jueves, 30 de noviembre de 2017

Capítulo 15 - LA HEGEMONÍA DE ESPARTA


CAPÍTULO XV

LA HEGEMONÍA DE ESPARTA 
A fines del 379 a.C., se instauró en Tebas una democracia, la cual contribuyó a la extensión de los ideales federalistas. A medida que se iba extendiendo el poder tebano, se instauraba en Beocia una novedosa Confederación democrática, llamada oficialmente “Koinon”. Al frente de la Confederación se situaba un arconte federal, cargo de escaso poder al que correspondían principalmente labores ceremoniales y representativas. De los once distritos con que contaba la anterior Confederación oligárquica, posiblemente fueron suprimidos ahora los dos de Tespias y los dos de Orcómeno como castigo a su resistencia. Habría por tanto el mismo número de distritos que de beotarcos: Siete. Cuatro beotarcos corresponderían a Tebas, uno a Tanagra, y los otros dos se repartirían entre las pequeñas ciudades de Beocia.

 La comandancia suprema del ejército recaía sobre uno de los beotarcos tebanos. En campaña, los beotarcos formaban un consejo de guerra en cuyo seno discutían las estrategias, de modo que las decisiones más importantes se tomaban por mayoría. Los beotarcos disfrutaban de un buen número de prerrogativas no militares, como los poderes probuléuticos. Podían presentar proyectos a la Asamblea e introducían a los embajadores ante la misma. Podían emprender acciones judiciales y arrestar a los sospechosos de subversión. Manejaban además fondos públicos. Eran responsables ante el tribunal federal, y estaban sujetos a la rendición de cuentas y a la deposición del cargo.
La nueva Confederación beocia contaba con una asamblea federal inspirada en la ateniense. Tenía un carácter primario y democrático, pues estaba abierta a todos los ciudadanos beocios sin restricción censitaria alguna. Las reuniones de la asamblea tenían lugar normalmente en Tebas, por lo que este órgano tendía a ser en realidad un instrumento del poder tebano. La asamblea decidía en materia legislativa y de política exterior, y al menos en una ocasión juzgó a los culpables de una conspiración oligárquica. Pascual González infiere la existencia de un consejo federal en el seno de la Confederación beocia a partir de numerosos indicios, como su existencia en época anterior y posterior, la influencia democrática ateniense, la necesidad de un órgano que preparase las mociones a aprobar por la asamblea, y el hecho de que los culpables del asesinato de Eufrón de Sición fuesen juzgados por un misterioso consejo, que quizás era el federal o tan sólo un consejo local. Las infracciones contra las leyes federales eran dirimidas por un tribunal, el cual se componía de varios cientos de ciudadanos beocios elegidos probablemente por sorteo. El tesoro federal se encargaría, entre otras funciones, de acuñar la moneda beocia, que en este período procedía únicamente de la ceca tebana. Existía una uniformidad entre las constituciones locales y la federal, de modo que todas las ciudades beocias disponían de un régimen democrático articulado por medio de un colegio de polemarcos, un consejo, una asamblea y un arconte. 

El ejército beocio 
Las principales magistraturas militares eran anuales y dependían de la elección efectuada por la asamblea federal. La más alta jefatura del ejército beocio era ejercida por un colegio de siete beotarcos. La comandancia en jefe recaía siempre sobre un beotarco tebano. En las expediciones figuraban siempre varios beotarcos y nunca uno solo. La infantería beocia se dividía en batallones de unos trescientos hoplitas. Al mando de cada batallón estaba un “lochagos”. El distrito constituía la base del reclutamiento. Gozaba de especial prestigio el llamado “batallón sagrado”, compuesto por trescientos jóvenes escogidos que combatían por parejas, el equivalente de los modernos binomios. Este cuerpo fue organizado por Górgidas hacia el 378 a.C., y es probable que sus miembros estuviesen unidos por vínculos homosexuales. Se trataba de un cuerpo profesionalizado que en tiempo de paz guarnecía la Cadmea y en época de guerra ocupaba la vanguardia del ejército, reforzando así el empuje de los soldados-ciudadanos. En el 375 a.C. el “batallón sagrado” mostró su capacidad de penetración en la falange contraria al destrozar dos “moras” lacedemonias en Tegira. Este batallón se convirtió en el brazo ejecutor de la táctica de línea oblicua de Epaminondas. Las expediciones militares beocias solían contar cuanto menos con unos siete mil soldados. El entrenamiento constante hizo ganar renombre a la falange beocia.
La rica aristocracia terrateniente de Beocia engrosaba la caballería, que seguía de cerca en estima a la caballería tesalia. Un hiparco federal estaba al frente de la caballería, que se dividía en escuadrones de unos treinta y cinco jinetes. Cada escuadrón estaba bajo el mando de un hilarca. En las expediciones militares beocias solía haber unos setecientos jinetes. El hermanamiento entre dos combatientes también se aprecia en el caso de la caballería, pues cada jinete podía transportar hasta las filas enemigas a otro soldado que luego combatía a pie junto a él. Es probable que Beocia mantuviera un cuerpo especial de infantería ligera, continuador de los “psilos” del siglo anterior. Entre los aliados que aportaban contingentes a las tropas beocias solían estar los tesalios, los eubeos, los locrios, los focidios, los melieos y los enianos. La responsabilidad de la flota beocia recaía sobre un navarco al cual estaban subordinados los trierarcos. Beocia no mostró excesivo interés por convertirse en una potencia naval, de modo que su número de barcos era escaso.


Los tebanos extrajeron importantes enseñanzas de los nuevos modos de lucha practicados en Grecia. Parecía que la batalla campal había dado paso a la destrucción del poder de una ciudad mediante la coerción económica y la devastación sistemática de su territorio. Los tebanos, en los años de las expediciones lacedemonias (378-377 a.C.), no quisieron refugiarse tras los muros de su ciudad, sino que adoptaron un sistema de defensa territorial basado en medidas poliorcéticas extensas y en los ágiles movimientos del ejército. Entre los años 376 y 371 a.C., los tebanos desarrollaron una auténtica guerra de guerrillas contra las demás ciudades beocias, llevando a cabo incursiones constantes que derivaron en un robusto adiestramiento. Las batallas de Leuctra y Mantinea revelaron el éxito de las innovaciones tácticas y estructurales introducidas en el ejército beocio, entre las cuales podemos destacar la utilización revolucionaria de la caballería, la concentración de tropas en el ala izquierda y el ataque en orden oblicuo. El que la caballería iniciase su carga justo desde delante de la zona central de la propia falange tenía como finalidad el derrotar prontamente a la caballería contraria para que ella misma se replegase sobre su propio ejército, introduciendo en él la confusión. Conseguido esto, la caballería beocia acudía a defender el endeble flanco derecho del ejército propio. Los beocios optaron por aumentar enormemente la profundidad del ala izquierda de la falange, llegando hasta los cincuenta escudos de fondo. El ataque oblicuo consistía en hacer avanzar rápidamente y de forma oblicua el ala izquierda del ejército, intentando romper la línea adversaria antes de que el ala derecha propia chocase con la falange enemiga. El ejército beocio de esta época fue una de las culminaciones del ejército hoplítico griego de ciudadanos soldados.

Instrumentos aliancísticos y represores de la hegemonía tebana
Para poder desempeñar una función hegemónica en el conjunto de Grecia, Tebas intentó asegurarse la fidelidad de todas las ciudades beocias, recurriendo para ello a diversos instrumentos aliancísticos y represores. Mientras que las ciudades que se sometieron voluntariamente al poder tebano pudieron conservar su representación política y sus murallas, las ciudades desafectas fueron severamente castigadas. En el 373 a.C., los tebanos arrasaron la ciudad de Platea, expulsaron de Beocia a su población y se anexionaron su territorio. Los tespieos (famosos por su valerosa participación en la batalla de las Termópilas del 480 a.C. frente a los persas), se retiraron del bando tebano en la batalla de Leuctra antes de combatir, por lo que fueron expulsados de Beocia y desposeídos de su territorio. Orcómeno fue incluida en la nueva Confederación beocia en el 370 a.C., y perdió su representación en los órganos federales. El odio tebano hacia Orcómeno explotó en el 364 a.C., momento en que los caballeros orcomenios participaron en una conspiración oligárquica. Por entonces los tebanos mataron a muchos de los habitantes de Orcómeno, esclavizando a otros y expulsando a los restantes. Quizás el territorio orcomenio fue repartido entre las ciudades vecinas. Posiblemente Beocia aprovechó su creciente poderío militar para anexionarse varias ciudades locrias. También Oropo cayó bajo su poder desde el 366 a.C. Más de la mitad del ampliado territorio federal beocio pertenecía directamente a Tebas. Pascual González señala que la dura política represora llevada a cabo por Tebas dañó seriamente la capacidad demográfica de la Confederación.
Hay dudas acerca de si los tebanos quisieron cambiar o no las constituciones de sus estados aliados fuera de Beocia. Struve indica que en Acaya los beocios contribuyeron incluso con guarniciones a la implantación de regímenes democráticos. Pero cuando poco después fue restablecida la oligarquía en Acaya, los tebanos se abstuvieron de realizar una nueva intervención en esta región. Sruve considera que la política tebana durante su período hegemónico estuvo en gran parte dirigida a favorecer la autonomía de las distintas regiones griegas bajo regímenes preferentemente democráticos. Lo cierto es que los beocios renunciaron a la imposición de tributos sobre las ciudades foráneas, lo que habla en favor de su afán liberalizador. Entre los pilares sustentadores de la hegemonía tebana estuvieron el diseño de un sistema de alianzas y el establecimiento de unas pocas guarniciones en rutas y centros estratégicos. Los tratados de alianza impulsados por Tebas incluían la prohibición de hacer la paz por separado y la obligatoriedad de aportar contingentes a las expediciones militares beocias, cuanto menos en el caso de que Beocia fuese la atacada. El incumplimiento de los pactos era considerado una traición, y suscitaba una reacción de castigo por parte del ejército beocio. El recurso de los tebanos a las guarniciones no fue muy frecuente ni constante. Estas guarniciones tenían como fin el garantizar la fidelidad de las ciudades aliadas o ayudar a las mismas frente a peligros exteriores. Lo normal es que cada ciudad conflictiva recibiera una guarnición beocia de unos trescientos hombres, es decir, un batallón.

Las facciones políticas tebanas 
Durante la efímera primacía tebana hubo en la vida interior de Beocia duros enfrentamientos entre distintas facciones políticas. La principal facción tebana se vertebró en torno a los dos grandes generales beocios, Epaminondas y Pelópidas. En el origen de este grupo podemos ver a los trescientos desterrados tras el golpe filolaconio del 382 a.C., así como a Górgidas y a parte del grupo que lideraba Carón. Esta facción impulsó el establecimiento de una constitución democrática en las ciudades beocias y en la Confederación. Se trataba de demócratas moderados, lo que quedaba confirmado por el hecho de que se opusieron a la destrucción de Orcómeno y a la imposición de regímenes democráticos en los estados aliados. Epaminondas y Pelópidas fueron constructores destacados de la conciencia patriótica beocia. Estos generales identificaban la política pacifista con la esclavitud y los tratados desventajosos. Ambos incidían en la necesidad de conseguir una gran victoria militar para obtener luego una paz favorable que habría que defender con la fuerza de las armas. De esta facción democrática formaban parte: Pamenes, que fue el líder tebano más importante tras la muerte de Epaminondas; Ismenias, íntimo amigo de Pelópidas, con el que fue embajador en Tesalia; Teopompo, que participó en la matanza de los polemarcos filolaconios, fue embajador en Atenas en el 378 a.C. y portatrofeos en Leuctra; Melón, prestigioso beotarco; y por fin el antiguo conspirador Carón.
La caballerosidad de Epaminondas y Pelópidas queda reafirmada por el hecho de que ambos se opusieron a la decisión de ejecutar a los exiliados beocios que cayesen prisioneros en la campaña peloponésica del 369 a.C. El constante esfuerzo militar y financiero que implicaba la política de la facción democrática levantó la oposición de algunos sectores de la población beocia. El líder de la oposición era el gran orador Meneclidas, que no había tenido buena fortuna como general. Meneclidas procesó varias veces a los beotarcos tebanos, e incluso logró en una ocasión que Epaminondas no fuese reelegido. Trató en vano de enfrentar a Pelópidas con Carón para mermar la fuerza de la facción democrática. Sus acciones políticas fueron tachadas de inconstitucionales, lo que le supuso el pago de una multa y quizás la pérdida de sus derechos políticos. Despechado, es probable que Meneclidas se mezclase en la conspiración oligárquica orcomenia del 364 a.C. El fracaso de la conjura conllevó el definitivo eclipse de Meneclidas. Éste había defendido una política pacifista y diplomática ajena a las aventuras militares extrabeocias. Entre los simpatizantes de Meneclidas quizás estuvieron Cleómenes e Hipato, beotarcos del 378 a.C., cuya carrera se vio truncada tras el fracaso de su expedición militar a Tesalia.
El hecho de que la política tebana se dejase arrastrar en ciertas circunstancias por el imperialismo y por la represión brutal de las ciudades sublevadas hace pensar en la existencia de una facción democrática radical bastante poderosa. Algunos de los descontentos por el triunfo democrático en Tebas habían elegido el camino del exilio. Se trataba de los antiguos miembros de la facción oligárquica filolaconia de Leontíades. Constituyeron un grupo de unos doscientos soldados que se integraron en el ejército peloponesio, participando en numerosas acciones contra el gobierno legítimo beocio. Estuvieron bajo las órdenes de Polítropo de Corinto, que en el 370 a.C. sufrió un descalabro frente a los mantineos en Orcómeno. Guarnecieron el paso de la Tegeátide para intentar que Epaminondas no pudiese alcanzar el territorio laconio. Combatieron con los espartanos en defensa de Laconia y ocuparon coyunturalmente Febía de Sición. 
Los que sobrevivieron a estas acciones militares debieron de hallar la muerte en la fallida conspiración oligárquica del 364 a.C. Los exiliados filolaconios habían pretendido reinstaurar el tradicional gobierno oligárquico en todas las ciudades beocias, para acabar con la supremacía de Tebas y disolver la Confederación.


La Liga Beotia, suponía para Esparta un desafío a su supremacía, que no tardó en ser contestado y en los siguientes años de guerras siempre se exigió la disolución de la Liga como paso previo a entablar cualquier conversación de paz.
El contraataque espartano ante la revuelta tebana no se hizo esperar, al mando de Cleómbroto (en el invierno del 379 a.C.) el ejército de la liga del Peloponeso subió hacia Beocia bordeando el Ática y se presentó cerca de Tebas sin que se llegase a ningún encuentro de importancia. 
En los años siguientes se sucederían las invasiones casi anualmente hasta el 371 a.C. en que los peloponesios son derrotados contundentemente por los beocios. Estos, entre invasión e invasión se habían dedicado a fortalecerse y aprovechando los dos años en que los lacónios no pudieron intervenir en beocia, terminaron casi de unificar la región, derrotando en el 375 a.C.   en la batalla de Tegyra a un ejército espartano y poco después y aprovechando que estos se encontraban envueltos en otros frentes tomaron, destruyeron o anularon las irredentas ciudades de Platea y Tespias, siempre reticentes a la supremacía tebana.

En el lado ateniense, la provocación espartana que les había llevado de nuevo a la guerra en el 377 a.C., dio a entender al resto de Grecia la extremada agresividad de los lacónios, excusa suficiente para que la diplomacia ateniense se dedicase a captar a las islas y ciudades del Egeo y se formase de nuevo una nueva Liga armada, la II Liga Delica, destinada en teoría a defenderse del expansionismo espartano. En el 376 a.C. se llevó a cabo una decisiva batalla naval a vida o muerte en aguas de Naxos de la que salieron vencedores los atenienses y tras la que acogieron a las islas Cicladas dentro de su Liga.
El año 375/4 a.C. los ataques de la flota ateniense alrededor del Peloponeso y en las islas jónicas impidieron que los espartanos pudiesen concentrar sus esfuerzos en Beocia y ganó para Atenas, tanto influencia en la zona del Jónico como el control de Zazintos y Corcyra. Esta campaña se vio luego acompañada por la que realizo Ifícrates quien destruyó unas fuerzas de refuerzo siracusanas (La Siracusa del tirano Dionisio siempre apoyo en mayor o menor medida a los espartanos) ganando Cefalonia y seguramente apartando Acarnania de la órbita lacónia. 
A partir del año 375 a.C., los acontecimientos nos muestran como la Liga Beocia, aliada ahora al poderoso tirano de Feres, Jasón, aumenta su poder y aprovecha este tiempo de relativa calma para ejercitar a sus soldados, fortalecer la unión política de la Liga y realizar campañas punitivas como contra los focidios o  la de destrucción de Platea y Tespias, cosa esta que ayudo, no poco, a que después los atenienses hiciesen la paz con los espartanos (se encontraban en Atenas los refugiados de ambas ciudades y presionaban en las asambleas a favor, por supuesto, de los enemigos de los tebanos).
Mientras sucedían estos acontecimientos, más allá del desfiladero de las Termòpilas, en Tesalia, un personaje que ya por entonces era temido en el resto de Grecia, conseguía por fin su anhelada supremacía en la región logrando unir bajo su hégira a la totalidad del territorio tesalio después de que el  farsalio Polidamante le entregase sus dominios e influencia. Este personaje llamado  Jasón de Feres, hijo del tirano  Licofrón, al poco de hacerse con el poder, extendió sus tentáculos por Tesalia, Macedonia y el Epiro, interviniendo o provocando guerras a diestro y siniestro y fruto de ello es la posición que ostentaba en el 371 a.C. con el mejor ejército de Grecia en su poder y con Macedonia, Tesalia y parte del  Epiro sometidos a vasallaje. Jasón se movía exclusivamente por intereses y en estos años decidió que le interesaba estar junto a los tebanos,  les apoyo decididamente contra espartanos y atenienses mientras el a su vez hacía y deshacía con el anunciado propósito de apoderarse de Grecia y dirigirse contra Persia.

