domingo, 10 de mayo de 2026

Capítulo 153, Románico en la Alcarria, Beleña de Sorbe, Uceda, Alcarria al sur del Tajo, Millana, Córcoles, Cifuentes, Brihuega

 

Románico en la Alcarria
En esta parte septentrional de la Alcarria, dos templos son excepcionales por diferentes motivos y que se alejan de lo habitual en esta comarca. Se trata de las ruinas de Nuestra Señora de la Varga de Uceda y la iglesia porticada de San Miguel en Beleña del Sorbe.
El templo de Uceda es uno de los más monumentales de Guadalajara, a pesar de encontrarse arruinado.
El impulso directo del arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, como ocurre en los templos de Brihuega, permite la edificación de una iglesia de tres naves y algunos adelantos arquitectónicos impropios de la mayoría de los templos rurales.
Más espectacular es, sin duda, la iglesia de Beleña del Sorbe que, lejana a influencias cistercienses, muestra un repertorio iconográfico sin par en el panorama románico alcarreño. 


Beleña de Sorbe
Es una población situada en las estribaciones de la sierra del Ocejón en la ribera del río Sorbe, cuyo cauce forma el pequeño embalse de Beleña, a unos 10 km al suroeste de Cogolludo. La iglesia de San Miguel se sitúa en la ladera de un pequeño cerro coronado por las ruinas de un antiguo castillo.
No tenemos fuentes documentales de Beleña hasta la Bula papal que en marzo del año 1127 envía Honorio II al arzobispo de Toledo Raimundo señalando esta población como límite de su diócesis. Anteriormente con seguridad ofrecería el mismo proceso histórico que sus territorios aledaños, es decir, que entre los siglos X y XI sería una zona en constante litigio y centro de enfrentamientos bélicos entre musulmanes y cristianos, que la reconquistarán definitivamente a finales del siglo XI o principios del siguiente. En el año 1170 Alfonso VII concede un privilegio real de población, la villa y el castillo a Martín González de Contreras, mayordomo de la reina Leonor y esposo de María Gutiérrez, futura abadesa del monasterio de Santa María la Real de las Huelgas de Burgos, privilegio que sería confirmado con más concesiones en el año 1182. De tal manera que, sin duda, la construcción de la iglesia de Beleña estuvo en relación con este poderoso personaje. Posteriormente el señorío de Beleña pasa por relaciones familiares a la familia Valdés. En el siglo XV parece que la villa goza de cierta importancia, ya que la familia Mendoza, en la persona del primer Marqués de Santillana, se la apropia por la fuerza, manteniendo en el siglo XVI un largo pleito con la familia Valdés por su posesión. En el XVI aparece mencionada en las Relaciones Topográficas de Felipe II en los siguientes términos: A los veinte y nueve capítulos dixeron, que hay en esta villa poco más alto un Castillo é Casa fuerte fundado sobre peña, que se llama el Castillo de Monilan, é que tiene salas en ella fundadas en peñasca... hechas en ella, é lo demás materiales de cal é canto é ladrillo. Con posterioridad aparece bajo dominio de la mendocina rama de los condes de Coruña y Vizcondes de Torija, quienes recibieron en el siglo XVIII el título de marqueses de Beleña.

Iglesia de San Miguel
La iglesia de San Miguel presenta una planta de cruz latina con una nave y un transepto rectangulares y una cabecera poligonal. Un pórtico recorre el costado meridional de la nave, a la que se adosa en su parte occidental un cuerpo al que se accede desde el interior de la nave y que es utilizado en su zona inferior como pequeña capilla y en la superior como trastero. Sobre el muro sur de este cuerpo se alza la espadaña. Completa la estructura una sacristía contigua al sur de la cabecera.

Con respecto a su evolución constructiva, nos encontramos ante un primitivo edificio románico fechado a finales del siglo XII bajo el patrocinio de Martín González de Contreras, momento en que presentaría una nave rectangular con una cabecera posiblemente semicircular.
El pórtico rodearía a la nave por el costado meridional y por el occidental, como ocurre en Pinilla de Jadraque, Saúca o Carabias. Sin embargo la galería oeste fue eliminada con posterioridad para disponer la estancia actual. En origen el pórtico presentaría la estructura de arcadas que descansarían en dobles columnas, la gran mayoría de las cuales fueron sustituidas por pilares. A principios del siglo XVI el templo es sometido a una gran reforma.
En este momento se sustituye la antigua cabecera románica por la actual tardogótica, renovación que se completa con el transepto y la sacristía.

Posiblemente estuviese previsto un plan más ambicioso que abarcarse la sustitución o reforma de la nave central y la edificación de una segunda meridional, como parece sugerir la mayor anchura del brazo sur del transepto donde se observa el arranque de un inconcluso arco. Desafortunadamente no conservamos elementos decorativos que marquen la filiación de la ampliación, que con seguridad se produciría algunos años después de la construcción de cabecera y transepto, una vez desechado el plan de construir dos nuevas naves, de tal manera que conservan el pórtico, al que también reforman sustituyendo algunas dobles columnas por pilares prismáticos, ya de estilo renacentista.
Tiempo después, probablemente en período barroco, se alza el cuerpo occidental en cuyo muro sur se eleva la espadaña. Para la construcción de este cuerpo es muy posible que se eliminase parte de la galería porticada oeste, como parece indicarnos la rotura de muros donde se inicia el cuerpo y sobre el que se desarrolla la espadaña, además de conservar lo que parece ser el antiguo punto de unión con la nave norte, visible en unos sillares dispuestos en este costado. En cuanto a la espadaña parece que se levanta ahora, aunque su cuerpo de campanas parece haber sido remontado en algún momento.
Finalmente, según diversas fuentes, la nave estaba cubierta con una bóveda de cañón que fue destruida durante la guerra civil, aunque no encontramos ningún resto material que lo confirme, ni contrafuertes que ayudasen a descargar el peso de la misma, por lo que quizá la nave estuvo cubierta con una sencilla armadura. En la actualidad presenta una bóveda de medio punto rebajada de escayola.
En la nave observamos cómo su costado septentrional está en parte oculto por el suelo que ha ido ganando altura con el paso de los años. El lienzo, muy sencillo, está realizado en mampostería pero reforzado con sillería en su parte occidental, justo en la zona que limita con la estancia adosada; en origen este paño de sillares marcaría la unión entre el fin de la galería porticada occidental y la nave. Una serie de canecillos románicos de nacela marcan donde estaría situada la línea de cornisa en época románica, línea que fue recrecida durante la reforma del XVI. Actualmente el lienzo septentrional de la nave se remata con una moderna cornisa de tejas vueltas flanqueadas por dos listeles de ladrillos. Una pequeña ventana de medio punto se abre en el muro, que también cobija la rosca de un arco de medio punto y los arranques de las jambas, rematadas en cimacios achaflanados, de una sencilla portada de origen románico que ha sido ocultada por la elevación del terreno.
La fachada meridional de la iglesia está recorrida por un pórtico de sillería de origen románico que fue reformado en el XVI. Nace en un podio desde donde arrancan las arquerías, organizadas en el lado sur por tres grupos de tres arcos, separado cada uno por machones rectangulares. La portada de acceso se abre entre dos de los conjuntos. Las arquerías están formadas por arcos de medio punto que en origen apoyarían en columnas pareadas de las que sólo conservamos aquellas que están adosadas al machón de separación y las de la arcada occidental, esta última sin columnas que unan al machón, sólo en el intercolumnio. Ya que en el siglo XVI se sustituyen las dobles columnas por pilares rectangulares de aristas achaflanadas.
Las columnas se forman por basas áticas, que nacen de plintos, a las que continúan los dos fustes contiguos sobre los que se desarrollan los capiteles dobles, tallados en una misma pieza. Rematan los capiteles unos cimacios moldurados generalmente con una nacela, aunque también pueden aparecer pequeños boceles, listeles o decoración de ajedrezado, que sobrepasan los límites de los capiteles y de los pilares, a quien también coronan, convirtiéndose en una nacela que rodea toda la galería. Hemos de señalar que algunas basas, fustes, arcos y cimacios están restaurados.
La estructura del pórtico no difiere mucho de la que se utiliza en Pinilla de Jadraque, ni en la soriana ermita de Santa María de Tiermes, que repite composición aunque sin utilizar las arquerías de tres arcos, y cuya decoración escultórica ha sido puesta en relación con nuestra portada de acceso a la nave. La puerta de acceso al pórtico repite la misma estructura, incluso con columnas del mismo tamaño, que la de las arquerías, con la única diferencia que el arco de entrada tiene una mayor luz y es rebajado.
Con respecto a la decoración de los capiteles, todos están decorados con motivos vegetales. Se aprecian cestas con grandes hojas lanceoladas de nervio central, y un segundo modelo de grandes hojas planas rematadas en bolas. Este tipo de ornamentación está emparentado con el contemplado en Pinilla de Jadraque y en la portada de Cereceda.
El pórtico se culmina con una deteriorada cornisa de nacela que apoya en treinta y tres canecillos decorados con nacelas, motivos geométricos, como rollos o bezantes, rostros antropomorfos grotescos o montruosos, y lo que parece un exhibicionista. Todos los canecillos están muy deteriorados, motivo que dificulta la labor iconográfica, aunque predominan los que muestran rostros grotescos y monstruosos. Finalmente el pórtico, bastante más bajo que el nivel de la nave, se cubre con techumbre de madera a un agua.

En el interior del pórtico es destacable la existencia de un tablero de alquerque en la cara de un sillar situado en el interior del lado oeste de la portada. La presencia de estos tableros, juego típico medieval, en los sillares de iglesias románicas no es excepcional ya que aparece representado en la burgalesa de San Pedro de Arlanza o en las sorianas de Bocigas de Perales y San Esteban de Gormaz.
Pero sin lugar a dudas lo más interesante de Beleña es su excepcional portada, a la que arropa un antecuerpo que incluye las escaleras de acceso a la puerta. Consta de arco de medio punto, que descansa en dos jambas, al que rodean tres arquivoltas, la inferior figurada, la central moldurada con un baquetón y la exterior lisa. La estructura apoya en jambas y dos pares de columnas que nacen de un podio que recorre todo el antecuerpo.
Las columnas se rematan en capiteles que están decorados, de izquierda a derecha, en primer lugar con una cesta en la que se observan a tres personajes, un grupo de dos personas uno de los cuales está de pie, vestido con túnica, coronado y sujetando la parte superior de una prenda de vestir que pertenece a una segunda persona de pelo largo vestida en su parte inferior. Junto a ellos se dispone una tercera masculina de pelo largo y que tapa con las manos sus partes pudendas en actitud vergonzosa. Esta enigmática escena ha recogido diversas interpretaciones.
Un "pecador" aparece atormentado por dos seres infernales junto a una escena que ha sido interpretada como la Expulsión del Paraíso, en la que Dios viste a Eva mientras Adán espera.
Dios el Señor hizo ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió. (Génesis 3). 

En primer lugar Layna Serrano creyó ver la representación de José y la mujer de Putifar, escena del Génesis bíblico en la que José, una vez vendido por sus hermanos, es comprado por el egipcio Putifar, cuya mujer se insinúa varias veces al esclavo. Una de ellas, a la que según Layna Serrano se refiere el capitel, la mujer identificada por la figura con corona, agarra el manto de José, el segundo personaje, hasta quitárselo. Mientras que el hombre desnudo se correspondería con el engañado marido. Una segunda interpretación es defendida por Inés Ruiz Montejo y Manuel Castiñeiras, en ella la escena haría alusión a un momento anterior a la expulsión del Paraíso en la que Dios, que se correspondería con la figura coronada, viste con túnica de piel en un primer momento a Eva, mientras que Adán desnudo y avergonzado espera en la esquina su turno.
En el siguiente capitel observamos un deteriorado personaje central que está siendo atormentado por dos seres antropomorfos de cuerpos monstruosos. Manuel Castiñeiras, siguiendo con la temática anterior, relaciona el tema con el momento en que Adán es conducido por dos demonios al infierno donde deberá esperar la venida de Dios, iconografía no bíblica sino que procede de una obra teatral titulada el Jeu d´Adam ampliamente conocida en el medievo.
Los dos siguientes capiteles, situados en las dos columnas de la izquierda, presentan una iconografía mucho más clara relativa a la resurrección de Jesús ya que aparece la escena de las Tres Marías ante el sepulcro vacío. En primer lugar observamos en la cesta del interior la representación de las tres mujeres vestidas con túnica y velo que portan en sus manos ungüentos para embalsamar el cuerpo de Jesús. La segunda cesta relata la segunda parte de la historia con el sepulcro vacío de Cristo, momento en que un ángel, que porta la cruz, relata a las mujeres el milagro, mientras tanto, situados en el lateral, los tres soldados, representados con escudos, están acurrucados y atemorizados por la llegada del Ángel del Señor. Los capiteles se rematan en un cimacio ligeramente nacelado que se continúa como imposta por el antecuerpo.

Capitel del lado derecho se representó la resurrección de Cristo, en el más interior se ven a las tres Marías
Resurrección de Cristo. En una de las caras del capitel un ángel con una cruz en la mano señalando con el dedo índice de su mano derecha que el sepulcro de Jesús está abierto y vacío. Y he ahí que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor bajó del cielo, y llegándose rodó la piedra, y se sentó encima de ella. Mateo capítulo 28, 2




La arquivolta figurada conserva un excepcional calendario agrícola medieval, dispuesto de manera radial a la misma en el que se relatan los meses del año según los trabajos de campo que se realizaban. Los meses se suceden siguiendo el calendario juliano. Abre la representación un ángel de alas explayadas, que da paso a la representación de los meses:
El calendario románico de Beleña de Sorbe
Enero, febrero y marzo 

Enero se representa con la matanza del cerdo, donde observamos el animal sobre una tabla inclinada mientras que el matarife le clava el cuchillo. Es extraña la disposición de esta escena en enero ya que en otros calendarios suele aparecer en noviembre o diciembre, pero ya tiene precedentes en los ciclos bizantinos.
Febrero muestra un anciano campesino calentándose ante el fuego mientras levanta su túnica y enseña sus genitales, una curiosa imagen repetida en otros calendarios como en el de Hormaza (Burgos) o en el conocido códice gótico de Las muy ricas horas del duque de Berry. Según Castiñeiras el inicio de esta iconografía exhibicionista pudo tener su punto de origen en este templo.
Marzo presenta al campesino que ya sale al campo, en este caso a podar las viñas, cultivo de gran importancia en época medieval pues el vino aportaba un número importante de calorías en un momento en el que el consumo de carne debía ser reducido para el campesinado.
Marzo, abril, mayo y junio
 

Abril significaba el inicio de la primavera, así que se representa con la doncella que porta dos ramos de flores y que tiene sus precedentes en la antigua diosa Flora. En Beleña viste con túnica larga y levanta los ramos de flores. La parte inferior muestra motivos vegetales a modo de paisaje.
Mayo muestra un personaje a caballo que porta en su brazo un halcón. En origen éste era el mes en que se llevaban a cabo los preparativos de la guerra, y también era considerado el mes de los caballeros, quienes tenían como distintivo social el ejercicio de la caza, y la modalidad que destacó en los calendarios fue la cetrería, que se asoció al tema del paseo primaveral.
Para la representación del mes de Junio se escogió la escena de la escarda.
Julio, agosto y septiembre
 

Julio muestra cómo un campesino, tocado con un curioso gorro de paja, siega la mies con la hoz. Esta escena destaca la aparición de un botijo, que hace referencia a las duras condiciones climatológicas en las que se realizaba la veraniega actividad.
Agosto exhibe otra excelente imagen en la que se observa cómo el campesino está sentado en un trillo de madera del que tiran dos bueyes dispuestos de perfil para mejor comprensión de la escena.
Septiembre muestra la faena de la vendimia, mientras que Octubre se representa con el trasiego del vino, del odre al tonel.
Noviembre ofrece otra excelente escena en la que se advierte cómo el campesino prepara la siembra, pues porta en la mano el saco de semillas, mientras que junto a él se dispone una pareja de bueyes a los que se coloca un arado. Completa la escena un pisón, utensilio utilizado para allanar la tierra una vez depositada la semilla.
Diciembre muestra la representación de la cena de Navidad, en la que se percibe la mesa llena de ricos manjares, y el campesino, después de todo el año atareado con las labores del campo, recibe la recompensa del trabajo bien hecho en forma de un suculento banquete. Esta iconografía que va a ser bastante habitual en los calendarios hispanos, alternando con el Jano Bifronte, puede significar según Manuel Castiñeiras el reflejo directo de la cultura popular, en donde toda actividad finalizaba con una celebración de comer y beber, acción que además entroncaba con la conmemoración religiosa de la Navidad.
Septiembre, octubre, noviembre y diciembre
 

Finalmente culmina la arquivolta un rostro con cabellos rizados, ojos almendrados y unos carnosos labios, formas que algunos autores como Layna Serrano han relacionado con rasgos negroides, que según ellos en época medieval estaban considerados como demoníacos.
Según Castiñeiras, el calendario de Beleña es uno de los primeros hispanos que se desarrolla sobre una arquivolta, a la manera de los que a mediados del siglo XII aparecen en Borgoña y en Poitou (Francia), aunque el gusto por lo anecdótico y pintoresco tiene precedentes hispanos, como Santa María y San Miguel de Uncastillo o San Salvador de Leyre. Así en Beleña se inicia un modelo típico de calendario hispano, cuyas representaciones van a tener una gran difusión por los posteriores calendarios de la península, como la aparición de la trilla en agosto o la combinación de las faenas de arar y sembrar. Los detalles anecdóticos de muchas de las escenas y su correspondencia con las faenas agrícolas propias del lugar llevaron a presentar sus imágenes como un reflejo de la vida real de aquella época, sin tener en cuenta su posible deuda con la tradición iconográfica. La gran contribución del artista de Beleña es haber sabido combinar diversos repertorios de imágenes y readaptarlos al mundo castellano.
En cuanto a la simbología global del conjunto de la portada, según Castiñeiras y Ruiz Montejo, parece existir una relación entre los ciclos del Génesis y los trabajos de los meses. En el capitel izquierdo observamos una representación del momento en que Adán y Eva, despues del pecado, son vestidos por Dios. Escena a la que acompaña una segunda en la que un personaje es atormentado por dos demonios, imagen identificada con el momento en que Adán ha sido arrastrado a los infiernos. A continuación, ya en la arquivolta, la primera figura se corresponde con un ángel retratado en el momento de hablar, con lo cual, según Castiñeiras, sería el momento en que les enseña a cultivar la tierra, aunque los verdaderos destinatarios del mensaje evangélico son los campesinos del calendario. Así las duras labores del campo sustituyen la penitencia redentora de los primeros padres, de quienes han heredado la condición y el destino. Los capiteles de la derecha muestran una feliz noticia, el momento en que las Tres Marías se dirigen al sepulcro de Cristo y se encuentran con la noticia de la Resurrección.
En definitiva, la portada de Beleña parace querer mostrar un sencillo programa en el que se unen el pecado y la redención, es decir, por el pecado original de Adán el hombre está condenado al trabajo, las imágenes del calendario relatan las duras faenas del campesino, pero como recompensa a ese duro y bien hecho trabajo, éste nos proporcionará la redención y la conquista del Reino de Dios.
Ya de una manera más terrenal, Castiñeiras relaciona los mensarios con los procesos históricos del momento. Es un tiempo en que avanza la Reconquista y la repoblación, y los colonos estaban obligados a contribuir al sustento de la Iglesia mediante el diezmo. Por tanto una segunda lectura de este programa se podría entender en los términos de que el trabajo sirve para la redención pero también para el mantenimiento de la Iglesia.
La portada de Beleña tuvo que estar relacionada con la persona de quien dependía la villa, es decir de Martín González de Contreras, mayordomo de la reina y personaje con gran influencia, que debió de promover la construcción de la puerta según el nuevo gusto bizantinizante irradiado desde Santo Domingo de Silos. El taller que trabajó en nuestra portada está profundamente relacionado, con el que ejecutó el pórtico de la ermita soriana de Santa María de Tiermes, a cuya cabeza estaba un tal Domingo Martín, al que una inscripción fecha en el año 1182. Por lo tanto la portada de Beleña tuvo que ser realizada en torno a estos años de finales del siglo XII por un taller muy cercano al de Tiermes que presenta un estilo derivado de Silos, posteriomente matizado en los talleres del Burgo de Osma.
El mensario de Beleña tuvo gran repercusión. En primer lugar presenta una relación directa con el cercano mensario de la capilla de San Galindo de Campisábalos, el cual no se desarrolla en una arquivolta sino que está situado en un friso exterior, pero utiliza gran parte de la iconografía usada en Beleña. Algo posterior, aunque con las mismas influencias estilísticas e iconográficas, es el de la iglesia de San Esteban de Hormaza (Burgos).
Por último, a los pies de la nave se conserva una pila bautismal románica cuya copa está decorada con gallones que ocupan el interior de unos toscos arcos de medio punto rebajado que apoyan en potentes jambas que recorren toda la copa, la cual apoya en una moderna basa.

 

Uceda
Está situada esta población a 40 km de la capital de la provincia, desde donde se accede por la CM-1002 en dirección Marchamalo, atravesando diversas poblaciones de la campiña hasta llegar al cortado que nos introduce a los pies de la sierra que limita Guadalajara con Madrid. Es una villa cargada de historia y acontecimientos en el devenir del territorio que comprende la campiña del Henares y el Jarama. La Uscelia o Viscelia romana citada en las crónicas de Tito Livio podría corresponder con la actual villa.
Tras la conquista romana y la invasión visigoda, las tierras que nos ocupan pasaron a la dominación árabe desde el siglo VIII. Durante este tiempo, la Marca Media estaría ocupada por las tropas y población musulmanas, llegando al enclave de Uceda que, debido a su situación estratégica, pronto comenzó a ser uno de los núcleos fuertes, llegando a estar amurallado por completo. A inicios del siglo XI Uceda quedó integrada en la Taifa de Toledo en la que permaneció hasta que fue reconquistada por los cristianos.
En la primera mitad del siglo XIII, el monarca castellano Fernando III el Santo donó Uceda al arzobispo de Toledo don Rodrigo Jiménez de Rada a cambio de otros pueblos de Toledo, concediéndole fuero propio hacia 1222. A partir de mediados del siglo XIII el alfoz de Uceda, siempre apoyado por el arzobispado toledano, se convirtió en uno de los más importantes de la Transierra, debido a los privilegios que se le concedieron y a una gran actividad mercantil.
A finales del siglo XVI la villa cayó en manos don Diego Mejía de Ávila y Ovando que se convertiría en el primer Conde de Uceda por concesión real. Un condado que duró poco tiempo, pues la población, no conforme, consiguió en 1593 que la villa quedase exenta e independiente, y solamente sometida al poder real.
Fue en esta época cuando se construyó la iglesia parroquial de Santa María de la Varga, que en la actualidad celebra culto religioso. Aunque la primitiva románica de misma advocación, y que nos ocupa este estudio, se sitúa a las afueras y sólo se conserva de ella algunas partes que pasaremos a comentar.

Iglesia de Santa María de la Varga
A las afueras de la población se encuentra la primitiva iglesia de Santa María de la Varga, convertida actualmente en cementerio. De clara transición del románico al gótico, es una de las tres iglesias que dispuso el lugar en época medieval, junto con las de San Juan y Santiago, de las que no se ha conservado rastro alguno. La construcción en este emplazamiento se debe a la inclusión del edificio dentro del cinturón amurallado que protegía a la ciudad. El castillo que defendía el cinturón amurallado se levantó sobre un espolón del río, más abajo de la iglesia, y junto a la fortaleza se asentó en su alrededor la villa antigua, cercada por una fuerte muralla de la que apenas quedan algunos restos.
El templo fue mandado construir a inicios del siglo XIII por don Rodrigo Jiménez de Rada, durante su episcopado (1209-1247), tras la repoblación de las tierras de Uceda.
Fue éste un personaje importante en la repoblación castellana, consolidando pequeños núcleos de población en tierras despobladas y sufragando los gastos de construcción de templos cristianos, tanto iglesias como monasterios, ensalzando la protección y difusión de la arquitectura cisterciense.
Construido en piedra caliza, sólo se conservan los restos de su estructura externa, los lienzos meridional y occidental y la cabecera tripartita.
Las proporciones casi simétricas de la planta y la cabecera hacen pensar que la iglesia tuvo tres naves, siendo más alta la central. La orientación del templo varía respecto a lo habitual, desviándose la cabecera algo más hacia el Norte, encontrando por tanto el cuerpo absidal hacia el Noreste.

La cabecera presenta tres ábsides semicirculares precedidos de tramo recto, siendo el central más alto y ancho que los laterales. Éstos se dividen en dos paños por medio de una columna adosada rematada en un capitel vegetal.
En el absidiolo septentrional se abre una sencilla aspillera, mientras que en el sur se dispone una ventana formada por un arco de medio punto soportado por dos columnas.
El ábside central presenta una estructura similar, aunque más desarrollada. A diferencia de los laterales, se articula en tres paños por medio de dos columnas adosadas que llegan hasta la cornisa. En cada paño se abre un ventanal formado por arcos de medio punto doblados que descansan sombre parejas de columnas, salvo el central que es de rosca sencilla. Por último, se remata todo el conjunto de la cabecera con una cornisa soportada por una línea de canecillos, entre los que encontramos algunos de reciente factura. Pese al mal estado de conservación de los originales, podemos distinguir alguna figura antropomorfa e incluso algún rostro humano.



El acceso al interior se realiza a través de dos portadas abiertas en los lienzos meridional y occidental. La del lado sur se destaca mediante un cuerpo saliente en el que se produce un abocinamiento. Es una portada con arco ligeramente apuntado fruto de las novedades artísticas que, poco a poco se, iban introduciendo en estas tierras. Consta de ocho arquivoltas lisas y de bocel que descansan sobre columnas rematadas en capiteles de carácter foliáceo muy simples, a base de hojas de acanto y roleos. Tras la restauración llevada a cabo en 2003 parte de las columnas del lado izquierdo fueron repuestas debido a su pésimo estado de conservación.

A los pies de la iglesia se encuentra la otra portada de ingreso, de menor abocinamiento y más estrecha que la anterior. Consta de tres arquivoltas apuntadas que apoyan directamente sobre las jambas a través de línea de imposta moldurada. Las dos portadas revelan influencias cistercienses, de ahí, también, el tratamiento austero del conjunto. El espacio que ocupaban las tres naves aloja actualmente las sepulturas del cementerio.
El acceso a los tres ábsides se realiza a través de arcos apuntados de doble rosca. Los de las capillas laterales apoyan sobre pilastras de estilo renacentista y columnas hoy desaparecidas. Dichas capillas se cubren con bóvedas de cañón apuntado en el tramo recto y de cuarto de esfera en los hemiciclos.

La nave central daba paso al ábside también por medio de un arco triunfal doblado y apuntado que descansa sobre dos columnas rematadas por capiteles vegetales. A su vez, el arco interior del ábside central también se apoya sobre columnas del mismo estilo, cuyos capiteles son vegetales excepto en el de la izquierda en el que se aprecian figuras antropomorfas junto a un rostro humano.
Como ocurre en Bonaval, el ábside central se comunica con los laterales por medio de dos arcos de medio punto abiertos en los muros del presbiterio. Se advierten otros restos en el interior en el conjunto del templo, tales como las pilastras semiderruidas y columnas adosadas casi desaparecidas en la panda meridional junto a la portada, de donde arrancaban las arcadas de la nave.

Es en su conjunto uno de los ejemplos del románico tardío de mayor monumentalidad, pues no era frecuente la construcción de este tipo de iglesias con tres naves y cabecera tripartita. De gran sobriedad en su fábrica, con sillares bien definidos en todos sus lienzos, estamos ante los restos de uno de los templos más importantes en la provincia de Guadalajara, especialmente por la influencia que se detecta del modelo cisterciense.

 

Alcarria al sur del Tajo
La repoblación de este territorio tan meridional, la Alcarria al sur del Río Tajo, como ocurrió con la provincia de Cuenca, no se consolida hasta entrado el siglo XIII. Esto provoca que el románico construido en el sur de La Alcarria sea de origen muy tardío, donde se alzan modestas iglesias parroquiales para pequeños núcleos de población.
Estos humildes templos (humildes salvo algunas iglesias del sur, como la de Alcocer que presenta características monumentales) siguen las pautas arquitectónicas del románico tardío de pequeñas pretensiones, es decir, formado por una nave realizada normalmente de mampostería con portada en el sur y cabecera de tramo recto y ábside de semitambor.
Las cubiertas, dada la pobreza de los templos, sólo son de piedra en la cabecera, mientras que la nave se cubre con madera. También es destacable la ausencia total de galerías porticadas como consecuencia de la lejanía de los focos segoviano y soriano.
 
Alcocer
La villa de Alcocer se encuentra situada en la llamada Hoya del Infantado, dentro de la comarca de la Alcarria. Dista de la capital, Guadalajara, 65 km. Se accede desde ésta por la N-320 hasta la salida indicada en el km 210 de la misma. La comarca de la Hoya del Infantado se extiende por un amplio valle que forma el río Guadiela entre las provincias de Guadalajara y Cuenca. Se encuentra rodeada de montes y de sierras: al Norte la sierra Solana y la Umbría, al Este la serranía de Cuenca y al Sur la llamada Peña del Tesoro. Alcocer se emplaza en la orilla derecha del río Guadiela y por su término discurre el antiguo arroyo Riato, hoy conocido como Guirigay. Su topónimo nos lleva a su pasado musulmán donde Al-qusar venía a significar “pequeña fortaleza”.
La historia de Alcocer comenzó mucho antes, en época celtibérica, como testimonian algunos de los restos hallados en sus inmediaciones. En el yacimiento del Arquillo se encontraron sepulturas de una necrópolis, así como en el de La Muela, donde aparecieron ajuares funerarios y algunas monedas que datarían el yacimiento en el siglo II a.C. Más adelante se convirtió en un núcleo musulmán significativo formando parte del Común de Huete. En el siglo XII se produjo la conquista y repoblación de estos territorios por parte de las tropas de Alvar Fañez. Ya en 1124 se alude a ella haciendo referencia a los límites con Zorita de los Canes; en estos años la villa y el castillo de Alcocer serán adquisiciones de la orden de Calatrava otorgadas por el Conde de Molina.
Antes de la conquista de Cuenca, en 1177, Alfonso VII en su labor repobladora donó la villa al obispado de Sigüenza el 20 de marzo de 1154, aunque al delimitar las lindes de las diócesis de Sigüenza y Cuenca pasó a esta última el 7 de marzo de 1207, volviendo otra vez a ser señorío real. Hecho importante para su florecer económico es la ratificación por parte de Alfonso X de un mercado cada martes, el cual se venía ya celebrando, aunque sin la concesión oficial del monarca. Al morir éste, dejó a doña Mayor de Guillén, hermana de Pedro Guzmán, adelantado mayor de Castilla, las villas de Alcocer, Salmerón, Millana y Valdeolivas, que formarían parte de la llamada Hoya del Infantado. En 1260 aparece doña Mayor como señora de estas tierras, aunque permitiendo conservar el fuero de su antiguo alfoz de Huete, el cual era una adaptación del fuero de Cuenca. Creó también un convento de Clarisas, que dominaba parte de los molinos hidráulicos y aceiteros de la comarca; allí vivió y en su iglesia está enterrada desde 1267, fecha de su muerte.
En 1272 pasa el señorío, por parte de su padre Alfonso X, a manos de la hija de ambos, doña Beatriz, que más tarde llegaría a ser reina de Portugal. La hija de ésta, doña Blanca, abadesa de Las Huelgas, se lo acaba vendiendo al infante don Juan Manuel. Éste era hijo del infante de Castilla y León, don Manuel, y de doña Beatriz de Saboya. Don Juan Manuel no pudo hacer frente al pago total del señorío, y aún habiéndole dado ya 250.000 maravedíes rompió la transacción a favor del infante don Pedro, hijo de Sancho IV y María de Molina. Al enterarse don Juan Manuel, muy interesado por estas tierras por ser paso entre sus posesiones de Peñafiel y el Levante, promovió un alzamiento de las localidades de Hita, Huete y Guadalajara. Finalmente el maestre de Calatrava actuó como juez en el conflicto, y las villas de la Hoya del Infantado pasaron a manos de don Juan Manuel, mientras que el resto, incluidas Cifuentes y Viana, se mantuvieron con el infante don Pedro.
A la muerte de don Juan Manuel sus posesiones pasaron al infante don Alfonso de Aragón, Marqués de Villena y Conde de Denia, por donación de Enrique II, yerno del fallecido. Esta donación fue en señal de agradecimiento por la ayuda prestada en sus luchas contra su hermano Pedro I el Cruel. En 1371 pasó por compra a la familia Albornoz, con Álvaro García, por treinta mil florines, junto con Salmerón y Valdeolivas. A éste le siguieron don Juan de Albornoz y más tarde su hija doña María, casada con don Enrique de Villena, llamado “El Nigromántico”, quien, por no tener descendencia, lo donó a su primo el condestable don Álvaro de Luna. Don Álvaro perdería esta villa, junto con la de Valdeolivas, en favor de don Enrique, infante de Aragón, pariente de doña María, el cual, en 1442 renunció a ellas por temor al Condestable. El rey Juan II ratificó que todas las propiedades que una vez fueron de doña María de Albornoz pasaran al Condestable y sus descendientes.
En este mismo año las tres villas, Salmerón, Valdeolivas y Alcocer, juraron el acto de fidelidad solemne a su nuevo señor. Cuando el condestable fue ajusticiado en junio de 1453, sus posesiones pasaron a su hijo Juan de Luna con la condición de que a cambio debía entregar el castillo y la villa de Escalona. Juana, la heredera de Juan de Luna, cedió a Enrique IV las tres villas del infantado a cambio de la villa de Alcaraz, en Albacete. En 1471 el rey otorgó las tres villas a don Diego Hurtado de Mendoza, segundo Marqués de Santillana y hermano del famoso Cardenal Mendoza, para compensarle por los gastos y la guardia que había hecho a su hija Juana la Beltraneja. En 1475 fueron los Reyes Católicos los que le proclamaron Duque de las vuestras villas de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, que se llaman del infantado. Hasta el siglo XIX perteneció Alcocer al ducado, hasta que pasó a ser villa. En 1956 pasa a pertenecer de nuevo a la diócesis seguntina.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
El templo parroquial de Alcocer se encuentra situado al sur de la villa. Flanqueado por una plaza y una barbacana que la recorren en su perímetro, pudiendo tratarse de una delimitación del antiguo cementerio. El historiador Francisco Layna nos habla de la puerta de Alvar Fañez, que, de la muralla medieval, salía junto a la iglesia. El hecho es que la muralla queda muy cercana y por ello se ha creído que el templo está ubicado.
Éste sería un oratorio dentro del recinto amurallado que sirvió tras su derrumbe como base de la torre actual. Del conjunto armónico que vemos en Alcocer hay que distinguir varias fases constructivas que desde el siglo XIII han dejado su huella. De esa primera fase conservamos las tres naves desde los pies al crucero, las tres portadas del norte, sur y oeste y la base de la torre-campanario. El templo se empezó a construir por los pies en sillares de buena labra, como atestiguan las muchas marcas de cantería. Esta parte es más estrecha que las naves del crucero y además se vislumbran en ella diversos elementos protogóticos, lo que nos lleva a presuponerle una mayor antigüedad. En el muro de poniente encontramos una fachada que desde su base se compone de portada, contrafuertes, dos ventanales románicos, un ojo de buey y una ventana de traza protogótica.

La portada se encuentra enmarcada por dos contrafuertes, y aunque hoy está tapiada se compone de dos arquivoltas apuntadas en degradación, con decoración de doble cordón y una chambrana de puntas de diamante. Se apoyan éstas en un ábaco moldurado bajo el que se disponen dos columnillas adosadas a cada jamba con decoración foliácea muy estilizada. Los fustes cilíndricos y las basas se encuentran en un lamentable estado de conservación. Por encima de la portada se ubica un ventanal de arco de medio punto muy alargado que, por su disposición, pudo ser insertado años más tarde que los dos que se encuentran a cada lado de los contrafuertes. Éstos se presentan en arco de medio punto abocinados. Sobre ellos el ojo de buey, formado por un óculo enmarcado en molduras parecidas a las de las arquivoltas de la portada y rodeado por una chambrana de similares características. Toda esta portada de poniente está rematada en un cuerpo triangular.
El muro meridional del templo conserva también una portada de mayores dimensiones que la anterior, aunque con las mismas características que aquella.
Este muro cuenta con la particularidad de conservar la cornisa sustentada por canecillos de modillones de rollo. Este detalle da cuenta de la primitiva altura de la iglesia románica respecto a las reformas posteriores que alzaron los paramentos. La portada se enmarca dentro de un cuerpo saledizo realizado en el mismo sillar que el muro al que se adosa. Está compuesta de cinco arquivoltas en arco de medio punto, con decoración de doble cordón, y se halla cobijada bajo una chambrana de puntas de diamante. Las arquivoltas descansan sobre ábacos moldurados y cinco columnas adosadas a cada lado con capiteles foliáceos de similar factura que los de la portada oeste. Es particular el detalle de unos lobulillos o pequeñas piñas entre las pilastras, flanqueadas por las cestas de los capiteles. A esta portada se la llamó del Sol y por ello en todo el cuerpo saledizo se disponen varios relojes solares. Por su relativa cercanía, y por pertenecer a la misma diócesis, son notables las coincidencias de esta portada sur de Alcocer con la de la iglesia de la Natividad de la localidad conquense de Arcas.
Desde este muro sur, a medida que nos vamos acercando al ábside, nos encontramos con una serie de muros retranqueantes que forman el exterior de las capillas anejas al crucero. La primera es la llamada del Tremendal, del siglo XIV, con planta pentagonal y tres ventanales de arcos apuntados. Uno de ellos se encuentra cegado por el muro de la adyacente sacristía del siglo XVII. Junto a ésta se disponen varias capillas del siglo XVI que recorren el hemiciclo de la cabecera.
El transepto se hace doble, y sobresale en planta y alzado. En su brazo norte vemos una puerta que se alza metro y medio del nivel del suelo, con el que se nivela gracias a una triple basa. La componen tres arquivoltas apuntadas en degradación, con cenefa de puntas de diamante. Éstas se apoyan en columnillas adosadas con pequeños capiteles foliáceos. Para dar más iluminación al crucero se abrió encima de este acceso un ventanal de arco apuntado con tres arquivoltas en degradación. Éstas, a su vez, cobijan tres vanos de apuntados, separados por mainel con tres óculos trilobulados. Estos dos testimonios tendrían su cronología en el gótico tardío.
Junto a ellos se alza la torre, de la que sólo conservamos de época románica la base de los sillares. Éstos contienen gran cantidad de marcas de cantería sencillas; a medida que ascendemos, estas marcas se complican. Se da el hecho curioso de que en esta parte baja se insertaron sillares posteriores en una restauración del siglo XV, como prueba el hecho de que aparezcan marcas localizadas en la parte superior, ya gótica.
Se remata la torre en un cuerpo ochavado, apoyado en una cenefa de arquillos polilobulados sobre ménsulas de cabezas humanas. En los cuatro frentes se abren ventanales apuntados, separados por maineles para cobijar las campanas.
La portada norte es el testimonio del templo más cercano a las formas puras del románico. Enmarcada entre el primero y segundo tramo de naves, se inserta bajo un cuerpo saledizo de sillares bien escuadrados y cornisa sustentada por canecillos de proa de nave. Se compone de cinco arquivoltas en degradación, decoradas en sus molduras con doble cordón y una cenefa de puntas de diamante que las cobija. Sobre ábaco corrido, también molduradas en bocel, se disponen las columnas de fuste liso, rematadas con capiteles de cesta vegetal con hojas muy estilizadas. Junto a los capiteles, en los tramos de intercolumnios, se colocan pequeños ornatos de lobulillos. Apoyan las columnas en basas sencillas y plinto no muy pronunciado. Este acceso en sus formas podemos relacionarlo con la cercana portada de Santiago en la iglesia de El Salvador de Cifuentes, o la de Viana de Mondejar.


Al interior la iglesia presenta desde los pies hasta la cabecera, una sucesión de estilos correlativos en el tiempo. Este cambio de gusto fue general en estos años; un ejemplo parecido a este de Alcocer se da en la iglesia burgalesa de Sasamón, en la que se observan diferentes tramas constructivas. A lo largo del siglo XIII se levantaron las tres naves longitudinales, la central más ancha que las laterales. Se separan por pilares octogonales que sirven de sustento a arcos apuntados doblados. Las naves laterales se cubren en la actualidad con bóvedas de cañón, aunque en origen tenían cubierta de armadura de madera. La nave central se cubre con bóvedas sobre lunetos con decoración de yeso.


El tramo de época románica va cambiando al acercarnos al crucero, de hecho, a partir del quinto tramo se observa un cambio en los pilares. Pasan éstos de ser octogonales a disponerse de forma cilíndrica, con columnas adosadas en sus frentes, pertenecientes a un gótico incipiente. Los capiteles de estas columnas aparecen ya ornamentados con crochés o decoración vegetal, cubriéndose con arcos que forman las bóvedas de ojivas dobles. El crucero está resuelto por dos tramos transversales cubiertos por las mismas bóvedas y cuenta con un óculo, decorado con rosetas, que le da iluminación. Los pilares del crucero son un ejemplo del cambio de gusto y de modelos que sufrió la iglesia. A los del lado oeste se adosa cuatro columnas. Los capiteles de éstas sirven de apeo a pequeñas columnillas en las que apoyan los arcos ojivos de las bóvedas. Los pilares más orientales sólo tienen tres columnas en sus frentes, y los arcos diagonales se insertan dentro de ellos para servir de sustento a los arcos moldurados. Un tramo del primitivo crucero gótico se destruyó junto con la cabecera para construir, a partir del siglo XV, la nueva girola que alberga las capillas de la Concepción, la de Lourdes, la del Descendimiento y la del Cristo. Todas ellas obra muy posterior. Esta rotura del crucero y de parte del antiguo ábside nos hace evocar la catedral conquense en la que sucedió lo mismo.
La única capilla con reminiscencias góticas se encuentra en el brazo sur del transepto junto a la sacristía: la capilla del Tremendal. Da acceso a ella una puerta compuesta por una arquivolta de medio punto abocelada, cobijada por puntas de diamante, que se apoya en finas columnillas de capiteles foliáceos. Con su planta pentagonal y tres ventanales apuntados en sus frentes, se cubre con pequeños lunetos y arcos que se unen en clave de roseta. Su cronología es cercana a principios del siglo XIV.
La morfología constructiva del templo de Alcocer nos indica su origen románico, con una datación de finales del siglo XIII, a partir del cual se hicieron las superposiciones estilísticas relatadas.

 

Millana
La localidad forma parte de la comarca de la Alcarria, en la zona conocida como Llano de la Sierra. A Millana y a los pueblos de los alrededores se les denomina la Hoya del Infantado, pues los Duques del Infantado fueron durante siglos señores de estas tierras. Dista de la capital Guadalajara 72 km y se accede a ella por la carretera N-320 hasta el término de Alcocer donde tomaremos la CM-2015.
Históricamente Millana debió de contar con una pequeña población celtibérica, según documentan algunos restos arqueológicos en el despoblado cercano de Valdeloso. Este origen celtibérico no es avalado por todos los investigadores. José Manuel Nieto Soria se decanta más por la versión de que estos restos sean de época medieval. Se basa en un documento del rey Alfonso VIII en el que aparece este despoblado. El hecho cierto es que en Millana se asentó una comunidad romana. Su situación era muy beneficiosa, ya que se encontraba muy cerca de la ciudad de Ércavica que tomaba en su radio de acción a Millana junto con Alcocer. Se encontraba igualmente en uno de los laterales, aproximadamente a 5 km de la vía que unía Ércavica y Segontia. Anteriormente a la conquista de manos cristianas, la población estaba dentro de la cora[1] de la ciudad de Santaver, a orillas del río Guadiela entre las coras de Valencia y Toledo. En el siglo XII toman el enclave las tropas de Alvar Fañez de Minaya, aunque no será hasta bien entrado el siglo XIII cuando se empiece a tomar en cuenta la repoblación de este enclave. Hasta este momento las incursiones musulmanas desde Cuenca fueron frecuentes, lo cual no propiciaba la llegada de nuevos repobladores.
En 1154 Alfonso VIII hace donación al obispado de Sigüenza de pueblos como Alcocer e Hita. Más adelante se les otorga las villas de Pareja, y diez años más tarde Beteta. Este hecho hizo que el común de Huete, al que perteneció Millana, tomase en cuenta la repoblación de estos territorios ya que el poder eclesiástico seguntino les estaba rodeando. Entre estos hechos y la conquista final de Cuenca en 1177 Millana debió de convertirse en una pequeña aldea que fue protegida por los alcaldes de Huete. En un documento de Alfonso VIII conocemos que en 1167 ya eran alcaldes de Huete personajes como Domingo de Soria o Domingo Domínguez de Soria, Millán Esteban, Blasco Felices y Domingo Muñoz. Estos mandatarios iniciarían la fundación de enclaves como Loranca, Illana y la misma Millana.
En 1198 Alfonso VIII le otorga al obispado conquense la villa de Pareja, que siempre vio en Millana una población muy atrayente para el paso de los ganados y la explotación de sus fuentes. Tanto para la historia de Millana como para sus pueblos vecinos es capital el documento fechado a 22 de septiembre de 1260 en el que Alfonso X dota a doña Mayor Guillén del señorío de la Hoya del Infantado, del que Millana formará parte.

Iglesia de Santo Domingo de Silos
El templo, que actúa como parroquia, está situado en el extremo norte del pueblo, en su parte más alta. Desde sus caras este, sur y oeste se disponen las primeras casas de la población, que van descendiendo hasta el cauce del río. El templo se dispone sobre un zócalo que salva el gran desnivel en que se encuentra la cabecera, que está construida en combinación de sillarejo, mampostería y sillares de buena labra reforzando las esquinas. Está dispuesto en una sola planta, con transepto que se abre en pequeños brazos y crucero que se distingue en altura respecto a los brazos, la nave central y la cabecera de testero recto. Toda la iglesia está cubierta a dos aguas con cornisa y teja curva. A los pies se ubica la torre construida en sillares con tres cuerpos retranqueados y remate en balaustrada.
Iglesia de Santo Domingo de Silos, MILLANA (Guadalajara), España, estilo románico, s. XIII. Aprox. A la planta y marcas de cantero.
 

Las marcas de cantería son muy abundantes, se encuentran en los sillares de las caras norte, oeste, sur y en la base de la cabecera. Son marcas complicadas en sus trazos, lo que nos da una cronología tardía del siglo XIII y una unidad constructiva. Al interior la nave se divide en cuatro tramos con pilastras adosadas a los muros que sustentan los arcos fajones y formeros de las bóvedas. El crucero se cubre con bóveda sobre pechinas que descansan en pilares. El ábside, al que da paso un arco triunfal de medio punto, también se cubre con bóveda sobre pechinas. El templo parroquial de Millana podríamos datarlo en sus primeras trazas a lo largo del siglo XIII por sus testimonios en las portadas y sus marcas de cantería. El resto de la iglesia es obra del siglo XVI en adelante.

En el muro del mediodía se abre la portada principal del templo, correspondiendo con el segundo tramo del interior. El acceso se enmarca en un cuerpo saledizo de sillares bien escuadrados para facilitar el abocinamiento de sus arquivoltas. Las portadas eran el acceso desde el mundo real a la ensoñación del mundo divino, y el derrame de las arquivoltas era visto como una serie de estados de reflexión que el fiel debía pasar antes de entrar al oficio divino. El paso, por tanto, se hace cada vez más estrecho aludiendo a la poca banalidad que debía traer consigo este gesto de entrada al mundo de Dios. Además de esta función frontera, en ellas se transmitían los mensajes moralizantes a los fieles, ya que era paso obligado para todos.

La portada de Santo Domingo de Millana es un claro ejemplo moralizador. Se compone de seis arquivoltas de medio punto de las cuales la más exterior y la más interior son lisas, apoyadas sobre pilastras. Las cuatro interiores están aboceladas y descansan sobre ábacos moldurados con bocel y filete formando una línea de imposta que recorre todo el cuerpo saledizo. Las columnas adosadas sobre las que voltean las arquivoltas son de fuste cilíndrico sin decoración, al contrario que las jambas entre las que se enmarca, que están molduradas. Las basas y el plinto en las que apoyarían están totalmente destruidos.
Pórtico románico, obra todo de los comienzos del siglo XIII.
 

En las cestas de los capiteles de la portada se talla un importante repertorio iconográfico. En ellas hay un claro mensaje moralizador y catequizante acerca de la lucha entre las fuerzas del bien y del mal, que son vencidas por la redención. Los cuatro capiteles occidentales representan temas del bestiario medieval. Primero una pareja de basiliscos enfrentados, mitad gallo y serpiente, que según nos describen los bestiarios y los Padres de la Iglesia son el resultado de la incubación por serpientes de huevos de gallina. Plinio el Viejo, en el siglo I, lo describe como una pequeña víbora de cualidades venenosas tan potentes que su simple aliento marchita las plantas, resquebraja las rocas y mata cualquier hombre o animal sólo con su mirada.
Esta apariencia del basilisco se mantiene hasta la publicación del Bestiario, de Pierre de Beauvois y otros autores medievales que recogen gráficamente lo que la imaginación popular fue añadiendo a su figura. Se disponen en este capitel con sus alas explayadas, garras, cresta y cola de serpiente enredada entre sus cuartos traseros. La talla es ruda y los detalles apenas pequeñas incisiones. El siguiente capitel enfrenta a dos centauros, con cabeza y tronco humano combinado con cuerpo y patas de caballo. Simbolizan el pecado, la brutalidad de las pasiones y la tentación carnal.
Se les representa portando un arco que disparan generalmente contra las sirenas aladas. En el capitel millanense están con los brazos levantados en acción de tensar el arco contra sus enemigos y aparece parte de la cabellera sobre sus hombros. Incluso en uno de ellos se ven restos del car caj para envainar las flechas.
A su lado, en el tercer capitel, están figurados dos grifos con cuerpo de león, cabeza de cuello alargado, pico y garras de ave. En sus cuartos traseros se alzan unas alas que son idénticas a las de los basiliscos del primer capitel. Además están recubiertos de plumaje semejándose a un águila. Lo consideran enemigo mortal del caballo y capaz de despedazar a un hombre en pequeños trozos y llevarlo a su nido para alimentar a su cría. La simbología de los grifos la tomamos según el Bestiario de Beauveais, de 1206, como emblemática del mal, ya que es la combinación de la rapacidad del águila con la ferocidad del león. Se les consideraba enemigos de equinos, basiliscos y serpientes. En los capiteles occidentales de la portada sur estas luchas están más que representadas, ya que todos los animales del bestiario aquí tallados están enfrentados unos contra otros. Es la significación del caos, de la falta de dignidad entre los seres infernales que, aún siendo todos de naturaleza demoníaca, no son capaces de entenderse.
Para terminar, en el ángulo occidental de la portada se muestran dos sirenas pájaros. La representación de estos seres fantásticos ha evolucionado desde la antigüedad. Las fuentes literarias del mundo griego las representan como genios marinos, seres híbridos de cabeza femenina y cuerpo de ave. Fueron el símbolo de las sugestivas tentaciones que acechaban al hombre en el mar y también la representación de los peligros de éste. Finalmente acabaron por representarse en la Edad Media como mujeres con extremidades pisciformes. Estas mujeres-pez tienen dos formas de representación, las de cola bífida, como la representada en el pórtico de la iglesia soriana del Rivero en San Esteban de Gormaz y las de extremidad marina única. La de Millana pertenece al segundo tipo, con la cola que se enreda entre los cuartos traseros. Además están emplumadas y explayan sus alas abarcando toda la cesta del capitel. Sus facciones de mujer llevan un tocado a modo de gorro y el pelo está trazado con pequeñas incisiones hasta los hombros.
Los capiteles representados en el lateral derecho son todos, excepto uno, representaciones de la redención del pecado y la maldad a través de la vida de Cristo. En el más occidental vemos un ángel, que, pese al deterioro que sufre, parece clavar las rodillas en el suelo y extender el brazo. Algunos autores como Inés Ruiz han visto en esta escena la imagen de la Anunciación a María pero es destacable la falta de la figura de la Virgen que completaría la escena bíblica. El hecho de que en la cara opuesta del capitel se represente claramente la escena de la Visitación de María a su prima Isabel, y teniendo en cuenta que estas dos escenas era muy común verlas juntas, nos llevaría a creer que existió una imagen femenina hoy desaparecida. La morfología de este capitel nos remite a otra portada alcarreña: Beleña de Sorbe. Entre las dos podemos observar matices que las relacionan. Un ejemplo es este ángel anunciador, cuyas alas están cinceladas de la misma manera que las del ángel de la Resurrección escenificada en uno de los capiteles de Beleña.
La escena plasmada en la otra cara del capitel alude al momento del final del viaje a Hebrón que María hace en secreto para comunicar a su prima Isabel la noticia de su embarazo (Lucas 1:39-56). El capitel representa a Isabel, también encinta del que sería San Juan Bautista, abrazando a María y tocándole el vientre en señal de afirmación del embarazo. Ambas visten túnicas similares y se situán en el mismo plano, detalle que nos revela la pertenencia de ambas al mismo mundo.
El siguiente capitel es de complicada significación y los investigadores no han llegado a un acuerdo formal sobre ella. Francisco Layna ve en él la escena de las tres Marías ante el sepulcro de Cristo. Antonio Herrera simplemente alude a un ángel y un anciano. Tomás Nieto Taberné la identifica con el nacimiento de Cristo y la figura de un ángel. Inés Ruiz alude claramente al momento del Sueño de San José y el nacimiento de Jesús.
Si tenemos en cuenta el detalle de la estrella, hoy muy desgastada, tallada entre las dos escenas, ésta podría ser la iconografía más acertada. La estrella vincula los dos momentos, a ella hace alusión el Pseudomateo XIII, 7, en el que se lee “había una enorme estrella que expandía sus rayos sobre la puerta desde la mañana hasta la tarde”. Por ello en el capitel vemos a San José atormentado y a un ángel que desvanece sus dudas. Más arriba parece representarse el Nacimiento de Jesús, con la Virgen reclinada, aludiendo al dolor del parto, y a otra figura que pudiera ser una de las parteras, Zelomí o Salomé. Sin embargo, la interpretación de la escena podría ser diferente teniendo en cuenta los Evangelios Apócrifos. En este caso la oquedad que se da en la cara este del capitel vendría a ser una figuración de la cueva, el Niño estaría tumbado sobre el pesebre y las dos cabezas que se intuyen serían el buey y el asno.
A continuación, en el siguiente capitel, volvemos al tema del bestiario con dos leones afrontados que alzan sus cuartos traseros y aún conservan parte de su melena o guedejas sobre el lomo. Para finalizar la sucesión de capiteles de la portada meridional analizaremos el último capitel. En el centro se coloca un hombre de aspecto anciano, con túnica, barba, alto tocado en la cabeza y expresión de dolor en el rostro. Flanqueándolo se disponen dos diablos, ambos con cuerpo formado por faldellín, torsos desnudos y altos tocados enrevesados. La diferencia entre ellos está en el rostro, uno aparece con cabeza de bovino y cuernos. Es la lucha entre el bien y el mal, los demonios luchan contra la fe humana, tentándonos en su beneficio y haciendo que el reino divino sea puesto en duda por sus fieles.
Esta disputa de la figura humana barbada es muy común en el mundo románico; en el ámbito de la provincia de Guadalajara la vemos representada en las portadas meridionales de los templos de Santiago Apóstol de Labros y en Beleña de Sorbe. Fuera del ámbito de la provincia es clara la vinculación con Silos y el capitel que da entrada a la puerta de las Vírgenes en el que se representa este tema, aunque con una talla mucho más depurada y preciosista.
El cuerpo saliente en el que se enmarca el acceso se sustenta con una relación de canecillos entre metopas de variada decoración. Todos ellos están bajo una línea, a modo de cornisa, ornamentada con taqueado jaqués. Los canecillos, muy erosionados, dejan entrever figuras humanas, como una representación del tonelero. En ella vemos a un hombre con un pesado tonel de vino a sus espaldas, queriendo mofarse de la afición a esta bebida estimulante. Igualmente vemos una cabeza que parece ser una bestia bovina y una figura humana que debido a su mal estado es imposible descifrar. Las metopas se encuentran decoradas con palmetas y rosetas, aunque en una de ellas aparece representada un ave.
Toda la portada tiene claras reminiscencias del monasterio burgalés, tanto en los temas elegidos como en la plasmación formal. De labra más tosca, con cánones muchos menos estilizados o pliegues menos profundizados, tienen en común las fuentes iconográficas y parte de la secuencia representativa. Más evidente es la vinculación de Millana con el templo de Beleña de Sorbe: mismos pliegues en las túnicas, cánones prácticamente idénticos y temas similares hacen que sea posible incluirlas a ambas en un mismo taller o en cuadrillas muy afines. Es importante destacar las portadas de Santa María del Rey, en Atienza, y la de Santiago, en San Salvador de Cifuentes que muestran semejante morfología representativa. Podemos datar la portada durante la segunda mitad del siglo XIII teniendo en cuenta la ya mencionada portada de Santiago de la iglesia del Salvador de Cifuentes con la que comparte fundadora y señora: doña Mayor Guillén.

En el muro norte de la iglesia, justo enfrente de la portada meridional, se encuentra otra, hoy tapiada, que merece la pena mencionar. Al exterior se presenta con un arco de medio punto ornamentado con bolas y enmarcado por un alfiz, probablemente de tradición mudéjar. Al interior vemos el arco adovelado que apoya en sencillas y delgadas columnillas. Este acceso se cerró en el siglo XVI y por sus formas pertenecería a los últimos años del gótico.
La pila bautismal fue un elemento fundamental en el ajuar litúrgico del templo románico. En las pilas se celebraba el primer rito, el de iniciación, que marcaba la entrada en la comunidad de un nuevo miembro. Los rituales del bautismo daban a la pila la importancia del lugar donde el neófito era muerto y sepultado, para más tarde, al recibir el agua, resucitar en la fe de Cristo.
El bautismo era el baño purificatorio que eliminaba el pecado original que nos concibe para poder entrar puros en la iglesia. En el templo de Santo Domingo la pila bautismal se encuentra en el brazo norte del transepto, aunque durante muchos años estuvo relegada a la sacristía. Debió de haber estado mucho antes a los pies, bajo el sotocoro y encerrada detrás de una balaustrada de madera, a modo de pequeño baptisterio. Tallada en un solo bloque de piedra, mide en altura 1 m y 1,12 de diámetro. En forma de copa, se apoya en una basa cuadrada independiente. Está decorada con finos y alargados gallones de medio punto. Este tipo de gallones nos lleva a una cronología más tardía que las pilas bautismales de localidades vecinas como Salmerón o Cifuentes, enmarcándola a finales del siglo XIII.

 
Córcoles
La villa de Córcoles se encuentra situada en el término de Sacedón, y pertenece a su arciprestazgo. Dista de la capital Guadalajara 59 km. Desde ella se accede al pueblo tomando la N320. En las relaciones topográficas de Felipe II de 1547 se describe así la villa: A el veinte e ocho capítulos dixeron, que ya tienen dicho que este pueblo está fundado en una ladera entrellana que más es cuesta que no llano, y que está en medio del cerro, que ni está en ondo, ni en alto, por que hay mas alto que el pueblo, y hay más hondo que el pueblo, y que es tierra áspera, y ansimismo dicen questa villa está cercada de pared de piedra, varro y de tapias de tierra, todo de muy flaca cerca.
Cuatro siglos más tarde Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria habla del lugar en los siguientes términos: “Se ven campos de anís, de un verde brillante, y olivares aún jóvenes bien cuidados, de un verde ceniciento. La agricultura de Córcoles es rica y próspera, y el pueblo vive bien desde que le compraron las tierras, ciertamente por mucho menos de los que valían, al Conde de Arcentales; ahora, en Córcoles, todo son propietarios y cada cual vive de los suyo. La gente habla con cariño y con respeto del conde de Arcentales, y está contenta con la compra”.
Históricamente, Córcoles ha estado vinculado al Monasterio de Nuestra Señora de Monsalud, localizado en el extremo oeste del caserío. En el período de repoblación se incluyó en el Común de Huete. La primera noticia documental de esta aldea de Córcoles es la donación de don Juan de Treves, arcediano de Huete, al monasterio en 1167. Esta donación fue ratificada en favor del abad don Fortún Donato, primer abad benedictino, en 1169 por Alfonso VII desde el castillo de Zorita de los Canes. El pueblo estuvo en poder de los monjes benedictinos y cistercienses durante más de siete siglos, y no fue hasta el siglo XIX, con la desamortización de Mendizábal, cuando se convirtió en villa.

