martes, 5 de mayo de 2026

Capítulo 150. Románico en la Comarca de Terra de Melide, Moldes, Sobrado, Toques, Monte

 

Románico en la Comarca de Terra de Melide
Ocupando prácticamente el centro geográfico de Galicia, la Comarca da Terra de Melide se sitúa en el extremo suroriental de la provincia de A Coruña, limitando con tierras lucenses y pontevedresas y no lejos tampoco de los territorios norteños de Ourense.
Enclave estratégico desde tiempos pretéritos, son varios los yacimientos castreños conservados en el entorno; sin embargo, será durante la Edad Media cuando, gracias a la importancia que cobraría el Camino de Santiago -que atraviesa de levante a poniente la comarca- la Terra de Melide gozaría de una notable pujanza económica y social, la cual, se vería fortalecida a mediados del siglo XII con el establecimiento de la orden del Cister en el Monasterio de Sobrado dos Monxes.
Administrativamente, la comarca da Terra de Melide engloba los concellos de Melide (cabecera comarcal y centro de servicios), Santiso, Sobrado y Toques.
Portada de la iglesia de San Pedro de Melide

Como es denominador común en el territorio gallego, un gran número de parroquias que salpican su geografía remontan sus orígenes a los siglos medievales, sin embargo, muchas de ellas fueron reformadas o reconstruidas en su totalidad durante los tiempos del Barroco, un fenómeno que no fue ajeno a la Terra de Melide donde, aún así, han sobrevivido varios monumentos medievales de gran interés.
El románico de la comarca se concentra en torno a la propia localidad jacobea de Melide, donde se conservan dos iglesias en el propio núcleo urbano y varias más en sus feligresías rurales dependientes. Testimonio primordial es también el monasterio de Sobrado dos Monxes, de origen medieval aunque profundamente reformado durante la Edad Moderna. Por último, también de destacar es la pequeña iglesia de San Antolín de Toques, único resto subsistente de un monasterio desaparecido y cuya construcción se contextualiza, según los especialistas, a caballo entre el prerrománico y el románico.

 

Melide
Melide es la capital del municipio homónimo. Se sitúa en el extremo sureste de la provincia, muy próxima a los límites de las de Lugo y Pontevedra. Dista de A Coruña unos 70 km y tiene buenas conexiones porque en el centro de su núcleo urbano se cruzan la N-547, que comunica Lugo con Santiago, y la N-540, que une Betanzos con Ourense.
El territorio de Melide ha estado ocupado de forma continuada desde la antigüedad. Los primeros vestigios son sencillas herramientas o armas y los monumentos megalíticos, como la elevada concentración de mámoas en la orilla del río Martagona. Posteriormente la población concentra su asentamiento en forma de castro en un cerro donde ahora está la capilla del Carmen. No demasiado lejos de Melide, en el lugar de Piñeiro, se ha localizado una villa romana. Algunos historiadores han planteado la posibilidad de que transcurriese próxima a Melide la vía XX del itinerario de Antonino, llegando Cuevillas a plantear que en Melide se ubicase la mansión Brevis. Una hipótesis plausible es que durante la ocupación romana se creó una villae tardorromana en la parte baja, en el valle, en la zona donde está la iglesia de Santa María. Aunque la etimología de Melide no es demasiado clara y se han planteado varias posibilidades imaginativas, dos de ellas derivan del latín. Una derivaría de miliario, pues en un documento del siglo xi se la nombra como Milierata en Terra de Abeancos y la otra lo vincula con el antropómino latino Mellitus, se trataría de la villa o tierra de Mellitus.
Las primeras menciones de Melide son indirectas, en ellas se cita la demarcación eclesiástica a la que se adscribe, Abeancos. En el año 747 en el testamento de Odoario, obispo de Lugo, se habla de la repoblación de varias villas en la Tierra de Aviancos. En un documento de Alfonso II, el Casto, el 27 de marzo de 832, se realizó una dotación a la catedral de Oviedo con los territorios de la Tierra de Aveancos y algunos en la diócesis de Lugo. Poco después el mismo rey se retractó y decidió que Abeancos siguiese bajo la jurisdicción de Lugo. La propiedad episcopal no debió de quedar demasiado clara, pues la propiedad de Melide, junto con la de otras iglesias del arciprestazgo, fue motivo de pleito entre los obispados de Lugo y Mondoñedo. La primera de estas disputas se registra a finales del siglo XI por petición de don Amor, obispo de Lugo, al Papa Urbano II. Aunque la resolución parece que fue favorable para la diócesis lucense, el obispo de Mondoñedo no la acató y solicitó una reunión por falta de conformidad. No se tienen noticias de este encuentro, se desconoce incluso si llegó a celebrarse, pero los templos siguieron bajo el control mindoniense. Ambos obispados debieron de llegar a algún tipo de acuerdo porque en los siguientes litigios lucenses sobre la propiedad de algunas iglesias no figura Mondoñedo. El siguiente pleito donde se las reclama está datado el 25 de agosto de 1285, cuando el obispo de Lugo, Fray Arias, solicita al metropolitano de Braga, don Tello, que medie en el asunto. Tampoco se conoce cómo se resolvió, pero la titularidad continuó perteneciendo a Mondoñedo hasta mediados del siglo XX.
Permaneció de este modo hasta que, en 1953, en el Concordato entre la Santa Sede y el Estado Español, se reorganizaron las diócesis y pasó a integrarse en la diócesis lucense.
Ajena a la titularidad eclesiástica, la población de Melide se encontraba en la confluencia de dos de los caminos de Santiago, el primitivo o de Oviedo y el Camino de Francés. Se vio favorecida por el auge de la peregrinación de tal modo que su crecimiento urbanístico medieval y moderno, desarrollado a lo largo del eje viario, está claramente vinculado al trazado del Camino. Además contaba con una serie de instalaciones hospitalarias, al menos un hospital y una leprosería, esta última situada próxima a la iglesia de Santa María, en la zona de San Lázaro. Su posición estratégica dentro de la vía de peregrinación y, también, en los caminos que comunicaban con la costa motivó que durante el reinado de Alfonso IX se repoblase el burgo. La población se agrupó y creció alrededor de la zona del antiguo castro, donde algunos autores apuntan la existencia de una fortificación altomedieval. En 1214 Alfonso IX realiza una permuta al Arzobispado de Santiago, quien cambia la jurisdicción del territorio de Abeancos por el castillo de San Jorge en el monte Pindo (San Mamede de Carnota, Muros) en la Costa da Morte. La Mitra Compostelana, para poder demostrar el poder señorial recién adquirido, construye una fortificación en la croa del antiguo castro.
Además de la iglesia de Santa María, el Melide medieval contó también con otra iglesia, la de San Pedro. Este templo fue demolido en la década de los cuarenta del siglo XX y trasladadas algunas partes a la iglesia de San Roque. Se encontraba extramuros del Burgo Novo pero próximo a la puerta de acceso y al pie del Camino de Oviedo. El primer documento donde se menciona data de 1285, en un uno de los pleitos entre los obispados de Lugo y Mondoñedo.
Chao Castro plantea que la iglesia pudiese remontarse al siglo XII o a comienzos del xiii, pues el emergente Burgo Novo demandaba una serie de necesidades parroquiales que la iglesia de Santa María no debía cubrir, aunque también propone un posible origen altomedieval vinculado a la población que siguió viviendo en la zona del castro. Las características de los restos medievales conservados han sido confundidas en ocasiones con las de una construcción románica, pero en el estudio de Chao Castro se aclara que la portada, que era el acceso lateral, fue construida alrededor del año 1400, renovando un edificio construido entre finales del siglo XIII e inicios del XIV. En las proximidades de este templo se encontraba un hospital para peregrinos que mantuvo su función asistencial hasta finales del siglo XIV, cuando se funda otro de mayores dimensiones.
En 1316 cuando el arzobispo D. Rodrigo de Padrón le da a Fernán Fernández de Abeancos la fortificación y la villa de Melide, lo hace bajo la condición de construir una nueva muralla que ciñera el Burgo Novo construido extramuros y una torre en el castillo. La muralla se construyó, pero fue derruida en el siglo XIX. Entre 1372 y 1375 el notario Fernán López y su esposa Aldara González, donaron unas casas para que se construyese un nuevo convento de Sancti Spiritus, en su ubicación actual, pues, hasta el momento, estaba en calle Principal junto a la iglesia de San Pedro.
Durante la Revuelta de los Irmandiños, entre 1467 y 1469, destruyeron el castillo y derribaron parte de la muralla. En 1498 el arzobispo Fonseca le da permiso a Sancho de Ulloa, conde de Monterrei, para aprovechar los materiales de la derruida fortificación para construir la Capilla Mayor del Convento del Sancti Spiritus. El espacio de la fortaleza permaneció vacío hasta que en el siglo XVIII se edificó en la croa la capilla del Carmen.

Iglesia de Santa María
El origen del templo, al igual que la mayoría de las iglesias rurales gallegas, es desconocido y las referencias que se tienen, además de escasas, son tardías.
El templo de Santa María es uno de los cuatro de la villa de Melide y el único románico. Se localiza hacia el Este, al borde del Camino de Santiago. Al pie de éste se conservan, muy deteriorados, dos sarcófagos antropomorfos, con orientación E-W, excavados en la roca. Aunque no se han encontrado otros restos, y a falta de un estudio arqueológico exhaustivo que aporte datos para poder fijar una cronología precisa, su simple presencia confirma la existencia de una necrópolis altomedieval vinculada a un templo anterior. La planta es sencilla, de nave única y ábside semicircular precedido de un corto tramo recto. El primer cuerpo se cubre con una techumbre de madera a dos aguas, mientras que la capilla lo hace con una bóveda de cascarón en el hemiciclo y una de cañón semicircular en el tramo precedente.
En el exterior no se produce el tradicional juego de alturas entre nave y la cabecera, ya que ambos cuerpos se disponen a la misma altura, debido a una reforma que redujo la altura de la nave al eliminar un par de hiladas de sillares y desapareciendo, por lo tanto, el icónico alero románico con canecillos.

En el ábside se diferencia el tramo recto y el hemiciclo por la mayor anchura y por un tratamiento decorativo más sencillo del primero. Ambas partes se unifican mediante un triple zócalo escalonado con cada uno de los retallos achaflanados. En el hemiciclo hay dos semicolumnas entregas que lo dividen en tres paños.
Estos soportes se alzan sobre altos podios que arrancan desde el suelo y resaltan sobre el zócalo. Las basas son áticas; una de ellas tiene como única decoración una incisión que recorre longitudinalmente el collarino y la otra presenta un mayor decorativismo. Aunque está perjudicada por la erosión y la adhesión de líquenes, todavía se aprecian garras poco resaltadas y todo el plinto está tallado con un motivo no muy definido, tal vez flores geometrizadas como las que aparecen en el plinto norte del arco triunfal.




Los capiteles, bastante deteriorados, resultan llamativos por la forma de la cesta, más cúbica que troncopiramidal. Ambos capiteles son similares, con collarinos lisos, la parte inferior totalmente lisa y la decoración concentrada en la parte superior. El meridional tiene una hoja larga con escaso volumen en la parte central del frente, mientras que el resto de la ornamentación se reduce a unas bolas que penden en la parte alta de lo que parecen arcos. En el septentrional el elemento vegetal ha desaparecido: hay únicamente arcos con pomas y una especie de anilla perforada.
A media altura hay una moldura fina, decorada en el borde inferior con dos hileras de tacos, que recorre todo el perímetro del hemiciclo, incluidos los fustes a través de un estrecho tambor. En el tramo central sirve de alféizar de una saetera guarecida por una ventana con desarrollo completo. Se cierra con un arco de medio punto sostenido por una pareja de columnas acodilladas. La septentrional tiene el toro mayor sogueado y el plinto decorado en ambos frentes con un friso geométrico poco definible por la erosión. Los capiteles presentan el cuerpo inferior liso, mientras que en la parte alta ganan volumen. El meridional tiene en cada esquina una hoja rematada en una bola; las tres hojas están formadas por una única cinta continua que se curva. La otra cesta tiene tres grandes hojas rematadas en bolas. Los cimacios en nacela se prolongan poco más allá de la arquivolta. Ésta se resuelve lisa, con un baquetón poco resaltado que está apenas señalado por dos finas incisiones en la rosca y el intradós. Ciñe este arco una chambrana abilletada cuyos motivos son apenas perceptibles en un par de dovelas.
Los tramos rectos de la cabecera carecen de decoración.