Al final y para alivio de todos, este personaje murió asesinado por dos jóvenes idealistas ellos que querían acabar con la vida del  tirano más renombrado de Grecia.


Durante los dos años en que los espartanos no pudieron atacar Beocia, los tebanos aprovecharon para acosar las posiciones de los aliados lacónios en el área, se producen múltiples enfrentamientos a pequeña escala en donde los beocios no solo consiguen casi siempre la victoria si no que los aprovechan para ejercitarse y ganar confianza frente a los temidos hoplitas espartanos. Se combate en Tegyra, en donde se derrota contundentemente y por primera vez en Grecia a fuerzas espartanas que disponen de una clara superioridad numérica. Otros combates salpican aquí y allá el territorio beocio, en un combate a las afueras de Tespias es derrotado y muerto el harmoste espartano de la ciudad, también cae el harmoste de Tanagra en otro afortunado enfrentamiento contra los tebanos, se incursiona  (al mando de Pelópidas) dentro de la Fócide, hasta el punto de tener estos que solicitar la ayuda de Esparta bajo la amenaza de abandonar la alianza. 
Que se sepa, Tespias, de la que los tebanos no se fiaban por su más que filolaconismo, fue castigada a derruir sus murallas y perder sus derechos políticos, militaban de todas formas en el ejército de la Liga, pero en Leuctras, sospechando de su lealtad, Epaminondas les permitió regresar a su ciudad para así quitárselos de en medio en un trance tan decisivo como aquel. Tras haber abandonado en Leuctras a los tebanos, ya no esperaba nada bueno de estos, así que tras la noticia de la derrota de los espartanos, abandonaron todos la ciudad (sin amurallar en aquel entonces) y se refugiaron en un monte cercano en donde existía una fortificación, o posición fuerte,  en la que apoyarse, poco después llego al lugar Jasón de Feres (acudía en apoyo de los beocios) con sus tropas , cerco la posición y se preparó para asaltarla, desistió no obstante, al cerciorarse de la dificultad de la empresa, después el propio Epaminondas se presentó ante los defensores y les obligo a entregarse,  como castigo a su actitud fueron todos expulsados de Beocia y obligados a exiliarse. Platea fue ocupada en el otoño del 373 a.C. por Neocles y su población expulsada del Beocia (Neocles engaño a los plateenses y asalto la ciudad cuando menos lo esperaban, la ciudad fue demolida, excepto los santuarios, y la población exiliada al Ática, en donde fueron recibidos amistosamente). Orcómenos fue obligada a alinearse con la Liga en el año 370 a.C, sufrió no obstante la destrucción de sus murallas y  de sus derechos políticos. La ciudad años más tarde volvió a padecer las consecuencias de una sangrienta represalia tebana a causa de un intento de conspiración por parte de sus elementos oligárgicos, su población fue muerta o expulsada de su ciudad y de territorio beocio (las represalias contra Orcomenos, impulsadas por el sector más nacionalista y reaccionario, se hicieron aprovechando que Epaminondas se encontraba en campaña en Tesalia, ya que de encontrarse él en Tebas no hubiese permitido tamaña venganza contra los ciudadanos orcomenios).
Al llegar la primavera del -371, Beocia se encontraba prácticamente unificada bajo la hegemonía de Tebas.

LA II LIGA DELICA (y Atenas)  También llamada Confederación de Delos. 

Fechas
378, Guerra con Esparta, se moviliza una flota de 200 unidades y se nombran estrategos a Timoteo, Cabrias y Calistrato. Se invita a las antiguas ciudades aliadas de Atenas a formar una nueva Liga para enfrentarse a la creciente agresividad de Esparta. Asisten a la conferencia en Atenas, Tebas, Quíos, Mytilene, Methymna, Rhodas y Bizantium. (algunos datos parecen apuntar a que Atenas ya contaba con algún tipo de alianza con Bizantium y Quíos antes de esta fecha).

377, Se invita a participar a las ciudades de Tenedos y Calcis (de Eubea) además, probablemente, del resto de otras de las ciudades eubeas como Eretria, Carystus y Arethusa (Oreus queda fuera pues existe allí un harmosta lacónio) seguidas estas por otras del Egeo como Perinthus, Peparethus, Sciatus y otras islas menores. Maronea (Tracia) entra en la Liga.

376, Al mando de 60 trirremes, Cabrias derrota a la flota espartana en la batalla naval de Naxos, a consecuencia de esta victoria 17 ciudades de las islas Cícladas pasan a formar parte de la liga.

375, Durante la expedición de Cabrias y Foción al norte del Egeo se adhieren a la Liga las ciudades de la costa Tracia: Eno, Dión, Neapólis y Diceópolis además de Abdera (esta en concreto más por la fuerza), las islas de Thasos y Samotracia. Guarnición ateniense en Abdera, contraviniendo los términos con que se refundo la Liga. Campaña de Timoteo en el mar Jónico, adhesión de Corcyra y Cephallenia a la Liga Delica, es posible que también de Acarnannia y Molossia (y en definitiva todos los pueblos costeros del Epiro). La isla de Kos (Ceos) entra en la alianza.

374. Verano. Se firma una paz de compromiso con Esparta pues no se disponen de fondos para continuar con las operaciones bélicas.

   
373. Se reanudan las hostilidades pero la falta de fondos obliga a Timoteo a buscar nuevos aliados. Se entrevista con Jasón de Feres con quien firma una alianza y recorre ciudades de Tracia y el Quersoneso en busca de aliados y recursos. La destrucción de Platea por los tebanos lleva a los atenienses a un nuevo compromiso de paz con los espartanos.

371. Tebas abandona la Liga.

LA BATALLA DE LEUCTRAS
Con el ejército espartano establecido en la Fócide al mando de Cleombroto, se le ordenó a este entrar en Beocia y combatir a los tebanos con una resolución que parecía ser la definitiva. En un primer momento Cleombroto engañó a los beocios y se introdujo en el país sin ser interceptado, tomando en un fulgurante ataque  la ciudad de Creusis en donde se hizo en el puerto con doce trirremes. 
Luego y llegando cerca de Tespias, se encontró con el ejèrcito de la Liga Beocia. 
La batalla dio comienzo con los peltastas mercenarios espartanos (hostigadores armados con jabalinas) atacando y haciendo huir del campamento beocio a los acompañantes y a otras personas que no deseaban luchar. A continuación se produjo un enfrentamiento de las caballerías de ambos bandos, en la que los tebanos lograron expulsar a sus enemigos del campo de batalla.
Inicialmente, la infantería espartana se vio descolocada cuando la huida de su caballería interrumpió el intento de Cleómbroto I de superar a la falange tebana por los flancos, y se encontraron a su vez atacados por el flanco por Pelópidas y el Batallón Sagrado de Tebas. Fue entonces cuando tuvo lugar el encuentro decisivo entre las principales fuerzas de Tebas y Esparta.
La práctica habitual de los espartanos (y, en general, de todas las batallas hoplíticas en la Antigua Grecia) era establecer una masa compacta de infantería pesada, denominada falange, de 8 a 12 filas de hombres. Se consideraba que ahí se encontraba el equilibrio entre la profundidad (y el empuje que suponía) y la longitud (espacio que podía cubrir la primera línea de la falange). La infantería avanzaría en bloque de forma que el ataque resultase en un impacto de toda la falange contra el enemigo.
Por otro lado, la falange tenía tendencia al avanzar de desplazarse hacia la derecha, debido a que al cargar con la lanza en la mano derecha y el escudo en la izquierda, los soldados buscan inconscientemente la protección del escudo del soldado que se encuentra a su derecha. Los comandantes griegos normalmente combatían este efecto situando a sus tropas con mayor experiencia y de más renombre en el ala derecha (para contener el movimiento), mientras que las tropas más débiles o novatas se situaban a la izquierda.

Batalla de Leuctra 371 a.C. Despliegue Inicial y fases de la batalla
En cambio, Epaminondas colocó a sus tropas de una forma completamente distinta a la tradicional. Situó a toda su caballería y a una columna de cincuenta hombres de profundidad de infantería tebana (la de élite, en su caso) en su ala izquierda, y envió a esta masa de soldados directamente contra el ala derecha de Esparta. Por su parte, el centro y el ala derecha de su formación eran mucho menos profundas y más débiles, pero se situaron de forma que fueran retrocediendo para estar cada vez más a la derecha y en la retaguardia de la columna principal, en una formación oblicua.
Los hoplitas se encontraron, y la formación tradicional de doce líneas de profundidad de Esparta comprobó que no era capaz de aguantar el impacto de la columna de cincuenta hombres que habían colocado contra ellos. Hubo un breve encuentro en el que los espartanos trataban de mantener atrás la masa gigantesca de tebanos y del Batallón Sagrado hasta que fueron literalmente barridos por la columna. El ala derecha espartana fue derrotada con bajas de unos 1.000 hombres, de los cuales 400 eran espartiatas (tropas de élite de ciudadanos espartanos), y entre los que se encontraba el rey Cleómbroto.
Para cuando el centro y la derecha del ejército tebano habían avanzado lo suficiente como para enfrentarse al enemigo, el ala derecha de Esparta había sido devastada. En esa situación, y viendo a su ala derecha derrotada, el resto del ejército peloponesio, compuesto por aliados y otros combatientes con poco interés en la batalla, se retiraron y dejaron al enemigo el control del campo de batalla. Por otra parte, la llegada de un ejército de Tesalia sirvió para que un segundo ejército espartano comandado por Arquídamo II decidiera no intervenir y retirarse, mientras que los tebanos prefirieron cesar su persecución sobre los espartanos supervivientes.


Tras la derrota de los espartanos en Leuctras, se llevó a cabo un intento de llegar a una paz general auspiciada por el rey persa, se garantizaba la libertad a todas las ciudades grandes y pequeñas de Grecia, lo que en la práctica, en vez de apaciguar los enfrentamientos bélicos, lo que hizo fue generar nuevos conflictos.
Esparta no admitía la independencia de Mesenia y Elis por su parte tampoco la de otras ciudades que consideraba propias. En Arcadia, Mantinea se consideró libre y se volvieron a juntar sus ciudadanos y reconstruir la ciudad (en contra de lo impuesto por Esparta). Los arcadios de Tegea se movieron ahora con la intención de reunir a todos los arcadios bajo una misma asamblea y que esta rigiese los destinos comunes. Orcomeno y Herea (de entre las más poderosas) se negaron a ello y esto desato una guerra civil en la que pronto se vería involucrado Agesilao, quien entro en el territorio y movió a la guerra. Fueron los eleos quienes, convenciendo a arcadios y argivos, llamaron ahora a los tebanos en su ayuda (llegaron los eleos a subvencionar esta expedición con diez talentos). Cuando el ejército beocio al mando de Epaminondas y compuesto por la elite de sus fuerzas y contingentes de sus aliados o sometidos a su poder llego a Arcadia Agesilao se retiró a Laconia.


La invasión de Laconia 
Una vez que llego a Arcadia, fue Epaminondas movido y convencido a invadir Lacónia, sin embargo, los dos pasos montañosos más convenientes para el ataque (en Eo de Esciritide y Leuctra en los montes Taygetos) se encontraban bien resguardados. Un golpe de suerte vino a solventar esta dificultad,  los habitantes de Caryae se decidieron a abandonar el partido de los lacónios y le ofrecieron guías para pasar a través de su territorio. 

Epaminondas dividió así sus fuerzas, sus tropas pasarían por el territorio de Caryae y los arcadios embestirían contra el paso en Eo para distraer las fuerzas adversarias. Al final, ambos, conseguirían pasar las montańas pues el paso de Eo se encontraba tácticamente mal defendido por el oficial espartano Iscolao, quien al mando de tropas de neodamodes y 400 exiliados tegeatas escogió defenderse en la ciudad, siendo rebasados y exterminados por el gran número de atacantes que se les enfrentaron. Confluyeron ambos contingentes en la ciudad de Selasia, que fue sometida a saqueo, luego siguiendo la orilla derecha del Eurotas, saqueando y talando el país, se cruzó el rio a la altura de Amyclas, mientras, los aliados de los lacónios reunieron un ejército de socorro (corintios, epidauros, trecenios, hermioneos, halieos, peleneos y fliasios ) y evitando las montańas (bien defendidas por argivos y arcadios) se dirigieron a  Epidauro desde donde embarcaron en dirección a Prasias y de allí, ya en territorio lacónio a Esparta antes de que llegasen las tropas aliadas. Epaminondas amago entonces hacia la capital, Esparta, ante la que hubo una escaramuza en la que llevaron la mejor parte los laconios. No se decidió el líder tebano por forzar a los defensores de la ciudad y viro hacia el sur, llegando finalmente a la ciudad de Gytion, arsenal naval de Esparta, que fue destruido. En este punto se dieron por concluidas las operaciones y el ejército regreso (no se sabe si por el mismo camino) a Arcadia. Las consecuencias inmediatas de esta invasión, que habría desarbolado totalmente la capacidad de reacción espartana, no se hicieron esperar, la región de Mesenia alcanzo ahora su completa liberación de Esparta y se fundó con el auspicio de Epaminondas la ciudad de Mesene, un contrapeso más al poder de Esparta en esa zona del Peloponeso.
La vuelta del contingente tebano y sus aliados de la Grecia central no fueron, en contra de lo que pudiera pensarse, libre de contratiempos, al contrario, las tropas atenienses al mando de Ifícrates intentaron cerrarles el paso en la zona de los pasos del Oneo (en Corinto) con la intención de evitar su salida del Peloponeso. 
Pudo Epaminondas evitar al célebre general ateniense y cruzar los pasos tras lo que se dirigió hacia Atenas con intención de asaltar la ciudad o cuando menos provocarles para combatir con ellos. Impidió Ifícrates que sus conciudadanos presentasen batalla a los beocios pese a que se encontraban con ganas de combatir, sin duda la derrota hubiese sido segura, lo que Ifícrates sabia y pudo evitar.
El ejército beocio se retiró de territorio ateniense y se dio por terminada la campaña. 

Liga Arcadia, 371 / 362 a.C.
Tras la derrota de los espartanos en la batalla de Leuctras, se suscitaron inmediatamente en el Peloponeso  ansias de liberarse de la agobiante tutela espartana y rápidamente uno tras otro, la mayoría de sus antiguos aliados se separaron de la alianza y procedieron a adoptar políticas contrarias a los intereses lacedemonios y a confabularse con sus enemigos. Élide, la mayor parte de Arcadia y Argos manifiestan una abierta beligerancia ahora contra Esparta, más cuando se acaba de firmar una frágil paz que compromete a todas las ciudades protagonistas de los echas. Al no poder intervenir en ellas, los lacedemonios ven como se forma un frente sólido y firme en su contra a tan solo unos kilómetros de la capital, Esparta. 

