Románico en la Alcarria
En esta parte septentrional de la
Alcarria, dos templos son excepcionales por diferentes motivos y que se alejan
de lo habitual en esta comarca. Se trata de las ruinas de Nuestra Señora de la
Varga de Uceda y la iglesia porticada de San Miguel en Beleña del Sorbe.
El templo de Uceda es uno de los más
monumentales de Guadalajara, a pesar de encontrarse arruinado.
El impulso directo del arzobispo toledano don
Rodrigo Ximénez de Rada, como ocurre en los templos de Brihuega, permite la
edificación de una iglesia de tres naves y algunos adelantos arquitectónicos
impropios de la mayoría de los templos rurales.
Más espectacular es, sin duda, la iglesia de
Beleña del Sorbe que, lejana a influencias cistercienses, muestra un repertorio
iconográfico sin par en el panorama románico alcarreño.
Beleña de Sorbe
Es una población situada en las estribaciones
de la sierra del Ocejón en la ribera del río Sorbe, cuyo cauce forma el pequeño
embalse de Beleña, a unos 10 km al suroeste de Cogolludo. La iglesia de San
Miguel se sitúa en la ladera de un pequeño cerro coronado por las ruinas de un
antiguo castillo.
No tenemos fuentes documentales de Beleña hasta
la Bula papal que en marzo del año 1127 envía Honorio II al arzobispo de Toledo
Raimundo señalando esta población como límite de su diócesis. Anteriormente con
seguridad ofrecería el mismo proceso histórico que sus territorios aledaños, es
decir, que entre los siglos X y XI sería una zona en constante litigio y centro
de enfrentamientos bélicos entre musulmanes y cristianos, que la reconquistarán
definitivamente a finales del siglo XI o principios del siguiente. En el año
1170 Alfonso VII concede un privilegio real de población, la villa y el
castillo a Martín González de Contreras, mayordomo de la reina Leonor y esposo
de María Gutiérrez, futura abadesa del monasterio de Santa María la Real de las
Huelgas de Burgos, privilegio que sería confirmado con más concesiones en el
año 1182. De tal manera que, sin duda, la construcción de la iglesia de Beleña
estuvo en relación con este poderoso personaje. Posteriormente el señorío de
Beleña pasa por relaciones familiares a la familia Valdés. En el siglo XV
parece que la villa goza de cierta importancia, ya que la familia Mendoza, en
la persona del primer Marqués de Santillana, se la apropia por la fuerza,
manteniendo en el siglo XVI un largo pleito con la familia Valdés por su
posesión. En el XVI aparece mencionada en las Relaciones Topográficas de Felipe
II en los siguientes términos: A los veinte y nueve capítulos dixeron, que
hay en esta villa poco más alto un Castillo é Casa fuerte fundado sobre peña,
que se llama el Castillo de Monilan, é que tiene salas en ella fundadas en
peñasca... hechas en ella, é lo demás materiales de cal é canto é ladrillo.
Con posterioridad aparece bajo dominio de la mendocina rama de los condes de
Coruña y Vizcondes de Torija, quienes recibieron en el siglo XVIII el título de
marqueses de Beleña.
Iglesia de San Miguel
La iglesia de San Miguel presenta una planta de
cruz latina con una nave y un transepto rectangulares y una cabecera poligonal.
Un pórtico recorre el costado meridional de la nave, a la que se adosa en su
parte occidental un cuerpo al que se accede desde el interior de la nave y que
es utilizado en su zona inferior como pequeña capilla y en la superior como
trastero. Sobre el muro sur de este cuerpo se alza la espadaña. Completa la
estructura una sacristía contigua al sur de la cabecera.
Con respecto a su evolución constructiva, nos
encontramos ante un primitivo edificio románico fechado a finales del siglo XII
bajo el patrocinio de Martín González de Contreras, momento en que presentaría
una nave rectangular con una cabecera posiblemente semicircular.
El pórtico rodearía a la nave por el costado
meridional y por el occidental, como ocurre en Pinilla de Jadraque, Saúca o
Carabias. Sin embargo la galería oeste fue eliminada con posterioridad para
disponer la estancia actual. En origen el pórtico presentaría la estructura de
arcadas que descansarían en dobles columnas, la gran mayoría de las cuales
fueron sustituidas por pilares. A principios del siglo XVI el templo es
sometido a una gran reforma.
En este momento se sustituye la antigua
cabecera románica por la actual tardogótica, renovación que se completa con el
transepto y la sacristía.
Posiblemente estuviese previsto un plan más
ambicioso que abarcarse la sustitución o reforma de la nave central y la
edificación de una segunda meridional, como parece sugerir la mayor anchura del
brazo sur del transepto donde se observa el arranque de un inconcluso arco.
Desafortunadamente no conservamos elementos decorativos que marquen la
filiación de la ampliación, que con seguridad se produciría algunos años
después de la construcción de cabecera y transepto, una vez desechado el plan
de construir dos nuevas naves, de tal manera que conservan el pórtico, al que
también reforman sustituyendo algunas dobles columnas por pilares prismáticos,
ya de estilo renacentista.
Tiempo después, probablemente en período
barroco, se alza el cuerpo occidental en cuyo muro sur se eleva la espadaña.
Para la construcción de este cuerpo es muy posible que se eliminase parte de la
galería porticada oeste, como parece indicarnos la rotura de muros donde se
inicia el cuerpo y sobre el que se desarrolla la espadaña, además de conservar
lo que parece ser el antiguo punto de unión con la nave norte, visible en unos
sillares dispuestos en este costado. En cuanto a la espadaña parece que se levanta
ahora, aunque su cuerpo de campanas parece haber sido remontado en algún
momento.
Finalmente, según diversas fuentes, la nave
estaba cubierta con una bóveda de cañón que fue destruida durante la guerra
civil, aunque no encontramos ningún resto material que lo confirme, ni
contrafuertes que ayudasen a descargar el peso de la misma, por lo que quizá la
nave estuvo cubierta con una sencilla armadura. En la actualidad presenta una
bóveda de medio punto rebajada de escayola.
En la nave observamos cómo su costado
septentrional está en parte oculto por el suelo que ha ido ganando altura con
el paso de los años. El lienzo, muy sencillo, está realizado en mampostería
pero reforzado con sillería en su parte occidental, justo en la zona que limita
con la estancia adosada; en origen este paño de sillares marcaría la unión
entre el fin de la galería porticada occidental y la nave. Una serie de
canecillos románicos de nacela marcan donde estaría situada la línea de cornisa
en época románica, línea que fue recrecida durante la reforma del XVI.
Actualmente el lienzo septentrional de la nave se remata con una moderna
cornisa de tejas vueltas flanqueadas por dos listeles de ladrillos. Una pequeña
ventana de medio punto se abre en el muro, que también cobija la rosca de un
arco de medio punto y los arranques de las jambas, rematadas en cimacios
achaflanados, de una sencilla portada de origen románico que ha sido ocultada
por la elevación del terreno.
La fachada meridional de la iglesia está
recorrida por un pórtico de sillería de origen románico que fue reformado en el
XVI. Nace en un podio desde donde arrancan las arquerías, organizadas en el
lado sur por tres grupos de tres arcos, separado cada uno por machones
rectangulares. La portada de acceso se abre entre dos de los conjuntos. Las
arquerías están formadas por arcos de medio punto que en origen apoyarían en
columnas pareadas de las que sólo conservamos aquellas que están adosadas al
machón de separación y las de la arcada occidental, esta última sin columnas
que unan al machón, sólo en el intercolumnio. Ya que en el siglo XVI se
sustituyen las dobles columnas por pilares rectangulares de aristas
achaflanadas.
Las columnas se forman por basas áticas, que
nacen de plintos, a las que continúan los dos fustes contiguos sobre los que se
desarrollan los capiteles dobles, tallados en una misma pieza. Rematan los
capiteles unos cimacios moldurados generalmente con una nacela, aunque también
pueden aparecer pequeños boceles, listeles o decoración de ajedrezado, que
sobrepasan los límites de los capiteles y de los pilares, a quien también
coronan, convirtiéndose en una nacela que rodea toda la galería. Hemos de
señalar que algunas basas, fustes, arcos y cimacios están restaurados.
La estructura del pórtico no difiere mucho de
la que se utiliza en Pinilla de Jadraque, ni en la soriana ermita de Santa
María de Tiermes, que repite composición aunque sin utilizar las arquerías de
tres arcos, y cuya decoración escultórica ha sido puesta en relación con
nuestra portada de acceso a la nave. La puerta de acceso al pórtico repite la
misma estructura, incluso con columnas del mismo tamaño, que la de las
arquerías, con la única diferencia que el arco de entrada tiene una mayor luz y
es rebajado.
Con respecto a la decoración de los capiteles,
todos están decorados con motivos vegetales. Se aprecian cestas con grandes
hojas lanceoladas de nervio central, y un segundo modelo de grandes hojas
planas rematadas en bolas. Este tipo de ornamentación está emparentado con el
contemplado en Pinilla de Jadraque y en la portada de Cereceda.
El pórtico se culmina con una deteriorada
cornisa de nacela que apoya en treinta y tres canecillos decorados con nacelas,
motivos geométricos, como rollos o bezantes, rostros antropomorfos grotescos o
montruosos, y lo que parece un exhibicionista. Todos los canecillos están muy
deteriorados, motivo que dificulta la labor iconográfica, aunque predominan los
que muestran rostros grotescos y monstruosos. Finalmente el pórtico, bastante
más bajo que el nivel de la nave, se cubre con techumbre de madera a un agua.
En el interior del pórtico es destacable la
existencia de un tablero de alquerque en la cara de un sillar situado en el
interior del lado oeste de la portada. La presencia de estos tableros, juego
típico medieval, en los sillares de iglesias románicas no es excepcional ya que
aparece representado en la burgalesa de San Pedro de Arlanza o en las sorianas
de Bocigas de Perales y San Esteban de Gormaz.
Pero sin lugar a dudas lo más interesante de
Beleña es su excepcional portada, a la que arropa un antecuerpo que incluye las
escaleras de acceso a la puerta. Consta de arco de medio punto, que descansa en
dos jambas, al que rodean tres arquivoltas, la inferior figurada, la central
moldurada con un baquetón y la exterior lisa. La estructura apoya en jambas y
dos pares de columnas que nacen de un podio que recorre todo el antecuerpo.
Las columnas se rematan en capiteles que están
decorados, de izquierda a derecha, en primer lugar con una cesta en la que se
observan a tres personajes, un grupo de dos personas uno de los cuales está de
pie, vestido con túnica, coronado y sujetando la parte superior de una prenda
de vestir que pertenece a una segunda persona de pelo largo vestida en su parte
inferior. Junto a ellos se dispone una tercera masculina de pelo largo y que
tapa con las manos sus partes pudendas en actitud vergonzosa. Esta enigmática
escena ha recogido diversas interpretaciones.
Un "pecador" aparece
atormentado por dos seres infernales junto a una escena que ha sido
interpretada como la Expulsión del Paraíso, en la que Dios viste a Eva mientras
Adán espera.
Dios el Señor hizo ropa de pieles para
el hombre y su mujer, y los vistió. (Génesis 3).
En primer lugar Layna Serrano creyó ver la
representación de José y la mujer de Putifar, escena del Génesis bíblico en la
que José, una vez vendido por sus hermanos, es comprado por el egipcio Putifar,
cuya mujer se insinúa varias veces al esclavo. Una de ellas, a la que según
Layna Serrano se refiere el capitel, la mujer identificada por la figura con
corona, agarra el manto de José, el segundo personaje, hasta quitárselo.
Mientras que el hombre desnudo se correspondería con el engañado marido. Una
segunda interpretación es defendida por Inés Ruiz Montejo y Manuel Castiñeiras,
en ella la escena haría alusión a un momento anterior a la expulsión del
Paraíso en la que Dios, que se correspondería con la figura coronada, viste con
túnica de piel en un primer momento a Eva, mientras que Adán desnudo y
avergonzado espera en la esquina su turno.
En el siguiente capitel observamos un
deteriorado personaje central que está siendo atormentado por dos seres
antropomorfos de cuerpos monstruosos. Manuel Castiñeiras, siguiendo con la
temática anterior, relaciona el tema con el momento en que Adán es conducido
por dos demonios al infierno donde deberá esperar la venida de Dios,
iconografía no bíblica sino que procede de una obra teatral titulada el Jeu
d´Adam ampliamente conocida en el medievo.
Los dos siguientes capiteles, situados en las
dos columnas de la izquierda, presentan una iconografía mucho más clara
relativa a la resurrección de Jesús ya que aparece la escena de las Tres Marías
ante el sepulcro vacío. En primer lugar observamos en la cesta del interior la
representación de las tres mujeres vestidas con túnica y velo que portan en sus
manos ungüentos para embalsamar el cuerpo de Jesús. La segunda cesta relata la
segunda parte de la historia con el sepulcro vacío de Cristo, momento en que un
ángel, que porta la cruz, relata a las mujeres el milagro, mientras tanto,
situados en el lateral, los tres soldados, representados con escudos, están
acurrucados y atemorizados por la llegada del Ángel del Señor. Los capiteles se
rematan en un cimacio ligeramente nacelado que se continúa como imposta por el
antecuerpo.
Capitel del lado derecho se representó la resurrección de Cristo, en el más interior se ven a las tres Marías
Resurrección de Cristo. En una de las
caras del capitel un ángel con una cruz en la mano señalando con el dedo índice
de su mano derecha que el sepulcro de Jesús está abierto y vacío. Y he ahí
que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor bajó del cielo, y
llegándose rodó la piedra, y se sentó encima de ella. Mateo capítulo 28, 2
La arquivolta figurada conserva un excepcional
calendario agrícola medieval, dispuesto de manera radial a la misma en el que
se relatan los meses del año según los trabajos de campo que se realizaban. Los
meses se suceden siguiendo el calendario juliano. Abre la representación un
ángel de alas explayadas, que da paso a la representación de los meses:
Enero se representa con la matanza del cerdo,
donde observamos el animal sobre una tabla inclinada mientras que el matarife
le clava el cuchillo. Es extraña la disposición de esta escena en enero ya que
en otros calendarios suele aparecer en noviembre o diciembre, pero ya tiene
precedentes en los ciclos bizantinos.
Febrero muestra un anciano campesino
calentándose ante el fuego mientras levanta su túnica y enseña sus genitales,
una curiosa imagen repetida en otros calendarios como en el de Hormaza (Burgos)
o en el conocido códice gótico de Las muy ricas horas del duque de Berry. Según
Castiñeiras el inicio de esta iconografía exhibicionista pudo tener su punto de
origen en este templo.
Marzo presenta al campesino que ya sale al
campo, en este caso a podar las viñas, cultivo de gran importancia en época
medieval pues el vino aportaba un número importante de calorías en un momento
en el que el consumo de carne debía ser reducido para el campesinado.
Abril significaba el inicio de la primavera,
así que se representa con la doncella que porta dos ramos de flores y que tiene
sus precedentes en la antigua diosa Flora. En Beleña viste con túnica larga y
levanta los ramos de flores. La parte inferior muestra motivos vegetales a modo
de paisaje.
Mayo muestra un personaje a caballo que porta
en su brazo un halcón. En origen éste era el mes en que se llevaban a cabo los
preparativos de la guerra, y también era considerado el mes de los caballeros,
quienes tenían como distintivo social el ejercicio de la caza, y la modalidad
que destacó en los calendarios fue la cetrería, que se asoció al tema del paseo
primaveral.
Para la representación del mes de Junio se
escogió la escena de la escarda.
Julio muestra cómo un campesino, tocado con un
curioso gorro de paja, siega la mies con la hoz. Esta escena destaca la
aparición de un botijo, que hace referencia a las duras condiciones
climatológicas en las que se realizaba la veraniega actividad.
Agosto exhibe otra excelente imagen en la que
se observa cómo el campesino está sentado en un trillo de madera del que tiran
dos bueyes dispuestos de perfil para mejor comprensión de la escena.
Septiembre muestra la faena de la vendimia,
mientras que Octubre se representa con el trasiego del vino, del odre al tonel.
Noviembre ofrece otra excelente escena en la
que se advierte cómo el campesino prepara la siembra, pues porta en la mano el
saco de semillas, mientras que junto a él se dispone una pareja de bueyes a los
que se coloca un arado. Completa la escena un pisón, utensilio utilizado para
allanar la tierra una vez depositada la semilla.
Diciembre muestra la representación de la cena
de Navidad, en la que se percibe la mesa llena de ricos manjares, y el
campesino, después de todo el año atareado con las labores del campo, recibe la
recompensa del trabajo bien hecho en forma de un suculento banquete. Esta
iconografía que va a ser bastante habitual en los calendarios hispanos,
alternando con el Jano Bifronte, puede significar según Manuel Castiñeiras el
reflejo directo de la cultura popular, en donde toda actividad finalizaba con
una celebración de comer y beber, acción que además entroncaba con la
conmemoración religiosa de la Navidad.
Finalmente culmina la arquivolta un rostro con
cabellos rizados, ojos almendrados y unos carnosos labios, formas que algunos
autores como Layna Serrano han relacionado con rasgos negroides, que según
ellos en época medieval estaban considerados como demoníacos.
Según Castiñeiras, el calendario de Beleña es
uno de los primeros hispanos que se desarrolla sobre una arquivolta, a la
manera de los que a mediados del siglo XII aparecen en Borgoña y en Poitou
(Francia), aunque el gusto por lo anecdótico y pintoresco tiene precedentes
hispanos, como Santa María y San Miguel de Uncastillo o San Salvador de Leyre.
Así en Beleña se inicia un modelo típico de calendario hispano, cuyas
representaciones van a tener una gran difusión por los posteriores calendarios
de la península, como la aparición de la trilla en agosto o la combinación de
las faenas de arar y sembrar. Los detalles anecdóticos de muchas de las escenas
y su correspondencia con las faenas agrícolas propias del lugar llevaron a
presentar sus imágenes como un reflejo de la vida real de aquella época, sin
tener en cuenta su posible deuda con la tradición iconográfica. La gran
contribución del artista de Beleña es haber sabido combinar diversos
repertorios de imágenes y readaptarlos al mundo castellano.
