliega un amplio
rótulo, por lo que puede tratarse de San Pablo. El central, de abultado cabello
y barba, ostenta llaves, lo que hace suponer que sea San Pedro. Hacia ellos se
vuelve, y respetuosamente les señala, el apóstol interior, joven imberbe de
poblada melena abultada tras la nuca.
Pasando al otro lado, el apóstol interior se
halla descabezado, muestra cenefa en el cuello y ostenta un libro, que
modestamente sostiene sobre la izquierda velada y sujeta con la otra por su
canto superior. En similar postura y gesto, el siguiente señala con la diestra
el libro que presenta, luciendo abundante melena y poblada barba. El último se
gira hacia fuera, alzando la mano derecha en signo de saludo o bendición, con
gesto decidido en su mirada, y peina melena partida que se ahueca hacia la
nuca.
La cara interna estuvo oculta detrás de un
retablo hasta la restauración de 1974, cuando se descubrieron las seis figuras
que faltaban para completar el grupo de los Doce. Por desgracia echamos de
menos aún los atributos que harán más fácil su identificación a partir del
gótico. La estructura de esta cara del ventanal se halló dañada e incompleta,
no sólo por daños motivados en su reubicación, sino que en origen los tallistas
no acabaron del todo su labor en peinados o detalles de algunas figuras.
Se ven cuatro arquivoltas, en buen parte
recompuestas, pues sólo la interior está completa, enlazando roleos floreados.
La segunda encadena hojas flordelisadas, siendo más densa la enramada
siguiente, y con umbos florales estrellados en la exterior. Toda la banda
derecha está recompuesta en las roscas y cimacios, lo mismo que en la jamba y
capitel exterior.
Pervive en cambio la ornamentación de la jamba interna,
encadenando hojitas, y se muestra ampulosa en la exterior izquierda, luciendo
una tira de roleos de aire clásico, a juego con la imposta superior, cubierta
de hojarasca palmeada que enlazan los roleos. Los capiteles de ese lado muestra
en dos casos hojas verticales de punta vuelta, y acantos en el interior. El más
próximo del lado derecho es el único conservado donde se yergue una arpía de
extendidas alas y cuidado plumaje. Quizá pretenda singularizar al apóstol, al
que parece vigilar desde arriba.
El apóstol exterior por el lado izquierdo viste
dignamente la túnica y manto colgante del hombro, yuxtaponiendo sus manos, con
la palma derecha abierta.
Los rasgos de rostro y barba están acabados,
mientras que el cabello queda como un bloque sólo desbastado. Igualmente
inconcluso aparecen el pelo y barba del apóstol central, que apoya su mano
izquierda sobre el pecho y sostiene un bucle del manto con la otra, girando su
cabeza en diálogo con el apóstol interior. Éste se halla descabezado, pero es
presentado con signos de superioridad, pues eleva sus pies sobre alta basa
ática, que los otros no tienen, y alza para bendecir la mano derecha. Le
singulariza su porte esbelto, la vestimenta con aire de toga –pues destaca el
sinus y el umbo–, la pose de autoridad en la mano izquierda aferrando el manto,
y la bendición de la otra. Es de lamentar que le falte la cabeza, pero, según
lo señalado, y considerando como detalle significativo la amplia cenefa que
remata el cuello, resulta inevitable el recuerdo de las figuraciones del
Salvador en el pórtico de Armentia. Si se trata de un apóstol, no hay duda de
que se le destaca sobre el resto.
Casi lo mismo ocurre con su compañero más
próximo de la derecha, bien conservado. Su rostro y plegados muestran el máximo
refinamiento, evitando los estereotipos. Peina melena partida que enmarca un
rostro apuesto, con bigote y barba en que se dibujan finos rizos. También
bendice con la diestra y porta un libro en la izquierda. En la túnica y el
manto se acanalan los pliegues, cayendo verticales hacia su derecha y terciados
al otro lado, para dejar lisa la curva de la cadera, según un estilema muy
recurrente en el último taller de Armentia. No hay atributos que aseguren una
identificación del todo precisa en este apóstol, curiosamente acechado por una
arpía en el capitel superior. Si en este detalle hubiera intencionalidad, como
hay casos en el románico final y desde el gótico inicial, una hipótesis
plausible pudiera inclinarse hacia San Andrés, cuya apócrifa pero muy popular
biografía le enfrenta de manera reiterativa y victoriosa con las fuerzas del
mal.
El apóstol central muestra de nuevo una
cabellera y barba inacabadas en su talla. Recoge con su diestra un bucle del
manto que, plegado sobre el brazo derecho, cubre la otra mano en que
respetuosamente porta un objeto, compuesto de una esfera con un remate
superior, atributo no muy claro que puede recordar el supuesto pomo de
ungüentos, que de manera similar porta la estatua-columna situada a la derecha
y al fondo del pórtico de Armentia. El tercer apóstol se gira hacia el
exterior, en correspondencia con el mismo gesto abierto de su compañero del
extremo opuesto.
Lo distinguen los compactos rizos del cabello y
la barba recortada. Iguala al contiguo en sus remates inferiores en tubo de
órgano, pero el deterioro no ha respetado sus manos.
En conclusión, resulta desconcertante el
emplazamiento de unos ventanales tan excepcionales por calidad e iconografía,
lo mismo que las insólitas estatuas-columnas, en una iglesia que no corresponde
en su estructura actual, ni en su presumible configuración anterior, de la que
queda una portada inercial, discordante con el conjunto. Por el contrario, la
cercanía y los constantes lazos con Armentia, las similitudes extremas con sus
tallas y temáticas, llevan a pensar que corresponden a disjecta membra provenientes
de aquella iglesia Colegial venida a menos. El evidente barroquismo de
vegetales y figuras parecen apuntar a una fase final algo recargada, y los
inacabados de cabelleras y otras piezas parecen sugerir una interrupción, un
final abrupto de los planes, quizá alterando el proyecto de su emplazamiento.