La formación de la liga 
Los antiguos habitantes de Mantinea, obligados antes por los espartanos a abandonar su ciudad y repartirse por varias poblaciones menores, deciden ahora el fin de su exilio y se reúnen en su antigua ciudad para reconstruir sus derruidas murallas. En Esparta, se decide enviar a Agesilao en misión diplomática a la ciudad para disuadirles de tal acción pero fracasa en su intento y debe regresar sin poder impedirlo de ninguna manera pues los espartanos se consideran atados por la paz recientemente acordada. Los mantineos de convierten ahora en los más activos beligerantes contra los intereses de Esparta. Poco después de estos hechos estalla en la ciudad de Tegea una serie de disturbios internos que a la postre llevaría de nuevo a Grecia a la guerra. 
Existía por entonces en la ciudad de Tegea, como por otra parte en todas, la facción filolacónia y su contraria, estos,  liderados por Calibio y Próxeno, procedieron a extender por Arcadia la idea de que debían unirse los arcadios en una sola fuerza y obedecer juntos las decisiones de unos magistrados comunes, de esta manera surgieron por doquier en el país numerosos grupos que en todas las ciudades se adherían a esta política. A esta propuesta de futuro se opuso en Tegea la facción filolacónia de Estasipo quien deseaba ver su ciudad independiente e inclinada a sus amigos espartanos. Presentados ambos proyectos ante la asamblea gano Estasipo, pero sus contrarios optaron por la vía violenta para hacerse con el control de la ciudad, a tal efecto avisaron a los de Mantinea para que acudieran en su apoyo mientras en la ciudad se combatía entre ambas facciones. Llevando los de Estasipo la mejor parte, solo la aparición de los hoplitas mantineos cambio las tornas, lo que siguió a la derrota de los filolacónios fue una matanza entre sus filas y el exilio de gran parte de los mismos, unos ochocientos, que escaparon a Lacedemonia.
Mientras en Esparta se preparaban las represalias, los arcadios aceleraron su proyecto de unión política  en lo que vendría a llamarse la Liga Arcadia, se recluto rápidamente una fuerza armada, los eparitoi, de 5.000 hombres, como fuerza profesional de choque pagados por el fondo común de la Liga, aunque todavía quedaban muchas e importantes ciudades fuera de ella, rencillas y disensiones entre las polis que siempre les acompañarían y que a la sazón acabarían con la Liga, Esparta aprovecho en este momento esta circunstancia contando así  con la alianza de Orcomenos (siempre enfrentados a Mantinea) y las ciudades de los hereos y los lepreatas. La guerra estallo en Arcadia (invierno del 370 a.C.), Agesilao invadió la región con intención de atacar Mantinea, sin embargo, la intervención final de los beocios al mando del propio Epaminondas obligo al espartano a retirarse a su territorio. Los arcadios ahora aprovecharon para atacar Herea, alineada con los laconios.
Fue en este momento, un año y pocos meses después de la batalla de Leuctras cuando bajo los auspicios de Epaminondas se funda la ciudad de Megalópolis.
La ciudad fue fundada a instancias de Epaminondas, quien impulso a los arcadios a unirse y fundar una ciudad de nueva planta, grande y fuerte que fuese suficiente contrapeso al poder de Esparta en el centro del Peloponeso. 
Siguiendo el ejemplo de Argos que antiguamente absorbió a cierto número de ciudades menores con el fin de aumentar su población y por tanto su capacidad militar, se resolvió a obligar a cierto número de poblaciones arcadias a abandonar sus emplazamientos de entonces y dirigirse a construir y habitar la nueva ciudad, que sería además la capital de la recién creada Liga Arcadia.
Fueron elegidos como fundadores de la ciudad los arcadios Licomedes y Hopoleas de Mantinea, Timón y Próxeno de Tegea, Cleolao y Acrifio de Clítor, Eucámpidas y Jerónimo de la región de Maenalia y por los parrasios Posícrates y Eóxeno. Por parte de los tebanos, fueron enviados 1.000 soldados al mando de Pámmenes como apoyo y defensa ante una posible reacción espartana. 
De las ciudades que fueron convencidas para ser abandonadas y evacuadas en beneficio de Megalópolis se conocen Asea, Palantio, Eutea, Sumatia, Yasea, Peretes, Helisonte, Orestasio, Dipea y Licea, aldeas estas pertenecientes a   Maenalia. Del pueblo de los eutresios vinieron los de Tricolonos, Ziteo, Carisia, Ptolederma, Cnauso, Parorea. Del pueblo de los egiteos, Escirtonio, Malea, Cromos, Blenina y Leuctro. De los parrasios, Licosura, Trapezunte, Acacesio, Proses, Tocnia, Acacesio, Macaria y Dasea. De los Cinureos, Gortina, Tisoa, Licoa y Alifera. Aldeas de Orcómeno: Tisoa, Metidrio y Teutis. También otras poblaciones como Trípolis, Calia, Dipena o Nónacris. 
En general, la mayoría de los nuevos ciudadanos acepto voluntariamente su nueva situación, sin embargo, los habitantes de Trapezunte, los de Licoa, licosura y Tricolonia rechazaron en última instancia abandonar sus antiguas ciudades, siendo muchos de ellos arrebatados y llevados a la fuerza, otros, como los de Trapezunte, decidieron emigrar pero fuera de Arcadia, en concreto estos marcharon a Trapezunte del Ponto en donde fueron bien recibidos. 

De la estructura urbana de la ciudad no se sabe prácticamente nada, tan solo su distribución básica. Dividida en dos por el río Helisón, comprendía una gran superficie dentro de su perímetro de defensa, incluyendo este así, tanto la ciudad como cierta extensión de campos de cultivo y pastos. Las dos partes en que el río dividía la ciudad estaban unidas por un solo puente, por lo demás, la ciudad disponía sin duda de una configuración insólita pues al ser la capital de la Liga Arcadia, debía mantener en ella la sede del consejo federal (el Thersílion) así como cierto número de edificaciones e infraestructuras destinadas a sustentar y alojar al gran número de representantes y ciudadanos que acudían a estas asambleas. La ciudad en sí, no tuvo una vida larga, y ya Estrabon la vio como una gran soledad, mientras que en el siglo II Pausanias la encontró deshabitada. 
Tras la invasión de Lacónia, se funda Mesene, ciudad que pasa a alinearse con la Liga Arcadia, no mucho después todas las ciudades arcadias acaban por fin de unirse, es posible que algunas otras de más allá de la región, como Lausión en Élide o la propia región de Trifilide también en Élide, se sumasen a la alianza. Los beocios dejan ahora una guarnición en Tegea de 300 hoplitas como apoyo a la ciudad y para cooperar en futuras operaciones con los arcadios.
A partir de ahora comienza una serie ininterrumpida de combates contra una Esparta avasallada, siempre con el auxilio de los tebanos. Se lleva a cabo la segunda invasión del Peloponeso, arcadios, beocios y argivos combaten en la corintia y aunque sin un éxito claro, obligan a Sición a cambiar de bando y se saquean las tierras de Corinto, Fliunte y otros muchos aliados Lacónios de la zona.  

Campaña del 369 a.C.
Tras la primera y exitosa campaña de Epaminondas al Peloponeso, los atenienses, alertados por el nuevo y pujante poder de los beocios optaron por aceptar la alianza que por medio de intermediarios los lacedemonios les propusieron.  
Así las cosas, en el otoño de ese año, Epaminondas decide volver a intervenir en el Peloponeso para debilitar todavía más a los espartanos rindiendo a los aliados que mantiene en la zona del istmo de Corinto. Las tropas conjuntas de atenienses y lacedomonios más los aliados, se fortificaron en los montes oneos, guardando el paso de Cencreas los espartanos y peleneos y los atenienses y resto de aliados el otro ramal de acceso a Tenea. Epaminondas ataco por el de Cencreas justo a primeras horas del alba cuando todavía la gente se levantaba de los camastros. La guardia fue arrollada y la defensa de la posición desarticulada, sin embargo todavía pudieron reorganizarse en una buena posición desde donde en contra del buen sentido militar pactaron una tregua y se retiraron dejando el paso expedito hacia Argos a los beocios, quienes no desaprovecharon la oportunidad y tras bajar al llano se unieron con sus aliados arcadios, eleos y argivos.
Este ejército coaligado avanzo ahora contra Sición, que se rindió y contra Pellene. 

Tras proteger con una guarnición tebana Sición, Epaminondas se dirigió hacia las tierras de Epidaurus y Troezen, que fueron sometidas a saqueo, y posteriormente intentando tomarla por sorpresa, se encamino hacia Corinto y ataco la ciudad a la carrera por la puerta que da a Fliunte (Phlius), los defensores no se arredraron y aunque las fuerzas de choque que venían en primera línea eran las del batallón sagrado, los corintios sacaron las tropas ligeras que pudieron y se parapetaron sobre monumentos, edificaciones u otros lugares elevados desde donde castigaron, detuvieron y finalmente hicieron retroceder a los soldados de elite tebanos, haciendo entre sus primeras filas gran número de bajas y persiguiéndolos duran te un buen trecho, cosa esta, que ánimo y no poco a los ya desmoralizados defensores de la ciudad. El ejército beocio y aliado se instaló en la llanura que se extendía desde la ciudad al mar, pero a partir de este momento las cosas comenzaron a ir mal, el cerco de la ciudad, salvo el saqueo y destrucción de todo lo que se encontraba fuera de las murallas, no dio más de sí y encima la ayuda recibida por los lacedemonios, de parte de Dionisio de Siracusa, que se componía de auxiliares varios y entre ellos de 50 jinetes iberos y galos expertos en el combate de hostigamiento, comenzaron a golpear las líneas enemigas quienes no pudieron responder adecuadamente a estos jinetes y se vieron obligadas a moverse y cambiar de posición para eludir las incursiones. El tiempo transcurría y se decidió suspender la expedición, disgregándose el ejército beocio-aliado, volviendo cada uno de ellos a sus respectivas patrias.
Esta campaña produjo finalmente escasos beneficios y seguramente una cierta pérdida de prestigio, cosa que fue aprovechada por los políticos enemigos de Epaminondas en Tebas quienes le acusaron ante la asamblea. La acusación fue desestimada pero Epaminondas ya no fue elegido estratego para el siguiente año, el 368. 

Es durante esta campaña  cuando a instancias de uno de los más influyentes arcadios, Licomedes de Mantinea, se impulsó a la Liga a actuar con más independencia que hasta el momento, que eran mandados por los beocios en campaña y se sometían a sus disposiciones. Se aúpo en la asamblea de la Liga a Licomedes bajo el que se puso la dirección de la política de la misma, aprovechando el para colocar en los puestos de mayor relevancia a sus partidarios dirigiéndose desde entonces la Liga con una política más alejada de los intereses comunes de los aliados y más hacia sus propios objetivos. Enardecidos así los arcadios comenzaron a operar en campaña prescindiendo del apoyo beocio. Se dio la primera ocasión cuando los argivos, que operaban en la Argolide contra Epidaurus, quedaron cercados por los mercenarios de Cabrias. Se envió una expedición de ayuda que consiguió liberar del cerco a los aliados y otra expedición a territorio espartano, derrotando a la guarnición de Asine y saqueando todo el territorio de los alrededores. Se llevaron a cabo durante estas fechas muchos ataques y operaciones bélicas a cargo de los arcadios, quienes envalentonados, avasallaban ahora incluso a sus amigos. Sus aliados de Élide les pidieron su intervención para solucionar diversos contenciosos fronterizos sin encontrar en los arcadios ningún eco a sus demandas. Eran ya por entonces un tanto odiados por tebanos y elídanos a causa de este comportamiento tan poco leal hacia ellos, que eran sus aliados. 

La respuesta de Esparta a este ardor bélico se hizo esperar, pues preferían no enfrentarse a los arcadios hasta no tener confianza en sus propias fuerzas, los refuerzos enviados oportunamente por Siracusa animaron a los Lacónios a emprender una campaña que les pudiera resarcir de las pasadas humillaciones, se invadió Arcadia y poco después se enfrentaron en batalla arcadios y espartanos siendo los arcadios completamente derrotados y puestos en ignominiosa fuga. Esto, que sirvió para fortalecer la moral espartana alegro también no poco a los aliados de los arcadios, tebanos y elídanos se encontraban ya molestos con la prepotencia demostrada por los estos. 

La paz del rey
Todos los bandos en disputa comisionaron diplomáticos para concertar para si el apoyo del gran rey. De la Liga Arcadia fue Antíoco, quien no quedo satisfecho del trato recibido de los persas, quienes dieron preeminencia antes que ellos a los de Élide. Los acuerdos suscritos con el persa entregaban prácticamente a los tebanos la hegemonía en la hélade, esto, visto por todos, impulso a Licomedes a renunciar no solo a la firma del tratado si no siquiera discutirlo en donde Pelópidas esperaba, Tebas, los arcadios de esta manera despreciaron junto con, finalmente todos, las maniobras beocias para hacerse con la supremacía y el conato de paz se deshizo.
Así las cosas, los beocios marcharon de nuevo contra el Peloponeso (367 a.C.) con intención de separar a los aqueos de la alianza con Esparta y de al mismo tiempo conciliarse con los arcadios y los otros aliados en el área. Finalmente la campaña cumplió con sus objetivos, desterrando a los filolacónios de las ciudades aqueas, pero con el tiempo regresaron y afianzaron los lazos todavía más con Lacedemonia. No obstante, guarniciones tebanas quedaron establecidas en algunos puntos como Sicíon. 

Disolución de la liga arcadia  
Durante los años siguientes se sucedieron las campañas sin resultados aparentes en la zona de Corinto, se intervino también en Aquea para expulsar al tirano de Sición. Poco después (366 a.C.) y como consecuencia de los recelos de los atenienses hacia sus aliados, aprovecho Licomedes para fomentar en la asamblea una alianza con Atenas, ya que definitivamente quería acabar con la tutela de una  Tebas a la que consideraba prepotente y demasiado poderosa, los términos de la alianza se aceptaron y Licomedes se dirigió a Atenas para las negociaciones, a su vuelta, desembarco en un punto del Golfo Sarónico en donde habitaban algunos desterrados mantineos, quienes al reconocerle acabaron con su vida. 
Tras la muerte del máximo impulsor de la Liga vino al poco la guerra con los elídanos. Estos, que querían recuperar tierras y ciudades que poseyeron desde siempre (por ejemplo la región de Trifilia, que en todas las ocasiones que podían reclamaban) y que tras la derrota Lacónia se habían encuadrado en la Liga Arcadia, atacaron la ciudad fronteriza de Lasión y provocaron una guerra en la que, pese a que los arcadios vencieron en toda regla, supuso a la postre la disolución de la Liga Arcadia.
Ocurrió por entonces que tras hacerse con el control de Olympia tras la batalla del mismo nombre (año 364 a.C.), decidieron los arcadios hacerse con parte de los bienes sagrados allí depositados con el fin de hacer frente a los pagos que ocasionaba mantener tantos hombres en armas, esto provoco una importante diferencia de pareceres entre algunas de las ciudades de la liga quienes se oponían a hacer uso de esos bienes, Mantinea decidió pagar su parte que le correspondía en el mantenimiento del ejèrcito de su tesoro y lo envío a los estrategas, estos, considerando esta disensión como peligrosa y pretextando que intentaban provocar enfrentamientos internos dentro de la Liga, citaron a los dirigentes de la ciudad a comparecer ante la asamblea de los diez mil, la respuesta de los mantineos fue negativa, se envió a los eparitas a la ciudad para detener a los responsables de la disensión pero Mantinea cerró sus puertas y se apresto a la defensa. Después de esto, otras ciudades protestaron ante la asamblea de los diez mil el uso que se quería dar a los bienes sagrados, la disensión se extendió y finalmente la asamblea decidió no emplear lo obtenido en Olympia para lo que se había decidido. Sin dinero con que pagar ahora a las tropas, estas se disolvieron y tan solo quedo un grupo de voluntarios que, decididos a no reclamar las pagas, sí que decidieron a partir de ese momento dirigirse ellos más autónomamente y no como hasta ahora a las órdenes de la asamblea y los estrategos, pasaron así a convertirse en un poder fáctico de primer orden dentro de la turbulenta Liga.
Decidido en la asamblea no apoderarse de los bienes sagrados de Olympia, ocurrió que algunos de los notables ya lo habían hecho por su cuenta, por lo que, atemorizados de que se les obligase a dar cuenta de ello, enviaron mensajeros a Tebas informando a los beocios de la nueva y peligrosa tendencia que se gestaba en Arcadia, según ellos inequívocamente filolacónia, impulsaban así a los beocios a intervenir rápidamente en Arcadia para restablecer la situación. Confirmadas en la asamblea las intenciones de los tebanos de acudir con el ejèrcito, se despachó embajadores oficiales para solicitar a los tebanos que no viniesen armados al Peloponeso pues no se deseaba una guerra. Al mismo tiempo se renunció a control de Olympia y se devolvió a Elís a cambio de la paz. Firmada esta por todos los bandos contendientes en la ciudad de Tegea, se dispusieron a pasar allí la noche todos los delegados de la Liga. La casualidad hizo que se encontrasen en la ciudad más afín a los tebanos quienes incluso mantenían allí una guarnición propia, por lo que los magistrados que ya antes habían animado a los tebanos a intervenir, convencieron al oficial tebano de la guarnición para que, junto con las tropas arcadias afines, se detuviesen a todos los delegados considerados rivales de entre los que allí se encontraban. Eran tantos los delegados que allí se hallaban que pronto se llenó la prisión y aun la residencia oficial de detenidos, eran tan numerosos que no se pudo detener a todos, muchos pudieron escapar descolgándose por las murallas de la ciudad y lo que más lleno de desazón al tebano fue que mantineos, principal objetivo de la redada, fueron realmente pocos los que se detuvieron, ya que al encontrarse cerca su ciudad, fueron pocos los que se quedaron a pasar la noche en Tegea. Así las cosas, tan pronto como los huidos llegaron a sus ciudades se levantó un clamor popular contra lo que se había practicado en Tegea, Mantinea preparo su defensa y envío mensajeros a otras ciudades para contar y avisar de lo sucedido, también se delegaron enviados a Tegea para exigir la liberación de los detenidos. Viendo el tebano que la situación se le escapaba de las manos, opto por soltar a todos los prisioneros dando unas excusas que no convencieron a nadie. 