En cuanto a la simbología global del conjunto
de la portada, según Castiñeiras y Ruiz Montejo, parece existir una relación
entre los ciclos del Génesis y los trabajos de los meses. En el capitel
izquierdo observamos una representación del momento en que Adán y Eva, despues
del pecado, son vestidos por Dios. Escena a la que acompaña una segunda en la
que un personaje es atormentado por dos demonios, imagen identificada con el
momento en que Adán ha sido arrastrado a los infiernos. A continuación, ya en la
arquivolta, la primera figura se corresponde con un ángel retratado en el
momento de hablar, con lo cual, según Castiñeiras, sería el momento en que les
enseña a cultivar la tierra, aunque los verdaderos destinatarios del mensaje
evangélico son los campesinos del calendario. Así las duras labores del campo
sustituyen la penitencia redentora de los primeros padres, de quienes han
heredado la condición y el destino. Los capiteles de la derecha muestran una
feliz noticia, el momento en que las Tres Marías se dirigen al sepulcro de
Cristo y se encuentran con la noticia de la Resurrección.
En definitiva, la portada de Beleña parace
querer mostrar un sencillo programa en el que se unen el pecado y la redención,
es decir, por el pecado original de Adán el hombre está condenado al trabajo,
las imágenes del calendario relatan las duras faenas del campesino, pero como
recompensa a ese duro y bien hecho trabajo, éste nos proporcionará la redención
y la conquista del Reino de Dios.
Ya de una manera más terrenal, Castiñeiras
relaciona los mensarios con los procesos históricos del momento. Es un tiempo
en que avanza la Reconquista y la repoblación, y los colonos estaban obligados
a contribuir al sustento de la Iglesia mediante el diezmo. Por tanto una
segunda lectura de este programa se podría entender en los términos de que el
trabajo sirve para la redención pero también para el mantenimiento de la
Iglesia.
La portada de Beleña tuvo que estar relacionada
con la persona de quien dependía la villa, es decir de Martín González de
Contreras, mayordomo de la reina y personaje con gran influencia, que debió de
promover la construcción de la puerta según el nuevo gusto bizantinizante
irradiado desde Santo Domingo de Silos. El taller que trabajó en nuestra
portada está profundamente relacionado, con el que ejecutó el pórtico de la
ermita soriana de Santa María de Tiermes, a cuya cabeza estaba un tal Domingo
Martín, al que una inscripción fecha en el año 1182. Por lo tanto la portada de
Beleña tuvo que ser realizada en torno a estos años de finales del siglo XII
por un taller muy cercano al de Tiermes que presenta un estilo derivado de
Silos, posteriomente matizado en los talleres del Burgo de Osma.
El mensario de Beleña tuvo gran repercusión. En
primer lugar presenta una relación directa con el cercano mensario de la
capilla de San Galindo de Campisábalos, el cual no se desarrolla en una
arquivolta sino que está situado en un friso exterior, pero utiliza gran parte
de la iconografía usada en Beleña. Algo posterior, aunque con las mismas
influencias estilísticas e iconográficas, es el de la iglesia de San Esteban de
Hormaza (Burgos).
Por último, a los pies de la nave se conserva
una pila bautismal románica cuya copa está decorada con gallones que ocupan el
interior de unos toscos arcos de medio punto rebajado que apoyan en potentes
jambas que recorren toda la copa, la cual apoya en una moderna basa.
Uceda
Está situada esta población a 40 km de la
capital de la provincia, desde donde se accede por la CM-1002 en dirección
Marchamalo, atravesando diversas poblaciones de la campiña hasta llegar al
cortado que nos introduce a los pies de la sierra que limita Guadalajara con
Madrid. Es una villa cargada de historia y acontecimientos en el devenir del
territorio que comprende la campiña del Henares y el Jarama. La Uscelia o
Viscelia romana citada en las crónicas de Tito Livio podría corresponder con la
actual villa.
Tras la conquista romana y la invasión
visigoda, las tierras que nos ocupan pasaron a la dominación árabe desde el
siglo VIII. Durante este tiempo, la Marca Media estaría ocupada por las tropas
y población musulmanas, llegando al enclave de Uceda que, debido a su situación
estratégica, pronto comenzó a ser uno de los núcleos fuertes, llegando a estar
amurallado por completo. A inicios del siglo XI Uceda quedó integrada en la
Taifa de Toledo en la que permaneció hasta que fue reconquistada por los cristianos.
En la primera mitad del siglo XIII, el monarca
castellano Fernando III el Santo donó Uceda al arzobispo de Toledo don Rodrigo
Jiménez de Rada a cambio de otros pueblos de Toledo, concediéndole fuero propio
hacia 1222. A partir de mediados del siglo XIII el alfoz de Uceda, siempre
apoyado por el arzobispado toledano, se convirtió en uno de los más importantes
de la Transierra, debido a los privilegios que se le concedieron y a una gran
actividad mercantil.
A finales del siglo XVI la villa cayó en manos
don Diego Mejía de Ávila y Ovando que se convertiría en el primer Conde de
Uceda por concesión real. Un condado que duró poco tiempo, pues la población,
no conforme, consiguió en 1593 que la villa quedase exenta e independiente, y
solamente sometida al poder real.
Fue en esta época cuando se construyó la
iglesia parroquial de Santa María de la Varga, que en la actualidad celebra
culto religioso. Aunque la primitiva románica de misma advocación, y que nos
ocupa este estudio, se sitúa a las afueras y sólo se conserva de ella algunas
partes que pasaremos a comentar.
Iglesia de Santa María de la Varga
A las afueras de la población se encuentra la
primitiva iglesia de Santa María de la Varga, convertida actualmente en
cementerio. De clara transición del románico al gótico, es una de las tres
iglesias que dispuso el lugar en época medieval, junto con las de San Juan y
Santiago, de las que no se ha conservado rastro alguno. La construcción en este
emplazamiento se debe a la inclusión del edificio dentro del cinturón
amurallado que protegía a la ciudad. El castillo que defendía el cinturón
amurallado se levantó sobre un espolón del río, más abajo de la iglesia, y
junto a la fortaleza se asentó en su alrededor la villa antigua, cercada por
una fuerte muralla de la que apenas quedan algunos restos.
El templo fue mandado construir a inicios del
siglo XIII por don Rodrigo Jiménez de Rada, durante su episcopado (1209-1247),
tras la repoblación de las tierras de Uceda.
Fue éste un personaje importante en la
repoblación castellana, consolidando pequeños núcleos de población en tierras
despobladas y sufragando los gastos de construcción de templos cristianos,
tanto iglesias como monasterios, ensalzando la protección y difusión de la
arquitectura cisterciense.
Construido en piedra caliza, sólo se conservan
los restos de su estructura externa, los lienzos meridional y occidental y la
cabecera tripartita.
Las proporciones casi simétricas de la planta y
la cabecera hacen pensar que la iglesia tuvo tres naves, siendo más alta la
central. La orientación del templo varía respecto a lo habitual, desviándose la
cabecera algo más hacia el Norte, encontrando por tanto el cuerpo absidal hacia
el Noreste.
La cabecera presenta tres ábsides
semicirculares precedidos de tramo recto, siendo el central más alto y ancho
que los laterales. Éstos se dividen en dos paños por medio de una columna
adosada rematada en un capitel vegetal.
En el absidiolo septentrional se abre una
sencilla aspillera, mientras que en el sur se dispone una ventana formada por
un arco de medio punto soportado por dos columnas.
El ábside central presenta una estructura
similar, aunque más desarrollada. A diferencia de los laterales, se articula en
tres paños por medio de dos columnas adosadas que llegan hasta la cornisa. En
cada paño se abre un ventanal formado por arcos de medio punto doblados que
descansan sombre parejas de columnas, salvo el central que es de rosca
sencilla. Por último, se remata todo el conjunto de la cabecera con una cornisa
soportada por una línea de canecillos, entre los que encontramos algunos de
reciente factura. Pese al mal estado de conservación de los originales, podemos
distinguir alguna figura antropomorfa e incluso algún rostro humano.
El acceso al interior se realiza a través de
dos portadas abiertas en los lienzos meridional y occidental. La del lado sur
se destaca mediante un cuerpo saliente en el que se produce un abocinamiento.
Es una portada con arco ligeramente apuntado fruto de las novedades artísticas
que, poco a poco se, iban introduciendo en estas tierras. Consta de ocho
arquivoltas lisas y de bocel que descansan sobre columnas rematadas en
capiteles de carácter foliáceo muy simples, a base de hojas de acanto y roleos.
Tras la restauración llevada a cabo en 2003 parte de las columnas del lado
izquierdo fueron repuestas debido a su pésimo estado de conservación.
A los pies de la iglesia se encuentra la otra
portada de ingreso, de menor abocinamiento y más estrecha que la anterior.
Consta de tres arquivoltas apuntadas que apoyan directamente sobre las jambas a
través de línea de imposta moldurada. Las dos portadas revelan influencias
cistercienses, de ahí, también, el tratamiento austero del conjunto. El espacio
que ocupaban las tres naves aloja actualmente las sepulturas del cementerio.
El acceso a los tres ábsides se realiza a
través de arcos apuntados de doble rosca. Los de las capillas laterales apoyan
sobre pilastras de estilo renacentista y columnas hoy desaparecidas. Dichas
capillas se cubren con bóvedas de cañón apuntado en el tramo recto y de cuarto
de esfera en los hemiciclos.
La nave central daba paso al ábside también por
medio de un arco triunfal doblado y apuntado que descansa sobre dos columnas
rematadas por capiteles vegetales. A su vez, el arco interior del ábside
central también se apoya sobre columnas del mismo estilo, cuyos capiteles son
vegetales excepto en el de la izquierda en el que se aprecian figuras
antropomorfas junto a un rostro humano.
Como ocurre en Bonaval, el ábside central se
comunica con los laterales por medio de dos arcos de medio punto abiertos en
los muros del presbiterio. Se advierten otros restos en el interior en el
conjunto del templo, tales como las pilastras semiderruidas y columnas adosadas
casi desaparecidas en la panda meridional junto a la portada, de donde
arrancaban las arcadas de la nave.
Es en su conjunto uno de los ejemplos del
románico tardío de mayor monumentalidad, pues no era frecuente la construcción
de este tipo de iglesias con tres naves y cabecera tripartita. De gran
sobriedad en su fábrica, con sillares bien definidos en todos sus lienzos,
estamos ante los restos de uno de los templos más importantes en la provincia
de Guadalajara, especialmente por la influencia que se detecta del modelo
cisterciense.
Alcarria al sur del Tajo
La repoblación de este territorio tan
meridional, la Alcarria al sur del Río Tajo, como ocurrió con la provincia de
Cuenca, no se consolida hasta entrado el siglo XIII. Esto provoca que el
románico construido en el sur de La Alcarria sea de origen muy tardío, donde se
alzan modestas iglesias parroquiales para pequeños núcleos de población.
Estos humildes templos (humildes salvo algunas
iglesias del sur, como la de Alcocer que presenta características monumentales)
siguen las pautas arquitectónicas del románico tardío de pequeñas pretensiones,
es decir, formado por una nave realizada normalmente de mampostería con portada
en el sur y cabecera de tramo recto y ábside de semitambor.
Las cubiertas, dada la pobreza de los templos,
sólo son de piedra en la cabecera, mientras que la nave se cubre con madera.
También es destacable la ausencia total de galerías porticadas como
consecuencia de la lejanía de los focos segoviano y soriano.
Alcocer
La villa de Alcocer se encuentra situada en la
llamada Hoya del Infantado, dentro de la comarca de la Alcarria. Dista de la
capital, Guadalajara, 65 km. Se accede desde ésta por la N-320 hasta la salida
indicada en el km 210 de la misma. La comarca de la Hoya del Infantado se
extiende por un amplio valle que forma el río Guadiela entre las provincias de
Guadalajara y Cuenca. Se encuentra rodeada de montes y de sierras: al Norte la
sierra Solana y la Umbría, al Este la serranía de Cuenca y al Sur la llamada Peña
del Tesoro. Alcocer se emplaza en la orilla derecha del río Guadiela y por su
término discurre el antiguo arroyo Riato, hoy conocido como Guirigay. Su
topónimo nos lleva a su pasado musulmán donde Al-qusar venía a significar “pequeña
fortaleza”.
La historia de Alcocer comenzó mucho antes, en
época celtibérica, como testimonian algunos de los restos hallados en sus
inmediaciones. En el yacimiento del Arquillo se encontraron sepulturas de una
necrópolis, así como en el de La Muela, donde aparecieron ajuares funerarios y
algunas monedas que datarían el yacimiento en el siglo II a.C. Más adelante se
convirtió en un núcleo musulmán significativo formando parte del Común de
Huete. En el siglo XII se produjo la conquista y repoblación de estos territorios
por parte de las tropas de Alvar Fañez. Ya en 1124 se alude a ella haciendo
referencia a los límites con Zorita de los Canes; en estos años la villa y el
castillo de Alcocer serán adquisiciones de la orden de Calatrava otorgadas por
el Conde de Molina.
Antes de la conquista de Cuenca, en 1177,
Alfonso VII en su labor repobladora donó la villa al obispado de Sigüenza el 20
de marzo de 1154, aunque al delimitar las lindes de las diócesis de Sigüenza y
Cuenca pasó a esta última el 7 de marzo de 1207, volviendo otra vez a ser
señorío real. Hecho importante para su florecer económico es la ratificación
por parte de Alfonso X de un mercado cada martes, el cual se venía ya
celebrando, aunque sin la concesión oficial del monarca. Al morir éste, dejó a
doña Mayor de Guillén, hermana de Pedro Guzmán, adelantado mayor de Castilla,
las villas de Alcocer, Salmerón, Millana y Valdeolivas, que formarían parte de
la llamada Hoya del Infantado. En 1260 aparece doña Mayor como señora de estas
tierras, aunque permitiendo conservar el fuero de su antiguo alfoz de Huete, el
cual era una adaptación del fuero de Cuenca. Creó también un convento de
Clarisas, que dominaba parte de los molinos hidráulicos y aceiteros de la
comarca; allí vivió y en su iglesia está enterrada desde 1267, fecha de su
muerte.
En 1272 pasa el señorío, por parte de su padre
Alfonso X, a manos de la hija de ambos, doña Beatriz, que más tarde llegaría a
ser reina de Portugal. La hija de ésta, doña Blanca, abadesa de Las Huelgas, se
lo acaba vendiendo al infante don Juan Manuel. Éste era hijo del infante de
Castilla y León, don Manuel, y de doña Beatriz de Saboya. Don Juan Manuel no
pudo hacer frente al pago total del señorío, y aún habiéndole dado ya 250.000
maravedíes rompió la transacción a favor del infante don Pedro, hijo de Sancho
IV y María de Molina. Al enterarse don Juan Manuel, muy interesado por estas
tierras por ser paso entre sus posesiones de Peñafiel y el Levante, promovió un
alzamiento de las localidades de Hita, Huete y Guadalajara. Finalmente el
maestre de Calatrava actuó como juez en el conflicto, y las villas de la Hoya
del Infantado pasaron a manos de don Juan Manuel, mientras que el resto,
incluidas Cifuentes y Viana, se mantuvieron con el infante don Pedro.
A la muerte de don Juan Manuel sus posesiones
pasaron al infante don Alfonso de Aragón, Marqués de Villena y Conde de Denia,
por donación de Enrique II, yerno del fallecido. Esta donación fue en señal de
agradecimiento por la ayuda prestada en sus luchas contra su hermano Pedro I el
Cruel. En 1371 pasó por compra a la familia Albornoz, con Álvaro García, por
treinta mil florines, junto con Salmerón y Valdeolivas. A éste le siguieron don
Juan de Albornoz y más tarde su hija doña María, casada con don Enrique de
Villena, llamado “El Nigromántico”, quien, por no tener descendencia, lo
donó a su primo el condestable don Álvaro de Luna. Don Álvaro perdería esta
villa, junto con la de Valdeolivas, en favor de don Enrique, infante de Aragón,
pariente de doña María, el cual, en 1442 renunció a ellas por temor al
Condestable. El rey Juan II ratificó que todas las propiedades que una vez
fueron de doña María de Albornoz pasaran al Condestable y sus descendientes.
En este mismo año las tres villas, Salmerón,
Valdeolivas y Alcocer, juraron el acto de fidelidad solemne a su nuevo señor.
Cuando el condestable fue ajusticiado en junio de 1453, sus posesiones pasaron
a su hijo Juan de Luna con la condición de que a cambio debía entregar el
castillo y la villa de Escalona. Juana, la heredera de Juan de Luna, cedió a
Enrique IV las tres villas del infantado a cambio de la villa de Alcaraz, en
Albacete. En 1471 el rey otorgó las tres villas a don Diego Hurtado de Mendoza,
segundo Marqués de Santillana y hermano del famoso Cardenal Mendoza, para
compensarle por los gastos y la guardia que había hecho a su hija Juana la
Beltraneja. En 1475 fueron los Reyes Católicos los que le proclamaron Duque de
las vuestras villas de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, que se llaman del
infantado. Hasta el siglo XIX perteneció Alcocer al ducado, hasta que pasó a
ser villa. En 1956 pasa a pertenecer de nuevo a la diócesis seguntina.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
El templo parroquial de Alcocer se encuentra
situado al sur de la villa. Flanqueado por una plaza y una barbacana que la
recorren en su perímetro, pudiendo tratarse de una delimitación del antiguo
cementerio. El historiador Francisco Layna nos habla de la puerta de Alvar
Fañez, que, de la muralla medieval, salía junto a la iglesia. El hecho es que
la muralla queda muy cercana y por ello se ha creído que el templo está
ubicado.
Éste sería un oratorio dentro del recinto
amurallado que sirvió tras su derrumbe como base de la torre actual. Del
conjunto armónico que vemos en Alcocer hay que distinguir varias fases
constructivas que desde el siglo XIII han dejado su huella. De esa primera fase
conservamos las tres naves desde los pies al crucero, las tres portadas del
norte, sur y oeste y la base de la torre-campanario. El templo se empezó a
construir por los pies en sillares de buena labra, como atestiguan las muchas
marcas de cantería. Esta parte es más estrecha que las naves del crucero y
además se vislumbran en ella diversos elementos protogóticos, lo que nos lleva
a presuponerle una mayor antigüedad. En el muro de poniente encontramos una
fachada que desde su base se compone de portada, contrafuertes, dos ventanales
románicos, un ojo de buey y una ventana de traza protogótica.
La portada se encuentra enmarcada por dos
contrafuertes, y aunque hoy está tapiada se compone de dos arquivoltas
apuntadas en degradación, con decoración de doble cordón y una chambrana de
puntas de diamante. Se apoyan éstas en un ábaco moldurado bajo el que se
disponen dos columnillas adosadas a cada jamba con decoración foliácea muy
estilizada. Los fustes cilíndricos y las basas se encuentran en un lamentable
estado de conservación. Por encima de la portada se ubica un ventanal de arco
de medio punto muy alargado que, por su disposición, pudo ser insertado años
más tarde que los dos que se encuentran a cada lado de los contrafuertes. Éstos
se presentan en arco de medio punto abocinados. Sobre ellos el ojo de buey,
formado por un óculo enmarcado en molduras parecidas a las de las arquivoltas
de la portada y rodeado por una chambrana de similares características. Toda
esta portada de poniente está rematada en un cuerpo triangular.
El muro meridional del templo conserva también
una portada de mayores dimensiones que la anterior, aunque con las mismas
características que aquella.
Este muro cuenta con la particularidad de
conservar la cornisa sustentada por canecillos de modillones de rollo. Este
detalle da cuenta de la primitiva altura de la iglesia románica respecto a las
reformas posteriores que alzaron los paramentos. La portada se enmarca dentro
de un cuerpo saledizo realizado en el mismo sillar que el muro al que se adosa.
Está compuesta de cinco arquivoltas en arco de medio punto, con decoración de
doble cordón, y se halla cobijada bajo una chambrana de puntas de diamante. Las
arquivoltas descansan sobre ábacos moldurados y cinco columnas adosadas a cada
lado con capiteles foliáceos de similar factura que los de la portada oeste. Es
particular el detalle de unos lobulillos o pequeñas piñas entre las pilastras,
flanqueadas por las cestas de los capiteles. A esta portada se la llamó del Sol
y por ello en todo el cuerpo saledizo se disponen varios relojes solares. Por
su relativa cercanía, y por pertenecer a la misma diócesis, son notables las
coincidencias de esta portada sur de Alcocer con la de la iglesia de la
Natividad de la localidad conquense de Arcas.
Desde este muro sur, a medida que nos vamos
acercando al ábside, nos encontramos con una serie de muros retranqueantes que
forman el exterior de las capillas anejas al crucero. La primera es la llamada
del Tremendal, del siglo XIV, con planta pentagonal y tres ventanales de arcos
apuntados. Uno de ellos se encuentra cegado por el muro de la adyacente
sacristía del siglo XVII. Junto a ésta se disponen varias capillas del siglo
XVI que recorren el hemiciclo de la cabecera.
El transepto se hace doble, y sobresale en
planta y alzado. En su brazo norte vemos una puerta que se alza metro y medio
del nivel del suelo, con el que se nivela gracias a una triple basa. La
componen tres arquivoltas apuntadas en degradación, con cenefa de puntas de
diamante. Éstas se apoyan en columnillas adosadas con pequeños capiteles
foliáceos. Para dar más iluminación al crucero se abrió encima de este acceso
un ventanal de arco apuntado con tres arquivoltas en degradación. Éstas, a su
vez, cobijan tres vanos de apuntados, separados por mainel con tres óculos
trilobulados. Estos dos testimonios tendrían su cronología en el gótico tardío.
Junto a ellos se alza la torre, de la que sólo
conservamos de época románica la base de los sillares. Éstos contienen gran
cantidad de marcas de cantería sencillas; a medida que ascendemos, estas marcas
se complican. Se da el hecho curioso de que en esta parte baja se insertaron
sillares posteriores en una restauración del siglo XV, como prueba el hecho de
que aparezcan marcas localizadas en la parte superior, ya gótica.
Se remata la torre en un cuerpo ochavado,
apoyado en una cenefa de arquillos polilobulados sobre ménsulas de cabezas
humanas. En los cuatro frentes se abren ventanales apuntados, separados por
maineles para cobijar las campanas.
La portada norte es el testimonio del templo
más cercano a las formas puras del románico. Enmarcada entre el primero y
segundo tramo de naves, se inserta bajo un cuerpo saledizo de sillares bien
escuadrados y cornisa sustentada por canecillos de proa de nave. Se compone de
cinco arquivoltas en degradación, decoradas en sus molduras con doble cordón y
una cenefa de puntas de diamante que las cobija. Sobre ábaco corrido, también
molduradas en bocel, se disponen las columnas de fuste liso, rematadas con
capiteles de cesta vegetal con hojas muy estilizadas. Junto a los capiteles, en
los tramos de intercolumnios, se colocan pequeños ornatos de lobulillos. Apoyan
las columnas en basas sencillas y plinto no muy pronunciado. Este acceso en sus
formas podemos relacionarlo con la cercana portada de Santiago en la iglesia de
El Salvador de Cifuentes, o la de Viana de Mondejar.
Al interior la iglesia presenta desde los pies
hasta la cabecera, una sucesión de estilos correlativos en el tiempo. Este
cambio de gusto fue general en estos años; un ejemplo parecido a este de
Alcocer se da en la iglesia burgalesa de Sasamón, en la que se observan
diferentes tramas constructivas. A lo largo del siglo XIII se levantaron las
tres naves longitudinales, la central más ancha que las laterales. Se separan
por pilares octogonales que sirven de sustento a arcos apuntados doblados. Las
naves laterales se cubren en la actualidad con bóvedas de cañón, aunque en
origen tenían cubierta de armadura de madera. La nave central se cubre con
bóvedas sobre lunetos con decoración de yeso.
El tramo de época románica va cambiando al
acercarnos al crucero, de hecho, a partir del quinto tramo se observa un cambio
en los pilares. Pasan éstos de ser octogonales a disponerse de forma
cilíndrica, con columnas adosadas en sus frentes, pertenecientes a un gótico
incipiente. Los capiteles de estas columnas aparecen ya ornamentados con
crochés o decoración vegetal, cubriéndose con arcos que forman las bóvedas de
ojivas dobles. El crucero está resuelto por dos tramos transversales cubiertos
por las mismas bóvedas y cuenta con un óculo, decorado con rosetas, que le da
iluminación. Los pilares del crucero son un ejemplo del cambio de gusto y de
modelos que sufrió la iglesia. A los del lado oeste se adosa cuatro columnas.
Los capiteles de éstas sirven de apeo a pequeñas columnillas en las que apoyan
los arcos ojivos de las bóvedas. Los pilares más orientales sólo tienen tres
columnas en sus frentes, y los arcos diagonales se insertan dentro de ellos
para servir de sustento a los arcos moldurados. Un tramo del primitivo crucero
gótico se destruyó junto con la cabecera para construir, a partir del siglo XV,
la nueva girola que alberga las capillas de la Concepción, la de Lourdes, la
del Descendimiento y la del Cristo. Todas ellas obra muy posterior. Esta rotura
del crucero y de parte del antiguo ábside nos hace evocar la catedral conquense
en la que sucedió lo mismo.
La única capilla con reminiscencias góticas se
encuentra en el brazo sur del transepto junto a la sacristía: la capilla del
Tremendal. Da acceso a ella una puerta compuesta por una arquivolta de medio
punto abocelada, cobijada por puntas de diamante, que se apoya en finas
columnillas de capiteles foliáceos. Con su planta pentagonal y tres ventanales
apuntados en sus frentes, se cubre con pequeños lunetos y arcos que se unen en
clave de roseta. Su cronología es cercana a principios del siglo XIV.
La morfología constructiva del templo de
Alcocer nos indica su origen románico, con una datación de finales del siglo
XIII, a partir del cual se hicieron las superposiciones estilísticas relatadas.
Millana
La localidad forma parte de la comarca de la
Alcarria, en la zona conocida como Llano de la Sierra. A Millana y a los
pueblos de los alrededores se les denomina la Hoya del Infantado, pues los
Duques del Infantado fueron durante siglos señores de estas tierras. Dista de
la capital Guadalajara 72 km y se accede a ella por la carretera N-320 hasta el
término de Alcocer donde tomaremos la CM-2015.
Históricamente Millana debió de contar con una
pequeña población celtibérica, según documentan algunos restos arqueológicos en
el despoblado cercano de Valdeloso. Este origen celtibérico no es avalado por
todos los investigadores. José Manuel Nieto Soria se decanta más por la versión
de que estos restos sean de época medieval. Se basa en un documento del rey
Alfonso VIII en el que aparece este despoblado. El hecho cierto es que en
Millana se asentó una comunidad romana. Su situación era muy beneficiosa, ya que
se encontraba muy cerca de la ciudad de Ércavica que tomaba en su radio
de acción a Millana junto con Alcocer. Se encontraba igualmente en uno de los
laterales, aproximadamente a 5 km de la vía que unía Ércavica y Segontia.
Anteriormente a la conquista de manos cristianas, la población estaba dentro de
la cora[1] de la ciudad de Santaver,
a orillas del río Guadiela entre las coras de Valencia y Toledo. En el siglo
XII toman el enclave las tropas de Alvar Fañez de Minaya, aunque no será hasta
bien entrado el siglo XIII cuando se empiece a tomar en cuenta la repoblación
de este enclave. Hasta este momento las incursiones musulmanas desde Cuenca
fueron frecuentes, lo cual no propiciaba la llegada de nuevos repobladores.
En 1154 Alfonso VIII hace donación al obispado
de Sigüenza de pueblos como Alcocer e Hita. Más adelante se les otorga las
villas de Pareja, y diez años más tarde Beteta. Este hecho hizo que el común de
Huete, al que perteneció Millana, tomase en cuenta la repoblación de estos
territorios ya que el poder eclesiástico seguntino les estaba rodeando. Entre
estos hechos y la conquista final de Cuenca en 1177 Millana debió de
convertirse en una pequeña aldea que fue protegida por los alcaldes de Huete.
En un documento de Alfonso VIII conocemos que en 1167 ya eran alcaldes de Huete
personajes como Domingo de Soria o Domingo Domínguez de Soria, Millán Esteban,
Blasco Felices y Domingo Muñoz. Estos mandatarios iniciarían la fundación de
enclaves como Loranca, Illana y la misma Millana.
En 1198 Alfonso VIII le otorga al obispado
conquense la villa de Pareja, que siempre vio en Millana una población muy
atrayente para el paso de los ganados y la explotación de sus fuentes. Tanto
para la historia de Millana como para sus pueblos vecinos es capital el
documento fechado a 22 de septiembre de 1260 en el que Alfonso X dota a doña
Mayor Guillén del señorío de la Hoya del Infantado, del que Millana formará
parte.
Iglesia de Santo Domingo de Silos
El templo, que actúa como parroquia, está
situado en el extremo norte del pueblo, en su parte más alta. Desde sus caras
este, sur y oeste se disponen las primeras casas de la población, que van
descendiendo hasta el cauce del río. El templo se dispone sobre un zócalo que
salva el gran desnivel en que se encuentra la cabecera, que está construida en
combinación de sillarejo, mampostería y sillares de buena labra reforzando las
esquinas. Está dispuesto en una sola planta, con transepto que se abre en
pequeños brazos y crucero que se distingue en altura respecto a los brazos, la
nave central y la cabecera de testero recto. Toda la iglesia está cubierta a
dos aguas con cornisa y teja curva. A los pies se ubica la torre construida en
sillares con tres cuerpos retranqueados y remate en balaustrada.
Iglesia de Santo Domingo de Silos,
MILLANA (Guadalajara), España, estilo románico, s. XIII. Aprox. A la planta y
marcas de cantero.
Las marcas de cantería son muy abundantes, se
encuentran en los sillares de las caras norte, oeste, sur y en la base de la
cabecera. Son marcas complicadas en sus trazos, lo que nos da una cronología
tardía del siglo XIII y una unidad constructiva. Al interior la nave se divide
en cuatro tramos con pilastras adosadas a los muros que sustentan los arcos
fajones y formeros de las bóvedas. El crucero se cubre con bóveda sobre
pechinas que descansan en pilares. El ábside, al que da paso un arco triunfal
de medio punto, también se cubre con bóveda sobre pechinas. El templo
parroquial de Millana podríamos datarlo en sus primeras trazas a lo largo del
siglo XIII por sus testimonios en las portadas y sus marcas de cantería. El
resto de la iglesia es obra del siglo XVI en adelante.
En el muro del mediodía se abre la portada
principal del templo, correspondiendo con el segundo tramo del interior. El
acceso se enmarca en un cuerpo saledizo de sillares bien escuadrados para
facilitar el abocinamiento de sus arquivoltas. Las portadas eran el acceso
desde el mundo real a la ensoñación del mundo divino, y el derrame de las
arquivoltas era visto como una serie de estados de reflexión que el fiel debía
pasar antes de entrar al oficio divino. El paso, por tanto, se hace cada vez
más estrecho aludiendo a la poca banalidad que debía traer consigo este gesto
de entrada al mundo de Dios. Además de esta función frontera, en ellas se
transmitían los mensajes moralizantes a los fieles, ya que era paso obligado
para todos.
La portada de Santo Domingo de Millana es un
claro ejemplo moralizador. Se compone de seis arquivoltas de medio punto de las
cuales la más exterior y la más interior son lisas, apoyadas sobre pilastras.
Las cuatro interiores están aboceladas y descansan sobre ábacos moldurados con
bocel y filete formando una línea de imposta que recorre todo el cuerpo
saledizo. Las columnas adosadas sobre las que voltean las arquivoltas son de
fuste cilíndrico sin decoración, al contrario que las jambas entre las que se
enmarca, que están molduradas. Las basas y el plinto en las que apoyarían están
totalmente destruidos.
En las cestas de los capiteles de la portada se
talla un importante repertorio iconográfico. En ellas hay un claro mensaje
moralizador y catequizante acerca de la lucha entre las fuerzas del bien y del
mal, que son vencidas por la redención. Los cuatro capiteles occidentales
representan temas del bestiario medieval. Primero una pareja de basiliscos
enfrentados, mitad gallo y serpiente, que según nos describen los bestiarios y
los Padres de la Iglesia son el resultado de la incubación por serpientes de huevos
de gallina. Plinio el Viejo, en el siglo I, lo describe como una pequeña víbora
de cualidades venenosas tan potentes que su simple aliento marchita las
plantas, resquebraja las rocas y mata cualquier hombre o animal sólo con su
mirada.
Esta apariencia del basilisco se mantiene hasta
la publicación del Bestiario, de Pierre de Beauvois y otros autores medievales
que recogen gráficamente lo que la imaginación popular fue añadiendo a su
figura. Se disponen en este capitel con sus alas explayadas, garras, cresta y
cola de serpiente enredada entre sus cuartos traseros. La talla es ruda y los
detalles apenas pequeñas incisiones. El siguiente capitel enfrenta a dos
centauros, con cabeza y tronco humano combinado con cuerpo y patas de caballo.
Simbolizan el pecado, la brutalidad de las pasiones y la tentación carnal.
Se les representa portando un arco que disparan
generalmente contra las sirenas aladas. En el capitel millanense están con los
brazos levantados en acción de tensar el arco contra sus enemigos y aparece
parte de la cabellera sobre sus hombros. Incluso en uno de ellos se ven restos
del car caj para envainar las flechas.
A su lado, en el tercer capitel, están
figurados dos grifos con cuerpo de león, cabeza de cuello alargado, pico y
garras de ave. En sus cuartos traseros se alzan unas alas que son idénticas a
las de los basiliscos del primer capitel. Además están recubiertos de plumaje
semejándose a un águila. Lo consideran enemigo mortal del caballo y capaz de
despedazar a un hombre en pequeños trozos y llevarlo a su nido para alimentar a
su cría. La simbología de los grifos la tomamos según el Bestiario de
Beauveais, de 1206, como emblemática del mal, ya que es la combinación de la
rapacidad del águila con la ferocidad del león. Se les consideraba enemigos de
equinos, basiliscos y serpientes. En los capiteles occidentales de la portada
sur estas luchas están más que representadas, ya que todos los animales del
bestiario aquí tallados están enfrentados unos contra otros. Es la
significación del caos, de la falta de dignidad entre los seres infernales que,
aún siendo todos de naturaleza demoníaca, no son capaces de entenderse.
Para terminar, en el ángulo occidental de la
portada se muestran dos sirenas pájaros. La representación de estos seres
fantásticos ha evolucionado desde la antigüedad. Las fuentes literarias del
mundo griego las representan como genios marinos, seres híbridos de cabeza
femenina y cuerpo de ave. Fueron el símbolo de las sugestivas tentaciones que
acechaban al hombre en el mar y también la representación de los peligros de
éste. Finalmente acabaron por representarse en la Edad Media como mujeres con
extremidades pisciformes. Estas mujeres-pez tienen dos formas de
representación, las de cola bífida, como la representada en el pórtico de la
iglesia soriana del Rivero en San Esteban de Gormaz y las de extremidad marina
única. La de Millana pertenece al segundo tipo, con la cola que se enreda entre
los cuartos traseros. Además están emplumadas y explayan sus alas abarcando
toda la cesta del capitel. Sus facciones de mujer llevan un tocado a modo de
gorro y el pelo está trazado con pequeñas incisiones hasta los hombros.
Los capiteles representados en el lateral
derecho son todos, excepto uno, representaciones de la redención del pecado y
la maldad a través de la vida de Cristo. En el más occidental vemos un ángel,
que, pese al deterioro que sufre, parece clavar las rodillas en el suelo y
extender el brazo. Algunos autores como Inés Ruiz han visto en esta escena la
imagen de la Anunciación a María pero es destacable la falta de la figura de la
Virgen que completaría la escena bíblica. El hecho de que en la cara opuesta del
capitel se represente claramente la escena de la Visitación de María a su prima
Isabel, y teniendo en cuenta que estas dos escenas era muy común verlas juntas,
nos llevaría a creer que existió una imagen femenina hoy desaparecida. La
morfología de este capitel nos remite a otra portada alcarreña: Beleña de
Sorbe. Entre las dos podemos observar matices que las relacionan. Un ejemplo es
este ángel anunciador, cuyas alas están cinceladas de la misma manera que las
del ángel de la Resurrección escenificada en uno de los capiteles de Beleña.
La escena plasmada en la otra cara del capitel
alude al momento del final del viaje a Hebrón que María hace en secreto para
comunicar a su prima Isabel la noticia de su embarazo (Lucas 1:39-56). El
capitel representa a Isabel, también encinta del que sería San Juan Bautista,
abrazando a María y tocándole el vientre en señal de afirmación del embarazo.
