miércoles, 8 de noviembre de 2017

Capítulo 5 - ESPARTA, CRETA, TESALIA Y BEOCIA EN EL SIGLO IX Y COMIENZOS DEL V a.C.


CAPÍTULO V

ESPARTA, CRETA, TESALIA Y BEOCIA EN EL SIGLO IX Y COMIENZOS DEL V A.C.   

1. Esparta 
Las fuentes para conocer el origen del Estado espartano son muy escasas y extraordinariamente inseguras. La historia de Esparta aparece expuesta tendenciosamente ya por los escritores de la antigua Grecia, por los ideólogos de la oligarquía que veían en Esparta la encarnación de sus ideales político sociales. En las obras de esos escritores el régimen espartano era manifiestamente idealizado. En la literatura social y filosófica de la antigua Grecia se había creado toda una corriente que ya antiguamente cobró la denominación de «laconófila». Esta orientación laconófila había encontrado su expresión en las obras de Jenofonte, de Platón y en algunas de Aristóteles. Las obras de sus demás representantes no han llegado hasta nuestros tiempos, salvo pequeños fragmentos, generalmente de escaso contenido. 
No obstante, disponemos de datos más objetivos sobre la antigua Esparta que se encuentran en las obras de Herodoto y Tucídides. Estos historiadores, los más grandes de la Grecia antigua, no eran laconófilos, por lo cual las nociones que nos suministran acerca de Esparta merecen mucha confianza. También resultan valiosas las expresiones de los poetas líricos de los siglos VII y VI a. C., que en sus versos, llegados parcialmente hasta nuestros tiempos, reflejaban la actualidad político-social de su época. Tales son los fragmentos de las obras de Tirteo y Alcman. Datos muy importantes, esenciales, encontramos también en la obra de Pausanias Descripción de la Hélade (siglo II de nuestra era). Finalmente, se hallan en estado de conservación unas cuantas inscripciones espartanas, sumamente antiguas.

Las condiciones geográficas de Esparta 
El territorio sobre el cual había surgido el Estado espartano era el valle del río Eurotas, que había recibido el nombre de Laconia o Lacedemonia. En la parte occidental se eleva sobre ese valle, en terrazas abruptas, la cordillera del Taigeto, que alcanza una altura de 3.000 metros; en el lado oriental se extiende una cadena montañosa más baja y de más suave declive, el Parnón. Estas dos cordilleras terminan en dos largas penínsulas, no muy anchas, que limitan el golfo Lacónico; el Taigeto queda cortado por el mar en el promontorio Tenaro, y el Parnón en el cabo Maleo. Por el lado septentrional, el valle de la Laconia queda cerrado por las alturas del Peloponeso central. La cordillera del Parnón desciende suavemente, mediante sus estribaciones orientales, hacia el mar, formando en algunos sitios cómodas bahías y dejando una franja costanera apta para ser poblada. Los declives occidentales del Taigeto bajan abruptamente hacia una depresión amplia y feraz, la de Mesenia, la que, hacia el oeste, se transforma en una altura litoral de poca elevación, bañada al sur por el golfo Mesénico. Al noreste, la Mesenia está cerrada por las alturas de Arcadia. 
Así, pues, el Estado espartano, dentro de sus fronteras, delimitadas de forma definitiva en la segunda mitad del siglo VII a. C., ocupa la parte meridional del Peloponeso, en el litoral del golfo, y sólo la frontera norte, que separaba a Laconia de Elide al noroeste y de Arcadia al noreste, era terrestre.

Las fronteras terrestres del territorio espartano pasaban por lugares montañosos de difícil acceso. El litoral tampoco favorecía las relaciones marítimas. Sólo en el sudeste y en el sur había puntos adecuados para servir de amarraderos. El aislamiento geográfico de la Laconia fue en parte causa de demora y hasta de estancamiento en el desarrollo político-social, tan característico de la historia de Esparta. 
El valle lacónico, igual que el mesénico, está regado por una serie de corrientes de agua y es sumamente fértil. Mas en la Laconia, el área de las tierras fértiles es limitada, consistiendo en una franja bastante angosta a lo largo del curso medio del Eurotas, y cuya anchura máxima alcanza a unos diez kilómetros. Precisamente en este lugar fue donde surgió el centro político-militar del Estado espartano: la ciudad de Esparta.

Laconia y Mesenia en las épocas micénica y homérica 
Las investigaciones arqueológicas realizadas en el valle de Laconia han permitido descubrir restos de edificios antiquísimos. Entre ellos merece citarse el denominado Menelaión (siglos XIV-XI a. C.), que representa los restos de una maciza construcción de piedras talladas, compuesto de cuatro o cinco locales, con un pasillo, siendo el área general de la excavación de unos 300 metros cuadrados. El Menelaión se hallaba no lejos del que luego habría de ser territorio de Esparta, en los declives hacia el valle, y no estaba fortificado. 


A ese mismo período pertenece también otro centro de la Laconia predórica, descubierto en el sitio sobre el cual posteriormente estuvo la población espartana de Amiclea. El poblado anterior, del período micénico, fue, al parecer, un centro de culto. Las otras poblaciones del período micénico en el valle de Laconia casi no se han conservado. 
Mesenia, el territorio de la antigua Pilos, en la época micénica, a juzgar por los datos arqueológicos, estaba poblada más densamente que la Laconia. A finales del siglo XIII y en el XXII, Pilos, Micenas y otras poblaciones micénicas en Laconia y Mesenia quedaron destruidas y fueron abandonadas. Termina la época micénica. Sobreviene una época nueva, la homérica, vinculada ya en forma directa e inmediata con la ulterior historia general de la Hélade. El comienzo de esta época coincide con la última gran migración de las agrupaciones tribales en la península balcánica. La memoria de tales migraciones se ha conservado en la literatura griega posterior en forma de tradición sobre la lucha del héroe Heracles por la posesión del Peloponeso y de la ocupación violenta de la península por los descendientes de Heracles, los heráclidas, y éstos, como ya ha sido mencionado, se pusieron a la cabeza de las agrupaciones de tribus griegas que habían invadido el Peloponeso y que llevaban el nombre de dorios. En esa tradición aparece mencionada por vez primera la división del pueblo griego antiguo en agrupaciones lingüísticas y tribales, de dorios, jonios, eolios y otros, subdivisión que subsistió en tiempos posteriores. 


Pero esta subdivisión posterior de las tribus helénicas casi no es mencionada en los poemas de Homero, lo mismo que la invasión de los dorios en el Peloponeso. 
Los mismos nombres de Esparta y de Lacedemonia, si bien aparecen tanto en la Ilíada como en la Odisea, lo hacen como denominaciones no de la ciudad ni de la región, sino solamente del legendario palacio del rey Menelao, cuya descripción se encuentra en el canto IV de la Odisea. 
No hay en ella noción alguna acerca de poblaciones que circundaran tal palacio, aun cuando, por lo general, en los relatos referentes a otras residencias de basileis (por ejemplo de Pilos, de Itaca, del palacio de Alcinoo en Esqueria), las mismas son representadas como centros de tal o cual región. Resulta así que las menciones sobre Esparta que se hacen en la Odisea son irreales. Esta impresión cobra más vigor si se presta atención al viaje de Telémaco de Pilos a Esparta; tampoco su descripción acusa realidad: un camino llano y recto conduce a los viajeros hasta Esparta, sin la menor mención de los macizos montañosos del Taigeto y sus estribaciones, que la separaban de la «arenosa» Pilos; a la vez, no se advierte que el camino de Telémaco dé un rodeo por los pasos montañosos, a lo largo de la costa marítima; más incluso, en este último caso es harto difícil suponer que los grandiosos paisajes montañosos no atrajeran la atención del poeta. 
De esta manera, la Esparta de los poemas de Homero carece por completo de realidad y no tiene ninguna semejanza con la Esparta posterior, la históricamente conocida, acerca de la cual nos transmiten tradiciones Herodoto y otros historiadores de la antigua Grecia. ¿Querrá decir esto que en la época homérica no existió una Esparta? Las excavaciones realizadas en el sitio de la Esparta posterior han hecho ver que las poblaciones habían surgido allí en el siglo IX a. C.; los objetos de cerámica encontrados durante las excavaciones (principalmente en fragmentos) y los adornos (especialmente las figurillas de marfil) son característicos de la época homérica también en otras regiones de la Hélade. Es de particular interés la gran afinidad de la llamada cerámica geométrica de Esparta con la vajilla hallada durante las excavaciones de Delfos, el más antiguo centro de culto panhelénico, que desempeñó gran papel en la vida religiosa y política de Grecia. Llama la atención el hecho de que Delfos estuviera más tarde muy vinculada con la Esparta posterior, la conocida históricamente. Así y todo, las excavaciones no han descubierto ningún rastro más o menos grande de edificios de características palaciegas, de manera que los datos arqueológicos, muy incompletos aún, no dan base para suponer que el mismo centro del Estado espartano hubiera surgido en la tardía época homérica, y que no tenía nada de común con la Esparta representada en los poemas de Homero. 