En el muro sur hay una ventana cuadrada que fue abierta en época moderna después de construir el retablo, desmontado en la actualidad, que, al adosarse al muro oriental, tapaba el único punto de luz del presbiterio. El alero de ambas secciones se compone de una sencilla cornisa en nacela sostenida por una colección de canecillos mayoritariamente de tipo geométrico. Tienen forma de proa o nacela, en algunos de ellos se añaden una serie de sencillos elementos ornamentales, como cilindros, aspas, cabezas humanas con rasgos sumarios. Otros tienen motivos difíciles de identificar.
En la nave el muro septentrional ha quedado totalmente cubierto por la construcción de una sacristía y una antesala. En el interior de la sacristía se conserva la puerta lateral en arco de medio punto. Tiene una estructura sencilla, con jambas lisas rematadas en finas molduras en nacela, en la que descansan las dovelas en arista. Como único elemento decorativo aparece un tornalluvias achaflanado.
La fachada sur, además de la reforma con la que se eliminó el alero, sufrió otras intervenciones menos evidentes. Buena parte del muro está rehecho, lo indican los engatillados y los múltiples puntos donde no coincide la altura de las hiladas de sillares. Este frente se divide en tres tramos mediante dos contrafuertes; en el central se abre una puerta y en los laterales hay sendos sepulcros cobijados por arcosolios apuntados; en el oriental se ve la fecha de 1385. Para su elaboración fue necesario rehacer casi totalmente parte de los muros, de tal modo que se conserva una única saetera en el tramo de occidental.
Lucillo sepulcral de arco apuntado situado a la derecha de la portada meridional.
Lucillo sepulcral de arco apuntado situado a la izquierda de la portada meridional.
La portada meridional se abre entre los dos estribos poco resaltados, que se disponen de forma ligeramente asimétrica con respecto a la puerta de acceso, y dejan poco espacio libre hasta la rosca.
Las aristas internas de los contrafuertes se molduran con un baquetón que suaviza también los codillos entre las columnas de esta puerta y de la occidental.
El remate de los contrafuertes se realiza con molduras en nacela, con un inusual desarrollo en la parte superior; responde a una modificación posterior en la que se hizo, o rehizo, la pequeña cornisa que hay sobre el acceso.
Este alero tiene un perfil compuesto, formado por cobijas con un abultado bocel en la arista y dos filetes en la parte alta, inexistente en la época románica. Se apoyan sobre seis canecillos que no se disponen equidistantes y que, además, se insertan en el muro de una manera torpe que apunta también a la intervención posterior.
Los canecillos están muy deteriorados, pero todos ellos son figurados. Podrían provenir de los aleros eliminados de la nave pero, por el tratamiento escultórico, podrían haber sido realizadas ex professo en el momento de la reforma para esta puerta lateral, respetando el gusto románico para armonizar con el resto del conjunto.
La portada meridional está encuadrada entre dos contrafuertes y cobijada por un tornalluvias decorado con canecillos. Se abre con dos arquivoltas de baquetón acompañadas con franjas de arquitos.
 

A pesar de las dudas que surgen en torno al origen de los elementos que rematan los contrafuertes y el alero, la puerta es indudablemente románica. Tiene dos arquivoltas sostenidas por dos pares de columnas acodilladas. Los fustes son estilizados, lisos y monolíticos. Las basas, áticas, alguna de ellas con garras, tienen plintos adornados en sus frentes con diferentes motivos, como arquitos ciegos, círculos incisos, líneas onduladas o rebajes con estrechos rectángulos.
Uno de los capiteles tiene decoración animal, mientras que el resto son vegetales. El figurado es el interno de la jamba oeste, tiene en cada uno de sus frentes una figura que apoya sus patas en el collarino. En la cara externa hay un cuadrúpedo con todo el cuerpo recorrido por líneas zigzagueantes que emulan el pelaje. Su cola alargada y acabada en punta está curvada y se dispone sobre el lomo. Por desgracia, su cabeza, colocada en la arista, está mutilada, lo cual dificulta saber de qué especie es. El animal de la otra cara es bípedo, con una cabeza minúscula, patas potentes y el cuerpo recorrido por una serie de estrías que se curvan dibujando un ala. Lo más llamativo de este animal es un largo y potente rabo, con cuyo extremo golpea la cabeza del cuadrúpedo. La falta de detallismo y la rareza de la representación han llevado a Carrillo Lista a plantear que se representase un basilisco luchado con un grifo, por paralelismos con las iglesias lucenses de San Martiño de Ferreira o San Pedro de Bembibre (Taboada, Lugo). Esta identificación plantea el problema de que en la representación no se ponen en relieve las características más destacadas de cada uno de los animales. En el caso del primero sería el cuerpo híbrido de león y águila; la iconografía de este ser fantástico aparece perfectamente codificada en múltiples iglesias, relativamente próximas, de las provincias de Lugo y Pontevedra. En ellas cada una de las partes del cuerpo están bien modeladas y plasmadas las diferentes texturas del pelaje o las plumas, acordes a su doble naturaleza, y sus cabezas son pequeñas y afiladas y, con frecuencia, miran hacia atrás. En Melide no se manifiestan ninguna de estas cuestiones y la cabeza es muy grande para ser la de un ave. 
En el caso de la figura bípeda, no se ajusta a la representación del basilisco, ser fantástico del que se resalta que arroja veneno por los ojos y, en algunas versiones, mata con su aliento. Tal descripción no se corresponde con esa cabeza hipertrofiada y con la importancia que se le da a la cola, pues ésta es la que hiere al otro animal. En Melide se ajusta más a la fisonomía una anfisbena, un animal con dos cabezas, una de ellas en el lugar habitual y otra en la cola. Se la suele representar de dos modos: uno es enrollada sobre sí misma al morderse en el cuerpo con una de sus bocas y el otro es con la cola levantada y curvada sobre la cabeza, con o sin unas pequeñas patas que le confieren la apariencia de un dragón con dos colas. Una escena del ataque de una anfisbena a un cuadrúpedo, en este caso un león, aparece en la iglesia riojana de Nuestra Señora de las Tres Fuentes (Valgañón). El hecho de que en Melide todo el cuerpo del mamífero esté decorado con líneas en zigzag que marcan el pelaje, puede ser una mala interpretación del artista de la melena del león, que la extiende a todo el cuerpo. La presencia de este felino se ajusta bien a la plasmación románica de luchas duales entre el bien y el mal; en este caso, el león simbolizaría el Bien y el animal fantástico, independientemente de su género, el Mal.
El capitel de al lado tiene un único orden de hojas nervadas, ligeramente apuntadas y rematadas en pomas. La hoja dispuesta en la arista es de mayor tamaño y se remata con una especie de piña. El espacio libre en la parte superior de la cesta se decora con unas líneas incisas. Los capiteles de la otra jamba tienen la misma estructura, con dos órdenes de hojas estrechas y alargadas que caen hacia delante. Las de la cesta interna tienen un profundo surco central marcando el nervio y unas pequeñas pomas en la punta, mientras que la parte superior se decora de igual forma que la de la jamba opuesta. En el último capitel, la estilización de los vegetales se lleva hasta el extremo de adquirir la apariencia de motivos geométricos, presentes sólo en el registro alto, donde aparecen arcos y filetes rectos. La forma de resolver esta parte es igual a la de los capiteles de las columnas del ábside.
Las arquivoltas se resuelven de una forma original, con las aristas molduradas con boceles seguidos de medias cañas en el intradós y la rosca y, remarcando el extremo de esta última, hay un festón de arquitos ciegos de medio punto. El tornalluvias se divide también en dos partes, la interna tiene una hilera de voluminosos billetes que se separan por una sucesión de motivos variados (aspas, pomas de varios tamaños, capullos y flores menudas resueltas con diferentes fórmulas) y en la banda externa aparece, de nuevo, una sucesión de arquitos. El tímpano cobijado por los arcos es de medio punto y liso, y está sostenido por dos ménsulas en proa. Por encima del alero que hay sobre la portada se conservan tres grandes ménsulas que sostenían la estructura de un pórtico; por las características de estos soportes, en forma de gancho, se trata de piezas incorporadas en una reforma posterior al románico.

La fachada occidental está modificada en la parte alta, pero la portada, ricamente ornamentada, es románica. En la zona alterada el piñón se corona con un sencillo campanario y la tradicional saetera fue sustituida por una gran ventana adintelada y abocinada. La portada cuenta con tres arquivoltas de medio punto sostenidas por columnas.
Los codillos que aparecen entre los fustes reciben dos tratamientos, unos con un baquetón marcado por unas finas incisiones y en otros se ha optado por cortar la arista en dos partes. En las columnas, las seis basas son áticas pero se resuelven de forma distinta a las del resto del templo. Mientras que en todas las demás las proporciones son bastante correctas, en las del imafronte los toros inferiores presentan una altura superior a lo habitual y están muy abombados.
Los plintos están totalmente enterrados, pero en algunos se vislumbra que son cúbicos. Los fustes de la arquivolta interior son monolíticos y los del resto se componen por tambores. El más interesante es el septentrional del arco menor porque es entorchado. Las estrías helicoidales son planas, resaltadas y están recorridas por finas incisiones en los bordes; en el hueco que hay rebajado entre las cintas se disponen rítmicamente flores con el botón trepanado.


Sólo los capiteles exterior y medio de la jamba norte están figurados, el resto tienen decoración vegetal. En la jamba septentrional el capitel externo tiene en una cara un animal que se enrolla sobre sí mismo en forma de espiral; podría ser una serpiente, incluso una anfisbena. En el otro frente aparece una figura mutilada, de la que sólo se ven las patas posteriores. Muy posiblemente el animal representado sea un león, puesto que tiene una cola rodeando el cuerpo; esta disposición del rabo, junto con la melena, son dos de los rasgos más significativos de los felinos en el románico. En la cesta central hay dos aves afrontadas con largos picos y las cabezas vueltas y apoyadas en sus cuerpos. El último capitel de esta jamba es el de mayor calidad y el de decoración más cuidada, acorde con el delicado fuste salomónico que lo soporta. Es de tipo vegetal y se organiza en dos órdenes. Presenta la peculiaridad de mezclar varios tipos de hojas y algunos zarcillos. La mayoría de las hojas son apuntadas, lisas y terminadas en pomas, algunas con nervios marcados. Hay también una interesante hoja en uno de los frentes que se resuelve de forma diferente, con el perfil recortado marcando un borde festoneado; este motivo está resaltado con unas profundas y pequeñas incisiones realizadas con un trépano. Su nervio central es tan profundo que la hoja está totalmente perforada por detrás del extremo de la hoja. Tanto el trepanado como el total vaciado del nervio por detrás de la punta implican un notable dominio técnico del ejecutor.
En la jamba meridional todos los capiteles tienen decoración fitomorfa, pero abordada de diferentes modos. El interior se resuelve de forma similar a la de la hoja ricamente ornamentada situada justo enfrente, incluso comparten el uso del trépano para el tallado de determinados detalles, pero la calidad es inferior. Las dos últimas cestas organizan en dos o cuatro niveles sus hojas cortas con forma de lengüeta, algunas de ellas con bolas. Los cimacios se resuelven en nacela simple; el frente de los situados en el exterior se prolonga tan poco que parte de la chambrana carga fuera de ellos.
Las arquivoltas internas tienen en sus aristas gruesos boceles a los que siguen una sucesión de mediascañas y toros que animan sus roscas e intradoses. El arco externo presenta una interesante decoración en ambas caras. Hay una sucesión de casetones, los de la rosca se resuelven como arcos rebajados en cuyo interior hay un motivo decorativo geométrico, ya sea de cruces, aspas de brazos rectos o curvos, discos, ondas o uves invertidas. La chambrana se decora con tacos dispuestos en cuatro hiladas. El tímpano, sostenido por canes en proa, es liso y presenta como única decoración una fina incisión que bordea su base.

En el interior la comunicación entre la nave y el presbiterio se realiza a través de un arco de medio punto, doblado y con dovelas en arista. Mientras la dobladura carga sobre los muros, el arco menor reposa en una pareja de columnas entregas. Se alzan sobre un alto podio moldurado en la arista con un bocel. Los plintos cúbicos están decorados, el meridional, completamente, pero en el opuesto no llegó a acabarse. En el primero se disponen en las esquinas unas flores y en el frente hay, arriba y abajo, dos bandas angreladas que dejan un friso intermedio donde se suceden motivos geométricos ya vistos en el exterior: espirales, ces o aspas de brazos curvos. En las basas áticas, en lugar de las tradicionales garras, aparecen tres originales cabezas humanas con un fuerte tratamiento escultórico y una cuarta con una bola a la que se superpone una especie de hoja.