Se comisiono entonces a Tebas a delegados para exigir la condena a muerte del oficial tebano responsable de la traicionera acción. Se dice que Epaminondas dijo al respecto que el oficial actúo mejor al detenerlos que al liberarlos. Considerando que las situación en Arcadia era ya insostenible para los intereses beocios, anuncio que marcharía contra Arcadia y que combatiría allí con quienes no se alineasen con él.
Comenzaba así la que sería la última campaña de Epaminondas, en la que encontraría la muerte y tras la que las cosas quedarían ya irremisiblemente pérdidas para la causa de una Arcadia unida pues se aceptó dividir la región en dos zonas de influencia, la una con Megalópolis a la cabeza mantendría sus lazos con Beocia, la otra, con Matinea, sello una alianza con Atenas. 

Campaña de Mantinea 362 a.C.
Los enfrentamientos internos entre las diversas ciudades de Arcadia, si bien todavía no habían llevado a la guerra civil si terminaron por alarmar a los beocios, quienes al mando de Epaminondas se decidieron por intervenir rápidamente para restablecer la unidad en la Liga Arcadia, eliminar a los disidentes y derrotar definitivamente a los Lacónios quienes todavía aspiraban a recuperar la preponderancia que antes ostentaban en el Peloponeso. 

Así pues y al hacerse pública su intención de acudir a Arcadia, ambos bandos en disputa se dispusieron a armarse y a acudir a sus aliados, Mantinea, cabecilla de la revuelta dentro de la Liga, envío a Atenas y Esparta una petición formal de ayuda militar, con ella se alinearon gran parte de las ciudades tradicionalmente cercanas a los Lacedemonios como Orcomenos o Heraea y otras muchas de su área de influencia. Del lado tebano se inclinaron Mesenia, Tegea, Asea, Megalópolis y los palantieos. Del resto del  Peloponeso, Argos y las ciudades custodiadas por guarniciones tebanas como Sición se alinearon con Beocia mientras que los aqueos y los de Èlide lo hicieron con espartanos y atenienses.
Salio rápidamente Epaminodas de Beocia para intentar sorprender al ejèrcito ateniense que quizás marchaba en esos momentos hacia el Peloponeso, traspaso el Oreo y en Nemea espero la llegada de los enemigos. Durante esta pausa de las operaciones, los representantes de los arcadios enemigos de los beocios, lacedemonios y otros se reunieron en Mantinea para parlamentar acerca de los planes para la campaña, los atenienses desistieron finalmente de hacer el camino por tierra y prefirieron mandar las tropas embarcadas hasta territorio espartano y de allí por tierra hasta Arcadia. Tras haber perdido un tiempo precioso, Epaminondas reanudo la campaña y se dirigió directamente a Tegea, acampando dentro de las murallas para así quedar fuera de la visión de las patrullas enemigas mientras preparaba el plan de operaciones con sus aliados.
Tras esperar un tiempo prudencial por ver si se le añadían nuevas tropas desde las ciudades arcadias que todavía meditaban que posición tomar decidió pasar de una vez a la acción. Enterado de que Agesilao ya había salido de Esparta al mando de las tropas, decidió hacer una marcha nocturna hacia la capital de Laconia, esperando encontrarla desguarnecida tras la salida de Agesilao
Quiso la suerte en esta ocasión que el rey espartano fuese informado por un desertor (aunque hay dos versiones del hecho) del ataque que de un momento a otro sobrevendría a la capital, Agesilao dio media vuelta e inmediatamente se lanzó con las tropas ligeras y la caballería de vuelta a Esparta, llegando solo un momento antes que los beocios, pese a estar en una total y absoluta inferioridad de condiciones (se habla de que el ejèrcito de Epaminondas podría estar compuesto por unos 30.000 hombres), los espartanos se aprestaron resolutivos a la defensa. Epaminondas tanteo los arrabales de la ciudad y evitando las zonas con más densidad de edificaciones (quería evitar un combate callejero) escogió atacar por donde más veía el que le convenía. El otro rey de Esparta, Arquidamo, escogió a los cien espartanos más valerosos de que disponía y contraataco a los beocios y consiguió rechazarlos fuera de los límites de la ciudad con la muerte de muchos de entre unos y otros. Habiendo fracasado en el primer asalto, Epaminondas escogió retirarse del lugar pensando que ya la resolutiva defensa que los espartanos hacían de sus posiciones eliminaban el factor sorpresa con el que esperaba conquistarla y pensando que quizás se le vendrían encima los arcadios, decidió volver  a hacer el camino a Tegea lo más rápido posible, dejando ahora al menos en Esparta a un buen contingente de tropas enemigas que el sabia ya no acudirían a la batalla decisiva en Arcadia (Se calcula que en Esparta quedaron ahora 10 de los 13 lochios con los que contaba Agesilao).
Una vez en Tegea, Epaminondas despacho a la caballería hacia Mantinea con la esperanza de encontrar a los ciudadanos dispersos por el territorio, al ser ya época de recogida y encontrarse en la idea de que las tropas enemigas todavía estaba lejos. Efectivamente cogieron a los mantineos desprevenidos, pero casualmente se encontraba allí el destacamento de caballería que los atenienses mandaban de refuerzo a los arcadios. Gracias a la heroica intervención de esta unidad, los mantineos pudieron retirarse a cubierto en la ciudad y los atenienses aun luchando en total inferioridad consiguieron su propósito aunque a costa de numerosas bajas (en este combate murió Grilo, hijo de Jenofonte).

La batalla
Marcho Epaminondas con las tropas, no por el camino más corto a Mantinea, si no siguiendo la cadena montañosa que se encuentra al oeste de Tegea, al desembocar en Mantinea descendió por la ladera del monte y formo en el llano frente a los enemigos, seguidamente dio la impresión de haber dado las instrucciones para montar el campamento, viendo a los beocios dejar las armas, los lacedemonios y los aliados rompieron también poco a poco su formación pensando ya en ir a retirarse, entonces Epaminondas dispuso a su formación en columna y dando la orden de recoger de nuevo las armas y poniéndose el al frente del ejèrcito marcho en línea recta contra el enemigo, este, desconcertado por el ataque cuando ya no esperaban tal cosa, procedió precipitadamente a volver a formar la línea. El combate se celebró a unos treinta estadios de Mantinea, en el camino que lleva a Palantio, junto al encinar llamado de Pélago.  

Volvió Epaminondas a adoptar la formación en oblicuo, lanzando en cabeza las tropas de elite del batallón sagrado y las mejores de entre las otras de que podía disponer. Los enemigos se desplegaron en línea como venía siendo habitual colocando delante a la caballería aunque sin protección de peltastas u otros auxiliares, Epaminondas lanzo contra estos para quitarlos de en medio a su caballería reforzada con peltastas y hammipoi, y al mismo tiempo mando más caballería y peltastas a ocupar una colina de su flanco derecho para evitar que desde allí los atenienses pudieran intentar envolver su formación. La batalla se desarrolló como era de prever, la caballería que sus enemigos dispusieron en primera línea fue barrida y luego las líneas de infantería no pudieron resistir el empuje de las tropas de elite beocias que deshicieron el frente y los pusieron en fuga, los únicos que sufrieron contratiempos fueron las tropas de cobertura situadas en el flanco derecho, que fueron derrotadas por la excelente caballería ateniense.
Batalla de Mantinea 362 a.C. despliegue inicial 

Cuando el ejèrcito enemigo se encontraba ya en franca retirada y fuga, llego la noticia de la muerte de Epaminondas. Al punto, las tropas volvieron a sus líneas y ceso toda persecución cuando apenas esta se había iniciado. Aturdidos, los beocios no supieron reaccionar a la muerte de su líder y sus enemigos volvieron a recuperarse, ambos solicitaron retirar sus muertos y ambos dieron el día como ganado. Lo cierto es que podría haber sido una completa victoria beocia, al final no se solucionó nada, los beocios se retiraron y nunca volverían. Las pocas guarniciones que quedaron en el Peloponeso serian retiradas pocos años después y la influencia de Tebas en la región quedo de esta manera enterrada para siempre en los campos de Mantinea.
Tras la batalla de Mantinea (362 a.C.) se llegó a una confusa paz, el tratado reconocía la independencia de Mesenia (cosa que no fue aceptada por Esparta que continuo en guerra) y reconocía el derecho de los ciudadanos a regresar a sus ciudades (en principio es de suponer que se referiría a los exiliados) cosa que fue interpretada por muchos de los habitantes de Megalópolis como el derecho a regresar a sus lugares de origen (desde donde habían sido obligados a dirigirse a habitar Megalópolis), este deseo de parte de los megalopolitanos se vio opuesto al de la mayoría de los mismos quienes llamaron en su apoyo a los tebanos, de nuevo se encendieron las hostilidades aunque en menor escala, parte de los arcadios apoyaba a los que querían abandonar la ciudad, al final y a sangre y fuego, el tebano Pammenes al mando de un contingente tebano hizo regresar a los rebeldes a Megalópolis obligándoles a renunciar a sus planes de mudar de ciudad. 
Termina así la década y con ella el sueño de una Arcadia unida, sueño que se disolvió con la última campaña de Epaminondas, que encono definitivamente las rencillas entre los propios arcadios empujándoles a militar en dos campos bien diferenciados.
Las pocas guarniciones de apoyo tebanas en el área fueron retiradas pocos años después, durante la III Guerra Sagrada, (su última intervención data del año 352, en que se envía a Megalópolis un contingente beocio para apoyarla ante la amenaza del avance espartano y sus aliados arcadios) nunca más volverían a inmiscuirse en el Peloponeso, para ellos se habían acabado sus días de supremacía. 

El ascenso de Macedonia y la unificación de Grecia
Macedonia, región situada en la zona septentrional de la península balcánica, había sido considerada por el mundo griego antiguo como zona de bárbaros. Este será precisamente uno de los recursos esgrimidos por Demóstenes en sus encendidos discursos contra Filipo II, el unificador de toda la Grecia. Y decimos unificador y no conquistador porque la crítica moderna ha demostrado que la estirpe real macedonia era helénica. Desconectados los macedonios del desenvolvimiento de las estirpes meridionales, habían conservado las instituciones primarias del patrimonio común griego. A esto habían añadido elementos tomados de sus vecinos tracios e ilirios, con lo que se había llegado a un sistema de gobierno totalmente diferente a los demás de Grecia. 
Descansando en una monarquía de tipo militar, el rey era al mismo tiempo jefe, sacerdote y juez supremo. Su origen está' en el ascenso de una familia o estirpe, la de los Argeadas, que acabará imponiéndose al resto de las tribus macedonias e instaurará la monarquía, aun cuando la firme sucesión al trono no estuvo establecida ni aun a comienzos del siglo IV. La nobleza territorial estaba obligada a seguir al rey en la guerra como caballeros, constituyendo su séquito natural. Todavía en época de Alejandro recibían el nombre homérico de hetairos (compañeros). En compensación recibían tierras en calidad de feudos. Este sistema político lo completaba una Asamblea de guerreros, normalmente campesinos libres, que gozaba de algunos derechos ancestrales, como la confirmación por aclamación del nuevo monarca o la constitución como tribunal supremo en juicios de alta traición. Indudablemente, su organización política era muy distinta de la de las ciudades del resto de la Grecia. 
Las ciudades griegas tenían sistemas políticos autónomos y basados en la polis: Estado limitado a una ciudad. En opinión de Pölmann, uno de los mejores conocedores de los hechos económicos y sociales del mundo antiguo, las polis griegas estuvieron siempre determinadas por su insuficiencia territorial. Esta produjo en la mayoría de ellas la tendencia a- la política de expansión que las llevó, alternativamente, a dominar sobre otras o a ser dominadas. A fines del siglo V, las posibilidades económicas de la polis estaban casi agotadas. No se puede olvidar que Grecia terminaba por entonces la Guerra del Peloponeso. Los continuos movimientos internos y la incertidumbre en la propiedad privada que se encontraba asfixiada por las cargas tributarias y amenazada por los excesos demagógicos, hacían poco viable el sistema de ciudad- Estado. Aún podría la polis haber tenido vigencia si no hubiesen fallado sus condicionantes políticos. En el caso concreto de Atenas se manifiestan en una corriente de búsqueda de la paz, del bienestar material y de la igualdad social de la que quizá es exponente la escuela cínica, corriente filosófica que daba su máximo valor al individuo. Todo esto provocó una inhibición que indudablemente favoreció a Macedonia en sus ideas imperialistas. 
Los reyes macedonios anteriores a Filipo II trataron por todos los medios de consolidar la monarquía. Nuestras noticias fidedignas, que comienzan con Pérdicas I,' indican que el Imperio persa se imponía sobre estos territorios en calidad de Estados cuasi-vasallos. Con Alejandro I, Macedonia se integra en la corriente cultural de la Grecia clásica, cuya corte visitaron Píndaro y Heródoto. 
La Guerra del Peloponeso afectó de rechazo a Macedonia, que vio su salida al mar Egeo obstaculizada por la fundación de la colonia ateniense de Anfípolis.
Debido a esto, Pérdicas II tuvo que tomar una actitud hostil frente a Atenas. Pero quizá sea Arquelao (413-399 a.C.) el que configure de forma más decidida la personalidad de Macedonia. Tucídides lo afirma claramente (11, 100, 2): Arquelao, al llegar a rey, constituyó las actuales fortificaciones de Macedonia, trazó caminos rectos, puso orden en todas las cosas, sobre todo en las que tienen relación con la guerra, acrecentando la caballería, los armamentos y los demás implementos bélicos en mayor medida que los otros ocho reyes juntos que le precedieron. En la nueva capital, Pela, recibió a Eurípides, quien compuso en su corte la Bacantes y dedicó -al rey su drama Arquelao. A su muerte, Macedonia cae en la anarquía interior por un largo período, cuya única excepción la constituye el reinado de Amintas III. A la desaparición de éste sobrevienen de nuevo los disturbios dinásticos hasta la regencia en 359 a.C. de su hijo Filipo. 

Polémica en Grecia
Su acceso al trono está marcado por la misma tónica que domina a Macedonia en estos años. Una vez que Ptolomeo usurpara el trono a Alejandro II, el joven Filipo es enviado a Tebas como rehén. El usurpador, buscando ayuda exterior para su consolidación en el poder, había recurrido a Tebas. El envío de Filipo junto con otros nobles era una forma de demostrar su buena voluntad para con esta ciudad, que entonces detentaba la hegemonía política en Grecia. Sin embargo, Pérdicas, hermano de Alejandro II y Filipo, consigue, con la ayuda de Atenas, expulsar al usurpador y hacerse con el trono, pero su muerte prematura hace que tenga que dejar como heredero a un hijo de corta edad. Filipo, en 359 a.C., se hace cargo del poder como regente. A partir de este momento comenzará su tarea, que culminará con la sumisión al trono de Macedonia de toda Grecia. 
La figura histórica de Filipo ha sido muy polémica debido a los encendidos discursos de Demóstenes. El orador siempre lo consideró un «bárbaro» que buscaba la destrucción de Atenas, enemigo de la libertad y de la democracia de la Hélade. En función de esto, los estudiosos de la antigüedad han tratado el tema, inclinándose a favor o en contra de Filipo. Así, Niebuhr y Grot, historiadores de la primera mitad del siglo XIX, veían la lucha de Atenas contra Macedonia como la defensa de la libertad y la democracia contra la tiranía. Sin embargo, Pölmann y Holm, también en el siglo XIX, idealizan a Macedonia y describen a Demóstenes como un reaccionario. En posiciones más moderadas con respecto al orador se colocaron Beloch y otros. W. Jaeger lo sitúa en la dinámica histórica griega del siglo IV: Hemos aprendido ahora que, en tiempos de Demóstenes, una ley subyacente del desenvolvimiento alejaba a los griegos del antiguo y limitado Estado-ciudad y los conducía al imperio universal de Alejandro y la cultura universal del helenismo. Vista en esta nueva y vasta perspectiva, la figura de Demóstenes se reduce a un pequeño obstáculo en el curso de un proceso histórico irresistible. Por otra parte, la historiografía soviética, que podemos representar por Struve, ve a Demóstenes como un defensor de la forma ya caduca del Estado esclavista. 
Pero no todo fueron críticas a Filipo en su tiempo. Mediante Diodoro de Sicilia han llegado a nosotros noticias de la Historia de Filipo de Teopompo, con un tono panegírico del macedonio. Diodoro también utilizó la obra de Eforo, contemporáneo de Filipo. Esquines, orador de la época, convertido a la idea del partido promacedonio en Atenas, fue un defensor a ultranza. Isócrates (436-338 a.C.), ya antes del ascenso de Macedonia, buscaba ideales comunes para unificar a los griegos contra Persia. Contrario al sistema democrático ateniense por su corrupción, veía la solución a este estado de cosas en la monarquía. Sus obras, más que encuadrarlo en el partido promacedonio, tratan de elevarlo por encima de éste, buscando establecer una ideología de la monarquía en Grecia. 
Pero parece que también intervino en ella el oro de Filipo. 
Ya el lector habrá observado por los partidarios o adversarios de Filipo, que Atenas, como cabeza rectora de Grecia, estaba dividida en dos grupos: los antimacedonios y los promacedonios. Los primeros de ellos eran los integrantes de lo que se ha denominado «partido del Pireo». Este grupo estaba compuesto de mercaderes y artesanos cuya economía estaba basada en la política exterior de Atenas, concretamente en el comercio marítimo con la zona norte del litoral del mar Negro. Para ellos la penetración de Macedonia en Tracia y el mar Negro, con la ocupación -que más adelante veremos- de las ricas colonias atenienses, representaba un duro golpe a sus intereses. Esta postura, a su vez, era apoyada por amplias capas de ciudadanos libres cuya existencia dependía de la entrega de subsidios por parte de las clases pudientes. 
El reverso de la moneda lo constituían los promacedonios, representados mayoritariamente por ciudadanos pertenecientes a las capas adineradas. A éstos no les interesaba una guerra contra Macedonia. Y no les interesaba porque representaba un capítulo excesivo de gastos que ellos tenían que satisfacer como ciudadanos más pudientes. Las ganancias obtenidas con la explotación de las posiciones exteriores no les compensaban. Por otra parte, la pauperización de la población creaba cada vez más tensiones entre esta «clase alta» y la población pobre. Estas razones, y otras más que sería excesivamente complicado examinar, hacían que este grupo viese en Macedonia un poder fuerte que los amparase. 

