domingo, 4 de enero de 2026

Capítulo 145, Catedral de Santiago (continuación)

 

Catedral de Santiago (continuación)
Las grandes puertas
El proyecto del templo jacobeo preveía una monumental comunicación con el exterior en cada uno de los tres grandes brazos de la cruz formada por las naves. Cuando se escribe el Calixtino sólo se habían edificado las dos grandes portadas del crucero, pero el autor, que conoce el proyecto original por la maqueta, señala las tres: “esta iglesia tiene tres pórticos (portales) principales: uno que mira al Poniente, es decir el principal; otro al Mediodía, y otro, en cambio, al Norte”. El occidental no estaba hecho y no se terminaría como indicaba el proyecto. Aunque esta organización de tres portadas de similares características monumentales se convertirá en una solución canónica de muchos de los grandes templos de la arquitectura gótica, en el siglo XI no sólo no se adopta en los templos del grupo compostelano ni siquiera en otros. Una vez más Santiago marca diferencias sustanciales con la arquitectura de su época. Su existencia es la sabia respuesta del arquitecto a las necesidades rituales y sociales del templo. como veremos a continuación, el atrio ante la fachada norte se organiza para recibir a los peregrinos y atenderles en todas sus necesidades. La edificación del palacio de Gelmírez en esta parte modificará ligeramente la funcionalidad del mismo. La fachada meridional, aunque estructuralmente es idéntica a la anterior, ha sido cuidada especialmente en lo ornamental. Al no estar concluida la parte occidental del templo, será esta portada la que sirva de marco escenográfico a todo el ceremonial litúrgico propio de una catedral.

La portada septentrional, conocida como Francesa, era por donde los peregrinos, en su mayor parte franceses, accedían al templo. Ante la fachada se extendía el atrio, centrado por una fuente monumental sufragada por Bernardo, tesorero de la catedral. De la importancia que esta fuente tenía en el contexto del entorno urbano de la catedral es un testimonio evidente la cuidada descripción que nos suministra el Calixtino: “una hermosísima taza de piedra, redonda y cóncava, a manera de cubeta o cuenco, y que es tan grande que en ella me parece que pueden cómodamente bañarse quince hombres. en su centro se eleva una columna de bronce gruesa por abajo, de siete caras cuadradas y altura proporcionada, de cuyo remate surgen cuatro leones por cuyas bocas salen cuatro chorros de agua… Y estos cuatro chorros, después que salen de la boca de los leones, caen en seguida en la misma taza de abajo y saliendo de allí por un agujero de la misma taza escapan por debajo de la tierra”.
Los peregrinos satisfacían su sed con aquella agua de la fuente, que era “dulce, nutritiva, sana, clara, muy buena, caliente en invierno y fresca en verano”. A continuación se nos ofrece una visión muy viva de este atrio del templo, donde los peregrinos podían abastecerse de todo lo necesario: “entre los emblemas de Santiago se venden a los peregrinos las típicas conchas, y hay allí para vender botas de vino, zapatos, morrales de piel de ciervo, bolsas, correas, cinturones y toda suerte de hierbas medicinales y además drogas, y otras muchas cosas. Los cambiadores, los hospederos y otros mercaderes están en el camino francés. este paraíso o atrio tiene las dimensiones, en ambos sentidos, un tiro de piedra”.
Esta puerta septentrional fue sustituida por una fachada barroca en el siglo XVIII. gracias a un dibujo del año 1739, sabemos que su composición era muy similar a la meridional. La descripción del Calixtino a este respecto nos confirma, una vez más, que se sirvió de una maqueta o un plano para las descripciones de las principales líneas arquitectónicas. Sobre las columnas que enmarcan la puerta se expresa en los siguientes términos: “en cada entrada se encuentran por el exterior seis columnas, unas de mármol y otras de piedra, tres a la derecha y tres a la izquierda, es decir, seis en una entrada y seis en la otra, de forma que hay doce columnas”. No son doce columnas, sino once, pues la del centro es común para las dos puertas. Había otra diferencia importante entre la fachada septentrional y la meridional, según podemos comprobar en el dibujo: mientras que, en la primera, la columna central es simplemente una pilastra según la fórmula que se utiliza en toulouse, en la segunda es una bellísima columna marmórea.

Detalles de una planta de la Catedral en 1739. Puerta septentrional y puerta meridional
 

El mismo dibujo nos muestra una interesantísima sección del crucero septentrional. Por ella, percibimos con claridad el “aterrazamiento” que se ha tenido que realizar para ubicar en un mismo plano el suelo del crucero. Tras cruzar la puerta, los peregrinos descendían mediante una escalinata al nivel del suelo de la nave central; curiosamente las naves colaterales carecían de la escalinata. Pero no sólo el desnivel del terreno seguía la dirección norte/sur, sino que hacia el oriente, la ubicación del templo de la Corticela (de rojo en el dibujo) estaba acusadamente más alta que el suelo de la catedral románica.
Sección del brazo septentrional del crucero según un dibujo de 1739. En rojo sección longitudinal de la Corticela.
 

La otra puerta del crucero, la meridional, servía de acceso a la mayor parte de los ciudadanos de Santiago. Por esta razón su decoración monumental está programada en función de la actividad pastoral que un obispo debe protagonizar en su catedral en relación con los fieles. En este sentido es natural que se haga referencia a la penitencia pública que corresponde administrar al obispo de manera solemne el Jueves Santo. La acción sacramental era evocada por “cuatro ángeles con sendas trompetas anunciando el día del juicio”. También era la puerta de difuntos, sirviendo de frente monumental al cementerio que se extendía a partir de él. Por esta razón hay un crismón con el Alfa y la Omega invertidos, dispuesto de manera emblemática sobre dos leones situados en alto. Como puerta de la ciudad, por ella tenían lugar las entradas solemnes en los grandes acontecimientos, siempre que éstos fueran ajenos a la peregrinación. A veces, sobre esta fachada, se han dejado los testimonios monumentales que conmemoran estos sucesos. Sobre la marmórea figura de Santiago se escribió ANF(US) REX (Alfonso rey) en recuerdo de la proclamación de Alfonso Raimúndez como rey en la catedral. Aunque, siguiendo las costumbres de otras catedrales como la de León, se ha querido ver en esta portada el lugar donde se impartía la justicia del obispo como señor feudal, pienso que los llamados decretos de Gelmírez señalan el lugar preciso en el que tenía lugar este acto: “en los viernes de cada semana, abiertas las puertas del palacio episcopal, expónganse delante del obispo, de los jueces y de los canónigos las querellas o agravios que hubiere, y resuélvanse”. (Historia Compostelana, lib. I, cap. 95).
La composición de la fachada responde a una concepción de pura lógica arquitectónica, correspondiéndose cada una de sus partes con los espacios existentes detrás de ella. Horizontalmente distinguimos tres niveles. el más alto, retranqueado sobre los otros dos, corresponde al cierre de la nave central. En el centro se abre un vano para iluminación, flanqueado por dos arcos ciegos. El segundo nivel corresponde al piso de la tribuna; en él se abren cuatro ventanas.
El nivel inferior sitúa las dos gran des puertas en el centro, mientras que a los lados sendas ventanas iluminan las naves colaterales. En la parte alta de las esquinas se disponen sendos cubos que contienen las escaleras que permiten ascender desde la tribuna al tejado.
Puertas de la fachada de Platerías
 

La curiosa presencia de estas torres nos recuerda la solución que, siguiendo el modelo compostelano, se emplearía en Nôtre Dame la Grande de Poitiers. precisamente este edificio nos permitirá reconstruir lo que ha desaparecido del remate de las torres en el templo jacobeo. La cornisa que separa los vanos de la tribuna del nivel inferior es otro testimonio que nos indica el cuidado que se ha puesto en la ornamentación. Aunque el granito sin la capa pictórica de su terminación le confiere un aspecto ciertamente tosco, su decoración esculpida aplicada a los canecillos, las metopas y los sofitos de las cobijas representa un esfuerzo por conseguir un efecto decorativo que no existía en la primera fase de la cabecera del templo.
La monumental puerta bífora sigue la habitual fórmula de las grandes puertas urbanas del arte romano. Se empleará en algunos edificios románicos del tercio final del siglo XI. Pero en ningún caso la imponente monumentalidad de la catedral compostelana será alcanzada por los templos coetáneos. A este respecto basta comparar con San Sernin de Toulouse, de muy buena escultura aplicada, pero cuya concepción arquitectónica carece de los sutiles recursos que contemplamos en esta portada de platerías.
Columnas con fustes salomónicos y arcos lobulados son recursos ornamentales que se empiezan a reproducir en la cabecera y continúan en esta fachada meridional. Tanto éstos como otros detalles parecen inspirados en soluciones de orfebrería. el mismo tratamiento articulatorio de las partes altas de la cabecera denuncia el mismo origen. A este respecto, el tipo de fuste y el arco lobulado son motivos bien interpretados por los talleres de orfebre ría áulica leonesa del tercer cuarto del siglo XI.
Sobre una de las jambas un gran letrero deja constancia imperecedera de la fecha en la que se consagró la obra terminada: ERA / I C / XLI / V IDVS / I (V) LII. Es decir: el año 1103, a cinco días de los idus de julio.

Las torres
El Calixtino señala que la catedral tenía nueve torres: “dos sobre el pórtico de la fuente, dos sobre el pórtico del mediodía, dos sobre el pórtico occidental, dos sobre las dos escaleras de caracol (singulas vites) y otra mayor en el centro mismo del crucero”. cuando señala las torres de las tres fachadas podría deducirse que en los tres casos eran similares, pero con toda seguridad las occidentales todavía no se habían hecho. Éstas se edificaron tiempo después, modificándose sustancialmente su disposición y estructura en función de la gran trasformación del proyecto original para conseguir la estabilización del edificio. Ningún otro edificio ha organizado sus torres, tanto en sus formas como en su articulación con la fábrica, de manera tan brillante y funcional.
Hemos descrito ya las torres de las fachadas del crucero. Tan sólo se conservan en parte las correspondientes a Platerías. En la arquitectura románica gallega tendrán replicas especialmente en edificios con ciertas pretensiones monumentales. Si estas torres facilitaban el acceso a las cubiertas, la comunicación con las naves inferiores sólo se conseguía mediante las dos interesantes escaleras ubicadas en las intersecciones del crucero con el brazo mayor del templo. Teniendo entrada al piso de la tribuna, las torres ascendían desde el piso inferior hasta la cubierta, donde todavía podemos contemplar una parte del curioso edículo poligonal que la remataba.
No se trata de sencillas escaleras de caracol, como son habituales en los templos medievales, ni siquiera su armónica disposición simétrica tiene parangón con los edificios del llamado grupo de iglesias de peregrinación. La caja de la llamada “escalera de caracol” es cuadrada, disponiendo tiros rectos y paralelos a los muros del perímetro, dejando en el centro un machón macizo. Cada tiro se cubre con bovedillas de cañón. El resultado final no sólo son unas escaleras cómodas relativamente hablando, sobre todo si las comparamos con las escaleras de huso, sino que constituyen una sólida estructura armada que sirve para atar y fijar los posibles desplazamientos de esta parte crítica del edificio.
De la llamada torre mayor, evidentemente el gran cimborrio, hoy sólo se conserva el de época gótica que sustituyó al original. Algunos especialistas suponen que nunca había existido; sin embargo los testimonios de la Compostelana son tan precisos que nos permiten hacernos una idea. En el levantamiento de los burgueses, del año 1116, la Reina con Gelmírez y sus gentes se refugiaron en la torre de las campanas. Los asaltantes se dispusieron a atacar la torre de la siguiente forma: “los sitiadores, parapetadas sus cabezas bajo los escudos unidos entre sí, logran introducir fuego por una ventana que había en la parte baja de la torre. Puesto el fuego, aglomeran también combustible que lo fomente... se propaga el fuego en la torre, yendo contra los que se hallan dentro”.
Del texto se deduce que el cimborrio tenía al menos dos órdenes de vanos que correspondían a otros tantos pisos. Lo más probable es que fuesen más. El bajo era pétreo, estaba sobre el trasdós de la cúpula; en él los asaltantes depositan el material fungible para quemar. La separación de los pisos se hacía con una estructura leñosa, circunstancia que favoreció la difusión del fuego que terminaría fundiendo las campanas: “... por cuanto el fuego se había elevado tanto en la torre, que si el obispo hubiese permanecido en ella, quedaría reducido a pavesas; como que la torre, las vigas y los tablados se quemaron, y las campanas (signa) que pesaban mil quinientas libras de bronce, se abrasaron y cayeron”.
Pasados estos dramáticos sucesos Gelmírez se ocupó de restaurar los efectos del fuego en la fábrica y encargó a un fundidor extranjero la realización de nuevas campanas: “Viendo –Gelmírez– que su iglesia necesitaba buenas y competentes campanas, retuvo aquí por comida y sueldo (taliata et solidata) a un maestro ultramontano, perito en el arte de fundir campanas (significae artis), y mandó hacer dos mayores y dos menores para decoro y uso de su iglesia”.

Desestabilización del edificio y consecuencias en su imagen
El antiguo santuario se elevaba sobre una pequeña terraza en un terreno en declive tanto de Este a Oeste, como de Norte a Sur. Al ir progresando la construcción del edificio románico, llegaría un momento en que sería necesario construir una importante cimentación que resolviese los problemas del desnivel que afectaba al frente occidental y al meridional. Seguramente el proyecto original tenía resuelta la estabilidad del templo con esta potente cimentación y con los sólidos machones de las “escaleras de caracol”. en la descripción del Calixtino, tal como ya hemos comentado, parece deducirse que la fachada occidental se resolvía como las del crucero, es decir no estaban previstas las torres conservadas en la actualidad.
En todo caso estas dificultades topográficas se vieron agravadas por un deslizamiento de la fábrica construida. La calidad del terreno, afectado por los cursos de agua subterránea, propició una cierta desestabilización que amenazaba precipitar todo el conjunto sobre el importante desnivel suroccidental. Si no se quería ver como la catedral se desplomaba, era necesario proceder a tomar soluciones correctoras. Éstas, además de la monumental cimentación, se centrarán en dos actuaciones básicas: “fijar” el edificio en el suelo y amarrar los muros perimetrales del edificio.
Cubierta de granito de la Catedral
 

La fórmula más lógica para evitar deslizamientos era clavar el edificio en el suelo, es decir, presionar el conjunto arquitectónico hacia abajo con tal fuerza que no se pudiese desplazar. Para ello se colocó una cubierta pétrea colosal, toneladas de bloques de granito se dispusieron escalonadamente. Un peso tan descomunal posiblemente bastaba para fijar el edificio, pero creaba un nuevo problema. Si la presión vertical se podía soportar, más dudoso era que la estructura de contrarresto pensada en el proyecto original sirviese para amarrar la fábrica lateralmente.
La fórmula para crear un muro perimetral que amarre una compleja estructura interior se había creado por la arquitectura romana y seguía siendo una solución de los edificios bizantinos con cúpulas. Me refiero a los muros armados romanos que en España habían tenido su última manifestación en el excepcional palacio de Naranco. Es entonces cuando se produce la gran trasformación del concepto exterior del muro seguido, sin contrafuertes, simplemente perforado por los vanos y coronado por la cornisa, que había constituido la gran novedad del proyecto tal como hemos visto realizar. No bastó con construir gruesos contrafuertes en las delimitaciones de los tramos; sobre la parte superior de estos contrafuertes se voltearon arcos semicirculares constituyendo un espectacular muro armado que configuraba la totalidad del muro a todo lo largo y alto. Se modificó entonces lo proyectado para la fachada occidental, edificándose sendas torres, de igual estructura que las que venimos denominando de caracol.
Son sensiblemente mayores y su ubicación no es la habitual en las fachadas torreadas, ya sean románicas o góticas.
Las torres flanquean un pórtico de tres tramos ante el cual se dispusieron las escaleras de acceso. Los dos últimos tramos de las naves, pórtico y plataforma superior de la escalera van sobre una cripta, construcción obligada para salvar el desnivel del terreno. Las torres no ocupan, según la fórmula clásica, los tramos colaterales del pórtico, que se corresponden con las naves menores, sino que se desplazan sobresaliendo acusadamente sobre las naves. Es evidente que con el ángulo formado se constituye una barrera final de contrarresto, pero lo más importante es aguantar los empujes de los grandes muros laterales del templo; con este fin no se duda en reducir el ancho de los tramos colaterales del pórtico al ser invadidos por la contundente masa de las torres.
Cubierta de granito de la Catedral
 

La organización técnica y administrativa de la obra
El proceso de construcción de un nuevo templo catedralicio tenía una dirección administrativa bajo cuyo con trol estaban todos los medios financieros y técnicos. Toda esta actividad tenía un carácter institucional que se conocía como la obra o la fábrica, por lo que este responsable suele recibir el título de obrero (maestro de la obra) o fabriquero.
Para hacernos una idea de lo que representaba este cargo baste decir aquí que el arquitecto estaba a sus órdenes. El Calixtino no se olvida de señalarnos cómo es la constitución de esta fábrica que se había ocupado de la construcción catedralicia: “los maestros canteros (lapicide) que empezaron a edificar la catedral de Santiago se llamaban don (domnus) Bernardo el Viejo, maestro admirable (mirabilis magister), y Roberto, con otros cincuenta canteros poco más o menos que allí trabajaban asiduamente bajo la administración de los fidelísimos don Wicarto y don Sigeredo, prior de la canónica y el abad don Gundesindo, en el reinado de don Alfonso, rey de las Españas, y en el episcopado de don Diego I, esforzadísimo guerrero y generoso varón”.
Los responsables que se citan aquí corresponden al período que dio origen al proyecto durante una primera etapa, tal como se indica de manera expresa hasta la deposición del prelado Diego Peláez, en el concilio de Husillos de 1088.

Tesorero/Maestro de la obra
La administración estaba en manos de las máximas autoridades del cabildo. poco antes se había establecido por Ramiro I un consejo de obra para la catedral de Jaca de manera muy similar. Designa con precisión las titulaciones que corresponden a estos cargos y sus funciones: “que sean asignadas dos personas de esta iglesia, un tesorero (thesau rarius) y un obrero (operarius), que se esfuercen en tener en su mente y sus ojos diariamente ocupados en administrar las obras predichas; que rindan cuentas, además, sobre lo recibido y administrado en todo el año al prior del cabildo de la iglesia, y que se preocupen de mostrárnoslas en forma suficiente a nosotros y nuestros sucesores”. En la catedral compostelana siguieron al frente de la financiación de la obra otros tesoreros, entre los que destaca Bernardo en la época de Gelmírez. En las siguientes palabras de la Compostelana percibimos la importancia de este personaje en la construcción de la catedral: “el tesorero de la iglesia de Santiago, llamado Bernardo, determinó ir a Jerusalén, por amor de dios y remisión de sus pecados... el compostelano –Gelmírez– viendo que su iglesia sufriría mucho detrimento por su ausencia, ya que no dudaba de que las obras de la iglesia necesitaban mucho de su magisterio…
Si su papel al frente de la administración de la obra es extraordinario, no menos lo fue como mecenas de alguna de las grandes realizaciones en el conjunto catedralicio. El Calixtino nos recuerda la magnífica fuente del atrio, a la que antes nos referimos, y sobre la que un epígrafe recordaba el nombre de su patrocinador: “Yo, Bernardo, tesorero de Santiago, traje aquí esta agua y realicé la presente obra para remedio de mi alma y de las de mis padres. año 1122, 11 de abril”.

La caja de la obra y el control regio
Los fondos sobre los que se fundamentaba la financiación de la obra eran muy diversos: alquileres de viviendas y tierras, rentas de industrias (pesquerías, molinos…), explotaciones agrarias y dinero en efectivo, y todo un largo y heterogéneo etcétera. en la catedral existía un arca en la que los peregrinos depositaban su limosna para el santuario jacobeo.
Sin duda en el impulso y sostenimiento de la financiación jugaron un papel determinante prelados compostelanos como Diego Peláez y Diego Gelmírez, pero ello no es óbice para que resultase decisiva la actuación regia. El papel de los reyes será determinante con generosas donaciones e importantes franquicias. Entre las primeras será decisiva para la constitución de los fondos iniciales de la obra la parte de las parias concedida por Fernando I y Alfonso VI.
Cuando en 1107 el proceso de construcción pasaba por un mal momento de financiación, Alfonso VI acude en su ayuda con una importante franquicia: “considerando profundamente el emperador don Alfonso la solicitud de tan gran pastor, siempre atento a la obra de su iglesia, y deseando socorrer con la abundante riqueza de sus bienes la indigencia que la obra padecía, le concedió el burgo de Trabadelo cerca del Valcarce y la Moneda de Santiago, enteramente libre, bajo esta condición legal: Que, terminada primero la construcción de la obra, quede en adelante perpetuamente a la iglesia, tanto para gastos de los clérigos que la sirven, como para los usos que exigen las necesidades de la misma...”. (Historia Compostelana, lib. 1, cap. 28).
Las necesidades económicas de Alfonso VII llevaron a este monarca a mantener una actitud contradictoria con los privilegios regios de la catedral. Unas veces los suspende, a continuación los restablece y no en pocas ocasiones hace nuevas ofrendas motivadas por su mala conciencia: “Por último, para que la divina clemencia le perdonase tan abominable costumbre, ofreció dar cada año doscientos áureos para continuar la obra del claustro del santo Apóstol”.
Al igual que hemos visto como en la catedral de Jaca el rey Ramiro exige que se le rindan cuentas de los ingresos y gastos de la obra, en Santiago ocurre lo mismo. En este sentido vemos como Alfonso VII ejercía un férreo control sobre los ingresos que recibía el arca de la obra, aunque seguramente en muchas ocasiones este interés tenía más afán confiscatorio que otra cosa. a este respecto este suceso recogido en la Compostelana resulta revelador: “El emperador, que no ardía menos en el amor del dinero que craso triunviro romano, cuya condición era dar tormento a los prisioneros para arrancarles el dinero, y vender por oro y plata la justicia… despachó prontamente a cierto vicario suyo a Compostela, intimando al arzobispo que las ofrendas del altar y el arca del glorioso Santiago se conservasen intactas, y que ésta (el arca) de la que se gastaba continuamente en la obra de la iglesia, no se abriese en manera alguna estando ausente el emperador: cosa que no había memoria la hubiese practicado ninguno de sus antepasados... el reverendísimo anciano, al recibir secretamente esta intimación, mostró en el exterior rostro alegre, pero su interior quedó envuelto en una grandísima nube de tristeza, ya porque cesaría la magnífica fábrica del Apóstol”.
A veces este control regio creaba problemas en la regularidad de los pagos de sueldos de los obreros y de los materiales. La misma fuente anterior nos informa como en alguna ocasión es el monarca el que tiene que disponer “que abriese el arca del glorioso Santiago, que ya desde algún tiempo estaba intacta y por sus vicarios entredicha, y pagase larguísimamente, como era razón, las soldadas a los maestros y artífices que trabajaban en la obra de Santiago”.

