A Coruña
Situada en la mitad norte de la provincia, en
una península en el enclave geográfico conocido como Golfo Ártabro, A Coruña
debió de surgir como una estación imperial romana para el comercio marítimo,
tal y como sugieren la existencia del Faro –hoy conocido como Torre de
Hércules– y la proximidad del itinerario de la Vía XX per loca marítima. Tras
el giro político y económico del Imperio hacia Oriente en el siglo III, y con
su posterior caída, A Coruña experimentó un proceso de decadencia económica que
conllevó su progresiva despoblación en favor de otros núcleos cercanos. Las
incursiones normandas de los siglos IX y X impulsaron la emergencia del Burgo
de Faro –la actual localidad de O Burgo– en un enclave protegido del interior
de la ría coruñesa, lo que redujo la antigua estación imperial a una pequeña
población. Así quedó reflejada en un documento de 991 conservado en el Tumbo A
de la Catedral de Santiago, en el cual el rey Bermudo II cede a la iglesia de
Compostela el commiso de Faro.
El renacer de la urbe debió de producirse a lo
largo del siglo xii y culminó en 1208 cuando Alfonso IX concedió al “concilio
de Crunia” el Fuero de Benavente, confirmando su realengo y fundándolo como
ciudad. A partir de esta fecha se produjo el desarrollo demográfico y económico
de A Coruña, que estuvo acompañado de una intensa actividad constructiva
encaminada a dotarla de las estructuras propias de una urbe medieval: defensas,
edificios administrativos y religiosos, y áreas para la actividad económica. Estas
tareas se concentraron en el núcleo principal de la población, conocida como
Ciudad Alta –hoy Ciudad Vieja– por disponerse sobre un promontorio rocoso desde
el cual se podía vigilar la ría y el acceso al puerto natural. En la actualidad
se conservan pocos restos materiales del período medieval, en su mayoría
procedentes de los siglos XIV y XV. Las manifestaciones artísticas de época
tardo-románica son escasas, y responden a las primeras fases constructivas de
la iglesia colegial de Santa María del Campo y del templo de Santiago, las
parroquias más antiguas de la ciudad.
Los privilegios reales concedidos por los
monarcas castellano-leoneses durante la Baja Edad Media dotaron a la urbe de un
carácter comercial que se incrementó en época moderna y perdura en la
actualidad. En 1563 Felipe II trasladó temporalmente a A Coruña la sede de la
Real Audiencia, cuya implantación se confirmó definitivamente en 1579. Esta
decisión hizo de la ciudad la sede gallega de la administración estatal,
función que se vio reforzada tras la llegada al trono de los Borbones, quienes
impulsaron el crecimiento, la renovación arquitectónica y las posibilidades
comerciales de su puerto. Ambas circunstancias determinaron el desarrollo de la
localidad durante los siglos XIX y XX, confirmándola como urbe administrativa y
de servicios.
Iglesia de Santa María
Ubicado en la Ciudad Vieja de A Coruña, en la
plaza a la que da nombre, el templo de Santa María es el segundo más antiguo de
la ciudad, pues las noticias sobre su existencia son algo posteriores a las de
la iglesia de Santiago. Según estimaron Murguía y Carré Aldao, su denominación
–Santa María del Campo– procede de su primitiva localización extramuros de la
villa, y se cree que antes de tener dicha intitulación pudo ser conocida como
Santa María del Portal –en alusión al tímpano de su fachada principal–, o Santa
María del Mar, por tratarse de una fundación del gremio de mareantes. Ante la
falta de datos documentales que aporten una fecha exacta sobre el origen de
este templo, se ha aceptado como término ante quem para establecer su datación
el año de 1208, en que Alfonso IX concedió al “concilio de Crunia” el
Fuero de Benavente. Como demuestran algunos elementos del edificio, y la cesión
en 1208 a la iglesia de Santiago de los beneficios de los templos de la ciudad tam
presentes quam futuras, a cambio de los que poseía sobre las parroquias del
Burgo del Faro, para entonces la iglesia de Santa María ya estaba en pie
–aunque no con el tamaño y planta que hoy conocemos.
En 1441 el arzobispo compostelano don Lope de
Mendoza le concedió el título de parroquial-colegiata, que fue confirmado por
el Papa Eugenio IV en un documento de 16 de abril de 1443. Entre los motivos
esgrimidos por el prelado para tal privilegio estaban la devoción de los
habitantes de la villa, la de los mercaderes y mareantes, y los peregrinos. En
el año 1494 el influyente clérigo don Fernando Bermúdez de Castro llevó a cabo
las gestiones necesarias para que los Reyes Católicos aceptasen convertir la
colegiata de Santa María del Campo en abadía secular.
El edificio es el resultado de diversas
campañas constructivas, que tuvieron lugar entre los siglos XII y XIX, algunas
de las cuales supusieron una importante mutación de su morfología. El grueso
del edificio es gótico pero cuenta con elementos neogóticos –concentrados en su
mayoría hacia la zona occidental–, y otros anteriores en estilo románico. Entre
los siglos XVI y XVIII se le añadieron los dos espacios que flanquean la
capilla mayor. La variedad de estilos y los datos aportados por la epigrafía y
la información documental son los fundamentos a partir de los cuales hay que
intentar reconstruir la abstrusa historia de un inmueble cuya planta (anómala)
ha dado pie a distintas hipótesis e interpretaciones, así como a distintas
dataciones. Historiográficamente se han dado tres tendencias condicionadas por
el tipo de fuentes al que dieron prioridad: artísticas, documentales y
epigráficas, que dieron como resultado distintas interpretaciones de la
evolución y fechas del edificio.
El resto más antiguo del templo es la capilla
mayor. Compuesta por un ábside semicircular precedido de un tramo recto
abovedado, autores como Bernárdez, Vedia y Gossens, Street, Ángel del Castillo,
Constela Costa, González Garcés y Bango Torviso consideraron que en origen
debió de formar parte de una iglesia de planta sencilla, con nave y ábside
únicos, construida entre finales del siglo XII y comienzos del XIII. Para estos
investigadores fue en el siglo XIV cuando se produjo un cambio en la planta,
con el añadido de las naves laterales, la transformación de la central y el
aumento de la altura del inmueble, que queda constatada en la construcción del
rosetón gótico que preside el testero de la nave, por encima del arco triunfal
de acceso al presbiterio. No obstante, el levantamiento del pavimento del
templo y la supresión de los enterramientos –llevados a cabo entre 1948 y 1950
con motivo de las labores de restauración del edificio– no descubrieron restos
de una cimentación anterior que sustente la hipótesis del templo primitivo de
nave única. Barreiro Fernández, guiándose por los datos documentales, consideró
que el templo se erigió en el siglo xiii, con posterioridad al año 1208. Y
aquellos que dieron prioridad a la información aportada por la epigrafía –como
Cornide Saavedra, Murguía y Martínez Salazar– creyeron que el edificio databa
del primer tercio del siglo XIV. Las dos últimas corrientes estiman que, al
construirse en una única fase, el edificio era de un ábside y tres naves.
