viernes, 24 de abril de 2020

Capítulo 3 - Sorolla


De 1912 a 1917Joaquín Sorolla se dedica prioritariamente a realizar los grandes cuadros que componen la decoración encargada por Archer M. Huntington para la Hispanic Society of America. El pintor no abandona, aunque sí reduce, la producción de obras de otro tipo, como las del género del retrato, la composición de figuras o el paisaje, que cultiva en su trayectoria. Centramos nuestro resumen de esta época en la realización de estos grandes cuadros, exclusivos de estos años, sin que ello suponga desmerecer el resto de las pinturas coetáneas. 
En el año 1912 Joaquín Sorolla comienza a trabajar en el proyecto de decoración para la Hispanic Society of America, que se ha conocido como Las provincias de España y que quizás sea más adecuado llamar Visión de España, como propone el historiador y experto en arte español del siglo XIX José Luis Díez. El pintor dedica los primeros meses del año a reunir documentación y hacer bocetos del conjunto. A finales de marzo realiza en Lagartera (Toledo) los tres primeros grandes estudios con figuras a tamaño natural. En abril organiza en una nueva casa, una exposición monográfica de obras de su amigo Aureliano de Beruete, que había fallecido en enero. A finales de este mes, continua por Segovia los estudios de tipos a tamaño natural. Seguirá haciendo lo mismo por las localidades de Ávila, Villar de los Álamos (Salamanca), La Alberca (Salamanca), San Sebastián, Roncal, Lequeitio, Jadraque (o Numancia) Soria, y Campo de Criptana hasta alcanzar casi los treinta de ellos en este año. Además realiza estudios de menor tamaño, frecuentemente de paisajes de los lugares que visita. Al terminar el año llega a la conclusión de que debe de cambiar el sistema de trabajo. Si el panel dedicado a Castilla será una composición basada en los estudios pintados en el año 1912 que llevará a cabo en un estudio en las afueras de Madrid, el resto de los paneles los pintara in situ.

El contrato definitivo se firmó en París algunos meses después, el 26 de noviembre de 1911. La ejecución de lienzos sueltos permitió a Sorolla crear cada composición en la región correspondiente. Desde el punto de vista puramente artístico le dio ocasión de manejar efectos pictóricos y una amplia variedad de fracturas que quizás no habría sido posible dentro de la presentación más uniforme de un friso continuo. Conviene subrayar, empero, que el cambio a un formato grande de caballete no significa que ninguno de los murales, ni siquiera la presentación relativamente directa de figuras y vista urbana en Extremadura se deba entender como un reportaje; por el contrario los paneles son imágenes emblemáticas, que ofrecen una manifestación visual representativa de la cultura regional. En este aspecto tienen un mismo parentesco con lo que perseguían muchos de los miembros de la Generación del 98, el sentido de lo castizo, de lo genuinamente característico de la vida española. La investigación del último decenio ha examinado el orden de creación de los paneles que se desprende de las cartas del artista a su familia y que no coinciden con el orden en que se suceden las escenas. La instalación, que en buena medida Sorolla dejo decidida a comienzos de 1913, tras consultar con el arquitecto y los constructores de la sala, conduce al espectador en un recorrido por la Península Ibérica que en el sentido de las agujas del reloj pasa de Castilla a Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Elche, Sevilla y Andalucía, Extremadura, Ayamonte (Huelva) y Portugal, Galicia y finalmente Guipúzcoa. En contraste el orden en que pintara los lienzos dependería no solo de las razones artísticas de Sorolla, sino también de problemas lingüísticos como la necesidad de encontrarse en determinada región en tal o cual fecha (en Sevilla en marzo o abril para estudiar las procesiones de Semana Santa, la conveniencia de ir a los Pirineos en verano) etc.                
Tipos de Ávila 1912. Óleo sobre lienzo 201x 193 cm
Madrid, Museo Sorolla.

Es difícil hacer un análisis general sobre esa sucesión cronológica, Castilla representa una comitiva, lo mismo que Sevilla, Los nazarenos y Navarra, pero en este caso lo exige el asunto. Sorolla retomaría la metáfora de la comitiva después en Los Toreros y Valencia, Navarra tiene muchos aspectos pictóricos y compositivos en común con Castilla, pero no así Aragón pintado en la misma época. Lo que sí se puede detectar es un aumento de la abstracción y de la expresividad pictórica a partir de 1915, como si Sorolla fuera aplicando al encargo de los murales ciertas innovaciones artísticas que habían empezado a despuntar en sus cuadros de caballete hacía 1911, por ejemplo en La siesta . Hay que señalar que sus fondos a diferencia de sus composiciones totales, tendieron a la abstracción a partir aproximadamente de 1901 de lo cual es un espectacular ejemplo Aragón. En ese aspecto, las dos obras terminadas en 1919 Elche y Ayamonte, parecen las más avanzadas.
Como preparación para Castilla el artista pasó todo el año 1912 viajando a distintos puntos donde sus enviados reunían a modelos ataviados con trajes típicos de particular riqueza. Con ellos Sorolla ejecutó decenas de estudios al óleo, así como cuadros de caballete de gran formato vinculados a los murales, pero independientes. También preparó numerosos bocetos al gouache que desarrollan tanto composiciones corridas a modo de friso como estudios relacionados con el lienzo que había de pintar en 1913. Esto es, en forma de enorme cuadro de caballete autónomo.
Tipos manchegos 1912, óleo sobre lienzo 201x203 cm
Museo Sorolla, Madrid

Sin embargo, se podría decir que la comitiva de figuras de Castilla perpetúa la idea del friso continuo pero con el doble de altura y en este sentido Castilla representa una transición de la configuración en friso a los cuadros sueltos definitivos. En el mural acabado hay eco de los dibujos, por ejemplo, la lagarterana de saya acampanada que aparece casi en el centro de la composición y se encuentra repetida en mucho de los gouaches. Finalmente, Sorolla  instaló un estudio en la Cuesta de las Perdices, al oeste de Madrid, donde posaron nuevos modelos y la enorme composición fue ejecutada entre febrero y diciembre de 1913. Castilla -sería más correcto hablar de ambas Castillas; la Vieja y la Nueva, juntamente con León- se presenta al espectador bajo la forma de un cortejo integrado por gran número de personajes de diferentes lugares del centro de España. Como han observado Tomás y Garín el vasto lienzo tiene una solemnidad que lo distingue de los restantes murales y lo aproxima a la pintura de la historia.
La destacada presencia de hogazas y costales de trigo de harina hizo que Pantorba interpretase la composición como una fiesta "la fiesta del pan", pero es poco probable que Sorolla pretendiera inventarse un festejo concreto. En cualquier caso, hay muchachas que encabezan el cortejo portando panes son representativas, según señaló Ruth Matil de Anderson al analizar sus trajes de zonas del reino de León (Astorga, La Alberca, Salamanca, León y Zamora, esta última también representada por las banderas rojas que ondean sobre la comitiva. A la derecha se ven cerámicas de Talavera de la Reina o Puente del Arzobispo. Ávila, símbolo de Castilla  la Vieja, se alza frente a Toledo (Castilla la Nueva) en medio se ve la Sierra de Guadarrama, que separa ambas regiones, aunque en la realidad hay más de cien kilómetros de distancia de una a otra ciudad, Sorolla ha  trasladado también la abulense Fuente del Pardillo, telón de fondo del cortejo, de un lado de la ciudad al otro.
Anderson describió con lujo de detalles los trajes de cada región y grupo, las mujeres que  portan las hogazas, los maragatos de León, la mujer de saya acampanada de Lagartera (Toledo) los tipos manchegos, una mujer de la Ribera salmantina con un atuendo bordado que es casi oriental, los pastores de Soria y en el centro una segoviana que amamanta a  su hijo sentada entre los costales de trigo. Varios enigmas técnicos rodean esta composición. Las secciones izquierda y central están pintadas sobre lienzos enormes, pero la parte derecha se compone de cinco lienzos de  tamaño medio sobre banderas independientes. Arriba, a la derecha, el cielo de Toledo  fue repintado por el artista con un pigmento de cobre, aparentemente para armonizar los azules de los dos lienzos unidos. Con el tiempo este pigmento ha virado a verde. Hasta ahora, no han aparecido documentos que expliquen el empleo de lienzos más pequeños ni la necesidad de variar el pigmento. 

Sorolla visitó el pintoresco pueblo toledano de Lagartera, en que el traje masculino era austero: calzón negro, camisa blanca ajustada con una gran faja, chaqueta negra y sombrero de ala ancha. El traje de ras, como se denomina al vestido lagarterano que deja ver la camisa de ras, es una indumentaria de fiesta y para el verano. Llaman la atención las bellas mangas abullonadas y fruncidas que caracterizan a esta camisa, seguramente un modelo de origen extranjero. Sobre ella se lleva la gorguera, un cuello postizo bordado con hilo negro que cubre el cuello, el pecho y los hombros y que aporta la riqueza y el barroquismo propios de este vestido. Sobre estas piezas  no se viste chaqueta sino un justillo de seda azul que marca la cintura. Las faldas, que se superponen unas sobre otras, buscan conseguir el característico volumen.
Boda lagarterana, 1912

La novia lagarterana lleva múltiples faldas o guardapieses, tres de color rojo y la exterior azul. Sobre ella, un delantal de seda negra profusamente adornado. La gorguera cubre el pecho y el jubón es negro con botonadura de plata. Las medias llevan bordados motivos en forma de águila, todo ello obra del delicado trabajo de costura femenino.
En Aldehuela de la Bóveda (Salamanca) Sorolla pinta a los charros y charras. Las mujeres visten sayas de terciopelo decoradas con bordados, amplios mandiles con volantes, medias blancas y zapatos negros. En la parte superior llevan jubón con puños decorados y botones de filigrana y, sobre él, disponen el pañuelo de hombros en algodón, con lentejuelas doradas, y el dengue morado-azulado con fleco dorado. Una mantilla blanca de encaje completa esta bella indumentaria.

En La Alberca, enclavada en la Sierra de Francia, Sorolla busca testimonios de un mundo evanescente: “Todo se está acabando o está ya terminado; hay que ir al interior de la Sierra, para lo cual es inútil toda idea de auto” (carta a Clotilde el 30-5-1912). Allí se entusiasma con el traje de vistas, con su enorme cantidad de joyas, compuestas por las grandes collaradas de plata y coral. Sorolla pagó por este traje la exorbitante cantidad de 752 pesetas de entonces. Lo utilizaban para ceremonias civiles y religiosas, y hoy sigue usándose en los ofertorios de las fiestas del Corpus Christi y de la Asunción. 
Se compone de jubón o chaqueta negra con botones de filigrana de plata y el manteo, con varias faldas superpuestas, abiertas por detrás y que se atan a la cintura con cintas. La parte superior está ricamente adornada. Por encima se coloca el bernio o delantal oscuro, con cintas y cortapisas de colores. Las medias encarnadas llevan bordados diferentes tonalidades, que contrastan con el zapato negro con hebilla de plata. En la cabeza lucen un tocado de encaje o gasa blanca con cintas. Y, sobre todo, destacan los collares y brazaleras que caen del cuello a las rodillas y son signo de la riqueza familiar, cubriendo casi completamente a la mujer. Los collares son de coral y plata, con relicarios, medallas y crucifijos con trabajo de filigrana. Las brazaleras están compuestas por un conjunto de cadenas de plata desde los hombros, de cuyos extremos cuelgan amuletos, relicarios, medallas, cruces y cajitas, sonajeros o campanillas con un fin protector, que evoca un mundo de creencias remotas: la cruz de Caravaca contra el rayo y la rabia, el corazón de novia para el amor conyugal, la trucha articulada para la fertilidad…

Tipos segovianos, 1912 

Tipos de Salamanca, 1912
Tipos de Piedrahita, 1912. Óleo sobre lienzo 205x121 cm. Colección particular 

Sorianos, 1912

Sorolla, trabajando en el cuadro «Tipos de Soria», en los altos de la ermita del Mirón. Aurelio Rioja de Pablo - MUSEO SOROLLA

Leoneses, 1912

Tipos de Segovia y Ávila.1912
Joaquín Sorolla y Bastida. Obra preparatoria para "Castilla" o "La Fiesta del pan", 1912, Óleo s/ lienzo, 192 X 200, Col. Particular. 
El título que figura en algunos textos es "Tipos de Segovia". En realidad los hombres son segovianos y las mujeres portan vestimentas populares de la provincia de Ávila. 
En marzo de 1913 comienza Sorolla a trabajar en el Gran panel Castilla, La fiesta del pan en la Cuesta de las Perdices, en las inmediaciones de Madrid. Lo va creando con modelos que van posando para él, Interrumpe el proceso para viajar a París a pintar unos retratos, y lo retoma a la vuelta, terminándolo a finales de año.

La fiesta del pan, 1913, Hispanic Society of America
Este cuadro sobre "Castilla", conocido también como «La fiesta del pan», es la mayor obra que pintó Joaquín Sorolla. Se encuentra en Nueva York, en la Hispanic Society of America, al norte de Manhattan. La gigantesca pieza, más de trece metros de largo, fue traída en 2009 para la exposición itinerante del conjunto de "Las Regiones de España", un grupo de catorce grandes cuadros, que pudo ser visto en el Museo del Prado junto a la mayor colección de obras del pintor jamás reunidas, algunas nunca expuestas antes en nuestro país. 
Esta sección izquierda, que muestra una inusual vista de Ávila, es apenas la mitad de la composición. La sección derecha corresponde a una vista en la que aparecen a lo lejos el Acueducto y la Catedral de Segovia, el Alcázar de Toledo y el Castillo de San Servando. 
Vestidos con su mejores galas, en esta parte del cuadro vemos abriendo el cortejo dos tamborileros y cuatro damas oferentes con los panes que dan título al cuadro. Bajo los grandes pendones rojos castellanos y entre el festejo se ven guardias civiles, tipos abulenses, segovianos, maragatos, charros, manchegos, lagartearas, así hasta completar una escenografía visionaria y monumental de Castilla, sobre la que Sorolla coloca más cien figuras a tamaño natural. 
En 1910, tras varias exitosas exposiciones en Estados Unidos, Sorolla fue elegido por unanimidad por una comisión de expertos para realizar el conjunto que se instalaría en la gran sala de lectura de la Hispanic. Coincidió con su traslado a una nueva casa en la Cuesta de las Perdices de Madrid, donde buscaba aires sanos para su hija María, que sufría una nueva recaída de salud. En el garaje de la nueva casa improvisó un estudio donde esperaba pintar más tranquilamente "bajo la luz del sol" que tanto le inspiraba. 
Tras firmar el contrato en 1911, el primer cuadro de la serie que comienza es el de Castilla. Sorolla se propone "crear una unidad formada por las dos Castillas", pero la envergadura de la obra, que fue creciendo desde su inicio, le llevó a dividir la obra de casi 14 metros en cuatro lienzos. El motivo de partida representaría la romería de San Isidro, patrón de los labradores y las gentes del campo. La composición está dividida en dos partes o secciones. A la derecha se representa un mercado de trigo, con figuras más estáticas, ese grupo de la derecha parece contemplar este desfile más festivo de la izquierda, que celebra una imaginaria «Fiesta del Pan», bajo las murallas de Ávila. Ambos grupos, todos con sus trajes típicos más vistosos, representan las dos antiguas Castillas, la Vieja y la Nueva, consideradas por entonces graneros del país y núcleos de la identidad española. 
El cuadro forma parte de una serie de escenas que representan lo más característico de las «Regiones Españolas». Dispuestas unas junto a otras, como si de enormes ventanales se tratase, el conjunto rodea la sala de lectura del museo neoyorquino de la Hispanic, ocupando en total más de doscientos cincuenta metros cuadrados de pinturas al óleo. Las medidas no son, sin embargo, la mejor referencia para describir lo que allí se ve. Cada cuadro es una alegoría del tipismo del país y sus regiones, tan distintas en paisajes y paisanajes como en composición y colorido.