El capitel del lado del evangelio tiene, pegadas al núcleo, un único orden de hojas nervadas mediante incisiones con el nervio central perlado. Se resuelven en el ápice de dos formas diferentes, las de las aristas tienen grandes volutas y las que están en el centro de cada frente, con pequeñas pomas.
La cesta de la epístola reproduce una escena con un hombre en el centro flanqueado por dos bestias con las fauces abiertas. El hombre tiene los rasgos faciales trazados de formas sumaria, pero lleva barba, representada por unas sencillas líneas en la perilla, y viste únicamente un calzón, con múltiples plegados, que le llega hasta las rodillas. En la muñeca derecha lleva una especie de brazalete.
Capitel situado en el lado izquierdo del arco triunfal en el que se muestra una figura humana rodeada por dos bestias.
Detalle 

Con su mano izquierda aparta la pata de un león que ocupa el lateral que mira a la nave. El felino presenta los rasgos tradicionales de este animal: la melena que se prolonga más allá del pescuezo y la cola enrollada alrededor del cuerpo.
En el otro frente hay un monstruo de naturaleza indefinida.
Tiene todo el cuerpo recorrido por líneas orientadas en diferentes direcciones, una espina dorsal muy marcada, una larga cola y unos cuernos. Esta bestia se apoya únicamente en sus patas traseras, mientras que con una de las delanteras agarra el brazo del humano. Ambos cogen al hombre por la cintura con una pata, mientras que el humano, a su vez, los ase, como dominándolos. Además de la escena en sí misma, resulta interesante el hecho de que en este capitel figurado aparecen rasgos propios de uno con decoración vegetal, pues en las esquinas asoman unas pequeñas hojas apuntadas con pomas. La interpretación del tema como Daniel en el foso de los leones no resulta correcta porque, además de aparecer un monstruo, al santo se le suele representar vestido con una túnica y en actitud orante, los leones son dóciles y en ningún momento tocan al santo.
Recuerda a una representación del Señor de los Animales.
Esta iconografía oriental de Gilgamesh está estrechamente vinculada a la de Daniel en el foso, pues comparten el esquema compositivo. El hombre evocaría al Bien, como prefiguración de Cristo, mientras que ambas bestias son el Mal que lo acecha y lo ataca.
Sobre los capiteles hay unos cimacios en nacela que se prolongan por los muros laterales de la nave y por el interior del ábside, donde funcionan como imposta de las bóvedas. En el presbiterio lo más llamativo son las pinturas ejecutadas en el primer tercio del siglo XVI y estilísticamente presentan rasgos del Gótico Hispano-Flamenco y del Renacimiento. En el hemiciclo se representan, en la bóveda de cascarón, una Trinidad rodeada del Tetramorfos, en el tramo curvo, un Apostolado y en la bóveda de cañón del tramo recto hay parejas de ángeles trompeteros. Separando las diferentes escenas se disponen cenefas y bandas ornamentales.
Presbiterio, está decorado con pinturas murales do século XV y XVI.
Trinidad rodeado de los símbolos de los 4 evangelistas
Apóstoles:  Santiago, Juan y Pedro
Apóstoles:  Andrés, Felipe y Bartolomé
Ángeles músicos 

En el centro de la cabecera se abre una ventana que la ilumina. La saetera, abocinada y rematada en un arco de medio punto, está cobijada por una ventana de desarrollo completo. No se sabe cómo están decoradas las dovelas porque se hallan ocultas bajo las pinturas. Las basas carecen de plintos y en el toro inferior de la basa meriodional se superpone una especie de moldura en la que se mezclan arcos y tramos rectos. Los fustes, monolíticos y lisos, son interesantes porque están policromados, aunque tal vez las pinturas sean coetáneas a la realización de los murales y podrían haber sido repintadas reproduciendo los motivos medievales. Sobre un fondo claro se disponen helicoidalmente líneas rojizas y negruzcas. Esta decoración está en clara relación con la columna de la portada occidental. La cesta norte tiene un collarino sogueado del que arrancan una serie de motivos estilizados que se curvan sin seguir un patrón, y en el ápice de la arista hay una poma que pende de la punta de una hoja. El capitel opuesto tiene el collarino decorado con una incisión longitudinal, igual que uno de los del exterior de la cabecera. El cuerpo está liso excepto en la parte alta, donde hay tres piñas, una en cada esquina. La desnudez decorativa queda atenuada por una serie de líneas en la misma gama cromática que el fuste. Sus cimacios en nacela resultan de la continuación de los del arco triunfal, que discurren como moldura por el perímetro del presbiterio.
El muro del hemiciclo está recorrido por un banco de fábrica que tiene moldurada la arista con un bocel. En uno de los sillares hay unas extrañas incisiones que, a pesar de no haber sido interpretadas, no cabe duda de que fueron realizadas a propósito.
En la nave también hay un banco perimetral con la misma molduración, pero aparece sólo en el muro sur y su altura no es regular, pues experimenta un crecimiento hacia los pies. Las tres puertas románicas se abren en arco de medio punto con dovelas en arista. La septentrional, que ahora comunica con la sacristía, ha sido ligeramente retallada en los salmeres pero, por lo demás, conserva la configuración románica habitual. Hacia los pies de la nave, en el muro norte, se abre otra puerta adintelada moderna que comunica con un espacio contiguo a la sacristía. Lo interesante de esta puerta es que se cierra con un fragmento de una antigua reja románica. La parte alta de los muros laterales de la nave está reformada, lo evidencia el enlucido amarillo. La intervención afectó a las ventanas, se conserva únicamente la saetera meridional románica.
Entrando en consideraciones formales, el modo de decorar las arquivoltas de la puerta occidental, con casetones en forma de arcos en las roscas e intradoses, es un modelo de escasa difusión en Galicia. Aparece en iglesias próximas geográficamente en su zona central, principalmente en la provincia de Lugo, como San Miguel de Esporiz (Monterroso), San Martiño de Ferreira de Negral, Santa María de Pidre (Palas de Rei), Santa María de Camporramiro (Chantada), Santiago de Albá (Palas de Rei), Santa María de O Castelo (Taboada), pero también en la provincia de Pontevedra, en Santo André de Órrea y Santa María de Ventosa (Agolada). En la de A Coruña, Melide es el único ejemplo. Estas iglesias presentan una serie de características decorativas que van desde cuestiones mayores, como las escenas con parejas de aves con los cuellos vueltos o con cuadrúpedo y serpiente o bípedo de larga cola, el tipo de hojas de los capiteles, o cuestiones menores, como aparición de piñas, plintos decorados con motivos variados, codillos suavizados mediante baquetones, fustes helicoidales, perlas o pequeñas flores decorando las mediascañas. Además comparten también cuestiones técnicas, como el empleo de trépano o la perforación total del nervio por detrás de la punta de las hojas. No se trata de elementos de decoración que aparecen exclusivamente en estas iglesias y tampoco tienen por qué darse en todas ellas, pero se presentan de forma bastante frecuente. Esta gran homogeneidad hace pensar en un grupo o taller que trabajó intensamente en la zona.
Además del modelo ornamental casetonado de la fachada occidental, Melide comparte con los templos de Bembibre y de Ferreira el modo de disponer la puerta entre contrafuertes y con un tejaroz con canecillos. Este esquema gozó de bastante difusión en la provincia de A Coruña; se encuentra también en templos como San Martiño de Tiobre (Betanzos), San Salvador de Bergondo o Mezonzo. La forma de resolver la portada de Melide se liga estrechamente a la de Ferreira. En ambas se repite el tipo de basas con decoración variada en los plintos, la iconografía del capitel de la lucha entre el cuadrúpedo y un animal bípedo de larga cola; también se baquetonan las aristas de los codillos resultantes entre las columnas y las de los contrafuertes.
Resulta especialmente llamativa la escasa distancia entre los estribos y la moldura resultante de la prolongación de los cimacios en ambas iglesias, pues lo normal es que entre los contrafuertes y la portada se dejen varias decenas de centímetros. El hecho de que en ninguna de ellas se respete esta pauta y lleguen a montarse sobre las chambranas hace pensar en que pudieron ser elaboradas por un mismo taller.
El uso de trépano en las hojas de los capiteles internos del imafronte de Melide se puede poner en relación con algunos de los capiteles de San Martiño de Ferreira de Negral y San Pedro de Bembibre. Sin embargo, en ninguno de estos dos templos hay hojas que tengan totalmente vaciada la parte superior del nervio por detrás de la punta, pero está presente en las hojas de los capiteles del presbiterio de la cercana iglesia de Órrea.
El empleo de fustes helicoidales es poco frecuente en el románico gallego. Aunque se utilizaron en la catedral de Santiago, no tuvieron demasiada difusión, pero aparecen también en un tambor de la columna meridional de Santa María de Dexo (Oleiros) y en las portadas de San Xulián de Moraime (Muxía), San Pedro de Bembibre y en San Martiño de Ferreira de Negral.
El tipo de basa empleada en la puerta norte con los plintos decorados con motivos variados (arquitos ciegos, circunferencias y varios rectángulos) se emplea en otras iglesias cercanas de las provincias limítrofes, como las pontevedresas de Santo André de Órrea, San Cristovo de Borraxeiros y San Pedro de Ferreiroa (Agolada) o San Miguel de Goiás (Lalín), o en las lucenses de Santa María de Arcos (Antas de Ulla), Santiago de Barbadelo (Sarria) o en una portada medieval conservada de uno de los claustros del monasterio de Samos.
El motivo de las piñas aparece de modo tardío en el románico gallego. Se encuentra en templos cercanos como Santa María de Mezonzo (Vilasantar), Santa María de Verís (Irixoa) o Santa Cruz de Mondoi (Oza dos Ríos), pero los ejemplos más cercanos se encuentran en la provincia de Lugo, en San Miguel de Esporiz, San Martiño de Ferreirade Negral y Santa María de Arcos.
En Melide aparecen además otros elementos decorativos que no están presentes en iglesias con portadas casetonadas, como son los festones de arquitos que decoran las roscas de su portada meridional. En motivo de las cenefas con arcos se encuentra con frecuencia decorando arquivoltas, basas o tímpanos. Es un adorno de origen islámico que alcanzó una amplia difusión; en el románico gallego se usó por primera vez en la catedral de Santiago, desde donde se difunde a edificios rurales desde mediados del siglo XII y hasta bien entrada la siguiente centuria. En la provincia de A Coruña gozó de gran éxito en la zona oriental, donde aparece en San Martiño de Tiobre (Betanzos), San Tirso de Ambroa (Irixoa), San Pantaleón das Viñas (Paderne), San Tirso de Oseiro (Arteixo), Santa María de Cambre, San Xoán de Anceis (Cambre), pero también se encuentra en iglesias pontevedresas no muy distantes de Melide, como San Cristovo de Camposancos, San Miguel de Goiás y Santa Baia de Losón (Lalín).
Para dar una cronología a la iglesia de Melide, dada las grandes similitudes con los templos de Ferreira y de Bembibre, se han de tomar como referencia los epígrafes de ambas. La primera presenta la fecha de 1177, en la puerta meridional, y la segunda la de 1191, en el tímpano. No obstante, en Melide aparecen una serie de características que llevan a aproximar su fecha de construcción a la segunda y no a la primera. En los capiteles la mayoría de las hojas sufren un fuerte aplanamiento, llegando incluso a dejar lisa la parte inferior de muchas de ellas. Lo mismo podría decirse del capitel meridional de la ventana exterior del ábside, donde perfilan las tres hojas mediante una cinta plana que se curva a lo largo de la superficie lisa de la cesta. En las otras cestas del exterior del ábside y en una de la fachada meridional aparece una decoración geométrica. En esta misma dirección apunta también el empleo en la fachada occidental de basas que han perdido las proporciones tradicionales, la escocia pierda su forma y el toro inferior se abomba. A falta de una inscripción en Melide que aporte una fecha, debemos considerar que la edificación debió de realizarse en los años finales del siglo XII.
En el apartado de mobiliario litúrgico, en Santa María de Melide se conservan una mesa de altar y una reja románicas. En 1998 se realizó una restauración de las pinturas murales y se intervino también en el ara. Se colocó en su ubicación actual, en el centro del presbiterio, pero ya se había trasladado o desmontado previamente, puesto que algunos de los diseños y colores de las cenefas que la decoran presentaban problemas de uniformidad, además había cemento tapando las juntas.
Altar románico compuesto por 6 arquillos situado en el presbiterio.
 