La invasión doria y el surgimiento del Estado espartano 
Como ya hemos dicho, el surgimiento del Estado espartano se halla estrechamente vinculado con la migración de las tribus dorias. Los datos referentes al desarrollo del idioma griego hacen ver que los aqueos eran los más antiguos y ampliamente difundidos pobladores entre las tribus griegas. En el Peloponeso, particularmente en el territorio sobre el que luego se asentaría el Estado espartano, se habla, antes de que éste surgiera, la lengua aquea, emparentada con la jónica. Las tribus dorias que se habían apoderado del Peloponeso exterminaron parcialmente a la población aquea local, sometieron otra parte de la misma y se asimilaron con la restante. 
Las referencias de las que disponemos en las obras de los autores antiguos referentes al origen del Estado espartano, como ya se ha señalado, son muy parcas y, además, fragmentarias. 
Los datos de más valor los suministra Herodoto, quien proporciona una larga lista nominal de reyes espartanos, a partir de su antepasado mitológico, el semidiós Heracles y su hijo Hilos, hasta sus contemporáneos (siglo V a. C.). Hay fundamentos para pensar que una parte de esta lista de reyes espartanos, desde el siglo IX-VIII hasta el V a. C., se basó en una tradición histórica más o menos fidedigna. La lista proporciona cierta posibilidad de establecer un ordenamiento de los acontecimientos en la historia espartana. Para ello es necesario echar mano también a los informes extraídos de otras fuentes, dadas por los posteriores historiadores griegos, por cuanto los mismos pueden transmitir algunas tradiciones históricas no incluidas por Herodoto en su obra. 


Así, por ejemplo, Eforo, de la segunda mitad del siglo IV a. C., que dio en su Historia Universal la primera historia coherente de la Esparta más antigua, legendaria desde luego, comunica que los dorios se habían fortificado inicialmente en la parte superior del valle del Eurotas, en el distrito que más tarde se llamó Aygitis. Fundándose en esta noción, es posible formarse una idea general acerca de la dirección tomada por los dorios en su migración, al invadir la Laconia; evidentemente, lo hicieron de Norte a Sur. Moviéndose en forma masiva, los dorios fueron ocupando gradualmente el valle del Eurotas: la Laconia y los territorios adyacentes a la misma por el Este.  
A juzgar por los datos diseminados en la literatura antigua, ese proceso migratorio no fue acompañado de una subyugación general de la población local. Es significativo en este sentido el hecho, confirmado por el material arqueológico, de que el propio centro político de Esparta surgió a comienzos del siglo IX a. C., mientras que la invasión doria en el Peloponeso había comenzado como mínimo en el siglo XVIII. Herodoto y Tucídides, los que suministran datos más fehacientes sobre Esparta, escriben acerca de un prolongado período de lucha interior y exterior, que acompañó la ocupación violenta de la Laconia por los dorios. Según Tucídides, desde la invasión de los dorios en el Peloponeso, y hasta la formación de un sólido régimen estatal en Esparta, habían transcurrido no menos de cien años. Fue precisamente durante el desarrollo de esa prolongada lucha cuando se operó en la Laconia la transición hacia una sociedad clasista, formándose el aparato de la clase dominante, el Estado espartano. 
En el siglo IX a. C., los conquistadores dorios, que ya controlaban todo el territorio laconio, se concentraron en un lugar estratégicamente adecuado del valle del Eurotas y se establecieron allí en cinco poblaciones. Estas aldeas fueron las que formaron precisamente el centro principal que tomó el nombre de Esparta. 
La solidez de los pilares de la familia patriarcal en la vida político-social de los conquistadores dorios se manifiesta, con toda claridad, en este peculiar modo de formación de un centro político. 
Una vez asentados en Esparta, los dorios, que ya estaban divididos en tres fíleas pánfilos, híleos y dímanos, volvieron a subdividirse en cinco grupos que recibieron estas denominaciones: Pitana, Mesoa, Dimna, Cinosura y Limnai. Estrechamente vinculada con esta subdivisión se hallaba la distribución del territorio de la Laconia según distritos (obas) cuya cantidad y organización no se conocen. Esta nueva subdivisión no estaba basada en las relaciones gentilicias, sino que estaba determinada por la organización político-militar, por la subyugación de la población agrícola aquea y por el surgimiento del Estado. 
La invasión doria debió agudizar bruscamente el ulterior proceso de la diferenciación social en la sociedad aquea, cuya nobleza es muy probable que parcialmente entrara a formar parte de la clase dominante de los conquistadores dorios, que acababa de componerse. Herodoto, que conocía bien las tradiciones históricas, relata cómo el rey espartano Cleomenes I, al ser interrogado sobre quién era él, respondió a la sacerdotisa de la diosa Atenea que era aqueo, y no dorio. Por consiguiente, para Herodoto una de las dos dinastías de los reyes espartanos era de estirpe aquea. En otro lugar (IV, 145-150), Herodoto expone detalladamente la tradición sobre los minios, que se habían trasladado desde la isla de Lemnos a la Laconia entrando a formar parte de la ciudadanía espartana. 
Este acontecimiento provocaría posteriormente en Esparta una lucha político-social que habría de terminar con el desalojo de los vencidos a la isla de Tera. 
Confrontando el relato de Herodoto con los datos de Pausanias, es factible deducir que los acontecimientos considerados tuvieron lugar unas ocho generaciones antes de la guerra de Mesenia, es decir, a finales del siglo XI a. C. Cabe pensar que la tradición que se refiere a los minios caracteriza el antiquísimo período de la lucha de los dorios por la posesión de la Laconia. De esta manera, la procedencia mixta de la clase dominante en Esparta era reconocida aún en los tiempos de Herodoto. La certeza histórica de tal informe de Herodoto es confirmada en cierta medida por los mencionados datos de Pausanias, como también por dos arcaicas inscripciones de la isla de Tera. 
No es menos esencial la cuestión de cuándo, en medio de qué circunstancias y en qué forma se había producido la subyugación de las amplias capas de la población laconia por la clase dominante. La situación especial de los ilotas interesaba ya a los historiadores de la antigüedad. A juzgar por sus datos, en particular por los de Eforo, los ilotas al comienzo no estaban esclavizados. La esclavización se consumó durante el reinado de Agis, correspondiente a la segunda generación de las que siguieron a la invasión de los dorios en la Laconia. Según las referencias de otros historiadores, los ilotas fueron esclavizados durante la tercera generación de los reyes. 
Las tradiciones históricas vinculan la esclavización de los ilotas con el período de la agudización de la lucha social, que se había extendido a lo largo de cinco generaciones. De ahí se desprende con claridad que el sojuzgamiento de la población agrícola requirió a los subyugadores una tensión máxima de sus fuerzas. Cabe pensar que precisamente en tales condiciones se había producido el acercamiento de la nobleza aquea a los dorios. La parte sobreviviente de la nobleza aquea fue, al parecer, incluida en las filas dorias: de esta manera los vencedores se habían unificado con una parte de la capa dominante de los vencidos, formando juntos una única organización político-militar. A juzgar por los datos obtenidos por las últimas investigaciones arqueológicas, Esparta, antes de la segunda guerra mesenia, difería muy poco de las otras comunidades griegas que eran sus contemporáneas. 
Las particularidades que le eran propias y la distinguían de las comunidades circundantes han de haber surgido más tarde. Al parecer, sólo posteriormente la unificación de la clase dominante habría tomado el nombre de «comunidades de iguales», o comunidades de espartanos. Fue precisamente esa colectividad organizada militarmente la que distribuyó las tierras del valle del Eurotas en parcelas iguales, cleros, que pasaron a ser explotadas hereditariamente por cada una de las familias a las que se adjudicaron. La propiedad jurídica de la tierra fue, sin embargo, conservada en manos de la comunidad de espartanos, que ejercía el control permanente y real sobre los propietarios de los cleros. 
La población agrícola conquistada y subyugada por los espartanos, y que había tomado la denominación de ilotas, fue fijada a los cleros, cuyas tierras debían trabajar y hacer producir, bajo el control de personas especialmente designadas por el Estado. A los mismos espartanos les estaba prohibido permanecer largo tiempo en los cleros. 
En cuanto a la situación inicial de los ilotas, conocemos muy poco. Al parecer, ya en el siglo VII la situación de los ilotas subyugados se había acercado a la de esclavos. Sin embargo, se pueden notar diferencias radicales con respecto a la esclavitud. Los ilotas no sólo no representaban una propiedad privada de los espartanos, sino que tampoco eran explotados por éstos en forma directa, por cuanto los espartanos no podían residir en sus cleros y, en consecuencia, no podían atender directa y personalmente la explotación y la hacienda de los mismos; de esta manera, los ilotas trabajaban en los cleros y tenían autonomía en su trabajo, teniendo la obligación de entregar a los espartanos una determinada parte de su cosecha. 
Sólo el Estado tenía derechos sobre la vida y la muerte de los ilotas. Esto tenía su expresión en la existencia de una costumbre del Estado, la de las criptias (ver más adelante), y también en el hecho de que los éforos, al asumir su cargo, ejecutaban el rito de «la declaración de guerra» a los ilotas. Tampoco se puede llamar a los ilotas esclavos del Estado en la acepción completa de la palabra, puesto que la venta de ilotas por el Estado era, de hecho, absolutamente imposible. 

