Románico Mudéjar de Olmedo
Olmedo es una de esas poblaciones que han de
visitarse obligatoriamente, aunque sólo sea para degustar ese típico sabor
rancio de lo antiguo y solemne.
La historia de Olmedo está ligada a
importantes acontecimientos bélicos llegando a alcanzar tal influencia que ya
el sabio refranero lo atestigua: "Quien señor de Castilla quiera ser, a
Olmedo de su parte ha de tener". Es nombrada popularmente como la "villa
de los siete sietes", porque, en tiempos más gloriosos, tuvo en esa
cantidad, iglesias, conventos, caños, puertas en la muralla, plazas, pueblos y
casas nobles.Por su
rico pasado, Olmedo es una villa
castellana que todavía conserva su ambiente medieval y un patrimonio monumental
de primer orden. Es citada documentalmente, por primera vez, en el año 1085. Se
sabe que en 1093, el monarca castellano y leonés Alfonso VI repuebla la
localidad tras ser conquistada a los musulmanes. En 1128, Alfonso VII, el
emperador, entrega la custodia de Olmedo a su hermana Doña Sancha. A partir del
reinado de Alfonso VIII comienza la construcción de numerosas parroquias en
estilo románico-mudéjar, convirtiéndose en la verdadera capital de lo que ahora
se ha venido en llamar "Ruta del mudéjar vallisoletano". No en
vano, se encuentra situada en plena "Tierra de Pinares", ese
territorio que tan abundantes muestras de este estilo conserva.
Hay que recordar que el mudéjar
castellanoleonés se concentra casi completamente en el interior de un polígono
irregular imaginario formado por las carismáticas localidades de Toro (Zamora),
Alba de Tormes (Salamanca), Madrigal de las Altas Torres (Ávila), Arévalo
(Ávila), Coca (Segovia), Cuéllar (Segovia) y Olmedo (Valladolid).
Como consecuencia de tan importante foco de
este estilo, se ha creado un interesante y originalísimo Parque Temático del
Mudéjar, del que, por su singularidad, nos ocuparemos posteriormente.
Olmedo
La localidad se encuentra en el sur de la
provincia, a 40 km de la capital, asentada
arca.Sobre los orígenes de Olmedo la imaginativa
obra de Antonio de Prado y Sancho –escrita en 1770 y no publicada hasta 1906–
hace de la villa solar de asiento de todos los pueblos antiguos, griegos
incluidos, y hogar de 20.000 familias en el siglo I. Afirma que la imagen de la
Virgen de la Soterraña, patrona del lugar, pudo ser tallada por el apóstol San
Lucas ...
Dejando de lado estas curiosas disquisiciones,
es preciso recurrir a autores como García Murillo y Julio González, quienes
quieren ver en la crónica de al-Razi la primera mención documental. El cronista
musulmán cita la localidad de M.d.m.h. (identificada como Olmedo) entre las
atacadas por sus compatriotas en el año 939, lo que indica indudablemente un
poblamiento anterior.
La repoblación definitiva se produce en el
siglo XI, por intervención de Alfonso VI, según Lucas de Tuy y Ximénez de Rada.
Martínez Díez supone que tuvo que ser entre 1072 y 1085 y Ruiz Asencio afirma
que este monarca otorgó fueros, para favorecer el desarrollo de concejos como
Olmedo y Portillo. En todo caso, aunque en la comarca ya hay rastros de
ocupación cristiana desde mediados de esa centuria, lo cierto es que su
desarrollo debió estar favorecido al consolidarse el dominio cristiano en toda
la zona tras la conquista de Toledo. En 1090 aparece una nueva mención, cuando
el conde don Raimundo, que intervino en la repoblación del lugar, delimita la
diócesis palentina en la que se integra. Poco después, en 1130, esos límites
serán confirmados por el rey Alfonso VII, donde se manifiesta además la
donación de Olmedo al cabildo de la catedral.A pesar de esta primera adscripción
eclesiástica, la disputa entre obispos por el dominio de esta zona es una
constante a lo largo del siglo XII. La inclusión de la villa en dicha diócesis
suscitará la protesta del obispado de Ávila que obtuvo en su favor las bulas de
varios papas durante esa centuria. Por otro lado, la intervención de la infanta
doña Sancha, en 1140, a favor del obispo de Segovia –confirmada después por
varios reyes–, para dotarle con ciertos lugares no tendrá éxito y finalmente
Olmedo quedará en poder del obispo de Ávila, como había confirmado ese mismo
año Inocencio II. Sin embargo las aldeas de su tierra se reparten entre el
citado obispo y los de Salamanca, Palencia y Segovia, a veces mediante acuerdos
de alternancia anual. Pero el dominio del primero sobre la villa parece
incontestable y así, en 1181 el obispo abulense Sancho y su cabildo donan a la
Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén la iglesia de Santa María de la
Vega, con todos los derechos (ofrenda y oblaciones) y un tercio de sus diezmos.
Es la primera mención documental de este templo.
A lo largo del mismo siglo XII se va perfilando
la comunidad de villa y tierra de Olmedo, en cuyo ámbito llegó a haber 41
pueblos, de los que hoy sólo sobreviven dieciocho.
Mientras tanto el desarrollo de la villa es
rápido. En la loma donde se levanta el castillo se edifica otra iglesia,
dedicada a Santa María, que suele apellidarse "del Castillo" o
"la Mayor". La tradición dice que un pasadizo comunica la
antigua fortaleza con el fuerte de San Silvestre, cuyos restos se localizan al
noroeste de la localidad. Al mismo tiempo se rodeó el conjunto habitado de una
amplia muralla –dotada al menos de siete puertas y dos portillos, como todavía
quedaban en tiempos de Madoz, aunque ya se habían derribado dos en 1891–, cuyos
restos aún se observan. Extramuros se fue configurando algún barrio, como el
que presidía la mencionada iglesia de la Virgen de la Vega, también venerada
bajo la advocación de la Virgen de las Nieves.
La expansión de Olmedo impulsará a sus
habitantes incluso más allá de su villa. A comienzos del XIII participan en la
batalla de las Navas de Tolosa y a lo largo de la misma centuria son constantes
las quejas de los vecinos de Alcazarén y del obispado al que pertenecía, el de
Segovia, respecto a las acciones de los olmedanos, que se habían apoderado del
lugar y negaban a la diócesis segoviana los pagos que se le debían. Por su
parte el obispo de Ávila, a cuya jurisdicción pertenecía la villa, recibía en
1221 de Fernando III las sernas de la misma, lo que afianzaba su poder en ella.
Dentro de su recinto hay que destacar el
mantenimiento de un grupo de población judía que, según el repartimiento de
Huete (1290), tenía un encabezamiento de 21.659 maravedís, lo que les convertía
en un grupo influyente. Por otro lado, del considerable número de habitantes da
idea el hecho de que en 1250 existan quince parroquias: Santa María del
Castillo, Santa Trinidad, San Pedro, San Juan, San Salvador, San Miguel, Santo
Tomé, San Esteban, Santa María de la Vega, Santo Domingo, Santa Cruz, San
Vicente, San Andrés, San Julián y San Martín.
La importancia del lugar va en aumento, como lo
demuestra su integración en la Hermandad que se crea en 1265, junto con las más
relevantes villas de la zona, Medina del Campo, Arévalo, Alba de Tormes, para
defender los intereses comunes. Cuando en 1387 se decide instalar la
Chancillería en la localidad, supuso un nuevo impulso para su desarrollo,
aunque esta estancia fue intermitente hasta el definitivo traslado de la
institución a Valladolid en 1447.
Durante el siglo XV los vecinos apoyaron al
bando real frente a la nobleza levantisca en dos ocasiones: las "batallas
de Olmedo" de 1445 (Juan II) y 1467 (Enrique IV). Aunque estuvo bajo el
señorío directo de doña Constanza de Lancaster, de don Fernando de Antequera y
de su hija doña Blanca de Castilla sucesivamente, se observa que sus señores
eran siempre personas cercanas al rey, por lo que Julio Valdeón la considera en
realidad como una villa de realengo. Incluso poco después fue regalo de Fernando
el Católico a su segunda esposa, doña Germana de Foix.
“Cuanto posteriormente ha ocurrido en esta
villa es de poco bulto” nos dice Madoz. Efectivamente, la decadencia
castellana en los tiempos siguientes también fue implacable con Olmedo y así la
villa que refleja el Catastro del Marqués de la Ensenada (1752) es un pequeño
núcleo predominantemente agrario, ya sólo con siete parroquias. Un siglo
después sólo se contabilizarán seis.
Iglesia de San Miguel
Fue construida la iglesia de San Miguel adosada
al muro externo del recinto amurallado de la villa, en su lado meridional, y
para elevar su torre campanario, situada a los pies, se aprovechó un cubo
fortificado de planta rectangular. En este templo se ubica la capilla de
Nuestra Señora de la Soterraña, patrona de Olmedo, y junto a él se abre el Arco
de San Miguel, obra gótico-mudéjar y uno de los antiguos accesos a la villa.
A mediados del siglo XVIII fue redactado un
curioso catálogo que se conserva en el Archivo Histórico Provincial de
Valladolid (Sección Histórica. Caja 19-4). Su título oficial es: Informe sobre
la villa de Olmedo a solicitud de Don José de Carvajal y Lancaster. Olmedo, 24
de marzo de 1747. En este escrito puede leerse lo siguiente sobre la parroquia
de San Miguel: "fábrica antigua a los muros; tres naves, las dos de los
colaterales son muy estrechas; tiene una suntuosa capilla de Nuestra Señora de
la Subterránea, cuya imagen trazó San Segundo, Obispo de Ávila. Perdida España
la metieron en un pozo donde estuvo más de 300 años; fue aparecido en una
batalla, el pozo en que estaba manaba aceite y hoy se muestran algunas pintas
en su agua; es remedio eficaz contra la langosta; es patrona de Olmedo y su
tierra".
El templo fue construido con ladrillo y
mampuesto. Presenta tres naves y tres tramos en planta, con muros muy altos,
siendo muy estrechas las dos naves laterales. Están separadas por cuatro
gruesos pilares cruciformes, donde descargan los fajones y formeros ojivales y
doblados que apoyan en ménsulas y sirven para reforzar las bóvedas. Se trata,
como señaló Valdés, de soportes similares a los de la más antigua iglesia de
San Lorenzo de Sahagún. Cada tramo muestra un fajón central que apoya en
ménsulas sobre el extradós de cada arco. Un curioso ritmo de arcos de descarga,
hechos con ladrillo, anima la estructura.
En
el exterior, ábside románico mudejar del siglo XIII. En 1782 se erigió la torre
sobre los muros de la muralla.
La nave central se cubre mediante cañón
apuntado y las laterales con cañón corrido. La meridional lleva a levante un
tramo cubierto con tres bóvedas de crucería de terceletes, fechable ya en el
siglo XV. A los pies del mismo lado hay otro tramo cubierto con bóveda de
crucería sencilla.
La cabecera, más estrecha, consta de un
presbiterio con dos tramos rectos, cubiertos con bóveda de medio punto
reforzada con fajones de ladrillo doblados. Los muros se articulan al interior
mediante arcos ciegos doblados. En el segundo de los tramos meridionales corre
sobre dichos arcos ciegos un friso de esquinillas y una imposta de nacela, de
piedra. En el lado septentrional vemos cómo es el primer tramo el que presenta
esta misma decoración. En él se abre una portada adintelada que da acceso a la
sacristía, que es una pieza de planta cuadrangular construida quizá durante el
siglo XVIII. Sobre el arco septentrional del presbiterio, en el muro de
poniente, se ve una tosca pintura, de difícil adscripción cronológica, hecha en
trazos negros, con un guerrero caminando con espada y escudo, acompañado por
una roseta de catorce puntas inscrita en un círculo y una especie de arbolito.
Antes de pintar, el anónimo artista aplicó dibujo inciso.
El ábside es semicircular, rematado en bóveda
de horno. Un retablo barroco, ejecutado entre 1733 y 1735 por el ensamblador
Andrés Hernando, vecino de Olmedo, oculta toda su estructura interna. Sobre
este artificio sobresalen dos arquillos mudéjares con ladrillos dispuestos en
espina de pescado.
Al exterior este ábside repite los modelos
característicos del románico en ladrillo, estilo que parece nacido en la villa
leonesa de Sahagún durante la segunda mitad del siglo XII. El hemiciclo está en
realidad formado a base de pequeños lienzos rectos que le confieren un aspecto
poligonal. Consta de tres alturas, levantadas sobre un zócalo de mampostería
terminado en un friso de esquinillas hecho de ladrillo. Los dos primeros
cuerpos están formados por arcos ciegos y doblados, de medio punto, dispuestos
al tresbolillo; del mismo modo aparecen en los muros externos del tramo recto,
pero en este caso los arquillos ciegos aparecen dispuestos dentro de grandes
casetones rehundidos. Un friso de esquinillas da paso al tercer cuerpo, que se
decora en el ábside con cuadros doblados dispuestos al tresbolillo respecto a
los arcos inferiores, mientras que en el presbiterio son cuadros triples que
siguen la misma vertical que los arcos. Otro friso de esquinillas anuncia la
cornisa en el ábside, pero en el presbiterio no aparece esta solución
decorativa.