A la sorpresa inicial de ver en Nueva York aquellos enormes lienzos, le sigue el interrogante de cómo fueron a parar a Harlem todas aquellas obras. La explicación ha de ser breve ya que la historia no lo es. 
Archer M. Huntington heredó la inmensa fortuna amasada por su padre, que mandó construir el ferrocarril transcontinental norteamericano. En uno de sus viajes por Europa Huntington quedó impresionado por los paisajes, la cultura y las gentes de España. Comenzó a entablar amistad con intelectuales y gentes de la cultura hispana y a partir de entonces se propuso recorrer el país para conocerlo realmente, en ocasiones llegando a convivir anónimamente con labriegos y pastores. Fue adquiriendo, bien por encargo, bien directamente, un número considerable de obras de arte, pinturas de El Greco, Velázquez, Goya o Murillo, entre otros, así como esculturas, retablos, cerámica, incunables, miniaturas, trajes y tallas de todas las épocas, que fue trasladando hasta su país.  
El respeto que Huntington sentía por España, hizo que pusiera como condición que muchas de las obras fuesen compradas a colecciones extranjeras, sin esquilmar el patrimonio nacional. Para albergar toda la colección y promover los estudios hispánicos en América, Huntington fundó en 1904, The Hispanic Society of América. Construyó para ello un conjunto de magníficos edificios neoclásicos próximos a la universidad de Columbia, al norte de Manhattan.  
Su fortuna le permitió elegir una de las zonas con más futuro de la isla. A finales del siglo XIX, ante el crecimiento de la ciudad, comenzó a construirse por encima de Central Park una lujosa área residencial con amplias avenidas y viviendas unifamiliares para la burguesía blanca. Con esas premisas el barrio quedó enseguida reservado para gentes adineradas. Tan exclusiva llegó a ser la zona, que los alquileres se elevaron desmesuradamente, algunas viviendas comenzaron entonces a quedar vacías. A los especuladores, dispuestos a todo con tal de no bajar los precios, no se les ocurrió otra idea que alquilar habitaciones por horas. Las gentes de color que por entonces trabajaban por turnos en la construcción del metro y grandes edificios, dormían diseminados por varios distritos y no teniendo para arrendar viviendas de forma estable, comenzaron a alquilar aquellas habitaciones. Familias enteras entraban con todos sus enseres para dormir apiñados en una sola pieza, saliendo a las pocas horas para que el siguiente turno pudiera pernoctar. Ya pueden imaginar el resto, las pocas familias acomodadas que estaban instaladas en la zona fueron abandonando paulatinamente sus bonitas casas y Harlem fue degradándose hasta la situación que todos conocen.  
The Hispanic, al igual que otras instituciones y palacetes, quedó allí, en la calle 157, aislada y fuera de los recorridos turísticos más usuales de la ciudad; de ahí que sea escasamente conocida incluso por las agencias y guías de Nueva York. Sin embargo, puede visitarse cogiendo un taxi por pocos dólares. La pena es que la mayoría de los fondos del museo no están expuestos al público por falta de espacio y presupuesto. Los numerosos López Mezquita o Chicharro que hay en sus fondos, muchos con temas de Ávila, casi nadie llega a verlos. Por igual razón solamente unas pocas obras de Sorolla y de otros importantes artistas se hallan expuestas permanentemente, afortunadamente entre ellas está el conjunto de Las Regiones de España. Esta permanencia fue una de las condiciones que impuso Sorolla a su amigo Huntington al formalizar el contrato en París. 

Inicialmente Huntington quería que Sorolla pintase escenas de los más gloriosos episodios nacionales, un repertorio que reflejase la grandeza imperial de España: descubrimiento de América, etc. pero Sorolla le hizo ver que él no era un pintor de la historia sino de paisajes y paisanajes, como le definió Unamuno. El artista se comprometió en 1911 a realizar la decoración de la sala de lectura del museo en cinco años, «pintada al óleo, de tres metros y medio o tres metros, por setenta metros de largo [...] Los motivos para esta decoración serán tomados por representaciones de la vida actual de España.[...] El precio será cuando sea la entrega en Nueva York, de ciento cincuenta mil dólares». Pero, tal como indica Florencio de Santa Ana «Aunque la oferta económica fue para la época muy estimable, el encargo también lo era. Sorolla debió sopesar mejor esta empresa ya que finalmente tardó ocho años en realizarla, sus condiciones como pintor no estaban de acuerdo con las de muralista. Por otra parte, el pintor se encontraba en el cenit de su actividad artística y continuaba investigando nuevas formulaciones estéticas en el tratamiento de la luz. Si hubiera seguido adelante no podemos precisar qué alturas hubiera alcanzado. Pero la decoración de la Hispanic Society supuso un tapón en su actividad creadora, y en cierta medida, un retroceso, del que escapan algunos cuadros pintados en sus no muy numerosos descansos». 
Ciertamente algunas obras de esta sala, entre ellas la de Ávila, están lejos de esas composiciones espontáneas y luminosas de los mejores Sorolla. Aparte de recurrir a referencias fotográficas, el pintor realizó, sólo para La Fiesta del Pan, más de veinte estudios preparatorios a tamaño natural. A ello hay que añadir otros más pequeños de paisajes para el fondo e interminables dibujos y guaches para la composición. Tanto en The Hispanic Society como en el Museo Sorolla de Madrid se conservan más de trescientos estudios y bocetos para este lienzo; las grandes dimensiones del cuadro contribuyeron a que la composición fuese demasiado escenográfica, personajes y fondo están dispuestos casi teatralmente. 
Llama la atención el monumento que se interpone delante de la muralla. ¿Lo reconocen?. Es la fuente del Pradillo. Esa fuente, levantada en tiempos de Felipe II, que tiene tallado el Toisón como símbolo de realeza, fue elegida por Sorolla para presentar un escenario representativo de Castilla, en tiempos orgullosamente noble y guerrera y luego humilde campesina. El pintor hizo varios bocetos del natural tanto de las murallas como de la fuente; ésta sería luego sobredimensionada en el cuadro definitivo para dar mayor monumentalidad a la escena, sin embargo lo que la hace difícilmente reconocible no es tanto su tamaño como su ubicación. Sorolla la coloca en el entorno de los Cuatro Postes según se ve por la situación de San Segundo y la muralla. La composición puede desorientar al espectador que no conozca la ciudad. Esto fue lo que le ocurrió a Marcus B. Burke, curator de la Hispanic, cuando quiso localizar por su cuenta la fuente. Cuando finalmente dio con ella, le invadió el desencanto, no tanto por su tamaño real, como por el estado de abandono en que se encuentra actualmente, algo que al parecer no conmueve a nuestras autoridades municipales, que deberían saber de su valor. Burke me reiteró en Nueva York las buenas y cuidadas casas que no obstante había por los alrededores del monumento. Sin confesarlo directamente, los norteamericanos son insistentemente discretos, me daba a entender una y otra vez su extrañeza por el abandono de la fuente del cuadro. No habiendo pobreza en la zona, se dejaba degenerar no sólo el monumento, cubierto de pintadas, sino también el entorno, sucio a pesar de tener al lado un edificio de la empresa municipal de limpiezas, y carente al menos de una indicación informativa. 
Sorolla estuvo pintando en Ávila al menos en dos ocasiones, la primera en marzo de 1910 recogiendo diversos monumentos como la muralla o San Vicente; en la siguiente, en mayo de 1912, realiza retratos de personajes: "Tipos de Ávila" y tipos de Piedrahita", todos ellos con la intención de servir como bocetos de La Fiesta del Pan. Tomó varias panorámicas de Ávila, pero buscó en otros monumentos algún aspecto particular que pudiese emplear para La fiesta del pan. A estos esbozos corresponden las figuras del pórtico sur de San Vicente, la puerta del palacio de los Dávila, el puente romano, un detalle de la Catedral y las vistas de la fuente del Pradillo. Sólo este último motivo sería utilizado después para el cuadro que se encuentra en Nueva York. Los Tipos de Ávila, una obra más acabada y de mayores dimensiones le sirvió también como referencia; aquellos campesinos de primeros de siglo, con sus capas y sombreros de ala ancha, aparecen en el desfile del cuadro.

No todos los trabajos preparativos tendrían una traducción directa en ese lienzo, que le llevaría más de un año acabar. Esto le hará «recapacitar, y a la conclusión del cuadro en 1914 cambia de postura. No cree conveniente realizar estudios y pintar luego la obra definitiva en el taller, porque pierde frescura y espontaneidad, atributos que sí tienen los estudios» (F. de Santa Ana). A partir de entonces, decide pintar el resto de los cuadros directamente del natural en los lugares elegidos y al aire libre. Cinco años más tarde, en Junio de 1919 termina la agotadora decoración de la Hispanic, compuesta por catorce murales, muriendo sin llegar a verlos instalados.

Sorolla nunca llegó a tener relación con los impresionistas ni con ninguno de los modernos movimientos europeos de finales y primeros de siglo, a pesar de que algunos fueron protagonizados por pintores españoles. Lejos de esos destellos vanguardistas, morirá en 1923, «lo que le evitará el enfrentamiento con una nueva generación artística, que tenía sus miras en problemas y planteamientos distintos». Continuador de la tradición figurativa más folclórica para unos, para otros un atrevido «formulador de un lenguaje moderno en la práctica de la pintura», Sorolla fue ante todo un artista centrado en la concepción del color y la luz. Alejado de esa visión pesimista de una España negra que pintores como Solana representarán más tarde, prefirió ser testigo de las más luminosas escenas costumbristas. 





La obra es conocida en Estados Unidos como "Festival regional de San Isidro labrador" por ser esta obra una alegoría de la recolección del grano durante la festividad del patrón de los labradores, San Isidro.
Esta sección derecha corresponde a una vista en la que aparecen a lo lejos el Acueducto y la Catedral de Segovia, el Alcázar de Toledo y el castillo de San Servando. 
"En total fueron catorce cuadros tiene la obra, algunos de ellos su temática ya fue elegida y otros surgieron sobre la marcha. Su obra no se extiende sobre toda la geografía española, sino en aquellos lugares donde el artista sentía la inspiración, dejándose llevar por motivos pintorescos. El ámbito de las escenas era al aire libre, del mismo modo que su elaboración, eliminando cualquiera de los efectos de luz artificial que pueden darse en un taller de trabajo y dejando que el sol de España embelleciera lo que en ese cuadro se quería transmitir. Eso si sin obviar el estudio de bocetos y modelos antecedentes a la obra final..."

EL CONTRATO CON LA HISPANIC SOCIETY OF AMERICA PARA LA FIESTA DEL PAN 
"Tras el acuerdo que mantuvieron Joaquín Sorolla y míster Huntington en París, firmaron un documento donde el artista se comprometía a pintar unos lienzos representativos de algunas de las costumbres de las regiones españolas. Estarían en forma de friso, debían de ser lo suficientemente grandes para cubrir las paredes de la exposición, y las obras serían iluminadas por una luz cenital. Las dimensiones tendrían una aproximación de veinte metros por quince, tratándose de unas dimensiones lineales de unos setenta metros aproximadamente, pudiéndose tratar de lienzos de diferentes longitudes, pero de un alto establecido, tres metros y medio.
El contrato que nombramos, no se trataba de una forma formal ante notario, sino de una hoja de carta donde ambos interesados escribían lo que cada estaba obligado. Bajo el membrete de la Hispanic Society of America, el artista escribe:
"«París, 26 Nbre 1911»  
A partir de esta fecha, cinco años más o menos, yo prometo entregar, si encuentro que la realización es posible, una decoración pintada al óleo, de tres metros y medio, o de tres metros, si el motivo artístico lo requiere, por setenta metros de largo, a The Hispanic Society of America.

Los motivos para esta decoración serán tomados por representaciones de la vida actual de España y Portugal, y además prometo entregar a The Hispanic Society of America todos los bocetos que habré hecho y trajes que para este objeto utilice (pero no los estudios).
El precio de esta obra será, cuando sea entregada en Nueva York, de ciento cincuenta mil dólares.
Los gastos de portes y Aduana corren a cargo de The Hispanic Society of America.
Si yo muriese antes de completar la obra, la The Hispanic Society of America adquiriría lo realizado, pagando un precio proporcional a la cantidad fijada.
Joaquín Sorolla y Bastida.»"

A continuación se lee:
"«Acting on behalf of the Board of Trustees of the Hispanic Society of America I agree to the terms stated herein. Archer M. Huntington. President Paris, November 26-191 1.»"

Debajo:
"«Los trabajos terminados de esta decoración para la Hispanic no serán expuestos en ninguna parte antes que en la Hispanic. J. Sorolla.»"  

"Tras la obra que el artista español pacto con Huntington, Sorolla regresó a su ya casa en Madrid en 1911, mostrando a su mujer la magnitud del contrato de su obra. Tratándose de varios lienzos, pero pudiéndose catalogar de una sola obra ya que contiene una temática común.
Al artista tal magnitud de la obra le gustaba llamarla "Visión de España" (Pancorba, 1970)2, yeso mostraría, su tierra, sus mares, cielos y gentes de la región, en situaciones animadas, mostrando su indumentaria y el costumbrismo de la época. La Hispanic Society of America, dio título a esta obra Provinces of Spain. Sin embargo este título quizás no fuese el más adecuado para lo que el artista quiso expresar, porque más allá plasmar la gente, sus atuendos o la geografía de España.

Sorolla quiso dar una «visión» artística; mostrar un sentimiento y expresarlo a través de sus pinceladas y su arte, un arte plasmando otro arte.