Consolidación interna 
Pero quizá hemos adelantado demasiados acontecimientos. Habíamos dejado a Filipo en el momento de ocupar la regencia del trono de Macedonia (359 a.C.) y enfrentado a una grave crisis interna, debido al estado de anarquía y a la inestabilidad del trono. Al mismo tiempo, sus vecinos, los tracios, hostigaban la frontera por el Este, así como los ilirios y peonios por el Oeste y Noroeste, respectivamente. Mediante alianzas sujetó a los tracios, atacando y derrotando a los ilirios. Con Atenas llegó a un acuerdo por el que se comprometía a retirar sus ejércitos de Anfípolis a cambio de la ciudad de Pidna y de su apoyo al trono. Y hablamos de apoyo al trono porque Filipo hacia estas fechas es proclamado rey, desplazando a su sobrino Amintas. Conseguido el trono, rompe el acuerdo con Atenas y conquista Anfípolis. Posteriormente ocupa Crénides, a ruego de sus habitantes, amenazada por enemigos exteriores. La posesión de esta ciudad, a la que cambiará el nombre, lIamándola Filipos, aseguraba la ocupación de los ricos yacimientos de oro del Pangeo, que tendrán gran importancia en el desarrollo de la política exterior de Filipo, ya Filipo II. No sin razón, Diodoro dirá apesadumbrado que muchos helenos traicionaron a su patria por el oro de Filipo. A su vez éste afirmaba que ninguna fortaleza era tan alta que no pudiera subir hasta ella un asno cargado de oro. 
Esta paulatina agresividad de Filipo II y sus progresos en Tracia habrían sido imposibles sin la concurrencia de un ejército potente. Y es precisamente la reorganización del ejército hecha por el monarca lo que le permitirá llevar a buen término sus pretensiones de conquista. Compuesta por nobles consiguió hacer de la caballería, bien ordenada en regimientos (ilas), un arma eficaz, al mismo tiempo que lograba romper los intentos autonomistas de estos señores feudales. La Corte ejerció tal atracción sobre esta nobleza que consiguió romper sus vínculos con la tierra y hacerla palaciega. Con la infantería, hasta entonces rudimentariamente organizada, formó la falange macedonia, dotándola de mejores armas (escudo redondo y pequeño, y larga lanza o sarissa) y de una también mejor capacidad táctica. Innovación con alcance político fue hacer extensivo a los llamados «heteros de a pie» ciertos privilegios en la Asamblea del ejército que hasta entonces sólo habían disfrutado los nobles. Con los mercenarios se organizaron las tropas ligeras y móviles (hyspapistas). Este armamento y la instrucción de la tropa estaba en función de la táctica militar empleada. Fue en Tebas, cuando estuvo de rehén, donde conoció la «formación oblicua» utilizada por Epaminondas, y será ésta la misma táctica que aplicará, pero con cuerpos de ejército distintos. Epaminondas realizaba la ofensiva con la infantería; Filipo II la transfirió a la caballería de heteros, mejor preparados. Los falangistas, con sus largas y pesadas lanzas, pasaron al ala defensiva. 
Filipo II será el que por primera vez emplee la táctica de todas las armas orgánicamente combinadas. Indudablemente esto exigía una preparación y una disciplina férrea con entrenamiento continuo a cualquier hora y en cualquier estación. La movilidad conseguida en sus maniobras y desplazamientos fueron motivo de admiración para sus contemporáneos, incluido su antagonista, Demóstenes. 
La estrategia fue también reformada. A pesar de que la invención era de Epaminondas, fue Filipo el que implantó decididamente la estrategia del aniquilamiento. Derrotado el enemigo se le perseguía con la caballería hasta su extinción. El sistema de cerco de ciudades para conseguir su rendición por hambre fue sustituido por el de la aplicación de máquinas de guerra. Concretamente, en el sitio de Perinto y Bizancio se aplicó una máquina llamada «destructora de ciudades» (helepolis). Dichas máquinas también hicieron acto de presencia en los navíos de guerra, por lo que éstos comenzaron a construirse de un tonelaje mayor. 
Hasta el 354 a.C. encontramos a Filipo estableciendo bien sus fronteras, consolidando el reino y haciendo algunos progresos en Tracia. Pero su política no se limitaba sólo a los aspectos de orden militar. Paralelamente había desarrollado una activa diplomacia. Da prueba de ello un tratado de amistad y alianza con la potencia griega más importante del Norte, la Liga Calcídica, mediante la colaboración del Oráculo de Delfos, a quien Filipo parece que sugería algunas de sus inspiraciones. Atenas, por su parte, también buscó alianzas en algunos príncipes y reyes tracios e ilirios. 

Unificación de Grecia
La Tercera Guerra Sagrada se inició en el año 356 a.C y duró hasta el año 346 a. C, entre los ejércitos de Fócida y Tebas por el control de Delfos. Esta guerra fue más larga y violenta que la Segunda Guerra Sagrada.
Fócida fue multada por los Anfictiones (liga religiosa que agrupaba doce pueblos de Grecia) lo que enfureció al líder de Fócida llamado Filomelo, quien ocupo el poder de Delfos. El poder militar de Fócida era débil, por ese motivo Filomelo utilizó el tesoro del santuario de Delfos para reclutar un ejército de otros estados griegos. Este ejército fue vencido por los beocios y los tesalios en el año 354 a.C. Luego de esta derrota Filomelo se suicidó, quedando como líder Onomarco, el cual fue vencido y ahorcado por Filipo II en la Batalla del campo del Azafrán.
Failo, hermano de Onomarco, tomó el liderazgo del ejército y se situó en las Termópilas a empezar la defensa, pero no pudo seguir manteniendo su ejército por lo cual se firma La paz de Filócrates entre Filipo II y Atenas. 

Causas de la Tercera Guerra Sagrada
Los focidios, liderados por Filomelo, en cuyo territorio estaba situado el santuario de Delfos, fueron multados por los Anfictiones de la Anfictionia de Delfos en el año 357, sin que se sepa con certeza si habían cometido alguna falta o si habían sido los tesalios, o su antiguo odio, los que habían hecho que les fuera impuesto el castigo.
La falta, más bien la excusa, fue el aprovechamiento sacrílego que hicieron de las tierras pertenecientes al santuario de Delfos. El castigo consistía en que, si no pagaban la multa impuesta, sus tierras serian confiscadas, lo mismo sucedía con los espartanos, condenados por la toma de la Cadmea, la acrópolis de Tebas.
Filipo II conquistó Potidea en 355, y Metone en 354. También Estagira, patria de Aristóteles, con la ayuda de Olinto, ciudad antes aliada de Atenas, a pesar de las exhortaciones de Demóstenes para que Atenas ayudase a sus aliados.
En el año 353 le llegó la proposición de Larissa, la que dio a Filipo II la excusa para iniciar su camino hacia el sur e imponerse a los griegos. En este tiempo Filipo II venció a Filomeno, quien no soporto la derrota suicidándose, luego de esto Onomarco tomo el poder. Y fue precisamente luchando contra Onomarco, al que pidieron ayuda los tiranos de feras, cuando tuvo lugar la primera y única derrota de Filipo II de Macedonia en Grecia.
 

Filipo II, Tagós de Tesalia
Filipo II fue nombrado Tagos de Tesalia en 352, por los tesalios que se oponían a la coalición Fócida Feras, derrotando a Onomarco y a sus tropas en la Batalla del campo del Azafrán. Con esto, Filipo II suprimió la Tiranía de Feras, tomó el puerto de Págasas, consiguió el dominio definitivo de gran parte de Tesalia (y con ello de sus recursos económicos, caballería, puertos y tributos especialmente) y su control estratégico del camino hacia el norte y el Ponto. En 349, tomó y arrasó Olinto y en 348, tal vez por instigación de Filipo II, Eubea se separó de Atenas. Una vez que se perdió Olinto, y con ella las posibilidades de tomar Anfípolis, que como hemos dicho, era casi la llave del norte y del Ponto, se buscó la paz. 

La Paz de Filócrates (346 a.C.)
Después de la muerte de Onomarco, Failo, su hermano, tomo el liderazgo del ejército de Fócida, pero no pudo seguir manteniendo su ejército que estaba muy débil después de nuevo años de guerra, firmándose la paz.
La paz del año 346, llamada Filócrates, firmada entre Filipo II y Atenas, fue hecha sobre la base del reconocimiento de la pérdida definitiva por parte de Atenas, de Anfipolis y Potidea (cuya conquista por Macedonia significó la apertura de grandes posibilidades para el desarrollo de la flota de este país) y determinó la alianza defensiva entre Atenas y Macedonia, tal vez, en opinión de Diodoro, porque Filipo ya proyectaba una campaña contra los persas, aunque en esta época aún no hay pruebas concretas. Esta alianza continuó aún después de la muerte de Filipo II, significando el reconocimiento por Atenas de todas las conquistas de Filipo II en la Calcidica y el litoral tracio, quedando solamente en manos atenienses el Quersoneso tracio. 

Consecuencias de la Tercera Guerra Sagrada
La importancia histórica de esta Tercera Guerra Sagrada, radica en que dio la posibilidad a Filipo II de Macedonia de intervenir en los asuntos de Grecia, llamado por los tesalios primero y luego por los beocios. Al acabar la guerra, los Focidios, vencidos, fueron apartados de la Anfictionía de Delfos y los anfictiones cedieron sus votos a los macedonios. Como Filipo II fue el vencedor en el 346, en lugar de los tebanos, que estaban agotados, fue él quien se llevó la presa por la cual los tebanos habían provocado la guerra: El primer lugar entre los Estados griegos. No sólo tenía la supremacía militar en Grecia central, sino que, además, ahora pertenecía al Consejo de la Anfictionía de Delfos: Además de imponerse sobre los griegos, había dejado de ser un bárbaro. Con el tiempo fueron reconstruidas las ciudades de la Fócide con la ayuda de los atenienses y los tebanos, antes del desastre de Queronea, en el año 338, cuando Filipo II venció a los griegos.
A partir del 352 a.C. comienza lo que la historiografía moderna ha llamado la segunda fase de la expansión de Macedonia. Filipo emprende otra expedición a Tracia, hecho que afectaba directamente al comercio griego. Los atenienses vieron en esto una provocación. Pero aún más grave fue el ataque a los calcídeos con una excusa banal, destruyendo Ostagira y Olinto. Los demás griegos no pudieron prestar ninguna ayuda. Atenas, a pesar de la dura oposición de Demóstenes, se vio obligada a firmar la paz, llamada de Filócrates (346 a.C.).  

Negociaciones
En 347 a. C., una delegación ateniense compuesta por Demóstenes, Esquines y Filócrates, que fue quien tuvo la iniciativa de este tipo de negociación, fue enviada oficialmente por Atenas a la ciudad de Pela, capital de Macedonia. En su primer encuentro con Filipo, según Esquines, Demóstenes se dice que comenzó a hablar, luego se apartó un poco del tema, y de repente quedó mudo, hasta que se desmayó. 
Filipo dictó los siguientes términos: Cada bando mantendría los territorios que estuviesen en su posesión en el momento de la conclusión oficial del tratado de paz, quedando Fócida y Halo excluidas del tratado de paz. Fócida controlaba el acceso terrestre a Grecia mediante el paso de las Termópilas. Con respecto a estas dos ciudades, Filipo exigió total libertad de movimientos, y tampoco dio a los atenienses ninguna garantía de devolver Oropo o de no destruir Fócida. Por otra parte, el tratado de paz obligaba a Atenas renunciar a sus posesiones de Calcídica y Tracia.
En 346 a. C., Parmenión y Antípatro viajaron a Atenas para recibir de los atenienses el juramento de ratificación. La Ekklesía (asamblea del pueblo) aceptó los términos impuestos por Macedonia, pero cuando la delegación ateniense viajó de nuevo a Pela para recibir el juramento de Filipo que concluyese definitivamente la ratificación del tratado, el rey no tenía prisa ya para formularlo. Marchó contra Dorisco y contra otras ciudades de Tracia, esperando poder mantener todas las posesiones atenienses que fuera capaz de conquistar antes de la ratificación. 
Con ello, Filipo modificó el statu quo que los atenienses tenían en mente en el momento de jurar la ratificación y, ansioso por el retraso, Demóstenes propuso que una delegación fuese enviada hasta el lugar en donde estaba Filipo, para solicitar su juramento in situ. Mientras tanto, Halo estaba siendo asediada por el ejército macedonio. Demóstenes insistió en hacerlo mientras que los tracios todavía mantuviesen en su poder las ciudades de Serreo, Mirteno y Ergisca pero, a pesar de sus esfuerzos, los enviados atenienses (incluyendo a Esquines y a él mismo) permanecieron en Macedonia durante tres meses enteros, hasta que Filipo volvió triunfante de Tracia habiendo subyugado toda la región. 
Finalmente se juró la paz en Feras, aunque Demóstenes acusó a los otros enviados de falta de honestidad y de venalidad.
Justo después de la ratificación del tratado conocido como la paz de Filócrates, Filipo atravesó las Termópilas, dado que los atenienses no bloqueaban ya el paso como lo hicieron en 352 a. C., convencidos por Esquines de que la incursión militar macedonia les beneficiaría. Filipo conquistó la Fócida y sus ciudades fueron demolidas. Atenas no acudió en ayuda de Fócida porque pensó que Filipo intercambiaría Oropo y Eubea por Anfípolis, y que dividiría a Tebas en pequeños poblados y que reconstruiría Tespias y Platea. Tras una propuesta de Tebas y Tesalia, Macedonia tomó el control de los dos votos de Fócida en la Anfictionía Délfica. Cuando Filipo presidió el Consejo de la Liga, Atenas hizo llamar a su delegación de vuelta a casa. Filipo, sin embargo, solicitó formalmente a los atenienses mediante enviados que votasen a favor de la admisión de Macedonia en el Consejo de la Anfictonía, pero hubo un clamor popular en contra de la solicitud, que fue rechazada. Finalmente, Atenas legitimó la entrada de Filipo en el Consejo, siendo Demóstenes uno de los que apoyaron esta actuación. Sus argumentos, expuestos en el discurso Sobre la Paz, se basaban en que Atenas no estaba preparada para la guerra contra el resto de miembros de la Liga dirigida por Filipo y, por tanto, aconseja a sus conciudadanos a aceptar las condiciones de la paz, aunque se enfrentara a Esquines, que buscaba una alianza entre Macedonia y Atenas.
Filipo acusó a los atenienses de haber violado los términos del tratado de paz en 344 a. C., cuando Demóstenes hizo un viaje por el Peloponeso pronunciando discursos y tratando de convencer al mayor número de ciudades posibles para que se alejaran de la influencia macedonia, y en 341 a. C., cuando el general ateniense Diopites asoló el distrito marítimo de Tracia.
En ambos casos, Demóstenes se opuso a las reclamaciones de Filipo en sus famosos discursos, Segunda Filípica, Sobre el Quersoneso y Tercera Filípica. Finalmente, Demóstenes propuso a la Asamblea que dictase un decreto modificando el tratado del año 346 a. C. Esta enmienda suponía la repulsa ateniense de uno de los términos más importantes del tratado, según el cual «cada parte retendría sus propias posesiones».
En el 342 a.C. comenzó Filipo la sumisión definitiva de Tracia, dejando en su lugar en el gobierno de Macedonia a su hijo Alejandro (el futuro Alejandro Magno), de quince años de edad. Asumiendo el papel de libertador de las ciudades griegas fronterizas a Tracia, comenzó su campaña. Todo el mundo griego sabía que aquello era una verdadera guerra de conquista y a regañadientes aceptó la excusa. Tracia fue sometida, creándose con sus territorios la primera provincia macedonia. La labor que se efectuó fue ingente, estableciendo colonias, fundando ciudades y asentando colonos. Las pequeñas polis griegas de la zona hicieron una alianza con Filipo. Al frente de la provincia puso a un gobernador a imitación no de una tradición griega, sino persa. Si estaba construyendo un Imperio y el único modelo disponible era el persa, a él recurrió. Los intereses atenienses en la zona quedaron en peligro. 
En 341 a. C. Demóstenes viajó a Bizancio, ciudad que decidió firmar una alianza con Atenas. El político ateniense llegó a un acuerdo similar con Abidos que desató las condenas por parte de Filipo. Los atenienses respondieron a las quejas macedonias con la denuncia de los términos del tratado de paz, acción que suponía una declaración oficial de guerra. La paz finalizó oficialmente en 338 a. C., año en el que Filipo atravesó las Termópilas y comenzó una campaña militar por territorio aliado de Atenas. Demóstenes, por su parte, convenció a Tebas para que se aliase con ellos contra Macedonia, mientras que Filipo lanzaba un último intento para alcanzar un nuevo tratado de paz. 
Por esto, Atenas funda la Alianza Helénica (340 a.C.) uniendo, bajo su dirección, siete Estados griegos. El fundamento de la misma constituía la búsqueda de una paz general (koiné eirene), pero todo el mundo sabía que era el miedo a Filipo lo que provocaba la unión de las ciudades. 
La situación de tensión se precipitó cuando macedonia decidió atacar la ciudad de Perinto. En los preparativos del cerco tuvo que violar el territorio ateniense en el Quersoneso tracio, lo que, confesado por Filipo en una carta a Atenas, aplazó la declaración de guerra. No fue fácil el sitio de Perinto, ya que la ayuda de Bizancio, Atenas y algunos sátrapas persas, recelosos del poder de Filipo, hicieron vanos los ataques macedonios. Ante esto decide poner sitio a Bizancio, donde también fracasa. Sin embargo, se apoderó de la flota triguera ateniense que estaba reunida a la entrada del Bósforo, capturando un total de 230 naves de gran valor. La reacción no se hizo esperar, y Atenas declaró la guerra a Macedonia enviando una flota que liberó a Bizancio del asedio naval de Filipo. 
Las operaciones por mar eran altamente ventajosas para los atenienses; por tierra para los macedonios, tanto que Filipo, ignorando esta guerra, organiza una expedición contra los escitas. Pero parece que estuvo motivada por razones de orden interno dentro del ejército. Se trataba de levantar el prestigio de las armas macedonias, que se había tambaleado un tanto con los fracasos de Perinto y Bizancio. No resultó un paseo y Filipo, herido, regresó con algunas dificultades ese mismo año. 
La situación interna de Grecia de nuevo se hacía favorable a Filipo. O quizá él la hacía favorable con su oro. El caso es que de nuevo estalla otra Guerra Sagrada,
en este caso provocada por los locrios locrios ozolios de la localidad de Anfisa, próxima a Delfos, acusaron a los atenienses ante la Anfictionía délfica, porque durante la Tercera Guerra Sagrada habían colgado dos escudos dorados en el templo de Apolo, que aún no había vuelto a ser consagrado. Dichos escudos contenían una inscripción que decía:
Los atenienses, como botín de los medos y los tebanos, cuando luchaban juntos contra los griegos.
Atenas replicó con una contraacusación: «La gente de Anfisa estaba cultivando el suelo sagrado de Cirra, lo que estaba prohibido». 