Ambas visten túnicas similares y se situán en el mismo plano, detalle que nos
revela la pertenencia de ambas al mismo mundo.
El siguiente capitel es de complicada
significación y los investigadores no han llegado a un acuerdo formal sobre
ella. Francisco Layna ve en él la escena de las tres Marías ante el sepulcro de
Cristo. Antonio Herrera simplemente alude a un ángel y un anciano. Tomás Nieto
Taberné la identifica con el nacimiento de Cristo y la figura de un ángel. Inés
Ruiz alude claramente al momento del Sueño de San José y el nacimiento de
Jesús.
Si tenemos en cuenta el detalle de la estrella,
hoy muy desgastada, tallada entre las dos escenas, ésta podría ser la
iconografía más acertada. La estrella vincula los dos momentos, a ella hace
alusión el Pseudomateo XIII, 7, en el que se lee “había una enorme estrella
que expandía sus rayos sobre la puerta desde la mañana hasta la tarde”. Por
ello en el capitel vemos a San José atormentado y a un ángel que desvanece sus
dudas. Más arriba parece representarse el Nacimiento de Jesús, con la Virgen
reclinada, aludiendo al dolor del parto, y a otra figura que pudiera ser una de
las parteras, Zelomí o Salomé. Sin embargo, la interpretación de la escena
podría ser diferente teniendo en cuenta los Evangelios Apócrifos. En este caso
la oquedad que se da en la cara este del capitel vendría a ser una figuración
de la cueva, el Niño estaría tumbado sobre el pesebre y las dos cabezas que se
intuyen serían el buey y el asno.
A continuación, en el siguiente capitel,
volvemos al tema del bestiario con dos leones afrontados que alzan sus cuartos
traseros y aún conservan parte de su melena o guedejas sobre el lomo. Para
finalizar la sucesión de capiteles de la portada meridional analizaremos el
último capitel. En el centro se coloca un hombre de aspecto anciano, con
túnica, barba, alto tocado en la cabeza y expresión de dolor en el rostro.
Flanqueándolo se disponen dos diablos, ambos con cuerpo formado por faldellín,
torsos desnudos y altos tocados enrevesados. La diferencia entre ellos está en
el rostro, uno aparece con cabeza de bovino y cuernos. Es la lucha entre el
bien y el mal, los demonios luchan contra la fe humana, tentándonos en su
beneficio y haciendo que el reino divino sea puesto en duda por sus fieles.
Esta disputa de la figura humana barbada es muy
común en el mundo románico; en el ámbito de la provincia de Guadalajara la
vemos representada en las portadas meridionales de los templos de Santiago
Apóstol de Labros y en Beleña de Sorbe. Fuera del ámbito de la provincia es
clara la vinculación con Silos y el capitel que da entrada a la puerta de las
Vírgenes en el que se representa este tema, aunque con una talla mucho más
depurada y preciosista.
El cuerpo saliente en el que se enmarca el
acceso se sustenta con una relación de canecillos entre metopas de variada
decoración. Todos ellos están bajo una línea, a modo de cornisa, ornamentada
con taqueado jaqués. Los canecillos, muy erosionados, dejan entrever figuras
humanas, como una representación del tonelero. En ella vemos a un hombre con un
pesado tonel de vino a sus espaldas, queriendo mofarse de la afición a esta
bebida estimulante. Igualmente vemos una cabeza que parece ser una bestia
bovina y una figura humana que debido a su mal estado es imposible descifrar.
Las metopas se encuentran decoradas con palmetas y rosetas, aunque en una de
ellas aparece representada un ave.
Toda la portada tiene claras reminiscencias del
monasterio burgalés, tanto en los temas elegidos como en la plasmación formal.
De labra más tosca, con cánones muchos menos estilizados o pliegues menos
profundizados, tienen en común las fuentes iconográficas y parte de la
secuencia representativa. Más evidente es la vinculación de Millana con el
templo de Beleña de Sorbe: mismos pliegues en las túnicas, cánones
prácticamente idénticos y temas similares hacen que sea posible incluirlas a
ambas en un mismo taller o en cuadrillas muy afines. Es importante destacar
las portadas de Santa María del Rey, en Atienza, y la de Santiago, en San
Salvador de Cifuentes que muestran semejante morfología representativa. Podemos
datar la portada durante la segunda mitad del siglo XIII teniendo en cuenta la
ya mencionada portada de Santiago de la iglesia del Salvador de Cifuentes con
la que comparte fundadora y señora: doña Mayor Guillén.
En el muro norte de la iglesia, justo enfrente
de la portada meridional, se encuentra otra, hoy tapiada, que merece la pena
mencionar. Al exterior se presenta con un arco de medio punto ornamentado con
bolas y enmarcado por un alfiz, probablemente de tradición mudéjar. Al interior
vemos el arco adovelado que apoya en sencillas y delgadas columnillas. Este
acceso se cerró en el siglo XVI y por sus formas pertenecería a los últimos
años del gótico.
La pila bautismal fue un elemento fundamental
en el ajuar litúrgico del templo románico. En las pilas se celebraba el primer
rito, el de iniciación, que marcaba la entrada en la comunidad de un nuevo
miembro. Los rituales del bautismo daban a la pila la importancia del lugar
donde el neófito era muerto y sepultado, para más tarde, al recibir el agua,
resucitar en la fe de Cristo.
El bautismo era el baño purificatorio que
eliminaba el pecado original que nos concibe para poder entrar puros en la
iglesia. En el templo de Santo Domingo la pila bautismal se encuentra en el
brazo norte del transepto, aunque durante muchos años estuvo relegada a la
sacristía. Debió de haber estado mucho antes a los pies, bajo el sotocoro y
encerrada detrás de una balaustrada de madera, a modo de pequeño baptisterio.
Tallada en un solo bloque de piedra, mide en altura 1 m y 1,12 de diámetro. En
forma de copa, se apoya en una basa cuadrada independiente. Está decorada con
finos y alargados gallones de medio punto. Este tipo de gallones nos lleva a
una cronología más tardía que las pilas bautismales de localidades vecinas como
Salmerón o Cifuentes, enmarcándola a finales del siglo XIII.
Córcoles
La villa de Córcoles se encuentra situada en el
término de Sacedón, y pertenece a su arciprestazgo. Dista de la capital
Guadalajara 59 km. Desde ella se accede al pueblo tomando la N320. En las
relaciones topográficas de Felipe II de 1547 se describe así la villa: A el
veinte e ocho capítulos dixeron, que ya tienen dicho que este pueblo está
fundado en una ladera entrellana que más es cuesta que no llano, y que está en
medio del cerro, que ni está en ondo, ni en alto, por que hay mas alto que el
pueblo, y hay más hondo que el pueblo, y que es tierra áspera, y ansimismo
dicen questa villa está cercada de pared de piedra, varro y de tapias de
tierra, todo de muy flaca cerca.
Cuatro siglos más tarde Camilo José Cela en su
Viaje a la Alcarria habla del lugar en los siguientes términos: “Se ven
campos de anís, de un verde brillante, y olivares aún jóvenes bien cuidados, de
un verde ceniciento. La agricultura de Córcoles es rica y próspera, y el pueblo
vive bien desde que le compraron las tierras, ciertamente por mucho menos de
los que valían, al Conde de Arcentales; ahora, en Córcoles, todo son
propietarios y cada cual vive de los suyo. La gente habla con cariño y con
respeto del conde de Arcentales, y está contenta con la compra”.
Históricamente, Córcoles ha estado vinculado al
Monasterio de Nuestra Señora de Monsalud, localizado en el extremo oeste del
caserío. En el período de repoblación se incluyó en el Común de Huete. La
primera noticia documental de esta aldea de Córcoles es la donación de don Juan
de Treves, arcediano de Huete, al monasterio en 1167. Esta donación fue
ratificada en favor del abad don Fortún Donato, primer abad benedictino, en
1169 por Alfonso VII desde el castillo de Zorita de los Canes. El pueblo estuvo
en poder de los monjes benedictinos y cistercienses durante más de siete
siglos, y no fue hasta el siglo XIX, con la desamortización de Mendizábal,
cuando se convirtió en villa.
Monasterio de Nuestra Señora de Monsalud
El monasterio de Santa María de Monsalud se
encuentra enclavado en una suave ladera que desciende de la denominada Tierra
Prieta, hacia el valle del Guadiela. A través de la carretera que une al
cercano término de Córcoles con el municipio de Casasana, accedemos por camino
recto y practicable a los restos que en la actualidad conservamos de su antigua
estructura.
El enclave está situado en plena Alcarria, en
el extremo suroriental del denominado “Monte de los frailes”, dentro del
actual municipio de Sacedón, junto a los términos de Alcocer y Millana, villas
ambas que cuentan también con vestigios románicos en su patrimonio. Su
emplazamiento, aterrazado y dominante sobre las márgenes del arroyo Sacedón, al
sur del río Tajo, constituye un ejemplo típico del manifestado por los
monasterios cistercienses.
El conjunto arquitectónico es uno de los mejor
conservados hasta la fecha, gracias también a la labor de restauración que se
ha llevado a cabo en los últimos años y que mantiene en buen estado parte de su
arquitectura románica. Sobre los inicios y la fecha de fundación del monasterio
de Monsalud hay ciertas incógnitas, no se sabe con certeza su fecha exacta o
concesión del permiso para llevarlo a cabo. Según diversos autores existen
varias referencias sobre su posible fundación.
Se puede decir que son tres las opiniones sobre
quién y cómo fundó el monasterio. Para no llevarnos a confusión las iremos
explicando una por una: la primera dice que fue el rey Alfonso VII el fundador
principal, hacia 1138; otra de las opiniones gira en torno al hijo de éste,
Alfonso VIII, cuando llegó al trono y concedió favores para su fundación. Por
último está la que la atribuye a don Juan Treves, arcediano de Huete, hacia
1167, la cual está más fielmente documentada.
En primer lugar la referencia más antigua, y la
menos fiable sobre la posible fundación a manos del rey Alfonso VII, gira en
torno a 1138 o 1140. Se basa en la investigación hecha por el historiador del
cenobio, el Padre Cartes, según cita Herrera Casado, quien basándose en
tradiciones poco probadas asegura que ya existía en 1138, cuando Alfonso VII,
yendo a conquistar Cuenca, fundó en Villafranca, junto al término de Auñón, el
primer enclave de un monasterio de monjes bernardos, más al norte de su actual
emplazamiento. Según dice, vinieron a fundarle tres monjes del cenobio de Scala
Dei en la provincia de Tarragona, pero dos años más tarde, en 1140, cambiaron
de lugar por ser muy estrecho y se asentaron en la aldea de Córcoles,
perteneciente a don Juan de Treves, arcediano de Huete, junto a la ermita de
una virgen muy venerada por entonces, la Virgen de Monsalud. Según Pérez
Arribas, esta opinión no tiene mucha certeza ya que el Padre Cartes se basa en
un documento que se guardaba en el Monasterio de Scala Dei que hace referencia
a la descendencia de la realeza, documento no muy creíble por los historiadores
ya que aparece Ildefonsus VII… cuando los reyes no utilizaban números romanos,
por lo que la mayoría de los autores descartan este primer acercamiento sobre
la fundación de Monsalud.
La segunda opinión, en la que se piensa que el
monasterio fue fundado por el rey Alfonso VIII, es más probable, dada la
expansión de la orden del Císter a principios del siglo XII; estas fundaciones,
en la época de la Reconquista, tenían como objetivo afianzar las posiciones
cristianas en su avance contra los musulmanes, para recuperar los territorios
perdidos, ello se incentivaba con la creación de monasterios, que servían de
lugar estratégico y de refugio en caso de necesidad. Existe un documento traducido
del latín de 1169 por el que el rey Alfonso VIII, estando alojado en el
castillo de Zorita de los Canes, confirmaba y ampliaba la donación hecha por
don Juan, Arcediano de Huete y propietario de las tierras de Córcoles. Dice así
el documento, según Pérez Arribas:
“En nombre de nuestro señor Jesucristo.
Amén. Nada hay que tanto agrade a su divina majestad como el amor a su iglesia
y a su persona y obsequiarla y honrarla y librarla de los ataques de los
hombres perversos, por tanto, yo Ildefonso Rey por la gracia de Dios, con el
consejo y voluntad de mis varones, con sola la esperanza de la vida eterna…
hago gracia de donación al Monasterio de Santa María del Monte de la Salud y a
vosotros el abad de este lugar Fortún y a los hermanos que sirven a Dios en el
mismo, presentes y futuros. Y que doy la villa de Córcoles, con todas sus
pertenencias desde el río Guadiela hasta el término de Pareja y desde los
términos de Sacedón hasta los términos de Alcocer. Las tierras, los prados, los
montes, pastos, aguas y todo, tal como nuestro amigo Juan, Arcediano de Huete,
lo dio y concedió para siempre. Igualmente mando, que vuestro ganado, en todo
mi reino libremente se apaciente y que ninguno se atreva a prohibirle los
pastos como si fuese mío. Hecha esta carta en Zorita en la era de mil y
doscientos siete años, el cinco de mayo, reinando en Toledo y Castilla, y
Nájera y Extremadura”.
Aquí termina la cita, cuya fecha es del año
1169 de nuestra era; siendo, por tanto, un documento que pone de manifiesto la
voluntad de Alfonso VIII de repoblar ciertas zonas de la Alcarria, aunque no
determina en parte que fuera él el fundador del monasterio.
Por último, la tercera opinión sobre la
fundación del monasterio, por parte de son Juan, Arcediano de Huete, se basa en
un documento histórico que se conserva en el Archivo Nacional, que data del
siglo XIII y que Pérez Arribas transcribe así del latín:
“En el nombre de la única, santa e
indivisible Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que es adorada por todos
los fieles en su unidad. Y por razón y autoridad de las Sagradas páginas se
comprueba ser suyas todas las cosas, que por los fieles a Dios sin devueltas,
del que proceden todas las cosas, para hacerse un tesoro en el cielo. Por esta
causa, yo Juan, Arcediano de Huete, con sola la esperanza de la vida eterna,
que es Cristo, con grata y agradable voluntad, concedo al Monasterio de Monte
de la Salud, la aldea que se llama Córcoles, Digo que doy y concedo al
monasterio dicho, la aldea con todos sus términos, montes, tierras, aguas,
prados, pastos, entradas y salidas y con todos sus derechos…”
Éste es el único documento, fechado en 1167,
sobre el que nos podemos basar para decir que el monasterio no pudo ser fundado
más allá de esa fecha, siendo el que se tiene como prueba fiable sobre que en
esa fecha ya existía el monasterio, que ya llevaba unos años formado.
Según cita Fernández Izquierdo, con la
aparición de la orden Militar de Calatrava en 1158, como la primera de estas
congregaciones que con carácter hispánico vendría a apoyar el proceso expansivo
de los reinos cristianos hacia el sur peninsular, la corona castellano-leonesa
no dudó en conceder su apoyo a los caballeros freyles. Entre las
primeras donaciones que recibe Calatrava, para su defensa y para la formación
de señoríos, están las que se producen en la Alcarria, en concreto en lo que
luego sería el señorío calatravo más septentrional en Castilla. En los primeros
inicios del monasterio, la orden Militar de Calatrava tuvo que tener mucha
influencia, ya que anduvo siempre ligada a la orden del Císter, de la cual eran
devotos, gozando desde 1174 de ciertos derechos sobre Monsalud por donación de
Alfonso VIII. La abadía de Córcoles y sus términos fueron entregados el 12 de
marzo de 1174 al maestre de Calatrava, sirviendo posteriormente como sede
transitoria de la capital de la orden al caer en manos musulmanas el Campo de
Calatrava, tras la batalla de Alarcos en 1195. Años antes, hacia 1180, la orden
de Calatrava iba expandiendo sus dominios territoriales en la Alcarria, un
proceso que se completó a partir de la concesión del primer fuero a Zorita, por
el que a través de donaciones de nobles de la corona se logró la creación de un
núcleo territorial compacto en torno a Zorita y el valle del Tajo, de notable
interés estratégico de cara a los musulmanes de las cercanas tierras
conquenses, y que serviría tres años después, en 1177, para reconquistar Cuenca
por parte de Alfonso VIII.
Será a partir de la derrota de Alarcos en 1195,
cuando los almohades tomen el castillo de Calatrava, propiedad de la orden, por
lo que ésta tuvo que refugiarse en otros lugares. Uno de esos lugares sería
Zorita de los Canes, en el que vivieron los maestres de la orden hasta que en
1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, volvieran a su anterior
fortificación, arrebatada a los musulmanes. Antes de volver, pasarían también
una temporada en el monasterio de Monsalud, aunque no hay documentos que lo acrediten,
pero existen, en cambio, dos inscripciones que así lo atestiguan. Situadas en
la entrada de la sala capitular, recuerdan el lugar de enterramiento de los dos
maestres calatravos, como se puede leer, don Nuño Pérez de Quiñones y don
Sancho de Fontonova. Este hecho pone de manifiesto el paso de los calatravos
por este monasterio, que también puede deducirse por el escudo de la orden de
calatrava grabado en sus muros.
Tras el reinado de Alfonso VIII, que muere
pocos años después de ganar la batalla de las Navas de Tolosa, en 1214, el
esplendor del monasterio siguió vivo y acumulando más posesiones, ya que otros
reyes hicieron donaciones territoriales y concedieron favores a la comunidad
bernarda de Monsalud. En una bula de Inocencio IV, fechada en 1250, se
mencionan las propiedades del monasterio, todas en la región alcarreña, y que
eran, entre otras la heredad de Villaverde, en Castejón; las de Ulmera y
Buenafuente; una finca en Alocén, y el territorio de Auñón en Villafranca. Así
pues, los sucesivos monarcas fueron confirmando la donación de otros
territorios.
