Románico en Montes Torozos y Tierra de
Campos de Valladolid
Valladolid es una provincia castellana
injustamente olvidada cuando se trata de considerar el arte románico en
Castilla y León.
Uno de los ejemplos más evidente es el rico
repertorio románico por estas dos comarcas del norte vallisoletano: Montes
Torozos y Tierra de Campos.
Posiblemente este olvido se deba al lamentable
estado de conservación de muchos restos románicos vallisoletanos que le restan
valor estético.
En las comarcas citadas de Montes Torozos y
Tierra de Campo he elegido cuatro monumentos de gran valor: el Monasterio
de la Santa Espina y las iglesias de Trigueros del
Valle, Wamba y Villalba de los Alcores.
Castromonte
El monasterio cisterciense de la Nuestra Señora
de la Santa Espina se encuentra a 35 km al noreste de Valladolid y tan solo a
20 km de Medina de Rioseco. Si decidimos partir de la capital lo haremos por la
carretera local que atraviesa las poblaciones de Zaratán, Wamba y Peñaflor de
Hornija. Y si lo hacemos desde Medina de Rioseco habremos de seguir la
carretera comarcal que conduce a Valverde de Campos y Castromonte, localidad
esta última en donde nos desviaremos en dirección a Urueña. A unos 6 km nos
encontraremos con el monasterio cisterciense, sede actual de la Escuela de
Capacitación y Experiencias Agrarias "San Rafael de la Santa Espina",
dependiente de la Consejería de Agricultura y Ganadería de la Junta de Castilla
y León, que se encuentra bajo la tutoría de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas.
Se encuentra dicho monasterio en los encinares
de los Montes de Torozos, situado en un pequeño valle regado por el arroyo
Bajoz. Un terreno que, como ya señaló Pérez Embid, por su escasa calidad nunca
llegó a generar la presencia de un poblado en sus alrededores. Las dependencias
cenobíticas ocupan una gran extensión, todas ellas delimitadas por una cerca de
piedra en la que se abre una puerta monumental erigida en 1574 ocupando el
lugar de la antigua portería monástica.
Los años 40 del siglo XII significan para la
península una "Década de Oro" si de lo que hablamos es de
fundaciones monásticas, puesto que entre 1140 y 1150 tuvo lugar el surgimiento
de varios monasterios afiliados a la más "popular" de las
órdenes monásticas rigoristas: la orden del Cister. Su rápida y prolija
implantación supuso, en opinión de algunos estudiosos de la orden, el último
impulso del multiforme movimiento benedictino anterior a la llegada de las
órdenes mendicantes. Último y gran impulso que llegaría a contar en España y en
los momentos de mayor apogeo, segunda mitad del siglo XII y todo el XIII, con
casi sesenta casas. A esta congregación cisterciense –surgida el 21 de marzo de
1098, fecha en la que Roberto de Molesmes funda la casa madre de Cîteaux–
perteneció éste de La Espina en el que nos vamos a detener. Sus orígenes
fundacionales, así como los de su dedicación, permanecen todavía ciertamente
confusos. No obstante, por el momento es opinión comúnmente admitida y basada
en el "Tumbo" (elaborado a partir de 1607), al margen de
tradiciones o leyendas más o menos fundadas que lo sitúan en 1143 (Manrique),
que en 1147 la hermana del monarca Alfonso VII, doña Sancha, concedió a
Bernardo de Claraval –"uno de los protagonistas de la forja del mundo
de las mentalidades" según Bango Torviso– el monasterio benedictino de
San Pedro de la Espina o del Espino, existente probablemente ya a finales del
siglo XI, si nos basamos en un documento de Sahagún fechado en 1088, en el que
se cita el monasterio de San Pedro in monte Cauriensi, y Santa María de
Aborridos como exigua dote, para que edificase allí un monasterio con monjes de
su orden. Dos años después, el propio Alfonso VII confirmará la donación hecha
por su hermana, en la que iban incluidos además "los edificios que allí
hubo". Nos encontramos por tanto con un nuevo establecimiento
monástico que se asienta en un terreno, por aquellos tiempos abandonado, que al
parecer estuvo ocupado por un viejo cenobio acaso fundado en el siglo X por los
monjes del cercano cenobio de San Cebrián de Mazote, fundadores, a su vez, del
monasterio zamorano de San Martín de Castañeda. Esta ocupación de territorios
más o menos yermos –repoblación al fin y al cabo deseada y apoyada por la
monarquía– fue la política general de las fundaciones "ex novo"
o bien de las "filiaciones" cistercienses desde que la orden se
introdujo en España. Orden a la que debemos además la introducción en la
Península de las nuevas técnicas agrícolas que circulaban por la Europa del
siglo XII.
Más problemático es dirimir los orígenes de su
dedicación a la Santa Espina ya que ambas de las posibilidades manejadas –que
la reliquia fuera adquirida en Francia y posteriormente donada por doña Sancha
como señala el "Tumbo" o bien que esta ya se encontrara en el
monasterio de San Pedro– se basan en una documentación un tanto conflictiva. A
pesar de que la advocación mariana suele presidir las fundaciones
cistercienses, la colección diplomática del siglo, concretamente la de la
primera mitad del siglo XIII y ligada al monarca castellano Fernando III, lo
denomina bajo la advocación de San Pedro de la Espina.
Aceptada la donación, la tradición recoge la
noticia de que San Bernardo envió para este fin y al mando de varios monjes, a
un tal Nivardo, personaje identificado de modo un tanto incierto con un hermano
suyo del mismo nombre. Poco tiempo después, según escrituras de doña Sancha, y
no sin pasar ciertas penalidades, la comunidad aumentará su número por la
llegada de un buen número de monjes "rebeldes" procedentes del
monasterio de Toldanos, dependiente del de Carracedo (León). Sea como fuere,
los primeros abades del nuevo monasterio serán, lógicamente, los encargados de
emprender las obras que nos ocuparán. Puesto que, por el carácter intrínseco de
esta publicación –encaminada al estudio del románico vallisoletano–, nos vamos
a ceñir a un periodo artístico muy concreto y conflictivo, que abarcaría
aproximadamente desde su fecha de fundación (1147) hasta finales del siglo
XIII, creemos que no es conveniente –también por mera cuestión de espacio–
entrar de lleno en el posterior devenir histórico del monasterio. No obstante
en las líneas siguientes haremos referencia a aquellos datos que de un modo u
otro –ampliaciones, restauraciones, derribos, etc.– afectan de forma relevante
al desarrollo cronológico-artístico de los edificios de un monasterio que jugó
un papel importante en la expansión cisterciense en Castilla y León, ya que
hemos de tener presente que de aquí partirán los monjes que, en la segunda
mitad del siglo XII, fundarán centros tan importantes como Sandoval (León,
1173) o bien afiliarán a la orden antiguos monasterios benedictinos como el de
Valdeiglesias (Toledo). Importancia que muy rápidamente comenzó a languidecer
puesto que según datos económicos recogidos por Pérez Embid, a finales del
siglo XIII y junto con los también vallisoletanos de Valbuena y Matallana,
nuestro monasterio se encontraba inmerso en el último escalafón de rentas entre
los monasterios cistercienses hispanos.
Las donaciones reales y de la nobleza habían
permitido a los monjes encarar las primeras obras de lo hoy conservado, a fines
del siglo XII, comenzando por la cabecera de la iglesia, cuya estructura deriva
directamente del primer gótico de Borgoña. Tras las modificaciones posteriores
hoy sólo se conserva una de las capillas rectangulares, con la severa impronta
cisterciense. También a este período corresponde una reducida sacristía y el
antiguo "armarium".
A principios del siglo XIII puede remontarse la
construcción de la sala capitular; el resto de las dependencias del ala
oriental fue radicalmente reformado con posterioridad. La comunidad contaba aún
con al favor real (no totalmente desinteresado) y de la nobleza: se suceden las
donaciones y privilegios. D. Martín Alonso, perteneciente a la familia Téllez
de Meneses, inició la construcción de una nueva iglesia en 1275. Ésta quedó
inconclusa a su muerte, a pesar de su generosidad, durante 98 años. Por estas fechas
poseía el monasterio numerosos bienes en la comarca, lo que provocaba
enfrentamientos como el solventado por Suero Téllez y Gonzalo Rodríguez Girón,
por orden de Fernando III, en 1223: se trataba de deslindar los términos de
Torrelobatón y "San Pedro de Espina". No en balde el
monasterio estaba procediendo, escrupulosamente y con el apoyo regio, a la
delimitación de todo su "coto" con los concejos limítrofes. Las
confirmaciones reales de la posesión de diversos bienes y lugares y la
proliferación de concordias, avenencias y delimitaciones, demuestran que el
proceso no estuvo libre de tensiones.
La siguiente centuria se inicia con el saqueo
de la casa durante la guerra civil (1304). Se realizaron varias reformas, que
alejaban las edificaciones de la austera estética de la Orden, e incluso se
concluyó la nueva iglesia (1373), pero no corrían buenos tiempos: la crisis del
siglo XIV se deja sentir y se agudizan los conflictos con los concejos... A
fines del siglo XV, la economía de la institución ha "tocado fondo":
los vasallos se niegan a las prestaciones personales, éstas les son conmutadas
por dinero que, a su vez, se devalúa... Pero de nuevo se produce la
recuperación, con la reforma de la Congregación en toda la corona de Castilla y
La Espina pasa definitivamente a la Observancia en 1486, después de luchas y
violencia interna. Este hecho y la reestructuración de la renta feudal
permitieron un nuevo florecimiento, que se plasmó en grandes reformas
constructivas en la iglesia y las dependencias.
La vida monástica continuó, pese a ello,
sufriendo los altibajos de cada época. En lo arquitectónico destaca el inicio,
en 1630, de un lujoso panteón diseñado por Francisco de Praves. Y si el siglo
XVIII comenzó con inundaciones y un gran fuego que consumió el monasterio,
éste, mediante limosnas en dinero y en trabajo gratuito, logró erigir un
impresionante claustro que, cierto es, eliminó el medieval.
En 1821 todas las propiedades abaciales, que
habían sido desamortizadas, fueron subastadas y quedaron en manos de grandes
propietarios. Tras un largo abandono, su propietaria donó el edificio a los
"Hermanos de las Escuelas Cristianas" que crearon el centro de
enseñanza agrícola que hoy lo ocupa.
Monasterio de Nuestra Señora de la Santa
Espina
Cuando hablamos de la arquitectura de los
edificios de un monasterio cisterciense como el de La Espina, en el que el
inicio de las construcciones cenobíticas se remonta a finales del siglo XII,
surge entonces el interrogante de si es adecuado o no hablar de un "arte
cisterciense".
No voy a profundizar, entre otras cosas porque
no es ese nuestro cometido, en una cuestión sobre la que la historiografía del
arte medieval ha vertido verdaderos ríos de tinta. Aunque los especialistas en
el tema parecen tener clara desde hace ya bastantes años la respuesta, sería
interesante –muy especialmente para aquellos que no lo somos– clarificar,
aunque sea brevemente, una serie de cuestiones que por no demasiado bien
interpretadas todavía siguen apareciendo en obras de un mayor o menor grado
divulgativo y que llevan ciertamente a la confusión, utilizando términos como
"arte cisterciense", "estilo cisterciense",
"influncia cisterciense" en ámbitos quizás poco adecuados.
Especialistas españoles de la categoría de Bango Torviso, Joaquín Yarza o
Carlos Valle, entre otros, han puesto de manifiesto recientemente –basándose en
premisas establecidas para lo francés por Aubert, Dimier, etc.– que los
edificios cistercienses, inspirados por una comunidad que en lo espiritual
pretendía reverdecer los más viejos y severos laureles benedictinos del "ora
et labora", no constituyen en sí mismos un estilo y que por tanto no
podemos hablar de un "arte o arquitectura cisterciense", ya
que dentro de sus edificios nos encontraremos –en un primer momento– con
tradiciones ciertamente románicas y posteriormente con caracteres propiamente
góticos. Es decir, que el particular carácter, que no estilo, artístico y
funcional de los edificios cistercenses –más o menos románico, más o menos
gótico– vendrá determinado por el "momento histórico" en el
que se llevan a cabo, pero nunca por crear ellos mismos un nuevo léxico
arquitectónico. Desde esta perspectiva, los monasterios lo que hacen es adecuar
a sus estrictas necesidades espirituales el vocabulario constructivo existente
en cada momento; necesidades que obligarían –según Braunfels– "a
condenar todo aquello que llamamos arte románico", pero no a crear un
arte distinto.
Como consecuencia de unos planteamientos algo
confusos y basados en ciertos conceptos predeterminados, sorprende que Felipe
Heras, en su trabajo sobre el románico en la provincia de Valladolid, no
analize una serie de monasterios cistercienses –éste de La Espina entre otros–
porque "presentan caracteres totalmente bernardos y ya más
decididamente góticos", cuando él mismo señala que uno de los
elementos que se podían considerar pervivencias románicas dentro de los
edificios cistercienses eran las cabeceras de sus iglesias y como tales analiza
las de Palazuelos y Valbuena. Y algo parecido ocurre cuando Javier Sáinz
incluye entre el "románico rural" los "restos
románicos" –sin determinas cuáles– del monasterio de La Espina.
Hay que entender que una cosa son los edificios
inmersos en un "románico rural", por lo general de pequeño
"empaque" artístico y realizados por y para pequeñas
comunidades laicas, con escasos recursos económicos y generalmente ajenas a los
grandes movimientos o corrientes artísticas (que tendrá su reflejo en los
materiales con que suelen llevarse a cabo su construcción: mampuesto,
sillarejo, etc., uso de cubiertas planas de madera en vez de abovedamientos,
etc.) y otra muy distinta la "ruralidad" de aquellos edificios
que por principios o necesidades espirituales bien distintas se encuentran
inmersos en un ámbito no urbano y que fueron realizados por y para comunidades
monásticas que contaban con un mayor potencial económico y humano (reflejado en
el uso de un buen material constructivo, aparejo de sillería preferentemente,
predominio de los espacios abovedados y en la presencia –si tenemos en cuenta
el valor que suele atribuirse a las marcas de cantero– de grupos de canteros
asalariados).
Siendo consecuentes con lo dicho hasta el
momento, es obvio que tan solo nos detendremos en el análisis de aquellos
edificios monásticos –o determinadas partes de los mismos– que entran dentro de
un periodo artístico en sí mismo conflictivo y de límites poco precisos (último
cuarto del siglo XII y primero del XIII) que ha recibido múltiples
denominaciones, algunas más acertadas que otras: "tardorrománico",
"protogótico", "de transición" y "estilo
1200". Edificios de los que tan solo nos resta una pequeña parte
puesto que los que no fueron transformados y derribados, e incluso hechos de
nuevo, entre los siglos XV y XVIII (hospedería, claustros, capilla de la Santa
Espina, etc.) desaparecieron consumidos por las llamas del incendio acaecido en
1731
La iglesia
Puesto que por el momento se desconoce cuáles
eran los edificios benedictinos existentes allí a la llegada de la nueva
comunidad, posiblemente aprovechados en un primer momento, iniciamos nuestro
recorrido por la iglesia y más concretamente por la cabecera, según Antón
Casaseca iniciada en el último cuarto del siglo XII. La disposición de su
primitiva planta, del más puro estilo borgoñón, seguía un plan que definido
como "bernardino" apenas tendrá eco en los restantes edificios
castellano-leoneses, a excepción de Moreruela, más en la línea de lo que se ha
venido a denominar "hispano-languedociano". Se caracterizan
los templos que siguen este plan bernardino por tener los ábsides cuadrados o
rectangulares, como aquí, con un ábside principal de mayor profundidad y
anchura que las capillas absidales restantes, cuatro en este caso.
Una multiplicación de altares, de capillas
absidales, que permitía a los monjes cumplir con las exigencias eucarísticas
propias de las comunidades benedictinas. Nos encontramos por tanto ante una
organización distinta a la de aquellas iglesias cistercienses "de
tradición románica" que, realizadas por talleres locales inmersos en
un arte inercial, presentaban cabeceras compuestas por tres ábsides
semicirculares escalonados. Desgraciadamente seguimos sin saber si el ábside
central, la capilla mayor, se remataba originariamente en semicírculo ya que
ésta zona del templo sufrió tan importantes reformas, que de las cinco capillas
que tuvo tan solo conservamos la del extremo del lado del evangelio, el testero
de las dos del mismo lado y los muros laterales de la mayor. Con la muerte de
don Fernando de la Vega, en 1395, el ábside lateral del lado de la Epístola se
convirtió en la capilla funeraria de los Vega, señores de Grajal, lo que supuso
la destrucción de la primitiva capilla absidal y la construcción de una nueva
en estilo gótico flamígero. Además, entre 1546- 1558, en tiempos del abad Fray
Lorenzo de Orozco, no sólo se sustituyeron las primitivas cubiertas de las
capillas (que tal y como se conserva la extrema del lado del Evangelio se
cubrirían con cañón apuntado sobre imposta de nacela) sino que se amplió hacia
el este la capilla mayor, al parecer algo oscura y pequeña respecto al resto de
la iglesia, con un muro recto –en la actualidad cubierto por un retablo
procedente del monasterio de Retuerta, realizado hacia 1578 por Diego de
Marquina– y se cubrió todo el espacio con una linterna ochavada después de
haberse incrementado su altura. La capilla mayor fue consagrada en 1560 y en
ella recibieron enterramiento los personajes de noble alcurnia ligados a la historia
del monasterio: Martín Alfonso, el infante don Juan Alfonso de Alburquerque,
etc.
Siguiendo a la perfección el esquema
bernardino, tremendamente regularizador, las capillas absidales de la cabecera
se abrían al transepto mediante arcos apuntados y doblados de los que tan solo
conservamos –como ya he dejado dicho– el de la capilla extrema del lado del
Evangelio, que apea sobre jambas coronadas por simples impostas, capilla que
también conserva en su testero un vano abocinado de medio punto. Esta nave
transversal, ya de principios del siglo XIII, ha variado notablemente su
fisonomía después de sufrir importantes transformaciones, sobre todo en su
brazo sur en el que se localizaría la denominada "Puerta de los Muertos"
que comunicaba la iglesia con el cementerio monástico.
Muy desarrollada en planta, se divide en cinco
tramos todos ellos cubiertos –a excepción del correspondiente al crucero– con
bóvedas de gruesas ojivas baquetonadas. Muy probablemente la cubierta propuesta
en un principio para estos cuatro tramos fuese la de cañón apuntado puesto que,
como muy bien advirtió Antón, las ojivas carecen de apoyos lógicos y se forzó
el arranque de las diagonales en los tramos extremos del crucero. Aunque la
reforma concluida hacia 1560 afectó también a los actuales pilares cruciformes
del crucero y a su cubierta –todo ello realizado según trazas de Gonzalo de
Sobremazas– todavía perdura el muro norte y oriental del brazo norte del
transepto, el primero reconocible exteriormente por la presencia de un vano
abocinados de medio punto y el segundo por conservar los arcos apuntados que
dan acceso, uno a la sacristía antigua y otro, de planta quebrada, que tal vez
comunicaba la iglesia con el dormitorio de los monjes.
Respecto al tramo del crucero señalar que su
planteamiento original seguiría en esencia las pautas reseñadas por Bango
Torviso, es decir, que en él aparecería un cimborrio o linterna –sobre trompas
que fueron reaprovechadas, así como sus fuertes apoyos– con tan escaso
desarrollo cupular que, de forma acusada, sólo sería perceptible desde el
interior. Y todo ello debido a que en la reunión del Capítulo General de la
Orden celebrado en 1151 se prohíbe la existencia de torres de piedra.
Prohibición que en general posibilitó, según el mismo autor, el acentuado
horizontalismo de los volúmenes eclesiales cistercienses.
En nuestro recorrido hacia los pies del templo,
la anchura del edificio disminuye, ya que los cinco tramos de la cabecera y
transepto se reducen a tres en el cuerpo de las naves, con la central de mayor
altura y achura que las laterales. En el primer tramo de una de estas últimas,
la nave norte, se abre la única puerta original que hoy en día conserva el
templo, la que comunica la iglesia con el claustro. Esta parte del edificio
(las naves), y según testimonios documentales relacionados con don Martín Alonso,
uno de los principales protectores del monasterio y miembro de la poderosa e
influyente familia de los Téllez de Meneses, no estaría terminada en 1275,
siendo en tiempos de un segundo descendiente de éste –el Infante don Juan
Alfonso de Alburquerque, hijo de don Alonso, infante de Molina– cuando se
"acabaron las tres capillas que faltaban, las naves colaterales de la
iglesia, claustros, celdas y otras oficinas" como señala Robles, es
decir, cuando se remata la obra monástica en su conjunto. Noticias históricas
que llevan esta parte del edificio a principios del siglo XIV.
Las tres naves constan de seis tramos cada una
–cubiertos de igual forma que el transepto–, separadas por pilares cruciformes
que se asientan sobre grandes zócalos octogonales. Zócalos sobre los que
encontramos un plinto superior que recoge las basas de las medias columnas
(cercenadas a cierta altura para dotar de mayor amplitud a la nave central) que
aparecen en los cuatro frentes del pilar pero no así en los ángulos, solución
que por poco frecuente hizo pensar que en un principio pudieron estar diseñados
para sustentar bóvedas laterales de arista y central de cañón apuntado, como
aparece en los monasterios de Poblet o Fitero, o bien de arista para las tres
naves; una inexistencia de columnas angulares que obligó, como ya observara en
su momento Lambert, a marcar en determinadas ocasiones el arranque de los arcos
diagonales de las ojivas en los salientes del pilar mediante un capitel
colocado de forma oblicua. Tanto los arcos formeros de la nave central como los
divisorios de las naves son apuntados, doblados y de perfil rectangular,
mientras que las naves colaterales poseen arcos perpiaños de medio punto de la
misma sección, salvo alguno achaflanado en la nave de la Epístola. Como si de
una costumbre se tratara, en el siglo XVI se ubica un coro alto sobre los pies
que ocupará dos últimos tramos. Será ya en el siglo XVII cuando Juan del Valle,
siguiendo el proyecto de Francisco de Praves, erija la capilla de las reliquias
y se inicie la actual fachada exterior de la iglesia, en palabras de Martín
González "la más completa y hermosa que haya en Valladolid del tipo de
dos torres", concluida por un discípulo de Ventura Rodríguez en 1783.
Fachada que se realizó respetando el primitivo muro occidental del templo
todavía perceptible en parte desde el interior.
Una vez analizada la totalidad de su planta, de
más de 50 m. de longitud total, hay que destacar además de sus notables
dimensiones su tipología borgoñona, procedente directamente de Clairvaux y del
tipo de Pontigny o Fontenay. Un edificio cuyo proceso crono-constructivo se
iniciaría en la cabecera en el último cuarto del siglo XII y que continuaría a
principios del siglo XIII en el cierre del transepto y con el cerramiento
murario del espacio eclesial destinado a las naves, es decir, los muros norte y
sur del edificio. Más adelante, a finales del siglo XIII y principios del XIV,
se concluye al abovedamiento final del transepto y naves, lo que probablemente
trajo consigo el refuerzo mediante contrafuertes del muro sur del templo.
Las dependencias monásticas
Adoptando una disposición que no es la
tradicional en los monasterios cistercienses, las dependencias se encontraban
al norte de la iglesia y organizadas en torno a un claustro derribado y hecho
de nuevo en el siglo XVIII por un artista, en opinión de Martín González,
procedente de la escuela salmantina. Esta anómala ubicación topográfica de las
dependencias claustrales (visible también en edificios alemanes –Eberbach y
Maulbronn– y franceses –Le Thoronet– del siglo XII), que generalmente suelen
situarse al sur, pudo deberse a la necesidad imperiosa de adecuar el ala del
refectorio monástico, ya desaparecida, al curso fluvial y a un mejor
aprovechamiento de las condiciones del suelo. Desaparecidas las primitivas
pandas norte y oeste de este elemento organizador, además de todas las
dependencias ubicadas en el piso superior, tan solo se conservan en La Espina
las salas de la planta baja de la panda o crujía oriental del claustro (visible
también desde el exterior) inmersas en un periodo cronológico similar al de la
parte oriental de la iglesia y la panda del lado sur o panda de la iglesia, en
la que se encuentra la puerta que comunica el claustro con la iglesia y varios
nichos sepulcrales apuntados. Las estancias que nos encontramos en la panda
oriental son, de sur a norte.
Sacristía-capilla antigua
Bajo arcos apuntados y retallados se accede
desde el claustro al interior de esta pequeña sala, probablemente la más
antigua de las conservadas (finales del siglo XII, principios del XIII), que
también comunica con la iglesia mediante un pequeño ingreso abierto en el muro
norte del transepto. Consta de dos tramos desiguales cubiertos por bóvedas
ojivales separadas por arco fajón apuntado. En el muro norte de su tramo más
reducido se abre un lucillo con posible función sepulcral, mientras que en su
muro oriental aparece una puerta –quizá posterior y visible también desde el
exterior– que comunicaba esta estancia con la huerta.
Armarium o Armariolum
Comunicando al este con la sacristía por doble
arco apuntado y al oeste con la panda claustral aparece esta pequeña estancia,
destinada a acoger los libros de lectura más generalizada. En nuestro caso ha
recibido un tratamiento monumental inusual, ya que por lo general suele
tratarse de un simple hueco de mayor o menor profundidad abierto en el muro.
Mediante un arco fajón apuntado sobre columnas adosadas se articula su espacio
interno en dos tramos cubiertos por bóveda de crucería que en sus extremos norte
y sur apoyan sus ojivas directamente sobre el muro. Esta inadecuación pudiera
indicarnos que en un primer momento –de la misma cronología que la
sacristía-capilla– pudo haberse planteado su cubrición mediante cañón.
Sala Capitular
La siguiente estancia monástica que nos
encontramos en nuestro itinerario por esta panda oriental del claustro es la
sala del Capítulo, a la que accedemos a través de una puerta abierta en arco de
medio punto flanqueada a ambos lados por dos grandes arcos apuntados que
cobijan vanos geminados de medio punto. Su interior rectangular en planta,
iluminado por tres ventanas apuntadas de amplio derrame sobre columnas que se
abren en el testero oriental, se distribuye en tres naves –de mayor anchura la
central– de tres tramos cada una y cubiertos con bóvedas de crucería sin
formeros. La separación entre las naves se efectúa mediante cuatro columnas
exentas y de cortos fustes sobre las que descansan los arcos y los finos
nervios de sus bóvedas, mientras que las que van a los ángulos de la estancia y
a los muros lo hacen, respectivamente, en columnas acodilladas y columnas
adosadas, estas últimas apoyando sobre un banco de piedra que recorre
interiormente sus muros. Aunque alguno de los elementos de esta bella dependencia
–elogiada como la más "cisterciense" de las conservadas en
España– puede dar indicios o señales de arcaísmo, la sala pudo comenzarse poco
después que la iglesia, a principios del siglo XIII. Sin duda es esta una de
las mejores salas capitulares cistercienses hispanas, lugar en el que se reunía
la comunidad monástica, bajo la presidencia del abad, para la lectura de los
"capítulos" de la Regula sancti Benedicti y recibir las
instrucciones pertinentes. Al exterior su muro oriental se articula mediante pequeños
contrafuertes entre los que aparecen los estrechos ventanales.
¿Antelocutorio?
Con este nombre designa Francisco Antón al
pasillo que, abierto a continuación de la sala capitular, limita al este con el
calefactorio. Se abre al claustro por un pequeño arco apuntado sobre finas y
esbeltas columnas acodilladas y ocupa el lugar en donde generalmente se solía
ubicar la escalera que, desde el claustro, comunicaba este con el dormitorio de
los monjes.
Locutorio o auditorio del Prior y
Calefactorio
Dos puertas de arco apuntado abiertas en el
pasillo anterior dan paso al locutorio, aunque también tiene entrada bajo un
arco de igual fisonomía desde el claustro. Interiormente la sala, muy similar a
la de la abadía francesa de Fontenay, se divide en dos tramos cuadrados de
igual tamaño y cubiertos con crucería mediante un arco transversal apuntado. En
el testero de la sala se abre una puerta también apuntada que permite el acceso
al calefactorio, situado en una localización poco frecuente pero que también
encontraremos en monasterios franceses como el de Cîteaux. Se trata de un
espacio diáfano cubierto con cañón apuntado en el que podemos ver todavía la
chimenea situada entre dos vanos de amplio derrame.
Parlatorio
Entre las estancias señaladas anteriormente y
la sala de monjes se encuentra este estrecho pasadizo cubierto con cañón
apuntado que además de comunicar el claustro con la huerta ponía en contacto
también el claustro con la sala de monjes. Tanto en su ingreso como en su
salida al huerto este pasadizo presenta sendos arcos apuntados.
Sala de Monjes
Y por último, la más alejada de la iglesia y
dispuesta perpendicular respecto a esta, nos encontramos con esta gran sala
contemporánea, de la sala capitular y la mayor de cuantas dependencias se
conservan. Destinada en un principio a lugar de reunión de los novicios
terminará convirtiéndose en el espacio que acogía las reuniones de los monjes.
En un primer momento, cuando todavía la sala estaba totalmente arruinada, fue
identificada como sala de trabajos o gran parlatorio. Presenta la tipología
propia de esta dependencia: rectangular y de dos naves, en este caso con tres
tramos cada una, cubiertas con bóvedas ojivales separadas por sencillos pilares
cruciformes con columnas tangenciales en sus frentes y acodilladas en los
ángulos. Arcos y ojivas apoyan en los muros de idéntica forma a la ya descrita
en la sala capitular. De forma excepcional, puesto que esta era la única sala
de monjes hispana que lo conservaba, en el ángulo suroccidental era visible una
parte –concretamente tres arcos de medio punto derramados– del sitial del
maestro o tribuna del lector, una especie de púlpito. En su fábrica no se
observan rupturas, lo que parece indicar que todo se levantó y cubrió en una
misma campaña constructiva que muy bien pudiera situarse en el primer cuarto
del siglo XIII. En la actualidad se utiliza como sala de conferencias, y tan
solo se conserva sus muros oriental y occidental con parte de los apeos y del
arranque de las bóvedas a muy baja altura, lo que indica que la estancia se
encuentra actualmente muy sobreelevada.
¿Enfermería?
Al este de esta panda claustral se extendía la
huerta monástica, a la que accedíamos a través del pasadizo situado entre la
sala de monjes y el calefactorio. Francisco Antón señala como al este de esta
huerta existían huellas materiales de la existencia de otras dependencias,
entre ellas "un muro con dos puertas buenas apuntadas, de varias
arquivoltas aboceladas y muy elegantes que hoy sirven para entrar a unos
establos", que data en el primer cuarto del siglo XIII.
Desgraciadamente estos vestigios arquitectónicos han desaparecido, pero sí se
conserva a varios kilómetros del monasterio –en dirección a Mazote– un edificio
del siglo XVI que la tradición oral conoce como "La Enfermería".
Tanto la iglesia como las dependencias
claustrales brevemente reseñadas presentan una dilatada evolución cronológica
sujeta a condicionantes de carácter económico. Aunque no se refiera
concretamente a este edificio vallisoletano, Pérez-Embid señala un principio
que demasiado a menudo no tenemos presente a la hora de juzgar cualquier
manifestación artística, pero de manera muy especial la arquitectónica: "la
penuria o pobreza real explica la supervivencia de tradiciones arquitectónicas
autóctonas" y, añadimos nosotros, nos ayuda a comprender –en algunos
casos mejor incluso que desde la complicada perspectiva de las "influencias"–
la convivencia en un mismo periodo histórico de lo que desde un punto de vista
artístico aparentemente entendemos como contradicciones y que pretendemos
encasillar en departamentos supuestamente estanco de la Historia del Arte. Lo
económico y lo espiritual –genialidades aparte– son dos facetas que van tan
indisolublemente unidas en cualquier manifestación artística que el no
interrelacionarlas supone perder de vista uno de sus elementos constituyentes y
por tanto la correcta utilización de términos como "arte" o
"estilo".
La escultura
El hecho de que los edificios de los
monasterios cistercienses busquen la desnudez ornamental y la austeridad ha
hecho que determinados autores hablen de "escultura cisterciense"
o de "formas cistercienses" en la escultura partiendo de la
base de la existencia de un "arte" arquitectónico
cisterciense. Ya hemos hablado sobre éste tema por lo que sería reiterativo
volverlo a hacer desde el punto de vista escultórico. Sin embargo si me
gustaría recordar, llegados a este punto, que los monjes blancos del Cister no
hacen muchas concesiones a la ostentación ornamental de sus edificios en base a
unos principios espirituales anteriores que fueron actualizados en gran medida
en el capítulo XII de la famosa "Apología a Guillermo", obra
realizada por San Bernardo a finales de los años veinte del siglo XII.
Como ocurría con la arquitectura, la escultura
de los edificios cistercienses responde a los mismos principios espirituales
benedictinos, ciertamente rigoristas y anicónicos. Aniconismo retomado por San
Bernardo y del que deberían participar los edificios monásticos pero no los
episcopales, en donde la representación figurada tenía la virtud de "enseñar
a los que no saben", algo que en opinión del santo estaba fuera de la
realidad monástica. Aniconismo y austeridad decorativa que priman en los
edificios cistercienses no solo por planteamientos espirituales sino también, y
como en la arquitectura, económicos. Bango Torviso ha expresado acertadamente
este último aspecto: "Cuando nos encontramos con una columna con un
capitel liso o unos vegetales pegados a la cesta, no podemos decir que sean
cistercienses, ya que el capitel liso surge en Francia en la primera mitad del
siglo XII con la intención de ahorrar dinero".
Cuando en determinados edificios contemporáneos
a los cistercienses encontramos capiteles sin tallar o con decoraciones apenas
insinuadas y de formas vegetales muy elementales se suele afirmar que son de
"influencia cisterciense". Sin embargo, y aunque pudiera ser
así en casos muy concretos, ¿no podría deberse simplemente a una escasez de
posibilidades económicas por parte de la comunidad que los erige?.
La escueta decoración esculpida existente en La
Espina la localizamos principalmente en los soportes, puertas y ventanas.
Entre los primeros habría que destacar los
capiteles y basas, ya que los fustes suelen ser lisos y monolíticos, con la
única excepción de un par de fustes estriados que aparecen en una de las
ventanas abiertas en el muro sur de la nave de la iglesia. Una tipología de
fuste claramente borgoñona que enlaza con la de aquellos capiteles vegetales de
la nave central del templo que, rematados por hojas o florecillas, presentan
tallos tan solo en una de sus zonas. En esta nave central –cuyos capiteles
vegetales parecen más elaborados– encontramos además otras variedades: la de
aquellos que –con astrágalo y cimacio circular de ancha gola– decoran su cesta
con hojas de palmetas y lanceoladas muy escotadas y pegadas a la cesta, apenas
sin relieve (los conocidos como "galons"), o bien con
estilizados tallos rematados por hojas y pomas, éstos últimos derivados de una
morfología románica muy numerosa y dispersa por los cenobios del Duero
(Valbuena, Palazuelos, etc.,) y que se corresponderían –siguiendo la
clasificación de Hernando Garrido– con las modalidades IV-VII de modelos
procedentes de San Andrés de Arroyo. Decoración que salvo excepciones –un mayor
desprendimiento de las hojas o flores que rematan los tallos– se repite en las
naves laterales (los de las esquinas de la nave del Evangelio van sin tallar, y
si lo hacen, con simples estrías y hojas apenas dibujadas). Tan solo los
capiteles de los soportes adosados más cercanos al crucero parecen más toscos y
rudos en su talla aunque de la misma temática –pobre imitación de los de la
nave central–, a excepción de los de la nave de la Epístola cuya cesta presenta
una mayor profusión de tallos y hojas apalmetadas de relleno.
Frente a la escasa suntuosidad de las formas
vegetales, seriadas y reiterativas, otros capiteles preservan su cesta o tambor
sin decoración alguna o bien aparecen simplemente facetados con pequeños
resaltes e incluso con una somera decoración que, definida como "de
funda", deja al descubierto sus ángulos (sala capitular, sala de
monjes, etc.). Las basas son mayoritariamente áticas, generalmente con garras
angulares. Y únicamente en la nave del Evangelio aparecen decorados los plintos
situados sobre los zócalos en los que se asientan los pilares, en este caso con
flores de seis pétalos.
Los ventanales, ya sean de medio punto o
apuntados, suelen tener dos o tres arquivoltas decoradas con baquetones,
generalmente la inferior sobre columnas acodilladas con basas áticas de gran
bocel inferior y capiteles vegetales de gruesas y escotadas hojas pegadas a la
cesta.
Otro de los elementos que contienen una mayor
profusión ornamental, dentro de los límites generales ya establecidos, son las
puertas. La que comunica iglesia y claustro, de arco de medio punto, posee
cuatro arquivoltas aboceladas con golas intermedias que apoyan sobre tres pares
de columnas acodilladas, de las que han desaparecido los fustes. Las basas
áticas con gran bocel se ubican sobre un alto plinto y tan solo uno de sus
capiteles presenta sobria decoración vegetal apenas insinuada, mientras los restantes
aparecen lisos. Los cimacios, simplemente moldurados, se extienden por parte
del muro. Al interior, hacia la iglesia, el arco arranca de jambas lisas. Por
su parte el acceso a la sala capitular se realiza a través de una portada
apuntada con cuatro arquivoltas de simples baquetones entre escocias, excepto
la exterior que lleva una guarnición de gola y junquillo; interiormente solo
posee triple arquivolta, dos de ellas sobre columnas y una sobre jamba. Los
apoyos los constituyen enormes pilares compuestos por haz de columnas con basas
similares a las ya descritas y capiteles lisos con un cimacio por cada dos. Por
su parte los vanos que flanquean este acceso descansan sobre columnas pareadas,
cuyos capiteles recuerdan a Ara Gil los de Fontenay.
La sencilla y poco ostentosa decoración
escultórica conservada se inscribe mayoritariamente a finales del siglo XII y
en el transcurso del siglo XIII. Por el momento sus paralelos más ciertos fuera
de la Península se encuentran en edificios como Fontenay, mientras que dentro
de ella presenta ciertas similitudes con edificios románicos de Zamora y Toro y
con otros edificios ya sean cistercienses, como Valbuena y La Oliva, o no
(Ceínos).
Trigueros del Valle
Trigueros del Valle se encuentra a unos 30 km
al noreste de Valladolid capital por la autovía a Palencia, tomando después el
correspondiente desvío a dicha localidad, a la altura de Valoria la Buena.
La iglesia de San Miguel se emplaza en la parte
baja del pueblo, dominada al norte por la ermita de Santa María del Castillo,
que se sitúa en la parte más elevada del páramo. Al sur del templo y a pocos
metros de distancia, se levanta el castillo de los Robres de Guevara y los
restos del cinturón amurallado. Ocupa un terreno ligeramente elevado e
inclinado y está rodeada por el caserío de piedra, de uno o dos pisos. La
entrada actualmente en uso se sitúa a los pies, que van a dar a la actual calle
Higuera, cercana a la plaza principal.
No tenemos noticias directas de esta iglesia
hasta bien entrado el siglo XVII, pero es preciso tener en cuenta un dato mucho
más antiguo que sí conocemos, y que es de gran relevancia para la historia de
la localidad. Nos referimos a la compra realizada por el conde Ansúrez en 1084
de ciertos terrenos de esta zona, entre los que se encontraba el hoy
desaparecido monasterio de San Tirso, monesterio nostro uocabulo Sancti
Tirsi [...] territorio Trigeiros. Pocos años después, en 1088, el conde
dotaba ampliamente a la nueva colegiata de Santa María de Valladolid cediendo
estos terrenos a su abad.
En el siglo X supone Martín González edificada
la iglesia mozárabe de Santa María, ubicada en una fortificación, preexistente,
que garantizaba la seguridad de este núcleo cristiano. Toda esta zona fue
repoblada bajo el control de los Beni Gómez, importante familia de quienes
podrían descender las condesas Goto y Ofresa, según Reglero. Durante el siglo
XI dichas damas aseguraban que la propiedad de multitud de heredades en el
territorio, así como el dominium sobre el mismo eran detentados por sus padres y
abuelos, lo que nos remontaría a la etapa repobladora. El valle de Trigueros se
menciona por primera vez en 1054 en la documentación. Ese año tres nietos de la
condesa Ofresa donaban al monasterio de Santa María, de Aguilar de Campoo, la
iglesia de San Tirso, en el Valle. Este templo, sin embargo, pasó a poder de
Fernando Hermenegíldez, quien en 1088 vendía la mitad del mismo (y otras
heredades) al conde Ansúrez y su esposa. El resto del cenobio era donado a la
colegiata de Valladolid ese mismo año. Cuando en 1095 se elabora la carta
dotacional para el templo mayor vallisoletano, publicada por Mañueco, el conde
y su esposa, instigadores de su creación, donan "su mitad" de
San Tirso a los canónigos de Santa María la Mayor.
A lo largo del siglo XI había ido aumentando la
población en el valle. Es una behetría, como se deduce de diversos documentos
entre los que destaca el fuero otorgado en 1092 por la condesa Ildonza,
publicado por González Díez. En él permitía a sus "collazos"
marchar del lugar en que habitaban, siempre que fuesen a servir a "otros
herederos de Trigueros", lo que indica que podían elegir señor. Con el
paso de los años se perfila un señorío muy fragmentado sobre la zona,
compartido por ricos hombres e hidalgos de muy diversa categoría. Mantiene allí
sus propiedades la familia Ansúrez, pues en 1119 doña Mayor, hija del conde,
cede el "monasterio" de Santa María de Trigueros al de San
Zoilo de Carrión. En un documento posterior, otorgado por Elvira Sánchez en
1136, en el que ésta dona su "ración" en dicho monasterio, ... in
ipso monasterio qui est in castello, al cenobio palentino. No deja lugar a
dudas sobre la ubicación de la que hoy se denomina "ermita de Santa
María del Castillo", situada en lo alto del páramo. Los monjes de San
Zoilo irán paulatinamente acumulando propiedades en el valle, al igual que los
de San Isidro de Dueñas, Santa María de Valladolid, sus homónimas de Aguilar de
Campoo y Retuerta, y Sahagún. Antes de finalizar el siglo se construye la iglesia
de San Miguel.
La de Santa María, ya mencionada, era una
"iglesia propia" que, pasó al monasterio de Carrión. Pero en
el siglo XIII se va a dejar sentir el progreso del poder episcopal: la iglesia
no será entregada al clérigo presentado por su "propietario"
hasta que el obispo lo haya examinado y hallado digno de encomendarle la cura
animarum. En este sentido se expresa en 1228 el prelado palentino, reservándose
la institutionem clericorum ad presentationem monachorum en Santa María
de Trigueros.
Durante el siglo XIV pudo iniciarse la
construcción de un nuevo castillo, ubicado en el valle, cuyos restos se
conservan. La población se había desarrollado considerablemente y contaba con
San Miguel como templo principal, según la Estadística de la diócesis
palentina, a la que pertenecía. Seguía siendo un lugar de behetría pero, indica
el Becerro, con un solo señor: don Juan Alfonso. A éste correspondía un tercio
de la "martiniega" y doce maravedís anuales como "yantar";
a estos pagos había que sumar los que percibía el rey, aunque destaca la
exención de fonsadera y el hecho de recaudar los dos tercios restantes de la
martiniega. El citado señor no era otro que el famoso don Juan Alfonso de
Alburquerque, valido de Pedro I, caído en desgracia y muerto en 1354. Al
desaparecer este linaje pasó la behetría a poder real temporalmente. Pero ya en
1396 era donada a don Pedro Núñez de Guzmán y será objeto de ventas sucesivas
hasta 1422, en que pasa a poder de Fernando Alonso de Robles. Esta posesión fue
reiteradamente contestada por otros señores hasta 1447, indica Reglero. El
despótico carácter de este hombre motivó la queja de los habitantes del valle,
que aún entonces era una pequeña comunidad agrícola, alegando ser de behetría y
no merecer el trato que se les daba, como "solariegos". Sin
embargo las sentencias reales, en 1482 y 1489, fueron favorables al noble, que
continuó embargando bienes y secuestrando las personas –religiosos incluidos–
que se le oponían.
Todo ello no impidió la realización de obras en
el castillo (1453 es la fecha que figura junto a los escudos) y reformas en San
Miguel. Poco antes el concejo de Trigueros había requerido al cabildo de
Palencia para que recogiera su "préstamo", indicando su
malestar por que se les obligase a dar casa, pan y vino al perceptor, así como
los diezmos, cosa que no era costumbre en el lugar.
Iglesia de San Miguel Arcángel
La iglesia parroquial de Trigueros está
realizada en caliza del pontiense de sillares perfectamente escuadrados. Tiene
planta de una sola nave orientada, cubierta con bóveda de medio cañón apuntado
y considerablemente abombado, dividida en cinco tramos mediante arcos fajones
que alternan su apoyo en pilastras lisas y ménsulas de cuarto de bocel. Todo
ello recorrido por una imposta achaflanada sin ornamentar.
Estos soportes estuvieron contrarrestados al
exterior por contrafuertes lisos y de poco resalte que llegaban directamente
hasta la cornisa, hoy desaparecidos en su mayoría. Es de reseñar que esta
tipología de cubierta supone una originalidad entre las iglesias románicas
rurales de la parte oriental de la provincia, que normalmente suelen presentar
armadura de madera. Tal peculiaridad podría explicarse por la dependencia de
esta población a la Colegiata vallisoletana y lo que ello pudo implicar: mejor
situación económica del clero local y por ende una mayor disponibilidad
material para planificar la cubierta de su iglesia.
Respecto al desplome de la bóveda y su perfil
apuntado, Tomás del Moral señaló que podría obedecer a una reconstrucción de la
cubierta en el curso del siglo XIII quizá a causa de su estabilidad. La factura
de los modillones del alero, claramente diferentes a la ornamentación del
ábside y la portada reforzaría esta hipótesis, no contempla por Felipe Heras.
Si bien la parte de la nave ha sido enmascarada
por el encalado, ampliada y transformada en época moderna, el ábside, por el
contrario, permanece prácticamente intacto, aunque, eso sí, oculto en su
interior por un retablo rococó del siglo XVIII si bien está cubierto por
cascarón apuntado y presenta arco triunfal también apuntado.
En el exterior se percibe cómo está levantado
sobre un zócalo de piedra para salvar el desnivel existente. Se divide en cinco
paños por cuatro medias columnas entregas sobre plinto semicircular y basas de
un toro y filete.
En los tres paños centrales se abren ventanas
de medio punto con doble arquivolta. La exterior descansa directamente sobre la
jamba esquinada, y la interior sobre columnas de basa ática y pesado toro. Los
huecos, hoy cegados, debían ser estrechos, de tipo saetera. La cornisa se
compone de dos bocelas y escotadura, y descansa sobre los capiteles de las
citadas columnas y sobre canecillos de perfil de nacela.
Además de los vanos del ábside, podemos señalar
otros dos de cierta relevancia. Por un lado una ventana que abierta en el
primer tramo de la nave –en el lado de la epístola–, que presenta derrame
interior y por otro la portada de ingreso al templo, situada al mediodía y que
alberga una interesante decoración escultórica.
A partir de siglo XVI el templo experimentó
diversos procesos de ampliación. En primer lugar con la anexión, a la altura
del crucero y en sus dos lados, de sendos tramos cubiertos con bóvedas
estrelladas de terceletes con florones. Para ello se rasgó el paramento
presbiterial disponiéndose dos amplios arcos rebajados. Ello obligó a que las
pilastras románicas del tramo quedaran voladas. Posteriormente, en el siglo
XVIII, se dispuso una nave en el flanco septentrional del templo derribando lo
que quedaba del muro románico y abriendo en su lugar arcos de comunicación.
Además fue ampliado el templo por su hastial con un tramo y puerta occidental
adintelada, y se construyó una sacristía en el ángulo sureste del ábside lo que
imposibilita su visión. Todo ello en pobre obra de mampostería.
La decoración escultórica se concentra en la
portada y en el ábside. Se observa una gran variedad decorativa en talla plana
a bisel que, pese a su riqueza y pretenciosidad, no puede disimular su
tosquedad y rudeza, propia de un maestro local. La portada, la más rica de las
conservadas entre las iglesias rurales de esta zona de la provincia, está
situada al mediodía y debió rematar en tejaroz, hoy perdido. Toda ella se
asienta sobre un basamento de piedra para salvar el desnivel y presenta basas y
plintos fuertemente deteriorados. De amplio abocinamiento y resaltada del muro,
está compuesta de siete arquivoltas y chambrana apoyadas sobre jambas
esquinadas y tres columnas acodilladas a cada lado.
La chambrana presenta decoración de taqueado.
En las arquivoltas aparecen diversos motivos decorativos. Desde el exterior al
interior puede verse un trenzado perlado (semejante al de Piña de Esgueva o
Valdespina) y hojas alancetadas y lisas en serie rodeadas por cuatro medias
hojas rematadas en bola. A continuación, puntas de clavo y lazos orlados
también con perlas y troncos piramidales en los huecos. La siguiente arquivolta
es más sencilla y se resuelve con bocel y escocia. Las dos más internas presentan
cinta en zig-zag perlada y taqueado respectivamente. Todo ello reposa sobre la
imposta o cimacio, decorado en la parte derecha con seis filas de taquitos y
con entrelazo estriado en la parte izquierda.
Las columnas, de fuste monolítico, presentan a
ambos lados cestas decoradas con tosco biselado. A la derecha aparece uno con
animales afrontados (de cuerpo único y cabeza común), otro con figura
antropomorfa con túnica de finos pliegues concéntricos y un tercero más
sencillo orlado con bolas en su parte superior. Los capiteles de la izquierda
presentan a su vez decoración de entrelazo con perlas, sirena de doble cola que
se agarra sus puntas (que probablemente alude al pecado de lujuria) y hojas
estriadas rematadas en prominencias bulbosas.
El ábside, que ya hemos descrito en sus
elementos arquitectónicos, es el otro elemento que alberga decoración
escultórica. Los capiteles de las medias columnas entrega que lo dividen en
paños carecen de cimacio y reciben directamente la cornisa. Son capiteles de
hojas carnosa, a veces estriadas, con los remates vueltos y con bolas. La
excepción es el primer capitel del lado de la Epístola, en el que vuelve a
representarse el tema de la sirena de doble cola, acompañada de otra figura
humana. La cornisa descansa también sobre canecillos de perfil de nacela,
igualmente decorados. Aparecen en estos canecillos dos figuras humanas
acurrucadas, palmeta estriada, de nuevo la sirena de doble cola, grupo de dos
piñas con palmeta, poma, hoja carnosa vuelta en sus extremos y trenza.
Los capiteles de las columnas que soportan la
arquivolta interior de las ventanas de este ábside presentan decoración de
hojas planas y carnosas y figuras humanas muy toscas. Los cimacios de estas
columnas están decorados con red de rombos a bisel, de fuerte claroscuro,
semejante a la que aparece en Villafuerte y también en las palentinas de Dehesa
de Romanos, Támara, Vega de Bur o Espinosilla. Esta decoración se repite en la
chambrana de las ventanas y se continúa a modo de imposta por todo el muro del
ábside, excepto en los fustes de las columnas que dividen los paños, donde
queda interrumpida.
Tanto en lo constructivo como en lo ornamental,
esta iglesia (como todas las del grupo del oriente rural vallisoletano) parece
haber recibido el influjo del románico palentino y del burgalés. La influencia
de éste último se hace más patente en esta obra por la profusión decorativa de
la portada, aunque los elementos en sí están tomados de un repertorio que se
repite más en las obras palentinas, tal como hemos ido señalando.
Hay que señalar la existencia de una lápida con
inscripción empotrada en el muro y junto a la puerta occidental moderna, en el
actual sotocoro. Catalogada por Urrea y Martín González como lápida románica,
sin embargo su deterioro imposibilita la lectura.
En cuanto a la cronología del templo, si bien
Del Moral apuntó a los años centrales del siglo XII, más recientemente Felipe
Heras ha considerado los últimos años de la misma centuria. Para ello se apoya
en la bóveda y los arcos apuntados, la simplicidad de sus apoyos y su
correspondencia con contrafuertes lisos y rectangulares, poco resaltados y que
ascienden hasta la cornisa. También parece confirmar la fecha tardía de esta
iglesia el carácter geometrizado y plano de la decoración de su portada.
Wamba
Situada en las inmediaciones de Montes Torozos
y bañada por un afluente del Hornija, a unos 12 km de Valladolid se encuentra
Wamba, a la que se puede acceder por varias vías, bien desde Valladolid hasta
Zaratán por la VA-514 o bien por la N-601 hasta el cruce de Zaratán para seguir
desde allí la VA-514.
El cronista Julián de Toledo ubicaba la muerte
y entierro del rey Recesvinto y la elección del rey Wamba en Gérticos,
perteneciente a la diócesis salmantina. Sin embargo, las crónicas posteriores
trastocaron la noticia, en un largo proceso explicado por Reglero, y aunque la
Crónica Albeldense (881-883) sigue la "versión original", la
Crónica de Alfonso III (refundida entre 910 y 914) coloca el lugar in monte
Caure, quizá refiriéndose a los Torozos. A fines del siglo IX o inicios del X,
cuando Alfonso III se asienta en esta zona, buscará entroncar con la monarquía
visigoda; de ahí que se altere el texto de las crónicas, haciendo que el lugar,
tan significativo para la historia, se identifique con una población ya
arrebatada por el monarca a los musulmanes.
En la versión rotense (siglo XI) se cita a Gérticos,
quod nunc a bulco apellatur Bamba. Dos siglos más tarde tal identificación
era ya irrefutable, y aparecía en las obras de Ximénez de Rada y de Alfonso X.
Aunque el lugar contó, sin duda, con un monasterio visigótico, y las
excavaciones muestran un poblamiento ininterrumpido desde tal fecha, hoy no es
posible mantener el error de la ubicación de Gérticos en esta comarca. Ello no
obsta para que su nuevo nombre, Wamba en honor al rey allí supuestamente electo,
haya perdurado.
Un monasterio se ubicó aquí en época visigoda.
Por entonces, y hasta la reforma gregoriana, es preciso distinguir entre
monasterium y ecclesia. Como indica García Gallo, según el derecho canónico
visigótico, ésta última era la denominación para toda iglesia parroquial,
estrechamente vinculada al obispo; el término monasterium aludiría a una
institución similar, pero dotada de más autonomía. La distinción se irá
diluyendo al avanzar la Edad Media, y en torno a los siglos X y XI ambas
palabras se aplican indistintamente, de modo que los documentos hablan de
"monasterios" habitados por una comunidad y otros, menores,
cuyo único morador es un "abad".
Gómez-Moreno no hablaba del origen visigodo de
Wamba, cuya "iglesia" de Santa María reputaba fundada en torno
al año 928 por el obispo Fruminio de León. Este prelado, hijo del magnate
leonés Olimundo, había sido expulsado de la sede de la capital y en el año 938
está in monasterio Ubambe, según indica el diácono Nuño. Más tarde volverá a
figurar Fruminio como obispo en la sede bambense. Y entre 945 y 951 los
documentos reales (publicados por Rodríguez Fernández) citan a Nuño como abad
de Santa María de Bamba. Por tanto en estos momentos la institución había
cobrado importancia, como se confirma al observar las heredades que, en lugares
muy distantes, del Cea al Porma, ha logrado reunir.
Reglero resalta también la ausencia de noticias
hasta fines del siglo XI, cuando la infanta doña Sancha lo recibe de su
tía-abuela, la infanta Elvira. Ésta había obtenido como parte del "infantado",
varias posesiones en la comarca del Torozos, entre las que se encontraba Wamba,
lugar especialmente significativo para la casa real como se recordará. Doña
Sancha dona Wamba (Bamba) a la Orden de San Juan en 1140, posesión que confirma
Alfonso VII ese mismo año, pero que se modificó poco después: al año siguiente
la infanta permutaba su monasterio de Santa María de Toro por Bamba y San
Cebrián de Mazote, que pertenecían a los "freyles". Aunque de
1148 a 1153 volvió a titularse domina (señora) del lugar, lo donaba en su
testamento a la Orden. En este documento, recogido por Villar, confirmaba la
donación del lugar con todas sus heredades, excepto Olmedo, Villalba y Penilla.
A pesar de este recorte, el monasterio o, mejor dicho, la encomienda de Wamba,
estaba bien dotada. Y seguirá estándolo cuando el territorio del Infantado
caiga en manos del reino de León, pues su monarca, Fernando II, le otorgaba en
1172 la iglesia de Santa María de Castrodeza, y quizá también la villa. Al
finalizar el siglo, en 1195, se realizó la obra de la iglesia, en cuya fachada
se lee aún la inscripción que la data en el año 1233 "de la era".
Aunque el siglo XIII marcó el inicio del
repliegue de los caballeros hospitalarios, que se vieron forzados a
desprenderse de numerosas heredades, éstos mantuvieron la encomienda de Bamba.
En 1298 su comendador era Arias Gutiérrez Quexada, un caballero de la familia
Quijada, cuyo ascenso social culminará en el siglo XVI. En 1308 recibe una
carta del Maestre de su Orden otorgándole esta bailía y la de San Miguel del
Pino, como "recompensa" por su labor. Esto indica la estima en
que los "freyles" tenían a estas propiedades, cuya gestión se
encomendaba a uno de sus mejores hombres. Ese mismo año Arias Gutiérrez ya
actuaba como teniente del Maestre para los asuntos de la Orden en Castilla y
León. A mediados de siglo ésta mantenía Wamba en sus manos, como cabeza de la
encomienda de su nombre; correspondía a los "hospitalarios"
tanto el señorío sobre el lugar como la propiedad de la iglesia, que se
encuadraba en la diócesis palentina. Sus vasallos debían satisfacer ciertos
pagos en dinero, además de la moneda, servicios y fonsadera debidos al rey. La
martiniega y el yantar se pagan a ambos poderes, pero además la Orden exigía
"sernas": quien poseyese ganado de labor, ayudaba con él un
día al mes.
A pesar del paso del tiempo, el templo sigue
siendo un espectáculo único. Con la supresión de los señoríos y la
reorganización eclesiástica y civil, la localidad sufrió diversos cambios. Es
interesante recordar la descripción de Madoz en el siglo XIX; este autor
mencionaba aún la existencia de un "palacio de buena arquitectura",
domicilio de los "administradores". El templo era atendido
entonces por un vicario, a criterio aún de la Orden. Aunque aceptaba que la
fábrica antigua era obra de "godos", no pudo sustraerse a la
moda de suponer una antigua presencia de los míticos templarios en el lugar.
Santa María de Wamba fue declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en
1931. Recientemente "sufrió" una nueva restauración,
especialmente "llamativa" en su pórtico.
Iglesia de Santa María
Situada en una amplia plaza dentro del pueblo,
el templo está rodeado por el bajo caserío, levantándose sobre una pequeña
elevación del terreno cercada por un murete bajo que hace las funciones de
apoyo. Litúrgicamente orientada, la portada principal se abre en el hastial
occidental, contando con otra al sur, mientras que los vestigios del antiguo
monasterio encuentran su acomodo al norte.
La iglesia de Santa María de Wamba es de
dimensiones reducidas y se advierten en ella varios tipos de fábrica. Por un
lado la parte de estilo románico, realizada en buen sillar de piedra caliza
dispuesto en hiladas regulares, y que en opinión de Felipe Heras García, han
sido reforzadas en la restauración a la que se vio sometida en 1920,
constatable en la parte superior del testero de la nave central que reza, año MCMXX.
Recientemente ha sido objeto de otra restauración que afecta a la limpieza y
consolidación de muros y estructuras con la añadidura de una cubierta de madera
en la portada del mediodía. El otro tipo de aparejo utilizado en la cabecera y
crucero, de estilo mozárabe, son el ladrillo y la mampostería.
La iglesia posee tres naves en planta, la
central más ancha y más alta que las laterales, con crucero no señalado en
planta y cabecera con tres capillas rectangulares. Dentro de ella se pueden
distinguir dos periodos y estilos constructivos bien diferenciados: las naves
de factura románica y el crucero junto con las capillas de la cabecera de época
mozárabe. Éstas últimas Gómez-Moreno supone que podrían fecharse en el año 928
mientras que mayor seguridad ofrece la datación de la parte románica del templo,
gracias a la inscripción que se localiza en el tímpano de su portada
occidental, donde puede leerse “ERA MCCXXXIII” (año 1195).
Dentro de la división tripartita de la parte
románica del edificio, la nave central es de mayor anchura y altura que las
laterales en una proporción 2:1. El espacio entre estas está dividido por
pilares compuestos de núcleo rectangular cuyas esquinas aparecen biseladas y
con decoración de botones estriados, a los que se añaden dos columnas casi
completas por cada pilar. Estas columnas presentan todos sus capiteles
esculpidos con motivos diversos, temas vegetales, temas historiados de carácter
alegórico, y animales monstruosos que serán más ampliamente tratados en el
apartado referente a la escultura monumental del edificio.
La cabecera de la Iglesia es la parte
mozárabe, en la foto se nota perfectamente el corte entre la parte románica
(arco de medio punto) y el mozárabe de la zona del altar.
En estos pilares podemos observar restos de
policromía con un predominio de los ocres y rojos. Las tres naves están
separadas por arcos formeros apuntados y doblados que apean sobre las columnas
de los pilares. La cubierta de las naves de madera, rehecha recientemente y en
disposición de par-hilera, descansa directamente sobre sencillas ménsulas, que
también aparecen en ambos muros exteriores de la nave. Esta fue la cubierta
original de la iglesia.
A los pies de la iglesia existió un coro, hoy
desaparecido, y en el lado del evangelio pegada a la pared aparece una escalera
que da acceso a un andito situado en el lado de la epístola por el cual se
comunica con la torre campanario situada sobre el crucero, y a la que hoy se
accede por el exterior. En los muros de las naves se abren un número desigual
de huecos, cuatro en el lado de la epístola y uno en el del evangelio. Son
todos ellos de medio punto y abocinados, con arcos de escasa luz.
En el lado del evangelio se abre una puerta en
el muro que da acceso a una serie de dependencias. La primera de ellas es una
capilla –actualmente habilitada como baptisterio y en la que aparece una
sencilla pila bautismal– cubierta con crucería del siglo XIII, descansando la
bóveda sobre ménsulas. Anexa a esta capilla y comunicando con el crucero,
aparece una dependencia de época posterior, cubierta con una bóveda de arista
de lajas unidas con argamasa, está sostenida por un grueso pilar en el centro,
bastante deteriorado. Esta última estancia pertenecía ya al conjunto del
claustro.
El crucero y la cabecera, con sus tres capillas
rectangulares son de época mozárabe. Presenta un gusto por la compartimentación
muy propio de esta forma de construir. Los soportes en esta zona son sencillos
pilares cuadrados que presentan como motivo decorativo, tres molduras
escalonadas. Uno de los capiteles, en el lado de la epístola presenta formas
vegetales estilizadas trabajadas a bisel. Estos pilares soportan arcos de
herradura, uno de estos capiteles es completamente nuevo y fue añadido en la
última restauración.
En el crucero las bóvedas son de cañón
partiendo de una generatriz de herradura. Estas bóvedas aparecen también en las
capillas, pero en disposición longitudinal. Según Clementina Ara Gil y J. M.ª
Parrado del Olmo, las bóvedas del crucero han sido rehechas. La central pudo
llevar arista o gallones y las laterales aparecen con indicios de cañón
transversal. En cada testero del crucero se puede apreciar una ventana con arco
de medio punto, con cierto derrame; una de ellas, la del lado del evangelio
cegada.
En las capillas de la cabecera apreciamos el
mayor tamaño y altura de la central sobre las laterales. En ellas el aparejo es
de distinta fábrica, utilizándose el ladrillo, sillar bastante irregular y
mampuesto. Cada capilla presenta una ventana con hueco de medio punto,
abocinado y de apa- rejo de ladrillo.
En el testero de la capilla mayor se pueden
observar restos de una pintura mural bastante deteriorada que representa una
cruz en el centro de brazos iguales, y ocho espacios cuadrados a los lados con
círculos inscritos que llevan en su interior restos de ruedas de ocho radios y
animales fantásticos. Según Martín González pudieran ser mozárabes e imitarían
el dibujo de una tela oriental.
En la fachada oeste sin duda el elemento más
reseñable es su portada. La fachada dividida en dos planos, uno liso rematado
triangularmente, y otro formado por la portada que sobresale de la línea del
muro y está cubierta por un tejaroz. En esta última observamos un friso con
once canecillos que llevan esculpidos motivos figurativos, caras de animales,
caras humanas, etc.
La portada está formada por tres arquivoltas de
medio punto y una chambrana. Las arquivoltas, que guardan todavía algunos
restos de policromía, están molduradas con arquillos, decoradas con baquetones
y escotas. En las hendiduras de estas se disponen motivos de tacos y bolas.
Estas arquivoltas descansan sobre tres columnillas de fuste corto y se apoyan
sobre plintos que se prolongan por el muro formado una especie de banco corrido
a ambos lados de la fachada. Entre cada una de estas columnillas aparece una pilastra
muy sencilla, que presenta decoración en sus esquinas rebajadas de cabezas de
clavo dobles. Cada una de las columnillas está rematada por un capitel con
motivos decorativos figurativos, desde decoración vegetal a temas
animalísticos; alguno de ellos se encuentra en muy malas condiciones.
Precioso capitel en la portada románica
de la iglesia compuesto por cuatro salamandras. La salamandra según los
bestiarios medievales no sólo es insensible al fuego sino que puede apagar las
llamas. Es atributo del fuego personificado
El tímpano, de una sola pieza, presenta
decoración escultórica con talla a bisel. Por un lado en la parte más externa
del tímpano aparece una faja que abarca todo su perímetro, donde se sitúan una
serie de círculos tangentes dentro de los cuales se inscriben flores de ocho
pétalos. Bajo esta faja aparecen en cada lado del tímpano dos círculos con el
mismo motivo uno encima del otro. En el lado de la derecha observamos entre los
dos círculos la ya referida inscripción “ERA MCCXXXIII”. Sobre estos y
entre las fajas centrado en el tímpano aparece otro motivo. Se trata de una
flor de cuatro pétalos inscrita en un círculo similar a una cruz. El tímpano
descansa sobre dos mochetas de perfil de nacela que están esculpidas con dos
caras iguales de hombres barbados.
Podemos encontrar restos de policromía en la
portada. El resto de la fachada presenta un paramento liso en el que destaca un
rosetón dentro de un cuadro rehundido y en el que interiormente aparecen
motivos de punta de clavo en su perímetro. El remate triangular de la fachada
esta coronado por una cruz de brazos cilíndricos que se apoya sobre unas
cabezas de leones con las bocas abiertas.
El muro sur, en el que abre una puerta muy
sencilla con arco apuntado, está cubierto por un pórtico sostenido por columnas
muy sencillas y de época posterior. Este pórtico presenta un muro perpendicular
que le sirve de cierre y es de factura reciente. La techumbre fue colocada en
la última restauración.
Presenta, asimismo, este muro sur cuatro
ventanas de arco de medio punto, de escasa luz en el arco. Aparecen ménsulas en
el exterior del muro sur. En este lado sur aparece, anexa a la altura del
crucero, una sencilla construcción de época posterior que hace las veces de
sacristía. Sobre el crucero aparece una torre campanario de planta cuadrada y
remate piramidal con dos huecos por cada uno de sus paños donde se colocan las
campanas.
Fachada norte del templo y ala lateral
del antiguo claustro, donde se encuentra el osario. Se aprecia también la torre
campanario.
Al exterior la cabecera deja trasdosar los
volúmenes interiores, apareciendo la capilla mayor más alta y sobresaliente que
las laterales de las que solo podemos observar entera la capilla
correspondiente al lado de la epístola por encontrarse una casa, actualmente
adosada a la capilla del lado del evangelio. Al igual que el resto de la
iglesia, exteriormente la cabecera va recorrida por una cornisa con perfil de
nacela y sencillos canecillos de forma de pirámide truncada y de lados curvos
sin decoración alguna.
El muro norte de la iglesia no se aprecia en
una visión global del edificio al quedar oculto por las construcciones
claustrales antes mencionadas, y de las que todavía se conservan restos,
destacando una de las dependencias de dicho claustro donde se conserva un
enorme osario.
Hay que destacar la posible adscripción de esta
iglesia al foco zamorano por algunas de sus influencias. En opinión de Felipe
Heras García las similitudes estarían en la existencia de las columnas casi
exentas de los pilares, y por la forma de la talla, muy profunda y expresiva,
de los ojos de los personajes esculpidos en algunos capiteles y las mochetas.
En opinión de Castán Lanaspa la similitud con el foco zamorano se encontraría
en la aparición de los arquillos de las arquivoltas como motivo decorativo.
Existe un amplio número de escultura monumental
en la iglesia de Santa María de Wamba, centrándose, sobre todo, en la portada
oeste, tímpano, mochetas y capiteles de sus columnas, así como en los capiteles
de las columnas adosadas a los pilares del interior. En la portada podemos
observar decoración escultórica tanto en los capiteles de las columnillas, como
en los de las pilastras. En las columnas sus capiteles llevan representaciones
variadas, destacándose temas animalísticos, dos salamandras enroscadas, dos
pavos afrontados en mal estado, bebiendo de una copa de vino, los cuales para
Felipe Heras García son una pervivencia prerrománica.
Aparecen motivos vegetales tanto en los
capiteles de las columnas como en los de las pilastras. Las mochetas de perfil
de nacela, que sostienen el tímpano, llevan dos caras de barbados tallados y en
ellas observamos como el extremo de la barba se introduce en sus bocas, así
como el iris del ojo profundamente excavado. En el tímpano aparecen rosetas
dispuestas en una faja, y en grupos de dos a ambos lados del eje del tímpano;
éstas tienen ocho pétalos con un nervio central en el que se retallan perlitas;
entre las dos de la derecha figura la inscripción con la datación y entre éstas
y la faja superior, centrado en el tímpano, aparece un clípeo con una flor de
cuatro pétalos en forma de cruz, todo ello con una talla fina a bisel y restos
de policromía. En el tejaroz los canecillos muestran decoración escultórica de
caras y animales donde observamos otra vez el trabajo de los ojos con el iris
muy excavado.
En el interior de la iglesia la decoración se
centra en los capiteles de las columnas adosadas a cada pilar. Podemos apreciar
temáticas diferentes: decoración vegetal pegada a la cesta con extremos vueltos
y rematados en bolas, capiteles con palmetas invertidas y otros de hojas
superpuestas de punta lanceolada. Junto a estos aparecen capiteles de impronta
naturalista, como aquellos que representan a un hombre sacando vino de una
tinaja u otro esquilando a un cordero. Capiteles con temas alegórico trascendente
son los que representan el pesaje de las almas por San Miguel y Satanás, el
pecado original y el pecado de gula, el cual aparece representado por un hombre
comiendo un enorme pan. Por último destacan la presencia del tema animalístico
con un capitel que representa una cabeza de león astado con motivos vegetales
que lo envuelven y rematan la cabeza con aves monstruosas.
De la parte mozárabe de la cabecera podemos
citar ciertos elementos decorados con talla a bisel en los pilares,
fundamentalmente trabajados con motivos de palmeta en el lado de la epístola y
ciertas molduras trabajadas con motivos similares a una espiga. Destacar
también la existencia de una pila de agua bendita, situada en la entrada sur
del edificio que estaría realizada en un capitel corintio de la primitiva
iglesia mozárabe y trabajado interiormente con gallones.
Villalba de los Alcores
La villa está emplazada sobre unos alcores
(colinas o collados), en la amplia paramera de los montes Torozos. En otro
tiempo estuvo cercada por una muralla, con un foso y dos puertas con sólidas
defensas, la de Santiago, situada en la parte septentrional y hacia el oriente
la del Humilladero. En la actualidad sólo subsisten restos de tal construcción
defensiva.
Villalba de los Alcores está situada al norte
de la capital vallisoletana de la que dista unos 28 km. Se accede por la
carretera comarcal de Mucientes, a la entrada de la cual hay que desviarse a la
izquierda para coger la carretera comarcal con dirección a Villalba de los
Alcores.
Según Norberto Santarén, sobre restos vacceos
se encuentra una ciudad romana y sobre este sustrato se asienta el pueblo de
Villalba. Durante la invasión musulmana quedó destruida. Su reedificación debió
tener lugar en los primeros tiempos de la reconquista, siendo Alfonso III, el
Magno (866-910) su conquistador y repoblador. Este monarca sometió diversos
lugares de las orillas del Pisuerga y del Duero, y levantó castillos para
defender lo conquistado.
La villa fue encomendada en el siglo XII a los
caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén. Estos hicieron
grandes obras en la villa, para protegerla de sus enemigos, y así construyeron
el castillo, las murallas y los torreones. En los momentos en que la villa
estaba en manos de los sanjuanistas, el conde de Palencia, sin causa aparente,
atacó la plaza, pero se encontró con la oposición del comendador Zornoza,
triunfando los caballeros de la Orden de San Juan. En los últimos años del siglo
XII volvió de nuevo a ser señorío de realengo, cediéndola a Alfonso VIII, quien
a su vez la donó a Tello Pérez de Meneses y a su mujer Gontroda por los
servicios prestados al monarca en la conquista de Cuenca. Fundó éste el
monasterio de Matallana, en el mismo lugar donde, desde el año 950 existía un
monasterio dedicado a Santa María, que adquirido por Alfonso VIII a la orden de
San Juan, fue cedido a don Tello y a su mujer, fundando así el rico monasterio
bajo la advocación de Santa María de Mataplana, que donarían a la orden
cisterciense.
En tiempos de Alfonso XI el Justiciero, Isabel
de Meneses contrajo matrimonio con Juan Alonso de Alburquerque, pasando
Villalba a formar parte de los estados del poderoso magnate, concediéndole
además el rey en el año 1334 las posesiones que en la villa había tenido la
orden del Temple en agradecimiento a los servicios prestados por éste en el
cerco de Lerma. Tras la lucha llevada a cabo en la villa en 1354 entre Pedro I
y el duque de Alburquerque, su hijo, Martín Gil, heredó los señoríos de su
padre, pero habiendo muerto sin dejar sucesión, Enrique II de Trastámara dio la
villa a su hermano Sancho, conde de Alburquerque y tras este sería su hijo
Fernando quien se hiciera con el señorío de Villalba del Alcor.
En el reinado de Enrique IV el Impotente era
señor de Villalba don Enrique de Acuña, quien la dio poco después a doña Inés
de Guzmán, condesa de Trastámara y viuda de Alonso Pérez de Vivero,
concediéndola el título de duquesa de Villalba. Años más tarde recayó el
señorío de Villalba en Bernardino Fernández de Velasco, condestable de Castilla
y duque de Frías. Al subir al trono de España Carlos I y comenzar la guerra de
las Comunidades, Juana la Loca, con el féretro de su esposo, estuvo algún
tiempo en el castillo de la villa, donde se creía segura bajo la guarda del
condestable, partidario de su hijo. Hasta el siglo XVI el señorío de la villa
lo tuvieron los condes de Osorno.
Conserva Villalba, como veremos, un rico
patrimonio arquitectónico. La muralla que rodeaba la villa obra de los
sanjuanistas y restaurada por los Alburquerque y en ella desta can los
impresionantes cubos y torreones angulares en los que se apoyaba. El castillo
formaba parte de una línea de fortificaciones y atrincheramiento, que partiendo
de la fortaleza de Toro, avanzaba hasta las riberas del río Carrión. Componían
esta línea una serie de castillos, bien situados, de manera que podían
socorrerse con la mayor facilidad, constituyendo una cadena defensiva. El de
Villalba podía comunicarse por la parte occidental con el de Valdenebro y por
la del norte con el de Montealegre. Hoy en día de este castillo solo se
conservan algunos muros.
Iglesia de Santa María del Templo
La iglesia de Nuestra Señora del Templo se
encuentra dentro del espacio amurallado, en la zona este del núcleo rural,
junto a la Puerta del Humilladero.
Ocupa un solar en una plaza irregular, a la que
confluyen estrechas y tortuosas calles, pudiéndose admirar el edificio con
desahogo desde todos los ángulos. En la plazoleta de la fachada meridional,
junto a las casas que la delimitan, se observan los restos de un arco de piedra
y una escalera del mismo material, en estado de abandono, que se hunde en el
suelo, no pudiendo precisar si se trata de una bodega o de alguna dependencia
relacionada con la iglesia en otro tiempo.
Aunque de modestas dimensiones, es uno de los
pocos templos románicos de la provincia de Valladolid que ha llegado íntegro a
nuestros días. Dejó de tener culto en 1818, convertido en ermita tal como la
cita Madoz, pasando poco después a manos particulares. Hoy sigue siendo
propiedad privada, usando su dueño el recinto con almacén y molino.
Presenta sencillo plan rectangular de una sola
nave (de 23 × 7 m, según Heras García), coronada hacia el este por un ábside
semicircular de similar anchura. Consta la nave de cinco tramos, cubiertos con
bóveda de cañón apuntado, marcados por los seis soportes adosados que, en cada
muro largo, recogen los empujes de los perpiaños y que, al exterior, se
corresponden con otros tantos contrafuertes. Tiene dos portadas, en las
fachadas septentrional y meridional. De ellas, la primera es abocinada con
arquivoltio, y debió ser siempre la principal, mientras que la segunda es
apenas un postigo de comunicación con una dependencia actualmente desaparecida.
El muro sur de cierre no remata en acodo con el
hastial de poniente, sino que se prolonga poco más de un metro en esa
dirección, apareciendo derruido y desventrado. Podría tratarse de los restos de
una escalera arruinada o no acabada para acceder a lo que parece una, asimismo
inconclusa, espadaña o torre. Ubicada transversalmente sobre la esquina
suroccidental del tejado, con una orientación aproximada SE-NO, sólo se
mantiene en pie un desmochado pero potente paño de sillería (de unos 2 m. de
grosor) calado por dos troneras de medio punto, cuyas líneas de salmeres están
marcadas en el intradós por una imposta de nacela.
La caja muraria es un compacto prisma recto,
cuya ortogonalidad sólo rompe el hemiciclo absidal. Está construida en caliza
blancuzca recubierta por una pátina dorada, con abundantes oquedades y fósiles,
procedente de los páramos de Torozos en que se asienta. La piedra aparece
cortada en grandes sillares isódomos, bien desbastados, aparejados a soga y
tizón en hiladas regulares. Las marcas de cantería, visibles en todos los
muros, son abundantes, si bien el repertorio de signos es reducido.
La techumbre, en muy mal estado, es de tejas
árabes. Revierte a doble vertiente hacia un alero que bordea perimetralmente el
edificio, excepto en el imafronte. También de piedra caliza, tiene la arista
vaciada por una mediacaña y está sustentado por canecillos de nacela y en proa
de barco, en su mayoría lisos, pero algunos decorados con sencillos motivos,
toscamente tallados: varios de ellos con uno o más rollos, dispuestos en
horizontal, en vertical o cruzados; una especie de barril; un animal agazapado;
esquemáticos arbolitos con simétricas ramas divergentes que acaban en frutos
circulares; una placa cuadrada plana; dos sables o agujas en sotuer; y dos
estilizados crochets.
Cada una de las fachadas largas está reforzada
por seis estribos rectangulares de excelente cantería, que llegan al alero,
coincidentes con los soportes internos en que apean los fajones. Sobresalen con
evidencia, aunque no desmesuradamente, de la caja muraria, siendo su arranque
del suelo más robusto, a modo de zócalo, mientras que en su parte superior se
estrechan adaptándose a la voladura de la cornisa. En el perfil, por tanto, se
diferencian tres volúmenes, con claro predominio longitudinal el central y
adaptación tectónica de los extremos. Su estructura tiene gran similitud –ya
advertida por Heras– con los contrafuertes de los ábsides del monasterio de
Valbuena y de la parroquial de Piña de Esgueva.
Canecillos,
los dos de la derecha representan un esquemático arbolito con ramas simétricas
divergentes que acaban en frutos circulares.
En el interior todos los paramentos originales
aparecen enmascarados, los muros y bóvedas por un enlucido de yeso, viejo y
cuarteado, cuyas desconchaduras permiten atestiguar la excelente labra y
ensamblaje de las dovelas y de los sillares, ya observada en el exterior. El
piso, por su parte, de losas superpuestas al suelo primigenio, alcanza el
arranque de los muros y cubre parte del plinto de los soportes.
El ábside, de planta semicircular sin tramo
presbiterial, es la parte más noble de la iglesia. Situado en el extremo
oriental de la nave, en perfecta alineación con ella, tiene también sus mismas
anchura y altura (aunque desde fuera, quizás por el deterioro del tejado,
parezca más bajo). Va cubierto con una bóveda pétrea de horno que descansa
directamente sobre los muros y se adapta, suave y progresivamente, al
apuntamiento del arco toral –primer fajón– en su zona de contacto.
Canecillos
y alero. Muy sencillos en forma de nacela o de quilla de barco. El del centro
tal vez represente un animal agazapado (muy difícil de interpretar en todo
caso).
El tambor, al exterior, se eleva sobre un muy
erosionado zócalo de dos hiladas, del que arrancan cuatro esbeltas semicolumnas
adosadas que llegan al alero y dividen verticalmente el hemiciclo en tres paños
–el central doble que los colaterales–, en cada uno de los cuales se abre una
ventana. Esta estructura distributiva absidal, en paños verticales delimitados
por columnas, no es infrecuente en templos coetáneos de la provincia, donde,
con grandes analogías, puede verse en los parroquiales de Trigueros del Valle e
Íscar, en el desaparecido San Miguel de Mediavilla de la cercana población de
Medina de Rioseco, o en el palentino –pero el más próximo– de San Fructuoso de
Valoria del Alcor. Las semicolumnas presentan basas casi perdidas (si bien se
intuye una molduración parecida a la de los soportes interiores) sobre los que
se elevan larguísimos fustes, coronados por capiteles troncocónicos de
rechoncho canon. Uno es liso, y los tres restantes aparecen decorados con
motivos vegetales estilizados, de escaso relieve y talla, mostrando seis cintas
que se cruzan, dos a dos, creando un ralo entrelazo de formas ojivales; tres
hojitas puntiagudas con otra hoja en su seno; dos hojas, como las anteriores,
conteniendo una flor.
Las ventanas, que rasgan cada lienzo en la
mitad de su altura, son de medio punto y doble derrame. Este abocinamiento se
materializa con dos arcos de sección recta en disminución de tamaño, que alojan
en su interior una saetera de remate semicircular igualmente con marcado
derrame. La única concesión ornamental es un baquetón que mata la arista del
alféizar y la jamba, hasta los salmeres, del arco más externo.
Se comunican interiormente nave y ábside a
través del primer fajón –que no arco triunfal, pues no se diferencia
cualitativamente del resto– sin intermediación de tramo recto presbiterial. Si
acaso, esta denominación podríamos dársela al primer tramo del cuerpo de
iglesia, pues a ambos lados de él se abre un vano, idéntico a las ventanas del
tambor, del que carecen el resto de tramos (tan solo iluminados por una pareja
de estrechas aspilleras en la zona de los pies). De este modo, la capilla
resulta el espacio más luminoso del edificio, por lo demás bastante oscuro.
La nave es, como ha quedado dicho, un perfecto
rectángulo dividido en cinco tramos. Cada uno de ellos se cierra con cañón
apuntado, entre fajones doblados también agudos y de sección escuadrada, que
voltean sobre seis parejas de pilastras que llevan adosadas en su frente sendas
semicolumnas. Estas, que arrancan de plinto cúbico retallado con someras
garras, cuentan con basa ática (varias parcialmente tapadas por el enlosado
sobrepuesto), fuste de varias piezas, y achaparrado capitel en tronco de cono
invertido con astrágalo. Algunas de las cestas están decoradas, aunque siempre
a base del mismo motivo de hojas vegetales, con variantes: lisas, alojando
bolas en su centro, con la punta curvada creando un seno donde tiene cobijo una
bolita o una florecilla, etc. Sobre los capiteles, a modo de prolongación de
sus cimacios, una imposta de listel achaflanado recorre todo el perímetro del
templo, marcando la separación de muros y cubiertas.
Entre los contrafuertes cuarto y quinto del
muro del Evangelio, desplazada del eje transversal hacia los pies, está ubicada
la portada principal, abierta al septentrión, como la de San Salvador de
Peñaflor de Hornija. Consta de arco de ingreso de medio punto sin tímpano, tres
arquivoltas de sección recta en derrame –que tienden al apuntamiento de dentro
a fuera–, y escueto guardapolvo moldurado por un caveto. Voltea el conjunto
sobre imposta corrida de filete cortado en chaflán, y bajo él en jambas acodilladas
y columnas. De éstas sólo se conservan los capiteles, habiendo desaparecido la
totalidad de fustes y estando las basas muy mutiladas. Los tres capiteles de la
izquierda del espectador, son lisos, y en la derecha llevan tallados los
siguientes elementos: tres hojas, con el nervio axial marcado, que arrancan de
la base; dos aves afrontadas hacia el ángulo común; como el primero de los
citados, pero peor conservado, también hojas. Sobre la portada pervive el
alero, sujeto por siete canes lisos de nacela, de un hoy inexistente tejaroz.
Se observa, asimismo, en los tramos anterior y posterior endejas o dientes en
los que apoyaría un pórtico del que no hay más rastro. En esos mismos tramos,
flanqueando la puerta, existen dos lucillos sepulcrales idénticos. El izquierdo
está cegado; no así el de la diestra, bien visible aunque vacío, sin que
pervivan símbolos mortuorios ni lápidas. Es un arco apuntado muy abierto,
protegido por chambrana, en el que restan vestigios de policromía.
En el segundo tramo de la fachada meridional se
abre el otro vano de ingreso. Es muy sencillo, podríamos decir que casi un
postigo, que quizás se abriese con posterioridad para dar acceso a un
habitáculo adosado a dicha fachada, y de cuya existencia en otro tiempo son
ahora testigo las rozas realizadas en la pared para apoyar el tejado. No es más
que un simple arco de medio punto, con tímido apuntamiento, muy estrecho, que
se revela más amplio en su cara interna, dentro del edificio.
Es ya tradicional y comúnmente aceptada la
opinión de que esta iglesia perteneció a la Orden del Temple. Su advocación,
por una parte, y el hecho, certificado documentalmente, de que en Villalba de
los Alcores tuvo esta orden posesiones territoriales, por otra, dan fiabilidad
a la fundamentación. No resulta tan fácil, sin embargo, la adopción de una
postura ante la disyuntiva de otorgar la autoría de la construcción a los
propios templarios, o bien que, por el contrario, cuando llegase a su poder ya
estuviera edificada. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de un templo
datable en las postrimerías del siglo XII o en los comienzos de la siguiente
centuria.
Aunque tardío, es formal y decorativamente
románico, pues la reciedumbre de su estructura, la articulación del ábside, así
como el alero con su panoplia de canes y los capiteles de la portada, no dejan
lugar a la duda. Aún así, ya se advierte la pujanza de un gótico incipiente,
patente en el apuntamiento de arcos y bóvedas, por ejemplo, y el influjo de la
estética bernarda (tipo de contrafuertes, sobriedad decorativa, motivos
ornamentales, etc.)
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