En cuanto al alero, en el lado noreste del
hemiciclo se han conservado cinco canecillos de piedra, uno de nacela, otros
dos con hojas que se vuelven en sus extremos, otro con un cuadrúpedo y
finalmente otro de modillones, sosteniendo una cornisa de nacela, igualmente en
piedra y también muy maltratada, sustituida por piezas de ladrillo en alguna
reparación posterior. Todo el alero debió ser originalmente de piedra, pues aún
sobreviven, aunque recortados, gran parte de los canes que se disponían en el
ábside y en el presbiterio.
Hacia 1746 se llevaron a cabo algunas
destrucciones y reformas en la estructura del ábside, como consecuencia de la
construcción de la capilla de la Soterraña. Ya por aquel entonces se habían
abierto ventanas en su estructura para facilitar la iluminación del presbiterio
y del retablo mayor.
A los pies del templo, pegada a la muralla, se
construyó una torre de ladrillo, de planta cuadrada y un solo cuerpo, cuyas
obras están documentadas en 1782. Para ello se aprovechó un cubo de la muralla,
construido en mampostería de sillares irregulares. Se une al muro septentrional
del templo mediante un curioso arco de descarga. Dicho muro aparece reforzado
por tres gruesos contrafuertes de ladrillo. Entre dos de ellos es visible una
portada gótica de ladrillo, hoy cegada. Tiene arco doblado, ligeramente túmido,
y va envuelto en alfiz.
Manuel Valdés incluye este templo en lo que
llama "fase manierista" del mudéjar castellano-leonés, fijando
su cronología a fines del siglo XIII o comienzos del XIV. Para él los efectos
decorativos y la desproporción entre naves y cabecera son características muy
tardías, sin embargo creemos que debe tenerse en consideración la decoración
escultórica de los escasos canecillos conservados, así como la estructura del
primitivo alero, que nos llevan sin duda a momentos más plenamente románicos.
Esta circunstancia, que también se aprecia en San Andrés, en esta misma
localidad, creemos que da pie para considerar una cronología, al menos para la
cabecera, en torno a los años finales del siglo XII o los comienzos del XIII.
Iglesia de La Trinidad
Están situados los restos de la antigua Iglesia
de la Santísima Trinidad en la calle del mismo nombre, muy cerca del edificio
que, según se cree, albergó a la Real Chancillería antes de su definitivo
traslado a Valladolid.Por
la estructura del templo ha sido
aprovechada hace algunos años para construir un cine. Aún es conocida con el
nombre de "el Hospitalillo", quizá porque formó parte de las
posesiones del desaparecido Hospital de la Trinidad, cuyo patrono fue, a
mediados del siglo XVIII, Don José de Aláiz y Zuazo, Jefe de las Reales
Tapicerías del Rey de Nápoles don Carlos de Borbón, futuro Carlos III de
España.
De lo que queda se infiere que fue un templo de
una nave, terminado en tramo recto y ábside semicircular, conservados éstos por
completo y construidos en ladrillo. El interior ha sido transformado para
adaptar el edificio a su actual función.
Exteriormente se mantiene completo el ábside,
el tramo recto y parte de los muros. La decoración elaborada que anima las
estructuras de ladrillo, lleva a Manuel Valdés a clasificar este templo dentro
de la que él llama "fase manierista" del mudéjar
vallisoletano, ya francamente tardía, pues considera para ella una fecha en
torno al año 1300.
Se levanta el ábside románico-mudéjar de
ladrillo sobre un alto zócalo de mampostería con piedra sin escuadrar. Aparece
articulado en altura mediante dos bandas de arcos ciegos de medio punto
doblados, dispuestos verticalmente a tresbolillo. En el lado de la epístola
aparecen totalmente cubiertos por una tupida hiedra verde. Cierra la
composición un friso de esquinillas, sobre el que se dispone el alero, en el
que sobresalen dieciséis canecillos de piedra –visibles solo una docena, a
causa de la hiedra– que sostienen la cornisa igualmente de piedra, con perfil
de nacela, todo ello en la más ortodoxa línea románica. La mayor parte son de
tres nacelas concéntricas, pero el más interesante es el tercero comenzando por
el lado sur, que muestra una cabeza de monstruo, que tal vez sea un león o un
gato.
Dos bandas de tres arcos ciegos de medio punto,
dispuestos verticalmente en línea recta, decoran el exterior del tramo recto,
pero en este caso cada arco queda individualizado por medio de una retícula. En
la actualidad están casi ocultos por la hiedra. Por encima vuelven a surgir los
canecillos lisos de piedra, que son siete, invisibles tras la hiedra.
Restos de una escalera de caracol, ejecutada en
sillería muy bien escuadrada, son visibles junto al costado meridional del
ábside. Se conservan a la vista cinco de sus peldaños. Esta estructura, que
aparece inmersa en un muro de mampostería, quizá se trate del acceso a una
desaparecida torre románica, pues a su izquierda hay restos de un arco de
descarga de medio punto hecho en ladrillo.
En el muro septentrional se abre una portada de
ladrillo, cegada, inscrita en un recuadro, compuesta con arco apuntado de tres
arquivoltas. La más interna de estas fue amputada posteriormente para aumentar
la luz del vano. Apoyan en impostas marcadas, a cada lado, mediante tres
ladrillos cortados en nacela. Las jambas son lisas, también de ladrillo y
encima del alfiz hay un arco ciego túmido que quizá sirvió como hornacina para
albergar alguna escultura devocional. Los muros de este lado están compuestos a
base de bandas de mampostería interrumpidas por dos filas de ladrillos.
A los pies del templo hay trazos de otra
portada cegada, esta vez adintelada, postmedieval. Sobre ella se abrió un gran
balcón en época moderna. Una pequeña ventana de arco doblado de medio punto
parece ser el único resto decorativo medieval identificable en este lado de la
Iglesia. La cornisa se organiza con bandas de ladrillos cortados de modo que
parecen formar dientes de sierra.
A juicio de Valdés, para componer la decoración
externa del ábside y de alguno de los muros descritos, los alarifes debieron
tomar como modelo la cercana iglesia de San Miguel, construida, siempre según
el mismo autor, a fines del siglo XIII o comienzos del XIV, iglesia en la que
permanecería presente además un modelo iniciado en San Pedro de Alcazarén. Sin
embargo creemos que en La Trinidad pueden distinguirse dos momentos, uno, el
que correspondería a la nave, con una portada que nos recuerda mucho a la de La
Lugareja de Arévalo y otra, el ábside, cuyas conexiones con lo románico parecen
evidentes. Así, al margen del zócalo de piedra, que caracteriza algunos templos
como el de San Tirso de Sahagún o el propio de San Miguel de Olmedo, hay que
valorar sobre todo la existencia de unos canes en piedra –que también
existieron en San Miguel–, con elementos decorativos como la cabecita de animal
o las nacelas concéntricas que constituyen unas referencias que nos hacen
inclinarnos, frente a las opiniones de Valdés, por una cronología más antigua y
claramente románica, posiblemente en el entorno de 1200.
Iglesia de San Andrés
La iglesia de San Andrés, que preside la plaza
del mismo nombre es, tras la última restauración, lo que se viene llamando una
“ruina consolidada". Permaneció largos años en abandono,
empleándose su recinto como almacén de maderas.
Clasificada por Manuel Valdés en la por él
denominada “fase clásica vallisoletana", constituye uno de los
hitos del estilo románico mudéjar, ya de fechas muy tardías, pues considera ese
autor que debió ser construida durante los últimos años del siglo XIII,
predominando en su fábrica el ladrillo y el cajeado de mampostería.
Iglesia del
siglo XIII. Ábside románico de ladrillo conformado por tres cuerpos de arcos
ciegos. Campanario lateral.

Consta de ábside semicircular, tramo
presbiterial y nave única. El espacio absidado, construido íntegramente en
ladrillo –a excepción de un corto zócalo de mampostería–, presenta, en su
disposición general, rasgos decorativos que le emparentan con el ruinoso ábside
de la iglesia de San Pedro de la cercana localidad de Alcazarén. El basamento
de piedra se remata en dos bandas horizontales de ladrillos dispuestos en
vertical y sobre él se alzan tres cuerpos de trece arcos ciegos, de medio punto
y doblados, dispuestos en líneas verticales, no al tresbolillo como ocurría en
Alcazarén. Las dos primeras bandas tienen casi la misma altura, mientras que la
tercera posee arcos más peraltados. Por encima corre un friso de esquinillas,
que da paso a una cornisa de canecillos, formados mediante la disposición de
siete ladrillos escalonados en vertical y terminados en arquillos, de modo que
recuerdan a los matacanes propios de la arquitectura militar, además de algunos
templos románicos de sillería, frecuentes especialmente en las tierras
meridionales de Castilla y León.
Iluminan el interior del ábside tres ventanas
de aspillera, abiertas en la línea de arquillos ciegos de medio punto que
decoran el muro. En dichas aberturas estos arquillos son doblados. Por debajo
de ellos se disponen hasta cuatro bandas de ladrillos dispuestos en vertical y
dos frisos de esquinillas. A la derecha vemos un nicho clásico rematado en
frontón triangular. Por encima de dichos arcos ciegos corre una banda en nacela
que anuncia el arranque de la bóveda de cuarto de esfera.
El presbiterio aparece al exterior totalmente
enmascarado por añadidos posteriores, pero interiormente se halla en buen
estado. Una bóveda de cañón apuntado, reforzada con fajones ojivales doblados,
de ladrillo, cubre los dos tramos presbiteriales, animados los muros con arcos
ciegos, igualmente doblados, pero ahora de medio punto, mientras que una
imposta de ladrillos en nacela da paso al citado abovedamiento.
La nave, hoy el elemento peor conservado, es
muy alargada, levantada en pequeño mampuesto cajeado, cubierta seguramente en
tiempos con un sistema de artesonado de madera.
Adosada a mediodía del ábside, se levanta una
torre de planta cuadrada, con dos cuerpos, construida en cajeado de mampostería
y rematada en ladrillo. El sector de piedra es macizo pero en esta parte
superior de ladrillo tiene una ventana de medio punto en cada frente –excepto
en el lado norte que son dos–, muy peraltadas, y otras tres por encima de cada
una de aquéllas. Tal vez este remate de ladrillo date de 1732, cuando se
pagaban 202 reales por lo "que tubo de costa la obra de la torre",
mientras que la base parece contemporánea del resto del templo.
De composición mudéjar es la portada de los
pies. Se trata de un arco apuntado de ladrillo, descansando en jambas de
mampostería y sobre el que corre un friso de esquinillas. Un alfiz de ladrillo
en resalte envuelve el conjunto, roto sin embargo por un ventanal cuadrado de
época postmedieval.A po
niente de la portada septentrional, que es
barroca, se abre una pequeña puerta de arco apuntado, rematada en friso de
esquinillas y encerrada en un recuadro de ladrillo. Da paso a lo que sería
antigua sacristía adosada, de planta cuadrangular e iluminada por ventanas en
aspillera. Al exterior, en su muro norte, esta construcción está decorada con
arcos ciegos de ladrillo de amplia luz.
Iglesia de Santa María de la Vega
La antigua parroquia y hoy capilla de Nuestra
Señora de las Nieves o de la Vega, situada en el cementerio de Olmedo, es un
pequeño templo románico de una sola nave, construido seguramente a mediados del
siglo XII con diversos tipos de materiales y aparejos.
Aunque pudiera pensarse que en algún momento
tuvo ábside semicircular y que la cabecera actual es el tramo presbiterial
superviviente, creemos sin embargo que siempre ha contado con una capilla mayor
de planta cuadrada, la misma que hoy posee, levantada en ladrillo y mampuesto y
cubierta con bóveda de cañón, de sillería, con tejado a dos aguas y cornisa de
ajedrezado. Si llegó a tener canecillos no se han conservado.
El exterior aparece revocado, mientras que al
interior la cabecera muestra los muros de sillería vista, salvo el del testero,
también revocado y con nichos de ladrillo. Los laterales aparecen decorados por
dos arcos de medio punto a cada lado, de acusado relieve, aunque no creemos que
lleguen a ser arcosolios funerarios.
A la nave, hoy prácticamente desaparecida, daba
paso un arco triunfal de medio punto, construido también en buena sillería.
Presenta tres arquivoltas, la interior lisa, decorada la central con 25 piñas
en relieve y toscas incisiones paralelas, en zig-zag, quizás con una pretensión
vegetal. La exterior, por su parte, es un baquetón liso, apoyando las tres en
impostas de nacela decoradas en su parte inferior. La septentrional presenta
una elaborada decoración de entrelazo en relieve, mientras que la del otro lado
fue decorada con taqueado de cinco filas.
La nave era más amplia, de tres tramos, y se
cubría mediante bóvedas de arista separadas por arcos fajones. Se conservan los
arranques en el muro meridional del templo.
En el muro meridional del templo se conserva la
portada principal del templo primitivo, románica, de mediados del siglo XII,
muy parecida a la que aún existe en el mismo lado de la iglesia de Santa María
del Castillo, en esta misma villa.