Lo cierto es que el único interesado en una Guerra Sagrada en este momento era Filipo. 
Filipo había sitiado, sin éxito las ciudades de Perinto y Bizancio en 340 a. C., sin que Atenas reaccionase, pero cuando en el mismo año, la flota comercial de 230 naves cargadas con grano, fue capturada en el Bósforo, la Asamblea ateniense declaró la guerra.
En 339 a. C., el Consejo de la Anfictionía invitó a Filipo a llevar la dirección de la Guerra Sagrada, como hegemón. La flota ateniense logró romper el sitio de Bizancio, pero las tropas de Filipo atacaron por tierra en un ataque relámpago, atravesando Fócide, y apoderándose de la ciudad de Elatea, que cortaba la comunicación entre Beocia y la ruta del norte.
Demóstenes envió una embajada a Tebas, ofreciendo una alianza a la Liga Beocia, que fue aceptada, organizando una línea defensiva frente a Elatea para impedir el avance macedonio. Durante el invierno de 339 a. C. hubo mucha actividad diplomática por ambos bandos y pocos hechos bélicos. Los macedonios consiguieron atraer a locrios, focenses y etolios, mientras que los peloponesios se mantuvieron neutrales.
En 338 a. C., Filipo atacó, ocupando Anfisa y Naupacto, ofreciendo la paz, que por dos veces fue rechazada. 
El problema estaba en saber si Tebas se inclinaría al lado de Macedonia o de Atenas. Demóstenes, a cambio de enormes concesiones, consiguió atraerla al bando ateniense.  

Cuando se conoció en Atenas la noticia de la llegada de los macedonios a Elateia, cundió el pánico en la ciudad. En lo que Cakweel describe como su momento de mayor orgullo, Demóstenes clamó contra la desesperación y propuso que los atenienses buscaran una alianza con los tebanos, tras lo que su propuesta fue aceptada y lo enviaron como embajador. Filipo también había enviado una embajada a Tebas solicitando que se unieran a él, o al menos que le permitieran el paso sin obstáculos a través de Beocia. Dado que los tebanos no estaban aun formalmente en guerra contra los macedonios, podrían haber evitado el conflicto. Sin embargo, a pesar de la proximidad del ejército de Filipo y su tradicional enemistad con la capital del Ática, los tebanos se unieron a los atenienses en defensa de la libertad de Grecia. El ejército de Atenas ya había sido enviado de forma preventiva en dirección a Beocia, por lo que pudo unirse a las fuerzas tebanas pocos días después de que la alianza fuera acordada. 
Los detalles de la campaña que llevó a Queronea son completamente desconocidos. Es de presumir que a Filipo se le impidió penetrar en Beocia a través del monte Helicón, pues por allí habían cruzado los espartanos en su camino a la batalla de Leuctra, o por cualquier otro camino de acceso desde Fócida. Es cierto que se produjeron algunas escaramuzas previas, pues Demóstenes alude en sus discursos a una «batalla en invierno» y una «batalla en el río», pero no han sobrevivido más detalles. Finalmente, en agosto de 338 a. C., el ejército de Filipo marchó en línea recta por la vía principal de Fócida a Beocia para enfrentarse al grueso del ejército aliado que defendía el camino en Queronea.  

Según Diodoro Sículo, el ejército macedonio contaba con 30 000 soldados de infantería y 2000 de caballería, cifras generalmente aceptadas por la historiografía moderna. El rey Filipo tomó el mando del ala derecha de su ejército y colocó a su hijo Alejandro, de dieciocho años, al cargo del ala izquierda, donde estuvo acompañado por un grupo de experimentados generales macedonios. 
El ejército aliado griego incluía contingentes de las polis de Acaya, Corinto, Calcis, Epidauro, Megara y Trecén, aunque la mayoría de tropas procedían de Atenas y Tebas. La fuerza ateniense estaba liderada por los generales Cares y Lisicles, y la tebana por Teágenes. Ninguna fuente informa del número de hombres del ejército aliado, aunque el historiador romano Marco Juniano Justino afirma que era «muy superior en número de soldados». En la actualidad se piensa que el número de aliados era muy similar al de macedonios. Los atenienses tomaron posición en el ala izquierda, los tebanos en el ala derecha y el resto de aliados en el centro.
El ejército aliado griego había tomado posición cerca de Queronea, sobre el camino principal. En su flanco izquierdo la línea griega llegaba a las faldas del monte Turión, bloqueando el lado de la vía que llevaba a Lebadea, mientras que en el derecho llegaba hasta el río Cefiso, cerca de una estribación del monte Aktion. Por tanto, esta línea griega alcanzaba los 4 km de longitud y estaba asegurada en ambos flancos. Por otra parte, la línea griega parece que se orientó hacia el noreste a lo largo de la llanura que quedaba en medio, por lo que no encaró la dirección de avance de la formación macedonia. Esto le impidió a Filipo intentar concentrar su fuerza sobre el ala derecha de los aliados porque el avance del flanco izquierdo griego habría amenazado su flanco derecho. Aunque el rey macedonio hubiera intentado concentrar su fuerza contra la izquierda griega, las tropas allí situadas estaban en un alto y cualquier ataque a ellas habría sido muy complicado. Debido a que los griegos permanecían a la defensiva, pues solo pretendían detener el avance macedonio, su posición era estratégica y tácticamente muy sólida.  

La batalla
Los detalles sobre el desarrollo de la batalla son escasos. Diodoro Sículo es el único que la relata, y dice que «una vez comenzada, la batalla fue muy disputada durante mucho tiempo y hubo muchas bajas en ambos bandos, de modo que durante largo rato el combate dio esperanzas de victoria a ambos bandos». Añade que el joven Alejandro, que «tenía su corazón puesto en mostrar su destreza a su padre», tuvo éxito en romper la línea griega ayudado por sus compañeros y finalmente consiguió poner en fuga el ala derecha aliada. Mientras tanto, Filipo avanzó personalmente contra la izquierda griega y también la puso en fuga. 
Plan de batalla en Queronea. En rojo aparecen los aliados griegos y en azul los macedonios.

Este breve relato se puede completar si se da crédito a la narración de Polieno sobre el combate, quien recogió pequeños retazos de información sobre esta guerra en sus Strategemata. Algunos de sus datos son también citados por fuentes fiables, pero otros son manifiestamente falsos. A falta de más fuentes, no está claro qué pasaje sobre Queronea debe ser aceptado o rechazado. Polieno afirma que Filipo combatió la izquierda griega, pero luego retiró sus tropas, que fueron perseguidas por los atenienses. Cuando llegó a una zona elevada, detuvo la retirada, atacó a los atenienses y los derrotó. En otra «strategemata» Polieno sugiere que Filipo prolongó deliberadamente la batalla para obtener beneficio de la inexperiencia de los soldados de Atenas (los veteranos soldados macedonios estaban más acostumbrados a la fatiga) y retrasó su ataque principal hasta que los atenienses estuvieron exhaustos. Este último dato también es recogido en las Strategemata de Frontino. 
El relato de Polieno ha llevado a algunos historiadores modernos a proponer tentativamente la siguiente síntesis de la batalla de Queronea. Cuando el combate general hacía tiempo que había comenzado, Filipo trató de realizar con su ejército un movimiento de giro, retirando su ala derecha y haciendo rotar toda la línea sobre su centro. Al mismo tiempo, empujando hacia delante, el ala izquierda macedonia atacó a los tebanos del ala derecha aliada y abrió brecha en la línea griega. En la izquierda helena los atenienses persiguieron a Filipo, pero su línea se alargó y desordenó, momento en el que los macedonios dieron la vuelta, atacaron y pusieron en fuga a los exhaustos e inexpertos soldados de Atenas. El ala derecha griega, asaltada por las tropas macedonias dirigidas por Alejandro, también comenzó la retirada, poniendo así fin a la batalla. 
Varios historiadores modernos, sitúan a Alejandro al mando de una compañía de caballería, los hetairoi, durante la batalla, tal vez debido al empleo por parte de Diodoro de la palabra «compañía». Sin embargo, no hay ninguna mención a esta caballería en ninguna fuente antigua sobre la batalla, ni tampoco parece que hubiera espacio para que esta operara contra el flanco izquierdo del ejército griego. Plutarco dice que Alejandro fue «el primero en romper las filas del Batallón Sagrado de Tebas», élite de la infantería tebana, desplegado en el extremo derecho de la línea de batalla aliada. No obstante, también dice que este Batallón Sagrado «había combatido las lanzas de la falange [macedonia] cara a cara». Esto, junto con la improbabilidad de que la caballería cargara contra la infantería tebana armada con lanzas (la caballería en general siempre evitaba esas barreras), ha llevado a otros historiadores a sugerir que Alejandro debió estar en Queronea al mando de un cuerpo de falange macedonia. 
Diodoro dice que en la batalla de Queronea murieron más de mil atenienses y fueron hechos dos mil prisioneros, mientras que los tebanos sufrieron unas pérdidas similares. Plutarco afirma que perecieron los 300 componentes del Batallón Sagrado, antes considerado invencible. Ya en época romana se creía que el León de Queronea, un enigmático monumento escultórico erigido en el lugar de la batalla, marcaba el lugar en que yacía el Batallón Sagrado. Unas excavaciones modernas encontraron los restos de 254 soldados enterrados bajo el monumento, por lo que se acepta generalmente que en efecto se trata de la tumba del Batallón Sagrado, ya que es poco probable que todos sus componentes muriesen en la batalla. 

Consecuencias
George Cawkwell afirma que la de Queronea fue una de las batallas más decisivas de la historia antigua. Después de esa batalla ningún ejército heleno podría impedir el avance de Filipo II de Macedonia, y la guerra llegó a su fin. En Atenas y Corinto los registros informan de los desesperados intentos por reconstruir las murallas de las ciudades y prepararse para un asedio. Sin embargo, Filipo no tenía intención de sitiar ninguna ciudad, ni tampoco de conquistar Grecia, pues su intención era que los griegos fueran unos aliados para su planeada invasión del imperio persa y que el mundo heleno permaneciera estable en su retaguardia mientras emprendía la campaña en Asia, por lo que seguir luchando era contrario a sus deseos. El rey macedonio marchó primero hacia la ciudad de Tebas, que se rindió a él, tras lo que expulsó a los líderes que se le habían opuesto, los sustituyó por tebanos favorables a los macedonios que habían sido exiliados y estableció una guarnición macedonia. También ordenó que las ciudades beocias de Platea y Tespias, destruidas por Tebas en anteriores conflictos, fueran reconstruidas. En general, Filipo trató de forma severa a los tebanos, haciéndoles pagar por la liberación de sus prisioneros e incluso por el entierro de sus caídos, pero no disolvió la Confederación Beocia. 
Por el contrario, Filipo fue muy indulgente con Atenas. Aunque disolvió la Segunda Liga ateniense, les permitió conservar su colonia en la isla de Samos y sus prisioneros fueron puestos en libertad sin pagar rescate. Los motivos de Filipo no están muy claros, pero una posible explicación es que tenía la esperanza de emplear la flota ateniense en su campaña contra Persia, pues Macedonia no contaba con una armada poderosa y por tanto necesitaba ganarse a la capital del Ática. El rey macedonio también hizo la paz con otros aliados, Corinto y Calcis, que controlaban localizaciones estratégicamente importantes y recibieron una guarnición macedonia. Luego se volvió hacia Esparta, ciudad que no había tomado parte en el conflicto pero que podía aprovechar la situación para sacar provecho de la delicada situación de otras polis para atacar a sus vecinos en el Peloponeso. Los espartanos rechazaron la invitación de Filipo para entrar a negociar y en respuesta los macedonios arrasaron su región, Laconia, pero sin llegar a atacar a la propia Esparta.
Parece que en los meses siguientes a la batalla de Queronea Filipo se movió por Grecia haciendo la paz con otras polis, negociando con los espartanos e instalando guarniciones. Sus movimientos probablemente fueron una demostración de fuerza al resto de ciudades helenas para que no trataran de oponerse. A mediados de 337 a. C. parece que estaba acampado cerca de Corinto y comenzó a trabajar para crear una liga de ciudades-estado que garantizara la paz en Grecia y le proveyera asistencia militar contra Persia. El resultado fue la formación de la Liga de Corinto en la segunda mitad de ese año en un congreso organizado por Filipo. Todas las polis, salvo Esparta, firmaron la liga. Los términos principales del acuerdo fueron que todos los firmantes eran aliados del resto de polis y del Reino de Macedonia, y que todos tenían libertad de atacar, de navegar y de interferir en asuntos internos. Filipo y las guarniciones macedonias instaladas en Grecia actuarían como «garantes de la paz». A instancias de Filipo, el sínodo de la Liga declaró la guerra a Persia y votó al rey macedonio como strategos de la próxima campaña militar. 
A comienzos de 336 a. C. se envió a Persia un avance de la fuerza macedonia, a la que Filipo debía seguir al año siguiente. Sin embargo, antes de que pudiera partir el rey fue asesinado por uno de sus guardaespaldas y su hijo Alejandro se convirtió en rey de Macedonia. En una serie de campañas que duraron del 334 al 323 a. C., Alejandro Magno conquistó todo el imperio persa. 