La dirección del monasterio se debe en parte a
la llegada de monjes franceses de Scala Dei a esta zona de la Alcarria primero,
y posteriormente a Monsalud, como ocurrió con el primer abad del cenobio,
Fortún Donato, quien, según la leyenda, era discípulo de San Bernardo, y aportó
la esencia de la reformada orden cisterciense, basada en la rigurosa y austera
forma de vida espiritual que luego se vería plasmada en la arquitectura
románica, exenta de ornamentación en todo conjunto monasterial. Le siguió a éste
don Raymundo, que junto con él y el siguiente abad, don Bueno Emelyno,
constituyeron el trío fundador de este cenobio. Hacia la mitad del siglo XIV,
era abad don Arnaldo de Pomares, junto con otros muchos que con sus nombres nos
muestran que en el alto puesto siempre figuraban monjes extranjeros,
principalmente franceses. En un principio, según la regla de San Benito, el
cargo de abad era perpetuo, desde su inicio hasta su muerte. Los monjes
cistercienses conservaron esta costumbre hasta que a principios del siglo XV,
hacia 1425, Fray Martín Vargas reformó el Císter en Castilla, y adoptó el
sistema trienal de abadías, aunque en Monsalud no se llegó a adoptar hasta el
siglo XVI.
Fue en esta mitad del siglo XVI cuando el
monasterio de Monsalud vivió su mejor época. Llegan monjes que le dan aire
nuevo, es cuando se termina de realizar las obras del claustro y la escalera
principal de sillería, se adornó la sacristía, se llevó agua corriente al
monasterio, en definitiva, unos cambios que hicieron del cenobio uno de los
lugares de culto más importantes en toda la Alcarria, atrayendo tanto a monjes
cistercienses como a peregrinos de todos lados, que venían a venerar la imagen
de Nuestra Señora de Monsalud, reconocida por sus milagros, gozando en toda la
zona de gran fama. Este esplendor continúa en los siglos siguientes, hasta que
en 1835, con la ley desamortizadora de Mendizábal, fue perdiendo monjes, bienes
de gran valor e importancia monástica, y más tarde clausurado y dejado al
abandono, como tantos otros monasterios e iglesias alcarreñas. Hasta
encontrarnos en la actualidad con sus ruinas, que, restauradas, nos dejan
entrever cómo fue aquel monasterio y centro de culto que atrajo a tantas gentes
de tierras lejanas, que significó para muchos un núcleo de defensa en las
luchas con los musulmanes y, para otros, un centro de retiro y de veneración
por la imagen de Nuestra Señora de Monsalud.
El conjunto monástico que hoy se conserva en
Córcoles está integrado por una serie de edificaciones y reedificaciones en las
que se combina diversos estilos y épocas, lo cual es señal clara de las
diferentes etapas por las que pasó el edificio. Aunque en su mayor parte la
estructura del conjunto es del siglo XVI, perviven aún importantes restos de
estilo románico, como la iglesia y algunas dependencias del claustro.
Nos da la bienvenida la puerta principal del
monasterio, edificada en 1584, que porta en su frontis el emblema de la orden
Cisterciense de Castilla. La portería del convento es más moderna, del XVII,
compuesta de una puerta neoclásica con imágenes del Creador y los patriarcas de
la orden, San Benito y San Bernardo. El monasterio conserva parte de la valla
de su huerta, en las que autores como Antonio Herrera vieron torrecillas de
carácter decorativo.
Los muros del cenobio están bien diferenciados
por estancias. La iglesia se forma con sillares de piedra, recortados y unidos
mediante argamasa; las demás dependencias, como las del claustro y las anejas,
se levantan con sillarejo reforzado con pilares en las esquinas para ayudar a
su estabilidad. Actualmente podemos ver paredes de ladrillo y revoques de
hormigón, fruto de una mala restauración.
Antes de entrar al conjunto, nos damos cuenta
de que la iglesia está situada al Sur y no al Norte, como lo hicieron las demás
abadías, para poder amortiguar los fríos vientos del Norte. Esto, suponemos,
que se debe a la orografía propia del terreno, por tener que salvar un desnivel
bastante acusado al Norte, circunstancia que no sucedía al Sur.
La iglesia es de tres naves, la central más
ancha que las laterales, finalizando en tres ábsides, el central más ancho que
los laterales. El transepto es poco acusado, y el crucero no sobresale en
altura del resto de la iglesia. Al exterior, en la puerta de acceso desde el
Oeste se abre un arco carpanel, con decoración de bolas en su chambrana y
pequeña hornacina sobre él; suponemos que es una construcción del siglo XVI,
así como los dos contrafuertes y el óculo superior.
Existe otro acceso en el lado sur del transepto
al que se accede desde una portada compuesta por arco de medio punto en el que
se abren cuatro arquivoltas y una chambrana en la parte superior que se apoyan
en pilastras sin capiteles. Encima de ella se coloca un rosetón lanceolado,
cuyos huecos más antiguos son los inferiores, ya que los superiores están
restaurados. A cada lado de esta nave del transepto se colocaron dos
contrafuertes, del derecho salen, a su vez, otros tres apoyados en el mayor.
Al exterior la cabecera crea un magnífico juego
de volúmenes, en los que lo vertical se va imponiendo a lo horizontal. Por un
lado, el ábside central se alarga y se yergue por encima de los dos absidiolos
laterales; del tramo recto del presbiterio surge el gran ábside semicircular en
el que se unen al paramento cuatro lesenas semicirculares desde el alero a los
pies, lo cual nos ayuda a entender mejor el espacio compartimentado exterior,
el del centro está mutilado por un ensanche poco afortunado donde se colocó el
camarín de la Virgen de Monsalud.
Entre las lesenas se abren tres ventanales en
arco de medio punto, en derrame al interior, que iluminan la nave central. A su
vez, en cada uno de los absidiolos se inserta una saetera abocinada con un arco
en disminución y junquillos que le dan sencillez y esbeltez. Presbiterio,
ábside y absidiolos están recorridos por un alero que se apoya en los
canecillos típicos del Císter, con decoración a modo de rollos, característicos
también de iglesias como la de Zorita de los Canes o Buenafuente del Sistal. La
techumbre, a base de teja árabe, es producto de la restauración de 1980.
La iglesia al interior es la que presenta la
pervivencia de formas románicas, a las que se han ido encastrando elementos
góticos. El proyecto inicial daba al ábside central la típica bóveda de horno,
pero ésta se sustituyó por otra que utilizaba nervios curvos que acababan en el
arco de ingreso. El presbiterio se cubre con bóveda de crucería que acaba en
sencillos capiteles y fustes que descansan en basas, con la particularidad de
tener grabadas las comunes garras de león, a modo de lengüeta en las esquinas,
que también encontramos en la vecina iglesia del castillo de Zorita de los
Canes.
En su paño derecho encontramos una obra
inaudita que no desmerece en nada a la grandiosidad del cenobio. Se trata de un
pequeño lavatorio excavado en el muro; lo componen un hemiciclo, con arco de
medio punto apoyado en columnillas con capiteles de hojas y volutas. Rodeando
la venera a la que llega el agua por un canalillo, se encuentran cuatro paños
decorados con tracerías de tradición mudéjar; a pesar de que la porosidad de la
piedra las ha dañado, podemos aún distinguir la pericia del artista en la talla
de los motivos geométricos entrelazados, insertados en sendos círculos y dos
arquillos lobulados entre las columnillas. Se cubre con una pequeñísima bóveda
de crucería adaptada al espacio.
El paso al ábside mayor se compone de un arco
apuntado doblado que remata en la línea de imposta, que recorre todo el espacio
sagrado, y a su vez en dos capiteles foliáceos con volutas en su parte
superior. Recorre el fuste, el muro y acaba en basa similar a la de los arcos
de la bóveda del presbiterio.
Los ábsides laterales se cubren, en el tramo
recto, con bóveda de cañón apuntada, y en el semicircular, con bóveda de horno.
En sus paramentos hay hornacinas en hemiciclo con función litúrgica.
El transepto se cubre en sus tramos laterales
con bóveda de cañón apuntada y en el crucero con bóveda de crucería, reforzada
por cuatro elementos que se apoyan en cuatro grandes arcos de medio punto
doblado y sirven de compartimentación del espacio. En la nave del norte se
ubica una pequeña terraza saliente, a modo de coro, que está comunicada con el
dormitorio de los monjes por medio de una escalera de caracol, junto al ábside
norte, para el oficio de maitines. A cada lado del transepto se colocan dos rosetones,
que estarían decorados con lacería, una de las pocas licencias ornamentales que
se permiten los monjes.
El problema de la transición de las formas
góticas a un espacio concebido en su esencia en el románico, lo observamos en
las cubiertas de las naves laterales y central, en la adaptación de las bóvedas
de crucería a unos soportes que no aguantarían los empujes. Para solucionarlo,
dispusieron los arcos fajones del eje de la nave mucho más anchos y, a su vez,
los formeros de paso a las naves laterales. No siendo esto suficiente, debieron
también de modificar los soportes, añadiendo al pilar cruciforme los cuatro
lados donde descansaban los fustes de los arcos, unas medias columnas pareadas
que disimulaban el grosor dándoles mayor verticalidad. Los capiteles de las
naves cuentan con una decoración diversa, temas foliáceos, pequeñas coronas
rematadas por bolas o, simplemente, cestas vacías. En todo el conjunto se
resume la austeridad del Císter, su espíritu de concentración y la sola
adoración de Dios.
Nos adentramos ahora en las dependencias
monásticas; desde la iglesia lo haremos por el arco apuntado doble del norte
del transepto. La primera estancia que sale a nuestro paso es la antigua
sacristía, de planta rectangular. Se halla cubierta con bóveda de cañón
apuntado, a la que en el siglo XVII se le adosó un espacio rectangular
orientado al Este.
En su lado derecho se abren dos hornacinas
apuntadas, que se utilizarían como Armariorum donde se guardaban los libros que
se leían en los oficios, era la llamada Lectio Divina.
Inmediatamente después se dispone la majestuosa
Sala Capitular, donde se celebraban las sesiones del capítulo. Se accede a ella
mediante una portada de tres arcos apuntados, sólo con acceso abierto el
central, y división al interior en dos naves con dos columnas centrales de
capiteles foliáceos, fuste cilíndrico, con ábaco y basas octogonales. Éstas
compartimentan el espacio en seis tramos mediante crucería que se apoya en
columnas adosadas al muro de cesta corintia y columnillas con basa pentagonal,
en correspondencia con el ábaco. En la jamba de entrada observamos una
inscripción que proclama el perpetuo descanso a dos maestres de la orden de
Calatrava, don Nuño Pérez de Quiñones y don Sancho de Fontonova.
Junto a ésta se encuentra la escalera de acceso
al hoy arruinado dormitorio de monjes, que se cubriría con arcos de diafragma
compartimentando el espacio a razón de las saeteras que distinguimos a ambos
lados.
La siguiente estancia, junto a la escalera de
planta rectangular, cubierta con cañón apuntado, cuenta con acceso al claustro
y a la huerta por medio de una puerta hoy tapiada; según el plano ideal
cisterciense, podemos afirmar que se trata del auditorio donde el prior daba la
faena de cada día a los monjes, que entraban uno por uno y salían directamente
a la huerta. En su flanco derecho se encuentra un acceso al hueco que deja la
escalera de subida al dormitorio, el cual podría ser utilizado como archivo. Las
cuatro crujías del claustro se cubren con bóvedas sexpartitas, con ojivas y
claves en sus cruces.
Se adosan al claustro en sus pandas norte y
oeste una serie de edificaciones que forman parte de las reformas del siglo XVI
y XVII; destacamos la situada junto al dormitorio de monjes, que guarda la
misma disposición de planta de salón con techumbre de madera a dos vertientes.
Basándonos en este plano ideal, la cilla y el refectorio se colocarían en la
panda norte y las dependencias de legos y la hospedería estarían en la crujía
oeste, más alejada de la iglesia. La antigua bodega del monasterio se encuentra
al Norte, excavada en la roca, con una primera sala rectangular que da paso a
otras tres donde estarían las barricas del vino.
Todo el recinto monástico, a pesar de su
avanzada degradación, nos ayuda a entender cómo los monasterios van cambiando
de disposición y cómo se van adaptando a las nuevas formas de arquitectura. En
su iglesia hay una mezcolanza entre planta románica, gruesos soportes y bóvedas
ojivales que intentan, por medio de arcos apuntados, hacerse su hueco en el
antiguo espacio. Muchos autores ven en esta mezcla una pervivencia del estilo
hispanolanguedociano de los monasterios cistercienses de Gascuña y Languedoc,
ya que los monjes fundadores procedían de esta región francesa, pero en
Monsalud vemos igualmente referencias a otras casas castellanas, aragonesas e
incluso navarras.
Los años de construcción se mueven entre fechas
confusas que empezarían en 1170 hasta 1200, cuando ya las bóvedas de medio
cañón se sustituyen por las de arista, y las formas del románico se van
aderezando con elementos incipientes del gótico.
Cifuentes
Situado en el centro geográfico de la provincia
de Guadalajara y formando parte de la comarca de la Alcarria Alta, dista unos
70 km de la capital. Cifuentes es un municipio cabecera de comarca, con diez
pedanías a su cargo y bien comunicado con la capital, desde donde se accede por
la A-2 para luego tomar la N-204 en dirección al pueblo.
El emplazamiento de la villa en este preciso
lugar se debe al nacimiento del “Río de las cien fuentes”, llamado así
por los numerosos manantiales de agua que brotan en esta tierra, que por su
gran cantidad, y sin determinar el número exacto, dieron el nombre a Cifuentes.
Descienden desde el cerro del Castillo para juntarse en la fuente de la balsa
en el centro del pueblo, para, desde allí, dirigirse imparables hasta el vecino
Trillo y desembocar en el río Tajo. En lo alto del lugar se alza el castillo,
una fortaleza medieval de la que descendía el conjunto de murallas que
protegían la villa. Fue mandado construir a principios del siglo XIV, a partir
del año 1317, por el infante don Juan Manuel, fecha en la que se hizo con el
poder del señorío de Cifuentes.
Su término se enclava en un valle a los pies de
la sierra de Megorrón; su relieve engloba pequeñas colinas, como la de
Cifuentes, valles y páramos por donde discurren los ríos Tajuña, Cifuentes y
Tajo, que otorgan a la comarca un paisaje peculiar, en el que crece una
vegetación aromática propia de una comarca de apicultura como ésta.
Cifuentes ha sido siempre una villa con
importante relevancia histórica en la provincia. Ya desde sus orígenes de época
romana se tienen datos de su poblamiento, según las excavaciones arqueológicas
realizadas en la zona hacia 1976. Pero su origen real hay que fecharlo hacia
los primeros años de la repoblación en que muchas tierras de la provincia
fueron reconquistadas y puestas en valor hacia el siglo XI. Desde esta época
quedó incluida dentro del Común de Villa y Tierra de Atienza, que, desde que se
le otorgara fuero en 1149, fue extendiendo sus dominios hasta la misma línea
del Tajo, incluyendo numerosas poblaciones, entre ellas Cifuentes.
La importancia de la villa fue desde ese
momento en constante crecimiento, por ello los obispos seguntinos la nombraron
cabeza de arciprestazgo a finales del siglo XII. La villa fue poco a poco
poblándose con gentes venidas de otras tierras cercanas, sobre todo arrieros,
de los que pronto tomó fama el municipio, por ser de gran categoría en su
gremio. El mercado iba a ser, pues, uno de los principales focos de crecimiento
y prosperidad en la villa. Se tiene constancia de su importancia porque a
mediados del siglo XIII, en el año 1242, el rey Fernando III envió una carta al
concejo de Cifuentes otorgándole privilegios para poder nombrar guardianes y
celebrar de forma más segura y continua sus mercados, evitando así los
altercados, porque por su gran popularidad era grande la afluencia de gentes
que venían de toda la comarca, según cita Pedro Ortego.
Durante este siglo XIII, con el reinado de
Alfonso X el Sabio, Cifuentes se independizará del Común de Villa y Tierra de
Atienza, al cual pertenecía, creando su propio señorío, constituyéndose por
tanto en villa cabeza de comunidad. En el año 1253 el rey Alfonso entrega tanto
el señorío de Cifuentes como otros territorios colindantes a su amante doña
Mayor Guillén de Guzmán, la cual puso en marcha la construcción de relevantes
edificios, como la iglesia parroquial de El Salvador, y trajo notable desarrollo
económico a la villa. Ya en el año 1317 el control sobre la villa pasó a manos
del infante don Juan Manuel, personaje y escritor de la época, que compró todos
los derechos del señorío a doña Blanca, nieta de doña Mayor de Guzmán.
Hacia el siglo XV pasó de nuevo a manos
castellanas por medio del rey don Juan II, quien lo entregó a su valido don
Álvaro de Luna, y éste, a su vez, lo cedió definitivamente a don Juan Silva en
1431, convirtiéndose por nombramiento del rey de Castilla en el primer Conde de
Cifuentes. A partir de esta fecha se producirán multitud de cambios en su
mandato y aumentos en sus tierras, llegando a ampliar el señorío
considerablemente hasta que a principios del siglo XIX se produjo la abolición
de los señoríos y el fin del poder de los Silva en el Condado de Cifuentes.
Durante el siglo XX la villa fue poco a poco
perdiendo la importancia administrativa y de gobierno que durante tanto tiempo
tuvo, hasta quedar reducida a finales del mismo a una ciudad de servicios y
comercial, que atiende tanto a sus propios habitantes como a los de las
cercanas pedanías de las que Cifuentes es cabeza de comarca.
Iglesia de El Salvador
Esta importante iglesia parroquial fue
construida a mediados del siglo XIII a petición de doña Mayor Guillén de
Guzmán, cuando su amante don Alfonso X el Sabio le donó los poderes de la
villa. Se trata de una iglesia de planta gótica, tanto en su interior
(bóvedas), como en el exterior (torre y distribución de las naves), pero con
elementos de un románico de transición de gran importancia, como los que se
aprecian al exterior en la portada abierta en el muro de poniente, llamada
portada de Santiago. Dicha portada se realizó, posiblemente, entre los años
1261 y 1268, cuando el obispo de Sigüenza, don Andrés, ocupaba el máximo cargo
eclesiástico en la cátedra seguntina, y cuya imagen se ve representada en una
de las arquivoltas.
Al interior, el templo de El Salvador tiene
planta basilical con cinco tramos y tres naves, siendo la central más alta y
ancha que las laterales, separadas por columnas, con arcos apuntados y bóvedas
de crucería en cada uno de sus tramos. Durante la elaboración de este trabajo visité
la iglesia y pude comprobar las labores de restauración del interior de la
misma, que están dejando al descubierto parte de los primeros tramos, donde se
ha podido sacar a la luz la anterior traza gótica, con pilares cilíndricos y su
original basamento, columnas adosadas que remataban con capiteles muy
trabajados de temática foliácea y con parte del triforio gótico restaurado. La
capilla mayor, cuya bóveda es de casquete de esfera, también ha sido
restaurada, y se ha podido recuperar parte de sus vanos centrales, que estaban
cegados.
A los pies de la iglesia se encuentra el coro
alto, coronado por un gran rosetón gótico, y a los lados, en las naves
laterales, una serie de capillas que se han ido abriendo con el paso de los
tiempos y que son de distintas épocas y estilos. En la nave del evangelio se
abre la capilla bautismal, con bóveda de crucería; conserva una pila románica
en su interior que también ha sido restaurada y que describiré más tarde.
El conjunto de la portada abierta en el muro de
poniente es uno de los más interesantes de toda la iglesia de Cifuentes. El
amplio desarrollo de sus arquivoltas y el programa iconográfico han hecho más
acentuado su abocinamiento interior, dando como resultado uno de los ejemplos
arquitectónicos más importantes del románico alcarreño.
La amplitud de sus ocho arquivoltas hizo que
sobresalieran del cuerpo de la fachada. En ellas se combinan trazos rectos y
curvos, en forma de aristas y boceles, que se compenetran armoniosamente en
todo el dibujo de la semicircunferencia de los arcos.
Las molduras de las arquivoltas se enlazan casi
unas con otras, pero se diferencian tres de ellas por su muy significativa
decoración: la segunda arquivolta, con representación de motivos figurados; la
intermedia, con decoración de puntas de diamante, y la chambrana exterior que
enmarca el conjunto, también representada con diversos motivos escultóricos.
Remata la portada una cornisa con canecillos de
modillones de rollo, y en este mismo lado de poniente un rosetón gótico en su
media altura. Todas las arquivoltas descansan sobre columnas adosadas de fuste
liso y cilíndrico, con doble cuerpo de plinto elevado del suelo y collarino
punteado. Rematan las columnas unos capiteles figurados, excepto la chambrana,
que lo hace sobre el propio muro de la fachada, separados por un definido ábaco
que recorre, a modo de imposta, todo el lienzo exterior desde fuera hacia la
arquivolta interior.
En cuanto al significado iconográfico de la
portada, se puede hablar de su influencia francesa. Autores como Herrera Casado
señalan su zona de influencia en la región de Poitiers y la Borgoña. El tema
representado, según Herrera, es el de la Psicomaquía, que desarrolla una
batalla dentro del alma entre la Fe y la Idolatría. Sea o no este el tema, lo
que sí está claro es que la iconografía representada diferencia claramente dos
mundos, el de la fe cristiana (con figuras caracterizadas por bienhechores, peregrinos,
miembros de la iglesia, etc.) y el de la maldad y lo diabólico (demonios y
figuras deformes, que contrastan claramente con las de buena fe).
Enfrentar estos dos mundos es un tema propio
del románico, y situarlos en los arcos, tímpanos o lienzos de las portadas de
acceso, tanto por su papel funcional como simbólico. Es un lugar privilegiado,
porque tanto quien entra como quien sale se ve atraído por su misterio,
fascinado por su terrible belleza o aterrorizado y reconfortado por su
enseñanza. Según su distribución, empezaremos la descripción iconográfica por
la arquivolta exterior.
En la margen izquierda y desde abajo se
representan los miedos, vicios y pecados de los hombres que se dejaron
arrastrar por las pasiones, por lo que recibieron un justo castigo en el
infierno. Comienza la composición con una figura diabólica deteriorada. En el
mismo sentido le sigue un diablo desnudo, con cuernos, que sostiene entre sus
manos un instrumento que termina en forma de anilla. Sigue un diablo igual que
el anterior (con ojos y boca abiertos); una figura que representa un monstruo
que intenta sacar la cabeza al exterior, y cuyas patas o garras sujetan una
máscara burlesca y deforme que saca la lengua, y, por encima de ella, el rostro
de una figura con rasgos negroides; una figura demoníaca desnuda, que lleva las
manos a sus partes íntimas, con rostro de ojos y boca grandes, intentando
quizás representar algún vicio; un demonio en actitud sedente, con amplia
cornamenta, que sujeta entre sus prolongadas fauces un animal antropomorfo; una
diablesa pariendo en actitud grotesca, desnuda, con los pechos al descubierto y
sujetando entre sus garras una máscara de ojos saltones y boca que enseña la
lengua de forma burlesca (por encima de la diablesa pariendo aparece una figura
o busto hacia abajo con los brazos partidos y llevándose las manos hacia la
boca en intención de hacer burla).
La representación de las virtudes la integran
personajes venerables que fueron capaces de vencer a los vicios y al pecado.
Una figura femenina, ataviada con vestido en forma de pliegues y con corona
sobre su cabeza, que se ha identificado con la reina doña Beatriz, hija de doña
Mayor Guillén, promotora del templo.
Los siguientes cinco personajes, de igual
talla, se realizaron posteriormente, en una restauración, y son de figuras
femeninas: una mujer con vestimenta típica, gorro y bastón entre sus manos; un
personaje masculino que aparece en actitud orante, de rostro serio, y sujeta un
bastón de mando (posiblemente se relacione con algún mandatario de la villa);
una figura masculina, identificada con un peregrino, hombre cristiano que
recorre grandes caminos para llegar a la fe (se le representa con bastón y
sombrero); un personaje relacionado con la iglesia, bendiciendo, con báculo y
con mitra recubierta de joyas (se le ha identificado con el Obispo Andrés de
Sigüenza, pues la placa que hay sobre él nos revela su identidad: ANDREAS
EPS SEGONTINUS); finaliza la representación de las virtudes con una pareja
de hombre y mujer que apoyan sus manos sobre un atril y que representan el
ejemplo de matrimonio cristiano que, venciendo los vicios y las pasiones
lujuriosas, logran vivir en perfecta armonía.
Siguiendo la distribución de fuera hacia
dentro, la siguiente arquivolta, la interior, representa nueve escenas, que
muestran las figuras de los doce apóstoles dispuestos en parejas, y de tres
ángeles que los flanquean. En la primera escena se aprecia a San Pedro y San
Pablo con sus atributos tradicionales: las llaves del paraíso y la espada.
En cuanto a la composición de los capiteles,
han sido recientemente restaurados como el resto de la portada, y, aunque
siguen deteriorados, permiten entrever algunas escenas.
Los del lado izquierdo combinan tanto los seres
monstruosos, que aparecen en el primer capitel, como otras escenas más lúdicas:
un personaje ecuestre o una pareja besándose. En el quinto aparecen tres
figuras que pudieran ser monjes por la actitud procesional de llevar las manos
hacia dentro y las vestimentas. El capitel que coincide con la arquivolta de
los apóstoles está decorado con una cesta foliácea, de hojas superpuestas. Y el
último de ellos, que coincide con la jamba interior, representa una escena de
la Adoración de los Reyes Magos, con éstos en la parte externa y la Virgen con
el Niño y San José en la parte interna.
El primer capitel del lado derecho, siguiendo
por la parte interna, representa la escena de la Anunciación de Jesús: el
arcángel se presenta ante la Virgen para anunciarle la buena nueva, y la Virgen
le muestra las palmas de sus manos abiertas en señal de afecto al poder divino.
Continúan otras escenas de monstruos, de personajes masculinos y femeninos. El
cuarto capitel representa una disputa popular entre hombres. El siguiente tiene
decoración vegetal y muestra en el ángulo una cabeza saliente de forma
monstruosa. Continúa otro capitel con varias cabezas monstruosas de ojos
grandes y actitud burlesca, y el último de este repertorio tiene decoración
vegetal similar al descrito anteriormente.
En cuanto a las representaciones que aparecen
en la línea de imposta y que se alargan desde la portada hacia los laterales de
la fachada, son temas relacionados con los castigos que ejercen las figuras
diabólicas y monstruosas del infierno sobre aquellas personas que no siguen el
camino de la pureza y la pasión de Cristo. Se representan mediante bestias
deformes y animales antropomórficos: aquí el visitante puede comprobar cuál es
el destino que le espera si comete los pecados. Comenzando desde la izquierda
de la fachada, en la esquina, se abre una gran boca de la que sale una figura
de ave con las fauces abiertas, y hacia el otro lado salen dos serpientes
enroscadas que van a morder a un hombre por los pies, del cual parece colgar
una bolsa con monedas (escena que puede representar el pecado de la avaricia).
Continúa una figura curiosa con un hombre agachado en posición defecadora (en
la Edad Media este acto era considerado de lo más repugnante, y se utilizaba
para burlarse de cualquier tipo de actitud de la vida social que quisiera ser
malintencionada, como ocurre aquí con el tema de la sexualidad llevada a su
extremo más ordinario). Siguen dos figuras desnudas que se disputan el alma de
un pecador cubierto con una túnica. Luego una gran boca en actitud de comerse a
un condenado. Aparece, más tarde, una pareja de amantes desnudos y abrazados
que están a punto de ser devorados por una gran boca, pagando así por el
castigo que están cometiendo. Vienen luego una representación de figuras
demoníacas y una figura monstruosa, de grandes mandíbulas, que devora a otra
más delicada e indefensa (puede relacionarse con la representación de las bocas
del Leviatán, que, según los comentaristas bíblicos, aluden directamente al
demonio).
El lado derecho continúa por el primer capitel
interior: sobre el capitel de la Anunciación y los siguientes, se representan
temas vegetales, flores de lis y diferentes tipos de hojas, entre las que se
mezclan figuras humanas. Personajes antropomórficos que parecen enfrentarse con
sus cabezas. Una figura alargada que representa un diablo que sostiene en la
mano una máscara de facciones amables, con intención de ponérsela sobre su
rostro y así poder engañar a los hombres haciéndose pasar por un hombre bueno.
Finaliza el conjunto de la imposta con dos figuras muy esquemáticas que parecen
ser dos monstruos, con grandes garras, en acción de enfrentarse.
Una vez descrito el conjunto iconográfico de la
portada de Santiago, hay que decir que la otra puerta, la de acceso actual a la
iglesia, se encuentra en la panda meridional, y su traza es del siglo XVII, de
gusto neoclásico, con arco de medio punto enmarcado en un frontón con columnas
de fuste acanalado. La torre situada entre ambas puertas, en la esquina del
templo, es también posterior a la etapa románica, del siglo XV y de estilo
gótico. El templo tuvo en sus inicios una cabecera tripartita, con tres ábsides,
de los cuales sólo queda el central, de estilo tardorrománico, con seis lados,
contrafuertes en los ángulos y con tres de sus vanos recuperados, y que al
exterior son de clara influencia gótica, alargados y estilizados, con doble
arco de medio punto decorado con puntas de diamante.
En una de las capillas laterales de la nave del
evangelio se encuentra la pila bautismal del templo, de estilo románico, del
siglo XIII. Construida en piedra, la pila sigue el modelo de decoración de
arcos de medio punto que forman gallones de traza muy sencilla (habituales en
este tipo de pilas, con una amplia copa en relación a su base, que es muy
estrecha). El diámetro de su copa es de 123 cm, y tiene 100 cm de alto con
respecto al nivel del suelo. La superficie es muy lisa, está decorada con arcos
de ligera incisión, con gallones poco pronunciados. Su basa es muy corta y
apenas tiene fuste de unión, muy poco pronunciado también.
Brihuega
Desde Guadalajara por la autovía de Aragón, en
el desvío en Torija, tomamos la comarcal 2011 y pronto nos encontramos con un
amplio valle presidido por la fortificada plaza de Brihuega. “Brihuega se
halla en el valle del Tajuña, y situada en la falda oriental, a media cuesta de
la montaña de la derecha, como a dos varas del río”, como explicaba el
ilustrado español José Andrés Cornide, en la visita que realizó a finales del
siglo XVIII.
La exuberancia de bosques y vegetación, que
pueblan la pronunciada ladera que a sus pies se desliza hacia el valle, le han
conferido el bien merecido apelativo de Jardín de la Alcarria. Circunstancia
que no pasó desapercibida para el agudo ingenio de este investigador que
manifestaba: “Brihuega abunda en aguas pues corren por sus calles dos
arroyos, y tiene en la Plaza dos fuentes con cuatro caños y en el barrio alto
otra con otros cuatro. El valle de Tajuña es agradable y tiene muchas tierras
de labor, alamedas a la orilla del río, y en los arroyos, y algunas viñas.
Sobre el río hay un puente nuevo de piedra en el camino que va a Pajares”.
A la prodigalidad de fuentes, habría que añadir
como característica más relevante la preeminente situación defensiva de su
emplazamiento. Este significativo carácter de fortaleza que siempre tuvo la
población, lo reflejaba claramente el afamado viajero don José María Quadrado,
a su paso por Brihuega, a fines del siglo XIX: “Con recuerdos y fisonomía
propia salpican acá y allá el oriente y norte de la provincia, villas
importantes y nunca sometidas en otro tiempo a Guadalajara, que, coronadas de
castillos señoriales, cierran por aquel lado la frontera del antiguo reino de
Toledo. A tres leguas de la capital dominan la carretera desde un altillo los
destrozados y pintorescos torreones del de Torija; y dos leguas más adentro
hacia levante, sobre la ribera del Tajuña, aparece en amena pendiente la
industriosa Brihuega, cercada de restos de murallas y protegida por las del
viejo palacio o fortaleza”.
Asentamiento original que le confirió una
importancia estratégica fundamental para el dominio de la comarca. Determinante
factor ya puesto de manifiesto desde época clásica, por los restos de la Edad
del Bronce y también romanos que se han podido constatar en su término: “En
esa vega a no mayor distancia de diez metros del cauce del Tajuña, labrando en
dicho mes, un vecino de Brihuega tropezó con un vasija en forma de olla
ventrada y de ancha boca”, según relataba en 1905 el cronista García López
en su Catálogo Monumental de Guadalajara.
“Creyendo que contenía dinero –continúa
narrando el hallazgo– la rompió hallando solo tres huesos humanos rotos y
quemados, cenizas, algún trozo de metal y tierra; siguió la cava y en pocos
días encontró hasta cerca de cincuenta vasijas de la misma forma y de análogo
contenido y todas fueron destrozadas y abandonadas menos una que yo he visto,
pero que después ha sufrido igual destino”. Sorprendente hallazgo que
motivó al erudito cronista a emprender “algunas excavaciones en aquel sitio,
con menos fortuna que el mencionado labriego. En mis exploraciones solo
salieron tres o cuatro ollas, pero tan maltrechas que no he logrado sino trozos
sueltos y en su interior solo huesos, tierra y ceniza he encontrado. Pero
resulta que allí hubo una necrópolis”. Antiguos vestigios cuyos caracteres
“más me parecieron ibéricos que romanos”, según la conclusión de García
López, que se ha constatado en la actualidad, conformaban los restos de una
necrópolis celtibérica, que constituyen “los vestigios arqueológicos más
antiguos del valle, con urnas globulares de cerámica hecha a mano en pasta
negruzca, del tipo que Almagro Gorbea fecha entre el 200 y el 2400 antes de
Cristo”, según Abascal Palazón.
Pese a los hallazgos celtíberos, romanos e
incluso visigodos que posee, el caserío actual no se consolidará de manera
definitiva hasta la Edad Media. Momento en el cual encontramos las primeras
referencias históricas que confirman la existencia de un importante núcleo de
población bajo el esclarecedor apelativo de Castrum Brioca, incidiendo en el
sentido estratégico situación, que transciende incluso a la propia raíz de su
nombre, Brioca, en las fuentes, cuyos significados varían desde “peña fuerte”,
como lugar fortificado, o incluso “castillo sobre la roca”. Topónimo de
origen ibérico que parece derivar de la raíz briga, que significa “lugar
fuerte y amurallado”. El aristócrata británico Richard Ford, en el primer
tercio del siglo XVIII, abundaba en dicha tendencia al apuntar con agudeza: “Brihuega,
Centobriga, es una antigua ciudad, en otros tiempos amurallada”.
En el último tercio del siglo XI, los ejércitos
castellanos irrumpen en el valle del Tajo, al sur del Sistema Central,
rebasando la inestable frontera allí establecida durante largo tiempo. En 1085
las tropas de Alfonso VI conquistan Toledo y pasan a dominar toda la cuenca del
Tajo, avanzando con posterioridad por el curso del Tajuña hasta la plaza fuerte
briocense. Una vez concluida esta ofensiva general, los nuevos ocupantes se
encuentran, según valora Salvador de Moxó, “con una población en buena parte
cristiana, allí arraigada, poseedora de sus usos y costumbres tradicionales y
con la que tenían que convivir y fusionarse, asimilándola a través de un doble
y recíproco influjo cultural”.
Se carece de indicios documentales fehacientes
que pudieran arrojar una luz sobre cuál pudiera ser el volumen de población
establecida en la comarca en el momento de su incorporación definitiva a la
corona castellana. Las evidencias inciden en la existencia de “diversas
ciudades y núcleos locales de población en la zona media del Tajo”, entre
los que en principio no podría situarse a la propia Brihuega. El Padre Béjar
citando las fuentes del cronista Garibay describe que Alfonso VI “encontró
un lugar arruinado, que ahora dicen Brihuega, lo reedificó con licencia del rey
Al-Mamún y puso en él muchos cristianos de su compañía”.
Ruinosa situación que no debía de ser tan
extrema, pues de manera inmediata, a mediados del mes de enero de 1086, se
levanta el acta de restauración de la renacida sede episcopal toledana. El abad
del monasterio leonés de Sahagún, de origen francés, don Bernardo, es elegido
primer obispo, y entre las cláusulas dotacionales de dicha fundación establece
la “perpetua donación al sacrosanto altar de Santa María, para remedio de mi
alma y la de mis padres”, de las principales villas y ciudades del antiguo
reino de Toledo, citando entre ellas a Brihuega. Durante este corto período, de
apenas un siglo de duración, el primitivo y en principio reducido núcleo
poblacional conformado en su mayor parte por “una población rural diseminada
en alquerías, aldeas y otros pequeños núcleos campesinos consagrados a la
explotación agrícola de la tierra en que se asentaban”, descrita por Moxó,
se irá paulatinamente concentrando, agrupados ya en centros semiurbanos, como
el representado por la Brihuega, de la cual ya tenemos noticia a finales del
siglo XII.
Culmina así el arduo proceso de consolidación
poblacional que la temprana incorporación al señorío arzobispal de Toledo
perseguía. Bajo esta poderosa autoridad creció notablemente la población del
primitivo burgo: en 1180 fallece don Juan, “el tercero arzobispo que fue de
Toledo”, durante cuyo mandato, según atestigua García López siguiendo a
Jiménez de Rada, e fincó el logar por suyo, e el linage de aquellos fincó ay
fasta D. Juan, el Tercero Arzobispo que fue de To ledo, que ensanchó el logar a
los pobradores, e pobró el barrio de San Pedro.
A principios del siglo XIII, bajo el mecenazgo
del Arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, según García López, Brihuega vive la
“época más interesante y de mayor esplendor de nuestra villa, merced,
principalmente, a los favores y amor que la dispensó el Arzobispo don Rodrigo”.
Insistiendo en la notable fortaleza demográfica del núcleo poblacional al
apostillar: “Cierto es que una población donde una misma época se erigen
monumentos religiosos y militares tan notables, había de ser muy importante”.
Afirma Moreno Atance: “es dentro de esta situación donde van a surgir las
iglesias de San Felipe, San Juan, San Miguel, Santa María de la Peña y la
capilla del castillo de la Peña Bermeja. Fue Jiménez de Rada quien dio el gran
impulso a Brihuega y en cuyo mandato como arzobispo de Toledo se realizó la
traza de todas estas iglesias; en ello están de acuerdo todos los historiadores
que han tratado el tema, a pesar de no existir documentación escrita”.
Rodrigo Ximénez de Rada, que supo conciliar la
sagacidad política con la erudición de su amplia obra histórica, ostentó la
titularidad del Arzobispado de Toledo y por ende el señorío de Brihuega desde
1210 a 1247. “Autor de la Crónica de España, hombre virtuoso y a la par de
guerreros arrestos, mentor y acompañante en sus heroicas gestas de Alfonso VIII
el de Las Navas”, según describía Layna Serrano; durante su mandato conoce
Brihuega un gran desarrollo como consecuencia directa de un ambicioso programa
de profundas reformas con tres claros objetivos.
El primero, económico: dinamizar el intercambio
comercial en la localidad, favoreciendo la concesión, sancionada por Enrique I
en 1215, de una feria anual, a celebrar en principio en San Pedro y San Pablo
“cuatro días pasados de la del señor San Juan”. Período que posteriormente fue
modificado, en 1252: “la feria que será por la fiesta de todos los santos,
primera que viene”.
El segundo, jurídico, a través de la
promulgación, en 1242, del Fuero de Brihuega, que estableció las sólidas bases
que regularon vida del conjunto del vecindario “con el cual le dio la
organización municipal propia, derechos muy estimables, privilegios de cuenta y
deberes escritos, siempre más arraigados y llevaderos que los que dependen de
la voluntad, no siempre ordenada, de un señor”, según describió García
López. Afianzando la preponderancia de la villa cabecera, a la que no sólo le
reconocía el dominio ya ejercido sobre un nutrido número de aldeas
dependientes, entre las que incluía Pajares, Romancos, Villaviciosa, Valdehita
y Valdelacueva, sino que lo ampliaba además a otras seis: Gajanejos,
Castilmimbre, Ferreñuela, Valdesaz, Tomellosa y San Andrés, que conformaban la
llamada Tierra de Brihuega.
El tercero, urbanístico: afrontó importantes
reformas y ampliaciones tanto del cinto amurallado, que albergaba a la
población, como del palacio fortaleza, que paulatinamente transformó en
residencia episcopal. Y, lo que es más importante, bajo sus auspicios comenzó
de manera decidida la construcción de las iglesias de San Miguel y San Felipe,
“una deliciosa construcción de estilo románico de transición al gótico”, y la
finalización de Santa María de la Peña “uno de los más bellos ejemplos de
arquitectura cisterciense de la provincia” –según define García López–, que
presumiblemente había comenzado don Cerebruno, su antecesor a fines del siglo
XII, junto con las de San Juan y San Pedro”. Tanto la tipología de dichos
edificios como las evidentes relaciones comparativas que manifiestan con otros
cercanos y coetáneos ejemplos, situaría n su traza en el segundo tercio del
siglo XIII, momento en el que Jiménez de Rada ocupa la silla arzobispal de
Toledo.
En un momento inicial de dicho proceso, la
segunda mitad del siglo XII, de manera coetánea a la construcción en Francia de
catedrales tan relevantes como Noyon o París, en España, según Moreno Atance,
se comienza a vislumbrar la aparición de nuevas fórmulas arquitectónicas: “Los
maestros extranjeros que aquí trabajan de forma esporádica aportan influencias
borgoñonas, inglesas e incluso normandas”. En el vecino obispado de Cuenca
se está construyendo la catedral, con influencias anglo-normandas en su concepción.
Por otra parte, el arte cisterciense defiende una estética distinta, pero
empleando “parecidas innovaciones técnicas”. Variantes que en el cercano
Monasterio de Monsalud, fundado por monjes cistercienses de Lescale-Dieu, de la
Diócesis de Tarbes, hacia 1141, serían de origen gascón, promovidas por los
maestros canteros trasladados a la Alcarria con la propia orden. Paralelamente
a ambos fenómenos exógenos, los alarifes musulmanes aquí asentados alumbran con
sus nuevas artes “la aparición de los primeros edificios mudéjares”.
Iglesia de San Felipe
La iglesia parroquial de San Felipe se levanta
en pleno núcleo urbano de la villa de Brihuega, flanqueada hacia mediodía y
poniente por una amplia plaza ajardinada, aneja a la calle mayor. Tanto su
fachada norte como el ábside de cabecera, orientado hacia levante, se abren
dificultoso paso entre un grupo de viviendas, colindantes ya con el trazado de
la antigua muralla de la localidad. Como apuntaba García López, sigue un patrón
semejante al respetado por el resto de las iglesias briocenses levantadas en el
mismo período: “Todas ellas fueron erigidas en sitios despejados, en
plazuelas espaciosas y son los pegadizos que sucesivamente las han ido
deformando y ocultando”.
La traza original del edificio difiere bastante
de los planteamientos propios del estilo románico de repoblación, que
caracterizó el conjunto de manifestaciones estudiadas en la comarca, levantadas
a lo largo del siglo XIII. Su tardía concepción ya no ha de suplir las
carencias que el párroco debe paliar en su oficio diario a la reducida
feligresía, “estas iglesias tienen menos carácter rural y quizá, sobre todo,
parroquial”. Ha de ceñirse a los nuevos modelos que, a través de su cada
vez más elaborado aparato de propaganda, pretenden imponer sus acaudalados y
poderosos mecenas. Según advierte Moreno Atance “no son templos que surgen
solamente por las necesidades del pueblo”, esgrimiendo los recurrentes
modelos previos seguidos en Beleña de Sorbe o Sauca, “sino que se deben a
fundaciones regias o de prelados”, como también lo fueron Cifuentes o Alcocer.
Su ejecución tardía –la mayoría de los
especialistas coinciden en valorarla como tardorrománica– propició que tanto
los soportes empleados en su alzado, el diseño de las portadas principales y
las cubiertas empleadas para su culminación, tengan el inexcusable sello de los
titubeantes inicios de la nueva tendencia preponderante, entrado ya el siglo
XIV, el denominado estilo protogótico. Temprano intento por trascender el
arquetipo románico previo, modificando sus fórmulas, estilizando los soportes y
elevando las alturas de sus naves, dotándola de esa aspiración, mayor que en el
período precedente, de conferirle unas dimensiones propias de reducidas
catedrales. Moreno Atance, siguiendo a Lambert, considera que tanto San Felipe,
como San Miguel y Santa María de la Peña, “estructuralmente podrían
aproximarse a Cuenca y Osma, que poseen la misma disposición de cabecera
sobresaliente”, incidiendo en que, si bien responden “a la misma
estética que las primeras catedrales, poseen un carácter menos grandioso”.
La estructura de la iglesia está compuesta por
un cuerpo central, de tres naves longitudinales, la central más ancha y alta
que las otras, de las que está separada por cinco arcos fajones apuntados en
cada lado, que apean sobre pilares compuestos, a los que se ciñen estilizadas
columnas. En el paso de la nave central al presbiterio se localiza un arco
triunfal, también apuntado, configurado por dos arquivoltas aupadas sobre
sendas columnas adosadas a las pilastras laterales. La cabecera, rematada con
un presbiterio recto, se corona con el clásico ábside semicircular, dispuesto
en dos tramos, según establece su concepción románica original.
La disposición tradicional de la sencilla
espadaña, situada a sus pies, da paso a la colocación en dicho lugar, tan
significado, de su portada principal. No tenemos constancia de la existencia
previa de una torre-campanario. La opinión más extendida, apuntada ya por
García López a principios del siglo XX, defiende que carecía de ella: “No
parece que tuvo torre, pues no se ven señales de ella, ni el lugar de su
emplazamiento”. La torre actual, separada del resto del edificio,
constituye un claro ejemplo de la reutilización de una torre defensiva previa,
que formaba parte del antiguo recinto amurallado, como bien atestigua el
detallado análisis del aparejo de su primer cuerpo, levantado sobre el mismo
tipo de mampostería utilizado en el resto de la fortaleza. Nuevos usos que
asumió en época ya muy tardía, como defendía García López, “en los últimos
años del siglo XVIII”, cuando “se aprovechó un torreón redondo de la
muralla próxima al ábside para erigir sobre él el actual campanario, de planta
cuadrada y de esquinas de amplio chaflán”. Planteando paralelamente la
posibilidad de que “quizá allí mismo estaba el campanario antiguo, que se
derribó para construir éste que ahora existe”.
El aparejo utilizado en su alzado combina
sillares y mampostería de piedra, alternando con el tradicional ladrillo de las
iglesias briocenses, también presente en las cercanas iglesias de San Miguel y
Santa María de la Peña. Las sucesivas modificaciones y ampliaciones llevadas a
cabo sobre su traza románica inicial y los diversos tratamientos sufridos,
tanto enlucidos, como revestimientos y superposición de varias pátinas de
diversa policromía, condicionan la percepción que pudiéramos lograr de los materiales
empleados en sus orígenes. Aunque todos los indicios parecen indicar la
utilización mayoritaria de sillería de piedra en los elementos más antiguos de
su vigente estructura.
En el exterior, la iglesia de San Felipe guarda
una estructura peculiar, sin llegar a respetar el concepto clásico de las
postreras iglesias de estilo gótico, en las que las portadas principales además
de situarse a los pies suelen también fijarse anejas al crucero de cabecera.
En nuestro caso, dicho diseño se antoja
imposible al perdurar la primitiva traza longitudinal, prolongada en el recto
presbiterio románico y carecer del mencionado crucero. Nos encontramos, como
apunta Moreno Atance, ante una concepción intermedia, que mantiene “la
tradición del románico rural de portadas laterales”, emplazando su única y
principal fachada a los pies.
En el extremo próximo a la cabecera de la nave
lateral, localizada al Norte, nos topamos en definitiva con uno de los
principales elementos que se conservan de los restos románicos: una pequeña y
sobria portada de acceso, con claro regusto cisterciense, compuesta por un arco
de medio punto, recogido por una pequeña moldura de piedra, exenta de
decoración, que apea sobre pilastras. Incidiendo en el sentido híbrido de sus
planteamientos que ya resumiera dicha autora en su acertada conclusión, “como
en Cifuentes o Alcocer, poseen éstas un estilo propio, producido al adaptar las
formas cistercienses o del románico rural, a unas nuevas estructuras”,
fruto de la crucial época en que fueron concebidas, de marcado carácter
gotizante.
La fachada principal, emplazada en el lado
occidental, representa estructural y estéticamente la parte más significativa y
relevante del conjunto. Bajo la cubierta a dos aguas de la nave central se abre
un gran rosetón, gradualmente insertado en el grueso muro mediante la sucesión
de varias molduras y guardapolvos, que alternan superficies lisas con una orla
externa de puntas de diamante; entramado de estilizadas tracerías que
configuran una espectacular estrella de seis puntas. Según nos describe García
López en su Catálogo Monumental de Guadalajara:
“Ennoblece más esta elegante fachada un
rosetón circular, abierto bajo el ángulo en que concluye el muro central.
Consta de un círculo rodeado de seis medios círculos uno y otros con lóbulos,
redientes y arquillos que forman una elegante tracería ojival. Las líneas
rectas dominantes forman el exalfa o sello de Salomón, pero sin intención
notoria de que resalte”. Simétricamente, dispuestos a ambos lados del eje
definido por dicho rosetón, se alzan sendos óculos de menores dimensiones,
ornamentados con una lisa moldura interna, el de la fachada norte, y con
cordones que albergan una compleja estrella de seis lóbulos en su interior, el
de la sur, que garantizan la adecuada iluminación del interior de las naves
laterales. Advertía el cronista sobre las claras diferencias apreciables entre
ambos elementos: “Pero aquí comienzan a notarse las extrañas circunstancias
de este templo, pues además de esta diferencia que anoto en el adorno interior
de los óculos, se ve que no son del mismo diámetro, ni están a la misma altura.
Además, en el cuerpo de la izquierda y por debajo del óculo corre a manera de
imposta horizontal un moldurón que no tiene objeto alguno. Me hace entender
este adorno, que aquel cuerpo se hizo antes que el de la derecha, al que no se
creyó oportuno añadir la misma imposta”, apuntaba como recurrente
justificación a disparidades tan manifiestas.
El trazado original de la iglesia incluía tres
portadas, la primera ya descrita, orientada hacia el Norte y de características
plenamente románicas, y las otras dos, al Sur y a poniente, consideradas de
transición entre el románico y el gótico.
Actualmente sólo conserva su uso la dispuesta a
sus pies, la portada central de acceso, coronada por esta evolucionada
disposición de amplios vanos, apoyada sobre un cuerpo recrecido cubierto por un
tejaroz de losas de piedra y enmarcada por los contrafuertes que afianzan el
tramo inferior de sus muros.
Cinco arquivoltas abocinadas constituyen el
apuntado arco principal: el interior se nos presenta aderezado mediante la
superposición de cuatro cordoncillos lisos, tres de los cuales apean sobre
columnillas ornadas con naturalistas cestas en sus capiteles de hojas de
acanto, combinando, en la inclusión entre columna y columna, con rosetas y
puntas de diamante. Motivo que aparece igualmente en la ojival orla que sella
la moldura de la arquivolta externa. La variada y novedosa decoración empleada
combina, como hemos descrito, el naturalismo de las estilizadas formas
vegetales de sus capiteles con los clásicos motivos geométricos, de puntas de
diamante y rosetas, que se intercalan entre los esbeltos fustes de las
columnillas sobre las que se asienta. En la parte superior del arco se localiza
una cornisa, rematada por doble moldura lisa y jalonada por una serie de
canecillos en los que se inscriben cabezas antropomorfas y zoomorfas de notable
factura. Tipología que también se hace patente en las dos ménsulas de piedra
inscritas sobre los contrafuertes de la portada, compuestas por figuras que
parecen simular animales.
Al igual que sucede en Santa María de la Peña,
en la fachada meridional de la iglesia encontramos otra portada que, en sus
proporciones y la disposición de los elementos constitutivos, respeta las
mismas características definidas en la principal. Enmarcado entre los
contrafuertes laterales y el tejaroz superior, recrecida sobre el muro en el
que descansa, se abre paso un gran arco apuntado abocinado, compuesto por la
superposición de cinco arquivoltas decoradas con guardapolvos de puntas de
diamante, que descansan sobre cuatro pares de estilizadas columnillas
laterales. Curiosos capiteles rematan el basamento, en cuyas cestas asoman
inquietantes caras zoomorfas; “capiteles con una cabecita humana en cada uno
y entre las columnas una sarta de cabezas de clavo”, definía García López
concediéndoles un carácter “más antiguo”, que acompañaban al viajero en
su ingreso a la nave lateral. El conjunto, cerrado con una sobria cornisa
alzada sobre lisos modillones, constituye igualmente una interesante
manifestación del mencionado estilo protogótico de transición.
San Felipe data del siglo XIII y es una
bella muestra del estilo Románico en transición con el gótico. Consta de
tres naves siendo la central la más grande. Estas naves están separadas entre
sí por cinco arcos sostenidos cuyas columnas constan de capiteles con motivos
florales.
Iglesia de Santa María de la Peña
Situada en el extremo sur de la villa, junto a
la roca que corta el altiplano briocense, se encuentra la iglesia de Santa
María de la Peña. Forma parte de la muralla medieval que recorre el borde
meridional de la villa. Es una de las cuatro iglesias medievales que tuvo
Brihuega a principios del siglo XIII. Fue mandada construir por el arzobispado
de Toledo bajo mandato de don Rodrigo Jiménez de Rada, siendo precursora de la
arquitectura cisterciense bajo un modelo arquitectónico que recogía los nuevos
avances reflejados, principalmente, en la utilización de bóvedas y arcos
ojivales en detrimento del arco de medio punto, puramente románico. Según
algunos historiadores, como Catalina García, la construcción pudo iniciarse a
finales del siglo XII, pensada en el estilo predominante de la época, el
románico, aunque según avanzaba su obra tuvo que someterse a las nuevas
directrices que iban apareciendo hacia el siglo XIII.
El hecho de que se construyera al borde de la
meseta, elevándose sobre el valle del Tajuña, se ha justificado por la leyenda
que acompaña la historia de este edificio. Cuenta la tradición que fue en las
inmediaciones de este lugar, en las oquedades más profundas, donde la Virgen,
con el Niño en brazos, se apareció a la princesa Elima, hija del rey moro
Al-Mamún a finales del siglo XI, y que cautivada por tal acontecimiento y
prendada de su esplendor decidió convertirse al cristianismo. En ese mismo instante
y en dicho lugar se construyó una pequeña ermita donde poder venerar a la
Virgen, que fue, desde entonces, la patrona de la villa.
Tiempo después se sustituyó la vieja ermita por
un templo de mayores dimensiones, en el emplazamiento que hoy vemos de estilo
románico, en el siglo XIII y derribando para ello la antigua fábrica.
Se trata de un templo de estilo románico
tardío, vinculado al grupo de iglesias que pueden denominarse protogóticas,
como las de Sigüenza, Cifuentes y las briocenses de San Felipe, San Miguel y
Santa María de la Peña, en las que se inicia lentamente el arte gótico.