Es de piedra, compuesta mediante arquivoltas de
medio punto que apoyan sobre columnas con capiteles lisos. Las arquivoltas
presentan sencilla decoración de bocel y toro la primera, taqueado de seis
filas la segunda, y rosetas de cinco a nueve puntas, inscritas en roleos, la
más externa de las conservadas completas, pero aún se mantienen en el lado
derecho los arranques de otras dos arquivoltas perdidas, la primera de las
cuales repetía el motivo de las rosetas y la segunda llevaba taqueado de seis
filas. Se aprecian restos de policromía entre la decoración de estas
arquivoltas, predominando los colores rojo, verde y amarillo. Por su parte, las
impostas del lado izquierdo presentan en su cara inferior una elaborada
decoración de entrelazo en relieve, mientras que las del otro lado fueron
decoradas con taqueado de cinco filas. Las jambas han perdido su decoración, a
excepción de un capitel vegetal en el lado derecho, con dos filas de hojas
planas rematadas en volutas.
Impostas del lado izquierdo de la
portada
Pero sin duda el elemento más interesante de
esta portada es la inscripción que fue grabada en las dovelas del arco de
ingreso, en una sola línea, con una datación que podemos llevar al siglo XII,
en función de que combina caracteres carolinos con otros de evidente arcaismo,
como algunas C y E de raigambre visigótica. El hecho de que esté incompleta en
su final nos puede hacer pensar en que nunca llegó a concluirse el epígrafe,
pero la presencia de dos dovelas centrales lisas, interrumpiendo de forma evidente
el desarrollo del texto, nos da pie para pensar en que ha sido remontada,
lógicamente junto con el resto de las arquivoltas, como se pone de manifiesto
en el mal ensamblaje de algunas de las rosetas de la rosca más exterior. El
texto conservado, sin duda alusivo a una consagración:
HEC:ECCLESIA:IN ONORE:S(an)C(t)E
[dovelas en blanco] MARIE VIRG(inis):AB EP(iscop)O.
Inscripción de las dovelas
En la parte interior del muro que da a esta
portada se aprecia un gran arco de descarga, así como algunos restos de
antiquísimas vigas de madera, mientras que en el costado septentrional del
templo fue añadido un pórtico renacentista, fechable en el siglo XVI y
seguramente renovado en la centuria siguiente. En la parte cercana al
presbiterio se abre una portada de medio punto de dos roscas que da paso a otra
dependencia donde encontramos la entrada a una estrecha escalerilla. Tiene ésta
un tiro recto y diecisiete peldaños. Sirve para ascender al tejado y a la
espadaña que asienta en el muro norte del templo.Fue in
augurado el cementerio en 1863, pasando
el pequeño edificio románico a ser su capilla. También fue sede de la Cofradía
de los Pastores, hasta que ésta fue disuelta. La ruina, palpable en el estado
en que nos ha llegado, fue consolidada en una obra llevada a cabo en 1994,
momento en que se han dejado visibles varios de los elementos románicos, que
antes habían pasado desapercibidos para muchos estudiosos.
Iglesia de Santa María del Castillo
Una vieja leyenda asegura que, en el
emplazamiento que hoy ocupa la iglesia, había un castillo, del cual partía un
túnel que llegaba hasta la fortaleza de San Silvestre, también desaparecida. Lo
cierto es que la iglesia de Santa María del Castillo, también conocida como Santa
María la Mayor, está unida a los restos de uno de los dos cinturones
amurallados que tuvo la villa de Olmedo y que fueron construidos durante los
siglos XII y XIII. Además, la torre del templo se levanta sobre la base de uno
de los antiguos lienzos de mortero de la muralla.
El edificio actual muestra una gran cabecera
rectangular –con algunos añadidos a mediodía– y larga nave, a cuyo flanco norte
se han adosado varias capillas, envuelto todo por el sur y oeste por un airoso
pórtico. Sin embargo del primitivo templo románico sólo resta la portada
meridional, hoy cegada y en pésimo estado de conservación. Es de piedra,
enmarcada en un alfiz de piedra, dispuesta a ras de muro, y formada por arco de
ingreso liso y cinco arquivoltas de medio punto, la primera con bocel entre
filetes angulosos, la segunda y quinta con ajedrezado, la tercera con pequeños
roleos y la cuarta con lo que parecen una serie de toscas hojas planas. Debió
tener cuatro columnas acodilladas pero se conserva tan sólo una, a la derecha,
cuyo capitel se decora con motivo vegetales a base de pequeñas hojas. A juzgar
por la estructura constructiva y por la decoración, muy similares a la de Santa
María de la Vega, dicha portada debió levantarse a mediados del siglo XII.
A los pies de la iglesia hay una portada, con
arco de ingreso y dos arquivoltas más chambrana, con sencillas molduras y
apoyos sobre pilastras, con impostas achaflanadas. Es ya un modelo protogótico
que podemos fechar dentro del siglo XIII.
Durante los últimos años del siglo XV comenzó a
levantarse un nuevo templo en estilo gótico tardío que vino a sustituir al
anterior. La galería porticada fue construida en 1607 por Francisco Rodríguez,
maestro cantero y vecino de Cardeñosa. Por lo que respecta a la torre, obra ya
también muy tardía, se aprecia cómo para levantarla se aprovechó un lienzo de
la muralla del siglo XIII, que continúa hacia el norte, más allá de la iglesia.
Se trata de un muro de mortero terminado en un corto friso de esquinillas de
ladrillo, de tipo mudéjar.
Románico y Mudéjar en Tierra de PinaresLos restos del mudéjar en Valladolid se
encuentran dispersos a lo largo y ancho de la provincia pero especialmente en
la zona sur, en la Tierra de Pinares cuya capital comarcal es la
villa de Olmedo a cuyo rico patrimonio mudéjar hemos dedicado una página
específica:
Muriel de Zapardiel
Muriel se encuentra en el extremo sur de la
provincia, rayando casi con la de Segovia, 22 km al suroeste de Olmedo y a
otros tantos de Medina del Campo. Se ubica en una amplia llanura de tierras
húmedas regadas por el río Zapardiel. Por las características geográficas
propias de la zona se construye en ladrillo ya que la piedra es escasa y de
poca calidad. Esto se puede observar no sólo en la iglesia, sino también en las
casas de ladrillo y adobe que se levantan en la población.
El lugar, hasta la división provincial del
siglo XIX, estuvo adscrito a la comunidad de villa y tierra de Arévalo, área
repoblada por Alfonso VI, según se recoge en la Crónica del obispo Pelayo y
posiblemente a cargo de Pedro Ansúrez, como sostiene E. González Díez. En 1090
el territorio de Arévalo y sus aldeas sería entregada por Raimundo de Borgoña
al obispo de Palencia.
La tradición asegura que Muriel perteneció a la
orden del Temple, aunque, como en muchos otros lugares, no hay testimonio
documental que lo avale.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
El templo, “uno de los mejores del país”,
a decir de Madoz –apostillando además que “contiene algunas preciosidades
artísticas”–, preside la plaza y en su entorno, hace algunos años, se
practicaron excavaciones arqueológicas que pusieron a descubierto la habitual
necrópolis medieval. Ortega Rubio lo citaba a fines del siglo XIX como Santa
María del Castillo, aunque cincuenta años antes el propio Madoz ya lo denomina
con lo advocación actual.
Se trata de un edificio de planta basilical
distribuido en tres naves separadas por dos columnas. La central presenta mayor
anchura que las laterales, sendos ábsides escalonados y una sacristía en su
flanco septentrional a la altura del presbiterio. Íntegramente de ladrillo, su
nave central se cubre con armadura mudéjar de par y nudillo sujeto por parejas
de tirantes, mientras las laterales lo hacen a una sola vertiente.
Conserva todavía restos de policromía y hacia
la zona central de la nave se puede leer la fecha de 1258, dato de gran
utilidad para la datación del edificio. Intervenida entre los siglos XVI y
XVIII, a época medieval tan sólo pertenecen el ábside central y el del
evangelio, asentados sobre un basamento de pobre mampostería. La articulación
se solventa en tres niveles; los dos inferiores de arcos ciegos y doblados; el
superior mediante rectángulos también ciegos y doblados.
El ábside meridional, como el conjunto de la
cornisa –de pequeños arcos– pertenece a una de las reformas que experimentó el
templo ya en época moderna. Carente de decoración externa, es de mampostería
con hiladas de ladrillo y presenta una pequeña ventana central en forma de
saetera. En la intersección de este ábside con el central se aprecia el
arranque de los arcos ciegos de su primitiva fábrica.
En el interior los tres ábsides se abovedan con
cuarto de esfera. Hasta la restauración que experimentó el templo en 1996, el
central estaba oculto por un retablo barroco. El del lado del evangelio tiene
un vano en el centro ligeramente abocinado y enmarcado por un arco de medio
punto formado por tres roscas. A los lados de este se disponen dos arcos de
medio punto. Es de suponer que el primitivo de la epístola siguiera este mismo
esquema.
En cuanto a la datación, a partir de la
inscripción del artesonado, según la cual la iglesia había sido construida en
1258, y del esquema decorativo de la cabecera, Manuel Valdés ha propuesto como
cronología relativa los últimos años del segundo tercio del siglo XIII. Los
ábsides más antiguos presentarían algunas semejanzas con San Pedro de
Alcazarén, obra muy permeable a las experimentaciones del mudéjar abulense,
como el ábside de Santa María del Castillo, en Madrigal de las Altas Torres.
Triple ábside románico de ladrillo
Armadura
mudéjar de par y nudillo
Armadura mudéjar de par y nudillo,
sujeta por pares de tirantes.
Alcazarén
Alcazarén, topónimo de origen árabe alusivo a
alguna fortificación hoy desaparecida, es el nombre de una pequeña localidad
situada a 36 km al sur de la capital vallisoletana, en plena comarca de Tierra
de Pinares.
Aunque en su término se han localizado algunos
restos tardorromanos y visigodos, el origen de la población arranca de época
medieval. El nombre del lugar significa, para Oliver, "dos castillos"
o "dos palacios", y nos indica que quien lo denominó así por
primera vez debió de ser un arabófono. Hernández afirma que esta palabra en el
norte de África significa "mansión o albergue en el camino" y
que teniendo en cuenta la inseguridad creada por el bandolerismo endémico,
estos lugares estarían bien defendidos y fortificados, lo que coincide con la
idea de un alcázar o de un pequeño castillo. El emplazamiento del mismo en
Alcazarén se debería a la bifurcación del camino, hacia Tordesillas o hacia
Simancas, en este punto durante el emirato (siglos VIII-IX). Para corroborar
tal idea basta comprobar que otras dos localidades llamadas Alcazarén, en la
provincia de Salamanca, también corresponden a bifurcaciones de un camino.
La población debía de estar en manos cristianas
cuando en el año 939, las tropas de Abderramán III pasaron a “al-Qasrayn
(Alcazarén) donde talaron sus panes, trastocaron sus mojones y borraron sus
vestigios” según el cronista al-Rasi. Tras la batalla de Simancas el conde
de Monzón, Asur Fernández, repobló, además de otros lugares, el que nos ocupa.
Después de diversos vaivenes en función de las
luchas, en el siglo XI se emprende la repoblación del área segoviana, según
Julio González, aprovechando como bases Peñafiel, Portillo y Alcazaré.
Precisamente el control de los arciprestazgos
de Peñafiel y Portillo fue lo que enfrentó a los obispos de Palencia y Segovia.
Cuando en 1140 la infanta doña Sancha otorgó al segundo Alcazarén, pensaba
haber resuelto el conflicto pagándole así por su conformidad. Pero las
reclamaciones de ambas partes continuaron a lo largo del siglo, mediando
mientras tanto confirmaciones de aquella donación por parte de Sancho III
(1158) y de Alfonso VIII (1170). En 1181 el obispo segoviano pareció abandonar
la idea de repoblar esta zona, y trocó con el rey Mojados y Fuentepelayo por
Alcazarén, pasando a formar parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Olmedo,
aunque todavía permaneciendo dentro de aquella diócesis y así, durante el
mandato del obispo D. Gonzalo (1196-1210), los clérigos de la localidad
mostrarán su rechazo a las reformas rigoristas que se tratan de imponer desde
la sede episcopal, debiendo intervenir finalmente el papa.
A partir de 1205 y durante varios años la
población entrará en conflicto con vecinos de Olmedo a los que, según la bula
de Gregorio IX de 1233, se acusaba de haberse apoderado de la villa,
perteneciente a la iglesia de Segovia. La base de estos problemas vuelve a ser
el reparto del territorio entre diócesis, en este caso de Segovia y Ávila.
Finalmente en 1247 el legado pontificio señaló al obispo y dignidades de
Segovia lo que correspondía a cada cual, citando los templos de San Pedro y
Santiago.
A partir de estas fechas no afrontó la villa
nuevas luchas. Al contrario, según recoge Madoz, en 1482 los Reyes Católicos la
eximen de diversas cargas y de la obligación de aportar lanceros y ballesteros.
La población, desde la plena Edad Media en poder real, no se conformó con la
venta de la misma por Felipe IV a don Jerónimo Mendiola (año 1654): los vecinos
la recuperaron para sí por un precio tan elevado que provocó la hipoteca total
de los propios en 1704. Este empobrecimiento unido a las malas cosechas la
despoblación en años sucesivos, todo lo cual revertirá a la larga en una menor
actividad y en la incapacidad para mantener los antiguos templos.