La mesa de fábrica está decorada en tres de sus caras con una sucesión de arquitos de medio punto en resalte. En los laterales sólo hay dos sin decoración, pero en el frente hay seis arcos ornamentados en las roscas con pequeñas perlas. En las esquinas delanteras aparecen sendas cabezas humanas talladas con detalle marcando el pelo, los labios o los párpados. La losa superior es achaflanada, perfil que también describe la otra losa inferior, colocada de forma invertida, sobre la que se asienta el altar. El ara está policromada en la cara frontal, pero se trata de pinturas coetáneas a las del resto del presbiterio, puesto que se repiten los colores y los motivos decorativos de lacerías con motivos geométricos estilizados. Aunque López Ferreiro indicó que los arcos descansaban en columnas pareadas, su descripción no se ajusta a este altar. Debe de tratarse de un error del historiador pues nada apunta a la presencia de estos soportes; el espacio al que se adosarían cuenta con pinturas y la base de los arcos resulta excesivamente estrecha.
En Galicia se conservan otras mesas de altar de tipologías variadas. Hay mesas de altar soportadas por columnas en Santa Baia de Lubre (Ares), Santa María de Mezonzo (Vilasantar), Santa María de Sobrado dos Monxes o San Mamede de O Castro (Silleda. Pontevedra); mesas con frontales en las iglesias orensanas de Santiago de Allariz o Santa María de Xunqueira de Espadañedo; y mesas de altar de fábrica, como en Santa María de Ferreira de Pallares (Guntín, Lugo). Esta última comparte tipología con la de Melide, pero presenta una decoración más sencilla que se reduce a la moldura del tablero superior. En el caso de la melidense la configuración arquitectónica de los arcos perlados la pone en relación con la mesa de Xunqueira de Espadañedo, aunque en el caso orensano descansan sobre columnas. La cronología del altar de Melide debe de ser análoga a la terminación del templo.
Reja románica
 

Tal vez el elemento más interesante de esta iglesia es su reja de hierro, que es la única conservada en Galicia. En el Códice Calixtino queda de manifiesto la existencia de una reja en la capilla mayor de la catedral compostelana, pues durante una revuelta Gelmírez se refugió en el presbiterio donde cerraron las rejas y echaron los cerrojos. La reja es un elemento que delimita, cierra, aísla y compartimenta sin impedir el paso de la luz ni ocultar de la vista los tesoros de la iglesia, ya fueran reliquias u ornatos dignos de contemplación y veneración por parte de los fieles. Más allá de la pura utilidad de las rejas, se logró dotarlas de un fuerte componente artístico. A pesar de la dificultad del forjado del hierro, se logró plasmar en ellas el repertorio ornamental de la época.
Aunque las rejas se utilizaron también en ocasiones para cerrar las saeteras, casi todos los enrejados desaparecieron, bien porque se fundieron para hacer otros nuevos, se vendieron por el valor del metal o se desmontaron debido a los cambios litúrgicos. En el mejor de los casos, como en Melide, fueron retirados y reutilizados para elaborar nuevos cierres o almacenados a la espera de otro uso.
La reja de Melide está divida en dos partes, la menor se reutilizó para hacer la puerta estrecha que comunica la nave con una habitación anexa en el muro norte y la mayor está ahora en la sacristía. La reja debió de ser concebida para cerrar el acceso al ábside. Debido a su función de cierre de la capilla tenía que cubrir toda la luz del arco. Constaría, al menos, de tres partes: dos montantes laterales fijos y uno central móvil para la puerta, que podía ser de una o de dos hojas. En la jamba correspondiente a la dobladura del arco triunfal se conservan, en ambos laterales, irregularidades que hacen pensar que estuvo anclada en ese punto. Un par de hiladas por debajo de la prolongación del cimacio hay unos pequeños bloques de piedra que tapan un orificio cuadrado y, a media altura, hay una fila de sillares de altura inusualmente baja. Además, en ambas columnas hay tambores con restos de unas barras metálicas que pudieron haber hecho de tirantes de la verja.
La reja de Melide se compone de un bastidor exterior formado por barras de sección rectangular donde se insertan los motivos decorativos de espirales. Se trata de piezas independientes que están unidas con grapas entre ellas y a los montantes. El motivo decorativo son pares de espirales formando una c terminada en cada extremo con una voluta. Cada pareja de “ces” se une a otra por la espalda. Este esquema básico se enriquece al colocar en el ojo de la espiral unas sencillas flores geometrizadas unidas mediante presillas y al poner entre las parejas una serie de barrotes adicionales terminados en pequeños círculos que acaban de cubrir el espacio disponible. En la parte conservada en la sacristía se superponen siete pares de volutas. El número original de pares, así como la forma de resolver el coronamiento, son una incógnita, porque la reja fue desplazada en varias ocasiones fuera de la iglesia y algunas volutas se incorporaron en una restauración a finales del siglo XX.
La reja de Melide es la única pieza de su género en Galicia aunque sí que se conservan herrajes de puertas románicas en un reducido número de iglesias luguesas, como en la catedral de Lugo, San Salvador de Vilar de Donas (Palas de Rei), Santa María de Meira, San Salvador de Sarria, San Pedro do Incio y San Martín de Berselos (Baralla). La mayor concentración de rejas y herrajes de puertas está en la zona de los Pirineos, pero también se conservan ejemplares dispersos en Castilla y León. La técnica empleada para unir las diferentes piezas mediante grapas o presillas, en lugar de utilizarse la soldadura, el esquema con roleos afrontados distribuidos en bastidores y las volutas acabadas en flores responden a esquemas compositivos propios del románico.
No obstante, la falta de paralelos próximos geográficamente dificulta la elaboración de un análisis más exhaustivo. Lo más destacable en Melide es la decoración con flores en el remate de los roleos, que son iguales a los empleados en las rejas de San Vicente de Ávila o en algunos de los roleos de la reja de la catedral de Lisboa. Olaguer-Feliú planteó que las volutas, por su forma, pudiesen ser una evocación del agua pues, en tiempos remotos, estas formas simbolizaban las olas de mar y dentro del contexto cristiano de una iglesia podrían aludir a las aguas del bautismo y a este sacramento. Por otro lado, la espiral es un motivo de gran carga simbólica puesto que es prolongable hasta el infinito, adquiriendo una dimensión cósmica. Las flores que aparecen al final de cada espiral podrían hacer alusión al Paraíso. En cuanto a la cronología, debió de elaborarse al terminar el edificio, en un momento próximo al año 1200.

 
Moldes
La aldea de Moldes se encuentra a orillas del río Furelos, unos 3 km al sur de Melide, municipio al cual pertenece, y en la zona de transición entre la pequeña llanura central del mismo, por la que transcurre el Camino de Santiago, y el valle del río Ulla.

Iglesia de San Martiñoc
La iglesia parroquial de Moldes se encuentra en el centro de la aldea de San Martiño. El acceso a la misma desde la capital municipal se realiza a través de la carretera que une Melide con Agolada (AC-840), que después de unos 3 km, y tras superar las aldeas de Teillor y Moldes, pasa al pie de San Martiño, núcleo al que se accede recorriendo unos 150 m por una desviación bien señalizada en dirección oeste.
A pesar de encontrarse apenas a 2 km del trazado histórico del Camino Francés, la parroquia del Moldes no pertenece al Camino de Santiago propiamente dicho, de forma que, si bien la proximidad del mismo es sin duda un elemento decisivo para la construcción de un templo románico de cierta entidad en una parroquia modesta, la arquitectura de este edificio no alcanza la espectacularidad y el buen estado de conservación de otros ejemplos vecinos.
De hecho, y a pesar de que la iglesia ha conservado interesantes vestigios de época románica, se ha visto muy alterada a lo largo de su historia y hasta épocas recientes, de tal manera que son pocos los elementos de la obra original que han permanecido inalterados. En planta observamos un edificio de nave única y cabecera muy modificada a lo largo del tiempo, que rompe por completo con la planimetría medieval de la obra.
El arco triunfal, probablemente el único elemento de esta parte del templo que ha conservado en cierto modo su traza medieval, aparece también muy alterado y ha perdido las columnas sobre las que debió de sustentarse en un principio. La adición de una serie de cuerpos a la cabecera a lo largo del pasado siglo hace imposible la lectura de sus volúmenes originales, si bien a partir de la planta publicada en el año 1933 sabemos que se trataba de una cabecera rectangular sencilla con un único vano, probablemente una saetera, en su muro norte. No se conservan más elementos románicos en el interior de la iglesia que un capitel vegetal utilizado como pila, del que se sabe que hasta hace unas décadas se encontraba en el atrio.
Al exterior, sin embargo, el templo ha conservado diversos elementos, entre los que cabe destacar las dos portadas.
En la fachada occidental, de sencillo esquema pentagonal sin más vanos que el de acceso y la espadaña simple rematada en pináculos de cantería, se encuentra la portada principal del edificio, con doble arquivolta sobre sendos pares de columnas con capiteles figurados, chambrana ajedrezada y tímpano con una interesante representación de carácter figurativo. Las columnas, sobre basas con decoración geométrica, presentan decoración de animales enfrentados y cimacios ajedrezados, en un lado, y decoración sinuosa, en el otro, mientras que el tímpano, de factura tosca y regular estado de conservación, aparece sustentado sobre mochetas con representaciones de animales fantásticos.

En cuanto al modelo iconográfico adoptado en el tímpano, se observa un parecido formal con ejemplos cercanos como los conservados en Santa María de Taboada dos Freires (Lugo) o Santiago de Taboada (Silleda, Pontevedra), por citar únicamente los más próximos de los siete conocidos en la actualidad en Galicia en los que se recurre a esta iconografía. Se trata de la representación de un personaje masculino, desnudo e imberbe, desquijarando a un animal, probablemente un león, a lomos del cual aparece. La escena se nos ofrece enmarcada por una serie de lóbulos que delimitan el espacio de la representación dentro del tímpano. Nos encontramos, por lo tanto, ante un tipo iconográfico que puede ser puesto en relación con el maestro Pelagio de Taboada dos Freires y, en última instancia, con el tímpano de San Xoán de Palmou (Pontevedra), que parece ser el modelo de toda esta serie de representaciones.
Desde el punto de vista interpretativo, y aun a pesar de que nos encontramos ante un tema clásico en la bibliografía gallega al menos desde los años 30 del pasado siglo, los especialistas no han alcanzado el consenso. Si la hipótesis interpretativa mayoritaria identifica la representación con la imagen de Sansón venciendo al león, desde hace algunos años se ha planteado la hipótesis de una posible relación con la representación del rey David de la portada sur de la catedral de Ourense.
Sin embargo, y sin que sea posible en la actualidad rechazar ninguna de las dos hipótesis, debe tenerse en cuenta que la iconografía del rey bíblico presente en Ourense nos remite probablemente a una fecha ligeramente más tardía, a partir del año 1200, mientras que los paralelismos evidentes del tímpano de Moldes con el único datado mediante inscripción de esta serie, el de Taboada dos Freires, edificio con el que comparte otros parecidos formales, nos sitúan hacia el año 1190.
Por otro lado, tal y como apuntó en su momento Carrillo Lista y recoge Sastre Álvarez, la extraña forma que sale de la boca del león de Moldes, identificada tradicionalmente como una flor, como la lengua del animal o simplemente como una figura trebolada de oscura interpretación, tal vez pueda relacionarse con el siguiente pasaje bíblico: “Apartose (Sansón) para ver el cuerpo muerto del león, y he aquí, en el cuerpo del león, un enjambre de abejas y un panal de miel” (Jueces, 14, 8-9).

El otro elemento destacable de la obra románica del edificio es la portada sur, más sencilla, de arquivolta simple con chambrana ajedrezada sobre columnas con capiteles vegetales y cimacios también ajedrezados, mochetas con representaciones de animales fantásticos y tímpano muy erosionado en el que pueden adivinarse las representaciones de dos animales enfrentados. Tanto la técnica de talla del tímpano como la escasa pericia del artista parecen indicar que se trata de una obra del mismo autor o taller encargado de la portada occidental, por lo que no cabría hablar, en este caso, de diferentes fases cronológicas.



En el edifico actual puede observarse cómo en las distintas etapas de reconstrucción se reaprovecharon sillares de la obra románica. La más reciente restauración del templo ha dejado a la vista una serie de piezas, presentes tanto en la fachada occidental como en los muros norte y sur de la nave, decoradas con diferentes tipos de rosetas, formas estrelladas inscritas y círculos concéntricos.
Cronológicamente, basándonos en los paralelos iconográficos mencionados más arriba, pensamos que la construcción de la obra románica de Moldes tiene que situarse en una fecha inmediata, cuando no coetánea, de la que conocemos para el templo de Taboada dos Freires, lo que nos lleva hacia 1190-1195.

 

Sobrado
Municipio perteneciente a la diócesis de Santiago delimitado por los de Curtis, al Norte; Guitiriz y Friol, ambos ya de la provincia de Lugo, al Este; Toques y Melide, al Sur, y Boimorto y Vilasantar, al Oeste. Su capital se encuentra en la parroquia de A Porta y en el lugar del que toma su nombre el municipio, enclavado en el valle de Présaras, cerca del nacimiento del río Tambre, tierra rica en vestigios arqueológicos. Por sus proximidades discurre el Camino de Santiago, el “Camiño do Norte”, el que viene desde Oviedo por Ribadeo y pasa por Mondoñedo, hallándose también a no mucha distancia el Camino francés, el Camino de Santiago por antonomasia. Tomando como referencia As Corredoiras, en la C-540 de Betanzos a Melide, la distancia hasta A Coruña es de 69 km, y hasta Santiago, por Arzúa, de 55 km.

Monasterio de Santa María
Fue fundado, dedicado al Salvador y Santiago y como dúplice, en el año 952 por los condes Hermenegildo y Paterna, padres del obispo compostelano Sisnando II. Fue su primera abadesa Elvira, desconociéndose el nombre de su primer abad. Como monasterio familiar que era, sus vicisitudes estarán íntimamente unidas a las de la familia fundadora. En 1060 Fernando I lo incorporó al patrimonio real, quedando abandonado, según refiere el P. Carbajo en el siglo XVIII, poco después de 1080. Años más tarde, en 1118, la reina Urraca y su hijo, el futuro Alfonso VII, lo entregan, con todas sus pertenencias, al conde Fernando Pérez y a su hermano Bermudo. El primero y su esposa, Sancha, junto con su sobrina Urraca, hija de Bermudo Pérez, lo dan, el 14 de febrero de 1142, con el apoyo de Alfonso VII, al abad Pedro, incorporándose entonces, a través de la filiación de Clairvaux/Claraval, de donde venían él y la nueva comunidad, a la Orden del Císter, por entonces la gran dominadora del panorama monástico en Europa occidental. Fue Sobrado, según he demostrado cumplidamente en otras publicaciones, el primer monasterio fundado por la Orden del Císter en la Península Ibérica.
Fue Sobrado también, merced a las numerosas donaciones recibidas de los fundadores y sus descendientes, de los monarcas y de particulares, la abadía más opulenta de Galicia y una de las más poderosas de la Península. De ella, por fundación o afiliación, dependieron otros cenobios, alguno tan importante como Monfero (A Coruña) o Valdediós (Asturias). No se vio libre, sin embargo, de la crisis que todo el monacato conoció en los siglos bajomedievales. La superará incorporándose en 1498 a la Congregación de Castilla (fue la primera Casa gallega que dio ese paso). En ella y durante las centurias de la Edad Moderna conocerá de nuevo momentos de esplendor.
En 1835, como consecuencia de la Desamortización, cesará la vida monástica en Sobrado. Tras múltiples peripecias, imposibles de detallar aquí, se retomará en 1966: el 7 de octubre de este año fue erigido canónicamente el nuevo monasterio por Dom Ceferino García Rodríguez, abad de Viaceli, cenobio cisterciense ubicado en Cantabria, del que procedían los monjes que por tercera vez en algo más de mil años emprendían en Sobrado un proyecto de vida comunitaria.
La integración en la Congregación de Castilla supuso para Sobrado, al igual que para los demás monasterios, el inicio de un proceso de cambios que repercutió, inexorablemente, en las dependencias que lo conformaban, incluida en este caso también la iglesia. Pese a la entidad y espectacularidad de lo construido (Sobrado es uno de los grandes complejos monásticos peninsulares), quedan todavía hoy en el recinto restos lo suficientemente significativos como para, combinados o analizados a la luz de lo que cabe deducir de las referencias documentales, de los paralelos ofrecidos por otras Casas de la Orden y de las normas genéricas de ésta en materia edificatoria, intentar una aproximación muy verosímil a las particularidades de las dependencias auspiciadas, promovidas y ejecutadas también por los monjes ultrapirenaicos que tomaron posesión del lugar en el mes de febrero de 1142.
La iglesia actual de Sobrado, iniciada, según el testimonio del P. Carbajo, en la primera mitad del siglo XVII en sustitución de la medieval precedente, se construyó, en esencia, en la segunda parte de aquella centuria. Fue terminada en 1710. En su materialización fue decisiva la intervención de Pedro Monteagudo, a quien sucederá, tras su fallecimiento en el año 1700, Domingo de Andrade. Antes, sobre todo a finales del siglo XV, según se desprende de la documentación conocida, ya había sufrido intervenciones de cierta entidad. No llegaron éstas a desnaturalizar, sin embargo, el esquema de la antecesora, pues la huella de esta empresa todavía se perpetúa en la actual, levantada, por cierto, a medida que se iba derribando la fábrica anterior. Exhibe la abacial que hoy vemos, tanto en planta como en alzado y pese a lo aparatoso de su vocabulario constructivo y decorativo, una concepción planimétrica (predominio de líneas y ángulos rectos) y espacial (ámbitos encajonados, compartimentados) de inequívoca progenie medieval, “muy cisterciense”, como se ha dicho ya en alguna ocasión. No es difícil ver en ella una supeditación a las pautas generales de la precedente, emprendida a partir del entorno del año 1150 por Alberto, un religioso, no sabemos si monje o converso, faber, integrante de la comunidad fundacional cisterciense de Sobrado, llegado, pues, de Claraval, en Borgoña, conocido por haber sido curado milagrosamente de una grave enfermedad por intercesión de san Bernardo a petición de Pedro, primer abad cisterciense de nuestra Casa. Este milagro, acaecido antes de 1151, año en el que fallece ese primer superior, tuvo que ser conocido y muy valorado en su tiempo, pues se incorporó a la Vita Prima de Bernardo (Libro IV, Cap. VI), un relato, cuya secuencia precisa no interesa ahora, comenzado a preparar en vida del propio superior claravalense para promover, tras su fallecimiento (se produjo el 20 de agosto de 1153), su rápida canonización (tuvo lugar en 1174).
Venido, pues, de la Casa madre, de Claraval, no resulta aventurado suponer que la misión de Alberto, faber, recordémoslo, sería análoga a la de otros monjes o conversos de la Orden expertos en construcción, enviados por los superiores a las nuevas fundaciones o afiliaciones para trazar los planos y dirigir las obras de su iglesia y dependencias conforme a los esquemas y pautas de uso común dentro del Instituto monástico. Fue esta manera de actuar, el traslado de maestros de un lugar a otro, la que contribuyó decisivamente a la creación de una tradición arquitectónica inconfundible dentro de la Orden del Císter, en general, y dentro de la filiación de Claraval, sobre todo en tiempos de Bernardo, en particular.
No es difícil ver en el esquema que hoy exhibe Sobrado, pese a las modificaciones, la confirmación de la secuencia comentada. Ofrecería la iglesia de Sobrado, pues, al igual que la prácticamente coetánea de Claraval, aunque más reducida, una planta de cruz latina, con tres naves de cinco tramos (la existente muestra cuatro de distintas dimensiones, resultado de los reajustes exigidos por las particularidades de la nueva fábrica y, en especial, por la grandiosa cúpula que corona el crucero), transepto destacado y cabecera con capillas rectangulares, la central saliente (la actual es más profunda, fruto de una ampliación en fechas avanzadas del siglo xviii), las extremas, sin duda dos por lado, visto el espacio disponible para su construcción, con seguridad cerradas a oriente por un mu ro común plano. Se detecta a la perfección esta solución en el costado sur, donde, embutidos, todavía permanecen buena parte de sus restos. Es su conservación, su no demolición, la que explica el enorme grosor del “muro” que hay que atravesar para ir desde el brazo meridional del crucero hasta la sacristía, acometida cuando todavía estaba en pie el templo medieval. En el lado opuesto, ocupa su emplazamiento la capilla del Rosario, obra excelsa de Domingo Monteagudo, concluida en 1673.
La primera iglesia cisterciense de Sobrado, por tanto, exhibiría la llamada comúnmente, desde los estudios de K. H. Esser en los años cincuenta del pasado siglo, “planta bernarda”, denominada así tanto por haber sido adoptada para la iglesia de Claraval levantada durante la segunda parte de su mandato abacial (Claraval II), como por el favor que conoció en monasterios de su filiación (también en otras).
A diferencia de la planimetría, nada seguro podemos afirmar sobre el alzado del templo medieval. Determinados rasgos y soluciones presentes en el que contemplamos (repárese, en particular, en la presencia de bóvedas de cañón de eje transversal al del templo en los dos primeros tramos de las naves laterales o en el tratamiento de los pilares, concebidos como auténticas porciones de muro) permiten pensar que su organización era del tipo de la que, en Galicia, exhibe la abacial de Oia (Pontevedra), un modelo de inequívoca progenie borgoñona (lo vemos, por ejemplo, en Fontenay y, aunque no haya hoy unanimidad al respecto, parece que fue también el que se adoptó en la iglesia de Claraval antes ponderada). Ofrecería, en consecuencia, una nave central con bóveda de cañón apuntado sobre fajones, las laterales más estrechas, con bóveda idéntica, pero de eje perpendicular al del templo, en cada uno de los tramos de los que se componían, lo que venía a convertirlas, de hecho, en capillas individualizadas, por más que estuvieran comunicadas entre sí. El crucero mostraría en sus extremos también bóvedas de cañón agudo de eje transversal al del brazo principal, concibiéndose el tramo medio, verosímilmente, como una prolongación de la nave mayor, que así desembocaría, sin solución de continuidad, en la capilla central. Tanto ésta, de más porte, como las que la flanqueaban, dos por lado, se cubrirían con bóveda de cañón apuntado.
Un último dato ha de destacarse de esta iglesia de Sobrado: su cronología. Por la información de que disponemos, debió de ser iniciada poco después de la llegada de los monjes cistercienses al lugar y, en cualquier caso, tal como se dijo, antes de 1151, año en el que fallece el abad fundador, Pedro, quien solicitó a Bernardo su intervención en la cura del faber Alberto. Esta cronología, avalada también por otros datos documentales internos (en el monasterio se hallaban en el entorno de 1150 numerosos siervos mauri, alguno con la etiqueta profesional de petrarius o de otras actividades fácilmente relacionables con la construcción, como herrero, carpintero o vidriero), hace de la iglesia de Sobrado, a tenor de la información de la que disponemos hoy, la primera abacial empezada a edificar de manera definitiva por la Orden en la Península Ibérica, la primera levantada conforme a sus severas prescripciones en materia de arquitectura monástica, la primera en adoptar el modelo codificado, sistematizado en Claraval alrededor de 1133-1135.
No parece casual la prioridad edificatoria de Sobrado en el contexto cisterciense peninsular. El que, según la más reciente investigación, Sobrado, tal como ya señalé, ostente también la primacía fundacional en ese mismo territorio, permite ver entre ambos fenómenos, el religioso y el constructivo, una relación causal: la rapidez en acometer las obras y las pautas que en ellas se seguían servirían para reforzar la significación del monasterio, convertido por todo ello en un modelo de las innovadoras prácticas que por entonces aportaba al mundo monástico la Orden del Císter, en general, y la abadía de Claraval con Bernardo al frente, en particular.
La renovación del templo de Sobrado en el siglo XVII –una de las grandes empresas peninsulares de su tiempo, sin duda alguna– nos impide conocer el alcance exacto de su impacto.
De él, en esencia, sólo se conserva hoy, muy alterada así mismo por las reformas de tiempos posteriores, una capilla, la de San Juan o de los Ordóñez, adosada al hastial norte del crucero. Presenta esta estancia una sola nave rectangular, habiendo desaparecido en un momento impreciso la cabecera. Se cubre, la primera, con bóveda de cañón apuntado sostenida por cuatro arcos fajones de la misma directriz, de sección prismática. Solo uno, el segundo a partir de la entrada, exhibe decoración en el intradós de tres de sus dovelas, resultando particular - mente interesante el motivo presente en la segunda, vista desde el costado oeste: un entrelazo simple que conforma una estrella irregular en la que se inscribe otra de cinco puntas, un motivo de evidente progenie musulmana, nada anómalo en un cenobio en el que desde mediados del siglo XII, como ya vimos, se documenta la presencia de mauri, alguno, retengamos el dato de nuevo, con el significativo título profesional de petrarius.
Entrada a la capilla medieval de San Juan y a la capilla del Rosario, del siglo XVII
 

El primer arco de la capilla, el meridional, voltea sobre columnas con capiteles vegetales. Los otros tres lo ha - cen sobre ménsulas, todas con perfil de nacela, decoradas con diversos motivos, fitomórficos la mayoría.
Capilla de San Juan o de los Ordóñez
 

Nada de interés, para el cometido de esta publicación, ofrece el exterior de la estancia, zona en la que apenas son visibles restos de origen medieval. Esta capilla, sin duda tosca, de escasa finura, tiene el interés enorme de ser el único testimonio más o menos coetáneo de la abacial medieval de Sobrado llegado hasta hoy. Dadas sus particularidades estructurales y decorativas, cabe datarla en torno a 1230, con posterioridad, pues, a la fecha verosímil de terminación de las obras de la iglesia comunitaria. Pese a que a lo largo del tiempo se le han adjudicado destinos dispares, tuvo siempre finalidad funeraria, un destino usual dentro de la Orden para las capillas emplazadas en el lugar que ella ocupa (repárese, en Galicia, en los casos de Oseira y Melón).
La incorporación de Sobrado, en 1498, a la Congregación de Castilla (fue el primer monasterio gallego que abrazó la reforma emprendida por Fray Martín de Vargas), conllevó, fruto del saneamiento económico que propició y como consecuencia también de la necesidad de adaptarse a unos nuevos usos y costumbres, el inicio de un proceso de remodelación constructiva que afectó tanto al claustro medieval como a las dependencias que se disponían a su alrededor, sin duda maltrechas también por el paso del tiempo. Frente a lo que aconteció en las restantes abadías gallegas, la documentación y los vestigios llegados hasta hoy nos indican que en Sobrado las obras de renovación y puesta al día de las viejas estructuras se habían iniciado antes de que la comunidad optase por incorporarse a la reforma normativa referida. Sorprende, por ello, no sólo que Sobrado conserve estancias, completas o en parte, pertenecientes al primitivo proyecto cisterciense, bien documentado en su esencia por el acta de la visita que en 1492 hizo a la abadía el superior de su, por entonces, todavía Casa madre, Claraval (restos de la sacristía –parte de un muro y cinco ménsulas de cartelas superpuestas– y del refectorio –vestigios de las puertas con arco de medio punto que lo comunicaban con el claustro y la cocina, el primero moldurado, liso el segundo–, una puerta tapiada en el área de conversos, la sala capitular y la cocina, además de numerosos elementos fragmentarios –basas, fustes, capiteles, ménsulas– procedentes de las remodeladas o desaparecidas estancias medievales), sino sobre todo que ofrezca el conjunto de vestigios de ese tiempo de mayor entidad conservado en Galicia en los monasterios que en su día estuvieron integrados en la Orden del Císter.
Todas las dependencias comunitarias, emplazadas en Sobrado al sur de la iglesia, se disponían, conforme a las normas, en torno al claustro. Éste, en obras en 1213, sin que podamos averiguar hoy desde cuándo exactamente, tenía planta rectangular, más larga por los lados este y oeste que por los ubicados al sur y el norte. Se infiere esa configuración, mantenida en el claustro procesional actual, del emplazamiento de la cocina medieval en su ángulo suroccidental, “canónico” en la planimetría tradicional de un monasterio cisterciense. Esta estancia, pese a las reformas que sufrió a finales del siglo xv, conserva en lo esencial sus rasgos de origen. Posee planta cuadrada y se divide en nueve tramos mediante cuatro gruesas columnas que delimitan el ámbito destinado a hogar, el central, coronado por una campana de grandes dimensiones. Los espacios que lo rodean, ocho, se cubren con bóveda de crucería cuatripartita, con claves decoradas con florones, única concesión al ornato en una estancia dominada por el rigor formal y la austeridad, pautas, conviene no olvidarlo, consustanciales a la praxis de la Orden en estancias como la que nos ocupa. Fechable en torno a 1230, es obra de un maestro foráneo, vinculable a empresas ultrapinenaicas, del norte de Francia o de Borgoña, región en la que se halla Claraval, la casa madre de Sobrado. Es, por otro lado, uno de los escasos ejemplares de cocina de tiempos medievales conservado hoy en abadías cistercienses peninsulares.

La otra estancia que merece atención del complejo de Sobrado es la sala capitular. Se sitúa en el lugar tradicional, en el costado de naciente del claustro procesional. Fue levantada casi a fundamentis, a partir del año 1963, en el transcurso de los trabajos de recuperación del complejo llevados a cabo, bajo la dirección de Francisco Pons-Sorolla, como consecuencia de la decisión de repoblar el viejo recinto con una nueva comunidad cisterciense. En la reconstrucción se emplearon numerosos elementos conservados in situ, procedentes de la estancia anterior, no desentonando junto a ellos los nuevos, fácilmente reconocibles, por lo demás, mereciendo ser reseñado que se hubieran tomado como referencia en el proceso soluciones y elementos presentes en otras empresas de la Orden más o menos coetáneas, alguna, como es el caso de la sala capitular del berciano monasterio de Carracedo (León), indudablemente emparentadas con la que nos ocupa desde el punto de vista estilístico-formal.
Puerta de entrada a la Sala Capitular, a través de un arco del Claustro de los Medallones.
 

La sala, en su ordenación general, responde a pautas usuales en tales dependencias dentro de la Orden. Se abre al claustro, en su frente occidental, por medio de tres vanos. Los laterales son simples, sirviendo el central de entrada a la estancia. Cada uno de los vanos se cierra con cuatro arquivoltas semicirculares de organización análoga: todas exhiben una vistosa combinación de molduras cóncavas y convexas lisas. Voltean sobre semicolumnas entregas, pareadas las de los arcos menores, acodilladas y simples las de los restantes. Los capiteles son todos de tipo vegetal, la mayoría con una sola fila de hojas, algunos, los menos, con dos. Este espacio, en su interior, de gran amplitud y vistosidad, presenta planta cuadrada, dividida en nueve compartimentos iguales por medio de cuatro pilares centrales, un esquema de uso muy frecuente en la Orden. Cada uno de los tramos se cubre con bóvedas de crucería cuatripartita, con nervios de perfil triangular (un toro enmarcado por nacelas, uno y otras lisas), la mayor parte con grandes florones en la clave. Tanto los nervios como los arcos que delimitan los tramos descansan, en los muros perimetrales, en ménsulas empotradas, la mayor parte en forma de pirámide invertida, disponiéndose para esa misma misión de soporte, en los ángulos de la estancia, columnas acodilladas.
Sala Capitular.
Sala Capitular. 

En el centro de la sala, por su parte, los arcos y los nervios se apoyan en los cuatro pilares ya citados. Se montan en un basamento octogonal, sin ornato, y constan de haces de ocho columnas (una por cada uno de los arcos que en ellos se apoyan), con basas áticas, alguna con garras, fustes lisos y capiteles, uno por cada soporte, de grandes dimensiones, con astrágalo semicircular y cuerpo, con ornato vegetal, poligonal, de ocho lados, en consonancia con el número de arcos y nervios que voltean sobre cada uno de ellos.
Las particularidades de la sala –tipo de ménsulas, modelo de pilar o molduración de arcos y nervios–, similares a las utilizadas en empresas borgoñonas o de ellas derivadas, permiten pensar en esa región francesa, cuna de la Orden, según vengo refiriendo, como el lugar de su procedencia, con toda probabilidad fruto de la presencia en Sobrado de un artista allí formado. Su actividad se detecta también en la sala de igual función del monasterio berciano de Carracedo, pudiendo ser datada la que ahora nos ocupa hacia 1200 o en el arranque del siglo XIII, no muy lejos, pues, de 1213, año en el que sabemos que se estaba trabajando en el claustro.
En el monasterio y en la cercana iglesia de San Pedro da Porta (su nombre perpetúa el de la capilla para forasteros usual en los complejos de la Orden, ubicada siempre en las proximidades de la puerta de ingreso –de ahí justamente su denominación– al recinto monástico, de acceso restringido, sobre todo en tiempos medievales) se conservan numerosas piezas, de carácter muy dispar, procedentes de las distintas dependencias que el monasterio poseyó a lo largo de su densa historia. Buena parte de esos restos (basamentos, ménsulas, fustes, capiteles, dovelas de arcos y de nervios) proceden de los siglos XII -XIII, la etapa en la que se funda y consolida como cisterciense el monasterio de Sobrado (hay también algún modillón de rollos del complejo comunitario del siglo X). A su valor intrínseco como testimonio del pasado, unen el interés de ofrecer referencias muy claras para el análisis del impacto ejercido sobre su entorno, no sólo el más próximo, por las formulaciones constructivas y, sobre todo, decorativas utilizadas por entonces en sus dependencias.


Toques
Municipio emplazado en el costado sureste de la provincia de A Coruña, limitado, al Norte, por el de Sobrado, al Oeste y al Sur por el de Melide y al Este por los de Palas de Rei y Friol, estos dos pertenecientes ya a la provincia de Lugo. En una de sus parroquias, A Capela, ubicada en el lado meridional de la Serra do Bocelo, a poca distancia de la capital municipal, situada en el lugar de Souto, a 76 km de la capital de la provincia, se hallan las edificaciones que conformaron en su día el monasterio de Santo Antoíño (Antolín en castellano).

Monasterio de Santo Antoíño
Desconocemos su origen. Según nos transmite el P. Yepes a principios del siglo XVII, conoció dos emplazamientos sucesivos, el primero “en lo más alto de un monte”, antes de afincarse en el lugar donde hoy permanecen sus vestigios.
Documentalmente, sin embargo, no consta su existencia hasta el 23 de febrero de 1067, día en el que García I, rey de Galicia, le hace una donación. Estaba al frente del cenobio entonces, como abad, Tanoi, personaje que continuaba en ese cargo todavía el 17 de octubre de 1077, en tiempos ya de Alfonso VI, que es el monarca que ese día le concede una nueva merced al monasterio.
Dos datos resultan especialmente significativos, además del nombre del abad, Tanoi, sin duda foráneo, en el primero de los diplomas citados: la mención, entre los receptores de la dádiva real invocados, de san Antolín, un santo de filiación cultual ultrapirenaica cuya devoción en las tierras centro-occidentales de la Península fue introducida e impulsada en tiempos y por iniciativa de Sancho III y Fernando I, abuelo y padre, respectivamente, del monarca que otorga la donación, y, en segundo lugar, la indicación de que la comunidad que gestionaba Tanoi se regía por las normas de la Regula Benedicti, la primera referencia segura, como a partir de J. M. Andrade Cernadas se ha venido señalando repetidamente en los últimos tiempos, de un cenobio organizado según esas pautas en Galicia. Los dos hechos, interrelacionados, fruto del proceso de renovación monástica que por entonces, camino de su homologación plena con lo que acontecía en el occidente europeo, se vivía en las comarcas del norte peninsular (gallegas, leonesas y castellanas), no son ajenas a las particularidades estilístico-formales que explicita, como se dirá, el templo abacial llegado hasta hoy.
No tenemos mucha información sobre la vida del monasterio a partir del siglo xii. Su paulatina pérdida de protagonismo explica que en 1515, por medio de una bula otorgada por León X, sea incorporado definitivamente, tras haber renunciado a su cargo de abad en 1499 Fray Jácome de San Xiao, al cenobio compostelano de San Martín Pinario, permaneciendo desde entonces y hasta la exclaustración de 1835 como priorato de él dependiente. Sus estancias conocieron desde entonces usos muy diversos, no conservándose actualmente en ellas, muy maltrechas, ningún resto de tiempos medievales. Persiste, en cambio, en lo esencial en buenas condiciones, la antigua iglesia monástica, clave hoy para el conocimiento de la arquitectura de su tiempo en Galicia, como se dirá a continuación.
La iglesia monástica es el único vestigio llegado hasta hoy, con reformas que no alteran la esencia de su imagen inicial, del complejo monástico al que sirvió de referencia cultual. De dimensiones modestas, consta de una sola nave y de un ábside, también único, rectangular, un esquema, con destacada presencia en tiempos altomedievales, que conocerá una gran difusión en Galicia (también en otros territorios) en época románica y en etapas posteriores.

La nave, ampliada por el Oeste en 1872, se cubre con techumbre de madera a dos aguas. Recibe luz por medio de varias ventanas, una ubicada en el costado oeste, otra en el norte y tres en el sur. La primera procede de la ampliación del siglo XIX; las otras, con acusado derrame interno y arco de medio punto aristado y sin ornato, son de época. Otras dos, idénticas a las últimas y hoy tapiadas por el interior, se disponen en el frente este, sobre el arco triunfal de acceso al ábside.
Tres puertas comunican la nave con el exterior.
La occidental, adintelada, es producto de la reforma del siglo XIX. Las otras dos, una en el lado norte (comunicaba con las dependencias monásticas) y otra en el sur (se abría al exterior), se cierran con arco semicircular volteado directamente sobre las jambas. El meridional está oculto por las pinturas que cubren en buena medida todo el interior, una decoración, en lo esencial del siglo xvi, de indudable calidad, en la que una reciente campaña de restauración ha permitido recuperar significativos restos de los años centrales del siglo XV, relacionables estilística e iconográficamente, como ha sugerido X. M. Broz, con los conservados en la iglesia lucense de Vilar de Donas.
El ábside, más estrecho que la nave, se cubre con bóveda de cañón peraltada, montada sobre una imposta de nacela lisa. Recibía iluminación en origen, pues el vano rectangular ubicado en el lado sur es moderno, tan sólo por medio de una ventana con cierre semicircular y marcado derrame ubicada en el lado este.
Se accede al ábside, desde la nave, por medio de un arco triunfal semicircular, peraltado, cuya luz es considerablemente más estrecha que la del espacio con el que comunica. Voltea sobre semicolumnas adosadas, con basas extrañas, formadas, a partir de un plinto prismático, por una superposición de molduras, tóricas todas y lisas, fustes monolíticos adosados, así mismo lisos (el epígrafe que exhibe uno de ellos es de la Edad Moderna, tal vez del siglo XVI), y extraños capiteles, entregos, de forma troncopiramidal, sin astrágalo ni ábaco, decorados con motivos geométricos, resultando particularmente vistosa la esvástica que muestra el lado mayor del situado en el costado norte.
A la derecha del arco triunfal, ajustado a su trasdós y en el frente del muro en el que se abre, se halla un relieve compuesto por un cuadrúpedo con las fauces abiertas y una figura humana, en apariencia golpeándolo con un arma (¿Maza?¿Lanza?). De escasa calidad formal, están tallados uno y otra en reserva, con siluetas recortadas, muy precisas, nítidamente destacadas sobre el fondo. En el lado opuesto, aquí a la altura del capitel, no del arranque del arco, apareció recientemente, en el transcurso de los citados trabajos de restauración, un nuevo sillar decorado, en este caso con una tosca roseta.
El exterior es, sin duda, lo más destacado del templo desde el punto de vista formal, tanto en lo estructural como en lo decorativo. Sus paramentos están construidos con aparejo de cantería, combinándose el granito y una piedra metamórfica local (“carroeira” es, según X. M. Broz, su nombre autóctono, “pudinga”, en español, para P. Carrillo), dispares en su coloración, empleándose piezas normalmente bien talladas, aunque de tamaños y formas diferentes, alternando así mismo hiladas gruesas y estrechas, sin guardar siempre uniformemente la horizontalidad. En algunos puntos se disponen engatillados, utilizándose también mampostería, confiriendo esta diversidad material, formal y cromática una fisonomía muy particular al edificio.
Fachada sur y ábside
 

El ábside, por su organización y decoración, centra, al menos en la actualidad, la atención del templo. Sus muros norte y sur ostentan como remate una singular y muy vis tosa ordenación y ornamentación: una sucesión de arquitos de medio punto, prácticamente todos compuestos por dovelas lisas, de sección prismática, apeados, sin salmer común, en sencillos canecillos (geométricos, zoomórficos, antropomórficos), alguno muy deteriorado. Sobre ellos, en el lado septentrional, se dispone un friso de dientes de sierra, de ladrillo, encima del cual se sitúa una nueva faja decorada con motivos vegetales, los más, y geométricos, todos tallados a bisel, dispositivo y ornato que encontramos también en el lado meridional, resultando evidente en ambos casos no sólo la discontinuidad de los motivos decorativos sino también lo forzado del emplazamiento de algunas piezas, síntoma de un reaprovechamiento de materiales.
Ábside
 

El testero de la capilla, su costado este, está nucleado por una ventana de doble derrame con arco de medio punto liso, a paño con el muro, volteado directamente sobre las jambas, también en arista viva. Perfilando el piñón que dibuja el muro que comentamos y en su remate, se repite la misma composición ornamental que ofrecen sus costados septentrional y meridional: arquitos semicirculares sobre canecillos, friso de esquinillas y faja con decoración vegetal.
Detalle do muro testeiro
 

La nave destaca considerablemente sobre el ábside. En su testero se disponen dos ventanas muy similares a la que se practica en el de aquél. Ofrecen, no obstante, una significativa novedad: sus arcos están trasdosados por una hilera de delgadas y estrechas dovelas que componen lo que cabe definir en puridad como una dobladura, también lisa y sin resaltar sobre el paramento. Encima de ellas, muy cerca del vértice del piñón, se abre un minúsculo óculo.
En los muros laterales de la nave se sitúan tres puertas y cuatro ventanas. De las primeras, una, ubicada al Norte, en alto y hacia el Oeste, hoy tapiada, no corresponde al proyecto original. Servía para comunicar las dependencias monásticas con el coro que se hallaba a los pies de la nave. Las otras dos, una por lado, la septentrional también tapiada, se sitúan en el cuerpo bajo. Exhiben rasgos muy similares: arco de medio punto liso, de sección prismática, sin clave, volteado directamente sobre las jambas, también sin resaltes ni molduración alguna. Un análisis detenido de su composición permite detectar en los dos arcos, y muy especialmente en el meridional, huellas de reformas, lo que ha llevado a pensar a algunos autores que en un primer momento los arcos tendrían forma de herradura.
Fachada norte
Fachada sur
Puerta sur
 

Por lo que respecta a las ventanas, tres, la del Norte y las dos occidentales del Sur, son muy similares a las ubicadas en el testero de la estancia. Como ellas, tienen doble derrame y exhiben cierre semicircular, trasdosado y a paño con el muro, volteando sobre las jambas sin solución de continuidad. El cuarto vano, el oriental del costado meridional, ofrece un esquema diferente. Se presenta, por este lado, como una simple saetera, rematada por un minúsculo arquito de medio punto tallado en un bloque pétreo.
La cornisa actual de la nave (una simple losa pétrea aristada) no es la inicial del edificio. Es producto de alguna intervención del pasado siglo. Se apoya en canecillos, muy sencillos, de tipos diversos (geométricos, zoomórficos, antropomórficos, etc.). Existen datos suficientes, particularmente en el costado norte, para afirmar, no obstante, que los muros poseyeron en otros tiempos un tipo de remate diferente. La conservación en ese lado, en efecto, de varias piezas semicirculares lisas, idénticas a las emplazadas en las metopas de las arcuaciones presentes en el ábside, permite suponer que los muros laterales de la nave poseyeron también en algún momento de su historia una organización idéntica, hecho lógico, por lo demás, dadas las circunstancias tan especiales que concurren en el edificio. Éste, según ya se señaló, fue ampliado en 1872, como atestigua un epígrafe, por su lado occidental. El tipo de aparejo que exhibe esa zona, muy diferente del que ofrece el resto de la nave, y la ausencia en ella de canecillos delimitan con precisión el alcance de esa intervención, a la que pertenece también la puerta adintelada por la que se accede al templo en la actualidad desde el poniente.
La descripción precedentemente realizada de la otrora iglesia monástica de Toques revela, vista no sólo la diversidad de sus componentes, sino también y sobre todo la manera de ensamblarlos, que no es un producto uniforme, fruto de un solo y único impulso constructivo.
Dejando a un lado intervenciones posteriores a la Edad Media, dos momentos o etapas, estilística y cronológicamente diferentes, se dan cita, se funden, inequívocamente, en su fábrica. Una, la más antigua, es, sin discusión, de progenie prerrománica. A ella pertenecen elementos o soluciones como la concepción interior del ábside, muy cerrado, claramente separado de la nave; los capiteles que soportan el arco triunfal; las piezas con decoración, vegetal en su mayoría, que exhiben por el exterior los remates de los costados norte y sur del ábside; el uso de engatillados en los muros; la composición de los arcos por los que se accede lateralmente a la nave, etc., para los que se han señalado paralelos y/o precedentes en el arte hispano-visigodo, en el asturiano o en el de la repoblación. El segundo momento, el más reciente, el que aquí más directamente nos interesa, ha de ser considerado ya como plenamente románico.
Corresponden a esta etapa, la que confiere al edificio rasgos fundamentales de la imagen exterior que hoy nos ofrece, soluciones como los arquitos semicirculares volteados sobre canecillos presentes en el ábside y que verosímilmente se contempló también para los remates de la nave, o las ventanas con doble derrame cerradas con arco de medio punto trasdosado.

La filiación de las formulaciones constructivas y decorativas empleadas en lo que, genéricamente y sin mayores precisiones, he denominado época prerrománica, invita a pensar, dada su diversidad estilística y, en consecuencia, la extensión del período al que cronológicamente pueden ser adscritas (desde el siglo VI para las piezas decoradas con motivos vegetales y geométricos presentes en los aleros norte y sur de la capilla, relacionadas en alguna ocasión con las placas integrantes del cancel procedente de la iglesia de Santiago de As Saamasas, en Lugo, repartidas hoy entre el edificio eclesial y el Museo diocesano de esta misma ciudad, hasta el X-XI para el relieve decorado con una escena de lucha entre un hombre armado y un cuadrúpedo, emparentable con derivaciones del mundo asturiano), en un primer edificio, tardío dentro del mundo prerrománico, en cuya construcción ya se emplearon materiales diversos, fruto él mismo, tal vez, del reaprovechamiento de ingredientes anteriores, no resultando relevante ahora si esos restos procedían de otro edificio ubicado en el mismo lugar en el que todavía se hallan hoy o si, en parte al menos, vienen de otro distinto (se ha defendido en alguna ocasión –Yzquierdo y Carrillo, por ejemplo–, a partir de las referencias de Yepes sobre el emplazamiento inicial del monasterio en lo alto del monte, que el origen de algunos elementos podría hallarse allí).
Frente a la progenie de lo que precede, tan dispar en lo formal y tan extensa en lo temporal, el origen de las formulaciones estructurales y ornamentales presentes en la campaña valorable como románica, en la que se incorpora un nuevo material constructivo, la citada piedra metamórfica, es más preciso: se halla, en última instancia, en ambientes relacionados con el románico lombardo catalano-aragonés. Desconocidas, novedosas, rupturistas, en definitiva, con respecto a lo que en el entorno gallego era de uso cotidiano, hay que considerarlas, a tenor de la datación que a la campaña en que se insertan cabe adjudicarle (alrededor de 1067, año de la citada donación del rey García I al abad Tanoi), como las primeras que, en puridad, han de ser consideradas como románicas en el noroeste peninsular.
No es una casualidad esta prioridad formal vistas las circunstancias que concurren en el monasterio al que el templo que analizamos sirvió en torno al año 1067. Dos datos del documento por García I entonces otorgado al monasterio, ambos ya comentados, deben ser traídos de nuevo a colación a ese respecto: la mención, entre los apóstoles, santos y mártires invocados, de san Antolín, y la indicación de que la comunidad vivía conforme a las normas de la regla de san Benito.
La invocación de San Antolín, un santo ultrapirenaico cuya devoción en las tierras centro-occidentales de la Península promovieron e impulsaron el abuelo y el padre del monarca que concede el documento, García I, hace explícito su culto, un hecho que, como demostraron cumplidamente hace ya años los estudios de Ch. J. Bischko, se presenta como un anticipo de la implantación en el mismo territorio del monasterio de Cluny, cuya presencia, de la mano sobre todo de Alfonso VI, hermano de García, por cierto, se hará efectiva a partir de la década siguiente, esto es, de los años setenta de la centuria. La referencia a la observancia de la Regula Benedicti por parte de la comunidad nos sitúa, al igual que la anterior, en el ámbito de penetración de propuestas organizativas novedosas, en paralelo estricto con lo que por las mismas fechas estaba sucediendo en todo el centro-oeste de la Península, inmerso por entonces en un proceso de homologación litúrgico-cultual y monástico, ya sin retroceso, con el resto del Occidente europeo.
La constatación en Toques del culto a san Antolín, visto el territorio en que, por los años en que nos movemos, conoció una mayor implantación, la Tierra de Campos, y las particularidades formales de los elementos estilísticamente valorables como románicos presentes en su fábrica, permite pensar, como intuyeron o señalaron otros autores (S. Moralejo, J. M. Andrade, M. A. Castiñeiras o yo mismo), en esa comarca, fronteriza entre los reinos de León y Castilla, clave en el proceso de renovación monástico-cultual mencionado y en la que se documenta también en la segunda mitad del siglo XI la presencia de soluciones constructivas y decorativas románico-lombardas de inmediata filiación catalano-aragonesa, como el lugar de procedencia de las soluciones que ofrece la iglesia de Santo Antoíño de Toques. Ésta, emplazada en un lugar todavía hoy aislado y humilde en su apariencia formal, es, sin embargo, uno de los monumentos fundamentales de Galicia, no sólo de su tiempo sino también de todos los tiempos.

Santo Antolín de Toques
 

La iglesia de Toques, cuyos paramentos murales interiores cubren pinturas de indudable interés, en lo esencial, como ya dije, de los siglos XV-XVI, conserva también un Calvario románico de madera. Emplazado hasta fechas recientes en el testero oriental de la nave, en el muro que se halla sobre el arco de acceso al ábside, hoy, como consecuencia de la intervención restauradora sobre las pinturas murales, puestas con ella en valor, se encuentra adosado al muro norte de la nave. El conjunto, cuya extraordinaria calidad se detecta de inmediato gracias a su reciente restauración, está presidido por la figura de Cristo, ligeramente inclinado a la derecha y con cuatro clavos. Sus brazos, elevados sobre la horizontal, rematan en manos con los dedos extendidos. Las piernas y los pies, cada uno con un clavo, se disponen paralelamente. El paño de pureza, el perizonium, sujeto con un cinturón, cae, volteado ligeramente sobre las caderas con un plegado muy cuidado que en el centro marca las ingles, hasta la rodilla derecha y por debajo de la izquierda, evidenciándose en este caso con nitidez, bajo la tela, transparentado, el muslo. En el torso, bien resuelto, cobran protagonismo tanto los pectorales como las costillas. La cabeza, inclinada a la derecha, como ya señalé, y con larga melena que cae sobre los hombros, se cubría hasta la intervención citada con una corona de espinas que en nada la beneficiaba. En el rostro, bien estructurado, destaca el tratamiento de la barba, distribuida en mechones verticales, paralelos, con remates enroscados.
Las figuras de la Virgen y san Juan reciben un tratamiento muy similar, organizándose su conformación a partir de pautas regidas por la voluntad de simetría. La Virgen, a la derecha de Cristo, viste túnica, que llega hasta los pies, y manto, éste algo más corto. Su cabeza, cubierta por un largo velo, se inclina ligeramente a la izquierda, apoyando su mejilla sobre la mano del mismo lado. El brazo derecho, por su parte, cruza el pecho, destacando sobre la mano el codo del otro miembro.
La figura de san Juan, en la que resulta particularmente evidente su sometimiento al bloque rectangular del que se parte para su ejecución, viste también túnica, que le llega hasta los pies, y manto, éste sujeto a la cintura por una tira de tela a modo de cinturón, en buena medida oculta por la terminación del manto, organizado, volteado, de manera muy similar a la parte central del paño de pureza de Cristo, coincidiendo también las dos figuras en la minuciosidad, muy efectista, del tratamiento que reciben los pliegues de las prendas que portan.
La cabeza de san Juan, ligeramente ladeada e inclinada hacia delante, exhibe cabello de escaso relieve, distribuido en mechones perpendiculares a la raya central de partición. Apoya su mejilla derecha en la mano del mismo lado. Con la izquierdo, cruzada sobre el pecho, sostiene un libro cerrado.
El Calvario de Toques, como ya se anticipó, es una obra de gran calidad. Sus incuestionables valores formales, no siempre bien apreciados en el pasado debido al deficiente estado en que se encontraban las tres obras que lo componen, se hacen hoy especialmente evidentes merced justamente a la cuidada restauración de que fueron objeto en el año 2012. En alguna ocasión ha sido datado en el siglo XIII. Sus particularidades estilísticas y singularmente el tratamiento de las telas y los plegados, con referentes muy claros en la escultura monumental, francesa sobre todo, del tercer cuarto del siglo xii, invitan a fijar su realización hacia 1170-1180, habiendo sido considerado en su día por Serafín Moralejo como “de muy probable factura o filiación inglesa”. Los paralelos que, para soluciones como la disposición que presenta la terminación del manto sobre el cinturón en san Juan, idéntica a la que exhibe en la misma zona el paño de pureza de Cristo, encontramos en ese ámbito artístico (compárese, por ejemplo, con piezas como el Crucifijo metálico de Monmouth, datado ca. 1170-1180), avalan inequívocamente esa propuesta.
Nada persiste hoy, a simple vista, de estructuras o vestigios materiales de época románica en el área en otro tiempo ocupada por las dependencias monásticas. La limpieza de la zona y una intervención arqueológica en ella tal vez permitan exhumar restos de esos tiempos, unos vestigios que, por lo que se desprende del templo llegado hasta la actualidad, serían de gran interés.