Maestros y artífices de la obra
A diferencia de otros grandes edificios románicos, la catedral compostelana ha conservado la memoria del arquitecto que proyectó la obra. como hemos visto antes, la Compostelana reseña su nombre: Bernardo el Viejo. Junto a este nombre figura Roberto. El que sea considerado como el Viejo nos hace suponer que existió otro personaje de este nombre trabajando en la obra. Posiblemente sea el tesorero Bernardo, del que nos hemos ocupado anteriormente. En todo caso no podemos pensar que se trata del mismo personaje, tal como se ha propuesto por algunos especialistas.
Con todas las dificultades que tiene un texto latino del siglo XII, tal vez podamos ir más lejos en la actividad de estos constructores. A Bernardo, al ser calificado de maestro admirable, deberíamos considerarlo como el arquitecto autor del proyecto; mientras que Roberto es el ayudante, el aparejador que trabajaba con los canteros diariamente en la obra. Sobre la nacionalidad de Bernardo y Roberto, ya López Ferreiro señaló la posibilidad de que fuesen franceses, mientras que Gómez Moreno se limitó a considerarlos presuntamente extranjeros. Para Conant, el nombre de Roberto le sugiere un origen más francés que el de Bernardo, “aunque podría ser tanto siciliano como franconormando”. todo lo que se pueda decir a partir de los testimonios documentados o del nombre es meramente especulativo, aunque a veces resulte brillante como idea. En los últimos años ha surgido la propuesta de identificar a Bernardo con un tal Bernardo que figura en un capitel del transepto de Sainte-Foy de Conques. Basta comparar las soluciones arquitectónicas de Compostela con Conques, para darse cuenta de que se trata de dos edificios herederos de un determinado tipo, pero con una experimentación de cada una de las partes del conjunto muy diferentes. Si analizamos las características arquitectónicas del proyecto de Bernardo, veremos que las más significativas son el resultado de una técnica experimentada en diferentes regiones de Francia (Champagne, Auvernia, Normandía y Borgoña), aunque en alguno de estos lugares tendremos que suponer la existencia de obras desaparecidas, pues las existentes presentan una cronología igual o más moderna que la de Santiago.
El proyecto arquitectónico original mantendrá una gran unidad durante todo el proceso constructivo, produciéndose los pequeños cambios que hemos señalado. Sólo los problemas surgidos por la desestabilización del edificio llevarán a tomar medidas de seguridad que modifiquen el aspecto exterior de los muros occidentales del crucero y todo el brazo mayor del templo, mientras que interiormente todo seguía manteniendo una rigurosa unidad. No sucede igual con los escultores; los diferentes talleres van dejando la huella de su paso. Los escultores de calidad permanecen un tiempo limitado realizando encargos concretos, que se colocan en el edificio en el momento; a veces tienen que esperar en la casa de la obra a ser colocados cuando la fábrica llegue hasta el lugar para el que han sido realizados. Posiblemente podamos identificar a Esteban, maestro de Santiago según la documentación pamplonesa, como el responsable de uno de estos talleres de escultura.
Conocemos el número de canteros que en la fase inicial de las obras trabajaban en Compostela: cincuenta. Seguramente este número correspondía a los momentos de mayor empuje y entusiasmo en la realización del proyecto.
Durante los períodos de crisis económica la construcción redujo considerablemente la actividad, llegando incluso a pararse. Frente a los escultores de calidad, cuya presencia en la obra era de duración limitada, los canteros tenían garantizada su estabilidad en la obra, al menos mientras la economía lo permitiese. Había un tercer grupo de trabajadores que actuaban como peones, cuya condición era la de siervos. La mayoría de estos siervos eran cautivos, tal como podemos ver en esta información que nos suministra la Compostelana en relación con el botín conseguido por las naves de Iria en su combate con los sarracenos en el año 1115: “De todo dieron los irienses al obispo la quinta parte y algo más que le tocaba por la propiedad de las naves. Entregaron también al glorioso Santiago los cautivos para que acarreasen la piedra y demás materiales de construcción de su iglesia”.
Aunque sea una noticia anecdótica, no falta la información del Calixtino sobre la intervención directa de los peregrinos en la construcción de la catedral. Se trata de colaborar en la fabricación de la cal: “al pie del mismo monte –el Cebrero–, donde los peregrinos cogen una piedra y la llevan consigo hasta Castañeda para hacer cal con destino a la obra de la basílica del Apóstol”.

La Catedral de Santiago (1075-1140): escultura monumental y mobiliario litúrgico
La basílica compostelana constituye un magnífico ejemplo para estudiar el despegue y desarrollo de la escultura monumental románica entre el último cuarto del siglo XI e inicios del siglo XII. En tan sólo unas pocas décadas esta técnica artística se convirtió en el medio privilegiado de expresión del Románico pleno, siendo la Catedral de Santiago un espacio privilegiado para seguir su evolución, pues en ella en el giro de unas décadas trabajaron talleres foráneos y locales del denominado “Arte del Camino de santiago” o “escuela hispano-tolosana”. de la titubeante figuración de los capiteles del inicio de las obras (1075-1088) –derivados, en parte, del alegorismo del arte del Macizo Central Francés–, se pasó a ensayar el formato de cestas narrativas y hagiográficas (1093/1094 1101) –que aunaban las emergentes experiencias de Conques y Jaca–, para finalmente desembocar en la explosiva experiencia del taller internacional de las fachadas del transepto (1101-1111), donde se ensayaron todos los formatos escultóricos parar crear una nueva dimensión de la monumentalidad: el gran portal románico.

El taller de Diego Peláez y el arte del Macizo Central de Francia (1075-1088)
En el año 1075 era obispo de Iria Diego Peláez, bajo cuya prelatura se realizó la primera fase de las obras hasta su deposición por el rey Alfonso VI, en 1088, en el Concilio de Husillos. A esta primera fase, comprendida entre 1075 y 1088, corresponden tan sólo las tres capillas centrales de la girola y sus muros inmediatos, si bien éstas permanecieron incompletas y no se terminaron hasta la segunda campaña. Ello se deduce de parte de su ornamentación exterior e interior, en donde se encuentran, concretamente en los capiteles interiores de las ventanas de la Capilla del Salvador, una tipología de cestas y motivos ornamentales propios del arte jaqués y sus derivaciones, y por lo tanto pertenecientes al segundo obrador activo entre 1093/1094 y 1101. Al primer obrador pertenecen, sin embargo, dos capiteles conmemorativos situados a la entrada de la citada capilla, con las efigies de sus promotores, Alfonso VI y el obispo Diego Peláez, acompañados respectivamente por ángeles, así como de las siguientes cartelas epigráficas: REGNANTE PRINCIPE ADEFONSO CONSTRVCTVM OPUS (“Reinando el príncipe alfonso se hizo esta obra”); TEMPORE PRESULIS DIDACI INCEPTVM HOC OPUS FVIT (“en tiempo del prelado Diego se comenzó esta obra”).

Con ellos se quería aludir, sin duda, al momento fundacional del edificio en 1075.
Cabe recordar que, en ese mismo año, había tenido lugar en Compostela un concilio magno al retorno de la expedición de alfonso VI al reino de Granada, en el que éste entregaría parte del botín de guerra para esta nueva empresa arquitectónica. Con toda probabilidad, la representación del rey y del obispo Diego Peláez en sendos capiteles de la Capilla del Salvador, ambos rodeados de ángeles, que comparan a los comitentes con el rey bíblico Salomón, alude posiblemente al ritual llevado a cabo con motivo del inicio de los trabajos, en concreto, a la ceremonia de la colocación de la primera piedra. Ritos y ciclos iconográficos similares podemos contrastar en otras empresas arquitectónicas emergentes de la geografía europea, como la Catedral de Módena (1099-1106) –con su celebre Relatio de innovatione ecclesie sancti Geminiatni mutinensis presulis)–, en dos capiteles del castillo-iglesia de San Pedro de Loarre (Huesca) (1094-1096) o en la lejana arquivolta reutilizada en la sacristía de la Catedral de Monopoli en Apulia (1107-1117).
La filiación transpirenaica del obrador que se hizo cargo de esta primera campaña y, por extensión, del primer proyecto del edificio, parece fuera de toda duda. Serafín Moralejo insistió en su día en la participación de un escultor auvergnat en la realización de algunos capiteles, como el de los dos grifos encuadrando un cáliz, un tema muy habitual en iglesias de Auvernia de hacia 1070, como Vovlic o Ennezat. Sin embargo, esta relación privilegiada con la región del Macizo Central Francés, atravesada por la Via Podiensis, se habría realizado probablemente a través de la entonces poderosa abadía de Sainte-Foy de Conques (Aveyron), que no sólo comparte repertorios figurativos muy similares sino que también nos proporciona el primer modelo arquitectónico de la denominada tipología “iglesia de peregrinación”, la cual se adopta en esa misma década de 1070 tanto en Toulouse como en Compostela. Por eso, continúa siendo válida la afirmación de J. K. Conant de que los nombres de los maestros que, según el Liber Sancti Iacobi (V, 9), iniciaron las obras de la catedral compostelana –Bernardo el Viejo y Roberto (dominus Bernardus senex mirabilis et Robertus)– sugieren un origen galo.
De hecho, resulta muy plausible la vieja teoría de un papel fundamental de la abadía de Conques como centro creador de la época y, en especial, la peculiar influencia (y fascinación) que ésta ejerció sobre los talleres compostelanos entre 1075 y 1103. Para corroborarlo, recientemente Victoriano Nodar ha señalado que el nombre de uno de los arquitectos que trabaja en Compostela, Bernardo, coincide con el de uno de los maestros del transepto de Sainte-Foy de Conques, activo bajo el abaciado de Étienne en la década de 1070. De hecho, éste había grabado su nombre –BERNARDUS ME FE(CIT)–, en un capitel decorado con un ángel portando una filacteria de una tipología muy similar a la que unos años más tarde se repite en los dos capiteles fundacionales de la Capilla del Salvador.
Sea o no casualidad, cabe reconocer que precisamente este tipo de composición presente en Conques y Compostela –dos ángeles con las alas desplayadas que portan sendas filacterias– se había convertido en un verdadero sello o marca de la difusión del estilo del taller que trabajó en la cabecera de la abadía francesa, tal y como lo demuestra la presencia del tema en la tribuna del clocher-porche de la iglesia de Saint Pierre de Besséjouls (Aveyron). Por ello, resulta poco convincente la tesis de John Williams que, intentando invertir, de forma arbitraria, el orden del Liber Sancti Iacobi, afirma que Bernardo el Viejo y Roberto fueron, en realidad, los arquitectos de Diego Gelmírez, y no de Diego Peláez, a quien le atribuye, en cambio, la figura de Esteban (!), cuya actividad está, en realidad, muy bien documentada en torno al año 1101 en Pamplona, y que anteriormente habría trabajado desde 1093-1094 en la obra de Santiago.
Tal y como ha señalado V. Nodar, el proyecto de Peláez destacaba además por un cuidado programa iconográfico, susceptible incluso de una lectura iconológica, que se articula a través de la serie de capiteles figurados que componen la decoración de las tres capillas y cuya temática se adecuaba al uso y posesión de las mismas. Según esta supuesta topografía funcional, cuya clave la proporciona el texto de la Concordia de Antealtares (1077), durante el desarrollo de las obras al obispo le pertenecía la capilla del Salvador, donde no por casualidad se desarrolla un verdadero speculum principis, mientras que en las capillas adyacentes, de san Juan y san Pedro –adjudicada, la primera provisionalmente al obispo, pero la segunda, al uso exclusivo de la vieja comunidad monástica de Antealtares–, nos encontramos con un speculum monachorum. Ahora bien, según la Concordia, una vez terminadas las obras, las tres capillas habrían de pasar a ser propiedad del monasterio de Antealatres.
En el primer caso, en la Capilla del Salvador, se trata de un ambicioso y articulado programa en el que el comitente, Diego Peláez, perfectamente adherido a los principios de la Reforma Gregoriana, recurre a imágenes conmemorativas y mitológicas para expresar un mensaje mitopopéyico propio de un verdadero magnate de la época. En él advierte al monarca sobre los peligros de la soberbia, a través de una serie de capiteles que acompañan a los de la celebración fundacional, en los que se alude a la historia de Alejandro mediante dos temas: la ascensión de Alejandro a los cielos con la ayuda de dos pájaros, inspirada en las versiones más antiguas del Pseudo-Calístenes (nótese que en el lado derecho junto a la cabeza del héroe aparece la letra “N” alusiva quizás a su nombre), y la seducción de los soldados del ejército de Alejandro por parte de las “mujeres de las aguas” –las Sirenas–, según se cuenta en la Epistula Alexandri Magni ad Aristotelem. El contrapunto de este articulado programa estaría en las capillas laterales y espacios adyacentes, lugar de circulación de los monjes benedictinos de Antealtares encargados del culto en el altar apostólico. En ellas se recurre al lenguaje más directo e incisivo de la fábula moralizada (castigo de la lujuria, el sonador del cuerno, la fábula de la zorra y el ave, un variado Bestiario), muy adecuado para ejercer las críticas a los vicios y que tan bien supo utilizar en su obra, Disciplina Clericalis, Pedro Alfonso, un judío converso de Huesca (ca. 1070-1142) que trabajó en Aragón al servicio de Alfonso I el Batallador (1104-1134) y Enrique I de Inglaterra. por otra parte, todo este universo de imágenes de las capillas laterales de San Juan y San Pedro y de sus muros adyacentes es propio de los entonces incipientes claustros figurados, como el de San Pedro de Moissac (1085-1100). Parece, pues, que en Compostela dicha imaginería se adapta perfectamente a la peculiar concepción de la cabecera como un espacio de paso entre el monasterio y la tumba del Apóstol.
Capilla del Salvador, capitel con la Ascensión de Alejandro (1075-1088)
Capitel de las Sirenas
Vano entre las capillas de San Juan y El Salvador, capitel de la zorra y el ave: 1075-1088 

El maestro Esteban y el obrador de filiación jaquesa (1093/1094-1101)
Probablemente durante los difíciles seis años de pleitos, luchas y vacíos de poder en Compostela tras la deposición de Diego Peláez (1088-1094), las obras se pararon y el primer taller se disolvió. La llegada del obispo cluniacense Dalmacio habría facilitado un nuevo contexto para la catedral que, sin duda, revertió en la continuación del proyecto, ya que en 1095 la sede de Iria se traslada definitivamente a Compostela. No obstante, es probable que, unos años antes, hacia 1093-1094 se comenzase a trabajar en la catedral, si entendemos al pie de la letra la donación ad opera S. Iacobi de Gallicia, realizada el 11 de febrero de 1093 por un tal Guillelmus Seniofredi en Santa Maria de Vilabertran (Girona). Este segundo obrador, de raigambre navarro-aragonesa, que conocía perfectamente lo que se estaba realizando en Jaca, estaba además dirigido por el célebre maestro Esteban, quien desarrolló su actividad en Compostela hasta 1101. Aunque no sabemos nada de su contratación, en ella pudo haber influido el exiliado Diego Peláez. Éste residía entonces en Aragón, en la corte de Pedro I, y gozaba de la amistad de Pedro de Rodez, entonces obispo de Pamplona, y hombre, como él, de reputado prestigio en la introducción de la Reforma Gregoriana. La basílica jacobea necesitaba un buen continuador de lo iniciado, y quizás Peláez, que conocía ampliamente el territorio del reino de Aragón, entonces en plena eclosión artística, no dudó en facilitar de algún modo la contratación de un nuevo taller para su antigua catedral.
Aunque a Diego Pelaéz sólo le había dado tiempo de elevar tres capillas y dos puertas de acceso en el perímetro de la cabecera, su proyecto primigenio abarcaba el diseño de la totalidad del nuevo edificio, en el que muchas advocaciones estarían ya decididas. De hecho, resulta más que sintomático que la capilla de Santa Fe, realizada en un nuevo estilo en la década de 1090, muestre un directo conocimiento de los modelos iconográficos de los talleres de Conques, a los que precisamente se vincula, tal y como hemos visto, el primer taller de la catedral. Por ello, cabe plantearse la posibilidad de que los nuevos contratados para continuar el proyecto de la cabecera siguieran, bajo la atenta mirada del tesorero Segeredo y el abad Gundesindo, que según el Liber sancti Iacobi se habían ocupado de la Catedral desde el inicio de las obras, algunas de las pautas o decisiones ya tomadas en época de Peláez, como era la dedicación de una capilla a Santa Fe de Conques, con modelos iconográficos procedentes de la propia abadía francesa, como había sido habitual en la primera fase.
Cabe señalar, además, que se trata de la única capilla de la cabecera románica de la Catedral de Santiago de Compostela en la que se hace explícita en imagen su advocación. Este uso se documenta precisamente en la abadía de Conques, en la que los ábsides laterales de Santa María y San Pedro, a ambos lados del altar mayor, se decoraron con relieves alusivos a sus titulares. En el caso de Compostela, a la entrada de la capilla, en la girola, se disponen dos capiteles historiados de carácter hagiográfico. En el capitel de la derecha, los protagonistas se reconocen bien en la cara central: Santa Fe con la cabeza velada es agarrada y conducida por un sayón junto al verdugo, que la espera con la espada para decapitarla. Por el contrario, en el capitel izquierdo, la mártir, en el centro, dialoga con dos figuras masculinas que sostienen sendos libros mientras una tercera figura reza juntando sus manos en el lado menor derecho. Se trataría quizás de una insólita representación conjunta de los mártires de Agen, Santa Fe, San Caprasio y sus dos hermanos, Primo y Feliciano, todos ellos ajusticiados por Daciano. El tercer mártir se sitúa en el lado menor izquierdo, ya que en mi opinión la figura orante de la derecha actuaría como mediador visual entre los fieles del templo y los santos allí venerados.
Capilla de Santa Fe, capitel con los mártires de Agen (Fe, Caprasio, Primo y Feliciano): 1094-1101
 
Brazo sur del transepto, muro este, capitel con la visión de san Caprasio (?): 1094-1101 

Resulta obvio que la composición en friso narrativo de las escenas compostelanas está inspirada en el célebre capitel con el tema del martirio de Santa Fe de Agen de la nave del templo de la abadía de Conques, realizado en la década de 1070. El acceso a este repertorio figurativo seguramente se produjo a través del taller de la primera campaña de Santiago, que sin duda poseía modelos figurativos de la obra de Conques. No obstante, el manifiesto estilo jaqués de los capiteles compostelanos hace patente que su ejecución fue realizada por otro maestro diferente. Ello es visible tanto en los pitones de la cesta de los capiteles como en las figuras, de rechonchos rostros esféricos enmarcados por el cabello en casquete y de plásticos pliegues en clámides y túnicas que dejan entrever la anatomía. Sus escenas simplifican además con variaciones el modelo iconográfico del santuario galo, en el que se narraba el martirio de la santa.
Tanto la arquitectura de la capilla compostelana de Santa Fe como su ornamentación corresponden a la fase de obras de la Catedral situada entre los años 1093-1094 y 1101, bajo la dirección del polémico maestro Esteban, muy probablemente de procedencia navarro-aragonesa. Su intervención supuso una innovación arquitectónica y estilística con respecto a las obras realizadas bajo Diego Peláez. De hecho, como señaló Moralejo, Esteban introdujo en la cabecera el modelo de la capilla de planta poligonal, cuyo parangón se encuentra en la capilla mayor de la Catedral románica de Pamplona, conocida gracias a las excavaciones. No por casualidad, Esteban sería el magister operis sancti Iacobi que en 1101 está trabajando en la Catedral de Pamplona, tal y como señaló J. M. Lacarra, según un documento del obispo don Pedro de Rodez (1083 1115) confirmado por el propio Gelmírez (11 de junio de 1101). En dicha acta aparece casado y con hijos y se le conceden diversas casas y viñas en Pamplona, así como recursos suficientes para hacerse una casa. De hecho, no creo que Esteban volviese a Santiago, ya que en 1101 se inician en Compostela nuevos y ambiciosos trabajos en los que él no participó: las obras de cimentación para la platea del palacio de Gelmírez en el lado sur de la catedral y la consiguiente elevación de la fachada de platerías, comenzada en 1103, según la inscripción de la jamba izquierda del ingreso derecho. Esteban habría sido, pues, tan sólo el responsable de completar los muros perimetrales de la girola, con sus capillas poligonales (Santa Fe y san Andrés), así como de gran parte de los muros y capillas del transepto entre 1093-1094 y 1101.
No obstante, la posibilidad de que tanto la advocación como el modelo del ciclo hagiográfico de la capilla de Santa Fe hubiesen sido ya concebidos en el período precedente, resulta muy sugerente. De hecho, el culto a la santa de Conques, como liberadora de cautivos, se documenta desde la década de 1080 en el reino de Navarra y Aragón. su promoción se debe, en particular, al citado obispo de Pamplona, Pedro de Rodez (1083-1115). De origen francés, éste era hijo de Didon d’Andouque y había sido, nada más y nada menos, que antiguo monje de Sainte-Foy de Conques. De hecho, dicho prelado no sólo se rodeó en su curia y cabildo catedralicios de una serie de personajes procedentes de la citada abadía, sino que también mostró pruebas de agradecimiento al santuario de Conques con la donación de los diezmos y primicias de las iglesias navarras de Garinoain (1086), Caparroso, Murillo el Cuende y Bartiaga (1092), donde se conserva todavía la titulación de los templos a Santa Fe. Finalmente el propio Pedro de Rodez participa en 1105, tras rogárselo a Diego Gelmírez, en la consagración de la capilla de Santa Fe de la Catedral de Santiago con motivo de la dedicación de todas las capillas de la girola y del transepto –a excepción de la de San Nicolás–, (Historia Compostelana, I, 19).
Este hecho, citado en reiteradas ocasiones por la historiografía, no ha sido, en mi opinión, suficientemente valorado en todo su significado artístico. En primer lugar, al obispo de Pamplona se le concede el raro privilegio de consagrar una capilla, construida años atrás (1095-1101) por un maestro navarro-aragonés, que entonces trabajaba ya en la obra de su catedral. En segundo lugar, el altar se dedica a Santa Fe, a cuyo santuario tantas donaciones había hecho dicho prelado en Navarra desde 1086. En tercer lugar, los capiteles que decoran el lugar constituyen el testimonio más temprano de recepción del ciclo hagiográfico de los santos de Agen fuera de sus estrictos lugares de culto en Francia. De todo ello se puede concluir que el proyecto de la capilla de Santa Fe en Compostela participó desde su inicio del ambiente privilegiado del obispo de Pamplona. Podría, pues, haber sido incluso “concebida” en los últimos años de Diego Peláez, si bien, por el parón de obras de la catedral, no se retomó hasta 1094, pero con un taller totalmente nuevo venido del reino de Navarra- Aragón.
De hecho, no por casualidad tanto el estilo jaqués como el culto a los mártires de Agen se constata igualmente en un tercer capitel, desubicado, situado el primero en el brazo sur del transepto de la Catedral de Santiago. En él se emplea la fórmula de varios personajes retratados en un ambiente acuático, la cual parece tener su origen en uno de los capiteles interiores de la catedral de Jaca: La célebre cesta figurada con dos figuras que dialogan en una escena inspirada, según Serafín Moralejo, en un thiasos marino. Esta composición de cuerpos en parte sumergidos en ondas sinuosas sirvió en Aragón como receta de taller para la configuración de otros temas de claro contenido sacro. Este es el caso de un polémico capitel de la iglesia de Santa María de Iguácel (1072) o del truncado friso de la portada del castillo de Loarre, realizado entre 1094 y 1096.
En Santiago la escena está presidida por un personaje central, ricamente ataviado, que se acompaña de otros cuatro, sumergidos en las ondas marinas, las cuales el artista confunde en el lado derecho con un manto de pliegues. Cabe señalar que las dificultades de interpretación de la escena han llevado a las lecturas más inverosímiles, si bien al hilo de lo expuesto hasta ahora el capitel podría formar perfectamente parte del ciclo hagiográfico de los mártires de Agen. Probablemente, la figura central ricamente vestida y con corona no sea sino la visión de Santa Fe en la gloria, las ondas representen la fuente que manó junto a la roca de san Caprasio, mientras que los restantes personajes aludan a los mártires de Agen vivificados por el agua de la salvación. De hecho, en la Passio de Santa Fe y san Caprasio, fechada en el siglo X, el eremita explica ante Daciano su regeneración simbólica a través del bautismo, en clara alusión al milagro de la fuente. La temática del capitel podría confirmar que a Compostela llegó en tiempos de Diego Peláez, y procedente de Conques, un boceto de un ciclo hagiográfico de Santa Fe y san Caprasio destinado a servir de modelo para la decoración de una capilla que nunca fue realizada. Cuando ésta se emprende, años más tarde y por otro taller, la escena relativa a san Caprasio no se entendió correctamente, de ahí que sirviese para decorar un capitel fuera del contexto de la capilla y que en su realización se cometiesen errores de lectura, como denotan las aguas convertidas en ropajes.

Las fachadas del transepto (1101-1111): La Porta Francigena y Platerías
Tanto por su precocidad como por la ambición de sus programas iconográficos, la elevación de las fachadas del transepto compostelano, entre 1101 y 1111, bajo el gobierno del obispo Diego Gelmírez (1100-1140), parece haber desempeñado un importante lugar en el nacimiento del gran portal historiado románico. En esas dos bíforas se ensayó, por primera vez, la fórmula de decorar prácticamente todos los elementos arquitectónicos –columna, capitel, jamba, tímpano, enjuta, friso, cornisa–, superando así todos a sus precedentes. No obstante, dos hechos nos han impedido valorar hasta ahora, en buena medida, la contribución de los talleres activos en Santiago a inicios del siglo XII al desarrollo del portal historiado frente a otros ejemplos coetáneos, como los de Saint-Sernin de Toulouse, la Catedral de Módena o el polémico portal occidental de la abadía de Santa Fe de Conques. En primer lugar, como es bien sabido, de estas primitivas entradas tan sólo ha llegado hasta nosotros la del lado sur, conocida como puerta de Platerías, que presenta, sin embargo, un desagradable aspecto caótico fruto de algunos desajustes, en su concepción, entre traza arquitectónica y decoración, a los que hay que sumar una larga historia de asedios, restauraciones y remociones.
Fachada de Platerías
 

En segundo lugar, el hecho de que la primitiva puerta norte o Porta Francigena, que constituía el final del camino francés y la entrada por antonomasia de los peregrinos a la Catedral, fuese destruida en los años 1757 y 1758 para erigir la actual puerta de la Azabachería nos ha privado para siempre del más genuino de los accesos realizados en tiempos de Diego Gelmírez a la Catedral.
No obstante, su aspecto original puede ser evocado a través de una serie de testimonios escritos, documentales y arqueológicos. por un parte, la célebre Guía del Códice Calixtino (V,9) describe minuciosamente la fachada, las tiendas y el atrio o Paradisus, con una fuente, constituida por una taza elevada sobre tres escalones –que ha sido identificada con la que actualmente se encuentra en el claustro de la Catedral–, en cuyo centro había un pilar heptagonal de bronce sobre el que se alzaban cuatro leones, de cuyas bocas manaba el agua, y se acompañaba de una inscripción que atribuía el encargo al tesorero Bernardo, fechándola en 1122.
Por otra, hay que añadir la numerosa serie de relieves que a partir de 1757-1758 fueron desmontados de la primitiva puerta norte para ser reaprovechados en la puerta de Platerías o bien fueron guardados en las dependencias catedralicias, para posteriormente pasar a formar parte de las colecciones del Museo de la Catedral.
Porta Francigena de la Catedral de Santiago (Reconstrucción hipotética en 3D. 2010). Asesor científico: Manuel Castiñeiras. Documentación: Victoriano Nodar. Producción Técnica: Tomás Guerrero-Magneto Studio. S.A. de Xestión do Plan Xacobeo. Santiago de Compostela
 

La erección de la Porta Francigena y de Platerías necesitaba de la participación de artesanos hábiles en el manejo del cincel, que probablemente fueron contratados durante el primer viaje de Diego Gelmírez a Roma en 1100 o bien como directa consecuencia del mismo. Hacia 1101, un año después de ese primer itinerario romano, tras su consagración episcopal del 21 de abril de 1101 y el consiguiente comienzo de las obras del nuevo palacio episcopal en la platea sur, tuvieron que iniciar sus trabajos los cinco maestros activos en estas portadas: el Maestro de la Porta Francigena, el Maestro de las Columnas Entorchadas, el Maestro del Cordero, el Maestro de las Tentaciones (o de Conques) y el Maestro de la Traición.
Mientras que cuatro se dedicaron fundamentalmente a la portada norte –Francigena, Columnas Entorchadas, Cordero y Traición–, el de las Tentaciones se consagra exclusivamente desde el primer momento a la puerta sur. Este último –responsable de las lastras de las Tentaciones de Cristo, la Coronación de Espinas, la Flagelación, la Epifanía y el Moisés– se caracteriza por sus figuras con cabezas cúbicas, el pelo a la taza, anchas narices, corto canon, pliegues planchados, así como el recurso al uso del perfil y el tres cuartos con tendencia al bulto redondo, una extensa variación en la posición de los pies sobre cornisas, así como un gusto por las inscripciones y el anacronismo de los ropajes. En mi opinión, este Maestro de las Tentaciones (o de Conques), habría llegado a Compostela hacia 1101, posiblemente para realizar los relieves de los tímpanos de platerías, si bien también es el responsable del célebre capitel del Castigo del Avaro, del brazo sur del transepto. Se habría formado en el taller del abad Bégon (1087-1107) que realizó en Conques tanto los capiteles de las tribunas de la nave como la decoración del claustro, cuya finalización hacia el año 1100 parece bastante plausible a partir de los testimonios documentales y epigráficos. No obstante, un cambio de proyecto en Platerías hace que hacia 1103 el maestro de la Porta Francigena y el de la Traición incorporen sus relieves a dicha fachada sur. Posiblemente, hacia 1105, los Maestros de las Tentaciones y de la Traición aprovecharon el segundo viaje de Gelmírez a Cluny y a Roma para volver a Conques e incorporarse de nuevo al taller del abad Bégon III, de donde habían salido años antes camino de Compostela. En Platerías trabajaría también un sexto maestro, el Maestro de la Transfiguración, formado en el círculo hispano-tolosano del maestro de la Porta Francigena, y responsable de los mejores relieves del frontispicio de la fachada sur.
Maestro de la porta Francigena, David, 1101-1111. Catedral de Santiago, fachada sur (Platerías), contrafuerte izquierdo: relieve procedente de la porta Francigena
Maestro de la porta Francigena: Eva amamanta a Caín, 1101-1111. Catedral de Santiago, brazo sur del transepto, fachada de Platerías, frontispicio: relieve procedente de la porta Francigena 

Conviene aclarar que el maestro de la Porta Francigena es el que en su día Serafín Moralejo llamó “de Platerías” y al que la vieja historiografía quiso identificar, de forma totalmente errónea, con el maestro Esteban. Su nuevo nombre hace justicia a la obra para la que esculpió sus más célebres relieves, la Porta Francigena, y en la cual pudo ejercer, en cierta medida como coordinador de los diferentes canteros. Dicho escultor es, sin duda alguna, con sus peculiares figuras de rostros de carrillos hinchados, vigorosa anatomía y contrastado modelado de paños (creación de Adán, David, Mujer del León, Mujer de las Uvas, Hombre que cabalga el gallo, etc), un heredero del gusto por la antigüedad del Maestro de Jaca que debió de conocer directamente –o incluso formarse– en la extraordinaria experiencia monumental del taller de la Porte Miègeville de Saint-Sernin de Toulouse, en cuyos relieves ya se trabajaba posiblemente hacia 1100, tal y como sugieren las recientes investigaciones de Daniel y Quitterie Cazes. Muy posiblemente es gracias al viaje que Gelmírez realiza a Roma en 1100, acompañado por miembros de su curia, para ser ordenado subdiácono, a través de la vía tolosana, que dicho maestro foráneo se incorporó al nuevo obrador compostelano. El segundo maestro, responsable de las magníficas columnas entorchadas –Maestro de las Columnas Entorchadas, al que F. Prado-Vilar denomina maestro de Ulises–, estaba formado igualmente en la tradición jaquesa, pero se caracteriza por permanecer más fiel al clasicismo que caracterizaba a este taller y enriquecerlo con las novedades de la experiencia romana contemporánea, como veremos más adelante. A ellos hay que añadir el denominado Maestro de la Puerta del Cordero, de volúmenes geométricos, de superficie pulimentada, rostros intemporales, ojos abultados y tendencia a la frontalidad (Pantocrator del contrafuerte izquierdo de Platerías, Signo de Mateo, Creación de Eva). Se trata de un escultor local, activo en León, conocedor de la tradición jaquesa y las aportaciones del Maestro de la Porta Francigena, pero menos dotado para articular un lenguaje artístico monumental sofisticado. Por último, en la Puerta Francigena trabaja también un cuarto artista, de formación muy distinta a los tres precedentes: el Maestro de la Traición. Se trata de un seguidor del Maestro de las Tentaciones, y como él procedente del Conques del abad Bégon, que domina la narración y utiliza figuras en tres cuartos, de rostros ingenuos, pupilas excavadas rellenas de pasta vítrea, grandes bigotes, pliegues gruesos que se ciñen a la parte inferior del cuerpo y marcada tendencia al bulto (Reprensión y Expulsión de Adán y Eva).

Como es bien sabido, estas dos portadas componían un sintético programa de la historia del género humano con sus capítulos dedicados a la caída y promesa de redención –ante legem–, en la puerta norte; y su cumplimiento, sublege, en la puerta sur. La Porta Francigena ha sido reciente mente reconstruida digitalmente en 3d con motivo de la exposición Compostela y Europa. La historia de Diego Gelmírez, a partir de los trabajos de Moralejo (1969), la descripción del Liber sancti Iacobi (V, 9) y los relieves conservados en distintos lugares de la catedral (Platerías y Museo). Su programa se centraba en un friso superior dedicado a la historia del Adán y Eva –desde la Creación de Adán y Eva al trabajo tras la expulsión del Paraíso–, que estaba presidido por una Majestas Domini y se glosaba, posiblemente, a ambos lados, por los relieves de David músico y el Sacrificio de Isaac, y las Mujeres del León y el Racimo de Uvas. En la parte inferior de este frontispicio se situaba un segundo friso menor, con las consecuencias del pecado original: a la izquierda, el Trabajo, a través de las lastras de los doce meses del año, del que sólo conservamos el relieve del Mes de Febrero (Museo de la Catedral); a la derecha, Pecados derivados de la Caída de Adán y Eva, como la Lujuria (Sirena y Centauro), la Soberbia-Vanagloria (Hombre cabalgando un Gallo) o la Violencia (Ballestero). Las jambas de la bífora estaban decoradas, de izquierda a derecha, con los relieves de Pablo, Pedro, Santiago y Juan, mientras que las aberturas de la misma se ornamentaban con doce columnas, en las que se combinarían los célebres fustes de mármol entorchados con putti vendimiadores, motivos vegetales, representaciones animalísticas y la historia de Tristán e Isolda (o Ulises según Prado-Vilar), con fustes graníticos como los que hoy se contemplan todavía in situ en Platerías. Finalmente, el tímpano de la entrada oriental de la puerta estaba decorado con el relieve de la Anunciación a María, que actualmente se conserva reutilizado en el frontispicio de Platerías.
Maestro de la porta Francigena, David, 1101-1111. Catedral de Santiago, fachada sur (Platerías), contrafuerte izquierdo: relieve procedente de la porta Francigena
Maestro de la Traición, relieve con la Expulsión de Adán y Eva del Paraíso, 1101-1111. Catedral de Santiago de Compostela, brazo sur del transepto, frontispicio, lado izquierdo: relieve procedente de la primitiva Porta Francigena 

Por el contrario, la puerta de Platerías es genuinamente neotestamentaria, eclesiológica y jacobea. Por ello, su discurso se centra, en primer lugar, en la Encarnación (Epifanía), Ministerio (Tentaciones, Curación del Ciego) y Pasión de Cristo (Prendimiento, Flagelación y Coronación de Espinas), temas todos ellos desarrollados en las lastras de los tímpanos. En segundo lugar, en ella se da además una inusitada importancia a la representación del colegio apostólico, tanto en las columnas de mármol laterales como en el frontispicio, haciendo en ambas explícito el valor de la “misión” de los Apóstoles y su condición de precedentes de la Iglesia y sus obispos. Por último, como se comentará más adelante, la inclusión, hacia el año 1111, del grupo central de la Transfiguración, con el papel preponderante del Apóstol Santiago, constituye todo un manifiesto de la reclamación de Compostela del reconocimiento de sede apostólica y metropolitana.
El ambicioso programa de ambas portadas está en directa relación con la exaltación y adhesión de Gelmirez al ideario romano de la Reforma Gregoriana. En la puerta norte ello se hacía explícito tanto en el uso de las columnas entorchadas –directamente derivadas de las copias romanas realizadas en la década de 1090 en Roma (San Carlo a Cave, Trinità de Monti) a partir de los fustes de la pérgola de San Pedro del Vaticano–, como en el optimismo que rezuma la portada al mostrar la Caída de Adán y Eva, pero también las vías de remisión, como los Trabajos de los Meses, o el Anuncio del Mesías (David, Isaac, Mujeres del León y las Uvas, Anunciación).
A ello habría que añadir la recurrencia, en Platerías, a temas propios del programa de la recuperación de la Ecclesiae primitivae forma entonces desarrollado en la ciudad papal, como los ángeles con palmas, las aves bebiendo del cáliz, el crismón, los florones, las columnas entorchadas o los velaria.
Ese reflejo se explica, por supuesto, a través de los dos viajes de Gelmírez a Roma, en los años 1100 y 1105, pero también por la colección de cánones denominada Polycarpus (Vat. lat. 1354) que el Cardenal Gregorio de san Crisógono (1109-1111) habría regalado y dedicado al prelado compostelano para el gobierno de su diócesis, y cuyas implicaciones artísticas son mayores de lo que en un principio pudiese pensarse, ya que en ella se exalta el valor de la narración como medio didáctico de afirmación del dogma cristiano.
Por otra parte, en la articulación de las fachadas compostelanas se vislumbra también una jerarquización de funciones, en directa relación con el entramado urbano.
Al norte, se situaba el Paradisus, la plaza de acceso de los peregrinos a la Catedral, con su bullicioso mercado, con la fachada centrada en el relato del Génesis y por lo tanto perfecta para servir de decorado para los ritos de la penitencia pública.
Al sur, Platerías era, por antonomasia, la puerta del obispo, pues estaba adyacente a su primer palacio (1101/1103 1120), se abría a la ciudad y se utilizaba entonces para la celebración de juicios, como indicarían los cuatro leones feroces (de los cuales sólo quedan tres) que enmarcan la bífora aludiendo al trono de Salomón, o cuatro ángeles sonando la tuba apocalíptica. Posiblemente también el lugar sirvió para ciertas entradas triunfales, como la coronación de Alfonso Raimúndez como rey de Galicia en 1111.

Los desajustes de platerías: ¿dos proyectos consecutivos?
No obstante, la impresión de rompecabezas que se desprende de la disposición de las lastras de la fachada de Platerías –con sus roturas y variaciones de tamaño y forma– responde en parte a las sucesivas alteraciones de un proyecto original que posiblemente ya desde su propia gestación presentó algún desajuste entre su traza arquitectónica y su decoración. De hecho, las tres arquivoltas exteriores de las puertas dobles se interseccionan en la en juta central antes de llegar a la base, una fórmula inaudita para la época, lo que provocó que tanto el Crismón como la pareja de leones pensados para embellecer dicho lugar no tengan espacio suficiente y sobresalgan del muro. Se trataba de algo absolutamente diferente a lo que se veía en la fachada del brazo norte del transepto, cuya puerta bífora tenía sus arquivoltas perfectamente separadas en un holgado espacio.
En Platerías se habría buscado, pues, conscientemente potenciar el espacio de los tímpanos en sacrificio de la armonía de una bífora que, en vez de estar diferenciada, se construyó interseccionada en su centro. De hecho, la solución más lógica hubiese sido, como en la Porte des Comtes o en la puerta occidental de Toulouse, haber mantenido una bífora perfecta, siguiendo el esquema de las doce columnas más pilastra de la puerta norte, cuyas columnas interiores se alineaban pareadas (1 + 2/2 + 1/1 (pilastra)/1 + 2/2 + 1), y que suponía unos tímpanos de espacio muy reducido. Por el contrario, en Platerías las columnas se reducen a once, quitando dos de cada lado del machón central, y aparecen siempre escalonadas: 3/2 + 1 + /2/3. En el caso de la primitiva Porta Francigena los tímpanos no supusieron ningún problema de diseño, ya que su decoración, tal y como se lee en la descripción del Liber sancti Iacobi, era mínima. Tan sólo el de la izquierda estaba esculpido con una sencilla lastra de mármol con la Anunciación –Gabriel y María– reutilizado en el siglo XVIII en el frontispicio de Platerías. Este antiguo tímpano pertenecía sin duda a esa primitiva fase en la que la decoración figurada de los tímpanos era inexistente –Porte des Comtes (1080-1090)– o, al menos, titubeante, como el caso del portal occidental de Jaca (1090).
No sabemos cómo ni cuándo, pero se intuye que en esos años iniciales del siglo XII se produjo una encarnizada discusión sobre la decoración de los tímpanos de Platerías que dio lugar a la formulación de dos proyectos consecutivos.
En el primer proyecto se pretendía respetar en Platerías la anchura de la puerta y de los tímpanos de la Francigena. Probablemente, el taller que trabajó para esta primera decoración de la fachada sur estaba dirigido por el denominado Maestro de las Tentaciones o de Conques, que realizó sus relieves con la idea de colocarlos en un proyecto truncado, que nunca se llevó a cabo. Éste consistía en dos tímpanos más pequeños y menos atiborrados de figuras, trece columnas y una bífora perfectamente separada.
Los relieves se realizaron, pero no la traza arquitectónica para la que habían sido pensados. De ahí los desajustes actuales del tímpano izquierdo, en los que los contornos superiores de los cuatro relieves que conforman las tentaciones de Cristo sugieren, tal y como señaló O. Naesgaard, el haber sido pensados para el arco de una semicircunferencia menor, pero que al montarse finalmente en una estructura que le daba mayor espacio del tímpano, éste tuvo que rellenarse con otras tantas lastras que le confirieron el aspecto caótico que lo caracteriza.
El segundo proyecto, que dio origen a la traza arquitectónica que vemos en la actualidad, le daba más protagonismo a los tímpanos, con lo que éstos tuvieron que ser rellenados con el recurso a otro maestro: mientras que los relieves de las tentaciones se adjudican al denominado Maestro de Conques, el caótico relleno debe atribuirse al denominado maestro de la Porta Francigena, que era, como su nombre indica, el gran artífice de la decoración de la fachada norte (Creación de Adán, David, Mujer del León y del Racimo de Uvas, Mes de Febrero) y que colocaría en la parte derecha del ingreso izquierdo de Platerías, entre otros, los siguientes relieves: los tres diablos cinocéfalos en las Puertas del Infierno, el sonador del cuerno que cabalga al león y una solitaria Mujer de la Calavera.
Catedral de Santiago de Compostela, fachada sur del transepto, Platerías: 1103-1111
 


Tímpano 
Tímpano
Friso 
Friso
Detalle del centro del friso en que aparece San Juan, el apóstol Santiago, Cristo bendiciendo y seis figuras colocadas por Antonio López Ferreiro
Transfiguración
Creación de 
Adán, actualmente en el contrafuerte izquierdo de la fachada  de  Platerías
El Apostol Santiago en la fachada de Platerías. Apreciase a su izquierda una inscripción "
ANFUS REX", realizada para señalar la coronación en 1111 de Alfonso VII, hijo de Raimundo de Borgoña, como rey de Galicia.
Mujer con calavera
Demonio tentando a Cristo 


Muy probablemente la estatua de la misteriosa Mujer de la Calavera originalmente fue pensada para el tímpano derecho de la primitiva puerta norte, ya que su contenido profano, moralizante y caballeresco enlaza con otra historia representada en una de las columnas entorchadas de aquella fachada: los episodios de los desdichados amores de Tristán e Isolda, en los que Prado-Vilar ha querido ver, sin embargo, la historia de Ulises. Resulta obvio, como sugiere dicho autor, que el escultor de las Columnas Entorchadas se inspiró, posiblemente, para su composición en relieves romanos con el episodio de historia de La Odisea, si bien la escena resultante en Compostela apunta al contenido profano-caballeresco señalado por Moralejo, tanto en el motivo del caballo en la barca como en el de la mujer que cura al caballero herido. De hecho, en una de las versiones más antiguas de la leyenda, el Tristán de Thomas, escrita por un clérigo anglonormando hacia 1155 en la corte de Leonor de Aquitania, se incluía la referencia al exemplum libidinis encarnado por el relieve compostelano de la Mujer de la Calavera: el del amante asesinado por el marido de la mujer adúltera y su consiguiente castigo. Así, en el Tristán de Thomas, Isolda, una vez casada con el rey Mark de Cornualles, entonaba, acompañada al arpa por Tristán, el trágico Lai de Guirun, que narraba la historia de un amante asesinado por el esposo de la amada, la cual fue obligada después a comer su corazón servido a la mesa (vv. 781-790). En este primitivo contexto de la Porta Francigena, la imagen cobraría todo su sentido, ya que serviría de exemplum libidinis de las consecuencias de amores locos como los de Tristán e Isolda, que siempre terminaban con la trágica muerte de sus protagonistas. La figura, en su exilio de Platerías, no habría, sin embargo, perdido nunca su contenido trágico y moralizante, ya que, según la guía del Liber sancti Iacobi (V, 9), sobre ella se realizaba siempre un comentario, nada ajeno al lais cantado por Tristán:
Y no ha de relegarse al olvido que junto a la tentación del señor está una mujer sosteniendo entre sus manos la cabeza putrefacta de su amante, cortada por su propio marido, quien la obliga dos veces por día a besarla. ¡Oh cuán grande y admirable castigo de la mujer adúltera para contarlo a todos!”.

Pero ¿cuándo se produjo el cambio de proyecto en Platerías? Según la Historia Compostelana (I, 20), Gelmírez decidió erigir su primer palacio tras su consagración episcopal, el 21 abril de 1101. Éste se alzaba en el espacio contiguo de lo que será el portal de platerías, en un lugar que se denomina platea en los documentos, ya que comportaba la elevación de una plataforma con el objeto de cimentar el área del palacio y de la fachada sur de la Catedral, los cuales miraban desde lo alto a la ciudad.
Por lo tanto, el resultado final de Platerías obedece, en un principio, a una mala adecuación entre un primer proyecto de tímpanos pequeños, cuya decoración fue encargada al Maestro de Conques, y un segundo proyecto, inmediato, que buscaba un ingreso más ancho y que provocó la ampliación del espacio de los tímpanos y su forzoso “relleno” con otras lastras, realizadas por los denominados Maestros de la Porta Francigena y de la Traición. Por ello puedo afirmar que el caos de platerías no fue inicialmente buscado y que el fracaso de su sistematización no estaba previsto en su primera intención, y es fruto de cierta improvisación.
La controvertida inscripción de las jambas del ingreso derecho de platerías daría la clave del inicio de la elevación de la fachada de Platerías. No obstante, es cierto que desde un punto epigráfico la lectura de la inscripción es la siguiente: ERA ICXVI/IDVS I(V) LII M(AGISTER)/ Q(UI) F(ECIT) O(PUS) (“11 de julio de la era 1116 (1078), el Maestro que hizo esta obra”). Así la han interpretado J. Williams y J. D’emilio, basándose en las lecturas dadas por dos redactores galos del Liber sancti Iacobi: Giraldo de Beauvais, autor del capítulo 78 del primer libro de la Historia Compostelana, y el poitevino Americ Picaud de Parthenay –o quien se esconda bajo ese nombre–, supuesto autor de la guía del Liber sancti Iacobi. Ambos, a partir de la lectura de la inscripción de Platerías, señalaban que “la iglesia se comenzó en la era MCXVI (año 1078)”. No obstante, la fecha 1078, bien como inicio de obras de la Catedral, bien como celebración de la construcción de Platerías, resulta, a todas vistas, insatisfactoria, por lo que es necesario ofrecer una segunda explicación.

Para M. Gómez Moreno, F. Bouza Brey, Serafín Moralejo y F. López Alsina el enigma de la inscripción de platerías radicaba en el problema paleográfico del paso de la cursiva visigótica a la carolina.
Partiendo de esta premisa, podría reconstruirse el proceso de su realización del siguiente modo. En primer lugar, muy probablemente el scriptor que se encargó de redactar la inscripción en papel, siguiendo usos hispánicos, unió el grupo XL en la fecha, de manera que se leía: “ERA ICXLI/ V IDVS I(V)LII M(AGISTER) Q(UI) F(ECIT) O(PUS)” (11 de julio de la era 1141 (1103) el Maestro que hizo esta obra).
En segundo lugar, el ordinator escribió con tiza el texto en las jambas y finalmente el sculptor, un extranjero –posiblemente el Maestro de Conques, que realiza el resto de las inscripciones de los tímpanos en capitales clásicas–, no entendió la unión hispánica del grupo XL y lo convirtió en un XV, provocando de esta manera un secular malentendido.
No obstante, 1103 es la única fecha que tiene sentido en la fachada, pues supondría la finalización del palacio, la nivelación de la platea sur y el inicio de la erección de Platerías. No obstante, como ya hemos comentado, Giraldo de Beauvais es el primero en interpretar de manera errónea la inscripción de Platerías como la fecha del inicio de las obras de la Catedral en un capítulo que alude, sin embargo, a las obras emprendidas en el transepto por el “arquitecto” Gelmírez, con el fin de derribar la iglesia de Alfonso III en 1112 y la consiguiente elevación de un coro. Por otra parte, cuando en la guía del Liber sancti Iacobi (V, 9) la fecha “era 1116” (1078) vuelve a ser utilizada como comienzo de las obras paradójicamente se pasa seguidamente a afirmar sin rubor alguno que “desde el año en que se comenzó hasta la muerte de Alfonso, famoso y muy esforzado rey aragonés, se cuentan cincuenta y nueve años” (!): Alfonso el Batallador murió en 1134, por lo tanto, se está tomando como inicio de las obras el año 1075. Es evidente que en ambos casos existe una contradicción entre el uso de la fecha y el contenido del capítulo correspondiente.

Por lo que respecta al frontispicio de la fachada, parece haber sido pensado, en origen, para un Apostolado friso, una tipología que gozará de una gran fortuna en el Románico hispano, con ejemplos en San Quirce de Burgos –puerta norte–, San Pedro de Tejada, Santiago de Carrión Moarves y Santa María de Ripoll. De hecho, todavía se conservan nueve de estos primitivos doce apóstoles, removidos y repartidos ahora en dos grupos en el friso.
Con este apostolado, pensado para colocarse de forma holgada bajo doce de los diecisiete canes que enmarcan la fachada, sucedió posiblemente lo mismo que con los tímpanos: a la hora de su definitiva sistematización se le añadió el grupo central de la Transfiguración, el cual habría sido pensado para la puerta occidental, tal y como se describe en la guía del Liber sancti Iacobi, pero que probablemente nunca llego a realizarse como tal. La inclusión de estas lastras tuvo que ser, de hecho, muy temprana, quizá hacia 1111 si leemos –como sugirió J. Williams– la inscripción del Santiago entre cipreses ANF(US) REX como una alusión a la coronación de Alfonso Raimúndez en la catedral compostelana. Se trataría, pues, de una alteración del proyecto inicial casi inmediata, o quizás en plena obra, con vistas a la ceremonia de la coronación real y no fruto de la restauración tras el incendio de 1116, como hasta ahora se había defendido.
El carácter decididamente eclesiológico de Platerías no varía con la colocación, en 1111, de los relieves con la Transfiguración, ya que ésta se realiza con motivo de la coronación del niño Alfonso Raimúndez como rey de Galicia, el cual recibió sus insignias de poder en el altar del Apóstol Santiago de manos del obispo Gelmírez. La ocasión se habría aprovechado para añadir en la lastra del Santiago de la Transfiguración una frase que en un principio no estaba contemplada: ANF(US) REX. Con ella, la imagen se convierte en un verdadero visual manifesto de la teoría gregoriana de la supremacía del sacerdotium sobre el regnum, en la que el apóstol Santiago –cuya casa gobierna el obispo Gelmírez– tutela a la monarquía.
De hecho, esta vinculación entre Santiago y la monarquía constituye desde el siglo VIII la base del ideario de la Reconquista astur leonesa. El obispo Gelmírez llevará a cabo toda una serie de acciones y proyectos por afianzar esta alianza. Así, le concederá al rey el título de canónigo (1127) con el objeto de forzarle a elegir como lugar de sepultura la basílica del apóstol y convertirlo plenamente en un rex sacerdos.
A ese mismo ideario corresponde el proyecto de la colección documental del tumbo a, realizada pocos años después (1129-1133). Éste se ilustrará con una verdadera galería de retratos de reyes favorecedores de la basílica jacobea, que se inicia con la miniatura del hallazgo del sepulcro del apóstol y termina con el retrato del emperador Alfonso VII. En casi todos los retratos que encabezan los documentos de donación del tumbo a se repite hasta la saciedad la fórmula del nombre del monarca y su título regio, como en la citada lastra de Platerías: Alfonso II (Adefonsus: rex), el rey del descubrimiento de la tumba apostólica, y Alfonso VI (ADEFONS(US): REX: PATER: PATRIE), el rey de la construcción de la basílica románica.

Los dos vanos de la portada de Platerías están enmarcados por once columnas dispuestas de modo simétrico siendo las más exteriores de mármol con profusión escultórica, entorchadas y labradas las centrales y de fuste liso las más internas.
Tan solo dos de los once capiteles son historiados y ocupar los lugares más exteriores de la portada. El situado a nuestra izquierda está muy bien conservado y es de bella labra. Muestra la escena de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Sobre un elaborado fondo a base de entrelazos triples que se trenzan, representando la exuberancia del Edén, las volutas se enrollan en los ángulos en un alarde de virtuosismo escultórico. Del ángulo libre surge una especie de tallo rematado en bola y con fruto arracimado.
En la cara exterior hay un personaje que debe de corresponder al ángel que los expulsa del Paraíso mientras que en la interior, Adán y Eva cubren su sexo con las manos mientras otro personaje en medio de ellos, Probablemente Dios, les comunica el castigo a su falta. Indica con el índice derecho la expulsión mientras en su mano izquierda lleva un libro cerrado.
El otro de los capiteles historiados está tan deteriorado que es difícil intuir su mensaje. En la cara externa hay un ángel, mientras que en la interna se aprecian tres figuras nimbadas. Es clara la existencia de un pitón jaqués en el ángulo más próximo a la hoja de madera de la puerta.



Las columnas más adelantadas de la portada de Platerías son de mármol y aparecen delicadamente esculpidas con profusión de personajes generalmente situados bajo arquillos y flanqueados a su vez por columnillas y capiteles figurados, labrados con gran detalle.
Evangelistas, profetas, apóstoles y criaturas angélicas se suceden por sus fustes. También aves bebiendo en un cáliz en analogía del sacrificio de Cristo, relacionándose probablemente con el capitel de la capilla fundacional en que aparecen grifos flanqueando un cáliz.





El enigma del pórtico occidental
En los últimos años la historiografía extranjera ha recuperado la vieja idea de J. K. Conant (1926) de la existencia de un cierre occidental de época de Gelmírez, el cual habría sido desmontado y reaprovechado en parte por el Maestro Mateo para su obra. Para Christabel Watson (2009), Bernd Nicolai y Klaus Rheidt (2010) hubo un macizo occidental gelmiriano, con dos torres previas y una cripta, e incluso fachada y tribunas. Si bien es cierto que algunos indicios obligan a volver a considerar esta hipótesis –torre izquierda desviada con respecto a la nave, unidad de construcción en los muros más occidentales o presencia de un pasaje subterráneo–, otros argumentos utilizados por estos autores –como la constante pervivencia de trazas gelmirianas–, o minimizados por ellos –como el carácter absolutamente novedoso de la ornamentación y bóvedas de los últimos tramos de la basílica y cuerpo occidental– entran en abierta contradicción con dicho planteamiento. De hecho, no deja de ser sospechoso que la Guía del Liber sancti Iacobi, redactada en 1137, no haga mención alguna al uso de la supuesta cripta ni tribuna occidental gelmiriana, cuando sí tenemos jugosas referencias de la existencia de altares en las tribunas del deambulatorio –a San Miguel en 1105– y de los pórticos del transepto. Del mismo modo, resulta muy claro que Gelmírez no derrumba la torre de Cresconio, situada entre los tramos séptimo y octavo de la nave central, hasta 1120, lo que indicaría entonces que los trabajos estaban sólo en parte concluidos en los seis primeros tramos de las naves.
Por último, la descripción dada por el Liber sancti Iacobi (V, 9) de la puerta occidental, por vaga, es bastante decepcionante si se compara con las otras dos. Los únicos relieves concretos que comenta, la Transfiguración en el Monte Tabor, no son los existentes actualmente en el centro del friso de Platerías, como algunos autores pretenden.
Estos últimos ya son descritos en esa misma guía en la puerta sur –“allí el señor de pie, San Pedro a su izquierda (…), y Santiago a la derecha entre dos cipreses, y San Juan, su hermano, junto a él”–. parece, por lo tanto, más plausible la idea de S. Moralejo y J. Williams de que los relieves de la Transfiguración de Platerías, aunque fuesen en origen concebidos para un futuro portal occidental, se decidió en 1111 colocarlos en el centro de la fachada sur, con motivo de la entrada triunfal del rey-niño Alfonso Raimúndez. La descripción del Liber sancti Iacobi hacia 1130-1137 recogería todavía la “declaración de intenciones” original del programa gelmiriano de fachadas, si bien esa puerta occidental, aunque pudiese existir entonces en forma de cierre, no parece que tuviese relieve alguno, pues, como dice el propio autor de la guía, “de todo lo que hemos dicho parte está completamente terminado y parte por terminar”.

Mobiliario litúrgico
Según la Historia Compostelana (I, 19), en 1105 –si nos fiamos de la inscripción de la Capilla del Salvador–, se habría producido la consagración de todos los altares en torno a la cabecera de la catedral –María Magdalena, el Salvador, San Pedro, San Andrés, san Fructuoso (San Martín), San Juan Bautista, San Juan Apóstol, Santa Fe, Santa Cruz y San Miguel–, cuya inauguración está en directa relación con la restauración y agrandamiento del nuevo altar mayor a Santiago (HC I, 18). aunque no sabemos con certeza el momento exacto de su conclusión, un segundo testimonio epigráfico, perdido, nos ayuda en la labor: La Guía del Liber sancti Iacobi (V, 9) nos habla de la inscripción conmemorativa que Gelmírez mandó cincelar en el nuevo frontal de plata que decoraba dicho altar que “hizo cuando un quinquenio su episcopado cumplió”. Aunque fue elegido en el año 1100, Gelmírez no fue consagrado hasta la pascua de 1101 (22 de abril), por lo que ese quinto año se refiere al período comprendido entre el 22 de abril de 1105 y el de 1106. El 30 de diciembre de 1105, festividad de la Traslación del Apóstol, es una fecha plausible para la consagración de los altares de la cabecera, mientras que para la colocación del formidable mobiliario litúrgico en plata dorada y esmaltes (baldaquino y frontal) tanto pudo realizarse ese día como el 22 de abril de 1106, tal y como bien podría deducirse de la citada inscripción.
La sistematización “a la romana” del altar mayor de Santiago, con confessio, baldaquino y frontal de plata, es deudora, tal y como señaló Moralejo, de la experiencia directa adquirida por la curia compostelana en los viajes realizados a Roma en 1100 y 1105. En el primero, Gelmírez había sido investido subdiácono en 1100 en San Pedro de Vaticano, según el ritual canónico, ante la pérgola, tumba y altar de San Pedro. Muy probablemente entonces, éste “concibió” su programa artístico de evocación y exaltación “apostólica” para la basílica compostelana, el cual maduró en su segunda visita a la ciudad eterna en 1105, con motivo de recibir el palio. Muchos años más tarde, probablemente en 1137, ya que la Guía del Liber sancti Iacobino lo menciona, Gelmírez añadió a este fastuoso altar un magnífico retablo de plata.
Reconstrucción 3D del Altar Mayor de la Catedral de Santiago en época de Diego Gelmírez. Realizado bajo la dirección científica de M. Castiñeiras para la Exposición Compostela y Europa. la historia de diego Gelmírez, París-Roma-Santiago 2010
 

Todos estos elementos, irremediablemente perdidos, han sido reconstruidos digitalmente en 3D con motivo de la exposición Compostela y Europa. La historia de Diego Gelmírez, en el año 2010. Para su realización, se han tenido en cuenta no sólo las descripciones que proporciona el Liber sancti Iacobi (V, 9) y algunos pasajes de la Historia Compostelana si no también los dibujos y comentarios que el canónigo Vega y Verdugo realizó en 1656-1657 del primitivo retablo de plata, así como las propuestas de reconstrucción publicadas por A. López Ferreiro y S. Moralejo. todo ello con la idea de que, en estas obras, Gelmírez quería evocar la magnificencia de los santuarios de las basílicas mayores de Roma, pero con un lenguaje en parte deudor de la orfebrería gala contemporánea.
Tanto el frontal y el baldaquino, realizados en 1105-1106, como el retablo, de hacia 1137, estaban realizados en plata y decorados con un ambicioso programa iconográfico. El baldaquino constaba de cuatro ángeles trompeteros y cuatro profetas en las enjutas de los arcos, así como de un cuerpo superior octogonal, con los cuatro evangelistas y los doce apóstoles, rematado, en la parte superior, por el grupo de la Trinidad. En su techo interior se disponían, además, ángeles y virtudes rodeando al Agnus Dei.
Por su parte, el frontal de plata estaba presidido en su parte central por una Majestas Domini, cuya mandorla albergaba los veinticuatro ancianos músicos del Apocalipsis, mientras que, a ambos lados y repartidos en dos registros, se figuraban los doce apóstoles. Por último, el retablo, verdadero Trono de la Eucaristía, tenía forma pentagonal, estaba presidido por un Cristo mostrando las llagas de la Pasión, rodeado en dos registros del colegio apostólico, al que se añadían, en el superior, las figuras de San Juan y la Virgen María.
Cabe señalar que en los tres muebles de altar la imagen de Apostolado era recurrente de acuerdo con la idea romana de vuelta a la Iglesia de los orígenes. Sin embargo, la factura de estos elementos en plata dorada repujada, quizás con esmaltes y piedras preciosas, debía de responder a los modelos ultrapirenaicos de talleres como los de Conques o Moissac.
Por último, para aumentar todavía más la magnificencia del Sancta Sanctorum de la Catedral, en la descripción del altar en el Liber sancti Iacobi (V, 9) se aludía también a tres lámparas de plata, una de ellas con siete pebeteros que representaban los dones del Espíritu Santo. Todo este mobiliario se completaba con un suntuoso ajuar, compuesto por vestiduras, libros y otros ornamentos sagrados para la celebración de la liturgia. La Historia Compostelana (II, 57) incluye un capítulo en el que da noticia de las numerosas adquisiciones de Gelmírez a este respecto entre 1105, año de la consagración del altar mayor, y el año 1122, uno de los momentos más importantes de su gobierno, pues hacía dos años que había adquirido la dignidad arzobispal y la legacía apostólica para las provincias de Braga y Mérida.
En dicha relación de objetos se enumeran ricas casullas, dalmáticas, un evangeliario purpúreo, dos de plata y uno de oro, un misal de plata, un epistolario de plata, dos cajas de plata –una de ellas para guardar la cabeza de Santiago–, una caja de marfil, un Lignum Crucis de plata –regalo de la reina Urraca–, tres cálices de plata y uno de oro, un turiferario de oro, tres vinajeras de plata y otros tantos libros litúrgicos.
Lamentablemente tampoco ninguna de estas piezas ha llegado hasta nosotros, si bien su eco o reflejo en la iconografía nos proporciona alguna pista sobre su aspecto. Así en el tímpano izquierdo de Platerías, el Cristo de las Tentaciones viste una lujosa casulla con decoración floral que parece ser un reflejo en piedra de las cuatro magníficas citheras hechas al estilo griego que Gelmírez regaló a su iglesia.
Del mismo modo, en el mismo tímpano, en una especie de eco de ceremonial litúrgica, un ángel turiferario lleva un hermoso incensario ricamente decorado con el motivo de un rostro vegetal. En este caso podría tratarse de un eco de uno de los dos incensarios de oro ofrecidos por Gelmírez a la catedral, ya que el minucioso acabado de relieve sugiere la técnica de calados e incisiones de los objetos de orfebrería de la época.
Con objeto de proteger su lujoso ajuar litúrgico –el baldaquino, el frontal y el retablo de plata, los vasos y paños litúrgicos así como los relicarios preciosos–, el altar mayor de la Catedral de Santiago era un lugar precintado por rejas, de las que no queda ninguna traza, pero que están documentadas en la Historia Compostelana (I, 69; III, 47) así como en el Libro de las Constituciones (1240-1250). Podemos imaginar su aspecto a partir de las de la iglesia abacial de Conques –que custodiaban el célebre tesoro de Santa Fe– o las más tardías de Santa María de Melide (A Coruña), en el tramo gallego del Camino Francés.

La culminación de la Catedral románica: El maestro Mateo y la escenografía de la Gloria y el Reino
Tras la aparente simplicidad de una figura de ostensible carácter penitencial que, arrodillada en dirección al altar mayor de la catedral compostelana, parece estar recitando ad aeternum los versos del salmo 40 “Aquí vengo; en el rollo del libro está escrito lo que soy; Me ha agradado, Dios mío, el hacer tu voluntad; Y tu ley está en medio de mi corazón”, se esconde una de las creaciones más originales del Maestro Mateo en el Pórtico de la Gloria, el retrato del ARCHITECTUS, término que según la tradición se leía sobre su cartela. no es casual que, a lo largo de los siglos, esta escultura se haya erigido en centro de rituales populares en torno a las ideas de la sabiduría y la memoria, ya que constituye un hito en la representación del arquitecto como “creador inspirado por Dios”. nutriéndose de modelos bíblicos como el célebre Bezalel del Éxodo (Ex. 31: 1-10), a quien Yahvé eligió para construir el Tabernáculo, esta concepción del artista se irá desarrollando a lo largo del siglo XII de forma paralela en el ámbito de la exégesis textual, con la popularización del uso de alegorías arquitectónicas y ekphrases[1] de edificios a modo de estructuras virtuales para la meditación y la ordenación del conocimiento; y, a la vez, en el contexto de la praxis constructiva, que en esa centuria experimenta una auténtica revolución, impulsada por la escala de las grandes empresas de las catedrales, en cuanto a sus procedimientos técnicos, organización gremial y a la consideración social del maestro de obras.

Será precisamente en los círculos intelectuales de París en los que se habían formado gran parte de los canónigos compostelanos desde época de Diego Gelmírez, entre los cuales se encontraba el arzobispo Pedro Suárez de Deza (1173-1206), uno de los principales promotores, junto a Pedro Gudesteiz (1168-1172) y Pedro Muñiz (1207-1224), de la empresa en la que se enmarca el Pórtico de la Gloria, donde la exégesis en torno a descripciones de edificios bíblicos y estructuras arquitectónicas imaginarias había alcanzado un mayor florecimiento, especialmente en la escuela de la abadía de San Víctor. Esta escuela estaba liderada por dos de los pensadores más influyentes del siglo XII: Hugo († 1141), autor de tratados como el Arca Mística donde describe una pintura del Arca de Noé cuyo diseño alberga un mapamundi y diagramas que sirven de soporte didáctico a extensas reflexiones históricas y teológicas, y Ricardo († 1173), autor de un Comentario sobre la Visión del Templo de Ezequiel, una de las descripciones arquitectónicas más detalladas, complejas y desconcertantes de la Biblia, que generó una amplia literatura exegética desde época patrística. A diferencia de comentaristas anteriores como Gregorio Magno, que proponían una interpretación espiritual del complejo templario descrito por Ezequiel, Ricardo de San Víctor intentó demostrar que se trataba de una estructura coherente y tangible, susceptible de ser edificada. Para ello acompañó los manuscritos de su comentario con una serie de trece dibujos consistentes en planos y alzados que ofrecían, como si de un manual de arquitectura se tratase, la formulación gráfica de las diferentes partes de la ciudadela descrita por Ezequiel y, en especial, de su Pórtico, donde se centraba la visión del profeta. Los diez manuscritos conservados del Comentario de Ricardo de San Víctor, entre los que se encuentra un ejemplar procedente de la biblioteca de la abadía, compuesto posiblemente bajo la supervisión del propio autor, dan testimonio de la popularidad de esta obra, que no debía de haber pasado desapercibida al grupo de clérigos compostelanos que, habiendo dejado atrás una gran catedral en construcción, habían sido enviados a París para estudiar con los mejores maestros del momento e impregnarse de las producciones culturales de los principales centros de pensamiento de la zona. Observando el alzado frontal del Pórtico descrito por Ezequiel, que se dibujaba sobre el pergamino bajo la rúbrica Representatio Porticus Quasi a Frontis Videretur, así como su elevación lateral, donde se revelaba una estructura de varios niveles asentada sobre la pendiente de una colina (París, BNF, Ms. Lat. 14516, fols. 240r y 240v), cualquier canónigo compostelano habría pensado en el proyecto inacabado del principal portal de su catedral. Era ésta la parte más ambiciosa y desafiante del edificio ya que, a la dificultad técnica de salvar el desnivel del terreno con res pecto al cuerpo de naves, se añadía la ardua tarea de diseño y ejecución del que debía ser el programa escultórico más espectacular del conjunto catedralicio, tanto en extensión figurativa como en conceptualización simbólica.
A la muerte del arzobispo Diego Gelmírez en 1140, esta fachada habría quedado parcialmente construida en su estructura vertical, con una cripta a nivel de suelo y unas escalinatas que daban acceso a una portada bífora similar a las del transepto. En ese estado, aunque posiblemente cubierta de andamios, parece haberla visto el autor de la guía del peregrino del Liber sancti Iacobi, quien se ve obligado, por ello, a embellecer su ekphrasis con la mención de aspectos de la decoración escultórica que debían de estar todavía en proceso de realización y montaje:
La puerta occidental, que tiene dos entradas, aventaja a las otras puertas en belleza, tamaño y arte. es mayor y más hermosa que las otras y está admirablemente labrada, con muchos escalones por fuera, y adornada con diversas columnas de mármol, con distintas re presentaciones y de varios modos; está esculpida con imágenes de hombres, mujeres, animales, aves, santos, ángeles, flores y labores de varias clases. Y su obra es tan enorme que no cabe en mi narración. sin embargo, arriba se representa, admirablemente esculpida, la Transfiguración del Señor, cual sucedió en el Monte Tabor” (Liber sancti Iacobi, Codex Calixtinus V, 9).
Tema poco frecuente en los programas iconográficos de las portadas románicas coetáneas a la construcción de la catedral compostelana, la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor habría sido seleccionada para la fachada principal en el momento en que se planificaron de forma conjunta las tres portadas de la catedral alrededor de 1105, debido a la especial relevancia que tenía este episodio para promocionar la sede jacobea, ya que ponía de manifiesto el lugar destacado que Cristo había concedido al Apóstol Santiago al permitirle ser testigo privilegiado, junto a Juan y Pedro, de la revelación de su naturaleza divina, como anticipo de su Segunda Venida y de su triunfo al final de los tiempos.
Sin embargo, el éxito político alcanzado por diego Gelmírez en 1111 al oficiar la coronación de Alfonso VII, todavía menor de edad, ante el altar del Apóstol, presidir su posterior investidura de armas en 1124, y asegurar la promesa del mismo monarca, a la larga incumplida, de enterrarse en el templo instaurando así un panteón real, sentaba las bases para la inminente necesidad de dotar a la basílica compostelana de una escenografía monumental más apropiada para su nueva función de catedral real.
Cabe la posibilidad de que el célebre epígrafe ANFUS REX, cincelado en la lastra del “Santiago entre Cipreses” de Platerías, al que John Williams otorgó un significado ideológico en conmemoración de la coronación de Alfonso VII o, quizá, de su entrada triunfal en la ciudad tras la derrota de los almorávides en 1116, se realizase con la idea de colocar la pieza en la portada occidental, ofreciéndonos la primera muestra del intento de convertir a esa fachada en un gran escenario de la liturgia política de la monarquía –liturgia de la que nos da cuenta la Historia Compostelana al describir este último acontecimiento:
Allí todo el pueblo de la ciudad con gran alegría salió al encuentro del rey niño…todos los varones salieron armados a recibirle para tributarle honores como rey. Era muy agradable de ver entonces las carreras de rápidos corceles, las falanges de gente armada de a pie, los coros de mujeres bailando. entretanto el obispo se adelantó a la iglesia con los canónigos que estaban con él y preparó la procesión para recibir al rey” (Historia Compostelana CIX, 1).
Su traslado a la portada de Platerías, junto con otras esculturas destinadas originalmente al conjunto de la Transfiguración, como el “Abraham saliendo del sarcófago”, pudo haberse debido a un cambio de plan que se produjo a finales de los años 40, momento en que ya las ve en su actual ubicación el autor de la guía del peregrino del Liber sancti Iacobi. Este plan respondería a la necesidad de adecuar la fachada principal de la catedral a las nuevas ambiciones de la sede compostelana, engrandeciéndola desde el punto de vista de su programa iconográfico y de las nuevas tendencias estilísticas de la plástica monumental.
Sin embargo, estos anhelos habrían de ser aplazados durante más de dos décadas, marcadas por la inestabilidad interna y el distanciamiento institucional por parte de la corona, si bien, como veremos, la actividad artística en la catedral y, en particular, en esa portada, nunca cesó por completo.
Cuando el hijo de Alfonso VII, Fernando II asciende al trono leonés en 1157 y decide renovar la alianza entre la monarquía y la sede compostelana, surge de nuevo el momento propicio para acometer la transformación monumental de un edificio concebido, en origen, como un templo de peregrinación, en una majestuosa catedral real, que debía convertirse en la nueva Saint-Denis y Reims de la dinastía leonesa, sede de un panteón dinástico, en el que habría de ser enterrado el propio Fernando II y sus descendientes, y en un escenario privilegiado para la celebración de grandes ceremonias de exaltación de la alianza entre el regnum y el sacerdotium, como investiduras de armas y coronaciones.
Habría de ser también en ese entorno de París en el que canónigos compostelanos, escuchando a Ricardo de San Víctor, podrían haber soñado con la construcción de un nuevo pórtico para su iglesia que reflejase la magnificencia visionaria de los modelos bíblicos donde, en las décadas centrales del siglo XII, se había producido una revolución artística en el diseño de fachadas, propiciada precisamente por las necesidades simbólicas de la dinastía capeta de proclamar de forma monumental la alianza entre la iglesia y la monarquía. el mismo año de la muerte de Gelmírez, se completaba bajo el patrocinio del incansable abad Suger –quien al igual que el arzobispo compostelano tenía a un rey, Luis VII, bajo su tutela–, la nueva fachada occidental de la iglesia de la abadía de Saint-Denis, sede del panteón de los reyes de Francia y centro simbólico de la monarquía francesa, inaugurando la tipología de la “Portada real” que pronto se extendería por las principales catedrales de la Île-de-France y habría de convertirse en un referente para la sede compostelana.
El proyecto del Pórtico de la Gloria surgirá de una combinación única entre el pensamiento de la arquitectura imaginada y las nuevas tendencias de la arquitectura construida, dos ámbitos a los que habían tenido acceso privilegiado los promotores de la Catedral de Santiago y, junto a ellos, un maestro de obras que probablemente se había formado en una de las empresas constructivas más internacionales, eclécticas, dinámicas y vanguardistas de su época, es decir, la propia basílica del Apóstol.
Al igual que los canónigos con los que colaboraba, este magister podría haber disfrutado de la oportunidad de enriquecer su formación viajando por los caminos de la peregrinación y expandiendo su conocimiento por las sendas de la educación facilitadas por el cabildo compostelano. En su obra, Mateo combina lo mejor de una tradición compostelana que conoce íntimamente, y respeta con un gusto casi historicista, con las tendencias más avanzadas de los estilos internacionales que se estaban desarrollando en la Île-de France, Borgoña e Italia para crear un proyecto artístico total de vanguardia en el que la arquitectura, la escultura y la pintura se unían conformando una escenografía sacra de efecto impactante que envolvía al visitante en un espectáculo plástico y cromático sin parangón en la época.

SAPIENS ARCHITECTUS: fundamentos de una visión
El nombre del maestro Mateo aparece registrado por primera vez sobre el pergamino en un precioso documento fechado el 23 de febrero de 1168 por el que el rey Fernando II le otorga un privilegio para recompensar su labor como director de las obras de la catedral y extender su contrato indefinidamente ofreciéndole una pensión vitalicia:
Dono y concedo a ti, maestro Mateo, que tienes el primer puesto y la dirección de la obra del mencionado Apóstol [magistro Matheo qui operis praefati Apostoli primatum obtines et magisterium] cada año, y en la mitad mía de la moneda de Santiago, la pensión de dos marcos cada semana… de modo que esta pensión te valga cien maravedises cada año… te lo concedo por todo el tiempo de tu vida, para que redunde en mejoría de la obra de Santiago y de tu propia persona”.
De forma imprecisa se suele denominar a este documento “el contrato del maestro Mateo” pero, como se desprende del mismo, Mateo llevaba ya tiempo al frente de las obras de la catedral y había alcanzado un considerable prestigio en el ejercicio de su labor como para merecer tan generosa y vitalicia remuneración, parte de la cual estaría destinada a financiar el grupo de operarios que trabajaban bajo su dirección.
En su condición de magister operis Mateo combinaba las funciones de dos figuras que le habían precedido en la obra de la catedral. Por un lado estaba la del arquitecto propiamente dicho, diseñador de los planos del templo, como aquel Bernardo el Viejo, mirabilis magister, al que la guía del Liber sancti Iacobi atribuye la dirección inicial de la fábrica de la catedral. Por otro lado estaba la figura del intelectual, gestor y coordinador de empresas constructivas, como es el caso de ese otro Bernardo mencionado en el Liber sancti Iacobi y la Historia Compostelana, quien ejercía de tesorero, archivero, canciller real y promotor de importantes obras de infraestructura urbanas en torno a la catedral, como la célebre fuente que se encontraba en la plaza del Paraíso, en la cual inscribió su firma en 1122, dejando constancia de su función de “diseñador/ejecutor” (Ego Bernardus… composui):
Yo, Bernardo, Tesorero de Santiago, traje aquí esta agua y realicé la presente obra para remedio de mi alma y de las de mis padres, en la era MCLX el tercero de los idus de abril” (= 11 de abril de 1122) (Liber sancti Iacobi, Codex Calixtinus V, 9).
De manera similar, el nombre del maestro Mateo reaparecerá cincelado en granito dos décadas después de su primera mención, en la inscripción del tímpano del Pórtico de la Gloria, donde se conmemora el asentamiento de los dinteles el 1 de abril de 1188 indicando que el magister Matheus dirigió las obras desde los cimentos de los mismos portales:
ANNO AB INCARNATIONE DOMINI MCLXXXVIII ERA ICCXXVI DIE KALENDAS / APRILIS SUPER LIMINARIA PRINCIPALIUM PORTALIUM / ECCLESIE BEATI IACOBI SUNT COLOCATA PER MAGISTRUM MATHEUM / QUI A FUNDAMENTIS IPSORUM PORTALIUM GESSIT MAGISTERIUM.
En el año de la Encarnación del Señor 1188, era 1226, a 1 de abril, fueron asentados los dinteles del pórtico principal de la iglesia del Bienaventurado Santiago, por el Maestro Mateo, quien dirigió la obra desde los cimientos de los mismo portales”. 
Este epígrafe, una de las dos referencias coetáneas directas que existen sobre el trabajo del Maestro Mateo en la catedral compostelana, tiene gran importancia para fechar la evolución de los trabajos en los 20 años transcurridos desde el inicio del proyecto en 1168 y, también, para valorar la labor de Mateo que, como expresa la inscripción, dirigió las obras “desde los cimientos”
. 
Figura del maestro Mateo como sapiens architectus (Foto: Manuel Veiras) 

En relación directa con esta inscripción hay que entender el retrato de autor que, situado visualmente en los “fundamentos” de las arcadas del Pórtico, constituye una suerte de glosa figurativa de la misma, dejando testimonio, no sólo del reconocimiento social e institucional del que Mateo gozó en Compostela, difícilmente concedido a un personaje de procedencia foránea, sino, como veremos, de los constituyentes del proceso creativo del que surge esta sublime obra. Sus claves interpretativas se hallan en su disposición topográfica dentro del conjunto del Pórtico, al que sirve de “fundamento” tanto desde el punto de vista estructural como desde el punto de vista iconográfico, y, especialmente, en el simbolismo de su lenguaje gestual, centrado en la unión entre la mano, instrumento de ejecución material (la destreza), y el corazón, donde reside la facultad intelectual (la memoria, la inventio y la phantasia). El análisis pormenorizado de las fuentes que informan la codificación de esta figura permite situarla en el lugar privilegiado que le corresponde en la Historia del Arte junto a otros hitos que marcaron época en la proyección de la imagen del artista, entre los que cabe destacar el retrato de Adam Kraft en la iglesia de San Lorenzo de Nuremberg y, en particular, el revolucionario auto-retrato de Durero del 1500, hoy conservado en la Alte Pinakothek de Munich, cuyas semejanzas compositivas con la escultura creada por el maestro Mateo no son fortuitas sino que derivan de una común asimilación de fuentes literarias e iconográficas enraizadas en las tradiciones escriturísticas y exegéticas cristianas.
Evocando la figura del Bezalel bíblico, cuyo nombre significa “bajo la sombra de Yahvé”, Mateo sitúa su retrato a contraluz en el reverso del Pórtico, a la sombra del Cristo triunfante de la Parusía. A lo largo de la Edad Media y, especialmente, en el contexto de la construcción de las grandes catedrales, Bezalel se convierte en el modelo de arquitecto visionario ya que, según el relato del Éxodo, Yahvé lo eligió por su sabiduría, discernimiento y por su capacidad para entender los mecanismos de la creación e interpretar fielmente sus indicaciones, poniéndolo al frente de un selecto grupo de artesanos, cuyo “corazón” Dios también dota de sabiduría para llevar a cabo su tarea: “Y he puesto sabiduría en el corazón de todo experto (in corde omnis eruditi posui sapientiam), para que hagan todo lo que te he mandado” (Ex. 31:6).
En su primera epístola a los Corintios, San Pablo retoma esta imagen veterotestamentaria del artífice iluminado por Dios, comparando su propia labor evangelizadora con la de un arquitecto sabio (sapiens architectus) que se encarga de colocar los cimientos del templo que luego, cada cristiano, debe construir en su alma:
Conforme a la gracia de Dios que me ha sido otorgada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento [ut sapiens architectus fundamentum posui], mas otro prosigue el edificio, pero que cada uno vea cómo prosigue el edificio. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesús, el Cristo” (1 Corintios 3:10).
Esta epístola de enorme popularidad en la Edad Media, en cuyo texto se repite la palabra fundamentum en numerosas ocasiones, es evocada en la inscripción del Pórtico de la Gloria donde se indica, como hemos visto, que la labor directiva (magisterium) del maestro Mateo se extiende desde “los fundamentos de los mismos portales” (a fundamentis ipsorum portalium). Estos “fundamentos” no son necesariamente de naturaleza estructural, como se ha interpretado tradicionalmente, ya que recientes investigaciones han reforzado la teoría de que Mateo trabajó sobre una estructura pre-existente, sino de orden intelectual, conceptual y espiritual, reflejando la acepción que tiene la palabra en su uso bíblico y en el contexto de la exégesis ekphrastica. Del gesto de colocar la mano en el centro del pecho, donde se situaba simbólicamente el corazón en la Edad Media, emanan las dos dimensiones del retrato: por un lado, el arquitecto muestra que su obra constituye el reflejo material de ese templo que todo buen cristiano construye in corde y, por otro, se relaciona con las teorías contemporáneas sobre el proceso creativo donde se consideraba que el corazón era el órgano en el que operaba la phantasia, es decir, la facultad para generar imágenes mentales en respuesta a la enargeia (capacidad evocadora) de las descripciones de un texto. Recogiendo una larga tradición de la que Mateo se hace eco en esta figura, Godofredo de Vinsauf desarrolla en su Poetria nova una analogía entre el proceso creativo del arquitecto y del poeta, un proceso que se desarrolla en “la fortaleza del pecho” (pectoris arcem) donde “la mano del corazón” (manus cordis) realiza el diseño completo del edificio en su conjunto (opus totum) trazando un diagrama interior (intrinseca linea cordis) como paso previo a su ejecución material:
Si alguien tiene que construir una casa, su mano no se lanza impulsiva a la acción. Interiormente la línea de su corazón (intrinseca linea cordis) traza el plan de la obra y, mentalmente, los pasos sucesivos en un orden determinado; y la mano de su corazón (manus cordis), antes que la del cuerpo, da forma a toda la casa; y su estado es antes un arquetipo que algo tangible”.
El retrato del maestro Mateo, por lo tanto, nos muestra al arquitecto como un creador intelectual que, gracias a su sabiduría, devoción y entendimiento profundo de las Sagradas Escrituras consigue acceder a un modo de visión espiritual que luego se refleja en su obra. En una serie de artículos recientes Rocío Sánchez Ameijeiras ha llamado la atención sobre la poética visionaria que informa la configuración arquitectónica y figurativa del Pórtico, y, efectivamente, Mateo se representa mirando con “los ojos del corazón” (oculos cordis), como corresponde al “tercer modo de visión” espiritual descrito por Ricardo de San Víctor en su comentario al Apocalipsis, el texto base en el que se inspira el programa iconográfico y la poética formal del nártex en el que se enmarca el Pórtico. Ricardo explica que el tercer modo de visión, que es el que experimenta San Juan para recibir la revelación, permite acceder al conocimiento de verdades espirituales a través de formas, figuras y similitudes corpóreas. Es precisamente ese modo de visión al que hace alusión la figura de san Juan del pilar de los apóstoles del Pórtico, quien se representa absorto deleitándose en la contemplación interior de la Nueva Jerusalén descrita en el libro que sostiene en su pecho –un libro que tenía una inscripción, hoy perdida, incidiendo en el momento visionario que estaba experimentado el evangelista: “Y vi la Ciudad Santa, Jerusalén, descendiendo del cielo de parte de Dios” (Apoc. 21:2)–. Como ha apuntado Serafín Moralejo, esa visión de la Nueva Jerusalén, de esa “ciudad que no necesita de sol ni de luna que la alumbren… porque la ilumina la Gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Apoc. 21:23-26), es evocada por la triple estructura del Pórtico a través de la iconografía de las claves de bóveda de la cripta, donde se representan ángeles sosteniendo un sol y una luna, como corresponde al nivel terreno, y la tribuna donde aparece el Cordero de Dios.
De la misma forma, Mateo aparece ensimismado, recreándose con los ojos del corazón en la visión interior del prototipo de su obra, que no es otro que esa misma Ciudad Santa descrita por san Juan –un prototipo que se materializaba, como si de una maqueta arquitectónica se tratase, frente a él en la estructura del coro pétreo que ocupó los cuatro primeros tramos de la nave central hasta su desmantelamiento en el siglo XVII–. A su vez, la situación topográfica del retrato “a la sombra” del Pórtico genera otra magistral relación compositiva entre la figura del arquitecto absorto en la contemplación in corde de la Nueva Jerusalén y la majestuosa estructura que se eleva tras él y que evoca la misma Ciudad Santa en vertical, recordando la manera en la que se ilustra un similar proceso visionario en otra obra que Mateo pudo haber conocido bien, la portada norte de la catedral de Lugo. Allí, esculpido en el tímpano que está dispuesto sobre un capitel pinjante decorado con una representación de la Última Cena, se encuentra un luminoso Pantocrátor a modo de transubstanciación marmórea de la visión interior que está experimentando san Juan mientras duerme sobre el pecho de Jesús, momento al que alude la inscripción del ábaco: “El discípulo del Señor, plácidamente dando sus miembros al reposo recostado en la cena, vio celestiales maravillas (celestia vidit amena)”.
Superando a sus predecesores, Mateo consiguió transformar el Pórtico en una verdadera ekphrasis pétrea que envolvía al visitante transportándolo a un ámbito de realidad virtual potenciado por una policromía brillante que, con la incidencia de los rayos del sol, dinamizaba el conjunto escultórico generando un ambiente de percepción fenomenológica cambiante que inducía a la visión de “celestiales maravillas”. Hoy la concepción y efecto originales del cuerpo occidental de la catedral se han perdido debido a la alteración de su entorno arquitectónico e iconográfico producida por el desmantelamiento de la fachada exterior y del coro pétreo, con la consiguiente dispersión de las piezas escultóricas de ambos conjuntos, así como la parcial desaparición de las capas de policromía aplicadas a lo largo de los siglos, ocultas bajo capas de polvo y suciedad. Sin embargo, se han producido en los últimos años importantes avances en nuestro conocimiento de la obra del maestro Mateo gracias a las investigaciones realizadas en el marco del Programa Catedral, la intervención de mayor relevancia realizada hasta la fecha en la basílica compostelana, promovida por la Fundación Catedral de Santiago y la Fundacion Barrié, y financiada por esta última –una institución cuyo continuo mecenazgo de la obra del maestro Mateo también nos ha devuelto el coro pétreo–. Durante la fase de estudios previos llevados a cabo entre 2009 y 2011 ha sido posible definir por primera vez la secuencia de las policromías del Pórtico, identificando hasta cinco estratos diferenciados en algunas zonas. De la primera policromía se han detectado abundantes restos, sobre todo en el arco de los Ancianos del Apocalipsis, mostrando la utilización de pan metálico de oro puro de gran calidad y de lapislázuli como pigmento azul –testimonio de la enorme inversión económica que supuso la decoración del conjunto y la importancia que se le daba a la fase pictórica–. También hoy, partiendo de las aportaciones de Ramón Yzquierdo Perrín y de José Antonio Puente Míguez en cuanto a la morfología arquitectónica de la fachada occidental, podemos acometer una restitución de las piezas escultóricas de este conjunto a su lugar y significado originales, aproximándonos a la visión del proyecto total (opus totum) que Mateo concibió en su imaginación, o, para usar una expresión acuñada por san Agustín que adquiere plena vigencia en el contexto de este estudio, en su theatro pectoris (teatro del pecho/corazón/mente).

La ciudad y la gloria: el programa de la fachada exterior del Pórtico
Elías. Museo de Pontevedra. 
Enoc. Museo de Pontevedra. 

Envueltas hasta ahora en la nube de la indeterminación iconográfica, las figuras de los profetas Elías y Enoc, conservadas en el Museo de Pontevedra, son dos de las creaciones más bellas e impactantes del taller del maestro Mateo, tanto desde el punto de vista formal como por su papel en la escenografía del Pórtico. Con toda probabilidad ocuparon las jambas del gran arco central de la fachada, sirviendo de preámbulo, en su papel de Testigos del Apocalipsis, a la Segunda Venida de Cristo representada en el tímpano:
Después recibí una vara para medir, semejante a un bastón, mientras me decían: ‘Levántate y mide el Templo de Dios… No tengas en cuenta el atrio exterior del templo ni lo midas, porque ha sido entregado a los paganos’… Yo encargaré a mis dos testigos que profeticen durante mil doscientos sesenta días, vestidos con hábitos de penitencia… Si alguien quiere hacerles daño, saldrá un fuego de su boca que consumirá a sus enemigos: así perecerá el que se atreva a dañarlos. Ellos tienen el poder de cerrar el cielo para impedir que llueva durante los días de su misión profética… Cuando hayan acabado de dar testimonio, la Bestia que surge del Abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará… Pero después de estos tres días y medio, un soplo de vida de Dios entró en ellos y los hizo poner de pie, y un gran temor se apoderó de los espectadores… Cuando el séptimo ángel tocó la trompeta, resonaron en el cielo unas voces potentes que decían: ‘El dominio del mundo ha pasado a manos de nuestro Señor y de su Mesías, y él reinará por los siglos de los siglos’… Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos, delante de Dios, se postraron para adorarlo, diciendo: ‘Te damos gracias, Señor, Dios todopoderoso –el que es y el que era– porque has ejercido tu inmenso poder y has establecido tu Reino’” (Apoc. 11:1-17).
Siguiendo fielmente el texto del Apocalipsis donde los dos Testigos llegan a la ciudad para predicar el arrepentimiento, la conversión y la penitencia ante la proximidad del final de los tiempos, el maestro Mateo sitúa a Elías y Enoc en el “atrio del templo de Dios”, nimbados y vestidos con largas túnicas que, por su elegancia y sutileza de diseño, son comparables a las de sus retratos en el contemporáneo Beato de Cardeña (Madrid, Museo Arqueológico Nacional, Ms. 2, fol. 104v). Portan, a su vez, los bastones en los que se apoyan en su senda de predicación y con los que realizan milagros como convertir el agua en sangre –los mismos atributos con los que aparecen en otros manuscritos como el Apocalipsis Dyson Perrins (Los Ángeles, J. Paul Getty Museum, Ms. Ludwig III 1, fol. 16v).
Reflejando tradiciones exegéticas como la de Beato de Liébana, quien dice que “los dos Testigos de la Iglesia, en sentido espiritual, son los dos Testamentos, es decir, la Ley y el Evangelio”, cada uno de ellos estaría alineado con uno de los grandes pilares del Pórtico, el de los profetas y el de los apóstoles respectivamente, formando pendant con las figuras de Moisés y san Pedro situadas en las jambas del arco interior. Elías se situaría en la jamba norte, agarrando su larga barba trenzada y girándose hacia el atrio del templo con una vehemencia gestual que refleja el carácter incendiario de su predicación profética, llamando al arrepentimiento a los pecadores de la ciudad y castigando a los infieles. En ciertos manuscritos hispanos del Apocalipsis se le representa, por ello, lanzando llamas por la boca (cfr. Beato de San Millán de la Cogolla, Madrid, Real Academia de la Historia, Cod. 33., fol. 154r).
Frente a él, en la jamba sur, estaría Enoc volviéndose hacia el interior del Pórtico para contemplar la Parusía del tímpano mientras dirige su cartela hacia los fieles que acceden al templo. Situado a su lado, por la parte interior del pilar, estaba san Juan Bautista, que todavía hoy ocupa su lugar original en la contrafachada del Pórtico –una figura que conserva muestras de la rica policromía que se aplicó al conjunto a lo largo de los siglos–. En comentarios medievales, la serie de acontecimientos que jalonan el periplo de los dos Testigos –su predicación, su asesinato a manos del Anticristo instigado por el odio que le profesaban los pecadores de la ciudad, su resurrección a los tres días y su inmediata ascensión a los cielos–, se veía como un paralelo al ministerio de Cristo en la tierra. Por ello se les relacionaba con san Juan Bautista ya que, de la misma forma que éste había predicado y sufrido el martirio para preparar la primera venida de Jesús a la tierra, Elías y Enoc habían sido el preámbulo de su Segunda Venida al final de los tiempos. Expandiendo estas comparaciones tipológicas, en varias ilustraciones medievales del episodio del asesinato de los Testigos se les representa siendo decapitados de la misma forma que el Bautista, e incluso se incluye la figura de este último al lado de ellos.
Mediante el contrapunto de direcciones gestuales y modulaciones emotivas entre las figuras de los Testigos, el maestro Mateo consigue que el espectador, en su contemplación gradual de la entrada del templo de izquierda (retornando la interpelación visual de Elías) a derecha (siguiendo la indicación de la cartela de Enoc y su mirada hacia la Gloria) pueda visualizar en su theatro pectoris toda la secuencia narrativa del episodio bíblico y captar su significado simbólico: Elías expresa el ímpetu y drama de la predicación que daría lugar al asesinato de los Testigos, mientras que la figura de Enoc encarna la idea de la contemplación de la Gloria que sigue a su resurrección después de tres días cuando “un soplo de vida de Dios entró en ellos y los hizo poner de pie, y… escucharon una voz potente que les decía desde el cielo: ‘Subid aquí’. Y ellos subieron al cielo en la nube”. El cielo al que ascendieron Elías y Enoc, cuyas figuras parecen estar flotando en un ambiente nebuloso, estaba representado en el gran arco que se extendía sobre ellos y del que se ha recuperado la preciosa clave decorada con dos ángeles astróforos sosteniendo un sol y una luna, conservada en el Museo de la Catedral.

Dentro del discurso del cierre occidental, la cripta representa el mundo terrenal, y por ello en las claves de las bóvedas del crucero se esculpen dos ángeles, uno portando un sol y el otro una luna.
 

A éstos se uniría otro coro angélico dispuesto en las arquivoltas exteriores y replicado en el tejaroz, transformando el cuerpo superior de la fachada en un lienzo celestial que culminaba en el monumental rosetón conocido como “espejo grande” hasta su desmantelamiento en el siglo XVIII.
El arco izquierdo del Pórtico de la Gloria, lo conforman dos arquivoltas
de medio punto y una tercera que perfila el mayor a modo de tornalluvias.
No hay tímpano, por lo que la iconografía se ajusta a un espacio muy reducido, en este caso de forma radial.

En el arco mayor se representan las doce tribus de Israel, mientras que en el menor, se representa la anástasis, o bajada de Cristo al limbo. Esta última escena, propia del arte bizantino, no proviene de la biblia sino de uno de los evangelios apócrifos, el de Nicodemo.


El arco de la derecha,
también se organiza a través de dos arquivoltas y una tercera que funciona como tornalluvias.
Aquí la iconografía debe ajustarse, igualmente, a un espacio reducido, pero se organiza de una manera innovadora, de forma longitudinal, como se haría posteriormente en el gótico.
El tema representado es el juicio Final: lo presiden las cabezas de Cristo en el centro de la arquivolta mayor, y de san Miguel, en la de abajo, pues era el encargado de pesar las almas.
Éstos portan en sus manos unas cartelas que aludirían a los bienaventurados y a los condenados, pero cuyo mensaje no ha llegado a nuestros días.
Los bienaventurados, se sitúan a la izquierda, representados como niños desnudos que en su tránsito hacia la gloria son parcialmente cubiertos por los amplios ropajes de los ángeles que los llevan en brazos.
En el tornalluvias de la arquivolta mayor se encuentran unas figuras imberbes, vestidas con túnicas que también se dirigen hacia la visión celestial del tímpano.
Los condenados, se sitúan a la derecha torturados por demonios de apariencia humana, pero con elementos de diferentes especies animales.
Lo habitual es que con sus enormes bocas muerdan a los condenados en las zonas del cuerpo relacionadas con los pecados cometidos.
Así, a uno le muerden la lengua; a otro, pretenden comer un enorme pan que no le cabe en la boca; y a un tercero, colocado con la cabeza hacia abajo, le resulta imposible beber vino. 

A través de este astro pétreo se inundaba de luz la tribuna del Pórtico, convertida así en una verdadera aula siderea (palacio de las estrellas) evocando a la descrita por Juan Escoto Eriúgena en el hermoso poema ekphrastico que compuso para la consagración de la iglesia real del emperador carolingio Carlos el Calvo.
Los textos que estaban inscritos en sus cartelas, y que podemos reconstruir hipotéticamente basándonos en diversas fuentes iconográficas y exegéticas, clarificarían esa división narrativa entre las dos figuras. La cartela de Elías podría haber contenido el texto procedente de la segunda epístola de san Pablo a los Tesalonicenses con el que aparece en diversos manuscritos del Apocalipsis: “El Señor matará con el espíritu de su boca [al impío], y lo destruirá con el resplandor de Su Venida” (Dominus Iesus Christus interficiet te spiritu oris sui destruet illustratione aduentus sui) (2 Tes. 2:8) –una frase que no podía ser más apropiada para el Pórtico donde el visitante podría leer esta cartela para luego quedarse extasiado ante el efecto de los rayos del sol sobre la policromía a base de oro y lapislázuli que decoraba el Cristo de la Segunda Venida y las hermosas imágenes de los Evangelistas que lo rodean–. Por su parte, es posible que la cartela de Enoc contuviese otro fragmento de una frase de la misma epístola de San Pablo, citada por Beato de Liébana en su comentario al episodio de la resurrección de los Testigos: “Nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados en las nubes, juntamente con ellos, al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (Deinde nos, qui vivimus, qui relinquimur, simul rapiemur cum illis in nubibus obviam Christo in aera, et sic semper cum Domino erimus) (1 Tes. 4:17) –texto que ofrecería la glosa perfecta al movimiento visual y espiritual de esta figura hacia el tímpano y en dirección a la columna entorchada sobre la que se sostiene la efigie de San Pablo, donde aparece esculpida la resurrección de los muertos.

La posición de Elías y Enoc en la fachada compostelana, como anunciadores de la Segunda Venida y modelos para los fieles de su futura resurrección y de la contemplación de la Gloria que les aguardaba, tiene paralelos y precedentes en portadas de importantes catedrales francesas e italianas, entre las que cabe destacar el Pórtico Real de Chartres, donde se representan flanqueando el apostolado esculpido en el dintel que soporta el tímpano de la Segunda Venida/Ascensión de Cristo, y el portal sur de la fachada principal de la catedral de Piacenza, donde aparecen en las enjutas flanqueando el arco del pórtico exterior. Es también en Italia, en la catedral de Módena, un templo con estrechos vínculos artísticos y religiosos con Santiago, donde encontramos el inicio de una tradición iconográfica de la que el maestro Mateo se hace eco en el Pórtico para añadir una dimensión simbólica autorreferencial a la presencia de Elías y Enoc en las jambas.
En la portada principal de la catedral modenesa, los dos profetas aparecen sujetando la placa fundacional en la que se recoge el nombre del escultor Willigelmo y la fecha de inicio de las obras en 1099, introduciendo una alusión a la resurrección ganada por el artista y la permanencia eterna de su nombre gracias a su labor en el templo. El maestro Mateo retoma la fórmula y su simbolismo, pero la proyecta en el campo expandido de la escenografía virtual del Pórtico de modo que el espectador, situándose frente al gran arco de la fachada mirando hacia el interior de la catedral, veía a Elías y Enoc en primer plano flanqueando, en perspectiva, no sólo la escena de la Segunda Venida del tímpano, sino, a la vez, la inscripción de los dinteles, donde se registraba su nombre y la fecha de ejecución de la obra. Por lo tanto, mediante la conexión visual que se establecía, en la perspectiva horizontal del Pórtico, entre las figuras de Elías y Enoc y el epígrafe que sostiene la Gloria, se generaba una alusión a la permanencia eterna de la memoria del arquitecto a través de su obra –alusión que se veía reforzada en el interior de la catedral, como hemos visto, por la relación vertical entre la misma inscripción y el retrato situado en la base del parteluz.
Si la restitución de las espléndidas figuras del Museo de Pontevedra a su lugar original en la escenografía del Pórtico permite descubrir nuevas dimensiones de la obra maestra diseñada por Mateo, no menos importantes son las dos esculturas de personajes veterotestamentarios que hoy se encuentran en posesión de la familia Franco, aunque hasta los años 50 del siglo pasado pertenecieron, por compra legal, al Ayuntamiento de Santiago de Compostela. Estas figuras sedentes de largas barbas y contrastada caracterización psicológica estarían encastradas en los lienzos de muro adyacentes al arco central, mirando hacia la terraza exterior del Pórtico. El personaje de expresión colérica es, con toda probabilidad, Ezequiel, único gran profeta visionario que no había sido identificado todavía en el conjunto del Pórtico. Su fisionomía refleja el estremecedor contenido de sus profecías: la visión del trono de Dios; la primera visión del templo y su abandono por Dios debido a la idolatría que se practicaba entre sus muros; los castigos terribles que Dios inflige a Israel y a las otras naciones por su impiedad; la resurrección de los muertos en el valle de los huesos secos; y, finalmente, la enigmática visión del nuevo templo de Jerusalén al que Dios ha regresado –ese templo cuyo Pórtico el profeta describe en detalle y que iba a capturar la imaginación de comentaristas del siglo XII, como Ricardo de San Víctor, y, posiblemente, de promotores y arquitectos como Pedro Suárez de Deza y el propio maestro Mateo.
Jeremías y Ezequiel. Colección Franco
 

El giro de su cabeza y la disposición de su cartela indican que se encontraría en el lado sur del arco central, dirigiendo su sobrecogedora mirada a los visitantes que entraban al templo. Es precisamente en ese lado del Pórtico donde se encuentran referencias a acontecimientos que enlazan tipológicamente con las visiones de Ezequiel: la resurrección de los muertos cincelada, como hemos visto, en la columna entorchada del pilar de los apóstoles, y, sobre todo, el Juicio Final figurado con escabrosos detalles en la arcada sur. Su programa iconográfico posiblemente se extendiese al arco correspondiente de la fachada exterior, de cuyas arquivoltas provendrían dos preciosas dovelas con los castigos de la lujuria conservadas en el Museo de la Catedral. La posición de Ezequiel al lado de la puerta de acceso al templo se repite en catedrales como la de Cremona, área donde el arzobispado de Santiago tenía posesiones, y Fidenza, donde aparece en un nicho flanqueando el portal central de la fachada occidental, la misma posición que ocuparía en Santiago. Desde el punto de vista estilístico resulta ilustrativo comparar la rigidez del revival clasicista del taller de Antelami en Fidenza, tan celebrado por la historiografía internacional, con la vibrante modernidad de la terribilitá expresionista de la escultura compostelana.
Tanto en Cremona como en Fidenza, Ezequiel lleva en su cartela una inscripción derivada del texto de una de sus visiones: Vidi portam in domo domini clausam (Ez. 44:1-2) haciendo referencia a que el templo permanecerá cerrado e inaccesible para los impíos. Se trata también de una alusión a la virginidad de María como inexpugnable templum Dei, un tema que se desarrolla en el simbolismo del Pórtico en horizontal al conectar visualmente, a lo largo del eje longitudinal de la nave, a la Virgen de la Anunciación figurada en la columna del Árbol de Jesé del parteluz con la Epifanía del tímpano del trascoro de la nave central, en un magistral uso de la perspectiva espacial para enlazar dos episodios distanciados temporalmente en una misma secuencia narrativa –por medio de este recurso, el espacio físico se convierte en tiempo narrativo, tal y como ocurría entre las figuras de Elías y Enoc de las jambas y el tímpano con la Segunda Venida–. Al otro lado del arco de entrada, formando pendant con Ezequiel, y estableciendo otro de esos contrastes emotivos con los que el maestro Mateo consiguió transformar el Pórtico en un drama vivo y conmovedor, estaba el personaje de rostro compungido que podría identificarse con el Jeremías de las Lamentaciones. Su melancólica silueta, esculpida en el parteluz de la iglesia de la abadía de Moissac, ofrecía al peregrino de la vía podensis un preludio atenuado de la intensa aflicción que desprende su transfiguración compostelana, la cual, a su vez, se proyecta a través de los pliegues del tiempo, como una presencia espectral, sobre el Jeremías imaginado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina:
Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas… Porque enorme como el mar ha sido tu destrucción hermosa Jerusalén… Las visiones que tus profetas te anunciaron no eran más que un vil engaño. No pusieron tu pecado al descubierto para hacer cambiar tu suerte; te anunciaron visiones engañosas, y te hicieron creer en ellas” (Lamentaciones 2:11-14).
Se daban cita así en la fachada compostelana dos profetas contemporáneos a los que unía el exilio y el contenido de sus revelaciones en torno a la destrucción de la Jerusalén terrestre y la necesidad de regeneración del pueblo de Dios para propiciar la llegada de la Nueva Jerusalén. Al igual que ocurre con otros personajes, como el propio Santiago, que se repiten varias veces en el entorno del nártex encarnando diferentes aspectos de su testimonio en la historia de la Redención, Jeremías, dejando atrás las lágrimas derramadas ante los muros de la ciudad debido a los pecados de sus habitantes y de sus reyes, reaparecerá en el interior del Pórtico con un semblante inundado de serena beatitud, entre los profetas de la Antigua Ley que anunciaron la Encarnación del Señor y ahora disfrutan de su triunfo.

Al cruzar el umbral del templo, el visitante, siendo rodeado por una hueste de ángeles que descienden sobre él sonando las trompetas que anuncian el final de los tiempos, se encuentra con uno de los conjuntos escultóricos más fascinantes de la Historia del Arte –un conjunto donde la piedra se transfigura en una infinita variedad de diseños, texturas y gestos que transforman nuestra visión en un vehículo para sentir las cualidades táctiles de la materia y meditar sobre la pasiones y los sonidos que conmueven el alma–. Ocupando el espacio privilegiado que sirve de puente de unión entre el mundo terreno y la Gloria celestial se encuentra el apóstol Santiago, cuya cálida mirada, acentuada por una sonrisa levemente delineada en los labios, consigue transmitir una idea de bondad divina sólo equiparable en el corpus del arte medieval a la del Beau Dieu del parteluz de la catedral de Amiens, realizado casi 40 años más tarde. Esta figura, envuelta en una túnica vaporosa que se adapta al cuerpo cayendo en una sucesión de pliegues de gran elegancia rítmica, es, por su serena dignidad y extraordinaria calidad plástica, una de las obras cumbres del arte de su tiempo. Los restos de su policromía, a base de oros, azules y rojos, ponen de manifiesto la importancia del cromatismo para evocar la suntuosidad de las vestimentas y dotar a las esculturas de animación y expresividad, como se observa en el encantador león que sustenta el trono y que parece moverse en un hábitat natural donde la piedra asume la vida orgánica de las plantas, palpitando frondosa como si estuviese recorrida por una savia interior.


Encima del capitel se dispone la figura del apóstol Santiago, en un lugar preeminente, por ser el titular de la catedral.
Sobre su cabeza se representan las tentaciones de Cristo en el desierto: Satán, representado peludo y con unas facciones exageradas, le tienta a convertir unas piedras en pan, a tirarse desde lo alto de una iglesia y que los ángeles le salven, y también a adorarle, pero Cristo se niega.
Segundo orden de columnas
Para el segundo orden de
columnas, el Maestro Mateo va a introducir una serie de estatuas labradas en
granito representando a profetas y apóstoles que funcionan como fustes. Éstas nunca antes habían sido empleadas en
el románico gallego, y por tanto fueron toda una novedad.

Ante este tímpano policromado y repleto de esculturas adosadas, somos testigos, como señaló en su día Serafín Moralejo, de la instauración de una nueva Alianza y la consumación del Juicio Final.
En el tímpano, la figura de mayor impacto visual por su centralidad y tamaño es la escultura de Cristo en Majestad.
Ricamente policromado y a mano derecha superior del Maiestas Domini, vemos al imberbe san Juan, escribiendo sobre el águila.
Por su parte, a la izquierda de Cristo, vemos al alado san Mateo que escribe sobre un pupitre apoyado en sus rodillas. 
J
usto debajo de la figura de san Juan, vemos a san Lucas. En pleno acto de escritura lo acompaña su novillo, que apoya sus patas delanteras sobre las rodillas del evangelista.
A la izquierda de Cristo y con el león a sus pies, se representa a san Marcos. Como el novillo de san Mateo, el león de Marcos apoya sus patas delanteras en las rodillas de este último.
El espacio de las arquivoltas y el tímpano del arco central representan la Gloria. Es decir, las figuras que ahí se encuentran forman parte del séquito celestial. Su presencia es importante y la participación que ocupan en este espacio divino nutren la narrativa mateana del Pórtico. 
En la Gloria, a los lados de los evangelistas san Lucas y san Marcos, se encuentra una serie de ángeles que portan los “arma Christi”. Se trata de los instrumentos utilizados en la pasión. El ángel arrodillado del conjunto del extremo izquierdo del tímpano sostiene la columna en la que fue atado Jesús para recibir los azotes.Le siguen un par de figuras que cargan la cruz y a la par de ellos, a mano derecha de san Lucas, el cuarto ángel que sostiene con manos veladas la corona de espinas.
En el lado derecho del tímpano se encuentran la segunda procesión de ángeles que portan los “arma Christi”.
La primera de estas figuras, de izquierda a derecha, carga con los cuatro clavos de la crucifixión, mientras que en su mano derecha agarra la lanza. La velación de las manos muestra aquellos objetos que han estado en contacto directo con Cristo.
Por tal razón, los últimos tres ángeles cargan, sin necesidad de un velo, el ánfora del vinagre que dieron a beber a Cristo, los flagelos y la caña con esponja con vinagre que un soldado acercó a los labios del crucificado.
No debemos olvidar la presencia de los justos y los bienaventurados que pueblan el espacio divino del tímpano central. Se destacan sus figuras en forma de niños y coronadas.
Las escenas de los justos y los bienaventurados muestran la capacidad del Maestro Mateo para entablar diálogos y miradas encarnados en la gestualidad de las figuras. 
Tímpano central del pórtico de la Gloria.
Músicos ancianos, 6,7 y 8 
Músicos ancianos, 9,10 y 11
Músicos ancianos del 11 al 15
Músicos ancianos del 14 al 18
Dos de las figuras más llamativas son las de los músicos que afinan el organistrum. El músico de la derecha hace girar la rueda de madera y el de la izquierda frota las cuerdas.
La disposición de los músicos demuestra que estas esculturas fueron trabajadas con anterioridad en talleres y que, como en el resto del Pórtico, luego fueron adosadas a la arquivolta del arco central.
Uno de los casos que evidencia la dificultad de encaje y los ajustes realizados en el momento de la colocación, se presenta en la figura del ángel que traspasa las almas y que roza con la cabeza del segundo músico de izquierda a derecha. 

En torno al Apóstol se dan cita todos los personajes (gentiles, profetas y apóstoles) que vislumbraron, anunciaron o presenciaron la llegada del Mesías y que ahora se reúnen para contemplar juntos el gran espectáculo de la Gloria eterna en toda su magnificencia plástica, cromática y musical. Como demostró Serafín Moralejo, ciertos aspectos de la coreografía y del reparto de personajes del Pórtico pueden estar inspirados en dramas litúrgicos como el Ordo Prophetarum, propiciando la aparición de figuras recuperadas de la antigüedad clásica, como el poeta Virgilio o la Sibila, quienes observan desde la contraportada, en la penumbra del paganismo, el triunfo de Cristo que se despliega, iluminado por los rayos del sol, frente a ellos.
Jeremías, Daniel, Isaías, y Moisés
 
En el lado izquierdo se situarían personajes del antiguo testamento, profetas.
De derecha a izquierda: Moisés, que porta con sus manos veladas las tablas de la ley; Isaías, que señala la cartela que le identifica con el dedo índice; Daniel, una de las figuras más destacadas del conjunto, ya que es de gran belleza, trasmite serenidad y esboza una sonrisa peculiar que da vida a la estatua; y Jeremías, de barbado rostro, que mira hacia Daniel. 

Cabe destacar en esta verdadera antología de la plástica europea la intensidad expresiva de figuras como Isaías, cuya contorsión gestual, al igual que ocurría con la escultura de Ezequiel, consigue transmitir la tormenta interior que define su condición de profeta visionario. A su lado, creando otro dramático contrapunto emocional, se encuentra el célebre Daniel, cuyo jovial rostro posee las dos características esenciales en las que sustenta la belleza estética y moral del arte del maestro Mateo: su sincero optimismo y su profundidad conceptual. Nada en el diseño de la obra concebida por el sapiens architectus es gratuito y tampoco esta sonrisa, ya que está inspirada, como nos recordó Serafín Moralejo, en el pasaje bíblico en el que Daniel se echó a reír al demostrar al rey Ciro que la estatua de bronce del dios Bel no era más que un ídolo inerte incapaz de comer las ofrendas que los crédulos babilonios dejaban ante su altar. Éstas simplemente desaparecían al ser consumidas por sus fraudulentos sacerdotes. Por lo tanto, la sonrisa de Daniel proclama el triunfo de la fe sobre la idolatría, mirando con júbilo hacia el umbral de una nueva era en la que la gracia de Dios consigue disipar las tinieblas de la superstición. También proclama el inicio de una nueva era para el arte en la que asistimos a la creación de “una de las puertas mas bellas”, como afirmó Antonio López Ferreiro, “que el cielo tenga sobre la tierra”, una obra maestra universal de permanente modernidad que trasciende los paradigmas rígidos de la historia de los estilos.
San Pedro, San Pablo, Santiago el Mayor, y San Juan
Por su parte, en el lado derecho, de izquierda a derecha, se representan otros tantos apóstoles: San Pedro, con vestimenta de pontífice y las llaves en su mano izquierda; San Pablo, que porta un libro abierto; Santiago el Mayor, con una larga cartela alusiva a su predicación en Hispania; y San Juan Evangelista que porta un libro en sus manos y un águila a sus pies, su signo identificativo. 

Una escenografía para el reino
Un documento excepcional para reconstruir el funcionamiento simbólico de los diferentes espacios de la nueva escenografía regia con la que el maestro Mateo engrandeció a la basílica del Apóstol se encuentra en un precioso manuscrito conocido como el Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla (Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, Ms. & III.3), posiblemente compuesto para el rey Alfonso XI (1311-1350), donde se describe un ceremonial de toma de armas, unción y coronación que habría de tener lugar en la catedral de Santiago de Compostela. El texto traduce un Ordo de coronación romano, concebido originalmente para otro espacio arquitectónico, pero que se “traslada” a la realidad edificada de la catedral compostelana como si se tratase de una guía que nos da pautas para caminar por la hierotopia regia concebida por el maestro Mateo.
Los prolegómenos de la ceremonia discurrían ante una de las puertas de la ciudad, a donde las dignidades eclesiásticas se habrían dirigido portando cruces y reliquias para esperar al cortejo real. Desde allí la comitiva partiría hacia la catedral en una procesión por las calles de la ciudad en la que destacaba la ostentación de la espada que habría de ser utilizada en la investidura de armas, y que era portada en alto por el merino mayor, mientras que el tesorero real repartía monedas entre la población como muestra de la munificencia regia. Habiendo llegado a la plaza que se extendía a los pies de la fachada principal de la catedral, la comitiva se detendría ante “las primeras gradas de la ylesia”, que sería el entorno de lo que hoy se conoce como la cripta del Pórtico de la Gloria, donde los prelados cantarían el responsorio: Ecce mitto angelum meum qui precebat. Allí, “a las gradas de la yglesia”, es decir, en la cripta, el rey tendría que esperar un tiempo considerable mientras que las dignidades eclesiásticas entraban en el templo para ataviarse con vestimentas litúrgicas.

Estructura arquitectónica del Pórtico de la Gloria
La estructura arquitectónica del pórtico consiste en tres plantas superpuestas: la cripta, que simboliza el mundo terrenal; el pórtico, que constituía la puerta de entrada occidental a la catedral y que permaneció abierto al exterior durante la Edad Media, y en el que se representa la Jerusalén celeste; y la última planta era la tribuna, que por medio de un rosetón se conseguía que estuviera iluminada todo el día; representa la elevación de los humanos a lo divino.
El conjunto escultórico pretende ser una representación de la ciudad celeste, utilizando en la iconografía diferentes símbolos tomados del Apocalipsis de San Juan y de otros textos del Antiguo Testamento. Otras teorías (como la del profesor Serafín Moralejo) explican las figuras y su disposición en una representación en piedra del Ordo Prophetarum, una obra teatral de tipo religioso del siglo XII en la que San Agustín convoca a los profetas para alabar a Dios y condenar a los judíos.
Está constituido por arcos de medio punto que se corresponden con cada una de las tres naves de la iglesia, sustentados por gruesos pilares con columnas adosadas. El arco central es el mayor (el doble que cada uno de los laterales), es el único que posee tímpano y está dividido por una columna central, el parteluz, con la figura de Santiago.
Verticalmente, la franja inferior está formada por las basas de las columnas, decoradas con animales fantásticos; la franja media está formada por columnas que sustentan las estatuas adosadas de los apóstoles; y la superior por los arcos que coronan las tres puertas.

El arco central
A los dos lados de los Evangelistas, tras San Marcos y San Lucas, aparecen cuatro ángeles a cada lado con los instrumentos de la Pasión de Cristo. Unos llevan, sin tocarlos directamente, la cruz y la corona de espinas (a la izquierda) y la lanza y los cuatro clavos (a la derecha), otros, la columna en que fue flagelado, la jarra con la que se lavó Poncio Pilato, una caña con una esponja, la vara y un pergamino (en el que unos ven la sentencia de la crucifixión y otros la inscripción con el INRI de la cruz). Sobre las cabezas de estos ángeles, dos nutridos grupos de almas de los bienaventurados, 40 en total, representando a la turba celeste que nadie podía contar, en cita del Evangelio. El tímpano central se corona con una arquivolta en la que aparecen sentados los 24 ancianos del Apocalipsis, en representación de cada una de las 24 clases sacerdotales del antiguo Templo de Jerusalén, portando cada uno un instrumento musical, como preparando un concierto en honor de Dios. Los instrumentos, un organistrum, 14 cítaras, 4 salterios y dos arpas, fueron reconstruidos hace pocos años y se realizaron conciertos con ellos. Dos de ellos (las figuras 4 y 21, contando de izquierda a derecha) no tocan ningún instrumento, sino que sostienen una redoma.
En los espacios que unen el arco central con los arcos laterales hay dos ángeles en cada uno, que representan al pueblo judío (el primero de la izquierda) y el pueblo de los gentiles (el primero de la derecha), y los niños que llevan en el colo simbolizan las almas que llevan hacia Dios
La forma en la que el Maestro Mateo representa a Jesucristo rompe con la visión apocalíptica medieval que imperaba hasta entonces. Quiere mostrar un Dios más humano y menos justiciero y lejano, y por eso refleja a Dios con las heridas en manos y pies, y a los ancianos del Testamento parecen reír y conversar entre ellos.

El parteluz
En el parteluz hay que empezar por la descripción de la figura sedente de Santiago Apóstol, con el bastón de peregrino, como patrón de la basílica. Santiago aparece portando un pergamino en el que está escrito Misit me Dominus (Me envió el Señor). Sobre su cabeza, la columna termina con un capitel en el que se representan las tentaciones de Cristo en tres caras: en la que mira hacia el interior del templo y en la que rezan dos ángeles arrodillados. Al pie del santo, otro capitel con las figuras de la Santísima Trinidad.
Bajo el apóstol se representa el árbol de Jesé, nombre que recibe el árbol genealógico de Jesucristo a partir de Jesé, padre del rey David. Esta es la primera vez que se representa en la península ibérica este tema en la iconografía religiosa. La columna reposa sobre una base en la que hay una figura con barba recostada sobre el pecho (quizá una imagen de Noé) y dos leones. Durante siglos fue costumbre que los peregrinos que llegaban a Santiago y accedían a la catedral tocaran el pie izquierdo del santo, simbolizando así el final de su camino. Otra tradición llevaba a los peregrinos a pasar la mano por entre las cavidades del árbol mientras rezaban cinco oraciones, antes de entrar en la catedral.
Al pie de esta columna central pero en la parte superior, hacia el Altar Mayor de la Catedral, está la figura arrodillada del propio Maestro Mateo, portando un cartel en el que está escrito Architectus. También con él hay una costumbre de siglos, que consiste en golpearse la cabeza contra la del escultor -tres veces-, para adquirir así parte de su sabiduría. Esta tradición, originalmente propia de los vecinos de Santiago y finalmente asumida por los peregrinos, justifica el apodo de Santo dos croques con el que se conoce popularmente a esta estatua.

Los apóstoles y profetas
En las columnas de la puerta central, así como en las dos puertas laterales, aparecen representados apóstoles, profetas y otras figuras. Todos ellos están coronados con su respectivo capitel en el que se representan diferentes animales (aves, casi siempre con cabezas humanas y otras cabezas de animales) y motivos de hojas.
Comenzando por la columna derecha y mirando de derecha a izquierda, se ven las figuras del apóstol San Pedro, vestido de Pontificial y con las llaves del cielo en la mano; San Pablo, con un libro abierto y descalzo; Santiago el Menor, con el báculo; y San Juan, joven, con un libro y sobre un águila. Debajo de la figura de San Pablo se ven unas figuras que representan algunas escenas de su vida, en las que se quiere ver la obediencia que deben los inferiores a los superiores.
En la columna de la izquierda, y comenzando por la que mira al apóstol Santiago, vemos las figuras de los profetas del Antiguo Testamento Moisés, con las Tablas de la Ley; Isaías, con el bastón; Daniel y Jeremías, con barba; todos ellos sujetan un cartel en el que está escrito su nombre. Debajo de la figura de Isaías, aparece un joven dispuesto a golpear a un monstruo; otras fuentes ven la representación del sacrificio de Isaac.
Daniel está ante una estatua de una mujer (según diferentes interpretaciones: Ester, la Reina de Saba, una emperatriz...). También hay quien identifica esa figura con el ángel de Reims. Más ortodoxa es la teoría que lo explica en la alegría que tiene al anunciar la llegada del Señor.