Iglesia de San Pedro
Manuel Valdés clasificó este oficio entre las
iglesias mudéjares de la fase clásica vallisoletana, habiendo servido como
modelo a otras iglesias similares de la región. Sólo se ha conservado la
cabecera del templo, de estilo románico-mudéjar, los muros barrocos y la torre,
posiblemente construida durante el siglo XVI. El edificio sufrió diversas
reformas en el curso de los siglos XVII y XVIII.
Hasta hace bien poco se conservaba en un estado
lamentable, aunque ha sido objeto de una reciente limpieza, consolidación y
acondicionamiento para actividades públicas.
Constaba de una sola nave, dividida por arcos
fajones que sostendrían techumbre abovedada, que es hoy la parte peor
conservada.
Destaca por su belleza la cabecera
románico-mudéjar de ladrillo, fechable en la segunda mitad del siglo XIII. El
tramo que precede al ábside, levantado sobre bandas de ladrillos en vertical,
está compuesto mediante tres pisos de arquerías.
Cada uno tiene cuatro arcos ciegos doblados y
ligeramente apuntados, separados mediante retícula dispuesta en resalte. El
arquillo ciego más externo del piso superior tiene menor altura. Una base de
mampostería y cuatro bandas de ladrillos, que alternan su disposición en
vertical –una fila– y en horizontal –dos filas–, sirven de sustento al ábside.
El tramo que precede al ábside, levantado sobre
bandas de ladrillos en vertical, está compuesto mediante tres pisos de
arquerías. Cada uno tiene cuatro arcos ciegos doblados y ligeramente apuntados,
separados mediante retícula dispuesta en resalte. El arquillo ciego más externo
del piso superior tiene menor altura. Una base de mampostería y cuatro bandas
de ladrillos, que alternan su disposición en vertical -una fila- y en
horizontal -dos filas-, sirven de sustento al ábside. Tres pisos de arquerías
ciegas dobladas y ligeramente apuntadas, dispuestas al tresbolillo, decoran el
exterior del citado semicírculo absidal.
Interiormente la cabecera se hallaba casi
completamente revocada hasta la reciente restauración. Se ilumina por medio de
tres ventanas de aspillera abocinadas, con arcos de medio punto doblados, con
los espacios entre cada una de ellas recorridos por tres bandas de ladrillos en
esquinilla, a la que se suma otra, del mismo tipo, corrida, que precede a la
imposta de nacela sobre la que se asentaba la casi desaparecida bóveda de
horno, hecha de mampostería.
En los laterales de la capilla mayor son
visibles los arranques del arco fajón que separaba el ábside del presbiterio,
descargando sobre ménsulas piramidales. Arcos ciegos de medio punto doblados y
peraltados animan ese tramo presbiterial.
Las pinturas góticas al fresco que decoraban el
interior del ábside se han perdido irremisiblemente. Estaban situadas entre las
tres ventanas de aspillera y representaban un apostolado. Se conservan algunas
fotografías, que demuestran la similitud de las pinturas perdidas con las
recientemente descubiertas en el ábside de la vecina iglesia de Santiago.
Francisco Antón opinaba en 1924 que las
pinturas de San Pedro de Alcazarén habrían sido ejecutadas en el siglo XIII y
las relacionaba con las del ábside de la iglesia de San Pedro de Toro. En 1933
Charles R. Post databa estas últimas a comienzos del siglo XIV, siendo más
antiguas las de San Pedro de Alcazarén.
Iglesia de Santiago
La iglesia parroquial de Santiago el Mayor se
encuentra situada en pleno corazón del pueblo. Del primitivo edificio de estilo
románico-mudéjar sólo se conserva el ábside de ladrillo, levantado sobre zócalo
de mampostería. Consta de tres cuerpos recorridos por arquerías ciegas
dobladas, siendo de menor altura el cuerpo central y más alto el superior. Por
su factura y su relación con la vecina iglesia de San Pedro, suele fecharse
esta construcción en la segunda mitad del siglo XIII.
Iglesia de Santiago, fachada lateral.
Iglesia de Santiago, fachada lateral y
torre.
Iglesia de Santiago, portada oeste.
Iglesia de Santiago, torre.
Ocultaba el interior del ábside un gran retablo
mayor barroco, presidido por la imagen de Santiago Matamoros. Tras la última
restauración del templo, ejecutada desde 1986, dicho retablo ha sido separado
del fondo del presbiterio mediante un curioso montaje de madera. Gracias a ello
podemos apreciar la estructura interna del ábside románico-mudéjar y los
hermosos frescos protogóticos del siglo XIII que decoran sus arquerías. Ambas
cosas permanecieron ocultas durante siglos bajo una capa de cal.
Cada una de las once arquerías está ocupada por
un santo, a excepción de la central, reservada a Cristo Resucitado. Existió a
la derecha una puerta que arruinó parte de las dos arquerías de ese lado. Hoy
aparecen reconstruidas, pero su pintura, como es lógico, se ha perdido.
Nueve arquillos ciegos levemente apuntados
componen el segundo cuerpo interno de este ábside. Tres de ellos son más anchos
y altos, pues corresponden a las ventanas de aspillera que fueron cegadas por
los alarifes para recibir pinturas al fresco. Por encima corre un friso de
esquinillas, interrumpido en el centro por otra pequeña pintura protogótica que
representa a Santiago Matamoros. Una banda en nacela y dos filas de ladrillos
sirven de base a la bóveda de horno que cubre este espacio.
A ambos lados de la capilla mayor se desarrolla
el tramo que precede al ábside. Está compuesto en cada frente mediante dos
arcos doblados y apuntados, de altura generosa y amplia luz, construidos en
ladrillo. Por encima de cada uno de ellos corre el mismo friso de esquinilla y
la banda en nacela, de donde arrancan las cubiertas de cañón corrido. Una
puerta ojival de ladrillo se abre en el arquillo más exterior del tramo
anterior del lado de la epístola. Sirve de acceso a la escalera de caracol que
sube a la techumbre y continúa hacia el remate de la torre.
El resto del templo corresponde a reformas
efectuadas durante los siglos XVII y X
VIII, incluidas las tres naves, de cuatro
tramos, separadas por pilares que sostienen arcos de medio punto y la torre de
planta cuadrada que se levanta junto a la cabecera, en el lado de la epístola.Tras la restauración llevada a cabo en las
pinturas murales se aprecia en primer lugar un zócalo decorado con pintura
roja, sobre la cual destacan tres filas de figuras blancas similares a los
castillos heráldicos de Castilla, rematados, como es sabido, con tres torres.
Pero sus bases son curvas.
En el primer cuerpo de once arquillos ciegos
son identificables San Pablo y San Pedro, flanqueando la figura de Cristo
Resucitado que ocupa la parte alta del arquillo central, cuyas enjutas están
ocupadas por una Anunciación. Cristo aparece sentado y mostrando las llagas,
sobre un fondo rojo cuajado de estrellas blancas. También es visible en el lado
izquierdo la figura de San Bartolomé, que porta una espada curva. Diez son los
apóstoles de este primer cuerpo, ocupando cada uno un arquillo ciego. Todos llevan
un libro en la mano y cada figura aparece dibujada sobre un fondo rojo con
retícula de rombos, o sobre un fondo azulado, alternativamente. El resto del
muro va decorado con una retícula verde de rombos que encierran cruces
coloradas en su centro. El fondo es azul.
Preside el segundo cuerpo una Crucifixión casi
perdida, pero aún identificable gracias a los restos de la parte superior,
siempre sin rebasar el arquillo ciego central que sirve de marco a la
composición. Va flanqueado por dos arquillos de menor luz, donde fueron
pintadas las imágenes de la Virgen, a la izquierda, y de María Salomé, en el de
la derecha. Los otros dos arquillos grandes van ocupados por María Magdalena,
el de la derecha, y por San Juan, en el del otro lado. Santiago el Mayor, con
libro, bordón y sombrero de peregrino, y Santa Catalina, ocupan los dos
arquillos respectivos del lado de la epístola. Enfrente fue practicada una
abertura que arruinó las pinturas de sus arquillos respectivos. Remata el
conjunto pictórico una imagen tosca e ingenua de Santiago el Mayor, pintado con
espada y guión en su caballo blanco, sobre un fondo rojo dentro de un recuadro
cuadrado. Flores blancas y rojas de cinco pétalos dispuestas al tresbolillo
decoran el resto del espacio, entre los arquillos ciegos y dentro de ellos. La
rosca y las jambas de los arquillos ciegos siempre son rojas.
Fue empleada una técnica de dibujo lineal con
trazo negro. A continuación el anónimo artista rellenó las figuras con colores,
predominando blancos, rojos y azules. Los personajes están animados con
movimiento de manos y cabezas ladeadas y sobre los ropajes colorados o grises
fue aplicada una depurada técnica de sombreado de color blanco que sirvió para
resaltar los pliegues curvos, previamente marcados con líneas negras. Al
parecer, estas pinturas eran muy similares a las desaparecidas del ábside de la
iglesia de San Pedro en la misma población.
Media naranja con yeserías barrocas de
gran peculiaridad en Castilla y León. Retablo rococó con la imagen titular.

Mojados
La localidad de Mojados se encuentra unos 22 km
al sur de la capital vallisoletana, en una zona llana junto al río Cega, sobre
el que existe un gran puente de piedra que en otros tiempos facilitaba las
comunicaciones a través del importante camino que enlazaba Olmedo con Portillo
y Valladolid.
Es muy posible que las primeras referencias a
esta población sean musulmanas: antes de la batalla de Simancas, en 939, dice
la crónica de al-Razi que las tropas islámicas pasaron por Íscar, Alcazarén y
una "etapa (alberguería) que está sobre el río Yiqah (Cega)",
y que Ruiz Asencio identifica con Mojados. Cuando entre 1072 y 1085, pasado ya
el peligro, empieza a desarrollarse la cercana villa de Olmedo, es de suponer
que se produjo un relativo auge de su entorno. En 1175 el obispo de Palencia
recibe Mojados de Alfonso VIII, y manda poblar el lugar, otorgándole un fuero
con acuerdo de los capitulares de la catedral palentina. Sin embargo pronto
volvió a propiedad del rey, que entregará el lugar y su término en trueque a
Tello Pérez en enero de 1181. Antes de fin de año, sin que sepamos la razón, ya
era de nuevo real, pues el rey vuelve a trocarla, junto con Fuentepelayo, por
Alcazarén al obispo de Segovia. Pero en 1189 el monarca la recupero a cambio de
Cigales, que da al obispo de Palencia: no en vano era ésta una zona en litigio
entre las diócesis palentina y segoviana.
Finalmente queda la localidad en poder de la
mitra segoviana, frente a la cual promueven los vecinos un largo pleito que
sentencia Enrique I concretando la cuantía de ciertos impuestos. Entre 1249 y
1259 el señor del lugar (D. Raimundo, obispo segoviano) modifica el fuero,
adaptando las exacciones a una cuantía fija, al quejarse los pecheros de la
arbitrariedad de los recaudadores. Los pleitos por este motivo siguen sin
resolverse hasta que en 1294 recibe y acepta el lugar el Fuero Real. En 1325,
junto con otras aldeas, pasa a pertenecer a la villa de Portillo, perdiendo
parte de su autonomía.
Iglesia de Santa María
La iglesia parroquial de Santa María de Mojados
se encuentra situada en el extremo oriental de la población, muy cerca de la
orilla izquierda del río Cega. Desde el buen puente de piedra de seis ojos que
lo atraviesa, puede verse su ábside, asomado en lo alto de un terraplén.
Fue clasificada por Manuel Valdés dentro de la
fase manierista o tardía del foco mudéjar vallisoletano. Mantiene las
características propias de la región, pero es heredera directa del estilo
románico de ladrillo, o mudéjar, creado en la villa leonesa de Sahagún a
mediados del siglo XII. Fue construida probablemente a comienzos del siglo XIV,
pero sufrió algunas reformas en los años centrales del siglo XVI. En el
intradós del arco formero del lado del evangelio, acompañada por una rueda de
seis radios, puede leerse todavía la inscripción "Acabose año 1557",
correspondiente a la fecha de finalización de las obras.
Tiene tres naves en planta, separadas por dos
gruesos pilares cilíndricos sobre los que apoyan grandes arcos doblados de
medio punto. Se cubre mediante bóveda de cañón apuntado, revocada con yeso. Un
arco de medio punto ligeramente apuntado, situado entre dos gruesos pilares
adosados al muro, enmarca el acceso a la capilla mayor, la cual está cubierta
en su tramo anterior con bóveda de cañón apuntado, mientras que el único
ábside, de planta semicircular, se cierra con bóveda de horno. Como ocurre en
otros ejemplos de este estilo, los muros del interior están enlucidos, razón
por la cual nos es imposible adivinar su disposición estructural y decorativa.
Cubre el ábside un buen retablo manierista dedicado a la Virgen María, obra
ejecutada entre 1596 y 1607.
Dos contrafuertes de piedra flanquean la
portada de la fachada occidental, de piedra, con arco apuntado y dos
arquivoltas achaflanadas sobre imposta de tres baquetones en nacela. Hay una
columnilla en cada jamba, con capitel vegetal.