Monasterio de Nuestra Señora de Monsalud
El monasterio de Santa María de Monsalud se encuentra enclavado en una suave ladera que desciende de la denominada Tierra Prieta, hacia el valle del Guadiela. A través de la carretera que une al cercano término de Córcoles con el municipio de Casasana, accedemos por camino recto y practicable a los restos que en la actualidad conservamos de su antigua estructura.
El enclave está situado en plena Alcarria, en el extremo suroriental del denominado “Monte de los frailes”, dentro del actual municipio de Sacedón, junto a los términos de Alcocer y Millana, villas ambas que cuentan también con vestigios románicos en su patrimonio. Su emplazamiento, aterrazado y dominante sobre las márgenes del arroyo Sacedón, al sur del río Tajo, constituye un ejemplo típico del manifestado por los monasterios cistercienses.
El conjunto arquitectónico es uno de los mejor conservados hasta la fecha, gracias también a la labor de restauración que se ha llevado a cabo en los últimos años y que mantiene en buen estado parte de su arquitectura románica. Sobre los inicios y la fecha de fundación del monasterio de Monsalud hay ciertas incógnitas, no se sabe con certeza su fecha exacta o concesión del permiso para llevarlo a cabo. Según diversos autores existen varias referencias sobre su posible fundación.
Se puede decir que son tres las opiniones sobre quién y cómo fundó el monasterio. Para no llevarnos a confusión las iremos explicando una por una: la primera dice que fue el rey Alfonso VII el fundador principal, hacia 1138; otra de las opiniones gira en torno al hijo de éste, Alfonso VIII, cuando llegó al trono y concedió favores para su fundación. Por último está la que la atribuye a don Juan Treves, arcediano de Huete, hacia 1167, la cual está más fielmente documentada.
En primer lugar la referencia más antigua, y la menos fiable sobre la posible fundación a manos del rey Alfonso VII, gira en torno a 1138 o 1140. Se basa en la investigación hecha por el historiador del cenobio, el Padre Cartes, según cita Herrera Casado, quien basándose en tradiciones poco probadas asegura que ya existía en 1138, cuando Alfonso VII, yendo a conquistar Cuenca, fundó en Villafranca, junto al término de Auñón, el primer enclave de un monasterio de monjes bernardos, más al norte de su actual emplazamiento. Según dice, vinieron a fundarle tres monjes del cenobio de Scala Dei en la provincia de Tarragona, pero dos años más tarde, en 1140, cambiaron de lugar por ser muy estrecho y se asentaron en la aldea de Córcoles, perteneciente a don Juan de Treves, arcediano de Huete, junto a la ermita de una virgen muy venerada por entonces, la Virgen de Monsalud. Según Pérez Arribas, esta opinión no tiene mucha certeza ya que el Padre Cartes se basa en un documento que se guardaba en el Monasterio de Scala Dei que hace referencia a la descendencia de la realeza, documento no muy creíble por los historiadores ya que aparece Ildefonsus VII… cuando los reyes no utilizaban números romanos, por lo que la mayoría de los autores descartan este primer acercamiento sobre la fundación de Monsalud.
La segunda opinión, en la que se piensa que el monasterio fue fundado por el rey Alfonso VIII, es más probable, dada la expansión de la orden del Císter a principios del siglo XII; estas fundaciones, en la época de la Reconquista, tenían como objetivo afianzar las posiciones cristianas en su avance contra los musulmanes, para recuperar los territorios perdidos, ello se incentivaba con la creación de monasterios, que servían de lugar estratégico y de refugio en caso de necesidad. Existe un documento traducido del latín de 1169 por el que el rey Alfonso VIII, estando alojado en el castillo de Zorita de los Canes, confirmaba y ampliaba la donación hecha por don Juan, Arcediano de Huete y propietario de las tierras de Córcoles. Dice así el documento, según Pérez Arribas:
En nombre de nuestro señor Jesucristo. Amén. Nada hay que tanto agrade a su divina majestad como el amor a su iglesia y a su persona y obsequiarla y honrarla y librarla de los ataques de los hombres perversos, por tanto, yo Ildefonso Rey por la gracia de Dios, con el consejo y voluntad de mis varones, con sola la esperanza de la vida eterna… hago gracia de donación al Monasterio de Santa María del Monte de la Salud y a vosotros el abad de este lugar Fortún y a los hermanos que sirven a Dios en el mismo, presentes y futuros. Y que doy la villa de Córcoles, con todas sus pertenencias desde el río Guadiela hasta el término de Pareja y desde los términos de Sacedón hasta los términos de Alcocer. Las tierras, los prados, los montes, pastos, aguas y todo, tal como nuestro amigo Juan, Arcediano de Huete, lo dio y concedió para siempre. Igualmente mando, que vuestro ganado, en todo mi reino libremente se apaciente y que ninguno se atreva a prohibirle los pastos como si fuese mío. Hecha esta carta en Zorita en la era de mil y doscientos siete años, el cinco de mayo, reinando en Toledo y Castilla, y Nájera y Extremadura”.
Aquí termina la cita, cuya fecha es del año 1169 de nuestra era; siendo, por tanto, un documento que pone de manifiesto la voluntad de Alfonso VIII de repoblar ciertas zonas de la Alcarria, aunque no determina en parte que fuera él el fundador del monasterio.
Por último, la tercera opinión sobre la fundación del monasterio, por parte de son Juan, Arcediano de Huete, se basa en un documento histórico que se conserva en el Archivo Nacional, que data del siglo XIII y que Pérez Arribas transcribe así del latín:
En el nombre de la única, santa e indivisible Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que es adorada por todos los fieles en su unidad. Y por razón y autoridad de las Sagradas páginas se comprueba ser suyas todas las cosas, que por los fieles a Dios sin devueltas, del que proceden todas las cosas, para hacerse un tesoro en el cielo. Por esta causa, yo Juan, Arcediano de Huete, con sola la esperanza de la vida eterna, que es Cristo, con grata y agradable voluntad, concedo al Monasterio de Monte de la Salud, la aldea que se llama Córcoles, Digo que doy y concedo al monasterio dicho, la aldea con todos sus términos, montes, tierras, aguas, prados, pastos, entradas y salidas y con todos sus derechos…
Éste es el único documento, fechado en 1167, sobre el que nos podemos basar para decir que el monasterio no pudo ser fundado más allá de esa fecha, siendo el que se tiene como prueba fiable sobre que en esa fecha ya existía el monasterio, que ya llevaba unos años formado.
Según cita Fernández Izquierdo, con la aparición de la orden Militar de Calatrava en 1158, como la primera de estas congregaciones que con carácter hispánico vendría a apoyar el proceso expansivo de los reinos cristianos hacia el sur peninsular, la corona castellano-leonesa no dudó en conceder su apoyo a los caballeros freyles. Entre las primeras donaciones que recibe Calatrava, para su defensa y para la formación de señoríos, están las que se producen en la Alcarria, en concreto en lo que luego sería el señorío calatravo más septentrional en Castilla. En los primeros inicios del monasterio, la orden Militar de Calatrava tuvo que tener mucha influencia, ya que anduvo siempre ligada a la orden del Císter, de la cual eran devotos, gozando desde 1174 de ciertos derechos sobre Monsalud por donación de Alfonso VIII. La abadía de Córcoles y sus términos fueron entregados el 12 de marzo de 1174 al maestre de Calatrava, sirviendo posteriormente como sede transitoria de la capital de la orden al caer en manos musulmanas el Campo de Calatrava, tras la batalla de Alarcos en 1195. Años antes, hacia 1180, la orden de Calatrava iba expandiendo sus dominios territoriales en la Alcarria, un proceso que se completó a partir de la concesión del primer fuero a Zorita, por el que a través de donaciones de nobles de la corona se logró la creación de un núcleo territorial compacto en torno a Zorita y el valle del Tajo, de notable interés estratégico de cara a los musulmanes de las cercanas tierras conquenses, y que serviría tres años después, en 1177, para reconquistar Cuenca por parte de Alfonso VIII.
Será a partir de la derrota de Alarcos en 1195, cuando los almohades tomen el castillo de Calatrava, propiedad de la orden, por lo que ésta tuvo que refugiarse en otros lugares. Uno de esos lugares sería Zorita de los Canes, en el que vivieron los maestres de la orden hasta que en 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, volvieran a su anterior fortificación, arrebatada a los musulmanes. Antes de volver, pasarían también una temporada en el monasterio de Monsalud, aunque no hay documentos que lo acrediten, pero existen, en cambio, dos inscripciones que así lo atestiguan. Situadas en la entrada de la sala capitular, recuerdan el lugar de enterramiento de los dos maestres calatravos, como se puede leer, don Nuño Pérez de Quiñones y don Sancho de Fontonova. Este hecho pone de manifiesto el paso de los calatravos por este monasterio, que también puede deducirse por el escudo de la orden de calatrava grabado en sus muros.
Tras el reinado de Alfonso VIII, que muere pocos años después de ganar la batalla de las Navas de Tolosa, en 1214, el esplendor del monasterio siguió vivo y acumulando más posesiones, ya que otros reyes hicieron donaciones territoriales y concedieron favores a la comunidad bernarda de Monsalud. En una bula de Inocencio IV, fechada en 1250, se mencionan las propiedades del monasterio, todas en la región alcarreña, y que eran, entre otras la heredad de Villaverde, en Castejón; las de Ulmera y Buenafuente; una finca en Alocén, y el territorio de Auñón en Villafranca. Así pues, los sucesivos monarcas fueron confirmando la donación de otros territorios.
La dirección del monasterio se debe en parte a la llegada de monjes franceses de Scala Dei a esta zona de la Alcarria primero, y posteriormente a Monsalud, como ocurrió con el primer abad del cenobio, Fortún Donato, quien, según la leyenda, era discípulo de San Bernardo, y aportó la esencia de la reformada orden cisterciense, basada en la rigurosa y austera forma de vida espiritual que luego se vería plasmada en la arquitectura románica, exenta de ornamentación en todo conjunto monasterial. Le siguió a éste don Raymundo, que junto con él y el siguiente abad, don Bueno Emelyno, constituyeron el trío fundador de este cenobio. Hacia la mitad del siglo XIV, era abad don Arnaldo de Pomares, junto con otros muchos que con sus nombres nos muestran que en el alto puesto siempre figuraban monjes extranjeros, principalmente franceses. En un principio, según la regla de San Benito, el cargo de abad era perpetuo, desde su inicio hasta su muerte. Los monjes cistercienses conservaron esta costumbre hasta que a principios del siglo XV, hacia 1425, Fray Martín Vargas reformó el Císter en Castilla, y adoptó el sistema trienal de abadías, aunque en Monsalud no se llegó a adoptar hasta el siglo XVI.
Fue en esta mitad del siglo XVI cuando el monasterio de Monsalud vivió su mejor época. Llegan monjes que le dan aire nuevo, es cuando se termina de realizar las obras del claustro y la escalera principal de sillería, se adornó la sacristía, se llevó agua corriente al monasterio, en definitiva, unos cambios que hicieron del cenobio uno de los lugares de culto más importantes en toda la Alcarria, atrayendo tanto a monjes cistercienses como a peregrinos de todos lados, que venían a venerar la imagen de Nuestra Señora de Monsalud, reconocida por sus milagros, gozando en toda la zona de gran fama. Este esplendor continúa en los siglos siguientes, hasta que en 1835, con la ley desamortizadora de Mendizábal, fue perdiendo monjes, bienes de gran valor e importancia monástica, y más tarde clausurado y dejado al abandono, como tantos otros monasterios e iglesias alcarreñas. Hasta encontrarnos en la actualidad con sus ruinas, que, restauradas, nos dejan entrever cómo fue aquel monasterio y centro de culto que atrajo a tantas gentes de tierras lejanas, que significó para muchos un núcleo de defensa en las luchas con los musulmanes y, para otros, un centro de retiro y de veneración por la imagen de Nuestra Señora de Monsalud.
El conjunto monástico que hoy se conserva en Córcoles está integrado por una serie de edificaciones y reedificaciones en las que se combina diversos estilos y épocas, lo cual es señal clara de las diferentes etapas por las que pasó el edificio. Aunque en su mayor parte la estructura del conjunto es del siglo XVI, perviven aún importantes restos de estilo románico, como la iglesia y algunas dependencias del claustro.
Nos da la bienvenida la puerta principal del monasterio, edificada en 1584, que porta en su frontis el emblema de la orden Cisterciense de Castilla. La portería del convento es más moderna, del XVII, compuesta de una puerta neoclásica con imágenes del Creador y los patriarcas de la orden, San Benito y San Bernardo. El monasterio conserva parte de la valla de su huerta, en las que autores como Antonio Herrera vieron torrecillas de carácter decorativo.
Portería
 

Los muros del cenobio están bien diferenciados por estancias. La iglesia se forma con sillares de piedra, recortados y unidos mediante argamasa; las demás dependencias, como las del claustro y las anejas, se levantan con sillarejo reforzado con pilares en las esquinas para ayudar a su estabilidad. Actualmente podemos ver paredes de ladrillo y revoques de hormigón, fruto de una mala restauración.
Antes de entrar al conjunto, nos damos cuenta de que la iglesia está situada al Sur y no al Norte, como lo hicieron las demás abadías, para poder amortiguar los fríos vientos del Norte. Esto, suponemos, que se debe a la orografía propia del terreno, por tener que salvar un desnivel bastante acusado al Norte, circunstancia que no sucedía al Sur.

La iglesia es de tres naves, la central más ancha que las laterales, finalizando en tres ábsides, el central más ancho que los laterales. El transepto es poco acusado, y el crucero no sobresale en altura del resto de la iglesia. Al exterior, en la puerta de acceso desde el Oeste se abre un arco carpanel, con decoración de bolas en su chambrana y pequeña hornacina sobre él; suponemos que es una construcción del siglo XVI, así como los dos contrafuertes y el óculo superior.
Existe otro acceso en el lado sur del transepto al que se accede desde una portada compuesta por arco de medio punto en el que se abren cuatro arquivoltas y una chambrana en la parte superior que se apoyan en pilastras sin capiteles. Encima de ella se coloca un rosetón lanceolado, cuyos huecos más antiguos son los inferiores, ya que los superiores están restaurados. A cada lado de esta nave del transepto se colocaron dos contrafuertes, del derecho salen, a su vez, otros tres apoyados en el mayor.
Al exterior la cabecera crea un magnífico juego de volúmenes, en los que lo vertical se va imponiendo a lo horizontal. Por un lado, el ábside central se alarga y se yergue por encima de los dos absidiolos laterales; del tramo recto del presbiterio surge el gran ábside semicircular en el que se unen al paramento cuatro lesenas semicirculares desde el alero a los pies, lo cual nos ayuda a entender mejor el espacio compartimentado exterior, el del centro está mutilado por un ensanche poco afortunado donde se colocó el camarín de la Virgen de Monsalud.
Entre las lesenas se abren tres ventanales en arco de medio punto, en derrame al interior, que iluminan la nave central. A su vez, en cada uno de los absidiolos se inserta una saetera abocinada con un arco en disminución y junquillos que le dan sencillez y esbeltez. Presbiterio, ábside y absidiolos están recorridos por un alero que se apoya en los canecillos típicos del Císter, con decoración a modo de rollos, característicos también de iglesias como la de Zorita de los Canes o Buenafuente del Sistal. La techumbre, a base de teja árabe, es producto de la restauración de 1980. 
Ábside central
 
Ábside lateral 

La iglesia al interior es la que presenta la pervivencia de formas románicas, a las que se han ido encastrando elementos góticos. El proyecto inicial daba al ábside central la típica bóveda de horno, pero ésta se sustituyó por otra que utilizaba nervios curvos que acababan en el arco de ingreso. El presbiterio se cubre con bóveda de crucería que acaba en sencillos capiteles y fustes que descansan en basas, con la particularidad de tener grabadas las comunes garras de león, a modo de lengüeta en las esquinas, que también encontramos en la vecina iglesia del castillo de Zorita de los Canes.
En su paño derecho encontramos una obra inaudita que no desmerece en nada a la grandiosidad del cenobio. Se trata de un pequeño lavatorio excavado en el muro; lo componen un hemiciclo, con arco de medio punto apoyado en columnillas con capiteles de hojas y volutas. Rodeando la venera a la que llega el agua por un canalillo, se encuentran cuatro paños decorados con tracerías de tradición mudéjar; a pesar de que la porosidad de la piedra las ha dañado, podemos aún distinguir la pericia del artista en la talla de los motivos geométricos entrelazados, insertados en sendos círculos y dos arquillos lobulados entre las columnillas. Se cubre con una pequeñísima bóveda de crucería adaptada al espacio.
Lavatorio en la capilla mayor de la iglesia del monasterio de Monsalud
 

El paso al ábside mayor se compone de un arco apuntado doblado que remata en la línea de imposta, que recorre todo el espacio sagrado, y a su vez en dos capiteles foliáceos con volutas en su parte superior. Recorre el fuste, el muro y acaba en basa similar a la de los arcos de la bóveda del presbiterio.
Los ábsides laterales se cubren, en el tramo recto, con bóveda de cañón apuntada, y en el semicircular, con bóveda de horno. En sus paramentos hay hornacinas en hemiciclo con función litúrgica.
Ábside central visto desde el interior
Interior hacia los pies
Absidiolo, nave de la Epístola
Ábside central 

El transepto se cubre en sus tramos laterales con bóveda de cañón apuntada y en el crucero con bóveda de crucería, reforzada por cuatro elementos que se apoyan en cuatro grandes arcos de medio punto doblado y sirven de compartimentación del espacio. En la nave del norte se ubica una pequeña terraza saliente, a modo de coro, que está comunicada con el dormitorio de los monjes por medio de una escalera de caracol, junto al ábside norte, para el oficio de maitines. A cada lado del transepto se colocan dos rosetones, que estarían decorados con lacería, una de las pocas licencias ornamentales que se permiten los monjes.
El problema de la transición de las formas góticas a un espacio concebido en su esencia en el románico, lo observamos en las cubiertas de las naves laterales y central, en la adaptación de las bóvedas de crucería a unos soportes que no aguantarían los empujes. Para solucionarlo, dispusieron los arcos fajones del eje de la nave mucho más anchos y, a su vez, los formeros de paso a las naves laterales. No siendo esto suficiente, debieron también de modificar los soportes, añadiendo al pilar cruciforme los cuatro lados donde descansaban los fustes de los arcos, unas medias columnas pareadas que disimulaban el grosor dándoles mayor verticalidad. Los capiteles de las naves cuentan con una decoración diversa, temas foliáceos, pequeñas coronas rematadas por bolas o, simplemente, cestas vacías. En todo el conjunto se resume la austeridad del Císter, su espíritu de concentración y la sola adoración de Dios.
Interior, nave transepto sur
Interior, nave transepto norte 

Nos adentramos ahora en las dependencias monásticas; desde la iglesia lo haremos por el arco apuntado doble del norte del transepto. La primera estancia que sale a nuestro paso es la antigua sacristía, de planta rectangular. Se halla cubierta con bóveda de cañón apuntado, a la que en el siglo XVII se le adosó un espacio rectangular orientado al Este.

Sacristía
 

En su lado derecho se abren dos hornacinas apuntadas, que se utilizarían como Armariorum donde se guardaban los libros que se leían en los oficios, era la llamada Lectio Divina.
Sala capitular
Sala capitular 

Inmediatamente después se dispone la majestuosa Sala Capitular, donde se celebraban las sesiones del capítulo. Se accede a ella mediante una portada de tres arcos apuntados, sólo con acceso abierto el central, y división al interior en dos naves con dos columnas centrales de capiteles foliáceos, fuste cilíndrico, con ábaco y basas octogonales. Éstas compartimentan el espacio en seis tramos mediante crucería que se apoya en columnas adosadas al muro de cesta corintia y columnillas con basa pentagonal, en correspondencia con el ábaco. En la jamba de entrada observamos una inscripción que proclama el perpetuo descanso a dos maestres de la orden de Calatrava, don Nuño Pérez de Quiñones y don Sancho de Fontonova.
Junto a ésta se encuentra la escalera de acceso al hoy arruinado dormitorio de monjes, que se cubriría con arcos de diafragma compartimentando el espacio a razón de las saeteras que distinguimos a ambos lados.
La siguiente estancia, junto a la escalera de planta rectangular, cubierta con cañón apuntado, cuenta con acceso al claustro y a la huerta por medio de una puerta hoy tapiada; según el plano ideal cisterciense, podemos afirmar que se trata del auditorio donde el prior daba la faena de cada día a los monjes, que entraban uno por uno y salían directamente a la huerta. En su flanco derecho se encuentra un acceso al hueco que deja la escalera de subida al dormitorio, el cual podría ser utilizado como archivo. Las cuatro crujías del claustro se cubren con bóvedas sexpartitas, con ojivas y claves en sus cruces.
Se adosan al claustro en sus pandas norte y oeste una serie de edificaciones que forman parte de las reformas del siglo XVI y XVII; destacamos la situada junto al dormitorio de monjes, que guarda la misma disposición de planta de salón con techumbre de madera a dos vertientes. Basándonos en este plano ideal, la cilla y el refectorio se colocarían en la panda norte y las dependencias de legos y la hospedería estarían en la crujía oeste, más alejada de la iglesia. La antigua bodega del monasterio se encuentra al Norte, excavada en la roca, con una primera sala rectangular que da paso a otras tres donde estarían las barricas del vino.


Todo el recinto monástico, a pesar de su avanzada degradación, nos ayuda a entender cómo los monasterios van cambiando de disposición y cómo se van adaptando a las nuevas formas de arquitectura. En su iglesia hay una mezcolanza entre planta románica, gruesos soportes y bóvedas ojivales que intentan, por medio de arcos apuntados, hacerse su hueco en el antiguo espacio. Muchos autores ven en esta mezcla una pervivencia del estilo hispanolanguedociano de los monasterios cistercienses de Gascuña y Languedoc, ya que los monjes fundadores procedían de esta región francesa, pero en Monsalud vemos igualmente referencias a otras casas castellanas, aragonesas e incluso navarras.
Los años de construcción se mueven entre fechas confusas que empezarían en 1170 hasta 1200, cuando ya las bóvedas de medio cañón se sustituyen por las de arista, y las formas del románico se van aderezando con elementos incipientes del gótico.

 

Cifuentes
Situado en el centro geográfico de la provincia de Guadalajara y formando parte de la comarca de la Alcarria Alta, dista unos 70 km de la capital. Cifuentes es un municipio cabecera de comarca, con diez pedanías a su cargo y bien comunicado con la capital, desde donde se accede por la A-2 para luego tomar la N-204 en dirección al pueblo.
El emplazamiento de la villa en este preciso lugar se debe al nacimiento del “Río de las cien fuentes”, llamado así por los numerosos manantiales de agua que brotan en esta tierra, que por su gran cantidad, y sin determinar el número exacto, dieron el nombre a Cifuentes. Descienden desde el cerro del Castillo para juntarse en la fuente de la balsa en el centro del pueblo, para, desde allí, dirigirse imparables hasta el vecino Trillo y desembocar en el río Tajo. En lo alto del lugar se alza el castillo, una fortaleza medieval de la que descendía el conjunto de murallas que protegían la villa. Fue mandado construir a principios del siglo XIV, a partir del año 1317, por el infante don Juan Manuel, fecha en la que se hizo con el poder del señorío de Cifuentes.
 Su término se enclava en un valle a los pies de la sierra de Megorrón; su relieve engloba pequeñas colinas, como la de Cifuentes, valles y páramos por donde discurren los ríos Tajuña, Cifuentes y Tajo, que otorgan a la comarca un paisaje peculiar, en el que crece una vegetación aromática propia de una comarca de apicultura como ésta.            
Cifuentes ha sido siempre una villa con importante relevancia histórica en la provincia. Ya desde sus orígenes de época romana se tienen datos de su poblamiento, según las excavaciones arqueológicas realizadas en la zona hacia 1976. Pero su origen real hay que fecharlo hacia los primeros años de la repoblación en que muchas tierras de la provincia fueron reconquistadas y puestas en valor hacia el siglo XI. Desde esta época quedó incluida dentro del Común de Villa y Tierra de Atienza, que, desde que se le otorgara fuero en 1149, fue extendiendo sus dominios hasta la misma línea del Tajo, incluyendo numerosas poblaciones, entre ellas Cifuentes.
La importancia de la villa fue desde ese momento en constante crecimiento, por ello los obispos seguntinos la nombraron cabeza de arciprestazgo a finales del siglo XII. La villa fue poco a poco poblándose con gentes venidas de otras tierras cercanas, sobre todo arrieros, de los que pronto tomó fama el municipio, por ser de gran categoría en su gremio. El mercado iba a ser, pues, uno de los principales focos de crecimiento y prosperidad en la villa. Se tiene constancia de su importancia porque a mediados del siglo XIII, en el año 1242, el rey Fernando III envió una carta al concejo de Cifuentes otorgándole privilegios para poder nombrar guardianes y celebrar de forma más segura y continua sus mercados, evitando así los altercados, porque por su gran popularidad era grande la afluencia de gentes que venían de toda la comarca, según cita Pedro Ortego.
Durante este siglo XIII, con el reinado de Alfonso X el Sabio, Cifuentes se independizará del Común de Villa y Tierra de Atienza, al cual pertenecía, creando su propio señorío, constituyéndose por tanto en villa cabeza de comunidad. En el año 1253 el rey Alfonso entrega tanto el señorío de Cifuentes como otros territorios colindantes a su amante doña Mayor Guillén de Guzmán, la cual puso en marcha la construcción de relevantes edificios, como la iglesia parroquial de El Salvador, y trajo notable desarrollo económico a la villa. Ya en el año 1317 el control sobre la villa pasó a manos del infante don Juan Manuel, personaje y escritor de la época, que compró todos los derechos del señorío a doña Blanca, nieta de doña Mayor de Guzmán.
Hacia el siglo XV pasó de nuevo a manos castellanas por medio del rey don Juan II, quien lo entregó a su valido don Álvaro de Luna, y éste, a su vez, lo cedió definitivamente a don Juan Silva en 1431, convirtiéndose por nombramiento del rey de Castilla en el primer Conde de Cifuentes. A partir de esta fecha se producirán multitud de cambios en su mandato y aumentos en sus tierras, llegando a ampliar el señorío considerablemente hasta que a principios del siglo XIX se produjo la abolición de los señoríos y el fin del poder de los Silva en el Condado de Cifuentes.
Durante el siglo XX la villa fue poco a poco perdiendo la importancia administrativa y de gobierno que durante tanto tiempo tuvo, hasta quedar reducida a finales del mismo a una ciudad de servicios y comercial, que atiende tanto a sus propios habitantes como a los de las cercanas pedanías de las que Cifuentes es cabeza de comarca.

Iglesia de El Salvador
Esta importante iglesia parroquial fue construida a mediados del siglo XIII a petición de doña Mayor Guillén de Guzmán, cuando su amante don Alfonso X el Sabio le donó los poderes de la villa. Se trata de una iglesia de planta gótica, tanto en su interior (bóvedas), como en el exterior (torre y distribución de las naves), pero con elementos de un románico de transición de gran importancia, como los que se aprecian al exterior en la portada abierta en el muro de poniente, llamada portada de Santiago. Dicha portada se realizó, posiblemente, entre los años 1261 y 1268, cuando el obispo de Sigüenza, don Andrés, ocupaba el máximo cargo eclesiástico en la cátedra seguntina, y cuya imagen se ve representada en una de las arquivoltas.
Al interior, el templo de El Salvador tiene planta basilical con cinco tramos y tres naves, siendo la central más alta y ancha que las laterales, separadas por columnas, con arcos apuntados y bóvedas de crucería en cada uno de sus tramos. Durante la elaboración de este trabajo visité la iglesia y pude comprobar las labores de restauración del interior de la misma, que están dejando al descubierto parte de los primeros tramos, donde se ha podido sacar a la luz la anterior traza gótica, con pilares cilíndricos y su original basamento, columnas adosadas que remataban con capiteles muy trabajados de temática foliácea y con parte del triforio gótico restaurado. La capilla mayor, cuya bóveda es de casquete de esfera, también ha sido restaurada, y se ha podido recuperar parte de sus vanos centrales, que estaban cegados.
A los pies de la iglesia se encuentra el coro alto, coronado por un gran rosetón gótico, y a los lados, en las naves laterales, una serie de capillas que se han ido abriendo con el paso de los tiempos y que son de distintas épocas y estilos. En la nave del evangelio se abre la capilla bautismal, con bóveda de crucería; conserva una pila románica en su interior que también ha sido restaurada y que describiré más tarde.
El conjunto de la portada abierta en el muro de poniente es uno de los más interesantes de toda la iglesia de Cifuentes. El amplio desarrollo de sus arquivoltas y el programa iconográfico han hecho más acentuado su abocinamiento interior, dando como resultado uno de los ejemplos arquitectónicos más importantes del románico alcarreño.
La amplitud de sus ocho arquivoltas hizo que sobresalieran del cuerpo de la fachada. En ellas se combinan trazos rectos y curvos, en forma de aristas y boceles, que se compenetran armoniosamente en todo el dibujo de la semicircunferencia de los arcos.
Las molduras de las arquivoltas se enlazan casi unas con otras, pero se diferencian tres de ellas por su muy significativa decoración: la segunda arquivolta, con representación de motivos figurados; la intermedia, con decoración de puntas de diamante, y la chambrana exterior que enmarca el conjunto, también representada con diversos motivos escultóricos.
Remata la portada una cornisa con canecillos de modillones de rollo, y en este mismo lado de poniente un rosetón gótico en su media altura. Todas las arquivoltas descansan sobre columnas adosadas de fuste liso y cilíndrico, con doble cuerpo de plinto elevado del suelo y collarino punteado. Rematan las columnas unos capiteles figurados, excepto la chambrana, que lo hace sobre el propio muro de la fachada, separados por un definido ábaco que recorre, a modo de imposta, todo el lienzo exterior desde fuera hacia la arquivolta interior.
En cuanto al significado iconográfico de la portada, se puede hablar de su influencia francesa. Autores como Herrera Casado señalan su zona de influencia en la región de Poitiers y la Borgoña. El tema representado, según Herrera, es el de la Psicomaquía, que desarrolla una batalla dentro del alma entre la Fe y la Idolatría. Sea o no este el tema, lo que sí está claro es que la iconografía representada diferencia claramente dos mundos, el de la fe cristiana (con figuras caracterizadas por bienhechores, peregrinos, miembros de la iglesia, etc.) y el de la maldad y lo diabólico (demonios y figuras deformes, que contrastan claramente con las de buena fe).
Enfrentar estos dos mundos es un tema propio del románico, y situarlos en los arcos, tímpanos o lienzos de las portadas de acceso, tanto por su papel funcional como simbólico. Es un lugar privilegiado, porque tanto quien entra como quien sale se ve atraído por su misterio, fascinado por su terrible belleza o aterrorizado y reconfortado por su enseñanza. Según su distribución, empezaremos la descripción iconográfica por la arquivolta exterior.
En la margen izquierda y desde abajo se representan los miedos, vicios y pecados de los hombres que se dejaron arrastrar por las pasiones, por lo que recibieron un justo castigo en el infierno. Comienza la composición con una figura diabólica deteriorada. En el mismo sentido le sigue un diablo desnudo, con cuernos, que sostiene entre sus manos un instrumento que termina en forma de anilla. Sigue un diablo igual que el anterior (con ojos y boca abiertos); una figura que representa un monstruo que intenta sacar la cabeza al exterior, y cuyas patas o garras sujetan una máscara burlesca y deforme que saca la lengua, y, por encima de ella, el rostro de una figura con rasgos negroides; una figura demoníaca desnuda, que lleva las manos a sus partes íntimas, con rostro de ojos y boca grandes, intentando quizás representar algún vicio; un demonio en actitud sedente, con amplia cornamenta, que sujeta entre sus prolongadas fauces un animal antropomorfo; una diablesa pariendo en actitud grotesca, desnuda, con los pechos al descubierto y sujetando entre sus garras una máscara de ojos saltones y boca que enseña la lengua de forma burlesca (por encima de la diablesa pariendo aparece una figura o busto hacia abajo con los brazos partidos y llevándose las manos hacia la boca en intención de hacer burla).





La representación de las virtudes la integran personajes venerables que fueron capaces de vencer a los vicios y al pecado. Una figura femenina, ataviada con vestido en forma de pliegues y con corona sobre su cabeza, que se ha identificado con la reina doña Beatriz, hija de doña Mayor Guillén, promotora del templo.
Los siguientes cinco personajes, de igual talla, se realizaron posteriormente, en una restauración, y son de figuras femeninas: una mujer con vestimenta típica, gorro y bastón entre sus manos; un personaje masculino que aparece en actitud orante, de rostro serio, y sujeta un bastón de mando (posiblemente se relacione con algún mandatario de la villa); una figura masculina, identificada con un peregrino, hombre cristiano que recorre grandes caminos para llegar a la fe (se le representa con bastón y sombrero); un personaje relacionado con la iglesia, bendiciendo, con báculo y con mitra recubierta de joyas (se le ha identificado con el Obispo Andrés de Sigüenza, pues la placa que hay sobre él nos revela su identidad: ANDREAS EPS SEGONTINUS); finaliza la representación de las virtudes con una pareja de hombre y mujer que apoyan sus manos sobre un atril y que representan el ejemplo de matrimonio cristiano que, venciendo los vicios y las pasiones lujuriosas, logran vivir en perfecta armonía.
Siguiendo la distribución de fuera hacia dentro, la siguiente arquivolta, la interior, representa nueve escenas, que muestran las figuras de los doce apóstoles dispuestos en parejas, y de tres ángeles que los flanquean. En la primera escena se aprecia a San Pedro y San Pablo con sus atributos tradicionales: las llaves del paraíso y la espada.




En cuanto a la composición de los capiteles, han sido recientemente restaurados como el resto de la portada, y, aunque siguen deteriorados, permiten entrever algunas escenas.
Los del lado izquierdo combinan tanto los seres monstruosos, que aparecen en el primer capitel, como otras escenas más lúdicas: un personaje ecuestre o una pareja besándose. En el quinto aparecen tres figuras que pudieran ser monjes por la actitud procesional de llevar las manos hacia dentro y las vestimentas. El capitel que coincide con la arquivolta de los apóstoles está decorado con una cesta foliácea, de hojas superpuestas. Y el último de ellos, que coincide con la jamba interior, representa una escena de la Adoración de los Reyes Magos, con éstos en la parte externa y la Virgen con el Niño y San José en la parte interna.
El primer capitel del lado derecho, siguiendo por la parte interna, representa la escena de la Anunciación de Jesús: el arcángel se presenta ante la Virgen para anunciarle la buena nueva, y la Virgen le muestra las palmas de sus manos abiertas en señal de afecto al poder divino. Continúan otras escenas de monstruos, de personajes masculinos y femeninos. El cuarto capitel representa una disputa popular entre hombres. El siguiente tiene decoración vegetal y muestra en el ángulo una cabeza saliente de forma monstruosa. Continúa otro capitel con varias cabezas monstruosas de ojos grandes y actitud burlesca, y el último de este repertorio tiene decoración vegetal similar al descrito anteriormente.
En cuanto a las representaciones que aparecen en la línea de imposta y que se alargan desde la portada hacia los laterales de la fachada, son temas relacionados con los castigos que ejercen las figuras diabólicas y monstruosas del infierno sobre aquellas personas que no siguen el camino de la pureza y la pasión de Cristo. Se representan mediante bestias deformes y animales antropomórficos: aquí el visitante puede comprobar cuál es el destino que le espera si comete los pecados. Comenzando desde la izquierda de la fachada, en la esquina, se abre una gran boca de la que sale una figura de ave con las fauces abiertas, y hacia el otro lado salen dos serpientes enroscadas que van a morder a un hombre por los pies, del cual parece colgar una bolsa con monedas (escena que puede representar el pecado de la avaricia). Continúa una figura curiosa con un hombre agachado en posición defecadora (en la Edad Media este acto era considerado de lo más repugnante, y se utilizaba para burlarse de cualquier tipo de actitud de la vida social que quisiera ser malintencionada, como ocurre aquí con el tema de la sexualidad llevada a su extremo más ordinario). Siguen dos figuras desnudas que se disputan el alma de un pecador cubierto con una túnica. Luego una gran boca en actitud de comerse a un condenado. Aparece, más tarde, una pareja de amantes desnudos y abrazados que están a punto de ser devorados por una gran boca, pagando así por el castigo que están cometiendo. Vienen luego una representación de figuras demoníacas y una figura monstruosa, de grandes mandíbulas, que devora a otra más delicada e indefensa (puede relacionarse con la representación de las bocas del Leviatán, que, según los comentaristas bíblicos, aluden directamente al demonio).
El lado derecho continúa por el primer capitel interior: sobre el capitel de la Anunciación y los siguientes, se representan temas vegetales, flores de lis y diferentes tipos de hojas, entre las que se mezclan figuras humanas. Personajes antropomórficos que parecen enfrentarse con sus cabezas. Una figura alargada que representa un diablo que sostiene en la mano una máscara de facciones amables, con intención de ponérsela sobre su rostro y así poder engañar a los hombres haciéndose pasar por un hombre bueno. Finaliza el conjunto de la imposta con dos figuras muy esquemáticas que parecen ser dos monstruos, con grandes garras, en acción de enfrentarse.
Una vez descrito el conjunto iconográfico de la portada de Santiago, hay que decir que la otra puerta, la de acceso actual a la iglesia, se encuentra en la panda meridional, y su traza es del siglo XVII, de gusto neoclásico, con arco de medio punto enmarcado en un frontón con columnas de fuste acanalado. La torre situada entre ambas puertas, en la esquina del templo, es también posterior a la etapa románica, del siglo XV y de estilo gótico. El templo tuvo en sus inicios una cabecera tripartita, con tres ábsides, de los cuales sólo queda el central, de estilo tardorrománico, con seis lados, contrafuertes en los ángulos y con tres de sus vanos recuperados, y que al exterior son de clara influencia gótica, alargados y estilizados, con doble arco de medio punto decorado con puntas de diamante.
En una de las capillas laterales de la nave del evangelio se encuentra la pila bautismal del templo, de estilo románico, del siglo XIII. Construida en piedra, la pila sigue el modelo de decoración de arcos de medio punto que forman gallones de traza muy sencilla (habituales en este tipo de pilas, con una amplia copa en relación a su base, que es muy estrecha). El diámetro de su copa es de 123 cm, y tiene 100 cm de alto con respecto al nivel del suelo. La superficie es muy lisa, está decorada con arcos de ligera incisión, con gallones poco pronunciados. Su basa es muy corta y apenas tiene fuste de unión, muy poco pronunciado también.

 

Brihuega
Desde Guadalajara por la autovía de Aragón, en el desvío en Torija, tomamos la comarcal 2011 y pronto nos encontramos con un amplio valle presidido por la fortificada plaza de Brihuega. “Brihuega se halla en el valle del Tajuña, y situada en la falda oriental, a media cuesta de la montaña de la derecha, como a dos varas del río”, como explicaba el ilustrado español José Andrés Cornide, en la visita que realizó a finales del siglo XVIII.
La exuberancia de bosques y vegetación, que pueblan la pronunciada ladera que a sus pies se desliza hacia el valle, le han conferido el bien merecido apelativo de Jardín de la Alcarria. Circunstancia que no pasó desapercibida para el agudo ingenio de este investigador que manifestaba: “Brihuega abunda en aguas pues corren por sus calles dos arroyos, y tiene en la Plaza dos fuentes con cuatro caños y en el barrio alto otra con otros cuatro. El valle de Tajuña es agradable y tiene muchas tierras de labor, alamedas a la orilla del río, y en los arroyos, y algunas viñas. Sobre el río hay un puente nuevo de piedra en el camino que va a Pajares”.
A la prodigalidad de fuentes, habría que añadir como característica más relevante la preeminente situación defensiva de su emplazamiento. Este significativo carácter de fortaleza que siempre tuvo la población, lo reflejaba claramente el afamado viajero don José María Quadrado, a su paso por Brihuega, a fines del siglo XIX: “Con recuerdos y fisonomía propia salpican acá y allá el oriente y norte de la provincia, villas importantes y nunca sometidas en otro tiempo a Guadalajara, que, coronadas de castillos señoriales, cierran por aquel lado la frontera del antiguo reino de Toledo. A tres leguas de la capital dominan la carretera desde un altillo los destrozados y pintorescos torreones del de Torija; y dos leguas más adentro hacia levante, sobre la ribera del Tajuña, aparece en amena pendiente la industriosa Brihuega, cercada de restos de murallas y protegida por las del viejo palacio o fortaleza”.
Asentamiento original que le confirió una importancia estratégica fundamental para el dominio de la comarca. Determinante factor ya puesto de manifiesto desde época clásica, por los restos de la Edad del Bronce y también romanos que se han podido constatar en su término: “En esa vega a no mayor distancia de diez metros del cauce del Tajuña, labrando en dicho mes, un vecino de Brihuega tropezó con un vasija en forma de olla ventrada y de ancha boca”, según relataba en 1905 el cronista García López en su Catálogo Monumental de Guadalajara.
Creyendo que contenía dinero –continúa narrando el hallazgo– la rompió hallando solo tres huesos humanos rotos y quemados, cenizas, algún trozo de metal y tierra; siguió la cava y en pocos días encontró hasta cerca de cincuenta vasijas de la misma forma y de análogo contenido y todas fueron destrozadas y abandonadas menos una que yo he visto, pero que después ha sufrido igual destino”. Sorprendente hallazgo que motivó al erudito cronista a emprender “algunas excavaciones en aquel sitio, con menos fortuna que el mencionado labriego. En mis exploraciones solo salieron tres o cuatro ollas, pero tan maltrechas que no he logrado sino trozos sueltos y en su interior solo huesos, tierra y ceniza he encontrado. Pero resulta que allí hubo una necrópolis”. Antiguos vestigios cuyos caracteres “más me parecieron ibéricos que romanos”, según la conclusión de García López, que se ha constatado en la actualidad, conformaban los restos de una necrópolis celtibérica, que constituyen “los vestigios arqueológicos más antiguos del valle, con urnas globulares de cerámica hecha a mano en pasta negruzca, del tipo que Almagro Gorbea fecha entre el 200 y el 2400 antes de Cristo”, según Abascal Palazón.
Pese a los hallazgos celtíberos, romanos e incluso visigodos que posee, el caserío actual no se consolidará de manera definitiva hasta la Edad Media. Momento en el cual encontramos las primeras referencias históricas que confirman la existencia de un importante núcleo de población bajo el esclarecedor apelativo de Castrum Brioca, incidiendo en el sentido estratégico situación, que transciende incluso a la propia raíz de su nombre, Brioca, en las fuentes, cuyos significados varían desde “peña fuerte”, como lugar fortificado, o incluso “castillo sobre la roca”. Topónimo de origen ibérico que parece derivar de la raíz briga, que significa “lugar fuerte y amurallado”. El aristócrata británico Richard Ford, en el primer tercio del siglo XVIII, abundaba en dicha tendencia al apuntar con agudeza: “Brihuega, Centobriga, es una antigua ciudad, en otros tiempos amurallada”.
En el último tercio del siglo XI, los ejércitos castellanos irrumpen en el valle del Tajo, al sur del Sistema Central, rebasando la inestable frontera allí establecida durante largo tiempo. En 1085 las tropas de Alfonso VI conquistan Toledo y pasan a dominar toda la cuenca del Tajo, avanzando con posterioridad por el curso del Tajuña hasta la plaza fuerte briocense. Una vez concluida esta ofensiva general, los nuevos ocupantes se encuentran, según valora Salvador de Moxó, “con una población en buena parte cristiana, allí arraigada, poseedora de sus usos y costumbres tradicionales y con la que tenían que convivir y fusionarse, asimilándola a través de un doble y recíproco influjo cultural”.
Se carece de indicios documentales fehacientes que pudieran arrojar una luz sobre cuál pudiera ser el volumen de población establecida en la comarca en el momento de su incorporación definitiva a la corona castellana. Las evidencias inciden en la existencia de “diversas ciudades y núcleos locales de población en la zona media del Tajo”, entre los que en principio no podría situarse a la propia Brihuega. El Padre Béjar citando las fuentes del cronista Garibay describe que Alfonso VI “encontró un lugar arruinado, que ahora dicen Brihuega, lo reedificó con licencia del rey Al-Mamún y puso en él muchos cristianos de su compañía”.
Ruinosa situación que no debía de ser tan extrema, pues de manera inmediata, a mediados del mes de enero de 1086, se levanta el acta de restauración de la renacida sede episcopal toledana. El abad del monasterio leonés de Sahagún, de origen francés, don Bernardo, es elegido primer obispo, y entre las cláusulas dotacionales de dicha fundación establece la “perpetua donación al sacrosanto altar de Santa María, para remedio de mi alma y la de mis padres”, de las principales villas y ciudades del antiguo reino de Toledo, citando entre ellas a Brihuega. Durante este corto período, de apenas un siglo de duración, el primitivo y en principio reducido núcleo poblacional conformado en su mayor parte por “una población rural diseminada en alquerías, aldeas y otros pequeños núcleos campesinos consagrados a la explotación agrícola de la tierra en que se asentaban”, descrita por Moxó, se irá paulatinamente concentrando, agrupados ya en centros semiurbanos, como el representado por la Brihuega, de la cual ya tenemos noticia a finales del siglo XII.
Culmina así el arduo proceso de consolidación poblacional que la temprana incorporación al señorío arzobispal de Toledo perseguía. Bajo esta poderosa autoridad creció notablemente la población del primitivo burgo: en 1180 fallece don Juan, “el tercero arzobispo que fue de Toledo”, durante cuyo mandato, según atestigua García López siguiendo a Jiménez de Rada, e fincó el logar por suyo, e el linage de aquellos fincó ay fasta D. Juan, el Tercero Arzobispo que fue de To ledo, que ensanchó el logar a los pobradores, e pobró el barrio de San Pedro.
A principios del siglo XIII, bajo el mecenazgo del Arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, según García López, Brihuega vive la “época más interesante y de mayor esplendor de nuestra villa, merced, principalmente, a los favores y amor que la dispensó el Arzobispo don Rodrigo”. Insistiendo en la notable fortaleza demográfica del núcleo poblacional al apostillar: “Cierto es que una población donde una misma época se erigen monumentos religiosos y militares tan notables, había de ser muy importante”. Afirma Moreno Atance: “es dentro de esta situación donde van a surgir las iglesias de San Felipe, San Juan, San Miguel, Santa María de la Peña y la capilla del castillo de la Peña Bermeja. Fue Jiménez de Rada quien dio el gran impulso a Brihuega y en cuyo mandato como arzobispo de Toledo se realizó la traza de todas estas iglesias; en ello están de acuerdo todos los historiadores que han tratado el tema, a pesar de no existir documentación escrita”.
Rodrigo Ximénez de Rada, que supo conciliar la sagacidad política con la erudición de su amplia obra histórica, ostentó la titularidad del Arzobispado de Toledo y por ende el señorío de Brihuega desde 1210 a 1247. “Autor de la Crónica de España, hombre virtuoso y a la par de guerreros arrestos, mentor y acompañante en sus heroicas gestas de Alfonso VIII el de Las Navas”, según describía Layna Serrano; durante su mandato conoce Brihuega un gran desarrollo como consecuencia directa de un ambicioso programa de profundas reformas con tres claros objetivos.
El primero, económico: dinamizar el intercambio comercial en la localidad, favoreciendo la concesión, sancionada por Enrique I en 1215, de una feria anual, a celebrar en principio en San Pedro y San Pablo “cuatro días pasados de la del señor San Juan”. Período que posteriormente fue modificado, en 1252: “la feria que será por la fiesta de todos los santos, primera que viene”.
El segundo, jurídico, a través de la promulgación, en 1242, del Fuero de Brihuega, que estableció las sólidas bases que regularon vida del conjunto del vecindario “con el cual le dio la organización municipal propia, derechos muy estimables, privilegios de cuenta y deberes escritos, siempre más arraigados y llevaderos que los que dependen de la voluntad, no siempre ordenada, de un señor”, según describió García López. Afianzando la preponderancia de la villa cabecera, a la que no sólo le reconocía el dominio ya ejercido sobre un nutrido número de aldeas dependientes, entre las que incluía Pajares, Romancos, Villaviciosa, Valdehita y Valdelacueva, sino que lo ampliaba además a otras seis: Gajanejos, Castilmimbre, Ferreñuela, Valdesaz, Tomellosa y San Andrés, que conformaban la llamada Tierra de Brihuega.
El tercero, urbanístico: afrontó importantes reformas y ampliaciones tanto del cinto amurallado, que albergaba a la población, como del palacio fortaleza, que paulatinamente transformó en residencia episcopal. Y, lo que es más importante, bajo sus auspicios comenzó de manera decidida la construcción de las iglesias de San Miguel y San Felipe, “una deliciosa construcción de estilo románico de transición al gótico”, y la finalización de Santa María de la Peña “uno de los más bellos ejemplos de arquitectura cisterciense de la provincia” –según define García López–, que presumiblemente había comenzado don Cerebruno, su antecesor a fines del siglo XII, junto con las de San Juan y San Pedro”. Tanto la tipología de dichos edificios como las evidentes relaciones comparativas que manifiestan con otros cercanos y coetáneos ejemplos, situaría n su traza en el segundo tercio del siglo XIII, momento en el que Jiménez de Rada ocupa la silla arzobispal de Toledo.
En un momento inicial de dicho proceso, la segunda mitad del siglo XII, de manera coetánea a la construcción en Francia de catedrales tan relevantes como Noyon o París, en España, según Moreno Atance, se comienza a vislumbrar la aparición de nuevas fórmulas arquitectónicas: “Los maestros extranjeros que aquí trabajan de forma esporádica aportan influencias borgoñonas, inglesas e incluso normandas”. En el vecino obispado de Cuenca se está construyendo la catedral, con influencias anglo-normandas en su concepción. Por otra parte, el arte cisterciense defiende una estética distinta, pero empleando “parecidas innovaciones técnicas”. Variantes que en el cercano Monasterio de Monsalud, fundado por monjes cistercienses de Lescale-Dieu, de la Diócesis de Tarbes, hacia 1141, serían de origen gascón, promovidas por los maestros canteros trasladados a la Alcarria con la propia orden. Paralelamente a ambos fenómenos exógenos, los alarifes musulmanes aquí asentados alumbran con sus nuevas artes “la aparición de los primeros edificios mudéjares”.

Iglesia de San Felipe
La iglesia parroquial de San Felipe se levanta en pleno núcleo urbano de la villa de Brihuega, flanqueada hacia mediodía y poniente por una amplia plaza ajardinada, aneja a la calle mayor. Tanto su fachada norte como el ábside de cabecera, orientado hacia levante, se abren dificultoso paso entre un grupo de viviendas, colindantes ya con el trazado de la antigua muralla de la localidad. Como apuntaba García López, sigue un patrón semejante al respetado por el resto de las iglesias briocenses levantadas en el mismo período: “Todas ellas fueron erigidas en sitios despejados, en plazuelas espaciosas y son los pegadizos que sucesivamente las han ido deformando y ocultando”.
La traza original del edificio difiere bastante de los planteamientos propios del estilo románico de repoblación, que caracterizó el conjunto de manifestaciones estudiadas en la comarca, levantadas a lo largo del siglo XIII. Su tardía concepción ya no ha de suplir las carencias que el párroco debe paliar en su oficio diario a la reducida feligresía, “estas iglesias tienen menos carácter rural y quizá, sobre todo, parroquial”. Ha de ceñirse a los nuevos modelos que, a través de su cada vez más elaborado aparato de propaganda, pretenden imponer sus acaudalados y poderosos mecenas. Según advierte Moreno Atance “no son templos que surgen solamente por las necesidades del pueblo”, esgrimiendo los recurrentes modelos previos seguidos en Beleña de Sorbe o Sauca, “sino que se deben a fundaciones regias o de prelados”, como también lo fueron Cifuentes o Alcocer.
Su ejecución tardía –la mayoría de los especialistas coinciden en valorarla como tardorrománica– propició que tanto los soportes empleados en su alzado, el diseño de las portadas principales y las cubiertas empleadas para su culminación, tengan el inexcusable sello de los titubeantes inicios de la nueva tendencia preponderante, entrado ya el siglo XIV, el denominado estilo protogótico. Temprano intento por trascender el arquetipo románico previo, modificando sus fórmulas, estilizando los soportes y elevando las alturas de sus naves, dotándola de esa aspiración, mayor que en el período precedente, de conferirle unas dimensiones propias de reducidas catedrales. Moreno Atance, siguiendo a Lambert, considera que tanto San Felipe, como San Miguel y Santa María de la Peña, “estructuralmente podrían aproximarse a Cuenca y Osma, que poseen la misma disposición de cabecera sobresaliente”, incidiendo en que, si bien responden “a la misma estética que las primeras catedrales, poseen un carácter menos grandioso”.

La estructura de la iglesia está compuesta por un cuerpo central, de tres naves longitudinales, la central más ancha y alta que las otras, de las que está separada por cinco arcos fajones apuntados en cada lado, que apean sobre pilares compuestos, a los que se ciñen estilizadas columnas. En el paso de la nave central al presbiterio se localiza un arco triunfal, también apuntado, configurado por dos arquivoltas aupadas sobre sendas columnas adosadas a las pilastras laterales. La cabecera, rematada con un presbiterio recto, se corona con el clásico ábside semicircular, dispuesto en dos tramos, según establece su concepción románica original.
La disposición tradicional de la sencilla espadaña, situada a sus pies, da paso a la colocación en dicho lugar, tan significado, de su portada principal. No tenemos constancia de la existencia previa de una torre-campanario. La opinión más extendida, apuntada ya por García López a principios del siglo XX, defiende que carecía de ella: “No parece que tuvo torre, pues no se ven señales de ella, ni el lugar de su emplazamiento”. La torre actual, separada del resto del edificio, constituye un claro ejemplo de la reutilización de una torre defensiva previa, que formaba parte del antiguo recinto amurallado, como bien atestigua el detallado análisis del aparejo de su primer cuerpo, levantado sobre el mismo tipo de mampostería utilizado en el resto de la fortaleza. Nuevos usos que asumió en época ya muy tardía, como defendía García López, “en los últimos años del siglo XVIII”, cuando “se aprovechó un torreón redondo de la muralla próxima al ábside para erigir sobre él el actual campanario, de planta cuadrada y de esquinas de amplio chaflán”. Planteando paralelamente la posibilidad de que “quizá allí mismo estaba el campanario antiguo, que se derribó para construir éste que ahora existe”.
El aparejo utilizado en su alzado combina sillares y mampostería de piedra, alternando con el tradicional ladrillo de las iglesias briocenses, también presente en las cercanas iglesias de San Miguel y Santa María de la Peña. Las sucesivas modificaciones y ampliaciones llevadas a cabo sobre su traza románica inicial y los diversos tratamientos sufridos, tanto enlucidos, como revestimientos y superposición de varias pátinas de diversa policromía, condicionan la percepción que pudiéramos lograr de los materiales empleados en sus orígenes. Aunque todos los indicios parecen indicar la utilización mayoritaria de sillería de piedra en los elementos más antiguos de su vigente estructura.

En el exterior, la iglesia de San Felipe guarda una estructura peculiar, sin llegar a respetar el concepto clásico de las postreras iglesias de estilo gótico, en las que las portadas principales además de situarse a los pies suelen también fijarse anejas al crucero de cabecera.
En nuestro caso, dicho diseño se antoja imposible al perdurar la primitiva traza longitudinal, prolongada en el recto presbiterio románico y carecer del mencionado crucero. Nos encontramos, como apunta Moreno Atance, ante una concepción intermedia, que mantiene “la tradición del románico rural de portadas laterales”, emplazando su única y principal fachada a los pies.
En el extremo próximo a la cabecera de la nave lateral, localizada al Norte, nos topamos en definitiva con uno de los principales elementos que se conservan de los restos románicos: una pequeña y sobria portada de acceso, con claro regusto cisterciense, compuesta por un arco de medio punto, recogido por una pequeña moldura de piedra, exenta de decoración, que apea sobre pilastras. Incidiendo en el sentido híbrido de sus planteamientos que ya resumiera dicha autora en su acertada conclusión, “como en Cifuentes o Alcocer, poseen éstas un estilo propio, producido al adaptar las formas cistercienses o del románico rural, a unas nuevas estructuras”, fruto de la crucial época en que fueron concebidas, de marcado carácter gotizante.

La fachada principal, emplazada en el lado occidental, representa estructural y estéticamente la parte más significativa y relevante del conjunto. Bajo la cubierta a dos aguas de la nave central se abre un gran rosetón, gradualmente insertado en el grueso muro mediante la sucesión de varias molduras y guardapolvos, que alternan superficies lisas con una orla externa de puntas de diamante; entramado de estilizadas tracerías que configuran una espectacular estrella de seis puntas. Según nos describe García López en su Catálogo Monumental de Guadalajara:
Ennoblece más esta elegante fachada un rosetón circular, abierto bajo el ángulo en que concluye el muro central. Consta de un círculo rodeado de seis medios círculos uno y otros con lóbulos, redientes y arquillos que forman una elegante tracería ojival. Las líneas rectas dominantes forman el exalfa o sello de Salomón, pero sin intención notoria de que resalte”. Simétricamente, dispuestos a ambos lados del eje definido por dicho rosetón, se alzan sendos óculos de menores dimensiones, ornamentados con una lisa moldura interna, el de la fachada norte, y con cordones que albergan una compleja estrella de seis lóbulos en su interior, el de la sur, que garantizan la adecuada iluminación del interior de las naves laterales. Advertía el cronista sobre las claras diferencias apreciables entre ambos elementos: “Pero aquí comienzan a notarse las extrañas circunstancias de este templo, pues además de esta diferencia que anoto en el adorno interior de los óculos, se ve que no son del mismo diámetro, ni están a la misma altura. Además, en el cuerpo de la izquierda y por debajo del óculo corre a manera de imposta horizontal un moldurón que no tiene objeto alguno. Me hace entender este adorno, que aquel cuerpo se hizo antes que el de la derecha, al que no se creyó oportuno añadir la misma imposta”, apuntaba como recurrente justificación a disparidades tan manifiestas.

El trazado original de la iglesia incluía tres portadas, la primera ya descrita, orientada hacia el Norte y de características plenamente románicas, y las otras dos, al Sur y a poniente, consideradas de transición entre el románico y el gótico.
Actualmente sólo conserva su uso la dispuesta a sus pies, la portada central de acceso, coronada por esta evolucionada disposición de amplios vanos, apoyada sobre un cuerpo recrecido cubierto por un tejaroz de losas de piedra y enmarcada por los contrafuertes que afianzan el tramo inferior de sus muros.
Cinco arquivoltas abocinadas constituyen el apuntado arco principal: el interior se nos presenta aderezado mediante la superposición de cuatro cordoncillos lisos, tres de los cuales apean sobre columnillas ornadas con naturalistas cestas en sus capiteles de hojas de acanto, combinando, en la inclusión entre columna y columna, con rosetas y puntas de diamante. Motivo que aparece igualmente en la ojival orla que sella la moldura de la arquivolta externa. La variada y novedosa decoración empleada combina, como hemos descrito, el naturalismo de las estilizadas formas vegetales de sus capiteles con los clásicos motivos geométricos, de puntas de diamante y rosetas, que se intercalan entre los esbeltos fustes de las columnillas sobre las que se asienta. En la parte superior del arco se localiza una cornisa, rematada por doble moldura lisa y jalonada por una serie de canecillos en los que se inscriben cabezas antropomorfas y zoomorfas de notable factura. Tipología que también se hace patente en las dos ménsulas de piedra inscritas sobre los contrafuertes de la portada, compuestas por figuras que parecen simular animales.
Al igual que sucede en Santa María de la Peña, en la fachada meridional de la iglesia encontramos otra portada que, en sus proporciones y la disposición de los elementos constitutivos, respeta las mismas características definidas en la principal. Enmarcado entre los contrafuertes laterales y el tejaroz superior, recrecida sobre el muro en el que descansa, se abre paso un gran arco apuntado abocinado, compuesto por la superposición de cinco arquivoltas decoradas con guardapolvos de puntas de diamante, que descansan sobre cuatro pares de estilizadas columnillas laterales. Curiosos capiteles rematan el basamento, en cuyas cestas asoman inquietantes caras zoomorfas; “capiteles con una cabecita humana en cada uno y entre las columnas una sarta de cabezas de clavo”, definía García López concediéndoles un carácter “más antiguo”, que acompañaban al viajero en su ingreso a la nave lateral. El conjunto, cerrado con una sobria cornisa alzada sobre lisos modillones, constituye igualmente una interesante manifestación del mencionado estilo protogótico de transición.
Fachada meridional
Puerta meridional
San Felipe data del siglo XIII y es una bella muestra del estilo Románico en transición con el gótico. Consta de tres naves siendo la central la más grande. Estas naves están separadas entre sí por cinco arcos sostenidos cuyas columnas constan de capiteles con motivos florales.


Iglesia de Santa María de la Peña
Situada en el extremo sur de la villa, junto a la roca que corta el altiplano briocense, se encuentra la iglesia de Santa María de la Peña. Forma parte de la muralla medieval que recorre el borde meridional de la villa. Es una de las cuatro iglesias medievales que tuvo Brihuega a principios del siglo XIII. Fue mandada construir por el arzobispado de Toledo bajo mandato de don Rodrigo Jiménez de Rada, siendo precursora de la arquitectura cisterciense bajo un modelo arquitectónico que recogía los nuevos avances reflejados, principalmente, en la utilización de bóvedas y arcos ojivales en detrimento del arco de medio punto, puramente románico. Según algunos historiadores, como Catalina García, la construcción pudo iniciarse a finales del siglo XII, pensada en el estilo predominante de la época, el románico, aunque según avanzaba su obra tuvo que someterse a las nuevas directrices que iban apareciendo hacia el siglo XIII.
El hecho de que se construyera al borde de la meseta, elevándose sobre el valle del Tajuña, se ha justificado por la leyenda que acompaña la historia de este edificio. Cuenta la tradición que fue en las inmediaciones de este lugar, en las oquedades más profundas, donde la Virgen, con el Niño en brazos, se apareció a la princesa Elima, hija del rey moro Al-Mamún a finales del siglo XI, y que cautivada por tal acontecimiento y prendada de su esplendor decidió convertirse al cristianismo. En ese mismo instante y en dicho lugar se construyó una pequeña ermita donde poder venerar a la Virgen, que fue, desde entonces, la patrona de la villa.
Tiempo después se sustituyó la vieja ermita por un templo de mayores dimensiones, en el emplazamiento que hoy vemos de estilo románico, en el siglo XIII y derribando para ello la antigua fábrica.
Se trata de un templo de estilo románico tardío, vinculado al grupo de iglesias que pueden denominarse protogóticas, como las de Sigüenza, Cifuentes y las briocenses de San Felipe, San Miguel y Santa María de la Peña, en las que se inicia lentamente el arte gótico. Cerrando el pradillo de la iglesia se encuentra la redondeada mole del castillo de la Peña Bermeja, alzado sobre la primitiva fortaleza árabe del siglo XI, que una vez en manos del señorío eclesiástico de Toledo fue reformado y reconvertido en palacio residencial para pasar largas estancias.
La iglesia de Santa María describe en planta una estructura de forma rectangular, con la disposición de tres tramos, con cabecera a saliente y torre a poniente, con la salvedad de situar en el lado norte el pórtico de ingreso, en lugar de situarlo al lado sur como era lo habitual, debido a que el borde de la roca hacia inaccesible su entrada. En su lugar se abrieron posteriormente, hacia el siglo XVI, dos capillas laterales como prolongación de la nave sur.
Al exterior se aprecia la conjunción de volúmenes que se han ido adaptando a la arquitectura del edificio a lo largo de sus diversas etapas, formando un conglomerado de varios estilos arquitectónicos, pero que ha logrado respetar la original planta románica del siglo XIII. La fábrica en su conjunto es de sillares regulares, para las partes más nobles, y de mampostería típica de piedra y argamasa, para el resto de los muros.
En el lado oriental se sitúa la cabecera, con ábside poligonal de cinco paños separados por contrafuertes, cada uno de los tramos ocupados por un vano de arco de medio punto con tres arquivoltas, rematadas en su contorno por una chambrana de puntas de diamante. Las arquivoltas de fino bocel descansan sobre pequeñas columnitas muy estilizadas con decoración de capiteles vegetales. Parte del ábside se encuentra oculto en la panda sur por la adhesión de un cuerpo de planta rectangular para la sacristía, por lo que sólo se aprecian cuatro de los cinco vanos. Es oportuno señalar también que parte del ábside se encuentra relleno casi hasta la altura de los vanos para quedar igualado al nivel de la calle, ocultando la fábrica de sillería en su parte inferior. Destaca la altura de la nave central sobre las laterales, que, sobresaliendo en volumen, recoge la luz exterior a través de amplios vanos apuntados, tres en la panda norte sobre la portada de ingreso. Dichos vanos se resuelven con arco apuntado con chambrana decorada con puntas de diamante y tímpano. El primero de ellos, original del siglo XIII, se ha podido conservar intacto, mientras que los otros dos fueron sustituidos por dos de piedra en 1995. Una línea de canecillos recorre parte de la cornisa de la nave central en el primer tramo, pues el resto desapareció sufriendo restauraciones posteriores.

La portada de ingreso se encuentra resguardada por un pórtico moderno y se abre mediante un gran arco apuntado de clara influencia gótica. Está compuesta de cuatro arquivoltas que se decoran con puntas de diamante, fino bocel la segunda y palmas vegetales. Ocupa el arco interior un tímpano rebajado con dos arcos apuntados simétricos que simulan un falso parteluz. Sobre éste se sitúan tres óculos, el central tetralobulado. Descansan las arquivoltas, a su vez, sobre esbeltas columnas adosadas al muro, y los capiteles mezclan motivos vegetales con algunos historiados, en el margen izquierdo, que parecen representar escenas de la Virgen María. Tras las últimas restauraciones del año 1994 se aprovechó el cincuenta por ciento de los fustes de las columnas y se rehicieron los capiteles del margen derecho, en los que se representa las escenas de la Anunciación, Visitación y Nacimiento.


La torre es posterior a la realización de la iglesia románica, se localiza a poniente y tiene planta cuadrada. Consta de dos cuerpos, en cuya parte inferior se abre una nueva portada, esta vez bajo un sencillo arco de medio punto sobre el que se emplaza un escudo del cardenal Juan de Tavera (1534-1545), época de ampliación de la iglesia. De esta época es también la apertura de dos nuevas capillas en el lado sur, que ensanchan aún más la nave lateral.

Una vez en el interior, se aprecia la diferencia de altura de las naves, más alta la central que las laterales, y la iluminación que se consigue a través de los amplios y esbeltos vanos de la nave central. La separación de esta nave con las laterales se resuelve a través de arcos formeros de medio punto que descansan sobre gruesas pilastras con columnas adosadas, mientras que las naves laterales lo hacen mediante arcos apuntados. A excepción de los brazos del crucero, que se cubren con cúpulas sobre pechinas barrocas, el resto lo hace con bóvedas de crucería de fina ejecución, mostrando todas las nervaduras sobre la tosca piedra.
Si algo llama la atención al interior, a parte de la tenue luminosidad de su espacio, es la rica decoración de los capiteles que se reparten por cada una de las columnas. De diversa temática, pero de rigurosa ejecución, pueden apreciarse capiteles vegetales de roleos, hojas de acanto y otros frutos, acompañando a capiteles de temática historiada, que pone de manifiesto el significado del arte románico en una unión de la iglesia con sus fieles, desarrollando un programa iconográfico que muestra la lucha entre el bien y el mal, la necesidad de la penitencia y el perdón para salvarse de las penas del infierno. Por este motivo se realizan capiteles como el que aparece en la nave central, que muestra la escena bíblica de Sansón degollando a un león. La temática mariana es la más desarrollada en los capiteles, y, en este caso, siendo la advocación de la iglesia a Santa María, no es difícil de explicarlo; entre ellos destacan la Anunciación de la Virgen, capitel también de la nave central junto a los pies. Acompañan el programa iconográfico otras figuras antropomórficas como centauros, toros alados, y figuras animales, como monos, perros y otros de difícil adscripción.
El paso de la nave central a la capilla mayor se resuelve mediante un gran arco triunfal apuntado, dando acceso, en primer lugar, al presbiterio recto con columnas adosadas y bóveda de crucería. El ábside poligonal se cubre con bóveda de crucería de seis nervios que descansan sobre esbeltas columnas rematadas en capiteles foliáceos. Se divide el ábside en cinco tramos, ocupado cada uno de ellos por un delgado vano de arco de medio punto, ligero abocinamiento y recercado por chambrana de puntas de diamante. En la parte central del altar mayor se venera la imagen de la Virgen de la Peña, situada sobre un pedestal adornado al efecto.
A los pies de la nave se encuentra el coro alto, sobre un amplio arco escarzano y escoltado por medallones de estilo plateresco del siglo XVI, época en la que se realizan ampliaciones en el templo por parte del Cardenal Tavera, promotor de toda la obra renacentista en el templo, plasmada al exterior por la portada occidental y rematada por el escudo arzobispal.
Se trata, por tanto, en su conjunto de uno de los templos más significativos y de mayor devoción de la provincia de Guadalajara, en el que se marcan las pautas de un claro avance hacia el gótico, aunque perviviendo con la tradición del arte románico. Es una muestra de la importancia que para el arzobispado de Toledo tuvo la villa de Brihuega, concretamente la iglesia de Santa María de la Peña, lugar de culto y devoción de la patrona del municipio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] La cora (o kora) era una de las demarcaciones territoriales en que estaba dividida al-Ándalus, ​ la antigua península ibérica islámica, durante el emirato y el califato de Córdoba. Coexistía con otra demarcación territorial denominada Marca ("thagr"), que se superponía a las coras en las zonas fronterizas con los reinos cristianos. Ambas constituían la organización territorial andalusí.

Según el diccionario de la RAE, la palabra cora proviene del árabe kūrah, y esta del griego, con el significado de territorio.

 

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