Puerta derecha
El arco de la puerta derecha representa el Juicio Final. Carece de tímpano, como el de la izquierda, eliminado quizá por orden de un obispo en alguna restauración. La doble arquivolta está dividida en dos mitades por dos cabezas flanqueadas por cartelas. Unos identifican estas cabezas con las figuras de San Miguel y Cristo, ​ para otros son Cristo-Juez y un ángel​ y, finalmente, otras fuentes indican que representan a Dios Padre, a superior, y Dios Hijo, a inferior.
A la derecha de estas cabezas aparece representado el infierno, con figuras de monstruos (demonios) que arrastran y torturan las almas de los condenados. A la izquierda, el cielo con los elegidos, con figuras de ángeles con niños que simbolizan las almas salvadas.
En la jamba de la derecha están representados, por orden, los apóstoles San Bartolomeo y Santo Tomás, seguidos por San Marcos, San Lucas y San Juan. Y en la de la izquierda, San Felipe y San Andrés, aunque las identificaciones están sujetas a discusión.

Puerta izquierda
En el arco de la puerta izquierda se representan escenas del Antiguo Testamento, con los justos que aguardan la llegada del Salvador. En el centro de la primera arquivolta, envueltos entre hojas, está Dios creador, que bendice al peregrino y sostiene el libro de la Verdad Eterna; y a su derecha Adán (desnudo), Abraham (con el índice levantado) y Jacob. Con estos hay dos figuras más que unas fuentes identifican con Noé (nuevo padre de la humanidad por salvarla del diluvio) y Esaú y otros con Isaac y Judá. A la izquierda de Dios vemos a Eva, Moisés, Aarón, David rey y Salomón (otras fuentes sitúan aquí a Judá y Benjamín, en lugar de Aarón y Salomón). Tanto Adán como Eva aparecen sin corona porque ya pecaron y perdieron su inocencia.
En la segunda arquivolta, la superior, diez pequeñas figuras representan a las diez tribus de Israel, faltando la tribu de Judá (a la que pertenecía Cristo) y la de Benjamín. Todas las figuras están medio ocultas por un bocel que parece tenerlas presas y que simboliza la esclavitud que las somete.
En la jamba de la derecha vemos a los profetas Oseas y Joel, y en la de la izquierda a Amós y Abdías, en los cuatro casos con una identificación dudosa. Sigue, a la izquierda, una figura con un bastón que puede ser el santo Job, y las figuras de Judith y la reina Esther. Debajo de la estatua del profeta Joel hay una columna con palomas picando en las uvas, dos centauros, cuatro guerreros y dos leones.

La cripta: la liturgia del saeculum
Uno de los espacios más controvertidos de la catedral en cuanto a su uso y funcionamiento originales, y del que la historiografía ha dado interpretaciones dispares, la cripta podría haber sido concebida en la remodelación llevada a cabo por el maestro Mateo como una capilla de transición polivalente, donde se realizaban diversas ceremonias litúrgicas previas a la entrada de los dignatarios en el templo, como la preparación y purificación de las armas y las enseñas reales. Es precisamente en uno de los lienzos murales del pórtico abierto que tenía la cripta donde pudo haber estado situada la imponente escultura de Santiago como miles Christi, que hoy se conserva en una colección privada de Pontemaceira (Ames).
Se organiza a través de un gran pilar con ocho columnas adosadas, de las cuales parten los arcos de las bóvedas, y que a su vez se encuentra justo debajo del parteluz del Pórtico.
Su planta imita a la cabecera de la Catedral, lo que se puede observar sobre todo en las cinco capillas que se encuentran en torno a la girola, de las cuales la central sigue el modelo de la capilla del Salvador. 

El Apóstol sostiene de forma heráldica, con mano velada, su espada de mártir y soldado de Cristo, atributo que figuraba prominentemente, como signo distintivo, en las capas de los caballeros de la Orden de Santiago, instaurada en 1170 por Fernando II. En manos del Apóstol, el arma pétrea se erigía en prototipo sacro de la espada regia que se habría de usar en la ceremonia de investidura de armas y que, como hemos visto, jugaba un papel destacado en la procesión que llegaba desde las puertas de la ciudad hasta este lugar. Por lo tanto, el rey encontraría en esta figura de Santiago como apóstol, mártir y miles un arquetipo de los valores de valentía y sacrificio en los que debería de reflejarse al ser investido caballero de la Orden.
Otras dos esculturas, hoy conservadas en el Museo de la Catedral, y probablemente procedentes de una remodelación de la fachada occidental que se habría producido ca. 1160, anterior al proyecto del Pórtico de la Gloria, podrían haber sido reutilizadas por el maestro Mateo para la decoración del pórtico de la cripta cuando procedió a su rediseño. Éste es el caso de la magnífica figura masculina portando un libro que Serafín Moralejo atribuyó al “maestro de los paños mojados”, así llamado por el exquisito clasicismo con el que cincela la vestimenta adhiriéndose al cuerpo para revelar su anatomía interior. Por su disposición corporal, comparable a la del Cristo del tímpano del Priorato de la Charité-sur-Loire, y por el diseño de los pliegues de su manto que, a la altura del tobillo derecho, parecen levantarse por el efecto de un soplo de viento procedente de la parte inferior, esta figura podría tratarse de un Cristo de la Transfiguración. También de esa hipotética remodelada fachada de la Transfiguración de ca. 1160, e igualmente reutilizada por Mateo en la cripta, provendría una imagen de María que habría formado parte de un grupo de la Anunciación de composición similar a ejemplos contemporáneos como el relieve del claustro de Santo Domingo de Silos o un panel de derivación silense encontrado en la iglesia de San Salvador de Ejea de los Caballeros. Al igual que en estas obras, la Virgen aparece sedente en disposición frontal girando su cuerpo de forma impulsiva hacia la derecha en respuesta al anuncio de Gabriel (el hueco circular dejado por la rotura del antebrazo en ese lado correspondería a la mano alzada del “fiat”). A diferencia de la plasticidad rotunda que caracteriza el arte del maestro de los paños mojados y del posterior taller del maestro Mateo, esta Virgen presenta una superficie decorada con una constelación de pliegues y diseños abstractos que buscan la creación de efectos lumínicos en vez de la definición naturalista de una estructura anatómica interior. Refleja una poética visual influida por las artes suntuarias, donde prima el pictoricismo sobre la monumentalidad, remitiendo a modelos de eboraria del Reino de León como la placa del Noli me tangere del Metropolitan Museum de Nueva York. También en la cripta se encuentran otras obras de similar conceptualización plástica reutilizadas durante la campaña del maestro Mateo, como la hermosa clave de bóveda figurada con un ángel sosteniendo un creciente lunar, o la serie de capiteles decorados con figuras gráciles que se mueven en entornos recortados “como un encaje sobre un núcleo de sombras”, en palabras de Serafín Moralejo. Este conjunto de esculturas da testimonio de la continua, variada y dinámica actividad artística de primera línea desarrollada en la catedral compostelana durante los años centrales del siglo XII y de la que se nutrirá el arte del maestro Mateo.
En el caso de la basa del parteluz, se puede ver una figura masculina barbada junto a dos leones, de la cual no se conoce su identidad y que ha dado lugar a distintas interpretaciones: Sansón, Adán o Gilgamesh.
Justo en el reverso de la base del parteluz aparece una figura arrodillada, con la mano derecha en el pecho, y con la izquierda sujetando una cartela en la que, según la tradición, ponía “architectus”.
Esta imagen representaría al propio Maestro Mateo, que se coloca a sí mismo mirando hacia el altar mayor, ofreciendo su obra a Santiago.
Tradicionalmente, los fieles golpeaban su cabeza contra la de la escultura para que el Maestro les traspasase parte de su sabiduría, y por ello se le conoce popularmente como Santo dos croques.
Primer orden de columnas
Para el Pórtico de la Gloria, el maestro Mateo, decidió seguir un módulo arquitectónico diferente al resto de la catedral, en esta área se reduciría para dar cabida a la superposición de dos órdenes diferentes de columnas.
El primero de ellos se compondría, en su mayoría, de columnas con fustes lisos de granito, agrupadas en secuencia de tres a cada lado del arco central, y en parejas, en los arcos.
Las columnas fueron ornamentadas con elementos vegetales acompañados de diversas escenas.
La primera de ellas, situada en la parte derecha del arco izquierdo, posee representaciones zoomórficas; la segunda en el arco central, a la izquierda, escenas del génesis; y la última de ellas, en la parte derecha del arco central, imágenes de la resurrección de los muertos.

Dividiendo el arco central, se encuentra el parteluz, conformado por un gran bloque de granito, que presenta diversas columnas a su alrededor. La frontal, labrada en mármol con escenas en relieve en las que se representa el árbol de Jesé justificando la descendencia terrenal de Cristo.
Comienza, en la parte inferior, con la figura de Jesé, de quien aflora el árbol, siguiendo la profecía de Isaías “saldrá un vástago del tronco de Jesé…”.
Tras Jesé, el rey David, y a continuación la Virgen María, a la que no rozan las ramas, para recalcar su carácter inmaculado.
El capitel que corona esta escena justifica con su iconografía la descendencia divina de Cristo, subrayando su doble naturaleza.
En él se representa una Trinidad: Dios como paternitas, es decir, abrazando en su regazo a Cristo niño, y, en la parte superior, al Espíritu Santo en forma de paloma. En los laterales del capitel, unos ángeles con incensarios acompañan la escena. 

El programa de los capiteles y jambas de la cripta –un espacio que, como hemos visto, representaba el mundo terreno dentro de la configuración simbólica de la triple estructura del nártex a la que la incorporó el maestro Mateo– se ajusta a esa posible función de liturgia liminal y transitoria, combinando alusiones a la temporalidad cíclica del mundo (los astros, las estaciones del año) con exposiciones moralizantes sobre las pasiones y ataduras carnales que someten a sus habitantes (mujeres danzantes, arpías). De forma significativa también se encuentra en la cripta un capitel con el popular episodio del ascenso de Alejandro Magno a los cielos propulsado por dos grandes aves, que aquí adquiría especial relevancia como admonición contra la hubris (orgullo y soberbia) de los príncipes. De hecho el período en el que se da por concluida la remodelación de la fachada occidental de la catedral coindice con la composición del Romance de Aleixandre donde las aventuras del rey macedonio se transforman en un “espejo de príncipes” para monarcas contemporáneos.

El Pórtico: Regnum y Sacerdotium
Continúa el Libro de la Coronación describiendo cómo, una vez que el arzobispo y los prelados regresan a la puerta de la iglesia tras haberse ataviado con vestimentas litúrgicas, el rey “deue entonçe sobir las gradas” para acudir a su encuentro. En su ascensión hacia la entrada del templo el monarca habría pasado al lado de las figuras de los reyes de Israel, David y Salomón, que todavía hoy ocupan el pretil de la escalinata del Obradoiro y que constituían un referente simbólico para la dinastía leonesa. Al llegar al Pórtico de la Gloria, en medio del espectáculo radiante de la instauración del reino eterno de Dios presidido por la imagen del Rey de Reyes, el monarca se reencontraría con el arzobispo, ante el cual había de recitar un juramento por el que ponía su poder al servicio de la defensa de la fe y la santa Iglesia de Roma: Ego…Rex hypaniarum promitto, spondeo, et polliceor atque iuro coram deo et beato iacobo... Este juramento se producía en un entorno que ofrecía al rey de León ejemplos bíblicos paradigmáticos de la relación entre el regnum y el sacerdotium donde se incidía en la necesaria sumisión del poder de los reyes de la tierra a los designios de Dios. Por un lado está el Árbol de Jesé donde se entrelazan las generaciones de los reyes de Israel delineando la genealogía humana y el linaje regio de Jesús que conduce, a través de Santiago, hasta la Gloria, en donde el triunfo de los bienaventurados se escenifica por medio de una sucesión de coronaciones oficiadas por ángeles. Por otro lado, en el zócalo del pilar de los apóstoles, se encuentra el ejemplo de lo que ocurre a aquellos reyes orgullosos que desafían a Dios –la efigie barbada de Nabucodonosor condenado a vivir entre las bestias–. Según el Libro de Daniel que, como Manuel Castiñeiras ha apuntado acertadamente, sirve de inspiración para parte de la figuración de los zócalos del Pórtico, Nabucodonosor vio en un sueño un frondoso árbol extendiéndose hacia el cielo. De él se alimentaban todas las criaturas hasta que pereció al ser talado por orden de Dios –una profecía que anticipaba el fin que le esperaba al rey babilonio como castigo a su soberbia, tema que enlazaba con la moralización del episodio del ascenso de Alejandro de la cripta:
El reino te ha sido arrebatado… y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere… En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves” (Daniel 4:31-33).
La ceremonia continuaba en las inmediaciones del altar mayor donde, en unas capillas laterales habilitadas a tal efecto, sobre las que ha escrito Eduardo Carrero, el rey y la reina se vestían de paños de oro para iniciar luego una solemne procesión por el interior del templo en la que los “obispos deuen yr a la puerta del coro, et el Rey con su caualleria et lieuen al Rey dos Ricos omnes sobraçado. Et uno de los obispos diga alta uoz esta oracion”. La puerta del coro a la que hace referencia el texto podría haber sido la portada de la fachada occidental del coro pétreo que estaba presidida por un tímpano de la Epifanía –una obra cuya trascendencia para el arte posterior queda reflejada en la genealogía de tímpanos de descendencia mateana a la que dio lugar en la ciudad de Santiago y en otros templos de Galicia.

El trascoro: Epifanía y emulación
Del ciclo de la Epifanía que decoraba la portada del trascoro compostelano se ha recuperado el hermoso relieve policromado con los tres caballos que dejan los reyes magos a las puertas de Jerusalén tras su entrevista con Herodes, para luego emprender su camino a pie hasta Belén –una travesía que se interpretaba en la exégesis medieval como una figura de la peregrinación desde el paganismo hacia la fe–. Es posible que los relieves del tímpano de la Epifanía de la Capilla de la Corticela, en la misma catedral de Santiago, de exquisita factura y clara filiación mateana, reproduzcan el modelo del desaparecido tímpano del coro, reflejando las particularidades compositivas derivadas de su emplazamiento en la nave del templo. Mientras dos de los magos se desplazan a una posición marginal en las arquivoltas, el espacio central del tímpano se reserva para la dramatización de un tableau vivant en el que un solo rey, ataviado a modo de monarca contemporáneo, se arrodilla quitándose la corona en un gesto de respeto y sumisión ante la Virgen entronizada –una imagen especular en la que podía reflejarse el rey de León que se detenía ante este tímpano durante la fase de la ceremonia descrita anteriormente–. Luego la comitiva se adentraría en el espacio del coro en dirección al crucero de la catedral y, en medio de esa evocación de la Jerusalén celeste, realzada por las micro-arquitecturas que decoraban las diferentes partes de su estructura, se detendría para que uno de los obispos recitase otra oración, transcrita en el Libro de la Coronación, donde se enumeraba a los reyes y patriarcas de Israel como modelos del monarca presente. Habiendo llegado la comitiva al altar mayor, se procedía a la unción del rey y la reina, tras la cual se retiraban para escuchar la misa desde “un sobrado que se llama balcón /dentro de la iglesia sobre la puerta principal” –un espacio que, como ha apuntado Rocío Sánchez Ameijeiras, no puede ser otro que la majestuosa tribuna del Pórtico de la Gloria.

La tribuna: un espacio cósmico para la manifestación del monarca
Ocupando su lugar en la tribuna, sobre un estrado construido expresamente para esta ocasión, la figura del rey de León se elevaba a una dimensión cósmica y escatológica situándose en el eje vertical que articulaba toda la estructura del Pórtico, como si fuese un eslabón vivo en la genealogía regia que partía de la raíz de Jesé. En esta aula siderea se vería inmerso en un conmovedor entorno visionario en el que la Ciudad Santa se hacía presente a su alrededor en una multiplicidad de imágenes, transfigurándose en las diferentes formas en las que había sido “imaginada” sobre el pergamino, tanto en su alzado vertical, donde el monarca se manifestaba en el espacio celeste iluminado por el Cordero, como en su percepción topográfica global que se extendía ante sus ojos en la planimetría del coro dispuesto en la nave central. “Et después que el rey et la Reyna estudieren en el balcón en sus estrados”, continúa el Libro de la Coronación, “los cantores comiençen el officio de la misa”. En ese momento los cánticos polifónicos procedentes del coro inundarían todo el templo anticipando el “canto nuevo” de la Jerusalén celeste que las efigies pétreas de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis se disponían a interpretar para la eternidad. Trasportado por esta experiencia sensorial sinestética, el monarca podía abandonarse al sueño de la contemplación emulando a personajes como san Juan, Virgilio, o la propia figura del sapiens architectus.
Nave central
 

Crucero 
Crucero 

La inercia del sueño del maestro Mateo
Con la precisión poética de sus análisis formales, Serafín Moralejo describió las estatuas yacentes de las tumbas de los dos monarcas promotores de la última fase de la catedral románica, Fernando II († 1188) y Alfonso IX († 1230), junto a la del hijo de éste, el infante Fernando Alfonso († 1214), como “cuerpos abandonados a la inercia del sueño”. La inercia del sueño de estas esculturas es también la del arte del maestro Mateo, que se va adormilando poco a poco desde la figura de Fernando II, todavía animada por los efectos lumínicos de un plegado vibrante que recuerda a ciertas modalidades estilísticas del Pórtico de la Gloria, hasta las de Alfonso IX y el pequeño infante, cuyas formas se repliegan en masas compactas para reposar en la placidez de sus propios contornos. Hasta su traslado a su actual emplazamiento en la Capilla de las Reliquias en el siglo xvi, estos túmulos estuvieron cobijados en un espacio situado en el extremo noroeste del transepto, cerca del lugar donde Diego Gelmírez había dispuesto la pretiosa sepultura del conde Raimundo de Borgoña († 1107), patriarca de la dinastía. En 1211, coincidiendo con la consagración de la catedral, Alfonso IX realiza una donación para establecer allí una capellanía y un altar dedicado a San Lorenzo donde se celebraría una misa diaria en honor de la memoria de su padre, momento en el que posiblemente se inició la remodelación monumental de este espacio funerario. La innovadora fórmula de presentar a los yacentes abandonados al sueño, de reminiscencias clásicas, es la culminación natural del teatro de las modulaciones contemplativas del alma que se despliega en el Pórtico de la Gloria, desde la figura del poeta Virgilio quien, sosteniendo una palma de triunfo que se transfigura en una suerte de pluma, parece estar sumido en la composición de una de sus magistrales ekphrases en un intento de captar con la fuerza de la palabra la epifanía pétrea materializada frente a él, pasando por la de san Juan y el propio retrato de Mateo. Es una fórmula que tiene sus precedentes en ejemplos de beatitud contemplativa como el ya mencionado san Juan de la portada norte de la catedral de Lugo, quien ve “celestiales maravillas” mientras duerme en el regazo del Señor. La negación de la muerte en estas tumbas es también una extensión de la teología optimista que se desprende de toda la obra de Mateo y que se refleja en otros productos culturales de la época como el hermoso planctus “Sol eclypsim patitur” compuesto a la muerte de Fernando II y conservado en un códice realizado en París a mediados del siglo XIII (Florencia, Biblioteca Medicea Laurenciana, Ms. Plut. 29.1), donde se declara que “la muerte muere en la muerte / cuando la muerte se vuelve vida” (mors in morte moritur/dum mors in vitam vertitur).
Sepulcro del rey Fernando II de Galicia y León, en la capilla de las Reliquias

El retrato del maestro Mateo, permanentemente instalado en la plenitud de la vida, en su juventud, comparte aspectos de la codificación retórica de las efigies funerarias del Panteón Real. Al igual que ellas, se representa libre de contingencias temporales, mostrando una idea esencial de su identidad como artista y como cristiano, dispuesto penitencialmente para la eternidad, y absorto en su contemplación interior. Más que un retrato en el sentido moderno del término, estamos, por lo tanto, ante una figura del creador en el sentido tipológico, donde se entrelazan alusiones a una doble genealogía del artista, enraizada, por un lado, en las Sagradas Escrituras a través de referencias a modelos bíblicos del sapiens architectus al servicio de Dios, y, por otro, en la propia historia constructiva de la catedral, jalonada por una serie de artífices de los que Mateo constituye la última generación, y a quienes esta figura también rinde homenaje, preservando su memoria, y la de la obra que se extiende majestuosa frente a él, in corde.
Sepulcro del rey 
es: Alfonso VIII (1188 - 1230), en la capilla de las Reliquias

 

 

 

 

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[1] ékpfrases​ o ecfrasis (en plural: ecfráseis; es la representación verbal de una figura visual.


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