La Liga de Corinto
La noche que siguió a la batalla de Queronea es uno de los peores momentos de la historia de la ciudad de Atenas. En un vívido relato, Licurgo de Bitadas rememora años después las circunstancias de aquel instante de incertidumbre y temor, con palabras que bastan para poner de relieve la perspectiva que los griegos debieron tener de tal acontecimiento. En efecto, ante la derrota a manos de los Macedonios de Filipo II, Atenas se preparaba para lo que suponían que sería el siguiente movimiento del rey, esto es, el ataque la ciudad con que había rivalizado durante los últimos años por el control de la hegemonía griega. No obstante, la situación parece haber sido bastante diferente, pues Filipo se abstuvo astutamente de presentar esta victoria como un éxito, y más bien aprovechó la coyuntura para llamar a todos los griegos a la alianza y unirlos en un pacto común con el que poner fin a las constantes luchas internas que desde el inicio de la Guerra del Peloponeso no hacían más que enfrentar a los griegos y eternizar los conflictos armados en el  territorio de la Hélade. Su propuesta de paz supuso la configuración de una Liga Helénica en la que la mayor parte de las poleis griegas tuvieron participación (con la especial salvedad de Esparta, que rehusó adherirse al pacto), y que los investigadores modernos denominamos Liga de Corinto. Muchos de los parámetros de la misma fueron instaurados poco después de Queronea por el propio Filipo en una reunión general celebrada en Corinto, aunque la prematura muerte del rey macedonio nos priva de la opción de conocer sus verdaderos designios para la alianza. Por otra parte, su heredero Alejandro volverá a reformular la Liga poco tiempo después, obteniendo la confirmación del rango de su padre al frente de la alianza y renovando el proyecto conjunto de la guerra contra Persia. En el invierno de 338/337 a. C. (Queronea sucediera en agosto), Filipo invita a los griegos a una reunión en Corinto, cuya finalidad podemos seguir a través de Justino:
El mundo heleno en 336 a. C., tras la creación de la Liga de Corinto. 

 Después de dejar en orden los asuntos de Grecia, Filipo ordena que sean convocadas a Corinto embajadas de todos los países, para consolidar el estado de la situación presente. Allí estipuló las condiciones de paz para toda Grecia, según los méritos de cada uno de los estados, y de entre todos eligió el consejo de todos ellos, una especie de senado único. Solamente los lacedemonios rechazaron al rey y sus leyes, considerando servidumbre, y no paz, la que no resultara del acuerdo de los estados mismos, sino que fuera propuesta por el vencedor. Después se fijan las tropas auxiliares de cada uno de los estados, sea que tuviera que prestarse ayuda al rey con tal ejército, si alguien lo atacaba, sea que tuviese que hacerse una guerra bajo su mando. Y no había ninguna duda de que con estos preparativos se apuntaba al imperio persa”. 
En términos muy similares se expresa Diodoro. La llamada de Filipo a la Alianza aparece como posterior a su gestión para la organización de los asuntos de Grecia. En este sentido, este tipo de gestiones preliminares deben referirse a las medidas tomadas por el rey para con los derrotados, en especial Tebas y Atenas, que sufrieron un trato muy diferente en cada caso. Las razones de esta diferencia son múltiples, defendiéndose habitualmente la propuesta de que Filipo deseaba desmantelar la Confederación Beocia, y al mismo tiempo, era consciente de las necesidades que tenía de mantener la concordia con Atenas (tanto por razones pragmáticas, como era la dependencia de la flota ateniense, como por motivaciones ideológicas, como el papel de Atenas como defensora de la libertad de los griegos de Asia menor y heroína de las Guerras Médicas). Tras este importante momento previo, la formalización de la alianza de paz común que da lugar a la Liga Helénica tuvo lugar en Corinto. Una inscripción conservada de forma fragmentaria nos ha transmitido el juramento institucional de la Liga. El texto parece claramente explícito sobre el aspecto más destacado de la naturaleza de la Liga Helénica, como no puede ser otro que el de la defensa mutua y la alianza militar. Pese a que las fuentes relacionan en todo momento la creación de la Liga con la voluntad de Filipo de invadir Persia, lo cierto es que los parámetros estipulados en la inscripción establecen una regulación de carácter general, que es clara heredera de la tradición sobre  Koiné Eirené[1] de todo el S IV. Las bases son claras: el mantenimiento de la autonomía y la situación interna de los aliados en el momento del pacto, el acuerdo de no agresión y la amenaza de iniciar la guerra contra aquel o aquellos que violen este acuerdo. No obstante, no parece claro que esta amenaza no afecte también a los propios miembros de la Liga, en caso de que en algún momento violasen dichas regulaciones. Por otra parte, la inscripción menciona dos elementos más que son dignos de comentario: el primero de ellos es la fórmula con la que se refiere al acuerdo, puesto que la fórmula prohibía romper el acuerdo con Filipo, lo que sin duda confirma que la Liga estaba estructurada por una serie de tratados bilaterales entre cada uno de los miembros y el rey macedonio, pero en ningún momento parece posible un pacto entre dos miembros. Es decir, que la alianza de cada gobierno participante es directa y exclusivamente con Filipo, y no con el resto de los miembros de la Liga. 
Evidentemente, esta condición debía evitar a Filipo, en la medida de lo posible, el riesgo de una coalición de los miembros contra su propia dirección de la confederación. En segundo lugar, la mención del Sinedrión no puede pasarse por alto, puesto que responde a una característica básica de la alianza.
El Sinedrión[2], ya mencionado en el texto de Justino antes citado, aparece como órgano de representación de los miembros, compuesto en función del peso de cada miembro en la alianza. No obstante, no sabemos cuántos representantes tenía cada gobierno, y por tanto, desconocemos que diferencia real existía dentro de la Liga entre el número de representantes, por poner un ejemplo, de los atenienses (ciudad grande y con amplia capacidad de contribución militar, aunque opuesta a Filipo) o los corintios (también opuestos al macedonio) y los de Platea, Orcómenos o Tespia, ciudades favorables a Filipo aunque de menor capacidad económica y militar. De cualquier modo, la instauración de la Liga resulta evidentemente, como había sucedido con las alianzas similares anteriores, una herramienta del dominio macedonio para regular su autoridad sobre los griegos y legitimar su capacidad de represión de conflictos. Tras la instauración de la Liga, Filipo señaló a los aliados y al resto de Grecia su proyecto de guerra contra Persia. Los elementos propagandísticos de esta iniciativa son múltiples, destacando la naturaleza explícitamente vengativa del conflicto y la relación del mismo con las arengas isocráticas, por poner dos destacados ejemplos. Asimismo, este proyecto permite a Filipo solicitar a los miembros de la Liga el primer contingente de tropas. Tras la muerte de Filipo, Alejandro consigue renovar tanto su posición como comandante en jefe (strategos autokrator)[3] de la Liga como los tratados bilaterales que conforman la base de la misma. Por la información contenida en el discurso “Sobre el tratado con Alejandro”, de Demóstenes, sabemos que los parámetros básicos de la Liga en tiempos de Alejandro debieron ser los mismos que en la época anterior, a saber, el respeto de la autonomía y la libertad de los griegos (probablemente efectiva sólo para los aliados), la defensa de la situación interna de cada miembro en el momento de fundación de la liga, y la prohibición de fomentar cualquier tipo de cambio constitucional entre los aliados a partir del momento de la formalización de los juramentos. Por lo tanto, a la vista de los datos comentados hasta el momento, podemos hablar de la Liga de Corinto como una alianza con una finalidad doble, siendo al mismo tiempo una alianza militar y un acuerdo de carácter conservador con respecto a la organización y gobierno interno de los miembros. En el apartado político, lo cierto es que poco se puede decir con seguridad, pero sí que resulta interesante mencionar el papel de los “Defensores de paz”, que parecen haber sido magistrados del Sinedrión encargados de mantener la paz entre los aliados y, en general, asegurar el cumplimiento de las cláusulas del tratado.
Sin duda, un cargo similar a este debía ser el ocupado por Antípatro, a quien Alejandro habría dejado al cargo de los asuntos de Grecia antes de su partida. 
Sin embargo, podemos documentar otros nombres, como el de Coragus o Proteas hijo de Andrónico, ocupando funciones de defensa de la paz. Sin embargo, resulta más interesante resolver la cuestión del acuerdo militar. Sabemos que tanto Filipo como Alejandro pretendían emplear la Liga como una herramienta de control de las posibles hostilidades griegas desde un punto de vista interno, y que al mismo tiempo en ambos casos tenemos noticia de la petición de tropas para llevar a cabo la lucha panhelénica contra Persia. Algunos autores, en este sentido, han visto en la Liga de Corinto una ruptura con respecto a la tradición panhelénica anterior y a la construcción de la Paz Común, que durante el S IV había estado siempre basculando alrededor de los parámetros establecidos por la Paz del Rey (386). De este modo, Filipo emplea él mismo sistema teórico en el que se basaba la  Koiné Eirene propuesta por el acuerdo del 386 a. C., aunque con el sustancioso cambio de garante de la paz, que hasta el momento había sido siempre el rey persa y que a partir de ahora pasará a ocupar el rey de Macedonia, en virtud de las estipulaciones fundacionales de la Liga. En este sentido, la guerra contra Persia funcionará como eje vertebrador de la alianza helénica. No obstante, no podemos equivocarnos al pensar que la configuración original de la Liga, además de estar conformada por un pacto defensivo, se componía directamente de un pacto ofensivo, puesto que en el momento del fin oficial de la campaña contra Persia y el licenciamiento del ejército aliado, la Liga parece haber seguido en funcionamiento, sin cambios aparentes. Por lo tanto, la guerra de venganza y la lucha contra Persiano conforman un elemento inherente a la Liga, ya que esta se basa, ante todo, como hemos podido apreciar en los documentos, en el mantenimiento de la Paz. Por ello, la conquista de Persia es un objetivo circunstancial para asegurar el mantenimiento de la Paz en Grecia, pero no puede ser considerado el fin último de la Alianza Helénica, a la luz de los datos conservados. Mediante la lucha contra el rey persa, los reyes macedonios debieron pretender, entre otros fines, alejar la guerra del territorio griego, paso previo indispensable para su pacificación. Las enormes oportunidades derivadas de la conquista de Asia resolverían muchos de los problemas que habían dado lugar en el pasado a las luchas internas de los griegos. Y asimismo, la excusa de la defensa de la Hélade y la libertad ponía en manos de Filipo y Alejandro un entramado institucional, presidido por ellos mismos y por el Sinedrión, mediante el cual poder ejercer el control efectivo de los griegos, e incluso la justificación para sofocar cualquier represión militar con motivo de posibles revueltas contra el dominio macedonio. Teniendo en cuenta que la guerra contra Persia alejaría al rey de Macedonia de la geografía griega, la organización de la Liga garantizaba un buen grado de seguridad al poder macedonio en territorio griego. No obstante, hemos visto cómo uno de los elementos básicos de la Liga radica en la capacidad de los hegemones[4]  Filipo y Alejandro para dirigir las acciones militares de la Liga, y con ello, reclutar tropas mediante los aliados. En este sentido, siempre se ha defendido la idea de que ambos reyes trataron de forma amistosa a la díscola Atenas a causa dela necesidad que estos tenían el apoyo de la flota ateniense en el proyecto de guerra contra el Gran Rey. Sin embargo, sorprende el pequeñísimo número de efectivos navales que Atenas finalmente envió al frente oriental. El total del número de naves que conformaban el contingente naval que acompañaba a Alejandro era de 160 naves, de entre las cuales Atenas habría suministrado tan sólo 20, una cifra aproximadamente similar a la que habrían cedido también otros gobiernos, especialmente las islas del Egeo, como Quíos, Ténedos y otras. Sorprende que la potencia marítima de Atenas no destaque dentro del contingente heleno. La respuesta habitual a esta cuestión ha expuesto el deseo de Alejandro de realizar una campaña eminentemente terrestre, y por tanto, evitar la gestión de una flota numerosa. La inutilidad de la flota en los planes de Alejandro parece evidente por el rápido licenciamiento de la misma. 
Resulta cuando menos extraño este comportamiento, si tenemos en cuenta que la tradición historiográfica ha defendido siempre la Liga de Corinto como una herramienta mediante la cual los macedonios pudieron llevar a cabo el reclutamiento de tropas y encarar la conquista de Persia. Sin embargo, a la hora de rastrear la presencia de estas tropas aliadas en el contingente de Alejandro encontramos ciertas dificultades. Si seguimos los números de efectivos que conocemos, aparte de con los macedonios, Alejandro contaba con la caballería tesalia, muy amplia en número y de capital importancia, aunque las relaciones de Macedonia y Tesalia debían desbordar el marco institucional dela Liga de Corinto. Aparte de estos, aparecen mencionados unos 7000 soldados aliados, un número muy poco importante: sólo los tracios y los ilirios ya proporcionan este mismo número de hombres al ejército de invasión, sin estar vinculados a la Liga de Corinto, sino en virtud de los acuerdos de paz con Alejandro. Asimismo, los mercenarios griegos empleados por Alejandro debieron estar por encima de los 7.000, ya que al inicio de la expedición se mencionan 5.000, pero a estos hay que sumar los que ya estaban operando bajo el mando de Parmenión en Asia Menor. Este papel secundario de los aliados queda patente en su ausencia en la mayoría de la campaña, siendo únicamente mencionados en funciones secundarias o, como mucho, como reserva de la falange en Gaugamela (donde todos los efectivos disponibles debieron ser necesarios). ¿Dónde están, pues, los soldados reclutados por la Liga de Corinto? Ni en la flota ni en la infantería o la caballería podemos hablar de una verdadera fuerza griega en la campaña. Por una referencia de Plutarco, podemos pensar en que en muchos casos, incluyendo el de ciudades tan importantes como la propia Atenas, el reclutamiento de soldados para las necesidades del hegemon de la Liga pudo haberse llevado a cabo mediante un pago, lo cual resulta sumamente provechoso para los reyes macedonios, que obtienen recursos para mantener tropas sin los inconvenientes de haber de controlar contingentes potencialmente hostiles. Quizás esta contribución económica para la contratación de efectivos militares es una práctica más generalizada de lo que podemos entrever, y explicaría en cierto modo la razón por la cual Alejandro solicita levas de los aliados muy poco tiempo después de que lo hubiese hecho Filipo: en el caso de que no esté pidiendo hombres, sino una recaudación, el pago parece menos gravoso, y mucho más plausible. Por ello, buena parte de estos contingentes griegos debieron ser mercenarios, y no soldados provenientes de las poblaciones aliadas. No obstante, Alejandro se mostró reticente al empleo directo de los mismos. Puesto en duda, entonces, el verdadero motivo militar de la Liga de Corinto, sería bueno revisar las referencias a la jurisdicción de esta a lo largo de la campaña. En primer lugar, encontramos el caso de Tebas, que es destruida no sólo por rebelarse contra Alejandro, sino por haber violado las normas de la Liga. Las fuentes describen cómo la destrucción fue resultado de la decisión del Sinedrión. El beneficio del reparto de los territorios tebanos entre algunos aliados macedonios queda patente en el testimonio transmitido por Arriano, y podría explicar las motivaciones de algunos miembros de la Liga para ratificar la brutal acción de terrorismo bélico llevada a cabo por los macedonios al arrasar Tebas.

En segundo lugar, tenemos la condena y masacre de los mercenarios griegos al servicio persa en Gránico. Tras la victoria sobre los persas, el ejército de Alejandro se encontró ante los mercenarios griegos empleados por el Gran Rey, bajo el mando de Memnónde Rodas, que habían sobrevivido al combate. El grupo de mercenarios pidió garantías para poder rendirse, pero Alejandro no cedió. De un total de 20.000, tan sólo 2.000 fueron hechos prisioneros por los macedonios, mientras que el resto pereció en un encarnizado combate, en el que el ejército de Alejandro recibió un número importante de bajas. Las causas de esta salvaje matanza parecen haber sido las regulaciones de la Liga de Corinto, que prohibía el medismo[5] y castigaba a todo aquel, en especial si era griego, que luchase contra los aliados o su hegemón, puesto que violaba la Paz Común estipulada por la Liga. Asimismo, la crueldad de esta acción, como la de Tebas, demuestra el deseo de Alejandro de no negociar con aquellos que participaran en el bando enemigo. Por su parte, los supervivientes fueron llevados a Macedonia condenados a trabajos forzados. Tenemos noticia de los diversos intentos de los atenienses de obtener la libertad de aquellos de entre estos hombres que tuviesen origen ateniense. Sorprende, sin embargo, que existan excepciones a este tipo de comportamiento. Por ejemplo, cuando Alejandro encuentra a los mercenarios griegos fieles a Dario III en su huida a Bactria (bajo el mando de Patrón de Fócide y Glauco de Etolia), y encarcela tan-to a estos como a los embajadores espartanos que allí se encontraban en busca del Gran Rey, por causa de haber violado los acuerdos de la Liga y la Paz común. No obstante, a los embajadores espartanos se les encarcela, lo que podría ser una prueba de su adhesión a la Liga, o cuando menos, de su obligación de respetar la Paz Común. Con todo, el modelo de recurso a la legislación de la Liga como mecanismo de punición sigue siendo igual al empleado en el caso de Tebas. 