En total fueron catorce cuadros tiene la obra, algunos de ellos su temática ya fue elegida y otros surgieron sobre la marcha. Su obra no se extiende sobre toda la geografía española, sino en aquellos lugares donde el artista sentía la inspiración, dejándose llevar por motivos pintorescos. El ámbito de las escenas era al aire libre, del mismo modo que su elaboración, eliminando cualquiera de los efectos de luz artificial que pueden darse en un taller de trabajo y dejando que el sol de España embelleciera lo que en ese cuadro se quería transmitir. Eso si sin obviar el estudio de bocetos y modelos antecedentes a la obra final.

El primer panel es el dedicado a Castilla en 1913, y el último en Ayamonte, 1919. La duración de la obra completa le llevo seis años."
Indudablemente "La fiesta del pan", que vemos en el panel de Castilla, se trata de una ofrenda, donde aparecen los cereales recolectados. Son las muchachas jóvenes las encargadas de portal el pan, en forma procesional, tal y como anteriormente hemos relacionado, el papel de la mujer encargada de la sabiduría de la agricultura, al igual que la diosa Oeméter.
En el mismo panel encontramos a la novia con su cortejo. La similitud que encontramos está en la fecundidad de esa novia, como si de la luna nueva se tratase. La muchachas llevan el pan como un alimento sagrado, tapado, tal y como veremos a continuación, como dice Bartolomé de Cossío; «cómo si del velo de Minerva se tratase. »(B. Pancorba, 1970)".


En marzo de 1914 Sorolla retoma la decoración en Sevilla. La multiplicación de estudios previos al Panel de Castilla, no tendrá parangón en ninguno de los paneles restantes. Al parecer, se dedica a la realización del panel sobre todo por las tardes, realizando cuadros menores y otros menesteres por las mañanas. En conjunto, en la realización del panel de Sevilla, Los nazarenos ha invertido dos meses, frente al año y medio o más que le ha llevado el panel de Castilla, de mucha mayor complejidad y tamaño. En verano retoma en Jaca el trabajo de la decoración de la Hispanic Society con el panel Aragón, La jota. A continuación y al parecer sin moverse de Jaca, pinta Navarra, El concejo del Roncal, copiando en parte del estudio Tipos del Roncal que había pintado en 1912. A mediados de septiembre tiene ambos paneles terminados. Entre tanto su hija María se ha casado en Jaca, por no interrumpir los paneles, con Francisco Pons-Arnau, discípulo de su padre.
Una vez terminados ambos, se desplaza a San Sebastián y pinta Guipúzcoa, Los bolos, desechando otros motivos y composiciones que había tenido en cuenta con anterioridad. Tres semanas después, con el panel concluido, parte hacia Sevilla con la intención de realizar el panel Sevilla, El encierro. Estudia diversas localidades: Jerez de la Frontera, donde pinta varios cuadros de vides; el Puerto de Santa María; Puente Real; San Fernando; La Aguada y Cádiz. Finalmente se decide por una finca en las afueras de Sevilla, y el día 6 de noviembre comienza a pintarlo. El 14 de diciembre concluye el panel, el segundo más grande, por detrás del dedicado a Castilla.

Sevilla: los nazarenos. 1914. Óleo sobre lienzo 351x 300,5 cm. Nueva York, The Hispanic Society of America.
Esta pintura fue la primera que realizó Sorolla tras terminar Castilla a finales de otoño de 1913. Durante una estancia en Sevilla en la Semana Santa de 1914 (marzo-abril), recogió motivos visuales en bocetos al óleo y gouaches, e inmediatamente después ejecutó el panel. Como ha señalado Diez, entre los primeros apuntes para el ciclo mural existe una imagen de la Semana Santa, una parte del énfasis en Sevilla que parece haber estado en el propósito de Sorolla desde el primer momento.
Como en casi todas las pinturas de Visión de España, en Sevilla. Los nazarenos  se logran una imagen vehemente y verosímil combinando elementos representativos que han sido tomados de distintos contextos. El paso al que  acompañan los penitentes es la Virgen del Valle, objeto de dos estudios al óleo particularmente bellos que se pueden fechar entre el 4 y el 11 de abril de 1914. Anderson sugiere que el hábito negro bordado con la cruz roja de Santiago fuera el de otra cofradía distinta de la que salía con la Virgen del Valle, concretamente  la del Prendimiento, vulgarmente conocida como los Panaderos. Estudios ulteriores han puesto de relieve que al parecer Sorolla sólo utilizó la túnica negra de los Panaderos, no su capa roja o púrpura, tal vez por considerar que la Cruz de Santiago encerraba una significación especial para la cultura española y el color  negro era más emblemático de la Semana Santa.
No menos representativa es la presencia, al fondo, de la Giralda recortada contra el cielo. Florencio de Santa Ana hablando de los estudios al óleo, señaló perspicazmente que la torre parece estar tomada desde el barrio de la Santa Cruz.
La comparación de la imagen de Sorolla con vistas reales de la Giralda induce a pensar que Sorolla la añadió a su escena callejera de una forma arbitraria, como había combinado los Panaderos con la Virgen del Valle. Nada de ello debería eclipsar las tremendas dificultades técnicas de vivificar las túnicas negras de los penitentes o dar profundidad al grupo de figuras, los espectadores que bordean  la calle y el paso en el término medio. Tomás y Garín han comentado un aspecto interesante de la composición que, a primera vista, parece dividida en una mitad superior clara y una mitad inferior oscura, siendo así que las figuras de hábito  oscuro de la parte inferior están circundadas por una media luz que cae de arriba.

Aragón, la jota, 1914, óleo sobre lienzo 351 x 301 cm. Nueva York, The Hispanic Society of  America.
En el extremo noroccidental de Aragón y a menos de veinte kilómetros de Roncal en la vecina Navarra, el valle de Ansó es una de las comarcas más apartadas de Huesca. En Aragón, la jota Sorolla lleva al espectador a ese recóndito enclave pirenaico, que  a comienzos del siglo XX atrajo a ciento de artistas por la singularidad de su indumentaria y sus costumbres.
Uno de estos artistas, Carlos Vázquez Úbeda (1869-1944) nacido en Ciudad Real y afincado en Barcelona en 1898, visitó Ansó en 1900 y se dejó conquistar por aquel  rincón de la Edad Media que había llegado incólume hasta el siglo XX. A partir de  entonces dedicó diferentes pinturas a la vida de los ansotanos, y es probable que fuera él quien diera a conocer el lugar a su amigo Sorolla, que en 1901 había sido su padrino de boda.
El valenciano visitó el valle de Ansó al menos en dos ocasiones después de aceptar  el encargo de los murales, una en agosto de 1912 y otra en 1914. Una de las cosas que le fascinaron fue el atuendo de las mujeres, cuyos vestidos en forma de A en  lana verde, las llamadas "basquinas ansotanas" conservaban un carácter netamente medieval. Quienes lleven residiendo mucho tiempo en Madrid recordarán que las mujeres de Ansó todavía vestían así en la década de 1950, cuando venían a la capital vendiendo hierbas medicinales , parece posible que el uso del traje típico como reclamo comercial hubiera favorecido su pervivencia en la vida cotidiana. Cabe observar que el interés de Vázquez por el valle de Ansó era coincidente con el de  generación del 98 por los aspectos tradicionales de la sociedad española.
Tipos aragoneses, óleo sobre lienzo 209 x 141
Madrid Museo Sorolla
 

Sorolla ha mantenido el carácter festivo del ciclo mural mostrando a los asotanos  en una fiesta que tiene por telón de fondo las abruptas estribaciones del Pirineo. Un grupo de hombres y mujeres bailan la jota, la antigua danza emblemática de la región aragonesa. Vemos a las mujeres en el paso llamado "aplastar la araña", donde el apoyo de la planta del pie sigue en movimiento de giro; al detenerse la danzante su basquiña aún sigue girando, con un efecto que Sorolla ha detenido en el tiempo. Diez señala que esta parte de la composición , así como figuras sueltas de mujeres con el traje tradicional , están ya en los bocetos de gouache de 1912, cuando el pintor aún no había descartado la disposición de figuras en friso por delante de un fondo continuo de paisajes y edificios.
La jota de 1912 parece más genérica (tal vez como propia de todo Aragón) mientras que el gouache de 1914 se localiza inequívocamente en Ansó. El paso a un gran formato vertical ha permitido a Sorolla logra monumentalidad sin debilitar la sensación de movimiento y tampoco ha descuidado esos toques prodigiosos que  tantas veces ponen viveza en sus cuadros de caballete. A la izquierda, por ejemplo, una muchacha a las que Anderson identifica como una nuera o prometida, con un "sofocante de lazadas" centra la atención de un par de mozos. Sorolla deja abierta la pregunta de si son su novio y un amigo o dos rivales alentados por la esperanza  de hacerla cambiar de opinión.
Mención aparte merecen los aspectos abstractos de la composición. Las formas facetadas del fondo montañoso que Sorolla analizó en estudios al óleo de 1914 ocupan más de un tercio de la obra y como se ha señalado las sombras de los  árboles invisibles animan el primer término de manera igualmente abstracta. Esa  referencia a elementos que no ven por estar "fuera del encuadre" denota la influencia de la fotografía y quizás del cine en la madurez del artista.


Campos de trigo, Castilla, 1914. Óleo sobre lienzo 60,5 x 95,5 cm. Museo Sorolla Madrid 
Una amplia franja de amarillo cálido y poderoso ,inclinado ligeramente curva en su extremo superior, apenas soportado por otra mucho menor de verde, deja cabalgar sobre su extensión los delicados matices de las tierras cultivadas que se pierden en la lejanía hasta acabar en una montaña que apenas se divisa. La intensidad expresionista de la pincelada no está aquí presente, resolviéndose la técnica en pigmentos muy disueltos y poco consistentes que provocan la impresión de franjas de color casi plano.
Fue pintada en la Cuesta de las Perdices, en la primavera de 1913, y la tranquilidad que de él emana crea la ilusión de estar percibiendo incluso el leve soplo del viento que suavemente agita las espigas y el sol del mediodía cayendo 
a plomo sobre el trigo desnudo.
La intesidad expresionista de la pincelada no está  aquí presente, resolviéndose la técnica en pigmentos muy disueltos y poco consistentes que provocan la impresión de franjas de color casi plano.

Tipos del valle de Roncal, Tipos de Roncal, 1912. (Colección particular)
En los últimos días del mes de agosto de 1912, la prensa local y nacional se hacía eco de la presencia en Roncal del “eminente pintor valenciano Joaquín Sorolla” (El Eco de Navarra, 28 de agosto de 1912), quien, aprovechando sus vacaciones veraniegas en San Sebastián, se acercó al valle navarro con la intención de “trasladar al lienzo con su habitual maestría las bellezas de nuestro paisaje” (Diario de Navarra, 28 de agosto de 1912, p. 3).
El origen de la estancia en Navarra en 1912 del máximo exponente del luminismo (tema al que se han aproximado autores como Covadonga Pitarch, Fernando Hualde o Miguel Javier Guelbenzu) se encuentra en el encargo que le hiciera un año atrás el fundador de la Hispanic Society de Nueva York, Archer Milton Huntington, amigo personal del pintor valenciano, para decorar la biblioteca de la institución con catorce grandes paneles que mostraran las diferentes regiones de España y que sirvieran como presentación del país al público americano. Descartada la idea inicial del promotor de recrear los episodios más trascendentales de la historia de España, finalmente Sorolla abordó la Visión de España en Nueva York desde la perspectiva de las escenas populares, con especial protagonismo para los trajes.
Entre 1911 y 1919 (especialmente en 1912, año de su visita a Navarra), Sorolla viajó por toda España con el objetivo de encontrar temas para sus paneles, de marcado carácter costumbrista y en ocasiones etnográfico. Muy en consonancia con las ideas intelectuales del momento (Generación del 98, Institución Libre de Enseñanza), vuelve su mirada hacia el mundo rural o pintoresco, como él lo denominaba, rechazando las imágenes más actuales de la vida moderna que ya era propia de las grandes ciudades de nuestro país; en efecto, tal elección tiene lugar en un momento en el que esta vida tradicional comenzaba a desaparecer rápidamente, desplazada por la inevitable globalización que la industrialización fue imponiendo.
El resultado final fue un conjunto de catorce paneles de 3 metros de alto por 70 de largo pintados al óleo, con una interpretación muy personal de la variada realidad geográfica española; cuadros en los que aparecen representados hombres y mujeres de distintas provincias españolas, a través de los cuales el pintor trata de transmitir no sólo los rasgos físicos de cada región, sino también sus trajes típicos, sus trabajos, costumbres y folklore. A su conclusión en 1919, su traslado a Nueva York se retrasó por la enfermedad y muerte del pintor en 1923, de manera que la Sala Sorolla de la Hispanic Society no se inauguró hasta enero de 1926.
Tipos de Roncal, 1912(Colección particular)

¿Por qué escoge Sorolla Roncal como uno de los lugares para plasmar su Visión de España? Indudablemente, su interés por los trajes fue un motivo de peso, dado que el traje de regidor o alcalde de Roncal es uno de los más antiguos del país. Y tampoco debemos descartar el consejo de su amigo y paisano Mariano Benlliure, quien en 1901 se había desplazado hasta la localidad navarra para instalar en su cementerio el mausoleo de Gayarre.
Tipos de Roncal, 1912. (Museo Sorolla)

Acompañado de sus amigos el pintor Adolfo Marín, la pintora americana Jane “Juanita” Peterson y el fotógrafo Francisco de las Heras, el grupo se hospedó en la casa de Gregorio Garjón, primo de Gayarre (“un caballero muy atento y comida y cama son admirables”, dirá de él). Nada más instalarse, comienza a trabajar (la correspondencia con su esposa Clotilde aporta numerosa información de la actividad desplegada durante estos días), a la vez que conoce e incluso participa en alguna de las costumbres del lugar, como el juego de pelota a pala, o el baile de trajes regionales.
En el tiempo en el que permanece en Roncal, Sorolla realiza tres retratos, dos paisajes, y numerosos apuntes. Son los retratos Tipos del Roncal (colección particular), Tipos del Roncal (Museo Sorolla) y Tipo del Roncal (Museo Sorolla), en los que resulta posible reconocer a los modelos que posaron para el pintor (Benita Daspa, Raimunda Monzón, José Sanz, Eugenio Gárate). Junto a los retratos, el valenciano pinta Valle de Roncal (Museo Sorolla) y Pueblo de Roncal (Museo Sorolla), en los que con apuntes rápidos y ligeros capta los matices del paisaje y del pueblo roncalés; ambos le servirán además como telón de fondo sus cuadros de tipos.

