Románico en la Comarca de Terra de
Melide
Ocupando prácticamente el centro geográfico de
Galicia, la Comarca da Terra de Melide se sitúa en el extremo
suroriental de la provincia de A Coruña, limitando con tierras lucenses y
pontevedresas y no lejos tampoco de los territorios norteños de Ourense.
Enclave estratégico desde tiempos pretéritos,
son varios los yacimientos castreños conservados en el entorno; sin embargo,
será durante la Edad Media cuando, gracias a la importancia que cobraría el
Camino de Santiago -que atraviesa de levante a poniente la comarca- la Terra de
Melide gozaría de una notable pujanza económica y social, la cual, se vería
fortalecida a mediados del siglo XII con el establecimiento de la orden del
Cister en el Monasterio de Sobrado dos Monxes.
Administrativamente, la comarca da Terra de
Melide engloba los concellos de Melide (cabecera comarcal y centro de
servicios), Santiso, Sobrado y Toques.
Como es denominador común en el territorio
gallego, un gran número de parroquias que salpican su geografía remontan sus
orígenes a los siglos medievales, sin embargo, muchas de ellas fueron
reformadas o reconstruidas en su totalidad durante los tiempos del Barroco, un
fenómeno que no fue ajeno a la Terra de Melide donde, aún así, han sobrevivido
varios monumentos medievales de gran interés.
El románico de la comarca se concentra en torno
a la propia localidad jacobea de Melide, donde se conservan dos iglesias en el
propio núcleo urbano y varias más en sus feligresías rurales dependientes.
Testimonio primordial es también el monasterio de Sobrado dos Monxes, de origen
medieval aunque profundamente reformado durante la Edad Moderna. Por último,
también de destacar es la pequeña iglesia de San Antolín de Toques, único resto
subsistente de un monasterio desaparecido y cuya construcción se contextualiza,
según los especialistas, a caballo entre el prerrománico y el románico.
Melide
Melide es la capital del municipio homónimo. Se
sitúa en el extremo sureste de la provincia, muy próxima a los límites de las
de Lugo y Pontevedra. Dista de A Coruña unos 70 km y tiene buenas conexiones
porque en el centro de su núcleo urbano se cruzan la N-547, que comunica Lugo
con Santiago, y la N-540, que une Betanzos con Ourense.
El territorio de Melide ha estado ocupado de
forma continuada desde la antigüedad. Los primeros vestigios son sencillas
herramientas o armas y los monumentos megalíticos, como la elevada
concentración de mámoas en la orilla del río Martagona. Posteriormente la
población concentra su asentamiento en forma de castro en un cerro donde ahora
está la capilla del Carmen. No demasiado lejos de Melide, en el lugar de
Piñeiro, se ha localizado una villa romana. Algunos historiadores han planteado
la posibilidad de que transcurriese próxima a Melide la vía XX del itinerario
de Antonino, llegando Cuevillas a plantear que en Melide se ubicase la mansión
Brevis. Una hipótesis plausible es que durante la ocupación romana se creó una
villae tardorromana en la parte baja, en el valle, en la zona donde está la
iglesia de Santa María. Aunque la etimología de Melide no es demasiado clara y
se han planteado varias posibilidades imaginativas, dos de ellas derivan del
latín. Una derivaría de miliario, pues en un documento del siglo xi se la
nombra como Milierata en Terra de Abeancos y la otra lo vincula con el
antropómino latino Mellitus, se trataría de la villa o tierra de Mellitus.
Las primeras menciones de Melide son
indirectas, en ellas se cita la demarcación eclesiástica a la que se adscribe,
Abeancos. En el año 747 en el testamento de Odoario, obispo de Lugo, se habla
de la repoblación de varias villas en la Tierra de Aviancos. En un documento de
Alfonso II, el Casto, el 27 de marzo de 832, se realizó una dotación a la
catedral de Oviedo con los territorios de la Tierra de Aveancos y algunos en la
diócesis de Lugo. Poco después el mismo rey se retractó y decidió que Abeancos
siguiese bajo la jurisdicción de Lugo. La propiedad episcopal no debió de
quedar demasiado clara, pues la propiedad de Melide, junto con la de otras
iglesias del arciprestazgo, fue motivo de pleito entre los obispados de Lugo y
Mondoñedo. La primera de estas disputas se registra a finales del siglo XI por
petición de don Amor, obispo de Lugo, al Papa Urbano II. Aunque la resolución
parece que fue favorable para la diócesis lucense, el obispo de Mondoñedo no la
acató y solicitó una reunión por falta de conformidad. No se tienen noticias de
este encuentro, se desconoce incluso si llegó a celebrarse, pero los templos
siguieron bajo el control mindoniense. Ambos obispados debieron de llegar a
algún tipo de acuerdo porque en los siguientes litigios lucenses sobre la
propiedad de algunas iglesias no figura Mondoñedo. El siguiente pleito donde se
las reclama está datado el 25 de agosto de 1285, cuando el obispo de Lugo, Fray
Arias, solicita al metropolitano de Braga, don Tello, que medie en el asunto.
Tampoco se conoce cómo se resolvió, pero la titularidad continuó perteneciendo
a Mondoñedo hasta mediados del siglo XX.
Permaneció de este modo hasta que, en 1953, en
el Concordato entre la Santa Sede y el Estado Español, se reorganizaron las
diócesis y pasó a integrarse en la diócesis lucense.
Ajena a la titularidad eclesiástica, la
población de Melide se encontraba en la confluencia de dos de los caminos de
Santiago, el primitivo o de Oviedo y el Camino de Francés. Se vio favorecida
por el auge de la peregrinación de tal modo que su crecimiento urbanístico
medieval y moderno, desarrollado a lo largo del eje viario, está claramente
vinculado al trazado del Camino. Además contaba con una serie de instalaciones
hospitalarias, al menos un hospital y una leprosería, esta última situada
próxima a la iglesia de Santa María, en la zona de San Lázaro. Su posición
estratégica dentro de la vía de peregrinación y, también, en los caminos que
comunicaban con la costa motivó que durante el reinado de Alfonso IX se
repoblase el burgo. La población se agrupó y creció alrededor de la zona del
antiguo castro, donde algunos autores apuntan la existencia de una
fortificación altomedieval. En 1214 Alfonso IX realiza una permuta al
Arzobispado de Santiago, quien cambia la jurisdicción del territorio de
Abeancos por el castillo de San Jorge en el monte Pindo (San Mamede de Carnota,
Muros) en la Costa da Morte. La Mitra Compostelana, para poder demostrar el
poder señorial recién adquirido, construye una fortificación en la croa del
antiguo castro.
Además de la iglesia de Santa María, el Melide
medieval contó también con otra iglesia, la de San Pedro. Este templo fue
demolido en la década de los cuarenta del siglo XX y trasladadas algunas partes
a la iglesia de San Roque. Se encontraba extramuros del Burgo Novo pero próximo
a la puerta de acceso y al pie del Camino de Oviedo. El primer documento donde
se menciona data de 1285, en un uno de los pleitos entre los obispados de Lugo
y Mondoñedo.
Chao Castro plantea que la iglesia pudiese
remontarse al siglo XII o a comienzos del xiii, pues el emergente Burgo Novo
demandaba una serie de necesidades parroquiales que la iglesia de Santa María
no debía cubrir, aunque también propone un posible origen altomedieval
vinculado a la población que siguió viviendo en la zona del castro. Las
características de los restos medievales conservados han sido confundidas en
ocasiones con las de una construcción románica, pero en el estudio de Chao
Castro se aclara que la portada, que era el acceso lateral, fue construida
alrededor del año 1400, renovando un edificio construido entre finales del
siglo XIII e inicios del XIV. En las proximidades de este templo se encontraba
un hospital para peregrinos que mantuvo su función asistencial hasta finales
del siglo XIV, cuando se funda otro de mayores dimensiones.
En 1316 cuando el arzobispo D. Rodrigo de
Padrón le da a Fernán Fernández de Abeancos la fortificación y la villa de
Melide, lo hace bajo la condición de construir una nueva muralla que ciñera el
Burgo Novo construido extramuros y una torre en el castillo. La muralla se
construyó, pero fue derruida en el siglo XIX. Entre 1372 y 1375 el notario
Fernán López y su esposa Aldara González, donaron unas casas para que se
construyese un nuevo convento de Sancti Spiritus, en su ubicación actual, pues,
hasta el momento, estaba en calle Principal junto a la iglesia de San Pedro.
Durante la Revuelta de los Irmandiños, entre
1467 y 1469, destruyeron el castillo y derribaron parte de la muralla. En 1498
el arzobispo Fonseca le da permiso a Sancho de Ulloa, conde de Monterrei, para
aprovechar los materiales de la derruida fortificación para construir la
Capilla Mayor del Convento del Sancti Spiritus. El espacio de la fortaleza
permaneció vacío hasta que en el siglo XVIII se edificó en la croa la capilla
del Carmen.
Iglesia de Santa María
El origen del templo, al igual que la mayoría
de las iglesias rurales gallegas, es desconocido y las referencias que se
tienen, además de escasas, son tardías.
El templo de Santa María es uno de los cuatro
de la villa de Melide y el único románico. Se localiza hacia el Este, al borde
del Camino de Santiago. Al pie de éste se conservan, muy deteriorados, dos
sarcófagos antropomorfos, con orientación E-W, excavados en la roca. Aunque no
se han encontrado otros restos, y a falta de un estudio arqueológico exhaustivo
que aporte datos para poder fijar una cronología precisa, su simple presencia
confirma la existencia de una necrópolis altomedieval vinculada a un templo
anterior. La planta es sencilla, de nave única y ábside semicircular precedido
de un corto tramo recto. El primer cuerpo se cubre con una techumbre de madera
a dos aguas, mientras que la capilla lo hace con una bóveda de cascarón en el
hemiciclo y una de cañón semicircular en el tramo precedente.
En el exterior no se produce el tradicional
juego de alturas entre nave y la cabecera, ya que ambos cuerpos se disponen a
la misma altura, debido a una reforma que redujo la altura de la nave al
eliminar un par de hiladas de sillares y desapareciendo, por lo tanto, el
icónico alero románico con canecillos.
En el ábside se diferencia el tramo recto y el
hemiciclo por la mayor anchura y por un tratamiento decorativo más sencillo del
primero. Ambas partes se unifican mediante un triple zócalo escalonado con
cada uno de los retallos achaflanados. En el hemiciclo hay dos semicolumnas
entregas que lo dividen en tres paños.
Estos soportes se alzan sobre altos podios que
arrancan desde el suelo y resaltan sobre el zócalo. Las basas son áticas; una
de ellas tiene como única decoración una incisión que recorre longitudinalmente
el collarino y la otra presenta un mayor decorativismo. Aunque está perjudicada
por la erosión y la adhesión de líquenes, todavía se aprecian garras poco
resaltadas y todo el plinto está tallado con un motivo no muy definido, tal vez
flores geometrizadas como las que aparecen en el plinto norte del arco triunfal.
Los capiteles, bastante deteriorados, resultan
llamativos por la forma de la cesta, más cúbica que troncopiramidal. Ambos
capiteles son similares, con collarinos lisos, la parte inferior totalmente
lisa y la decoración concentrada en la parte superior. El meridional tiene una
hoja larga con escaso volumen en la parte central del frente, mientras que el
resto de la ornamentación se reduce a unas bolas que penden en la parte alta de
lo que parecen arcos. En el septentrional el elemento vegetal ha desaparecido:
hay únicamente arcos con pomas y una especie de anilla perforada.
A media altura hay una moldura fina, decorada
en el borde inferior con dos hileras de tacos, que recorre todo el perímetro
del hemiciclo, incluidos los fustes a través de un estrecho tambor. En el tramo
central sirve de alféizar de una saetera guarecida por una ventana con
desarrollo completo. Se cierra con un arco de medio punto sostenido por una
pareja de columnas acodilladas. La septentrional tiene el toro mayor sogueado y
el plinto decorado en ambos frentes con un friso geométrico poco definible por
la erosión. Los capiteles presentan el cuerpo inferior liso, mientras que en la
parte alta ganan volumen. El meridional tiene en cada esquina una hoja rematada
en una bola; las tres hojas están formadas por una única cinta continua que se
curva. La otra cesta tiene tres grandes hojas rematadas en bolas. Los cimacios
en nacela se prolongan poco más allá de la arquivolta. Ésta se resuelve lisa,
con un baquetón poco resaltado que está apenas señalado por dos finas incisiones
en la rosca y el intradós. Ciñe este arco una chambrana abilletada cuyos
motivos son apenas perceptibles en un par de dovelas.
Los tramos rectos de la cabecera carecen de
decoración.
En el muro sur hay una ventana cuadrada que fue
abierta en época moderna después de construir el retablo, desmontado en la
actualidad, que, al adosarse al muro oriental, tapaba el único punto de luz del
presbiterio. El alero de ambas secciones se compone de una sencilla cornisa en
nacela sostenida por una colección de canecillos mayoritariamente de tipo
geométrico. Tienen forma de proa o nacela, en algunos de ellos se añaden una
serie de sencillos elementos ornamentales, como cilindros, aspas, cabezas humanas
con rasgos sumarios. Otros tienen motivos difíciles de identificar.
En la nave el muro septentrional ha quedado
totalmente cubierto por la construcción de una sacristía y una antesala. En el
interior de la sacristía se conserva la puerta lateral en arco de medio punto.
Tiene una estructura sencilla, con jambas lisas rematadas en finas molduras en
nacela, en la que descansan las dovelas en arista. Como único elemento
decorativo aparece un tornalluvias achaflanado.
La fachada sur, además de la reforma con la que
se eliminó el alero, sufrió otras intervenciones menos evidentes. Buena parte
del muro está rehecho, lo indican los engatillados y los múltiples puntos donde
no coincide la altura de las hiladas de sillares. Este frente se divide en tres
tramos mediante dos contrafuertes; en el central se abre una puerta y en los
laterales hay sendos sepulcros cobijados por arcosolios apuntados; en el
oriental se ve la fecha de 1385. Para su elaboración fue necesario rehacer casi
totalmente parte de los muros, de tal modo que se conserva una única saetera en
el tramo de occidental.
La portada meridional se abre entre los dos
estribos poco resaltados, que se disponen de forma ligeramente asimétrica con
respecto a la puerta de acceso, y dejan poco espacio libre hasta la rosca.
Las aristas internas de los contrafuertes se
molduran con un baquetón que suaviza también los codillos entre las columnas de
esta puerta y de la occidental.
El remate de los contrafuertes se realiza con
molduras en nacela, con un inusual desarrollo en la parte superior; responde a
una modificación posterior en la que se hizo, o rehizo, la pequeña cornisa que
hay sobre el acceso.
Este alero tiene un perfil compuesto, formado
por cobijas con un abultado bocel en la arista y dos filetes en la parte alta,
inexistente en la época románica. Se apoyan sobre seis canecillos que no se
disponen equidistantes y que, además, se insertan en el muro de una manera
torpe que apunta también a la intervención posterior.
Los canecillos están muy deteriorados, pero
todos ellos son figurados. Podrían provenir de los aleros eliminados de la nave
pero, por el tratamiento escultórico, podrían haber sido realizadas ex professo
en el momento de la reforma para esta puerta lateral, respetando el gusto
románico para armonizar con el resto del conjunto.
La portada meridional está encuadrada
entre dos contrafuertes y cobijada por un tornalluvias decorado con canecillos.