Ilota ajusticiado

Al mismo tiempo que los ilotas, existían en Esparta también esclavos en el sentido literal del término. Un escritor de la Grecia tardía, Pólux (Julio), autor de una especie de diccionario, define a los ilotas de la siguiente manera: «Una posición intermedia entre esclavos y ciudadanos libres ocupaban los ilotas lacedemonios, los penestas tesaliotas y los clarotes y miontes cretenses.» 
El tercer elemento que completaba la estructura social espartana lo constituían las comunidades autónomas de los periecos, que habitaban en grandes poblados, de carácter artesanal y comercial primordialmente, en el litoral marítimo, en las estribaciones occidentales del Parnón y en la región de la Escirítida, en la parte septentrional del valle lacónico. Las tierras de los periecos estaban marcadamente separadas de las ocupadas por los espartanos y pobladas por los ilotas. Eforo escribe que originariamente los periecos tenían igualdad de derechos con los espartanos y que el rey Agis les había convertido en tributarios de Esparta y los había privado de los derechos políticos. Cuenta más adelante Eforo que no eran los aqueos desiguales en cuanto a derechos a los espartanos los que se habían convertido en periecos, sino los forasteros que se habían instalado en los sitios abandonados por los aqueos. En base a tales datos, es lícito creer que los periecos no fueron incluidos de golpe en el Estado espartano, sino que, al comienzo, sus comunidades, especialmente las costeras, tenían la condición de aliadas de la comunidad militar espartana, la que más tarde las subyugó. Geógrafos e historiadores griegos posteriores comunican que en Esparta existían cien poblados de periecos, muchos de los cuales eran muy antiguos. Resulta así que la región ocupada por los periecos estaba densamente poblada y tuvo significado importante en el desarrollo ulterior del Estado espartano. 

Hoplitas periecos

El Estado espartano de los siglos IX-VIII a. C. representaba en primer lugar, como ya hemos dicho, una organización militar. La misma era encabezada por dos reyes, basileis de las dinastías de los Agíadas y los Euripóntidas. Estos dos basileis se hallaban a la cabeza de la comunidad espartana en calidad de jefes militares supremos. Su poder, empero, era real sólo durante las campañas bélicas contra un enemigo exterior. En la vida interna del Estado, el papel que desempeñaban era de muy poca importancia. Los dos formaban parte de la gerusía, o sea, del consejo de los ancianos (gerontes). A la vez, eran sacerdotes de los diferentes cultos rendidos a Zeus. 
Entraba también en las obligaciones del basileus la inspección de la justa distribución y utilización de las parcelas dentro de la colectividad espartana. Esta función fluía naturalmente de la situación de los basileis, que encabezaban esa colectividad organizada militarmente. En tiempos algo posteriores, como lo informa Herodoto, los basileis espartanos ordenaban también los matrimonios de las doncellas herederas de los cleros familiares. 
Como ya hemos anotado, el poder de los basileis estaba estrechamente ligado a la gerusía, compuesta de 28 ancianos no menores de sesenta años y que, en los tiempos históricamente conocidos, eran elegibles. En conjunto con los basileis que formaban parte de ella, la gerusía entendía en los asuntos de la comunidad espartana. Constituía el juzgado supremo y el consejo militar. En este último papel, la gerusía era sólo un órgano de consulta. Según el concepto de los historiadores griegos posteriores, la gerusía era una parte integrante e inseparable del régimen espartano creado por el legendario Licurgo, lo cual indica la antigüedad de su procedencia. 


El órgano supremo del Estado espartano era la asamblea popular, apela, que se componía de todos los espartanos que gozaban de plenos derechos y eran mayores de edad. El papel efectivo de la apela en la vida política de Esparta no era grande, puesto que la misma no gozaba del derecho de iniciativa para legislar. Intervenían en sus sesiones tan sólo los basileis y los funcionarios más altos. 
La reunión reaccionaba frente a esas intervenciones con gritos, y la mayoría se reconocía para la parte cuyos gritos eran más altos y más fuertes. Inclusive Aristóteles, gran simpatizante del régimen estatal de Esparta, calificaba de «pueril» esta manera de conducir las reuniones. Hay que considerar que la apela en los siglos IX-VIII a. C. apenas era un órgano más perfecto y desarrollado que en los tiempos de Aristóteles. Es muy probable, empero, que durante el período en que iba formándose en Estado espartano, la apela desempeñara un papel mucho más significativo que en tiempos posteriores. 
Una de las particularidades del régimen estatal espartano consistía en la existencia del colegio de los cinco éforos. Los historiadores griegos titubearon muchísimo en la apreciación de dicho órgano y en la determinación de su origen. Algunos lo consideraban como pilar del régimen espartano; otros, por el contrario, consideraban la introducción del colegio de los éforos como un agregado posterior a la organización estatal formada inicialmente. 
Dentro de esta posición, en opinión de algunos autores, dicho colegio era un órgano salvador del Estado, mientras otros lo consideraron como una institución dañina e inadecuada para los principios fundamentales del régimen. Esta polémica entablada en la antigua literatura histórica y política estuvo muy lejos de acusar índole académica; fue originada por la encarnizada lucha entre los partidarios de la oligarquía y los de la democracia en la Grecia de los siglos IV-III a. C. 
De por sí, esta misma postura respecto al eforado permite pensar que el mismo desempeñaba un papel esencial en la vida política de Esparta. Sin embargo, al parecer, fue progresivamente cuando esta institución adquirió influencia en el Estado espartano. En las más antiguas tradiciones históricas espartanas, figuran en el primer plano no los éforos, sino los basileis. Evidentemente, el eforado había surgido en calidad de órgano de representantes de las cinco aldeas en las cuales se hallaba dividida Esparta. 
Ulteriormente, el colegio de los éforos fue independiente, tanto de la gerusía como de los basileis. Más aún: los éforos estaban incluso contrapuestos a esos poderes; al asumir el cargo, firmaban una especie de tratado con los basileis garantizándoles el poder, siempre que los nombrados observasen las leyes. Ya Aristóteles había llamado la atención sobre la particularidad de la organización estatal espartana, que se caracterizaba, según él, por una cierta dualidad. En su Política, dice Aristóteles: «... el poder de los reyes estaba allí repartido entre dos personas... Teopompo, a su vez, había reducido las prerrogativas del poder real recurriendo a diferentes medidas, entre ellas, la instalación del eforado». 
El colegio de los éforos constituía así uno de los fundamentales órganos del Estado espartano. Al lado de las funciones de control, el problema principal del eforado residía en mantener en obediencia para con la comunidad espartana a la masa sujeta a ella y a los periecos que no gozaban de plenos derechos. Con este fin, se practicaban en Esparta medidas tales como la proclamación regular de criptias, durante las cuales los guerreros espartanos se dispersaban por las regiones rurales para atacar por la noche los villorrios de los ilotas. 


En los mismos, según un autor antiguo, «mataban a los más fuertes entre los últimos». Con estos métodos bestiales el Estado espartano trataba de prevenir las sublevaciones de los ilotas. A pesar de todo, las sublevaciones no dejaban de estallar, adquiriendo a veces dimensiones tales que la comunidad espartana no estaba en condiciones de aplastarlas sin la ayuda de otras ciudades peloponesíacas, aliadas suyas.  
La reducida comunidad de espartanos resolvía el problema de la dominación sobre la aplastante mayoría de la población laconia (sobre los ilotas privados de derechos y sobre los periecos que no gozaban de la plenitud de los mismos), al precio de una constante tensión bélica, de un permanente estado de preparación militar y disposición para el combate. Esta circunstancia había impuesto su cuño y sello sobre todo el modo de vida de la comunidad espartana, completamente apartada de la actividad económica y transformada, también por completo, en una dominante clase militar. 
De esta manera, en el siglo VIII a. C. se había formado el Estado esclavista espartano sobre la base de formas muy primitivas de explotación de la sojuzgada población agrícola. El régimen político, como vemos, era en muchos sentidos bastante primitivo. En su base se hallaba el aprovechamiento, con fines de dominio clasista, de toda una serie de instituciones surgidas todavía en la época de la descomposición del régimen comunal. Los órganos aparecidos más tarde, por ejemplo el eforado, habían constituido ya un engendro de condiciones nuevas que no se hallaban ligadas al régimen de gens. 
Para su tiempo, el régimen estatal espartano constituyó un definido paso hacia adelante en el nacimiento del Estado en la antigua Grecia como aparato de opresión de la clase dominante. El lugar principal en tal organización lo ocupaba la educación político-militar de los ciudadanos. Tal rasgo del régimen espartano atraía la atención de los ideólogos de la nobleza esclavista. La vida de todo espartano, desde el momento mismo en que nacía, se hallaba bajo la constante e incansable observación del Estado. 
Hasta la edad de los ocho años, los varones vivían con sus familias. Luego, eran reunidos en grupos agelas (literalmente rebaños) que estaban a cargo de altos funcionarios del Estado paidónomos, o sea, educadores fiscales, los que, mediante un rigurosísimo adiestramiento, trataban de hacer de los niños buenos guerreros. Además del entrenamiento gimnástico-militar, los niños eran sometidos a privaciones e inclemencias (hambre, frío), estimulando que intentaran proveerse de alimentos recurriendo a cualquier medio, sin que con ello se violara la disciplina formal. 
A partir de los doce años, el rigor en la educación era reforzado: se desarrollaba la habilidad de expresar los pensamientos de la forma más breve posible (se iba creando así la oración «lacónica», término que se ha convertido en adjetivo genérico); se sometía a los niños a diferentes clases de torturas para acostumbrarlos a soportar fácilmente los sufrimientos físicos. A los dieciocho años, la educación de los espartanos se daba por terminada. A los veintiuno, el adolescente era nombrado guerrero espartano, a partir de lo cual ya él mismo debía participar en el entrenamiento de las generaciones más jóvenes. 
En este sistema educacional, la instrucción común ocupaba un lugar insignificante; los espartanos no sólo ignoraban las conquistas de la antigua cultura griega, sino que, en general, eran semianalfabetos. En este punto coinciden todos los escritores de la antigua Grecia. Sin embargo, según los laconófilos, la preparación militar de los espartanos y de su ejército era preferible a todos estos logros de la civilización. 


El descrito régimen del Estado espartano fue creado, de acuerdo con tradiciones bastante contradictorias, por un gran legislador, el sabio Licurgo. El habría sido quien apaciguara a una Esparta desgarrada por luchas intestinas, introduciendo un régimen «ideal» para el Estado que se conservó posteriormente durante toda la existencia de Esparta. ¿Hasta qué punto es verídica tal tradición referente a Licurgo? Plutarco, que ha escrito una biografía muy amplia de Licurgo, reconoce empero, no obstante su poquísima inclinación a la crítica histórica, que la tradición de Licurgo es sumamente enrevesada y oscura. Para la ciencia historiográfica actual, queda fuera de duda que la efigie de Licurgo es algo legendaria, carente de realidad histórica. 
Así y todo, no está excluido que medidas tales como la repartición en cleros del territorio conquistado por los espartanos, la reorganización del antiguo Consejo de Ancianos, transformándolo en gerusía, la institución del eforado, fueron introducidos simultáneamente. Todas estas leyes fundamentales del Estado espartano pueden haber sido el resultado de la actividad de un gran organizador, posteriormente deificado: existía en Esparta un culto especial de Licurgo, como deidad de la luz. 
En la vida cotidiana de los espartanos se conservaban muchos hábitos que databan de la más remota antigüedad, por ejemplo, las agrupaciones según las edades que, probablemente, representaban un tipo de destacamentos sui géneris. Estas agrupaciones tenían lugares para reunirse (lesquias), en los que se realizaban ágapes comunes y se organizaban diversiones, y donde la juventud y los guerreros adultos pasaban la mayor parte de su tiempo, no sólo de día, sino también de noche. Las mujeres no eran admitidas en esas organizaciones, pero, al mismo tiempo, eran ellas dueñas absolutas en la vida de familia, la que, en contraposición a la forma de vida de los varones, organizada sobre principios comunales, era sumamente cerrada. 
De las supervivencias preclasistas hablan también muchas costumbres de la vida familiar de los espartanos: el rito con que se celebraba el matrimonio consistía en el rapto de la doncella novia; la familia era monógama, pero al mismo tiempo era admitida la libertad de la relación sexual extramatrimonial, tanto para el marido como para la mujer. 
Como ya hemos señalado, fue el período de tensa lucha por el dominio del territorio ocupado, cuando se formó el régimen militar espartano. Todos los espartanos, en la edad comprendida entre los veinte y los sesenta años, eran guerreros. El ejército estaba subdividido en cinco agrupaciones combativas lochas, una por cada una de las cinco aldeas en que se hallaba dividido el centro del Estado espartano. Cada locha se componía de "destacamentos unidos por un juramento", los llamados enomotias, cuyos participantes llevaban, incluso en tiempos de paz, un modo de vida en común, formando una especie de «fraternidad» llamada sisitias. Este régimen militar distaba mucho aún de esa esbeltez y perfección de la cual escribe Tucídides a finales del siglo V. Las supervivencias de las relaciones tribales y de gens, que hemos anotado, repercutieron sobre el carácter de la organización militar espartana. Las enomotias podían manifestar una excesiva independencia dentro de las circunstancias de combate, lo cual amenazaba la unidad de la disciplina. Un caso es el mencionado por Herodoto en la descripción de la batalla de Platea en el año 749 a. C. Es debido a ello que en las luchas contra sus vecinos, entre los siglos IX y VII, Esparta sufría descalabros con cierta frecuencia. 
Apoyado en una base económica-social primitiva, desgarrado por una permanente lucha interna, el Estado espartano se vio obligado desde muy temprano a enviar colonos al exterior. En la tradición que transmite Herodoto acerca de los minios y de la colonización de la isla de Tera por los espartanos, aparece nítidamente pintada la configuración de circunstancias que acompañaban a esos sucesos. Las nociones traídas por Herodoto han encontrado en la actualidad nuevas confirmaciones arqueológicas y epigráficas. 
Tucídides da nociones de la colonización de Citera por los espartanos, al igual que de los choques entre Esparta y otras ciudades. En este sentido, ofrece muchísimo interés el relato de Herodoto sobre la prolongada guerra perdida por Esparta contra Tegea, una de las ciudades de la Arcadia. 
Otro adversario, más peligroso aún, de Esparta, era Argos, principal centro político de la Argólida, que había conservado en forma más completa la herencia cultural de la época micénica. Argos había alcanzado el cénit de su poderío durante el reinado del tirano Fidón, el que, según la tradición, había sometido a su influencia y poder toda la parte noreste del Peloponeso. 
El tercer y principal adversario de Esparta era Mesenia, en cuyas regiones costeras, durante la época micénica, especialmente en la costa occidental según lo establecido por los descubrimientos arqueológicos, se hallaban situados muchos centros estrechamente vinculados con Creta. Las regiones interiores, las de la llanura de Mesenia, estaban en este sentido mucho menos desarrolladas. 
De acuerdo con las tradiciones históricas ampliamente aprovechadas por la literatura griega, la Mesenia, al igual que la Laconia, fueron invadidas por los dorios; Cresfonte, un descendiente directo de Heracles, consanguíneo de los reyes espartanos, había fundado en Mesenia la dinastía de los reyes que fue denominada según el nombre de su hijo Epites: la de los Epítidas. Al echar mano, para la interpretación de estas tradiciones, al material arqueológico, como también a los datos de la historia y la dialectología de la lengua griega, se puede llegar a la deducción de que la invasión doria había también llegado a Mesenia, donde si bien fueron destruidos grandes centros de la cultura micénica, la población aquea al parecer no fue sojuzgada. Es cierto también que en el territorio mesenio, célebre por su fertilidad, se fusionaron parcialmente los aqueos y los dorios, y se deslindaron las tierras con mojones. 

Los poemas homéricos hacen mención de la Mesenia como de un territorio unificado políticamente. Lo mismo se dice de Mesenia en las tradiciones históricas utilizadas y transformadas por Pausanias. Las listas de los vencedores en los juegos olímpicos, conservadas en los fragmentos de Hipías de Elis, contienen nombres de mesenios hasta la mitad misma del siglo VIII a. C., lo cual da testimonio no sólo de la independencia política de Mesenia, sino también del nivel relativamente elevado del desarrollo de su cultura. Finalmente Eurípides, en su tragedia Cresfonte, que nos ha llegado sólo fragmentariamente, escribe sobre Mesenia como de un país libre e independiente.



Pero en Mesenia no había surgido ninguna formación estatal, ni aquea ni doria, que fuera capaz de defender su ulterior existencia independiente. Sus posibilidades eran inferiores a las de Esparta, del mismo modo que ocurría en las restantes regiones del Peloponeso. 
En la segunda mitad del siglo VIII, Esparta emprendió la conquista de Mesenia. 
Pausanias suministra nociones detalladas pero legendarias de esa guerra. Material más fidedigno, reminiscencias de encarnizadas batallas durante la guerra de los veinte años, halló su reflejo en los versos del poeta griego Tirteo (de los cuales se han conservado sólo unos fragmentos), del siglo VII a. C., quien vivió dos generaciones más tarde. Como informa otra fuente, al finalizar esa guerra entre Mesenia y Esparta, se sublevaron los llamados partenios hijos ilegítimos, pertenecientes al sector de la población privado de derechos civiles. 
La sublevación fue aplastada y los sublevados se vieron obligados a abandonar Esparta y emigrar hacia el litoral meridional de Italia, donde fundaron la colonia de Tarento. 
Tras una serie de derrotas, la resistencia de los mesenios se había concentrado en la región montañosa limítrofe con la Arcadia; allí fueron derrotados y Mesenia se sometió a Esparta con la condición de pagar un tributo consistente en la mitad de cada cosecha anual. Al parecer, los mesenios quedaron en una situación similar a la que entonces tenían en Esparta los ilotas. La victoria sobre Mesenia, empero, no mejoró esencialmente la situación de Esparta. Los espartanos tenían que emplear enormes fuerzas para mantener a Mesenia en la obediencia. Al mismo tiempo, las relaciones entre Esparta y Argos, en la que en ese tiempo se había afianzado la tiranía de Fidón, habían empeorado bruscamente, e iba creándose también la amenaza de un serio choque militar con Tegea y otras ciudades peloponesíacas. 
En medio de tales condiciones se compuso definitivamente el régimen político-social espartano. Al parecer, fue precisamente entonces cuando se promulgó la reforma que consolidaba la igualdad de bienes de los espartanos. Para ello, el Estado espartano tuvo que librarse dentro de lo posible de la influencia de las relaciones mercantiles y monetarias que iban desarrollándose rápidamente, recurriendo a varias medidas: la prohibición de guardar metales preciosos; la prohibición a los forasteros de aparecer en el territorio de la ciudad de Esparta, y quizás en el de todo el Estado espartano. 
Es probable que fuera entonces cuando se legitimara el uso exclusivo de la arcaica moneda de hierro, acerca de lo cual Plutarco transmite un relato anecdótico a su célebre biografía de Licurgo. Es curioso que el sistema de pesas y medidas de Fidón de Argos, difundido en todo el Peloponeso, no fuera aceptado en Esparta. Las tierras de los periecos fueron consideradas como tierras estatales y divididas en cleros entre los ciudadanos. Tales medidas tenían por objeto detener el desarrollo de la producción, acerca de la cual dan testimonio millares de hallazgos arqueológicos en el antiquísimo territorio del santuario de Esparta el templo de Artemisa Ortia y en otras partes de la ciudad. 
Muy pronto, el Estado espartano se vio en la necesidad de sostener otra pesada guerra contra Mesenia, que se sublevó en la segunda mitad del siglo VII a. C. La sublevación estalló en la parte nórdica de la llanura mesénica, en la región de Andania. Los sublevados, encabezados por el rey Aristómenes, de la estirpe de los epítidas, estaban aliados con Arcadia, Elida y Argos. 
Durante los primeros años de la guerra, los espartanos sufrieron una derrota tras otra. Los versos de Tirteo, que tomó parte en dicha guerra, hablan de la extrema tensión de fuerzas por parte de Esparta. El conflicto repercutió también sobre la creación de los mesenios, que precisamente en ese tiempo compusieron unas canciones épicas, aprovechadas posteriormente por los autores que imitaban a Homero. Los mesenios se sostuvieron heroicamente, mas sus aliados, especialmente el rey arcadio Aristócrates, los traicionaron, y los espartanos comenzaron a superarlos. En una batalla decisiva, junto al «gran foso», al décimo año de la guerra, los mesenios fueron derrotados. Pero su resistencia continuaba; se habían fortificado en el monte Ira, en los límites de la Arcadia, donde se sostuvieron a lo largo de once años. Capitularon bajo la condición de poder trasladarse libremente a Arcadia y otras regiones de la Hélade. 
Los que se quedaron fueron convertidos en ilotas y, junto con sus respectivas parcelas, distribuidos entre los espartanos. Resulta así que a finales del siglo VII a. C., el sistema de explotación de los ilotas ya estaba formado en lo fundamental. Evidentemente, entonces fue cuando se introdujo la ya mencionada costumbre bestial de las criptias. 
Tal como escribe Tucídides, toda la atención de los poderes espartanos estaba dirigida ahora al aplastamiento de los ilotas. De vez en cuando las rebeliones de los ilotas estallaban con tanta violencia y fuerza, que el Estado espartano no estaba en condiciones de reprimirlas por sus propios medios. En tales ocasiones, Esparta pedía ayuda en las comunidades vecinas del Peloponeso, surgiendo sobre esta base la tendencia a estrechar relaciones con una serie de ciudades de alrededor. 
A su vez, estas mismas ciudades también estaban interesadas en un acercamiento con Esparta, por cuanto en aquel tiempo ésta gozaba ya de la fama de ser uno de los Estados militarmente más poderosos de toda la Hélade. 
Como resultado, a mediados del siglo VI a. C., se forjaba en el Peloponeso una unión que entró en la historia con el nombre de Liga o Confederación del Peloponeso. Aun cuando Esparta la encabezaba, los demás miembros continuaron conservando su independencia; Esparta se inmiscuía muy poco en los asuntos internos de los mismos.



2. Creta 
Cuenta la leyenda que, antes de formular y publicar las leyes que han quedado vinculadas a su nombre, Licurgo habría visitado también a Creta durante los viajes que hiciera con el fin de estudiar las constituciones de otros países. Sin duda, esta leyenda se apoya en el hecho histórico de que entre las organizaciones estatales de Esparta y de Creta se observan muchos rasgos similares. Dichos rasgos se explican históricamente por el hecho de que, tanto en Esparta como en Creta, en el primer milenio anterior a nuestra era, la población dominante fue la doria, que sometió a los pobladores de la isla; entre ellos a los aqueos, eteocretes (cretenses autóctonos) y otros. 


Sin embargo, la similitud entre Esparta y Creta se observa más bien en sus instituciones sociales que en las estatales. Para conocer a unas y otras es especialmente importante, aparte de una reducida cantidad de fuentes literarias, una gran inscripción encontrada en una ciudad de la costa meridional de Creta: Gortis, la que, junto a Cnosos, desempeñó gran papel en la historia de esa isla. Aun cuando esta inscripción, a la que a veces se denomina «la verdad gortinense», fue grabada en la pared de un edificio público ya a mediados del siglo V a. C., ella representa la codificación de la legislación cretense perteneciente a una época muy anterior. 
Las fuentes mencionadas permiten formarse cierta idea acerca del régimen social de la sociedad cretense. La población de esta isla estaba formada por dos grupos fundamentales: libres y dependientes. Los tributos eran los ciudadanos, pertenecientes a las tribus dorias, que gozaban de plenos derechos; los llamados «súbditos», equivalentes a los periecos espartanos, que conservaban la libertad personal, pero carecían de la plenitud de los derechos civiles; los manumitidos, a los que de acuerdo con las leyes nadie podía privar de la libertad; y los extranjeros que moraban en la isla. Los ciudadanos eran reunidos en hetairías (sociedades). 
Además de esto, junto a las tres filai en que se dividía la población doria, en algunas ciudades cretenses en las que la población estaba mezclada, había otras filai más (por ejemplo, la de los aitaleos). Cada una de ellas no era más que una gens o una familia ampliada. Semejantes filai existían también en el seno de la sociedad de los "súbditos". Las hetairías estaban formadas por compañías de jóvenes amigos (agelas) pertenecientes a la clase dominante (en consecuencia, no podían ingresar a las mismas los «súbditos», los manumitidos y los extranjeros, todos los cuales se consideraban como «fuera de las hetairías»). A la cabeza de cada hetairía había un arconte
Para la vista de las causas o procesos que surgían entre los que se hallaban «fuera de las hetairías» (athetairíos) y los miembros de las mismas, se nombraban jueces especiales. Y dado que los miembros de las familias nobles, al ser distribuidos según las hetairías, trataban de conservar los vínculos con su gens, las hetairías coincidían mayormente con las filai. Una subdivisión de la filai era el claros. Del seno de la file emanaba el claros militar que soportaba obligaciones especiales; entre sus miembros se elegía los cosmos (estrategas), que tenían en sus manos el supremo poder militar del Estado. Los "súbditos", agrupados en comunidades rurales, también estaban divididos en filai. Junto con la agricultura estaban desarrollados los oficios y el comercio. Para los manumitidos, o libertos, se destinaban en las ciudades cretenses barrios especiales. Finalmente, para la administración y para la vigilancia de los extranjeros que moraban en la isla existía un funcionario para su vigilancia. 
A semejanza de las comidas en común de Esparta ("Syssitia"), en Creta se efectuaban también banquetes públicos, conocidos como "comidas de varones" (andreiai). Según algunas fuentes, estas comidas eran organizadas por los aportes efectuados por los miembros del claros. Según otras fuentes, era el propio Estado quien destinaba a las mismas una parte de los ingresos del fisco. 
Cada una de estas andreias estaba bajo la vigilancia de un llamado paidónomo. En las andreias se hallan presentes los niños varones, que recibían la mitad de la ración. Al cumplir los diecisiete años, el joven era registrado y anotado en una agela, teniendo que frecuentar los gimnasios, en los que se prestaba principal atención al entrenamiento físico y una atención mucho menor a la instrucción intelectual; un lugar esencial era destinado al aprendizaje de memoria de las leyes, redactadas en verso. Al terminar la agela, en la que probablemente permanecían unos diez años, los jóvenes ingresaban en la hetairías. Los miembros de cada promoción estaban obligados a contraer simultáneamente matrimonio, pero la esposa entraba en la casa del marido sólo cuando estaba en condiciones de manejar la economía de la misma. El matrimonio era considerado sagrado, y toda violación del mismo era severamente castigada. 
La población no libre, o dependiente, de Creta se componía de mnoitas y de esclavos. Los mnoitas eran agricultores, cargados de gravosas obligaciones, que habitaban las tierras del Estado. Quizás en éstos ha de verse a los descendientes de la antigua población de la Creta minoica. En cuanto a los esclavos, pertenecientes a particulares, se los puede subdividir en dos categorías. Unos, cuya situación correspondía a la de los ilotas espartanos, labraban las parcelas (cleros) de sus amos, a los que debían entregar una parte de los productos que obtenían; estaban fijados inseparablemente a los cleros, y recibían la denominación de afamiotas o clerotes. Podían formar familias e inclusive contraer matrimonio con mujeres libres; tenían su hacienda doméstica y podían adquirir bienes domésticos también. Otros, utilizados para los trabajos y quehaceres de las casas, eran esclavos comprados. 