 

Monte
Santa Eufemia do Monte es una feligresía del municipio de Toques que eclesiásticamente pertenece al arciprestazgo de Abeancos de la diócesis de Lugo. Dista 1,5 km de la capital municipal, ubicada en Souto. Desde ésta se llega dirigiéndose hacia Melide y desviándose hacia Toques por la DP-8002. La iglesia de Santa Eufemia se encuentra al pie de esta vía.

Iglesia de Santa Eufemia
Como suele suceder en muchas iglesias románicas rurales, no aparece mencionada en documentos medievales, aunque sí se nombra en los Índices y en el Libro de Consejo de monjes del monasterio de San Martiño Pinario (Santiago de Compostela). Broz recogió la tradición oral de que esta iglesia pertenecía a un antiguo convento de monjas colocado en las proximidades de la cabecera, sin embargo la documentación no lo confirma.
La iglesia de Santa Eufemia presenta en la actualidad una nave y un ábside rectangular; aunque la simplicidad de la planta podría confundirse con una fábrica románica, está muy modificada. Prácticamente todos los elementos decorativos del exterior se corresponden con reformas realizadas en la década de los noventa del siglo XX, en estilo neorrománico. Son fruto de estas modificaciones recientes los canecillos, una ventana con desarrollo completo en el muro norte y la portada columnada adosada a la fachada occidental, aunque en ésta se colocaron cinco dovelas que habían estado embutidas en un muro. Estas dovelas tienen la arista abocelada y sendas medias cañas en la rosca y el intradós.
El edificio se adapta al terreno con pendiente hacia el Sur y el Este. Hacia el mediodía se construyó un muro de contención que permite que esta fachada de la nave se edificase a nivel. Sin embargo, el costado opuesto y el ábside están nivelados con un alto zócalo, donde se mezcla la mampostería con sillares, mediante el que se salva la fuerte pendiente.
Los muros del templo están realizados con mampostería muy tosca, reservándose la sillería para las esquinas y los vanos. Durante la modificación de la nave –en la que no hay rastro ni de las tradicionales saeteras ni de las portadas en arco de medio punto– se reutilizaron piezas románicas como material constructivo. Algunas han sido extraídas de los muros y una pequeña parte han sido reubicadas, como el cierre interior de la saetera o cinco dovelas en la portada, pero otras permanecen encastradas. En la esquina sur del ábside hay un sillar de cierre de una saetera rematada en arco de medio punto; aunque la pieza está muy erosionada, todavía se aprecia que el arco está bordeado por una soga. En la parte superior aparecen dos círculos marcados con un bocel liso y rodeados por sendas parejas de círculos incisos.

En el piñón del testero hay una ménsula decorada con la cabeza de un bóvido con una potente cornamenta. Su ubicación atípica –unido a la talla de la parte superior recta que la aleja de la tipología de soporte de cruz de antefija de bulto redondo– la acerca más a la de mochetas o canecillos y hace pensar en una reubicación tras una reforma; sin embargo se conserva una antefija similar en San Pedro de Porzomillos (Oza dos Ríos).
La nave y el ábside están cubiertos con sendas cubiertas a dos aguas, y el suelo está enlosado, contando con un escalón en el presbiterio. Los muros interiores están encalados, a excepción del testero de la nave.

El tránsito a la capilla se produce a través de un arco de medio punto, doblado y ligeramente peraltado, con dovelas en arista. La arquivolta interna descansa sobre los muros con unas molduras en nacela, resultantes de la prolongación de los cimacios de las columnas en las que se apoya el arco exterior. Estas columnas son acodilladas y de canon corto, se alzan sobre altos plintos con las aristas superiores marcadas con líneas incisas y, en el Sur, la esquina es achaflanada. Las basas son áticas, con un gran desarrollo de la escocia y un diámetro considerablemente mayor del toro superior con respecto al fuste. Ambas tienen una poma a modo de garra en la esquina; la meridional es más alargada y tiene una cabeza humana en la que se aprecian los bultos correspondientes a nariz y orejas, mientras que los ojos y la boca sonriente están incisos. Los fustes son lisos y esbeltos; el meridional es monolítico, mientras que el opuesto se compone de dos piezas de formato desigual, siendo la superior muy corta.
Los capiteles acodillados presentan diferente decoración. El del lado de la epístola exhibe dos cuadrúpedos que comparten la cabeza, colocada ésta en la cúspide de la arista. Este modo de representación en espejo es habitual en figuras de animales en el románico, aunque, en este caso, la disposición de los cuerpos es un tanto anómala pues, en lugar de acomodarse los cuerpos de pie, se ponen en vertical, por lo que la cabeza adopta una posición muy forzada porque se coloca vuelta sobre la espalda. La distribución se aproxima a la de algunos canecillos en los que los cuadrúpedos tienen las patas apoyadas en la nacela y la cabeza se dispone girada para poder mirar al espectador.
Capitel del arco triunfal
 

Se ha interpretado como la representación de dragones alados con cabezas de serpiente y como monos pero, tal vez, la lectura más acertada sea la de Carrillo Lista, que ha reconocido en ellos a leones. La mala calidad de la talla y el grano grueso del granito no permiten ver muchos detalles, pero se percibe que la cola se enrosca alrededor del torso, tal y como aparece en las representaciones de estos felinos en el románico, pues las descripciones que de este animal se hacen en los bestiarios destacan su cola en constante movimiento, incluso cuando lo rodea. Carrillo ha interpretado que la postura en vertical de los leones se debe a que se representan rampantes para remarcar su carácter apotropaico, aunque bien puede tratarse de una adaptación al marco que las acoge, más alto que ancho, lo que haría complicada otra distribución.
El capitel del evangelio exhibe decoración vegetal, organizado en un único orden hojas muy estilizadas, apuntadas, con el nervio central resaltado y voluminosas pomas en los vértices.
Los cimacios en nacela se impostan unas decenas de centímetros por el muro exterior del testero, recibiendo decoración únicamente el meridional, con tres bolas en el frente que mira a la nave.
El testero de la nave es el único muro interior que está sin encalar, por lo que de él sólo se puede describir el tipo de aparejo; se emplearon sillares en las jambas mientras el resto se edificó con mampostería. En la parte superior del arco no se aprecia la existencia de la tradicional saetera, pero podría deberse a un cegado tras aumentar la altura del presbiterio, que en la actualidad tiene casi la misma que la nave.

El ábside está enlucido y tiene un retablo adosado al muro de naciente, por lo que no se puede precisar más. En el lado sur del ábside se abre una ventana moderna con forma de cruz. La pieza más significativa es el altar, que tiene el frente decorado por pinturas. El cuerpo es macizo, compuesto por sillares, y en la parte central destaca un hueco destinado a cobijar la caja de las reliquias. En la parte superior tiene una moldura en nacela. Tanto la base como la moldura están pintadas; la primera muestra un tono marrón con roleos amarillos y la segunda un fondo claro con una red romboidal ocre. La datación de las pinturas se corresponde con los años centrales del siglo XVI.
La nave también está encalada, pero en la pared septentrional permanecen a la vista los sillares que configuran la saetera, con abocinamiento interno aunque no demasiado pronunciado. Para la construcción de esta ventana, abierta en la última década del siglo pasado, se reutilizó el sillar superior, que había estado encastrado en la parte inferior del testero del ábside. Este cierre superior en arco de medio punto tiene incisas cuatro líneas radiales en la rosca. Estas marcas suelen emular el dovelaje del arco, pero en Santa Eufemia los trazos adoptan una colocación un poco caótica que no se adapta correctamente a la disposición en abanico.



Durante la colocación de la ventana septentrional se encontraron en el muro varias piezas románicas de interés. Hay una basa acodillada de tipo ático con el plinto integrado en la misma pieza, un tambor liso y un capitel, también acodillado, con decoración vegetal. Éste cuenta con un único orden de hojas, dispuestas una en la arista y dos en los laterales; todas son apuntadas y con un rebaje en la parte central, donde se sitúa una hoja festoneada. Además de este capitel se conserva otro que es peculiar por tener las cuatro caras talladas y la parte superior horadada, por lo que pudo haber sido empleado como pila de agua bendita. Esta pieza está muy desgastada, tiene la parte central de todas las caras lisa, mientras que en las esquinas se ubican hojas terminadas en punta con pomas, elemento que también aparece en la parte inferior.
La última de las piezas encontradas es de pequeño tamaño y está demasiado mutilada como para poder determinar tanto la decoración como su función. Dado que el arco triunfal conserva las columnas y no admite un segundo juego, las piezas conservadas debían de formar parte de una de las puertas de acceso a la nave.
En el atrio de la iglesia se conserva un sepulcro de piedra, la cronología del mismo es imprecisa por la falta de decoración y de registro arqueológico.
Entrando en cuestiones de estilo con el fin de determinar una cronología, la forma de organizar el arco triunfal se corresponde con una tipología empleada en iglesias cercanas como Santa María de Ordes (Toques) o San Xoán de Golán (Melide) y que se desarrollada en templos lucenses de los municipios de Monterroso, Palas de Rei y Chantada, o pontevedreses como San Martiño de Ramil (Agolada) y San Pedro de Alperiz (Lalín), todos ellos próximos geográficamente y pertenecientes a la diócesis de Lugo. El origen de este modelo se encuentra en la iglesia de San Salvador de Balboa (Monterroso) que, aunque fechada por un epígrafe en 1147, ejerce una fuerte influencia en obras bastante posteriores, de las décadas finales del siglo XII e incluso de inicios de la siguiente centuria. Con la iglesia de Alperiz, además del modo de organización del arco triunfal, comparte el tipo y tratamiento del capitel septentrional y la decoración con bolas del cimacio sur del testero. Este motivo decorativo es frecuente desde finales del siglo XII. El esquema del capitel de leones afrontados que comparten cabeza aparece en la catedral compostelana y gozó de bastante difusión en los templos rurales, por ejemplo en San Salvador de Asma (Chantada, Lugo).
Broz apunta que la disposición atípica del bóvido integrado en el piñón del testero del ábside es similar a la de San Pedro de Porzomillos (Oza dos Ríos), donde tampoco en la parte superior del animal se talla el lomo, sino que es recta, como si fuese una ménsula. En la iglesia de Porzomillos el animal porta sobre su lomo la cruz antefija, por lo que posiblemente en Santa Eufemia tuviese idéntica finalidad.
El cierre de saetera encastrado en la esquina suroriental del ábside ha sido relacionado por Broz con el arte asturiano; este autor también ha planteado que la pieza está mutilada en la base y que el perfil pudo ser más cerrado. La decoración festoneada formando lazos y el borde sogueado deriva de modelos astures, y el segundo motivo cuenta con paralelos en San Xés de Francelos (Ribadavia, Ourense). La presencia de un elemento prerrománico sería la evidencia de la existencia de un templo altomedieval; aunque no hay noticias tan tempranas de Santa Eufemia, el antiguo monasterio de San Antolín de Toques, que se encuentra muy próximo, pudo haber actuado como estímulo para un desarrollo artístico temprano. No obstante podría tratarse del cierre de una ventana románica, puesto que no es infrecuente la presencia de decoración en este tipo de piezas, como en el caso de Santa María de Novela o San Martiño de Arcediago (Santiso) o Santa María de Dexo (Oleiros).
En cuanto al altar, son pocos los ejemplares románicos conservados, pero responde a una tipología de mesa de estructura maciza con la tabla ligeramente sobresaliente y moldurada. Responden al mismo modelo Santa María de Melide y Santa María de Ferreira de Pallares (Guntín, Lugo), aunque ambos modelos tienen la moldura decorada con motivos escultóricos.
El templo de Santa Eufemia de Monte se vio afectado por múltiples reformas que alteraron el aspecto original del conjunto debido, principalmente, a la eliminación de piezas escultóricas, de las cuales se recuperó un buen número tras extraerlas de los muros. La ornamentación de las piezas escultóricas es tosca y torpe en algunas, como queda de manifiesto en el capitel de los leones; no obstante, a pesar de la escasa calidad, hay elementos de gran interés por su rareza, como el bóvido que corona el ábside o el remate de saetera decorado con sogas y círculos. La cronología del templo, a raíz de las características de las piezas escultóricas, la organización del arco triunfal con el esquema difundido desde San Salvador de Balboa y, principalmente, la similitud con San Pedro de Alperiz y San Pedro de Porzomillos, ha de situarse en torno al año 1225.

 

 

 

 

 

 

 

 

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