Tierras de Sigüenza
La Tierra de Sigüenza, al norte de la provincia
de Guadalajara es la más poblada de restos románicos de toda la provincia.
Es especialmente destacable el elevado número
de galerías porticadas existentes. En efecto, al oeste y muy próximos a
Sigüenza se encuentran el gran pórtico de Carabias y la galería cegada de
Baides, y más a occidente, cerca de la serranía, el hermoso ejemplar de Pinilla
de Jadraque.
Hacia el este de la ciudad seguntina, en el
corredor entre los ríos Henares y Tajuña, se concentra la mayor colección de
galerías porticadas de Guadalajara.
A la belleza y calidad de los pórticos de
Sauca, Jodra del Pinar, Abánades y Yela, hay que sumar la galería norte de
Tortonda, de innegable belleza, a pesar de su abandono, y los restos de
Laranueva y los dos arcos de la modesta galería de Cubillas del Pinar.
Aunque no conservan pórticos románicos, hay
otros muchos restos interesantes en Pozancos, Estriégana, Palazuelos, etc.
Sigüenza
Esta población está situada en el extremo
septentrional de la provincia de Guadalajara, a unos 75 km de la capital. Es
una zona de singular belleza, salpicada de enclaves naturales como el Barranco
del río Dulce, la Hoz de Pelegrina, la fértil vega del río Henares o las faldas
de la Sierra Ministra. Aquí el paisaje recio y austero de la paramera se funde
con los accidentes geográficos provocados por sus ríos Henares y Dulce que
recorren su término de Este a Oeste dando lugar a manantiales como los de Horna
y Bujarrabal.
La presencia humana más antigua, en la villa y
sus alrededores, se hace patente en los testimonios que nos han dejado los
diferentes castros celtibéricos de la Edad del Hierro. La tradición histórica
señala el Cerro de Villavieja como lugar de asentamiento antiguo, frente a la
ciudad actual, en la otra orilla del río. Sin embargo existen otras opiniones
que apuntan a que la ciudad se levantaría en el llamado Cerro Mirón, lugar más
apropiado donde se conserva una estructura circular con pequeña barbacana junto
a restos cerámicos.
Polibio y Estrabón apuntaban que la Segontia
celtibérica perteneció a los arévacos, y Tito Livio dejó claro que se trataba
de una de las seis ciudades más importantes de este pueblo. Las primeras
noticias señalan la derrota que sufrió Catón en el 195 a.C. al enfrentarse con
su población, fracaso que le obligó a dirigirse hacia el valle del Ebro.
Si la Sigüenza celtíbera se asentaba sobre un
cerro al otro lado del río Henares, los pobladores romanos descendieron por las
faldas de estos cerros en busca de un terreno más llano junto a la vega del
río. Lo más destacado de la nueva ciudad fue su situación como punto de
confluencia de diferentes vías de comunicación. Desde aquí partía la vía hacia
Chinchilla junto con una calzada secundaria que enlazaba Termancia y Clunia. La
ruta principal y más utilizada era la que unía Emérita Augusta (Mérida) con Caesaraugusta
(Zaragoza) que proporcionaba el paso por la Segontia romana de todo tipo de
comercio y de gentes.
Como no podía ser de otra manera, a la
ocupación romana le sucedió la visigoda. En los alrededores de Sigüenza se han
encontrado diversos testimonios de esta cultura, como la necrópolis de
Palazuelos (siglo VI). Las ciudades que quedaron bajo dominio visigodo pero que
aún contaban con población hispanorromana, como era el caso de Sigüenza,
intentaron revitalizar sus sedes episcopales. Sabemos que en el año 589 asistió
al concilio de Toledo el obispo seguntino Protógenes, por lo que suponemos que
el obispado contaría con cierto poder sobre la ciudad y su comarca. La
población visigoda ocuparía la parte alta mientras que el resto de población se
establecería en lo que había sido la ciudad romana a orillas del río, junto a
la vía de comunicación. En este enclave se levantó la primitiva iglesia de
Santa María de los Huertos la cual permanece soterrada bajo lo que hoy es el
convento de las Clarisas, en el Paseo de la Alameda. Parece probable que en la
zona sur, sobre el cerro del castillo se levantara la primera torre de
vigilancia para el control visual de todo el Alto Henares y de paso dominar el
tráfico de los valles colindantes, por su posición clave en el entronque entre
los sistemas ibérico y central.
La llegada de los musulmanes no supuso para la
ciudad grandes cambios, más bien parece que se produjo una tolerancia hacia el
culto cristiano. El territorio de la actual provincia de Guadalajara formó
parte del sector central de la llamada Marca Media, apelativo que se le dio al
territorio fronterizo con los reinos cristianos del Norte que contó con
capitales como Guadalajara, Toledo y Medinaceli. La Marca Media como zona
fronteriza, alejada del poder califal y primer flanco tanto de batalla como de
defensa de Al-Andalus contra los cristianos, tuvo un carácter castrense muy
marcado. Sigüenza pertenecía a la ciudad de Medinaceli y quedó reducida a una
pequeña aldea dependiente de ésta.
La población cristiana siguió viviendo en torno
a la vega del río, en la parte baja, mientras que los musulmanes se asentaron
en la zona alta. Durante esta época se levantó la alcazaba árabe en lo que hoy
es el castillo y que por aquel entonces era una pequeña torre de vigilancia
visigoda. Podríamos afirmar que la población se ubicó en torno esta fortaleza,
donde se creó la Medina y se construyó la primitiva mezquita que más tarde se
convertiría en la iglesia de Santa Cruz.
Acerca del proceso de reconquista y repoblación
de esta zona son varias las noticias que tenemos. Hay que tener en cuenta que
Fernando I ya realizó una primera incursión en la ciudad cuando penetró por
tierras sorianas hasta Aguilera y Berlanga de Duero. Llegó entonces también a
Atienza y el valle del Henares donde tomaría La Riba de Santiuste, Huérmeces y
Sigüenza.
Mientras unos apuntan al día 22 de enero de
1124 como día exacto en que el obispo don Bernardo de Agen sitió la ciudad,
otros otorgan la primacía de la conquista a Alfonso VI. Bien es cierto que en
las fuentes de la época son tajantes al decir que fue este monarca quien
conquistó este territorio después de apoderarse de Toledo y todo su reino taifa
que incluía enclaves como Uceda, Guadalajara, Hita, Riba, Atienza, Medinaceli y
Almoguera. Si nos centramos en el norte del valle del Henares, el hecho de que
Medinaceli, de la que dependía Sigüenza, se reconquistara en estos momentos
avalaría esta teoría. Redunda en ello también una noticia extraída de un
documento de 1140 por el que Alfonso VII ampliaba el señorío con cien nuevos
pobladores que roturasen y cultivasen las nuevas tierras. En dicho escrito el
rey señala que a tempore meus avus rex alfonsus ipsam terra acquisivit,
refiriéndose a las tierras cercanas a la catedral y sin dejar duda de que fue
él quien reconquistó la ciudad.
Otra versión, como hemos dicho antes, establece
la reconquista de la ciudad el 22 de enero de 1124 por parte del obispo
Bernardo de Agen. Dos documentos muy posteriores aluden a este hecho. Uno es un
pergamino del siglo XVI conservado en el libro de fundaciones de la catedral
donde consta textualmente lo siguiente: 22 januarii- itur ad ecclesiam
Sancti Vicente quod tali die ecclesia seguntina recuperavit castrum seguntinum.
El otro es el Kalendario de 1616: 22 jaunuariiViventi et Almarii servatur in
cathedrali, in civitate, et in ploribus locis diócesis Seguntinae magna
fidelium laetitia et devotioni, et (ut traditur ab antioribus) tale die
christicolae seguntini semel iterum atque tertio acceperunt a mauris castrum et
civitatem seguntinam. Ideoque sanctum Vicentium suum venerantur patronum.
Una vez reconquistada la ciudad y pacificado el
territorio, el paso siguiente fue la creación del señorío episcopal, confirmado
por Alfonso VII en 1138: Deo et beate Marie in cujus honore fundatur
episcopales ecclesia segontie domnoque bernardo ipsius ecclesie episcopo
succesoribus suis, donno et concedo locum illum in quo predicta segontia
fundata est ecclesia cum ómnibus hereditatibus que ad ipsam pertinent ecclesia.
Al obispo se le concedía el privilegio de que sólo a él se le pagarían los
derechos de pecho, fosandera, homicidio, calumnias, quintas y todas las que
pertenecieran al poder real. Igualmente se le otorgaba cien familias de
Medinaceli, Atienza y Santiuste para la repoblación con el privilegio de que
podían conservar sus antiguas propiedades en sus lugares de origen y tendrían
beneficios de tierras en el nuevo. No sólo acudió población foránea sino
también colectivos como los mudéjares y los judíos que encontraron tranquilidad
en estas tierras.
Dos años más tarde el rey Alfonso VII ratificó
el señorío aunque con algunas modificaciones. La autoridad ya no sólo era del
obispo sino que se extendía al Cabildo de la recién creada catedral. Además se
les concedía a los súbditos el fuero de Medinaceli que dio Alfonso I el
Batallador a la ciudad en 1124.
Don Pedro Leucate, sobrino del anterior obispo,
también era de origen francés, está vez de la región del bajo Languedoc. Su
prelatura fue corta, de 1152 a 1156, año en que murió. En este corto tiempo
consiguió grandes beneficios y parece que fue el impulsor de la construcción de
la catedral. A pesar de todo la parte baja de la ciudad contaba con muy poca
población por lo que el obispo mandó bajar a pobladores del barrio alto hacia
la zona de la nueva seo. Ambos núcleos se encontraban amurallados independientemente
y él obispo ordenó construir en las cercanías de la actual plaza mayor hacia el
Oeste, desde el arquillo de la travesaña alta hasta la rinconada del peso,
teniendo como centro la iglesia de Santa Cruz.
La catedral fue el verdadero nexo de unión de
las dos Sigüenzas, si en un comienzo la iglesia de Santa María en la vega había
sido el centro de la vida, ésta perdió importancia a favor de la catedral.
Hacia el año 1169 se consagró esta última y en 1181 el cabildo abandonó la
iglesia de Santa María para morar en las residencias del claustro que ya
estaban habitables.
A fines del siglo XIII los obispos dejaron su
residencia catedralicia para instalarse en el castillo. Este traslado trajo
como consecuencia la decadencia del cabildo y una concentración de edificios
eclesiásticos en la calle mayor por ser ésta el nexo de unión entre catedral y
la fortaleza.
A comienzos del siglo XIV el obispo Simón Girón
de Cisneros (1300-1326) dotó a la catedral con una muralla por encima del
actual barrio de San Roque, pasando la Puerta del Toril y continuando por el
ábside hasta la Puerta del Campo. Más adelante Sigüenza apoyaría la causa de
los Trastámara obteniendo grandes beneficios por ello. Esto supuso, no
obstante, un duro golpe para la población judía seguntina ya que esta dinastía
se manifestó claramente antisemita, y en 1412 se ordenó su separación de los
cristianos.
Desde el siglo XVI Sigüenza contó con una
prosperidad y un crecimiento motivados tanto por la gran cantidad de
territorios con los que contaba la diócesis como por la importancia del
comerció establecido en la ciudad. Su situación estratégica entre las dos
actuales Castillas y Aragón hizo que muchos comerciantes establecieran en sus
mercados sus productos. Las rentas catedralicias y episcopales eran bastante
elevadas debido a la gran densidad de población de su diócesis.
En el siglo XVIII se produjo un hecho clave en
la historia de Sigüenza ya que la llegada de los Borbones al trono trajo
consigo una paulatina decadencia de los señoríos episcopales. La última
ratificación real del señorío seguntino vino de mano de Felipe V, el 28 de
marzo de 1737. La mayoría de los señoríos tuvieron enfrentamientos con la
monarquía, siendo Sigüenza un caso excepcional pues el obispo titular, don Juan
Díaz de la Guerra, lo cedió a la Corona voluntariamente. El padre Toribio
Minguella apunta que otro prelado, don José García, ya estuvo tentado de
realizar la cesión, aunque en aquella ocasión el concejo y el cabildo se
opusieron. En cualquier caso, ya se habían colocado las bases para un
definitivo cambio de dependencia del poder eclesiástico al civil, aspecto que
se consumó definitivamente a lo largo de la centuria siguiente.
Catedral de Santa María
Se tiene noticia de la asistencia del obispo de
Sigüenza Protógenes al célebre Concilio de Toledo del año 589. Cabe pensar que
la ciudad contaba con una tradición episcopal y el recuerdo del emplazamiento
del antiguo templo en las tierras que bordeaban el Henares cuando la ciudad fue
recuperada para la causa cristiana en 1123.
Ya había sido nombrado obispo Bernardo de Agen,
el liberador de Sigüenza, por lo que no tardó en instalarse en el valle, junto
a las ruinas de la antigua iglesia, reedificándola con ayuda de numerosas
donaciones reales, tal como recuerda Martínez Taboada. En 1138, Alfonso VII le
concedió el señorío sobre el solar que acogía el templo “y cien casados para
formar un burgo en torno a ella, confirmando este señorío en 1140 sobre todos
los que habían venido a poblarlo y dándole el fuero de Medinaceli”.
De manera preventiva, se había levantado un
muro para proteger la iglesia, así como las dependencias del Cabildo y del
obispo y ahora se construyó uno nuevo para defender el burgo. A tenor de su
restauración y ubicación, la catedral recibió el nombre de Santa María de la
Antigua o de los Huertos y desde 1144, el Cabildo estuvo formado por canónigos
regulares de San Agustín.
Dos años más tarde, el rey concedió a don
Bernardo en señorío la puebla superior y su castillo: un recinto torreado que
envolvía un gran corral o patio, en el que, si las circunstancias lo requerían,
podían encontrar refugio la población civil y sus ganados. Le guiaba al rey el
deseo de unificar la ciudad episcopal y el tejido urbano que acompañaba al
castillo. Con este propósito ordenó que una y otro tuviesen el mismo concejo,
juez y sayón.
La catedral se levantó en la ladera, en
terrenos sin habitar, a medio camino entre la zona de los huertos y el castillo
que dominaba, vigilante y orgulloso, la colina con su planta cuadrilátera y muy
extensa, alargada de Norte a Sur. Y las obras dieron comienzo en tiempos del
segundo de los obispos, don Pedro de Leucata (1152-1156). Él mandó llevar a
cabo la explanación del terreno y eligió una traza en la línea de las que había
contemplado en Francia, su país de origen: una iglesia de tres naves divididas por
pilares con medias columnas, amplio crucero marcado en planta y alzado, torres
a los pies y en los brazos del transepto y cabecera de cinco ábsides,
escalonados y paralelos: una iglesia románica de acuerdo con los proyectos
cluniacienses.
Las obras empezaron por
la cabecera, elevando los cinco ábsides, y sus capillas acogieron a San Juan
Bautista, San Agustín, San Pedro y San Pablo y Santo Tomás de Canterbury: el
central estaba dedicado a Santa María, como el templo entero. Azcárate indica
que se terminaron en 1198, cuando se quiso elevar la altura de la nave central,
introduciéndose, en consecuencia, un nuevo sistema constructivo; añade que
muestran relación con la coetánea catedral de Cuenca, en la que se emplean
bóvedas sexpartitas.
También ofrecían cinco ábsides o capillas
Tarragona, Tudela y Lérida; desaparecieron aquí los dos intermedios al hacerse
la girola y convertirse los otros en capillas.
En este sentido, Yarza matiza que las obras se
hacían tan lentamente que resultó posible un cambio de plan cerca ya del año
1200 y encaminó el edificio al estilo gótico. Tránsito no exento de
dificultades pues, junto a los preceptos de San Bernardo, se pueden contemplar
en las obras del siglo XIII elementos de la tradición románica: arcos de medio
punto en puertas y ventanas, como en la fachada de los pies, y muros de notable
grosor. Torres Balbás también llamó la atención sobre el efecto producido en el
espectador por la visión de la enorme fortaleza de los muros, pilares y bóvedas
y la elevación de su nave mayor, que alcanza una altura de 27 m –algo más alta
que la catedral de Tarragona, con el mismo grosor de los muros (3,76 m)– y una
anchura de 10 m.
La profesora Muñoz Párraga, tras un detallado
estudio del edificio y de la intervención de los obispos en la financiación de
las obras, ha establecido las distintas etapas constructivas de la catedral
desde sus inicios en tiempos de la prelatura de Pedro de Leucata. Así, desgrana
una primera fase que termina en 1170 y de la que se conservan los lienzos
inferiores del ábside central, las primeras dependencias orientales del
claustro, donde se localiza la puerta del Corralón, y los ingresos del Mercado
y de la Torre del Santísimo, en el brazo meridional del crucero. Elías Tormo,
en la guía que publicó sobre Sigüenza en 1929, al describir el claustro,
puntualiza que:
“La tercera puerta sencilla da paso al
corralón que fue la claustra pública de la comunidad canonical, en la Edad
Media; en el fondo del mismo, la puerta de hierro sustituyó a la antigua de
ingreso, en la muralla y junto a una desaparecida torre fuerte. Y a dra. al
entrar en el corralón, únicos restos arquitectónicos curiosos del edificio
monacal, primera mitad del siglo XII con las únicas figuras (canes) de toda la
catedral”.
Elías Tormo participaba de la opinión que había
sido don Bernardo de Agen, como Street pero no Pérez-Villamil, quien había
iniciado las obras de la nueva catedral. Opinión que tampoco comparte Felipe
Peces al entender que a don Bernardo le bastaba una iglesia pequeña para las
necesidades de su escasa feligresía. También precisa que el gran patio de la
claustra acogía las dependencias destinadas a servidumbres y menesteres de
almacenaje de los canónigos regulares; deteniéndose, al mismo tiempo, en el carácter
del óculo y el número e iconografía de los arquillos ciegos y las ménsulas
sobre las que se apoyan.
La segunda fase constructiva atrajo nuevos
talleres, uno de los cuales aporta la arquitectura protogótica languedociana. A
esta época corresponde el primitivo claustro –de dimensiones semejantes al
actual, pero de factura más modesta (la cubierta sería de madera labrada y
pintada)–, la sacristía, hoy capilla de los Zayas, y la sala capitular,
contigua a la anterior, donde se sustituyó la cubierta de medio cañón por una
bóveda de ojivas con dos arcos cruzados, disponiéndose los sillares de la
plementería en espina de pez y ajustados al comienzo de los nervios. Las
novedades decorativas las aportó un segundo taller en capiteles e impostas. A
esta etapa pertenece también la continuación de las obras del transepto, los
tramos más orientales de las naves norte y sur y los muros correspondientes a
estos tramos.
Además de la fecha de 1156, cuando se documenta
por primera vez la obra de la catedral al referirse a una donación temporal
hecha por el obispo don Pedro de Leucata para construir los ábsides, los
estudiosos se han fijado en la de 1169 que figura en la puerta de la torre del
Santísimo, en el ángulo sureste del transepto; en su tímpano, apoyado en
ménsulas sin decoración, se puede contemplar la representación de un Crismón
trinitario, cuya inscripción Pérez-Villamil leyó como sigue: ERA MCCVII
(1169). La fecha le hizo pensar que fue entonces cuando el templo se abrió
al culto: “no toda la iglesia, entiéndase bien, sino aquella parte capital,
es decir, la que constituía las más vivas aspiraciones de don Pedro de Leucate”.
Muñoz Párraga precisa, en todo caso, que las obras habían alcanzado ya esta
parte del transepto.
También se consideran fechas relevantes las de
1181 y 1182 pues entonces se celebran reuniones in capitulo novo, lo que da a
entender que su construcción sería reciente. Y permite deducir que los
canónigos regulares de San Agustín, orden por la que se regía el Cabildo, se
habían instalado en el nuevo edificio y el culto se celebraba de manera
habitual. La sala capitular fue descrita por Torres Balbás, en 1952, como
sigue:
“En
la nave que cierra a oriente el claustro de la catedral de Sigüenza hay una
sala rectangular de 10,30 metros por 9,65, separada por el brazo septentrional
del crucero por una pequeña estancia, destinada probablemente a sacristía. Su
emplazamiento es el de todas las salas capitulares y confirman ese destino los
dos huecos situados a uno y otro lado de la puerta, macizos hoy y frenteados
con paramento de sillería en el siglo XVI, cuando se renovó su ingreso. La
cubre una bóveda de gruesas ojivas cilíndricas arrancando del suelo, con clave
sin decorar”.
Antonio Herrera puntualiza que la bóveda de la
sala capitular es la primera hecha a imitación de las que aparecen entonces en
el norte de Francia, en Borgoña y el Poitou, con influencia del arte
cisterciense; no es el caso de la sacristía, no muy grande, cubierta con bóveda
de cañón apuntado, donde todavía se mantienen las tradiciones románicas. Otros
testimonios relevantes de la segunda mitad del siglo XII también han sido
destacados por Pedro Navascués: el ventanaje sobre la capilla del Doncel, el
muro de poniente del claustro, el que cierra un costado de la actual parroquia
de San Pedro, que perteneció a alguna de las piezas de la comunidad o al
palacio episcopal: las estrechas saeteras que iluminaban su interior así lo
ponen de manifiesto.
Y al segundo taller corresponde la decoración
del nuevo orden de vanos en el ábside central y las ménsulas con decoración
figurada: cabezas humanas y de monstruos. Y también la representación de la
trompa sur del crucero: con músicos y saltimbanquis, la mejor iconografía
juglaresca del territorio de la diócesis. Recuerdo del proyecto de cubrir el
transepto con bóvedas nervadas que apoyarían en trompas angulares. A propósito
de esta escena, Inés Ruiz detalla que las trompas españolas carecen de
decoración, salvo las de San Juan de Rabanera –Soria– y ésta de la catedral
relacionadas, además, por su deuda con el arte de Santo Domingo de Silos.
Durante los últimos años del siglo XII y primer
cuarto del siglo XIII, intervienen otros equipos que completarán el perímetro
de los muros; ahora se termina la nave de la epístola, las fachadas norte y
sur, los lienzos de la de poniente y los dos primeros cuerpos de las torres:
teniendo muy en cuenta el proyecto original y los estilos primitivos. Así se
explica el conservadurismo de las puertas de las partes bajas de la fachada
occidental. Su semejanza con las portadas de las iglesias seguntinas de Santiago
y San Vicente es manifiesta.
Fachada occidental
La reciedumbre de la fachada occidental ha sido
considerada testimonio fehaciente de la monumentalidad y grandeza del templo
seguntino. Las dos grandes y macizas torres salientes, salpicadas de
estrechísimas saeteras y coronadas por almenas, le han añadido el calificativo
de militar; respondía así, de acuerdo con Aurelio de Federico, “a su
primitiva función de templo fortaleza”, dando la impresión que esta fachada,
añade, “más bien parece la entrada de un castillo que la de una iglesia”. Y
proporcionando al conjunto un aroma de austeridad y energía.
Cabe matizar que su aspecto actual fue
completado en el siglo XIV en la torre del lado de la epístola, cuando se
sustituyó la antigua espadaña por el cuerpo de campanas; una obra que repitió
en la otra torre don Fadrique de Portugal, en el siglo XVI. Fue entonces cuando
se derribó parte de la muralla que rodeaba la catedral y se dispuso el atrio,
cerrándose con rejas y puertas de hierro en 1775, por el obispo don Francisco
Delgado Venegas, que sufragó los gastos. La jerarquía que la arquitectura de la
catedral ejercía sobre el conjunto urbano fue glosada con frecuencia, y de este
modo aparecía en La Esfera del 13 de julio de 1929:
“En el centro del caserío, que, según una
frase feliz ‘parece querer encaramarse a su altura’, la Catedral, con su
severidad mayestática, simbolizando el motivo fundamental de aquellas luchas
seculares por la fe y cobijando con su grandeza las iglesias vetustas”.
Las grandes y macizas torres salientes
encuadran la fachada, y dos sólidos contrafuertes, de enorme tamaño, la dividen
verticalmente y entre ellos tres grandes arcos ciegos, de fustes pronunciados y
esbeltos capiteles, acusan al exterior las naves a las que dan entrada puertas
de arco medio punto, descritas así por José María Quadrado:
“En las tres portadas, que separan los
estribos, triunfa también el severo semicírculo, disminuyendo gradualmente a
medida que ahonda el muro y descansando sobre columnas con capiteles de
follaje, que en la del medio como más profunda no son menos de diez y seis por
lado interpoladas grandes con pequeñas; pero una bárbara mano, o por necio
escrúpulo o por destructor capricho picó los adornos y esculturas que cubrían
los arquivoltos, y únicamente los de la portada izquierda conservan sus dibujos
de lindas hojas y lazos para hacer lamentar la desaparición de los restantes”.
Quadrado califica al rosetón de grandioso y se
lamenta, a continuación, por haber sido incluido en la fachada el bajorrelieve
con la aparición de la Virgen a San Ildefonso, y añadida la balaustrada de
piedra que facilitaba la comunicación entre las dos torres, por entender que
rompía la armonía medieval del conjunto. Lamento compartido por Aurelio de
Federico, quien recuerda que la portada central tuvo parteluz y el tímpano una
representación pictórica de la Virgen, sustituida en 1713 por la mencionada imposición
de la casulla a San Ildefonso.
Portada del mercado
La portada sur del crucero, llamada primero de
la Cadena y luego del Mercado –cubierta la septentrional por el claustro
posterior– también se vería alterada con el paso del tiempo: se le añadió un
pórtico cerrado en 1797. Su célebre rosetón, formado por calados concéntricos y
arquerías y círculos con nervios de resistencia, muy airoso y bello, ha sido
fechado en el siglo XIII. En todo caso, el pesado cuerpo levantado a instancias
del obispo don Juan Díaz de la Guerra y obra de Bernasconi, se hace muy presente.
El conjunto se completa con la torre del Santísimo, originaria atalaya militar,
de planta cuadrada y ventanas rasgadas, que también ha sufrido el cambio de
gusto que generan los tiempos.
Quadrado se ocupa más adelante del entramado
urbano que descendía de la parte alta del cerro, en torno al castillo: calles
estrechas, al amparo de la muralla, se abrieron perpendiculares a la búsqueda
de la catedral y la tierra llana. Y para atender a esta población creciente,
hubo necesidad de construir dos iglesias: Santiago y San Vicente. El parentesco
de sus portadas con las de la catedral no le pasó desapercibido.
La influencia de la labor de los obispos de
Sigüenza se aprecia también en la iglesia parroquial de Pelegrina, aldea donde
pasaban temporadas de descanso; o en Pozancos, a seis kilómetros de la sede
episcopal, cuya portada remite de nuevo a las de la catedral: por su tipología,
factura y cronología. El eco de la catedral sería centenario; Pérez Villamil,
uno de sus estudiosos más insignes, la evocaba así a fines del siglo XIX:
“¿Cuán dulces horas, llenas de profundo
entusiasmo hemos pasado [...] con la atención fija en la magnífica Catedral,
sobre todo de noche, a la luz de la luna, cuando la silueta oscura del templo,
se destaca vigorosa sobre la plateada bóveda del cielo.
Iglesia de Santiago
La iglesia de Santiago está situada a mitad de
camino de la Calle Mayor, la cual comunica la catedral con el castillo. Su
testero mira al Este y se encuentra apoyado sobre la muralla y una pequeña
cripta que le ayuda a salvar el desnivel con la calle.
Se levantó en tiempos del obispo don Cerebruno,
entre 1156 y 1164, siendo en origen una iglesia pequeña con cubierta de madera
que se reedificó a raíz de las obras de la catedral, de ahí que algunos
aspectos de su morfología remitan a esta última.
Con el paso del tiempo el templo dejó de ser
parroquia para convertirse en la iglesia del convento de Clarisas. La historia
de este cambio de titularidad vino por la cesión que el Cabildo hizo a dos
hermanas seguntinas para que la utilizaran como templo abacial. Estas dos
mujeres, María y Catalina, eran hijas de Diego de Villanuño, el cual vino a
Sigüenza como servidor del Cardenal Mendoza en 1470. Llegó a ser concejal del
Ayuntamiento y más tarde Mayordomo del Cabildo Catedralicio. Tras quedarse
huérfanas, su vida ascética creció, queriendo convertir su vivienda en
residencia monjil. Obtuvieron del Papa Adriano VI la oportuna licencia al
tiempo que el Cabildo les concedía la antigua iglesia de Santiago como capilla,
nombrando abadesa a doña María y priora a doña Catalina. En un principio eran
conocidas como “Beatas de Villanuño”, más tarde “Beatas de Santiago”
y por último, Religiosas de Santa Clara.
Nos encontramos ante una iglesia de una sola
nave dividida en seis tramos, con portada en su fachada occidental. Se completa
con cabecera de planta rectangular y espadaña adosada e inconclusa en su lienzo
norte. Pertenece a un románico tardío, de finales del siglo XII o comienzos del
XIII, y en algunos aspectos sigue las pautas de los talleres languedocianos de
la catedral, con el uso de arcos apuntados, bóvedas de crucería, columnas
pareadas en los frentes de los pilares, capiteles de acanto, etc. Su estado de
conservación es bastante preocupante, pues sufrió graves daños durante la
guerra civil que afectaron a toda su estructura.
La cabecera, de mayor altura que la nave, se
asoma por el Este a una honda barrancada. En cada muro se abre una ventana con
un esquema muy similar. La del lienzo oeste presenta dos arquivoltas de bocel y
guardapolvo de media caña. Ambas arquivoltas descansan sobre columnillas
coronadas por capiteles vegetales con hojas rematadas en volutas y bolas. Las
ventanas de los costados norte y sur repiten la misma estructura pero con una
sola arquivolta.
El muro sur se halla dentro de la casa
particular que se encuentra aneja a la iglesia. En este paramento vemos las
ventanas que en el interior se presentan abocinadas y que al exterior se
resuelven con una pequeña moldura en el arco. El vano que ilumina la cabecera
desde el mediodía se encuentra muy desfigurado, ya que hubo una construcción
que lo ocultó y acabó arruinándolo. En la actualidad se ha desmantelado esta
caseta, y la ventana conserva sus arquivoltas y capiteles aunque ha perdido los
fustes y las basas.
El acceso al interior del templo se realiza por
la portada abierta en la fachada occidental, sin duda una de las más
exuberantes y mejor trabajadas del románico de la zona. Su estructura y
decoración son muy similares a la de la cercana iglesia de San Vicente y a las
portadas de la catedral. Consta de arco de medio punto decorado con bocel que
descansa sobre dos capiteles con decoración de hojas de acanto. Al arco de
ingreso le rodean seis arquivoltas con diferente ornato: flores o estrellas
inscritas en círculos, tallos ondulantes, hojas de diferentes tipos,
entrelazos, etc. Todas ellas apoyan sobre seis pares de columnas rematadas por
capiteles semejantes a los vistos en las jambas, aunque de mejor labra. Los
fustes de las columnas no disponen de basa, descansando en un saliente del muro
cortado a bisel.
La portada cuenta además con dos añadidos
posteriores: en primer lugar, la zona del tímpano aparece decorada con una
escultura renacentista de Santiago. Por encima de la clave de la arquivolta
exterior encontramos un blasón perteneciente al obispo don Fabrique de Portugal
que reformó la iglesia en el siglo XVI. Esta fachada se remata con frontón
triangular coronado por un pequeño vano de medio punto. Bajo éste se han
dispuesto una serie de canecillos decorados con pequeños modillones.
El interior de la iglesia ofrece un aspecto
preocupante, sin pavimento y con importantes destrozos en los muros. La parte
mejor conservada, y la más interesante, es la capilla mayor. Está cubierta con
bóveda de crucería cuyos nervios laterales, decorados con triple bocel,
descansan sobre columnas acodilladas entre dos pilastras. Cada conjunto está
rematado por triple capitel decorado con hojas rematadas en bola. Otros cuatro
nervios que refuerzan la bóveda parten de las claves de cada uno de los cuatro arcos
que formas la estructura de la cabecera. Todos los nervios mueren en una clave
de factura más moderna, posiblemente barroca.
Una imposta de media caña y bocel recorre todo
el contorno de la capilla mayor, muy fragmentada en algunos tramos. La
iluminación de este espacio se consigue a través de tres ventanas, una en cada
muro, con un esquema idéntico al que muestran al exterior, es decir arco de
medio punto y arquivoltas de bocel que descansan en columnillas sobre las que
se disponen capiteles de hojas alargadas rematadas en bolas.
En la parte baja de los muros de la cabecera se
disponen parejas de arcos de medio punto ciegos cuya función exacta se
desconoce.
El paso de la cabecera a la nave se resuelve
mediante arco triunfal apuntado que descansa sobre dos pares de columnas
coronadas por sendos capiteles de hojas rematadas en cogollos. Los cimacios
muestran cintas perladas que se entrecruzan encerrando cuatripétalas
puntiagudas.
xLa nave central se divide en seis tramos
separados por arcos apuntados de piedra de nueva factura con reutilización de
algunos sillares antiguos. Se cubre con cubierta madera a dos aguas recompuesta
hace escaso tiempo. Cuenta con coro a sus pies, muy deteriorado, posiblemente
levantado durante las reformas del siglo XVI. El mal estado de los dos lienzos
laterales responde a las continuas reformas sufridas, unido también a los
estragos causados por la guerra civil. A ambos lados de la nave nos encontramos
con un verdadero caos de vanos de diferentes épocas, fundamentalmente de dos
tipos: unos, alargados y de medio punto, que pudieron ser antiguas ventanas y
otros, más anchos, situados por debajo de los anteriores y rompiéndolos, que
pudieron servir para altares o enterramientos. Algunos se encuentran reformados
al mismo tiempo que se colocó la nueva cubierta y se levantaron los arcos
formeros de la nave; otros parcial o totalmente tapiados.
Por último, hay que hacer mención de la cripta
situada bajo la cabecera, a la que se accede actualmente desde un patio anejo
que en su día perteneció al convento de Santa Clara, pero que hoy es propiedad
privada. Es de planta rectangular y se cubre con una bóveda de cañón apuntado.
Iglesia de San Vicente
La iglesia de San Vicente está enclavada en una
de las calles del medieval barrio alto de Sigüenza, junto a la plaza del
Doncel. El templo está adosado a vetustos edificios y flanqueado por estrechas
callejuelas. Antiguos documentos fechados en época del obispo don Cerebruno
(1156-1166) señalan que este templo, al igual que el de Santiago de la misma
villa, se iniciaron durante su mandato. Sin embargo el estilo de estos
edificios parece apuntar a los primeros años del siglo XIII, de tal manera que
los antiguos escritos deben referirse a pequeños templos provisionales bajo
previsión de ser sustituidos posteriormente.
El edificio es una construcción de origen
románico formada por una capilla mayor de testero plano y una sola nave.
Posteriormente, quizás entre los siglos XVI y XVII, se colocó delante de la
portada principal un gran antecuerpo a modo de arco de triunfo. El campanario
fue realizado en época moderna. Debemos de señalar que entre los siglos XVII y
XVIII el templo fue objeto de varias reformas más, como la construcción de unas
bóvedas de yeso. Sin embargo estas reformas posmedievales fueron eliminadas
durante una restauración llevada a cabo entre los años 1979 y 1990, la cual
intentó devolver al edificio su primitivo aspecto románico, de tal manera que
se sustituyeron las bóvedas de yesería por una armadura de madera, se liberaron
las tres hornacinas de la cabecera e incluso algunas columnas que estaban en
mal estado fueron sustituidas por unas nuevas que repiten el modelo de las
antiguas.
El templo presenta una fábrica de buena
sillería arenisca. Destaca el gran tamaño de su cabecera, a la que una imposta
achaflanada divide en dos cuerpos, el inferior a modo de zócalo. En su costado
septentrional se abre un gran óculo decorado con boceles, mediascañas y puntas
de diamante. En este mismo costado se alza la torre cuyo cuerpo bajo está unido
al de la cabecera y se fecha en época románica. En esta zona se abren dos
pequeñas aspilleras cuya función era iluminar la escalera de acceso al cuerpo
superior. Sobre este cuerpo románico que llega hasta el nivel de cornisas de la
cabecera se eleva un cuerpo de campanas del siglo XX.
Debemos suponer la existencia de una torre o
espadaña en época románica, ya que conserva las escaleras de acceso. La iglesia
de Santiago, que presenta la misma estructura que el templo que nos ocupa, se
culminaba con una espadaña, de tal manera que es factible pensar que al estar
realizada por los mismos canteros se pudiera rematar de igual manera. En el
lienzo pictórico de la parroquia de Torrecuadrada de Molina, en una
representación del martirio de la patrona seguntina, Santa Librada, vemos como
en el siglo XVII existía ya la torre con chapitel y remate de una gran altura.
Igualmente en una fotografía de 1905 aparece a lo lejos ya la torre actual.
El muro oriental del ábside, visible desde el
interior de un patio de una casa adosada, es muy sencillo, con un pequeño vano
compuesto por un arco de medio punto que se corresponde con un óculo interior
decorado de forma similar al descrito anteriormente. El lienzo meridional
también es muy humilde, sólo roto por una aspillera. Culmina la cabecera una
moderna cornisa de nacela.
A lo largo de toda la nave, en su flanco
meridional, se dan una serie de construcciones que no dejan ver los paramentos.
Sin embargo podemos apreciar el alero soportado por canecillos lisos y el
principio del contrafuerte situado a la mitad de la nave a cuyos lados se
desarrollan los muros de las dos pequeñas capillas interiores.
El muro norte de la iglesia se encuentra
alterado por un contrafuerte rectangular en alineación con el del muro
meridional. En este flanco destaca, a los pies, la bella portada de acceso, a
la que se llega por unas escalinatas que salvan el desnivel existente con la
calle. Está compuesta por un arco de medio punto de entrada que descansa en
jambas de aristas achaflanadas. Rodean el arco tres arquivoltas decoradas con
finos billetes, acantos afrontados y tallos ondulantes que albergan rosetas de
pétalos puntiagudos y botón central. Culmina la rosca una chambrana ornada con
puntas de diamante. La estructura apoya en tres pares de columnas acodilladas
que rematan en capiteles vegetales decorados con finos y nervados acantos de
puntas vueltas.
Esta portada está cobijada por un gran arco de
medio punto cuyo origen es fácil de explicar. Creemos que en el planteamiento
inicial del templo se pensaba cubrir la nave con bóvedas de crucería, idea que
confirman los triples haces de columnas proyectados en el interior para recibir
el apoyo de los nervios. El peso de esa cubierta iría en parte contrarrestado
por un gran contrafuerte colocado en el exterior. Cuando la nave estaba a punto
de finalizarse, se cambió el plan y en vez de construirse las bóvedas de
crucería se hizo una techumbre de manera, lo que provocó que los contrafuertes
quedaran interrumpidos a la altura de la que ahora arranca el gran arco. En el
interior se terminaron los haces de columnas pero sin su función original de
recoger los nervios. En un momento indeterminado, entre los siglos XVI o XVII,
se decidió dar un uso al antiestético contrafuerte inacabado, de modo que sobre
él levantaron el gran antecuerpo a modo de arco de triunfo.
En el costado occidental, el gran arco descansa
en una ménsula decorada con boceles. La arista del arco está achaflanada,
mientras que una moderna chambrana con puntas de diamante recorre su parte
superior. En el espacio situado entre la portada y el gran arco se dispone una
Virgen con el Niño, gótica, que apoya en una ménsula abocelada mientras un
doselete gótico cubre su parte superior. Observando en conjunto la estructura
nos vuelve a sorprender la disposición de sus elementos, pues la portada está profundamente
descentrada, pero además la escultura de la Virgen presenta una extraña
situación que no coincide con el centro de la portada ni con el del gran arco
que la cobija. Así que no descartamos que cuando se levantó el gran arco de
triunfo estuviese planeada una segunda intervención que afectase a estas
estructuras, tal como el remonte de la portada o su sustitución. Finalmente
remata el antecuerpo una cornisa de nacela sustentada por once canecillos con
la misma moldura, seguramente realizados en época posmedieval.
Un potente esquinal comunica el muro sur con el
hastial occidental, profundamente reformado, en cuya parte inferior se abre una
moderna portada que imita el estilo románico. Consta de un arco de medio punto
al que rodea una chambrana de puntas de diamante. En la parte alta está situado
un abocinado ventanal de medio punto.
Ya en el interior, la nave, cubierta con una
reciente armadura de madera, exhibe las estructuras que indican su primitivo
plan abovedado con crucerías. El hastial occidental está reforzado con dos
potentes esquinales a cuyos laterales se adosan sendos haces de tres columnas
que debieran recoger los nervios de la bóveda inicialmente proyectada. Las
columnas nacen de podios a los que continúan basas doblemente boceladas desde
las que surgen unos fustes lisos que culminan en capiteles decorados con hojas
planas y nervadas rematadas en cogollos. Sobre las cestas se disponen cimacios
moldurados con nacela, un pequeño bocel y listel. Todos los capiteles de este
hastial occidental fueron sustituidos durante los años ochenta del pasado siglo
XX.
En el centro de la nave se dispone un gran arco
fajón apuntado y doblado que descansa en dos pilastras a las que se adosan
sendas semicolumnas de gran tamaño. La pilastra y la columna meridional están
flanqueadas por otros tres pares de ellas. De este grupo únicamente la
semicolumna cuya arenisca está muy deteriorada es original, mientras que las
restantes, con capiteles incluidos, son modernas aunque manteniendo el modelo
original románico. Sin embargo son originales la pilastra y columna
septentrional, a los que flanquean dos columnas. Éstas repiten la estructura
anterior con unos capiteles de hojas planas rematadas en cogollos.
El arco fajón con sus apoyos se corresponde con
los contrafuertes exteriores, el norte utilizado para girar el gran arco que
protege la fachada. Dos esquinales más pequeños refuerzan la fusión entre los
muros de la cabecera y nave. En cada uno de los dos tramos del lienzo sur de la
nave se dispone una pequeña capilla a la que se accede desde un arco apuntado.
En la más occidental se abre una pequeña aspillera de iluminación. En la parte
superior de la nave aún quedan las marcas de la antigua bóveda de yeso que la
cubrió hasta la década de 1980. Dos sencillos arcos, de medio punto para la
occidental y rebajado para la septentrional, marcan la entrada desde las
portadas exteriores.
Permite el acceso a la cabecera un arco
triunfal apuntado protegido por una chambrana de puntas de diamante. Descansa
en un pilar con dobles columnas en los frentes y otras dos acodilladas en los
laterales. Sus capiteles repiten la estructura y ornamentación expuestas
anteriormente, aunque el cimacio rebasa la superficie de las cestas y se
convierte en imposta.
La cabecera se cubre con una bóveda de crucería
cuyos nervios, decorados con tres boceles, descansan en cuatro haces de triple
columna, cada uno situado en una esquina, repitiendo el mismo sistema que
hubiese utilizado la nave si se hubiese completado el plan inicial. Como es
habitual los capiteles siguen la estructura y decoración ya señalada de hojas
rematadas en cogollos. Los cimacios de las cestas se continúan como impostas
rodeando toda la cabecera.
En el muro oriental de la capilla mayor se
abren tres hornacinas de medio punto, la central de mayor tamaño. Con respecto
a su función, la hornacina septentrional da entrada a la escalera de caracol
que actualmente sube hasta el campanario; la central presenta función litúrgica
con un sagrario central, mientras que en la meridional se dispone una especie
de pequeña ara o sagrario en su costado norte, similar a otra que alberga el
muro norte de la cabecera. Antiguamente estas hornacinas estuvieron total o parcialmente
cegadas, y no se descubrieron y recompusieron del todo hasta la restauración de
los años ochenta del pasado siglo.
Sobre la puerta de la sacristía se encuentra
una ventana con arco de medio punto, dos arquivoltas y chambrana con puntas de
diamante. Los capiteles de las columnillas muestran acantos con cogollos en las
puntas.
En lo alto del muro oriental se dispone un gran
óculo central decorado con boceles, medias cañas y la habitual chambrana con
puntas de diamante. Similar esquema presenta el que se abre en el costado
septentrional.
La estructura inicial del templo, con una nave
rectangular que en origen se abovedaría y su cabecera cuadrangular con bóveda
de crucería, además de su decoración escultórica, está muy vinculada con la
iglesia de Santiago de la misma villa. De igual manera ambas están
profundamente emparentadas con el taller que trabajó en la catedral a finales
del siglo del siglo XII y principios del XIII.
Arquitectónicamente, la iglesia de San Vicente
responde al tipo que el historiador francés Lambert y posteriormente Camón
Aznar definieron como hispano-languedociano, término actualmente en curso de
redefinición, pero que sirve a efectos prácticos. Este modelo se caracteriza
por el uso de dobles columnas y pequeñas columnillas acodilladas que recogían
el peso de los nervios de las crucerías. Características que observamos en el
templo que nos ocupa. Las cuales también son visibles en las naves laterales de
la catedral de Sigüenza, donde también se repite el modelo de capiteles de
hojas planas rematadas en cogollos. En un margen más amplio estas mismas
características también se observan en el refectorio del monasterio soriano de
Santa María de Huerta, cuyo abad a principios del siglo XIII, Martín Muñoz de
Finojosa, fue obispo de la diócesis de Sigüenza entre 1186 y 1191. Pero además
estás mismas características también aparecen en grandes construcciones
burgalesas de patrocinio regio como son el monasterio de Santa María la Real de
las Huelgas, a la sazón panteón regio, y el Hospital del Rey. En estas
construcciones también se observan unas estructuras similares y una decoración
de capiteles de hojas vegetales rematadas en cogollos.
Es comúnmente aceptado que estos edificios
punteros, seguramente levantados por canteros procedentes del norte de Francia,
son el germen de un nuevo estilo que va a tener una gran importancia en
Castilla en las primeras décadas del siglo XIII, y del que como hemos podido
comprobar la iglesia de San Vicente de Sigüenza es descendiente directo.
Con respecto a la relación estilística de sus
motivos decorativos, ya hemos observado como sus capiteles de hojas planas
rematadas en cogollos conducen hasta los punteros edificios burgaleses, aunque
hay que señalar también que estos tipos se advierten en la iglesia de San
Martín de Molina de Aragón, que además utiliza las puntas de diamante, tan
habituales en las chambranas de nuestra iglesia, y que a su vez derivan de la
catedral, principal origen de la decoración que utiliza San Vicente, como de
manera clara señala también su portada. Estos esquemas decorativos gozaron de
gran fortuna por la comarca. Es posible que este mismo taller o seguramente
alguno más popular surgido por irradiación de la manera de hacer de éste,
trabajase en otros edificios de la zona, como podemos advertir en Pozancos,
Carabias o Jodra del Pinar, donde se repiten los motivos de finos acantos
nervados.
Saúca
Saúca es un pequeño municipio situado a 1.099 m
de altitud, a unos 72 km de la capital provincial y a tan sólo 16 km de
Sigüenza. Su superficie ocupa casi 50 km2 y tiene anexionada a la cercana aldea
de Jodra del Pinar. Por su término discurre el denominado río de Saúca, que
pocos kilómetros más allá vierte sus aguas en el río Dulce. Su territorio linda
al Norte con Estriégana, al Oeste con Alcolea del Pinar y al Sur con La
Torresaviñán. La principal vía de comunicación es la carretera nacional A-2,
que atraviesa toda la provincia de Guadalajara y desde la que se toma el desvío
para el municipio.
La reconquista de Sigüenza en el año 1124
motivó a partir de esa fecha una progresiva repoblación de todo este territorio
a lo largo de todo el siglo XII. Es en este momento cuando surge el
asentamiento de Saúca. En la Edad Media quedó incluida dentro de la Comunidad
de Villa y Tierra de Medinaceli, pasando después a la poderosa familia de La
Cerda, a la que perteneció hasta el siglo XIX.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
El pueblo de Saúca alberga una de las más
bellas y monumentales iglesias románicas de todo el norte de Guadalajara. Se
encuentra ubicada dentro del núcleo urbano, con amplios espacios abiertos a su
alrededor que facilitan su contemplación, y un pequeño jardín por su costado
meridional rodeado de un murete de piedra que acota y delimita el recinto de la
iglesia. La labor escultórica de su pórtico la relaciona, como veremos, con los
talleres seguntinos y, en concreto, Herrera Casado coloca a esta iglesia bajo
el mecenazgo del obispo don Rodrigo (1192-1221), siendo erigido por tanto este
templo en los último años del siglo XII o primer cuarto del siglo XIII.
Exteriormente se trata de un edificio de una
sola nave, cabecera cuadrada, espadaña sobre el hastial occidental, sacristía
adosada al Sur y un monumental pórtico que se extiende por los laterales
meridional y occidental de la iglesia. Las naves y la cabecera están
construidas con mampostería rejuntada con grandes cantidades de argamasa,
mientras que la sacristía, el pórtico y la espadaña se levantan con sillería en
su totalidad.
La reconstruida cabecera tiene planta cuadrada,
siguiendo quizás la primitiva traza románica, con una reaprovechada línea de
cornisa abiselada sostenida por canecillos de proa de nave. Se ha elevado
notablemente su altura y se ha construido un tejado con una caída a dos aguas.
En el lado norte se añadieron dos contrafuertes prismáticos de sillería, quizá
en el siglo XVI momento en el que se realizan diferentes obras en la iglesia,
como iremos viendo. Estas sujeciones delatan los problemas estructurales sufridos
por esta parte del edificio, teniendo hoy en día todavía el muro norte un
marcado desplome. En el lado sur se adosa la sacristía de la iglesia, de planta
rectangular.
En cuanto a la caja muraria, su altura ha sido
modificada, sobreelevada ligeramente, pero recuperando la cornisa románica. De
hecho, el muro norte conserva una línea de canecillos de proa de nave y se
abren dos ventanas cuadrangulares con posterioridad a la época románica. El
muro sur posee igualmente una línea de canes con perfil de proa de nave y,
aunque permanece totalmente enfoscado, en él encontramos la portada meridional
de acceso al templo formada por un arco de medio punto y una arquivolta, ambos
con el intradós abocelado, descansando en cimacios de perfil de caveto y jambas
lisas con la esquina matada por un bocel. La chambrana que completa el conjunto
tiene perfil de bocel y listel.
En el lado derecho de la portada se conserva
una pila aguabenditera del siglo XVI sobre fuste y basa de origen románico.
El muro occidental de la nave ha sido recrecido
para colocar sobre él una espadaña de un único cuerpo que alberga dos troneras
de arco de medio punto y un sencillo remate a piñón. Quizá pudo realizarse
durante los siglos XIV o XV, sobre los restos de otra anterior. Creemos también
que el peso de esta espadaña ha provocado problemas de estabilidad en este
muro, por lo que en el siglo XVI fue necesario apuntalarlo con un arco
arbotante que parte desde la esquina suroccidental del pórtico hacia la misma
esquina de la nave e intenta paliar estas deficiencias constructivas.
El pórtico es el elemento más interesante de
todo el edificio. Se extiende por los costados sur y oeste de la nave, algo que
se repite en Carabias, todavía en Guadalajara, o en las iglesias segovianas de
Perorrubio y Orejana, por citar sólo algunos ejemplos. Describamos primero el
lateral oeste: se compone de una pequeña entrada de arco de medio punto liso
con dos arquerías a un lado y tres a otro. Dichos arcos tienen forma de medio
punto y descansan sobre columnas pareadas de fustes monolíticos. La decoración
de los capiteles que coronan dichas columnas es de tipo vegetal, con
estilizadas hojas de acanto cuyas puntas forman pequeños cogollos que podemos
relacionar con los talleres de la catedral de Sigüenza. Los cimacios tienen un
sencillo perfil de chaflán, aunque se encuentran muy desgastados. Algunos
fustes y un capitel son de nueva factura, ya que fue necesario reponerlos
durante la restauración. Sobre esta arquería se conservan parcialmente once
canecillos de nacela, rollos y proa de barco.
Tiene su entrada principal en el lado sur por
un sencillo arco de medio punto que descansa en pares de columnas adosadas al
muro y coronadas por capiteles de tema vegetal con sencillas hojas de acanto.
La parte inferior de las columnas permanece oculta, y a un lado y otro de esta
puerta se distribuyen las arquerías, concretamente cuatro hacia el Este y cinco
hacia el Oeste. Todas tienen el mismo esquema, con arcos de medio punto que
apoyan en pares de columnas y éstas a su vez sobre un pequeño pódium elevado
unos 50 cm del suelo.
La arquería occidental es la peor conservada,
ya que a pesar de que mantiene las cestas originales románicas, los fustes y
las basas de las columnas son de nueva factura.
Estos capiteles mantienen la decoración vegetal
que ya hemos visto anteriormente y que los pone en relación con los trabajos de
la catedral seguntina. En la arquería más occidental, en líneas generales,
vuelven a aparecer los capiteles de acantos entre los que se intercalan aquí
alguna cabecita humana, pero además se incorporan dos capiteles figurados. En
el primero de ellos, situado en la esquina suroeste del pórtico, aparecen
representados, de izquierda a derecha, un asno, una figura cubierta con un pesado
manto y un ángel portando una cruz en la mano derecha del que solamente se
conserva la parte superior. Algunos autores como Ruiz Montejo, creemos que
correctamente, identifican esta escena como la burra de Balaam, (Nm, 22), en la
que se narra cómo el Ángel del Señor se aparece ante este profeta y le hace
entender su mensaje hablándole a través de su borrica. En el otro capitel
figurado se representa una sencilla Anunciación y junto a ellos la lucha entre
un león y un grifo, ambos rampantes, que para Herrera Casado simboliza “el
encuentro violento entre las pasiones y las virtudes”. En la otra cara de esta
cesta doble se tallan dos figuras bajo nimbo, con ropas talares que parecen
llevarse una mano a la cintura, mientras que con la otra sostienen una pequeña
flor. Desconocemos su significado, aunque apuntamos aquí la teoría de la
profesora Inés Ruiz Montejo que ve en esta representación “alegorías del
estado de santidad”.
El interior de la iglesia presenta un aspecto
muy sencillo, con una única nave cubierta con una armadura de madera
atirantada, colocada en la reciente restauración, mientras que la cuadrangular
cabecera lleva una bóveda de cañón enyesada. La transición entre ambos espacios
viene marcada por un gran arco triunfal de medio punto, ligeramente rebajado y
doblado, recogido por pilastras, con su frente ornado por una fila de bolas,
decoración que nos hace fechar su construcción en el siglo XVI, momento en el cual,
como ya hemos visto, se está interviniendo en otras partes de la iglesia.
Los cimacios se decoran con un fino bocel doble
que acaba desarrollándose a modo de imposta por toda la cabecera. La
iluminación directa que recibe el templo es bastante escasa, ya que solamente
una ventana cuadrangular de la cabecera, un óculo en el lado occidental y un
pequeño vano en el lado norte, bajo el coro, aportan luz al interior.
En el muro oeste, la iglesia presenta un coro a
los pies realizado en fechas recientes, aunque lo que más atrae la atención es
el arco de descarga, construido con sillería, de perfil apuntado y recogido por
pilares rectangulares, que aquí se coloca con el fin de aligerar el peso de la
espadaña, lo cual confirma nuestra teoría de los numerosos problemas de
estabilidad que ha sufrido la iglesia.
En el interior de la cabecera, en el lado sur,
encontramos la puerta adintelada que da paso a la sacristía. La construcción de
este espacio se fecha en el último cuarto del siglo XVII por una inscripción
existente sobre la puerta que dice: AÑO DE 1677. Ocupa el altar mayor un
retablo de influjo neoclásico, dividido en tres calles por columnas. Cada una
de las calles lleva una hornacina con las figuras, de izquierda a derecha, de
la Inmaculada, la Ascensión y San Blas obispo. Sobre ellas en el remate del retablo
se ubica una pequeña hornacina con una imagen reciente del Sagrado Corazón de
Jesús.
La iglesia de Saúca se trata, por tanto, de un
bello ejemplar de románico rural con el añadido de poseer un magnífico pórtico.
Sufrió algunas reformas durante el siglo XVI, debido a problemas estructurales
de la fábrica, pero se ha mantenido en un estado aceptable hasta nuestros días,
que se ha visto mejorado con la restauración del pórtico y el conjunto de la
iglesia.
La pila bautismal se encuentra ubicada bajo el
coro, en el ángulo noroeste del templo. Se trata de una pila románica de 118 cm
de diámetro y 86 cm de altura. Pie y copa se esculpen en el mismo bloque
pétreo. La copa lleva tallados una sucesión de veinte arquitos, al estilo de la
pila de Pozancos, con la embocadura externa adornada por un bocel, de igual
modo que se decora el pie de la misma.
Carabias
Es una pequeña población situada en la ladera
de la llamada Cuesta de los Yesares, a unos 1.010 m de altitud. Dista de la
capital unos 70 km, desde donde se toma la A-2 dirección Sigüenza; una vez allí
encontramos el desvío de Carabias por la carretera de Atienza. La iglesia de
San Salvador se alza junto a la carretera, en la parte baja del pueblo.
Carabias atesora un pasado celtibérico
determinado por el hallazgo de una necrópolis conocida como “El Tesoro“,
fechada entre los siglos VII al III a. C. En esta necrópolis han sido
encontradas varias fíbulas, broches de cinturón, pulseras, espadas y puñales.
Con ello, debemos suponer un asentamiento celtibérico cercano a estas tierras,
Ures, Palazuelos, Guijosa y gran parte del Valle del Henares.
Con relación al medievo pocas noticias
documentales encontramos acerca de Carabias, que seguramente participaría de
los convulsos acontecimientos históricos aquí desarrollados entre los siglos X
y XI, cuando era zona de litigios entre musulmanes y cristianos. En torno al
año 1124, fecha definitiva de la reconquista de Sigüenza, esta zona comenzaría
a ser repoblada, originándose pequeñas poblaciones que más adelante se
organizarían en las Comunidades de Villa y Tierra. En un primer momento
Carabias quedó incluida dentro del Común de Atienza, para posteriormente pasar
al Señorío Episcopal de Sigüenza, donde permaneció hasta mediados del siglo
XIV, cuando pasó a formar parte de la Casa de los Mendoza y, finalmente, a la
rama de los duques de Pastrana.
Iglesia del Salvador o la
Transfiguración del Señor
Es un edificio originalmente del siglo XIII, de
estilo románico, aunque con modificaciones en planta de siglos posteriores. Se
compone de una nave rectangular, cabecera cuadrangular y está rodeado por un
pórtico. Ésta es una estructura muy habitual en los edificios de la Guadalajara
de principios del siglo XIII, pues observamos conjuntos muy similares en San
Bartolomé de Atienza, Pinilla de Jadraque, Romanillos de Atienza, Baides y
Jodra del Pinar.
Completa la estructura una torre adosada a la
cabecera y un gran pórtico que rodea la nave por sus lados sur y oeste. Hasta
hace algunos años una sacristía estaba adosada a la parte oriental de la torre.
La secuencia constructiva del edificio comienza en época románica, cuando se
eleva un edificio de una cabecera semicircular o cuadrada y una nave
rectangular a la que rodea un pórtico por sus lados sur y oeste.
1.
Pórtico Sur; acceso al templo.
2.
Nave.
3.
Presbiterio (Ábside).
4.
Torre-campanario.
5.
Coro elevado y pila bautismal.
6.
Sacristía.
7.
Pórtico oeste.
8.
Galería porticada.
9.
Marcas de
cantería.
De este momento únicamente se conserva el pórtico y las dos portadas que daban acceso al interior de la nave. A finales del siglo XVI o en el XVII se lleva a cabo una drástica transformación del edificio. En primer lugar se sustituyen tanto la cabecera como la nave, esta última seguramente manteniendo las dimensiones de la primitiva. En un segundo momento se alza, junto a la cabecera, una gran torre campanario, que plantea muchas dudas constructivas, pues no podemos descartar la existencia de una antigua torre o espadaña en este mismo lugar, cuyos vestigios pudieron ser utilizados en la actual. Posteriormente se adosó una sacristía al frente de la torre y la galería fue cerrada cegándose sus arquerías. Durante una restauración reciente se volvieron a abrir las arquerías y se eliminó la sacristía.
Al exterior encontramos una sencilla cabecera
encalada, ejecutada en mampostería con sillares que refuerzan las esquinas. Una
sencilla ventana cuadrada se abre en el costado meridional. Corona el ábside
una cornisa con moldura de gola. Al sur de la cabecera se adosa una potente
torre-campanario.
Presenta planta cuadrangular y fábrica de
sillería. En su parte inferior se abre un gran arco apuntado que atraviesa, a
modo de pequeño pasillo abovedado, todo el espacio de la torre para comunicar
con la antigua entrada oriental del pórtico.
En el interior de este pasillo se conserva un
vano rectangular cegado que tal vez pudo comunicar este espacio con el interior
de la nave, o más probablemente con la escalera de acceso al cuerpo de
campanas, al que actualmente se llega desde una puerta situada en el interior
de la cabecera. Sobre este pasillo se eleva el restante cuerpo de la torre,
macizo, hasta culminar en el cuerpo de campanas, el cual abre cuatro troneras
semicirculares, dos situadas en el muro oeste y otras dos en el este, de las cuales
la derecha presenta mayor luz. La torre se culmina por una cornisa achaflanada
que apoya en varios canecillos de nacela, seguramente reutilizados de época
románica, aunque no es extraño que fuesen realizados en el momento de la
construcción de la torre. Un contrafuerte prismático situado en el costado
septentrional separa la cabecera de la nave, la cual utiliza mampostería, con
sillería para reforzar los ángulos. Está encalada al igual que la cabecera. Una
imposta achaflanada divide el lienzo norte en dos cuerpos, el inferior
utilizado como podio.
Dos portadas se abren a la nave, la primera y
más sencilla está situada en el hastial occidental y se compone de un arco de
medio punto que descansa en una pareja de jambas coronadas en cimacios. La
segunda portada se sitúa en el centro del muro meridional, está organizada
mediante un arco de medio punto de entrada, cuya arista se decora con un bocel
sogueado, al que rodean dos arquivoltas ornadas con un entrelazo de tallos
vegetales, la inferior, y un bocel, la superior.
Esta estructura descansa en jambas y en una
pareja de columnas de fustes lisos que culminan en unos deteriorados capiteles
que muestran, a la izquierda, unos toscos motivos vegetales entrelazados con
dos cabezas animales en la parte superior, y, a la derecha, muy estropeados, lo
que parecen dos cuadrúpedos, posiblemente afrontados, sobre los que se sitúan
tres máscaras antropomorfas. Coronan los capiteles y las jambas unos cimacios
con una decoración de rosetas inscritas en círculos. La nave se culmina en una
cornisa con moldura de gola bajo la cual se abren cinco sencillas ventanas
rectangulares, dos en el muro norte, dos en el sur y una en el oeste.
La parte más interesante de la iglesia de
Carabias es sin ninguna duda la galería porticada. Está realizada con sillería,
y son visibles algunas reformas posteriores.
El pórtico se compone de un podio desde donde
nacen varias arquerías de medio punto que descansan en una pareja de columnas
coronadas por capiteles dobles con temática vegetal. La galería sur está
organizada por dos series de siete arcos separadas por un gran machón central,
mientras que la galería oeste se compone de seis arcadas, una de ellas
utilizada como acceso al pórtico. La arquería de entrada está compuesta, como
es norma general en todas las demás arquerías, por un arco de medio punto que
apoya en dobles columnas que nacen del podio, en este caso roto para permitir
el acceso, al que se añade unas escaleras para salvar el desnivel de terreno
existente entre el suelo y el firme del atrio.
Los ángulos del pórtico están reforzados por
grandes machones macizos. Las columnas están formadas por una basa que nace de
plinto rectangular, moldurada por un gran cuarto de bocel con lengüetas en las
esquinas, una media caña y un bocel. A continuación se desarrolla un fuste liso
que, a través de un nuevo bocel, se comunica con el capitel cuya parte superior
está fusionada con la de su compañero, que descansa en un nuevo fuste. Por lo
tanto los capiteles son dobles y de una pieza. Sobre los capiteles se disponen
unos cimacios con moldura de listel y mediacaña que sobrepasan los límites del
capitel, convirtiéndose en una imposta que rodea toda la galería. Otras dos
entradas se sitúan en los extremos del pórtico, la más cercana a la cabecera
estuvo tapiada durante muchos años. Actualmente ha recuperado su función
primitiva de permitir el paso al pórtico gracias a la apertura de un pasillo en
la parte inferior de la torre, la cual se adosa al pórtico por este lado.
La tercera puerta de acceso al pórtico, que se
sitúa en el extremo septentrional de la galería oeste, también utiliza unas
escaleras para salvar el desnivel existente entre el suelo y el firme del
pórtico. Estas puertas de ingreso, como las demás arquerías del pórtico,
repiten la estructura comentada anteriormente. Es extraño e interesante el
hecho de que no exista ninguna entrada en la galería sur, peculiaridad que la
hace excepcional con respecto a las demás galerías de la zona, más aún cuando
suponemos que la portada principal de acceso al templo sí presentaba esa
orientación. De todas maneras juzgamos que las tres entradas eran suficientes
para permitir un cómodo acceso al templo. Al interior de la galería todas las
arquerías están protegidas por un guardapolvo corrido, moldurado con una
mediacaña, motivo que no aparece al exterior. El pórtico se remata por una
deteriorada cornisa con moldura de mediacaña que apoya en varios sencillos
canecillos de nacela. En las zonas en que este tipo de cornisa ha desaparecido
se utiliza una moderna cornisa de gola. Finalmente el pórtico, más bajo que el
nivel de la nave, se cubre con un techumbre de madera a un agua.
Con respecto a la decoración que encontramos en
los capiteles de la galería porticada, la totalidad de las cestas presentan
motivos vegetales, la mayoría de ellas formadas por finas hojas de acanto,
algunas rematadas en bolas, idéntica decoración a la que encontramos en los
pórticos de Saúca y Jodra del Pinar, y en la portada de Pozancos. Esta
decoración deriva del tercer taller de canteros que trabajaron, a principios
del siglo XIII, en la Seo seguntina, los cuales levantaron las portadas de la
fachada occidental, además de trabajar en las iglesias de San Vicente y
Santiago. De tal manera que los canteros que trabajaron en estas iglesias se
formaron en este taller que surgió alrededor de la Catedral.
Además del tipo decorativo anteriormente
comentado, aparecen otros modelos más sencillos, como hojas planas con los
extremos vueltos o rematados en bolas, realizados por los mismos canteros. Como
punto final, no podemos olvidar las vicisitudes históricas que ha experimentado
el pórtico, que fue cegado en un momento indeterminado. Hace algunos años una
importante restauración intentó devolverlo a su estado original. Durante la
rehabilitación se descubrió el mal estado de algunas columnas, así que se optó
por sustituir ciertas partes. De tal manera que en algunas arquerías
encontramos basas, fustes, capiteles, cornisas y canecillos, que repiten los
motivos románicos, colocados ex-novo durante la restauración.
Ya en el interior, tanto nave como cabecera
están encaladas, con la excepción del arco del triunfo y parte de una hornacina
abierta en el costado meridional. La nave se cubre con una armadura de madera
de parhilera. Preside el altar mayor un tosco retablo barroco del siglo XVIII,
que está cobijado por una pequeña hornacina organizada por un arco de medio
punto con casetones decorados por florones, al igual que en la clave. El arco
descansa en una pareja de pilastras también ornadas con florones y rematadas en
cimacios. Bajo el coro se disponen dos modernas estancias, una utilizada como
trastero y acceso al coro, mientras que la segunda hace las veces de sacristía.
En el lienzo meridional de la nave se dispone un pequeño antecuerpo que se
adelanta a la nave, en cuyo centro se abre una hornacina compuesta por un arco
rebajado, que se decora con un bocel, una mediacaña y un listel. En su interior
se cobijan dos tallas de Cristo Crucificado.
La decoración de este conjunto, aunque puede
recordar a la ornamentación románica, pensamos que data de fines del XVI o
principio del XVII, momento en que se reforman la nave y la cabecera.
A los pies del templo se ubica una pila
bautismal románica. Su copa es semiesférica, de 117 cm de diámetro por 53 cm de
altura, sobre basamento de 31 cm de alto. Dos podios circulares dan paso a la
basa, con la misma forma, sobre la que se desarrolla la copa que muestra al
exterior ocho grandes gallones. En el interior tiene ligera decoración de
veneras y unos finos boceles que marcan el arranque de los gallones exteriores.
Es similar a la pila de Cereceda, de abultados gallones y de grandes
proporciones. Junto a la portada de entrada se sitúa una pila aguabenditera. Su
copa es semiesférica y lisa, de 39 cm de diámetro y 21 cm de altura.
Jodra del Pinar
Jodra del Pinar es una pequeña aldea situada al
noroeste de la provincia de Guadalajara. Se encuentra a 78 km de la capital y
muy próxima a Sigüenza. Se accede desde la capital por la A-2, y a su paso por
Saúca se toma el desvío que nos conducirá a este pequeño municipio. Discurre
entre sus amplias tierras el río Dulce, formando de Noreste a Suroeste un
extenso Parque Natural cuya etimología se refleja en el propio nombre, que
procede del celta Odra, significado del agua, al que se le añade el complemento
del Pinar por los extensos pinares de la zona que continúan hasta la propia
Sigüenza. La corriente hidrográfica más importante que discurre por su término
es el río Dulce, que forma un bello y extenso páramo apto para las labores
agrícolas y que se extiende hasta la vecina Saúca.
Tras la reconquista de Sigüenza en 1124 y su
repoblación en 1138, los terrenos que podemos denominar su alfoz comienzan una
lenta pero progresiva repoblación que se desarrolla durante la segunda mitad
del siglo XII y todo el siglo XIII. Es en este momento cuando se produce el
asentamiento poblacional en Jodra, atendiendo quizás a la riqueza agraria de su
territorio, del que se favoreció el señorío de Sigüenza donde acopiaron
numerosas tierras de cultivo. Más tarde quedó incluido dentro de la Comunidad de
Villa y Tierra de Medinaceli, alcanzando la línea del Tajo, y convirtiéndose,
junto con el de Atienza, en uno de los alfoces más extensos e importantes,
aunque en lo referido al tema eclesiástico siempre estuvo vinculado a la
Episcopalía de Sigüenza, como la mayoría de los núcleos que fueron repoblándose
en la amplia comarca seguntina. Posteriormente formó parte del Señorío de la
Cerda y del Ducado de Medinaceli durante los siglos siguientes. Ya en el siglo
XIX quedó como villa independiente de dicho señorío, y en la actualidad es
pedanía de Saúca, siendo un núcleo poblacional muy escaso.
Iglesia de San Juan Bautista
Situada en la parte más oriental del pueblo y
asentada en la ladera de una pequeña colina, la iglesia de Jodra del Pinar
constituye un bello ejemplo del románico rural de Guadalajara. Su construcción
puede fecharse a finales del siglo XII o más correctamente durante el primer
cuarto del siglo XIII. Se trata de un templo de una sola nave, como es habitual
en este tipo de iglesias rurales, con cabecera semicircular, espadaña a los
pies y sacristía y pórtico adosados en el lado sur. Los materiales empleados en
su construcción son fundamentalmente la mampostería y la sillería de caliza y
arenisca de tono rojizo, utilizada sobre toda en las esquinas, cornisas,
ventanas, portada y pórtico.
El ábside semicircular liso está animado
únicamente por una ventana de pequeño formato, abierta en su eje central,
construida con sillería de tonos grisáceos, de tipo saetera y con abocinamiento
interno. La colocación de un retablo en el ábside provocó el cerramiento de
esta saetera y la apertura de un pequeño vano cuadrangular en el muro sur del
presbiterio. Es interesante la colección de canecillos que sostienen la
cornisa, en la que se alternan los canes de proa de nave con los modillones de
rollos.
Los muros norte y sur presentan una misma
tipología, levantados en mampostería con sillares en las esquinas, al igual que
la cabecera, y con una fila bien conservada de canecillos de rollos, en número
total de trece, para la nave norte, y quince en la nave sur.
En la parte central de este mismo muro se abre
la portada de acceso al templo, precedida de una pequeña escalinata. Se
resuelve mediante tres arquivoltas de baquetones y nacelas, y un arco interior
de medio punto liso y dovelado que descansa sobre las jambas. El resto de
arquivoltas apoyan sobre capiteles muy sencillos de decoración foliácea, y
están recogidas por columnas de fuste liso.La primera de ellas tiene su intradós decorado
por un grueso baquetón, mientras que en las dos más exteriores se emplean,
respectivamente, grupos de tres y cuatro delgados boceles. Las arquivoltas son
recogidas por tres columnas acodilladas sobre basamento de sillería, con fustes
monolíticos y capiteles lisos con decoración de bolas en las esquinas. El resto
de la ornamentación escultórica es muy sencilla: un guardapolvo con perfil de
nacela protege la entrada, mientras que una imposta achaflanada recorre toda la
portada a la altura del cimacio.
En el muro occidental de la iglesia se
encuentra la espadaña, cuya parte superior ha sido reconstruida en varias
fases. Primeramente, en el siglo XVII o XVIII se ha realizado la espadaña
actual, muy sencilla, con dos troneras de arco de medio punto que albergan las
campanas (fechadas en 1777 y 2000). Posteriormente esta espadaña pasó a
convertirse en torre, ampliándose hacia el Este y cerrándose por los costados
meridional y septentrional.
Aunque sin duda lo más destacable es el pórtico
situado en la panda meridional del templo, adosado a la nave de la epístola
protegiendo la portada principal.
Tiene similitudes con las galerías porticadas
de la zona, de las que recibe influencias, Carabias, Cubillas del Pinar,
Abánades y, sobre todo, Saúca, la más cercana. Tanto la estructura del pórtico,
con aperturas en dos de sus lados, como la utilización de los materiales, el
uso de canecillos, capiteles en las arcadas, son influencias que se deben a la
cercanía de estos templos porticados, tan abundantes en la comarca seguntina.
Recientemente restaurado, se le ha devuelto su
esplendor original eliminando todos los restos que cegaban los arcos del
pórtico y descubriéndose parte del basamento que había quedado oculto por el
terreno que rodea a la iglesia, por lo que ahora puede observarse en un estado
casi primigenio. Tan sólo parece haberse realizado una pequeña reconstrucción
del muro que se encuentra sobre la entrada oeste, que afectó también a dos
canecillos del alero sur. Se encuentra construido todo él en buena sillería, de
tonos grisáceos la parte inferior, mientras que los sillares de la parte
superior presentan una tonalidad más rojiza por el material de arenisca
utilizado, abundante en la zona.
La entrada principal está ubicada en el lado
sur, enfrentada a la portada de ingreso, formada por un sencillo arco de medio
punto que descansa en jambas lisas muy desgastadas; a un lado y otro se
disponen dos arquerías de medio punto sobre un pequeño pódium, recogidas por
pares de columnas de fustes lisos monolíticos con capiteles de decoración
vegetal, a base de hojas de acanto finamente talladas, que también pueden verse
en cestas del pórtico de Carabias o en la puerta meridional de la iglesia de
Pozancos, iglesias todas ellas vinculadas con el taller de la catedral
seguntina. Tan sólo uno de estos capiteles presenta una decoración vegetal algo
diferente, con grandes hojas puntiagudas de talla plana, con nervio central
marcado y con las puntas vueltas formando pequeños crochets, muy similar, por
cierto, a cestas que encontramos en la portada meridional de la iglesia de
Pelegrina.
El pórtico presenta otras dos entradas ubicadas
en los laterales este y oeste. Una de ellas, la oriental, permanece cegada, ya
que en este punto se adosó la sacristía de la iglesia. Tiene forma de arco de
medio punto apoyado en jambas prismáticas lisas y con cimacio de nacela. La
entrada occidental también ha sido descubierta, y se puede observar un arco de
medio punto recogido por jambas lisas y una imposta de nacela a la altura del
cimacio, que partiendo de aquí recorre el pórtico, tanto interior como exteriormente.
Esta entrada se completa con una chambrana de perfil de caveto, existente
solamente en la cara interna del arco. Finalmente, apuntamos como, al igual que
la cabecera y la nave, el pórtico conserva prácticamente entera la colección de
canecillos que sostienen la cornisa, en este caso con perfil de proa de nave.
El interior sigue una tipología muy repetida en
iglesias rurales románicas, cuyos interiores son muy sobrios y sencillos.
Durante su larga historia se han ido provocando modificaciones del estilo
original, por este motivo se observa cómo se han ido abriendo huecos en los
muros de la nave para colocar altares de épocas posteriores. En el lado norte
de la nave encontramos, embutido en el muro, el remate de un retablo barroco,
del siglo XVIII, con policromía verde y azul y adornado con rocalla. Lo adorna
una hornacina central, hoy ocupada por una pequeña imagen de porcelana de la
Virgen.
La nave se cubre con cubierta de madera a dos
aguas, apoyándose en dos arcos fajones apuntados que la dividen en tres tramos.
El paso de la nave a la cabecera se realiza a través de un arco triunfal
apuntado doblado, recogido por pilastras lisas cuya única decoración reside en
el cimacio de perfil achaflanado que se convierte en una línea de imposta que
acaba extendiéndose por todo el presbiterio y el ábside. La cabecera se
encuentra cubierta por una bóveda de horno para el ábside y una bóveda de cañón
para el presbiterio.
En la parte inferior del ábside se conserva un
diminuto retablo de reminiscencias barrocas, quizás de finales del siglo XVIII,
con una hornacina central flanqueada por dos estípites en la que figura una
pequeña imagen de San Juan Bautista niño.
En el muro sur, tanto de la nave como del
presbiterio, se abren tres pequeños y estrechos vanos que otorgan luminosidad
al interior. La iglesia presenta un coqueto coro a los pies donde se sitúa la
escalera para acceder a la espadaña y también un arco de descarga de medio
punto rebajado, construido probablemente para aligerar el peso de la
torre-espadaña. La entrada a la sacristía se efectúa por un pequeño arco
escarzano rebajado y moldurado que da paso a una estancia cuadrangular, añadida
a la iglesia en el siglo XVIII, que actualmente se encuentra casi vacía y a la
cual se le ha colocado un tejado nuevo en fechas recientes.
A los pies de la nave, bajo el coro, se
habilita una pequeña estancia cuadrada donde se ubica la pila bautismal de
traza románica. Tiene unas dimensiones de 90 cm de diámetro y 75 cm de altura,
copa troncocónica lisa y un bocel en la embocadura exterior.
Románico en el Señorío de Molina de
Aragón
El antiguo Señorío de Molina de Aragón se
encuentra en el vértice nororiental de la provincia de Guadalajara.
Algo que es destacable del románico del Señorío
de Molina de Aragón es el contraste entre las buenas formas y la sabiduría del
templo de Santa Clara de la propia villa con el carácter rural de los templos
románicos de su comarca.
No debemos, sin embargo, despreciar este
románico rural, pues nos ofrece una serie de construcciones, algunas veces muy
parciales, de gran encanto y belleza como la ermita de Santa Catalina de
Hinojosa, o las puertas de Labros, Tartanedo y Rueda de la Sierra.
Molina de Aragón
La ciudad de Molina de Aragón se encuentra al
sureste de la provincia de Guadalajara a unos 140 km. Se accede desde la
capital por la A-2, continuando por la N-211 hasta llegar a la ciudad. Está
situada en las márgenes del río Gallo, en la falda de una colina y a una
altitud de 1.067 m sobre el nivel del mar. Molina es la capital de la comarca
del Señorío de Molina, que ocupa una superficie de unos 3.000 km2 a lo largo de
todo el páramo.
La historia de Molina se remonta a época muy
antigua, aunque nada de su ocupación ha llegado a nuestros días; sí podemos
decir que fue con la llegada de los celtíberos cuando se empezaron a asentar
por estas tierras pueblos como los lusones, titos, arévacos, de los que se han
descubierto yacimientos arqueológicos en las zonas de Tartanedo y La Yunta,
datadas en el siglo VII a.C. La dominación romana de la zona llegaría sobre el
siglo II a.C. Algunos historiadores quieren ver en Manlia el antiguo asentamiento
de lo que hoy sería Molina, situada junto al cercano pueblo de Rillo de Gallo,
según aparece en antiguas crónicas latinas. Tras la dominación romana, tiene
lugar en la península la invasión de las tribus germánicas en los siglos V al
VII, que supone un período de transición entre la Hispania Romana y los tiempos
de la dominación musulmana.
Los visigodos, una vez cruzado el río Ebro y
bajando por Aragón, llegan hasta el territorio molinés y se establecen aquí,
imponiéndose por la fuerza ante los reductos de las poblaciones celtíberas
indígenas poco romanizadas, llegando incluso a fundar ciudades de gran
importancia como Recópolis, al sur de la provincia, en el año 578.
A mediados del siglo VII empiezan a llegar a la
península las primeras tribus musulmanas, los bereberes. Comienza entonces el
dominio árabe. El señorío de Molina era un territorio casi despoblado, con
escasas fortificaciones y algunos asentamientos en las zonas más fértiles,
cercanas a los ríos, como el Gallo en Molina. En el momento en que se
desmiembra el Califato de Córdoba en el año 1031, se crean los reinos de
taifas, que eran territorios independientes de tamaño muy variable, como
ocurría con la Taifa de Molina. La debilidad de estos reinos taifas trajo una
inestabilidad en el poder de la península que favoreció la reconquista a los
reyes cristianos.
En el año 1129, Molina fue reconquistada a los
árabes por el rey de Aragón Alfonso I, llamado el Batallador. Tras reconquistar
toda la región cercana a Molina, Calatayud, Daroca, Teruel, y ser zonas
totalmente despobladas, el rey Alfonso I cedió este territorio a la corona de
Castilla, en manos de su esposa doña Urraca, para que fuese repoblado y
reconstruido. Al ser Molina un lugar fronterizo entre la corona de Castilla y
la de Aragón, el hijo de doña Urraca, Alfonso VII el emperador, entregó en
señorío toda Molina a su cortesano don Manrique o Amarilco, que creará un
pequeño estado propio, con una organización política muy singular.
Don Manrique comenzará a repoblar estas tierras
y pondrá en marcha un sistema de gobierno en todo el Señorío mediante la
concesión de un fuero dictado en 1154 y que durante casi dos siglos sirvió de
modelo territorial y de convivencia a las gentes de Molina y del Señorío. Al
ser un Señorío de Behetría, el gobierno le correspondía a un miembro de la
familia condal de los Lara, pero no de carácter hereditario, sino que los
súbditos mediante votación decidían al sucesor en el Señorío. Llegó a tener
hasta seis sucesiones o señores, siendo la última la de María de Molina, que
casó con Sancho IV, rey de Castilla, pasando por tanto definitivamente el
título de Señor de Molina al rey de Castilla en 1293.
En el año 1134 fue instituido el Señorío de
Molina, que pasó a ser independiente de la corona de Castilla. De 1138 a 1144
debió de llevarse a cabo la reconstrucción y repoblación de Molina y su
señorío. Comenzó entonces la repoblación de la ciudad con gentes venidas de las
tierras de Soria, Navarra, Aragón y también de Francia, de la Aquitania, de
donde Ermesinda, esposa de don Manrique, era originaria. Remodelando la ciudad
según las exigencias señoriales, se amplió el cinturón amurallado que dejaron los
árabes, continuándolo hasta el río Gallo. Se reconstruyó y amplió el castillo y
se empezaron a levantar edificios nobles y templos religiosos, como el de San
Martín.
Se creó el cabildo eclesiástico, teniendo como
principal figura a don Juan Sardón, francés y natural de Narbona, que fue a su
vez primer abad de la iglesia de San Martín. Esta institución fue creada para
organizar el clero en todo el señorío, y tenía su sede en Molina. El cabildo
eclesiástico tuvo sus propios estatutos, aunque de las primeras constituciones
no queda apenas documentación, sólo se sabe, según cita Pérez Fuertes, de la
obligatoriedad de ser natural de Molina y ser bautizados en la villa o lugares
del arciprestazgo.
La primitiva sociedad molinesa se organizó
según disponía el fuero de don Manrique. A los pocos años de la instauración
del sistema señorial, se empezó a repoblar con gentes venidas de regiones
cercanas, debido a las facilidades que otorgaba don Manrique Lara en el Fuero,
a través del cual se concedían privilegios y facilidades a quienes lo poblaran:
fallé un logar desierto mucho antiguo e yo quiero que seya poblado e allí
dios fielmente rogado e loado.
El gobierno de las tierras y los asuntos
judiciales estaban en manos de los representantes del pueblo. Esta estructura
foral corresponde a lo que en Castilla es una Comunidad de Villa y Tierra, que
se dedicaba al aprovechamiento comunal de pastos y montes para todos los
habitantes del señorío. Para poder llevar a cabo la organización y el control
de todas las tierras de Señorío, se creó un sistema territorial por el cual se
dividía el terreno en sexmas o partes, aunque en Castilla fueron seis, de ahí
su nombre, en Molina solo fueron cuatro sexmas, radicando su capital en Molina,
donde vivía el señor y de donde se aglutinaba todo el poder administrativo,
judicial y ejecutivo. Cada sexma era controlada por un sexmero que nombraba el
señor y que se ocupaba de administrarla; las cuatro que había eran: la sexma
del Campo, El Sabinar, El Pedregal y la Sierra. Cada una se dividía a su vez en
veintenas, que eran, lógicamente, veinte demarcaciones o municipios que
abarcaban una cierta igualdad en el territorio.
Para poder organizar mejor el señorío, cada
veintena o municipio se dividía en quiñones, que eran la quinta parte de un
término municipal, y éste era ocupado por un cargo creado a tal efecto, el de
quintanero, que tenían por obligación vigilar y controlar esa parte de tierra
que se le encomendaba. Cada quintanero controlaba una parte similar a la de
otros en cada municipio, pues tenían una parte de prado, otra de sierra, otra
de cultivo, etc.
Este sistema de organización, llevado a cabo en
Molina, facilitó que el poderío del señorío perdurara durante siglo y medio,
controlando la repoblación, la roturación de tierras, el pastoreo y la
prosperidad de las gentes que vinieron a repoblar estas tierras yermas.
Los momentos de mayor esplendor que vivió
Molina fueron en los siglos XVI y XVII, en que acudieron allí numerosas
familias hidalgas de Aragón y el norte de España, fue entonces cuando se
construyeron palacios, casas señoriales, edificios religiosos de nueva planta.
La economía y la explotación del ganado en todas sus facetas (lana, carne...)
hizo llegar a la ciudad a una nueva clase social emprendedora que relanzó su
importancia dentro del país. Este esplendor contrasta con épocas posteriores en
que la ciudad se vio sitiada y envuelta en de un proceso de guerras: la Guerra
de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII y la Guerra de la Independencia, en
1810, en la que la ciudad fue devastada. Y luchas internas por el control del
país, como las guerras entre carlistas y liberales, en la segunda mitad del
siglo XIX, y la guerra civil española en el XX, en la que Molina de Aragón no
sufrió grandes daños por estar situada en punto estratégico fuera de la
contienda civil.
Iglesia de Santa Clara
La iglesia de Santa Clara se erige en lo alto
del Señorío, justo a los pies del comienzo del tramo de murallas de la
fortaleza molinense. Forma parte del convento de la Clarisas, actuando como
iglesia conventual. En la documentación con la que contamos, la iglesia del
convento de Santa Clara aparece como una parroquia de la Concepción que fue
patrocinada por don Pero Gómez, pariente y mayordomo de doña Blanca, señora de
Molina en el siglo XIII. Doña Blanca fue la quinta señora de Molina y del valle
del Mesa, heredó el señorío en el 1262 por parte de su padre el infante don
Alfonso, hijo de Alfonso IX y hermano de Fernando III El Santo. A su muerte
dejó el señorío a su hermana María, que, al estar casada con Sancho IV de
Castilla, hizo que el territorio de Molina y su señorío pasaran a ser un título
más de la corona.
Doña Blanca de Molina, que según cuentan los
antiguos cronistas contaba con virtudes como la valentía y la bondad, levantó
iglesias y monasterios por todo el señorío. Prueba de ello es la iglesia de San
Francisco de Molina, a orillas del Río Gallo, donde mandó que se la enterrara
en su testamento de 1293. Anteriormente había fundado otra con el nombre de
Santa María de los Ángeles. Santa Clara fue parroquia desde su fundación,
contando con posesiones como el pueblo de Torrecilla y diez beneficios más. Doña
Blanca depositaría en ella una reliquia del hueso de la espalda de San Marcos,
la cual, según el historiador Sánchez Protocarrero, aunque venerada como del
evangelista sería más bien de Marcos Marcelo Eugenio, arzobispo toledano; o, en
su defecto, la de San Marcos, primo de Bernabé, que predicó y sufrió martirio
en estas tierras. La parroquia sufrió la dejadez y en el transcurrir de los
años fue pasando a otras feligresías, como la de San Martín, en 1572, y más
tarde a la de San Felipe.
Antes de pasar a ser iglesia del convento de
las Clarisas, todos sus ornatos se habían llevado ya a la parroquia de San
Martín, y la iglesia se utilizó como refugio o escuela. Tres siglos más tarde
el obispo seguntino Fray Lorenzo de Figueroa le concede el edificio a don Juan
Ruiz de Malo, miembro del consejo del Señorío y contador de don Juan de la
Cerda, duque de Medinaceli, que decidió su adhesión a la nueva fundación del
convento de Clarisas. Las obras comenzaron en abril de 1537 pero las monjas no llegaron
hasta 1589, procedentes del convento conquense de Huete. Durante la Guerra de
la Independencia sirvió como cuartel de tropas, cuadra y almacén, y en 1837,
con la Desamortización, fue privada de sus rentas.
La iglesia de Santa Clara consta de planta de
nave única con transepto marcado en altura, presbiterio con tramo recto y
ábside en hemiciclo. A los pies de la iglesia, en un sólo tramo, se dispone el
coro que la comunica con la clausura del convento; por este motivo no sabemos
con certeza si la iglesia sólo tuvo un tramo desde su origen o si se recortó
alguno para levantar el convento. Está edificada en sillares de arenisca bien
labrada, que permite que veamos diferentes marcas de cantería al exterior; éstas
se extienden por todo el muro sur del edificio, estando las más visibles en el
centro del ábside, en el brazo sur del transepto, en la portada y en el tramo
de los pies, junto a la ventana. Son marcas complejas que no se repiten en las
iglesias cercanas.
Apoyada sobre un basto basamento de sillares
que permite salvar el desnivel de la cuesta en la que se sitúa, se accede a
ella mediante una escalinata de tres tramos de escalera en degradación hasta
llegar a la portada. Ésta se yergue apoyada en plintos altísimos para salvar la
altura de las escaleras que ascienden a la puerta de entrada. Sobre ellos se
presentan dos columnas pareadas adosadas al muro que flanquean y que junto con
un pequeño tejaroz, compuesto de canes y metopas, dan forma rectangular a todo
el acceso.
El rectángulo que enmarca la portada presenta
decoraciones en todos sus elementos; las columnas pareadas se anillan dos veces
en su parte inferior y media y se rematan en capiteles de decoración vegetal
con collarino, al igual que la columna más interior del conjunto. Sustentando
una línea de fino bocel del tejaroz se encuentran los canes y metopas; los
primeros se alternan entre decoraciones de placas de rosetas en las metopas,
con la vegetal de hojas esculpidas en los canecillos, que acaban en delgados modillones
de rollo.
Esta disposición de columnas y tejaroz
flanqueando la portada la podemos observar también en el monasterio de
Buenafuente del Sistal, en su acceso al mediodía; no resulta extraño teniendo
en cuenta que ambas tienen la misma familia benefactora, que procedía de la
zona francesa de Carbona, donde esta disposición era habitual. La portada
consta de cuatro arquivoltas con combinación de boceles y nacelas; se sumaría a
estas cuatro una quinta que sería la más interior, pero en el tímpano vacío se
colocó en el siglo XVI una inscripción de alabanza a la Virgen que posiblemente
la rompiera. Todas ellas están flanqueadas por la chambrana de puntas de
diamante y voltean sobre columnas pareadas con capiteles de cestas y ábacos
moldurados, apoyadas en basas que presentan la decoración de toro y pequeña
incisión saliente a modo de lengüeta decorativa, tan característica del Císter.
El emplazamiento de esta portada sur, que
parece estar descentrada en el paramento del mediodía, ha llevado a pensar a
diferentes autores que habría sido trasladada desde el segundo tramo en el
siglo XVI cuando se construyó el convento. A su vez, se ha pensado que en el
paramento norte hay otra puerta, hoy tapiada, que está centrada con ésta y que
por tanto rebatiría la posibilidad de un traslado.
En este muro del mediodía se pueden contemplar
también tres ventanales situados a lo largo del paramento. Empezando por los
pies del templo vemos una ventana aspillera en derrame, formada por arco de
medio punto muy alargado que sólo permite el paso de la luz en su parte
central. Éste se apoyaría en dos junquillos que acabarían en dos pequeños
capiteles con volutas, y todo el conjunto estaría recorrido desde su base por
chambrana de puntas de diamante. Esta misma estructura y decoración se repite
en la ventana que ilumina desde el brazo sur del transepto, mucho mejor
conservada que la anterior, que le serviría de modelo. En los dos tramos rectos
del presbiterio, iluminando el ábside, encontramos dos de similar estructura
pero que han perdido completamente la decoración de diamante, aunque conservan
la imposta de arranque del arco de medio punto con bocel al exterior, al igual
que las anteriores.
La estructura de cabecera única, con tramo
recto muy marcado en el presbiterio y hemiciclo final, se compartimenta al
exterior mediante seis haces de tres columnas, la central más ancha que las
adosadas, que recorren todo el semicírculo. Los haces de columnas se apoyan en
altísimos plintos de basas sencillas y se rematan con capiteles de decoración
vegetal en volutas. Dos de estos haces se colocan en los codillos de unión
entre presbiterio y hemiciclo, mientras que los tres restantes compartimentan
el espacio semicircular y flanquean una ventana aspillera, similar a las ya
descritas, que ilumina frontalmente la iglesia desde el Este.
Todo el conjunto está cubierto por techumbre a
cuatro aguas en el espacio del crucero, a dos en los espacios laterales del
transepto y a cinco en la parte de la cabecera. A su vez, es recorrido por un
alero que descansa sobre canecillos de modillones, tan característicos en
iglesias que tenían próximo el destello el Cister, en este caso el monasterio
de Buenafuente del Sistal.
El juego de volúmenes y alturas que observamos
al exterior nos habla claramente del espacio que tenemos en el interior.
La cabecera, que se eleva ligeramente sobre las
naves, se divide en dos: el presbiterio, de tramo recto, y el ábside, en
hemiciclo. El primero se cubre con bóveda de cañón ligeramente apuntada y
separado por un arco apuntado de columnas de diferente grosor, dobladas sobre
capiteles vegetales. El ábside se cubre con bóveda de horno. Sólo una ventana
en derrame, bajo arco de medio punto y resalte en su moldura, que descansa en
columnillas de capiteles foliáceos, sirve de iluminación oriental al templo.
El paramento del presbiterio está horadado en
sus dos frentes por las dos ventanas ya descritas al exterior y que en el
interior se presentan con factura idéntica a la central. A su vez, en el muro
de poniente, debajo de la ventana, encontramos un lucillo en arco de medio
punto que posiblemente tuviera función funeraria. Las tres ventanas, los
capiteles del arco de separación entre tramo recto y semicírculo, junto con el
arco triunfal que da paso al transepto, se unen mediante una fina línea
moldurada de imposta que recorre la cabecera.
Da paso al transepto un arco triunfal de arco
de medio punto doblado que descansa sobre dos columnas acodadas con decoración
vegetal, asentadas sobre basas de altos plintos. El espacio central se cubre
con bóveda de crucería de nervios, sobre ménsulas que asemejan a un modillón.
Sus brazos laterales se cubren con bóvedas de cañón apuntadas y enmarcadas por
arcos doblados, al igual que el ábside. Todos los arcos del crucero en los que
descansan las bóvedas se decoran en sus capiteles con motivos vegetales esquemáticos,
crochets o volutas, y están recorridos por la misma línea de imposta moldurada
que recorre todo el templo.
Dentro del brazo norte del transepto aparecen
horadados en el muro dos arcos muy diferentes; uno de ellos, de medio punto y
muy alargado, pudo ser el acceso norte, y se sitúa en el eje mismo del acceso
meridional, de ahí la teoría de que ninguno ha sido reemplazado sino que ambos
estarían descentrados desde el momento de su construcción. El segundo arco es
apuntado y doblado, y se apoya en columnas de corto fuste y capiteles de cesta
con decoración de bolas; en la actualidad sirve como marco a una talla de época
posterior.
Los pies del templo se utilizan como coro
elevado para las religiosas clarisas que habitan en el monasterio anejo; en la
parte inferior se han abierto puertas para el acceso de las religiosas, y, en
el centro, una labor de rejería para seguir la misa desde la clausura. Se cubre
este espacio con una sencilla bóveda de crucería.
En los años setenta del siglo XX se llevó a
cabo la consolidación de los sillares del interior, que por la humedad
amenazaban la estabilidad de la bóveda central; más tarde se reconstruyó el
tejado y se quitaron las edificaciones anexas, como la Casa de la Demandera, la
sacristía, un espacio conocido como “El corral llamado de don Elías. Capellán
de las clarisas” y la escalinata frontal del siglo XVIII.
Cronológicamente fechamos la iglesia en el
siglo XIII, cuando fue patrocinada por doña Blanca de Molina; por este motivo y
por su arquitectura la consideraremos muy cercana ya a las soluciones góticas,
aunque guarda en su planta y sus bóvedas los elementos que la retienen en el
románico pleno de zonas como el sur de Francia. La impronta cisterciense está
marcada, sobre todo, por la ausencia de ornato en todo el edificio.
Se conserva, en el brazo sur del crucero,
adosada al muro, una pequeña pila de agua bendita circular formada por
decoración de gajos en su parte inferior y una austera decoración tallada en el
borde de la pila que asemeja a arcos de medio punto doblados. Se localiza
dentro de la tradición románica.
Hinojosa
Hinojosa es una villa situada en el término
municipal de Tartanedo dentro de la comarca de Molina de Aragón, de la que
dista 26 km. La distancia con Guadalajara capital es de 127 km. Se accede a
ella desde Molina de Aragón tomando la CM-210 en dirección a Daroca y Calatayud
hasta el pueblo de Rueda de la Sierra, aquí tomaremos la GU-426 pasando por
Torrubia y Tartanedo, del que sale un camino vecinal hasta Hinojosa de
aproximadamente 2 km.
La villa se acomoda a los pies del cerro
llamado Cabeza de Cid, nombre que recibe de la supuesta estancia de una noche
del caballero burgalés en el viaje a su destierro valenciano. En este mismo
cerro encontramos los orígenes más remotos de la historia de Hinojosa, ya que
en él se han encontrado restos de un castro celtibérico así como diversas
piezas de cerámica y útiles de uso diario.
Debió de estar entre las plazas reconquistadas
en 1122 por Alfonso I El Batallador junto con Anchuela del Campo, y más tarde
pasó al Señorío de Molina de la familia de los Manrique de Lara. Dentro de la
reseña acerca de Hinojosa hay que hablar del poblado del que formaba parte la
ermita de la que nos ocuparemos. Aunque hoy pertenece a la villa de Hinojosa,
fue en su origen iglesia parroquial del despoblado de Torralbilla que se
situaba a aproximadamente 3 km de la primera. No se conoce con exactitud el momento
en que comenzó el éxodo hacia Hinojosa y Milmarcos, pero sabemos por lo que
escribe Toribio de Minguela en su Historia de la Diócesis de Sigüenza y sus
Obispos, que aún en 1353, en el censo de la Diócesis, se la incluye junto a
Hinojosa y Fuentelsaz como una sola feligresía con renta anual de cuatrocientos
treinta maravedíes.
El cronista provincial Francisco Layna nos
describe, en su estudio sobre la arquitectura románica de la provincia de
Guadalajara, las disputas acaecidas entre los vecinos de Hinojosa y Milmarcos
por los límites entre los términos municipales para su aprovechamiento en
pastoreo y trashumancia, ya que las tierras de Torralbilla estaban en las
inmediaciones de ambos. Las disputas no sólo vinieron por el rendimiento de las
tierras sino que la ermita fue también motivo de discrepancias entre los dos
pueblos hasta que los milmarqueños debieron acatar la decisión judicial que le
dio la potestad de la ermita a Hinojosa.
Ermita de Santa Catalina
La ermita dedicada a Santa Catalina, que
anteriormente fue iglesia parroquial del poblado de Torralbilla, se encuentra
situada en el margen izquierdo de la carretera CM-2107 que une Hinojosa con
Milmarcos. Se alza en el páramo molinés rodeada de sabinas, alisos y encinas;
aún hoy, al norte de la ermita, podemos ver algunas de las construcciones del
antiguo pueblo. Los inicios de la historia de Torralbilla están por esclarecer,
puesto que carecemos de fuentes documentales o arqueológicas acerca de su
fundación al igual del porqué de su abandono.
La ermita presenta una planta rectangular de
nave única con acabado en cabecera semicircular, según el modelo de las
pequeñas iglesias rurales con pocos recursos.
El paramento, tanto en la nave como en el
ábside, está compuesto por sillarejo que se refuerza con sillares en las
esquinas. Se encuentran algunas marcas de cantero en forma de flechas en los
sillares de la galería, las más numerosas en las jambas de la entrada
occidental. Ya en el exterior observamos que la cabecera se estrecha en la
parte recta del testero y que éste se refuerza por dos lesenas adosadas al
muro.
Observando la ermita, sobre todo en su lado
este, vemos un gran desnivel que provoca su situación en la ladera del cerro,
salvado en su cabecera por un fuerte basamento en el que apoya, y en el lado
sur por un pórtico adosado.
Este pórtico lateral es la única parte de la
iglesia construida en su totalidad con sillar de piedra labrada. Todo el
paramento de la ermita presenta un esquema sencillo en cuanto a iluminación
hacia el interior con dos ventanas aspilleras en el centro superior del ábside
y los pies y otras dos de gran abocinamiento semicircular en los tramos rectos
del presbiterio. La ermita está cubierta a dos aguas en la nave, en la cabecera
y en el testero recto, y a una sola ya en el hemiciclo. Lo más destacable de la
decoración de la cabecera es la cornisa y los canecillos en los que se apoya.
La cornisa presenta diversos motivos decorativos, como son el taqueado o
ajedrezado y roleos, que se entremezclan dándole continuidad a toda la
superficie horizontal.
Los veinticinco canecillos que sostienen el
alero en la cabecera merecen una reseña aparte; presentan todos ellos
decoración, algunos figurada, como cabezas en gestos grotescos o una pareja
abrazada en labores de amoríos. Aparecen igualmente dos que muestran a un
músico supuestamente tocando la vihuela, aunque por su degradación es
aventurado afirmarlo. Otros se limitan a volutas o modillones de rollo,
diversificando el número de rollos; encontramos también dos barricas de vino.
Sin duda los más destacados, por tenerlos también representados en el arco
triunfal interior (a lo que nos referiremos posteriormente), son los tres que
encarnan a los seres mitológicos de los trasgos, con cuerpo de ave y cola de
reptil, muy frecuentes en la temática medieval. Todas estas escenas nos
ilustran sobre la vida del poblado medieval de Torralbilla y la fantasía de sus
artistas.
El acceso a la ermita se práctica por el lado
sur, cobijado por un pórtico adosado al muro. Está compuesto por seis vanos que
se unen mediante haces de columnas pareadas que voltean en arcos de medio punto
bastante rebajados en su intradós.
Los arcos y vanos se apoyan en un grueso
basamento que sustenta la galería; a su vez las columnas pareadas descansan
sobre basas típicamente románicas labradas en su solo sillar, con un plinto no
muy marcado y basa con la decorativa lengüeta de garra en sus extremos. Ambos
fustes cilíndricos son rematados por capiteles de decoración casi de labra
serigrafiada por su esquematización, que representa motivos vegetales y de
bola. La galería está abierta en su vertiente este y oeste; en la primera se
horadan tres huecos con arcos de medio punto que se diferencian por su tamaño.
Este hecho, unido al resto de un muro anexionado a la iglesia que va desde la
portada hasta el final de la galería, permite pensar que existiera otro muro
que cerrara, creando una pequeña habitación que serviría de sacristía. Dentro
de la galería podemos ver también ornatos de diferente fábrica, como en la
jamba del arco de acceso del lado oeste donde está tallada una pequeña Virgen
enmarcada en una hornacina de tosca talla. En el muro anexionado al mediodía de
la ermita se encuentran dos representaciones, ambas en sillares reutilizados,
una de un animal que se asemeja al lobo y otra de una rueca, símbolo del
martirio de Santa Catalina que guarda en su interior el anagrama de Cristo y
María, la cual a su vez está rematada por una corona. Destacable es también el
reloj de sol que vemos en los sillares de la derecha, y, aunque le falta el
gnomón, podemos ver la partición de las horas en las que le daba el sol.
Actualmente no se utiliza, ya que la galería porticada no le deja cumplir su
función.
La portada de acceso a la ermita se compone de
cuatro arquivoltas en arista viva que se sustentan con columnas, adosadas las
tres primeras, y pilastras ribeteadas con bocel, la más interior. Todas las
arquivoltas están flanqueadas por una chambrana de puntas de diamante. Los
capiteles de la portada cuentan con una decoración de rudas palmetas que
sustentan ábaco y cimacio sin ornato.
El interior de la ermita se presenta sencillo
en cuanto a formas y decoración. La nave está recorrida en todo su paramento
por un banco, y tiene la techumbre de factura moderna, de madera. Nos da paso
al ábside un arco apuntado y doblado, que se presenta a mayor altura que la
nave para salvar el desnivel, y que nos da testimonio de la diferencia en la
anchura entre nave y presbiterio. Este arco triunfal, al tiempo, apoya sus
dovelas de sillar en dos capiteles con destacada decoración. En el lado del evangelio
vemos un capitel con ábaco ornamentado con palmas entrelazadas con cesta de dos
volutas que se voltean en las dos vertientes; esta decoración se repetirá en la
portada de la iglesia del pueblo de Torrubia, aunque es de menor tamaño y
factura algo más tosca.
El capitel de la epístola representa el tema
del trasgo y la sirena, pertenecientes al bestiario medieval; los trasgos se
presentan en el frente del capitel, con su cuerpo de ave, cola de reptil,
cabeza alargada de puntiagudas orejas, frente y cara con múltiples arrugas y un
rictus maléfico en su faz. Se encuentran afrontados con un árbol o rama que
nace entre ellos, recuerdo quizás del árbol de la vida. La sirena-pájaro, que
mira hacia el ábside, representaba la seducción y la atracción hacia los placeres
carnales (suelen representarse con un elemento como un peine o un espejo,
aunque la adaptación al marco no lo permitió en este caso). La filiación de
esta decoración se ha querido vincular con la del monasterio burgalés de Silos,
sobre todo en la representación de los trasgos, a semejanza de las arpías del
primer maestro del claustro silense. El transepto y el ábside se cubren con
bóveda de cañón y de horno, respectivamente; además cuenta con una línea de
imposta en arista viva que recorre el espacio.
La cronología de la ermita se remonta a fines
del siglo XII. Tanto la estela de los capiteles –que nos remite al primer
maestro de Silos–, como el hecho de que se construyera una galería porticada
–propia de este siglo–, así lo avalan.
A lo pies de la ermita nos encontramos con una
pila bautismal muy sencilla, con una copa en forma de cono, ribeteada en su
parte más ancha, y una moldura en bocel que la recorre. Se apoya sobre una basa
cuadrada en la que los elementos más destacados serían las lengüetas, a modo de
garras que ya hemos visto en las basas de las columnas, así como el anillo
ornamental que decora la parte más estrecha. A la entrada, a nuestra derecha y
horadada en el poyete que recorre la ermita, podemos ver una pequeña pila de
agua bendita, cilíndrica, poco profunda, de tosca factura pero de gran
funcionalidad.
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