Las particularidades de la sociedad en Creta habían condicionado la singularidad del régimen estatal de las cuarenta y seis polis cretenses. Las constituciones de las mismas tenían un rasgo común: cada una de ellas era regida por los ya mencionados cosmos. Aristóteles desaprueba este orden estatal considerándolo la peor clase de oligarquía: el caso es que dichos cosmos estaban investidos entre los cretenses del supremo poder tan sólo formalmente, pues en la realidad se encontraban supeditados a la tiranía de los representantes de las familias nobles, que tenían el derecho de reemplazarlos durante el ejercicio del poder. Escribe Aristóteles: "Tal preponderancia de la nobleza y, en general, de los hombres del poder que no desean someterse a un veredicto de los cosmos, lleva a la anarquía, a constantes disensiones y a una lucha intestina, de manera que el régimen cretense tiene tan sólo alguna que otra similitud con un régimen estatal". Al colegio o senado de los cosmos estaban adscriptos un secretario y otros funcionarios, entre ellos los que entendían de las finanzas. 

El poder judicial también se hallaba bajo la jurisdicción de los cosmos, a los cuales estaban sometidos los jueces. Debajo de los cosmos se encontraba el Consejo de ancianos; eran sus miembros los mismos cosmos una vez que habían cumplido el término reglamentario de su función; eran integrantes vitalicios de este Consejo, que representaba la suprema instancia gubernamental y judicial, poseía plenipotencias casi ilimitadas y gobernaba el demos a su albedrío (al decir de Aristóteles, "arbitrariamente, y no sobre la base de las leyes escritas"). El número de miembros de este Consejo llegaba a veintiocho o treinta. 
La asamblea popular ocupaba un lugar secundario, puesto que sólo poseía el derecho formal de confirmar las resoluciones tomadas por el Consejo o por el Cosmos. Hacia mediados del siglo III a. C., la Asamblea popular adquirió gran significado y valor. Dada la democratización del régimen estatal realizada entonces en Creta, al lado del Consejo de ancianos se formó incluso un consejo de «jóvenes», investidos de poderes especiales, y que también cumplía funciones judiciales. 
Las sesiones de la Asamblea popular tenían lugar en la plaza pública (ágora), donde había una piedra especial desde la cual los oradores pronunciaban sus discursos y arengas. La Asamblea popular estaba autorizada para tomar resoluciones sólo con la presencia de no menos de quinientos miembros. 
La «verdad gortinense» contiene también una serie de artículos vinculados con asuntos de herencia, deudas, violaciones de reglas sociales, etc. Los procesos en Creta eran orales, en presencia de testigos, los que hacían sus declaraciones bajo juramento. 
En cuanto a la historia de Creta durante el período prehelénico, de la misma se han conservado tan sólo hechos aislados carentes de valor para la historia griega general. Así, se sabe que durante las guerras greco-persas, los ciudadanos cretenses despacharon una embajada a Delfos, pero no tomaron parte alguna en dichas guerras. Tampoco tomaron parte alguna las ciudades cretenses en la primera Liga marítima ateniense, aparecida en el siglo V a. C. 

3. Tesalia 
Las relaciones sociales y el régimen estatal de Tesalia ofrecen un interés particular debido a que allí se conservó sin mayores variantes un régimen social que hace recordar, hasta cierto grado, a la Grecia homérica. 
Tesalia representa una llanura baja, la más grande de toda la Hélade, limitada por todos los lados por colinas y cordilleras: al norte, por el Olimpo; al oeste, por la cordillera de Pindo; al este, por las de Osa y Pelión, y al sur, por la cordillera de Acaya y, tras ésta, el monte Eta, paralelo a la anterior. La llanura tesalia es regada por el río más grande de la Hélade, el Peneo. Dicha llanura es muy feraz, apta tanto para la agricultura como para la ganadería (hasta el mismo período helénico, Tesalia poseía la mejor caballería de Grecia).


Desde Tesalia se exportaban en gran cantidad carnes y cereales. Una parte de la llanura tesalia estaba cubierta, en tiempos más remotos, de espesos bosques; es característico que, aún en el siglo v, los antiguos funcionarios, que ya habían perdido el poder y se habían convertido en epónimos (los años se denominaban con los apelativos de dichos funcionarios), eran apodados «inspectores silvestres». Entre la cordillera de Acaya y el monte Eta se extendía otra llanura, no muy grande ni tan feraz, regada por el río Esperquio.
En el sur del país, en el golfo de Pagaso, estaban, bien ubicados y protegidos contra los vientos, los puertos de Iolcos y de Pagaso. 
La lengua de los tesalios, al igual que la de los beocios, era, en la época clásica, una mezcla de dos elementos dialectales: el dórico y el eólico. La naturaleza mixta del idioma confirma la tradición histórica según la cual Tesalia, durante la época micénica, se hallaba poblada de tribus eolias. Era, en aquel entonces, uno de los países cultos, guías de la Grecia europea, como lo hacen ver tanto los datos obtenidos en las excavaciones, como el papel que desempeña el héroe tesalio Aquiles en la Ilíada. 
En la época de las invasiones dorias, los emigrados se apoderaron, como en todas partes, de las llanuras más fértiles. La anterior población eolia "los penestai", aun cuando conservaron parcialmente sus territorios y sus regímenes tribales, se vieron privados de la libertad, pasando a depender del vencedor, proveyendo a éste de guerreros y pagando un tributo. 
Los pobladores de Tesalia propiamente dichos se dividían en cuatro grupos. El primero lo componían los dinastas, miembros de las pocas gens nobles, poseedores de grandes latifundios, los cuales, de hecho, habían concentrado en sus manos todo el poder. Al segundo grupo pertenecían los medianos y pequeños agricultores libres, algo así como arrendatarios de los dinastas, a los cuales también prestaban servicio en el ejército en función de escuderos y guerreros, ecuestres e infantes. Este grupo no debía ocuparse en oficios artesanales y de comercio, bajo la amenaza de ser despojado de sus derechos civiles. Inclusive, para asistir a la Asamblea popular, no se reunían en la plaza del mercado, como en las otras polis griegas, reservada en este caso a los nobles tesaliotas, sino en una plaza especial, el ágora «libre», en la que estaba prohibido toda clase de comercio. El tercer grupo lo componían los artesanos y los mercaderes, personalmente libres pero carentes de derechos políticos. La situación de la masa fundamental de los productores, "los penestai", que formaban el cuarto grupo, difería poco de la de los ilotas espartanos en los siglos VII-VI a. C. Los "penestai", al igual que los ilotas, estaban vinculados a la parcela que se les había adjudicado y entregado, y poseían casas y bienes muebles; no podían abandonar su parcela y estaban obligados a entregar una parte determinada de la cosecha a su dinasta terrateniente y a obedecer sus órdenes, pero el dinasta no podía matar a los "penestai". Las rebeliones de los "penestai", al igual que las de los ilotas, eran un fenómeno ordinario. 
Todas estas particularidades de la estructura social de Tesalia recuerdan a la estructura social de la Grecia homérica. La tierra estaba subdividida en parcelas (cleros). Sin embargo, estos cleros no tenían nada de común con las pequeñas parcelas de los campesinos que recibían la misma denominación en el Ática y en Beocia. En caso de guerra, todo clero debía proveer cuarenta guerreros ecuestres y ochenta hoplitas. Para suministrar semejante milicia, un clero tenía que ocupar un área de más o menos unas 1.600 a 1.800 hectáreas; es lógico suponer que tales cleros pertenecían sólo a los grandes terratenientes, de los cuales en toda la Tesalia podría haber cerca de doscientos. Con respecto a los terratenientes, todo el resto de la población libre se encontraba en situación de dependencia, recibiendo de aquéllos parcelas para ser labradas. En los tiempos de paz, cada familia noble (las más poderosas eran la de los Aléuadas en Larisa y la de los Escópadas en Farsalia), junto con sus «arrendatarios», constituía una aislada unidad política. 
La nobleza tesaliota erigía fortificaciones para defender sus posesiones. Sin embargo, el peligro de rebeliones de las tribus sojuzgadas, y también el de invasiones enemigas, habían forzado a los dinastas tesaliotas a crear, ya en tiempos muy tempranos, una organización militar pantesalia. Así como los basileus griegos durante la campaña contra Troya habían formado un ejército común bajo el mando del basileus micenio Agamenón, así también los tagos (equivalentes al basileus en el lenguaje de los tesaliotas) elegían, en caso de guerra, un tago pantesalio. En tales oportunidades entraba en funciones (tanto para la elección de un tago, como también para otras necesidades), la Asamblea popular pantesalia, compuesta por todos los tesaliotas libres; más en tiempos de paz dicha asamblea casi no se reunía y el país se disgregaba en uniones separadas entre sí, de gens o grandes familias. 
La unión de tres o cuatro filai representaba en los Estados griegos primitivos, no sólo una agrupación gentilicia, sino también territorial: todos los ciudadanos de una filé, y la filé misma, se establecían juntos, tenían su basileus y en el ejército constituían un destacamento autónomo propio. Así ocurría en el Ática y, a juzgar por las palabras de Néstor, uno de los héroes de la Iliada, también en el ejército homérico. Así era en Tesalia. Aparte de ello, Tesalia estaba dividida en tetrarquías; los nombres de las cuatro eran: Tesaliótida, Pelasgiótida, Hestiótida y Ftiótida. A la cabeza de cada una de estas tetrarquías se hallaba un polemarca (jefe militar), lo cual indica que las tetrarquías eran unidades no sólo administrativas, sino también militares. 
La historia de Tesalia de comienzos del primer milenio anterior a nuestra era no es conocida. Entre las tradiciones griegas se ha conservado una leyenda según la cual los tesaliotas habían intentado apoderarse de las tierras situadas al sur de su propio territorio; pero los focidios obstruyeron con un muro de piedra el paso de las Termópilas, impidiendo así el ulterior avance de los tesaliotas. Los restos que de dicho muro se han conservado corresponden, a criterio de los hombres de ciencia, a tiempos posteriores (a los siglos VII-VI a. C.). 
En el siglo VI, los tesaliotas constituían una de las tribus más poderosas y desempeñaban gran papel en la política panhelénica. Ello se había manifestado en la guerra por el santuario de Apolo en Delfos, que en aquel entonces pertenecía a la Fócida. Los focidios habían resuelto cobrar derechos de entrada a los peregrinos que arribaban a Crisa, puerto de Delfos. El hecho provocó una protesta de los Estados griegos; dio comienzo la llamada «guerra sagrada», en la que tomaron parte los sicionios, los atenienses y otros, correspondiendo el papel conductor a los tesaliotas. Como resultado de esa guerra, el santuario de Delfos fue arrebatado a los focidios, Crisa fue arrasada y los tesaliotas, junto con las tribus bajo su mando, obtuvieron la mayoría de votos en el Consejo de la afictionía de Delfos. 
De la misma manera, los tesaliotas desempeñaron el papel decisivo en la guerra llamada de Lelante, entablada entre dos coaliciones mercantiles: de un lado se hallaban Samos y Calcis, y de otro Mileo y Eretria. Los tesaliotas se plegaron a Calcis, que, gracias a la caballería tesaliota, obtuvo la victoria sobre el enemigo. Muy pronto, empero, los tesaliotas fueron derrotados por los beocios y los focidios. A comienzos del siglo v los tesaliotas combatieron al lado de los persas. Debido a ello no tuvieron durante todo ese siglo influencia política considerable. El nuevo ascenso de Tesalia comenzó a principios del siglo IV a. C. 

4. Beocia 
En el curso de las investigaciones arqueológicas en el territorio de Beocia, especialmente en la región del lago Copais y en el sitio de la antigua ciudad de Orcómeno, se descubrió una gran cantidad de monumentos de la cultura micénica, y debajo de los mismos apareció una capa neolítica, perteneciente al tercer milenio a. C. Los mitos vinculados con Beocia mencionan, entre las antiquísimas tribus que la poblaban, a los minios. En el siglo viii aparecen ya los beocios en calidad de un solo pueblo que hablaba el dialecto beocio. 
Entre los poblados, los más importantes en los primeros tiempos fueron Orcómeno, en el cual la tradición ubica a los mencionados minios, y Tebas, del cual se habla en los poemas homéricos como de un considerable centro que posteriormente sometió a Orcómeno. 
Según el testimonio de Tucídides, la población de Beocia había llegado desde Tesalia; empero, el mismo autor hace la salvedad de que una parte de los beocios ya habitaba anteriormente en esta región. Evidentemente, la migración desde Tesalia, si es que tuvo lugar en la realidad histórica, repercutió muy poco sobre el desarrollo interno de Beocia. 

El Régimen económico-social de Beocia 
En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las ciudades griegas desarrolladas de los siglos VII-VI a. C. La causa, desde luego, no fue «la estupidez de los cerdos beocios», como decían despectivamente sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del desarrollo económico de la región. En la fértil Beocia, incluso en la época en la que la producción de la mayor parte del mundo griego ha sufrido grandes cambios, la economía siguió siendo fundamentalmente agraria, con predominio de los cultivos gramíneos. En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor, podía subsistir. También estaba desarrollada en Beocia la ganadería, especialmente la cría de caballos. Sobre el lago Copais y en el litoral marítimo estaba desarrollada bastante considerablemente la pesca. Puesto que la producción artesanal estaba escasamente desarrollada, sólo los excedentes agrícolas estaban comercializados. 
Pero cierto que también en Beocia repercutieron gravemente sobre la economía de los campesinos la estratificación en el interior de la comunidad y el crecimiento de la desigualdad de recursos y bienes. Para la conservación de las parcelas de los campesinos, las legislaciones antiguas prevenían y anticipaban medidas extraordinarias. Como informa Aristóteles, un legislador tebano de comienzos del siglo VII, Filolao, había establecido que si en una familia nacían más hijos que cantidad de tierra tenía la misma a su disposición, el padre estaba obligado, bajo amenaza de pena de muerte, a no educar él mismo a la criatura, sino a entregarla a otros, al que diera por ella una paga, por pequeña que fuese; esta paga simbólica era un resabio de la venta (para la esclavitud) que otrora existiera. 
Conocemos, por Tucídides, que anteriormente a las guerras greco-persas, el poder en las ciudades beocias se hallaba en manos de un pequeño grupo de aristócratas pertenecientes a cinco estirpes: los antepasados de cuatro de ellas se llamaban Espartos (literalmente, «sembrados»), porque, de acuerdo con la tradición referente al mitológico fundador de Tebas, el héroe semidiós Cadmo, aquellos crecieron de los dientes de un dragón sembrados por Cadmo; el antepasado de la quinta estirpe era considerado pariente por afinidad con los Espartos. A consecuencia del desarrollo gradual, aun cuando tardío, del intercambio de productos, en el Estado beocio comenzaron a adquirir valor y significación los hombres adinerados aun cuando no pertenecieran a la aristocracia de abolengo. Además, al lado de los aristócratas terratenientes aparecieron también campesinos acaudalados, que habían pasado por una severa escuela de la vida y habían sabido enriquecerse merced a la manera más intensiva de conducir sus haciendas. El desarrollo del comercio marítimo, característico para toda la Grecia de los siglos VIII-VII a. C., no pudo dejar de ejercer cierto efecto sobre el poeta beocio Hesíodo, cuyo poema "los trabajos y los días" se puede datar entre los siglos VIII-VII a. C., condena la ocupación en el comercio marítimo, cuyo entusiasmo, dice, se había apoderado de todos. No obstante, aconseja sobre las condiciones en que sería lícito y conveniente ocuparse del mismo, sin someterse a gran riesgo. Todo esto se halla expuesto en forma de consejos que Hesíodo da a su hermano Perses; allí mismo, el poeta hace conocer interesantes hechos de la vida de su padre, quien había intentado enriquecerse ocupándose del comercio en cuestión. El padre de Hesíodo había vivido anteriormente en la ciudad eolia de Cumé y trasladado luego a Beocia. Aquí, "habiendo huido de la perversa miseria'', sólo pudo adquirir una pequeña parcela "en el mísero poblado de Ascra". No obstante, se convenció muy pronto de que, aun esta pequeña parcela en la fértil Beocia le proporcionaba una existencia más segura que el comercio marítimo. Para aumentar la rentabilidad de una economía campesina, Hesíodo recomienda los siguientes medios: labrar la tierra con las manos de los miembros de la familia, disminuir la procreación de hijos, trabajar sin descanso desde la mañana hasta la noche, etc. 
El poema de Hesíodo constituye así una fuente muy importante que refleja la vida social y económica de la Beocia de su tiempo. La masa básica de pobladores de esa región se componía de agricultores que, en parte considerable, dependían de la aristocracia terrateniente de abolengo. Hesíodo representa simbólicamente esa dependencia de la arbitrariedad de los aristócratas, en una fábula en la cual un gavilán dice al ruiseñor que tiene entre sus garras: 
«Por qué, infeliz, estás piando? ¡Yo soy más fuerte que tú! 
Por más que cantes, he de llevarte adonde yo quiera. 
Puedo comerte o dejarte en libertad. 
No tiene juicio aquel que quiere medirse con el más fuerte: 
No lo vencerá, ¡y sólo agregará humillación a sus penas!» 

La aristocracia terrateniente conservó en Beocia su predominio durante mucho más tiempo que en otras regiones de Grecia, por ejemplo, en la vecina Ática. Los rasgos del atraso se exteriorizaron en las leyes beocias. En este sentido son muy características las que tratan de los deudores: cuando el deudor no pagaba su deuda era llevado a la plaza del mercado y sentado en un lugar preestablecido para ello, colocándose ante él un canasto, y el hombre tenía que permanecer en esta posición hasta que las limosnas que se arrojaban al interior del canasto resultaran suficientes para amansar la ira de los acreedores. Los ciudadanos que sufrían semejante castigo perdían sus derechos civiles. No podemos determinar, por falta de datos fehacientes, si en Beocia el endeudamiento moroso llevaba hacia la servidumbre o hacia la esclavitud. 

La alianza beocia 
La vida política de Beocia se caracterizaba por la existencia de una alianza entre sus polis, en la cual el papel predominante lo desempeñaba Tebas, la ciudad más grande de Beocia. Tucídides caracteriza por boca de los tebanos el régimen estatal de Tebas al comienzo de las guerras médicas, de la siguiente manera: «En aquel entonces nuestro régimen de Estado no era oligárquico, apoyado en leyes iguales para todos, ni tampoco democrático. El poder, en el Estado, se hallaba en las manos de unas pocas personas, lo cual es adverso a las leyes y más que a un régimen estatal racional se acerca a una tiranía». Por lo demás, y tal como hace constar Herodoto, ese poder chocaba ya con una resistencia organizada cuando comenzaron las guerras greco-persas. Esto se explica no tanto con las contradicciones político-sociales, como mediante los fracasos exteriores de la alianza beocia.

La existencia esta alianza, ya en el siglo VI a. C., constituye un factor importante en la historia de Grecia, en general. Existía allí una anfictionía, es decir, una unión de polis vecinas para la protección y defensa de los santuarios comunes que se agrupó en torno al templo de Poseidón primero y del de Atenea Itonia después. Las funciones fundamentales de tal anfictionía era la preocupación y cuidado respecto de los santuarios, de los festejos que tenían lugar en los mismos, de las ferias que estos festejos representaban en aquel tiempo y en las que podían tener cita, sin temor alguno, los mercaderes de las más diversas partes de Beocia, y donde, finalmente, se llevaba a cabo la solución de las disputas (especialmente las concernientes a las fronteras) entre las polis beocias. Los órganos de las anfictionías poseían funciones punitivas sobre los miembros que se apropiaban de tierras del templo, que violaban y perturbaban la seguridad de los oficios religiosos y, con ello, la libertad del comercio, o los que, en general, no se sometían a las resoluciones del consejo de la anfictionía. 
Todas estas funciones fueron durante largo tiempo funciones principales de la alianza de Beocia y de sus órganos, los que, además, tenían aún otras obligaciones más. El fértil suelo de Beocia fue constantemente codiciado por sus vecinos y objetó de constantes ataques desde todos los costados. Probablemente, ya a mediados del siglo VI a. C. los vecinos septentrionales de Beocia, los tesaliotas, intentaron someterla y la invadieron, mas fueron derrotados cabalmente en la batalla entablada. En el mismo tiempo, la alianza beocia tuvo que sostener una lucha difícil y prolongada contra Orcómeno, que en aquel entonces era uno de los más poderosos Estados de la Grecia central y poseía también un suelo fértil y un fuerte ejército. 
La alianza beocia logró quitarle a Orcómeno, una tras otra, las ciudades que poseía, y a comienzos del siglo vi la forzó a adherirse a ella, habiéndose asegurado ciertos privilegios. Menos feliz fue la prolongada lucha contra el vecino del sur, Atenas. Los beocios perdieron, al comienzo, la ciudad de Eleusis con el antiguo santuario de Dionisos, y luego toda la región del sur del río Asopos, incluyendo la ciudad de Platea y la de Oropos en la costa. 
Conducir todas estas guerras sólo era posible disponiendo de un ejército unificado, de un fuerte comando y de la posibilidad de exigir de modo coercitivo a los aliados que enviasen contingentes de guerreros al ejército aliado. Problemas y plenipotencias de tal amplitud, ajenos a las anfictionías comunes, habían condicionado la transformación de la alianza beocia en el más antiguo Estado aliado, ya centralizado en grado bastante considerable. El miembro más fuerte de esa alianza era Tebas, que, como es natural, desempeñaba el papel dirigente en las guerras. Esta circunstancia, que la había convertido también en dirigente político de la alianza, dio a Tebas la hegemonía financiera y, al mismo tiempo, fue en detrimento de la independencia de las polis pequeñas. De todos modos, en Beocia no se había dado el sinoicismo del caso ateniense ni había surgido ningún Estado tebano centralizado. Esto se explica en parte por el hecho de que la anfictionía impedía a Tebas establecer su hegemonía sobre las demás ciudades que formaban la alianza beocia, y en parte por el estado de atraso de Beocia. 
Todos los miembros de la alianza beocia estaban obligados a proveer contingentes de guerreros para el ejército aliado. La importancia de estos contingentes solía ser establecida por los órganos de la alianza según una distribución especial, en correspondencia con las fuerzas de cada polis. Pertenecer a la alianza no era ya cuestión voluntaria de cada uno de sus miembros: por la violación de la obligación guerrera y, con más razón, por la defección o por el abandono de la alianza, los órganos de ésta dictaban severos castigos, quitando territorios, desalojando a los habitantes, etc. Dado que no existían propiedades pertenecientes a la alianza en general, las tierras quitadas se adjudicaban al territorio tebano, en virtud de lo cual Tebas llegó a ser cada vez más poderosa. 
También fue quitado a los distintos Estados beocios el derecho a mantener relaciones con los países no beocios, y toda la política internacional se concentró en las manos de la alianza. El derecho a acuñar monedas fue conservado por cada Estado beocio por separado hasta el tiempo de las guerras médicas, pero con la obligación de hacer figurar en el dorso de sus monedas el blasón panbeocio: el escudo de la diosa Atenea Itonia; solamente Orcómeno conservó el derecho a acuñar monedas con el blasón propio: una espiga de cereal. 
Hasta las guerras greco-persas, cada Estado beocio conservó sus instituciones; en la mayoría de ellos se hallaba a la cabeza un arconte; a la cabeza de Tespias se encontraba un antiguo colegio aristocrático formado por siete demucos, o basileus, elegidos del seno de unas cuantas familias nobles; a la cabeza de Oropos había un sacerdote del dios Anfiaraos. Sólo después del año 446, los regímenes estatales de las aisladas polis beocias fueron sometidos coercitivamente a una nivelación. 

La organización de las instituciones sociales es bastante conocida merced al fragmento del tratado de un autor desconocido, que ha pasado a la historia bajo la denominación de papiro de Oxirrinco. En este fragmento aparece descrito el régimen que existió en Beocia a partir del año 446 a. C. Existen todas las bases para suponer que la constitución del año 446 a. C. consistió, en lo fundamental, en el restablecimiento de la constitución vigente antes de las guerras médicas. La esencia de la misma es la siguiente: a la cabeza se hallaban los beotarcas, esto es, los miembros del gobierno de la alianza. Eran (al menos, desde el año 446) once; los miembros más considerables de la alianza elegían a dos de ellos; las elecciones tenían lugar cada tres años. Al lado de los beotarcas funcionaba un consejo aliado; cada Estado beocio elegía sesenta diputados por cada beotarca y pagaba el mantenimiento de los mismos. De acuerdo con el mismo principio, se integraba también el juzgado de la alianza, así como el ejército (mil hoplitas y mil jinetes por cada beotarca). 
La nobleza que a finales del siglo VI se hallaba a la cabeza de Tebas, no sólo oprimía a las masas populares de su Estado, sino también vejaba a las demás polis beocias. Esto provocó la defección de Eleusis y de Platea, que se pasaron a Atenas. El tribunal espartano de arbitraje que juzgó este conflicto reconoció la independencia de Platea, debido a que Esparta trataba de impedir toda unificación. La política de Tebas provocaba en Beocia una fuerte oposición al dominio de la nobleza tebana, lo cual excitaba a ésta a buscar el apoyo incluso de los persas. Tal era la situación de Beocia hacia comienzos del siglo V a. C. 


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