Tipo de Roncal, 1912
(Museo Sorolla)

Con todo este material, al que se suman los trajes típicos que adquirió durante su estancia, compondrá en Jaca en 1914 el cuadro Navarra. El Concejo de Roncal, con destino a la Hispanic Society. Muestra el momento en el que las autoridades de Roncal, acompañadas de la enseña del Valle, llegan a la ermita de la Virgen del Castillo (idealizada su arquitectura con un torreón, protagonista igualmente de algunos estudios), pudiendo tratarse, bien de una reunión de la Junta del Valle (son siete regidores, tantos como pueblos componen el Valle, aunque en bocetos previos aparece un mayor número de personajes), bien una romería a la Virgen del Castillo. Sea como fuere, no podemos pasar por alto que se trata del único cuadro de todo el conjunto con destino a la institución neoyorkina en el que Sorolla plasma a una autoridad, reflejo sin duda de la importancia que tenía el concejo roncalés. A la derecha de los mandatarios, sentadas o de pie, quedan seis mujeres ataviadas con diferentes indumentarias típicas. 
Navarra. El Concejo de Roncal, 1914. (Hispanic Society. Nueva York)

Detalle

Tipos Valle de Ansó, 1914, Museo Sorolla
Dos muchachas, vestidas con el traje típico de la región, se recortan sobre un fondo de montañas, en gamas muy fuertes de color.
Tipos del Valle de Ansó (Museo Sorolla, nº de inventario 01047), es, precisamente, uno de los muchos estudios que Sorolla realizó antes de pintar La Jota, uno de los inmensos paneles que habrían de decorar la Hispanic Society de Nueva York.
No hay certeza absoluta de la fecha en que Sorolla pintó la obra. Pero sí sabemos que, a diferencia de otro de los estudios de tema ansotano (el famoso Abuela y nieta del valle de Ansó, datado en 1911 y que fue pintado en la casa-estudio madrileña del pintor), el cuadro que nos ocupa fue ejecutado en el Pirineo. El maestro tenía un estudio en Jaca, donde contaba con apuntes del natural y con fotografías de tipos locales; desde allí realizaba además viajes por la región. Es probable que la pintura se llevara a cabo en el verano de 1914. En esta ocasión, Sorolla trabajó entre julio y agosto.
Centrándonos ya en la pintura, hay que comenzar diciendo que las dos figuras llevan trajes muy parecidos, que sólo se diferencian en algunos detalles1. El elemento más característico es sin duda el largo vestido verde que en Ansó llaman basquiña. En este caso, ambas mujeres visten una versión festiva del traje de basquiña verde.
La figura de la derecha lleva la cabeza descubierta, mientras la de la izquierda se tapa con un pañuelo, aunque debajo lleva el mismo tipo de peinado que la otra. Es el llamado peinado “de churros”, en el que el cabello trenzado y encintado se une a un postizo relleno de borra (el “churro”), para luego colocarlo alrededor de la cabeza a modo de corona.
El hecho de que la joven de la derecha lleve la cabeza sin cubrir y se adorne con una vistosa escarapela de cintas de seda nos indica que la indumentaria festiva que lleva es muy especial: se trata del traje “de tornaboda”, es decir,  el vestido utilizado por las jóvenes en las procesiones y el que llevaban las novias tras la ceremonia nupcial. Por ello, es muy posible que la imagen represente a una muchacha que acaba de contraer matrimonio. Durante la boda, las novias vestían el llamado “traje de iglesia”, en el que dominaba el color negro, pero luego se despojaban de las ropas oscuras, quedando ataviadas de la forma que refleja el cuadro. Además, la figura lleva en la mano derecha una rama florida, que, haciendo las veces de un adorno de azahar, parece aludir a la pureza de la contrayente. Finalmente, algunos de los dibujos de Sorolla que muestran figuras similares a ésta especifican por escrito que se trata de una novia.
La figura de la izquierda, también vestida con su mejor basquiña de fiesta, pero sin cintas de novia y con la cabeza cubierta, representa probablemente a la madre de la muchacha.
El traje tradicional femenino del valle pirenaico de Ansó une elementos de origen cronológico muy variado. El cuadro de Sorolla refleja extraordinariamente bien dos de los rasgos más definitorios y antiguos del traje, aparte de la propia basquiña: el cuello de la camisa y las falsas mangas o manguitos.
El gran cuello plisado de las camisas ansotanas, rematado con encaje de bolillos casero, toma su modelo de los cuellos de lechuguilla, muy difundidos en España desde fines del siglo XVI y, más concretamente, de los cuellos “a la italiana” o “a lo Medici”, que dejaban la garganta al descubierto.
Las mangas o manguitos, de paño de lana, repiten patrones renacentistas de influencia italiana. Este tipo de falsas mangas fueron muy empleadas en España, tal vez porque permitían lucir las lujosas camisas moriscas, populares en tiempo de los Reyes Católicos, y que siguieron luego utilizándose durante mucho tiempo.
El cuadro recoge, así pues, uno de los trajes tradicionales más interesantes de la Península Ibérica, fruto de un desarrollo histórico y cultural, que permanece vivo aún hoy como símbolo de identidad y apego a la tradición.

Guipúzcoa, los bolos, 1914, óleo sobre lienzo 350,4 x 321,5 cm. Nueva York, The Hispanic Society 
El País Vasco es la parte de España más industrializada en la época de Sorolla, pero el artista en consonancia con lo que se ha llamado la estética neorromántica y las  inquietudes etnográficas que compartía con su mecenas Ancher Milton Huntington-  por no mencionar las preocupaciones de la Generación del 98 -decidió subrayar los aspectos agrarios de la vida vasca, representando un grupo de aldeanos que juegan  a los bolos. Un mozo se ha subido a un murete para comprobar que no se hagan   trampas, pero le distrae de su cometido la presencia de la muchacha sentada junto a su herrada. En segundo término medio aparece un típico carro de bueyes de la zona. Sólo el trazado de un funicular en construcción sobre la ladera del monte Igualdo, en la lejanía, ofrece algún indicio del mundo moderno.
El panel de Guipúzcoa es un ejemplo más de cómo Sorolla combinaba en una imagen emblemática motivos originalmente independientes. Fue pintada en 1914 en San Sebastián, en parte sobre la base de estudios hechos en 1912. El paisaje procede de cuadros que Sorolla había pintado en la finca de un famoso médico vasco, el doctor Medinaveitia, asomada al monte Igueldo y al puerto de San Sebastián  desde más arriba del palacio Miramar; mientras que la figura y la carreta proceden de numerosos apuntes, gouaches y pinturas al óleo de escenas agrícolas, algunos aparentemente realizados en el monte Ulia, al otro lado de la bahía.
Como en el caso de Castilla, Sorolla pintó al óleo tipos vascos en figuras de cuerpo entero de tres cuartos, claramente destinados a ser obras autónomas a la vez que le servían de preparación para el panel. La familia de la muchacha que posó para la escena cuenta la anécdota de que Sorolla, para dar los últimos toques al lienzo, reunió a sus modelos en una sidrería con vistas a la ciudad y a la bahía. Cabe imaginar lo agradable que debió ser la reunión, sobre todo ya avanzada: ciertamente la escena pintada tiene unos aires de celebración y bienestar. Tomás y Garín han señalado con acierto que aquí la distribución de las figuras da una mayor sensación de decoración mural que en los restantes paneles, y citan a Felipe María Garín en su descripción del jugador que lanza el bolo como un " discóbolo moderno". 
Tipos de Lequeitio

Efectivamente, la composición parece recordar los diseños de Mantegna para  la Camara degli Sposi, y hace pensar en el empleo de estatuas clásicas como  fuentes en lienzos tan aparentemente naturalistas como Saliendo del baño.
Llamar a Sorolla "pintor de la luz" es un tópico gastado por el abuso, pero todo el que conozca el País Vasco se admirará de la maestría con que está captada esa luz gris, que es tan característica del aire húmedo de la región. Ese efecto es producto de varios recursos técnicos, entre ellos, la elección de una tela de trama más fina que en los restantes paneles, el cuidadoso equilibrio de grises y verdes en la composición y un férreo control de las tintas medias, incluso en pasajes de color como la blusa del muchacho del borde izquierdo. Al igual que  en los paneles de Cataluña, Valencia y Galicia, Sorolla ha representado un  árbol concreto como emblema de la región, en este caso un plátano de sombra.

Andalucía, el encierro, 1914, óleo sobre lienzo 35,1 x 75,2 cm. The Hispanic Society of America
Andalucía, el encierro presenta a garrochistas andaluces conduciendo una torada, presumiblemente hasta una estación ferroviaria insinuada por la vía estrecha que cruza el primer término, para enviarla a la corrida. Diez y Santa Ana han demostrado que el paisaje panorámico de la composición es una amalgama de motivos que  Sorolla abocetó en distintas localidades: los viñedos, en Jerez de la Frontera, los setos de chumberas y las vías del tren, en las cercanías de Sevilla, los toros, en la famosa ganadería de Miura, y la loma con dos edificios blancos, también en las  proximidades de Sevilla. Anderson identificó el de la torre como un molino olivarero, y es posible que con la construcción más alargada Sorolla quisiera indicar una botella de vino de Jerez.
La perspectiva baja, que delata la influencia de la fotografía, y las ligeras nubes altas, tan características de Andalucía, completan la ilusión de realidad directamente  observada en el paisaje y la escena. Este componente esencial del arte de Sorolla en general que es su forma de camuflar emblemas y arquetipos bajo la apariencia de una transcripción de la realidad, pocas veces se había manifestado con tanto vigor como aquí. Como ha indicado Diez, la imagen de un encierro de toros formó parte del plan del artista para el ciclo de murales desde una fase temprana del  proyecto, precisamente por su carácter emblemático.
Debido a la difusión mundial de la ganaderia vacuna de pastoreo originada en España, los garrochistas andaluces de Sorolla podrían encontrar sus homólogos entre los charros de Salamanca o de México, los gauchos de la Argentina o los vaqueros del sudoeste de los Estados Unidos. Con frecuencia es el sombrero lo que identifica al jinete, y en este caso es el sombrero cordobés de ala ancha que se puso de moda en Andalucía en el siglo XIX, como hizo notar Anderson. Las reses bravas aparecen ampliadas por una manada de cabestros, que tranquilizan a los toros y protegen a los caballos.
Aunque el simbolismo religioso explicito no sea una característica del arte de Sorolla, es interesante observar que la disposición de los murales en The Hispanic Society los viñedos de Andalucía se sitúan frente por frente de la fiesta del pan de Castilla. En el contexto de un país tan católico como España (y con una Semana Santa  inmediatamente a la derecha), quizá no sea impropio recordar la especial significación del pan y el vino en la cultura cristiana.

Los valores pictóricos de esta composición suelen quedar eclipsados por el tamaño de la obra que es la mayor de todo el ciclo: la fluidísima aplicación de la pintura en los bueyes de guía , que es semejante a la de las figuras de esos animales en las muchas versiones de Sol de tarde; el juego de la luz sobre la escena del primer término y el paisaje de fondo y el fino equilibrio cromático, dentro de una paleta restringida donde predominan los verdes, los pardos y distintos tonos de blanco, por no hablar de la notable inclusión, en el ángulo inferior derecho, de este bloque, posiblemente el cantón de una cerca, que pone mayor distancia con los cactus, los garrochistas y las construcciones de la lejanía.

A mediados de enero de 1915 Sorolla viaja a Sevilla con la intención de acometer el cuadro Sevilla, El baile para la decoración de la Hispanic Society. Como siempre le lleva un tiempo  conseguir los modelos, la localización y la indumentaria. Como en algunas ocasiones, esta vez no acomete el cuadro en el lugar que aparece representado. Aunque no tenemos certeza de qué día comenzó a pintar, sabemos que terminó el cuadro el 25 de marzo, y que decidió prolongar su estancia en Sevilla para pintar un panel de dicado a la tauromaquia: Sevilla, Los toreros.
Según Blanca Pons- Sorolla en esta ocasión el pintor no hace ningún estudio preparatorio, tan solo una serie corta de apuntes de dimensiones reducidas. El cuadro que da terminado a primeros de mayo. En junio, los médicos le recomiendan descansar y viaja a pintar a la Malvarrosa, en Valencia. Pasa casi todo el verano en Villagarcía de Arosa con su familia, y pinta allí el cuadro Galicia, La romería. Después de una semana en Madrid, viaja a Barcelona, donde pinta Cataluña, El pescado, cuya composición de figuras le resulta complicada de resolver. Pinta el grupo de figuras en un local de la Barceloneta, sobre un fondo de pinos y rocas de la costa de Lloret de mar. Durante el proceso se queja con frecuencia de los nervios y de la salud, y se ve obligado a viajar a casa dos semanas de noviembre para descansar. Termina el cuadro el 12 de diciembre, y celebra varias cenas de despedida, entre otros, con el pintor italiano Boldini.

Estudio para la Cruz de Mayo, 1914, óleo sobre lienzo  135,5 x 99,5 cm. Museo Sorolla, Madrid
Durante toda su carrera Sorolla sintió la fascinación de lo andaluz, de Sevilla y de la música y el baile flamenco. Son muchos viajes a la capital de la región y hasta  el jardín de la casa que hizo en Madrid, lo acreditan como ferviente admirador  de Andalucía. Es lógico, pues que Sevilla, el baile introduzca a Andalucía en  el ciclo mural, formando junto con Sevilla, Los nazareros y Andalucía, el encierro una especie de tríptico que domina el lado oriental de la sala donde se exhibe el conjunto de Visiones de España en The Hispanic Society.
En Sevilla, el baile, ha escogido una fiesta sevillana, la de la Cruz de Mayo, en  la que grupo de jóvenes, principalmente muchachas levantaban en las casas altares dedicados a la Cruz y recogían limosnas, en parte por costear los gastos y en parte, con fines caritativos.

Patío y fuente de Sevilla 1914, óleo sobre lienzo 74x 53 cm
Madrid, Museo Sorolla

Según Anderson, la fiesta se solía celebrar en los patíos de las casas, lo que dio ocasión al pintor para representar un típico ambiente arquitectónico de Sevilla junto a vistosos trajes de volantes, mantones de Manila, sombreros cordobeses y demás elementos de la indumentaria  local. Las jóvenes iban de patío en patío "bailando las cruces de mayo", aunque lo que se bailaban eran sevillanas, que Sorolla ha elegido como un emblema obvio de la ciudad.
El sentido del espacio en la composición, en particular el notable paso desde la fuente y  las espectadoras sentadas a la cancela y, más allá, a la calle soleada, la fluidez de las  pinceladas; los colores vívidos y brillantes que por doquier puntúan la superficie y las sutiles armonías cromáticas, especialmente el empleo ubicuo de rojos asalmonados  para unificar la composición, todo muestra a Sorolla en la plenitud de sus facultades para un realismo audaz y brillante.
Como la mayoría de los lienzos que componen el ciclo, la obra es un mosaico de espacios, objetos y personas observados en distintos lugares. Incluso en  la fuente parecen reunidos un pilón ochavado visto en un sitio y una taza dibujada en otro.