Un tercer ejemplo de excepción es la revuelta de Agis III en el 331. Esparta, Élide, Acaya (con la excepción de Pelene) y Arcadia (con la excepción de Megalópolis) se unieron bajo el mando del rey lacedemonio Agis III para luchar contra Antípatro, representante en jefe de Alejandro en Grecia, probablemente incluso dentro de la Liga, por la libertad de los griegos. Probablemente, la base jurídica de la revuelta es la misma que la de la Liga de Corinto: aunar a los griegos bajo la dirección de un líder militar que garantizase la autonomía y la Paz Común. Agis debía pretender sencillamente sustituir a Alejandro. Tras la victoria macedonia contra los rebeldes, Antípatro dejó la cuestión en manos del Sinedrión, quien parece haber ejercido de juez al imponer las penas por haber atentado contra la Liga. Élide, Acaya y Tegea eran miembros de la Liga, por lo que su culpabilidad era mayor que la de otras ciudades involucradas (Tegea fue perdonada por capitular antes dela batalla), aunque finalmente la responsabilidad final recayó sobre Esparta. Una multa económica y la cesión de rehenes espartanos fue el resultado de la revuelta, aparte de lasumisión de Esparta a los designios de la Liga, aunque desconocemos si en algún momento llegó a estar asociada como miembro. Mediante los ejemplos más destacados, comentados aquí, de las acciones de Alejandro y los macedonios relacionadas con la Liga de Corinto, podemos apreciar cómo, pese a revestir un formato de alianza militar evidente, lo cierto es que en la puesta en práctica del tratado no aparece en modo alguno participación activa a nivel militar por parte de los miembros de la Alianza. Por el contrario, la utilidad de la Liga en el aspecto militar deviene mucho más en un sentido judicial, es decir, en tanto que tribunal donde se deciden las condenas o las penas que cualquier transgresor de los tratados de la Liga debe cumplir. Con ello, nuestra perspectiva de la Liga Helénica debe modificarse, y puede ser entendida, en mayor medida, como un sistema de reparto de responsabilidades ante los castigos derivados de la imposición del control macedonio sobre Grecia, y un órgano de soporte dela política macedonia para los aliados de esta en la Hélade.  

Los Estados o poleis
Los Estados o poleis eran libres y autónomos, pero resultaba evidente que habrían de someterse a las exigencias del que había resultado más fuerte que ellos en la lucha. Con Filipo II, la monarquía salió ganando en su lucha con la polis, y para contrarrestar el efecto psicológico de la pérdida de libertad, combatida por Demóstenes, Filipo II, por consejo de Isócrates, dio a los helenos, por primera vez, un objetivo común: la guerra contra los persas, algo que emparentaba su familia desde generaciones con sátrapas de este país del que conocería sin duda su gran potencial económico, debía ser su gran objetivo. Grecia, pues, fue sólo su primer objetivo. Y no pudo cumplir el segundo. 

Los Preparativos de la Guerra Contra Persia
Los preparativos para la guerra comenzaron, Filipo II consiguió el permiso para mantener las guarniciones macedonias en Tebas, Calcis, Ambracia y Corinto y convocó a los contingentes militares de los Estados griegos.
En los primeros meses del año 336, una vanguardia de unos 10.000 hombres, mandada por los generales macedonios Parmenio y Atalo, apoyada por una flota, pasó el Helesponto, estando previsto que Filipo II les siguiese en otoño con el resto del ejército de la liga. 

La situación en Persia en estos años era difícil, ya que había muerto violentamente Antajerjes Ochos y acababa de subir al trono el débil Darío III Codomano. 

La situación en Atenas se inclinaba paulatinamente a favor de Macedonia. Se recuperó la economía bajo la dirección de Licurgo y Foción convenció a sus conciudadanos para que suministrasen caballería y barcos para la expedición contra Persia. 

Los Problemas de la Corte Macedonia
Los problemas familiares jalonaron la vida de Filipo II de Macedonia, vida que se truncó violentamente, muriendo asesinado en plena madurez, cuando tenía sólo cuarenta y seis años. Filipo II había tenido seis esposas y siete hijos de ellos solo tres hijos varones: Carano, hijo de Fila de Elimiotis; Arrideo, hijo de Filina de Larisa, princesa tesalia y Alejandro Magno, su sucesor, el hijo de Olimpia. 

Muerte de Filipo
En el año 337 a. C., Filipo se divorcia de Olimpia. Su intención era volverse a casar con una noble macedonia, Eurídice, sobrina del general Átalo. Para aplacar el descontento de los nobles de Molosia (de donde era Olimpia), trama un matrimonio de conveniencia entre su propia hija Cleopatra y un hermano de Olimpia, Alejandro de Epiro, que era rey vasallo en Molosia.
Para la boda se organizaron grandes fiestas en Egas (primera capital de la antigua Macedonia). Desde el amanecer avanzaban en procesión solemne las estatuas de los doce dioses sentados en tronos lujosos muy adornados. Una estatua hacía la número trece: era la efigie del gran Filipo. Hubo un gran banquete y a continuación todos se dirigieron al teatro para terminar allí el agasajo. Llegó Filipo, que se había vestido de blanco para la ocasión, y cuando se disponía a entrar en el recinto sin guardaespaldas (resaltando ante los diplomáticos griegos ahí presentes su cercanía al pueblo), se le abalanzó un joven noble macedonio y le hirió en un costado. Murió al instante allí mismo. El asesino se llamaba Pausanias (como el famoso general del siglo V a. C. y el famoso historiador del siglo II), uno de sus siete guardaespaldas. El asesino inmediatamente intentó escapar y alcanzar a sus compañeros en la conspiración, que le esperaban con caballos en la entrada de Egas. Fue perseguido por tres guardaespaldas de Filipo y murió a sus manos.
Las razones para la acción de Pausanias son difíciles de responder completamente, dado que existe controversia incluso entre los historiadores antiguos. El único relato contemporáneo que ha llegado es el de Aristóteles, que comenta que Filipo fue asesinado porque Pausanias había sido ofendido previamente por los seguidores del general Átalo, suegro del rey.
Cincuenta años más tarde, el historiador Clitarco de Alejandría amplió y embelleció la historia. Siglos más tarde su versión sería narrada por Diodoro Sículo y por todos los historiadores que se basaron en Clitarco. En el libro dieciséis de la historia de Diodoro, Pausanias habría sido un amante de Filipo, que habría tenido un ataque de celos cuando Filipo cambió sus preferencias por otro hombre más joven, también llamado Pausanias. Sus intentos por conseguir al joven acabarían haciendo que éste se suicidase, lo que llevaría a que su amigo Átalo se enemistase de Pausanias. Átalo acabaría vengándose invitando a Pausanias a cenar, emborrachándole y sometiéndole a abusos sexuales.
Cuando Pausanias acudió a Filipo, el rey se vio incapaz de castigar a Átalo, dado que estaba a punto de enviarle a Asia con Parmenión para preparar la invasión. También se había casado con la sobrina o hija de Átalo, Eurídice. En lugar de ofender a Átalo, Filipo trató de compensar a Pausanias ascendiéndole dentro de la guardia real. Sin embargo, parece que el deseo de venganza de Pausanias habría dado un giro contra el hombre que no había cumplido en vengar su honor herido, por lo que planeó matar a Filipo y, algún tiempo más tarde, con Átalo ya en Asia, puso su plan en marcha.
Otros historiadores (por ejemplo, Juniano Justino 9.7) sugieren que Alejandro o su madre Olimpia eran conocedores de la intriga, sino incluso los instigadores. Al parecer, según el historiador, Olimpia habría agradecido a Pausanias su acción poniendo una corona encima del cuerpo del asesino, erigiendo un monumento en su memoria y ordenando sacrificios anuales en su honor.
Muchos historiadores modernos entienden que todos los relatos son improbables. En el caso de Pausanias, el motivo que se alega para el crimen parece muy forzado. Por otro lado, la implicación de Alejandro y de Olimpia arroja dudas: actuar como se supone que hicieron habría requerido actuar directamente contra la máquina militar, que era leal a la persona de Filipo. Lo que parece que se recoge en estas historias son las sospechas naturales que recaen en los principales beneficiarios del asesinato. Podría incluso haber parte de propaganda esparcida por los enemigos políticos dentro de los relatos posteriores al acontecimiento, y más teniendo en cuenta que Átalo sería posteriormente ejecutado en la consolidación del poder por Alejandro tras el asesinato.
Por todo ello, los historiadores de todos los tiempos han barajado muchas teorías sobre el caso. Lo primero que han hecho siempre ha sido preguntarse quién salía beneficiado con la muerte de Filipo, pero esta pregunta tiene muchas réplicas. Varios personajes pudieron estar implicados, como por ejemplo:
·       El propio Alejandro, su hijo
·       Olimpia de Epiro, la esposa de la que se divorció
·       El rey de Persia
·       Muchos nobles macedonios
·       Demóstenes, su eterno rival 

Cada autor presenta su tesis y sus teorías, pero el asesinato de Filipo sigue siendo un misterio. Para evitar caer en el vicio de la soberbia, el rey Filipo de Macedonia, situó un esclavo a la puerta de su dormitorio que cada mañana le decía: "Levántate, rey, y piensa que no eres más que un miserable mortal". De forma parecida, los emperadores romanos se hacían acompañar en sus triunfos de un siervo que les decía: "Recuerda que eres solo un hombre".

Asesinato de Filipo II 

Bibliografía
Asimov, Isaac Los Griegos Historia Universal. ISBN: 9789504002468
Bagnall, Nigel. The Peloponnesian War: Athens, Sparta, And The Struggle For Greece, Nueva York: Thomas Dunne Books, 2006, ISBN 0-312-34215-2).
Beye, Charles Rowan (1987). Ancient Greek Literature and Society (2.ª edición). Ithaca, Nueva York: Cornell University Press. ISBN 0-8014-1874-7. «Sabemos poquísimo sobre el período entre la llegada de los griegos a su tierra histórica y los principios de su historia registrada en los siglos VIII y VII a. C. Parece que entraron a la actual Grecia hacia el fin del tercer milenio, bajando a la península balcánica desde las actuales Albania y Yugoslavia.» 
BOWRA, C. M.:  La Atenas de Pericles, Alianza Ed., Madrid, 1988.
Cawkwell, G.L. Thucydides and the Peloponnesian War. London: Routledge, 1997, ISBN 0-415-16430-3; ISBN 0-415-16552-0).
Davis Hanson, Victor (1999). Les guerres grecques, 1400-146 av. J.-C., traduccción de Laurent Bury, París: Autrement, Le Club Du Livre, prólogo. ISBN 978-28-626-0972-0.
Ducrey, Pierre. Guerre et guerriers dans la Grèce antique, Hachette Littératures, coll. Pluriel, Paris, 1999 (réédition), ISBN 2-01-278986-2.
Fernández Nieto, F. J., Los reglamentos militares griegos y la justicia castrense en época helenística, Symposion, 1995.
Garlan, Yvon, La Guerra en la antigüedad, Alderabán Ediciones, 2003, ISBN 84-95414-31-7.
Görlich, Ernst Joseph (1973). «La herencia de Alejandro Magno: Roma». Historia del mundo (5.ª edición). Barcelona: Ediciones Martínez Roca. p. 70. ISBN 84-270-0093-6. «Tesis del erudito vienés Fritz Schachermeyer, publicada en su libro de 1955: Las más antiguas culturas de Grecia». 
Grant, Michael (1995). «Too little economic and social history». Greek and Roman historians: information and misinformation. Routledge, 1995. ISBN 9780415117708. 
Pomeroy, Sarah B. (1999). Ancient Greece: a Political, Social, and Cultural History. Oxford University Press. ISBN 9780195097429. 
Struve, Vasili Vasílievich (1985). «El medio griego». Historia de la antigua Grecia. Madrid: Sarpe. pp. 14-27. ISBN 84-7291-976-5
Pou, Bartolomé. Notas de la segunda edición de los Nueve libros de la Historia, Ediciones «El Ateneo», Buenos Aires.
Hall, Jonathan M. (2007). A history of the archaic Greek world, ca. 1200-479 BCE. Wiley-Blackwell. p. 57. ISBN 9780631226673. 
Hidalgo de la Vega, María José; Sayas Abengochea, Juan José; Roldan Hervás, José Manuel (1998). «Geografía de Grecia». Historia de la Grecia antigua. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca. ISBN 84-7481-889-
Herman Hansen, Morgen (2006). The Shotgun Method: The Demography of the Ancient Greek City-State Culture. Columbia: University of Missouri Press. ISBN 978-0-8262-1667-0. Consultado el 16 de abril de 2010. 
Hilgemann, Werner (1979). «Antigüedad — Grecia / período micénico (h. 2500-1150 a. C.). Migraciones». Atlas histórico mundial: de los orígenes a la Revolución Francesa (9.ª edición). Madrid: Istmo. p. 47. ISBN 84-7090-005-6. 
Holland, T. Persian Fire, ISBN 978-0-349-11717-1, pp. 69-70.
Holland, T. Persian Fire, ISBN 978-0-349-11717-1, pp. 131-138.
Iglesias, Luis García. Los orígenes del pueblo griego pp. 95-100, Madrid: Síntesis, 2000, ISBN 84-7738-520-3. 
Javier Murcia Ortuño, 2017, Editorial: ALIANZA EDITORIAL. ISBN: 788491046417
Jenofonte, Anábasis vii.1.33.
Kagan, The Peloponnesian War, 488.
Fine, The Ancient Greeks, 528–33.
Kagan, The Peloponnesian War, Introducción XXIII–XXIV.
Clogg, Richardo. Historia de Grecia. Cambridge University press. ISBN 84 8323 040 2. 
Kallet, Lisa, Money and the Corrosion of Power in Thucydides: The Sicilian Expedition and its Aftermath. Berkeley: University of California Press, 2001 (tapa dura, ISBN 0-520-22984-3).
Konstam, Angus (2003). Historical Atlas of Ancient Greece. Thalamus. pp. 94-95. ISBN 1-904668-16-X.  
MOSSE, C.:  Historia de una Democracia:  Atenas, Akal Universitaria, Madrid, 1987.
Neil Arun (7 de agosto de 2007). «Alexander's Gulf outpost uncovered» (en inglés). BBC News. Consultado el 18 de marzo de 2010. 
Nick Fisher, Aeschines: Against Timarchos, «Introduction», p. 27; Oxford University Press, 2001.
Nick Fisher, Aeschines: Against Timarchos, «Introduction», p. 26; Oxford University Press, 2001.
Pedro Guevara, «Democracia multirepresentativa», en Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela 112 (1999), Universidad Central de Venezuela, pp. 85-123.
PICAZO, M.:  Historia del Mundo Antiguo, vol.  23:  Griegos y Persas en el Egeo, Akal, Madrid, 1989.
Sarah B. Pomeroy, Stanley M. Burstein, Walter Donlan and Jennifer Tolbert Roberts, Ancient Greece: A Political, Social, and Cultural History, Oxford: Oxford University Press, 1999. ISBN 97-80-1953-0800-6
Sealey, Raphael (1976). A history of the Greek city states, ca. 700-338 B.C. University of California Press. pp. 11-12. ISBN 9780631226673. 
Sealey, Raphael. Op. cit. p. 14. 
«Slavery in ancient Greece», en Britannica Student Encyclopædia (en inglés).
Thomas R. Martin: An Overview of Classical Greek History from Mycenae to Alexander (Panorama de la historia de la Grecia Antigua desde la época micénica hasta la de Alejandro) Texto en inglés en el Proyecto Perseus
SNODGRASS, A.:  Archaic Greece.  The Age of Experiment, London, 1980.
Thomas R. Martin: Ancient Greece from Prehistoric to Hellenistic Times (La Antigua Grecia desde los tiempos prehistóricos hasta el período helenístico), Yale University Press, 1996. ISBN 0-300-06956-1. Acompaña a las fuentes en línea del Proyecto Perseus.
Thomas R. Martin. «An Overview of Classical Greek History from Mycenae to Alexander». Perseus Digital Library (en inglés). Universidad Tufts. Consultado el 30 de marzo de 2010. 
William Armstrong Percy III, «Reconsiderations about Greek Homosexualities», en Same-Sex Desire and Love in Greco-Roman Antiquity and in the Classical Tradition of the West, Binghamton, 2005; p. 47.
W. Schieder: «Real slave prices and the relative cost of slave labor in the greco-roman world», en Ancient Society, vol. 35, Peeters Publishers, 2005.
Vasili Vasílievich Struve: Historia de la antigua Grecia. Biblioteca Tercer Milenio — Grecia antigua



[1] Es el nombre que los griegos daban a las «paces comunes», semejantes a las de los tratados de paz internacionales ratificados por todas las polis participantes, por definición todos las ciudades estado de Grecia.
[2] El Sinedrión de Macedonia, es decir el Consejo, era la instancia probouleútica del reino y el consejo de gobierno del rey. El Consejo era un grupo restringido de personalidades importantes del reino, elegidas y reunidas por el rey para secundarle en el gobierno. No se trataba de una asamblea representativa, pero podía ser ampliada en ciertas ocasiones con los representantes de las ciudades y unidades cívicas del reino.
[3] Era el nombre usado en la Antigua Grecia para designar al general, más bien, al comandante en jefe y supremo del ejército. 
[4] El hēgemṓn era el conductor, el guía y también el comandante del ejército. En el tiempo de la guerra del Peloponeso, se habló de la ciudad hegemónica a propósito de cada una de las ciudades que dirigían las alianzas de las facciones contendientes: Atenas y Esparta.
[5] El término medismo  se empleaba en la Antigua Grecia para referirse a la actitud de los griegos favorables a los persas o dispuestos a aceptar su supremacía. En muchas ciudades griegas era considerado un crimen. El etnónimo medo era utilizado a menudo por los griegos para mencionar a los persas, aunque en sentido estricto, designaba a la tribu irania de los medos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario