martes, 23 de enero de 2018

Capítulo 11- Picasso y sus mujeres


Picasso y sus mujeres

"Cada vez que cambio a una mujer", dijo Picasso, "debo quemar la que fue la última". Entonces me deshago de ellas. Es, probable, que también me devuelve una juventud ».
Pablo Picasso

Cuando se trata de Pablo Picasso, lo primero  que viene a la mente son sus pinturas y las palabras "el artista más caro del siglo XX". No me viene a la mente las historias escandalosas relacionadas con la vida personal del artista. Y, sin embargo, la descripción de las experiencias amorosas de Pablo Picasso puede convertirse en una obra maestra comparable al poder de sus creaciones. Siendo un genio, Picasso era un genio en todo, incluido el amor. Pero si en la creatividad su genio era creativo, entonces en asuntos del corazón ella tenía una fuerza destructiva ensordecedora. 
Por duro que parezca, blasfemo y vulgar, pero (y el propio artista lo admitió) para Picasso había solo dos categorías de mujeres: diosas y camada. Inclinándose ante las diosas, trató de convertirlas en mujeres ordinarias, cuyo amor merecía. Pero, al no distinguir los semitonos, sin conocer las medidas en nada, incluso en la pasión, sin reconocer la posición promedio, tarde o temprano convirtió a su "diosa" en una camada. 
Según el testimonio de sus contemporáneos, Picasso tuvo una atracción sexual increíble para las mujeres. Y también: un instinto sin precedentes que permite a la numerosa "tribu" de las hijas de Eva elegir a aquellos que obtienen placer doloroso del sufrimiento emocional, que están listos para disolverse por completo en sus seres queridos, dando su energía y vitalidad. Cuántas de esas mujeres fueron en la vida de un artista brillante, nadie lo sabe, pero se sabe que 7 de ellas tuvieron una influencia especial en Pablo, dándole inspiración, formando emociones y actitudes en diferentes períodos de la vida. 

Musa de un artista principiante. Fernanda Olivier 
Tenía 23 años cuando, en la depresión del "período azul" y de luto por su amigo Carlos Casagemas, Pablo Picasso, en busca de nuevas impresiones, deja España y se instala en uno de los barrios más pobres de París. Su deseo se realizó: junto con el aire de un nuevo país para sí mismo, él ansiosamente inhala el aroma del amor. 
Fernanda Olivier, una sirvienta pobre que vivía cerca, atrajo de inmediato la atención del joven artista con su brillante y sencilla belleza aristocrática. Invitando a una niña a posar, Picasso es adicto a ella. Muy pronto, Fernanda y Pablo se vuelven amantes y comienzan a vivir juntos, en su pequeño taller. Fue esta hermosa y romántica historia de amor la que sacó al artista de la depresión y sentó las bases para un cálido período "rosa". Cerca de los jóvenes vivían artistas de circo y artistas callejeros. Como si estuviera mirando detrás de ellos, Picasso pinta cuadros sobre temas de circo, incluida la famosa "Chica en la pelota". 
Picasso está tan entusiasmado con su amor que solo sueña con que Fernanda esté allí, creando una atmósfera de inspiración en su estudio. Ella logró hacer esto durante 7 años. Para Picasso, este fue un tiempo de experimentos creativos: el "período rosa" llegó "africano", y luego llegó el turno del cubismo. Inspirado por la belleza de su amada, él, como si la estuviese esforzando, retrata a Fernanda en diferentes estilos, cambia las proporciones de su cuerpo, experimenta con rasgos faciales. 
Cuando los sentimientos de Picasso se calmaron, las facciones de Fernanda en sus pinturas se volvieron angulosas y perdieron su encanto. La novela, que sobrevivió a las dificultades de la vida pobre y la alegría de los primeros éxitos, duró tanto y parecía interminable, "se vino abajo". Antes de Picasso había una larga vida llena de logros creativos, éxito y reconocimiento. Había un nuevo amor por delante ... 
Fue su primera mujer oficial, y con la llegada de Fernande (1881-1966) a su vida, Picasso dejó de saciar la sed propia de la adolescencia en los prostíbulos. 
La conoció una tarde de tormenta, el 4 de agosto de 1904. Pablo volvía a su estudio con un gatito acurrucado entre los pliegues de su abrigo, que recogió de la tempestad. Al entrar en el edificio se encontró con una bella mujer que irrumpió calada salvándose de la tormenta. Pablo se paró frente a ella obstruyéndole el paso y le entregó al gatito como una ofrenda a una diosa. Picasso era bajito, pero de constitución muy fuerte, así que su presencia física era tremendamente impactante. La inquietante atmósfera de la tormenta, el escultural cuerpo de la mujer que se entreveía a través de su ropa mojada, la osadía de un hombre desconocido en un desolado portal, inquietud, miedo y curiosidad, todo se mezcló en un remolino cargado de sensualidad, ensordecido por el ruido de la lluvia. Así comenzó
el primer romance importante en la vida de Picasso.

Con mantilla, 1905, Pablo Picasso

En la vida de Picasso también hubo damas que le plantaron cara y no se dejaron manipular, por eso el artista les excluyó de su vida, prefiriendo salvaguardar el mito donjuanesco. 

Fernande Bellevallée, así se llamaba de verdad, era hija de un matrimonio judío que fabricaba sombreros. Se casó a los 19 años, pero al poco tiempo huyó de su marido, sin llegar a divorciarse legalmente y se instaló en París. Trabajaba como modelo para muchos artistas del momento, era guapa, inteligente, creativa, pero terriblemente perezosa y se pasaba el tiempo inventando su vida.
 "Aún así todo en ella era atractivamente natural", decía Gertrude Stein sobre Fernande. Además, era una figura conocida en la sociedad bohemia y a Picasso le resultaba estimulante tener como amante a una mujer tan exuberante y mundana. Respecto a ella, cayó prendada del joven artista muy rápido y se mudó a su mediocre estudio en la Bateau-Lavoir. "No había nada atractivo en él a primera vista, - escribió Fernande años más tarde de su encuentro con Picasso, -  aunque su expresión, extrañamente insistente, obligaba a que se le preste atención." Picasso, al principio, sentía miedo de convivir con ella, pero una vez superado éste, la convirtió en su prisionera. Intensamente posesivo, al estilo andaluz, le dijo una vez: "me gustaría que te vistieras de negro y que te cubrieras de pies a cabeza para que los hombres no pudieran poseerte con la mirada". 

Los celos de Pablo eran ilimitados. Le prohibía salir sola a la calle, ni siquiera para ir de compras, ya que en sus delirantes fantasías veía como los hombres en la calle de Montmartre le hacían proposiciones sucias y ella sucumbía a sus insinuaciones. Incluso en ocasiones escondía sus zapatos y la dejaba encerrada para que no pudiera salir en su ausencia. 
Fernande significó una puerta de virilidad para Picasso y su desenfrenada sexualidad conformaba el fundamento de la relación.
Picasso era más bajito que ella y frente a la elegancia y "encanto" de su amante, resaltaba su grasiento mechón sobre la frente, otorgándole un fuerte aire de adolescencia. Por donde iban, Fernande cautivaba todas las miradas de los hombres envidiosos, que entre dientes admitían: es muy guapa. "Pero es vieja" contestaba con desdén el supersticioso Picasso con el fin de desvalorizar su joya y protegerla así de los acechantes caza tesoros. 
Picasso estaba muy bien dotado y antes de Fernande explotaba los burdeles para honrar su potencia sexual y fomentar el mito sobre la virilidad del pequeño artista español. Con Fernande pudo hacer realidad su mito y disfrutar de la envidia de los refinados Dorian Grey franceses hacia él, un hombre de metro y medio y carente de todo encanto. La sensación que le brindó el gozar de un mujer guapa y provocar indignación en los demás se volvió adicta y marcó toda su vida. Pero los tremendos celos que sufrieron todas sus mujeres dan testimonio de una gran inseguridad de Picasso. El artista quería a las representantes del género hermoso, pero a la vez las temía. Las adoraba y a la vez las detestaba, pero nunca dejó de ver las como seres tremendamente peligrosos. Su mente era agitada por los demonios de la sospecha y la reivindicación de su virilidad frente a la carencia de belleza física, los mismos que protagonizan muchas obras de Picasso, aunque reinterpretados y ocultos bajo distintas máscaras. 

Desnudo de Fernande 1906, Pablo Picasso

Fernande 1906, Pablo Picasso

Retrato de Fernande 1906, Pablo Picasso

La vida 1903, Pablo Picasso 

La habitación azul 1903, Pablo Picasso 

La soledad 1903, Pablo Picasso

Con Fernande, la pintura de Picasso sufrió un giro brutal. El periodo rosa sustituyó al periodo azul de "tristeza estéril" y los arlequines reemplazaron a los desechos humanos de sus anteriores obras. Fernande aparece en muchas de sus creaciones. En ese periodo Picasso veía la vida a través del prisma del circo. El cómico deambulante por la vida, así se veía Picasso que era objeto de mofa para la refinada sociedad parisina, tanto por su terrible acento como por su procedencia. La pintura de Picasso en su época rosa era lírica, elocuente y delicada, como la propia Fernande. "Mujer durmiendo" es un reflejo del principio de la relación, cuando Picasso estaba atormentado por el temor y la duda frente a la vida conyugal. Se ve a una lánguida Fernande sumida en un profundo sueño, mientras Picasso, sentado a un lado, parece hallarse en las sombras, grises y sucias, que invadían al artista al principio de la relación.  "El Harem" es un interesante retrato de Fernande, donde ella sigue siendo la otra, una mujer a la que se contempla que a la que se posee. Incluso "Las señoritas de Aviñón" fueron creadas durante su romance con Fernande. Picasso bromeaba sobre que una de las prostitutas del lienzo era Fernande y después de cinco años de idolatración, el artista comenzó a despreciarla. Este mítico cuadro, al que se ha dado cientos de explicaciones, para mí tiene una sola, perversa, pero clara como el agua.
En mi libro Moda Sexo Arte propuse una nueva descodificación de esa obra.

Mujer durmiendo 1905, Pablo Picasso
El Harén 1906, Pablo Picasso

Fernande se adaptó a su existencia y como decía más tarde "encontraba algo muy feliz en un estado de felicidad inestable con Picasso". Decía que aunque sus ataques de celos la asustaban, la recompensaba la ternura y el cariño que le brindaba Picasso en sus momentos de tranquilidad.  
Su romance tuvo un final similar al de su comienzo, con una tempestuosidad. 
Después de casi siete años juntos, comenzaron a alejarse. Los éxitos de Picasso distrajeron la atención de Fernande, estaba absorto creando el cubismo junto a Braque y sus relaciones fueron desplazadas a un segundo término. La bella amazona no estaba dispuesta a quedarse con el papel secundario y con tal de despertar el interés de Picasso comenzó a realizar escapadas con amantes. Pero todos esos amoríos casuales sólo provocaban en Picasso algunos ataques de cólera. 
Fernande era tan sólo cuatro meses mayor que Picasso, pero de repente pareció serlo mucho más. Era temperamental, furiosa e infiel. En un ataque de furia zarandeó a Picasso tanto que le arrancó un botón. Era gastadora e indiferente, creía que el mundo le debía la vida, cuando no había dinero ni para comprar pan, Fernande encargaba comida preparada y una vez se gastó ochenta francos en un perfume que ni olía, en un periodo en el que ese dinero era una gran fortuna para la pareja, y se permitía lujos innecesarios cuando los dos estaban casi hambrientos. Era extravagante, seducía y se dejaba seducir. 
En 1911 Fernande empezó un romance con otro hombre, un futurista italiano, y pidió a su amiga Marcelle Gouel que vigilara a Picasso, pero Marcelle traicionó a Fernande y emprendió su propia aventura con Picasso. Dulce y cariñosa era una antítesis de Fernande y cuidó bien del pintor.
Era emocionalmente complicado para Picasso dejar a Fernande, así que esperó a que ella diera el primer paso. En cuanto se fugó con el italiano, Picasso se fue con Marcelle a Céret  donde residían unos amigos suyos. Picasso empezó a llamarla Eva para demostrarle a la joven muchacha lo importante que era para él. Eva era el nombre que le dieron sus padres al nacer, pero siguiendo las últimas modas se lo cambiaron por Marcelle, un nombre que para los gustos de París sonaba más refinado.
Cuando Fernande agotada de aventuras volvió a casa, se encontró con que Pablo se marchó y decidida a recuperarlo, se fue trás él a Céret. La noticia de la inminente llegada de Fernande provocó en Pablo alternativos ataques de furia y ansiedad. "Estoy realmente triste por todo esto, - escribió Pablo a su marchante y confesor,- primeramente porque no quisiera que mi gran amor por Marcelle sufriera de ninguna manera los problemas que me pudiera causar y que ella se entristeciera también, y después porque tengo que tener paz para mi trabajo y la he encontrado or un tiempo." Después de poner en juego todas las armas de su dramático arsenal, desde las amenazas y recriminaciones y la seducción y súplicas, Fernande se rindió y admitió que su relación había acabado hace mucho tiempo atrás. Tan sólo se mantenía por los frágiles lazos de costumbre y el terror de Picasso a las separaciones y el vacío que dejaban atrás. Pero ahora no tenía nada que temer, Eva llenaba ese vacío y Picasso se refugió en su nuevo amor para enfrentarse a la mujer con la que compartió siete años de vida.
Más tarde el artista le confesaría a su gran amiga Gertrude Stein que siempre se vio atado por la belleza de Fernande pero que "no soportaba ninguno de sus otros aspectos".
El posterior desenlace de su vida es muy triste para mí, tuvo que trabajar en oficios poco dignos para subsistir, desde cajera en una carnicería a modelo de fotografía erótica. No se sabe con exactitud, pero hay expertos que afirman que esta sesión erótica está protagonizada por Fernande Olivier. 
Estas provocativas tarjetas tuvieron un gran éxito a mitad de la segunda década del siglo XX llegando incluso al otro lado del Atlántico. Se dejaban en cafés, restaurantes y burdeles, lugares frecuentados por los ricos clientes de las prostitutas, en el reverso llevaban la firma de una tal Fernande y la dirección de su hotel, aunque también pudiesen ser firmados con ese nombre como una marca comercial de un prostíbulo. 

Fernande 1909, Pablo Picasso

Busto de Fernande 1909, Pablo Picasso

Cabeza de Fernande 1909, Pablo Picasso


Fotos de Fernande










Aun así la protagonista es siempre la misma, y es muy probable que Fernande, acostumbrada en sus últimos años con Picasso a la buena vida no estaba dispuesta a desprenderse de sus costumbres y ejerciera como prostituta de lujo. Cada uno puede comparar estas imágenes con las fotografías de Fernande y sacar su propia conclusión sobre el parecido de esta mujer con las sensuales y generosas formas con las modelos de las tarjetas. Sea o no, esta dama es la primera estrella de la fotografía erótica. De todas formas, la única información sobre su posterior vida nos ha llegado a través de las memorias que publicó veinte años más tarde. Es muy probable que la autora excluiría de su biografía sus años de prostitución, sustituyéndolas por oficios más nobles como vendedora en una tienda de antigüedades. Pero ciertamente la debilidad que sentía por los hombres, su conducta sexualmente ligera y la fama de ser ex-amante de Picasso era todo ventajas para el oficio más antiguo del mundo. 
Las memorias de Fernande se titulaban "Picasso y sus amigas" y a pesar de todo el empeño que pusieron Picasso y sus abogados, se publicaron varias entregas del libro. Finalmente el artista, entonces ya más conocido pintor del mundo, consiguió llegar a un acuerdo con Fernande y le pagó una pensión a cambio de que no volviera a publicar nada alusivo a su vida en común. 
El dinero no le duró mucho y en 1966, Fernande, sorda y atormentada por artritis, fallecía sola y olvidada. Un final muy trágico para la única mujer que amó a Picasso cuando todavía era nadie, un seboso adolescente que gruñaba en francés y era objeto de burla para el exquisito círculo artístico de París.


Su hermosa Eva - Marcel Umber
En 1911, al final de su relación con Fernanda, Picasso conoció a Marcel Umber, una mujer cuya belleza frágil, casi transparente, no podía dejarlo indiferente. En el momento de su conocimiento, ambos no estaban libres: estaba asociado con la ahora histérica y excesivamente celosa Fernanda, que era la amante de Louis Marcoussis, un pintor polaco. 
Capturado por sorpresa por los sentimientos que los embargaron, Pablo y Marcel huyeron literalmente de sus pasiones, después de deambular por Europa. Para Picasso, este era un sentimiento completamente nuevo, tan primitivo que llamó a su amada Eva. Ella, su delicada y sensual Eva, está representada en el lienzo "My Beauty", escrita en 1911. También dedicó muchas más pinturas, creando una especie de serie "I Love Eva", cuyo principal motivo fue la naturaleza tierna y frágil de Marcel, identificado por el artista con la feminidad, así como melodías e instrumentos musicales. 
Este fue un período de cubismo sintético. La época en que Picasso no solo dibujaba, sino que creaba sensuales lienzos de texturas, trabajando tanto como artista como decorador. El tiempo estaba tan lleno de felicidad que no podía durar demasiado: Marcel estaba enfermo de tuberculosis y murió en 1915.  
MA jolie (mi niña bonita) era el estribillo de una canción popular que se realiza en una sala parisina de música que Picasso frecuentaba. El artista propone esta asociación musical situando una clave de sol y música personal cerca de las letras negritas, estarcidas. MA jolie era también apodo de Picasso de su amante Marcelle Humbert, cuya figura él libremente construido mediante la firma de cambio de planos del cubismo analítico.
Esto está lejos de ser un tradicional retrato del amado de un artista, pero hay pistas sobre su contenido representacional. La masa triangular central indica sutilmente la forma de la cabeza y el torso de una mujer, y un grupo de seis líneas verticales en el centro inferior de la pintura representan las cuerdas de una guitarra, acordes de la mujer. En obras cubistas de este periodo, Picasso y Georges Braque trabajan múltiples modos de representación al mismo tiempo: aquí, Picasso combinado idioma (en el deletreado negro), simbólica de lo que significa (en la clave de sol) y junto a la abstracción (en la representación de su tema).
Numerosas pistas difíciles conectan "Ma Jolie" de realidad: una forma triangular en el centro inferior, encadenado como una guitarra o cítara; por debajo de las cuerdas, cuatro dedos, con un codo angular hacia la derecha; y en la mitad superior, tal vez una flotación de la sonrisa. Juntos estos elementos sugieren una mujer sostiene un instrumento musical, pero los consejos de imagen en realidad sólo para negarlo. Planos, líneas, señales espaciales, sombreados y otros rastros de lenguaje de la pintura de la ilusión se abstraen de los usos descriptivos; la figura casi desaparece en una red de aviones planas, borde recto, semitransparentes.
Marcel Umber (Eva Güell). Foto, aprox. 1912.

Marcel Umber (Eva Güell). Foto, 1912.

Amor ruso de un español caliente - Olga Khokhlova 
A Pablo Picasso le fue difícil de sobrevivir a la muerte de Marcel Umber y durante mucho tiempo no dejó que un nuevo amor entrara en su corazón. Creó a su alrededor un halo de libertad y libertinaje. Nadie de su séquito creía que este español con los ojos ardientes alguna vez se calmara algún día. En 1917, el artista logró sorprender a todos: no se casó, conectó su vida con una que no correspondía a la imagen y el estilo de la vida bohemia de París, cuyo centro era Picasso. 

Olga Khokhlova, una bailarina de la compañía de Diaghilev, Picasso la vio por primera vez durante la gira del teatro ruso en París. Ella era como de otro planeta, a diferencia de un español cálido, sensato, calmado y ligeramente arrogante. Parecía que ella concentraba en sí misma la sabiduría y la confianza de su gente, la comunicación con sus inspirados pensamientos de Picasso sobre la paz y la regularidad: sobre todo lo que no estaba en su vida hasta ahora. Quizás, Picasso ideó su Olga, confundiendo la tranquilidad habitual con el misterio encantador. O tal vez solo quería probar la dimensionalidad del sabor. 
Esta pasión lo tragó por completo. Diaghilev, al darse cuenta del interés de Picasso por la bailarina Olga Khokhlova, consideró que era su deber advertirle al caluroso español que las chicas rusas no son fáciles: necesitan casarse. Olga nació en 1891 el 17 de junio, en la familia de un coronel del ejército zarista, recibió su educación y educación correspondiente a su posición. Después de visitar París, Olga se dejó llevar por el ballet, una ocupación no muy adecuada para una chica de una familia noble. En la compañía de Dyagilev Olga se debió a su posición especial. Ella no era prima, pero atraía la atención masculina. Para cuando conoció a Picasso en 1917, Olga tenía 26 años. La compañía iba de gira por América del Sur, el apogeo de la carrera de ballet ya había pasado ... ¿Volver a Rusia, en el fuego revolucionario para ella, la hija del coronel? ¿Qué más quedaba sino casarse con un español enamorado de ella? Al conocer a su futura suegra, Olga oyó en su dirección: "Pobre niña, no sabes a qué te estás condenando a ti misma. Pablo solo se preocupa de sí mismo". Pero ya había tomado una decisión tan inquebrantable como el deseo de practicar ballet. Por lo tanto, ella podrá construir la felicidad familiar a su propia discreción. 
La hermosura, la distinción y la determinación de Olga hicieron que Picasso olvidara rápidamente a sus ocasionales amantes como Irene Lagut, Fernande Olivier, Eva Gouel, Elvire Palladinin, Emilienne Pâquette, Silvette Davil y, muy especialmente a You-You, la mulata de la Martinica; todas las mujeres que habían amado a Picasso, lo habían atendido y habían mitigado su soledad. Para conseguir lo que quería, Olga no dudó en abandonar la compañía para empezar a convivir con el artista, y juntos viajan a Madrid y a Barcelona.
Olga y Picasso contrajeron matrimonio el día 12 de julio de 1918 en la Iglesia Ortodoxa Rusa de París. Fueron testigos de la boda Max Jacob, Jean Cocteau y el poeta Apollinaire que eran sus mejores amigos. Se dice que Max Jacob le hizo un comentario a Apollinaire, según el cual los rusos creían que el primero de los cónyuges que pisara la alfombra después de dar las tres vueltas al altar, dominará al otro. Cuando Apollinaire se dio cuenta de lo que había hecho Olga se horrorizó, pero ya era demasiado tarde para advertirle a Pablo. Naturalmente la seductora y tenaz rusa, conocedora de la profecía, había sido la primera en pisar la alfombra. 
Picasso realmente pensó que esto es amor de por vida. Prueba de ese contrato matrimonial, en el que todas sus pinturas le pertenecen a él y a sus cincuenta años. Instalado en París, Olga amuebló la casa con elegancia y lujo, a la última moda. Un automóvil con un conductor, un taller de artistas, ocupando todo el segundo piso, perros de pura sangre, rutas, cenas y recepciones. La cercanía y la actitud cálida de las primeras personas del estado ... Olga ama la ropa cara, el caviar y el champán. A Pablo también le gusta hacer un disfraz por un modisto caro. El reloj de oro asoma del bolsillo de su chaleco. Está orgulloso de su esposa, de su capacidad para comportarse en esta sociedad tan alta, de su belleza inusual y de su postura, y la complacen con el deseo de vivir con un pie ancho. Pinta y pinta sus retratos, y ella le reprende que quiere conocer su rostro. Los retratos de ese tiempo son reconocibles. Serios ojos, nariz perfectamente recta. Restricción y rigidez, como si todavía tuviera ese pesado traje cúbico inventado por Picasso para el desfile de ballet de Diaghilev. Olga, de treinta años, da a luz al hijo, Paulo. Este es el período más feliz en su vida familiar. Pablo pinta muchos retratos gentiles de Olga y el pequeño Paul con el traje de Arlequín, con un sombrero redondo, sentado en un burro. 
En 1919 viajaron juntos a Londres para trabajar en los decorados y el vestuario de un ballet, también de Diaghilev, basado en la obra "El sombrero de tres picos" de Manuel de Falla. En ese mismo año el artista inicia una nueva etapa en su carrera, caracterizada por una doble fórmula interpretativa. Por un lado desarrolla formas escultóricas e imágenes de una grandiosidad que ha sido definida como neoclásica; por otra parte, desarrolla el cubismo de diferentes maneras. Del primer estilo son las obras "Las bañistas" y "Mujeres sentadas" o "Mujeres en la fuente".
También en esta época aparece Olga en los primeros retratos del pintor, algunos de los cuales muestran la capacidad de éste para lo que suele llamarse arte convencional y clasicista. Más tarde, cuando la vida al lado de Olga se había transformado en un infierno, los retratos serán muy distintos, y marcados por una crueldad terrible.
¿Puede un idilio durar para siempre? Picasso comenzó a sentirse agobiado por la vida y el papel medidos del retratista de salón, impuesto por Olga. Pintó suficientes cuadros en estilo neoclásico. 
El gran artista estaba equivocado: su matrimonio con una bailarina rusa no podría haber sido largo. Picasso, que solía quitar todo de la vida, no estaba dispuesto a dar. Y Olga, con su perseverancia rusa, intentó convertir a su marido amante de la libertad en un hombre de familia ejemplar, cuyos esfuerzos deberían dirigirse al beneficio de la familia. Su matrimonio se convirtió en una verdadera "guerra de los mundos", una batalla de ideologías y mentalidad. Incluso el nacimiento del hijo de Paul en 1921 no lo salvó. Picasso, que recibió una nueva porción de inspiración, después de haber experimentado la alegría de la paternidad, sin embargo, cada vez más distanciado de su esposa. 
No hubo ganadores en esta guerra. Es cierto que Pablo dejó la batalla con menos pérdidas: continuó su camino, cubierto de restos de corazones, y pasó el resto de su vida sola, sufriendo de depresión y atormentada por los celos y la ira. No deseando dividir la propiedad con la esposa no amada, pero odiada, Picasso no formalizó el divorcio: Olga Khokhlova siguió siendo su esposa legal hasta su muerte, hasta 1955. 
Olga Khokhlova en la silla. Foto, aprox. 1917.

Pinturas de Olga
Olga Khokhlova 1917, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1917, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1917, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1917, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1917, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1918, Pablo Picasso

Un grupo de bailarines. Olga Khokhlova está en primer plano 1919 – 1920, Pablo Picasso

Olga Khokhlova 1919, Pablo Picasso

Mujer de pie (Olga) 1919, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1919, Pablo Picasso

Retrato de una mujer (Olga) 1920, Pablo Picasso

Olga leyendo en la silla 1920, Pablo Picasso

Olga 1920, Pablo Picasso

Mujer leyendo (Olga) 1920, Pablo Picasso

Bailarina sentada (Olga) 1920, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1922, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1921, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1922, Pablo Picasso

Mujer sentada en una silla (Olga) 1922, Pablo Picasso

Olga 1923, Pablo Picasso

Olga 1923, Pablo Picasso

Retrato de mujer con collar de armiño (Olga) 1923

Retrato de mujer (Olga) 1923, Pablo Picasso

Olga sentada 1923, Pablo Picasso

Olga Picasso 1923, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1923, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1923, Pablo Picasso

Retrato de Olga 1923, Pablo Picasso

Cabeza de mujer (Olga) 1935, Pablo Picasso 

En 1927 Picasso pasea cerca de la salida del metro en las Galerías Lafayette, cuando mira a una hermosa joven rubia. No lo duda, la sigue, la detiene y le dice que los dos harán grandes cosas juntos. Picasso tiene en ese entonces 46 años. La joven 17, es menor de edad y bella como un sol. Se llamaba Marie Thérèse Walter y muy pronto será su modelo preferida y también su amante.
Para escapar del mundo de marquesas y señores respetables y opulentos de la Koklova, es que Picasso, no sin dolor y quebrantos, vuelve al redil no ya como un bohemio hambriento, sino como un arquetipo del hombre de un mundo nuevo.
Se cuenta que cuando Picasso comenzó a pintar a Marie-Thérèse, una tarde en la que trabajaba en compañía de Buñuel cuando Olga casi los sorprendió. Cuando volvió la calma, el pintor –que observaba a Marie-Thérèse desnuda delante de él y de su amigo–, le explicó a Buñuel que cuando le preguntaron a Renoir si la pintura nacía del corazón o de la cabeza, respondió: “¡De las pelotas!”.
En 1929, Olga ya sabía que la joven adolescente había quedado embarazada y sobrevino la separación, aunque nunca se divorciaron, y sólo la muerte disolvió aquella unión celebrada en la Iglesia Ortodoxa Rusa de París cuando la mujer legal de Picasso falleció en 1955. Antes de morir, y durante mucho tiempo, decía a quien quisiera escucharlo: “Soy Olga Koklova. Soporté al genio con cariño durante más de 12 años. Fui legalmente su primera esposa y como a casi todas, me abandonó. Di a luz a su primer hijo, Pablo”.



La pasión ardiente de Picasso - Maria Teresa Walter 
"¡Soy Picasso!" Tú y yo juntos haremos grandes cosas. Con estas palabras ya famosas en todo el mundo, el artista comenzó una nueva vida de Maria-Teresa Walter y la más colorida aventura amorosa de Picasso. 
Había nacido en suiza, rubia, hermosa, alegre, saludable, adolescente, deportista, de trato suave, casi despreocupada, para nada exigente, afectuosa, desinteresada y anticonvencional. Diríase que era la antítesis de Olga Koklova, cuyas relaciones con el malagueño ya se habían resentido a tal punto que aunque seguían casados y viviendo juntos, si se dirigían la palabra era para agredirse.
Picasso la vio y se prendó de ella y le prometió que ambos podrían hacer muchas cosas juntos. La jovencita fue para él un hálito de frescura, una brisa limpia y vital, y no le fue fácil empezar esa relación, puesto que él tenía casi cincuenta años y la joven suiza era menor de edad. Ese año en que conoció al pintor, hacía de monitora en deportes en un campamento de niños, y para encontrarse Picasso debía ir de noche al campamento para encontrarse furtivamente en la tienda de campaña en la que ella vivía.
Había nacido en 1909 y con el paso del tiempo se transformó en una mujer digna de ser admirada, que no vacilaba en mostrar su afecto y que devolvió la paz al pétreo corazón del pintor, con el que solía caminar tomada de su mano. Por ella Picasso cambió su pintura: abandonó el cubismo y el surrealismo, duros y crispados, para mostrar formas más sensuales, tiernas, eróticas, redondeadas y suaves.
Quizás por cuestiones de la moral de la época a Marie-Thérèse alguno de los biógrafos del pintor no la valoraron, aunque parece ser cierta la frase que se le atribuye al pintor, respondiendo a alguien que criticaba la diferencia de edades entre él y su modelo: “Un hombre tiene siempre la edad de la mujer a la que ama”.
No queda duda que durante esos años, el erotismo es el principal leit-motiv de su obra y de su manera de ver el mundo. “El arte no es casto. Se debería prohibir a los ignorantes e inocentes. Si es casto, no es arte”, es otra de las frases que se le atribuyen, y podemos creer que efectivamente la debe haber dicho.
Maria Teresa Walter. Foto, aprox. 1927.

Maria Teresa Walter con un perro. Foto, 1928. 

Muy pocos conocían su relación con Marie-Thérèse. Apenas lo íntimos como el escultor Julio González con quien solía trabajar en el castillo de Boisgeloup, un pequeño castillo que había adquirido en 1931, y en el que se dedicaría especialmente a la escultura teniendo a la jovencita suiza como modelo y amante.
Como no conseguía divorciarse de Olga y necesitaba estar junto a la joven –con quien pretendía casarse–, se la pasaba urdiendo planes cada vez que tenía que viajar con su esposa legal. Por ejemplo, enviar a su discreta y cariñosa amante en tren hasta la Costa Azul, habiendo reservado ya una habitación para ella en un hotel modesto cercano a la suntuosa casa en la que pasaba sus vacaciones con Olga y Pablo, su primer hijo.

Marie-Thérèse se había transformado en algo más que su modelo y su amante: era la fuente de inspiración que necesitaba para sus obras. A través de ella buscaba –porque sentía que lo necesitaba–, un cambio. Y a tal punto lo hizo que durante la siguiente década le hizo centenares de retratos. 
Los más cautivadores de entre todos ellos son los que muestran las formas curvilíneas y orgánicas, que producen una sensación de lirismo y el ritmo le quita el aliento al espectador. El cabello dorado y el rosa de la piel vibran como las cuerdas de un violín, resaltados por la ropa en la más variada gama de azules y morados.
Busto de (Marie-Therese Walter) 1927, Pablo Picasso

Una de las preferencias de Picasso era pintar a Marie-Thérèse dormida. Es en uno de esos cuadros donde el sillón debajo de ella parece a punto de incendiarse. O en otro, el cual una palmera sale en remolino de la parte inferior de su cuerpo, mientras que en un tercero el sol repite las redondeces del cuerpo de la joven, durmiendo desnuda, como si la tomara por fuente de luz y color.
Para Picasso en Marie-Thérèse siempre anida el misterio. Quizás en esa forma que tiene de curvarse sobre sí misma, logrando que emane de ella una armonía tal que es imposible de asir. Observar los cuadros que pintó para ella constituye una experiencia única e irrepetible. Yo misma lo pude comprobar en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Esos cuadros, desprovistos de subjetividad, la muestran de una manera tan especial que se nos antoja definirla como una melodía de intimidad. ¿Sería consciente de ello esa jovencita suiza dulce y tierna?
Con ella Picasso no sólo es infiel a la Koklova sino que tontea con lo prohibido, abandonándose –quizás por única vez en su vida–, a una pasión más de bestia que de hombre. Como aprendí algo de lo que significa interpretar una obra, esa pasión bestial justifica al Minotauro. Picasso, en su medio siglo, vive esta apasionada relación no sin angustia y gran culpa. Y es que ha liberado a sus instintos. Ha dado rienda suelta a la bestia que anida en cada uno de nosotros, porque en esa suerte de liberación restañaba las heridas –y se tomaba venganza al mismo tiempo–, del mundo de convenciones, apariencia, etiqueta e impecabilidad en el que había tratado de instalarlo su ambiciosa y pretenciosa esposa rusa.

En 1935 sucedió lo previsible: Marie-Thérèse, que había quedado embarazada, da a luz una hija: Maya.
Picasso no estaba hecho para la vida hogareña, la rutina cotidiana, el llanto de una criatura ni el olor de los pañales. Otra vez necesita un cambio. Una cosa era la aventura de verse a escondidas, el peligro de ser descubiertos, el abrazo fugaz y el sexo prohibido, y otra muy distinta es tener a Marie-Thérèse en casa todos los días y en esos momentos tan especiales, cuando el malagueño está desolado por la Guerra Civil Española.
Necesitaba un respiro y disponer de su tiempo. Por eso envió a Marie-Thérèse a que viera a su madre y a Maya para que estuviera con su abuela y él volvió al ambiente bohemio de París, a frecuentar al grupo de amigos del surrealismo, y solo volvió a verla de vez en vez, hasta el olvido.
Naturalmente, su cambio de actitud se refleja en su forma de pintarla.  
Fue Paul Eluard –que había sustituido a su anterior mujer: Gala, por una nueva: Nush–, quien una tarde en uno de los café de la rue Saint Germain le presentó a una hermosa joven de cabello negro, rostro delicado, seria, aparentemente tranquila, y con la cara iluminada por unos brillantes e inquisidores ojos verdes: Dora Maar.

El 20 de octubre de 1977, cincuenta años después de haberlo conocido, Marie-Thérèse Walter, y cuatro años después del fallecimiento de Picasso, el 20 de octubre de 1977, se ahorcó en el garaje de su casa de Juanles-Pins.
Tenía sesenta y ocho años de edad y el fantasma de Picasso le impidió tener vida.
En su carta de despedida a su hija Maya se hizo alusión a un impulso irresistible: "Tienes que saber lo que su vida significaba para ella –escribiría Maya después–. No fue solamente su muerte lo que la llevó al suicidio; fue más, mucho más que eso... La relación entre ellos era una locura. Ella creía que tenía que cuidar de él, incluso después de muerto. No podía soportar el pensar en que él estaba solo,  solo, con su tumba rodeada de gente que no podía darle probablemente lo que ella le había dado".
 
Cabeza 1928, pablo Picasso

Retrato  1928, Pablo Picasso

Cabeza 1928, Pablo Picasso

Mujer en un sillón rojo (Maria Teresa) 1929, Pablo Picasso

Marie-Therese - cara y Perfil de 1931, Pablo Picasso

Mujer flor (Marie-Thérèse extendido) 1931, Pablo Picasso

Mujer leyendo  (Maria Teresa) 1932, Pablo Picasso

Desnudo Maria Teresa 1932, Pablo Picasso

Mujer sosteniendo un libro (Marie-Thérèse Walter) 1932, Pablo Picasso

El sueño 1932, Pablo Picasso

La durmiente y el espejo (Marie - Thérèse Walter) 1932, Pablo Picasso

Retrato de Maria Teresa 1932, Pablo Picasso

Cinturón amarillo (Marie-Thérèse Walter) 1932, Pablo Picasso

El sueño (Marie-Thérèse Walter) 1932, Pablo Picasso

Mujer acostada (Marie-Thérèse) 1932, Pablo Picasso

Mentira desnuda (Marie-Thérèse) 1932, Pablo Picasso

Escultura de una cabeza [Marie-Thérèse] 1932, Pablo Picasso

Marie-Thérèse Walter con sombrero de 1936, Pablo Picasso

Madre e hija (Marie-Thérèse Walter envuelto Maya) 1936, Pablo Picasso

Mirando por la ventana (Marie-Thérèse) 1936, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese Walter 1936, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Mujer con boina y vestido tiene azulejos (Marie-Thérèse Walter) 1937, Pablo Picasso

Mujer sentada delante de la ventana (Marie-Thérèse) 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Thérèse 1937, Pablo Picasso

Marie-Thérèse con la boina azul [retrato de una mujer] 1937, Pablo Picasso

Marie-Thérèse Walter 1937, Pablo Picasso

Cabeza de una mujer (Marie - Thérèse Walter) 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1937, Pablo Picasso

Busto de dama (Marie-Therese Walter) 1938, Pablo Picasso

Mujer y niña (Marie-Thérèse y Maya) 1938, Pablo Picasso

Retrato de Marie-Therese 1938, Pablo Picasso

Retrato de mujer con el collar verde (Marie-Thérèse Walter) 1938, Pablo Picasso


Una mujer llorando - Dora Maar 
Cuando Pablo Picasso y Dora Maar se conocieron, ella tenía 29 años y él 55. Fue en París en el mítico café Deux Magots en 1936, poco antes del comienzo de la guerra civil española. Ella arrastraba una tormentosa relación con el filósofo Georges Bataille y con el actor Louis Chavance. Él, ya un dios indiscutido en todo el mundo del arte, seguía casado con la rusa Olga Khokhlova, madre de su hijo Paulo, y compartía casa con la sueca Marie-Thérèse Walter, madre de Maya. La pasión amorosa entre ambos estalló con tal furia que parecía que nada de lo que ocurría a su alrededor importaba.
Dora Maar. Foto, autorretrato, 1935.

Dora Maar. Foto, aprox. 1937.

Dora Maar. Foto, 1940.

Dora Maar. Foto, 1942.

Dora Maar. Foto, 1946. 

Como a sus anteriores (y posteriores) mujeres, Picasso la retrató decenas de veces. Era su modelo y su musa. Hasta que, en 1943, todo acabó. Él la sustituyó por Françoise Gilot mientras que Dora inició un descenso a los infiernos en una dolorosa caída durante la que recaló en hospitales psiquiátricos, con aplicación de electroschocks incluido, hasta terminar refugiada en la religión en su apartamento parisino, alejada y apartada de un mundo en el que durante unos años había sido una de sus reinas imprescindibles. Murió en 1997 completamente sola, a los 89 años
Aunque su personaje ha servido de inspiración literaria en varias ocasiones y algunos historiadores del arte se han aproximado a su vida, pocas certezas se tienen de ella al margen del tiempo durante el que estuvo vinculada al artista malagueño. La leyenda en torno a su persona ha ido creciendo con el tiempo hasta adueñarse de la realidad. Los enigmas son muchos y atañen a sus orígenes, a su valía como fotógrafa y pintora, a su peso dentro del Surrealismo, a su actitud política durante la guerra civil española y la Segunda Guerra mundial, a su locura. Victoria Combalía (Barcelona, 1952), historiadora y crítica, ha dedicado veinte años a desentrañar los muchos misterios que rodean la vida de la musa más desesperada de Picasso. El resultado de este trabajo es la biografía titulada sencillamente Dora Maar (Circe) en la que a lo largo de 358 páginas vuelca los descubrimientos obtenidos en más de 2000 documentos inéditos y las numerosas entrevistas telefónicas que Combalía mantuvo con Maar en 1994. 
Dueña de unos deslumbrantes ojos claros cuyo color definía la luz del día, Dora Maar era una mujer de presencia imponente y porte elegante. Nacida en París en 1907 como Henriette Markovitch, era hija de un arquitecto croata y una madre francesa dedicada a la familia. La posición económica era elevada debido a los años durante los que el padre construyó numerosos edificios en Argentina. En ese tiempo, Dora aprendió español, una ventaja para su aproximación a Picasso. 
Maar tuvo una gran preparación intelectual y artística, primero en la pintura y luego en la fotografía, por la que, desde muy joven, formó parte de los círculos más vanguardistas del París de los años 20 y 30. Combalía advierte en su libro que Dora Maar no es una de las muchas modelos que se acercan a Picasso para acabar siendo devoradas sexualmente por el artista. La investigadora mantiene que junto a la pasión enloquecida que ambos vivieron, hubo un entendimiento intelectual que Picasso no alcanzó con ninguna de sus muchas otras amantes.
A finales de los años 20, Maar formaba parte del círculo de los surrealistas. Era amiga y colega de Brassaï y de Cartier Bresson. Sus fotografías de personajes de perdedores y excluidos de la sociedad eran aplaudidas y valoradas entre los expertos.
Amante del mundo de la alta costura, se movía como pez en el agua en los ambientes de la alta burguesía y entre las mesas de los cafés que frecuentaban los artistas de toda índole. Ideológicamente simpatizaba con los partidos políticos de izquierda, aunque, a diferencia de Picasso, no llegó a militar en ninguno de ellos.
Su manera de entender la fotografía y su popularidad entre los surrealistas le sirvieron a Dora para entrar en la vida de Picasso. Muy segura de sí misma en aquellos años, Dora Maar llamó la atención del artista con una curiosa anécdota que Combalía cuenta en el libro y que también da pistas sobre el carácter masoquista de Dora. Ocurrió en el café Les Deux Magots. Ella se puso a jugar con una navajita que habitualmente llevaba en el bolso. Haciendo saltar la hoja entre los dedos, no detuvo el juego pese a que la sangre chorreaba por su mano. Picasso quedó hipnotizado y le pidió sus guantes moteados de sangre.
Con los guantes, Dora le entregó su vida.
Dedicada en cuerpo y alma a Picasso, Dora documenta con su cámara la compleja realización del mural más famoso del mundo: el Guernica. Su objetivo detalla la metamorfosis de los personajes que ocupan la tela, un trabajo por el que nunca llegó a cobrar nada, ni siquiera los derechos de reproducción que tan bien le hubieran venido en sus difíciles años posteriores.
Ambos comparten amistades, veranos, viajes, trabajo y vida. Y especialmente sexo, algo en lo que Picasso parecía ser tan insuperable como en su pintura.
Pero mientras que para ella no había más mundo, él seguía viendo a otras mujeres. A sus anteriores amantes y a las nuevas. Y la bellísima y deslumbrante Dora pasó a ser la mujer desencajada, rota y llorosa que acabó ingresada en un psiquiátrico.
La belleza de Dora inspiró al artista, pintó muchos de sus retratos, pero no sonríe a ninguno de ellos. Picasso, sucumbiendo al encanto de sus enormes ojos tristes, retrató a la amada triste, llorando o de luto. En los retratos de Dora, podemos ver otras características de esta mujer favorita del artista: pómulos redondos, un rostro ovalado regular, uñas largas y depredadoras. 
Durante su relación con Dora Maar, Picasso sufrió otro impacto cuando se enteró del bombardeo de Guernica, una ciudad en su España natal. Su indignación se derramó sobre el lienzo: en 1937, apareció el famoso "Guernica" que expone a los nazis. Dora, al ser una fotógrafa experimentada y talentosa, capturó varias etapas del trabajo en esta pintura, dándonos, por lo tanto, un material histórico invaluable. También posee muchos retratos fotográficos de Picasso. Y fue gracias a su influencia que el artista comenzó sus experimentos para combinar la pintura y el grabado con la fotografía.  
En 1943 Picasso se enamoró de Françoise Gilot y para Dora se acabó el mundo. La musa divina se convirtió en una loca a la que muchos fueron abandonando. Su amigo Paul Eluard fue una de las pocas excepciones entre los que mantuvieron su amistad hasta el final.
Con el paso de los años, Dora Maar volvió a la pintura pero muy esporádicamente a la fotografía. No se le volvió a conocer ninguna relación amorosa. Para sorpresa de muchos, abrazó el catolicismo con una intensidad que ya nunca abandonaría. Después de Picasso, solo Dios.
Retrato de Dora Maar 1936, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1936, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1936, Pablo Picasso

Dora Maar en forma de pájaro 1936, Pablo Picasso

Busto de Dora Maar 1936, Pablo Picasso

Dora Maar y el minotauro 1936, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Cabeza de mujer (Dora Maar) 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1937, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1938, Pablo Picasso

Mujer sentada (Dora Maar) 1938, Pablo Picasso

Desnudo de mujer (Dora Maar) 1938, Pablo Picasso

Dama con sombrero (Dora Maar) 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar sentada 1938, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar sentada 1938, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar con chaqueta amarilla, 1939, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar 1939, Pablo Picasso 

Dora Maar 1939, Pablo Picasso

Dora Maar sentada 1941, Pablo Picasso

Dora Maar sentada 1941, Pablo Picasso

Dora Maar sentada 1941, Pablo Picasso

Dora Maar sentada 1941, Pablo Picasso

Dora Maar sentada 1941, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1942, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1942, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1942, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1943, Pablo Picasso

Retrato de Dora Maar 1943, Pablo Picasso


No obedeció el amor - Francoise Gilot 
En la vida de cualquier destructor de corazones y destinos, tarde o temprano una mujer se encuentra, para romper y subordinar lo que falla. Fue una mujer tan fuerte y autosuficiente que conoció a Pablo Picasso en 1943. Acerca de su novela de 10 años con la gran artista Francoise Gilot posteriormente escribió el libro "Mi vida con Picasso", que fue seguido por el rodaje de "Vivir con Picasso". 
A diferencia de muchos maestros amados, Francoise Gilot no se volvió loca y no se suicidó. Sintiendo que la historia de amor llegó a su fin, dejó a Picasso, no permitiéndole llenar la lista de mujeres abandonadas y devastadas. 
Picasso y Dora Maar estaban en plena relación, cuando el artista conoció a Françoise Gilot, que andaba buscándolo y él terminó por encontrarla con sus veintitrés jóvenes años, su interés por la pintura, su talento para el arte, sus soñadores y brillantes ojos castaños y su inteligencia.
Françoise Gilot pertenecía a la clase media-alta de la sociedad francesa y eso para Picasso era como un imán apoyado cerca de las virutas.  Pese a la oposición de su abuela –una mujer de carácter, influyente y con mucho dinero–, la joven asistía regularmente al estudio del malagueño para dejarse pintar y dejarse mostrar. La relación con Dora entraba en su etapa final, y aunque seguía con ella veía a Marie-Thérèse Walter –aduciendo que era para ver a su hija Maya– y inteligente y decidida jovencita. Monógamo por naturaleza, no se trataba que él no renunciara a su pareja anterior para reemplazarla por la siguiente, sino que a sus mujeres les resultaba imposible renunciar a él.  
Con Françoise, cada sesión de pintura, terminaba en un revolcón en la cama. Picasso tenía sesenta y dos años, y esa jovencita que apenas había pasado los veinte lo revitalizaba. Y es ella misma quien explica al Minotauro, recurrente en toda la pintura de ese tiempo, usando las palabras de su amado: “Mira Françoise: Un Minotauro guarda a su lado a muchas mujeres y las trata siempre muy bien, pero reina sobre ellas por el terror. Así que ellas terminan alegrándose de que este muerto. Un Minotauro no puede ser amado por sí mismo, eso cree él. Le parece que eso es imposible. Tiene cara de pensar que ella no puede amarle sencillamente porque es un monstruo”.   
En 1945, se la llevó a la Costa Azul, en Antibes, donde la joven encontró para él el vetusto Palacio Grimaldi, abandonado. Hacía muchos años que Picasso soñaba con habitarlo para pintar allí. Le llevó varios meses acondicionarlo para transformarlo en su taller. En el Palacio Grimaldi pintaría “La alegría de vivir” y toda la serie de faunos con un entusiasmo muy especial porque, como declararía públicamente: “Cuando se es joven, se es joven para siempre”. Dora Maar ya había quedado en el recuerdo, habitando una casa en el Mediterráneo que el artista había comprado para ella. Françoise, como Dora y las anteriores mujeres, cometió un error: vivir para Picasso, por Picasso y en función de Picasso que no era un hombre dominante, pero terminaba dominando; que no le importaba dar órdenes, pero las daba. Dejar la pintura fue otro paso en falso.

Vivió con él entre 1943 y 1952. En 1947 nació Claude y en 1949 Paloma, pero un año después el deslumbramiento que había sentido por el artista deja paso al disgusto que le producía su carácter y su genio.
La relación clandestina con “la chica de los miércoles” –Genevieve Laporte–, cuando el pintor estaba a punto de cumplir setenta años no fue para Françoise tan importante como se cree, porque su problema más grande era otro: sabía que la relación estaba deteriorada y le costaba aguantarlo en la casa de la Costa Azul. Le fastidiaba la continua peregrinación de turistas –especialmente españoles–, que querían saludar al artista del antifranquismo. No soportaba ni a Camilo José Cela, ni a Rafael Alberti ni a los obsecuentes y menos aún a Marie-Thérèse con Maya y a Olga con Paulo, que además de hijo seguía siendo el chofer de la familia. La vida en la villa de verano se había transformado en un infierno. 
El día que le dijo que no podía ni quería pasar el resto de su vida junto a un monumento histórico, y que estaba harta de su fama, fue el final. En 1953, antes de regresar a París, acompañada por unos amigos, le anunció que se iba para siempre. Picasso, despechado, intolerante y herido, la echó de la casa.
Para mitigar su soledad, solo en su estudio, comenzó a dibujar a Genevieve Laporte. Un clavo saca a otro clavo. A los pocos días apareció Genevieve como si hubiera escuchado su llamado. “La chica de los miércoles” venía a llenar un hueco entre Françoise y Jacqueline Rocque, que Picasso había conocido cuando era niña, pero que ahora tenía treinta, era divorciada, tenía una hija y estaba dispuesta a transformarse en su más abnegada compañera... A cualquier costo.
Francoise Gilot con una flor. Foto, ok.1940.

Francoise Gilot. Foto, década de 1940

Pablo Picasso y Francoise Gilot, Golf Juan, 1948. Foto de Robert Cap.

Retrato de Françoise Gilot 1944, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1944, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1945, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1945, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Retrato de Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Desnudo Françoise Gilot 1946, Pablo Picasso

Françoise Gilot 1949, Pablo Picasso

Francoise, Claude y Paloma 1951, Pablo Picasso

Retrato de Françoise al cabello difuso 1953, Pablo Picasso

Françoise sentada en una silla 1953, Pablo Picasso

Retrato de Françoise 1953, Pablo Picasso


UNA DE LAS HISTORIAS   empezó cuando la jovencita adolescente que era Genevieve Laporte en 1944 fue a verlo a su estudio de París, con la finalidad de hacerle una entrevista que sería publicada en el periódico del colegio al que asistía. En ese año, Picasso ya pasaba los sesenta años y la jovencita apenas dieciséis.–Monsieur Picasso, los jóvenes no entienden su pintura–, le dijo para comenzar la entrevista y él se la quedó mirando y luego debe haberle contestado algo ingenioso, y volvió a mirarla. Cuando la entrevista terminó, el pintor le pidió que regresara en otra oportunidad y Genevieve, claro, volvió. Debía ser muy difícil resistirse al encanto y al magnetismo de semejante hombre, aunque ya estuviera en la senectud. Fue así como nació una relación muy especial: tomaban chocolate juntos, Picasso le recomendaba libros y conversaban. Al principio, fue –al menos por parte de ella–, una amistad totalmente inocente.
Siete años después, cuando Genevieve ya había comenzado a trabajar, lo visitó de nuevo en su departamento y lo dejó hacer, porque era lo que quería. Fue allí donde se consumó la relación amorosa.

De esta manera comenzaron las visitas secretas que, durante años, le darían a Picasso un puñado de buenas razones para pintar cuadros de una exquisita sensualidad. Muy pocas personas conocían esta situación, y una de las que sí sabía que Genevieve llegaba puntualmente los miércoles y posaba –vestida o denuda–,  para Picasso era su barbero, otro español exiliado por la Guerra Civil, llamado Eugenio Arias. Arias le guardaba los dibujos que su cliente le daba, a espaldas de Françoise –que casi con seguridad ya se había enterado de estas citas secretas–, y además lo acompañaba a las corridas de toros en Nimes, y otras correrías que compartían juntos. Porque para un buen español –al decir de Arias–, un domingo se vive “Por la mañana en misa, por la tarde toros y cuando cae la noche, en la casa de putas” .Para Picasso la joven Genevieve era el último aire de juventud, era –como para el Tío Alberto de Machado–, el quemar los últimos cartuchos, tirarse las últimas juergas... y sentir que seguía vivo. Siguió viéndola aún después que Françoise Gilot lo abandonara, porque para el genial malagueño “el hombre no deja de enamorarse cuando envejece, por el contrario: envejece cuando deja de enamorarse”. Genevieve lo visitaba a menudo, y hasta con la complicidad de su hijo Paulo, en la capilla de Vallauris –en la Costa Azul–, donde Picasso pintaba los murales de la Guerra y la Paz. En ese lugar pintó en las rodillas de la jovencita dos rostros: el de un hombre y el de una mujer, y la niña no se bañó para conservarlas, hasta que no se borraron solas por el paso del tiempo.

Un malentendido terminó con la relación entre ambos, el día que Paulo, hijo de Picasso, le preguntó por qué no le había pedido a la joven que se fuera a vivir con él. Su padre lo miró y, como solía hacer cuando no se le daba la gana contestar, murmuró algo.

–¿Qué dijiste? –le preguntó Pablo.

–Las mujeres que no amo, se me pegan. Y las que amo, desaparecen –contestó, de mal talante–. Fíjate en Genevieve, va y viene pero nunca se queda.

Iba de viaje a la Costa Azul y hablaban de estas cosas cuando se detuvieron a desayunar en una pastelería, la del matrimonio Ramie, antes de llegar a Vallauris.
Los Ramie eran los tíos de una joven mujer de treinta años, divorciada y con una hija llamada Catherine Hutin. Picasso la había conocido cuando era apenas una niña, casi veinte años antes. Su nombre: Jacqueline Rocque. Genevieve Laporte guardó durante décadas en una caja fuerte los dibujos que de ella había hecho Picasso, por temor a un robo. No podía olvidar aquellos tiempos, cuando apenas acababa de cumplir 24 años, y era la amante de ese genio de la pintura, que pisaba las siete décadas. La había pintado desnuda, vestida con traje de novia, con el suéter del uniforme de marinero y de muchas otras maneras, especialmente varias veces más desnuda.  "Era un individuo tierno, respetuoso, inteligente y tímido. No era el abominable hombre de las nieves", dijo Genevieve a la prensa. Claro que también dijo que tuvo la suerte de poner fin a tiempo la relación, antes de que fuera perjudicial para ella, si se tiene en cuenta el destino de otros amores del Picasso. Cuando Genevieve abandonó a Picasso, Jean Cocteau, el escritor que lo conocía muy bien, le dijo: "Acabas de salvarte la vida".
  


Sylvette David, una chica rubia inglesa de diecinueve años, alcanzó una repentina fama en la década de 1950, cuando Picasso le pidió que posara para él y se convirtió en el tema de inspiración del pintor. Sylvette David es conocida como “La chica de la cola de caballo“, un atributo que fascinó a Picasso y le inspiró en más de 40 pinturas, dibujos y esculturas y algún otro tema posterior a los años 50.

Yo era una niña de 19 años extremadamente tímida. Tenía miedo de todo, hasta de hablar. Cuando el famoso pintor me pidió que posara para él en abril de 1954, llegué asustada a su taller con un abrigo gris ceñido al cuello. Me quería pagar, pero me negué, temiendo que me pidiera que me desnudara.
Sylvette David, hija de un influyente marchante de arte de origen inglés, nació en París (1935) y disfrutó de una educación bohemia – durante los años de la guerra, ella y su madre vivieron en la comunidad naturista de L´Île du Levant. En 1954, vivía en Vallauris, en la Costa Azul, con su novio inglés, el escultor y diseñador Toby Jellinek y su madre. Ella era pintora y ceramista y alquiló una pequeña casa en el pueblo cuyo taller estaba justo enfrente del taller de Picasso. Toby Jellinek, su novio, fabricaba sillas metálicas de vanguardia para ganarse la vida. La madre de Sylvette preguntó a los Ramié, los dueños de la alfarería Madura, donde Picasso venía a hacer sus cerámicas, si podían mostrar Picasso unas sillas muy originales de Toby. Una tarde Toby y Sylvette pasaron por el local para ver si le había gustado la silla a Picasso. El pintor había comprado dos para satisfacción de Jellinek. Poco después llegó Picasso sonriendo, con un cigarrillo entre los dedos. Según recuerda Sylvette “Su sonrisa es hermosa, franca y, en sus ojos, se veía lo que pensaba. Me ruboricé, pues me sentía intimidada. Felicitó a Toby y nos pidió que llevásemos las sillas a su villa de La Galloise.”
Sylvette recuerda el día que vió su primer retrato realizado por Picasso: “Pocos días después, estaba en una terraza con un grupo de amigos, bajo una cubierta llena de objetos de cerámica antiguos colocados allí para secarse. Un muro nos separaba del taller de Pablo. De repente, escuchamos “ooh, ooh!”. Y un enorme lienzo se desplegó en el muro: era mi retrato de perfil, con mi larga cola de caballo. Picasso lo había dibujado de memoria, con carboncillo. No veíamos al pintor ya que era bastante bajo, pero sólo podía ser él. Picasso nos hizo una señal para ir a verle, abrió la puerta y comenzó la visita a su taller.”
Picasso les mostró sus cerámicas y sus cuadros, e inmediatamente le preguntó si podía posar para él. La proposición le sorprendió porque en ese momento era «muy tímida y muy sencilla». Ella consultó con su madre, la cual dijo que sí de inmediato. Jellinek se presentó en el estudio del genio en compañía de la muchacha sin prever seguramente el impacto que la belleza de esta última iba a tener en un pintor siempre fascinado por las mujeres guapas y de rasgos interesantes. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con otras de sus musas como Marie-Therese Walter, Dora Maar o Jacqueline Roque, la relación de Sylvette David con Picasso no pasó de platónica, aunque no por culpa del pintor. Sylvette, que ahora responde al nombre de casada de Lydia Corbett declaró recientemente que Picasso hizo algún intento de llegar más allá, aunque sin lograrlo porque se percató de la timidez y seriedad de su modelo. “En cierta ocasión me enseñó el dormitorio, que estaba en el piso de arriba, y saltó sobre la cama. Acaso si yo no hubiese sido tan tímida, habría saltado también, pero estaba aterrorizada.”, explicó Corbett, quien agregó que el artista, que en aquel momento estaba en medio de una relación entre dos mujeres, Francoise Gilot y Jacqueline Roque, supo respetarla “en todo momento”.
A la mañana siguiente, por la mañana, a finales de abril de 1954, Sylvette se presentó en el taller. “Picasso me dio un beso en cada mejilla. Olía bien, estaba recién afeitado. Me pidió con amabilidad que me sentase en una mecedora frente a la ventana y, lo más importante, que me mantuviese de perfil. Picasso fumaba continuamente, en el suelo  había una pirámide de envases vacíos. Quiso pagarme por el posado. Me negué, porque creía que si aceptaba, entonces tenía que posar desnuda. Estaba totalmente equivocada: nunca me lo pidió.”
A partir de ese momento, la muchacha con la cola de caballo iba a posar varias veces en el estudio del genio español, que en un período de tres meses haría de ella cerca de cuarenta retratos, algunos en forma de esculturas en metal, que hoy están en diversas ciudades, entre ellas Nueva York.
Lydia Corbett (Sylvette David) rememora aquellas sesiones de posado durante la primavera de 1954: “Después de una sesión, me mostró mi retrato con un suéter azul marino de cuello alto, y me preguntó: “¿Te gusta?” Yo susurré: “Sí, señor Picasso.” Al día siguiente, al llegar a su estudio, descubrí que había hecho desparecer el jersey de la tela y  me había pintado desnuda. “Sylvette, no estás enojada?” Sin sonrojarme esta vez, respondí: “No, me parece muy bien, no me molesta en absoluto. “A menudo, Picasso insistía:” Díme si necesitas dinero. Sé lo que es no tenerlo.” Como yo no lo quería compró sillas Toby. A veces me llevaba a visitar la alfarería Madura. Un día me llevó a una gran nave en la que había un hermoso  Hispano-Suiza negro. Él dijo: “Monta.” Nos sentamos en la parte de atrás, y me contó muchas historias sobre su vida, sobre su pasado, pero era tan joven, que no entendía mucho. Al separarse de mí, me besó en ambas mejillas como un padre.”
Picasso le dió las gracias, “Sylvette, gracias por estar ahí cuando tenía problemas, yo estaba pasando por un mal movimiento en mi vida amorosa y tu presencia me ayudó.” Al cabo de tres meses, en junio, la modelo acudió al taller, y el pintor la llevó a una habitación, “Mira, Sylvette, tienes que elegir un cuadro.” Allí estaban todos los retratos, unos cuarenta entre pinturas y dibujos. Sylvette eligió el más grande, con fecha 5 de mayo de 1954. Posteriormente tuvo que vender el cuadro cuando enfermó su novio y  le quedó algo para pagar un apartamento en París para ambos. 
“Mi padre me dijo que debía llevar el pelo como un bailarín de ballet que había visto, tirado hacia atrás en una coleta alta”, recuerda Sylvette. “Picasso se quedó prendado la primera vez que la vió: como algunos de sus cuadros sugieren, parecía como una especie de casco, como los de la antigüedad.”
Se dice que Brigitte Bardot adoptó el mismo peinado, presumiblemente después de ver la fotografía de David en Paris Match “Bardot escribió posteriormente en su autobiografía que ella le había pedido que Picasso la pintara, pero se negó porque había “ya había pintado a Sylvette David, y éramos tan parecidas como dos gotas de agua!”, se ríe Sylvette “Sin embargo, ella se hizo famosa y de mí se olvidaron. Eso sí, yo era tímida y no me gustaba la publicidad, y aunque he tenido ofertas del mundo del cine – Jacques Tati se me acercó en una calle de París – pero como se suponía, en general, que había que acostarse con los productores de películas, yo valía para eso “.
Aquella experiencia, que tuvo lugar en 1954, aparte de estimulante para Picasso, iba a influir también profundamente en la joven inglesa, que comenzó a interesarse por la pintura mientras posaba para aquél en la mecedora del estudio. Habrían de pasar, sin embargo, dos décadas, cuando había cumplido 45 y tenía tres hijos, para que Sylvette empezase a pintar realmente en serio para convertirse en la artista prolífica que es hoy a sus 72 años. 


