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viernes, 29 de agosto de 2025

Capítulo 102, Románico en Montes Torozos y Tierra de Campos de Valladolid

 

Románico en Montes Torozos y Tierra de Campos de Valladolid
Valladolid es una provincia castellana injustamente olvidada cuando se trata de considerar el arte románico en Castilla y León.
Uno de los ejemplos más evidente es el rico repertorio románico por estas dos comarcas del norte vallisoletano: Montes Torozos y Tierra de Campos.
Posiblemente este olvido se deba al lamentable estado de conservación de muchos restos románicos vallisoletanos que le restan valor estético.
En las comarcas citadas de Montes Torozos y Tierra de Campo he elegido cuatro monumentos de gran valor: el Monasterio de la Santa Espina y las iglesias de Trigueros del Valle, Wamba y Villalba de los Alcores.

Castromonte
El monasterio cisterciense de la Nuestra Señora de la Santa Espina se encuentra a 35 km al noreste de Valladolid y tan solo a 20 km de Medina de Rioseco. Si decidimos partir de la capital lo haremos por la carretera local que atraviesa las poblaciones de Zaratán, Wamba y Peñaflor de Hornija. Y si lo hacemos desde Medina de Rioseco habremos de seguir la carretera comarcal que conduce a Valverde de Campos y Castromonte, localidad esta última en donde nos desviaremos en dirección a Urueña. A unos 6 km nos encontraremos con el monasterio cisterciense, sede actual de la Escuela de Capacitación y Experiencias Agrarias "San Rafael de la Santa Espina", dependiente de la Consejería de Agricultura y Ganadería de la Junta de Castilla y León, que se encuentra bajo la tutoría de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Se encuentra dicho monasterio en los encinares de los Montes de Torozos, situado en un pequeño valle regado por el arroyo Bajoz. Un terreno que, como ya señaló Pérez Embid, por su escasa calidad nunca llegó a generar la presencia de un poblado en sus alrededores. Las dependencias cenobíticas ocupan una gran extensión, todas ellas delimitadas por una cerca de piedra en la que se abre una puerta monumental erigida en 1574 ocupando el lugar de la antigua portería monástica.
Los años 40 del siglo XII significan para la península una "Década de Oro" si de lo que hablamos es de fundaciones monásticas, puesto que entre 1140 y 1150 tuvo lugar el surgimiento de varios monasterios afiliados a la más "popular" de las órdenes monásticas rigoristas: la orden del Cister. Su rápida y prolija implantación supuso, en opinión de algunos estudiosos de la orden, el último impulso del multiforme movimiento benedictino anterior a la llegada de las órdenes mendicantes. Último y gran impulso que llegaría a contar en España y en los momentos de mayor apogeo, segunda mitad del siglo XII y todo el XIII, con casi sesenta casas. A esta congregación cisterciense –surgida el 21 de marzo de 1098, fecha en la que Roberto de Molesmes funda la casa madre de Cîteaux– perteneció éste de La Espina en el que nos vamos a detener. Sus orígenes fundacionales, así como los de su dedicación, permanecen todavía ciertamente confusos. No obstante, por el momento es opinión comúnmente admitida y basada en el "Tumbo" (elaborado a partir de 1607), al margen de tradiciones o leyendas más o menos fundadas que lo sitúan en 1143 (Manrique), que en 1147 la hermana del monarca Alfonso VII, doña Sancha, concedió a Bernardo de Claraval –"uno de los protagonistas de la forja del mundo de las mentalidades" según Bango Torviso– el monasterio benedictino de San Pedro de la Espina o del Espino, existente probablemente ya a finales del siglo XI, si nos basamos en un documento de Sahagún fechado en 1088, en el que se cita el monasterio de San Pedro in monte Cauriensi, y Santa María de Aborridos como exigua dote, para que edificase allí un monasterio con monjes de su orden. Dos años después, el propio Alfonso VII confirmará la donación hecha por su hermana, en la que iban incluidos además "los edificios que allí hubo". Nos encontramos por tanto con un nuevo establecimiento monástico que se asienta en un terreno, por aquellos tiempos abandonado, que al parecer estuvo ocupado por un viejo cenobio acaso fundado en el siglo X por los monjes del cercano cenobio de San Cebrián de Mazote, fundadores, a su vez, del monasterio zamorano de San Martín de Castañeda. Esta ocupación de territorios más o menos yermos –repoblación al fin y al cabo deseada y apoyada por la monarquía– fue la política general de las fundaciones "ex novo" o bien de las "filiaciones" cistercienses desde que la orden se introdujo en España. Orden a la que debemos además la introducción en la Península de las nuevas técnicas agrícolas que circulaban por la Europa del siglo XII.
Más problemático es dirimir los orígenes de su dedicación a la Santa Espina ya que ambas de las posibilidades manejadas –que la reliquia fuera adquirida en Francia y posteriormente donada por doña Sancha como señala el "Tumbo" o bien que esta ya se encontrara en el monasterio de San Pedro– se basan en una documentación un tanto conflictiva. A pesar de que la advocación mariana suele presidir las fundaciones cistercienses, la colección diplomática del siglo, concretamente la de la primera mitad del siglo XIII y ligada al monarca castellano Fernando III, lo denomina bajo la advocación de San Pedro de la Espina.
Aceptada la donación, la tradición recoge la noticia de que San Bernardo envió para este fin y al mando de varios monjes, a un tal Nivardo, personaje identificado de modo un tanto incierto con un hermano suyo del mismo nombre. Poco tiempo después, según escrituras de doña Sancha, y no sin pasar ciertas penalidades, la comunidad aumentará su número por la llegada de un buen número de monjes "rebeldes" procedentes del monasterio de Toldanos, dependiente del de Carracedo (León). Sea como fuere, los primeros abades del nuevo monasterio serán, lógicamente, los encargados de emprender las obras que nos ocuparán. Puesto que, por el carácter intrínseco de esta publicación –encaminada al estudio del románico vallisoletano–, nos vamos a ceñir a un periodo artístico muy concreto y conflictivo, que abarcaría aproximadamente desde su fecha de fundación (1147) hasta finales del siglo XIII, creemos que no es conveniente –también por mera cuestión de espacio– entrar de lleno en el posterior devenir histórico del monasterio. No obstante en las líneas siguientes haremos referencia a aquellos datos que de un modo u otro –ampliaciones, restauraciones, derribos, etc.– afectan de forma relevante al desarrollo cronológico-artístico de los edificios de un monasterio que jugó un papel importante en la expansión cisterciense en Castilla y León, ya que hemos de tener presente que de aquí partirán los monjes que, en la segunda mitad del siglo XII, fundarán centros tan importantes como Sandoval (León, 1173) o bien afiliarán a la orden antiguos monasterios benedictinos como el de Valdeiglesias (Toledo). Importancia que muy rápidamente comenzó a languidecer puesto que según datos económicos recogidos por Pérez Embid, a finales del siglo XIII y junto con los también vallisoletanos de Valbuena y Matallana, nuestro monasterio se encontraba inmerso en el último escalafón de rentas entre los monasterios cistercienses hispanos.
Las donaciones reales y de la nobleza habían permitido a los monjes encarar las primeras obras de lo hoy conservado, a fines del siglo XII, comenzando por la cabecera de la iglesia, cuya estructura deriva directamente del primer gótico de Borgoña. Tras las modificaciones posteriores hoy sólo se conserva una de las capillas rectangulares, con la severa impronta cisterciense. También a este período corresponde una reducida sacristía y el antiguo "armarium".
A principios del siglo XIII puede remontarse la construcción de la sala capitular; el resto de las dependencias del ala oriental fue radicalmente reformado con posterioridad. La comunidad contaba aún con al favor real (no totalmente desinteresado) y de la nobleza: se suceden las donaciones y privilegios. D. Martín Alonso, perteneciente a la familia Téllez de Meneses, inició la construcción de una nueva iglesia en 1275. Ésta quedó inconclusa a su muerte, a pesar de su generosidad, durante 98 años. Por estas fechas poseía el monasterio numerosos bienes en la comarca, lo que provocaba enfrentamientos como el solventado por Suero Téllez y Gonzalo Rodríguez Girón, por orden de Fernando III, en 1223: se trataba de deslindar los términos de Torrelobatón y "San Pedro de Espina". No en balde el monasterio estaba procediendo, escrupulosamente y con el apoyo regio, a la delimitación de todo su "coto" con los concejos limítrofes. Las confirmaciones reales de la posesión de diversos bienes y lugares y la proliferación de concordias, avenencias y delimitaciones, demuestran que el proceso no estuvo libre de tensiones.
La siguiente centuria se inicia con el saqueo de la casa durante la guerra civil (1304). Se realizaron varias reformas, que alejaban las edificaciones de la austera estética de la Orden, e incluso se concluyó la nueva iglesia (1373), pero no corrían buenos tiempos: la crisis del siglo XIV se deja sentir y se agudizan los conflictos con los concejos... A fines del siglo XV, la economía de la institución ha "tocado fondo": los vasallos se niegan a las prestaciones personales, éstas les son conmutadas por dinero que, a su vez, se devalúa... Pero de nuevo se produce la recuperación, con la reforma de la Congregación en toda la corona de Castilla y La Espina pasa definitivamente a la Observancia en 1486, después de luchas y violencia interna. Este hecho y la reestructuración de la renta feudal permitieron un nuevo florecimiento, que se plasmó en grandes reformas constructivas en la iglesia y las dependencias.
La vida monástica continuó, pese a ello, sufriendo los altibajos de cada época. En lo arquitectónico destaca el inicio, en 1630, de un lujoso panteón diseñado por Francisco de Praves. Y si el siglo XVIII comenzó con inundaciones y un gran fuego que consumió el monasterio, éste, mediante limosnas en dinero y en trabajo gratuito, logró erigir un impresionante claustro que, cierto es, eliminó el medieval.
En 1821 todas las propiedades abaciales, que habían sido desamortizadas, fueron subastadas y quedaron en manos de grandes propietarios. Tras un largo abandono, su propietaria donó el edificio a los "Hermanos de las Escuelas Cristianas" que crearon el centro de enseñanza agrícola que hoy lo ocupa.

Monasterio de Nuestra Señora de la Santa Espina
Cuando hablamos de la arquitectura de los edificios de un monasterio cisterciense como el de La Espina, en el que el inicio de las construcciones cenobíticas se remonta a finales del siglo XII, surge entonces el interrogante de si es adecuado o no hablar de un "arte cisterciense".
No voy a profundizar, entre otras cosas porque no es ese nuestro cometido, en una cuestión sobre la que la historiografía del arte medieval ha vertido verdaderos ríos de tinta. Aunque los especialistas en el tema parecen tener clara desde hace ya bastantes años la respuesta, sería interesante –muy especialmente para aquellos que no lo somos– clarificar, aunque sea brevemente, una serie de cuestiones que por no demasiado bien interpretadas todavía siguen apareciendo en obras de un mayor o menor grado divulgativo y que llevan ciertamente a la confusión, utilizando términos como "arte cisterciense", "estilo cisterciense", "influncia cisterciense" en ámbitos quizás poco adecuados. Especialistas españoles de la categoría de Bango Torviso, Joaquín Yarza o Carlos Valle, entre otros, han puesto de manifiesto recientemente –basándose en premisas establecidas para lo francés por Aubert, Dimier, etc.– que los edificios cistercienses, inspirados por una comunidad que en lo espiritual pretendía reverdecer los más viejos y severos laureles benedictinos del "ora et labora", no constituyen en sí mismos un estilo y que por tanto no podemos hablar de un "arte o arquitectura cisterciense", ya que dentro de sus edificios nos encontraremos –en un primer momento– con tradiciones ciertamente románicas y posteriormente con caracteres propiamente góticos. Es decir, que el particular carácter, que no estilo, artístico y funcional de los edificios cistercenses –más o menos románico, más o menos gótico– vendrá determinado por el "momento histórico" en el que se llevan a cabo, pero nunca por crear ellos mismos un nuevo léxico arquitectónico. Desde esta perspectiva, los monasterios lo que hacen es adecuar a sus estrictas necesidades espirituales el vocabulario constructivo existente en cada momento; necesidades que obligarían –según Braunfels– "a condenar todo aquello que llamamos arte románico", pero no a crear un arte distinto.
Como consecuencia de unos planteamientos algo confusos y basados en ciertos conceptos predeterminados, sorprende que Felipe Heras, en su trabajo sobre el románico en la provincia de Valladolid, no analize una serie de monasterios cistercienses –éste de La Espina entre otros– porque "presentan caracteres totalmente bernardos y ya más decididamente góticos", cuando él mismo señala que uno de los elementos que se podían considerar pervivencias románicas dentro de los edificios cistercienses eran las cabeceras de sus iglesias y como tales analiza las de Palazuelos y Valbuena. Y algo parecido ocurre cuando Javier Sáinz incluye entre el "románico rural" los "restos románicos" –sin determinas cuáles– del monasterio de La Espina.
Puerta de entrada al monasterio
 

Hay que entender que una cosa son los edificios inmersos en un "románico rural", por lo general de pequeño "empaque" artístico y realizados por y para pequeñas comunidades laicas, con escasos recursos económicos y generalmente ajenas a los grandes movimientos o corrientes artísticas (que tendrá su reflejo en los materiales con que suelen llevarse a cabo su construcción: mampuesto, sillarejo, etc., uso de cubiertas planas de madera en vez de abovedamientos, etc.) y otra muy distinta la "ruralidad" de aquellos edificios que por principios o necesidades espirituales bien distintas se encuentran inmersos en un ámbito no urbano y que fueron realizados por y para comunidades monásticas que contaban con un mayor potencial económico y humano (reflejado en el uso de un buen material constructivo, aparejo de sillería preferentemente, predominio de los espacios abovedados y en la presencia –si tenemos en cuenta el valor que suele atribuirse a las marcas de cantero– de grupos de canteros asalariados).
Siendo consecuentes con lo dicho hasta el momento, es obvio que tan solo nos detendremos en el análisis de aquellos edificios monásticos –o determinadas partes de los mismos– que entran dentro de un periodo artístico en sí mismo conflictivo y de límites poco precisos (último cuarto del siglo XII y primero del XIII) que ha recibido múltiples denominaciones, algunas más acertadas que otras: "tardorrománico", "protogótico", "de transición" y "estilo 1200". Edificios de los que tan solo nos resta una pequeña parte puesto que los que no fueron transformados y derribados, e incluso hechos de nuevo, entre los siglos XV y XVIII (hospedería, claustros, capilla de la Santa Espina, etc.) desaparecieron consumidos por las llamas del incendio acaecido en 1731

La iglesia
Puesto que por el momento se desconoce cuáles eran los edificios benedictinos existentes allí a la llegada de la nueva comunidad, posiblemente aprovechados en un primer momento, iniciamos nuestro recorrido por la iglesia y más concretamente por la cabecera, según Antón Casaseca iniciada en el último cuarto del siglo XII. La disposición de su primitiva planta, del más puro estilo borgoñón, seguía un plan que definido como "bernardino" apenas tendrá eco en los restantes edificios castellano-leoneses, a excepción de Moreruela, más en la línea de lo que se ha venido a denominar "hispano-languedociano". Se caracterizan los templos que siguen este plan bernardino por tener los ábsides cuadrados o rectangulares, como aquí, con un ábside principal de mayor profundidad y anchura que las capillas absidales restantes, cuatro en este caso.
Una multiplicación de altares, de capillas absidales, que permitía a los monjes cumplir con las exigencias eucarísticas propias de las comunidades benedictinas. Nos encontramos por tanto ante una organización distinta a la de aquellas iglesias cistercienses "de tradición románica" que, realizadas por talleres locales inmersos en un arte inercial, presentaban cabeceras compuestas por tres ábsides semicirculares escalonados. Desgraciadamente seguimos sin saber si el ábside central, la capilla mayor, se remataba originariamente en semicírculo ya que ésta zona del templo sufrió tan importantes reformas, que de las cinco capillas que tuvo tan solo conservamos la del extremo del lado del evangelio, el testero de las dos del mismo lado y los muros laterales de la mayor. Con la muerte de don Fernando de la Vega, en 1395, el ábside lateral del lado de la Epístola se convirtió en la capilla funeraria de los Vega, señores de Grajal, lo que supuso la destrucción de la primitiva capilla absidal y la construcción de una nueva en estilo gótico flamígero. Además, entre 1546- 1558, en tiempos del abad Fray Lorenzo de Orozco, no sólo se sustituyeron las primitivas cubiertas de las capillas (que tal y como se conserva la extrema del lado del Evangelio se cubrirían con cañón apuntado sobre imposta de nacela) sino que se amplió hacia el este la capilla mayor, al parecer algo oscura y pequeña respecto al resto de la iglesia, con un muro recto –en la actualidad cubierto por un retablo procedente del monasterio de Retuerta, realizado hacia 1578 por Diego de Marquina– y se cubrió todo el espacio con una linterna ochavada después de haberse incrementado su altura. La capilla mayor fue consagrada en 1560 y en ella recibieron enterramiento los personajes de noble alcurnia ligados a la historia del monasterio: Martín Alfonso, el infante don Juan Alfonso de Alburquerque, etc.
Siguiendo a la perfección el esquema bernardino, tremendamente regularizador, las capillas absidales de la cabecera se abrían al transepto mediante arcos apuntados y doblados de los que tan solo conservamos –como ya he dejado dicho– el de la capilla extrema del lado del Evangelio, que apea sobre jambas coronadas por simples impostas, capilla que también conserva en su testero un vano abocinado de medio punto. Esta nave transversal, ya de principios del siglo XIII, ha variado notablemente su fisonomía después de sufrir importantes transformaciones, sobre todo en su brazo sur en el que se localizaría la denominada "Puerta de los Muertos" que comunicaba la iglesia con el cementerio monástico.
Muy desarrollada en planta, se divide en cinco tramos todos ellos cubiertos –a excepción del correspondiente al crucero– con bóvedas de gruesas ojivas baquetonadas. Muy probablemente la cubierta propuesta en un principio para estos cuatro tramos fuese la de cañón apuntado puesto que, como muy bien advirtió Antón, las ojivas carecen de apoyos lógicos y se forzó el arranque de las diagonales en los tramos extremos del crucero. Aunque la reforma concluida hacia 1560 afectó también a los actuales pilares cruciformes del crucero y a su cubierta –todo ello realizado según trazas de Gonzalo de Sobremazas– todavía perdura el muro norte y oriental del brazo norte del transepto, el primero reconocible exteriormente por la presencia de un vano abocinados de medio punto y el segundo por conservar los arcos apuntados que dan acceso, uno a la sacristía antigua y otro, de planta quebrada, que tal vez comunicaba la iglesia con el dormitorio de los monjes.
Respecto al tramo del crucero señalar que su planteamiento original seguiría en esencia las pautas reseñadas por Bango Torviso, es decir, que en él aparecería un cimborrio o linterna –sobre trompas que fueron reaprovechadas, así como sus fuertes apoyos– con tan escaso desarrollo cupular que, de forma acusada, sólo sería perceptible desde el interior. Y todo ello debido a que en la reunión del Capítulo General de la Orden celebrado en 1151 se prohíbe la existencia de torres de piedra. Prohibición que en general posibilitó, según el mismo autor, el acentuado horizontalismo de los volúmenes eclesiales cistercienses.
En nuestro recorrido hacia los pies del templo, la anchura del edificio disminuye, ya que los cinco tramos de la cabecera y transepto se reducen a tres en el cuerpo de las naves, con la central de mayor altura y achura que las laterales. En el primer tramo de una de estas últimas, la nave norte, se abre la única puerta original que hoy en día conserva el templo, la que comunica la iglesia con el claustro. Esta parte del edificio (las naves), y según testimonios documentales relacionados con don Martín Alonso, uno de los principales protectores del monasterio y miembro de la poderosa e influyente familia de los Téllez de Meneses, no estaría terminada en 1275, siendo en tiempos de un segundo descendiente de éste –el Infante don Juan Alfonso de Alburquerque, hijo de don Alonso, infante de Molina– cuando se "acabaron las tres capillas que faltaban, las naves colaterales de la iglesia, claustros, celdas y otras oficinas" como señala Robles, es decir, cuando se remata la obra monástica en su conjunto. Noticias históricas que llevan esta parte del edificio a principios del siglo XIV.

Nave
Bóveda de la cabecera 
Nave hacia los pies




Las tres naves constan de seis tramos cada una –cubiertos de igual forma que el transepto–, separadas por pilares cruciformes que se asientan sobre grandes zócalos octogonales. Zócalos sobre los que encontramos un plinto superior que recoge las basas de las medias columnas (cercenadas a cierta altura para dotar de mayor amplitud a la nave central) que aparecen en los cuatro frentes del pilar pero no así en los ángulos, solución que por poco frecuente hizo pensar que en un principio pudieron estar diseñados para sustentar bóvedas laterales de arista y central de cañón apuntado, como aparece en los monasterios de Poblet o Fitero, o bien de arista para las tres naves; una inexistencia de columnas angulares que obligó, como ya observara en su momento Lambert, a marcar en determinadas ocasiones el arranque de los arcos diagonales de las ojivas en los salientes del pilar mediante un capitel colocado de forma oblicua. Tanto los arcos formeros de la nave central como los divisorios de las naves son apuntados, doblados y de perfil rectangular, mientras que las naves colaterales poseen arcos perpiaños de medio punto de la misma sección, salvo alguno achaflanado en la nave de la Epístola. Como si de una costumbre se tratara, en el siglo XVI se ubica un coro alto sobre los pies que ocupará dos últimos tramos. Será ya en el siglo XVII cuando Juan del Valle, siguiendo el proyecto de Francisco de Praves, erija la capilla de las reliquias y se inicie la actual fachada exterior de la iglesia, en palabras de Martín González "la más completa y hermosa que haya en Valladolid del tipo de dos torres", concluida por un discípulo de Ventura Rodríguez en 1783. Fachada que se realizó respetando el primitivo muro occidental del templo todavía perceptible en parte desde el interior.
Una vez analizada la totalidad de su planta, de más de 50 m. de longitud total, hay que destacar además de sus notables dimensiones su tipología borgoñona, procedente directamente de Clairvaux y del tipo de Pontigny o Fontenay. Un edificio cuyo proceso crono-constructivo se iniciaría en la cabecera en el último cuarto del siglo XII y que continuaría a principios del siglo XIII en el cierre del transepto y con el cerramiento murario del espacio eclesial destinado a las naves, es decir, los muros norte y sur del edificio. Más adelante, a finales del siglo XIII y principios del XIV, se concluye al abovedamiento final del transepto y naves, lo que probablemente trajo consigo el refuerzo mediante contrafuertes del muro sur del templo.

Las dependencias monásticas
Adoptando una disposición que no es la tradicional en los monasterios cistercienses, las dependencias se encontraban al norte de la iglesia y organizadas en torno a un claustro derribado y hecho de nuevo en el siglo XVIII por un artista, en opinión de Martín González, procedente de la escuela salmantina. Esta anómala ubicación topográfica de las dependencias claustrales (visible también en edificios alemanes –Eberbach y Maulbronn– y franceses –Le Thoronet– del siglo XII), que generalmente suelen situarse al sur, pudo deberse a la necesidad imperiosa de adecuar el ala del refectorio monástico, ya desaparecida, al curso fluvial y a un mejor aprovechamiento de las condiciones del suelo. Desaparecidas las primitivas pandas norte y oeste de este elemento organizador, además de todas las dependencias ubicadas en el piso superior, tan solo se conservan en La Espina las salas de la planta baja de la panda o crujía oriental del claustro (visible también desde el exterior) inmersas en un periodo cronológico similar al de la parte oriental de la iglesia y la panda del lado sur o panda de la iglesia, en la que se encuentra la puerta que comunica el claustro con la iglesia y varios nichos sepulcrales apuntados. Las estancias que nos encontramos en la panda oriental son, de sur a norte.

Sacristía-capilla antigua
Bajo arcos apuntados y retallados se accede desde el claustro al interior de esta pequeña sala, probablemente la más antigua de las conservadas (finales del siglo XII, principios del XIII), que también comunica con la iglesia mediante un pequeño ingreso abierto en el muro norte del transepto. Consta de dos tramos desiguales cubiertos por bóvedas ojivales separadas por arco fajón apuntado. En el muro norte de su tramo más reducido se abre un lucillo con posible función sepulcral, mientras que en su muro oriental aparece una puerta –quizá posterior y visible también desde el exterior– que comunicaba esta estancia con la huerta.


Armarium o Armariolum
Comunicando al este con la sacristía por doble arco apuntado y al oeste con la panda claustral aparece esta pequeña estancia, destinada a acoger los libros de lectura más generalizada. En nuestro caso ha recibido un tratamiento monumental inusual, ya que por lo general suele tratarse de un simple hueco de mayor o menor profundidad abierto en el muro. Mediante un arco fajón apuntado sobre columnas adosadas se articula su espacio interno en dos tramos cubiertos por bóveda de crucería que en sus extremos norte y sur apoyan sus ojivas directamente sobre el muro. Esta inadecuación pudiera indicarnos que en un primer momento –de la misma cronología que la sacristía-capilla– pudo haberse planteado su cubrición mediante cañón.

Sala Capitular
La siguiente estancia monástica que nos encontramos en nuestro itinerario por esta panda oriental del claustro es la sala del Capítulo, a la que accedemos a través de una puerta abierta en arco de medio punto flanqueada a ambos lados por dos grandes arcos apuntados que cobijan vanos geminados de medio punto. Su interior rectangular en planta, iluminado por tres ventanas apuntadas de amplio derrame sobre columnas que se abren en el testero oriental, se distribuye en tres naves –de mayor anchura la central– de tres tramos cada una y cubiertos con bóvedas de crucería sin formeros. La separación entre las naves se efectúa mediante cuatro columnas exentas y de cortos fustes sobre las que descansan los arcos y los finos nervios de sus bóvedas, mientras que las que van a los ángulos de la estancia y a los muros lo hacen, respectivamente, en columnas acodilladas y columnas adosadas, estas últimas apoyando sobre un banco de piedra que recorre interiormente sus muros. Aunque alguno de los elementos de esta bella dependencia –elogiada como la más "cisterciense" de las conservadas en España– puede dar indicios o señales de arcaísmo, la sala pudo comenzarse poco después que la iglesia, a principios del siglo XIII. Sin duda es esta una de las mejores salas capitulares cistercienses hispanas, lugar en el que se reunía la comunidad monástica, bajo la presidencia del abad, para la lectura de los "capítulos" de la Regula sancti Benedicti y recibir las instrucciones pertinentes. Al exterior su muro oriental se articula mediante pequeños contrafuertes entre los que aparecen los estrechos ventanales.

Sala Capitular
 
Sala Capitular
Sala capitular
Sala Capitular
Sala Capitular 

¿Antelocutorio?
Con este nombre designa Francisco Antón al pasillo que, abierto a continuación de la sala capitular, limita al este con el calefactorio. Se abre al claustro por un pequeño arco apuntado sobre finas y esbeltas columnas acodilladas y ocupa el lugar en donde generalmente se solía ubicar la escalera que, desde el claustro, comunicaba este con el dormitorio de los monjes.

Locutorio o auditorio del Prior y Calefactorio
Dos puertas de arco apuntado abiertas en el pasillo anterior dan paso al locutorio, aunque también tiene entrada bajo un arco de igual fisonomía desde el claustro. Interiormente la sala, muy similar a la de la abadía francesa de Fontenay, se divide en dos tramos cuadrados de igual tamaño y cubiertos con crucería mediante un arco transversal apuntado. En el testero de la sala se abre una puerta también apuntada que permite el acceso al calefactorio, situado en una localización poco frecuente pero que también encontraremos en monasterios franceses como el de Cîteaux. Se trata de un espacio diáfano cubierto con cañón apuntado en el que podemos ver todavía la chimenea situada entre dos vanos de amplio derrame.

Parlatorio
Entre las estancias señaladas anteriormente y la sala de monjes se encuentra este estrecho pasadizo cubierto con cañón apuntado que además de comunicar el claustro con la huerta ponía en contacto también el claustro con la sala de monjes. Tanto en su ingreso como en su salida al huerto este pasadizo presenta sendos arcos apuntados.

Sala de Monjes
Y por último, la más alejada de la iglesia y dispuesta perpendicular respecto a esta, nos encontramos con esta gran sala contemporánea, de la sala capitular y la mayor de cuantas dependencias se conservan. Destinada en un principio a lugar de reunión de los novicios terminará convirtiéndose en el espacio que acogía las reuniones de los monjes. En un primer momento, cuando todavía la sala estaba totalmente arruinada, fue identificada como sala de trabajos o gran parlatorio. Presenta la tipología propia de esta dependencia: rectangular y de dos naves, en este caso con tres tramos cada una, cubiertas con bóvedas ojivales separadas por sencillos pilares cruciformes con columnas tangenciales en sus frentes y acodilladas en los ángulos. Arcos y ojivas apoyan en los muros de idéntica forma a la ya descrita en la sala capitular. De forma excepcional, puesto que esta era la única sala de monjes hispana que lo conservaba, en el ángulo suroccidental era visible una parte –concretamente tres arcos de medio punto derramados– del sitial del maestro o tribuna del lector, una especie de púlpito. En su fábrica no se observan rupturas, lo que parece indicar que todo se levantó y cubrió en una misma campaña constructiva que muy bien pudiera situarse en el primer cuarto del siglo XIII. En la actualidad se utiliza como sala de conferencias, y tan solo se conserva sus muros oriental y occidental con parte de los apeos y del arranque de las bóvedas a muy baja altura, lo que indica que la estancia se encuentra actualmente muy sobreelevada.

¿Enfermería?
Al este de esta panda claustral se extendía la huerta monástica, a la que accedíamos a través del pasadizo situado entre la sala de monjes y el calefactorio. Francisco Antón señala como al este de esta huerta existían huellas materiales de la existencia de otras dependencias, entre ellas "un muro con dos puertas buenas apuntadas, de varias arquivoltas aboceladas y muy elegantes que hoy sirven para entrar a unos establos", que data en el primer cuarto del siglo XIII. Desgraciadamente estos vestigios arquitectónicos han desaparecido, pero sí se conserva a varios kilómetros del monasterio –en dirección a Mazote– un edificio del siglo XVI que la tradición oral conoce como "La Enfermería".
Tanto la iglesia como las dependencias claustrales brevemente reseñadas presentan una dilatada evolución cronológica sujeta a condicionantes de carácter económico. Aunque no se refiera concretamente a este edificio vallisoletano, Pérez-Embid señala un principio que demasiado a menudo no tenemos presente a la hora de juzgar cualquier manifestación artística, pero de manera muy especial la arquitectónica: "la penuria o pobreza real explica la supervivencia de tradiciones arquitectónicas autóctonas" y, añadimos nosotros, nos ayuda a comprender –en algunos casos mejor incluso que desde la complicada perspectiva de las "influencias"– la convivencia en un mismo periodo histórico de lo que desde un punto de vista artístico aparentemente entendemos como contradicciones y que pretendemos encasillar en departamentos supuestamente estanco de la Historia del Arte. Lo económico y lo espiritual –genialidades aparte– son dos facetas que van tan indisolublemente unidas en cualquier manifestación artística que el no interrelacionarlas supone perder de vista uno de sus elementos constituyentes y por tanto la correcta utilización de términos como "arte" o "estilo".

La escultura
El hecho de que los edificios de los monasterios cistercienses busquen la desnudez ornamental y la austeridad ha hecho que determinados autores hablen de "escultura cisterciense" o de "formas cistercienses" en la escultura partiendo de la base de la existencia de un "arte" arquitectónico cisterciense. Ya hemos hablado sobre éste tema por lo que sería reiterativo volverlo a hacer desde el punto de vista escultórico. Sin embargo si me gustaría recordar, llegados a este punto, que los monjes blancos del Cister no hacen muchas concesiones a la ostentación ornamental de sus edificios en base a unos principios espirituales anteriores que fueron actualizados en gran medida en el capítulo XII de la famosa "Apología a Guillermo", obra realizada por San Bernardo a finales de los años veinte del siglo XII.
Como ocurría con la arquitectura, la escultura de los edificios cistercienses responde a los mismos principios espirituales benedictinos, ciertamente rigoristas y anicónicos. Aniconismo retomado por San Bernardo y del que deberían participar los edificios monásticos pero no los episcopales, en donde la representación figurada tenía la virtud de "enseñar a los que no saben", algo que en opinión del santo estaba fuera de la realidad monástica. Aniconismo y austeridad decorativa que priman en los edificios cistercienses no solo por planteamientos espirituales sino también, y como en la arquitectura, económicos. Bango Torviso ha expresado acertadamente este último aspecto: "Cuando nos encontramos con una columna con un capitel liso o unos vegetales pegados a la cesta, no podemos decir que sean cistercienses, ya que el capitel liso surge en Francia en la primera mitad del siglo XII con la intención de ahorrar dinero".
Cuando en determinados edificios contemporáneos a los cistercienses encontramos capiteles sin tallar o con decoraciones apenas insinuadas y de formas vegetales muy elementales se suele afirmar que son de "influencia cisterciense". Sin embargo, y aunque pudiera ser así en casos muy concretos, ¿no podría deberse simplemente a una escasez de posibilidades económicas por parte de la comunidad que los erige?.

La escueta decoración esculpida existente en La Espina la localizamos principalmente en los soportes, puertas y ventanas.
Entre los primeros habría que destacar los capiteles y basas, ya que los fustes suelen ser lisos y monolíticos, con la única excepción de un par de fustes estriados que aparecen en una de las ventanas abiertas en el muro sur de la nave de la iglesia. Una tipología de fuste claramente borgoñona que enlaza con la de aquellos capiteles vegetales de la nave central del templo que, rematados por hojas o florecillas, presentan tallos tan solo en una de sus zonas. En esta nave central –cuyos capiteles vegetales parecen más elaborados– encontramos además otras variedades: la de aquellos que –con astrágalo y cimacio circular de ancha gola– decoran su cesta con hojas de palmetas y lanceoladas muy escotadas y pegadas a la cesta, apenas sin relieve (los conocidos como "galons"), o bien con estilizados tallos rematados por hojas y pomas, éstos últimos derivados de una morfología románica muy numerosa y dispersa por los cenobios del Duero (Valbuena, Palazuelos, etc.,) y que se corresponderían –siguiendo la clasificación de Hernando Garrido– con las modalidades IV-VII de modelos procedentes de San Andrés de Arroyo. Decoración que salvo excepciones –un mayor desprendimiento de las hojas o flores que rematan los tallos– se repite en las naves laterales (los de las esquinas de la nave del Evangelio van sin tallar, y si lo hacen, con simples estrías y hojas apenas dibujadas). Tan solo los capiteles de los soportes adosados más cercanos al crucero parecen más toscos y rudos en su talla aunque de la misma temática –pobre imitación de los de la nave central–, a excepción de los de la nave de la Epístola cuya cesta presenta una mayor profusión de tallos y hojas apalmetadas de relleno.

Frente a la escasa suntuosidad de las formas vegetales, seriadas y reiterativas, otros capiteles preservan su cesta o tambor sin decoración alguna o bien aparecen simplemente facetados con pequeños resaltes e incluso con una somera decoración que, definida como "de funda", deja al descubierto sus ángulos (sala capitular, sala de monjes, etc.). Las basas son mayoritariamente áticas, generalmente con garras angulares. Y únicamente en la nave del Evangelio aparecen decorados los plintos situados sobre los zócalos en los que se asientan los pilares, en este caso con flores de seis pétalos.
Los ventanales, ya sean de medio punto o apuntados, suelen tener dos o tres arquivoltas decoradas con baquetones, generalmente la inferior sobre columnas acodilladas con basas áticas de gran bocel inferior y capiteles vegetales de gruesas y escotadas hojas pegadas a la cesta.
Otro de los elementos que contienen una mayor profusión ornamental, dentro de los límites generales ya establecidos, son las puertas. La que comunica iglesia y claustro, de arco de medio punto, posee cuatro arquivoltas aboceladas con golas intermedias que apoyan sobre tres pares de columnas acodilladas, de las que han desaparecido los fustes. Las basas áticas con gran bocel se ubican sobre un alto plinto y tan solo uno de sus capiteles presenta sobria decoración vegetal apenas insinuada, mientras los restantes aparecen lisos. Los cimacios, simplemente moldurados, se extienden por parte del muro. Al interior, hacia la iglesia, el arco arranca de jambas lisas. Por su parte el acceso a la sala capitular se realiza a través de una portada apuntada con cuatro arquivoltas de simples baquetones entre escocias, excepto la exterior que lleva una guarnición de gola y junquillo; interiormente solo posee triple arquivolta, dos de ellas sobre columnas y una sobre jamba. Los apoyos los constituyen enormes pilares compuestos por haz de columnas con basas similares a las ya descritas y capiteles lisos con un cimacio por cada dos. Por su parte los vanos que flanquean este acceso descansan sobre columnas pareadas, cuyos capiteles recuerdan a Ara Gil los de Fontenay.
La sencilla y poco ostentosa decoración escultórica conservada se inscribe mayoritariamente a finales del siglo XII y en el transcurso del siglo XIII. Por el momento sus paralelos más ciertos fuera de la Península se encuentran en edificios como Fontenay, mientras que dentro de ella presenta ciertas similitudes con edificios románicos de Zamora y Toro y con otros edificios ya sean cistercienses, como Valbuena y La Oliva, o no (Ceínos). 


Trigueros del Valle
Trigueros del Valle se encuentra a unos 30 km al noreste de Valladolid capital por la autovía a Palencia, tomando después el correspondiente desvío a dicha localidad, a la altura de Valoria la Buena.
La iglesia de San Miguel se emplaza en la parte baja del pueblo, dominada al norte por la ermita de Santa María del Castillo, que se sitúa en la parte más elevada del páramo. Al sur del templo y a pocos metros de distancia, se levanta el castillo de los Robres de Guevara y los restos del cinturón amurallado. Ocupa un terreno ligeramente elevado e inclinado y está rodeada por el caserío de piedra, de uno o dos pisos. La entrada actualmente en uso se sitúa a los pies, que van a dar a la actual calle Higuera, cercana a la plaza principal.
No tenemos noticias directas de esta iglesia hasta bien entrado el siglo XVII, pero es preciso tener en cuenta un dato mucho más antiguo que sí conocemos, y que es de gran relevancia para la historia de la localidad. Nos referimos a la compra realizada por el conde Ansúrez en 1084 de ciertos terrenos de esta zona, entre los que se encontraba el hoy desaparecido monasterio de San Tirso, monesterio nostro uocabulo Sancti Tirsi [...] territorio Trigeiros. Pocos años después, en 1088, el conde dotaba ampliamente a la nueva colegiata de Santa María de Valladolid cediendo estos terrenos a su abad.
En el siglo X supone Martín González edificada la iglesia mozárabe de Santa María, ubicada en una fortificación, preexistente, que garantizaba la seguridad de este núcleo cristiano. Toda esta zona fue repoblada bajo el control de los Beni Gómez, importante familia de quienes podrían descender las condesas Goto y Ofresa, según Reglero. Durante el siglo XI dichas damas aseguraban que la propiedad de multitud de heredades en el territorio, así como el dominium sobre el mismo eran detentados por sus padres y abuelos, lo que nos remontaría a la etapa repobladora. El valle de Trigueros se menciona por primera vez en 1054 en la documentación. Ese año tres nietos de la condesa Ofresa donaban al monasterio de Santa María, de Aguilar de Campoo, la iglesia de San Tirso, en el Valle. Este templo, sin embargo, pasó a poder de Fernando Hermenegíldez, quien en 1088 vendía la mitad del mismo (y otras heredades) al conde Ansúrez y su esposa. El resto del cenobio era donado a la colegiata de Valladolid ese mismo año. Cuando en 1095 se elabora la carta dotacional para el templo mayor vallisoletano, publicada por Mañueco, el conde y su esposa, instigadores de su creación, donan "su mitad" de San Tirso a los canónigos de Santa María la Mayor.
A lo largo del siglo XI había ido aumentando la población en el valle. Es una behetría, como se deduce de diversos documentos entre los que destaca el fuero otorgado en 1092 por la condesa Ildonza, publicado por González Díez. En él permitía a sus "collazos" marchar del lugar en que habitaban, siempre que fuesen a servir a "otros herederos de Trigueros", lo que indica que podían elegir señor. Con el paso de los años se perfila un señorío muy fragmentado sobre la zona, compartido por ricos hombres e hidalgos de muy diversa categoría. Mantiene allí sus propiedades la familia Ansúrez, pues en 1119 doña Mayor, hija del conde, cede el "monasterio" de Santa María de Trigueros al de San Zoilo de Carrión. En un documento posterior, otorgado por Elvira Sánchez en 1136, en el que ésta dona su "ración" en dicho monasterio, ... in ipso monasterio qui est in castello, al cenobio palentino. No deja lugar a dudas sobre la ubicación de la que hoy se denomina "ermita de Santa María del Castillo", situada en lo alto del páramo. Los monjes de San Zoilo irán paulatinamente acumulando propiedades en el valle, al igual que los de San Isidro de Dueñas, Santa María de Valladolid, sus homónimas de Aguilar de Campoo y Retuerta, y Sahagún. Antes de finalizar el siglo se construye la iglesia de San Miguel.
La de Santa María, ya mencionada, era una "iglesia propia" que, pasó al monasterio de Carrión. Pero en el siglo XIII se va a dejar sentir el progreso del poder episcopal: la iglesia no será entregada al clérigo presentado por su "propietario" hasta que el obispo lo haya examinado y hallado digno de encomendarle la cura animarum. En este sentido se expresa en 1228 el prelado palentino, reservándose la institutionem clericorum ad presentationem monachorum en Santa María de Trigueros.
Durante el siglo XIV pudo iniciarse la construcción de un nuevo castillo, ubicado en el valle, cuyos restos se conservan. La población se había desarrollado considerablemente y contaba con San Miguel como templo principal, según la Estadística de la diócesis palentina, a la que pertenecía. Seguía siendo un lugar de behetría pero, indica el Becerro, con un solo señor: don Juan Alfonso. A éste correspondía un tercio de la "martiniega" y doce maravedís anuales como "yantar"; a estos pagos había que sumar los que percibía el rey, aunque destaca la exención de fonsadera y el hecho de recaudar los dos tercios restantes de la martiniega. El citado señor no era otro que el famoso don Juan Alfonso de Alburquerque, valido de Pedro I, caído en desgracia y muerto en 1354. Al desaparecer este linaje pasó la behetría a poder real temporalmente. Pero ya en 1396 era donada a don Pedro Núñez de Guzmán y será objeto de ventas sucesivas hasta 1422, en que pasa a poder de Fernando Alonso de Robles. Esta posesión fue reiteradamente contestada por otros señores hasta 1447, indica Reglero. El despótico carácter de este hombre motivó la queja de los habitantes del valle, que aún entonces era una pequeña comunidad agrícola, alegando ser de behetría y no merecer el trato que se les daba, como "solariegos". Sin embargo las sentencias reales, en 1482 y 1489, fueron favorables al noble, que continuó embargando bienes y secuestrando las personas –religiosos incluidos– que se le oponían.
Todo ello no impidió la realización de obras en el castillo (1453 es la fecha que figura junto a los escudos) y reformas en San Miguel. Poco antes el concejo de Trigueros había requerido al cabildo de Palencia para que recogiera su "préstamo", indicando su malestar por que se les obligase a dar casa, pan y vino al perceptor, así como los diezmos, cosa que no era costumbre en el lugar.

Iglesia de San Miguel Arcángel
La iglesia parroquial de Trigueros está realizada en caliza del pontiense de sillares perfectamente escuadrados. Tiene planta de una sola nave orientada, cubierta con bóveda de medio cañón apuntado y considerablemente abombado, dividida en cinco tramos mediante arcos fajones que alternan su apoyo en pilastras lisas y ménsulas de cuarto de bocel. Todo ello recorrido por una imposta achaflanada sin ornamentar.
Estos soportes estuvieron contrarrestados al exterior por contrafuertes lisos y de poco resalte que llegaban directamente hasta la cornisa, hoy desaparecidos en su mayoría. Es de reseñar que esta tipología de cubierta supone una originalidad entre las iglesias románicas rurales de la parte oriental de la provincia, que normalmente suelen presentar armadura de madera. Tal peculiaridad podría explicarse por la dependencia de esta población a la Colegiata vallisoletana y lo que ello pudo implicar: mejor situación económica del clero local y por ende una mayor disponibilidad material para planificar la cubierta de su iglesia.
Respecto al desplome de la bóveda y su perfil apuntado, Tomás del Moral señaló que podría obedecer a una reconstrucción de la cubierta en el curso del siglo XIII quizá a causa de su estabilidad. La factura de los modillones del alero, claramente diferentes a la ornamentación del ábside y la portada reforzaría esta hipótesis, no contempla por Felipe Heras.
Iglesia de San Miguel Arcángel

Si bien la parte de la nave ha sido enmascarada por el encalado, ampliada y transformada en época moderna, el ábside, por el contrario, permanece prácticamente intacto, aunque, eso sí, oculto en su interior por un retablo rococó del siglo XVIII si bien está cubierto por cascarón apuntado y presenta arco triunfal también apuntado.
En el exterior se percibe cómo está levantado sobre un zócalo de piedra para salvar el desnivel existente. Se divide en cinco paños por cuatro medias columnas entregas sobre plinto semicircular y basas de un toro y filete.
En los tres paños centrales se abren ventanas de medio punto con doble arquivolta. La exterior descansa directamente sobre la jamba esquinada, y la interior sobre columnas de basa ática y pesado toro. Los huecos, hoy cegados, debían ser estrechos, de tipo saetera. La cornisa se compone de dos bocelas y escotadura, y descansa sobre los capiteles de las citadas columnas y sobre canecillos de perfil de nacela.
Además de los vanos del ábside, podemos señalar otros dos de cierta relevancia. Por un lado una ventana que abierta en el primer tramo de la nave –en el lado de la epístola–, que presenta derrame interior y por otro la portada de ingreso al templo, situada al mediodía y que alberga una interesante decoración escultórica.
San Miguel Arcángel. Ábside 

A partir de siglo XVI el templo experimentó diversos procesos de ampliación. En primer lugar con la anexión, a la altura del crucero y en sus dos lados, de sendos tramos cubiertos con bóvedas estrelladas de terceletes con florones. Para ello se rasgó el paramento presbiterial disponiéndose dos amplios arcos rebajados. Ello obligó a que las pilastras románicas del tramo quedaran voladas. Posteriormente, en el siglo XVIII, se dispuso una nave en el flanco septentrional del templo derribando lo que quedaba del muro románico y abriendo en su lugar arcos de comunicación. Además fue ampliado el templo por su hastial con un tramo y puerta occidental adintelada, y se construyó una sacristía en el ángulo sureste del ábside lo que imposibilita su visión. Todo ello en pobre obra de mampostería.
San Miguel Arcángel. Portada
Portada
San Miguel Arcángel. Portada. Detalle
San Miguel Arcángel. Portada. Capiteles
 

La decoración escultórica se concentra en la portada y en el ábside. Se observa una gran variedad decorativa en talla plana a bisel que, pese a su riqueza y pretenciosidad, no puede disimular su tosquedad y rudeza, propia de un maestro local. La portada, la más rica de las conservadas entre las iglesias rurales de esta zona de la provincia, está situada al mediodía y debió rematar en tejaroz, hoy perdido. Toda ella se asienta sobre un basamento de piedra para salvar el desnivel y presenta basas y plintos fuertemente deteriorados. De amplio abocinamiento y resaltada del muro, está compuesta de siete arquivoltas y chambrana apoyadas sobre jambas esquinadas y tres columnas acodilladas a cada lado.
La chambrana presenta decoración de taqueado. En las arquivoltas aparecen diversos motivos decorativos. Desde el exterior al interior puede verse un trenzado perlado (semejante al de Piña de Esgueva o Valdespina) y hojas alancetadas y lisas en serie rodeadas por cuatro medias hojas rematadas en bola. A continuación, puntas de clavo y lazos orlados también con perlas y troncos piramidales en los huecos. La siguiente arquivolta es más sencilla y se resuelve con bocel y escocia. Las dos más internas presentan cinta en zig-zag perlada y taqueado respectivamente. Todo ello reposa sobre la imposta o cimacio, decorado en la parte derecha con seis filas de taquitos y con entrelazo estriado en la parte izquierda.
Las columnas, de fuste monolítico, presentan a ambos lados cestas decoradas con tosco biselado. A la derecha aparece uno con animales afrontados (de cuerpo único y cabeza común), otro con figura antropomorfa con túnica de finos pliegues concéntricos y un tercero más sencillo orlado con bolas en su parte superior. Los capiteles de la izquierda presentan a su vez decoración de entrelazo con perlas, sirena de doble cola que se agarra sus puntas (que probablemente alude al pecado de lujuria) y hojas estriadas rematadas en prominencias bulbosas.

El ábside, que ya hemos descrito en sus elementos arquitectónicos, es el otro elemento que alberga decoración escultórica. Los capiteles de las medias columnas entrega que lo dividen en paños carecen de cimacio y reciben directamente la cornisa. Son capiteles de hojas carnosa, a veces estriadas, con los remates vueltos y con bolas. La excepción es el primer capitel del lado de la Epístola, en el que vuelve a representarse el tema de la sirena de doble cola, acompañada de otra figura humana. La cornisa descansa también sobre canecillos de perfil de nacela, igualmente decorados. Aparecen en estos canecillos dos figuras humanas acurrucadas, palmeta estriada, de nuevo la sirena de doble cola, grupo de dos piñas con palmeta, poma, hoja carnosa vuelta en sus extremos y trenza.
San Miguel Arcángel. Ábside. Capitel y canecillo
San Miguel Arcángel. Ábside. Capitel y canecillo
Ábside. Capitel
Ábside. Capitel
Ábside. Canecillos
Ábside. Canecillos
Ábside. Canecillos 
Ábside. Canecillos 

Los capiteles de las columnas que soportan la arquivolta interior de las ventanas de este ábside presentan decoración de hojas planas y carnosas y figuras humanas muy toscas. Los cimacios de estas columnas están decorados con red de rombos a bisel, de fuerte claroscuro, semejante a la que aparece en Villafuerte y también en las palentinas de Dehesa de Romanos, Támara, Vega de Bur o Espinosilla. Esta decoración se repite en la chambrana de las ventanas y se continúa a modo de imposta por todo el muro del ábside, excepto en los fustes de las columnas que dividen los paños, donde queda interrumpida.
Ábside. Ventana
Ábside. Ventana
Ábside ventana

Ábside. Ventana. Capitel
Ábside. Ventana. Capitel
San Miguel Arcángel. Ábside. Ventana
Ábside. Ventana. Capitel
Ábside. Ventana. Capitel 

Tanto en lo constructivo como en lo ornamental, esta iglesia (como todas las del grupo del oriente rural vallisoletano) parece haber recibido el influjo del románico palentino y del burgalés. La influencia de éste último se hace más patente en esta obra por la profusión decorativa de la portada, aunque los elementos en sí están tomados de un repertorio que se repite más en las obras palentinas, tal como hemos ido señalando.
Hay que señalar la existencia de una lápida con inscripción empotrada en el muro y junto a la puerta occidental moderna, en el actual sotocoro. Catalogada por Urrea y Martín González como lápida románica, sin embargo su deterioro imposibilita la lectura.
En cuanto a la cronología del templo, si bien Del Moral apuntó a los años centrales del siglo XII, más recientemente Felipe Heras ha considerado los últimos años de la misma centuria. Para ello se apoya en la bóveda y los arcos apuntados, la simplicidad de sus apoyos y su correspondencia con contrafuertes lisos y rectangulares, poco resaltados y que ascienden hasta la cornisa. También parece confirmar la fecha tardía de esta iglesia el carácter geometrizado y plano de la decoración de su portada.


Wamba
Situada en las inmediaciones de Montes Torozos y bañada por un afluente del Hornija, a unos 12 km de Valladolid se encuentra Wamba, a la que se puede acceder por varias vías, bien desde Valladolid hasta Zaratán por la VA-514 o bien por la N-601 hasta el cruce de Zaratán para seguir desde allí la VA-514.
El cronista Julián de Toledo ubicaba la muerte y entierro del rey Recesvinto y la elección del rey Wamba en Gérticos, perteneciente a la diócesis salmantina. Sin embargo, las crónicas posteriores trastocaron la noticia, en un largo proceso explicado por Reglero, y aunque la Crónica Albeldense (881-883) sigue la "versión original", la Crónica de Alfonso III (refundida entre 910 y 914) coloca el lugar in monte Caure, quizá refiriéndose a los Torozos. A fines del siglo IX o inicios del X, cuando Alfonso III se asienta en esta zona, buscará entroncar con la monarquía visigoda; de ahí que se altere el texto de las crónicas, haciendo que el lugar, tan significativo para la historia, se identifique con una población ya arrebatada por el monarca a los musulmanes.
En la versión rotense (siglo XI) se cita a Gérticos, quod nunc a bulco apellatur Bamba. Dos siglos más tarde tal identificación era ya irrefutable, y aparecía en las obras de Ximénez de Rada y de Alfonso X. Aunque el lugar contó, sin duda, con un monasterio visigótico, y las excavaciones muestran un poblamiento ininterrumpido desde tal fecha, hoy no es posible mantener el error de la ubicación de Gérticos en esta comarca. Ello no obsta para que su nuevo nombre, Wamba en honor al rey allí supuestamente electo, haya perdurado.
Un monasterio se ubicó aquí en época visigoda. Por entonces, y hasta la reforma gregoriana, es preciso distinguir entre monasterium y ecclesia. Como indica García Gallo, según el derecho canónico visigótico, ésta última era la denominación para toda iglesia parroquial, estrechamente vinculada al obispo; el término monasterium aludiría a una institución similar, pero dotada de más autonomía. La distinción se irá diluyendo al avanzar la Edad Media, y en torno a los siglos X y XI ambas palabras se aplican indistintamente, de modo que los documentos hablan de "monasterios" habitados por una comunidad y otros, menores, cuyo único morador es un "abad".
Gómez-Moreno no hablaba del origen visigodo de Wamba, cuya "iglesia" de Santa María reputaba fundada en torno al año 928 por el obispo Fruminio de León. Este prelado, hijo del magnate leonés Olimundo, había sido expulsado de la sede de la capital y en el año 938 está in monasterio Ubambe, según indica el diácono Nuño. Más tarde volverá a figurar Fruminio como obispo en la sede bambense. Y entre 945 y 951 los documentos reales (publicados por Rodríguez Fernández) citan a Nuño como abad de Santa María de Bamba. Por tanto en estos momentos la institución había cobrado importancia, como se confirma al observar las heredades que, en lugares muy distantes, del Cea al Porma, ha logrado reunir.
Reglero resalta también la ausencia de noticias hasta fines del siglo XI, cuando la infanta doña Sancha lo recibe de su tía-abuela, la infanta Elvira. Ésta había obtenido como parte del "infantado", varias posesiones en la comarca del Torozos, entre las que se encontraba Wamba, lugar especialmente significativo para la casa real como se recordará. Doña Sancha dona Wamba (Bamba) a la Orden de San Juan en 1140, posesión que confirma Alfonso VII ese mismo año, pero que se modificó poco después: al año siguiente la infanta permutaba su monasterio de Santa María de Toro por Bamba y San Cebrián de Mazote, que pertenecían a los "freyles". Aunque de 1148 a 1153 volvió a titularse domina (señora) del lugar, lo donaba en su testamento a la Orden. En este documento, recogido por Villar, confirmaba la donación del lugar con todas sus heredades, excepto Olmedo, Villalba y Penilla. A pesar de este recorte, el monasterio o, mejor dicho, la encomienda de Wamba, estaba bien dotada. Y seguirá estándolo cuando el territorio del Infantado caiga en manos del reino de León, pues su monarca, Fernando II, le otorgaba en 1172 la iglesia de Santa María de Castrodeza, y quizá también la villa. Al finalizar el siglo, en 1195, se realizó la obra de la iglesia, en cuya fachada se lee aún la inscripción que la data en el año 1233 "de la era".
Aunque el siglo XIII marcó el inicio del repliegue de los caballeros hospitalarios, que se vieron forzados a desprenderse de numerosas heredades, éstos mantuvieron la encomienda de Bamba. En 1298 su comendador era Arias Gutiérrez Quexada, un caballero de la familia Quijada, cuyo ascenso social culminará en el siglo XVI. En 1308 recibe una carta del Maestre de su Orden otorgándole esta bailía y la de San Miguel del Pino, como "recompensa" por su labor. Esto indica la estima en que los "freyles" tenían a estas propiedades, cuya gestión se encomendaba a uno de sus mejores hombres. Ese mismo año Arias Gutiérrez ya actuaba como teniente del Maestre para los asuntos de la Orden en Castilla y León. A mediados de siglo ésta mantenía Wamba en sus manos, como cabeza de la encomienda de su nombre; correspondía a los "hospitalarios" tanto el señorío sobre el lugar como la propiedad de la iglesia, que se encuadraba en la diócesis palentina. Sus vasallos debían satisfacer ciertos pagos en dinero, además de la moneda, servicios y fonsadera debidos al rey. La martiniega y el yantar se pagan a ambos poderes, pero además la Orden exigía "sernas": quien poseyese ganado de labor, ayudaba con él un día al mes.
A pesar del paso del tiempo, el templo sigue siendo un espectáculo único. Con la supresión de los señoríos y la reorganización eclesiástica y civil, la localidad sufrió diversos cambios. Es interesante recordar la descripción de Madoz en el siglo XIX; este autor mencionaba aún la existencia de un "palacio de buena arquitectura", domicilio de los "administradores". El templo era atendido entonces por un vicario, a criterio aún de la Orden. Aunque aceptaba que la fábrica antigua era obra de "godos", no pudo sustraerse a la moda de suponer una antigua presencia de los míticos templarios en el lugar. Santa María de Wamba fue declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1931. Recientemente "sufrió" una nueva restauración, especialmente "llamativa" en su pórtico.

Iglesia de Santa María
Situada en una amplia plaza dentro del pueblo, el templo está rodeado por el bajo caserío, levantándose sobre una pequeña elevación del terreno cercada por un murete bajo que hace las funciones de apoyo. Litúrgicamente orientada, la portada principal se abre en el hastial occidental, contando con otra al sur, mientras que los vestigios del antiguo monasterio encuentran su acomodo al norte.
La iglesia de Santa María de Wamba es de dimensiones reducidas y se advierten en ella varios tipos de fábrica. Por un lado la parte de estilo románico, realizada en buen sillar de piedra caliza dispuesto en hiladas regulares, y que en opinión de Felipe Heras García, han sido reforzadas en la restauración a la que se vio sometida en 1920, constatable en la parte superior del testero de la nave central que reza, año MCMXX. Recientemente ha sido objeto de otra restauración que afecta a la limpieza y consolidación de muros y estructuras con la añadidura de una cubierta de madera en la portada del mediodía. El otro tipo de aparejo utilizado en la cabecera y crucero, de estilo mozárabe, son el ladrillo y la mampostería.

La iglesia posee tres naves en planta, la central más ancha y más alta que las laterales, con crucero no señalado en planta y cabecera con tres capillas rectangulares. Dentro de ella se pueden distinguir dos periodos y estilos constructivos bien diferenciados: las naves de factura románica y el crucero junto con las capillas de la cabecera de época mozárabe. Éstas últimas Gómez-Moreno supone que podrían fecharse en el año 928 mientras que mayor seguridad ofrece la datación de la parte románica del templo, gracias a la inscripción que se localiza en el tímpano de su portada occidental, donde puede leerse “ERA MCCXXXIII” (año 1195).

Dentro de la división tripartita de la parte románica del edificio, la nave central es de mayor anchura y altura que las laterales en una proporción 2:1. El espacio entre estas está dividido por pilares compuestos de núcleo rectangular cuyas esquinas aparecen biseladas y con decoración de botones estriados, a los que se añaden dos columnas casi completas por cada pilar. Estas columnas presentan todos sus capiteles esculpidos con motivos diversos, temas vegetales, temas historiados de carácter alegórico, y animales monstruosos que serán más ampliamente tratados en el apartado referente a la escultura monumental del edificio.
La cabecera de la Iglesia es la parte mozárabe, en la foto se nota perfectamente el corte entre la parte románica (arco de medio punto) y el mozárabe de la zona del altar.
 

En estos pilares podemos observar restos de policromía con un predominio de los ocres y rojos. Las tres naves están separadas por arcos formeros apuntados y doblados que apean sobre las columnas de los pilares. La cubierta de las naves de madera, rehecha recientemente y en disposición de par-hilera, descansa directamente sobre sencillas ménsulas, que también aparecen en ambos muros exteriores de la nave. Esta fue la cubierta original de la iglesia.
A los pies de la iglesia existió un coro, hoy desaparecido, y en el lado del evangelio pegada a la pared aparece una escalera que da acceso a un andito situado en el lado de la epístola por el cual se comunica con la torre campanario situada sobre el crucero, y a la que hoy se accede por el exterior. En los muros de las naves se abren un número desigual de huecos, cuatro en el lado de la epístola y uno en el del evangelio. Son todos ellos de medio punto y abocinados, con arcos de escasa luz.
Vista de la nave lateral con capiteles románicos y la capilla lateral de la cabecera mozárabe.
 
Desde la nave central vista de los arcos que la separan de una nave lateral 

En el lado del evangelio se abre una puerta en el muro que da acceso a una serie de dependencias. La primera de ellas es una capilla –actualmente habilitada como baptisterio y en la que aparece una sencilla pila bautismal– cubierta con crucería del siglo XIII, descansando la bóveda sobre ménsulas. Anexa a esta capilla y comunicando con el crucero, aparece una dependencia de época posterior, cubierta con una bóveda de arista de lajas unidas con argamasa, está sostenida por un grueso pilar en el centro, bastante deteriorado. Esta última estancia pertenecía ya al conjunto del claustro.
El crucero y la cabecera, con sus tres capillas rectangulares son de época mozárabe. Presenta un gusto por la compartimentación muy propio de esta forma de construir. Los soportes en esta zona son sencillos pilares cuadrados que presentan como motivo decorativo, tres molduras escalonadas. Uno de los capiteles, en el lado de la epístola presenta formas vegetales estilizadas trabajadas a bisel. Estos pilares soportan arcos de herradura, uno de estos capiteles es completamente nuevo y fue añadido en la última restauración.
Arquería y bellos capiteles de la iglesia mozárabe. Los capiteles son o visigodos o romanos.
 

En el crucero las bóvedas son de cañón partiendo de una generatriz de herradura. Estas bóvedas aparecen también en las capillas, pero en disposición longitudinal. Según Clementina Ara Gil y J. M.ª Parrado del Olmo, las bóvedas del crucero han sido rehechas. La central pudo llevar arista o gallones y las laterales aparecen con indicios de cañón transversal. En cada testero del crucero se puede apreciar una ventana con arco de medio punto, con cierto derrame; una de ellas, la del lado del evangelio cegada.
En las capillas de la cabecera apreciamos el mayor tamaño y altura de la central sobre las laterales. En ellas el aparejo es de distinta fábrica, utilizándose el ladrillo, sillar bastante irregular y mampuesto. Cada capilla presenta una ventana con hueco de medio punto, abocinado y de apa- rejo de ladrillo.

En el testero de la capilla mayor se pueden observar restos de una pintura mural bastante deteriorada que representa una cruz en el centro de brazos iguales, y ocho espacios cuadrados a los lados con círculos inscritos que llevan en su interior restos de ruedas de ocho radios y animales fantásticos. Según Martín González pudieran ser mozárabes e imitarían el dibujo de una tela oriental.
Interior, nave y ábside

En la fachada oeste sin duda el elemento más reseñable es su portada. La fachada dividida en dos planos, uno liso rematado triangularmente, y otro formado por la portada que sobresale de la línea del muro y está cubierta por un tejaroz. En esta última observamos un friso con once canecillos que llevan esculpidos motivos figurativos, caras de animales, caras humanas, etc.
La portada está formada por tres arquivoltas de medio punto y una chambrana. Las arquivoltas, que guardan todavía algunos restos de policromía, están molduradas con arquillos, decoradas con baquetones y escotas. En las hendiduras de estas se disponen motivos de tacos y bolas. Estas arquivoltas descansan sobre tres columnillas de fuste corto y se apoyan sobre plintos que se prolongan por el muro formado una especie de banco corrido a ambos lados de la fachada. Entre cada una de estas columnillas aparece una pilastra muy sencilla, que presenta decoración en sus esquinas rebajadas de cabezas de clavo dobles. Cada una de las columnillas está rematada por un capitel con motivos decorativos figurativos, desde decoración vegetal a temas animalísticos; alguno de ellos se encuentra en muy malas condiciones.
Precioso capitel en la portada románica de la iglesia compuesto por cuatro salamandras. La salamandra según los bestiarios medievales no sólo es insensible al fuego sino que puede apagar las llamas. Es atributo del fuego personificado
 

El tímpano, de una sola pieza, presenta decoración escultórica con talla a bisel. Por un lado en la parte más externa del tímpano aparece una faja que abarca todo su perímetro, donde se sitúan una serie de círculos tangentes dentro de los cuales se inscriben flores de ocho pétalos. Bajo esta faja aparecen en cada lado del tímpano dos círculos con el mismo motivo uno encima del otro. En el lado de la derecha observamos entre los dos círculos la ya referida inscripción “ERA MCCXXXIII”. Sobre estos y entre las fajas centrado en el tímpano aparece otro motivo. Se trata de una flor de cuatro pétalos inscrita en un círculo similar a una cruz. El tímpano descansa sobre dos mochetas de perfil de nacela que están esculpidas con dos caras iguales de hombres barbados.

Podemos encontrar restos de policromía en la portada. El resto de la fachada presenta un paramento liso en el que destaca un rosetón dentro de un cuadro rehundido y en el que interiormente aparecen motivos de punta de clavo en su perímetro. El remate triangular de la fachada esta coronado por una cruz de brazos cilíndricos que se apoya sobre unas cabezas de leones con las bocas abiertas.
El muro sur, en el que abre una puerta muy sencilla con arco apuntado, está cubierto por un pórtico sostenido por columnas muy sencillas y de época posterior. Este pórtico presenta un muro perpendicular que le sirve de cierre y es de factura reciente. La techumbre fue colocada en la última restauración.
Presenta, asimismo, este muro sur cuatro ventanas de arco de medio punto, de escasa luz en el arco. Aparecen ménsulas en el exterior del muro sur. En este lado sur aparece, anexa a la altura del crucero, una sencilla construcción de época posterior que hace las veces de sacristía. Sobre el crucero aparece una torre campanario de planta cuadrada y remate piramidal con dos huecos por cada uno de sus paños donde se colocan las campanas.
Fachada norte del templo y ala lateral del antiguo claustro, donde se encuentra el osario. Se aprecia también la torre campanario.
 

Al exterior la cabecera deja trasdosar los volúmenes interiores, apareciendo la capilla mayor más alta y sobresaliente que las laterales de las que solo podemos observar entera la capilla correspondiente al lado de la epístola por encontrarse una casa, actualmente adosada a la capilla del lado del evangelio. Al igual que el resto de la iglesia, exteriormente la cabecera va recorrida por una cornisa con perfil de nacela y sencillos canecillos de forma de pirámide truncada y de lados curvos sin decoración alguna.

El muro norte de la iglesia no se aprecia en una visión global del edificio al quedar oculto por las construcciones claustrales antes mencionadas, y de las que todavía se conservan restos, destacando una de las dependencias de dicho claustro donde se conserva un enorme osario.
Hay que destacar la posible adscripción de esta iglesia al foco zamorano por algunas de sus influencias. En opinión de Felipe Heras García las similitudes estarían en la existencia de las columnas casi exentas de los pilares, y por la forma de la talla, muy profunda y expresiva, de los ojos de los personajes esculpidos en algunos capiteles y las mochetas. En opinión de Castán Lanaspa la similitud con el foco zamorano se encontraría en la aparición de los arquillos de las arquivoltas como motivo decorativo.

Existe un amplio número de escultura monumental en la iglesia de Santa María de Wamba, centrándose, sobre todo, en la portada oeste, tímpano, mochetas y capiteles de sus columnas, así como en los capiteles de las columnas adosadas a los pilares del interior. En la portada podemos observar decoración escultórica tanto en los capiteles de las columnillas, como en los de las pilastras. En las columnas sus capiteles llevan representaciones variadas, destacándose temas animalísticos, dos salamandras enroscadas, dos pavos afrontados en mal estado, bebiendo de una copa de vino, los cuales para Felipe Heras García son una pervivencia prerrománica.
Capitel interior de la Iglesia mozárabe de Santa Maria de Wamba
Capitel interior de la Iglesia mozárabe de Santa Maria de Wamba
 
Capitel interior de la Iglesia mozárabe de Santa Maria de Wamba
 

Aparecen motivos vegetales tanto en los capiteles de las columnas como en los de las pilastras. Las mochetas de perfil de nacela, que sostienen el tímpano, llevan dos caras de barbados tallados y en ellas observamos como el extremo de la barba se introduce en sus bocas, así como el iris del ojo profundamente excavado. En el tímpano aparecen rosetas dispuestas en una faja, y en grupos de dos a ambos lados del eje del tímpano; éstas tienen ocho pétalos con un nervio central en el que se retallan perlitas; entre las dos de la derecha figura la inscripción con la datación y entre éstas y la faja superior, centrado en el tímpano, aparece un clípeo con una flor de cuatro pétalos en forma de cruz, todo ello con una talla fina a bisel y restos de policromía. En el tejaroz los canecillos muestran decoración escultórica de caras y animales donde observamos otra vez el trabajo de los ojos con el iris muy excavado.

En el interior de la iglesia la decoración se centra en los capiteles de las columnas adosadas a cada pilar. Podemos apreciar temáticas diferentes: decoración vegetal pegada a la cesta con extremos vueltos y rematados en bolas, capiteles con palmetas invertidas y otros de hojas superpuestas de punta lanceolada. Junto a estos aparecen capiteles de impronta naturalista, como aquellos que representan a un hombre sacando vino de una tinaja u otro esquilando a un cordero. Capiteles con temas alegórico trascendente son los que representan el pesaje de las almas por San Miguel y Satanás, el pecado original y el pecado de gula, el cual aparece representado por un hombre comiendo un enorme pan. Por último destacan la presencia del tema animalístico con un capitel que representa una cabeza de león astado con motivos vegetales que lo envuelven y rematan la cabeza con aves monstruosas.

De la parte mozárabe de la cabecera podemos citar ciertos elementos decorados con talla a bisel en los pilares, fundamentalmente trabajados con motivos de palmeta en el lado de la epístola y ciertas molduras trabajadas con motivos similares a una espiga. Destacar también la existencia de una pila de agua bendita, situada en la entrada sur del edificio que estaría realizada en un capitel corintio de la primitiva iglesia mozárabe y trabajado interiormente con gallones.

 

Villalba de los Alcores
La villa está emplazada sobre unos alcores (colinas o collados), en la amplia paramera de los montes Torozos. En otro tiempo estuvo cercada por una muralla, con un foso y dos puertas con sólidas defensas, la de Santiago, situada en la parte septentrional y hacia el oriente la del Humilladero. En la actualidad sólo subsisten restos de tal construcción defensiva.
Villalba de los Alcores está situada al norte de la capital vallisoletana de la que dista unos 28 km. Se accede por la carretera comarcal de Mucientes, a la entrada de la cual hay que desviarse a la izquierda para coger la carretera comarcal con dirección a Villalba de los Alcores.
Según Norberto Santarén, sobre restos vacceos se encuentra una ciudad romana y sobre este sustrato se asienta el pueblo de Villalba. Durante la invasión musulmana quedó destruida. Su reedificación debió tener lugar en los primeros tiempos de la reconquista, siendo Alfonso III, el Magno (866-910) su conquistador y repoblador. Este monarca sometió diversos lugares de las orillas del Pisuerga y del Duero, y levantó castillos para defender lo conquistado.
La villa fue encomendada en el siglo XII a los caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén. Estos hicieron grandes obras en la villa, para protegerla de sus enemigos, y así construyeron el castillo, las murallas y los torreones. En los momentos en que la villa estaba en manos de los sanjuanistas, el conde de Palencia, sin causa aparente, atacó la plaza, pero se encontró con la oposición del comendador Zornoza, triunfando los caballeros de la Orden de San Juan. En los últimos años del siglo XII volvió de nuevo a ser señorío de realengo, cediéndola a Alfonso VIII, quien a su vez la donó a Tello Pérez de Meneses y a su mujer Gontroda por los servicios prestados al monarca en la conquista de Cuenca. Fundó éste el monasterio de Matallana, en el mismo lugar donde, desde el año 950 existía un monasterio dedicado a Santa María, que adquirido por Alfonso VIII a la orden de San Juan, fue cedido a don Tello y a su mujer, fundando así el rico monasterio bajo la advocación de Santa María de Mataplana, que donarían a la orden cisterciense.
En tiempos de Alfonso XI el Justiciero, Isabel de Meneses contrajo matrimonio con Juan Alonso de Alburquerque, pasando Villalba a formar parte de los estados del poderoso magnate, concediéndole además el rey en el año 1334 las posesiones que en la villa había tenido la orden del Temple en agradecimiento a los servicios prestados por éste en el cerco de Lerma. Tras la lucha llevada a cabo en la villa en 1354 entre Pedro I y el duque de Alburquerque, su hijo, Martín Gil, heredó los señoríos de su padre, pero habiendo muerto sin dejar sucesión, Enrique II de Trastámara dio la villa a su hermano Sancho, conde de Alburquerque y tras este sería su hijo Fernando quien se hiciera con el señorío de Villalba del Alcor.
En el reinado de Enrique IV el Impotente era señor de Villalba don Enrique de Acuña, quien la dio poco después a doña Inés de Guzmán, condesa de Trastámara y viuda de Alonso Pérez de Vivero, concediéndola el título de duquesa de Villalba. Años más tarde recayó el señorío de Villalba en Bernardino Fernández de Velasco, condestable de Castilla y duque de Frías. Al subir al trono de España Carlos I y comenzar la guerra de las Comunidades, Juana la Loca, con el féretro de su esposo, estuvo algún tiempo en el castillo de la villa, donde se creía segura bajo la guarda del condestable, partidario de su hijo. Hasta el siglo XVI el señorío de la villa lo tuvieron los condes de Osorno.
Conserva Villalba, como veremos, un rico patrimonio arquitectónico. La muralla que rodeaba la villa obra de los sanjuanistas y restaurada por los Alburquerque y en ella desta can los impresionantes cubos y torreones angulares en los que se apoyaba. El castillo formaba parte de una línea de fortificaciones y atrincheramiento, que partiendo de la fortaleza de Toro, avanzaba hasta las riberas del río Carrión. Componían esta línea una serie de castillos, bien situados, de manera que podían socorrerse con la mayor facilidad, constituyendo una cadena defensiva. El de Villalba podía comunicarse por la parte occidental con el de Valdenebro y por la del norte con el de Montealegre. Hoy en día de este castillo solo se conservan algunos muros. 

Iglesia de Santa María del Templo
La iglesia de Nuestra Señora del Templo se encuentra dentro del espacio amurallado, en la zona este del núcleo rural, junto a la Puerta del Humilladero.
Ocupa un solar en una plaza irregular, a la que confluyen estrechas y tortuosas calles, pudiéndose admirar el edificio con desahogo desde todos los ángulos. En la plazoleta de la fachada meridional, junto a las casas que la delimitan, se observan los restos de un arco de piedra y una escalera del mismo material, en estado de abandono, que se hunde en el suelo, no pudiendo precisar si se trata de una bodega o de alguna dependencia relacionada con la iglesia en otro tiempo.
Lateral de la iglesia de Santa María del Templo
 

Aunque de modestas dimensiones, es uno de los pocos templos románicos de la provincia de Valladolid que ha llegado íntegro a nuestros días. Dejó de tener culto en 1818, convertido en ermita tal como la cita Madoz, pasando poco después a manos particulares. Hoy sigue siendo propiedad privada, usando su dueño el recinto con almacén y molino.
Presenta sencillo plan rectangular de una sola nave (de 23 × 7 m, según Heras García), coronada hacia el este por un ábside semicircular de similar anchura. Consta la nave de cinco tramos, cubiertos con bóveda de cañón apuntado, marcados por los seis soportes adosados que, en cada muro largo, recogen los empujes de los perpiaños y que, al exterior, se corresponden con otros tantos contrafuertes. Tiene dos portadas, en las fachadas septentrional y meridional. De ellas, la primera es abocinada con arquivoltio, y debió ser siempre la principal, mientras que la segunda es apenas un postigo de comunicación con una dependencia actualmente desaparecida.
El muro sur de cierre no remata en acodo con el hastial de poniente, sino que se prolonga poco más de un metro en esa dirección, apareciendo derruido y desventrado. Podría tratarse de los restos de una escalera arruinada o no acabada para acceder a lo que parece una, asimismo inconclusa, espadaña o torre. Ubicada transversalmente sobre la esquina suroccidental del tejado, con una orientación aproximada SE-NO, sólo se mantiene en pie un desmochado pero potente paño de sillería (de unos 2 m. de grosor) calado por dos troneras de medio punto, cuyas líneas de salmeres están marcadas en el intradós por una imposta de nacela.

La caja muraria es un compacto prisma recto, cuya ortogonalidad sólo rompe el hemiciclo absidal. Está construida en caliza blancuzca recubierta por una pátina dorada, con abundantes oquedades y fósiles, procedente de los páramos de Torozos en que se asienta. La piedra aparece cortada en grandes sillares isódomos, bien desbastados, aparejados a soga y tizón en hiladas regulares. Las marcas de cantería, visibles en todos los muros, son abundantes, si bien el repertorio de signos es reducido.
La techumbre, en muy mal estado, es de tejas árabes. Revierte a doble vertiente hacia un alero que bordea perimetralmente el edificio, excepto en el imafronte. También de piedra caliza, tiene la arista vaciada por una mediacaña y está sustentado por canecillos de nacela y en proa de barco, en su mayoría lisos, pero algunos decorados con sencillos motivos, toscamente tallados: varios de ellos con uno o más rollos, dispuestos en horizontal, en vertical o cruzados; una especie de barril; un animal agazapado; esquemáticos arbolitos con simétricas ramas divergentes que acaban en frutos circulares; una placa cuadrada plana; dos sables o agujas en sotuer; y dos estilizados crochets.

Muro norte
Costado meridional del templo
 

Cada una de las fachadas largas está reforzada por seis estribos rectangulares de excelente cantería, que llegan al alero, coincidentes con los soportes internos en que apean los fajones. Sobresalen con evidencia, aunque no desmesuradamente, de la caja muraria, siendo su arranque del suelo más robusto, a modo de zócalo, mientras que en su parte superior se estrechan adaptándose a la voladura de la cornisa. En el perfil, por tanto, se diferencian tres volúmenes, con claro predominio longitudinal el central y adaptación tectónica de los extremos. Su estructura tiene gran similitud –ya advertida por Heras– con los contrafuertes de los ábsides del monasterio de Valbuena y de la parroquial de Piña de Esgueva.
Canecillos, los dos de la derecha representan un esquemático arbolito con ramas simétricas divergentes que acaban en frutos circulares.
 

En el interior todos los paramentos originales aparecen enmascarados, los muros y bóvedas por un enlucido de yeso, viejo y cuarteado, cuyas desconchaduras permiten atestiguar la excelente labra y ensamblaje de las dovelas y de los sillares, ya observada en el exterior. El piso, por su parte, de losas superpuestas al suelo primigenio, alcanza el arranque de los muros y cubre parte del plinto de los soportes.

El ábside, de planta semicircular sin tramo presbiterial, es la parte más noble de la iglesia. Situado en el extremo oriental de la nave, en perfecta alineación con ella, tiene también sus mismas anchura y altura (aunque desde fuera, quizás por el deterioro del tejado, parezca más bajo). Va cubierto con una bóveda pétrea de horno que descansa directamente sobre los muros y se adapta, suave y progresivamente, al apuntamiento del arco toral –primer fajón– en su zona de contacto.
Bóveda estrellada
 
Cabecera
 
Cabecera
 
Canecillos y alero. Muy sencillos en forma de nacela o de quilla de barco. El del centro tal vez represente un animal agazapado (muy difícil de interpretar en todo caso). 

El tambor, al exterior, se eleva sobre un muy erosionado zócalo de dos hiladas, del que arrancan cuatro esbeltas semicolumnas adosadas que llegan al alero y dividen verticalmente el hemiciclo en tres paños –el central doble que los colaterales–, en cada uno de los cuales se abre una ventana. Esta estructura distributiva absidal, en paños verticales delimitados por columnas, no es infrecuente en templos coetáneos de la provincia, donde, con grandes analogías, puede verse en los parroquiales de Trigueros del Valle e Íscar, en el desaparecido San Miguel de Mediavilla de la cercana población de Medina de Rioseco, o en el palentino –pero el más próximo– de San Fructuoso de Valoria del Alcor. Las semicolumnas presentan basas casi perdidas (si bien se intuye una molduración parecida a la de los soportes interiores) sobre los que se elevan larguísimos fustes, coronados por capiteles troncocónicos de rechoncho canon. Uno es liso, y los tres restantes aparecen decorados con motivos vegetales estilizados, de escaso relieve y talla, mostrando seis cintas que se cruzan, dos a dos, creando un ralo entrelazo de formas ojivales; tres hojitas puntiagudas con otra hoja en su seno; dos hojas, como las anteriores, conteniendo una flor.

Ventana románica de la iglesia de Santa María del Templo
 

Las ventanas, que rasgan cada lienzo en la mitad de su altura, son de medio punto y doble derrame. Este abocinamiento se materializa con dos arcos de sección recta en disminución de tamaño, que alojan en su interior una saetera de remate semicircular igualmente con marcado derrame. La única concesión ornamental es un baquetón que mata la arista del alféizar y la jamba, hasta los salmeres, del arco más externo.
Se comunican interiormente nave y ábside a través del primer fajón –que no arco triunfal, pues no se diferencia cualitativamente del resto– sin intermediación de tramo recto presbiterial. Si acaso, esta denominación podríamos dársela al primer tramo del cuerpo de iglesia, pues a ambos lados de él se abre un vano, idéntico a las ventanas del tambor, del que carecen el resto de tramos (tan solo iluminados por una pareja de estrechas aspilleras en la zona de los pies). De este modo, la capilla resulta el espacio más luminoso del edificio, por lo demás bastante oscuro.
La nave es, como ha quedado dicho, un perfecto rectángulo dividido en cinco tramos. Cada uno de ellos se cierra con cañón apuntado, entre fajones doblados también agudos y de sección escuadrada, que voltean sobre seis parejas de pilastras que llevan adosadas en su frente sendas semicolumnas. Estas, que arrancan de plinto cúbico retallado con someras garras, cuentan con basa ática (varias parcialmente tapadas por el enlosado sobrepuesto), fuste de varias piezas, y achaparrado capitel en tronco de cono invertido con astrágalo. Algunas de las cestas están decoradas, aunque siempre a base del mismo motivo de hojas vegetales, con variantes: lisas, alojando bolas en su centro, con la punta curvada creando un seno donde tiene cobijo una bolita o una florecilla, etc. Sobre los capiteles, a modo de prolongación de sus cimacios, una imposta de listel achaflanado recorre todo el perímetro del templo, marcando la separación de muros y cubiertas.
Entre los contrafuertes cuarto y quinto del muro del Evangelio, desplazada del eje transversal hacia los pies, está ubicada la portada principal, abierta al septentrión, como la de San Salvador de Peñaflor de Hornija. Consta de arco de ingreso de medio punto sin tímpano, tres arquivoltas de sección recta en derrame –que tienden al apuntamiento de dentro a fuera–, y escueto guardapolvo moldurado por un caveto. Voltea el conjunto sobre imposta corrida de filete cortado en chaflán, y bajo él en jambas acodilladas y columnas. De éstas sólo se conservan los capiteles, habiendo desaparecido la totalidad de fustes y estando las basas muy mutiladas. Los tres capiteles de la izquierda del espectador, son lisos, y en la derecha llevan tallados los siguientes elementos: tres hojas, con el nervio axial marcado, que arrancan de la base; dos aves afrontadas hacia el ángulo común; como el primero de los citados, pero peor conservado, también hojas. Sobre la portada pervive el alero, sujeto por siete canes lisos de nacela, de un hoy inexistente tejaroz. Se observa, asimismo, en los tramos anterior y posterior endejas o dientes en los que apoyaría un pórtico del que no hay más rastro. En esos mismos tramos, flanqueando la puerta, existen dos lucillos sepulcrales idénticos. El izquierdo está cegado; no así el de la diestra, bien visible aunque vacío, sin que pervivan símbolos mortuorios ni lápidas. Es un arco apuntado muy abierto, protegido por chambrana, en el que restan vestigios de policromía.
Portada principal
Portada principal
 

En el segundo tramo de la fachada meridional se abre el otro vano de ingreso. Es muy sencillo, podríamos decir que casi un postigo, que quizás se abriese con posterioridad para dar acceso a un habitáculo adosado a dicha fachada, y de cuya existencia en otro tiempo son ahora testigo las rozas realizadas en la pared para apoyar el tejado. No es más que un simple arco de medio punto, con tímido apuntamiento, muy estrecho, que se revela más amplio en su cara interna, dentro del edificio.

Es ya tradicional y comúnmente aceptada la opinión de que esta iglesia perteneció a la Orden del Temple. Su advocación, por una parte, y el hecho, certificado documentalmente, de que en Villalba de los Alcores tuvo esta orden posesiones territoriales, por otra, dan fiabilidad a la fundamentación. No resulta tan fácil, sin embargo, la adopción de una postura ante la disyuntiva de otorgar la autoría de la construcción a los propios templarios, o bien que, por el contrario, cuando llegase a su poder ya estuviera edificada. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de un templo datable en las postrimerías del siglo XII o en los comienzos de la siguiente centuria.
Aunque tardío, es formal y decorativamente románico, pues la reciedumbre de su estructura, la articulación del ábside, así como el alero con su panoplia de canes y los capiteles de la portada, no dejan lugar a la duda. Aún así, ya se advierte la pujanza de un gótico incipiente, patente en el apuntamiento de arcos y bóvedas, por ejemplo, y el influjo de la estética bernarda (tipo de contrafuertes, sobriedad decorativa, motivos ornamentales, etc.)

 

  

 

 

 

 

 

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