"Sevilla: Los toreros" (1915). Óleo sobre lienzo, 350x231 cm. Nueva York, The Hispanic Society of America.
En esta obra se representa la parada de los diestros y cuadrillas ante la presidencia tras el paseíllo en la Maestranza de Sevilla. Sorolla no era hombre "muy de toros" por lo que escoge una escena realmente importante y muy bella de la tauromaquia pero muy "light". De esta forma sorteó el encargo expreso de Huntington de representar una corrida de toros sin caer del todo en la España folclórica del tópico. Pero faltó el protagonista de la fiesta: el toro.
Las 15 figuras masculinas se traslapan unas con otras por diferencias cromáticas en los trajes o las caras, que quedan algunas muy definidas y otras casi emborronadas, unas en luz y otras en sombra. Sorolla se muestra puntillista al pintar al público, totalmente. Además, en la composición está pintada y velada la parte de la sombra con un color marrón o un amarillo para producir el contraste de sol y sombra típico de una plaza de toros. En cuanto a la identidad de los personajes no he podido encontrar referencia alguna, aunque cuando contemplé el cuadro me llamó mucho la atención el parecido del matador que figura en el centro con Juan Belmonte.

Galicia, la romería. 1915, óleo sobre lienzo 35,1 x 300 cm. Nueva York, The Hispanic Society.
Para crear esta imagen de un grupo de gallegos en una feria de ganado, Sorolla instaló su lugar de trabajo al aire libre en un castañar de la ría de Arosa en la  provincia de Pontevedra. Galicia era un centro importante de producción lechera y el lienzo muestra a gallegos de distintas partes de la región reunidos junto a sus vacas. De la fecundidad del país dan idea el ternero que mama abajo a la izquierda, el canasto cargado y el fragmento del mar, alusivo a la riqueza pesquera del litoral gallego.
Anderson, buena conocedora de Galicia interpretó la ambientación como un mercado. Sin embargo, Tomás y Garín han insistido con razón en que los mercados de ganado suelen establecerse cerca de un centro urbano o en emplazamientos fijos al pie de los montes más que en la campiña, mientras que las romerías se celebran necesariamente en el campo próximo a la ermita. Estos autores sugieren que la imagen final de Galicia fuera una combinación de ambas ideas. A la vista de unas fotografías que muestran a Sorolla trabajando en este lienzo en una arboleda en la que se ha tendido un mosquitero, una vez más hay que suponer aquí que el artista transpuso motivos de distintos emplazamientos para crear la imagen emblemática que buscaba.
Galicia es la parte celta de España - su nombre se emparenta con los de Gales y Galia- como indica el gaitero del centro. El mismo músico aparece también, sentado junto  a una muchacha, en una composición independiente pintada, como atestigua una de las citadas fotografías, al mismo tiempo que el panel y no como estudio preparatorio. Realmente la música es una buena metáfora para el juego de la luz sobre el grupo reunido en el primer término, o los volúmenes ondulantes de las figuras, la vaca y  los árboles o la fluida pincelada que transmite el denso colorido de las zonas en  sombras. La composición comparte con Cataluña, el pescado y Ayamonte, la pesca del atún el ejemplo de una pantalla visual que separa el primer término del fondo, pero en este caso la forman robustos y frondosos robles y castaños, que aparte de identificar el lugar son motivos en sí mismos; más allá sólo se vislumbra la ría y  los montes del otro lado.
Sorolla ha captado perfectamente la luz amarillenta, filtrada a través de los árboles que es tan característico del paisaje gallego. Tanto Santa Ana como Diez se han  referido al escaso número de estudios al óleo y gouaches que el artista parece haber hecho para este lienzo, teniendo en cuenta la densidad de la composición y su  rico cromatismo, que Diez compara también con las obras de los fauves, contemporáneos vanguardistas de Sorolla.

Cataluña, el pescado, 1915, óleo sobre lienzo 351x458 cm. Nueva York, The Hispanic Society of America
En este lienzo ejecutado durante una campaña de pintura en Cataluña que duró de septiembre a diciembre de 1915, Joaquín Sorolla ha representado un mercado de pescado en el barrio barcelonés de la Barceloneta, lugar emblemático de la capital que en 1915 todavía estaba muy activo. Pero para evocar la asombrosa belleza del paisaje catalán ha transportado de una manera mágica la escena a la cala de Santa Cristina en la Costa Brava, mucho más al norte y lugar de una romería anual cada 24 de julio.
El pintor ha separado la vista alta de la costa y la escena del primer término mediante un telón de pinos que confiere al tableau vivant de delante cierto aspecto de coro de ópera que hiciera su entrada luciendo trajes populares: algunos de los pescadores se cubren con la típica barretina, mientras que el hombre son sombrero de copa y abrigo es un  policía en traje de gala.
El cuadro quizá resultaría un poco artificioso de no ser por los fuertes efectos pictóricos que logra Sorolla. La pantalla de pinos parece un Cézanne en gran escala, también Tomás y Garin han llamado la atención sobre ese significativo nexo artístico. La linea de troncos, que se aleja ligeramente desde la izquierda hasta la parte derecha del cuadro resulta muy eficaz por la concepción espacial del conjunto.
En el primer término el juego de luz sobre las figuras y la distribución de huecos y masas hacen que la mirada del espectador se adentre en la composición, como arrastrada por una ola que corriera del borde inferior al borde derecho, en paralelo con la linea de troncos, para precipitarse después entre los árboles hasta las rocas bañadas por el sol y el mar de la lejanía. Tiene interés que el artista, como había hecho en Castilla decidiera encarnar Barcelona en un grupo de personas en atuendo regional en lugar de mostrarlas entregadas al trabajo como haría en Ayamonte o como en los bocetos al gouache que en 1915 hizo  en la Barceloneta.

Saliendo del baño (1915) 130 × 150,50. Museo Sorolla, Madrid,
El cuadro fue pintado en junio de 1915, en Valencia, en un descanso del pintor de sus trabajos para la Hispanic Society of America. A este mismo periodo pertenecen obras tan notables como Niña entrando en el baño pintado el verano de ese mismo año.
La salida del baño en la playa fue un tema recurrente para Sorolla y existen varias obras de parecido contenido y mismo título pues tenían muy buena acogida por parte de crítica y público. En concreto, este cuadro ha sido expuesto en múltiples ocasiones:
·         Exposición Arte español contemporáneo; París: 1919.
·         Exposición Homenaje a Sorolla; Madrid: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1924.
·         Exposición de pintura española en la Royal Academy; Royal Academy of Arts, 1920.
En 1929, a la muerte de Sorolla, el cuadro formaba parte del legado del pintor a su mujer Clotilde y actualmente se conserva en el Museo Sorolla, aunque el cuadro ha mantenido ese carácter itinerante y ha formado parte de diversas exposiciones en época reciente.
En primer plano y ocupando casi por completo la composición aparece una mujer casi de cuerpo entero que sostiene en sus brazos a un niño recién salido del agua y envuelto en una tela blanca. En el fondo de la pintura y a excepción de una pequeña franja superior de cielo y otra inferior de arena, el protagonista absoluto es el mar. En la obra predominan brillantes tonos blanco-azulados que han sido aplicados con una pincelada cargada, ágil y suelta que nos evoca la clara luz de la mañana valenciana. 
A mediados del mes de enero de 1916 viaja Sorolla a Valencia para realizar el cuadro Valencia, Las grupas, que empieza a dibujar a finales de mes tras terminar la fase de preparación previa. La realización del cuadro se prolonga hasta mediados de marzo. Al terminar, el pintor vuelve a Madrid, para retornar a Valencia de nuevo en junio,  dedica el verano a pintar en la playa del Cabañal y a organizar y promover, junto con Ignacio Pinazo, José Benlluire y otros la Primera Exposición de la Juventudes Artísticas Valencianas. Los cuadros de playa, ajenos al encargo de la decoración, retoman su iconografía y su sistema de trabajo habitual. Cuadros de esta campaña son Después del baño, La bata rosa y Niños en la playa, Valencia. En octubre retorna a Madrid y poco después emprende con su mujer y su hija Elena un viaje de carácter turístico por Andalucía con una breve estancia en Tetuán. 

Las grupas, 1916, óleo sobre lienzo 351x 301 cm. Museo Sorolla Madrid.
Sorolla quería hacer de Valencia un cuadro agrícola, cuyo protagonista principal fuesen los naranjos, probablemente con huertanos y huertanas ataviadas con sus trajes típicos; pero le hizo cambiar de idea la visión de una procesión festiva en la que vio elementos adecuados para una pintura diferente.
Este cuadro se llamaría Las Grupas y mantuvo en secreto su realización para que no interviniesen los críticos  Este cuadro fue pintado al "aire libre". De nuevo encontramos a un  cuadro simbólico , no tanto por cada uno de los elementos, que podrían pasar por tomas del natural, cuanto por la situación: un desfile que parece que acaba de cruzar el puente del Mar- del que se observa el templete de la Virgen de los Desamparados - y , encaminarse por la  Alameda; pero en realidad no hay puente, puesto que tampoco se divisa el río, que ha sido sustituido por una vista de huertos, naranjas y barracas y el cortejo parece discurrir por un camino de campo.

Como símbolo de la valencianidad, Sorolla elige trajes  tradicionales de labradores, las banderas de la ciudad, el templete de la patrona, las palmeras, la huerta y un cielo azul lechoso. En efecto, el "acorde Sorolla" de blanco y un cielo azul lechoso organiza también este cuadro, pero aquí se trata de un azul menos intenso que los que encontramos en el mar Mediterráneo.
Hay que resaltar que el aire el que da tono a lo valenciano. El aire da vida a los grises, hace resaltarlos montes desnudos, nos permite ver la lejanía remota y presta ligereza a la figura humana. 

La bata rosa 1916, óleo sobre lienzo 208 x 126 cm. Museo Sorolla Madrid
El propio Sorolla consideró que había realizado una de sus obras maestras y así lo refirió en una carta a Félix de Ortiz de Taranco, potencial comprador uruguayo, a quien, con fecha de 17 de septiembre, escribió diciendo que disponía de "cinco cuadros importantes pintados en la playa de Valencia" y, al referirse al que entonces titulaba Después del baño más importante y de lo mejor que he hecho en mi vida"
Dos figuras femeninas, una de ellas, rubia, de aspecto maduro, la otra con el pelo negro, muy joven, se arreglan los ligeros vestidos de playa ocultándose en una caseta semiabierta al azul del mar por la puerta del cañizo.
El cuerpo de una de las mujeres desaparece entre manteles blancos mientras compone el tirante de la otra; la morena posa, mantiene los brazos en alto para permitir a la amiga mover las manos sobre su hombro: se queda quieta para la mujer mayor y adopta la postura de una estatua clásica, en contrapposto, hasta el giro de la cabeza parece buscar la solemne quietud de las diosas homéricas.
El llamativo cuerpo ya no se esconde, pegándose a la bata rosa se expande, como queriendo llenar con su absoluta presencia el reducido espacio del cuarto o, mejor dicho, esos casi tres metros cuadrados de tela. Por la izquierda, le llega un golpe de brisa que levanta la cortina para encerrarla en un marco blanco, blanco-rosa, blanco con infinitos acentos tonales que dejan surgir las carnes en medio de un profuso baño en un mar de tintes de óleo.  De esos acentos, el amarillo y el azul (concentrados en algunos puntos, pero desparramándose por toda la tela) rematan la riqueza y alegría del conjunto de la escena.
Con plena sabiduría, alguien añadió entre paréntesis el verdadero nombre del cuadro- que es con el único con el que nosotros nos quedamos- al inicial y correcto título naturalista. Después del baño (La bata rosa) ¿Cómo consiguió el pintor cargar de sensualidad la carne de una mujer detrás de una bata que no es sino un grupo de manchas empastadas? De nuevo, como en las Pescadoras, la posición de la joven de la bata rosa es una estatua clásica aparecida en la playa valenciana, su belleza conecta el Mediterráneo occidental con el oriental y el presente de 1916 con el clasicismo heleno del siglo a IV  a.C. Formas helénicas para soportar el profundo discurso del color en superficie. La bata rosa sería uno de los últimos cuadros pintados por Sorolla en la playa de Valencia y, de alguna manera, podría también considerarse como un compendio de todos ellos. Como mínimo de aquellos en que las figuras se insertaban en un paisaje de playa. 
A comienzos de enero de 1917 parte hacia Extremadura con la intención de pintar el cuadro de la decoración de la Hispanic Society correspondiente a esta región, pero el frio le disuade de hacerlo. Retorna a Madrid y trabaja en retratos, pero poco después viaja al pueblo de Lachar en Granada con la idea de hacer un retrato cinegético del  Rey, que no llega a cabo. Aprovecha su estancia en la provincia de Granada para pintar paisajes de Granada, una de sus fuentes de inspiración favoritas. El frío le hace abandonar la ciudad  y marcha a Sevilla, donde realiza dos estudios, y vuelve a Madrid. Permanece en la capital hasta el verano, en que pasa las vacaciones con su familia. Allí pinta el jardín de la casa donde vive. En octubre viaja de nuevo a Extremadura, donde esta vez sí pinta el cuadro Extremadura, El mercado, con la ayuda de su discípulo Santiago Martínez. Los últimos meses del año se dedica al género del retrato. Durante los últimos años ha venido haciendo retratos de personalidades españolas por encargo de Archer M. Huntington también destinados a la Hispanic Society of America.

Extremadura, el mercado, 1917, óleo sobre lienzo 351x 302 cm. Nueva York, The Hispanic Society of America.
En Extremadura, El mercado Sorolla ha dispuesto a un grupo de lugareños de  Montehermoso ante una vista de la ciudad de Plasencia, al otro lado del puente de Trujillo sobre el río Jerte. Peatones y carros circulan por el río hasta el palacio episcopal y la catedral en lo más alto, poniendo de ese modo una nota de vida en el conjunto arquitectónico más elaborado de todo el ciclo mural. En la media distancia, junto al contrafuerte de donde arranca el primer arco del puente, se ve una diminuta figura solitaria, al parecer una mujer con sombrero, un importante punto focal que une la escena del primer término con el fondo.
El motivo de la reunión es un mercado de cerdos, importante fuente de riqueza de la economía extremeña por la calidad de sus cochinillos de raza ibérica. Las mujeres  de Montehermoso llevan sombreros de paja de centeno decorados con espejuelos. Según Anderson, cuando se casan le quitan los espejos, las viudas les ponen un  ribete negro, y quizá sustituyan al espejo por otro entintado de color violeta si están dispuestas a volver a contraer matrimonio. En fotografías de la época se ve que el mercado de cerdos de Plasencia tenía lugar en este lado de la orilla del río, como indica el grupo de porqueros con sus animales en segundo término.
Sin embargo, la piara de delante y quizás también las figuras, fueron originalmente pintadas en otros sitios. Aun así, de todos los paneles del ciclo Visión de España, el de Extremadura, El mercado es el que más se acerca al reportaje, en el sentido de que muestra Plasencia como era en tiempo de Sorolla, con una escena que en  teoría podría haberse aparecido tal cual aparece.
Dicho esto, hay que señalar de inmediato que Sorolla ha conseguido una composición extraordinariamente lograda, en la que las grandes formas de los edificios fuertemente iluminados de arriba se equilibran con elementos acentuados en la indumentaria de las figuras, emergentes de la sombra que proyecta sobre la parte delantera un edificio  que no vemos. La diagonal del puente añade movimiento a la masa por lo demás geométrica y facetada de la ciudad, movimiento subrayado, como se ha dicho por el ir y venir de tráfico. Aunque en general la paleta tiende a ser sobria, con sutiles armonías cromáticas, en los trajes el artista ha empleado rojos, dorados y azules para animar el efecto visual.