Las enjutas son de ladrillo. Un alfiz de piedra
encierra la composición, aportando un vistoso juego cromático al resultado
final. Los capiteles de piedra constituyen el resto escultórico medieval más
notable del edificio. Su simplicidad, no exenta de arcaísmo, los hace similares
a ejemplos protogóticos. La columna de la jamba izquierda tiene basa ática
sobre plinto, el capitel muestra cuatro hojas de acanto de talla muy imperfecta
terminadas a modo de caulículo, mientras que otras dos hojas rectas permanecen
semiocultas entre las anteriores. La columna derecha ha perdido su basa y el
capitel es de nuevo vegetal, de composición similar al anterior. En conjunto es
un elemento que podría fecharse antes de la mitad del siglo XIV.
Capiteles de la portada occidental
A la derecha de la portada, pasando el
contrafuerte de piedra, hay dos arquillos ciegos ligeramente apuntados,
inscritos en un rectángulo. Por encima de ellos corre un friso de esquinillas y
más arriba, en el remate de lo que era el hastial original, una ventana de
ladrillo también con friso de esquinilla. Recuerda la disposición de esta
ventana a otra que se halla en la iglesia de Llano de Olmedo, en un retal del
templo anterior, y que Herrero Marcos quiso identificar como obra románica,
aunque, a pesar del formato en arco de medio punto, hemos de entenderla como
obra más tardía.
Sobre la portada se abre una ventana de amplia
luz, coronada con arco apuntado de ladrillo. Todo el muro es de mampostería, a
excepción del remate, que es de ladrillo. Bajo la cornisa en piñón se abren
seis ventanas de medio punto.Los muros de la nave están construidos sobre un
zócalo de siete hiladas de piedra bien escuadrada. El muro meridional, por
encima de esta línea, aparece ejecutado mediante cajas de mampostería muy
alargadas en horizontal y separadas verticalmente por dos hiladas horizontales
de ladrillo. Desde la cuarta de estas hiladas dobles se abren dos ventanas de
medio punto con rosca de ladrillo. Entre ellas y en la mitad inferior del muro,
puede verse la impronta de una portada de medio punto que fue cegada con mampostería
en alguna época incierta. Aún así, es visible la rosca, enjutas y alfiz, hechos
de ladrillo. Un largo friso de esquinillas y otro ejecutado con ladrillos
dispuestos en alternancia de un par en vertical y tres en horizontal, marcan el
arranque de las diez ventanas de medio punto dispuestas en horizontal a modo de
galería abierta. Sirven para airear el espacio existente entre la bóveda del
templo y su tejado.
Bien diferente es la disposición externa del
muro septentrional de la nave. Sobre el zócalo de piedra continúa un muro de
mampostería y piedra escuadrada, sin friso de esquinillas. Más arriba, bajo la
cornisa, se desarrolla el cuerpo de ladrillo con ventanas de medio punto
abiertas a modo de galería.
La torre se levanta en el ángulo formado por el
muro meridional del tramo recto que precede al ábside y el testero de la nave
del evangelio. Es de planta cuadrada. Muestra en alzado dos cuerpos,
construidos mediante cajas de mampostería alargadas en horizontal y separadas
verticalmente por dos hiladas horizontales de ladrillo. Los ángulos son sólo de
ladrillo. Una línea de imposta lisa separa el segundo cuerpo, que sirve de
campanario y tiene dos ventanas de medio punto en cada uno de sus frentes.
Tiene remate a cuatro aguas terminado en un liviano chapitel empizarrado. En
cada esquina se dispone una bola de piedra de factura herreriana. En cada
frente de la torre son visibles dos ventanitas de medio punto enmarcadas en
rectángulos de ladrillo, que corresponden con los tramos rectos de la escalera
que asciende hasta el campanario.
Se ha perdido la decoración exterior del tramo
recto presbiterial, oculta por la torre en el lado sur y por la sacristía en el
lado norte. Se organiza el ábside mediante dos cuerpos de arquerías ciegas y un
tercero de recuadros también ciegos, colocados todos al tresbolillo. Bandas
horizontales y verticales, dispuestas en retícula, individualizan cada arquillo
ciego o cada recuadro como si estuviera enmarcado. Los arquillos
correspondientes al primero y al segundo cuerpo son de medio punto y doblados.
El tercer cuerpo, en cambio, esta formado por recuadros doblados y ciegos.
Todos los cuerpos han estado encalados desde antiguo.
La sacristía tapona parcialmente el costado
norte del ábside y es aquí, a la altura del tercer cuerpo, donde puede
observarse algún resto de friso de esquinilla en la parte alta del recuadro del
extremo. Por encima de los tres cuerpos corre una línea de ocho ventanas de
medio punto.
La disposición externa del ábside puede tener
sus antecedentes en el de la iglesia de San Pedro de Alcazarén, que fue
construida en la segunda mitad del siglo XIII; pero sobre todo, en el ábside de
la iglesia de San Miguel de Olmedo, levantada, según Valdés, hacia el año 1300.
Iglesia de San Juan
La iglesia de San Juan, hoy en el centro del
núcleo urbano de Mojados, se encontraba sin embargo en el momento de su
construcción el sector más occidental de la villa, en una plaza que no es sino
un ensanche provocado por el cruce de varias calles.
Todo el edificio se erigió mediante combinación
de ladrillo y mampostería caliza, constando de gran cabecera semicircular, con
tramo presbiterial y una nave, con la torre en la fachada sur. Hasta hace bien
poco otras dependencias se adosaban por el lado norte, enmascarando
prácticamente la totalidad de la cabecera y de la nave.
La cabecera sigue claramente los esquemas
constructivos románicos, donde los esquinales y los elementos decorativos se
han procurado mediante el empleo del ladrillo, dejando la mampostería para los
paramentos lisos.
El hemiciclo absidal, de evidente
monumentalidad, arranca de un zócalo se sillería, muchas de cuyas piezas
parecen haber sido sustituidas en tiempos postmedievales. Sobre este basamento
pétreo se eleva un primer y alto cuerpo recorrido por nueve estilizados arcos
ciegos de medio punto, separados por pilastrillas de la misma anchura que la
luz de las arquerías. En los de los extremos y en el central se abren sencillas
saeteras de medio punto, recercadas de ladrillo.
Un segundo cuerpo o franja decorativa está
compuesto por el mismo número de arcos, dispuestos en vertical sobre los
inferiores, también de medio punto, pero esta vez doblados y dotados de menor
altura, sin que ninguno esté perforado con saeteras. Sobre ellos se levanta una
franja de ladrillo, lisa, que precede a otra de mampuesto, igualmente lisa,
para dar paso por último a una galería de ladrillo, con nueve ventanales, pieza
ésta que obedece a una reforma postmedieval del templo, posiblemente del siglo
XVI, y que también aparece en la iglesia de Santa María de esta misma localidad
o en edificios religiosos más relevantes, como en San Benito de Valladolid.
El presbiterio muestra un cuerpo inferior
similar al del ábside, con el zócalo de sillería y tres altos arcos ciegos de
ladrillo, aunque en el lado norte ha desaparecido el más occidental. Sin
embargo el segundo cuerpo ya carece de este tipo de ornamentación y sólo
muestra un paño de mampuesto con esquinales de ladrillo, en cuya parte inferior
se abre una ventanita de ladrillo formada por simple saetera en el norte y por
arco de medio punto doblado en el sur. También las características
constructivas de estos paños cambian de sur a norte en el modo de combinar
ambos materiales. Finalmente se remata con la misma galería del ábside, para
cuyo acceso se construyó un cuerpo de escalera adosado al norte.
La nave, más ancha que la cabecera, es en la
actualidad más baja y se halla ligeramente desplazada hacia el norte. Parte del
consabido zócalo de sillería y los muros se levantan a base de grandes paños de
mampostería separados por verdugadas de dos ladrillos. En el muro sur se abre
una portada de ladrillo conformada por un rectángulo rehundido en cuyo interior
se halla un arco túmido de tres arquivoltas, descansando la interior en imposta
de nacela de ladrillo aplantillado y todo sobre pilastras de sillería; sobre
las arquivoltas, dentro del rectángulo, se dispone un friso en esquinilla. A
media altura del muro aparece una saetera de ladrillo, de arco doblado,
idéntica a la que aparece en el presbiterio.
En el muro norte posiblemente la altura
original de la nave esté marcada por un friso de ladrillos en esquinilla que no
aparecía en el otro lado. Bajo él se disponen dos saeteras con arco doblado de
ladrillo, de morfología idéntica a las anteriormente descritas y, en la parte
inferior, llegan a apreciarse restos de una portada que suponemos igual a la
que se abre en el muro de mediodía.
Interiormente todo estuvo revocado hasta la
última restauración, en que la estética de “sacar la piedra” ha sido más
ilógica que nunca. El hemiciclo absidal, cubierto en buena parte por un retablo
de 1622, nace de un basamento de ladrillo, con un friso que combina tacos y
esquinillas. Sobre él se dispone un paño de mampuesto que da paso a otro friso
semejante al anterior, sobre el que se asientan el cuerpo de ventanas –aunque
sólo se llegan a ver las dos de los extremos–, abocinadas, en arco de medio
punto doblado. Remata el muro un friso en esquinilla, sobre el que se eleva la
bóveda de horno, construida en mampostería en su parte inferior y en ladrillo
en la superior.
Un arco fajón de ladrillo, de triple
arquivolta, asentado en pilastras igualmente triples, da paso a un presbiterio
cuyos muros de mampuesto se rematan en un friso en esquinilla sobre el que se
disponen las saeteras, una a cada lado, de morfología similar a las del ábside.
Se cubre con bóveda de crucería con gruesos nervios de sección cuadrangular,
realizado todo en ladrillo.
El triunfal es apuntado, también de ladrillo,
simple hacia el lado que mira a la cabecera y con triple arquivolta en el lado
de la nave, apoyando en pilastras con impostas de nacela. Desde la nave la
imagen es casi la de una gran portada, con un rectángulo rematado en
esquinillas que enmarca el conjunto y flanqueado por paños de mampostería. En
el encuentro con la bóveda de la nave se dispone una ventanita de medio punto
también dentro de rectángulo.
En la nave se diferencia bien una fase más
antigua –aproximadamente los tres cuartos anteriores– de otra más moderna,
aquélla con los paramentos desnudos y ésta revocados, correspondiendo los
últimos a una fábrica postmedieval en cuyo hastial se abre una portada de corte
neoclásico. Por lo que respecta a la fase medieval los muros se articulan
mediante cuatro capillas nicho a cada lado –abriéndose la portada en una de las
meridionales–, compuestas por potentes y altas arquerías apuntadas, dobladas,
sobre pilastras, todo ello en ladrillo, mientras que el fondo de cada una de
tales capillas, el muro propiamente dicho, es de mampuesto con verdugadas de
dos ladrillos. La bóveda, que se retranquea ligeramente, parte de la habitual
imposta nacelada, es de cañón apuntado y en su construcción se combinó
sucesivamente piedra y ladrillo.
Las reformas que sufrió la altura del edificio
hacen que, al menos en lo que se refiere a la cabecera, sea difícil saber su
altura original, que en todo caso debió abarcar los dos cuerpos del hemiciclo
con decoración de arcos ciegos. Si en la nave la galería superior también es
contemporánea de la de la cabecera, como parece lógico pensar, ha de concluirse
que la capilla mayor siempre fue de mayor altura que la nave, salvo que ésta
fuera desmochada en algún momento.
Como en muchos otros edificios de la comarca
las dudas para su datación son enormes. Constructivamente nos hallamos ante un
edificio de morfología románica, con ábside semicircular seguido de presbiterio
cuadrangular, donde el empleo de arcos de medio punto, a veces doblados, es
otra particularidad que nos remite a las estructuras netamente románicas. La
fábrica, además, recurre de forma habitual al uso de la mampostería, empleando
un material tan manejable como el ladrillo para procurar unos elementos decorativos,
arquitectónicos, que no serían posibles con aquella piedra, y sólo en un
basamento que requiere mayor solidez y afrontar sin problemas las humedades
–contra las que el barro cocido es más endeble–, se recurre a la sin duda
costosísima sillería. El saludable revoco que cubriría los muros y que aún se
conserva en la iglesia de Santa María, de esta misma localidad, daba
uniformidad y protegía unos paramentos que hoy se muestran de forma tan
falseada, inadmisiblemente “pobres” para la mentalidad del hombre
medieval, especialmente en el interior.
A pesar de esas reminiscencias románicas, las
opiniones de los autores que han abordado su estudio se inclinan por unas
fechas tardías. Para Valdés, el más comprometido con aportar cronologías para
este tipo de edificios, la cabecera remite a modelos toresanos, pero el arco
túmido de la nave la pondría en relación con la Peregrina de Sahagún y con San
Pablo de Peñafiel y por tanto con una cronología de hacia fines del segundo
tercio del siglo XIV. Valdés refrenda así unas fechas a partir de la portada meridional,
considerando que cabecera y nave son coetáneas. José Carlos Brasas, por su
parte, considera al edificio como un buen ejemplo del mudéjar del siglo XIV,
para pasar a considerar al ábside como “románico-mudéjar”, sin mayores
consideraciones cronológicas o de etapas constructivas. Por último, Herrero
Marcos lo incluye dentro de su repertorio del románico vallisoletano pero sin
la menor valoración, ni de dataciones ni de campañas.