Muchas circunstancias podrían haber intervenido. Quizá de estos avatares y de
la decadencia de Armentia pudo beneficiarse en uno u otro momento Lasarte,
recompensada con las piezas de tan espléndido trofeo.

Ventana sudeste. Interior
Algo similar ocurrió con dos piezas magníficas:
el más que original pilar diablesco, en que cinco singulares figuras trepan por
los fustes, y una estatua-columna, obras del taller de Armentia y que, según
una hipótesis que pude en buena parte verificar, en 1776 fueron trasladadas al
cercano pueblo de Zurbano, pero recientemente han sido objeto de venta,
recalando en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por lo que la ficha del
pilar puede encontrarse en el volumen de esta Enciclopedia correspondiente a Madrid,
en las pp.169-173. La bella estatua, hermana de las que se ven en el pórtico de
Armentia, no ha sido allí descrita.
Románico tardío de Vitoria
Vitoria es una ciudad que en lo monumental se
asocia inmediatamente al art gótico, pero como veremos también atesora
interesantes muestras de la arquitectura tardorrománica.
En efecto, Las formas y motivos ornamentales
que a lo largo de Álava, Guipúzcoa e incluso algunas zonas de Burgos impuso el
Monasterio de Estíbaliz se van a ver reflejadas en una serie de iglesias de los
alrededores de Vitoria.
Aunque Vitoria capital apenas tiene restos
románicos, en barrios periféricos, a no más de 5 - 10 Km. quedan una serie de
iglesias muy reformadas, incluso reconstruidas que mantienen, eso sí,
interesantes portadas de un románico tardío.
Estas puertas, como decimos, tienen relación
con Estíbaliz y son obra de la primera mitad del siglo XIII.
Sin embargo, la influencia de Estíbaliz en
estas puertas de los barrios periféricos de Vitoria no se da por igual.
De hecho, aunque comparten rasgos comunes entre
sí (pequeñas dimensiones, composición cuidada, etc.), hay otros elementos en
que no coinciden.
Las hay con arquivoltas de medio punto y
apuntadas, de baquetón liso o decoradas, con fustes lisos o tallados...
Donde sí coinciden plenamente es en el motivo
de las elegantes cestas vegetales de los capiteles, esculpidas con trépano
profundo.
Vitoria-Gasteiz
Situada a unos 60 km al sur del mar Cantábrico
y a unos 30 km al norte del río Ebro, Vitoria-Gasteiz ocupa un lugar central de
la Llanada Alavesa, rodeada de montañas. Se emplaza sobre una colina de margas
cretácicas, destacando, con sus 550 m de altura, unos 30 m sobre las tierras
llanas del entorno. Su emplazamiento original, elevado como una acrópolis,
ocupaba un cerro de unos 400 m en el eje Norte-Sur, por unos 150 de ancho
máximo en el eje Este-Oeste, es decir unas 4 hectáreas, pero un ensanche del
siglo XIII cubrirá también las dos laderas de oriente y poniente, de manera que
pudo alcanzar una extensión de 20 hectáreas edificadas antes de finalizar la
Edad Media.
Diversas excavaciones arqueológicas han
aportado medio centenar de restos cerámicos dispersos, procedentes de alfares
romanos, lo que no es de extrañar, pues a 1 km de la colina discurría la
calzada romana Iter XXXIV ab Asturica Burdigalam, del Itinerario de Antonino.
Se han llegado a constatar muestras de ocupación desde fechas altomedievales,
con restos de una empalizada datada en el siglo VIII, que pasó a convertirse en
cierre murado de piedra desde el siglo xi. El conocido documento de la Reja de
San Millán, que se data hacia 1025, cita la aldea de Gastehiz que contribuye
con tres rejas al monasterio emilianense, mostrándose así dentro del grupo de
las nueve aldeas más pobladas de Álava, de las que hay entonces noticia.
Una vía alternativa del camino jacobeo cruzaba
la Llanada alavesa, en cuyo centro se alza la colina de Gasteiz. Su
emplazamiento estratégico y su creciente población merecieron del rey Sancho VI
el Sabio de Navarra la concesión, en 1181, de una Carta Puebla, según el fuero
de Logroño, cambiando el nombre de Gasteiz por el de Nova Victoria. En el
documento se cita la puerta principal de la villa, donde se instaura el
medianetum como lugar neutral para resolver conflictos, indicio de que la
muralla está completa, y la iglesia juradera de San Miguel, que suponemos que
debía de ser románica, como también lo sería la de Santa María, cuyo trazado y
base de muros han sido descubiertos en el subsuelo de la actual catedral del
mismo nombre. El espolón septentrional de la villa alta, Villa Suso, quedaba
guarnecido con la iglesia fortificada de Santa María, mientras que el extremo
meridional recibía la protección conjunta de San Miguel y del castillo-iglesia
de San Vicente, que alternativamente tuvo uso como fortaleza y como lugar de
culto. Las tres iglesias citadas verán renovar sus fábricas en el gótico
avanzado.