Caamaño Martínez fue el primero en reconocer un mayor número de etapas
edilicias: la más antigua, que vincula al ábside románico de la capilla mayor;
una segunda, entre finales del XIII y primer cuarto del XIV, en la que cree que
se debieron de construir el tramo recto del presbiterio, su bóveda, las naves y
las portadas; la reforma de la bóveda de la nave principal en el tercer cuarto
del XIV (hacia 1374), y cada una de las intervenciones y añadidos que tuvieron
lugar entre el siglo xvii y el último cuarto del XIX. Más recientemente,
Soraluce y Barral Rivadulla combinaron las distintas fuentes y defendieron otra
hipótesis, que a día de hoy es la más aceptada. Para ellos el plan original de
la iglesia era de un ábside y tres naves, articuladas en cinco tramos mediante
pilares de sección cuadrangular con una semicolumna en cada lado sobre las que
se apean los arcos de la cubierta, y que se construyó entre finales del XII y
comienzos del XIII en un estilo protogótico. Sobre esta estructura se produjo
la segunda intervención que, según señala la epigrafía, tuvo lugar en el primer
tercio del siglo XIV (1302-1317), consistiendo en un replanteamiento de las
cubiertas y la consiguiente adaptación de sus soportes. El año de 1317 aparece
grabado en el último tramo de bóveda de la nave central. El nuevo sistema de
cubrición pudo transformar el sistema de presiones del edificio, provocando el
desvío del eje de la cabecera. Los problemas estructurales fueron uno de los
motivos esgrimidos por Menéndez Pidal y Martín González para explicar la anómala
inclinación del ábside, junto con los condicionantes del terreno y los
sucesivos procesos constructivos sufridos por el inmueble.
En el siglo XVI se construyó la bóveda
sexpartita del presbiterio y se adosó al sur de la capilla mayor una sacristía,
que fue sustituida entre 1795 y 1796 por la actual, obra de José Elexalde.
Tanto en la Baja Edad Media como en la primera mitad del XVI las donaciones de
la nobleza local, recogidas en sus mandas testamentarias, fueron de gran
importancia para el progreso de la fábrica. La capilla de la Estrella, que
flanquea el ábside por su lado norte, fue fundada en 1641 por don Antonio Gómez
Calo y, según consta en una visita parroquial de 1666, en este año estaba ya
finalizada. En 1879 el arquitecto municipal, Juan de Ciórraga, llevó a cabo un
reconocimiento del edificio, constatando la ruina del pórtico occidental y de
otros elementos de esta zona. Según un acta capitular de 1890, la situación del
inmueble se había agravado, lo que propició que cuatro años más tarde se
presentase al arzobispado un proyecto de restauración de la fachada oeste, que
finalmente supuso la reforma de los dos últimos tramos de la iglesia, la construcción
de un nuevo coro y dependencias eclesiásticas y la remodelación de dicha
fachada y sus torres. Se suprimió un antiguo pórtico y se incorporó al nuevo
frente neogótico la portada medieval, datada en el segundo cuarto del siglo XIII.
El templo fue declarado Monumento
Histórico-Artístico el 3 de junio de 1931, declaración que se hizo efectiva al
día siguiente, cuando se publicó en el número 155 de la Gaceta de Madrid. Entre
1945 y 1951 Menéndez Pidal y Pons Sorolla realizaron la restauración de la
Colegiata, resolviendo los problemas estructurales que la amenazaban y
eliminando el lucido de los muros. Desde entonces el edificio fue objeto de
intervenciones menores orientadas a su mejor conservación y mantenimiento.
Como acabamos de ver, el edificio medieval
constaba de planta basilical de tres naves y cinco tramos con una cabecera poco
común, formada por un único ábside central. Además de tratarse de una obra
tardía, las múltiples intervenciones que sufrió el inmueble hacen que los
restos románicos sean pocos y se encuentren dispersos.
El principal de ellos es su capilla mayor. Este
espacio se encuentra ligeramente sobreelevado con respecto al nivel de la nave
y desviado. Se compone de un ábside semicircular cubierto con bóveda de
cascarón, precedido de un tramo recto con cubierta de crucería sexpartita. Esta
última es fruto de una intervención posterior –para Caamaño de finales del
siglo xiii y según Barral del siglo XVI–.
La cubierta original debió de consistir en una
bóveda de cañón, la solución más empleada para este tipo de cabeceras
románicas. El acceso a su interior se realiza a través de un arco triunfal de
medio punto de perfil recto, levemente apuntado y doblado. Y se apoya sobre
ménsulas con capiteles, semejantes a las que soportan la bóveda del
presbiterio, realizadas todas en el XVI.
En el arco y en el muro donde se abre la
entrada se conservan un par de inscripciones de contenido indescifrable, ya que
los sillares han sido removidos durante una de las intervenciones llevadas a
cabo en la cabecera.
En el ábside se abren tres saeteras de derrame
interno; la central ha quedado semioculta tras la escultura de la Virgen
después de que su abocinamiento se aprovechara como nicho para disponer la
imagen de la titular del templo. Los vanos laterales se abrieron en el siglo XVI
cuando se decidió emplear la ventana románica como relicario. Junto al de la
epístola se disponen dos relieves de ángeles que debieron de realizarse hacia
mediados del siglo XIV. La bóveda de cuarto de esfera se apoya en una imposta,
claramente reconstruida. Las numerosas intervenciones que se han llevado a cabo
en este espacio se aprecian en la distinta coloración que presentan algunos de
sus elementos y un buen número de sillares.
También el tramo recto que precede al ábside ha
sido objeto de transformaciones. En su muro norte se abrió el arcosolio que
acoge la tumba de Fernando Bermúdez de Castro (fallecido en 1515), y en el sur
la puerta de la sacristía. Nuevamente encontramos sillares diferentes a
aquellos que componen al aparejo original, aunque el cambio más notorio fue la
cubrición de este espacio mediante la bóveda de crucería. Dicha obra obligó a
disponer ménsulas que sustentan capiteles vegetales inspirados en las piezas
románicas del edificio.
Las impostas son similares a las del hemiciclo
e igualmente sustituyen a las originales. En la embocadura del ábside se
disponen dos columnas acodilladas coronadas por capiteles vegetales que
soportan sendas nervaduras de la bóveda. Estas piezas no fueron concebidas para
dichas columnas, de ahí que fuesen recortadas y adaptadas a su nueva ubicación.
La transición entre el arco del ábside y la bóveda del XVI se llevó a cabo
mediante una solución poco afortunada, apreciándose una diferencia de altura
mal armonizada, decorada con tetrafolio calado.
En el cuerpo de la iglesia se conservan los
cuatro pares de pilares compuestos que articulan las naves. En cada una de sus
caras se disponen las columnas entregas sobre las que se apean los arcos
fajones y formeros. Los primeros se modificaron con la erección de la cubierta
del siglo XIV, pero los formeros –de medio punto, peraltados y doblados– siguen
siendo los originales.
Los pilares y los muros de la nave pertenecen a
la primera fase constructiva de la iglesia, con excepción del tramo y los muros
occidentales, que pertenecen a la intervención de Juan de Ciórraga.
Con todo, los lienzos laterales del templo
presentan múltiples modificaciones derivadas de la apertura de nuevos vanos
para puertas y ventanas, o de arcosolios para enterramientos. Los soportes de
las naves siguen siempre los mismos modelos, con basas áticas de estilo
protogótico: de plintos altos con garras o cabezas de conejo en sus ángulos
superiores, toros anchos y aplastados, escocias prominentes que pueden aparecer
decoradas con flores de tres pétalos o bolas, y un segundo toro liso o
sogueado.