Sierra Nevada, Granada, 1917, óleo sobre lienzo 65 x 95 cm. Colección particular.
Sorolla conoció Granada en la Semana Santa de 1902, en una corta estancia de dos días con Pedro Gil. En este viaje también visitó Sevilla, " pero excepción de la magnífica Sierra de Granada, estupenda de toda ponderación, lo demás interesante, pero nada más, nada más "Regresó después en los últimos días de noviembre de 1909, en espera de pintar la Sierra, aunque no pudo trabajar todos los días por el mal tiempo. Volvió a pintar allí en los meses de febrero de 1910 y 1917.
En estas cuatro visitas la Sierra le impresionó más aún que la arquitectura de la Alhambra y sus jardines y fue también el motivo predilecto de su pintura. En su última estancia el pintor hubo de arrostrar muy mal tiempo Así, el 4 de febrero escribía a su esposa: "Sigue tapada la sierra, sólo esta mañana la ví un momento elegido por el artista el 7 de febrero en el que hizo" día hermoso de sol, pero frío por el viento de ayer tarde que me permitió  hacer un estudio de la sierra desde los Ardaves.
El resultado muestra una obra realizada, en efecto, en una sola sesión, con un punto de vista y composición muy similares a los que había utilizado ya en sus dos campañas anteriores, a finales de noviembre de 1909 y en febrero de 1910, en varias obras que muestran desde los Ardaves de la Alhambra la linea de cumbres cerca del borde superior del cuadro con una estrecha franja de cielo.
Sierra Nevada desde el cementerio, Granada 109-110. Óleo sobre lienzo 82 x 168 cm
Colección particular

En la obra de 1917, la torre árabe se separa del borde izquierdo en el que aparecía en las otras y, junto con las otras y, junto con los árboles la muralla supone un anclaje de la composición que compensa el carácter sumario del segundo término. En efecto, mientras que otra obra, pintada desde un punto más adelantado, en el cementerio muestra la transición gradual de dos planos, ésta de 1917 avanza en una superficie continua  trabajada de modo muy amplio, hasta llegar de manera muy rápida a la sierra.
En ésta, en tanto que el piedemonte está resuelto de manera suscinta, con una pintura muy diluida  las cumbres nevadas presentan más empaste y un colorido de atardecer invernal muy matizado  en el que a los blancos de las nieves se añaden malvas y azules. En el primer término el color, en naranjas, rosas y verdes, es más intenso y más ancha, también la pincelada.
A través de obras como ésta, seguramente la última de sus vistas de Sierra Nevada se percibe el carácter de "belleza bravía" que el artista admiraba en Granada, por encima de Sevilla. Pero también la sutileza en la transición de los tonos cálidos desde el primer término hasta el fondo a la izquierda de la composición permite percibir la sensibilidad cromática del artista,  aquí favorecida por las peculiares condiciones del día. Así, el pintor logró captar con delicada claridad la atmósfera, muy límpida tras haber caído la nieve y soplado el viento del norte el día anterior que resplandece con suavidad bajo el último y tenue sol de la tarde invernal.

El jardín de la Casa de Sorolla 1917, óleo sobre lienzo  95,5 x 64 cm. Valencia, Ayuntamiento de Valencia, Museo de la Ciudad.
La lección de los patios y jardínes andaluces resulta crucial para la configuración del "jardín del artista" que Sorolla construye en su casa de Madrid. Concebido como espacio de intimidad familiar y también como fuente de inspiración para su trabajo. Sorolla dedicará sus últimos años a su creación y recreación, al tiempo que extraerá de él un caudal inagotable de motivos pictóricos. En el proceso de realización de este jardín no solo copia de algunos rincones concretos de los jardínes sevillanos y granadinos que tan bien conoce, sino que trasplanta al centro de  la meseta castellana, fuentes, azulejos, columnas, estatuas, árboles frutales o plantas ornamentales, apasionadamente buscadas y traídas desde Andalucía. La lección de esencialidad, intimidad y lirismo que Sorolla había aprendido en los patíos y jardines andaluces queda sublimada en el juego de espejos que tejen los artificios paralelos de su jardín último y su última pintura.
En 1909, Sorolla aborda la construcción de su propia casa taller en unos solares adquiridos en el llamado paseo del Obelisco, donde actualmente se encuentra el Museo Sorolla. Para el pintor esta casa supone la culminación de muchas de sus aspiraciones personales y profesionales: no solo le permite trabajar cerca de su  familia, sino que, sobre todo, se trata de un espacio con un valor representativo  fundamental que simboliza su éxito y su ascenso social.

Azucenas, m óleo sobre lienzo 96x64,5 cm. Madrid, Museo Sorolla

El hecho de que la casa dispusiera de un jardin resultaba fundamental para el pintor y su familia. Imbuido por las ideas de la Institución Libre de Enseñanza. Sorolla creía firmemente en las ventajas de una vida en contacto con la naturaleza y al aire libre. En este sentido, el jardín era una necesidad para la higiene familiar que, a la vez, le permitía pintar en compañía de su familia. Asi lo comentaba él mismo a su amigo Pedro Gil, respecto a su primer jardín  en la calle Miguel Ángel.
Aumentando el presupuesto estoy realmente mejor para mi Clotilde y mis hijos, sobre todo para la primera, pues el poco jardín que tiene la casita es el suficiente para que viva al aire al sol que es lo que de continuo le aconseja el médico. Tiene el jardincito muchos y hermosos  árboles, algunos muy grandísimos y bastante sol para poder pintar.
A finales del siglo XIX, surgen numerosos jardínes privados que reproducen el esquema de los parques públicos. Cada vez más, comienzan a desdibujarse los límites entre lo privado y lo público, y el jardín se configura como un " salón del exterior, atractivo para recibir a las amistades Tomando el té en el jardín de la Casa Sorolla muestra precisamente la función que podía adquirir el jardín de los Sorolla, como lugar de sociabilidad elegante. El jardín permitía a la familia compartir una cierta intimidad que no llegara a vulnerar la verdadera intimidad interior.
Jardín de la Casa de Sorolla 1919, óleo sobre lienzo 50 x 60,5 cm
Madrid, Museo Sorolla


En algunas de las pinturas de Sorolla en torno a su jardín tenemos la sensación de estar accediendo a un espacio íntimo, al que nos invita a pasar, pero en él se nos advierte que no es fácil pasear a nuestras anchas. Sorolla invita al espectador a participar de su lugar de refugio y meditación , le muestra tanto el camino como los elementos fundamentales de sus reflexiones pictóricas, pero eso no significa que le permita entrar dentro de su casa -tanto en el sentido real como el figurado-
Geranios, Jardín de la Casa de Sorolla, óleo sobre lienzo 65 x 55 cm. Madrid, Museo Sorolla

En Jardín de la Casa de Sorolla el pintor se sitúa precisamente en la puerta de la entrada dela casa principal, para retratar, de forma oblicua, el porche. Muestra así uno de los espacios de sociabilidad fundamentales para la casa; el espacio que sirve de nexo entre la intimidad familiar y la función representativa del jardín. Resulta fundamental la manera en la que Sorolla muestra y deja de mostrar su casa en sus pinturas en torno al jardín. El cuadro más representativo de este respecto es El jardín de la Casa de Sorolla. El pintor establece una serie de verticales -los dos troncos de los árboles y los marcos laterales de la ventana –horizontales, los macizos de flores, los marcos horizontales de la ventana y el friso que recorre la fachada-y diagonales -los caminos del jardín .que marcan el ritmo de las diferentes distancias. En este entramado de lineas, entre la luz malva del crepúsculo, destaca el enrejado de la ventana iluminada. La luz interior, signo de presencia humana, confiere un acento de clara intimidad a la que no tenemos acceso.
Detalle del jardín de la Casa de Sorolla, óleo sobre lienzo 60x 50 cm. Madrid, Museo Sorolla

Llama la atención como la pintura de Sorolla evoluciona a través de los jardínes, desde sus primeros patíos granadinos hasta su producción en el jardín de su casa. En una de las primeras cartas que Sorolla le escribe a su mujer desde Sevilla, se queja del escaso carácter que tienen los tipos andaluces y de cómo, por tanto, debe verse abocado a pintar "cuadros sin figuras" Debemos tener en cuenta que Sorolla se enfrentaba en Andalucía con la experiencia de haber pintado en los jardines de La Granja, convertidos en verdaderos escenarios de la vida elegante  de su mujer y sus hijas. La ausencia de personajes y, con ella, el silencio, se va apoderando de sus patíos andaluces: sus jardínes poco a poco dejan de ser "cuadros sin figuras" para
convertirse en refugios de introspección y silencio.
Jardín de la Casa de Sorolla, óleo sobre lienzo 50 x 60 cm
Colección particular

A la hora de enfrentarse con el jardín de su casa, esa sensación de refugio se acentúa. La intimidad que le proporciona su propio jardín no era un asunto menor a la hora de valorar este como un lugar de experimentación para los efectos de luz y color sobre sus propias flores y plantas: Me veo asediado de pintores, amigos y curiosos, y esta es mi mayor desgracia, como tú sabes..."le decía el pintor a su mujer desde Granada". Parecen  moscas, escribía en otra ocasión desde Valencia.

Su jardín se convierte entonces en un refugio en el que integra todo aquello con lo que se siente a gusto: "La casa de Sorolla era la más comprensiva y extensiva interpretación del dueño (...) ¿No será la casa que construimos algo así como la concha calcárea de un  molusco, secreción dura de nuestra secreta intimidad?, se preguntaba Pérez de Ayala  sobre la Casa Sorolla. La correspondencia con su mujer muestra hasta qué punto su implicación fue grande, tal como se pone de manifiesto en el texto de David Ruiz y Ana Luengo.
El jardín no copia la naturaleza sino que proclama su artificio. El mármol, la planta, la flor, el agua prestan su sorprendente plasticidad para ofrecer una visión colorista, poética y sugestiva. En este sentido, el "jardinero-artista" confecciona un espacio cargado de evocaciones y significaciones afectivas personales " Proyecta en el jardín aquello que más le representa: "Siempre había amado el cielo, el agua, las plantas y las flores. Todos esos elementos se hallan en abundancia en mi pequeño estanque" decía Monet desde Giverny.

Sorolla por su parte había amado los patíos y jardines andaluces, pero necesitaba fusionar la esencia del jardín español con la exhuberancia colorista de las flores. Esta gran fusión se estaba produciendo estos años en el parque de María Luisa de Sevilla. Las investigaciones de Ana Luengo y David Ruiz demuestran que, muy probablemente, Forestier visitó el jardín de la Casa de Sorolla en 1911 en un momento en el que ya había entregado el proyecto del parque de María Luisa.
Parece evidente que ambos trabajaban en el mismo concepto de jardín. Forestier reinterpretas formas tradicionales del jardín andaluz, recuperando el uso de la cerámica, azulejo y de la compartimentación, pero sin renunciar ni un ápice a la explosión del color y el olor de las flores. Sorolla halaga la obra de Forestier en el parque de Maria Luisa, lo describe en el momento de su inaguración en 1914.
Es una cosa tan colosalmente bella que los jardínes del Alcázar son pobres y tristes qué rosas, qué emparrados de estas, estanques, bancos de azulejos, árboles magníficos todo oliendo a azahar, todo entibiado por una atmósfera saturada de vida, alegría de sol.
El jardín de Sorolla refleja el universo interior del pintor: es el lugar  de la melancolía, de la paz, de la tranquilidad y, finalmente, de la invitación a la meditación .Una vez construido, el pintor podía enfrentarse a sus últimos obras-los jardines de su casa-con la sincera esencialidad y el sobrio refinamiento de un artista pleno, que seguía reflexionando sobre las posibilidades de su pintura.

El Patio de Comares, La Alhambra de Granada, 1917, óleo sobre lienzo 84,5 x 106,5 cm. Museo Sorolla, Madrid
Invitado a una cacería real en Lanchar  (Granada) que no llegó a realizarse, el pintor valenciano aprovecha el tiempo para pintar, por última vez, los jardínes de La Alhambra y El Generalife. En el patío de Comares, también llamado de la Alberca de los Arrayanes, se destaca, en un  primer plano, la quieta superficie del agua del estanque, en el que se refleja invertido el Pórtico Sur -con la galería  que antecede al Salón de Embajadores-en la torre de Comares situada al fondo.
Es posible señalar dos rasgos bien  representativos de este último Sorolla granadino de 1917: de un lado, la visión invernal - días fríos y lluviosos  muy alejados de su gusto por la pintura a pleno sol-, de otro , la síntesis y levedad matérica, la tendencia a la esquematización, a la que quizá contribuye también la propia ausencia de sol.
Patio de la Alberca, Granada 1917, óleo sobre lienzo 95,5x64,5 cm
Museo Sorolla, Madrid

Como resultado de todo ello, encontramos en estas vistas un cierto aire melancólico, que hace que los elementos representados  permanezcan sutilmente en segundo plano porque, en definitiva, el verdadero protagonista del lienzo es la poesía y emoción sentida por el pintor.
Todo el exceso de detalles y lujo, tan característico de esta arquitectura sobrecargada de arte, es, sin embargo, transformada por el artista mediante formas sintéticas y ligerísimas, exentas del menor aditamento innecesario, pretendiendo reflejar, en  definitivos y  simples trazos, la "esencia" misma del motivo.
De esta forma, el mundo reflejado en el agua que aparece en primer plano y el mundo "real" del plano del fondo, son prácticamente el mismo, tienen idéntico peso y materialidad: el sueño y la realidad pueden a veces confundirse.