Cerrando el pradillo de la iglesia se encuentra la redondeada mole del castillo
de la Peña Bermeja, alzado sobre la primitiva fortaleza árabe del siglo XI, que
una vez en manos del señorío eclesiástico de Toledo fue reformado y
reconvertido en palacio residencial para pasar largas estancias.
La iglesia de Santa María describe en planta
una estructura de forma rectangular, con la disposición de tres tramos, con
cabecera a saliente y torre a poniente, con la salvedad de situar en el lado
norte el pórtico de ingreso, en lugar de situarlo al lado sur como era lo
habitual, debido a que el borde de la roca hacia inaccesible su entrada. En su
lugar se abrieron posteriormente, hacia el siglo XVI, dos capillas laterales
como prolongación de la nave sur.
Al exterior se aprecia la conjunción de
volúmenes que se han ido adaptando a la arquitectura del edificio a lo largo de
sus diversas etapas, formando un conglomerado de varios estilos
arquitectónicos, pero que ha logrado respetar la original planta románica del
siglo XIII. La fábrica en su conjunto es de sillares regulares, para las partes
más nobles, y de mampostería típica de piedra y argamasa, para el resto de los
muros.
En el lado oriental se sitúa la cabecera, con
ábside poligonal de cinco paños separados por contrafuertes, cada uno de los
tramos ocupados por un vano de arco de medio punto con tres arquivoltas,
rematadas en su contorno por una chambrana de puntas de diamante. Las
arquivoltas de fino bocel descansan sobre pequeñas columnitas muy estilizadas
con decoración de capiteles vegetales. Parte del ábside se encuentra oculto en
la panda sur por la adhesión de un cuerpo de planta rectangular para la
sacristía, por lo que sólo se aprecian cuatro de los cinco vanos. Es oportuno
señalar también que parte del ábside se encuentra relleno casi hasta la altura
de los vanos para quedar igualado al nivel de la calle, ocultando la fábrica de
sillería en su parte inferior. Destaca la altura de la nave central sobre las
laterales, que, sobresaliendo en volumen, recoge la luz exterior a través de
amplios vanos apuntados, tres en la panda norte sobre la portada de ingreso.
Dichos vanos se resuelven con arco apuntado con chambrana decorada con puntas
de diamante y tímpano. El primero de ellos, original del siglo XIII, se ha
podido conservar intacto, mientras que los otros dos fueron sustituidos por dos
de piedra en 1995. Una línea de canecillos recorre parte de la cornisa de la
nave central en el primer tramo, pues el resto desapareció sufriendo
restauraciones posteriores.
La portada de ingreso se encuentra resguardada
por un pórtico moderno y se abre mediante un gran arco apuntado de clara
influencia gótica. Está compuesta de cuatro arquivoltas que se decoran con
puntas de diamante, fino bocel la segunda y palmas vegetales. Ocupa el arco
interior un tímpano rebajado con dos arcos apuntados simétricos que simulan un
falso parteluz. Sobre éste se sitúan tres óculos, el central tetralobulado.
Descansan las arquivoltas, a su vez, sobre esbeltas columnas adosadas al muro,
y los capiteles mezclan motivos vegetales con algunos historiados, en el margen
izquierdo, que parecen representar escenas de la Virgen María. Tras las últimas
restauraciones del año 1994 se aprovechó el cincuenta por ciento de los fustes
de las columnas y se rehicieron los capiteles del margen derecho, en los que se
representa las escenas de la Anunciación, Visitación y Nacimiento.
La torre es posterior a la realización de la
iglesia románica, se localiza a poniente y tiene planta cuadrada. Consta de dos
cuerpos, en cuya parte inferior se abre una nueva portada, esta vez bajo un
sencillo arco de medio punto sobre el que se emplaza un escudo del cardenal
Juan de Tavera (1534-1545), época de ampliación de la iglesia. De esta época es
también la apertura de dos nuevas capillas en el lado sur, que ensanchan aún
más la nave lateral.
Una vez en el interior, se aprecia la
diferencia de altura de las naves, más alta la central que las laterales, y la
iluminación que se consigue a través de los amplios y esbeltos vanos de la nave
central. La separación de esta nave con las laterales se resuelve a través de
arcos formeros de medio punto que descansan sobre gruesas pilastras con
columnas adosadas, mientras que las naves laterales lo hacen mediante arcos
apuntados. A excepción de los brazos del crucero, que se cubren con cúpulas
sobre pechinas barrocas, el resto lo hace con bóvedas de crucería de fina
ejecución, mostrando todas las nervaduras sobre la tosca piedra.
Si algo llama la atención al interior, a parte
de la tenue luminosidad de su espacio, es la rica decoración de los capiteles
que se reparten por cada una de las columnas. De diversa temática, pero de
rigurosa ejecución, pueden apreciarse capiteles vegetales de roleos, hojas de
acanto y otros frutos, acompañando a capiteles de temática historiada, que pone
de manifiesto el significado del arte románico en una unión de la iglesia con
sus fieles, desarrollando un programa iconográfico que muestra la lucha entre
el bien y el mal, la necesidad de la penitencia y el perdón para salvarse de
las penas del infierno. Por este motivo se realizan capiteles como el que
aparece en la nave central, que muestra la escena bíblica de Sansón degollando
a un león. La temática mariana es la más desarrollada en los capiteles, y, en
este caso, siendo la advocación de la iglesia a Santa María, no es difícil de
explicarlo; entre ellos destacan la Anunciación de la Virgen, capitel también
de la nave central junto a los pies. Acompañan el programa iconográfico otras
figuras antropomórficas como centauros, toros alados, y figuras animales, como
monos, perros y otros de difícil adscripción.
El paso de la nave central a la capilla mayor
se resuelve mediante un gran arco triunfal apuntado, dando acceso, en primer
lugar, al presbiterio recto con columnas adosadas y bóveda de crucería. El
ábside poligonal se cubre con bóveda de crucería de seis nervios que descansan
sobre esbeltas columnas rematadas en capiteles foliáceos. Se divide el ábside
en cinco tramos, ocupado cada uno de ellos por un delgado vano de arco de medio
punto, ligero abocinamiento y recercado por chambrana de puntas de diamante. En
la parte central del altar mayor se venera la imagen de la Virgen de la Peña,
situada sobre un pedestal adornado al efecto.
A los pies de la nave se encuentra el coro
alto, sobre un amplio arco escarzano y escoltado por medallones de estilo
plateresco del siglo XVI, época en la que se realizan ampliaciones en el templo
por parte del Cardenal Tavera, promotor de toda la obra renacentista en el
templo, plasmada al exterior por la portada occidental y rematada por el escudo
arzobispal.
Se trata, por tanto, en su conjunto de uno de
los templos más significativos y de mayor devoción de la provincia de
Guadalajara, en el que se marcan las pautas de un claro avance hacia el gótico,
aunque perviviendo con la tradición del arte románico. Es una muestra de la
importancia que para el arzobispado de Toledo tuvo la villa de Brihuega,
concretamente la iglesia de Santa María de la Peña, lugar de culto y devoción
de la patrona del municipio.
Bibliografía
ABASCAL PANLAZÓN, Juan Manuel, Vías de
comunicación romanas de la provincia de Guadalajara, Guadalajara 1982.
AGERO, Juan, (dir.), Castilla La-Mancha:
Guadalajara, t. 2, Madrid, 1991.
ALONSO FERNÁNDEZ, Julián, Guadalajara, 3 v.,
Zaragoza, 1976.
ASENSIO RODRÍGUEZ, Ana María, “La arquitectura
románica en el partido de Atienza”, Wad-al-Hayara, 5 (1978), pp. 89-101.
AZCÁRATE RISTORI, José María de, Inventario
Artístico de Guadalajara y su provincia, 2 v., Madrid, 1983.
BÉJAR, Francisco de, Historia de la milagrosa
Imagen de Nuestra Señora de la Peña, Patrona de la Villa de Brihuega, del
arzobispado de Toledo, Madrid, 1733.
BERMEJO CABRERO, José Luis, “En torno al Fuero
de Brihuega”, Wad-al-Hayara, 9 (1982), pp. 137-148.
CASTIÑEIRAS GONZÁLEZ, Manuel Antonio, El
calendario medieval hispano. Textos e imágenes: (siglos XI-XIV), Salamanca,
1996.
CELA, Camilo José, Viaje a la Alcarria, Madrid,
1952 (29ª edición, 2000).
CHECA TORRALBA, Juan Carlos y CHECA TORRALBA,
José Antonio, Millana, su historia, arte y costumbres, Guadalajara, 1999.
CHECA TORRALBA, Juan Carlos y CHECA TORRALBA,
José Antonio, El legado fotográfico de Millana. Más de un siglo de historia,
Guadalajara, 2001.
CORTÉS CAMPOAMOR, Salvador. “El problema de los
límites de la Comunidad de la Villa y Tierra de Guadalajara”, Wad-al-Hayara, 12
(1985), pp. 81-85.
DAVARA RODRÍGUEZ, Francisco Javier, “La
significación de la catedral medieval de Sigüenza”, Wad-alHayara, 10 (1983),
pp. 179-196.
FERNÁNDEZ IZQUIERDO, Francisco, “Órdenes
militares y régimen señorial: Los dominios de Calatrava en tierras de la
provincia de Guadalajara (siglos XI-XIV)”, Wad-al-Hayara, 12 (1985), pp. 69-79.
FERNÁNDEZ SERRANO, Tomás, “Relación de fueros y
cartas pueblas de la provincia de Guadalajara”, Wadal-Hayara, 2 (1975), pp.
51-55.
GARCÍA LÓPEZ, Juan Catalina, Relaciones
topográficas de España. Relaciones de pueblos que hoy pertenecen a la provincia
de Guadalajara con notas y aumentos por Juan Catalina García (Memorial
Histórico Español. XLI-XLV), Madrid, 1912.
GARCÍA LÓPEZ, Aurelio, Moriscos en Tierras de
Uceda y Guadalajara (1502-1610), Guadalajara, 1992.
GARCÍA LÓPEZ, Juan Catalina, La Alcarria: en
los dos primeros siglos de su Reconquista, Guadalajara, 1973.
GARCÍA MARQUINA, Francisco, Guía del viaje a la
Alcarria, Guadalajara, 1993.
GARMA RAMÍREZ, David de la, Rutas del románico
en la provincia de Guadalajara, Valladolid, 2000.
GONZÁLEZ GONZÁLEZ, Julio, El reino de Castilla
en la época de Alfonso VIII, estudio y documentos, 2 v., Madrid, 1960.
GONZÁLEZ, Julio, Repoblación de Castilla la
Nueva, 2 v., Madrid, 1975.
HERRERA CASADO, Antonio, “El calendario
románico de Beleña de Sorbe”, Traza y Baza, 5 (1974), pp. 31-40.
HERRERA CASADO, Antonio, Glosario alcarreño. I,
Guadalajara, 1974.
HERRERA CASADO, Antonio, “Una propuesta
teológica en el románico castellano. La portada de Santiago en Cifuentes
(Guadalajara)”, Wad-al-Hayara, 10 (1983), pp. 165-178
HERRERA CASADO, Antonio, “Notas de Iconografía
Seguntina”, Wad-al-Hayara, 6 (1979), pp. 235-239.
HERRERA CASADO, Antonio, Crónica y guía de la
provincia de Guadalajara, 2ª ed., Guadalajara, 1988.
HERRERA CASADO, Antonio, “Galerías porticadas
románicas en Guadalajara (algunos hallazgos recientes)”, Wad-al-Hayara, 15
(1988), pp. 413-418.
HERRERA CASADO, Antonio, “Labros, el románico
oloroso”, Nueva Alcarria, Guadalajara, 17 agosto 1990.
HERRERA CASADO, Antonio, El Románico de
Guadalajara: una guía para conocerlo y visitarlo, Guadalajara, 1994.
HERRERA CASADO, Antonio, Brihuega, la roca del
Tajuña: una guía para conocerla y visitarla, Guadalajara, 1995.
LARA BLÁZQUEZ, Pedro y MASA CABRERO, Francisco,
Guía de Castilla-La Mancha: patrimonio histórico, Toledo, 1990
LARUMBE, María y ROMÁN PASTOR, Carmen,
Arquitectura y urbanismo en la provincia de Guadalajara, Toledo, 2005.
LAYNA SERRANO, Francisco, “Iglesia parroquial
de Santa María de Alcocer”, Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 43
(1935), pp. 1-16.
LAYNA SERRANO, Francisco, Compendios
descriptivos e históricos de Guadalajara, Atienza, Brihuega, Cifuentes y
Cogolludo, Madrid, 1934 (ed., 1995).
LAYNA SERRANO, Francisco, El Monasterio de
Óvila, Madrid, 1932 (ed., 2001).
LAYNA SERRANO, Francisco, La arquitectura
románica en la provincia de Guadalajara, Madrid, 1935 (ed., 2001).
LÓPEZ TORRIJOS, Rosa, “Datos para una escuela
de escultura gótica en Guadalajara”, Wad-al-Hayara, 5 (1978), pp. 103-114.
MARTÍN PALMA, María Teresa, Los fueros de
Villaescusa de Haro y Huete, Málaga, 1984.
MARTÍN PRIETO, Pablo, “Origen, evolución y
destino del señorío creado para la descendencia de Alfonso X de Castilla y
Mayor Guillén de Guzmán. 1255-1312”, Temas medievales, 11 (2003), pp. 219
MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo, Las Comunidades de
Villa y Tierra de la Extremadura Castellana, Madrid, 1983.
MARTÍNEZ TABOADA, Pilar, “Inicios de la
transformación urbanística de la Alcarria: La Repoblación”, Wad-al-Hayara, 12
(1985), pp. 57-64.
MEDIEVO VELASCO, María Isabel y GONZÁLEZ ZIMLA,
Herbert, “El bautismo y las pilas bautismales”, Revista de Arqueología, 308
(2006), pp. 30-39.
MERCADO BLANCO, Jesús; MOYA BENITO, María Jesús
y HERRERA CASADO, Antonio, Historia de Sacedón. Patrimonio y costumbres,
Guadalajara, 2003.
MINGOTE CALDERÓN, José Luis, “La representación
de los meses del año en la capilla de San Galindo. Campisábalos (Guadalajara)”,
Wad-al-Hayara, 12 (1985), pp. 111-121.
MIÑANO, Sebastián de, Diccionario
geográfico-estadístico de España y Portugal: Provincias de Cuenca, Guadalajara,
La Mancha, Madrid y Toledo, obispados de Cuenca y Sigüenza, tomos I y II,
Madrid, 1826 (ed., 2001).
NIETO SORIA, José Manuel, La villa de Millana y
su entorno: un pueblo de Huete en la Alcarria medieval, Cuenca, 2000.
NIETO TABERNÉ, Tomás; ALEGRE CARVAJAL, Esther y
EMBID GARCÍA, Miguel Ángel, El románico en Guadalajara, Madrid, 1991.
NIETO TABERNÉ, Tomás y ALEGRE CARVAJAL, Esther,
El románico en Guadalajara, León, 2000.
OLEA ÁLVAREZ, Pedro, Los ojos de los demás:
viajes de extranjeros por el antiguo obispado de Sigüenza y la actual provincia
de Guadalajara, Sigüenza, 1998.
ORTEGO GIL, Pedro, Aproximación histórica a las
ferias y mercados de la provincia de Guadalajara, Guadalajara, 1991.
PAREJA SERRADA, Antonio, Brihuega y su partido,
2 v., Guadalajara, 1916.
PAVÓN MALDONADO, Basilio, Guadalajara medieval.
Arte y arqueología árabe y mudéjar, Madrid, 1984.
PÉREZ ARRIBAS, Andrés, Alcocer. Historia y
Arte, Guadalajara, 1997.
PERIS SÁNCHEZ, Diego (coord.), Castilla la
Mancha, nuestro patrimonio, Toledo, 1995.
PONZ, Antonio, Viaje de España; seguido del
Viaje fuera de España, tomos I-IV y XIV-XVIII, Madrid, 1794, (ed., 1988)
QUADRADO, José María y FUENTE, Vicente de la,
Castilla La Nueva II. España. Sus Monumentos y Artes, su Naturaleza e Historia,
Barcelona, 1886 (ed. 1978).
RANZ YUBERO, José Antonio, Diccionario de
toponimia de Guadalajara, Guadalajara, 2007.
RODRÍGUEZ, María Isabel, “Pervivencias
iconográficas del mundo clásico en los códices prerrománicos: la
personificación del mar”, Cuadernos de Arte e Iconografía, XI (1993), pp.
218-224.
RUIZ MONTEJO, Inés; FRONTÓN SIMÓN, Isabel y
PÉREZ CARRASCO, Francisco Javier, La herencia románica en Guadalajara, Toledo,
1992.
SÁNCHEZ BENITO, José María, Las tierras de
Cuenca y Huete en el siglo XIV: historia económica, Cuenca, 1994.
SANZ BUENO, Lupe, Uceda: notas sobre su
historia, arte y costumbres, Madrid, 1990.
SERRANO BELINCHÓN, José, Diccionario
enciclopédico de la provincia de Guadalajara, Guadalajara, 2004.
SIMÓN PARDO, Jesús, Estampas briocenses.
Historia de Brihuega, Guadalajara, 1987.
SIMÓN PARDO, Jesús, Brihuega. Hitos, mitos y
leyendas, Guadalajara, 1991.
SIMÓN PARDO, Jesús, Advocaciones marianas
alcarreñas, Guadalajara, 1995.
TORRES BALBÁS, Leopoldo, “La capilla del
castillo de Brihuega y las edificaciones de D. Rodrigo Jiménez de Rada”,
Archivo Español del Arte, 19 (1941), pp. 279-297.
VILLAR GARRIDO, Jesús y VILLAR GARRIDO, Ángel,
Viajeros por la historia. Extranjeros en Castilla la Mancha. Guadalajara,
Toledo, 2006.
[1] La cora (o kora) era una
de las demarcaciones territoriales en que estaba dividida al-Ándalus, la
antigua península ibérica islámica, durante el emirato y
el califato de Córdoba. Coexistía con otra demarcación territorial
denominada Marca ("thagr"), que se superponía a
las coras en las zonas fronterizas con los reinos cristianos. Ambas
constituían la organización territorial andalusí.
Según
el diccionario de la RAE, la palabra cora proviene del
árabe kūrah, y esta del griego, con el significado de territorio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario