Arte románico en Guadalajara
El desarrollo del arte románico por tierras de
Castilla-La Mancha estuvo ligado a la conquista cristiana y al proceso
repoblador que vino a continuación; repoblación que resultó difícil y lenta
tanto por los frecuentes ataques musulmanes que generaban inestabilidad en los
nuevos asentamientos, como por la debilidad del contingente demográfico
empeñado en la tarea. A su vez, el estilo románico hubo de compartir este
espacio geográfico con el mudéjar –dominante en Toledo– y las peculiaridades de
la repoblación de La Mancha; por todo ello, la implantación del románico se
circunscribió, sobre todo, al territorio que se extiende por las actuales
provincias de Guadalajara y Cuenca.
El éxito del mudéjar toledano tuvo que ver con
la fascinación que produjo en los cristianos la contemplación de la ciudad
musulmana de Toledo así como el atractivo del sistema de trabajo de sus
artistas. Tuvo gran éxito, tanto en la arquitectura religiosa como en la civil,
en el palacio mudéjar: cerrado al exterior, de muros lisos de ladrillo y
decoración en piedra limitada a la portada. Los palacios toledanos de Ayala, el
llamado del rey Don Pedro o el de Fuensalida, ya en el siglo XV, lo testimonian
muy bien. Arquitecturas de planta en torno a un patio, deslumbrante decoración
y ricas techumbres de madera.
Albendiego y su ermita de Santa Coloma
El románico de la repoblación
La iniciativa real fue dominante en la acción
repobladora: Atienza, y Zorita son ejemplos representativos de este esfuerzo.
Junto al monarca, otros individuos o instituciones participaron en este
cometido: el obispado de Sigüenza, la mitra toledana, las Órdenes Militares o
los monjes cistercienses que se establecieron en Pinilla de Jadraque, Córcoles,
Retiendas, Trillo y Buenafuente de Sistal. Y tanto en monasterios como en las
ciudades, villas o aldeas, una vez que se fijaron los términos y se dio a conocer
la nueva autoridad, se procedió a la organización eclesiástica para atender las
necesidades de los nuevos pobladores. Se levantaron iglesias y parroquias
acordes con las posibilidades de sus habitantes.
Claro que, las primeras aldeas que se
desarrollaron fueron las que contaron con la protección de un castillo; fueron
entonces agrupándose las casas en la ladera, al amparo de la fortaleza, y
cuando la tranquilidad del vecindario se asentó, se levantó la iglesia
románica, cercana al castillo, alguna con atrio porticado donde se reunía el
concejo, acogía el mercado y se ofrecían otras alternativas comunitarias; y su
espadaña, casi siempre a los pies del templo, mostraba la campana de bronce que
llamaba a la oración y tocaba a rebato en caso de alarma.
Esa imagen ofrece Atienza y su castillo,
asentado sobre el enorme peñón de 130 metros de largo, por 30 de ancho y 12 de
altura media, cortado a pico en su contorno por la acción erosiva de los
vientos, menos en uno de sus extremos, y a cuya falda meridional del cerro se
agarró el caserío hasta necesitar una doble línea de murallas. Así lo percibió
Galdós a mediados del siglo XIX, cuando la población atencina había quedado
reducida a una quinta parte de la que tuvo en sus tiempos más boyantes: “En
la falda oriental de un cerro coronado por un gigantesco castillo en ruinas, el
más insolente guerrero de piedra que cabe imaginar, está edificada la muy noble
y leal villa realenga. Sus casas son feas y caducas, rodeadas de un misterio
vivo; sus calles, irregulares, invitan al sonambulismo; en sus ruinas se
aposenta el alma de los tiempos muertos. Dos órdenes de murallas la cercan,
quiero decir que la cercaban, porque de la exterior sólo quedan algunos
bastiones y los cubos”.
Y dada la prolongación en el tiempo de la
actividad repobladora, el arte románico se extenderá más allá de los límites
cronológicos del estilo, al tiempo que tendía a una simplificación en el
proceso constructivo y decorativo hasta convertirse en un arte rural e
independiente de sus fuentes.
La gran mayoría de estos templos van a ser
construcciones sencillas, de una nave, con cubierta de madera, presbiterio con
bóveda de medio cañón, arco triunfal que le separa de las naves y ábside con
cuarto de esfera. La espadaña, cuando la hay, triangular, se ubica
preferentemente a los pies del templo, mientras que la galería porticada sigue
el ejemplo de los edificios de Segovia y Soria. Las tierras del Tajo debieron
de suponer el límite de la extensión de estos pórticos al tiempo que avanzaba
la reconquista de la provincia de Cuenca.
Edificios sobrios, a tono con las posibilidades
económicas de las distintas comarcas, que concentran la decoración en las
portadas, que suelen carecer de tímpano –menos Cereceda–; portadas a veces de
gran valor iconográfico –Beleña de Sorbe, Millana–. El resto de la decoración
se remite a capiteles y canecillos. Recintos austeros que, en la mayoría de los
casos, son el único templo del lugar, su edificio más representativo. Pocas
veces es posible encontrar varias iglesias en la misma población: salvo en Atienza
que llegó a contar con catorce; Brihuega con cinco; Sigüenza que, además de la
catedral, levantó templos a Santiago y San Vicente. Serán precisamente estos
edificios los que hagan uso de los mejores materiales –la piedra sillar–
mientras los más modestos tendrán que acudir a la mampostería sencilla, a la
falta de simetría entre diversas partes del templo, a la irregularidad y
descompensación de espacios. También los núcleos más populosos incorporarán en
su momento las novedades técnicas y de estilo que darán paso al gótico.
Austeridad que, por lo demás, se refleja en los
accesorios de culto. Así ocurre en las pilas bautismales: de piedra, algunas de
notable tamaño pero sin especiales elementos figurativos que realcen sus
formas. Menos la de Luzaga que adorna su copa con una cruz patada inscrita en
un círculo asentado en una loma.
Sobresale también la de San Andrés del Rey, de
piedra rojiza, con mediana copa jalonada de refinados gallones, rematada por
una banda poblada con una serie regular de puntas de flecha. Ha sido vinculada
con las de La Olmeda o Cifuentes; a veces, su adscripción cronológica no es
sencilla pues, a falta de documentación, la tipología y elementos decorativos
como los gallones se prolongan hasta el siglo XVI. A este grupo pertenece
también la pila procedente de Tobes y que ahora conserva el Museo Diocesano de
Sigüenza: de 95 centímetros de diámetro por 57 de altura, hecha en piedra
caliza, decorada su ancha copa con delgados gallones, con el recuerdo de las de
Bustares, Almiruete y Miedes de Atienza, las dos primeras quizás del siglo XII
y la última dentro ya de la tradición románica. El mismo Museo ofrece algunos
ejemplos de otros objetos que adornaron el interior de estas iglesias: el rey
Mago, tallado en madera de pino, procedente de Pareja; la Virgen de la Sopeña,
originaria de San Andrés del Congosto; Nuestra Señora de Mojares o el Cristo de
la cruz procesional que estaba en Robredarcas. Se sabe que en la iglesia del
castillo de Zorita de los Canes había un crucifijo en el ábside y una imagen de
madera de la Virgen de la Soterraña en la cripta, datados ambos como románicos
del siglo XIII.
Una de las pilas mejor conservadas de toda la
provincia es la de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de
Canales del Ducado que también alberga el Museo Diocesano de Sigüenza. Una
magnífica pila de piedra caliza donde no faltan las arquerías de medio punto
sobre columnas de fuste liso pobladas por un águila, un grifo y un rostro
barbado que quizás pudiera ser la imagen de San Pedro. Ha sido fechada en el
siglo XIII.
Las tierras de Atienza
Un grupo muy significativo de estas iglesias
románicas se extienden por las cuencas del Sorbe y del Cañamares teniendo como
referencia la sólida fortificación de Atienza: fortificación presidida por su
centenario castillo, la peña muy fuort del Cantar de Mío Cid:
celtíberos y romanos, musulmanes y cristianos entraron y salieron por él en sus
invasiones y continuas guerras.
No lejos de allí, en la sierra de Miedes –hoy,
la sierra de Pela, en el límite de las provincias de Guadalajara y Soria–, se
fue a posar el Cid cuando iba camino de su destierro. Llegó al caer la tarde,
antes de ponerse el sol, por lo que tuvo tiempo de pasar revista a su mesnada,
hacer balance de los fieles que le acompañaban en su caída: treszientas lanzas,
que todas tienen pendones. Enfrentados, junto a su señor, a partir de ahora, a
toda clase de amenazas y peligros, entregados a su propia suerte. Desde allí
tuvo tiempo el héroe, nos recuerda Menéndez Pidal, de volver la mirada atrás y
despedirse de la patria que iba a abandonar, decir adiós a aquel terreno rojizo
que se alejaba hasta acabar en las ondulaciones que ocultaban el Duero.
Eran las tierras del románico soriano, que
llama la atención por el irresistible atractivo de lo rural, lo sencillo, la
integración de los edificios en el paisaje y, en muchas ocasiones, por un
atractivo sentido de la proporción. Viene
determinado por su ubicación geográfica, a caballo entre Aragón y Castilla y
levemente alejado de los caminos de peregrinación: responde, además, al empuje
constructivo que caracteriza al brillante siglo XII; algo sin precedentes con
anterioridad y que haría posible que Almazán contase con una docena de
iglesias.
El románico soriano, como cabe suponer,
acompañó al proceso repoblador que no da comienzo antes de fines del siglo XI.
De hecho, el fuero de Andaluz es del año 1089 y habrá que esperar al cambio de
siglo para que este movimiento se consolide. Así ocurrió en Ágreda o Almazán,
importante plaza musulmana conquistada en 1128 por Alfonso I el Batallador; él
será uno de los grandes impulsores de este movimiento: aragoneses, castellanos
y mozárabes andalusíes van a ser los grupos humanos que, junto con los musulmanes
asentados en tierra cristiana, conformen la población de la tierra soriana y
quienes ayuden a perfilar el arte que aquí se desarrolla. Una situación no muy
distinta de la de Atienza, que pasó a manos del citado Alfonso I en los
primeros años del siglo XII. A él se debe la reconstrucción del castillo y las
murallas y el empuje que hizo posible el crecimiento de la población en torno a
la iglesia parroquial dedicada a Santa María, que llevaría su recuerdo para
siempre.
Su estructura se ajusta al promontorio,
mientras destaca la puerta de acceso con sólidos torreones y la torre del
homenaje, orientada al Sur: de dos cuerpos y terraza. De allí partían las
murallas. Alfonso VIII hizo construir el segundo cinturón para proteger los
edificios que extendían más allá del primer recinto urbano; también nuevas
iglesias románicas que con el tiempo serían catorce, para una población que no
dejaba de crecer. A ellas se añadía la Judería, que fue barrio independiente y
contaba con puerta propia en la muralla, distintas casas fuertes y un magnífico
monasterio de estilo gótico. Pero con el final de la reconquista, se inició la
decadencia de la villa que el paso del tiempo no hizo sino acentuar.
El castillo sigue maltrecho, señoreando sobre
el horizonte, y ha desaparecido la imagen sombría que la población proporcionó
a Galdós; ahora sus estrechas calles, rasantes y empedrados, acogen un renovado
caserío del que descuellan los ábsides y torres de sus iglesias. Como la citada
Santa María del Rey levantada a la sombra del castillo y consagrada en 1112,
cabeza del populoso barrio de su nombre, barrio que sería destruido por el
sitiador Juan II. Más tarde, la plazuela del templo se convertiría en cementerio,
y la iglesia, de la que son románicas la torre, el ábside y las puertas de
ingreso, en su capilla. El variado cortejo que adorna su puerta meridional:
Cristo Pantocrátor, los Apóstoles, los bienaventurados… acompaña desde entonces
la triste despedida de los que allí se acomodan para siempre. Y la Trinidad,
con bello ábside de influencia segoviana; San Gil; San Bartolomé, obra del
siglo XIII, reformada en el siglo XVI, rodeada por una valla de piedra y
ennoblecida por una espléndida galería porticada con arcos de medio punto y
columnas dobles; galería que trae a la memoria la de Pinilla de Jadraque.
Fuera ya de Atienza, en el camino de Soria, se
puede admirar la ermita de Santa María del Val, adornada la arquivolta central
de su portada con un grupo de diez contorsionistas ataviados y peinados a la
manera de los mudéjares que vivían por estas tierras atencinas. En la ruta de
Atienza a Ayllón, en Albendiego, Villacadima… persevera la tradición mudéjar y
el recuerdo de Caracena y Grado del Pico. En Campisábalos emerge en el centro
del caso urbano un admirable conjunto románico del siglo XIII formado por la
iglesia de San Bartolomé y la capilla de San Galindo, adosada ésta al muro sur,
con las representaciones del calendario agrícola. El más conocido es el de
Beleña de Sorbe. De hecho, la figuración de los meses de junio y julio es
idéntica en ambos casos. En Beleña de Sorbe todavía se conserva la fachada
meridional, la galería porticada, la puerta de entrada al templo: los sillares
regulares y su magnífica escultura. Se extiende por los capiteles que, en su
lado izquierdo, contienen el Pecado Original y la condena a los réprobos, y
continúa en la arquivolta central con escenas de las faenas agrícolas de los
doce meses del año: castigo impuesto a la humanidad tras la expulsión del
Paraíso. Así es como los lugareños reconocían el círculo inmutable de las tareas
a las que estaban encomendados hasta la muerte. Por eso, en los capiteles de la
derecha, el Ángel se aparece a las Marías para anunciarles la Resurrección de
Cristo.
La presencia de los calendarios en las iglesias
citadas revela la modernidad de unas propuestas artísticas que ofrece ejemplos
ilustres en la pintura. Así ocurre en San Isidoro de León donde acompañan a las
imágenes apocalípticas, en el interior del arco que separa las bóvedas
orientales. A partir de una atractiva imagen de Janus bifronte, se suceden los
labriegos ocupados en las faenas agrícolas, descritas con realismo, de acuerdo
con la mejor tradición del género. Y en la literatura también:
“Estaba don Enero a dos partes mirando
rodeado de encinas, cepas arreando
a unas gruesas gallinas las estaba
asando
estaba en una percha longanizas
colgando.
Estaba don Febrero sus manos calentando
ora brillaba el sol, ora estaba nevando
el verano e invierno los iba separando
porque era el más chico se iba
querellando”.
El Obispado de Sigüenza
“Al volver atrás la mirada por ver el trecho
que llevamos andando, Sigüenza, la viejísima ciudad episcopal, aparece rampando
por una ancha ladera, a poca distancia del talud que cierra por el lado
frontero el valle. En lo más alto el castillo lleno de heridas, con sus
paredones blancos y unas torrecillas cuadradas, cubiertas con un airoso
casquete. En el centro del caserío, se incorpora la catedral, del siglo XII”.
Esta visión de Sigüenza, la disfrutó José Ortega y Gasset en el verano de 1911
cuando, a lomos de una mula torda, de altas orejas inquietas, transitaba por
tierras de Castilla. Era tiempo de agosto, bochornoso, y la mula, de lento
andar, se afanaba entre chopos y olmos primero y laderas amarillentas más
tarde; de vez en cuando, se ofrecían a su vista insospechados pueblecitos:
Romanillos, Barahona… náufragos del paisaje, siempre en ruinas. También alguno
de más entidad: Medinaceli, Atienza… y Sigüenza, a la que evoca en “una
alborada limpia sobre los tonos rosa y cárdeno del poblado”, dominada por la
catedral “toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra
quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bajando hacia mí”.
Sigüenza estaba a la cabeza de una diócesis que
abarcaba un amplio territorio que iba más allá del espacio ocupado por los
obispos como señores temporales: la ciudad episcopal y sus aldeas. Tierras de
Ariza, Medinaceli o Almazán por un lado y Cifuentes o Molina por otro hicieron
posible el desarrollo artístico de Sigüenza, al amparo del castillo y la
catedral, y el mecenazgo de sus obispos.
Había sido conquistada a los musulmanes en 1123
por D. Bernardo de Agen, clunicacense aquitano, pero su catedral no se inició
hasta mediados de siglo proyectándose como una iglesia de tres naves divididas
por pilares con medias columnas, amplio crucero marcado en planta y alzado,
torres a los pies y en los brazos del transepto y cabecera de cinco ábsides,
escalonados y paralelos. De esta primera etapa son los lienzos inferiores del
ábside central, las primeras dependencias orientales del claustro y los ingresos
del brazo meridional del crucero, pues las obras se hicieron lentamente, tanto,
que permitió un cambio de plan cerca ya de 1200 y encaminó al edificio al
estilo gótico. Tránsito no exento de dificultades, pues junto a los preceptos
de San Bernardo se pueden contemplar elementos de la tradición románica: arcos
de medio punto en puertas y ventanas, como en la fachada de los pies, y muros
de notable grosor.
dio punto en puertas y ventanas, como en la
fachada de los pies, y muros de notable grosor. La profesora Muñoz Párraga,
tras un detallado estudio del edificio y de la intervención de los obispos en
la financiación de las obras, ha establecido las distintas etapas constructivas
de la catedral: desde su inicio en tiempos de la prelatura de Pedro de Leucata
–1152-1156–, hasta el triunfo del gótico, cambio debido al lento ritmo de las
obras, como ocurrió en Tarragona.
Así, desgrana una primera fase que termina en
1170, cuando se diseña la iglesia de acuerdo con las ideas, modelos, trazas y
soluciones constructivas venidas de las mismas tierras que los prelados, de
Francia. De este período se conservan los lienzos inferiores del ábside
central; las primeras dependencias orientales del claustro, donde se localiza
la puerta del Corralón; y los ingresos del Mercado y de la Torre del Santísimo,
en el brazo meridional del crucero. De este modo fue descrita la claustra por Peces
Rata: “Es un gran patio que se adosa a la catedral por su parte norte. Eran
las antiguas dependencias destinadas a servidumbres y menesteres de almacenaje,
etc., de canónigos regulares […] Muestra un muro antiguo y dos pequeñas
ventanas de medio punto con elementos románicos poco estudiados hasta ahora.
Entre estas dos estrechas ventanas un óculo ha conservado su losa de cierre de
piedra calada con seis pequeños círculos alrededor de uno central. Una cornisa
de arquillos ciegos se apoya en siete ménsulas que representan, alternando y
rudamente, tres grotescas figuras humanas, dos florones y la cruz de Malta”.
La segunda fase constructiva atrajo nuevos
talleres, uno de los cuales aporta la arquitectura protogótica languedociana; a
esta época corresponde el primitivo claustro, de dimensiones semejantes al
actual pero de factura más modesta: la cubierta sería de madera labrada y
pintada, la sacristía, hoy capilla de los Zayas y la sala capitular: contigua a
la anterior, donde se sustituyó la cubierta de medio cañón por una bóveda de
ojivas con dos arcos cruzados, disponiéndose los sillares de la plementeria en espina
de pez y ajustados al comienzo de los nervios. Las novedades decorativas las
aportó un segundo taller en capiteles e impostas. A esta etapa pertenece
también la continuación de las obras del transepto, los tramos más orientales
de las naves norte y sur y los muros correspondientes a estos tramos.
Durante los últimos años del siglo XII y primer
cuarto del siglo XIII, intervienen otros equipos que completarán el perímetro
de los muros; ahora se termina la nave de la epístola, las fachadas norte y
sur, los lienzos de la de poniente y los dos primeros cuerpos de las torres:
teniendo muy en cuenta el proyecto original y los estilos primitivos. Así se
explica el conservadurismo de las puertas de las partes bajas de la fachada
occidental. Su semejanza con las portadas de las iglesias seguntinas de Santiago
y San Vicente es manifiesta.
Pero los investigadores se han ocupado de otros
aspectos de la catedral; como su actividad litúrgica a través del análisis de
los Estatutos o el “Registro del Diario y Directorio del choro”… que aportan
datos fundamentales para comprender el uso del templo y sus espacios
inmediatos. O el emplazamiento del edificio primitivo: Santa María de la
Antigua o Santa María de los Huertos, asentada a orillas del Henares, en la
parte más baja y poblada de la ciudad reconquistada y en compañía del Cabildo,
formado por canónigos regulares de San Agustín en 1144.
La catedral se levantó en la ladera, en
terrenos sin habitar, a medio camino entre la puebla baja, junto al río, y el
castillo que dominaba la colina, en tiempos del segundo de los obispos, don
Pedro de Leucata. Él ordenó llevar a cabo la explanación del terreno y eligió
un trazado en la línea de los que había contemplado en Francia, su país de
origen. Las obras comenzaron por la cabecera, elevando los cinco ábsides, y sus
capillas acogieron a San Juan Bautista, San Agustín, San Pedro y San Pablo y
Santo Tomás de Canterbury: el central estaba dedicado a Santa María, como el
templo entero.
Y para atender la creciente población que se
fue apiñando junto al castillo hubo necesidad de construir dos iglesias:
Santiago y San Vicente. Ambas tienen una nave, su portada evoca las mencionadas
de la catedral, la sillería está bien trabajada y su cabecera nos encamina
hacia el gótico. Sobresale en un caserío de empinadas calles y tortuosas
travesías, de ambiente severo y grave sello de antigüedad. José María Quadrado
advirtió que las dos parroquias conservaban: “Su monumental carácter en
armonía con el de la antigua ciudad: paredones denegridos, torres bajas y
gruesas, portadas de arcos semicirculares en degradación, esculpidos con
estrellas, tableros y entrelazos, sostenidos ya por seis ya por tres columnas á
cada lado con capiteles de tosco follaje; en el testero de la de San Vicente
una estatua gótica de la Virgen bajo afiligranado doselete, en el de la portada
de Santiago un busto del apóstol de escultura más adelantada”.
La influencia de los obispos de Sigüenza se
aprecia en la iglesia parroquial de Pelegrina, aldea donde pasaban temporadas
de descanso; Pozancos, a seis kilómetros de la sede episcopal, cuya portada
remite de nuevo a las de la catedral: por su tipología, factura y cronología.
Carabias y Jodra del Pinar, estas últimas, además, con galería porticada de
traza sencilla y escueta decoración. Más compleja es la de Pinilla de Jadraque,
camino del sur de la provincia; y de notable perfección la de Saúca, de la primera
mitad del siglo XIII.
Su magnífico pórtico envuelve a la nave a
mediodía y poniente; de ahí su encanto pues el interior se perdió con las
restauraciones modernas. Se trata de un pórtico elegante donde se pueden
rastrear las enseñanzas cistercienses y observar la presencia de temas tan
sugestivos como el episodio de Balaam: tomado como ejemplo de la ayuda divina
en el Antiguo Testamento. La pila bautismal también remite a los tiempos
fundacionales de la iglesia. De etapa más avanzada es el Salvador de Cifuentes,
edificio que camina hacia el gótico pero mantiene la portada románica de
Santiago, muy abocinada, con ocho arquivoltas; la interna acoge la
representación de los apóstoles y la externa un tema de fuerte tradición
románica: el combate entre la Fe y la Idolatría, socorrida ésta por los vicios
y aquélla por las virtudes, por los venerables cristianos vencedores del
pecado.
Entre éstos el obispo de Sigüenza, don Andrés
–1261- 1268–, cuya presencia permite fechar la puerta en la época de su
prelatura. Un buen ejemplo de la pervivencia de elementos románicos, avanzado
ya el siglo XIII.
El Señorío de Molina
El señorío de Molina, que reunía buena parte de
los pueblos de la zona oriental de la provincia y otros de las colindantes,
nació al amparo de la repoblación de sus territorios, yermos y abandonados tras
la conquista cristiana de 1129. Su famoso fuero de 1154, otorgado por don
Manrique de Lara, fue muy favorable para la libertad de los nuevos pobladores,
por lo que tuvo excelente acogida: propició la afluencia de gentes de distintos
lugares y un notable incremento de riqueza que impulsó la capitalidad de Molina.
A Alvarito, el joven protagonista de La nave de los locos, de Baroja, le
produjo la siguiente impresión: “Molina de Aragón es un pueblo con cierto
empaque aristocrático, con casas hermosas, calles bastante anchas y una gran
fortaleza que volaron los franceses en la guerra de la Independencia, dejando
de ella solamente varios torreones, altos y dramáticos”.
El castillo se levantó sobre una loma en la
margen derecha del río Gallo, ya desde los tiempos del famoso Abengadón; y
aunque los cristianos lo reconstruyeron casi desde sus cimientos e incorporaron
una pequeña capilla románica, mantuvieron la traza defensiva. Por eso, se puede
rastrear la fortaleza con su atalaya, el albacar para proteger a la población y
ganado del entorno en caso de asedio y, más abajo, la villa amurallada que fue
ganando terreno hasta alcanzar la otra orilla del río Gallo por medio del Puente
Viejo: de tres ojos y tajamares triangulares.
Molina hubo de tener abundantes ejemplos
románicos de los que nos han quedado escasos restos. San Martín conserva de su
primera etapa, además del oculto ábside, una ventana aspillerada y la portada
adornada por un crismón, bajo otra barroca. Es admirable la iglesia de Santa
Clara, antigua parroquial de Molina, que no llegaría a concluirse. De una nave,
mantiene la presencia románica de la silueta del ábside y la puerta de ingreso,
emparentada con la catedral de Sigüenza, mientras que los soportes, cubiertas y
austera decoración hacen pensar en la influencia cisterciense, quizás de
Bonaval. Sus ecos se han querido ver también en Rueda de la Sierra y la portada
norte del monasterio de la Buenafuente de Sistal, fundado en 1176 y con obra en
el templo del segundo tercio del siglo XIII.
Los Canónigos Regulares de San Agustín se
documentan en Buenafuente en 1176, pero sería doña Berenguela, en 1242, quien
impuso la presencia de religiosas cistercienses. La iglesia, de pequeñas
dimensiones y de los tiempos de la fundación, tiene una nave, bóveda de cañón
apuntada y ménsulas de estilo cisterciense; el claustro anejo es del siglo XV y
el resto de las dependencias de época posterior. Pero guardan un Crucificado y
una Virgen y el Niño del siglo XIII y la fuente que da nombre al monasterio. José
Luis Sampedro llevó al protagonista de El río que nos lleva a visitar el
monasterio, tras cruzar el Tajo sobre los troncos y subir la cuesta que
conducía al recinto: “El camino era áspero, pero no muy largo. Cuando llegó
a lo alto del cerro divisó en la hondonada el pueblecito. En efecto, apenas
unas casas, agrupadas junto a un enorme edificio, cuyas altas tapias cercaban
una huerta, donde se movían dos o tres figuras blancas. Shannon se metió entre
las casas y llegó ante la fachada, apenas sin adornos y con unos arcos de
incipiente gótico”.
Otros ejemplos del quehacer cisterciense
jalonan la provincia de Guadalajara. Es el caso de Pinilla, población que fue
conocida como “de las Monjas” por un convento de religiosas, hoy abandonado,
que se localiza a unos cinco kilómetros de la localidad, en la margen derecha
del río Cañamares, antes de que vierta sus aguas en el Henares, en un paraje
muy bello. El monasterio fue puesto bajo la advocación del Salvador y su origen
se remonta al siglo XIII; fue en 1218 cuando Rodrigo Fernández de Atienza donó
unas propiedades para que el obispo de Sigüenza fundase el convento de monjas
cistercienses: más tarde pasaría a depender de la Orden de Calatrava. Quedan
todavía restos de su iglesia –el ábside semicircular de mampostería y el arco
triunfal sobre pilares con capiteles de hojas– así como el acceso a la sala
capitular y algunos canecillos con propuestas que se han vinculado a Santa
Coloma de Albendiego.
Retiendas se asienta en un pequeño valle del
Alto Jarama, al sur del pantano de El Vado. No lejos, un discreto camino que
arranca a las afueras de la población, acompañado de robles y encinas,
solitario y bello, conduce hasta donde se levantan las ruinas del monasterio de
Bonaval, abandonado a su destrucción imparable. Fue fundado por el rey Alfonso
VIII de Castilla, en 1164, para que allí se instalasen monjes cistercienses:
con el fin de repoblar su entorno y servir de barrera a los posibles ataques de
los musulmanes, para que administrasen sus posesiones y, llegado el tiempo,
sirviesen de ejemplo a las gentes de la serranía de Tamajón.
Del antiguo monasterio nos quedan los restos de
su iglesia, de tres naves y pequeñas dimensiones y, en concreto, la cabecera,
parte de una nave lateral y la fachada meridional: la actual puerta de entrada,
abocinada, flanqueada por cuatro pares de columnas, con arquivoltas apuntadas y
remate exterior de puntas de diamante; construida, como el resto del conjunto,
con luminosa piedra caliza. Y adosada a la capilla del Evangelio, se encuentra
la sacristía, quizás la más antigua de las edificaciones del convento. La
iglesia ha sido considerada como una réplica del monasterio cisterciense de
Piedra44 y un compendio de las soluciones utilizadas en todas las fundaciones
cistercienses de la península. Llama la atención, en todo caso, su falta de
influencia en la arquitectura popular de la zona. El paso del tiempo traería
consigo el empobrecimiento de cenobio y en 1821 fue deshabitado siendo
trasladados los monjes a Toledo. Desde entonces sus ruinas luchan por evitar
que zarzas y arbustos se asomen triunfantes por ventanas y cubiertas.
El quehacer de cistercienses y
calatravos en la Alcarria
Alfonso VIII quiso afianzar su estrategia
repobladora en tierras de La Alcarria con la fundación de los monasterios de
Monsalud y Óvila, en tierras del Tajo, ante la cercanía de los musulmanes de
Cuenca. Ayudarían a conformar una población estable, mejorar la producción de
la tierra y generar unas formas de vida acordes con las circunstancias de la
Reconquista. El monasterio cisterciense de Monsalud se asentó junto a un arroyo
que desemboca en el Guadiela, hacia 1140, en el lugar que ocupaba ya una ermita
muy venerada: del que dependería la aldea de Córcoles y otros lugares cercanos
según documento de 1167. Poco después se iniciaron las obras del cenobio
siguiendo las respuestas ofrecidas por la casa madre francesa de Scala Dei.
Se conserva en mejor estado la iglesia: con
tres naves y tres ábsides semicirculares, cubierto el crucero con bóvedas de
cañón apuntado y crucería el resto; se conserva, también, la sacristía,
reformada en el siglo XVIII, la bella sala capitular, austera y refinada… sus
enseñanzas acompañarían al arte de la repoblación en la provincia de Cuenca; la
parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de Albalate de las Nogueras, es
buen ejemplo de ello. Aguas arriba del Tajo, cuando Quadrado llegó a Trillo
desde Cifuentes, no dejó de acudir al monasterio de Óvila, fundado en 1181 y ya
en ruinas: “La soledad es allí completa en medio de vetustas y corpulentas
nogueras, que hacen el paisaje aún más sombrío. Los arcos descarnados,
ojivales, anchos y de escasa altura, semejando las costillas descarnadas de un
esqueleto, indican la primitiva y pobre construcción de aquellos ascéticos
agricultores […] Cuando la opulencia y las riquezas del siglo XVI trajeron las
comodidades, la pobre capilla de la Virgen de Óvila se convirtió en iglesia
gótica del gusto decadente de fines del siglo XV, hízose el patio un claustro
alto y bajo, construyóse palacio al P. Abad, y a fines de aquel siglo concluyó
la fachada de la iglesia”.
Después vendría la Desamortización de
Mendizábal; entonces pasaron algunas de sus obras artísticas a las iglesias
parroquiales de los alrededores, a Ruguilla, Huetos, Sotoca y Carrascosa. Otras
fueron robadas y malvendidas;51 hasta llegar a la compra del convento por un
magnate norteamericano en 1931.52 Hoy quedan algunos vestigios de la iglesia,
la bodega del siglo XIII y poco más de dos alas del claustro.
Más tradicionales resultan los edificios de la
ermita de Santa Catalina de Hinojosa o la portada de Labros en tierras del
señorío de Molina. En sus capiteles, como en aquélla, se evoca la tradición
soriana y silense por la presencia de temas como las sirenas pájaro, aunque el
mal estado de conservación y la talla burda, las alejan del modelo original.
Las sirenas pájaro, afrontadas, con voluminosos cuerpos de ave, colas de
dragón, patas de cabra y rostros femeninos aparecen de nuevo en Poveda de la
Sierra y en Millana, en territorio de la mitra toledana. En este último caso,
acompañadas de basiliscos, centauros, grifos… propuestas iconográficas de sabor
silense. Como el tema del hombre maltratado por los demonios, que lo podemos
contemplar también en Beleña de Sorbe. No sólo hay coincidencia entre Millana y
Beleña de Sorbe en cuanto a los temas, también por lo que respecta al estilo, a
los detalles. Aquí realizados por escultores de menor entidad, en ambos casos
con el mismo tipo de influencias. A las citadas puede añadirse la parroquial de
Cereceda, no tanto por la pureza del estilo como por contar con tímpano
decorado en su portada, quizás la alegoría del Bautismo; o Nuestra Señora de la
Varga de Uceda, de tres naves y tres ábsides, sillares bien tallados y sólida
construcción, que nos pone de manifiesto la potencialidad económica de D.
Rodrigo Ximénez de Rada que cambió esta población a Fernando III por otros
lugares de Toledo. Es obra pues del siglo XIII como lo ponen de manifiesto los
restos conservados. Hoy acoge el cementerio de la población cuya puerta de
entrada es la antigua parroquia: apuntada, austeramente decorada, reflejando
las enseñanzas de San Bernardo. Lo mismo ocurre en Córcoles, en tierras de La
Alcarria dependientes de la Orden de Calatrava o en la iglesia del castillo de
Zorita de los Canes: de una nave, con cabecera semicircular y pequeña cripta.
El castillo fue donado en 1174 por Alfonso VIII a la Orden así como sus
términos: Almoguera, Almonacid, Hueva.
Asentado Zorita al sur de La Alcarria, se
localizaba en el lugar ideal para apoyar al monarca en su ofensiva contra
Cuenca, en poder musulmán. De hecho, controlaba un espacio que comunicaba el
Alto Tajo, la cuenca del Guadiela y el norte de la actual provincia de Cuenca
con dicho valle y, en consecuencia, con Toledo y el centro de la Península. La
existencia del puente sobre el Tajo jugaba un papel fundamental en este
propósito.
La construcción de la iglesia formaría parte de
las obras de los calatravos para reforzar y mejorar las defensas y estancias
del antiguo conjunto musulmán que dominaba el cerro, rodeado por el Tajo en su
vertiente oeste y por el arroyo Baduyo en sus caras norte y este. La iglesia
era de pequeñas dimensiones, con nave cubierta de medio cañón, mientras que el
presbiterio tiene crucería y el ábside cuarto de esfera. Hay que bajar seis
peldaños hasta llegar a la cripta, excavada en la roca, dedicada a Nuestra Señora
de la Soterraña.
La cripta fue utilizada como velatorio y los
lucillos del lado exterior de la epístola dieron sepultura a los caballeros de
la Orden; y, a su lado, el Corral de los Condes hubo de servir de cementerio de
comendadores, en opinión de Layna, pues condes no hubo nunca en Zorita.56 La
idea de austeridad dominaba todo el conjunto, como en la capilla del castillo
de Brihuega, con la que ha sido puesta en contacto.
La capilla de Brihuega aloja su cabecera en un
torreón semicilíndrico y se fecha en el segundo cuarto del siglo XIII. Trae a
la memoria obras contemporáneas de Córcoles y otros edificios de los valles del
Tajuña y el Tajo, que conservan las formas románicas pero, al tiempo, empiezan
a fundirse suavemente con las incipientes del goticismo. Es el caso de Hontoba,
La Puerta, Cereceda, Millana o Alcocer.
El mudéjar en Guadalajara
Son abundantes los restos mudéjares de
Guadalajara capital pero no anteriores a la segunda mitad del siglo XIII,
cuando había pasado a manos cristianas casi doscientos años antes, por lo que
cabe pensar que aquéllos suplantaron a otros más modestos o a las mezquitas
transformadas para el nuevo culto. De hecho, Santa María de la Fuente fue,
probablemente, uno de los edificios que se levantaron sobre el solar de una
antigua mezquita, edificio de tres naves separadas por pilares, muros de tapial
y techumbre de par y nudillo, pero se fecha en los primeros años del siglo XIV;
también las portadas, de influencia islámica, y que tendrían modesta réplica en
Aldeanueva y en la iglesia de San Mateo de Pozo de Guadalajara. El ábside de
esta última, semicircular, de mampostería y ladrillo, produce en su interior un
bello efecto de policromía. Además del ábside, la puerta de acceso al templo
logró salvarse de las reformas del siglo XVI.
Aldeanueva perteneció al Común de Villa de
Guadalajara y se localiza sobre un altozano desde el que se domina el valle del
Matayeguas. Su iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, se
ubicó en el extremo norte de la villa; su entrada principal abre al mediodía y
se ajusta a los presupuestos del románico rural en el uso de sillares y
arquivoltas, y al mudéjar en la utilización del resalte de ladrillo a manera de
alfiz. Su interior se cubre con techumbre de madera en la nave y bóvedas de cañón
y horno en el ábside; es admirable por la austeridad de líneas, la alternancia
de materiales y colores y la calidad de su ejecución.
Nuestra Señora de la Asunción de Cubillo de
Uceda participa de las influencias del mudejar toledano y de la arquitectura de
ladrillo que, desde León, había de extenderse por Valladolid, Ávila y norte de
Madrid: así lo refleja la obra del presbiterio y el cuerpo superior del ábside,
liso y con recuadros moldurados. Por debajo se ubican tres registros más de
arquillos dobles que descansan en su grueso basamento de piedra. Los arcos de
herradura del interior y, fundamentalmente, la ventana de la zona inferior de
la torre –lobulada y encuadrada por un rectángulo rehundido– nos lleva a la
iglesia de Santa Leocadia, en Toledo capital. De hecho, Cubillo, cuyo nombre
tiene que ver con la existencia de una antigua atalaya levantada para defender
las tierras de la campiña del Henares, dependía de los arzobispos toledanos.
No resulta difícil rastrear la presencia de
elementos mudéjares en otros puntos de la provincia. El románico de la comarca
de Atienza conoció el trabajo de artífices musulmanes: Villacadima,
Campisábalos o Santa Coloma de Albendiego así lo testimonian. La documentación
habla igualmente de morerías en Hita o Brihuega.
En esta última población, en la capilla del
castillo, puede contemplarse, desde el siglo XIII, un zócalo de un metro de
altura con decoración de temas geométricos pintados de rojo y derivados de los
que podían admirarse en los palacios y mezquitas musulmanas de Córdoba y
Toledo; rematan en cenefas ocupadas por estrellas de seis puntas y cartelas de
eco almohade. Lacería islámica que se pintó sobre un trazado previo de líneas
hendidas y a las que acompañaban figuras de peces, cigüeña con pez en el pico… decoración
que se extendía al salón adjunto y que emparenta con las pinturas de San Román
de Toledo y la ampliación del Cristo de la Luz. Y ello por ser los arzobispos
toledanos los señores del castillo y pasar allí temporadas de descanso.
Castillo que tiene en la memoria la antigua alcazaba musulmana y se apoya en un
promontorio rocoso que domina el valle del Tajuña: con varias terrazas, torres,
palacio, patio de armas, salón y capilla; esta última, con ábside poligonal de
dos cuerpos, el inferior cubierto con bóveda sexpartita en el tramo inferior y
de crucería a los pies.
No ha de olvidarse, en cualquier caso, la
decoración mudéjar del palacio Episcopal de Cuenca, del siglo XIII y en la
línea del estilo que prevaleció en las mansiones de monarcas y príncipes de la
Iglesia castellanos. Pero el dominio del arte cristiano de la repoblación en
Cuenca sería abrumador. Los testimonios conservados al otro lado del Tajo lo
reflejan muy bien.
Atienza
La imponente silueta del castillo, sobre la
cima rocosa, nos da la bienvenida desde cualquiera de los caminos por los que
accedamos a Atienza. Declarada Conjunto Histórico-Artístico en el año 1962, la
villa medieval se enmarca en la ladera del cerro dominado por el castillo
roquero, que vigila paciente y silenciosamente todo el entorno atencino. Es
Atienza una villa típicamente castellana, pintoresca donde las haya,
amurallada, de singular trazado, plazas típicas, arcos y soportales.
Situada en las estribaciones orientales de la
Sierra de Ayllón, a unos 1.170 m de altitud, dista de la capital Guadalajara 83
km. Se sitúa al noroeste de la provincia de Guadalajara, dentro de la comarca
de la sierra norte, rodeada de montes y amplias vegas de cultivo, contrastes
que sirven de nexo entre los páramos alcarreños del Sureste y la escarpada
serranía de arquitectura negra en el extremo occidental. Se accede desde la
capital hacia el Norte, tomando la CM-101 hasta Cogolludo y desde allí dirección
Atienza. El enclave geográfico en el que se encuentra emplazada la villa ha
condicionado su historia a lo largo de los siglos. Ser un gran punto
estratégico de la meseta, paso obligado entre las dos Castillas junto al camino
de Aragón, y uno de los centros neurálgicos de la península, han hecho de ella
hábitat de diferentes pueblos.
Su origen se remonta a la ciudad celtibera
denominada Thytia, aliada de arévacos y lusones. La ciudad llegó a acuñar
moneda, por los restos que se conservan en el museo Cerralbo, procedentes de la
necrópolis celtibérica del Altillo de Cerro Pozo, excavada en 1929. Frente al
actual castillo se yergue el cerro Padrastro, en el que aún se conservan
vestigios del castro celtibero. Dentro de su término se localizan restos
prehistóricos, como la necrópolis de Valdenovillos, el cerro del Perical y el
cerro del Otero, con cerámica campaniforme de finales de la Edad del Bronce. De
la Edad del Hierro son los castros de las proximidades de Atienza, como el de
Santamera o Riosalido.
En el 179 a.C. el cónsul Sempronio Craco llega
a Atienza, según nos cuenta Tito Livio, en su afán por conquistar los ríos
Henares, primero, y más tarde el Tajo. Sus tropas destruyeron y tomaron bajo su
dominio las pequeñas poblaciones celtibéricas, aunque algunas como Numancia y
Termancia opusieron mayor resistencia. Sabemos que Atienza participó junto con
Numancia en su oposición contra los romanos. Más adelante, ya bajo la
dominación romana, participaron en las guerras civiles del siglo I a.C. entre avenidos
a Silo o Pompeyo. En los alrededores de su término transitaba la vía romana que
unía Medinaceli con Sigüenza, la Segontia romana. Además ejerció poder
comercial al ser una plaza dominante de la ruta que desde Galve de Sorbe,
pasando por Ayllón, llegaba hasta el Duero.
No conocemos con exactitud las vicisitudes de
Atienza en época visigoda, aunque sabemos que por su delimitación geográfica
era parte del reino de Toledo. Siguiendo la ruta de los ríos Tajo y Henares
conocemos los asentamientos visigodos de Sopetran, en Hita y en Torre del
Burgo. Esta zona era conocida como la Trasierra, que definía el territorio
natural entre el Tajo y el sistema montañoso central.
Bajo la regencia musulmana Trasierra fue zona
de convulsas incursiones de los reinos cristianos del Norte para hostigar a los
musulmanes. Además, el poder musulmán estaba decayendo ya que Córdoba y Toledo
tenían sus propias pugnas por adjudicarse el poder del califato. Por ser zona
limítrofe en el territorio de Atienza, se llevaron a cabo las llamadas aceifas,
nombre que reciben las razzias en la Hispania Medieval. El nombre viene a su
vez del árabe sa’ifah, que significaba “cosecha”, pero que a lo largo del
tiempo se utilizó como “expedición militar”, debido a la “cosecha” de
bienes en los saqueos, y a que solían realizarse en temporada estival.
El reino árabe de Toledo tomó a Atienza como
una de sus plazas fuertes en el territorio que hoy conocemos como Guadalajara.
Contado por el historiador musulmán Ahmed Al-Razi la ciudad fue baluarte
defensivo en mayor medida con las incursiones en tiempos del rey asturiano
Ordoño I. Atienza era, por tanto, un baluarte defensivo fortificado por su
alcazaba desde el 929, donde hoy se alza el castillo, que estaba bajo el
mandato militar y civil de un Wali, perteneciente al vilayato de Medinaceli.
Estos Wali eran los representantes del califato en los diferentes territorios.
Alfonso II tomó la villa en una de estas
incursiones en el 870, aunque la perdió poco después a manos musulmanas.
Abderramán III utilizó la villa como cuartel general desde el que realizó
campañas como la de Nuez o la llamada de la Omnipotencia. Durante la primera,
llegaron al Duero arruinando las villas de San Esteban de Gormaz y Clunia. Ésta
acabó con la derrota cristiana en Valdejunquera y numerosas muertes de nobles
cristianos en Muez. En la de la Omnipotencia, llegaron más allá del Duero,
hasta Simancas, donde se enfrentaron con Ramiro II de León, los castellanos de
Fernán González y los navarros de la reina Toda.
El general Galib-Al-Nasir, bajo el reinado de
Al-Hakam II, conquistó de nuevo la ciudad junto con San Esteban de Gormaz. En
el 967 se emplazan en Atienza, para sus incursiones hacia las cuencas del Duero
y el Pisuerga, atravesando los llamados altos de Campisábalos. Las luchas por
el poder entre el general Galib y su yerno Almanzor provocaron un incidente en
Atienza en el que el general intentó asesinarle. Aunque en sus luchas
Galib-al-Nasir, el general, le derrotó en un primer momento con la ayuda del Conde
de Castilla y rey de Pamplona, el 8 de julio murió a manos de Almanzor cerca de
Atienza.
Con Almanzor al frente, Atienza fue conquistada
por el noble castellano Garci Fernández, aunque de nuevo fue recuperada y
destruida por el primero junto con las plazas de Osma y Berlanga. En 1002
Almanzor pasó por Atienza en sus expediciones hacia el Duero, allí murió, en la
batalla de Catalañazor, replegándose sus tropas a Medinaceli. Una vez
finalizado el califato, Atienza siguió en manos musulmanas, aunque se hicieron
varias incursiones en ella, como la llevada a cabo en 1060 por Fernando I.
Igualmente, Rodrigo Díaz, el Cid, se refugió al abrigo de sus cerros en una de
las razzias contra el valle del Henares. En su cantar se hace referencia a la
villa con estas palabras tan descriptivas: “Atienza, una peña muy fuerte y
Atienza las torres que los moros han”.
El momento de mayor debilidad del reino de
Toledo se produjo tras la muerte de AlMamun, cuando su sucesor y nieto Alcadir
era sólo un niño. Este hecho fue aprovechado por Alfonso VI para conquistar la
ciudad de Toledo, que cayó en 1085, y con ella toda la zona de su influencia,
entre la que se localizaba la Trasierra. Atienza no pasó a manos cristianas
inmediatamente, sino que se dieron aún algunas inclusiones almorávides. No fue
hasta el 1112 cuando Alfonso I El Batallador, rey de Aragón, tomó la villa bajo
dominio cristiano. Fue entonces cuando se dio un importante desarrollo
urbanístico y constructivo en la villa. Aunque no inmediatamente, la frontera
de lucha se iba alejando más hacia el Sur, y eso hizo que se dedicaran mayores
esfuerzos a la repoblación. La alcazaba se convirtió en castillo, y la mezquita
mayor se consagró al culto cristiano, para más tarde construir sobre ella la
iglesia de Santa María del Rey.
Alfonso VII le concedió su fuero en 1149,
acompañado en un amplio Común de Villa y Tierra. Éste incluía la Sierra de la
Pela, el Castillo de Diempueres, hacia la Alcarria, y el río Tajo. Limitaba al
Oeste con el río Sorbe y al Este con el episcopado de Sigüenza y el Común de
Medinaceli. Siglos más tarde el Común se fue dividiendo en otros de menor
tamaño; en este mismo siglo se forma el Señorío de Beleña, en el XIII los
Comunes de Jadraque y Cifuentes, y ya en el XV se forma el de Galve.
Desde siempre Alfonso VIII ha sido el rey más
vinculado a Atienza por el episodio que en su infancia vivió allí. Éste heredó
de su padre Sancho III el reino de Castilla en 1158 cuando aún era un niño. En
el testamento, Sancho III dejaba a la familia de los Castro como tutores de su
hijo, sin embargo, otra de las familias que se disputaban el poder, los Lara,
consiguieron hacerse con el joven rey. Los Castro pidieron ayuda al tío del
niño, Fernando II de Castilla, que estaba interesado también en la herencia
territorial de Castilla. Al conocer las ideas de los Lara, se pactó la entrega
del niño en Soria, aunque no se produjo y huyeron con él, primero a San Esteban
de Gormaz y más tarde a Atienza.
Fue en este momento cuando la tradición cuenta
que en la mañana del domingo de Pentecostés el gremio de Arrieros de Atienza
tomó al niño, vestido como uno más, abandonando Atienza, para luego simular una
romería en la ermita de la Estrella y marchar después a lo largo de siete
jornadas, primero, hasta Segovia, más tarde, hasta Ávila. Más adelante, en
agradecimiento a esta gesta, el rey creó la cofradía de la Santísima Trinidad,
y desde ese momento se celebra la fiesta declarada de Interés Turístico Nacional
de la Caballada, como conmemoración de aquellos hechos.
Alfonso VIII construyó en Atienza el tercer y
último encintado de la muralla y reconstruyó la primera cerca. Esto indica el
progresivo crecimiento de la villa, que se fue alejando más del castillo debido
a la estabilidad política que se daba en la época. Más adelante, el rey
Fernando III el Santo, en 1232, concedió privilegios de paso y comercio en todo
su reino a los arrieros de Atienza, hecho que ratificó el rey Alfonso X el
Sabio. Fue en estos siglos cuando la villa se engrandeció económicamente y con
ello, constructiva y urbanísticamente. La ciudad llego a tener catorce
parroquias y cuatro hospitales.
El declive de Atienza comenzó a mediados del
siglo XV cuando las tropas del infante Don Juan conquistaron la villa en 1445,
en las guerras mantenidas por los infantes de Aragón. Las tropas de Juan II y
del condestable don Álvaro de Luna resistieron durante tres meses en el
castillo, el asedio de 1446. Al no poder alzarse con el castillo, donde se
refugiaba la población, las huestes de Don Juan destruyeron la ciudad entera al
retirarse. La ciudad se fue reconstruyendo poco a poco, y a los reyes navarros se
les compensó económicamente por el daño sufrido. Atienza no fue recuperada por
manos castellanas hasta 1455, por el tratado de paz entre Alfonso V de Aragón y
Enrique IV de Castilla.
La decadencia continuó bajo el reinado de los
Reyes Católicos, durante el cual se convirtió más en villa de recreo que
defensiva y estratégica. Sus rutas comerciales comenzaron a verse mermadas,
sobre todo en favor del eje entre los ríos Henares y Jalón, que dejaba a la
villa como ruta secundaria. Sus territorios comenzaron a ser menores, y en esa
época sólo contaba con los términos de Cincovillas, Madrigal, Naharros,
Tordelloso, Prádena de Atienza, Bochones y Aldeanueva de Atienza. Con la
expulsión de los judíos, Atienza perdió treinta vecinos, lo cual parece ser que
influyó en su economía.
El caserío se dividía entonces en cuatro
barrios: la Plaza, la Plazuela (o del Val o de la Salida), Puertacaballos y San
Gil. Prácticamente arruinados estaban los barrios altos, denominados como
arrabal. Fuera de las murallas había tres arrabales más: el de Puertacaballos,
el de Puerta de San Gil y el de las Huertas, que fueron despoblándose a lo
largo de los años.
Siglos después pasaron por Atienza las tropas
de Felipe V, en 1706: se alojó allí durante la Guerra de Sucesión. La localidad
no sufrió grandes daños hasta la Guerra de la Independencia, cuando el general
Duvernet la incendió el 7 de enero de 1811 al verse frente a las tropas de El
Empecinado. Las guerras Carlistas pasaron también por Atienza en su camino al
Norte.
En el siglo XIX don Benito Pérez Galdós, tuvo
esta visión algo siniestra de la villa, debido a su progresivo declive: “En
la falda oriental de un cerro coronado por un gigantesco castillo en ruinas, el
más insolente guerrero de piedra que cabe imaginar está edificada la ‘muy noble
y leal villa realenga’. Sus casas son feas y caducas, rodeadas de un misterio
vivo; sus calles irregulares invitan al sonambulismo; en sus ruinas se aposenta
el alma de los tiempos muertos”.
Nuevos aires alientan hoy la trayectoria
esperanzadora de la histórica villa atencina.
Iglesia de Santa María del Rey
Está ubicada en la ladera occidental del
altozano que precede al enhiesto peñón del castillo, muy cerca del recinto
amurallado de la villa. Actualmente sirve de capilla o ermita del cementerio,
pero en otros tiempos fue la iglesia del “barrio del Rey”, probablemente
la más antigua de Atienza y una de las más importantes, por cuanto llegó a
desempeñar la sede de su Arciprestazgo, gozando de múltiples favores por parte
de los monarcas.
Según algunos autores, en el mismo solar sobre
el que se edificó se habría levantado antes una mezquita, que tras la
Reconquista se transformaría en templo cristiano bajo titularidad mariana. Su
advocación, Santa María del Rey o la Real, parece apuntar a un más que posible
patrocinio regio, tal vez de Alfonso I el Batallador, a quién se atribuye su
fundación allá por el año 1112.
Del primitivo templo románico casi no queda
nada. Sólo la torre y el arco que forma la portada septentrional pueden
considerarse los testimonios más antiguos, correspondiendo el resto de la
fábrica a campañas constructivas que van desde la segunda mitad del siglo XIII
hasta el XVII.
La torre se levanta en el costado septentrional
de la cabecera, con un aire altivo, en correspondencia con el carácter
fortificado que a buen seguro tuvo, dada su proximidad al aparato defensivo de
la villa, en concreto al segundo recinto amurallado. Layna Serrano apunta la
posibilidad de que exista un pasadizo o galería subterránea que comunique la
torre del homenaje del castillo con el cuerpo bajo de la torre, aunque no
existe resto arqueológico del mismo.
La estructura es de planta cuadrada y consta de
cuatro cuerpos marcados al exterior por impostas de nacela. El cuerpo inferior
es el de mayor desarrollo en altura y aparece decorado en sus lados sur, este y
oeste por dos esbeltas arquerías ciegas, recordando la solución dada también en
la torre de Santo Domingo de Soria. El muro meridional quedó parcialmente
oculto por la capilla mayor, pero todavía se puede ver el muro de la torre
románica en aquellas partes no ocultas por el enlucido. Todos están cegados,
salvo los del campanario superior, que parece obra del siglo XVI.
En el lado oriental del segundo cuerpo se
reutilizó un relieve en el que se puede ver un personaje tocando un cuerno, y a
su lado un cuadrúpedo. Se trata de una escena de caza que guarda cierto
parecido con la que forman algunos canecillos del ábside de San Bartolomé de
Campisábalos y que vemos también en algunas iglesias sorianas, como San Pedro
de Caracena, Tiermes y Alpanseque.
El interior de la torre tiene acceso por una
puerta abierta en el costado septentrional de la capilla mayor. Esta puerta es
de la primera mitad del siglo XVI, y se adorna con motivos propios de la época.
A través de esta puerta se pasaba a una estancia que hacía las veces de
sacristía, iluminada en origen por una aspillera abierta en el muro occidental,
hoy cegada. Se cubre con bóvedas de aristas enyesadas que apoyan en ménsulas
pétreas de la misma época que la puerta. De esta sala parte una escalera de caracol
por la que se accede a los cuerpos superiores. Lo más destacable es un vano
irregular abierto a media altura del husillo de la escalera que comunica con
una gran sala abovedada y sin ventanas, cuyo fin último desconocemos. Su
aspecto semioculto, y el hecho de no tener otro acceso, pudieran indicar que
nos encontráramos ante un espacio de entrada restringida, tal vez una especie
de cámara del tesoro donde se custodiaría, entre otras cosas, el archivo de la
parroquia. Su disposición recuerda, además de las cámaras del tesoro de los
monasterios, a la torre de Santa María la Mayor de Soria, en cuyo interior se
construyó una sala similar.
El otro testimonio románico del templo es el
arco reutilizado en la portada septentrional. Se trata de dos arquivoltas de
medio punto, un tanto deformadas, que apoyan sobre las jambas y una pareja de
columnas de fustes rehechos. A la derecha, queda una tercera basa, lo que
indica que en origen la portada tuvo dos columnas a cada lado y seguramente una
arquivolta más. De hecho, cuando Layna Serrano estudió este edificio en 1934
vio esa tercera arquivolta, decorada con un grueso bocel y una fina labor de reticulado,
además de una chambrana biselada. Los capiteles se decoran con hojarasca de
clara filiación gótica, idénticos a los de la puerta meridional. Lo más
interesante es la decoración de las dos arquivoltas. La exterior muestra un
grueso tallo ondulante con ramificaciones. La arquivolta interior tiene dos
curiosas inscripciones epigráficas: una en caracteres musulmanes y otra en
latín. En la primera se puede leer LA PERMANENCIA ES DE DIOS, mientras
que la segunda alude al patronazgo de Alfonso I el Batallador y tal vez a la
fecha de consagración del templo. Fue transcrita por Layna Serrano de la
siguiente forma:
IN NOMINE DOMINI NOSTRI IESU X(PI)TUR
(BENEDICITUR) IN MILÉSIMA CL DOMO ECCLESIAE SANTA MARIA VOICA (VOCICATA)...FUIT
IN EODEM TEMPORE ENIE REX ALFOS DE ARAGONE...MP (ERANS) IN CAST
Según algunos autores, ambas inscripciones
podrían conmemorar la existencia de una antigua mezquita transformada en
iglesia cristiana en 1112 y, posteriormente, en la centuria siguiente,
sustituida por un templo románico.
En el lado meridional se abre la puerta
principal. Dispuesta sobre un cuerpo saliente, despliega un amplio repertorio
escultórico distribuido en seis arquivoltas y una chambrana. Se corona esta
portada por un tejaroz soportado por canecillos con decoración geométrica y de
bolas.
Las figuras que pueblan las arquivoltas son de
varios tamaños, y la ejecución más bien torpe. Da la impresión de que se
hubiera intentado interpretar el esquema compositivo de un portal gótico, pero
descolocando algunas figuras. Así, por ejemplo, vemos cómo las imágenes
normalmente se sitúan en sentido paralelo a la arquivolta, excepto aquellas que
deberían ocupar las claves de cada arco, que se disponen en sentido radial. Sin
embargo, estas últimas figuras normalmente aparecen ligeramente descolocadas hacia
un lado u otro del eje. No sabemos si tal torpeza fue producto de los propios
artífices o tal vez se recolocó la portada entera durante algunas de las
reformas experimentadas en el edificio. Otro detalle interesante es que los
rostros llevan las pupilas horadadas.
Entre el variado muestrario de personajes se
distingue a Cristo con nimbo, a San Pedro y San Pablo, con sus atributos
característicos (llaves y espada), santos con libros, santas, ángeles o
arcángeles (algunos con toscos incensarios), monjes o abades, frailes, etc. A
pesar de que la chambrana está muy desgastada, todavía adivinamos una serie de
figuras que parecen aludir al Paraíso (santos o bienaventurados) y otras al
Infierno (personaje con serpientes, diablo grotesco, hombre y mujer desnudos,
etc.). Quizás formara todo ello una especie de visión Apocalíptica, tema
románico que adquirió también amplio desarrollo en el gótico.
En las albanegas se disponen dos hornacinas. La
de la izquierda tiene arco apuntado y da cobijo a una escultura mutilada de la
Virgen con el Niño. La de la derecha alberga una figura de un santo descabezado
que porta un libro. Otra hornacina sin esculturas se dispone en el eje de la
puerta, bajo el alero, y flanqueada por dos canes zoomorfos. También se
reutilizó un relieve de lo que parece un monje.
El estilo de las figuras, su indumentaria
(mantos de cuerda y pellotes) y la disposición, siguiendo la dirección de las
arquivoltas, denotan una cronología tardía y un conocimiento de las soluciones
decorativas e iconográficas propias de los portales góticos. Por ello suponemos
que su cronología no debe de ser anterior a mediados del siglo XIII. Los
modelos vegetales escogidos para sus capiteles y la distribución de los temas
figurados en éstos en forma de friso son aspectos que igualmente redundan en la
misma data. De hecho, ya Layna hizo hincapié en el estilo gotizante de las
figuras y en el aspecto arcaico que le confería el desgaste de la piedra y la
rudeza de la talla. La idea fue recogida luego por Herrera Casado, que
estableció alguna semejanza con la portada, también gótica, de Santiago de
Cifuentes.
El interior sufrió varias reformas. La más
antigua parece ser de cronología gótica, y a ella correspondería la cabecera y
la caja de muros de la nave. La cabecera actual es de planta cuadrada y se
cubre con una bóveda de crucería. El arco triunfal apuntado descarga sobre dos
esbeltas columnas provistas de capiteles de hojas entrecruzadas, casi idénticas
a las de los capiteles de las dos portadas, por lo que suponemos que esta parte
se construyó hacia mediados o segunda mitad del siglo XIII.
En el testero se abre un arcosolio doble cuyo
fin desconocemos, aunque bien pudo ser una simple credencia. Los muros denotan
haber sufrido un incendio, pero se ignora en qué época. Sabemos que la iglesia
fue incendiada junto con su barrio hacia mediados del siglo XV durante las
revueltas ocasionadas en tiempos Juan II de Castilla (1445). También durante la
Guerra de la Independencia y la guerra civil sufrió actos de vandalismo.
La última fase constructiva importante afectó a
la cubierta de la nave, que fue totalmente reformada en el siglo XVII,
construyéndose la bóveda de yeserías que vemos hoy.
Sólo se conserva en el interior la pila
bautismal colocada a los pies de la nave. Se trata de un ejemplar
tardorrománico (94 x 94 cm) compuesto por un pie liso y una copa decorada con
gallones enmarcados por arquillos. Es extraño, teniendo en cuenta la importancia
de la iglesia, que la pila no sea ni tan siquiera parecida a las otras tres que
se conservan en Atienza; ésta es la de menor tamaño y con escasa decoración.
Dentro de la provincia se vincularía a pilas como las de las iglesia
parroquiales de Olmeda del Extremo, Alcorlo o Villaescusa de Palositos. En el
ámbito conquense la vinculamos con la de la localidad de Villar del Infantado.
Su esquema ornamental remite igualmente a algunos ejemplares sorianos, como los
de Losana, Hoz de Arriba, Torrevicente y Peralejo de los Escuderos. Su
cronología puede remontarse a la primera mitad del siglo XIII.
Iglesia de San Bartolomé
El templo de San Bartolomé se yergue sobre la
ladera del cerro en el que se emplaza la villa, entre el segundo y tercer paño
de murallas, a la izquierda del camino que lleva a la ermita de la Virgen del
Val. En origen el barrio se formó como arrabal a extramuros de la primera
muralla edificada bajo el reinado de Alfonso VII. Se constituían estos barrios
al amparo de la muralla, tomando posteriormente el nombre de la advocación de
su parroquia. San Bartolomé es patrón de todos los oficios trabajados con piel,
como los recueros, tan populares en la Atienza medieval. Más adelante se
construyó el tercer paño de muralla y San Bartolomé quedó ya dentro de la
villa. En su lado norte, encastrada en la misma, se encuentra la antigua puerta
de salida, la cual dio nombre más tarde a la calle que en ella desembocaba.
Actuó como parroquia hasta 1910 cuando pasó a depender de San Juan del Mercado.
En la actualidad alberga el segundo museo de la villa de Atienza dedicado al
Arte Religioso y a la Paleontología.
La iglesia se asienta sobre un pequeño
montículo. Está rodeada por una barbacana en todo su perímetro, dando sus muros
sur y oeste a un pequeño jardín. Los materiales utilizados para su construcción
son el sillar de buena labra, en la espadaña y la galería porticada, y la
mampostería con refuerzo de sillar en las esquinas, en el resto del edificio.
En la actualidad el templo se encuentra muy
desvirtuado en su traza románica, aunque aún se pueden observar testimonios en
la cabecera, en el pórtico y en el husillo que permitía el acceso a la espadaña
o torre original del templo. Posteriores añadidos hacen que la visión deba ser
más pormenorizada para descubrir los retazos románicos. Originariamente la
planta sería de nave única, con cabecera de testero recto y galería porticada.
A lo largo de los siglos se han ido añadiendo otras dependencias. La nave central
se ensancha en su muro norte, derribando éste y abriendo una nueva ala mediante
tres arcos apuntados apoyados sobre pilares poligonales. A esta nueva nave se
añaden tres estancias utilizadas en origen como capillas. En la nave principal,
en su muro sur, se adosa en el siglo XVII la capilla del Santo Cristo de
Atienza, de gran devoción popular, trazo barroco y gusto rococó en el ornato. A
los pies de la iglesia se encuentra el coro, sostenido por cuatro columnas de
estilo renacentista, al que se accede por una escalera lateral también de
reminiscencias renacientes. Dicho coro recibe iluminación directa por un óculo
abierto en el muro oeste con una vidriera moderna.
La galería porticada se alarga alineada al muro
sur y se asienta sobre un basamento de sillar. Debemos reseñar en este punto
que el podium sobre el que descansa presenta, en su parte interna, los restos
de una serie de arcos ciegos cuya función y origen desconocemos, estando
pendientes de una excavación arqueológica en este lugar que pueda aportar más
luz en este punto.
Se compone de siete arcadas de medio punto con
fustes pareados. Las seis más occidentales se asientan sobre el basamento,
mientras que la más oriental lo hace sobre jambas, sirviendo de acceso. Las
arcadas están molduradas en su extradós con chambranas simples, formando una
línea de imposta que recorre todo el paramento exterior de la galería. Las
columnas pareadas tienen capitel vegetal y presentan una temática similar, con
cestas vegetales de talla muy plana en la que apenas se perciben las hojas, que
forman cogollos en las puntas y cimacios de perfil de nacela y bocelillo en la
parte superior. Sus fustes fueron balaustrados posteriormente y las basas
cuentan con collarino, escocia y toro. La galería se cubre con techumbre a un
agua con teja curva; al interior lo hace con un entramado de vigas de madera.
Los cambios en el edificio han provocado
diferentes opiniones acerca de la longitud de la galería. Autores como Layna
Serrano sugieren la posibilidad de que fuese acodada y continuase a lo largo
del muro de poniente. Esta afirmación está basada en el corte que se produce al
exterior entre los pies de la nave central con respecto a la galería. El cambio
de material entre los sillares y la mampostería, junto con el hecho de que la
línea de imposta se haya cortado en el tramo de poniente, hacen verosímil esta hipótesis.
Esta tipología de galerías al mediodía y poniente es frecuente en la zona,
claros ejemplos son El Salvador de Carabias, La Asunción de Pinilla de Jadraque
y Nuestra Señora de Sauca. Fuera de Guadalajara son abundantes en el románico
de Segovia y Soria, en iglesias como San Miguel de San Esteban de Gormaz.
La portada de acceso se encuentra, dentro del
pórtico, encastrada en un cuerpo adelantado de sillería caliza, en mitad de la
longitud total de la nave, remontada, creemos, de su ubicación primera. La
posterior construcción de la capilla del Cristo hizo que se perdiera parte de
la visión oriental de la portada. El acceso se compone de cuatro arquivoltas
ribeteadas por una chambrana de taqueado jaqués, motivo que vemos en la línea
de imposta de la portada sur en La Asunción, de Pinilla de Jadraque. La siguiente
arquivolta presenta ornato de ochos entrelazados cuyos cordones sujetan en los
extremos dos personajes. En su arista, bajo los ochos, se da una moldura de
ovas. Éstas figuran huevos en los que su parte más estrecha se une con la
siguiente de la serie. Este motivo de alternancia de ochos sobre ovas se da en
otros testimonios, como la portada sur y la pila bautismal de La Magdalena de
Valdeavellano.
En el ábside de la iglesia de San Bartolomé de
Campisábalos, la portada de Nuestra Señora de los Remedios de Barripedro o la
ventana del ábside de Yela se repite el mismo motivo. Bajo ellos se dispone un
ornato, común en Guadalajara, como es el de las bolas con la arista en moldura
de bocel. Su estructura original se ha modificado al incrustarse, entre el arco
de entrada y la primera arquivolta, una rosca de yesería imitando el despiece
de sillares. La arquivolta con la rosca del arco de entrada está adornada por
cuatro cintas perladas que se van entrecruzando, motivo este último presente en
la alejada iglesia de Castilseco, en La Rioja.
Las arquivoltas voltean sobre ancho ábaco que
recorre, a modo de línea de imposta, todo el cuerpo de portada. En su parte
superior presentan una consecución de dientes de sierra que forman pequeños
rombos, como en la portada de la Natividad de Hijes. Los cimacios que coronan
estas cestas llevan una decoración vegetal a base de flores cuadripétalas
inscritas en círculos y sobre ellos una fila de rombos. Recorriendo el ábside
de la iglesia de la villa de la Santísima Trinidad se da un motivo parecido,
aunque no con la misma disposición. Solamente la segunda arquivolta interior
apoya sobre dos finas columnillas que, sin embargo, tienen un capitel muy
desarrollado. En la cesta del capitel occidental, una bella cestería con hilada
doble, ornato que vemos en la ventana del ábside de Campisábalos. En el
oriental, un personaje que parece defenderse de serpientes agarrándolas con
ambas manos. Lleva melena, divida en dos y recogida detrás de las orejas, y
viste largos mantos hasta los pies, sujetos a la cintura por un cinturón
perlado. Las demás arquivoltas voltean sobre jambas, con moldura de bocel la
interior y de arista viva las restantes.
La cabecera del templo es cuadrada, de tramo
recto en el presbiterio, que finaliza en testero. Presenta, en el testero y en
el muro sur, dos columnas a cada lado, asentadas sobre dos basas, hoy
arruinadas, y dos capiteles de ornato vegetal apenas perceptible. Su decoración
es idéntica a la que se da en el arco triunfal de paso entre la nave central y
el presbiterio. Sobre los capiteles, recorriendo toda la superficie, se
encuentra una línea de imposta que nos indica la altura de la cabecera antes
del alzamiento de los muros. A mitad del muro se abre una ventana de medio
punto abocinada. Se encuentra cobijada por un arco de medio punto con chambrana
lisa, línea de imposta y apoyo en jambas. La saetera de medio punto se
encuentra flanqueada, a su vez, por un arco de grueso bocel que apoya en dos
columnillas. Éstas presentan un desarrollado cimacio y capiteles vegetales
cuyas hojas envuelven bolas en sus frentes. El fuste adosado presenta fuste con
collarino y basa ática.
Junto a la cabecera está la sacristía, de
planta cuadrada, la cual se encuentra aneja a la escalera de caracol por la que
se accede a la espadaña. En la actualidad una espadaña de dos cuerpos,
construida en sillería, apoya sobre el muro sur de dicha cabecera. Sin embargo,
no es el campanario primitivo de la fábrica románica, que, por el grosor y la
altura de los muros que se conservan en esta parte del edificio, pudo incluso
tener en su origen una torre-campanario.
Se mantiene todavía el husillo románico que
proporcionaba el acceso a este remate, ubicado en el ángulo sur occidental de
la cabecera. Nieto Taberné apunta a que ésta sería en proyecto una torre
cuadrada que no se concluyó.
Dentro de la escalera de acceso, situada junto
al ábside y la sacristía, en una saetera, hay una inscripción que reza así: ERA.
MCC. LXI. OBIIT. BOHAI.
Literalmente nos habla de un año 1223 en el que
un tal Bohai trabajó en la iglesia.
Algunos autores, como Juan Catalina, han visto
en ella la fecha de fundación de la iglesia y el nombre de su constructor.
Layna Serrano ve la fecha muy tardía, pues data la iglesia a principios del
siglo XIII. Posiblemente estemos ante un maestro que dejó su huella durante la
construcción sin pretender significar nada más allá. Se conservan marcas de
cantería que representan cabezas de lo que parecen ser caballos o perros, y que
son muy numerosas en el principio del tiro de escaleras.
La nave principal comunica con la cabecera a
través de un gran arco triunfal de medio punto, rebajado ligeramente y doblado,
cuya rosca interna apea en columnas adosadas, y la externa, en pilares
prismáticos. Dichas columnas carecen de basas, ocultas probablemente tras el
enlosado (se observan los restos del toro superior en una de ellas) y se
coronan con cestas de decoración vegetal: de la cesta de la epístola apenas se
conserva nada por la degradación de la piedra, mientras que en la cesta del
lado del evangelio aparecen talladas pequeñas hojas lobuladas que surgen de un
nervio central muy marcado.
Los capiteles de decoración foliácea muy
esquemática nos recuerdan a los del arco triunfal de la Asunción en Pinilla de
Jadraque. El tramo recto al que da paso está cubierto por bóveda de cañón. El
ábside de planta semicircular se inserta dentro de la cabecera cuadrada y
testero recto al exterior. Todo el arco aparece trasdosado por unos
guardapolvos de perfil de nacela, moldura que se repite en los cimacios.
Volviendo a las naves de la iglesia, ambas
presentan dos capillas adosadas a sus muros. Como ya hemos explicado líneas
arriba, primeramente, se hizo la capilla del lado norte, una habitación de
planta cuadrada a la que se accede por un arco de medio punto de gran luz, y
que está cubierta por una bóveda baída presidida por un retablo barroco. La
capilla del lado sur, conocida como Capilla del Cristo de Atienza, es obra del
siglo XVIII realizada por el maestro Jerónimo del Peredo. Existe una placa
ubicada en la esquina que forma el arco triunfal de la cabecera y el comienzo
del lado sur de la nave que reza así: ALTAR DEL SS. CHRISTO, Y COLATERALES D
ALMA PERPETUAMENTE POR CONCESIONES DN.MS.P.PIO VI EN MDCCLXXVII Y EN MDCCLXXXVI.
Se realiza la entrada por un arco de medio punto, casi oculto entre una profusa
decoración de estilo rococó obra de José Navarro en 1755. El interior de esta
capilla se divide en dos tramos, el primero, cubierto por una cúpula sobre
pechinas en las que se representan los evangelistas, obra también de José
Navarro, mientas que el segundo tramo se ve ocupado por un retablo de
principios del siglo XVIII.
Tras realizar este recorrido por el perímetro
del templo y si establecemos un pequeño resumen de las fases constructivas del
mismo, nos damos cuenta de que la fábrica románica levantada, creemos que en
torno a 1200, ha sufrido numerosos cambios. En el siglo XVI se amplió con una
nave adosada hacia el Norte. En 1618 se abrió una capilla, también en el muro
norte, llamada del Santo Cristo de Atienza, que por devoción popular fue
necesario ampliar, construyéndose otra capilla en el siglo XVII, esta vez en el
lado sur, que eliminó parte del pórtico románico. Además, también en este
lateral meridional, y a la altura de la cabecera, se construyó una sacristía,
mientras que, como ya hemos apuntado, adosado al muro occidental de la iglesia
se alza el baptisterio del templo.
En una pequeña estancia situada a los pies del
templo se custodia una pila bautismal románica. Tallada en piedra, mide 113 cm
de diámetro y 83 cm de altura. Se trata de la de menor tamaño de las que se
conservan en Atienza, aunque cuenta con los mismos elementos decorativos. Apoya
sobre una basa troncopiramidal estriada, presentando en el frente de la copa
semiesférica arcos de medio punto con chambrana de puntas de diamante con las
puntas muy desgastadas. Este motivo lo vemos también en la moldura superior,
aunque éstas son de mayor desarrollo tanto en el tamaño como en el grosor. Los
arcos apoyan en columnas pareadas talladas en un volumen mayor, creando un
juego de volúmenes. La pila se encuentra ladeada debido al peso que ejerce la
gran copa a la basa, de mucho menor tamaño. El brocal se decora con puntas de
diamante, quizá de labra más tosca que en San Gil y la Santísima Trinidad.
Ambas pertenecen al mismo taller que la que nos ocupa y se fecharían a finales
del siglo XII.
Iglesia de la Santísima Trinidad
La iglesia está ubicada al occidente de la
villa, dentro del segundo tramo del recinto amurallado. Es el punto de partida
del vía crucis que por una cuesta nos lleva a la iglesia de Santa María del
Rey, en la falda del cerro encastillado. Se accedía a esta última por el arco,
hoy arruinado, llamado Arco de Guerra. En sus primeros siglos fue parroquia
filial de Santa María del Rey, sin embargo a partir del siglo XVIII se hizo
cargo de sus fieles, perdiendo esta última el culto a su favor.
En 1159 se crea la cofradía de la Santísima
Trinidad. Esta fundación conmemora y reconoce al gremio de arrieros que a
principios del siglo XII ayudaron al rey Alfonso VIII. El rey, siendo aún un
niño, estaba bajo la tutela de la familia de los Castro, pues así lo había
querido su padre Sancho III. Sin embargo, la familia de los Lara, mediante
estratagemas dudosas, consiguió hacerse con la tutela del pequeño. Los Castro
pidieron al rey de León, Fernando II, tío del pequeño, ayuda para apoderarse de
él. Al conocer sus planes, el heredero fue sacado de Soria y llevado por Pedro
Núñez de Fuentearmegil a Atienza, una de las villas mejor fortificadas del
reino. Ante el cerco que el rey leonés produjo en Atienza, el gremio de
arrieros atencinos tomó al niño y lo llevó a Segovia y posteriormente a Ávila,
salvándolo de su tío.
A pesar de la temprana fundación de la
cofradía, el templo no debió de construirse hasta algunos decenios más tarde.
La segunda esposa de Alfonso VIII, Leonor de Inglaterra, fue la encargada de
supervisar la reconstrucción de la ciudad que su marido, por agradecimiento,
estaba llevando a cabo. Es probablemente en este período en el que se levantó
el templo de la Trinidad. Esta datación la atestiguan detalles estilísticos,
que pasaremos a describir, los cuales nos dan una fecha próxima a 1200 para el
alzamiento del templo.
La cabecera del templo es el único testimonio
románico que ha llegado hasta nosotros. Se compone de presbiterio de tramo
recto y ábside semicircular. Al interior se distingue, en el tramo sur del
presbiterio, una ventana abocinada de medio punto, de grueso bocel. En la
actualidad se ha colocado una vidriera que no desarrolla la función de
iluminación para la que fue creada.
El tramo semicircular del ábside, al exterior,
es uno de los más bellos de la provincia. Se divide en cinco tramos a través de
cuatro medias columnas adosadas a él. Una de las centrales ha desaparecido,
aunque su huella se denota por el color del sillar, así como por el rompimiento
de la línea de imposta. Estas columnas no recorren todo el paño del hemiciclo
sino que se cortan en la mitad. Se apoyan en pequeñas ménsulas en las que,
aunque muy desgastadas, aún podemos vislumbrar cabezas de personajes en actitud
monstruosa o burlesca. El final de su recorrido nos marca la altura primitiva
de la cabecera, ya que hasta la cornisa vemos que en los fustes se da un
estrechamiento considerable. Probablemente existiera un alero de canecillos que
ha desparecido en obras posteriores.
Recorriendo toda la cabecera, una gruesa línea
de imposta decorada con roleos y palmetas entrelazadas. La imposta superior se
decora con un motivo de entrelazo en forma de ochos, entre los que intercalan
pequeñas flores, mientras que la imposta inferior lleva unos zarcillos
ondulantes, decoración de claro influjo segoviano que encontramos en las
iglesias de Duratón o Perorrubio. Sobre ellas, en los paños centrales que
forman las columnas adosadas, se abren tres ventanales. Las ventanas se
resuelven en arco de medio punto, en los que una arquivolta cobija a otra más
estrecha. Constan de grueso bocel y chambrana de arista viva. La arquivolta
interior se apoya en capiteles vegetales con collarino, fuste liso y basas de
toro pronunciado. El repertorio de capiteles vegetales incluye los ornatos de
acantos, que envuelven bolas en la más oriental, así como grandes volutas en
las dos siguientes.
Los ábacos sobre los que apoyan las arquivoltas
forman parte de la segunda línea de imposta que recorre la cabecera. Se decora
con rosas de cuadrifolias cobijadas bajo roleos. En la intersección entre los
roleos se da ornato de pequeñas perlas. Dentro de la misma villa se da idéntica
disposición de ábside semicircular con línea de imposta y ventanal, en el
templo de San Gil, aunque éste es más sencillo en cuanto a decoración. Fuera de
la villa, dentro de la provincia de Guadalajara, se da en los ábsides de San
Bartolomé, en Campisábalos o Santa Clara, en Molina de Aragón.
Juan II y su valido don Álvaro de Luna
asediaron el castillo de Atienza en el año 1446 para finalmente tener que
retirarse, incendiando el caserío dispuesto en las faldas del mismo. Layna
Serrano apunta cómo la iglesia de la Trinidad “quedó semidestruida como
tantas otras”. Es muy probable que este hecho influyese en la
reconstrucción de muchas de las iglesias de Atienza. No entramos a valorar el
estado de este edificio a mediados del siglo XV, pero lo que es cierto es que
su recuperación no se llevó a cabo al menos hasta mediados del siglo XVI, una
época de mayor prosperidad económica.
Es en este momento (algunos autores afirman que
en 1537) cuando se construyó el templo que ahora vemos. Contiene en su
morfología elementos de cada etapa constructiva por la que ha pasado. Presenta
planta de una sola nave rematada por presbiterio de tramo recto y ábside
semicircular. A los pies del templo, en el muro norte, se sitúa la torre de
planta cuadrada y bajo ella se halla una pequeña capilla. Junto a éstas, en el
mismo muro norte, se dispone la Capilla de los Ortega, obra del siglo XVII. El
muro de poniente presenta un acceso en arco de medio punto. El muro sur
presenta a los pies un cuerpo adelantado perteneciente al tramo de escaleras
por las que se sube al coro desde el interior. Junto a él, la portada de
acceso, cobijada bajo un pórtico renacentista sustentado por pilastras, al que
flanquean dos contrafuertes. En el tramo recto del presbiterio se adosa la
capilla de la Purísima Concepción, edificada en cemento y remates de sillar.
Todo lo descrito pertenece a épocas posteriores, sobre todo a partir de 1537.
Destacamos la torre-campanario de la iglesia,
levantada en sillería en el costado noroeste, dividida en cuatro cuerpos
mediante líneas de impostas de cuarto de bocel, y rematada en el último piso,
donde se abren cuatro troneras de arco de medio punto, una en cada lado, que
albergan las campanas. En 1983 un vendaval destruyó parcialmente esta torre,
por lo que fue necesario reconstruir parte del lienzo murario. La iglesia tiene
también otras estancias adosadas a sus muros: en el lado norte, la capilla de
los Ortega, una sacristía y la conocida como Capilla del Cristo de los Cuatro
Clavos (aunque dicha talla ya no se encuentre aquí), mientras que en el lado
sur está la Capilla de la Inmaculada Concepción.
El interior de la iglesia sorprende por su
monumentalidad y por su riqueza decorativa.
La nave se encuentra dividida en tres tramos
cubiertos por bóvedas estrelladas tardogóticas, con sus correspondientes
terceletes, ligaduras y nervios combados. En el tramo más occidental se ha
habilitado un espacio para el coro. En cuanto a la cabecera, el tramo
correspondiente al ábside románico permanece oculto tras el retablo mayor
barroco, aunque seguramente se cubre con bóveda de horno. El lugar en el que
estaría situado el presbiterio románico es una obra del siglo XVI con una
cubierta de bóveda estrellada, similar a las anteriores, por lo que en realidad
este, digamos, tramo presbiterial ha pasado a formar parte de la nave de la
iglesia.
Es aquí también donde encontramos las entradas
a dos de las capillas del templo: en el lado sur se ubica la entrada a la
Capilla de la Inmaculada, de estilo rococó y donada por Felipe V a la Villa en
agradecimiento por el apoyo mostrado durante la Guerra de Sucesión. En el lado
contrario encontramos la entrada a la capilla de los Ortega, con una portada
monumental de arco de medio punto moldurado, flanqueada por columnas de orden
corintio.
Sobre ellas un entablamento con la inscripción:
ESTA CAPILLA MANDARON HACER LOS SEÑORES IUAN DE RIBEROS CONTINO DE LA CASA
REAL Y DOÑA ANA BILLAFAÑA DE LEON SU MUGER. HA ONRA Y GLORIA DE DIOS. AÑO DE
MDLXXXII. La portada remata con una hornacina venerada, flanqueada por
columnas y con un frontón triangular.
En el interior de la capilla, a los pies del
retablo, se encuentra una sepultura con la inscripción: AQUÍ ESTA SEPULTADO
IUAN DE RIBEROS CONTINO DE LA CASA DL REI FELIPE II Y PRIMER FUNDADOR DESTA
CAPILLA. FALLECIO A 28 D SEPTIEMBR (e) DE 1608 ANO. El interior de la
capilla se cubre con una cúpula sobre falsas pechinas y se ilumina con un gran
vano rectangular. Encontramos otra lauda sepulcral en el ángulo sureste: AQUÍ
YAZE DON JOSEH HORTEGA DE CASTRO AGUAZIL MAYOR DESTA VILLA CON VOZ Y VOTO EN SU
AYUNTAMIENTO Y REGIDOR PERPETUO DE LA CIUDAD DE GUADALAXARA QUARTO POSSEDOR
DESTA CAPILLA. FALLECIO A 7 DE MARZO DE 1730.
Junto a esta capilla, en el lado norte de la
nave, encontramos una inscripción en piedra en caracteres góticos que nos
informa cómo Catalina de Medrano y su esposo Francisco Roiz donan a la iglesia
un arca de misericordia por mil maravedíes de oro.
Frente a la puerta meridional de la iglesia se
ubica la entrada a la Capilla del Cristo de los Cuatro Clavos, una obra rococó
del siglo XVII, con un arco de medio punto recogido por pilastras adornadas con
jarrones. Sobre ellos, un entablamento de grutescos y un remate con forma
triangular en el que se representa a Cristo con la bola del mundo y
bendiciendo, rodeado de ángeles.
Poco más debo añadir sobre la arquitectura de
esta iglesia. Tan sólo apuntar cómo debajo del coro se conservan unas piezas de
una primitiva cornisa románica adornadas con florones de seis, siete y ocho
pétalos.
Las transformaciones acaecidas en el templo
parecen venir por la destrucción que de parte de la ciudad se hizo en 1446,
cuando Juan II y Álvaro de Luna la sitian, no siendo la Santísima Trinidad una
excepción. Por ello la cronología de este templo comenzaría con la cabecera,
como parte más antigua, que dataremos durante finales del siglo XII y
principios del XIII.
En el interior de una pequeña estancia situada
a los pies del muro norte se encuentra una pila bautismal formada por una copa
semiesférica y una basa troncopiramidal estriada en su superficie. Sus
dimensiones son 109 cm de diámetro por 102 de altura. La copa está tallada a
base de arcadas de medio punto que se unen en sus fustes y finalizan en la base
de la misma. Los arcos están ribeteados en su extradós, a modo de chambrana,
con pequeñas labras que asemejan a las puntas de diamante tan características
de portadas y ventanales. Este mismo ornato se repite a lo largo del diámetro
del brocal, esta vez más grande y con una finísima talla geométrica. La
decoración del ribeteado en los arcos la vemos en otros testimonios, como la
pila de San Andrés del Rey, con la diferencia de que en ella el ornato está
entre las dos arquivoltas que forman los arcos. En esta misma vemos,
igualmente, los arcos unidos en sus fustes y rematados en la base. El detalle
del fuste estriado lo vemos en pilas como la de Bustares o Gascueña de Bornova,
ambas muy próximas geográficamente a Atienza.
Las pilas atencinas de los templos de San Gil y
San Bartolomé son prácticamente idénticas a ésta, la única diferencia está en
las medidas, tanto de la copa como de la basa, y también en las cruces
inscritas entre las arcadas de ésta que nos ocupa. Todas ellas cuentan con una
misma cronología, pues probablemente procederían de un mismo taller de mediados
del siglo XII y principios del XIII.
Iglesia de San Gil
El templo está ubicado en el extremo
suroriental del casco urbano. Fue parroquia hasta el siglo XIX, momento en que
pasó a depender de la iglesia de San Juan del Mercado. En el año 1939 fue
abandonada para el culto y pasó a recibir distintos usos, entre otros los de
silo y carpintería. A comienzos de la década de 1980 se sugirió la idea de
establecer en Atienza un museo que recogiera las numerosas obras de arte que,
deterioradas, ocupaban los interiores de muchas inutilizadas parroquias de los
alrededores; para acoger tal función fue elegida y restaurada la iglesia de San
Gil, en la que el 14 de julio de 1990 se inauguró el museo del mismo nombre.
El edificio presenta una planta basilical con
tres naves rectangulares y una cabecera compuesta por ábside semicircular
precedido de presbiterio recto. Completan la estructura un pórtico y una
espadaña que se alza a los pies de la nave.
Al exterior, la cabecera, levantada en buena
sillería, nace de un basamento dispuesto para salvar el desnivel que afecta al
templo. Sobre el basamento se acomoda un pequeño podio sobre el que se eleva el
resto de la fábrica.
El ábside se divide en tres paños mediante dos
semicolumnas adosadas, que nacen de podios y se elevan hasta la cornisa. Están
compuestas por basas áticas, sobre las que se desarrollan los fustes lisos
rematados en unos capiteles que muestran sencillas cestas troncocónicas lisas,
coronadas por cimacios de nacela. Cada paño abre una ventana, la central
compuesta por una aspillera, a la que rodea un arco de medio punto liso y una
chambrana decorada con puntas de diamante.
El arco descansa en una pareja de columnas con
basa ática y fuste liso, cuyos capiteles están decorados con dos niveles de
hojas planas rematadas en cogollos. Sobre el capitel se sitúa un cimacio
moldurado con una nacela y un bocel, que continúa, y rodea como imposta todo el
hemiciclo.
Las otras dos ventanas, abiertas en los otros
paños, repiten exactamente la estructura y decoración de la ventana central. El
ábside se culmina con una cornisa de nacela que apoya en varios canecillos con
la misma moldura. Un codillo comunica el ábside y el presbiterio; es liso,
excepto por una moderna ventana cuadrangular y abocinada embutida en el costado
meridional. Al igual que el ábside, se remata con una cornisa de nacela, pero
en este caso sustentada por canecillos de modillones. Pensamos que parte de la
cornisa y de los canecillos de la cabecera son fruto de una restauración
reciente. Un nuevo codillo comunicaba el presbiterio con la primitiva nave,
cuyo arranque aún es visible. Como ya hemos comentado, en el siglo XVI se llevó
a cabo la sustitución de la antigua nave por las tres actuales, que se
levantaron en mampostería con refuerzos de sillería en las esquinas. El lienzo
sur de la nave se divide en dos cuerpos mediante una imposta achaflanada, que
va ganando altura según se dirige hacía la cabecera, debido al desnivel de
terreno que obliga que esa zona sea más alta que la occidental. En este paño se
sitúan tres ventanas de iluminación, la más oriental de medio punto abocinada y
con una venera abocelada en su rosca. Rodea el exterior de la ventana una
mediacaña.
La siguiente ventana, más sencilla, es
rectangular y abocinada, mientras que la más cercana a la fachada occidental es
un pequeño ventanal de medio punto abocinado. Toda la cabecera se encuentra
rematada por una cornisa de canecillos lisos y de modillones de rollo rehechos.
Junto con la de la iglesia atencina de la Santísima Trinidad, son dos de las
cabeceras más singulares de la provincia, comparándose con las de San Bartolomé
de Campisábalos o Santa Coloma de Albendiego.
El muro norte de la nave es macizo, sin
decoración, pero en el extremo oriental encontramos un arco apuntado cegado que
tal vez pudo dar acceso a una antigua estancia actualmente desaparecida.
El acceso al interior se realiza a través de
una portada renacentista abierta al Sur y otra, del mismo momento, dispuesta en
el hastial occidental.
Entre las naves central y septentrional se
embute la espadaña. Presenta una poco habitual disposición, con el cuerpo de
campanas mirando hacía el Sur, cuando lo normal es que esté orientado al Oeste.
Levantada en sillería, está compuesta por dos cuerpos. El inferior es utilizado
como base y de él únicamente se observa al exterior un lateral, mientras que el
restante se adentra en el cuerpo de naves. A través de una imposta de listel se
inicia un retranqueado cuerpo de campanas que alberga dos troneras semicirculares.
Culmina en forma recta, con una cornisa con moldura de gola, sobre la que se
disponen cuatro bolas herrerianas. La cronología de la espadaña es compleja. El
cuerpo de campanas se alza a finales del siglo XVI o principios del XVII, al
igual que la portada inferior, en un estilo clasicista, como muestran las
molduras y las bolas herrerianas. Sin embargo, el cuerpo de base plantea dudas,
de tal manera que pensamos que ha sido conservado de la antigua construcción
románica, de la cual también se conserva parte del esquinal de sillería que
observamos en la parte derecha de la nave central, a la cual se adosa el muro
de mampostería correspondiente a la nave sur. Por lo tanto pensamos que en el
siglo XVI, cuando levantan el nuevo cuerpo de naves, conservan el esquinal
derecho de la antigua nave y por lo menos la base de una antigua espadaña o
torre que acompañaba al antiguo templo, en origen adosado pero exento a la
nave. Al aumentar el número a tres, quedó insertada de manera curiosa en el
interior del cuerpo de naves.
Posteriormente se levantó el actual cuerpo de
campanas e incluso la parte superior de la base. Remata la nave una cornisa que
en el costado meridional muestra una moldura de gola del XVI, mientras en el
septentrional presenta una decoración de nacela sustentada por varios
canecillos con la misma moldura. Tanto la cornisa como los canecillos parecen
reaprovechados de la antigua obra románica.
El interior actualmente está habilitado como
sala expositiva, por tanto sus naves y sus muros están copados de múltiples
piezas artísticas procedentes de diversos lugares. La nave central se cubre con
una bella armadura de madera de par y nudillo, que decora sus tablas con
estrellas de ocho puntas y cueros recortados. Una cubierta con similares
motivos decorativos cubre la nave central de la iglesia de San Bartolomé de
Atienza, ambas seguramente realizadas por el mismo taller.
Esta nave, de mayor altura que las contiguas,
se separa de la lateral sur mediante cuatro arcos formeros apuntados que
descansan en cinco potentes pilares octogonales, el primero y el último
adosados a los muros de la cabecera y occidental, respectivamente. Los pilares
están rematados con una pieza, a modo de capitel, compuesta por un listel
superior y dos boceles que flanquean una mediacaña decorada con ocho
cuadripétalas de botón central. Tres arcos, y no cuatro, separan la nave
central de la lateral; en este caso, el espacio en el que se desarrollaría el
cuarto arco está ocupado por la base de la espadaña, que, como anteriormente
comentamos, se introducía en el interior del cuerpo de naves. Estos tres arcos
descansan en el mismo número de pilastras octogonales, rematadas en unos
sencillos cimacios moldurados. Las naves laterales se cubren con una sencilla
armadura de madera a un agua.
Estructuralmente encontramos un cuerpo de tres
naves dividido en cuatro tramos, el último de la nave septentrional convertido
en baptisterio. Sobre este último tramo se alza un extenso coro que recorre las
tres naves. Éste apoya en un pilar octogonal y en un pie derecho sobre el que
se eleva una zapata de madera, que junto con dos ménsulas de madera situadas en
los extremos, soportan una gran viga de madera a modo de arquitrabe en cuya
parte superior se ubican dos filas de cabezuelas, que marcan el fin de los
tirantes de madera que conforman el entarimado sobre las que se desarrolla la
barandilla.
Permite el acceso a la cabecera un arco de
triunfo apuntado y dos veces doblado, que apoya en pilastras, sobre dos
semicolumnas truncadas o colgadas, cuyos fustes arrancan de una ménsula situada
en el tercio superior de la pilastra a la que se adosa. Sobre los fustes se
sitúan dos capiteles de estilo dórico, que culminan en un cimacio con moldura
de cuarto de bocel que recorre toda la estructura del arco de triunfo y se
continúa por toda la cabecera a modo de imposta, que coincide con la parte
superior de todos los capiteles emplazados en la cabecera. Las aristas del arco
del triunfo están molduradas con una mediacaña.
Otro arco que repite la estructura del
anterior, aunque en este caso sólo una vez doblado, comunica el presbiterio con
el ábside. Éste fue policromado en el siglo XVI con típica decoración
renacentista, que muestra varias cenefas pintadas de distintos colores, las
cuales albergan varios motivos geométricos, formas abalaustradas, cueros
recortados o candelieris.
El presbiterio se cubre con una bóveda de cañón
apuntado, mientras que el hemiciclo utiliza una bóveda de cuarto de esfera
recorrida por dos nervios formados por un triple bocel que descansa en una
pareja de columnas truncadas o colgadas cuyos capiteles están decorados por
sendos mascarones humanos que ocupan toda la cesta. El situado en el lado de la
epístola muestra una cabeza con alas a los lados, como figuración de un ángel.
El del evangelio tiene rasgos negroides tan desacreditados en el medievo, el pelo
enredado y labios carnosos que nos hablan de su sentido maléfico. Junto a él,
aún podemos ver diferentes representaciones de pequeños monstruos que
reforzarían su maldad. Se trata de la contraposición del bien y del mal tan
común en el románico.
En el ábside de la iglesia vecina de la
Santísima Trinidad también se da este tipo de representaciones, esta vez en las
ménsulas de las columnas adosadas al ábside. Sobre éstas se dispone un cimacio
de cuarto de bocel que corresponde a la continuación de la imposta que recorre
la cabecera. Estas pequeñas columnas señalan la división de tres paños que ya
vimos en el exterior.Al interior cada paño abre su correspondiente
ventana, compuesta, la central, por un abocinado vano al que rodea un arco de
medio punto que descansa en una pareja de columnas acodilladas, compuestas a su
vez por plintos, a partir de los que se desarrollan dos basas molduradas por un
cuarto de bocel, escocia y un bocel, y sobre las que se elevan los fustes que
rematan en una pareja de capiteles muy deteriorados, decorados con dos niveles
de hojas planas, rematadas en cogollos: la misma ornamentación que observamos
en el interior. La ventana septentrional repite casi exactamente la estructura
y decoración de la central, mientras que en la meridional el capitel izquierdo,
también vegetal, parece variar levemente la decoración, aunque está muy
deteriorado. Recorre la parte baja de la ventana central una pequeña imposta
moldurada con un listel, un bocel y una mediacaña. Bajo la ventana
septentrional se abre un vano cuadrangular, actualmente utilizado como
expositor, el cual está cercado por un bello entrelazo de estilo mudéjar. Un
pequeño banco discurre por la parte baja del hemiciclo, que en la actualidad
alberga la figura de Cristo yaciente.
Con relación a su evolución constructiva, es un
primitivo edificio románico que en origen estaría configurado por una única
nave rectangular y la cabecera. De este momento sólo se conserva la cabecera y
posiblemente el arranque de la espadaña. En el siglo XVI se sustituye la
primitiva nave por las tres actuales. En la segunda mitad del siglo XVI se abre
la portada meridional. Ya a finales del siglo XVI o principios del XVII se
inserta una nueva portada, de estilo clasicista, en el hastial occidental, y se
eleva la espadaña, la cual seguramente tenga un origen románico, aunque fue
reformada en este momento. En la década de 1980 se encontraba en mal estado,
pero fue restaurada para albergar su actual función de museo.
Como conclusión podemos afirmar que la iglesia
de San Gil es un primitivo edificio románico fechado a principios del siglo
XIII. En origen presentaría la cabecera actual más una única nave rectangular,
a las que seguramente acompañaría una torre o espadaña con la misma disposición
actual, de la que seguramente conserva la basa. Su estructura es habitual en la
zona y en el mismo Atienza repite el modelo la iglesia de la Santísima
Trinidad, donde además de tener una cabecera semicircular también utiliza las columnas
truncadas o flotantes. Además, la Trinidad ofrece unos mismos patrones
escultóricos, aunque en este caso con mucha más calidad. Otros templos que
presentan una relación estilística con los modelos escultóricos son San
Bartolomé de Atienza, en cuya entrada al pórtico encontramos los capiteles de
hojas planas rematadas en cogollos, típicos de San Gil; capiteles también
similares encontramos en el más alejado templo de Pinilla de Jadraque, donde de
igual manera observamos modelos influidos por la Santísima Trinidad de Atienza.
En el siglo XVI se amplia el cuerpo de naves de
San Gil a tres, aspecto muy característico en todas las iglesias de Atienza,
pues el mismo caso ocurre en San Bartolomé y en la ermita de Nuestra Señora del
Val; además, la iglesia de la Trinidad también sustituyó la nave en ese
momento. Algunos autores como Layna Serrano explican que el origen de estas
sustituciones se remonta al sitio de Atienza por las tropas de Juan II en 1446,
fecha en que estaba en posesión de la ciudad la corona Navarra. Una vez rendida
la villa, aunque no la fortaleza, el ejército castellano la abandonó tras
prender fuego a su caserío, de tal manera que los templos quedaron
semidestruidos. Así que tuvieron que ser reconstruidos durante los siglos XV y
XVI.
Otra explicación para la ampliación del cuerpo
de naves se centra en la bonanza económica que afectó a Castilla en el siglo
XVI, de manera que la parroquia contase con la solvencia económica para
emprender estas reformas. Sea cual sea la explicación, aunque lo cierto es que
ambas pueden estar relacionadas, en este momento se llevaron a cabo las
sustituciones, algunas de ellas con una disposición similar, como es el caso de
San Gil y San Bartolomé, que conservan análoga armadura de madera en sus naves
mayores, lo que indica que fueron realizadas por los mismos maestros.
A los pies de la iglesia se encuentra la pila
bautismal. Su labrado es idéntico al de los templos de la misma villa de la
Santísima Trinidad y San Bartolomé, por ello apuntamos a un mismo taller para
su labra. Sus dimensiones son 96 cm de altura por 112 de diámetro de copa.
Sobre un pedestal estriado, está decorada a base de arcos de medio punto
separados por gruesas columnas dobles. Los arcos están cobijados bajo una
pequeña chambrana que asemeja en su decoración a las puntas de diamante o a
pequeñas perlas. Sobre los arcos, a modo de cenefa decorativa, vemos un filete
de puntas de diamante. La diferencia entre esta pila y la del templo de la
Santísima Trinidad es la ausencia de pequeñas cruces entre las arcadas que
vemos en la última.
Románico en la Sierra de PelaEn esta ruta por la Sierra de Pela,
una de las más atractiva de Guadalajara, visitaremos algunas iglesias románicas
de tanta importancia y calidad como Albendiego, Campisábalos, Villacadima.
También se trata, sin duda, de la ruta románica
de Guadalajara más conocida y difundida por las autoridades provinciales desde
hace mucho tiempo con la denominación de "románico rural" de
Guadalajara.
En este vértice de la provincia situado a una
altura media superior a 1.000 metros, como consecuencia de encontrase en las
estribaciones de las Sierras de Pela y Ayllón, vamos a encontrar algunos de los
ejemplos más perfectos y de calidad de toda la provincia.
Se trata de las construcciones serranas que
reciben su influencia directa de Segovia y Soria, con una buena carga añadida
de mudejarismo.
Albendiego
Albendiego es una modesta población serrana
situada a unos 20 km al Oeste de Atienza, en el pequeño valle trazado por el
río Bornova, entre las sierras del Alto Rey y del Bujelo. Esta zona fue el
camino natural que durante siglos sirvió de paso a las incursiones militares
durante la Reconquista.
Se llega hasta allí por la carretera que
comunica Atienza con Campisábalos, tomando a mitad de la ruta un desvío hacia
la izquierda que conduce directamente hasta Albendiego. La iglesia de Santa
Coloma está situada en un entorno de tierras de labor, junto a una arboleda a
orillas del río Cañamares. Se accede al lugar por medio de un camino que parte
del mismo pueblo.
Esta zona de la provincia debió de ser
repoblada en los primeros años del siglo XII, a raíz de la toma definitiva de
Atienza a cuya Comunidad de Villa y Tierra perteneció. Posteriormente pasó a
los condes de Medinaceli y después a la Casa del Infantado.
Iglesia de Santa Coloma
Existe una tradición que atribuye, con poco
fundamento, un origen templario a la iglesia de Santa Coloma y, por ende, a
alguno de los bienes que tenía agregados, como es la ermita del Santo Alto Rey.
La noticia, sin apoyo documental alguno que la avale, parte al parecer de
Pascual Madoz que en 1845 escribía lo siguiente: “Se cree que esta abadía se
fundó con las haciendas que poseían los templarios de aquel territorio y
consisten en la misma iglesia de Santa Coloma, parroquia en el día, un castillo
inmediato a ella con casa y huerta, la ermita titulada del Santo Alto Rey, que
está situada en lo más alto de la gran sierra que lleva de nombre al sur de la
población, otro castillo arruinado contiguo a la misma y toda la tierra de
llano y monte que media entre ambas alturas”. El mismo autor volvió a
insistir sobre el tema en 1881: “los bienes que poseían los templarios en
aquel territorio, que consistían en la misma iglesia, un castillo inmediato a
ella, una casa y huerta, la ermita del Santo Alto Rey, que está en el monte de
su nombre y toda la tierra que mediaba entre dicho sitio y la parroquia”.
Minguella recogió la antigua tradición para
rebatirla, por lo menos en lo que a la iglesia de Santa Coloma concierne: “La
verdad es que en ningún documento de nuestro Archivo hallamos mención directa
ni indirecta de los Templarios, y que antes de su extinción (1311) Albendiego
era del Abad de Santa Coloma”.
En realidad, el asunto de esta hipotética
dependencia de la milicia del Temple ya quedó aclarado a comienzos del siglo
XIV, en pleno debate sobre la disolución de la orden. En 1310 el obispo de
Sigüenza recibió una carta de los seis prelados comisionados por el Papa
recabando su colaboración para conocer el inventario de bienes templarios en su
diócesis, a lo que respondió el prelado que allí no existían posesiones que
hubieran pertenecido a dichos caballeros.
Descartada por tanto la presencia templaria en
Albengiego nos centraremos en los datos históricos confirmados por la
documentación. Sabemos que el templo debió de formar parte de un monasterio
regido por una comunidad que seguía la regla de San Agustín. En un documento
fechado el 21 de abril de 1197, que recoge Minguella, se exime de pagar ciertos
impuestos a un monasterio de Sancte Columbe en la vecina villa de
Albendiego. En el mismo escrito el obispo seguntino, don Rodrigo, entregó a
dicha comunidad veinte yugadas de tierra y treinta aranzadas de viña en el
lugar.
A finales del siglo XIII se constituyó el cargo
de Abad de Santa Coloma en el Cabildo de Sigüenza, convirtiéndose en una
dignidad puramente honorífica, sin una comunidad detrás. En sus manos recaían
las rentas de Albendiego, Somolinos y de varios pueblos cercanos, así
como las limosnas efectuadas a la ermita del Santo Alto Rey, por cuyo
mantenimiento debía velar. Dicha plaza de “Abad de Santa Coloma”
subsistió hasta el Concordato de 1851.
Otro dato histórico pendiente de aclaración es
su posible vinculación a la orden de San Juan de Jerusalén.
Algunos autores han querido ver en los dibujos
de las celosías que cierran las ventanas de la cabecera distintivos de dicha
orden, en concreto la cruz patada o de ocho puntas. Esta orden tenía casa en
Almazán y estableció también un oratorio en Atienza, pero no hay constancia
documental que demuestre su presencia en Albendiego. Llama la atención, no
obstante, la existencia entre los papeles pertenecientes al archivo de Santa
Colomba de una carta del siglo XVIII dirigida al prior del Hospital, a propósito
de unas propiedades en el entorno de Almazán. Además, algunos libros de fábrica
del siglo XVII conservan marcas de agua con la mencionada cruz de ocho puntas
que identifica a la orden. Pese a estas dudas, lo cierto es que el templo tuvo
una función parroquial, como se desprende de la existencia de los mencionados
libros de fábrica y de la pila bautismal que en su día tuvo.
De la primitiva fábrica románica sólo se
conserva la cabecera, siendo el resto producto de una campaña muy posterior
(finales del siglo XV). Consta de tres capillas, la central con tramo
presbiterial y hemiciclo y las laterales rematadas en testeros rectos. El
ábside central se articula en tres paños por medio de dos haces de tres
columnas que se interrumpen en la parte superior, evidenciando una interrupción
de las obras y un cambio de proyecto. Otros dos haces idénticos marcan la
transición hacia las capillas laterales.
En cada paño se abre un esbelto ventanal
formado por triples arquivoltas de bocel y nacela que apoyan sobre columnillas
de capiteles vegetales con hojas alveoladas rematadas en bolas. Los huecos se
cierran por medio de grandes celosías pétreas en las que se dibujan variados
motivos geométricos a base de lazos, estrellas y cruces patadas. Esta
decoración, que dota al templo de un exotismo especial, ha sido puesta en
relación por algunos con la participación de mano de obra mudéjar, mientras que
otros han incidido más en una posible influencia oriental. Sea como fuere, el
paralelo más cercano quizás haya que buscarlo en la celosía que decora el vano
oriental de la capilla de San Galindo de Campisábalos y tal vez en la que tuvo
en el muro occidental, hoy destruida. La decoración del ábside central se
completa con unos canecillos lisos y con una imposta de nacela que recorre cada
paño a la altura del alféizar de las ventanas, sólo interrumpida por los haces
de columnas.
Las capillas laterales presentan igualmente
unos ventanales cuya estructura y ornamentación remiten de nuevo al mencionado
exotismo que destilan las celosías de la capilla mayor. Se abren en los
testeros y en el muro sur, en el caso de la capilla de la Epístola. Su diseño
es muy parecido, con un gran óculo de varias roscas cerrado por una celosía
calada con perforaciones circulares, a veces albergando en el centro una cruz
patada. Enmarcando al óculo se dispone un arco geminado de bocel y media caña
soportado en los laterales por una columna rematada en capiteles vegetales de
crochets. Presentan la singularidad de sustituir la columnilla central por un
cilindro pinjante a modo de clave decorado en sus caras laterales con la
estrella de David y otros motivos de lacería.
La interrupción de las obras privó a los muros
románicos de las capillas de sus correspondientes cornisas y canecillos,
sustituidos por un vulgar alero. En el muro occidental de la capilla del
Evangelio todavía se percibe, aunque cegado, el arco sobre columnas que debía
comunicar con la primitiva nave lateral y que probablemente nunca se llegó a
construir.
El proyecto original del templo incluía
seguramente tres naves, pero por circunstancias que desconocemos o no se
llegaron a construir o fueron desmanteladas durante la reforma de finales del
siglo XV. Precisamente a estos momentos corresponde la nave con su espadaña, el
remate de la capilla mayor y el cierre occidental de las capillas laterales. La
nave presenta muros de mampostería rematados con cornisa de nacela y canecillos
lisos, tal vez aprovechados de la primitiva fábrica. La portada tardogótica que
se abre en el muro sur corresponde también a esos momentos. Otra portada se
abría en el muro de los pies, bajo la espadaña, pero fue inutilizada al
construirse una dependencia que hacía las veces de baptisterio, ya en el siglo
XVII.
En el interior, se accede a la capilla mayor
por medio de un arco triunfal de medio punto que apoya sobre dos columnas
provistas de capiteles vegetales muy esquemáticos y toscos de factura. A estas
columnas se adosan otras más finas que debieron de estar destinadas a soportar
el peso de unos nervios de crucería que nunca llegaron a construirse. De hecho
el presbiterio se cubre actualmente con una bóveda más moderna decorada con
yeserías barrocas. También parecen de factura moderna las ménsulas que recogen
el peso del arco que divide en dos tramos la citada bóveda.
En los muros del presbiterio se disponen arcos
que albergan en su interior unos ventanales similares a los vistos en el
exterior de los ábsides laterales y que comunican con éstos. Se componen de un
vano rectangular que alberga un óculo con bella celosía de lacería enmarcado.
En la parte superior se coloca de nuevo un rollo o cilindro con decoración
geométrica en los laterales.
Al hemiciclo absidal se accede por medio de
otro arco de medio punto soportado por dos gruesas columnas a las que se adosan
otras más delgadas a los lados destinadas en origen a soportar el peso de una
bóveda de crucería, como ya vimos en el arco triunfal. El testero se organiza
de manera similar a lo visto en el exterior, con dos esbeltas columnas que lo
dividen en tres paños, en cada uno de los cuales se abre un ventanal de
idéntico esquema que el ya descrito en el exterior. Se cubre este espacio con
bóveda de cuarto de esfera reforzada por cuatro nervios que convergen en la
clave central del arco toral, aunque el revoque de yeso actual casi impide
apreciarlo. Este tipo de cubrición delata una cronología tardía, muy próxima al
horizonte de 1200.
A continuación, hay que mencionar las dos
capillas rectangulares dispuestas a ambos lados de la capilla central a las que
se accede por sendos arcos apuntados abiertos en el presbiterio. Ambas se
cubren con bóveda de cañón apuntado que arrancan de una imposta decorada con
bocel. Estás bóvedas se dividen en tres tramos por medio de arcos fajones
soportados por columnas (las más occidentales casi tapadas por el cierre más
moderno) y dos capiteles pinjantes. La decoración de todas las cestas es de
tipo vegetal, con distintos tipos de hojas de exquisita factura, destacando las
rematadas en racimos de frutos y crochets. La capilla de la Epístola conserva
todavía un banco corrido decorado con bocel, mientras que en la del Evangelio
ha desaparecido, tal vez por la elevación del pavimento. En esta última hay
restos de pintura con algunas cruces inscritas en círculos y una inscripción
ilegible del siglo XVI.
Las muestras del primitivo mobiliario románico
se reducen a las tres mesas de altar conservadas in situ. Son piezas de
perfiles biselados en los lados menores y con bocel en el borde más largo.
Por último, hay que señalar que en la iglesia
parroquial de Albendiego se conservan algunas piezas que fueron trasladadas
desde la iglesia de Santa Coloma. Se trata de la pila bautismal y de dos
imágenes de la santa titular. La pila (100 x 100 cm) es un ejemplar
tardorrománico, muy popular, formado por un basamento circular sobre el que
apoya un pie moldurado que sustenta la copa. Ésta se decora con bocel en el
borde, una cenefa de semicírculos planos y gallones. Guarda gran parecido con
algunos ejemplares sorianos de principios del siglo XIII, especialmente con la
pila de Quintanas Rubias. En cuanto a las tallas de Santa Coloma, hay que decir
que la más antigua es del siglo XIV y está realizada en madera policromada,
mientras que la otra, elaborada en alabastro, parece obra de finales del siglo
XV o principios del XVI.
Villacadima
Villacadima está situada en el extremo
noroccidental de la provincia de Guadalajara, en el límite con la de Segovia,
dentro de una pequeña hondonada de las tierras altas que forman las
estribaciones de la Sierra de Pela. Su aspecto actual muestra el destino de
muchas poblaciones castellanas que se vieron afectadas por los embates de la
emigración sufrida en las últimas décadas del siglo XX. El pueblo se muestra
hoy semiabandonado, con la mayor parte de su caserío derruido, pero con una
incipiente recuperación que se manifiesta en la reconstrucción de algunos
inmuebles, aunque ya no con el fin de servir de residencia habitual sino más
bien para los momentos de ocio y el descanso vacacional.
Con la invasión musulmana estas tierras de la
sierra pasaron a formar parte de la frontera con los territorios cristianos. La
inestabilidad fue la nota dominante en los primeros siglos de la Reconquista,
con continuas acciones militares, tanto por parte de los contingentes
musulmanes como de los cristianos. No fue hasta las primeras décadas del siglo
XII, y especialmente a partir de mediada esa centuria, cuando se consolidó el
proceso de repoblación cristiana de la zona. Es en esos precisos momentos, cuando
las circunstancias sociopolíticas posibilitaron la realización de empresas
constructivas, como las que afectaron a muchas de las iglesias erigidas en esta
zona, incluida la de San Pedro de Villacadima.
Desde mediados del siglo XII el lugar
perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de Ayllón, formando parte del Sexmo
de la Transierra, junto con Cantalojas, Majaelrayo y Campillo de las Ranas.
Iglesia de San Pedro
La iglesia de San Pedro se yergue aislada en un
extremo del pueblo, rodeada en sus frentes meridional y oriental por un pretil
que delimita su atrio. A este recinto se accedía en origen por dos puertas
abiertas en los extremos, de las cuales sólo queda en pie la occidental formada
por un arco de medio punto cuya decoración y estructura remiten al siglo XVI.
El templo propiamente dicho evidencia varias
fases constructivas que van desde comienzos del siglo XIII hasta época barroca.
Se trata de un edificio construido de sillería caliza, salvo el muro occidental
que es de mampostería. Consta de tres naves cubiertas de madera, separadas por
grandes arcos apuntados y rematadas en capillas de testeros planos. Del
primitivo templo románico que precedió al actual sólo queda la portada
meridional y tal vez parte del muro de los pies.
Era probablemente una construcción de nave
única y un ábside semicircular, como la mayoría de los templos románicos
conservados en la zona. A finales del siglo XV o comienzos del XVI se llevó a
cabo una profunda reforma que transformó por completo la fábrica original. De
una nave se pasó a tres y la portada románica se trasladó al nuevo muro sur.
Como era norma habitual se reutilizaron también otros materiales del viejo
edificio, como los canecillos de nacela que soportan las cornisas de las naves
y abundantes sillares románicos con las habituales marcas de cantero.
La portada presenta el mismo esquema
compositivo que las de Campisábalos (San Bartolomé y capilla de San Galindo),
aunque denota un tratamiento más vulgar y una excesiva esquematización de los
motivos vegetales que ornan los capiteles. Consta de un arco de ingreso
lobulado, con una especie de medallones avenerados que albergan florones. Sigue
a continuación una arquivolta con zigzags contrapuestos, otra de nacela, otra
de baquetón y por último un guardapolvo decorado con tallos ondulantes de hojas
picudas.
La línea de imposta y los capiteles de las seis
columnas que soportan las arquivoltas muestran motivos vegetales muy
estereotipados y geometrizados, que denotan unos recursos técnicos por parte de
sus autores más bien pobres, muy alejados de la destreza demostrada por los
canteros de Campisábalos.
Hemos de señalar, además, que gran parte de las
piezas que forman esta portada, especialmente los arquillos del arco de ingreso
(salvo los tres de la derecha), son de factura posmedieval.
Las marcas de los instrumentos de talla,
trinchante y sobre todo gradina, parecen demostrar que la portada fue rehecha
en parte al ser trasladada desde su antiguo emplazamiento. Lo mismo podemos
decir de los canecillos del tejaroz.



La mayor parte del muro occidental parece
corresponder a una fase más antigua que el resto de la fábrica, aunque no nos
atrevemos a certificar que sean de época románica. En la parte superior de este
muro se adivinan los huecos de una antigua espadaña que fue inutilizada tras la
ampliación del templo y sobre todo tras la construcción de la torre. Esta
última está adosada a los pies del templo, coincidiendo en su mayor parte con
el muro de la nave del evangelio. Aunque su construcción se ha asignado al siglo
XVII pensamos que corresponde a la centuria anterior. Se accede a ella desde el
interior de la nave del evangelio y se compartimenta en varios pisos, el
segundo de los cuales parece que tuvo una finalidad residencial, como parece
demostrarlo la chimenea dispuesta en el muro norte y la ventana con asientos
laterales en el sur.
En el interior del templo, como ya hemos dicho,
encontramos tres naves techadas de madera separadas por dos arcos apuntados a
cada lado que apoyan directamente sobre el muro. A los pies de la nave de la
epístola hay restos de una escalera de piedra y de un arco por el que
seguramente se accedía al coro o tribuna dispuesto sobre la parte occidental de
la nave central. Durante las obras de restauración del templo se descubrió una
inscripción en la techumbre de la nave central en la que constaba el nombre de
Francisco de Blas y el año 1649. Este dato se ha interpretado como la firma del
artífice del artesonado y el año de ejecución. Sin embargo, los restos que se
conservan del artesonado, especialmente los tirantes, los cuadrales y las
ménsulas, además de algunos restos de policromía, parecen remitir a una época
anterior. No nos extrañaría que el mencionado artesonado fuera ejecutado tras
la reforma del templo, es decir a finales del siglo XV o comienzos del XVI y
que Francisco de Blas sólo fuera el responsable de algunos arreglos realizados
a mediados del XVII.
La capilla mayor se cubre con una bóveda
tardogótica de terceletes, lo mismo que la del evangelio. En el muro sur se
conserva una aspillera, cegada tras la construcción de la capilla de la
epístola, que bien pudiera corresponder a la primitiva construcción románica.
En el lado contrario se abre un arco apuntado que da paso a una sacristía
cubierta con bóveda de cañón.
La capilla de la epístola es de planta cuadrada
y se cubre con sencilla bóveda de crucería. En el muro sur hay un arcosolio
funerario al que debían de acompañar otros dos que fueron desmontados en época
imprecisa.
Por último merece la pena mencionar dos
enterramientos situados en la nave central. Se trata de losas situadas a ras de
suelo con inscripciones muy desgastadas. Una muestra un escudo cuartelado con
yelmo en el timbre. En el primer cuartel, una banda engolada y dos estrellas;
en el segundo cuartel una mano armada de espada; en el tercero un castillo
sobre ondas; y en el cuarto veros. La otra lápida está situada junto a las
gradas de la capilla mayor y se decora con la siguiente inscripción:
ESTA SEPVLTURA / DOTARON JVAN DE /
LIZERAS DEL MVIO / Y JVANA MARIA SV / MVJER PARA ELLOS / SVS HIJOS Y DE(s)ZE(n)
/ DIE(nte)S DE HELLOS Y DE JV / ANA TOR(r)ES SV PRI / MERA M(uje)R QVE / AQVI
ESTA SE(pulta)DA / AÑO DE MDCCX.
Del mobiliario litúrgico que tuvo el templo
sólo queda in situ el Crucificado que preside la capilla mayor y la pila
bautismal. La primera es una talla muy popular del siglo XVII realizada en
madera policromada y la segunda una pieza del XVI decorada con gallones.
Además, en el Museo Diocesano de Sigüenza se custodian algunas piezas
procedentes de esta iglesia, entre las que destaca un calvario gótico de madera
policromada.
Campisábalos
Campisábalos es una pequeña población situada
en la vertiente meridional de la Sierra de Pela, a 1346 m de altitud, muy cerca
de los límites provinciales de Soria y Segovia. Desde Sigüenza se accede a
través de la carretera que comunica esta localidad con Atienza y Ayllón.
Aunque apenas han llegado hasta nuestros días
datos documentales directos sobre su pasado más remoto, hemos de suponer que
Campisábalos participaría del mismo proceso que siguieron las tierras de su
entorno más inmediato. Sabemos que durante los siglos X y XI esta zona de la
provincia fue continuamente disputada por cristianos y musulmanes,
convirtiéndose en escenario de sus constantes beligerancias. A partir de
comienzos del XII, tras la conquista de Atienza, comenzó la repoblación
cristiana de estos territorios serranos que fueron testigos de la llegada de
gentes procedentes de zonas fronterizas reconquistadas con anterioridad. Así se
fueron conformando un buen número de aldeas que pasaron a formar parte con el
tiempo de la Comunidad de Villa y Tierra de Atienza, en la cual se incluyó
Campisábalos, que ocupó el extremo noroccidental de la misma, limitando con las
Comunidades de Caracena y Ayllón. Posteriormente, ya en época bajomedieval,
pasó a depender de los condes de Medinaceli y más tarde de los Mendoza, a
partir del casamiento de Diego Hurtado de Mendoza con doña Ana de la Cerda.
Campisábalos posee uno de los conjuntos
románicos más interesantes de la provincia de Guadalajara, tanto por su calidad
artística como por conservar íntegra su fábrica: la iglesia de San Bartolomé y
la capilla aneja de San Galindo. Aquí se perciben los aportes de una de las
corrientes estilísticas que dejaron su poso durante los años finales del siglo
XII y los comienzos del XIII, aquélla marcada por los talleres inspirados en la
tradición silense que penetra en estas tierras desde la zona meridional de Soria
(Tiermes y Caracena). A esta importante construcción hay que añadir, además, la
portada románica conservada en el cementerio del pueblo.
Iglesia de San Bartolomé
Se encuentra ubicada en el centro del casco
urbano, aislada en medio de una plazoleta. Consta de una sola nave y un ábside
semicircular flanqueado en los muros del presbiterio por la torre adosada al
Sur y la sacristía, al Norte.
El elemento más significativo es la cabecera,
elevada sobre un pequeño zócalo y dividida en tres paños por medio de dos
columnas adosadas rematadas en capiteles foliáceos sobre los que descansa la
cornisa.
En cada paño se abre un ventanal románico, el
central en forma de simple saetera y los laterales más desarrollados. El del
Evangelio fue cegado al abrirse un vano rectangular en época más moderna,
mientras que el del lado de la Epístola ha conservado su aspecto original. Está
formado por una arquivolta de bocel, otra de media caña cargada de semiesferas
y un guardapolvo de roleos con extrañas hojas que simulan lises.
Las columnillas de dicho ventanal son de canon
corto y se rematan en capiteles de tosca factura, con dos niveles de hojas, el
de la derecha, y con labores de cestería, el de la izquierda, motivo éste que
se repite en algunas iglesias sorianas del entorno de Caracena y Tiermes.
Horizontalmente el perímetro absidal está
recorrido por dos impostas; la inferior, que hace las veces de alféizar de las
ventanas, se decora con cadenetas de “ochos” y la superior, como
prolongación de los cimacios, con labores de entrelazo o cestería. Estos
motivos aparecen utilizados en otras iglesias de Guadalajara (Barriopedro,
Valdeavellano y Galve de Sorbe) y son muy recurrentes en el románico soriano,
especialmente en algunos templos de las comarcas más meridionales, como
Carrascosa de Arriba, Hoz de Arriba, Hoz de Abajo (pila bautismal), las dos
iglesias de Caracena, Tiermes, Miño de San Esteban, Villanueva de Gormaz, Rejas
de San Esteban, Ligos y Bocigas de Perales.
La cornisa, ornada con roleos vegetales, se
apoya sobre una colección de canecillos de temática dispar. Los que están
colocados en el hemiciclo absidal muestran, de izquierda a derecha, los
siguientes motivos: una hoja con bola, un personaje portando una especie de
garrote, una liebre o conejo, una roseta cóncava, un hombre con olifante, un
cuadrúpedo, una cabeza zoomorfa devorando una presa que aprisiona entre sus
fauces, otro cuadrúpedo, una hoja, una mujer sedente y tres motivos vegetales.
Al parecer, varios de estos canecillos componen dos escenas cinegéticas, de
modo similar a como se hizo en el alero absidal de San Pedro de Caracena
(Soria). El personaje que porta el garrote parece dispuesto a asestar un golpe
al animal contiguo, una especie de liebre agazapada. La otra escena la componen
el aldeano o pastor que toca el cuerno de caza y los dos cuadrúpedos
–posiblemente perros– que acosan a una alimaña o lobo que devora a una oveja.
Escenas de este tipo las vemos, además de en
Caracena, en la portada soriana de Alpanseque, en el pórtico de Tiermes y en un
relieve de la torre de Santa María del Rey en Atienza. Desde el punto de vista
estilístico las conexiones con el círculo de Caracena-Tiermes son evidentes,
con lo que no descartamos una presencia de los mismos artífices.
Los canecillos del tramo presbiterial apenas se
conservan. Los del lado meridional probablemente fueron destruidos por la
construcción de la torre mientras que en el lado norte sólo se salvaron tres
soportando una cornisa decorada con puntas de diamante: uno vegetal, otro
decorado con una cabeza antropomorfa de rasgos negroides y el otro con un
personaje estirando las comisuras de los labios con los dedos de ambas manos.
La semántica de éstos dos últimos parece ser de signo totalmente negativo. Los
personajes de rasgos negroides (pelo ensortijado y labios abultados) remiten
normalmente a figuraciones del diablo, tal como podemos ver en otros casos del
románico español, particularmente en una ménsula de Moarves de Ojeda, Palencia,
(una cabeza de rasgos similares se puede ver en la portada de Beleña de Sorbe).
Por su parte, las figuras que hacen el gesto de rasgarse las comisuras han sido
puestas en relación con la representación del blasfemo y del embustero, tal
como puede verse en canecillos de Pelayos del Arroyo (Segovia), Fuentidueña
(Segovia) y Santa María de Uncastillo (Zaragoza), por citar algunos ejemplos.
La nave románica de la iglesia sufrió varias
reformas que alteraron considerablemente su aspecto primitivo. Los muros son de
sillarejo, en origen enfoscado, salvo las esquinas del lado oriental que se
hicieron con sillares rematados por un grueso bocel y cenefas de puntas de
clavo. Todavía es visible esta decoración en el esquinal sureste, aunque casi
oculto por el muro de la torre, y en una hornacina moderna de la sacristía que
aprovechó parte del esquinal noreste. Piezas con idéntica decoración se reutilizaron
también en el interior de la torre.
En los lados norte y de poniente es donde mejor
se perciben las reformas de la nave. En el muro septentrional son muchas las
piezas reutilizadas de labra románica, algunas decoradas con molduras de bocel,
tal vez aprovechadas de las partes derrumbadas. En la parte superior, por
encima de las aspilleras originales, pero a un nivel inferior al de la actual
cornisa, se conservan algunos canecillos picados que marcaban la primitiva
altura del muro, que debió de ser recrecido en época posterior. En el lado occidental,
un arco cegado evidencia una reforma mucho más moderna y las rozaduras en el
muro contiguo de la capilla de San Galindo delatan la existencia de un espacio
cubierto hoy desaparecido. Todo hace pensar que el edificio fue objeto de una
importante renovación en época posmedieval, seguramente en el siglo XVII.
Sabemos que en 1638 el párroco de Campisábalos, Juan Montoro, se lamentaba del
derrumbe sufrido por la nave de la iglesia en mayo de ese mismo año. Según su
testimonio se había venido abajo la mitad del templo, afectando especialmente a
la zona de los pies (de la tribuna o coro). Posiblemente se vieran más
perjudicados los muros norte y oeste ya que el lado sur estaba protegido por la
aneja capilla de San Galindo. Lo cierto es que en la reconstrucción de la nave
se recreció la cubierta y se reutilizaron piezas románicas de la construcción
original.
Menos desperfectos parece que tuvo el lado
meridional, donde se encuentra la portada principal protegida por un pórtico de
cinco columnas en el que se reaprovecharon otros tantos capiteles románicos.
Éstos presentan una factura muy simple con hojas planas acabadas a veces en
pequeñas volutas. Seguramente formaron parte de un portal románico junto con
otros capiteles descontextualizados que se guardan en el interior.
La portada propiamente dicha destaca sobre un
cuerpo saliente de sillería delimitado por dos esbeltas columnillas rematadas
en capiteles vegetales que sujetan, junto con seis canecillos lisos, la cornisa
del primitivo tejaroz.
El abocinamiento lo forman cinco arquivoltas de
medio punto que apoyan sobre columnillas coronadas por capiteles vegetales de
finas hojas (muy estereotipadas y geometrizadas), salvo la interior que carga
en las jambas del vano de ingreso. Esta última presenta un perfil lobulado, con
una sucesión de arquillos que incorporan en las albanegas unos florones
inscritos en círculos. Las siguientes arquivoltas se decoran con un baquetón
con decoración en zig-zag, un bocel entre medias cañas y dientes de sierra, ovas
anudadas bajo las que asoma un grueso bocel y tallos ondulantes con zarcillos.
Sobre la clave de la arquivolta exterior se colocó una pieza rectangular que
alberga un crismón de ocho radios incisos con restos de policromía rojiza. La
colocación de las letras Alfa y Omega colgando de los brazos horizontales, en
vez de en los inclinados parece evidenciar una influencia aragonesa, en
concreto de los modelos surgidos a partir del crismón de la catedral de Jaca.
Este tipo de portada se repitió también en la
capilla de San Galindo y en Villacadima. El esquema lobulado de la primera
arquivolta con decoración floral en la rosca lo vemos también en algunos
templos segovianos como Castroserna de Arriba, Turrubuelo, El Olmo, Sotillo y
Duratón. Aunque se ha tratado de asignar una influencia musulmana a tal
modalidad de arco, parece que estuvo muy extendido por todo el románico
peninsular.
A la derecha de la portada, por debajo de la
techumbre lígnea, todavía se aprecian los restos de tres canecillos románicos
que marcaban la altura de la primitiva cubierta, algo parecido a lo ya descrito
en el lado septentrional.
En el mismo pórtico se exhiben actualmente
cinco estelas funerarias medievales (siglo XIII) que hasta hace unos años
estuvieron empotradas en el pretil sobre el que apoyan las columnas.
En el interior, la cabecera se abre a la nave a
través de un arco triunfal de medio punto que descansa sobre pilastras cuyas
aristas se suavizan con boceles. Las habituales bóvedas de horno y de cañón
cubren el hemiciclo y el presbiterio respectivamente. La decoración se limita
exclusivamente a dos impostas que recorren el perímetro interior; una con
pequeña nacela marcando el arranque de la bóveda y otra de hexapétalas a la
altura del alféizar de las ventanas.
A ambos lados del presbiterio se abren sendos
arquillos de medio punto que dan paso a la sacristía del siglo XVII, ubicada al
Norte, y a la torre, erigida en el costado meridional. Esta última ofrece
cierta complejidad, pues si a primera vista parece un añadido posmedieval,
sobre todo si la contemplamos desde el exterior, al penetrar en su interior
observamos detalles que remiten a una cronología plenamente medieval, como la
bóveda que da paso a la escalera de caracol, los sillares con marcas de cantero
y una pequeña estancia con dos hornacinas o arquillos ciegos cuya función se
desconoce. Es desconcertante el aspecto macizo de esta torre, con una potencia
de muros que en algunos puntos alcanza más de dos metros de grosor, lo que nos
hace pensar en un hipotético uso defensivo en sus orígenes.
El interior de la nave revela, como hemos visto
al describir el exterior, una reforma posmedieval que afectó sobre todo a su
cubrición. En el muro de la cabecera, sobre el arco triunfal, se aprecian rozas
de una cubierta abovedada que precedió a la actual de madera. Probablemente se
trataba de una bóveda de ladrillo y yeserías de época barroca.
Conviene destacar por último la ubicación de
dos altares en forma de hornacinas barrocas colocados a ambos lados del arco
triunfal. Aunque no discutimos su cronología en cierto modo moderna, sí llama
la atención el paralelismo que podemos establecer con algunos templos sorianos
donde ese mismo espacio, más ancho de lo habitual, se aprovechó para colocar
altares románicos, como ocurrió en San Juan de Duero, Fuentelfresno y San
Marcos de Ólvega, por citar algunos ejemplos, una solución que no parece descabellada
para la iglesia de San Bartolomé.
Capilla de San Galindo
La iglesia de San Bartolomé tiene adosado hacia
la mitad del muro sur –de la portada hacia los pies y sobrepasando el muro
occidental– uno de los más bellos ejemplos del románico de Guadalajara: la
capilla de San Galindo.
A tenor de los datos documentales que manejamos
–más bien escasos y tardíos–, y teniendo en cuenta la estructura de la
edificación, podemos afirmar que probablemente nos hallamos ante una capilla
funeraria de dotación particular que fue añadida a finales del siglo XII o
comienzos del XIII al proyecto inicial del templo parroquial, aunque hemos de
señalar que la homogeneidad que muestran ambas construcciones permite suponer
que fueran levantadas casi al mismo tiempo.
Las noticias sobre el patronazgo de esta
capilla son un tanto confusas y la documentación de la época tampoco aporta
mucha luz al asunto. Según la tradición, la capilla habría sido fundada y
dotada por un caballero llamado Galindo para servir de última morada a sus
restos. Este personaje habría fundado también en el mismo lugar un hospital
para pobres cuyas rentas pasaron a manos del Concejo de Atienza, así como
diversas propiedades del entorno cuyos réditos servirían para su mantenimiento.
Sin embargo, en una visita de 1644 se dejó bien claro que no constaba “la
obligación que el dicho ayuntamiento de la villa de Atienza tiene al reparo y
conservación de dicho hospital”. Del caballero en cuestión poco o nada se sabe.
Para empezar, el nombre era poco frecuente por estos lares, aunque sí en
algunas partes de Aragón. Aparece citado un don Galindo en un privilegio de
Alfonso VIII por el que dona a la orden de Calatrava, en 1176, las aldeas de
Vallaga, Ova (Hueva) y Almonacid de Zorita, que pertenecían a este personaje
desde 1152 cuando le fueron entregadas por Alfonso VII.
A pesar de lo que dice la tradición, hay que
señalar que los testimonios documentales que poseemos datan de época muy tardía
(siglo XVII), de unos momentos en los que quizás todavía se tenía memoria del
hecho aunque se reconocía que no se conservaban pruebas fehacientes sobre el
mencionado caballero ni su fundación. En 1638 don Juan Montoro, cura de
Campisábalos, apuntaba al referirse a la iglesia de San Bartolomé que “está
arrimada a ella la casa capilla y entierro del caballero Galindo, donde hay
fundada obra pía”. El texto expresa muy bien el carácter independiente de
la capilla y del templo parroquial adyacente. Posteriormente, en 1694, se
informa de que pese a no existir instrumentos que avalen el origen de la
edificación en las visitas episcopales siempre se hizo referencia a dicha
fundación, tal como se expresa en la siguiente cita:
Visito su Exmo. la obra pia que llaman
de San Galindo cuya fundacion no a parecido pero se refiere en las visitas, que
esta obra pia la fundo el cavallero llamado S. Galindo aviendo fabricado en el
lugar de Campisavalos una capilla donde dicen estaba enterrado dexando fundada
una memoria de misas que se dicen por el cura de dicho lugar y se le da de esta
obra pia todos los años siete ducados que su Exmo. pidio cuenta del
cumplimiento de ellas en la visita que se hizo en dicho lugar y asimismo dexo
un hospital para albergue de pobres dexando diferentes rentas para el sustento
de dicho hospital y otras limosnas...”
Visita de 1694 (Sección
Hospitales-Beneficencia, Libro 58, Archivo de la Clerecía, Atienza)
Del recuerdo que existía del comitente de la
obra entre las gentes del siglo XVII es buen ejemplo la inscripción que se
grabó junto a un escudo cuartelado situado en el muro norte de la capilla y que
hace referencia al enterramiento ubicado en el arcosolio del presbiterio en el
cual dicen reposar los restos del mencionado personaje:
EN ESTA CAPILLA DONDE STA LA REXA DE HIERO ESTA
SEPVLTADO EL CVERPO DEL CAVALLERO SAN GALINDO Y DE LA DICHA CAPILLA Y OSPITAL Y
VIENES Y RENTAS SVYAS SON PATRONES LA YVSTIZIA Y REGIMIENTO DE LA VILLA DE
ATIENZA HIÇOSE POR MANDADO DE LOS YLLES SS. LDO ALBAREZ ALCALDE MAYOR POR SV
MAG DE LA DIHA VILLA Y DON GR DE MEDRANO BRABO ALFEZ MOR FRANO DEL CASTILLO
IVAN DE RIBEROS GRD PINEDO BR DE HIXES A LOPEZ DE GVZMAN FRAN QVESVERO...
La reja a la que se hace referencia es la que
protege el arcosolio funerario del presbiterio, donde se cree que estuvo
sepultado el mencionado caballero San Galindo o don Galindo, que de las dos
formas se le cita. La sepultura ha sido removida tal como se aprecia hoy, pero
todavía en el exterior del templo, junto a la casa de enfrente, hay un sepulcro
románico cuyo origen exacto desconocemos.
La capilla consta de una cabecera plana al
exterior y curva en el interior que se ilumina por dos ventanales en forma de
óculos enmarcados por un arco de medio punto. La del muro este muestra una
curiosa celosía con decoración geométrica a base de dos triángulos superpuestos
que forman una estrella de David calada y una cruz de ocho puntas. El arco que
la cobija es de finos billetes. El óculo del lado sur ha perdido la celosía (si
es que la tuvo) y el arco que lo envuelve presenta motivos vegetales a base de
tallos ondulantes. El paralelismo más cercano para estas labores caladas en la
piedra lo encontramos en los ventanales de Santa Coloma de Albendiego y en dos
celosías fragmentadas de Santa María de Caraceana (Soria).
Recorriendo todo el frente meridional de la
cabecera se dispone un friso escultórico muy erosionado en el que se adivina la
representación de un calendario agrícola o mensario complementado por una
escena de caza y otra de combate ecuestre. La particularidad más sobresaliente
está en el orden de representación de los meses cuya lectura no se hace de
izquierda a derecha, como es habitual, sino al contrario, es decir, de oriente
a poniente, como si se hubiese querido buscar en tal discurso la complicidad del
recorrido solar. Siguiendo este orden, el friso se inicia con el enfrentamiento
de dos jinetes a caballo pertrechados con largas lanzas. A continuación viene
una escena de montería en la que dos perros sujetan a un jabalí –uno encaramado
sobre su lomo– al tiempo que un cazador le clava su lanza y otro azuza a un
tercer can. Después de estos relieves se inicia el calendario propiamente dicho
con la representación del mes de enero muy mutilada.
Apenas se intuye lo que pudo ser un hombre
sentado ante una mesa bajo la que parece arder un fuego. Tras esta escena se
aprecia la alegoría de los meses de febrero, marzo y abril en los que el
aldeano se afana en el cuidado de sus viñas (limpiar, cavar y podar). En mayo,
época propicia para los pastos, un hombre da de comer a su caballo, y en junio
inicia las labores propias de la recolección con la escarda de los trigos.
Julio es el mes elegido para el comienzo de la siega, y agosto para el trabajo
en la era, amontonando la paja o aventando la mies con ayuda de una horca. A
continuación figura la vendimia, propia de septiembre, y después la labranza de
los campos con el campesino manejando un arado tirado por una pareja de bueyes.
Noviembre queda reservado para la matanza del cerdo y diciembre para el
trasiego del vino, faena que habitualmente se representa en octubre. El friso
continuaba con más escenas pero la construcción de la portada de la capilla
mutiló sus figuras, de las cuales sólo se adivina parte de una.
Pese al mal estado de conservación de todo el
friso, hay que hacer mención de las evidentes semejanzas iconográficas
existentes entre las escenas cinegéticas y de combate de Campisábalos con otras
casi idénticas de Santa María de Tiermes y San Pedro de Caracena, lo que vuelve
a incidir en la conexión soriana ya mencionada al describir el ábside de San
Bartolomé.
La nave de la capilla parece corresponder a una
fase constructiva diferente. El detalle del friso interrumpido por la portada y
la diferencia de altura entre ambos espacios parece confirmar esa tesis. En la
misma línea habrá que entender igualmente la disparidad de manos que ejecutan
las labores escultóricas. En planta muestra cierta divergencia de los muros,
más acusada en la parte de los pies, mientras que en el exterior es de destacar
el remate de los muros con un alero soportado por canecillos lisos, salvo uno
colocado en la esquina noroccidental en el que se representó una cabeza
antropomorfa trifacial de aspecto calavérico. En el muro de poniente se abre un
vano rectangular que todavía conserva algunos restos de su primitiva celosía
pétrea.
En la esquina suroeste se adosó un contrafuerte
en época más moderna, probablemente en el siglo XVII, tal como parece delatar
la grafía de una inscripción ilegible dispuesta en el remate del mismo.
El acceso al interior se realizaba en origen
por dos puertas, una actualmente cegada en el muro norte (tal vez comunicando
con el hospital o con la iglesia) y la principal en el lado meridional. Ésta se
abre en un cuerpo saliente (más acusado en un lado que en otro) y sigue un
esquema muy parecido al de la iglesia contigua. Se compone de cuatro
arquivoltas dispuestas sobre columnas, excepto la interior que lo hace sobre
las jambas molduradas. En su decoración están presentes los habituales boceles
y medias cañas, los motivos en zigzag y la chambrana de roleos.
Como en las portadas de la propia iglesia de
San Bartolomé y de Villacadima, el arco interior es lobulado y se decora con
rosetas inscritas en círculos, en este caso octopétalas. Los capiteles
presentan hojas finas y geometrizadas, mientras que los cimacios ofrecen
repertorios vegetales muy estilizados. Se remata con una cornisa de nacela
soportada por varios canecillos en los que se distingue a tres personajes, uno
de ellos un músico tocando un instrumento de cuerda, además de una cabeza
antropomorfa, otra de animal y una serpiente enroscada.
Ya en el interior, se aprecia claramente la
disparidad constructiva existente entre la cabecera y la nave. La primera
presenta un pronunciado presbiterio cubierto con bóveda de cañón (muy reformada
en época posterior) y un hemiciclo con bóveda de horno. Una imposta de roleos,
idéntica a la de la cornisa del ábside de la iglesia, recorre toda la cabecera
marcando el arranque de las bóvedas y enlazando con los cimacios de los
soportes.
El arco triunfal apea sobre dos parejas de
columnas de fustes muy cortos que apoyan sus basas (decoradas con arquillos
planos) sobre un banco corrido moldurado con un bocel en el arista. El capitel
del lado del Evangelio muestra en sus laterales a sendos centauros tensando el
arco para lanzar sus flechas a otros seres fantásticos que ocupan la cara
central de la cesta, en este caso una pareja de cuadrúpedos con cabeza
antropomorfa sobre los que cabalgan dos arpías o sirenas-pájaro tocadas con
caperuza.
La disposición de estas últimas recuerda mucho
a un capitel del pórtico de San Pedro de Caracena que parece haberse inspirado
en el mismo cartón, así como a otro procedente de la ermita de San Medel en
Bernuy de Porreros (Segovia). El capitel frontero, más desgastado, parece
incidir también en esta fauna fantástica de evidente signo negativo. En esta
ocasión parece tratarse de grifos afrontados y a la vez contrapuestos a otros
seres monstruosos, con tallos vegetales que los aprisionan. Para Ruiz Montejo
algunos detalles iconográficos y sobre todo las formas redondeadas de cuidada
factura remiten a uno de los escultores que trabajaron en la galería porticada
de Santa María de Tiermes (Soria), relación que ya hemos puesto de manifiesto
anteriormente.
La nave, como hemos dicho, parece corresponder
a otra campaña constructiva. Destaca por su altura, mucho más elevada que el
ábside. Se cubre con una bóveda de cañón que arranca de una imposta de tallos
anillados que albergan lises. En cada extremo de la nave se disponen arcos
fajones soportados por columnas provistas de capiteles de hojas estilizadas
rematadas en pequeños cogollos. Las más próximas al arco triunfal son dobles.
Llama la atención la colocación en la clave del primer arco fajón y en la bóveda
de unos motivos florales a modo de capullos cerrados, cuya función
desconocemos.
En la parte inferior de los muros se dispone un
banco corrido que se interrumpe a la altura de la portada principal y de otra
cegada en el lado norte.
Aunque carecemos absolutamente de datos
documentales sobre la construcción de esta capilla, el tipo y tratamiento de la
decoración escultórica parece remitir a un momento cercano al horizonte
cronológico de 1200. La fecha grabada en la iglesia soriana de Tiermes –1182–
puede servir como termino post quem para centrar la labor de un taller deudor
de la corriente escultórica de progenie burgalesa que irrumpió en estos
territorios hacia finales del siglo XII. Se trata de maestros secundarios en
los que perviven los ecos de un lenguaje plástico emanado de modelos silenses
que llega hasta aquí ya muy diluido.
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