En mi opinión nos hallamos ante una obra de
compleja calificación, con una cabecera que estilísticamente podemos calificar
como románica, aunque seguramente levantada en pleno siglo XIII, no tanto en el
XIV, como sostienen Valdés. En este sentido hay que recordar el parentesco con
las iglesias de Toro, que ya pone de manifiesto ese autor, y el hecho de que
esos templos suelen fecharse en los comienzos del siglo XIII, argumento
fundamentado en la referencia de la consagración en 1208 de la iglesia del Cristo
de las Batallas. La nave sería posterior, y sí pudo llegar a edificarse dentro
de la decimocuarta centuria, mostrando todavía algunos rasgos de parentesco con
la cabecera inequívocos, como son las saeteras. La torre es a mi juicio
contemporánea de la nave, aunque uno de sus esquinales está reformado y el
remate sufre la misma modificación en el siglo XVI que el conjunto del templo:
el añadido de una galería de ladrillo. Finalmente el cuerpo adosado a los pies
puede fecharse hacia el siglo XVIII. En todo caso éste es uno de los más
complejos edificios mudéjares, una arquitectura que ya resulta en sí misma de
muy difícil valoración, tanto más cuanto muchos de los templos se consideran
obra del siglo XIV, un siglo que histórica, social y económicamente estuvo
sumido en una profunda crisis, que trajo como consecuencia un parón
generalizado en la construcción monumental, al menos en la mayor parte de los
territorios.
Finalmente cabe considerar la pila bautismal,
que se halla en la última capilla-nicho del muro del evangelio. Tallada en
piedra caliza, tiene vaso hemisférico de 114 cm. de diámetro y 55,5 cm. de
altura, recorrido exteriormente por diecisiete gallones, con dos líneas
paralelas incisas junto a la embocadura. El pie, que se dispone sobre un amplio
basamento circular semienterrado, es cilíndrico, de 42 cm. de altura, decorado
de arriba abajo con arquillos, tres líneas incisas paralelas y banda en zigzag.
Tampoco es fácil averiguar su cronología, así, por ejemplo, el gran basamento
circular es una constante en las abundantes pilas románicas sorianas, mientras
que la decoración de gallones también es frecuente en la misma provincia, sin
embargo la forma más esbelta de la pila de Mojados y la técnica con que parece
que se labró, nos hacen pensar al menos en unas fechas de mediados del siglo
XIII.
Las pinturas murales sobre las que vamos a
hablar se encontraron en el fondo del arco apuntado del lado del Evangelio
frontero a la portada meridional de la iglesia de San Juan de Mojados,
construcción mudéjar de una nave cubierta con bóveda de cañón apuntado que
presenta a lo largo de sus muros arcos apuntados que aligeran su extraordinario
grosor. Se descubrieron en 1992, con ocasión de unas obras de restauración de
la iglesia, al eliminar reformas de época barroca del mencionado arco que
comprendieron la construcción de un arco a media altura y la condenación del
espacio por encima del mismo mediante un muro. Al ser derribado éste se
encontraron en el fondo del arco apuntado unas pinturas murales del siglo XV
con la representación de la Anunciación que, al ser arrancadas por su
escasa adherencia al muro, pusieron al descubierto unas pinturas murales que,
por desgracia, se desmoronaron. Una minuciosa restauración por parte del Centro
de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León entre
1994 y 1997 permitió su reconstrucción. En la actualidad estas pinturas se
muestran en la iglesia de San Juan de Mojados, si bien un arco distinto del
arco del que proceden.
Estas pinturas murales debieron de decorar el
fondo y el intradós del arco del que proceden en toda su altura, pero
únicamente subsiste la parte superior del fondo debido, cuando menos, a la
apertura de una ventana, eliminada durante la restauración, en la parte
inferior. En ellas, de acuerdo con la forma cóncava que le confiere el mortero
de soporte, se representa sobre fondo roja a San Miguel combatiendo al
dragón, figura que debió de medir unos tres metros de altura. El arcángel,
nimbado y alado, vestido de manera sencilla con túnica y con manto, embraza un
escudo con su mano izquierda mientras hinca una lanza con su mano derecha. La
pérdida de la parte inferior de las pinturas nos impide conocer la criatura
alanceada.
Tanto las características del escudo como de la
indumentaria del santo apuntan como cronología al siglo XIV, concretamente a
finales del segundo tercio, fecha de la construcción de la iglesia. Todo ello
llena a pensar en que las pinturas se pueden fechar entre 1360-1370. Las
características de estas pinturas corresponden a la plenitud del estilo gótico
lineal (destacan, en este sentido, especialmente, su gacia en la delineación
del rostro o de las alas). Su mal estado de conservación no permite mucho más.
Iglesia de San Miguel
Situada en pleno caserío, de la iglesia de San
Miguel destaca exteriormente su ábside semicircular de sillería, sobre zócalo o
basamento pétreo, que se articula verticalmente en tres paños mediante dos
columnas con basas sobre plinto, muy desgastadas. Sobre los capiteles de estas
semicolumnas exteriores –todos historiados– apoya una cornisa o alero de amplio
vuelo y moldura de nacela, que a su vez descansa sobre una hilera de canecillos
decorados.
En todos y cada uno de los paños se abren
amplias ventanas de medio punto y acentuado dovelaje, con doble arquivolta y
chambrana decorada con taqueado que apoyan sobre dos columnas, ofreciendo el
conjunto grandes similitudes con la iglesia palentina de Espinosilla. En la
construcción del paramento absidal se emplearon dos tipos de caliza: una, más
oscura, tallada irregularmente y dispuesta en hiladas de diferentes alturas,
empleada hasta alcanzar el nivel de los arcos de las ventanas, y otra –de
tonalidad más amarillenta, mejor tallada y dispuesta– en la parte superior. Aún
se conservan restos del antiguo revoque que cubría esta sillería. Por último
cabe señalar que el lado meridional del tramo del presbiterio, único visible,
presenta su cornisa restaurada con canecillos nuevos.
En el interior, el tambor absidal –recorrido en
su parte inferior por un moderno banco a modo de cátedra– se cubre con la
típica bóveda de cascarón o de cuarto de esfera, que arranca de una imposta
taqueada. El pequeño tramo recto que le precede lo hace con cañón apuntado.
Esta parte del edificio se abre a la nave mediante un arco triunfal de medio
punto doblado, sobre semicolumnas adosadas a una pilastra apenas insinuada, de
basa ática y rematadas por capiteles historiados con cimacios también decorados.
Una imposta a la altura de éstos articula la nave, que se cubre con una moderna
bóveda de arista. En opinión de algunos estudiosos dicha cubierta sustituiría a
una primitiva que, dada la actual inexistencia de contrafuertes en su exterior,
sería de madera.
Todos los autores que han trabajado este
edificio consideraban que el templo original era de una sola nave, ampliado a
tres en siglos posteriores. Sin embargo obras realizadas a mediados de la
década de 1970 han puesto al descubierto una serie de hallazgos sumamente
interesantes. Así, en los muros norte y sur del tramo de la supuesta nave única
aparecieron, tras picar el muro y eliminar el encalado, unos arcos de medio
punto plenamente románicos –dos a cada lado– que apeaban sobre tres columnas.
De éstas, tan sólo conservamos las laterales y
el arranque de sus respectivos arcos, puesto que la central fue destruida en su
integridad para abrir un arco de ladrillo. La existencia de estas arquerías
laterales permite señalar varias hipótesis: que nos encontremos ante un templo
de una sola nave con arquerías ciegas en sus muros, o bien que estas arquerías
comunicasen la nave con unos espacios colaterales. De las dos posibilidades
planteadas la más factible es la segunda, ya que existen indicios más que probables
que así lo dan a entender.
Que se trataba de un edificio con cabecera
tripartita, con los ábsides laterales también semicirculares pero de menor
tamaño y altura que el central, parece confirmarlo el hecho de que todavía sea
visible en la actual cabecera de la nave norte el arranque de la primitiva
cubierta de bóveda de horno de su hemiciclo. Asimismo, es posible apreciar la
cubierta de cañón del tramo que precede al semicírculo, oculta en la actualidad
por una moderna cubierta de escayola. Tipología planimétrica que se repetirá en
la cabecera de la nave sur, donde podemos apreciar todavía en su parte baja el
inicio de la curvatura del muro absidal semicircular. Además de las huellas de
muros y cubiertas primitivas localizamos otros testigos, especialmente en los
soportes que preceden a las arquerías descubiertas. En estos pilares
encontramos huellas –nave central– e incluso fragmentos –nave norte– de la
existencia de columnas adosadas. En el caso de esta última nave se conserva
parte de su columna meridional, habiendo desaparecido la complementaria. Sobre
ambas voltearía el arco de medio punto generatriz de la bóveda de cañón
mencionada. También es posible observar todavía la presencia, a distintas
alturas, de molduras decoradas en los lados oeste y sur del pilar oriental más
cercano a la arquería, lo que indica la probable compartimentación interna del
edificio de tres naves.Esta
nueva reinterpretación del edificio
convierte al tramo del presbiterio en un tramo central de crucero que se
cubriría de muy distinta forma a la actual, probablemente no con bóveda cañón
–como sugirió José M.ª del Moral– sino con cúpula que arrancaría de la
fragmentada moldura decorada que todavía conserva. Restos que siguen esquemas
de la centuria anterior, "tomando como referencia construcciones del
Camino de Santiago", en opinión de Miguel Ángel Zalama. Conviene tener en
cuenta que una estructura similar, de triple cabecera y probablemente de tres
naves, tan sólo la encontramos en edificios como Santervás, Urueña y Fresno el
Viejo. Muy especialmente este último, San Juan de Fresno el Viejo, de finales
del siglo XII, presenta importantes concomitancias planimétricas con San Miguel
de Íscar, aunque allí la comunicación con los ábsides laterales se realiza
mediante arquerías abiertas en el tramo presbiterial.
Felipe Heras y tras él Brasas Egido,
Lojendio-Rodríguez, etc., fechan el edificio en los primeros años del tercer
cuarto del siglo XII (1150-1175), el primero observando influencias románicas
burgalesas y segovianas y los segundos palentinas. Sin embargo, José M.ª del
Moral lo data en la primera mitad del siglo XII. Sea como fuere, nos
encontramos ante uno de los vestigios románicos más antiguos –junto con Arroyo
de la Encomienda– e importantes de la provincia de Valladolid: un edificio de
cabecera de tres ábsides semicirculares, el central de mayor tamaño, con un
tramo presbiterial muy reducido y tal vez tres naves –quizás de tres tramos
cada una, como aparecen ahora, de mayor anchura y altura la central– que por
los tipos de soportes conservados parcialmente, pilares con semicolumnas
adosadas, debían ir completamente abovedadas.
El resto del edificio, las tres naves con coro
alto a los pies y la torre, fue reformado en siglos posteriores. Los libros de
fábrica conservados reflejan cómo entre 1672- 1673 se realizaron obras en la
"nabe de adentro y torre de la iglesia" y también en la
capilla de Nuestra Señora de Gracia..."que está enfrente de la nabe de
madera". Ya en el siglo XVIII, entre 1718 y 1725, se realiza la "sacristía
nueba" y las "vobedas" de la capilla de Nuestra
Señora de Gracia y en 1762 se ejecutaron obras en el tejado de la torre.
Si en lo arquitectónico Íscar nos ofrece
bastante más que simples retazos de lo que fue su primitivo templo románico, en
lo escultórico aportará piezas ciertamente interesantes para el románico
vallisoletano, a pesar de que uno de los espacios más ricamente ornamentados
por lo general, la portada, no ha llegado hasta nosotros y en su lugar –abierta
en el muro sur de la nave del mismo lado– se halla una puerta de reciente
factura.
Comenzando por el exterior la decoración se
localiza en la cabecera, tanto en capiteles como en canecillos y ventanas. Los
primeros son en su mayoría vegetales, compuestos por carnosas hojas de palma
dobladas y con sus tallos muy abultados, de cuyo fondo sobresalen caulículos
divergentes estilizados; tan sólo uno, el central, rompe la monotonía
decorativa al representarse en el frente de su cesta una figura humana,
decapitada, flanqueada en los ángulos por dos cuadrúpedos, quizás leones. Los
canecillos son de nacela, decorados con distintos motivos: simples volutas,
rosáceas, etc. Las ventanas, con un acentuado dovelaje, aparecen guarnecidas
por chambranas que se decoran con una triple hilera de pequeños tacos. Tanto
éstas como las arquivoltas exteriores apoyan sobre una imposta con rosetas
envueltas por un roleo estriado, motivo que aparece también en uno de sus
canecillos que las flanquean. Las columnas, sobre basas áticas y con grueso
toro inferior, poseen capiteles decorados que presentan, de izquierda a derecha,
hojas dobladas en la primera ventana, leones enfrentados y hojas estriadas, en
la segunda y, finalmente, animales enfrentados y un personaje sedente,
lamentablemente decapitado, en la tercera.

En el interior el ábside se articula mediante
una línea de imposta decorada con hojas carnosas inscritas en roleos. Las tres
ventanas se organizan con doble arquivolta, la interior abocelada y la exterior
de rosca plana y rematada por una chambrana taqueada. La rosca interna de cada
una de las ventanas apea sobre sendas columnas de fustes monolíticos,
dispuestos sobre basas. Éstas presentan grueso toro, escocia y baquetón y se
disponen a su vez sobre plintos, en su mayor parte prismáticos, incorporando además
la basa de la ventana central –columna izquierda– una decoración de sogueado.
Los ábacos de los capiteles se decoran con los mismos motivos que la línea de
imposta, mientras las cestas desarrollan una variada iconografía. De derecha a
izquierda, la primera ventana muestra leones enfrentados y sirena de doble cola
y la segunda un animal indefinido y palmetas rematadas en bolas. Las caras
internas de estos dos últimos capiteles están destruidas, quizá a raíz de la
colocación de algún pequeño retablo. Finalmente la tercera ventana luce doble
hilera de palmetas y hojas intercaladas, también en dos filas.
Respecto a los capiteles del arco triunfal, el
del lado de la epístola alterna en su cesta escenas del Antiguo Testamento en
el frente (Adán y Eva señalando a una serpiente antropomorfa –con cabeza
femenina–, enroscada en un árbol que marca el eje central de la escena) con
representaciones fantásticas (sirena de doble cola, tema presente en edificios
vallisoletanos como Castrillo de Duero, Piña de Esgueva o Fresno el Viejo) y
animalísticas (ave devorando un reptil) en los laterales. Su cimacio aparece recorrido
por leoncillos en diferentes actitudes. En el del lado del evangelio se
representan –en el frente– dos personajes, uno en actitud sumisa o de oración y
otro sujetando la brida de una cabalgadura con su correspondiente jinete, y por
otro a una figura antropomorfa, con busto humano y cuerpo de cuadrúpedo, en
clara actitud de desafío. Resulta enormemente complicado identificar
iconográficamente la escena representada en su frente, aunque pudiera tratarse
de un capítulo del Nuevo Testamento según San Mateo: la Huida a Egipto. El
cimacio correspondiente se ornamenta con aves enfrentadas y contrapuestas.
Dado el mal estado en el que se encuentran los
capiteles de las arquerías derruidas, tan sólo nos es posible identificar una
escena animalística en el capitel occidental de la arquería del lado norte.
Igualmente deteriorados se encuentran los cimacios, pudiendo únicamente
distinguir decoración de taqueado sobre el capitel occidental de la arquería
sur. En el centro del ábside y apoyado en la pared, sirviendo de peana del
sagrario se conserva otro capitel cuya antigua ubicación pudiera haber estado
en estas arquerías. Tanto su talla como los motivos que presenta son similares
a los que allí se encuentran.
En general, el relieve de la escultura de Íscar
es abultado y de bastante buena calidad, presentando además una gran riqueza y
variedad figurativa. En resumen, y siguiendo a Felipe Heras, una talla "más
dentro de la tradición palentina" al servicio de una temática que
todavía conserva "un contenido alegórico-transcendente y no naturalista"
muy acusado.
Respecto a su cronología, todos los rasgos
estilísticos apuntan a los años centrales del siglo XII, es decir, un período
temprano si atendemos a la mayor parte de los edificios románicos
vallisoletanos que han llegado hasta nosotros.
En las naves modernas de la iglesia se
encuentran dos pilas gallonadas –una incorpora arquitos– apoyadas sobre fuste y
basa lisa. De cronología indeterminada, aparecieron a raíz del proceso de
desescombrado durante la restauración de mediados de los años setenta.
Iglesia de Santa María
Esta iglesia, que reúne también la advocación
de San Pedro, tras haberse anexionado esa extinta parroquia, se halla en el
sector oriental de la población, rodeada de un alto atrio que la hace
inaccesible por cualquier lado que no sea la escalinata.
Es posible que un par de documentos
relacionados con el monasterio palentino de San Zoilo de Carrión de los Condes
nos refieran las primeras noticias del templo, si es que podemos identificarlo
con el monasterio que se menciona en ellos. Así el 14 de septiembre de 1089 el
conde Martín Alfonso dona al monasterio carrionés el cenobio de Santa María de
Íscar, con su iglesia y el cementerio anejo, aunque pocos años después, en
1101, San Zoilo permutará el monasterio de Íscar y sus propiedades –que habían
sido acrecentadas por Urraca Martínez, hija del conde– con Santa María de
Valladolid, sin que tengamos después otras noticias de esa comunidad.
Nada quedaría de aquella antigua fábrica y lo
que hoy podemos contemplar es un edificio en cuya construcción se ha empleado
piedra y ladrillo, según los sectores, y que consta de cabecera con ábside
semicircular, tramo presbiterial y tres naves de tres tramos, separadas por
arcos apuntados que apoyan en gruesas columnas cilíndricas. Una torre de planta
cuadrada se adosa a la fachada sur, lo mismo que la sacristía, y también a ese
lado se halla la portada. Sin embargo del estilo que nos interesa es únicamente
la cabecera.
Exteriormente el ábside se asienta sobre un
zócalo de sillería caliza, sobre el que se levanta otro sector de mampuesto
antes de dar paso a la fábrica de ladrillo, articulada ésta con tres cuerpos de
arcos de medio punto, doblados, dispuestos al tresbolillo, todos ciegos. El
muro semicircular está formado en realidad, de forma muy evidente, mediante
doce planos rectos, el mismo número de arcos que se disponen en cada cuerpo.
Finalmente un friso de segmentos en esquinilla precede al alero, formado por ladrillos
aplantillados en nacela.
El presbiterio, también con zócalo de piedra,
está muy enmascarado por los añadidos posteriores. Es ligeramente más ancho que
el ábside y de la misma altura, con un cuerpo inferior formado por tres arcos
doblados, de medio punto, dentro de casetones, idéntico al segundo, que se
dispone en la misma vertical y rematado por un tercero en el que los arcos han
sido sustituidos por dos casetones rectangulares, paralelos, dentro de otro de
mayor tamaño. El alero, plano, debe ser completamente nuevo, fruto de modernas
restauraciones que han debido afectar también a buena parte de los paramentos.
En el interior todo aparece con un revoco de
época barroca. El ábside se cubre con la habitual bóveda de horno mientras que
el presbiterio lo hace con una bóveda de cañón de dos tramos, separados
mediante un fajón central. Los muros de este sector, que han sido desprovistos
del revoco, están decorados en cada lado por sendos arcos de medio punto
doblados. Una pilastra separa ambos arcos, mientras que otra de triple
escalonamiento sirve de tránsito al ábside, idéntica a la que conforma los
soportes del arco triunfal, rematado en lo que parece una triple arquivolta,
actualmente revocada.
Las tres naves están construidas en piedra,
siendo la central de la misma anchura que la cabecera y las dos laterales más
estrechas, en origen además más bajas. A ellas se asocia la sencilla portada de
arco apuntado, de cronología gótica.
La existencia de dos construcciones bien
diferenciadas, cabecera por un lado y naves por otro –al margen de añadidos
postmedievales–, con empleo de dos materiales distintos, parecen evidenciar dos
etapas en la fábrica de la iglesia, en las que una cronología de fines del XIII
o XIV para las naves resulta evidente. Más complejas pueden ser las fechas de
la cabecera, a la que Valdés encuadra dentro de la “fase manierista” del
mudéjar, con una data en la segunda mitad del siglo XIII o comienzos del XIV,
es decir, muy similar a la que suponemos para las naves.
Sin duda es difícil
precisar si estamos ante dos momentos bien diferenciados, con una clara
permanencia de modelos románicos en el ábside y formas netamente góticas en las
naves, acompañado todo además de un cambio evidente de materiales o, por el
contrario, son obras prácticamente coetáneas y sólo hay un cambio de estilo que
se refleja en el empleo de dos distintas tipologías artísticas que conviven en
toda la comarca. Ciertamente, según la opinión de Valdés, habría que abogar por
esta segunda posibilidad y en este sentido el empleo de determinadas técnicas
de trabajo de la piedra en el zócalo de la cabecera hacen indiscutibles,
también a nuestro juicio, unas fechas de al menos mediados del XIII.
Bobadilla del Campo
Bobadilla pertenece al antiguo partido judicial
de Medina del Campo, población de la que dista 15 km en dirección suroeste. El
templo parroquial se encuentra situado al oeste de la población, junto al
ayuntamiento y aislado del caserío.
Iglesia de San Matías
Del primitivo edificio tan sólo subsiste la
cabecera ya que, como en tantos otros casos, el cuerpo de la iglesia fue
renovado a partir del siglo XVI. Básicamente esta ampliación consistió en
disponer tres naves insertas en una espaciosa caja mural. El templo fue dotado
de un copioso mobiliario litúrgico del que destaca un coro lígneo a los pies,
fechado en 1582. Dos óculos permiten la iluminación de esta construcción que,
ya en el siglo XVIII, experimentó diversas reformas, fruto de una de las cuales
se construyó la poderosa torre actual. El conjunto de la fábrica, en todas sus
etapas, es de ladrillo.
En cuanto al ábside sólo es plenamente visible
en el exterior, donde pueden diferenciarse al menos tres fases constructivas.
En primer lugar el cuerpo inferior, articulado en dos hileras de arcos doblados
de medio punto, rematados por un friso en esquinilla. Sobre éste se dispone un
segundo cuerpo con arcos algo más estilizados –alguno de ellos con ligero
apuntamiento– y también doblados; asimismo un friso de esquinillas algo más
estrecho que el anterior. Finalmente, sobre este último nivel se asienta un tercer
cuerpo poligonal de tres caras, que es interceptado por la torre en su lado
meridional y seguramente realizado en el siglo XVIII con objeto de dotar al
ábside de mayor altura para ubicar el retablo que hoy contemplamos.
La cronología del ábside de Bobadilla es
incierta. Según señala Manuel Valdés, no se relaciona con otros modelos
conocidos del siglo XIII, lo que le lleva a pensar en su posible pertenencia al
siglo XIV. Otros autores lo consideran levantado todavía en el XIII, obra
ciertamente bastante tardía, aunque encuadrada en la dinámica de la inercia
románica que caracteriza buena parte de las construcciones denominadas “mudéjares”.
Finalmente cabe reseñar una restauración
llevada a cabo durante el año 1997 que consolidó este edificio, hasta entonces
bastante deteriorado. Entre lo más destacable de esta campaña hay que señalar
el cerramiento de dos vanos y la consiguiente reconstrucción del paramento.
Ambos habían sido abiertos en época moderna con objeto de iluminar la cabecera,
alterando la articulación original del ábside en función de la existencia de
sendas oquedades del retablo. En la actualidad dos cuadros ubicados en el propio
retablo sirven para recordar el lugar en el que fueron realizadas ambas
perforaciones. Concretamente entre los dos últimos niveles de arcos ciegos,
junto a la intersección con la nave central.
Pozáldez
Localidad situada a unos 10 km al norte de
Medina del Campo. La zona en la que se ubica pudo ser objeto de intentos de
repoblación en el siglo X, aunque será en el XI cuando tales iniciativas
cuajen, si aceptamos las informaciones de Lucas de Tuy y Rodrigo Ximénez de
Rada. Ambos sitúan la repoblación de Medina y su tierra en el reinado de
Alfonso VI. Ya en 1107 delimita este monarca la "Tierra Medinense",
y confirma su pertenencia a la diócesis salmantina. Cuando Alfonso VII designe
los dominios a sus hijos, Pozáldez quedará en una zona fronteriza, envuelta en
luchas hasta 1230. Quizá por eso se construiría un castillo a unos 2 kilómetros
de la población, cuyos restos hoy apenas se aprecian.
Más fidedigno es el cronista Ximénez de Rada,
quien citaba a Pozáldez entre los concejos cuyos hombres combatieron en las
Navas de Tolosa, junto al señor de Olmedo. Cuando en 1230 se unifican los
reinos de León y Castilla, ésta deja de ser una zona de frontera en lo civil.
No así en lo eclesiástico, pues el pueblo era una de las doce parroquias
medianas que se disputaban las diócesis de Ávila y Salamanca. El enfrentamiento
sobre su control acabó cuando ambos obispados acordaron, contra toda lógica,
que cada Jueves Santo cambiase la jurisdicción de "las medianas",
correspondiendo los años pares a Salamanca y los impares a Ávila.
A finales del siglo XV sufrirá esta población
la presencia de las tropas de don Fernando Acuña que, con la excusa de apoyar a
Isabel la Católica frente a su sobrina "la Beltraneja", se
aposentaron allí causando varios daños. Esta cuestión fue solventada por orden
real (1485) de prender a los ofensores. Menudean en el Registro General del
Sello las menciones a la localidad, pero nunca por cuestiones excepcionales. Si
durante la revuelta de las Comunidades sus vecinos fueron pasivos, en el siglo
XVI se observa, en general, un auge local gracias a las cercanas ferias de
Medina. Pertenecía, entonces al señorío del marqués de Ciadoncha, y un solo
párroco y tres beneficiados atendían ambos templos.
La decadencia de las ferias medinenses supuso
la de su entorno. En 1631 Pozáldez inició, ante Felipe IV, los trámites para
segregarse de la jurisdicción de Medina, que culminaron en el siglo XVIII.
El 6 de agosto de 1910, estando la iglesia de
San Boal declarada en ruinas, se desplomó la de Santa María por la noche. Los
vecinos lograron rehacer ambas, y abrirlas de 1912 a 1971, en que se cierra al
culto la primera, que fue reabierta en 1977. Posteriormente la población, como
se observa muy apegada a ambos templos, consiguió su restauración con fondos de
la Junta de Castilla y León y la Diputación Provincial.
Iglesia de San Boal
Al igual que en la mayor parte de templos
románico-mudéjares de la provincia, de la antigua iglesia de San Boal tan sólo
ha subsistido la cabecera y parte de la caja mural. En época moderna esta
construcción de una sola nave experimentó una reforma sustancial utilizando
también ladrillo. Consistió en dotarla de mayor altura, introducir una torre
herreriana (siglo XVII) sobre el tramo del presbiterio y añadirle un pórtico
meridional y una sacristía en su lado norte.
A los siglos XVI, XVII y XVIII corresponde la
mayor parte del templo, de una nave y coro alto a los pies. Así, un artífice
llamado Pedro Troche, maestro de albañilería y carpintería, recibía 1000 reales
en el año 1625 a quenta de las bóvedas de San Boal. Poco antes había
estado ocupado en la obra de enlucir y macizar los arcos de las paredes de
la Yglesia de San Boal obteniendo por ello 250 reales. El coro alto
renacentista de madera de nogal, situado a los pies del templo y fechado en
1574, va sostenido por altas columnas lignarias de fuste estriado. Se decora el
sotocoro con casetones hexagonales y espacios romboidales entre ellos, con sus
florones perfectamente labrados y diferenciados. La balaustrada está animada
por medio de arquillos de medio punto con venera, separados por columnillas.
Encima hay un órgano rococó construido en 1779 por el maestro Isidro Gil,
vecino de Cervillejo de la Cruz.
En su exterior el ábside presenta nueve arcos
ciegos, de medio punto y doblados que, arrancando desde el suelo alcanzan las
inmediaciones de la cornisa. Ésta fue modificada en una de las intervenciones
modernas. Entre el remate de los arcos y la propia cornisa se desarrollaba un
friso en esquinilla que si bien muy deteriorado, fue inexplicablemente
suprimido en la última restauración. Por su parte, los arcos tercero, quinto y
séptimo aparecen cortados en su mitad inferior por otros arcos no doblados configurando
una solución ya experimentada en El Salvador de Toro, que dinamiza aún más el
paramento. En ellos se disponían las aspilleras de iluminación, hoy cegadas por
la existencia en el interior de un retablo neoclásico del XVIII.
Finalmente, el tramo recto, visible en su lado
meridional ya que el norte está cubierto por la torre de escalera y la
sacristía, introduce cuatro arcos doblados enmarcados por una suerte de alfiz.
También han subsistido parte de los muros del cuerpo de la iglesia.
Concretamente es visible el del mediodía en su mitad occidental. Aunque muy
deteriorado, puede apreciarse como ha sido ampliado y recrecido en altura. Por
el contrario, está oculto en su lado oriental por el pórtico que cubre la
puerta de acceso al templo, lugar en el que se encuentra enfoscado. Fruto del
proceso de restauración iniciado en la década de los noventa, concretamente en
1996 al ser retirado el revoco de esa puerta, apareció la primitiva portada de
la iglesia. De ladrillo y gran sencillez, se compone de un abocinado a base de
seis arquivoltas de perfil recto que enlazan con jambas acodilladas.
Poco es lo que puede verse desde el interior,
tan sólo comprobarse cómo la cabecera ha perdido el arco de triunfo y resulta
imposible comprobar la articulación de la primitiva fábrica.
Para concluir es necesario apuntar siquiera una
aproximación cronológica. En opinión de Manuel Valdés, los elementos de San
Boal se situarían en la órbita de los modelos emanados de Toro, es decir en
torno al segundo tercio del siglo XIII.
Aldea de San Miguel
El lugar se encuentra a 22 km al sur de la
ciudad de Valladolid, en tierras totalmente llanas y completamente
deforestadas, muy cerca de los páramos en cuyo extremo se alza la villa
fortificada de Portillo.
El origen de esta pequeña localidad va unido a
la repoblación de la zona, encabezada precisamente por la villa de Portillo. Su
castillo, como los de Íscar y Simancas, fortificaban la línea del Duero desde
comienzos del siglo X, centuria en la que todas estas tierras sufrieron
numerosos ataques.
A partir del siglo XI Portillo se convierte en
cabeza de un alfoz cuyo dominio será adscrito por Sancho III, en 1035, a la
recién restaurada sede episcopal palentina. Así estará hasta 1123, cuando el
papa Calixto II confirma los límites del obispado de Segovia –creado tres años
antes–, entre los que se incluyen las tierras de Portillo, que, lógicamente, el
obispo de Palencia, se resiste a ceder, parece que con bastante éxito. El
litigio se prolongará a lo largo del siglo XII, mediando intervenciones de doña
Sancha –hermana de Alfonso VII– (1140), del propio Alfonso (1144) y finalmente
del Papa Clemente III, quien zanja la cuestión en 1190 dejando a Portillo y su
tierra como posesiones del obispado palentino.
Aunque desconocemos el origen de Aldea de San
Miguel –y su propio nombre ya nos hace pensar en la escasa entidad de la
población–, desde el comienzo debió estar adscrita a la comunidad de villa y
tierra de Portillo y con ella debió sufrir todos los avatares entre obispados.
Así aparece en la famosa Estadística de la diócesis palentina, redactada hacia
mediados del siglo XIV, e igualmente nos la encontramos en la relación de
lugares, que junto con Portillo, subordinó Alfonso XI al concejo de Valladolid,
según documento fechado en 1325.
Iglesia de San Miguel Arcángel
Madoz hace una somera descripción de la
iglesia, “de ladrillo, bastante sólida, y aunque pequeña es suficiente para
la feligresía”, así como del ya desaparecido retablo, “construido en
Valladolid en el año 1805”.
El templo está en el extremo occidental del
caserío, rodeado de amplio atrio. Consta de ábside semicircular, presbiterio
recto, nave única y torre a los pies, con la sacristía adosada al norte,
combinándose en su construcción la piedra caliza –generalmente pobre
mampostería– y el ladrillo.
La cabecera es el único elemento levantado
íntegramente en ladrillo, aunque llega a incluir alguna piedra. Sobre un corto
basamento con arista de nacela, hecha con ladrillos aplantillados, se eleva el
hemiciclo de tres cuerpos idénticos, cada uno de ellos formado por trece arcos
de medio punto doblados, a excepción de los de los extremos que son simples. Se
disponen en vertical unos sobre otros, compartiendo el mismo tamaño, aunque
tres de los del cuerpo central albergan sendas saeteras. Remata el conjunto un
friso corrido que alterna esquinillas y tacos y sobre él se dispone una cornisa
de doble nacela, también de ladrillo aplantillado.
El presbiterio –visible sólo en el lado
meridional– es un poco más ancho y de idéntica altura, con el mismo basamento e
igualmente articulado en tres cuerpos, aunque en este caso formado cada uno por
cuatro casetones rectangulares en cuyo interior rehundido se inscriben arcos
doblados de medio punto. Esta vez no hay friso superior y el alero se compone
simplemente de una línea de nacela.
En el interior la cabecera aparece desprovista
de revoco. El ábside se articula aquí en dos cuerpos, uno inferior liso,
rematado en un friso de esquinilla sobre el que se dispone una imposta de
nacela. El segundo está recorrido por siete arcos de medio punto, simples y
ciegos los impares y doblados, inscritos dentro de casetones rehundidos y
albergando saeteras abocinadas los pares. El intradós de estos arcos, tanto en
el caso de los sencillos como en el de los dobles, presenta la novedad de no
ser plano, sino cóncavo. Sobre ellos remata el hemiciclo en un friso en
esquinilla, precediendo a una imposta de nacela sobre la que se alza la bóveda
de horno.
Este ábside está flanqueado –continuamos en el
interior del templo– por sendas columnas de ladrillo, de reducido diámetro
–elemento harto infrecuente–, rematadas en capiteles de piedra en bas. Sobre
ellos hay otra serie de ladrillos, en formato ahora cuadrangular, y un cimacio
de nacela que daría paso a un fajón desaparecido. En cuanto al presbiterio,
también muestra dos cuerpos, el inferior con tres arcos ciegos de medio punto
–el central más bajo y estrecho y horadado el septentrional para dar paso a la
sacristía– que apoyan en pilastrillas con imposta plana flanqueada de nacela.
Otro friso de esquinillas da paso al segundo cuerpo, decorado con dos grandes
arcos ciegos, iguales a los laterales inferiores, donde el central ha sido
reemplazado por un recuadro en relieve, con base nacelada. La bóveda de cañón,
de un solo tramo y revestida con yeserías barrocas, nace de otra imposta de
nacela.
El arco triunfal, de medio punto, está
igualmente revocado con yeserías, pero los soportes han sido desenlucidos. Hay
a cada lado una columna entrega de ladrillo, con basamento prismático también
de ladrillo y capiteles de piedra: el de la epístola no ha sido tallado, pero
el del evangelio muestra una extraña y tosca figuración en la que aparece una
representación humana de rodillas, a cuyo cuello se lanza un dragón de larga
lengua, mientras que a espaldas del personaje se ve otra cabecita masculina. Sobre
los capiteles aparece otra pieza prismática en ladrillo.
A juzgar por la forma de estos soportes cabe
preguntarse si tal como los vemos hoy no son sino el simple esqueleto de unas
piezas que pudieron ir revestidas con yeserías molduradas, tratando de imitar
la decoración en piedra. Visto el resultado del único capitel decorado, es
posible que se confiara más en la habilidad de alguno de los frecuentes
estucadores de estas tierras que en la de los escasos tallistas.Por
lo que respecta a la nave, aquí se muestran
otros recursos constructivos, especialmente visibles en el exterior, puesto que
el interior permanece revocado, con una gran reforma acometida a mediados del
siglo XVIII que supuso la construcción de las bóvedas. Es ligeramente más ancha
y más alta que la cabecera y en sus muros se combina la piedra y el ladrillo,
aunque con notables diferencias entre norte y sur. El septentrional es liso,
edificado con mampostería separada por verdugadas de ladrillo, presentando dos
ventanitas de arco doblado sobre rectángulo rehundido. El meridional, por su
parte, es más complejo y aunque en principio sigue el mismo sistema de piedra
dominante y delgadas franjas de ladrillo, en esta ocasión el paramento presenta
decoración de arcos de medio punto que nacen de la base y mueren bajo el friso
en esquinilla que precede al alero, dotados de pilastras de forma alternativa.
Tiene el muro de este modo un aspecto que nos remite al románico más primitivo,
de raigambre lombarda, como aparece en La Anunciada de Urueña –aquí en piedra–,
aunque en realidad más próximo al tipo de arcos que vemos también en el
interior del presbiterio de Almenara de Adaja o en la cabecera de la iglesia de
Santiago, en Megeces de Íscar, si bien no por ello tenemos que pensar en
cronologías muy antiguas. La cornisa combina ladrillo y teja, aunque en el
norte volvemos a encontrar los perfiles nacelados.
En el centro de la fachada meridional se llegan
a ver los restos de la portada primitiva, en ladrillo, conformada por un
rectángulo en cuyo interior, bajo un friso de esquinillas, se llegan a ver tres
arquivoltas apuntadas, que han hecho suponer a algunos autores una morfología
en arco de la tipología protogótica más común, aunque es posible que en
realidad fuera túmido, dada la gran similitud que guardan los restos
conservados con la cercana portada meridional de San Juan de Mojados. Sobre esa
portada de ladrillo se dispuso, a comienzos del siglo XVI, otra de piedra, con
alfiz, bajo el cual hasta hace bien poco se conservaron restos de pintura.
La torre, de piedra y ladrillo, es obra fechada
hacia 1584, trazada por Alonso de Tolosa y ejecutada por Pedro López de Aguilar
y después por Juan de la Torre, parece ser que encargados de la obra en piedra
y de la de ladrillo respectivamente. Por estas fechas debieron ejecutarse un
pórtico y algunos añadidos en la fachada meridional, que fueron retirados en
las restauraciones del siglo XX.
Puerta exterior de entrada a la torre

En cuanto a las valoraciones cronológicas de
las fases medievales del edificio, Felipe Heras, quien más detenidamente lo ha
estudiado, supone un mismo momento para cabecera y nave y, aunque valora las
referencias a lo románico en las arquerías y en la decoración del capitel del
toral, el apuntamiento de la primitiva portada le lleva a fechar el conjunto en
pleno siglo XIII. De similar opinión son Manuel Valdés –quien la relaciona con
San Pedro de Alcazarén– y Jesús Herrero, datándola aquél en el último tercio
del siglo XIII y éste en la segunda mitad de la misma centuria. Sin embargo nos
inclinamos a creer que cabecera y nave no son contemporáneas, por un lado en
función de los diferentes sistemas constructivos empleados y, por otro lado,
por las vinculaciones más claramente románicas del ábside –columnas y capitel
decorado–, frente a las goticistas de la nave –a pesar de los arquillos–, cuya
portada creemos que habría que poner en relación con San Juan de Mojados, como
se ha dejado dicho. Así el testero podría encajar perfectamente en el primer
tercio del XIII mientras que la nave podemos llevarla a las postrimerías del
mismo, o incluso al siglo XIV.
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