Se abre con dos arquivoltas de baquetón acompañadas con franjas de arquitos.
A pesar de las dudas que surgen en torno al
origen de los elementos que rematan los contrafuertes y el alero, la puerta es
indudablemente románica. Tiene dos arquivoltas sostenidas por dos pares de
columnas acodilladas. Los fustes son estilizados, lisos y monolíticos. Las
basas, áticas, alguna de ellas con garras, tienen plintos adornados en sus
frentes con diferentes motivos, como arquitos ciegos, círculos incisos, líneas
onduladas o rebajes con estrechos rectángulos.
Uno de los capiteles tiene decoración animal,
mientras que el resto son vegetales. El figurado es el interno de la jamba
oeste, tiene en cada uno de sus frentes una figura que apoya sus patas en el
collarino. En la cara externa hay un cuadrúpedo con todo el cuerpo recorrido
por líneas zigzagueantes que emulan el pelaje. Su cola alargada y acabada en
punta está curvada y se dispone sobre el lomo. Por desgracia, su cabeza,
colocada en la arista, está mutilada, lo cual dificulta saber de qué especie
es. El animal de la otra cara es bípedo, con una cabeza minúscula, patas
potentes y el cuerpo recorrido por una serie de estrías que se curvan dibujando
un ala. Lo más llamativo de este animal es un largo y potente rabo, con cuyo
extremo golpea la cabeza del cuadrúpedo. La falta de detallismo y la rareza de
la representación han llevado a Carrillo Lista a plantear que se representase
un basilisco luchado con un grifo, por paralelismos con las iglesias lucenses
de San Martiño de Ferreira o San Pedro de Bembibre (Taboada, Lugo). Esta
identificación plantea el problema de que en la representación no se ponen en
relieve las características más destacadas de cada uno de los animales. En el
caso del primero sería el cuerpo híbrido de león y águila; la iconografía de este
ser fantástico aparece perfectamente codificada en múltiples iglesias,
relativamente próximas, de las provincias de Lugo y Pontevedra. En ellas cada
una de las partes del cuerpo están bien modeladas y plasmadas las diferentes
texturas del pelaje o las plumas, acordes a su doble naturaleza, y sus cabezas
son pequeñas y afiladas y, con frecuencia, miran hacia atrás. En Melide no se
manifiestan ninguna de estas cuestiones y la cabeza es muy grande para ser la
de un ave.
En el caso de la figura bípeda, no se ajusta a
la representación del basilisco, ser fantástico del que se resalta que arroja
veneno por los ojos y, en algunas versiones, mata con su aliento. Tal
descripción no se corresponde con esa cabeza hipertrofiada y con la importancia
que se le da a la cola, pues ésta es la que hiere al otro animal. En Melide se
ajusta más a la fisonomía una anfisbena, un animal con dos cabezas, una de
ellas en el lugar habitual y otra en la cola. Se la suele representar de dos modos:
uno es enrollada sobre sí misma al morderse en el cuerpo con una de sus bocas y
el otro es con la cola levantada y curvada sobre la cabeza, con o sin unas
pequeñas patas que le confieren la apariencia de un dragón con dos colas. Una
escena del ataque de una anfisbena a un cuadrúpedo, en este caso un león,
aparece en la iglesia riojana de Nuestra Señora de las Tres Fuentes (Valgañón).
El hecho de que en Melide todo el cuerpo del mamífero esté decorado con líneas
en zigzag que marcan el pelaje, puede ser una mala interpretación del artista
de la melena del león, que la extiende a todo el cuerpo. La presencia de este
felino se ajusta bien a la plasmación románica de luchas duales entre el bien y
el mal; en este caso, el león simbolizaría el Bien y el animal fantástico,
independientemente de su género, el Mal.
El capitel de al lado tiene un único orden de
hojas nervadas, ligeramente apuntadas y rematadas en pomas. La hoja dispuesta
en la arista es de mayor tamaño y se remata con una especie de piña. El
espacio libre en la parte superior de la cesta se decora con unas líneas
incisas. Los capiteles de la otra jamba tienen la misma estructura, con dos
órdenes de hojas estrechas y alargadas que caen hacia delante. Las de la cesta
interna tienen un profundo surco central marcando el nervio y unas pequeñas
pomas en la punta, mientras que la parte superior se decora de igual forma que
la de la jamba opuesta. En el último capitel, la estilización de los vegetales
se lleva hasta el extremo de adquirir la apariencia de motivos geométricos,
presentes sólo en el registro alto, donde aparecen arcos y filetes rectos. La
forma de resolver esta parte es igual a la de los capiteles de las columnas del
ábside.
Las arquivoltas se resuelven de una forma
original, con las aristas molduradas con boceles seguidos de medias cañas en el
intradós y la rosca y, remarcando el extremo de esta última, hay un festón de
arquitos ciegos de medio punto. El tornalluvias se divide también en dos
partes, la interna tiene una hilera de voluminosos billetes que se separan por
una sucesión de motivos variados (aspas, pomas de varios tamaños, capullos y
flores menudas resueltas con diferentes fórmulas) y en la banda externa aparece,
de nuevo, una sucesión de arquitos. El tímpano cobijado por los arcos es de
medio punto y liso, y está sostenido por dos ménsulas en proa. Por encima del
alero que hay sobre la portada se conservan tres grandes ménsulas que sostenían
la estructura de un pórtico; por las características de estos soportes, en
forma de gancho, se trata de piezas incorporadas en una reforma posterior al
románico.
La fachada occidental está modificada en la
parte alta, pero la portada, ricamente ornamentada, es románica. En la zona
alterada el piñón se corona con un sencillo campanario y la tradicional saetera
fue sustituida por una gran ventana adintelada y abocinada. La portada cuenta
con tres arquivoltas de medio punto sostenidas por columnas.
Los codillos que aparecen entre los fustes
reciben dos tratamientos, unos con un baquetón marcado por unas finas
incisiones y en otros se ha optado por cortar la arista en dos partes. En las
columnas, las seis basas son áticas pero se resuelven de forma distinta a las
del resto del templo. Mientras que en todas las demás las proporciones son
bastante correctas, en las del imafronte los toros inferiores presentan una
altura superior a lo habitual y están muy abombados.
Los plintos están totalmente enterrados, pero
en algunos se vislumbra que son cúbicos. Los fustes de la arquivolta interior
son monolíticos y los del resto se componen por tambores. El más interesante es
el septentrional del arco menor porque es entorchado. Las estrías helicoidales
son planas, resaltadas y están recorridas por finas incisiones en los bordes;
en el hueco que hay rebajado entre las cintas se disponen rítmicamente flores
con el botón trepanado.
Sólo los capiteles exterior y medio de la jamba
norte están figurados, el resto tienen decoración vegetal. En la jamba
septentrional el capitel externo tiene en una cara un animal que se enrolla
sobre sí mismo en forma de espiral; podría ser una serpiente, incluso una
anfisbena. En el otro frente aparece una figura mutilada, de la que sólo se ven
las patas posteriores. Muy posiblemente el animal representado sea un león,
puesto que tiene una cola rodeando el cuerpo; esta disposición del rabo, junto
con la melena, son dos de los rasgos más significativos de los felinos en el
románico. En la cesta central hay dos aves afrontadas con largos picos y las
cabezas vueltas y apoyadas en sus cuerpos. El último capitel de esta jamba es
el de mayor calidad y el de decoración más cuidada, acorde con el delicado
fuste salomónico que lo soporta. Es de tipo vegetal y se organiza en dos
órdenes. Presenta la peculiaridad de mezclar varios tipos de hojas y algunos
zarcillos. La mayoría de las hojas son apuntadas, lisas y terminadas en pomas,
algunas con nervios marcados. Hay también una interesante hoja en uno de los
frentes que se resuelve de forma diferente, con el perfil recortado marcando un
borde festoneado; este motivo está resaltado con unas profundas y pequeñas
incisiones realizadas con un trépano. Su nervio central es tan profundo que la
hoja está totalmente perforada por detrás del extremo de la hoja. Tanto el
trepanado como el total vaciado del nervio por detrás de la punta implican un
notable dominio técnico del ejecutor.
En la jamba meridional todos los capiteles
tienen decoración fitomorfa, pero abordada de diferentes modos. El interior se
resuelve de forma similar a la de la hoja ricamente ornamentada situada justo
enfrente, incluso comparten el uso del trépano para el tallado de determinados
detalles, pero la calidad es inferior. Las dos últimas cestas organizan en dos
o cuatro niveles sus hojas cortas con forma de lengüeta, algunas de ellas con
bolas. Los cimacios se resuelven en nacela simple; el frente de los situados en
el exterior se prolonga tan poco que parte de la chambrana carga fuera de
ellos.
Las arquivoltas internas tienen en sus aristas
gruesos boceles a los que siguen una sucesión de mediascañas y toros que animan
sus roscas e intradoses. El arco externo presenta una interesante decoración en
ambas caras. Hay una sucesión de casetones, los de la rosca se resuelven como
arcos rebajados en cuyo interior hay un motivo decorativo geométrico, ya sea de
cruces, aspas de brazos rectos o curvos, discos, ondas o uves invertidas. La
chambrana se decora con tacos dispuestos en cuatro hiladas. El tímpano,
sostenido por canes en proa, es liso y presenta como única decoración una fina
incisión que bordea su base.
En el interior la comunicación entre la nave y
el presbiterio se realiza a través de un arco de medio punto, doblado y con
dovelas en arista. Mientras la dobladura carga sobre los muros, el arco menor
reposa en una pareja de columnas entregas. Se alzan sobre un alto podio
moldurado en la arista con un bocel. Los plintos cúbicos están decorados, el
meridional, completamente, pero en el opuesto no llegó a acabarse. En el
primero se disponen en las esquinas unas flores y en el frente hay, arriba y
abajo, dos bandas angreladas que dejan un friso intermedio donde se suceden
motivos geométricos ya vistos en el exterior: espirales, ces o aspas de brazos
curvos. En las basas áticas, en lugar de las tradicionales garras, aparecen
tres originales cabezas humanas con un fuerte tratamiento escultórico y una
cuarta con una bola a la que se superpone una especie de hoja.
El capitel del lado del evangelio tiene,
pegadas al núcleo, un único orden de hojas nervadas mediante incisiones con el
nervio central perlado. Se resuelven en el ápice de dos formas diferentes, las
de las aristas tienen grandes volutas y las que están en el centro de cada
frente, con pequeñas pomas.
La cesta de la epístola reproduce una escena
con un hombre en el centro flanqueado por dos bestias con las fauces abiertas.
El hombre tiene los rasgos faciales trazados de formas sumaria, pero lleva
barba, representada por unas sencillas líneas en la perilla, y viste únicamente
un calzón, con múltiples plegados, que le llega hasta las rodillas. En la
muñeca derecha lleva una especie de brazalete.
Capitel situado en el lado izquierdo del
arco triunfal en el que se muestra una figura humana rodeada por dos bestias.
Con su mano izquierda aparta la pata de un león
que ocupa el lateral que mira a la nave. El felino presenta los rasgos
tradicionales de este animal: la melena que se prolonga más allá del pescuezo y
la cola enrollada alrededor del cuerpo.
En el otro frente hay un monstruo de naturaleza
indefinida.
Tiene todo el cuerpo recorrido por líneas
orientadas en diferentes direcciones, una espina dorsal muy marcada, una larga
cola y unos cuernos. Esta bestia se apoya únicamente en sus patas traseras,
mientras que con una de las delanteras agarra el brazo del humano. Ambos cogen
al hombre por la cintura con una pata, mientras que el humano, a su vez, los
ase, como dominándolos. Además de la escena en sí misma, resulta interesante
el hecho de que en este capitel figurado aparecen rasgos propios de uno con decoración
vegetal, pues en las esquinas asoman unas pequeñas hojas apuntadas con pomas.
La interpretación del tema como Daniel en el foso de los leones no resulta
correcta porque, además de aparecer un monstruo, al santo se le suele
representar vestido con una túnica y en actitud orante, los leones son dóciles
y en ningún momento tocan al santo.
Recuerda a una representación del Señor de los
Animales.
Esta iconografía oriental de Gilgamesh está
estrechamente vinculada a la de Daniel en el foso, pues comparten el esquema
compositivo. El hombre evocaría al Bien, como prefiguración de Cristo, mientras
que ambas bestias son el Mal que lo acecha y lo ataca.
Sobre los capiteles hay unos cimacios en nacela
que se prolongan por los muros laterales de la nave y por el interior del
ábside, donde funcionan como imposta de las bóvedas. En el presbiterio lo más
llamativo son las pinturas ejecutadas en el primer tercio del siglo XVI y
estilísticamente presentan rasgos del Gótico Hispano-Flamenco y del
Renacimiento. En el hemiciclo se representan, en la bóveda de cascarón, una
Trinidad rodeada del Tetramorfos, en el tramo curvo, un Apostolado y en la
bóveda de cañón del tramo recto hay parejas de ángeles trompeteros. Separando
las diferentes escenas se disponen cenefas y bandas ornamentales.
En el centro de la cabecera se abre una ventana
que la ilumina. La saetera, abocinada y rematada en un arco de medio punto,
está cobijada por una ventana de desarrollo completo. No se sabe cómo están
decoradas las dovelas porque se hallan ocultas bajo las pinturas. Las basas
carecen de plintos y en el toro inferior de la basa meriodional se superpone
una especie de moldura en la que se mezclan arcos y tramos rectos. Los fustes,
monolíticos y lisos, son interesantes porque están policromados, aunque tal
vez las pinturas sean coetáneas a la realización de los murales y podrían haber
sido repintadas reproduciendo los motivos medievales. Sobre un fondo claro se
disponen helicoidalmente líneas rojizas y negruzcas. Esta decoración está en
clara relación con la columna de la portada occidental. La cesta norte tiene un
collarino sogueado del que arrancan una serie de motivos estilizados que se
curvan sin seguir un patrón, y en el ápice de la arista hay una poma que pende
de la punta de una hoja. El capitel opuesto tiene el collarino decorado con una
incisión longitudinal, igual que uno de los del exterior de la cabecera. El
cuerpo está liso excepto en la parte alta, donde hay tres piñas, una en cada
esquina. La desnudez decorativa queda atenuada por una serie de líneas en la
misma gama cromática que el fuste. Sus cimacios en nacela resultan de la
continuación de los del arco triunfal, que discurren como moldura por el
perímetro del presbiterio.
El muro del hemiciclo está recorrido por un
banco de fábrica que tiene moldurada la arista con un bocel. En uno de los
sillares hay unas extrañas incisiones que, a pesar de no haber sido
interpretadas, no cabe duda de que fueron realizadas a propósito.
En la nave también hay un banco perimetral con
la misma molduración, pero aparece sólo en el muro sur y su altura no es
regular, pues experimenta un crecimiento hacia los pies. Las tres puertas
románicas se abren en arco de medio punto con dovelas en arista. La
septentrional, que ahora comunica con la sacristía, ha sido ligeramente
retallada en los salmeres pero, por lo demás, conserva la configuración
románica habitual. Hacia los pies de la nave, en el muro norte, se abre otra
puerta adintelada moderna que comunica con un espacio contiguo a la sacristía.
Lo interesante de esta puerta es que se cierra con un fragmento de una antigua
reja románica. La parte alta de los muros laterales de la nave está reformada,
lo evidencia el enlucido amarillo. La intervención afectó a las ventanas, se
conserva únicamente la saetera meridional románica.
Entrando en consideraciones formales, el modo
de decorar las arquivoltas de la puerta occidental, con casetones en forma de
arcos en las roscas e intradoses, es un modelo de escasa difusión en Galicia.
Aparece en iglesias próximas geográficamente en su zona central, principalmente
en la provincia de Lugo, como San Miguel de Esporiz (Monterroso), San Martiño
de Ferreira de Negral, Santa María de Pidre (Palas de Rei), Santa María de
Camporramiro (Chantada), Santiago de Albá (Palas de Rei), Santa María de O
Castelo (Taboada), pero también en la provincia de Pontevedra, en Santo André
de Órrea y Santa María de Ventosa (Agolada). En la de A Coruña, Melide es el
único ejemplo. Estas iglesias presentan una serie de características
decorativas que van desde cuestiones mayores, como las escenas con parejas de
aves con los cuellos vueltos o con cuadrúpedo y serpiente o bípedo de larga
cola, el tipo de hojas de los capiteles, o cuestiones menores, como aparición
de piñas, plintos decorados con motivos variados, codillos suavizados mediante
baquetones, fustes helicoidales, perlas o pequeñas flores decorando las
mediascañas. Además comparten también cuestiones técnicas, como el empleo de
trépano o la perforación total del nervio por detrás de la punta de las hojas.
No se trata de elementos de decoración que aparecen exclusivamente en estas
iglesias y tampoco tienen por qué darse en todas ellas, pero se presentan de
forma bastante frecuente. Esta gran homogeneidad hace pensar en un grupo o
taller que trabajó intensamente en la zona.
Además del modelo ornamental casetonado de la
fachada occidental, Melide comparte con los templos de Bembibre y de Ferreira
el modo de disponer la puerta entre contrafuertes y con un tejaroz con
canecillos. Este esquema gozó de bastante difusión en la provincia de A Coruña;
se encuentra también en templos como San Martiño de Tiobre (Betanzos), San
Salvador de Bergondo o Mezonzo. La forma de resolver la portada de Melide se
liga estrechamente a la de Ferreira. En ambas se repite el tipo de basas con
decoración variada en los plintos, la iconografía del capitel de la lucha entre
el cuadrúpedo y un animal bípedo de larga cola; también se baquetonan las
aristas de los codillos resultantes entre las columnas y las de los
contrafuertes.
Resulta especialmente llamativa la escasa
distancia entre los estribos y la moldura resultante de la prolongación de los
cimacios en ambas iglesias, pues lo normal es que entre los contrafuertes y la
portada se dejen varias decenas de centímetros. El hecho de que en ninguna de
ellas se respete esta pauta y lleguen a montarse sobre las chambranas hace
pensar en que pudieron ser elaboradas por un mismo taller.
El uso de trépano en las hojas de los capiteles
internos del imafronte de Melide se puede poner en relación con algunos de los
capiteles de San Martiño de Ferreira de Negral y San Pedro de Bembibre. Sin
embargo, en ninguno de estos dos templos hay hojas que tengan totalmente
vaciada la parte superior del nervio por detrás de la punta, pero está presente
en las hojas de los capiteles del presbiterio de la cercana iglesia de Órrea.
El empleo de fustes helicoidales es poco
frecuente en el románico gallego. Aunque se utilizaron en la catedral de
Santiago, no tuvieron demasiada difusión, pero aparecen también en un tambor de
la columna meridional de Santa María de Dexo (Oleiros) y en las portadas de San
Xulián de Moraime (Muxía), San Pedro de Bembibre y en San Martiño de Ferreira
de Negral.
El tipo de basa empleada en la puerta norte con
los plintos decorados con motivos variados (arquitos ciegos, circunferencias y
varios rectángulos) se emplea en otras iglesias cercanas de las provincias
limítrofes, como las pontevedresas de Santo André de Órrea, San Cristovo de
Borraxeiros y San Pedro de Ferreiroa (Agolada) o San Miguel de Goiás (Lalín), o
en las lucenses de Santa María de Arcos (Antas de Ulla), Santiago de Barbadelo
(Sarria) o en una portada medieval conservada de uno de los claustros del
monasterio de Samos.
El motivo de las piñas aparece de modo tardío
en el románico gallego. Se encuentra en templos cercanos como Santa María de
Mezonzo (Vilasantar), Santa María de Verís (Irixoa) o Santa Cruz de Mondoi (Oza
dos Ríos), pero los ejemplos más cercanos se encuentran en la provincia de
Lugo, en San Miguel de Esporiz, San Martiño de Ferreirade Negral y Santa
María de Arcos.
En Melide aparecen además otros elementos
decorativos que no están presentes en iglesias con portadas casetonadas, como
son los festones de arquitos que decoran las roscas de su portada meridional.
En motivo de las cenefas con arcos se encuentra con frecuencia decorando
arquivoltas, basas o tímpanos. Es un adorno de origen islámico que alcanzó una
amplia difusión; en el románico gallego se usó por primera vez en la catedral
de Santiago, desde donde se difunde a edificios rurales desde mediados del siglo
XII y hasta bien entrada la siguiente centuria. En la provincia de A Coruña
gozó de gran éxito en la zona oriental, donde aparece en San Martiño de Tiobre
(Betanzos), San Tirso de Ambroa (Irixoa), San Pantaleón das Viñas (Paderne),
San Tirso de Oseiro (Arteixo), Santa María de Cambre, San Xoán de Anceis
(Cambre), pero también se encuentra en iglesias pontevedresas no muy distantes
de Melide, como San Cristovo de Camposancos, San Miguel de Goiás y Santa Baia
de Losón (Lalín).
Para dar una cronología a la iglesia de Melide,
dada las grandes similitudes con los templos de Ferreira y de Bembibre, se han
de tomar como referencia los epígrafes de ambas. La primera presenta la fecha
de 1177, en la puerta meridional, y la segunda la de 1191, en el tímpano. No
obstante, en Melide aparecen una serie de características que llevan a
aproximar su fecha de construcción a la segunda y no a la primera. En los
capiteles la mayoría de las hojas sufren un fuerte aplanamiento, llegando
incluso a dejar lisa la parte inferior de muchas de ellas. Lo mismo podría
decirse del capitel meridional de la ventana exterior del ábside, donde
perfilan las tres hojas mediante una cinta plana que se curva a lo largo de la
superficie lisa de la cesta. En las otras cestas del exterior del ábside y en
una de la fachada meridional aparece una decoración geométrica. En esta misma
dirección apunta también el empleo en la fachada occidental de basas que han
perdido las proporciones tradicionales, la escocia pierda su forma y el toro
inferior se abomba. A falta de una inscripción en Melide que aporte una fecha,
debemos considerar que la edificación debió de realizarse en los años finales
del siglo XII.
En el apartado de mobiliario litúrgico, en
Santa María de Melide se conservan una mesa de altar y una reja románicas. En
1998 se realizó una restauración de las pinturas murales y se intervino también
en el ara. Se colocó en su ubicación actual, en el centro del presbiterio, pero
ya se había trasladado o desmontado previamente, puesto que algunos de los
diseños y colores de las cenefas que la decoran presentaban problemas de
uniformidad, además había cemento tapando las juntas.
La mesa de fábrica está decorada en tres de sus
caras con una sucesión de arquitos de medio punto en resalte. En los laterales
sólo hay dos sin decoración, pero en el frente hay seis arcos ornamentados en
las roscas con pequeñas perlas. En las esquinas delanteras aparecen sendas
cabezas humanas talladas con detalle marcando el pelo, los labios o los
párpados. La losa superior es achaflanada, perfil que también describe la otra
losa inferior, colocada de forma invertida, sobre la que se asienta el altar.
El ara está policromada en la cara frontal, pero se trata de pinturas coetáneas
a las del resto del presbiterio, puesto que se repiten los colores y los
motivos decorativos de lacerías con motivos geométricos estilizados. Aunque
López Ferreiro indicó que los arcos descansaban en columnas pareadas, su
descripción no se ajusta a este altar. Debe de tratarse de un error del
historiador pues nada apunta a la presencia de estos soportes; el espacio al
que se adosarían cuenta con pinturas y la base de los arcos resulta
excesivamente estrecha.
En Galicia se conservan otras mesas de altar de
tipologías variadas. Hay mesas de altar soportadas por columnas en Santa Baia
de Lubre (Ares), Santa María de Mezonzo (Vilasantar), Santa María de Sobrado
dos Monxes o San Mamede de O Castro (Silleda. Pontevedra); mesas con frontales
en las iglesias orensanas de Santiago de Allariz o Santa María de Xunqueira de
Espadañedo; y mesas de altar de fábrica, como en Santa María de Ferreira de
Pallares (Guntín, Lugo). Esta última comparte tipología con la de Melide, pero
presenta una decoración más sencilla que se reduce a la moldura del tablero
superior. En el caso de la melidense la configuración arquitectónica de los
arcos perlados la pone en relación con la mesa de Xunqueira de Espadañedo,
aunque en el caso orensano descansan sobre columnas. La cronología del altar de
Melide debe de ser análoga a la terminación del templo.
Tal vez el elemento más interesante de esta
iglesia es su reja de hierro, que es la única conservada en Galicia. En el
Códice Calixtino queda de manifiesto la existencia de una reja en la capilla
mayor de la catedral compostelana, pues durante una revuelta Gelmírez se
refugió en el presbiterio donde cerraron las rejas y echaron los cerrojos. La
reja es un elemento que delimita, cierra, aísla y compartimenta sin impedir el
paso de la luz ni ocultar de la vista los tesoros de la iglesia, ya fueran
reliquias u ornatos dignos de contemplación y veneración por parte de los
fieles. Más allá de la pura utilidad de las rejas, se logró dotarlas de un
fuerte componente artístico. A pesar de la dificultad del forjado del hierro,
se logró plasmar en ellas el repertorio ornamental de la época.
Aunque las rejas se utilizaron también en
ocasiones para cerrar las saeteras, casi todos los enrejados desaparecieron,
bien porque se fundieron para hacer otros nuevos, se vendieron por el valor del
metal o se desmontaron debido a los cambios litúrgicos. En el mejor de los
casos, como en Melide, fueron retirados y reutilizados para elaborar nuevos
cierres o almacenados a la espera de otro uso.
La reja de Melide está divida en dos partes, la
menor se reutilizó para hacer la puerta estrecha que comunica la nave con una
habitación anexa en el muro norte y la mayor está ahora en la sacristía. La
reja debió de ser concebida para cerrar el acceso al ábside. Debido a su
función de cierre de la capilla tenía que cubrir toda la luz del arco.
Constaría, al menos, de tres partes: dos montantes laterales fijos y uno
central móvil para la puerta, que podía ser de una o de dos hojas. En la jamba
correspondiente a la dobladura del arco triunfal se conservan, en ambos
laterales, irregularidades que hacen pensar que estuvo anclada en ese punto. Un
par de hiladas por debajo de la prolongación del cimacio hay unos pequeños
bloques de piedra que tapan un orificio cuadrado y, a media altura, hay una
fila de sillares de altura inusualmente baja. Además, en ambas columnas hay
tambores con restos de unas barras metálicas que pudieron haber hecho de
tirantes de la verja.
La reja de Melide se compone de un bastidor
exterior formado por barras de sección rectangular donde se insertan los
motivos decorativos de espirales. Se trata de piezas independientes que están
unidas con grapas entre ellas y a los montantes. El motivo decorativo son pares
de espirales formando una c terminada en cada extremo con una voluta. Cada
pareja de “ces” se une a otra por la espalda. Este esquema básico se
enriquece al colocar en el ojo de la espiral unas sencillas flores
geometrizadas unidas mediante presillas y al poner entre las parejas una serie
de barrotes adicionales terminados en pequeños círculos que acaban de cubrir el
espacio disponible. En la parte conservada en la sacristía se superponen siete
pares de volutas. El número original de pares, así como la forma de resolver el
coronamiento, son una incógnita, porque la reja fue desplazada en varias
ocasiones fuera de la iglesia y algunas volutas se incorporaron en una
restauración a finales del siglo XX.
La reja de Melide es la única pieza de su
género en Galicia aunque sí que se conservan herrajes de puertas románicas en
un reducido número de iglesias luguesas, como en la catedral de Lugo, San
Salvador de Vilar de Donas (Palas de Rei), Santa María de Meira, San Salvador
de Sarria, San Pedro do Incio y San Martín de Berselos (Baralla). La mayor
concentración de rejas y herrajes de puertas está en la zona de los Pirineos,
pero también se conservan ejemplares dispersos en Castilla y León. La técnica
empleada para unir las diferentes piezas mediante grapas o presillas, en lugar
de utilizarse la soldadura, el esquema con roleos afrontados distribuidos en
bastidores y las volutas acabadas en flores responden a esquemas compositivos
propios del románico.
No obstante, la falta de paralelos próximos
geográficamente dificulta la elaboración de un análisis más exhaustivo. Lo más
destacable en Melide es la decoración con flores en el remate de los roleos,
que son iguales a los empleados en las rejas de San Vicente de Ávila o en
algunos de los roleos de la reja de la catedral de Lisboa. Olaguer-Feliú
planteó que las volutas, por su forma, pudiesen ser una evocación del agua
pues, en tiempos remotos, estas formas simbolizaban las olas de mar y dentro
del contexto cristiano de una iglesia podrían aludir a las aguas del bautismo y
a este sacramento. Por otro lado, la espiral es un motivo de gran carga
simbólica puesto que es prolongable hasta el infinito, adquiriendo una
dimensión cósmica. Las flores que aparecen al final de cada espiral podrían
hacer alusión al Paraíso. En cuanto a la cronología, debió de elaborarse al
terminar el edificio, en un momento próximo al año 1200.
Moldes
La aldea de Moldes se encuentra a orillas del
río Furelos, unos 3 km al sur de Melide, municipio al cual pertenece, y en la
zona de transición entre la pequeña llanura central del mismo, por la que
transcurre el Camino de Santiago, y el valle del río Ulla.
Iglesia de San Martiñoc
La iglesia parroquial de Moldes se encuentra en
el centro de la aldea de San Martiño. El acceso a la misma desde la capital
municipal se realiza a través de la carretera que une Melide con Agolada
(AC-840), que después de unos 3 km, y tras superar las aldeas de Teillor y
Moldes, pasa al pie de San Martiño, núcleo al que se accede recorriendo unos
150 m por una desviación bien señalizada en dirección oeste.
A pesar de encontrarse apenas a 2 km del
trazado histórico del Camino Francés, la parroquia del Moldes no pertenece al
Camino de Santiago propiamente dicho, de forma que, si bien la proximidad del
mismo es sin duda un elemento decisivo para la construcción de un templo
románico de cierta entidad en una parroquia modesta, la arquitectura de este
edificio no alcanza la espectacularidad y el buen estado de conservación de
otros ejemplos vecinos.
De hecho, y a pesar de que la iglesia ha
conservado interesantes vestigios de época románica, se ha visto muy alterada a
lo largo de su historia y hasta épocas recientes, de tal manera que son pocos
los elementos de la obra original que han permanecido inalterados. En planta
observamos un edificio de nave única y cabecera muy modificada a lo largo del
tiempo, que rompe por completo con la planimetría medieval de la obra.
El arco triunfal, probablemente el único
elemento de esta parte del templo que ha conservado en cierto modo su traza
medieval, aparece también muy alterado y ha perdido las columnas sobre las que
debió de sustentarse en un principio. La adición de una serie de cuerpos a la
cabecera a lo largo del pasado siglo hace imposible la lectura de sus volúmenes
originales, si bien a partir de la planta publicada en el año 1933 sabemos que
se trataba de una cabecera rectangular sencilla con un único vano, probablemente
una saetera, en su muro norte. No se conservan más elementos románicos en el
interior de la iglesia que un capitel vegetal utilizado como pila, del que se
sabe que hasta hace unas décadas se encontraba en el atrio.
Al exterior, sin embargo, el templo ha
conservado diversos elementos, entre los que cabe destacar las dos portadas.
En la fachada occidental, de sencillo esquema
pentagonal sin más vanos que el de acceso y la espadaña simple rematada en
pináculos de cantería, se encuentra la portada principal del edificio, con
doble arquivolta sobre sendos pares de columnas con capiteles figurados,
chambrana ajedrezada y tímpano con una interesante representación de carácter
figurativo. Las columnas, sobre basas con decoración geométrica, presentan
decoración de animales enfrentados y cimacios ajedrezados, en un lado, y
decoración sinuosa, en el otro, mientras que el tímpano, de factura tosca y
regular estado de conservación, aparece sustentado sobre mochetas con
representaciones de animales fantásticos.
En cuanto al modelo iconográfico adoptado en el
tímpano, se observa un parecido formal con ejemplos cercanos como los
conservados en Santa María de Taboada dos Freires (Lugo) o Santiago de Taboada
(Silleda, Pontevedra), por citar únicamente los más próximos de los siete
conocidos en la actualidad en Galicia en los que se recurre a esta iconografía.
Se trata de la representación de un personaje masculino, desnudo e imberbe,
desquijarando a un animal, probablemente un león, a lomos del cual aparece. La
escena se nos ofrece enmarcada por una serie de lóbulos que delimitan el
espacio de la representación dentro del tímpano. Nos encontramos, por lo tanto,
ante un tipo iconográfico que puede ser puesto en relación con el maestro
Pelagio de Taboada dos Freires y, en última instancia, con el tímpano de San
Xoán de Palmou (Pontevedra), que parece ser el modelo de toda esta serie de
representaciones.
Desde el punto de vista interpretativo, y aun a
pesar de que nos encontramos ante un tema clásico en la bibliografía gallega al
menos desde los años 30 del pasado siglo, los especialistas no han alcanzado el
consenso. Si la hipótesis interpretativa mayoritaria identifica la
representación con la imagen de Sansón venciendo al león, desde hace algunos
años se ha planteado la hipótesis de una posible relación con la representación
del rey David de la portada sur de la catedral de Ourense.
Sin embargo, y sin que sea posible en la
actualidad rechazar ninguna de las dos hipótesis, debe tenerse en cuenta que la
iconografía del rey bíblico presente en Ourense nos remite probablemente a una
fecha ligeramente más tardía, a partir del año 1200, mientras que los
paralelismos evidentes del tímpano de Moldes con el único datado mediante
inscripción de esta serie, el de Taboada dos Freires, edificio con el que
comparte otros parecidos formales, nos sitúan hacia el año 1190.
Por otro lado, tal y como apuntó en su momento
Carrillo Lista y recoge Sastre Álvarez, la extraña forma que sale de la boca
del león de Moldes, identificada tradicionalmente como una flor, como la lengua
del animal o simplemente como una figura trebolada de oscura interpretación,
tal vez pueda relacionarse con el siguiente pasaje bíblico: “Apartose
(Sansón) para ver el cuerpo muerto del león, y he aquí, en el cuerpo del león,
un enjambre de abejas y un panal de miel” (Jueces, 14, 8-9).
El otro elemento destacable de la obra románica
del edificio es la portada sur, más sencilla, de arquivolta simple con
chambrana ajedrezada sobre columnas con capiteles vegetales y cimacios también
ajedrezados, mochetas con representaciones de animales fantásticos y tímpano
muy erosionado en el que pueden adivinarse las representaciones de dos animales
enfrentados. Tanto la técnica de talla del tímpano como la escasa pericia del
artista parecen indicar que se trata de una obra del mismo autor o taller encargado
de la portada occidental, por lo que no cabría hablar, en este caso, de
diferentes fases cronológicas.
En el edifico actual puede observarse cómo en
las distintas etapas de reconstrucción se reaprovecharon sillares de la obra
románica. La más reciente restauración del templo ha dejado a la vista una
serie de piezas, presentes tanto en la fachada occidental como en los muros
norte y sur de la nave, decoradas con diferentes tipos de rosetas, formas
estrelladas inscritas y círculos concéntricos.
Cronológicamente, basándonos en los paralelos
iconográficos mencionados más arriba, pensamos que la construcción de la obra
románica de Moldes tiene que situarse en una fecha inmediata, cuando no
coetánea, de la que conocemos para el templo de Taboada dos Freires, lo que nos
lleva hacia 1190-1195.
Sobrado
Municipio perteneciente a la diócesis de
Santiago delimitado por los de Curtis, al Norte; Guitiriz y Friol, ambos ya de
la provincia de Lugo, al Este; Toques y Melide, al Sur, y Boimorto y
Vilasantar, al Oeste. Su capital se encuentra en la parroquia de A Porta y en
el lugar del que toma su nombre el municipio, enclavado en el valle de
Présaras, cerca del nacimiento del río Tambre, tierra rica en vestigios
arqueológicos. Por sus proximidades discurre el Camino de Santiago, el “Camiño
do Norte”, el que viene desde Oviedo por Ribadeo y pasa por Mondoñedo,
hallándose también a no mucha distancia el Camino francés, el Camino de
Santiago por antonomasia. Tomando como referencia As Corredoiras, en la C-540
de Betanzos a Melide, la distancia hasta A Coruña es de 69 km, y hasta
Santiago, por Arzúa, de 55 km.
Monasterio de Santa María
Fue fundado, dedicado al Salvador y Santiago y
como dúplice, en el año 952 por los condes Hermenegildo y Paterna, padres del
obispo compostelano Sisnando II. Fue su primera abadesa Elvira, desconociéndose
el nombre de su primer abad. Como monasterio familiar que era, sus vicisitudes
estarán íntimamente unidas a las de la familia fundadora. En 1060 Fernando I lo
incorporó al patrimonio real, quedando abandonado, según refiere el P. Carbajo
en el siglo XVIII, poco después de 1080. Años más tarde, en 1118, la reina
Urraca y su hijo, el futuro Alfonso VII, lo entregan, con todas sus
pertenencias, al conde Fernando Pérez y a su hermano Bermudo. El primero y su
esposa, Sancha, junto con su sobrina Urraca, hija de Bermudo Pérez, lo dan, el
14 de febrero de 1142, con el apoyo de Alfonso VII, al abad Pedro,
incorporándose entonces, a través de la filiación de Clairvaux/Claraval, de
donde venían él y la nueva comunidad, a la Orden del Císter, por entonces la
gran dominadora del panorama monástico en Europa occidental. Fue Sobrado, según
he demostrado cumplidamente en otras publicaciones, el primer monasterio
fundado por la Orden del Císter en la Península Ibérica.
Fue Sobrado también, merced a las numerosas
donaciones recibidas de los fundadores y sus descendientes, de los monarcas y
de particulares, la abadía más opulenta de Galicia y una de las más poderosas
de la Península. De ella, por fundación o afiliación, dependieron otros
cenobios, alguno tan importante como Monfero (A Coruña) o Valdediós (Asturias).
No se vio libre, sin embargo, de la crisis que todo el monacato conoció en los
siglos bajomedievales. La superará incorporándose en 1498 a la Congregación de
Castilla (fue la primera Casa gallega que dio ese paso). En ella y durante las
centurias de la Edad Moderna conocerá de nuevo momentos de esplendor.
En 1835, como consecuencia de la
Desamortización, cesará la vida monástica en Sobrado. Tras múltiples
peripecias, imposibles de detallar aquí, se retomará en 1966: el 7 de octubre
de este año fue erigido canónicamente el nuevo monasterio por Dom Ceferino
García Rodríguez, abad de Viaceli, cenobio cisterciense ubicado en Cantabria,
del que procedían los monjes que por tercera vez en algo más de mil años
emprendían en Sobrado un proyecto de vida comunitaria.
La integración en la Congregación de Castilla
supuso para Sobrado, al igual que para los demás monasterios, el inicio de un
proceso de cambios que repercutió, inexorablemente, en las dependencias que lo
conformaban, incluida en este caso también la iglesia. Pese a la entidad y
espectacularidad de lo construido (Sobrado es uno de los grandes complejos
monásticos peninsulares), quedan todavía hoy en el recinto restos lo
suficientemente significativos como para, combinados o analizados a la luz de
lo que cabe deducir de las referencias documentales, de los paralelos ofrecidos
por otras Casas de la Orden y de las normas genéricas de ésta en materia
edificatoria, intentar una aproximación muy verosímil a las particularidades de
las dependencias auspiciadas, promovidas y ejecutadas también por los monjes
ultrapirenaicos que tomaron posesión del lugar en el mes de febrero de 1142.
La iglesia actual de Sobrado, iniciada, según
el testimonio del P. Carbajo, en la primera mitad del siglo XVII en sustitución
de la medieval precedente, se construyó, en esencia, en la segunda parte de
aquella centuria. Fue terminada en 1710. En su materialización fue decisiva la
intervención de Pedro Monteagudo, a quien sucederá, tras su fallecimiento en el
año 1700, Domingo de Andrade. Antes, sobre todo a finales del siglo XV, según
se desprende de la documentación conocida, ya había sufrido intervenciones de
cierta entidad. No llegaron éstas a desnaturalizar, sin embargo, el esquema de
la antecesora, pues la huella de esta empresa todavía se perpetúa en la actual,
levantada, por cierto, a medida que se iba derribando la fábrica anterior.
Exhibe la abacial que hoy vemos, tanto en planta como en alzado y pese a lo
aparatoso de su vocabulario constructivo y decorativo, una concepción
planimétrica (predominio de líneas y ángulos rectos) y espacial (ámbitos
encajonados, compartimentados) de inequívoca progenie medieval, “muy
cisterciense”, como se ha dicho ya en alguna ocasión. No es difícil ver en
ella una supeditación a las pautas generales de la precedente, emprendida a
partir del entorno del año 1150 por Alberto, un religioso, no sabemos si monje
o converso, faber, integrante de la comunidad fundacional cisterciense de
Sobrado, llegado, pues, de Claraval, en Borgoña, conocido por haber sido curado
milagrosamente de una grave enfermedad por intercesión de san Bernardo a
petición de Pedro, primer abad cisterciense de nuestra Casa. Este milagro,
acaecido antes de 1151, año en el que fallece ese primer superior, tuvo que ser
conocido y muy valorado en su tiempo, pues se incorporó a la Vita Prima de
Bernardo (Libro IV, Cap. VI), un relato, cuya secuencia precisa no interesa
ahora, comenzado a preparar en vida del propio superior claravalense para
promover, tras su fallecimiento (se produjo el 20 de agosto de 1153), su rápida
canonización (tuvo lugar en 1174).
Venido, pues, de la Casa madre, de Claraval, no
resulta aventurado suponer que la misión de Alberto, faber, recordémoslo, sería
análoga a la de otros monjes o conversos de la Orden expertos en construcción,
enviados por los superiores a las nuevas fundaciones o afiliaciones para trazar
los planos y dirigir las obras de su iglesia y dependencias conforme a los
esquemas y pautas de uso común dentro del Instituto monástico. Fue esta manera
de actuar, el traslado de maestros de un lugar a otro, la que contribuyó
decisivamente a la creación de una tradición arquitectónica inconfundible
dentro de la Orden del Císter, en general, y dentro de la filiación de
Claraval, sobre todo en tiempos de Bernardo, en particular.
No es difícil ver en el esquema que hoy exhibe
Sobrado, pese a las modificaciones, la confirmación de la secuencia comentada.
Ofrecería la iglesia de Sobrado, pues, al igual que la prácticamente coetánea
de Claraval, aunque más reducida, una planta de cruz latina, con tres naves de
cinco tramos (la existente muestra cuatro de distintas dimensiones, resultado
de los reajustes exigidos por las particularidades de la nueva fábrica y, en
especial, por la grandiosa cúpula que corona el crucero), transepto destacado y
cabecera con capillas rectangulares, la central saliente (la actual es más
profunda, fruto de una ampliación en fechas avanzadas del siglo xviii), las
extremas, sin duda dos por lado, visto el espacio disponible para su
construcción, con seguridad cerradas a oriente por un mu ro común plano. Se
detecta a la perfección esta solución en el costado sur, donde, embutidos,
todavía permanecen buena parte de sus restos. Es su conservación, su no
demolición, la que explica el enorme grosor del “muro” que hay que
atravesar para ir desde el brazo meridional del crucero hasta la sacristía,
acometida cuando todavía estaba en pie el templo medieval. En el lado opuesto,
ocupa su emplazamiento la capilla del Rosario, obra excelsa de Domingo
Monteagudo, concluida en 1673.
La primera iglesia cisterciense de Sobrado, por
tanto, exhibiría la llamada comúnmente, desde los estudios de K. H. Esser en
los años cincuenta del pasado siglo, “planta bernarda”, denominada así
tanto por haber sido adoptada para la iglesia de Claraval levantada durante la
segunda parte de su mandato abacial (Claraval II), como por el favor que
conoció en monasterios de su filiación (también en otras).
A diferencia de la planimetría, nada seguro
podemos afirmar sobre el alzado del templo medieval. Determinados rasgos y
soluciones presentes en el que contemplamos (repárese, en particular, en la
presencia de bóvedas de cañón de eje transversal al del templo en los dos
primeros tramos de las naves laterales o en el tratamiento de los pilares,
concebidos como auténticas porciones de muro) permiten pensar que su
organización era del tipo de la que, en Galicia, exhibe la abacial de Oia
(Pontevedra), un modelo de inequívoca progenie borgoñona (lo vemos, por
ejemplo, en Fontenay y, aunque no haya hoy unanimidad al respecto, parece que
fue también el que se adoptó en la iglesia de Claraval antes ponderada).
Ofrecería, en consecuencia, una nave central con bóveda de cañón apuntado sobre
fajones, las laterales más estrechas, con bóveda idéntica, pero de eje
perpendicular al del templo, en cada uno de los tramos de los que se componían,
lo que venía a convertirlas, de hecho, en capillas individualizadas, por más que
estuvieran comunicadas entre sí. El crucero mostraría en sus extremos también
bóvedas de cañón agudo de eje transversal al del brazo principal, concibiéndose
el tramo medio, verosímilmente, como una prolongación de la nave mayor, que así
desembocaría, sin solución de continuidad, en la capilla central. Tanto ésta,
de más porte, como las que la flanqueaban, dos por lado, se cubrirían con
bóveda de cañón apuntado.
Un último dato ha de destacarse de esta iglesia
de Sobrado: su cronología. Por la información de que disponemos, debió de ser
iniciada poco después de la llegada de los monjes cistercienses al lugar y, en
cualquier caso, tal como se dijo, antes de 1151, año en el que fallece el abad
fundador, Pedro, quien solicitó a Bernardo su intervención en la cura del faber
Alberto. Esta cronología, avalada también por otros datos documentales internos
(en el monasterio se hallaban en el entorno de 1150 numerosos siervos mauri,
alguno con la etiqueta profesional de petrarius o de otras actividades
fácilmente relacionables con la construcción, como herrero, carpintero o
vidriero), hace de la iglesia de Sobrado, a tenor de la información de la que
disponemos hoy, la primera abacial empezada a edificar de manera definitiva por
la Orden en la Península Ibérica, la primera levantada conforme a sus severas
prescripciones en materia de arquitectura monástica, la primera en adoptar el
modelo codificado, sistematizado en Claraval alrededor de 1133-1135.
No parece casual la prioridad edificatoria de
Sobrado en el contexto cisterciense peninsular. El que, según la más reciente
investigación, Sobrado, tal como ya señalé, ostente también la primacía
fundacional en ese mismo territorio, permite ver entre ambos fenómenos, el
religioso y el constructivo, una relación causal: la rapidez en acometer las
obras y las pautas que en ellas se seguían servirían para reforzar la
significación del monasterio, convertido por todo ello en un modelo de las
innovadoras prácticas que por entonces aportaba al mundo monástico la Orden del
Císter, en general, y la abadía de Claraval con Bernardo al frente, en
particular.
La renovación del templo de Sobrado en el siglo
XVII –una de las grandes empresas peninsulares de su tiempo, sin duda alguna–
nos impide conocer el alcance exacto de su impacto.
De él, en esencia, sólo se conserva hoy, muy
alterada así mismo por las reformas de tiempos posteriores, una capilla, la de
San Juan o de los Ordóñez, adosada al hastial norte del crucero. Presenta esta
estancia una sola nave rectangular, habiendo desaparecido en un momento
impreciso la cabecera. Se cubre, la primera, con bóveda de cañón apuntado
sostenida por cuatro arcos fajones de la misma directriz, de sección
prismática. Solo uno, el segundo a partir de la entrada, exhibe decoración en
el intradós de tres de sus dovelas, resultando particular - mente interesante
el motivo presente en la segunda, vista desde el costado oeste: un entrelazo
simple que conforma una estrella irregular en la que se inscribe otra de cinco
puntas, un motivo de evidente progenie musulmana, nada anómalo en un cenobio en
el que desde mediados del siglo XII, como ya vimos, se documenta la presencia
de mauri, alguno, retengamos el dato de nuevo, con el significativo título
profesional de petrarius.
El primer arco de la capilla, el meridional,
voltea sobre columnas con capiteles vegetales. Los otros tres lo ha - cen sobre
ménsulas, todas con perfil de nacela, decoradas con diversos motivos,
fitomórficos la mayoría.
Nada de interés, para el cometido de esta
publicación, ofrece el exterior de la estancia, zona en la que apenas son
visibles restos de origen medieval. Esta capilla, sin duda tosca, de escasa
finura, tiene el interés enorme de ser el único testimonio más o menos coetáneo
de la abacial medieval de Sobrado llegado hasta hoy. Dadas sus particularidades
estructurales y decorativas, cabe datarla en torno a 1230, con posterioridad,
pues, a la fecha verosímil de terminación de las obras de la iglesia comunitaria.
Pese a que a lo largo del tiempo se le han adjudicado destinos dispares, tuvo
siempre finalidad funeraria, un destino usual dentro de la Orden para las
capillas emplazadas en el lugar que ella ocupa (repárese, en Galicia, en los
casos de Oseira y Melón).
La incorporación de Sobrado, en 1498, a la
Congregación de Castilla (fue el primer monasterio gallego que abrazó la
reforma emprendida por Fray Martín de Vargas), conllevó, fruto del saneamiento
económico que propició y como consecuencia también de la necesidad de adaptarse
a unos nuevos usos y costumbres, el inicio de un proceso de remodelación
constructiva que afectó tanto al claustro medieval como a las dependencias que
se disponían a su alrededor, sin duda maltrechas también por el paso del
tiempo. Frente a lo que aconteció en las restantes abadías gallegas, la
documentación y los vestigios llegados hasta hoy nos indican que en Sobrado las
obras de renovación y puesta al día de las viejas estructuras se habían
iniciado antes de que la comunidad optase por incorporarse a la reforma
normativa referida. Sorprende, por ello, no sólo que Sobrado conserve
estancias, completas o en parte, pertenecientes al primitivo proyecto
cisterciense, bien documentado en su esencia por el acta de la visita que en
1492 hizo a la abadía el superior de su, por entonces, todavía Casa madre,
Claraval (restos de la sacristía –parte de un muro y cinco ménsulas de cartelas
superpuestas– y del refectorio –vestigios de las puertas con arco de medio
punto que lo comunicaban con el claustro y la cocina, el primero moldurado,
liso el segundo–, una puerta tapiada en el área de conversos, la sala capitular
y la cocina, además de numerosos elementos fragmentarios –basas, fustes,
capiteles, ménsulas– procedentes de las remodeladas o desaparecidas estancias
medievales), sino sobre todo que ofrezca el conjunto de vestigios de ese tiempo
de mayor entidad conservado en Galicia en los monasterios que en su día
estuvieron integrados en la Orden del Císter.
Todas las dependencias comunitarias, emplazadas
en Sobrado al sur de la iglesia, se disponían, conforme a las normas, en torno
al claustro. Éste, en obras en 1213, sin que podamos averiguar hoy desde cuándo
exactamente, tenía planta rectangular, más larga por los lados este y oeste que
por los ubicados al sur y el norte. Se infiere esa configuración, mantenida en
el claustro procesional actual, del emplazamiento de la cocina medieval en su
ángulo suroccidental, “canónico” en la planimetría tradicional de un
monasterio cisterciense. Esta estancia, pese a las reformas que sufrió a
finales del siglo xv, conserva en lo esencial sus rasgos de origen. Posee
planta cuadrada y se divide en nueve tramos mediante cuatro gruesas columnas
que delimitan el ámbito destinado a hogar, el central, coronado por una campana
de grandes dimensiones. Los espacios que lo rodean, ocho, se cubren con bóveda
de crucería cuatripartita, con claves decoradas con florones, única concesión
al ornato en una estancia dominada por el rigor formal y la austeridad, pautas,
conviene no olvidarlo, consustanciales a la praxis de la Orden en estancias
como la que nos ocupa. Fechable en torno a 1230, es obra de un maestro foráneo,
vinculable a empresas ultrapinenaicas, del norte de Francia o de Borgoña,
región en la que se halla Claraval, la casa madre de Sobrado. Es, por otro
lado, uno de los escasos ejemplares de cocina de tiempos medievales conservado
hoy en abadías cistercienses peninsulares.
La otra estancia que merece atención del
complejo de Sobrado es la sala capitular. Se sitúa en el lugar tradicional, en
el costado de naciente del claustro procesional. Fue levantada casi a
fundamentis, a partir del año 1963, en el transcurso de los trabajos de
recuperación del complejo llevados a cabo, bajo la dirección de Francisco Pons-Sorolla,
como consecuencia de la decisión de repoblar el viejo recinto con una nueva
comunidad cisterciense. En la reconstrucción se emplearon numerosos elementos
conservados in situ, procedentes de la estancia anterior, no desentonando junto
a ellos los nuevos, fácilmente reconocibles, por lo demás, mereciendo ser
reseñado que se hubieran tomado como referencia en el proceso soluciones y
elementos presentes en otras empresas de la Orden más o menos coetáneas,
alguna, como es el caso de la sala capitular del berciano monasterio de
Carracedo (León), indudablemente emparentadas con la que nos ocupa desde el
punto de vista estilístico-formal.
La sala, en su ordenación general, responde a
pautas usuales en tales dependencias dentro de la Orden. Se abre al claustro,
en su frente occidental, por medio de tres vanos. Los laterales son simples,
sirviendo el central de entrada a la estancia. Cada uno de los vanos se cierra
con cuatro arquivoltas semicirculares de organización análoga: todas exhiben
una vistosa combinación de molduras cóncavas y convexas lisas. Voltean sobre
semicolumnas entregas, pareadas las de los arcos menores, acodilladas y simples
las de los restantes. Los capiteles son todos de tipo vegetal, la mayoría con
una sola fila de hojas, algunos, los menos, con dos. Este espacio, en su
interior, de gran amplitud y vistosidad, presenta planta cuadrada, dividida en
nueve compartimentos iguales por medio de cuatro pilares centrales, un esquema
de uso muy frecuente en la Orden. Cada uno de los tramos se cubre con bóvedas
de crucería cuatripartita, con nervios de perfil triangular (un toro enmarcado
por nacelas, uno y otras lisas), la mayor parte con grandes florones en la
clave. Tanto los nervios como los arcos que delimitan los tramos descansan, en
los muros perimetrales, en ménsulas empotradas, la mayor parte en forma de
pirámide invertida, disponiéndose para esa misma misión de soporte, en los
ángulos de la estancia, columnas acodilladas.
En el centro de la sala, por su parte, los
arcos y los nervios se apoyan en los cuatro pilares ya citados. Se montan en un
basamento octogonal, sin ornato, y constan de haces de ocho columnas (una por
cada uno de los arcos que en ellos se apoyan), con basas áticas, alguna con
garras, fustes lisos y capiteles, uno por cada soporte, de grandes dimensiones,
con astrágalo semicircular y cuerpo, con ornato vegetal, poligonal, de ocho
lados, en consonancia con el número de arcos y nervios que voltean sobre cada uno
de ellos.
Las particularidades de la sala –tipo de
ménsulas, modelo de pilar o molduración de arcos y nervios–, similares a las
utilizadas en empresas borgoñonas o de ellas derivadas, permiten pensar en esa
región francesa, cuna de la Orden, según vengo refiriendo, como el lugar de su
procedencia, con toda probabilidad fruto de la presencia en Sobrado de un
artista allí formado. Su actividad se detecta también en la sala de igual
función del monasterio berciano de Carracedo, pudiendo ser datada la que ahora
nos ocupa hacia 1200 o en el arranque del siglo XIII, no muy lejos, pues, de
1213, año en el que sabemos que se estaba trabajando en el claustro.
En el monasterio y en la cercana iglesia de San
Pedro da Porta (su nombre perpetúa el de la capilla para forasteros usual en
los complejos de la Orden, ubicada siempre en las proximidades de la puerta de
ingreso –de ahí justamente su denominación– al recinto monástico, de acceso
restringido, sobre todo en tiempos medievales) se conservan numerosas piezas,
de carácter muy dispar, procedentes de las distintas dependencias que el
monasterio poseyó a lo largo de su densa historia. Buena parte de esos restos
(basamentos, ménsulas, fustes, capiteles, dovelas de arcos y de nervios)
proceden de los siglos XII -XIII, la etapa en la que se funda y consolida como
cisterciense el monasterio de Sobrado (hay también algún modillón de rollos del
complejo comunitario del siglo X). A su valor intrínseco como testimonio del
pasado, unen el interés de ofrecer referencias muy claras para el análisis del
impacto ejercido sobre su entorno, no sólo el más próximo, por las
formulaciones constructivas y, sobre todo, decorativas utilizadas por entonces
en sus dependencias.
Toques
Municipio emplazado en el costado sureste de la
provincia de A Coruña, limitado, al Norte, por el de Sobrado, al Oeste y al Sur
por el de Melide y al Este por los de Palas de Rei y Friol, estos dos
pertenecientes ya a la provincia de Lugo. En una de sus parroquias, A Capela,
ubicada en el lado meridional de la Serra do Bocelo, a poca distancia de la
capital municipal, situada en el lugar de Souto, a 76 km de la capital de la
provincia, se hallan las edificaciones que conformaron en su día el monasterio de
Santo Antoíño (Antolín en castellano).
Monasterio de Santo Antoíño
Desconocemos su origen. Según nos transmite el
P. Yepes a principios del siglo XVII, conoció dos emplazamientos sucesivos, el
primero “en lo más alto de un monte”, antes de afincarse en el lugar
donde hoy permanecen sus vestigios.
Documentalmente, sin embargo, no consta su
existencia hasta el 23 de febrero de 1067, día en el que García I, rey de
Galicia, le hace una donación. Estaba al frente del cenobio entonces, como
abad, Tanoi, personaje que continuaba en ese cargo todavía el 17 de octubre de
1077, en tiempos ya de Alfonso VI, que es el monarca que ese día le concede una
nueva merced al monasterio.
Dos datos resultan especialmente
significativos, además del nombre del abad, Tanoi, sin duda foráneo, en el
primero de los diplomas citados: la mención, entre los receptores de la dádiva
real invocados, de san Antolín, un santo de filiación cultual ultrapirenaica
cuya devoción en las tierras centro-occidentales de la Península fue
introducida e impulsada en tiempos y por iniciativa de Sancho III y Fernando I,
abuelo y padre, respectivamente, del monarca que otorga la donación, y, en
segundo lugar, la indicación de que la comunidad que gestionaba Tanoi se regía
por las normas de la Regula Benedicti, la primera referencia segura, como a
partir de J. M. Andrade Cernadas se ha venido señalando repetidamente en los
últimos tiempos, de un cenobio organizado según esas pautas en Galicia. Los dos
hechos, interrelacionados, fruto del proceso de renovación monástica que por
entonces, camino de su homologación plena con lo que acontecía en el occidente
europeo, se vivía en las comarcas del norte peninsular (gallegas, leonesas y
castellanas), no son ajenas a las particularidades estilístico-formales que
explicita, como se dirá, el templo abacial llegado hasta hoy.
No tenemos mucha información sobre la vida del
monasterio a partir del siglo xii. Su paulatina pérdida de protagonismo explica
que en 1515, por medio de una bula otorgada por León X, sea incorporado
definitivamente, tras haber renunciado a su cargo de abad en 1499 Fray Jácome
de San Xiao, al cenobio compostelano de San Martín Pinario, permaneciendo desde
entonces y hasta la exclaustración de 1835 como priorato de él dependiente. Sus
estancias conocieron desde entonces usos muy diversos, no conservándose
actualmente en ellas, muy maltrechas, ningún resto de tiempos medievales.
Persiste, en cambio, en lo esencial en buenas condiciones, la antigua iglesia
monástica, clave hoy para el conocimiento de la arquitectura de su tiempo en
Galicia, como se dirá a continuación.
La iglesia monástica es el único vestigio
llegado hasta hoy, con reformas que no alteran la esencia de su imagen inicial,
del complejo monástico al que sirvió de referencia cultual. De dimensiones
modestas, consta de una sola nave y de un ábside, también único, rectangular,
un esquema, con destacada presencia en tiempos altomedievales, que conocerá una
gran difusión en Galicia (también en otros territorios) en época románica y en
etapas posteriores.
La nave, ampliada por el Oeste en 1872, se
cubre con techumbre de madera a dos aguas. Recibe luz por medio de varias
ventanas, una ubicada en el costado oeste, otra en el norte y tres en el sur.
La primera procede de la ampliación del siglo XIX; las otras, con acusado
derrame interno y arco de medio punto aristado y sin ornato, son de época.
Otras dos, idénticas a las últimas y hoy tapiadas por el interior, se disponen
en el frente este, sobre el arco triunfal de acceso al ábside.
Tres puertas comunican la nave con el exterior.
La occidental, adintelada, es producto de la
reforma del siglo XIX. Las otras dos, una en el lado norte (comunicaba con las
dependencias monásticas) y otra en el sur (se abría al exterior), se cierran
con arco semicircular volteado directamente sobre las jambas. El meridional
está oculto por las pinturas que cubren en buena medida todo el interior, una
decoración, en lo esencial del siglo xvi, de indudable calidad, en la que una
reciente campaña de restauración ha permitido recuperar significativos restos de
los años centrales del siglo XV, relacionables estilística e iconográficamente,
como ha sugerido X. M. Broz, con los conservados en la iglesia lucense de Vilar
de Donas.
El ábside, más estrecho que la nave, se cubre
con bóveda de cañón peraltada, montada sobre una imposta de nacela lisa.
Recibía iluminación en origen, pues el vano rectangular ubicado en el lado sur
es moderno, tan sólo por medio de una ventana con cierre semicircular y marcado
derrame ubicada en el lado este.
Se accede al ábside, desde la nave, por medio
de un arco triunfal semicircular, peraltado, cuya luz es considerablemente más
estrecha que la del espacio con el que comunica. Voltea sobre semicolumnas
adosadas, con basas extrañas, formadas, a partir de un plinto prismático, por
una superposición de molduras, tóricas todas y lisas, fustes monolíticos
adosados, así mismo lisos (el epígrafe que exhibe uno de ellos es de la Edad
Moderna, tal vez del siglo XVI), y extraños capiteles, entregos, de forma
troncopiramidal, sin astrágalo ni ábaco, decorados con motivos geométricos,
resultando particularmente vistosa la esvástica que muestra el lado mayor del
situado en el costado norte.
A la derecha del arco triunfal, ajustado a su
trasdós y en el frente del muro en el que se abre, se halla un relieve
compuesto por un cuadrúpedo con las fauces abiertas y una figura humana, en
apariencia golpeándolo con un arma (¿Maza?¿Lanza?). De escasa calidad formal,
están tallados uno y otra en reserva, con siluetas recortadas, muy precisas,
nítidamente destacadas sobre el fondo. En el lado opuesto, aquí a la altura del
capitel, no del arranque del arco, apareció recientemente, en el transcurso de
los citados trabajos de restauración, un nuevo sillar decorado, en este caso
con una tosca roseta.
El exterior es, sin duda, lo más destacado del
templo desde el punto de vista formal, tanto en lo estructural como en lo
decorativo. Sus paramentos están construidos con aparejo de cantería,
combinándose el granito y una piedra metamórfica local (“carroeira” es,
según X. M. Broz, su nombre autóctono, “pudinga”, en español, para P.
Carrillo), dispares en su coloración, empleándose piezas normalmente bien
talladas, aunque de tamaños y formas diferentes, alternando así mismo hiladas
gruesas y estrechas, sin guardar siempre uniformemente la horizontalidad. En algunos
puntos se disponen engatillados, utilizándose también mampostería, confiriendo
esta diversidad material, formal y cromática una fisonomía muy particular al
edificio.
El ábside, por su organización y decoración,
centra, al menos en la actualidad, la atención del templo. Sus muros norte y
sur ostentan como remate una singular y muy vis tosa ordenación y
ornamentación: una sucesión de arquitos de medio punto, prácticamente todos
compuestos por dovelas lisas, de sección prismática, apeados, sin salmer común,
en sencillos canecillos (geométricos, zoomórficos, antropomórficos), alguno muy
deteriorado. Sobre ellos, en el lado septentrional, se dispone un friso de
dientes de sierra, de ladrillo, encima del cual se sitúa una nueva faja
decorada con motivos vegetales, los más, y geométricos, todos tallados a bisel,
dispositivo y ornato que encontramos también en el lado meridional, resultando
evidente en ambos casos no sólo la discontinuidad de los motivos decorativos
sino también lo forzado del emplazamiento de algunas piezas, síntoma de un
reaprovechamiento de materiales.
El testero de la capilla, su costado este, está
nucleado por una ventana de doble derrame con arco de medio punto liso, a paño
con el muro, volteado directamente sobre las jambas, también en arista viva.
Perfilando el piñón que dibuja el muro que comentamos y en su remate, se repite
la misma composición ornamental que ofrecen sus costados septentrional y
meridional: arquitos semicirculares sobre canecillos, friso de esquinillas y
faja con decoración vegetal.
La nave destaca considerablemente sobre el
ábside. En su testero se disponen dos ventanas muy similares a la que se
practica en el de aquél. Ofrecen, no obstante, una significativa novedad: sus
arcos están trasdosados por una hilera de delgadas y estrechas dovelas que
componen lo que cabe definir en puridad como una dobladura, también lisa y sin
resaltar sobre el paramento. Encima de ellas, muy cerca del vértice del piñón,
se abre un minúsculo óculo.
En los muros laterales de la nave se sitúan
tres puertas y cuatro ventanas. De las primeras, una, ubicada al Norte, en alto
y hacia el Oeste, hoy tapiada, no corresponde al proyecto original. Servía para
comunicar las dependencias monásticas con el coro que se hallaba a los pies de
la nave. Las otras dos, una por lado, la septentrional también tapiada, se
sitúan en el cuerpo bajo. Exhiben rasgos muy similares: arco de medio punto
liso, de sección prismática, sin clave, volteado directamente sobre las jambas,
también sin resaltes ni molduración alguna. Un análisis detenido de su
composición permite detectar en los dos arcos, y muy especialmente en el
meridional, huellas de reformas, lo que ha llevado a pensar a algunos autores
que en un primer momento los arcos tendrían forma de herradura.
Por lo que respecta a las ventanas, tres, la
del Norte y las dos occidentales del Sur, son muy similares a las ubicadas en
el testero de la estancia. Como ellas, tienen doble derrame y exhiben cierre
semicircular, trasdosado y a paño con el muro, volteando sobre las jambas sin
solución de continuidad. El cuarto vano, el oriental del costado meridional,
ofrece un esquema diferente. Se presenta, por este lado, como una simple
saetera, rematada por un minúsculo arquito de medio punto tallado en un bloque
pétreo.
La cornisa actual de la nave (una simple losa
pétrea aristada) no es la inicial del edificio. Es producto de alguna
intervención del pasado siglo. Se apoya en canecillos, muy sencillos, de tipos
diversos (geométricos, zoomórficos, antropomórficos, etc.). Existen datos
suficientes, particularmente en el costado norte, para afirmar, no obstante,
que los muros poseyeron en otros tiempos un tipo de remate diferente. La
conservación en ese lado, en efecto, de varias piezas semicirculares lisas,
idénticas a las emplazadas en las metopas de las arcuaciones presentes en el
ábside, permite suponer que los muros laterales de la nave poseyeron también en
algún momento de su historia una organización idéntica, hecho lógico, por lo
demás, dadas las circunstancias tan especiales que concurren en el edificio.
Éste, según ya se señaló, fue ampliado en 1872, como atestigua un epígrafe, por
su lado occidental. El tipo de aparejo que exhibe esa zona, muy diferente del
que ofrece el resto de la nave, y la ausencia en ella de canecillos delimitan
con precisión el alcance de esa intervención, a la que pertenece también la
puerta adintelada por la que se accede al templo en la actualidad desde el
poniente.
La descripción precedentemente realizada de la
otrora iglesia monástica de Toques revela, vista no sólo la diversidad de sus
componentes, sino también y sobre todo la manera de ensamblarlos, que no es un
producto uniforme, fruto de un solo y único impulso constructivo.
Dejando a un lado intervenciones posteriores a
la Edad Media, dos momentos o etapas, estilística y cronológicamente
diferentes, se dan cita, se funden, inequívocamente, en su fábrica. Una, la más
antigua, es, sin discusión, de progenie prerrománica. A ella pertenecen
elementos o soluciones como la concepción interior del ábside, muy cerrado,
claramente separado de la nave; los capiteles que soportan el arco triunfal;
las piezas con decoración, vegetal en su mayoría, que exhiben por el exterior
los remates de los costados norte y sur del ábside; el uso de engatillados en
los muros; la composición de los arcos por los que se accede lateralmente a la
nave, etc., para los que se han señalado paralelos y/o precedentes en el arte
hispano-visigodo, en el asturiano o en el de la repoblación. El segundo
momento, el más reciente, el que aquí más directamente nos interesa, ha de ser
considerado ya como plenamente románico.
Corresponden a esta etapa, la que confiere al
edificio rasgos fundamentales de la imagen exterior que hoy nos ofrece,
soluciones como los arquitos semicirculares volteados sobre canecillos
presentes en el ábside y que verosímilmente se contempló también para los
remates de la nave, o las ventanas con doble derrame cerradas con arco de medio
punto trasdosado.
La filiación de las formulaciones constructivas
y decorativas empleadas en lo que, genéricamente y sin mayores precisiones, he
denominado época prerrománica, invita a pensar, dada su diversidad estilística
y, en consecuencia, la extensión del período al que cronológicamente pueden ser
adscritas (desde el siglo VI para las piezas decoradas con motivos vegetales y
geométricos presentes en los aleros norte y sur de la capilla, relacionadas en
alguna ocasión con las placas integrantes del cancel procedente de la iglesia
de Santiago de As Saamasas, en Lugo, repartidas hoy entre el edificio eclesial
y el Museo diocesano de esta misma ciudad, hasta el X-XI para el relieve
decorado con una escena de lucha entre un hombre armado y un cuadrúpedo,
emparentable con derivaciones del mundo asturiano), en un primer edificio,
tardío dentro del mundo prerrománico, en cuya construcción ya se emplearon
materiales diversos, fruto él mismo, tal vez, del reaprovechamiento de
ingredientes anteriores, no resultando relevante ahora si esos restos procedían
de otro edificio ubicado en el mismo lugar en el que todavía se hallan hoy o
si, en parte al menos, vienen de otro distinto (se ha defendido en alguna
ocasión –Yzquierdo y Carrillo, por ejemplo–, a partir de las referencias de Yepes
sobre el emplazamiento inicial del monasterio en lo alto del monte, que el
origen de algunos elementos podría hallarse allí).
Frente a la progenie de lo que precede, tan
dispar en lo formal y tan extensa en lo temporal, el origen de las
formulaciones estructurales y ornamentales presentes en la campaña valorable
como románica, en la que se incorpora un nuevo material constructivo, la citada
piedra metamórfica, es más preciso: se halla, en última instancia, en ambientes
relacionados con el románico lombardo catalano-aragonés. Desconocidas,
novedosas, rupturistas, en definitiva, con respecto a lo que en el entorno
gallego era de uso cotidiano, hay que considerarlas, a tenor de la datación que
a la campaña en que se insertan cabe adjudicarle (alrededor de 1067, año de la
citada donación del rey García I al abad Tanoi), como las primeras que, en
puridad, han de ser consideradas como románicas en el noroeste peninsular.
No es una casualidad esta prioridad formal
vistas las circunstancias que concurren en el monasterio al que el templo que
analizamos sirvió en torno al año 1067. Dos datos del documento por García I
entonces otorgado al monasterio, ambos ya comentados, deben ser traídos de
nuevo a colación a ese respecto: la mención, entre los apóstoles, santos y
mártires invocados, de san Antolín, y la indicación de que la comunidad vivía
conforme a las normas de la regla de san Benito.
La invocación de San Antolín, un santo
ultrapirenaico cuya devoción en las tierras centro-occidentales de la Península
promovieron e impulsaron el abuelo y el padre del monarca que concede el
documento, García I, hace explícito su culto, un hecho que, como demostraron
cumplidamente hace ya años los estudios de Ch. J. Bischko, se presenta como un
anticipo de la implantación en el mismo territorio del monasterio de Cluny,
cuya presencia, de la mano sobre todo de Alfonso VI, hermano de García, por
cierto, se hará efectiva a partir de la década siguiente, esto es, de los años
setenta de la centuria. La referencia a la observancia de la Regula Benedicti
por parte de la comunidad nos sitúa, al igual que la anterior, en el ámbito de
penetración de propuestas organizativas novedosas, en paralelo estricto con lo
que por las mismas fechas estaba sucediendo en todo el centro-oeste de la
Península, inmerso por entonces en un proceso de homologación litúrgico-cultual
y monástico, ya sin retroceso, con el resto del Occidente europeo.
La constatación en Toques del culto a san
Antolín, visto el territorio en que, por los años en que nos movemos, conoció
una mayor implantación, la Tierra de Campos, y las particularidades formales de
los elementos estilísticamente valorables como románicos presentes en su
fábrica, permite pensar, como intuyeron o señalaron otros autores (S. Moralejo,
J. M. Andrade, M. A. Castiñeiras o yo mismo), en esa comarca, fronteriza entre
los reinos de León y Castilla, clave en el proceso de renovación monástico-cultual
mencionado y en la que se documenta también en la segunda mitad del siglo XI la
presencia de soluciones constructivas y decorativas románico-lombardas de
inmediata filiación catalano-aragonesa, como el lugar de procedencia de las
soluciones que ofrece la iglesia de Santo Antoíño de Toques. Ésta, emplazada en
un lugar todavía hoy aislado y humilde en su apariencia formal, es, sin
embargo, uno de los monumentos fundamentales de Galicia, no sólo de su tiempo
sino también de todos los tiempos.
La iglesia de Toques, cuyos paramentos murales
interiores cubren pinturas de indudable interés, en lo esencial, como ya dije,
de los siglos XV-XVI, conserva también un Calvario románico de madera.
Emplazado hasta fechas recientes en el testero oriental de la nave, en el muro
que se halla sobre el arco de acceso al ábside, hoy, como consecuencia de la
intervención restauradora sobre las pinturas murales, puestas con ella en
valor, se encuentra adosado al muro norte de la nave. El conjunto, cuya
extraordinaria calidad se detecta de inmediato gracias a su reciente
restauración, está presidido por la figura de Cristo, ligeramente inclinado a
la derecha y con cuatro clavos. Sus brazos, elevados sobre la horizontal,
rematan en manos con los dedos extendidos. Las piernas y los pies, cada uno con
un clavo, se disponen paralelamente. El paño de pureza, el perizonium, sujeto
con un cinturón, cae, volteado ligeramente sobre las caderas con un plegado muy
cuidado que en el centro marca las ingles, hasta la rodilla derecha y por
debajo de la izquierda, evidenciándose en este caso con nitidez, bajo la tela,
transparentado, el muslo. En el torso, bien resuelto, cobran protagonismo tanto
los pectorales como las costillas. La cabeza, inclinada a la derecha, como ya
señalé, y con larga melena que cae sobre los hombros, se cubría hasta la
intervención citada con una corona de espinas que en nada la beneficiaba. En el
rostro, bien estructurado, destaca el tratamiento de la barba, distribuida en
mechones verticales, paralelos, con remates enroscados.
Las figuras de la Virgen y san Juan reciben un
tratamiento muy similar, organizándose su conformación a partir de pautas
regidas por la voluntad de simetría. La Virgen, a la derecha de Cristo, viste
túnica, que llega hasta los pies, y manto, éste algo más corto. Su cabeza,
cubierta por un largo velo, se inclina ligeramente a la izquierda, apoyando su
mejilla sobre la mano del mismo lado. El brazo derecho, por su parte, cruza el
pecho, destacando sobre la mano el codo del otro miembro.
La figura de san Juan, en la que resulta
particularmente evidente su sometimiento al bloque rectangular del que se parte
para su ejecución, viste también túnica, que le llega hasta los pies, y manto,
éste sujeto a la cintura por una tira de tela a modo de cinturón, en buena
medida oculta por la terminación del manto, organizado, volteado, de manera muy
similar a la parte central del paño de pureza de Cristo, coincidiendo también
las dos figuras en la minuciosidad, muy efectista, del tratamiento que reciben los
pliegues de las prendas que portan.
La cabeza de san Juan, ligeramente ladeada e
inclinada hacia delante, exhibe cabello de escaso relieve, distribuido en
mechones perpendiculares a la raya central de partición. Apoya su mejilla
derecha en la mano del mismo lado. Con la izquierdo, cruzada sobre el pecho,
sostiene un libro cerrado.
El Calvario de Toques, como ya se anticipó, es
una obra de gran calidad. Sus incuestionables valores formales, no siempre bien
apreciados en el pasado debido al deficiente estado en que se encontraban las
tres obras que lo componen, se hacen hoy especialmente evidentes merced
justamente a la cuidada restauración de que fueron objeto en el año 2012. En
alguna ocasión ha sido datado en el siglo XIII. Sus particularidades
estilísticas y singularmente el tratamiento de las telas y los plegados, con
referentes muy claros en la escultura monumental, francesa sobre todo, del
tercer cuarto del siglo xii, invitan a fijar su realización hacia 1170-1180,
habiendo sido considerado en su día por Serafín Moralejo como “de muy
probable factura o filiación inglesa”. Los paralelos que, para soluciones
como la disposición que presenta la terminación del manto sobre el cinturón en
san Juan, idéntica a la que exhibe en la misma zona el paño de pureza de
Cristo, encontramos en ese ámbito artístico (compárese, por ejemplo, con piezas
como el Crucifijo metálico de Monmouth, datado ca. 1170-1180), avalan
inequívocamente esa propuesta.
Nada persiste hoy, a simple vista, de
estructuras o vestigios materiales de época románica en el área en otro tiempo
ocupada por las dependencias monásticas. La limpieza de la zona y una
intervención arqueológica en ella tal vez permitan exhumar restos de esos
tiempos, unos vestigios que, por lo que se desprende del templo llegado hasta
la actualidad, serían de gran interés.
Monte
Santa Eufemia do Monte es una feligresía del
municipio de Toques que eclesiásticamente pertenece al arciprestazgo de
Abeancos de la diócesis de Lugo. Dista 1,5 km de la capital municipal, ubicada
en Souto. Desde ésta se llega dirigiéndose hacia Melide y desviándose hacia
Toques por la DP-8002. La iglesia de Santa Eufemia se encuentra al pie de esta
vía.
Iglesia de Santa Eufemia
Como suele suceder en muchas iglesias románicas
rurales, no aparece mencionada en documentos medievales, aunque sí se nombra en
los Índices y en el Libro de Consejo de monjes del monasterio de San Martiño
Pinario (Santiago de Compostela). Broz recogió la tradición oral de que esta
iglesia pertenecía a un antiguo convento de monjas colocado en las proximidades
de la cabecera, sin embargo la documentación no lo confirma.
La iglesia de Santa Eufemia presenta en la
actualidad una nave y un ábside rectangular; aunque la simplicidad de la planta
podría confundirse con una fábrica románica, está muy modificada. Prácticamente
todos los elementos decorativos del exterior se corresponden con reformas
realizadas en la década de los noventa del siglo XX, en estilo neorrománico.
Son fruto de estas modificaciones recientes los canecillos, una ventana con
desarrollo completo en el muro norte y la portada columnada adosada a la
fachada occidental, aunque en ésta se colocaron cinco dovelas que habían estado
embutidas en un muro. Estas dovelas tienen la arista abocelada y sendas medias
cañas en la rosca y el intradós.
El edificio se adapta al terreno con pendiente
hacia el Sur y el Este. Hacia el mediodía se construyó un muro de contención
que permite que esta fachada de la nave se edificase a nivel. Sin embargo, el
costado opuesto y el ábside están nivelados con un alto zócalo, donde se mezcla
la mampostería con sillares, mediante el que se salva la fuerte pendiente.
Los muros del templo están realizados con
mampostería muy tosca, reservándose la sillería para las esquinas y los vanos.
Durante la modificación de la nave –en la que no hay rastro ni de las
tradicionales saeteras ni de las portadas en arco de medio punto– se
reutilizaron piezas románicas como material constructivo. Algunas han sido
extraídas de los muros y una pequeña parte han sido reubicadas, como el cierre
interior de la saetera o cinco dovelas en la portada, pero otras permanecen
encastradas. En la esquina sur del ábside hay un sillar de cierre de una
saetera rematada en arco de medio punto; aunque la pieza está muy erosionada,
todavía se aprecia que el arco está bordeado por una soga. En la parte superior
aparecen dos círculos marcados con un bocel liso y rodeados por sendas parejas
de círculos incisos.
En el piñón del testero hay una ménsula
decorada con la cabeza de un bóvido con una potente cornamenta. Su ubicación
atípica –unido a la talla de la parte superior recta que la aleja de la
tipología de soporte de cruz de antefija de bulto redondo– la acerca más a la
de mochetas o canecillos y hace pensar en una reubicación tras una reforma; sin
embargo se conserva una antefija similar en San Pedro de Porzomillos (Oza dos
Ríos).
La nave y el ábside están cubiertos con sendas
cubiertas a dos aguas, y el suelo está enlosado, contando con un escalón en el
presbiterio. Los muros interiores están encalados, a excepción del testero de
la nave.
El tránsito a la capilla se produce a través de
un arco de medio punto, doblado y ligeramente peraltado, con dovelas en arista.
La arquivolta interna descansa sobre los muros con unas molduras en nacela,
resultantes de la prolongación de los cimacios de las columnas en las que se
apoya el arco exterior. Estas columnas son acodilladas y de canon corto, se
alzan sobre altos plintos con las aristas superiores marcadas con líneas
incisas y, en el Sur, la esquina es achaflanada. Las basas son áticas, con un gran
desarrollo de la escocia y un diámetro considerablemente mayor del toro
superior con respecto al fuste. Ambas tienen una poma a modo de garra en la
esquina; la meridional es más alargada y tiene una cabeza humana en la que se
aprecian los bultos correspondientes a nariz y orejas, mientras que los ojos y
la boca sonriente están incisos. Los fustes son lisos y esbeltos; el meridional
es monolítico, mientras que el opuesto se compone de dos piezas de formato
desigual, siendo la superior muy corta.
Los capiteles acodillados presentan diferente
decoración. El del lado de la epístola exhibe dos cuadrúpedos que comparten la
cabeza, colocada ésta en la cúspide de la arista. Este modo de representación
en espejo es habitual en figuras de animales en el románico, aunque, en este
caso, la disposición de los cuerpos es un tanto anómala pues, en lugar de
acomodarse los cuerpos de pie, se ponen en vertical, por lo que la cabeza
adopta una posición muy forzada porque se coloca vuelta sobre la espalda. La
distribución se aproxima a la de algunos canecillos en los que los cuadrúpedos
tienen las patas apoyadas en la nacela y la cabeza se dispone girada para poder
mirar al espectador.
Se ha interpretado como la representación de
dragones alados con cabezas de serpiente y como monos pero, tal vez, la lectura
más acertada sea la de Carrillo Lista, que ha reconocido en ellos a leones. La
mala calidad de la talla y el grano grueso del granito no permiten ver muchos
detalles, pero se percibe que la cola se enrosca alrededor del torso, tal y
como aparece en las representaciones de estos felinos en el románico, pues las
descripciones que de este animal se hacen en los bestiarios destacan su cola en
constante movimiento, incluso cuando lo rodea. Carrillo ha interpretado que la
postura en vertical de los leones se debe a que se representan rampantes para
remarcar su carácter apotropaico, aunque bien puede tratarse de una adaptación
al marco que las acoge, más alto que ancho, lo que haría complicada otra
distribución.
El capitel del evangelio exhibe decoración
vegetal, organizado en un único orden hojas muy estilizadas, apuntadas, con el
nervio central resaltado y voluminosas pomas en los vértices.
Los cimacios en nacela se impostan unas decenas
de centímetros por el muro exterior del testero, recibiendo decoración
únicamente el meridional, con tres bolas en el frente que mira a la nave.
El testero de la nave es el único muro interior
que está sin encalar, por lo que de él sólo se puede describir el tipo de
aparejo; se emplearon sillares en las jambas mientras el resto se edificó con
mampostería. En la parte superior del arco no se aprecia la existencia de la
tradicional saetera, pero podría deberse a un cegado tras aumentar la altura
del presbiterio, que en la actualidad tiene casi la misma que la nave.
El ábside está enlucido y tiene un retablo
adosado al muro de naciente, por lo que no se puede precisar más. En el lado
sur del ábside se abre una ventana moderna con forma de cruz. La pieza más
significativa es el altar, que tiene el frente decorado por pinturas. El cuerpo
es macizo, compuesto por sillares, y en la parte central destaca un hueco
destinado a cobijar la caja de las reliquias. En la parte superior tiene una
moldura en nacela. Tanto la base como la moldura están pintadas; la primera
muestra un tono marrón con roleos amarillos y la segunda un fondo claro con una
red romboidal ocre. La datación de las pinturas se corresponde con los años
centrales del siglo XVI.
La nave también está encalada, pero en la pared
septentrional permanecen a la vista los sillares que configuran la saetera, con
abocinamiento interno aunque no demasiado pronunciado. Para la construcción de
esta ventana, abierta en la última década del siglo pasado, se reutilizó el
sillar superior, que había estado encastrado en la parte inferior del testero
del ábside. Este cierre superior en arco de medio punto tiene incisas cuatro
líneas radiales en la rosca. Estas marcas suelen emular el dovelaje del arco,
pero en Santa Eufemia los trazos adoptan una colocación un poco caótica que no
se adapta correctamente a la disposición en abanico.
Durante la colocación de la ventana
septentrional se encontraron en el muro varias piezas románicas de interés. Hay
una basa acodillada de tipo ático con el plinto integrado en la misma pieza, un
tambor liso y un capitel, también acodillado, con decoración vegetal. Éste
cuenta con un único orden de hojas, dispuestas una en la arista y dos en los
laterales; todas son apuntadas y con un rebaje en la parte central, donde se
sitúa una hoja festoneada. Además de este capitel se conserva otro que es
peculiar por tener las cuatro caras talladas y la parte superior horadada, por
lo que pudo haber sido empleado como pila de agua bendita. Esta pieza está muy
desgastada, tiene la parte central de todas las caras lisa, mientras que en las
esquinas se ubican hojas terminadas en punta con pomas, elemento que también
aparece en la parte inferior.
La última de las piezas encontradas es de
pequeño tamaño y está demasiado mutilada como para poder determinar tanto la
decoración como su función. Dado que el arco triunfal conserva las columnas y
no admite un segundo juego, las piezas conservadas debían de formar parte de
una de las puertas de acceso a la nave.
En el atrio de la iglesia se conserva un
sepulcro de piedra, la cronología del mismo es imprecisa por la falta de
decoración y de registro arqueológico.
Entrando en cuestiones de estilo con el fin de
determinar una cronología, la forma de organizar el arco triunfal se
corresponde con una tipología empleada en iglesias cercanas como Santa María de
Ordes (Toques) o San Xoán de Golán (Melide) y que se desarrollada en templos
lucenses de los municipios de Monterroso, Palas de Rei y Chantada, o
pontevedreses como San Martiño de Ramil (Agolada) y San Pedro de Alperiz
(Lalín), todos ellos próximos geográficamente y pertenecientes a la diócesis de
Lugo. El origen de este modelo se encuentra en la iglesia de San Salvador de
Balboa (Monterroso) que, aunque fechada por un epígrafe en 1147, ejerce una
fuerte influencia en obras bastante posteriores, de las décadas finales del
siglo XII e incluso de inicios de la siguiente centuria. Con la iglesia de
Alperiz, además del modo de organización del arco triunfal, comparte el tipo y
tratamiento del capitel septentrional y la decoración con bolas del cimacio sur
del testero. Este motivo decorativo es frecuente desde finales del siglo XII.
El esquema del capitel de leones afrontados que comparten cabeza aparece en la
catedral compostelana y gozó de bastante difusión en los templos rurales, por
ejemplo en San Salvador de Asma (Chantada, Lugo).
Broz apunta que la disposición atípica del
bóvido integrado en el piñón del testero del ábside es similar a la de San
Pedro de Porzomillos (Oza dos Ríos), donde tampoco en la parte superior del
animal se talla el lomo, sino que es recta, como si fuese una ménsula. En la
iglesia de Porzomillos el animal porta sobre su lomo la cruz antefija, por lo
que posiblemente en Santa Eufemia tuviese idéntica finalidad.
El cierre de saetera encastrado en la esquina
suroriental del ábside ha sido relacionado por Broz con el arte asturiano; este
autor también ha planteado que la pieza está mutilada en la base y que el
perfil pudo ser más cerrado. La decoración festoneada formando lazos y el borde
sogueado deriva de modelos astures, y el segundo motivo cuenta con paralelos en
San Xés de Francelos (Ribadavia, Ourense). La presencia de un elemento
prerrománico sería la evidencia de la existencia de un templo altomedieval; aunque
no hay noticias tan tempranas de Santa Eufemia, el antiguo monasterio de San
Antolín de Toques, que se encuentra muy próximo, pudo haber actuado como
estímulo para un desarrollo artístico temprano. No obstante podría tratarse del
cierre de una ventana románica, puesto que no es infrecuente la presencia de
decoración en este tipo de piezas, como en el caso de Santa María de Novela o
San Martiño de Arcediago (Santiso) o Santa María de Dexo (Oleiros).
En cuanto al altar, son pocos los ejemplares
románicos conservados, pero responde a una tipología de mesa de estructura
maciza con la tabla ligeramente sobresaliente y moldurada. Responden al mismo
modelo Santa María de Melide y Santa María de Ferreira de Pallares (Guntín,
Lugo), aunque ambos modelos tienen la moldura decorada con motivos
escultóricos.
El templo de Santa Eufemia de Monte se vio
afectado por múltiples reformas que alteraron el aspecto original del conjunto
debido, principalmente, a la eliminación de piezas escultóricas, de las cuales
se recuperó un buen número tras extraerlas de los muros. La ornamentación de
las piezas escultóricas es tosca y torpe en algunas, como queda de manifiesto
en el capitel de los leones; no obstante, a pesar de la escasa calidad, hay
elementos de gran interés por su rareza, como el bóvido que corona el ábside o
el remate de saetera decorado con sogas y círculos. La cronología del templo, a
raíz de las características de las piezas escultóricas, la organización del
arco triunfal con el esquema difundido desde San Salvador de Balboa y,
principalmente, la similitud con San Pedro de Alperiz y San Pedro de
Porzomillos, ha de situarse en torno al año 1225.
Bibliografía
Alcántara, Francisco José, Sobrado de los
Monjes (Guía de urgencia para el visitante), A Coruña, 1965.
Álvarez Carballido, Eduardo, “Memorándum
histórico. La villa de Mellid y su comarca”, Galicia Diplomática, 16 (1888),
pp. 122-124.
Álvarez Carballido, Eduardo, “Pinturas murales
halladas en Santa María de Mellid”, Galicia Histórica, 12 (1903), pp.
800-804.
Álvarez Carballido, Eduardo, “Monasterios
olvidados. A Capela”, Boletín de la Real Academia Gallega, II (1907-1908), pp.
40-44 y 68-71.
Álvarez García, Xulio, “Melide: a formación
urbana en cinco imaxes”, Boletín do Centro de Estudios Melidenses-Museo da
Terra de Melide, 5 (1990), pp. 22-32.
Amenós, Lluïsa, “La reixeria romànica
catalana”, Quaderns del Museu Episcopal de Vic, 4 (2010), pp. 31-48.
Andrade Cernadas, José Manuel, “Fuentes
documentales para el estudio del Rey García de Galicia”, Minius, VI (1997), pp.
41-49.
Andrade Cernadas, José Manuel, “En torno a la
benedictinización del Monacato gallego”, Compostellanum, XLV (2000), pp.
649-656.
Argáiz, Gregorio de, La Soledad Laureada por
San Benito y sus hijos en las Iglesias de España, Madrid y Alcalá, 1675, 7
vols.
Azcárate Ristori, José María de, Monumentos
españoles. Catálogo de los declarados histórico-artísticos, Madrid, 1953, 3
vol.
Balsa de la Vega, Rafael, Catálogo-inventario
monumental de la provincia de la Coruña [Manuscrito], [1908-1912], 4 vols.
Balsa de la Vega, Rafael, “A’Capela.
Ex-monasterio de San Antolín de Toques”, Boletín de la Sociedad Española de
Excursiones, XVIII (1910), pp. 109-112.
Bango Torviso, Isidro Gonzalo, Arquitectura
románica en Pontevedra, A Coruña, 1979.
Bango Torviso, Isidro Gonzalo, “Arquitectura
románica en Galicia. Desde los orígenes hasta 1168”, en Valle Pérez, José
Carlos y Rodrigues, Jorge, (coords.), El Arte Románico en Galicia y Portugal,
Fundación Pedro Barrié de la Maza, 2001, pp. 12-29.
Besteiro, Blanca, Igrexa de Santa María de
Melide, Melide, A Coruña. Proposta de restauración das pinturas murais, EXP.
1998/135, Arquivo da Subdirección Xeral de Conservación e Restauración de Bens
Culturais-Xunta de Galicia.
Bonet Correa, Antonio, La arquitectura en
Galicia durante el siglo xvii, Madrid, 1966.
Broz Rei, Xosé Manuel, “Novas aportacións ó
Románico da Terra de Melide”, Boletín do Centro de Estudios Melidense-Museo da
Terra de Melide, 1 (1982), s.p.
Broz Rei, Xosé Manuel, “A nobreza na Terra de
Melide”, Boletín do Centro de Estudios Melidenses-Museo da Terra de Melide, 5
(1990), pp. 33-126.
Broz Rei, Xosé Manuel, “O Románico da Terra de
Melide no Camiño de Santiago”, Boletín do Centro de Estudios Melidenses-Museo
da Terra de Melide, 7 (1992), pp. 27-133.
Broz Rei, Xosé Manuel, “As igrexas de Melide”,
Boletín do Centro de Estudios Melidenses-Museo da Terra de Melide, 8 (1993),
pp. 81-357.
Broz Rei, Xosé Manuel, “Novos sartegos nas
igrexas de Santa María de Melide e Santa María da Capela”, Boletín do Centro de
Estudios Melidenses-Museo da Terra de Melide, 12 (1999), pp. 91-94.
Broz Rei, Xosé Manuel, A Terra de Melide,
Melide, 2001.
Broz Rei, Xosé Manuel, “Novas aportacións ó
patrimonio da Terra de Melide”, Boletín do Centro de Estudios MelidensesMuseo
da Terra de Melide, 24 (2011), pp. 39-170.
Carré Aldao, Eugenio, “Provincia de La Coruña”,
en Carreras Candi, Francisco (dir.), Geografía General del Reino de Galicia,
II, Barcelona, s. a. (reedición, A Coruña, 1980, vol. V).
Carrillo Lista, María del Pilar, El Arte
románico en Terra de Melide, A Coruña, 1997.
Carrillo Lista, María del Pilar, Arte románico
en el Golfo Ártabro y el oriente coruñés, Tesis Doctoral, inédita, Santiago de
Compostela, 2005.
Carrillo Lista, María del Pilar, “Santa María
de Melide”, XXVI Ruta Cicloturística del Románico Internacional, Pontevedra,
2008, pp. 267-278.
Carro, Xesús, Camps, Emilio y Ramón
Fernández-Oxea, José, “Arqueoloxía relixiosa de Melide”, en Terra de Melide,
Santiago de Compostela, 1933, pp. 253-322.
Carro García, Jesús, Monasterios del Císter en
Galicia, Santiago de Compostela, 1953.
Castillo López, Ángel del, “Iglesia de Santa
María de Mellid”, El Pueblo Gallego, 25/IV/1926, p. 16.
Castillo López, Ángel del, “La arquitectura en
Galicia”, en Carreras Candi, Francisco (dir.), Geografía General del Reino de
Galicia, I, Barcelona, s. a. (reedición, A Coruña, 1980, vol. 5), pp. 831-1093.
Castillo López, Ángel del, Inventario de la
riqueza monumental y artística de Galicia, Santiago de Compostela, 1972 (A
Coruña, 1987).
Chamoso Lamas, Manuel, González, Victoriano y
Regal, Bernardo, Galice romane, La Pierre-qui-Vire, 1973 (ed. española, Madrid,
1979).
Chao Castro, David, “La desaparecida Iglesia
parroquial de San Pedro de Melide: aproximación histórico-artística”, XXVI Ruta
Cicloturística del Románico Internacional, Pontevedra, 2008, pp. 267-278.
Domingo Pérez-Ugena, María José, Bestiario en
la escultura de las iglesias románicas de la provincia de A Coruña. Simbología,
A Coruña, 1998.
Esser, Karl Heinz, “Über den Kirchenbau des Hl.
Bernard von Clairvaux. Eine Kunstwissenschaftliche Untersuchung aufgrund der
Ausgrabung der romanische Abteikirche Himmerod”, Archiv für Mittelrheinische
Kirchengeschichte, V (1953), pp. 159-202.
Esteban Chapapría, Julián y García Cuetos,
María Pilar, Alejandro Ferrant y la conservación monumental en España (1929-
1939): Castilla y León y la primera zona monumental, Valladolid, 2007.
Fernandes, Paulo Almeida, “A grade medieval da
Sé de Lisboa”, Olisipo: Boletim do Grupo ‘Amigos de Lisboa’, II Série, nº 17,
Julho/Dezembro 2002, pp. 23-34.
Ferreira Priegue, Elisa, Los caminos medievales
en Galicia, Ourense, 1988.
Fontoira Surís, Rafael, Inventario de la
riqueza monumental de la provincia de Pontevedra y el Camino de Santiago,
Pontevedra, 2001.
Fornos, Carlos, Apuntes de arquitectura
medieval, A Coruña, 1994.
Franco Taboada, José Antonio y Tarrío
Carrodeguas, Santiago B., Mosteiros e Conventos de Galicia. Descrición gráfica
dos declarados Monumento, A Coruña, 2002.
Gallego de Miguel, Amelia, El Arte del hierro
en Galicia, Madrid, 1963.
Gallego de Miguel, Amelia, Rejería castellana.
Valladolid, Valladolid, 1982.
Gallego de Miguel, Amelia, Rejería castellana.
Palencia, Palencia, 1988.
García Iglesias, José Manuel, Pinturas murais
en Galicia, Santiago de Compostela, 1989.
García Iglesias, José Manuel, “Los Monteagudo
en el inicio de las obras barrocas del monasterio de Sobrado dos Monxes (A
Coruña)”, Anales de Historia del Arte, 4 (1993-1994), pp. 135-139.
García Lamas, Manuel Antonio, “Capiteles de
filiación cisterciense en iglesias de la comarca betanceira”, Abrente. Boletín
de la Real Academia Gallega de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario,
38-39 (2006-2007), pp. 51-72.
Goicoechea Arrondo, Eusebio, Rutas jacobeas:
Historia de la peregrinación, arte en la peregrinación, caminos para la
peregrinación, Estella, 1971.
González López, Pablo, “La actividad artística
de los monasterios cistercienses gallegos entre 1498 y 1836”, Cuadernos de
Estudios Gallegos, XXXVIII (1989), pp. 213-233.
Gudiol Ricart, José y Gaya Nuño, Juan Antonio,
Arquitectura y escultura románicas, col. “Ars Hispaniae”, tomo V, Madrid, 1948.
Huidobro y Serna, Luciano, Las peregrinaciones
Jacobeas, Madrid, 1951 (edición facsímil, Burgos, 1999), 3 tomos.
Iglesia González, Antonio de la, “El Monasterio
de Sobrado”, Galicia: revista universal de este Reino, I (1860-1861), pp. 49-52
y 65-67.
López Ferreiro, Antonio, Lecciones de
Arqueología Sagrada, Santiago de Compostela, 1889 (A Coruña, 1994).
López Ferreiro, Antonio, Historia de Santa A.M.
Iglesia de Santiago, 1898-1911 (ed. facsímil, Santiago de Compostela, 2004), 11
vols.
López Ferreiro, Antonio, O Castelo de Pambre,
Sada, 1981.
López Ferreiro, Antonio, “El castillo de Cira”,
Compostellanum, V (1960), pp. 187-191.
Lucas Álvarez, Manuel, “Catálogo de los
documentos en pergamino existentes en el Archivo de la Universidad de Santiago
de Compostela, sección 2ª, fondo del antiguo monasterio de San Martín Pinario”,
Boletín de la Universidad de Santiago de Compostela, 51- 52 (1948), pp. 97-131.
Madoz, Pascual, Diccionario
Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar,
Madrid, 1845-1850 (Edición facsímil, Valladolid, 1984).
Martínez Barbeito, Carlos, Galicia, Barcelona,
1957.
Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando de, “La reja
arquitectónica medieval en España. Su implantación, desarrollo, simbolismos y
tipologías”, Anales de Historia del Arte, 7 (1997), pp. 87-98.
Pallares Méndez, María del Carmen, El
Monasterio de Sobrado: un ejemplo del protagonismo monástico en la Galicia
Medieval, A Coruña, 1979.
Pallares Méndez, María del Carmen y Portela
Silva, Ermelindo, “Santa María de Sobrado. Tiempos y espacio en un monasterio
cisterciense.1142-1150”, en Actas. Congreso Internacional sobre San Bernardo e
o Císter en Galicia e Portugal, 17-20 outubro 1991, volumen I, Ourense, 1992,
pp. 55-77.
Pita Andrade, José Manuel, “Observaciones sobre
la decoración geométrica en el Románico de Galicia”, Cuadernos de Estudios
Gallegos, XVIII (1963), pp. 35-56.
Pita Andrade, José Manuel, “Notas sobre el
Románico popular de Galicia”, Cuadernos de Estudios Gallegos, XXIV (1969), pp.
56-83.
Pita Andrade, José Manuel, “Observaciones sobre
la decoración vegetal en el Románico”, Abrente. Boletín de la Real Academia
Gallega de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario, 1 (1969), pp. 85-108.
Platero Fernández, Carlos, “Arte Románico
Galego. San Antolín de Toques”, Boletín do Centro de Estudios Melidenses-Museo
da Terra de Melide, 2 (1983), s. p.
Sá Bravo, Hipólito de, Monasterios. II. La
Coruña, Vigo, 1965, Col. Cuadernos de Arte Gallego, 41.
Sá Bravo, Hipólito de, El monacato en Galicia,
A Coruña, 1972, 2 vols.
Sánchez Ameijeiras, Rocío, “Algunos aspectos de
la cultura visual en la Galicia de Fernando II y Alfonso IX”, en Valle Pérez,
José Carlos y Rodrigues, Jorge, (coords.), El Arte Románico en Galicia y
Portugal / A arte românica em Portugal e Galiza, A Coruña, 2001, pp. 156-183.
Sastre Vázquez, Carlos, “Os sete tímpanos
galegos coa loita de Sansón e o león: a propósito da posible recuperación dunha
peza do noso patrimonio”, Anuario Brigantino, 26, (2003), pp. 321-338.
Serrano García, Luisa, Proyecto de Restauración
de la iglesia de Santa María de Melide. Melide, Lugo. EXP. 1998/135, Arquivo da
Subdirección Xeral de Conservación e Restauración de Bens Culturais-Xunta de
Galicia.
Torres Balbás, Leopoldo, “Rincones inéditos de
antigua arquitectura española: la cocina del Monasterio de Sobrado (Coruña)”,
Arquitectura, III (1920), pp. 10-11.
Torres Balbás, Leopoldo, Monasterios
cistercienses de Galicia, Santiago, 1954.
Valle Pérez, José Carlos, La arquitectura
cisterciense en Galicia, A Coruña, 1982, 2 tomos.
Valle Pérez, José Carlos, “La capilla de San
Andrés, en el monasterio de Oseira, y las capillas funerarias en la
arquitectura cisterciense de Galicia”, en Monacato Galego. Sesquimilenario de
San Bieito. Actas do Primeiro Coloquio, Ourense, 1981, Boletín Auriense, Anexo
6, Ourense, 1986, pp. 83-119.
Valle Pérez, José Carlos, “Las construcciones
de la Orden del Císter en los reinos de Castilla y León: notas para una
aproximación a la evolución de sus premisas”, Cistercium, XLIII (1991), pp.
767-786.
Valle Pérez, José Carlos, “La arquitectura en
el Reino de León en tiempos de Fernando II y Alfonso IX: las construcciones de
la Orden del Císter”, en Actas Simposio Internacional sobre “O Pórtico da
Gloria e a Arte do seu Tempo”. Santiago de Compostela, 3-8 de Outubro de 1988,
A Coruña, 1991, pp. 149-179.
Valle Pérez, José Carlos, “La introducción de
la Orden del Císter en los reinos de Castilla y León”, en La introducción del
Císter en España y Portugal, Burgos, 1991, pp. 133-161.
Valle Pérez, J osé Carlos, “La implantanción
cisterciense en los reinos de Castilla y León y su reflejo monumental durante
la Edad Media (siglos xii y xiii)”, en Bango Torviso, Isidro G. (dir.
científica), Monjes y monasterios. El Císter en el medievo de Castilla y León,
Madrid, 1998, pp. 35-41.
Vázquez de Parga, Luis, Lacarra, José María y
Uría Ríu, Juan, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Madrid, 1948
(edición facsímil, Pamplona, 1992), 3 volúmenes.
Vázquez Rodríguez, Joaquín, Toponimia do
concello de Melide, Melide, 2000.
Yzquierdo Perrín Ramón, “Arcos lobulados en el
románico de Galicia”, El Museo de Pontevedra, XXXVII (1983), pp. 215-234.
Yzquierdo Perrín, Ramón, La arquitectura
románica en Lugo. I. Parroquias al oeste del Miño, A Coruña, 1983.
Yzquierdo Perrín, Ramón, “Coro pétreo de la
Catedral de Santiago”, en Galicia no tempo. Catálogo de la exposición, Santiago
de Compostela, 1990, pp. 194-196.
Yzquierdo Perrín, Ramón, “El Protogótico”, en
García Iglesias, José Manuel (dir.), La Catedral de Santiago de Compostela,
Laracha, 1993, pp. 202-240.
Yzquierdo Perrín, Ramón, “El Maestro Mateo y la
terminación de la Catedral románica de Santiago”, en Lacarra Ducay, María del
Carmen (coord.), Los Caminos de Santiago. Arte, historia y literatura,
Zaragoza, 2005, pp. 253-284.
Yzquierdo Perrín, Ramón, “Arte prerrománico na
diocese de Mondoñedo”, en Rudesindus. A terra e o templo, A Coruña, 2007, pp.
100-117.
Zarnecki, Georges, English Romanesque Art
1066-1200, London, 1984.
No hay comentarios:
Publicar un comentario