El carácter de villa defensiva se demostró
tempranamente en el asedio a que fue sometida en 1199 por las tropas del rey
Alfonso VIII de Castilla, y al que resistió durante 7 meses, hasta que en 1200
le llegó el permiso de Sancho VII el Fuerte de Navarra para su honrosa
rendición. Poco después, en 1202, un gran incendio devastó la villa, que se vio
así impulsada a desbordarse por la ladera del poniente, configurando una puebla
con tres calles superpuestas: Correría, Zapatería y Herrería, pobladas por artesanos,
y que erigieron en su flanco, sobre el arroyo Zapardiel, la parroquia de San
Pedro, iniciada en el siglo XIII y concluida en el siguiente. Hacia 1256 se
produce, con el impulso de la prolongada visita del rey Alfonso X el Sabio, la
edificación de la iglesia de San Ildefonso y el trazado de una nueva puebla
hacia el oriente, organizada en tres calles concéntricas: Cuchillería,
Pintorería y Judería. A los oficios gremiales se sumaba así un área étnico
religiosa, que albergaba una comunidad que llegó a ser numerosa poco antes de
su expulsión, en 1492, y que conserva aún el lugar de su cementerio en
Judizmendi.
Las múltiples puertas de la villa eran
guardadas por las principales familias, como los Ayala, Iruña, Salazar o
Guevara, pero pronto surgieron banderías protagonizadas por los Ayala, de
tendencia gamboína y los Calleja de signo oñacino. Se suceden tensiones
o pactos con la Cofradía de Álava para regular la apropiación de 45 aldeas por
la nueva villa, que protagoniza en 1291 la dirección de la Hermandad de las
Marismas en unión con los puertos cantábricos y que organizará sucesivas Ordenanzas
o acuerdos de Hermandades durante el siglo XV. En 1431 Vitoria recibe del rey
Juan II el título de ciudad. Ya se calcula que contaba con 1.000 fuegos en
1479, y la parroquia mayor de Santa María recibe en 1496 el nombramiento de
Colegiata, en lugar de la vecina Armentia, reducida a la condición de simple
aldea.
Iglesia de San Martín de Avendaño
En el corazón de la capital alavesa, más
concretamente en San Martín, uno de los barrios más emblemáticos que rodean el
centro vitoriano y que gozan de tanta popularidad como su casco histórico,
encontramos unos restos medievales aún “vivos”. Son los únicos vestigios
arquitectónicos medievales, restaurados y conservados que se hallan dentro de
la ciudad de Vitoria y que siguen teniendo, a diario, la función para la que
fueron concebidos.
Según consta en el documento de la Reja de San
Millán, en el año de 1025, existía cerca de Gastéis un pueblo llamado
Avendagnu, que pagaba una reja al monasterio riojano. En 1780, de las ocho
ermitas que había fuera de las murallas de Vitoria, las de San Martín, Nuestra
Señora de Olárizu y San Cristóbal eran restos de las parroquias que en la Reja
de San Millán son citadas, respectivamente, como Abendangu, Hollarruizu y
Adurzaha.
Micaela Portilla recoge, en el Catálogo
Monumental de la Diócesis de Vitoria, un testimonio que, por breve y explícito,
lo transcribimos textualmente: “Por testimonio de nuestros antepasados, dice
Landázuri el año de 1780, a quien oímos alguno de los que vivimos, y por
tradición, consta ser verdad, pues alcanzaron a ver la barriada o barrio que
está sobre el arroyo de Avendaño, desde la puente del Prado hasta la puente del
camino de Ali, que era gran arrabal, adonde ni sueño, ni rastro de casa no hay,
que sólo ha quedado la Iglesia de Sant. Martín”. No se sabe a ciencia
cierta ni cómo, ni cuando desapareció el poblado de Avendaño, aunque parece ser
que ya no existía en 1258, pues en un privilegio de cesión a Vitoria, dado ese
mismo año en Segovia por el rey don Alfonso X el Sabio, ni siquiera aparece
mencionado. Hay diferentes versiones sobre desaparición del poblado de
Avendaño, pero quizá la más plausible sea la que hace referencia a que fue como
consecuencia de las luchas producidas entre los pobladores de la aldea de San
Martín y los habitantes de la ciudad.
La antigua iglesia de San Martín se conserva
íntegra, adosada al muro sur del actual templo parroquial, que es una
construcción contemporánea. Se trata de un edificio sencillo, de planta
rectangular, construido todo él en aparejo de mampostería. Tiene una pequeña
espadaña sobre el hastial occidental y una ventana abocinada sin decorar en la
cabecera.
El acceso se realiza a través de dos puertas,
una situada en el muro sur que comunica con el nuevo edificio de la actual
parroquia, y otra en el muro norte que permite el acceso desde la calle. Estas
puertas son de la primitiva estructura medieval. Antes de la obra de la nueva
parroquia estaban cegadas y convertidas en sendas capillas, una dedicada al
Santo Cristo y la otra dedicada a la Dolorosa. Se ha podido comprobar la
existencia de un desfase cronológico entre los muros y las bóvedas,
correspondiendo los primeros al románico más temprano, mientras que las
pilastras y los arcos fajones que sustentan las bóvedas son más tardíos y
anuncian ya el período de transición hacia el gótico.
En el interior el espacio refleja el volumen
exterior, aunque la orientación litúrgica tradicional varía, de modo que el
altar no se halla en la parte oriental sino a los pies del templo. Todo el
espacio se cubre con bóveda de cañón apuntada que descansa sobre arcos fajones
de idéntico perfil. Éstos apoyan en gruesas pilastras entre las que se abren
profundos arcos ciegos, a modo de pequeñas capillas.
En el muro oriental se repite el ventanal
rasgado del exterior, abocinado a modo de saetera, con un doble arco de medio
punto. También en las esquinas de este mismo muro, hasta el arranque de las
bóvedas, quedan restos de unas pilastras en ángulo con una ménsula en el
vértice de la parte superior. Son elementos que distorsionan el espacio, y que
aparecieron en las obras realizadas hacia 1978, año en que se descubrieron
parte de las pinturas interiores, en el muro de la cabecera, al retirar el
retablo, y momento en que se decidió restaurar la ermita.
Entonces también se descubrieron las pinturas
en el muro exterior de la cabecera, que habían permanecido resguardadas por la
casa que se hallaba adosada, y que se han trasladado al interior de la iglesia
sobre un soporte plástico. Hoy se hallan en el muro de poniente, en la actual
cabecera.
Estas pinturas se conservan de forma muy
fragmentaria, lo que, como ya destaca en su investigación Raquel Sáenz,
dificulta su identificación. Esta autora ha desarrollado un minucioso trabajo
de las mismas, en cuanto a estilo y técnica, enmarcándolas dentro del gótico
lineal del siglo XIV.
En su estudio resalta la sencillez del conjunto
pictórico, así como la intervención de un taller o autores que proceden de un
entorno rural, alejados de los focos de creación y sin gran pericia en el
dibujo. En los restos que se conservan no se han encontrado motivos geométricos
ni elementos vegetales. Son pinturas figurativas de colores planos que carecen
de sombras, lo que les priva de volumen y perspectiva. La gama cromática
utilizada está compuesta principalmente de rojos y de ocres en su diferente escala,
además de los negros de los contornos que delimitan los espacios. La técnica
utilizada fue el fresco mixto, y parece guardar relación con la usada en las
pinturas de la iglesia alavesa de Gaceo, que se encuentra también bajo la
advocación de San Martín.
En la misma investigación Raquel Sáenz dedica
al conjunto de pinturas de San Martín de Avendaño un amplio y detallado
ejercicio de descripción e identificación iconográfica. En él hace referencia a
la distribución en registros de las escenas y las representaciones que en ellas
se desarrollan. Así, en los dos tramos de los muros laterales más cercanos a la
antigua cabecera encontramos el martirio de ciertos santos, y en el ángulo
derecho una Anunciación, mientras que en el muro este se desarrolla la representación
de un Calvario. En las pinturas exteriores también se encuentra la
representación de un segundo Calvario, que guarda gran relación con el que se
halla en el interior.
También existen restos de policromía en un
lateral de la piedra utilizada como mesa de altar, y en el intradós del arco
formero de la derecha de la antigua cabecera.
Abetxuko
El pueblo de Abetxuko está situado al norte de
la capital alavesa, en la margen derecha del río Zadorra. Desde el centro de la
ciudad de Vitoria se llega a él callejeando. Primero en dirección al cementerio
de Santa Isabel, siguiendo por Aguirrelanda y atravesando el barrio de Arriaga.
Nuestro destino se encuentra al otro lado del puente de este barrio.
En la actualidad Abetxuko está considerado un
barrio de la capital alavesa, como consecuencia del desarrollo industrial que
se produjo hacia los años 50 del siglo XX, que trajo un importante crecimiento
de población y su integración en el municipio de Vitoria. Por hallarse en la
otra margen del río Zadorra, por estar rodeado de campo y haber mantenido el
núcleo poblacional primitivo, muchos vitorianos tienen percepción ambivalente
de Abetxuko, considerándolo en parte aldea y en parte un barrio de la capital.
No siempre ha sido así. Como es habitual en la
zona, ya aparece en el documento de la Reja de San Millán, dentro del Alfoz de
Divina, compartiendo la entrega de una reja con Iurre y Lopidana. Entonces se
le denominaba Avoggoco. Abetxuko ha sido una aldea muy pequeña que, en 1295,
contaba con dos beneficiados y tenía sólo una ermita dedicada a San Martín. Así
ha permanecido casi hasta el año 1958, en que se inició la construcción del
polígono y de las primeras viviendas del poblado, punto de partida para su gran
desarrollo. Hoy cuenta con dos iglesias, que corresponden a las dos épocas de
la historia del pueblo: a la actual, la parroquia de San José Obrero, y a la
antigua, la de San Miguel, donde se encuentra el Santo Cristo de Abetxuko, que
conserva la devoción y culto a su imagen, y la tradición de rezar y recorrer el
Vía Crucis en la Cuaresma.
Iglesia de San Miguel
La iglesia de San Miguel está situada al
Noreste, fuera del núcleo poblacional, pero próxima a las casas que formaban el
antiguo poblado. Se halla enclavada en lo alto de una loma, dominando la ladera
en la que se asienta la aldea. A pesar de encontrarse su dedicación al Arcángel
San Miguel, es más conocida por albergar la popular imagen del Santo Cristo.
Se trata de una edificación románica, que
conserva la estructura y algunos elementos de época medieval. Está restaurada y
bastante bien conservada. Fue construida en piedra de mampostería, con sillares
en las esquinas, colocados de forma irregular, a medida que se han ido
efectuando ampliaciones e intervenciones.
En el muro meridional del edificio se encuentra
una portada románica, con un arco carpanel que desfigura el vano, produciendo
un impacto visual que parece trasladarnos a otra época. De hecho estamos ante
una bonita portada medieval, compuesta por los restos de las dovelas del
primitivo arco de medio punto, que daban lugar al vano de luz. La forman tres
arquivoltas de medio punto: la primera, baquetonada; la segunda, decorada con
motivos vegetales y tallos ondulantes entrecruzados, y la tercera, moldurada
con bolas. Abraza el conjunto un sobrearco liso, sin decorar, recorrido por un
nervio en el centro.
La línea de imposta que sirve de apoyo al
conjunto de arquivoltas, y las separa de las columnas que las sustentan, va
desde el vano de luz hasta el sobrearco.
Lleva una ornamentación de hojas verticales que
están unidas y dispuestas en hilera, con un nervio central perlado. En la parte
superior, entre ellas, aparecen unas pequeñas puntas vueltas. Encontramos dos
columnas a cada lado de la portada, con los fustes lisos y las basas con
garras, en las que se aprecian algunos matices: una lleva una fina moldura;
otra, es más redonda, aunque conserva las bolas en los ángulos; y las otras dos
son iguales. Están separadas del suelo por un zócalo rematado con moldura.
Los capiteles de las columnas presentan una
rica y variada ornamentación vegetal. El primero, comenzando por la izquierda,
nos muestra tallos curvados y peciolos entrelazados que lo abrazan, se vuelven
y se enroscan en los ángulos, formando volutas. El siguiente tiene hojas
verticales, cuyos foliolos están dispuestos a ambos lados de un eje central
trepanado, que en el vértice muestra un fruto escamoso. Frente a él, en el lado
derecho, el capitel está compuesto por hojas verticales, en las que los foliolos
se disponen a los lados de un eje central, en este caso perlado, con las puntas
vueltas hacia fuera. Estos dos capiteles llevan una cuidada labor de trépano,
que produce un interesante efecto de claroscuro, con profundos contrastes que
remarcan los bordes de las hojas, sobre las que asoman tímidamente unas
pequeñas volutas formadas por tallos.
En el último podemos ver hojas estilizadas, con
un eje perlado en el vértice, con la punta vuelta hacia fuera creando bonitas
formas. Unos tallos largos se construyen las volutas de los ángulos sobre
ellas. En este capitel se mezcla el dinamismo de la curva del primer capitel,
muy pronunciada, con la rigidez de los otros dos anteriores, dando lugar a unas
hojas de gran belleza. Todos tienen unos tonos rosáceos que proceden de la
piedra arenisca utilizada para su ejecución.
Encontramos otros restos medievales en el muro
meridional con sillares reutilizados, aunque lo que más llama la atención es un
capitel incrustado en la esquina del muro sudoeste de la antigua sacristía. Es
un capitel vegetal de piedra arenisca rosácea, como los de la portada, y con el
mismo motivo ornamental que encontrábamos en el último capitel descrito. Está
un poco más estropeado, y fue recuperado en la última restauración que se hizo
en 1966, como consta en el letrero explicativo.
La cabecera muestra también elementos románicos
en el exterior, como son los restos de la doble vertiente del primitivo tejado
y las marcas que indican la anchura que tenía la nave medieval. También
encontramos un ventanal con arco de medio punto muy ancho, sin duda de época
posterior, al que han adaptado una línea de imposta de hojas verticales, con el
eje central perlado; un lado está liso y el otro presenta pequeñas puntas
vueltas en la parte superior, motivo ornamental como el de la línea de imposta
de la portada.
Unas intervenciones tardías han reutilizado,
también en esta cabecera, algunos canecillos lisos, mientras que las marcas de
algunos sillares nos recuerdan a los maestros canteros que trabajaron en ella.
El muro norte corresponde a una ampliación
posterior, aunque conserva elementos medievales dispersos. Son características
que reflejan la historia y la vida del edificio y de sus gentes. En el lado de
poniente también se aprecia lo comentado para la anchura de la nave primitiva,
que guarda relación con la vista en la cabecera. Aquí el muro crece y soporta
la espadaña medieval, de la que se conservan dos huecos de campanas con arco
ligeramente apuntado. En los esquinales aún podemos ver unas repisas o apeos,
que son dobles y lisos; llevan sobre ellos un remate poligonal y una moldura.
En los dos que se encuentran en la esquina noroeste, además, llevan un
collarino. En las esquinas de la parte sur hay dos apeos figurados, uno
representa un rostro masculino de rasgos muy realistas y trépano en los ojos,
con el cabello, de mechones gruesos que cae liso sobre la frente y le tapa las
orejas, a modo de media melena. El otro es una cabeza de mujer, con melena
corta, toca y barbuquejo rizado, y las facciones menos definidas. Constituyen
un dato interesante, que permite relacionarlos con otros casos de alternancia
de cabeza de “dama y caballero”.
Desconocemos el origen de los apeos descritos.
Es difícil pensar que fueran apoyos de un cuerpo superior de la espadaña, ya
que quedaría un poco en voladizo. Lo que sí está claro es que fueron movidos en
las intervenciones posteriores, al igual que otro apeo que encontramos entre
los dos arcos de la espadaña, que no guarda semejanza con los anteriores. Hoy
la encontramos convertida en torre-campanario. En este mismo muro hay un
ventanal, sin duda abierto con posterioridad, en el que las piedras que le
rodean han roto la uniformidad de la pared. Tiene el arco apuntado, con una
arquivolta moldurada y un sobrearco baquetonado, que carece de apeos, mientras
que la arquivolta descansa en unas columnillas lisas de basas muy simples y
unos capiteles lisos que se cubren con un remate poligonal, siguiendo el modelo
de los apeos de la espadaña.
En el interior de la iglesia se mantiene la
estructura medieval, con una sola nave de dos tramos y cabecera recta. Está
cubierta por bóveda de cañón apuntado, algo más baja en la zona de la cabecera,
coincidiendo con las marcas exteriores pertenecientes a la primitiva iglesia.
Altar mayor
Capilla del Cristo
El arco triunfal, doble y apuntado, descansa
sobre dos columnas adosadas al muro, que fueron cortadas, en la parte inferior,
en las obras que se realizaron en el siglo XVII, rematándolas con una repisa
moldurada fusiforme. Los ricos capiteles que las rematan siguen los mismos
modelos de traza y talla que los de la portada. Están decorados con motivos
vegetales. En el de la izquierda se superponen dos filas de hojas de acanto,
recuerdo del arte griego, muy estilizadas, con perlitas en el vástago central y
las puntas vueltas, rematado todo con unos tallos que forman pequeñas volutas.
En el capitel de la derecha también encontramos dos registros, que nos
recuerdan el orden corintio romano; el inferior ha sustituido las hojas de
acanto por otras más evolucionadas y de mayor difusión en el románico alavés.
Son hojas que recuerdan al helecho, con un nervio central y peciolos perlados,
situadas en posición vertical, con las puntas unidas dos a dos, y de donde
cuelgan racimos globulosos. En los bordes de las hojas se forman unos pequeños
espacios romboidales, realizados a trépano, que crean un profundo efecto de
claroscuro. El registro superior muestra unos tallos esbeltos, formando
clásicas volutas en los ángulos; uno aparece liso, y los otros con peciolos
recorridos en su parte central, unas veces por un nervio, y otras, por perlitas.

Capitel del arco triunfal
La cabecera se amplía, hacia sus laterales, con
dos capillas construidas en época posterior. En el lado del evangelio se
prolonga hasta los pies, y está cubierta con bóveda medieval de cañón apuntado,
sujeta por dos arcos fajones, comunicándose con la nave principal a través de
dos arcos de medio punto: uno situado en la cabecera, y otro en el primer tramo
de la nave. En esta capilla hay una buena imagen de Cristo Crucificado, obra
del siglo XVI, de gran valor artístico y que genera, como se ha dicho, profunda
devoción popular. La capilla de la derecha se comunica con la nave mediante un
arco de medio punto moldurado, y se cubre con bóveda de terceletes, del siglo XVI
avanzado.
A los pies del templo se abre un ventanal que
coincide con el descrito en el muro de poniente. Sigue el mismo esquema
compositivo y la misma carencia ornamental. El arco se muestra ya muy apuntado
y en este caso con tres arquivoltas baquetonadas, lisas, que descansan en tres
columnillas de fustes lisos a cada lado. Los capiteles también son lisos, con
el remate poligonal y las basas sencillas, dispuestas en diferente altura, lo
que confiere al vano mayor efecto de abocinamiento.
Otro elemento medieval que encontramos en el
interior de la iglesia de San Miguel de Abetxuko es el pie de la pila bautismal
que hoy se utiliza para sustentar la mesa del altar. Se trata de una columna
con basa de garras y mascarones borrados en ellas, tal y como lo describe
Micaela Portilla en el Catálogo Monumental.
Lopidana
El pueblo de Lopidana está situado al noroeste
de la capital alavesa, en la ribera del río Zadorra. Pertenece al municipio de
Vitoria, y se encuentra muy próximo a la capital, apenas a 7 km de distancia.
Para acceder a dicha localidad se sale en dirección Bilbao por la carretera
N-622. A unos 5 km, se toma la A-4301, desvío que se dirige hacia Yurre-Ihurre
y, una vez pasado el pueblo, se continúa por dicha carretera local hasta llegar
al lugar de destino.
No podía faltar esta aldea, citada como
Lopeggana, en la aportación al monasterio de San Millán de la Cogolla,
contribuyendo junto con Iurre y Abetxuco, con una reja, dentro de la
demarcación del alfoz de Divina. En el acta de reunión del Arcedianato, en
1257, consta que de su iglesia asistieron siete beneficiados, un número muy
elevado, que no vuelve a registrarse después. En el siglo xviii aparece citada
la ermita de San Antonio de Padua, y figura un solo beneficiado. Entre los
naturales del pueblo cabe destacar, en el siglo xvii, a Juan Ruiz de Gamarra,
que poseía altar particular en la iglesia, al que dotó con un cuadro de San
Juan y cien ducados. También dejó un buen legado a la iglesia, 4.000 ducados
para una capellanía, y diferentes obras de arte.
Iglesia de la Purificación de Nuestra
Señora
Esta iglesia conserva una estructura medieval
perteneciente al siglo XIII y se encuadra en el denominado románico de inercia,
muy abundante en toda la provincia. El edificio está realizado en piedra de
mampostería, con algunas hiladas de sillar en la cabecera y en las esquinas. La
planta es de una sola nave, rectangular, con la cabecera recta y dos tramos. Es
una estructura románica, sencilla, que se ajusta a las necesidades de la
población.
En el exterior se aprecia varias intervenciones
y añadidos que el edificio ha soportado a lo largo de su historia. Entre sus
muros aún podemos ver algunos restos románicos que nos hablan del origen de la
iglesia y nos ayudan a conocer la belleza que mostraba en la época en la que
fue concebida.
En el muro sur se halla el acceso al templo,
que se realiza a través de un pórtico con dos arcos de medio punto, que sirve
de protección y cobijo a la magnífica portada románica de la iglesia.
Se trata de una bella portada con el arco de
luz ligeramente apuntado, sobre el cual se despliegan tres arquivoltas. La
primera y la tercera son baquetonadas con moldura, mientras que la segunda
muestra una decoración de hojas de acanto con las puntas vueltas. Están
finamente trabajadas y dispuestas en forma de abanico. Las líneas de imposta
llevan decoración vegetal de hojas entrecruzadas con tallos ondulantes que
tienen en la parte central cabecitas de clavo. En los ángulos podemos ver
rostros, en el lado izquierdo, mientras que en el derecho, en el ángulo
central, aparece tallado el cuerpo de un ave.
Bajo la línea de imposta, coincidiendo con las
arquivoltas, hay seis columnas –tres a cada lado– apoyadas sobre basas, con
semicírculos sobre un pequeño zócalo o plinto, y tienen toro y escocia. Los
fustes son monolíticos, con una decoración variada que se repite en ambos lados
simétricamente. En los extremos, el motivo elegido para los fustes es un
encestado formado por haces de tallos que se cruzan en diagonal, mientras que
la ornamentación de los centrales es de flores cuadrifoliadas, dispuestas en forma
de retícula. Los vacíos que se originan en los intermedios han sido rellenados
con cabecitas de clavo, puntos y discos trepanados. Estamos ante un claro
ejemplo, en el que, una vez más, se proyectan los modelos utilizados en la
Puerta Speciosa de Estíbaliz.
La labor de trépano también aparece en la línea
de imposta y en las hojas de acanto de la arquivolta central, que es idéntica a
la decoración de los capiteles que, sobre un fino baquetón decorado, rematan y
coronan las columnas. Este detalle confiere uniformidad y vistosidad al
conjunto de la portada, creando en ella un ritmo de claroscuro que se ve
reforzado por la alternancia de los capiteles.
Los cuatro que están situados en los extremos
muestran hojas de acanto estilizadas con las puntas vueltas y, sobre ellas,
volutas enroscadas en los ángulos. En los capiteles centrales la decoración es
densa, con tallos que se cruzan y se mezclan con hojas y flores.
En este mismo muro se pueden observar los
restos de una batería de canecillos que fueron el soporte del alero primitivo.
Otro elemento importante que se conserva en el muro sur, en la parte más
oriental, es un ventanal con el arco apuntado, que nos habla del paso del
tiempo a lo largo del siglo XIII lo que, sin embargo, no se aprecia en los
motivos ornamentales, cuya temática sigue siendo puramente románica. Este
ventanal está compuesto por seis arquivoltas baquetonadas y cobijadas por un
sobrearco que presenta, en su clave, una estrella inscrita en un círculo, y se
apoya en dos ménsulas figuradas: a un lado, un rostro femenino de rasgos
sencillos y tocado de barbuquejo, y, en el otro, el rostro de un varón con
melena y flequillo sobre la frente.
Como soporte se presentan tres columnas a cada
lado, apoyadas sobre basas decoradas con semicírculos y rostros en los ángulos
realizados en bajorrelieve. Los capiteles tienen una ornamentación diferente, a
base de hojas en posición vertical. Hay otras tres columnillas situadas en los
intercolumnios que se hallan ligeramente retrasadas, cuyos fustes aparecen
fragmentados en tambores. Las basas y los capiteles están tallados en el mismo
fuste, y presentan semicírculos en bajorrelieve. Este esquema se repite simétricamente
en ambos lados, creando la superposición de columnas un efecto de pronunciado
abocinamiento en el ventanal, cuya réplica veremos cómo se manifiesta en el
interior del templo.
En la cabecera, sobre las hiladas de sillar,
encontramos dos ventanales en línea, el más bajo de tamaño similar al ya
descrito. Está formado por tres arquivoltas baquetonadas con molduras cobijadas
por un sobrearco que se apoya en ménsulas decoradas con rostros masculinos
dotados de melena larga, que cae tras las orejas, flequillo y ojos saltones
trepanados. Seis columnas, tres a cada lado, sirven de apoyo al arco, y
asientan sobre basas casi planas, pronunciando el derrame en la parte baja del
ventanal.
Sobre un baquetón corrido, común a los
elementos sustentantes, apoyan los capiteles, que muestran un rico y variado
programa iconográfico. De izquierda a derecha se representa un rostro con
tallos que le salen de la boca, aves enfrentadas bebiendo de la misma copa, un
cuadrúpedo comiendo hojas de un arbusto, dos aves enfrentadas con rostro humano
y una cabeza humana, como la que se halla en el otro extremo, de cuya boca
salen tallos vegetales.
El otro ventanal, más pequeño, está formado por
un sencillo arco apuntado y una arquivolta baquetonada, con dos molduras que se
convierten en columnillas a ambos lados del fuste que conforma la columna.
Cubriendo las arquivoltas encontramos un sobrearco moldurado, que descansa
sobre dos cabezas humanas.
En el muro occidental se conservan tres vanos
cegados que pertenecerían a la antigua espadaña medieval, hoy transformada en
torre-campanario. También en el muro norte quedan restos, como una fila de
fragmentos de canecillos que marcan la altura de la primitiva cornisa.
El interior también es una sucesión de
momentos, como lo reflejan los elementos que lo configuran. La cabecera recta
se cubre con bóveda nervada sexpartita, nervios que quedan dentro del muro, en
algunos casos, apoyándose por detrás de la cornisa. En el lado de la epístola
se encuentra la réplica del vano correspondiente al del muro sur, que ya hemos
descrito. Es una ventana con el arco apuntado, cuatro arquivoltas baquetonadas
y un guardapolvo o sobrearco apoyado sobre dos máscaras antropomorfas, motivo
que se repite en tres de los capiteles.
El arco triunfal apuntado, con aristas
baquetonadas y molduras, también corresponde a la primitiva iglesia del siglo XIII.
Los capiteles de las columnas en las que se apoya se disponen corridos, aunque
individualizados, y muestran una decoración vegetal de talla tosca a base de
flores cuadrifoliadas y hojas verticales.
Estos apeos parecen estar adosados a un núcleo
central formado por una columna, que pertenecería a la estructura original del
templo. Se desarrollan de manera diferente en ambos lados, conservando más
volumen en el lado izquierdo que en el derecho, donde se abre la puerta de la
sacristía. Están sobre un pequeño zócalo y muestran unos motivos ornamentales
muy originales. Se trata de relieves muy esquemáticos y bastante planos que
representan figuras zoomórficas, en cuyos ángulos aparece un círculo con una perla
dentro. Son relieves a los que el paso del tiempo ha ido deteriorando, y las
capas de pintura han ocultado los matices de la talla, lo que dificulta su
identificación.
Estas columnas llevan columnillas más estrechas
adosadas, que reciben los nervios de las bóvedas, quedando parte de ellos casi
camuflados entre los paramentos, como consecuencia de las intervenciones
posteriores.
El arco fajón, que sirve de separación entre
los dos tramos de la nave, se apoya en pilares, con una columna adosada al
frente y dos más finas en los laterales.
Los capiteles muestran una figuración corrida,
anunciando el paso al gótico. Presentan, el de la columna central del lado
izquierdo, un jabalí escondido entre la vegetación, mientras que en el capitel
de la columnilla que está a su derecha se aprecia la figura de un hombre
sentado, ataviado con un vestido de capucha que recoge con las manos (pastor o
exhibicionista). Esta figura se repite en el capitel del lado derecho, mientras
que en el capitel de la columna central se ve a dos perros mordiendo las orejas
a un toro. Son escenas naturalistas, que quizá guardan relación con la
iconografía de la vida rural o de las estaciones.
Gamarra Menor
La localidad de Gamarra Menor está situada a
unos 9 km al Norte de la capital alavesa. Para llegar hasta allí se sale por la
calle Portal de Gamarra, que se dirige hacia el pueblo de Gamarra Mayor. Se
continúa por la carretera nacional N-240, en dirección a Legutiano, y, un poco
más adelante, se toma la salida 7. Se transita por la carretera local A-4008 y
a 1,5 km se llega al destino, donde también acaba la carretera.
Gamarra Menor, perteneciente al municipio de
Vitoria-Gasteiz, es un núcleo de población muy reducido que ya contribuía con
una reja, dentro del distrito de Ubarrundia, al monasterio de San Millán de la
Cogolla.
Iglesia de la Natividad de Nuestra
Señora
La iglesia, actualmente en estado de abandono,
data en su mayor parte de los siglos XVI y XVIII, si bien se han conservado
algunas partes románicas que seguidamente analizaremos.
En el muro sur se conserva una interesante
portada románica de arco ligeramente apuntado, con tres arquivoltas. La primera
muestra una decoración de hojas de acanto, dispuestas en sentido vertical,
formando un abanico, cuidadosamente trabajadas. Se aprecia cómo los tallos
aparecen rígidos y simétricos a ambos lados de un nervio central, con labor de
trépano, sobre el cual se vuelve la punta. La segunda es una arquivolta
baquetonada, sin decorar. La tercera se ornamenta con hojas planas, en posición
horizontal respecto al arco, que albergan bolas cobijadas por sus puntas, de
forma ascendente hasta la clave y luego descendente, manteniendo la simetría.
Cobija todo el conjunto un sobrearco decorado
con motivos florales, con una perla en el centro y seis pétalos que llevan un
fino nervio, inscritas en un círculo. La franja de imposta que les sirve de
apeo muestra una sencilla pero cuidada decoración, con unas hojas finas y
rígidas, puestas verticalmente, que contrastan con un haz de tres tallos
sinuosos y ondulantes que, queriendo jugar con ellas, recorre la línea de
imposta desde el intradós del vano hasta el sobrearco. A cada lado de la
portada encontramos tres columnas con los fustes monolíticos, carentes de
decoración y que se apoyan en basas de garras, separadas del suelo por un
pequeño zócalo.
Los capiteles que rematan las columnas están
decorados con motivos vegetales. En el lado izquierdo, el primero y el tercero
presentan la misma ornamentación que vimos en la primera arquivolta. Se trata
de hojas de acanto muy estilizadas, dispuestas en sentido vertical con los
tallos a ambos lados de un nervio central trepanado, sobre el que se vuelven
las puntas de las hojas. El capitel central lleva hojas con foliolos perlados,
que salen divergentes a un eje central, con las puntas vueltas y unos frutos escamosos
en los vértices. Es una decoración que vemos reflejada de forma simétrica en
los tres capiteles, situados al otro lado de la portada, con excepción del
capitel central, cuyos foliolos no están perlados. En todos los capiteles,
sobre la decoración vegetal, salen unos caulículos formando volutas en los
ángulos.
Es una iglesia pequeña, coqueta, con una
poderosa torre, cuyos muros no se pueden apreciar por estar invadidos por la
vegetación, salvo el muro sur, donde se halla la portada. El interior es una
planta de cruz latina, con los brazos muy cortos, que parecen formar parte del
presbiterio. La cabecera es poligonal y se cubre con una gran bóveda nervada,
formando estrella, que se une con los brazos laterales. La nave, de un tramo,
se cubre con bóveda de terceletes. Bajo el encalado de las bóvedas, que aún respeta
la humedad, se aprecian restos de pinceladura.
También se conserva en la iglesia una pila
bautismal de época medieval. Está colocada sobre un cuadrado y tiene la base
cruciforme, con volutas en los ángulos. A cada lado le corresponde una de las
cuatro columnas adosadas a un núcleo central, que forman el pie de apoyo a la
copa. Toda ella, carente de ornamentación.
Próximo Capítulo: Románico en los Valles Alaveses, Románico en la Montaña Alavesa
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