Sylvette David de Picasso Nueva York

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso

Sylvette David 1954, Pablo Picasso


La última musa - Jacqueline Rock 
Casi inmediatamente después de la partida de Françoise Gilot, una nueva musa entró en la vida de Picasso, que estaba destinado a convertirse en el último amante del maestro. Su conocido tuvo lugar en 1953. En ese momento, Picasso se dejó llevar por la cerámica y comenzó a visitar los talleres de Madura (cerámica de Madoura). Fue allí donde Jacqueline Rock la vio por primera vez, una mujer que no solo amaba a Picasso sino que lo convirtió en su religión. 
Jacqueline Roque nace el 24 de febrero de 1926 en París. Cuando cumple dos años, su padre les abandona, obligando a su madre a trabajar largas horas de portera, en un lujoso edificio cerca de los campos elíseos. Una figura influyente en su vida fue su tío el abad Bardet, quien le inculcó valores como la humildad y la modestia.
A los 18 años su madre sufrió un derrame cerebral y murió. Dos años después contrajo matrimonio con André Hutin, un importante ingeniero, con quien tuvo a su primera hija, Catherine Hutin-Blay. La joven familia vivió durante una temporada en África, actual Burkina Faso, por motivos de trabajo de André. Cuatro años más tarde, Jacqueline decide regresar con su hija a Francia y divorciarse, sospechando que su marido le era infiel. Se trasladan a la Riviera francesa y empieza a trabajar en la tienda de su prima, La alfarería Madoura, en Vallauris. En 1953, a los 27 años conoció a Picasso. Sus exóticos rasgos le recordaron a la joven que aparece con un narguile en ‘’Las mujeres de Argel’’ de Delacroix.  Así la retrató poco después en ‘’Mujer vestida de turca’’.
La segunda vez que se vieron fue en la alfarería donde ella trabajaba, Picasso tenía 72 años y Jacqueline era una belleza de ojos verdes de 45. Seis meses después deciden casarse en secreto. Desde el comienzo de su relación, Picasso pintó en numerosas ocasiones a Jacqueline. Era la única persona cuya presencia toleraba mientras pintaba en el taller.  Estaban tan unidos que rara vez uno salía de casa sin el otro. 
El sacrificio femenino y la abnegación, eso es lo que le faltaba a Picasso durante 10 años de una vida feliz con Françoise. Habiendo recibido de Jacqueline ambos, en abundancia, Picasso ha encontrado una nueva y poderosa fuente de inspiración. En 1961, Pablo Picasso, de 79 años, se casó con Jacqueline Rock, que entonces tenía 34 años. Los años que vivió Picasso con Jacqueline, él no dibujó ninguna otra mujer, excepto ella. 
Era ella, la última amante, Jacqueline Rock dedicada al mayor número de pinturas de Picasso. También son interesantes porque fueron pinturas en diferentes técnicas, ya que fueron creadas en el período tardío, cuando el maestro, como cuestionando la corrección del camino recorrido, intentó pintar, repitiendo el estilo de muchos grandes pintores. 
Pero estas imágenes, no solo imitaciones, son dignas, según Picasso, solo ladrones. Cada una de las pinturas posteriores de Picasso es una obra maestra única en la que se adivina el genio de Picasso. No hay duda de que la fuente de fuerza y ​​energía para el asombroso desempeño del envejecimiento de Picasso fue su joven esposa. Haciendo hincapié en la renuncia de Jacqueline, Picasso a menudo la representaba rodeada de colores orientales ("Jacqueline en traje turco", 1955). 
Jacqueline Rock se convirtió, quizás, en el mejor y más caro obsequio que la vida le presentaba al brillante Picasso: conoció su vejez y su muerte, rodeado de amor y cuidado. 
Después de la muerte de Pablo Picasso, Jacqueline Rock se hizo cargo de la misión del gerente de la impresionante herencia del gran artista. Gracias a ella, varios museos han enriquecido sus colecciones con valiosas obras maestras. Pero, nunca encontrando la fuerza para vivir sin su ídolo, en 1986, 13 años después de la muerte de Pablo, Jacqueline Rock se suicidó. 
Jacqueline Rock. Foto, 1950's.

Jacqueline Rock con Pablo Picasso. Foto, 1950's.

Jacqueline Rock. Foto, 1954.

Retrato de Jacqueline con flores 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline sentada 1954, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1955, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline en el estudio 1956, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline en el estudio 1956, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1956, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1956, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1957, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1957, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1957, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1958, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1958, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1958, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1959, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1959, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1959, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1959, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1960, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1961, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1961, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1961, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1961, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso,

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1962, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1964, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1964, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1964, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1965, Pablo Picasso

Retrato de Jacqueline 1969, Pablo Picasso

Después de haber publicado las notas referidas a las mujeres más relevantes en la vida de Pablo Ruiz Picasso, considero necesario este último resumen, a manera de síntesis. Ese malagueño genial dibujó, pintó, amó, grabó, amó, esculpió y modeló y siguió amando, con la misma compulsión, dejando un inconmensurable legado cultural que terminó repartido entre sus herederos y museos de todo el mundo.
No cabe duda que era desmesurado para todo. Para amar, para vivir, para odiar, para beber, para salir de francachela y para seguir trabajando. Era el misterioso imán que anida en algún lugar de la tierra y hace magnético al Polo y vuelve locas a las brújulas. Era una tentación. Y como tal, peligrosa, porque después caer en esa tentación, nadie resultaba indemne. Algunos pudieron salir con pocos rasguños, a otros les costó la vida. Porque su herencia también tiene una cara oscura, el Thanatos que reemplazó al amor, y que pasó de la mano del artista con la misma fuerza que un huracán, que un toro Miura o uno de esos Minotauros que pintaba con una obsesión sospechosa: su hijo Pablo murió alcohólico; el nieto que llevaba su nombre falleció, después de padecer una larga agonía, por haber tomado lavandina. 
Su nieta Marina, hizo pedazos el libro titulado “Picasso: mi abuelo”, a tal punto el rencor que sentía por él. Marie-Thérèse Walter y Jacqueline Roque, se suicidaron y ni siquiera Françoise Gilot, que fue la única que lo abandonó, salió indemne del todo. Sus mujeres se dejaron seducir y se contagiaron su desmesura. Y es que Pablo Picasso nos requería a todas, esto es, requería a La Mujer. Como marido, como amante, como padre, confidente, amigo y compañero ocasional, como pariente y como cliente de un burdel. “A mi padre –se le escuchó decir a su hija Maya–, le hubiera gustado guardar para siempre a todas sus mujeres. Para él cada una tenía color, forma y espíritu”. Lo tuvieron para él Fernande Olivier, Eva Gouel, Irene Lagut, Emilienne Pâquette, Silvette Davil, Elvire Palladinin –You-You–, Olga, Marie-Thérèse, Dora, Françoise, Genevieve y Jacqueline, sus mujeres. Gertrude Stein e Ivonne Zervos, sus mecenas y amigas; Maya y Paloma, sus hijas; Conchita, María, Carmen y Teresa, sus primas; Concepción y Lola, sus hermanas y María Picasso, su madre, de quien tomó el apellido con que lo iba a recordar la posteridad.

Para el Picasso anciano –me pregunto si llegó a ser o a sentirse realmente viejo alguna vez– la mujer y su cuerpo y su sexo no dejaron de ser la mayor tentación y un placer sólo comparable al de sus creaciones. A tal punto, que cuando El 8 de abril de 1973 abandonó este mundo en su casa de Mougins, en su estudio había quedado inconclusa la última obra en la que había estado trabajando hasta la noche anterior: un desnudo femenino.
 

Bibliografía:
CAWS, Mary Ann: Dora Maar con y sin Picasso. Una biografía. Presentación de Josep Palau i Fabre y prólogo de Victoria Combalía. Ed. Destino, Barcelona, 2000.
IZQUIERDO, Paula: Picasso y las mujeres, Barcelona, Ed. Belacque, 2003.
OLANO, Antonio, Las mujeres de Picasso, Ed. Planeta, 1987.
STASSINOPOULOS HUFFINGTON, Arianna, Picasso. Créateur et destructeur. Primera publicación Simon and Schuster, New York, 1988. (Visto en Izquierdo, Picasso y las mujeres).
WALTHER, I. F. Pablo Picasso, 1981 – 1973, Köln, Taschen, 1999.


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