Niña entrando en el baño, 1917, 86 cm × 106 cm. Colección Privada.
Niña entrando en el baño es un lienzo de 86 x 106 cm pintado por Joaquín Sorolla en la playa de Valencia durante el verano de 1915, en un periodo de descanso de los trabajos que estaba realizando para la Hispanic Society of America. En él se representa a una niña, posiblemente su hija Elena, en el momento de entrar al agua, al fondo pueden verse dos barcas y unos niños jugando. La composición que posee unos magníficos efectos cromáticos formados por la luz al incidir sobre la arena y el mar, está centrada en la playa y en el movimiento de los pequeños, no siendo visible el horizonte. Se trata de una obra de madurez del pintor.
El primer propietario del cuadro fue el comerciante de arte Justo Bou, el cual lo vendió a la coleccionista y bibliófila Maria Bauza.
Fue expuesto por primera vez en público en mayo de 2009. La casa Sotheby's de Londres lo subastó el 3 de junio de 2009, siendo adquirido por un coleccionista estadounidense al precio final de 1,9 millones de euros. ​ El 18 de noviembre de 2003 otra obra de Sorolla de similar temática titulada La hora del baño, alcanzó el precio récord de 5.3 millones.  
Durante los primeros meses del año 1918, Joaquín Sorolla continúa con la realización de retratos en su estudio, destinados. Al menos en su mayor parte, a la Hispanic Society of America. A finales del mes de marzo viaja durante una semana a Sevilla, donde pinta los Reales Alcázares. De vuelta a Madrid retoma los encargos de retratos y los cuadros de su jardín, en ocasiones con figuras. En el inicio del verano, fallece su suegro, el fotógrafo Antonio García, y Sorolla viaja con su mujer a Valencia, donde permanecen tres semanas. La familia Sorolla pasa el verano en San Sebastián en la misma casa que el verano anterior. Blanca Pons Sorolla supone que durante este verano pinta pocas obras. A la vuelta del verano se decide enfrentarse al penúltimo cuadro para la decoración de la biblioteca de la Hispanic Society of America. Acaba tomando como motivo el palmeral del Huerto del Carmen en Alicante, y trabaja en el cuadro desde finales de noviembre hasta el 12 de enero de 1919.

El palmeral, 1918, óleo sobre lienzo, 350 x 230 cm. Colección particular
Joaquim Sorolla (1863-1923) fue un pintor español que estuvo muy vinculado al impresionismo, del que hace una interpretación basada en el protagonismo absoluto de la luz y del movimiento de las figuras. A finales de 1918 Sorolla pintó el panel El palmeral dedicado a Elche y en los meses de mayo y junio de ese mismo año pintó La pesca de atún en Ayamonte. Prácticamente por unanimidad la crítica historiográfica considera ambos cuadros la cumbre de la serie de Hispanic Society. Se trata de dos auténticas obras maestras que se cuentan entre las principales pinturas del siglo XX.
Con El palmeral Sorolla se da cuenta de que su pintura ha de adaptarse a la revolución vanguardista que el siglo XX está poniendo en el mundo de la plástica, aunque Sorolla toma una posición diferente al rumbo que iban a tomar los tiempos, con la confianza que podría saltar por encima de esta época que le sería adversa para reencontrarse con la crítica especializada.
El 1 de octubre efectuó Sorolla su primer desplazamiento desde Alicante a Elche donde no tomó ni un solo apunte, pero pidió que le organizasen un simulacro de la corta del dátil "para ver eso y dar comienzo a su obra".
Una docena de jornaleras y un solo trabajador laboran en un huerto de palmeras, recogiendo dátiles y disponiéndolos ordenadamente en cestas redondas. Podría hablarse de una escena de trabajo si se tratase de una pintura social, pero El palmeral tiene más que ver con el paisaje, pues hasta las figuras humanas se integran en el conjunto como aspecto de esa naturaleza exhuberante que es la protagonista exclusiva: resulta para ello determinante la ocupación del primer plano de un enorme tronco de palmera que atraviesa el lienzo de abajo hacia arriba con una ligera inclinación hacia la izquierda; hasta veintisiete troncos pueden contarse ocupando el espacio del huerto en aparente desorden , dentro del cual, no obstante, es posible descubrir alineamiento, uno en particular que parece definir una especie de avenida central y sirve para señalar la profundidad mediante la fuga.
Es a esos mástiles a los que se refería el pintor cuando escribía sobre la "monotonía de troncos de palmeras" que le resultaba "deliciosa de color" y que constituía una "gama hecha ex profeso para que los dátiles tomen el color más hermoso" Hallamos aquí un hervidero de matices , que llenan de vida interior esos aplastados troncos de los arbustos. Junto a ellos, los imprescindibles verdes de las palmas- que, sin embargo no abunda tanto como parece a primera vista- asumen en su interior el reflejo de la gama general, amarilleando aquí y allá para integrarse plenamente al conjunto, al mismo tiempo que le da contrapunto. Aparece el amarillo cadmio en varios bloques curvos de mancha heterogénea, siempre en masa de dátiles que penden de las copas o están dispuestos sobre las cestas o bien, cuelgan de los hombros de un campesino.
En conjunto ofrecen una serie de explosiones controladas de color intenso y cálido que suministran la fuerza suficiente a la gama general ; junto a ellos , unos pocos acentos naranjas y rojizos que redondean la impresión global de la gama cálida ; por otro lado del espectro, los verdes, que están apagados o con cierta oscuridad en las palmas , se hacen mucho más claros y saturados en otro grupo de manchas surgidas como una especie de relleno abstracto entre los troncos de palmeras y en algunos frutos ya depositados en las cestas, así como en unos pocos indicios ligeros de hierba. El cielo está presente, pero se diluye en una percepción difusa también como relleno entre las palmeras: su azul se ha transformado en blancos y grises.
En medio de este intrincado pedazo de naturaleza pintada se insertan como un componente más las figuras humanas. En medio de una preciosa zona semiplana de blanco con matices amarillentos y azulados, las figuras humanas emergen desde la izquierda desde la zona inferior hasta los fragmentos del suelo iluminadas por el sol que se filtra en la composición.

A su regreso a Madrid, retoma Joaquín Sorolla el género del retrato y los paisajes de los pequeños rincones de su jardín. En la primavera de 1919, se dispone a acometer la realización del último gran cuadro de la decoración de la Hispanic Society. Recorre varias localidades de la provincia de Huelva, decidiéndose finalmente por la localidad de Ayamonte, donde vuelve a representar un tema marinero. Aunque la masa acuática que da vida al cuadro y a la acción es en esta ocasión la desembocadura del río Guadiana, lo que le permite representar en el horizonte la costa de Portugal. La representación del país vecino había formado parte del proyecto inicial por parte de Huntington, y se había desechado en el transcurso del mismo. Esta pequeña alusión debió con seguridad agradar al hispanista norteamericano. El pintor valenciano comenzó a pergeñar las líneas del cuadro el 29 de mayo, terminó de definir la composición el 2 de junio, y lo pintó desde entonces hasta el 29 de junio. En esa fecha, con Ayamonte, La pesca del atún, acabó definitivamente el trabajo que marco la etapa final de su trayectoria. Entretanto, había sido nombrado profesor de Colorido y Composición en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. El mes de julio volvió a pintar los jardines de su casa. En agosto viajó con su mujer y su hija Elena a Mallorca, donde pintó numerosas vistas de la Cala de San Vicente y del Cavall Bernat; y a Ibiza donde pinta Los contrabandistas, que un buen cliente suyo, Thomas F. Ryan le había encargado en 1914. A primeros de octubre regresan a Madrid.

El Rosal amarillo de la casa de Sorolla, 1920, óleo sobre lienzo 64 x 95 cm. Museo Sorolla, Madrid
Uno de los temas más recurrentes en el artista anticipando ya sus visitas a la Granja, Granada y Sevilla- fue el jardín de la casa del paseo del General Martinez Campos en Madrid. Construido siguiendo sus propios deseos y diseño, este jardín rodeaba la amplia casa -hoy Museo Sorolla- a la que se trasladó con su familia en 1911, cuando su reputación como pintor se hallaba en su máximo cenit.

Son el descanso de nuestro pintor: adelfas, alhelíes, rosales amarillos, entremezclados con pequeñas estatuas clásicas: columnas, azulejos de colores, tinajas y tiestos de barro. Para su construcción se había inspirado en los jardínes del Alcázar de Sevilla y la Alhambra granadina. Arranca a este jardin  sugestivas apariencias traducidas sobre el lienzo con riquísimas cualidades que constituyen una auténtica fiesta para los ojos y cuya magia ejerce una poderosa seducción. Grises, verdes, azules, violetas, rosas, arillos...materia muy ligera y luz sutil de la caída de la tarde conviven con pinceladas pastosas y claridad de pleno sol. Los colores están aplicados por toda la superficie con generosas y fuertes manchas de tonos de intensidad similar, con una clara intención de indefinición de las formas.
Adelfas en el patío de la casa de Sorolla

Para Sorolla pintar significaba seguir sintiendo un  impulso vital y este se desarrollaba, en su mejor medida, desde su casa, desde su taller y su jardín. Estos trozos, estas impresiones de color realizadas en poquísimo tiempo, resumen su deseo de vivir con tranquilidad porque, en muy pocas ocasiones en su vida, agobiado siempre por las obligaciones y los plazos , tuvo ocasión de vivir según sus deseos. El jardín, pequeño oasis, verdadero descanso para el pintor, se convirtió en un tema preferente de multitud de trabajos, fundamentalmente entre los años 1916 y el final de su carrera en 1920.
Es precisamente en ese marco, pintando el retrato de la mujer de Ramón Pérez de Ayala, cuando le sorprende la enfermedad de la que ya no se volverá a recuperarse.
Sorolla tiene una apasionada dedicación al jardín hogareño donde no tiene que agacharse, mancharse de barro y tierra si es preciso para cuidar y oler mejor las flores malvas y cuajadas de los alhelíes: olores familiares que él reconoce como fragancia de su propia vida rodeado de su familia y de su queridísima esposa, demandando de ella quizás su última caricia.
En esta abreviadísima composición de punta de vista bajo y visión en diagonal, contrasta la  materia orgánica y exuberantemente colorista de las flores  y de la vegetación, con la inorgánica y estática de las antiguas piedras de tonos dorados y las reproducciones de los bronces pompeyanos que parecen "congelados" en su movimiento.

La pesca del atún en Ayamonte (1919),
“…Ayamonte es exacto de color y construcciones a Tetuán, iguales pisos, sólo faltan los moros. Yo espero que dentro de pocos días tendré el asunto bueno para mi cuadro, porque aquí se pesca el atún en grandes cantidades, además tengo enfrente Portugal, separándoles el río Guadiana que tiene kilómetro y pico de ancho, hermoso, estupendo, y toda la ribera de Ayamonte tiene barcas, vapores, lanchas, etc, infinidad de vapores pequeños y gasolineros transportando continuamente gentes de Portugal a España, y ésto es lo que yo quisiera ver de realizar…”
(J. Sorolla)

La pesca del atún” que tanto nos fascina? Luz, sobre todo luz. Luz vestida de blanco y azul, como le gusta a Sorolla. Luz que se refleja en las plácidas aguas de la ancha desembocadura del Guadiana, y ciega. Luz que ilumina y descubre la ribera portuguesa en el horizonte. Luz que se estampa en la toldilla quebrantándose en tonalidades amarillas para bañar suavemente toda la escena. Luz de plata en el frío lomo de los pescados, que aviva el rojo de la sangre esparcida por el suelo de la almadraba. Es la luz de la primavera en las costas del sur, frente a África, que despierta ahora este movimiento febril en la población: llegan los grandes atunes y la pesca hoy ha sido abundante. En el centro, tres hombres arrastran un ejemplar gigante, para colocarlo ordenadamente junto a los otros que reposan alineados. A la izquierda, un grupo de pescadores portugueses ataviados con trajes típicos aguardan tranquilos su turno: el despiece y salazón.
Esta pintura de Sorolla es una genialidad. La escena principal describe el almacenamiento de atunes recién pescados en la almadraba el momento elegido muestra tres hombres en el centro que arrastran un atún gigante para colocarlo ordenadamente junto a otros trece que ya reposan alineados en el suelo; en una plataforma inferior que es el muelle al que accede la barcaza hay nuevos atunes de los que se ocupan un grupo de hombres; amarradas a puerto están varias barcazas más, mientras otra, un vapor y dos veleros circulan por el río.
El río Guadiana en toda la amplitud de su desembocadura se extiende plácidamente, con azul luminoso matizado de blanco brillante en representación de los reflejos plateados del sol sobre la superficie; encima del río, apenas separadas por la delgada línea del horizonte que se extiende transversalmente a lo largo de todo el lienzo y que representa Portugal, aparece el cielo, aquí ampliamente tocado de amarillo como reflejo visual de todo. Hay una explosión de colores: azul blanco, amarillo como estructura principal del toldo pero también el rojo de la sangre de los pescados extendida por el suelo de la almadraba.

“Recuerdo a mi bisabuelo en la forma de la imagen de un niño sentado en su regazo, escuchando historias de marineros y las letras sin música de una folía traída de Lanzarote. Imagino su barco saliendo al alba por la bocana del Guadiana, virando a babor, con la proa enfilada hacia la barra de la Costa de la Luz, buscando un banco plateado sobre el que echar las redes de cerco.
Al final de la primavera, un viento fuerte de poniente acercaba a las costas a los atunes que se dirigían a desovar al Mediterráneo. En septiembre volvían debilitados, empujados por el levante, con la morfología cambiada, sin saber que pesqueros de bajura guiados por marineros de Ayamonte e Isla Cristina saldrían a su encuentro. Cada año se repetía el ritual de los atunes rumbo al estrecho y, con ellos, un trajín de pescadores, rederos, conserveros y comerciantes que vivían en torno a la pesca del atún, desde el Guadiana hasta la punta de Tarifa.
Imagino el barco de mi bisabuelo llegando a puerto, descargando los atunes rojos entre una algarabía de gaviotas y la mirada atenta de niños que aparcaban sus aros y sus canicas para observar el festival de la descarga. Una tarde de 1919, Sorolla esperaba a su barco en el puerto de Ayamonte, para inmortalizarlo en óleo sobre lienzo en medio de atunes desgarrados por las agallas, bajo un cielo anaranjado por un sol que se dejaba caer sobre el castillo de Castro Marim. El pescado llegaría al mercado, a la cocina de alguna taberna de marineros o a la conservera de los Hermanos Concepción. Quizás acabaría impregnado de aceite, quién sabe, empujado al fondo de alguna lata por las manos de mi tatarabuela.
Mientras el cuadro viajaba en alguna bodega hacia la biblioteca de la Sociedad Hispánica de Nueva York, mi bisabuela cruzaba el Guadiana por su desembocadura, como los atunes, para dar a luz a un hijo isleño, que volvería rumbo al oeste, a ver la luz de la vida bajo el faro de Vila Real do Santo Antonio. Su juventud está ligada a la pesca del atún, como la vida de su padre, del que se decía que era el mejor conocedor de aquellos fondos marinos, y la de su hermano, que cosía las redes rotas por los aleteos de los atunes.
Pasé muchas tardes de mi infancia en la mesa camilla de mis abuelos, calentado por un brasero, escuchando historias de pescadores. Escuché que del atún se aprovecha todo: las ventrescas magras de los atunes de verano encebolladas, los lomos prietos de los atunes de primavera transformados en tacos de mojama en salazón, la piel y las espinas convertidas en harinas de pescado.”
Ayamonte le ofrecía muchos planos de belleza, el 16 de mayo hacía una valoración africana de la localidad en una carta a su esposa Clotilde: “Ayamonte es exacto de color y construcciones a Tetuán, iguales pisos, solo faltan los moros”. A partir de ahora todo era buscar la conjunción para ese cuadro tan especial que ya tenía en su cabeza. Será en el mismo muelle pesquero de Ayamonte. Mucho le facilitará el trabajo el contar con la cesión para ello de la fábrica de Feu, “que tiene una puerta sobre el río, y puedo pintar todo directamente del natural: barcos, río, personas y atunes”. Sin embargo no pintará esas escenas tan sangrante de los atunes de San Sebastián, de 1912. Ahora la visión es distinta, más amable, deleitándose con la luz, con el fondo de Portugal que consigue introducir en su obra. Con mujeres y marinos posando para él, como era el caso de Francisco Hernández que cobro 13 pesetas por cada sesión.
La verdad es que cuando Sorolla llega a Ayamonte no está en el mejor momento de su vida. Para las partes altas de sus grandes lienzo cuenta con la ayuda inestimable de su discípulo. Sin embargo Ayamonte le viene a dar un revulsivo de vitalidad en el estado físico del artista. Estaba contento y satisfecho porque el cuadro puede ser hermoso y de gran vigor, “además, no me mareo casi nada; tenía por esto gran preocupación”, le dice a su mujer Clotilde.
El 29 de junio de 1919 da por terminado el gran lienzo de La pesca del atún, concluía este trabajo para la Hispanic Society y también el de su trayectoria pictórica, dado que enfermó y cierra su trabajo con esta magnífica obra.

Ramón Pérez de Ayala en el jardín de la casa de Sorolla, óleo sobre lienzo 64,2 x 95,5 cm. Colección Pérez de Ayala.
Ramón Pérez de Ayala (1890-1962) fue una de las figuras más cosmopolitas de las  letras españolas de su época. Licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo,  se trasladó a Madrid para realizar sus estudios de doctorado, abandonando su  carrera para dedicarse a la literatura y la filosofía, destacando como novelista,  crítico, ensayista y poeta. Viajero empedernido, realizó prolongadas estancias en  Francia, Alemania, Italia, Estados Unidos e Inglaterra, siendo embajador durante la  Segunda República en este último país, donde posteriormente le concedieron el doctorado honoris causa por la universidad de Londres. Al igual que muchos intelectuales españoles de su época, tenía vivo interés por las artes visuales y él  mismo se interesó por la pintura y el dibujo, recibiendo clases en su adolescencia,  algo que no dejó de practicar durante toda su vida.
Fue coleccionista de pintura y retratado por José María López Mezquita (1883-1924)  Miguel Viladrich (1887-1956) Daniel Vázquez Diaz (1882-1969), Ignacio Zuloaga  (1870-1945) y Joaquín Sorolla, posando para este último, en dos ocasiones en el  año 1920.
No ha de extrañar, por tanto, que escribiera numerosos ensayos sobre arte, en los  que incluye sus apreciaciones sobre diversos pintores, entre los que se encuentra  Sorolla. A Sorolla, como reconoció en su momento, tardó en conocerlo y apreciarlo como  artista, pero llegó a impresionarle de tal modo su arte y, sobre todo, su capacidad  para pintar la luz, que es la condición de la existencia de las cosas visibles, que  escribía en la prensa de Buenos Aires en 1943.
Sorolla en lo suyo-claridad de retina y seguridad de mano para saber reproducir en una síntesis inmediata y perfecta lo que sólo él sabía ver - descuella sobre los demás pintores. Y no es ya que descuelle; es que nadie se le aproxima ni se le parece. El pincel de Sorolla es un haz de hebras solares que no iba dejando materia opaca sobre el lienzo, sino radiaciones puras (.....) Sorolla era la virtud por antonomasia, el pintor auténtico en estado de naturaleza.
Pérez de Ayala es el escritor que mejor entendió a Sorolla. Es indudable que mientras posaba habían hablado mucho de arte y de la vida. Su privilegiada  sensibilidad para percibir la calidad de su obra y su facilidad para transmitirnos  esas "impresiones" que plasmaba el artista y que explicaba como "emociones  pasivas en la playa de Valencia".
Para Pérez de Ayala Sorolla formaba parte de la gran trinidad universal de la  pintura española contemporánea junto a Ignacio Zuloaga y a Hermen Anglada  Camarasa ( 1871-1959 ) correspondiéndole el papel de Jesucristo: El Jesús de la ley nueva; la gracia sobre el mundo; plenitud de los tiempos; sol de  mediodía, optimismo infantil, amor por todas las cosas; los evangélicos  mediterráneos .
Los dos retratos pintados por Sorolla de Ramón Pérez de Ayala son muy diferentes a pesar de estar pintados en fechas próximas. El primero se conserva en la Hispanic Society of America y fue realizado por encargo de Archer M. Huntington. 
Este retrato del que sabemos cómo se gestó y pintó a través de un artículo del  propio Pérez de Ayala, realizado en el estudio de Sorolla, es de formato vertical  y paleta muy reducida a base de ocres; el segundo, el Retrato de Ramón Pérez de Ayala en el jardín de la casa de Sorolla, al contrario del primero, es de gran riqueza cromática y se pintó en el exterior, en el jardín de la casa del artista. 
Este cuadro lo realizó a petición de Pérez de Ayala, al igual que el retrato inconcluso  de su mujer, Mabel Rick Darkell, que Sorolla pintaba acompañado del matrimonio cuando sufrió el derrame cerebral que le apartó definitivamente de la pintura. 
Durante la primera mitad de 1920, Sorolla continúa su labor como retratista y la realización de cuadros del jardín de su casa. A finales de primavera, en concreto el 17 de junio de 1920, sufre un ataque de hemiplejia mientras retrata a la Señora de Pérez de Ayala en el jardín. Es el fin de su carrera como pintor. Tres años más tarde, el 10 de agosto de 1923, fallece en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Guadarrama.

Fallecimiento:
El pintor valenciano falleció a los 60 años de edad. Desde siempre se ha atribuido al cansancio por el trabajo para realizar las pinturas de la Hispanic Society, pero nuevas investigaciones apuntan a otras causas.

"Amanece lloviendo y yo con dolor de cabeza". Joaquín Sorolla (1863 -1923) escribía en enero de 1919 así a su mujer, apenas un año antes de sufrir un accidente cerebrovascular que haría que los tres últimos años de su vida fuesen un infierno. Las menciones a sus cefaleas durante estos meses son constantes. El pintor lleva años recorriendo España, recogiendo apuntes y bocetos, pintando un encargo del mecenas estadounidense Archer Milton Huntington: una nueva decoración para la biblioteca de la Hispanic Society.
Este proyecto de gran envergadura, si bien es verdad que le enriquecerá y le catapultará a la fama, le costará también la salud. Él mismo era consciente de su estado y así lo trasluce en alguna de las cartas que escribe a su mujer. En una de ellas, redactada en Sevilla en 1914, habla incluso de renunciar. "Yo no debería pintar ya más. Son demasiados años de lucha y repito la canción, no debía haberme comprometido con esta obra tan larga y pesada, cuando tan trabajado estoy. Hay ratos que me encuentro animoso y joven, pero éstos duran poco, son chispazos".
Su profesionalidad, que le hace intentar acabar la pintura de la mejor manera posible, su búsqueda de la perfección, de la obra maestra, le impide abandonar. En cierto modo, no puede controlarse. Quiere aprehender la vida, captarla, atraparla para llevarla a Nueva York, llevar la España que se está perdiendo. Así lo relata la directora del Instituto de Restauración, Carmen Pérez. "Él no se conforma con ir y captar una fotografía para usarla como modelo", explica la catedrática de Restauración; "él quiere vivirlo en primera persona, en directo, dibujarlo, pintarlo y sentirlo".

UN VIAJE AGOTADOR
"El año 1912 [primero en el que comienza a recopilar información para la obra] es impresionante"; dice el catedrático de Historia del Arte, Felipe Garín. "Cuando uno relata todos los viajes que hizo, todos las pinturas que pintó en sitio, todo el proceso creativo de lo que iba a ser la decoración, es una cantidad de trabajo enorme, y contando con que en aquellos tiempos los desplazamientos eran en unas condiciones tremendas", recuerda, "uno se puede imaginar cómo acabó".
Las quejas al cansancio y a los problemas de salud son habituales en las cartas que envía a su mujer, Clotilde, casi a diario. Y casi siempre van en la misma dirección: los mareos. "Estoy mareado y no sigo escribiendo". "El mareo me sigue aún, no tan fuerte como en Madrid". "Aún me resiento de algún pequeño mareíto y hoy he suprimido el tabaco".
Vistas hoy, en los epistolarios que editaron Garín y Facundo Tomás, se perciben claramente como los síntomas de lo que le acabaría matando. Pero, ¿el qué? Porque nunca se ha llegado a determinar con precisión qué aceleró el deterioro de su salud y le causó, a la postre, su temprana muerte.
Tradicionalmente sólo se ha señalado al "agotamiento" como el motivo por el cual el pintor valenciano enfermó. Así lo recuerda la bisnieta del pintor, Blanca Pons-Sorolla, quien considera que es evidente que ese estrés, ese cansancio físico, "ayudó a que muriese tan joven". Un agotamiento al que hace continúa mención el pintor.
La imagen que ofrece el propio Sorolla es muy dramática. Habla de que se acuesta con tanto cansancio que llora. Con todo, el agotamiento de por sí no explica el ataque. Y aunque Sorolla fumaba y comía de manera abundante, "era una persona tremendamente ordenada en su vida", recuerda su bisnieta, poco dado a las jaranas.

LOS ANÁLISIS DE SU PALETA: LA PISTA FALSA
En este contexto, unos recientes hallazgos realizados durante la restauración de 32 borradores del pintor para su Visión de España han confimado una nueva vía. Como fue tradicional hasta principios de siglo, Sorolla empleó colores que se realizaban con productos químicos y que hoy están prohibidos. No sólo eso, los análisis de su paleta apuntan a que entre sus pigmentos habituales se hallaban algunos de los más tóxicos. El estudio se está realizando desde hace años con el Instituto de Patrimonio Histórico, analizando los Sorollas de Cuba y de la Hispanic Society, y ahora, con estos bocetos, se ha ampliado.
Por él se sabe que uno de sus colores fetiche es el bermellón. Este pigmento durante mucho tiempo se conseguía a partir del cinabrio, que se compone en un 85% de mercurio y en un 15% de azufre. A principios del siglo XX se popularizó una opción de bermellón creada a partir de cadmio, bastante menos perjudicial. Otro tanto pasaba con el blanco de plomo, un pigmento que fue sustituido por el blanco de titanio a partir de 1919, y que en la actualidad está prohibido para pintura interior. Y el tercer pigmento nocivo habitual en el utillaje de Sorolla era el verde de Scheele, del que se dice que mató a Napoleón.
En la actualidad, estos tres colores se elaboran con pigmentos inocuos y sólidos pero en la época de Sorolla eran comunes las soluciones venenosas. De hecho se dice de otros grandes pintores españoles como Goya que padecieron enfermedades provocadas por el uso de estos pigmentos nocivos. "Hoy sabemos que son perniciosas cosas que entonces no se sabían", conviene Blanca Pons Sorolla.
La cuestión es si llegaron a envenenarle ya que algunos de los síntomas que describe de esos días coinciden con el hidrargirismo, la intoxicación por mercurio, especialmente los problemas renales. Una elevada exposición al bermellón, que empleaba con asiduidad, unida al hecho de que era un fumador compulsivo, podría haberle intoxicado Algo de lo que duda la bisnieta del pintor. "El va con problemas en el riñón, con la tensión alta, dolores de cabeza... No lo sé. Pude afectarle, pero tampoco es una cosa que se haya probado", dice.

LA HIPERTENSIÓN, EL ASESINO SILENCIOSO
Es Felipe Garín quien apunta a un problema de salud hoy superado como posible culpable del ataque cerebrovascular: la hipertensión. "Sorolla llegó quince años tarde para que le alcanzaran los avances en las investigaciones médicas", comenta. 
Así lo dejaron entrever él mismo y el diputado y exconseller Alejandro Font de Mora en el libro Joaquín Sorolla y la medicina, cuando escribieron: "Los aparatos medidores de la tensión arterial le llegaron algo tarde". Es más Garín explica que Font de Mora, médico forense, descarta en principio la intoxicación y apuesta por estos problemas de tensión arterial que entonces no se trataban.
"Los mareos, los cansancios... hay que tener en cuenta que pintaba cuadros de cuatro metros, algo que le obligaba a subir y bajar cincuenta y cien veces durante la misma mañana una escalera. Y de descansar poco porque, aunque él tenía dinero, en muchos sitios a los que iban los alojamientos no estaban en condiciones", recuerda. A lo que hay que añadir lo poco que se cuidaba. "Cuando tenía vértigos se tomaba una copita de jérez", recuerda Garín.
Una de las tristes paradojas que rodea a la muerte de Sorolla, es que buena parte de ese trabajo agotador que le impidió cuidarse, que le extenuó y le debilitó, que quedó reflejado en bocetos y apuntes, nunca se ha visto. En primer lugar, porque la mayoría no fueron luego utilizados en los paneles. En este sentido Pons-Sorolla recuerda que "sólo el de Jaca se adecúa a lo que luego son los paneles de Visión de España". Y en segundo lugar porque permanecieron custodiados en Estados Unidos.
Fue hace más de un año que la Hispanic Society depositó en el Instituto de Restauración de Valencia 32 de los 170 bocetos, una parte del proceso creativo que culminó en Visión de España. 10 de ellos son de pequeño formato, fragmentos que luego utilizaba en los collages que usaba como modelos. El resto son de grandes dimensiones, con medidas de dos metros de ancho por 1,5 de alto. Son unas obras de una extraordinaria belleza, muy modernas, mucho más que las propias pinturas del valenciano. "Es Sorolla pintando para Sorolla", resume Pérez.
Cuando termine la restauración, a principios de otoño, se exhibirán por primera vez en España. Verán así la luz estas pinturas que creó en su largo viaje hacia la obra maestra que acabó con él, unos bocetos en los que bien puede decirse que se dejó la vida.


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