Los capiteles pertenecientes a la primera etapa
del templo presentan decoración vegetal sobria, de hojas planas dispuestas en
uno o dos registros y rematadas en punta, en volutas o sosteniendo una bola.
Como señaló Carrillo Lista, se inspiran en modelos cistercienses y las
encontramos principalmente en los tramos más orientales, sosteniendo los
formeros y en las columnas entregas de los muros laterales.
En el formero sur del segundo tramo encontramos
el único capitel figurado que podríamos considerar protogótico. En él se
representan cuatro seres monstruosos con cuerpo de ave, cola de serpiente y
rostro humano, que se distribuyen por la cesta de manera simétrica: los dos
frontales dándose la espalda y los laterales enfrentados con ellos,
compartiendo sus cabezas, que se disponen en los ángulos superiores de la
pieza. El relieve es muy volumétrico y el resultado poco naturalista. Los
capiteles con palmetas y cardos y los capiteles de la nave, donde se
representan respectivamente la Epifanía y la caza de un toro, son ya de factura
gótica, mientras que los del coro y los pilares occidentales, a pesar de imitar
los modelos medievales, datan del siglo XIX. En la intervención del siglo XIV se
reutilizaron algunos de los capiteles de la primera fase, pero aún así fue
preciso realizar piezas nuevas.
En el testero de las naves laterales se debían
de abrir sendas ventanas bajo arco de medio punto. La de la nave norte
desapareció al abrirse la puerta de acceso a la capilla de la Estrella, pero en
la meridional todavía se aprecian en el muro los restos del vano, que se cegó
al construirse la sacristía. Como señalamos anteriormente, los cierres
laterales del templo conservan parte de los paramentos originales, al menos en
el registro inferior. En éste se abren aún algunas ventanas de la primera
etapa, con grandes vanos de medio punto y amplio derrame interno, según el
modelo y tamaño que presenta la ventana del tercer tramo del muro norte, hoy
ligeramente recortada tras la apertura del arcosolio bajo el que se dispone el
enterramiento de Rodericus Michaelis (1440).
En el exterior, el elemento más antiguo es el
ábside semicircular, hoy flanqueado al norte por la capilla de la Estrella y al
lado opuesto por el recinto de la sacristía. Se eleva sobre un doble zócalo de
escasa altura y se divide en tres paños mediante un par de columnas entregas
que recorren el muro hasta alcanzar la cornisa. En cada lienzo se dispone una
saetera que, como evidencia el tipo de granito de sus sillares, han sido
reconstruidas. Las columnas presentan el estilo protogótico que vimos en el interior
del templo; constan de basas áticas con plinto elevado y capiteles vegetales
sobrios que siguen los modelos de inspiración cisterciense empleados en las
cestas de las naves.
El septentrional cuenta con un único orden de
hojas que arranca del collarino.
Se trata de una vegetación plana, de vértices
puntiagudos, dispuesta muy pegada al núcleo de la pieza, y que sólo se despega
de la misma mediante la curvatura de sus puntas. El capitel meridional también
dispone la decoración en un único registro. Las hojas sólo se separan de la
cesta en su remate superior, donde se remarcan los nervios de sus bordes y la
pieza gana volumen al rematarse cada hoja con una bola. El alero, de cobija
recta y perfil en nacela, se apoya en canecillos con decoración geométrica: en
proa de nave, rematados en voluta o con un rollo en su vértice superior.
Al ábside le sigue el tramo recto, cuya factura
es del siglo XVI; no obstante, es posible que en su alero se reutilizasen los
canecillos geométricos que lo decoraron antes de la intervención moderna. Su
testero es liso y en el piñón se dispone una cruz antefija gótica. El muro de
cierre de la nave se decora con un rosetón gótico, y en su piñón descansa el
característico Agnus Dei.
En los paramentos laterales, los restos de la
primera etapa se concentran en las partes bajas y medias, hasta una altura
aproximada de cinco metros. Según apuntó Soraluce, estos paramentos presentan
sillares de factura menos regular y coloración más oscura, que contrastan con
los que componen la mitad superior de los lienzos. Ambas fachadas están
reforzadas por contrafuertes en correspondencia con los pilares interiores, que
las articulan en tramos.
Con la construcción de las nuevas cubiertas y
la elevación de la altura de los muros, los citados contrafuertes se aumentaron
y se reforzaron uniéndose entre ellos mediante arcos de medio punto, optándose
por una solución estructural que en Galicia se empleó por primera vez en la
catedral de Santiago, y que de aquí pasó a otros templos románicos de la
región.
Los aleros de las naves laterales y sus canes
son góticos. Al igual que las portadas laterales y occidental, se realizaron en
la primera etapa constructiva de la Colegiata, pero hacia las décadas centrales
del siglo XIII, en un estilo gótico ya consolidado.
La iglesia coruñesa de Santa María del Campo es
una obra tardía, iniciada en un estilo protogótico influido, como demuestran
sus capiteles más antiguos, por la sobriedad ornamental propia de los talleres
cistercienses. El capitel con las figuras monstruosas ha sido puesto en
relación, por algunos investigadores, con los otros dos figurados del templo
–con la Epifanía y la caza del toro–, considerando que también serían del siglo
XIV. Sin embargo, su factura, su composición y su temática están más próximas al
del XII que al gótico pleno. Estas piezas, así como algunos canecillos,
presentan similitudes con algunas de las conservadas en la vecina iglesia de
Santiago, pudiendo haber sido realizadas por los mismos maestros, ya que ambos
templos se erigieron en el mismo período y estilo. La construcción del templo
se terminó estando ya avanzado el siglo XIII.
De esta época son sus tres portadas que ya no
se incluyen en este estudio porque, si bien conservan ciertos elementos
protogóticos, su estilo debe encuadrarse ya dentro del primer gótico gallego.
La primera de las muchas reformas que sufrió este templo se dio en la Baja Edad
Media, con la construcción de una techumbre abovedada, en el siglo XIV, que
transformó interior y exteriormente las naves del templo, su altura y buena
parte de su ornamentación, de ahí que el espectador tenga la sensación de
hallarse ante una obra medieval, aunque el proceso de identificación y
clasificación de sus elementos resulte complejo. El estilo artístico de sus
elementos más antiguos, junto con las primeras noticias documentales que
tenemos de esta iglesia, nos permiten datar el inicio de su construcción entre
el 1200 y 1208.
Iglesia de Santiago
Situada en el centro histórico de la ciudad
herculina, junto a la plaza de Azcárraga, la iglesia se levanta en un terreno
ya considerado sacro en tiempos del Imperio, como acredita la aparición de aras
y lápidas romanas en las diferentes campañas de excavaciones arqueológicas.
La tradición fecha la fundación de este templo
en el siglo X. Tras las invasiones normandas en la costa gallega, el obispo San
Rosendo llegaría a tierras coruñesas y fundaría, entre otras, la actual iglesia
de Santiago de Coruña. Este origen es defendido por la presencia de un escudo
con la cruz de San Rosendo en la fachada principal.
Las noticias documentales que nos permitan
conocer la vida e historia del templo en la Baja Edad Media son escasas. La
documentación que ha llegado a nuestros días es en su mayoría de los siglos
XVII y XVIII. Habitualmente se ha considerado que el primer documento donde se
menciona la iglesia coruñesa es la concesión que Fernando II realiza en el año
1161 a la catedral de Santiago de Compostela de la población del Burgo del Faro
y de sus iglesias. Sin embargo, Barral Rivadulla considera que este documento hace
referencia a la iglesia de Santiago de Burgo de Faro y no al templo con la
misma advocación en A Coruña. Aceptada esta hipótesis, el primer documento
donde es mencionada la iglesia de Santiago es la donación que Urraca Pérez hace
al monasterio de Sobrado en 1218: terciam partem integram illius domus quam
habeo in Crunia, in illa rua quae est circa Ecclesiam S. Jacobi. En el
relato del viaje de Abu-abd-Mohamed-al-Edisi (ca. 1100-1150) encontramos
mencionada la iglesia: “luego se pasa el castillo de Faro, que es muy
importante y mantiene vestigios de una iglesia notable”. Lo descrito en el
libro del viajero parece más una descripción de los restos altomedievales que
del edificio que hoy conservamos. De este modo, la actual iglesia de Santiago
sería una reconstrucción de una antigua fábrica que, para la autora citada, se
produciría en paralelo a la fundación de la villa en 1208.
La importancia de la parroquia en la vida de la
villa está acreditada por la celebración en el edificio de reuniones del
Concejo hasta el siglo XV, en el que se construyen las casas consistoriales.
Ligado a la iglesia está un hospital de peregrinos regido por un religioso de
Santiago, construido en el primer tercio del siglo xv por Juan Ferreño, jurado
de la villa, según se recoge en el testamento de Teresa Gómez de 1430. En la
iglesia también se instala un importante número de cofradías, como acredita el
libro de fábrica más antiguo, con fecha de 1521. Finalmente, una serie de tres
testamentos correspondientes al siglo XV contienen solicitudes de inhumación en
el interior del templo.
La planta actual de la iglesia se encuentra muy
modificada por las intervenciones llevadas a cabo en ella desde el siglo xv. En
origen tendría planta de tipo basilical con tres naves y tres ábsides, al modo
de las iglesias monásticas gallegas, como Santa María de Sar. En el siglo XV se
produce una fuerte alteración en la fábrica románica. La estructura original de
tres naves se reduce a una planta de una sola nave y capilla mayor poligonal.
La nave se divide en cuatro tramos marcados por arcos doblados apuntados de
perfil triangular.
1-
Entrada principal 2- Atrio 3- Entrada por el lado
norte 4- Altar mayor 5- Capilla de San José 6- Capilla del Santuario 7- ábside
con la Virgen de la Esperanza 8- Campanario 9- Jardín 10- Nave de la Iglesia
Como en otras fábricas gallegas, es la zona de
la cabecera la que concentra los restos de tiempos del románico. Las capillas
se sobreelevan con respecto al nivel de la nave. Su planta se compone de un
tramo recto, cubierto con bóveda de cañón, y otro semicircular en el fondo,
cubierto por bóveda de cascarón. El acceso a las tres capillas se realiza por
arcos de medio punto doblados.
El arco doblado de la capilla del lado del
evangelio descansa sobre columnas entregas con capiteles de tradición románica.
Los fustes, altos y esbeltos, se forman por tambores coincidentes con las
hiladas de los sillares. Las basas son áticas y sobre los capiteles los
cimacios, de grandes dimensiones, se cortan a bisel y se unen por la inclusión
de una línea de imposta que recorre la capilla.
Los capiteles desarrollan decoración vegetal
estilizada rematada con crochets de clara influencia compostelana. Los motivos
vegetales del capitel derecho recuerdan el hacer del Maestro Mateo en los
últimos tramos del triforio de la catedral compostelana
En el interior del ábside, en el paño del
fondo, se abren dos saeteras abocinadas a cada uno de los lados. En la
intersección de las bóvedas de cascarón y de medio cañón, se encuentra un arco
de descarga moldurado, apeado sobre ménsulas. La decoración de las ménsulas y
la sección del arco llevan a pensar en una intervención en la obra de mediados
del siglo XV.
La capilla de la epístola presentaba en su
arranque una disposición análoga a su homóloga en el lado del evangelio. Las
reformas de los siglos XVI y XVII han alterado sustancialmente su planta. El
acceso conserva su apariencia románica, con arco doblado sobre dos columnas
adosadas.
Los capiteles presentan decoración vegetal con
dos niveles de acanto con hojas lisas, a excepción del capitel sur, que
desarrolla florones en los remates. Basas, fustes y cimacios repiten los
modelos vistos en la capilla norte. La visión actual de las columnas muestra
que la norte es más corta, debido con toda probabilidad a las modificaciones en
la fábrica del XV. Los vanos internos se encuentran tapiados.
El tránsito a la capilla mayor se realiza por
un arco doblado igual a los presentes en las capillas laterales. Su profundidad
es mayor y en el tramo cubierto con medio cañón un arco fajón moldurado divide
la bóveda en dos. El arco que marca la intersección de las bóvedas de cañón y
de cuarto de esfera descansaría, según De la Iglesia, en columnas con
capiteles. Esta afirmación no puede ser comprobada por la presencia de un
retablo.
El diseño de las columnas es análogo al de las
ya vistas. Los capiteles con decoración vegetal son los más dañados del
conjunto, lo que impide hacer una descripción pormenorizada. Como en el lado de
la epístola, los vanos del muro de cierre están tapiados. Cimacios e imposta
son de nueva factura pero siguen el diseño de la capilla del evangelio. En
origen, los ábsides estarían comunicados entre sí por dos pequeñas puertas que
en la actualidad se encuentran cegadas.
En su visión exterior, apreciamos como de nuevo
el espacio de la cabecera es el menos alterado con respecto a la fábrica
original.
Los ábsides se dividen en tres secciones
separadas entre sí por columnas con basas áticas adosadas al muro y elevadas
sobre un basamento que recorre los tres ábsides. El de la epístola,
correspondiente a la capilla de San Miguel, es el más alterado por la obra
moderna pero conserva la estética de la iglesia primigenia. Los escudos
empotrados en la pared dan muestra de la campaña de reforma del siglo XVI.
Bajo el alero se distribuye un grupo de siete
canecillos. De todos ellos, los cuatro más cercanos a la capilla mayor
pertenecen a la iglesia románica: uno de ellos presenta decoración
antropomorfa, de difícil interpretación por el efecto de la erosión, y los tres
restantes zoomorfa, con la inclusión de un caballo y dos felinos. Los capiteles
desarrollan formas vegetales, destacando uno por su clara filiación
compostelana al presentar hojas pegadas a la cesta rematadas por crochets y con
los ejes decorados con perlado característicos de finales del siglo XII.
El hemiciclo de la capilla central ve recorrido
su alero por canecillos. En el tramo recto éstos desarrollan decoración
geométrica, mientras que en el hemiciclo se alternan las formas antropomorfas y
de animales. Destacan entre los antropomorfos la presencia de contorsionistas,
y entre los zoomorfos un buey en el extremo sur que se relaciona
estilísticamente con las mochetas que sostienen el tímpano de la portada. Las
semicolumnas presentan capiteles vegetales sencillos con recuerdos
santiagueses.
En el lado del evangelio se sigue la pauta dada
por la capilla mayor. Los canecillos representan cabezas humanas. En sus muros
se abren dos pequeñas saeteras. Los capiteles siguen los modelos vistos en la
capilla mayor.
En el testero de la iglesia se abren dos
ventanas apuntadas y un rosetón de época gótica.
En el muro norte de la nave aparecen canecillos
antropomorfos, geométricos y zoomorfos. En el primer tramo de la nave se abre
una ventana con arco de medio punto moldurado, apeado sobre columnas
monolíticas con capiteles vegetales y basas áticas sobre podio. Bajo la ventana
destaca la presencia de un arcosolio con yacija de época gótica.
La portada del paño norte se abre en la sección
central del muro y se organiza con un arco de medio punto con chambrana
ligeramente moldurada y dos arquivoltas con abundante decoración escultórica,
apeadas en cuatro columnas con capiteles vegetales y basas con garras. El
acceso se realiza por medio de una escalinata. En el tímpano se representa el
Cordero Místico, apoyado sobre dos cabezas de becerro emparentadas
estilísticamente con los canecillos de la capilla mayor y la absidal del lado
del evangelio. El Agnus Dei está enmarcado por un festón de decoración vegetal
estilizada y con dos rosetas a ambos lados. Tanto el estilo como la composición
recuerdan al tímpano con el mismo tema de San Pedro de Fóra, en Santiago de
Compostela.
Las columnas de la portada se distribuyen en
grupos de a dos. Los capiteles vegetales presentan un desarrollo estilizado
característico del tardorrománico. El capitel interior del lado izquierdo se
pone en relación directa con el presente en la capilla absidal del evangelio,
con hojas de eje perlado. Las jambas se decoran con flores tetrafolias entre
boceles. En su conjunto, los elementos decorativos son los característicos del
paso de los siglos XII al XIII y se aprecia una clara inspiración en las obras
desarrolladas por el Maestro Mateo en la catedral de Santiago de Compostela.
En la fachada occidental destaca el pórtico
bajo un gran rosetón y un arco sepulcral del período gótico en el extremo
izquierdo de la fachada. Para acceder al templo por esta portada se construyó
una escalinata.
El conjunto de la fachada presenta
remodelaciones en distintos momentos históricos. El lienzo derecho del muro es
más sencillo, a base de sillares lisos, lo que ha llevado a pensar en una
profunda remodelación de esta zona.
Para Barral Rivadulla, un pequeño resalte en la
línea del muro podría indicar que en esta zona nacerían torres. En el lado
septentrional destaca un escudo con las armas de Castilla y León por duplicado
de época moderna, y con una cruz central con venera a los pies. Algunos autores
consideran que estamos ante la cruz de San Rosendo, fundador mítico del templo.
El tramo central, el más monumental, se divide
en dos cuerpos, hallándose en el superior un rosetón y en el inferior la
portada. La zona alta ha sido profundamente reformada en el siglo XIX. La
portada se sitúa bajo una cornisa con canecillos. Bajo éstos, una gran arcada
articula el conjunto en cuya clave se aparece Cristo mostrando las llagas. La
arcada desarrolla tres arquivoltas, de las cuales dos contienen decoración
geométrica, mientras que la tercera tiene veinte ángeles que sujetan objetos de
diversa índole, como libros o las arma Christi, entre las que se distinguen la
corona de espinas, la cruz, la columna, las tenazas y la lanza. Bajo las
arquivoltas, un tímpano de época moderna con un relieve del apóstol Santiago a
caballo.
A ambos lados de la puerta se disponen estatuas
de los apóstoles Juan y Santiago. Éste, con cabellos y barba rizados, se apoya
sobre un bastón de peregrino y sujeta una cartela. Bajo sus pies aparece un
león representando la sumisión del mal. En cuanto a Juan, lo primero que llama
nuestra atención es la distinta factura entre la cabeza y el cuerpo;
posiblemente la cabeza haya sido rehecha en época moderna. El santo porta una
cartela y un libro con la izquierda, y tiene gesto de señalar con la derecha. Los
ropajes son análogos a los que viste Santiago. Ambas estatuas son deudoras de
los talleres mateanos.
A ambos lados del acceso se distribuyen
columnas acodilladas con fustes monolíticos lisos, basas áticas y capiteles
esculpidos. Los cimacios exhiben decoración vegetal de gran carnosidad,
reforzada en su impacto por el uso de la técnica del trépano. Los capiteles de
las columnas desarrollan decoración vegetal e historiada. En el lado derecho,
de Norte a Sur, el primero de ellos representa la escena del sacrificio de
Isaac, mientras que los dos últimos son vegetales con decoración muy
estilizada. En el izquierdo, se esculpe a Daniel en el foso de los leones, en
el primero, al que le sigue decoración vegetal con un ángel, y el tercero
confronta dos dragones por medio de los cuerpos y las cabezas, más dos cabezas
monstruosas en los extremos del capitel. El tímpano está sujeto por dos
ángeles-mocheta influenciados por el Pórtico de la Gloria, especialmente en el
tratamiento del cabello y en el perlado de las vestiduras.
Las sucesivas reformas sufridas dificultan la
datación de esta portada. La vinculación de la cornisa de la fachada exterior
con el Pórtico de la Gloria ha llevado a Valle a datarla en torno a 1230-1240,
si bien Yzquierdo postula una fecha más cercana a 1200. Caamaño la lleva a
pleno siglo XV por su relación con las iglesias de Santa María y Santiago de
Betanzos, a excepción de las figuras de las jambas, que considera
pertenecientes a finales del siglo XII. A tenor de la complejidad, y siguiendo
lo postulado por Barral Rivadulla, nos inclinamos hacia una datación en el
segundo tercio del siglo XIII.
El muro sur de la iglesia es el que se
encuentra más alterado por las construcciones añadidas en época moderna,
quedando oculto en buena parte. Las huellas de la obra medieval aún son
apreciables en los cuatro contrafuertes, en la presencia de canecillos de
naveta alternados con metopas de decoración cruciforme. La puerta de acceso se
encuentra hoy incluida en el espacio de la sacristía. Su perfil apuntado queda
encajado entre dos contrafuertes y desarrolla dos arquivoltas en bocel que
apean en columnas monolíticas con basas áticas con garras y con capiteles de
tipo vegetal, similares a los vistos en la portada septentrional. El tipo de
capitel y el apuntamiento del arco son característicos de inicios del gótico.
Finalmente, y volviendo al interior de la
iglesia, encontramos una serie de piezas de arte mueble de especial interés. Se
trata de dos esculturas y de una pila bautismal.
La primera de las imágenes representa a
Santiago sedente. El tipo iconográfico remite a la imagen del apóstol del
Pórtico de la Gloria. El canon de la figura, el tipo de pliegue utilizado en
los ropajes y su iconografía dúplice como apóstol y como peregrino llevan a una
datación en el siglo XIV. La segunda de las esculturas bajomedievales
conservadas en la iglesia de Santiago es una Virgen con el Niño. Para Barral
Rivadulla, esta pieza sigue modelos de tradición conimbricense y francesa del
siglo XIV.
Tanto la Virgen como el Santiago sedente
estarían ubicados originalmente en el altar mayor, como atestigua una visita a
la iglesia de 1521.
Una tercera pieza perteneciente al templo
coruñés es un Cristo crucificado de la segunda mitad del siglo XIV que en la
actualidad se encuentra en el monasterio de Santa María la Rábida (Palos de la
Frontera, Huelva).
A mayores de estas tres piezas, cabe destacar
la presencia de una pila bautismal en el primer tramo del muro del evangelio.
La pila tiene 97 cm de diámetro y su taza está
surcada por una serie de arquillos de medio punto que apean en columnas con
capitel, todo ello enmarcado por dos cenefas con moldura en bocel. El tipo de
decoración arquitectónica lleva a fechar la pila hacia el año 1200
También se conservan en Santiago de A Coruña
dos interesantes muestras del arte funerario gótico gallego, una yacente
femenina en el interior del templo y uno masculino en un arcosolio en el
exterior del muro sur.
La iglesia de Santiago de A Coruña es una de
las más emblemáticas del casco histórico herculino. La iglesia actual, como
hemos visto, presenta numerosas campañas de obras, tanto en planta como en
alzado, pero su visión actual aún permite apreciar una importante fábrica
románica. Los elementos conservados dialogan con otros grandes centros del
románico coruñés como la catedral compostelana en su última fase, donde la
impronta del Maestro Mateo se irradia por toda la geografía gallega.
Elviña
El núcleo de Elviña pertenece al municipio de A
Coruña, donde un barrio y uno de los campus universitarios reciben su nombre.
El núcleo de población original conserva el trazado tradicional rural, aunque
en la actualidad sufre una fuerte presión por el crecimiento urbano, que ha
cercado la población entre la vía de acceso a la ciudad y el campus
universitario. Se llega por la principal salida de A Coruña, la avenida de
Alfonso Molina, donde se ha de tomar la salida hacia el campus de Elviña; a
pocos metros en esta vía hay que seguir de frente en la bifurcación que conduce
al campus
El germen de la aldea está en el Castro de
Elviña, ubicado sobre un montículo tras los edificios del campus universitario.
Desde el castro se dominaba visualmente toda la bahía y la Torre de Hércules;
aún hoy tiene una visión panorámica de parte de la ciudad. Su situación
muestra, además, una buena comunicación hacia el interior a través de vías
naturales. En el castro han aparecido interesantes vestigios que muestran su
evolución histórica hasta que fue romanizado. Las piezas más interesantes
halladas allí son las joyas del denominado Tesoro de Elviña, conservado en el
Museo Arqueológico e Histórico da Coruña.
En un momento impreciso de la Alta Edad Media
el castro fue abandonado y se trasladó el núcleo de población desde ese primer
emplazamiento en la zona alta hasta el valle, a fin de facilitar las labores
cotidianas agropecuarias. La primera noticia que se tiene de la villa de Elviña
es de mediados del siglo IX cuando el conde Alvito y sus hermanas Vistiberga,
Urraca y Odrocia concedieron esta villa al monasterio de Santa María de Cambre.
El topónimo medieval de San Vicenço das Vinnas o San Vicenco do Viña hace
referencia a la producción vinícola que debió de ser el principal cultivo. La
presencia de la incipiente ciudad herculina, cuya especialización era el
comercio marítimo, contribuyó a su desarrollo, puesto que el vino de Elviña
llegó a exportarse. Sin embargo el cultivo fue descendiendo a lo largo de la
época moderna, cuando el vino demandado procedía de lugares más lejanos y
apropiados para su producción.
Durante la Guerra de la Independencia en el
territorio parroquial de Elviña se desarrolló la Batalla de Elviña, también
conocida como Batalla de Coruña. El general inglés Sir John Moore se vio
obligado a retirar sus tropas por la persecución del mariscal Nicolas Jean de
Dieu Soult. Tras varios días huyendo, el 16 de enero de 1809 se produjo un
enfrentamiento en el que hubo muchas bajas de ambos bandos, pero tras el cual
el contingente británico logró retirarse finalmente. En el atrio de la iglesia
de San Vicente se conservan varias placas conmemorativas de la batalla, y en el
campus hay un monolito conmemorativo.
Iglesia de San Vicente
Durante la Segunda República, la noche del 9 de
diciembre de 1933, esta iglesia fue incendiada, hecho que se repitió en un buen
número de templos de municipios limítrofes. Fruto del incendio se perdieron
todos los elementos del interior y la techumbre, permaneciendo inalteradas las
paredes. En los meses posteriores se llevaron a cabo las primeras reparaciones,
a las que siguieron trabajos más intensos entre los años 1940 y 1942, cuando se
finalizó la restauración.
La iglesia parroquial consta de un ábside
rectangular y una nave. El primero se cierra con una bóveda de cañón peraltada
y reforzada con un arco fajón, y la segunda está cubierta con una bóveda, fruto
de la restauración efectuada en la década de los cuarenta, que sustituye a una
techumbre de madera. En el lado septentrional del presbiterio se adosó en época
moderna una sacristía a la que se accede mediante una puerta adintelada.
Previamente al incendio, según nos indica Martínez Morás, la sacristía contaba con
un segundo piso que en la restauración se eliminó. El templo se asienta sobre
un zócalo escalonado con una marcada presencia alrededor de todo el perímetro,
pero más manifiesto en la zona occidental, puesto que el terreno presenta un
desnivel en esa dirección.
En el muro norte no hay ningún estribo, a
excepción del resultante de la prolongación del muro de la fachada occidental.
En el paramento se observan dos aparejos, que se alternan de forma muy regular.
El grueso del muro está construido con sillería granítica regular, idéntica a
la del resto del edificio; las otras partes son de mampostería de pequeñas
piedras irregulares con abundante argamasa. Los tramos de mampostería son
estrechos y coinciden en el interior con la disposición de las columnas
introducidas con la reforma de los años cuarenta. En el tramo de sillería más
próximo a la cabecera se abren una puerta y una ventana en la parte superior.
La puerta, que está cegada, tiene las jambas
rectas coronadas por cimacios en nacela sobre los que apoyan las dovelas del
arco de medio punto en arista viva.
El tímpano consta de dos piezas, carece de
decoración y se asienta sobre dos mochetas lisas. Es en este tramo del lado
norte el único donde se conservan los canecillos: cinco cortados en curva de
nacela. Aunque la equidistancia y disposición es correcta, su tratamiento
denota que son piezas nuevas. El siguiente tramo de sillería, el occidental,
presenta en la parte superior un gran espacio rectangular cegado con
mampostería. Por su ubicación debió de tratarse de una ventana.
El lienzo sur de la nave está reforzado por
cuatro contrafuertes, dos en los extremos y otros tantos intermedios, que lo
dividen en tres tramos. Los contrafuertes son simples y carecen de decoración,
pero en la parte inferior gozan del mismo tratamiento escalonado que el zócalo.
Aunque todos llegan hasta el alero, el más occidental muere achaflanado unos
sillares por debajo de esta línea, lo que es achacable a la reforma de la zona
superior de la fachada occidental. A diferencia del lado opuesto, el alero está
completamente desarrollado con cobijas y canecillos en nacela. En el tramo
oriental se abre la otra puerta lateral, que aún conserva su uso.
Comparte las mismas características que la del
lado opuesto, con la variante de que una de las mochetas está decorada con la
cabeza de un bóvido, cuyo pescuezo es estriado. Sobre esta ventana se abre una
estrecha saetera y otra en el tramo inmediato.
La fachada principal concentra la atención del
espectador por el mayor decorativismo de la portada. Se pueden destacar dos
registros perfectamente delimitados por una moldura en bocel por encima de la
portada y el retranqueo del muro que discurre sobre este nivel. El registro
inferior, plenamente románico, destaca en la parte baja por el potente zócalo
que sobresale en los laterales, donde coincide con los estribos, y una
escalinata en la parte central que ayuda a salvar el fuerte desnivel.
La portada es abocinada, con triple arquivolta
de medio punto, con molduras en bocel en la arista a las que sigue una
mediacaña. Las ciñe una chambrana en nacela muy estrecha. El tímpano está
sostenido por dos mochetas en nacela, la izquierda mutilada. No presenta
muestras de haber estado decorado. Las arquivoltas voltean sobre columnas
acodilladas con fustes monolíticos, lisos y muy estilizados, y basas áticas
sobre plintos cúbicos.
Los capiteles están deteriorados, lo que no
impide apreciar los motivos decorativos. Todos tienen collarino liso y se
pueden dividir en dos esquemas: el primero de ellos es el clásico capitel con
motivos vegetales y el segundo el de motivos vegetales entre los que asoman
cabezas. Del primer tipo hay cuatro, en los que aparecen variables: hojas
lisas, con o sin bolas en los extremos, dispuestas en un solo nivel, y hojas
terminadas en volutas y bolas organizadas en dos niveles. Aunque la temática
vegetal sea la misma, se puede apreciar que fueron realizados por diferentes
manos, ya que el de hojas dispuestas en dos niveles está realizado con mayor
delicadeza.
El segundo modelo se encuentra en dos capiteles
contiguos del lado izquierdo.
El central es el menos deteriorado de todos, lo
que evidencia aún más la tosquedad y la falta de pericia del artesano. En la
arista se sitúa una hoja rematada en voluta; en la cara que mira al frente se
dispone una figura humana con una cara muy esquemática, con la boca abierta y
la mano colocada sobre el pecho; en el otro lateral asoma una figura, aunque
podría creerse en un primer momento que se trata de otro hombre por contar con
una nariz abultada; la postura que adopta con las patas sobre el collarino y,
sobre todo, los cuatro surcos en la frente representando de forma esquemática
una melena, inducen a afirmar que se trata de un león. En el último de los
capiteles se intuyen los motivos representados en la cesta que se acaba de
describir, con la salvedad de contar con cuadrúpedos en ambas caras flanqueando
la hoja de la arista. A pesar de su gran erosión, se puede concluir que su
calidad era muy superior, siendo éste el modelo de aquél. Sobre los capiteles
se encuentran los cimacios con perfil en nacela; los exteriores se impostan en
el muro unos pocos centímetros para servir de soporte a la chambrana.
El nivel superior de la fachada, que está
retranqueado, es el resultado de una intervención moderna muy sencilla. Consta
de un vano rectangular, sustituto de la primitiva aspillera, y una espadaña de
doble tronera que corona el conjunto.
En el testero del ábside hay restos de una
ventana que fue tapiada. Se conservan las dos impostas en nacela en las que aún
se apoya una chambrana decorada con un fino abilletado. Sobre ellas también
debió de descansar una arquivolta que se ha perdido con la reforma, pero
prestando atención aún se puede apreciar en uno de los sillares inmediatos a la
chambrana parte de dos lóbulos. En el piñón del ábside se ubica una antefija
muy erosionada en la que se representa tumbado un carnero de largos cuernos curvos.
El muro meridional del ábside se desarrolla
entre dos estribos que marcan los límites del espacio: uno es la prolongación
del testero y el otro un codillo que suaviza la unión con la nave. Carece de
contrafuerte de refuerzo en el centro del muro que se corresponda en el
interior con el arco fajón. Las cobijas del alero están sostenidas por cuatro
canecillos. De Oeste a Este son un bóvido, dos hojas superpuestas rematadas,
una en voluta y otra con una poma, una figura humana y un can con cinco
modillones. El alero septentrional es visible desde el interior de la
sacristía, en donde se observan un bóvido con el cuello estriado, un cuadrúpedo
de larga cola enroscada sobre la espalda y cabeza girada hacia la izquierda y
con las patas dispuestas sobre la nacela, le sigue una figura humana mutilada
colocada cabeza abajo, que Carrillo Lista ha considerado que se trata de un
contorsionista, y otro canecillo con la misma decoración vegetal que en el lado
opuesto. El bóvido de pescuezo rayado se repite también en la mocheta de la
puerta sur, donde recibe un tratamiento más geometrizado y tosco.
En el interior, la nave ha resultado muy
alterada por la restauración de la década de los cuarenta del siglo XX, al
dividirla en tres tramos mediante columnas sobre las que descansan las
nervaduras de la bóveda. Martínez Morás, en su descripción del interior, no
señala la presencia de arcos ni de columnas, por lo que se trataba de un templo
con estructura tradicional, con los muros lisos tan solo interrumpidos por los
vanos de las puertas y las saeteras.
El acceso al presbiterio se realiza a través de
un arco triunfal de medio punto, ligeramente peraltado, doblado y de perfil
recto. La dobladura se apea sobre los muros, mientras que el arco interno lo
hace sobre columnas embebidas. Éstas se alzan sobre basas áticas con la escocia
salpicada con pequeñas bolas. Los fustes están compuestos por tambores de
idéntica altura a la de las hiladas del muro. Ambos capiteles siguen un mismo
modelo, aunque con ligeras variantes. Cuentan con un único orden de hojas apuntadas
cuyos extremos anillados rematan en volutas; los nervios están decorados con un
fino perlado, motivo que también se encuentra en los pequeños lóbulos
secundarios, similares a diminutas hojas que parten del nervio.
El capitel septentrional conserva íntegra la
decoración: en el centro de la cesta y en el lateral que mira a la nave se
disponen leones con voluminosas melenas y con las fauces abiertas dejando
asomar la lengua.
Muro norte del ábside, con las columnas
que sostienen, respectivamente, el arco triunfal (izquierda) y el fajón. Entre
ambas, la puerta de acceso a la sacristía.
El capitel meridional, con collarino sogueado
en lugar de liso, dispone felinos en ambos laterales y tiene mutilada la parte
central. Puesto que los restos conservados en ésta no difieren en absoluto del
capitel opuesto, lo más acertado es pensar que poseía idéntica decoración.
Tradicionalmente, sobre los capiteles vegetales, derivados del modelo clásico
corintio, se dispone un segundo nivel de caulículos; aquí está atrofiado y sólo
se aprecian unas volutas que descansan directamente sobre las hojas. Los cimacios
achaflanados, el meridional parcialmente rehecho, se impostan ligeramente por
el muro del testero de la nave, donde actúan de apoyo de la dobladura. Hacia el
interior de la capilla también se impostan uniendo los cimacios de las columnas
del acceso y del fajón, y desde éste hasta el testero, donde sirve de arranque
para la bóveda. En estos tramos recibe decoración abilletada, en el primero con
dos filas de billetes, mientras que en el segundo exhibe una sola hilera
central.
Sobre el arco triunfal se abre un gran rosetón
que, por sus características y la ausencia de este elemento en la descripción
de Martínez Morás, es consecuencia de la restauración.
El arco fajón repite las características del
arco triunfal, aunque con leves variantes. Las basas están mucho más
ornamentadas que las del acceso. Son áticas. La meridional es sencilla, pero la
septentrional está ricamente ornamentada con bolas en la escocia, el toro
inferior con sogueado y una banda adornada con una línea en zigzag superpuesta
en la parte superior. Los plintos son semicirculares, con el mismo diámetro que
los toros inferiores de las basas. Entre la basa y el plinto se dispone una
banda rehundida con pequeñas bolas. En el plinto norte hay flores hexapétalas
inscritas en círculos.
Con respecto a los capiteles, el derecho
comparte una decoración similar a la de los del arco triunfal. El collarino es
sogueado y la cesta tiene de nuevo en la cara mayor, en las aristas, dos
grandes hojas lisas y anilladas en los vértices. Entre ellas, en la parte
superior, aparece una pequeña cabeza de felino, mientras que en el centro hay
dos aves con plumaje marcado que vuelven la cabeza y pican las volutas de los
ángulos. En las caras laterales reaparecen sendos felinos. Sobre este capitel
se sitúa el único cimacio decorado del templo; sobre el chaflán se extiende,
por todos sus frentes, un zarcillo ondulante rematado en volutas alternas.
El capitel izquierdo tiene el collarino
sogueado del que arrancan cordones que se entrelazan en forma de red en la
parte inferior y en la superior aparecen como abultadas volutas, a las que se
superponen diminutos caulículos.
El testero del presbiterio permanece oculto
tras el retablo, lo que no permite determinar cómo era el vano central en el
interior. El hecho de haber cegado el primitivo foco de iluminación conllevó la
apertura de una ventana adintelada en el segundo tramo del muro sur.
Entrando a valorar los diferentes elementos
decorativos de San Vicente de Elviña, se pueden establecer paralelos con otros
templos próximos, dado que hay múltiples semejanzas con iglesias cercanas, como
Santa María de Cambre y San Cosme de Sésamo (Culleredo), pero también con otras
más distantes, como San Salvador de Vilouzás (Paderne).
Los capiteles del arco triunfal, con leones que
asoman entre hojas, toman como modelo los capiteles del crucero de la catedral
compostelana. Este esquema gozó de una amplia difusión por el ámbito rural
gallego. Posiblemente a Elviña llegasen a través de los que aparecen en el
cuerpo de naves de la iglesia de Santa María de Cambre, porque en ambos se
emplean los ejes perlados.
En cuanto al capitel decorado con pájaros que
picotean las volutas, cuenta con un referente en el crucero meridional de la
catedral de Santiago. La presencia de aves en capiteles entregos es menos
habitual que en capiteles acodillados de ventanas, donde se disponen
afrontados, como en San Cosme de Sésamo (Culleredo), Santa Cruz de Mondoi (Oza
dos Ríos) o Santa María de Melide; aunque sí aparecen en los arcos triunfales
de Santa María de Mezonzo (Vilasantar) y San Cosme de Maianca (Oleiros), pero
en ninguno de ellos se disponen del mismo modo, por lo que el esquema más
similar es el compostelano.
El otro modelo de capitel, el izquierdo del
fajón, con entrelazos en la parte inferior y volutas en la superior, también
cuenta con un paralelo en el templo de Cambre, aunque aquí con la variante de
disponer un león en el frente.
Con respecto a los capiteles de la portada
occidental, presentan un tratamiento y una calidad inferior a la que se aprecia
en todos los elementos del presbiterio, lo que hace pensar en la presencia de
dos talleres que realizan su trabajo en zonas diferenciadas. Los elementos
decorativos de la fachada no dejan de ser una simplificación de esquemas
aplicados en la cabecera. Uno de ellos, el bóvido de cuello estriado,
reproducido tal cual pero con menor gracia, hace plausible la hipótesis de que
ambos grupos de ejecutores perteneciesen a un mismo taller
Es posible que el grupo mejor formado elaborase
las piezas correspondientes a la zona de la cabecera y que, por algún motivo,
abandonase la obra antes de la ejecución de la nave y la fachada occidental. A
su marcha dejaron en la fábrica algunos miembros del equipo para acometer la
finalización. Estos últimos operadores eran conocedores de las mismas fórmulas,
pero carecían de las habilidades de los primeros, de ahí la diferencia de
calidad y las similitudes de modelos. De acuerdo con esta conjetura, el tiempo
transcurrido entre la realización del presbiterio y de la nave sería mínimo.
Además, dentro de los propios capiteles
acodillados de la puerta del imafronte se puede plantear la existencia de dos
manos. Se percibe claramente en el caso del capitel con la hoja en la arista y
las figuras laterales de leones y hombre. Este modelo de capitel aparece
también en dos cestas de la iglesia de Santiago de Vilouzás, en la portada
principal. Aunque los capiteles de ésta están muy deteriorados, uno de ellos
tiene el eje perlado como los de la capilla de Elviña.
En Elviña hay tres piezas con paralelos en
Vilouzás. Los canecillos del alero septentrional del león y el bóvido con el
pescuezo estriado, también empleado este último en la mocheta de la puerta
meridional de Elviña, son idénticos a las mochetas de Vilouzás. En el interior,
los capiteles no cuentan con modelos similares. En Vilouzás se emplea un
esquema de hojas más sencillo; sin embargo, el cimacio meridional en este
templo está decorado con el mismo vástago ondulante, terminado en espirales,
que aparece en el fajón de Elviña. Estos tres paralelos hacen plantearse que el
taller que elaboró la fachada occidental de Elviña se trasladase con
posterioridad a Vilouzás.
Con respecto a la cronología aplicable al
templo coruñés de San Vicente de Elviña, el presbiterio debió de realizarse en
la década de los 1180, mientras que la nave y la fachada occidental pueden
retrasarse hasta los años finales de esa centuria.
Cambre
Municipio ubicado en el entorno, en dirección
sureste, del que acoge a la capital de la provincia. Su principal núcleo de
referencia, Cambre, a sólo 12 km de la ciudad de A Coruña, da nombre al término
municipal. En él se halla su monumento más significativo, la iglesia, otrora
monástica, de Santa María.
Iglesia de Santa María
La iglesia de Santa María de Cambre se halla
situada en el municipio del mismo nombre perteneciente a la provincia de A
Coruña y a la diócesis de Santiago. Su situación en las Mariñas dos Freires,
contiguas a las Mariñas dos Condes, marca una historia presidida por las
cambiantes relaciones entre el señorío secular y el monástico. Consta en un
documento del siglo IX que un tal Alvito y sus hermanas edificaron una iglesia
dedicada a San Salvador y a Santa María Virgen en un lugar llamado Calambre.
A la fundación se le otorgaron varias villas,
además de Cambre y otras posesiones en Postmarcos y Taramancos. Sabemos que
tras recuperar la carta de fundación custodia da en San Salvador de Oviedo, un
descendiente suyo dejó el monasterio a su hijo, el abad Munio. Éste encargó a
sus hermanos entregar el cenobio al abad Adulfo de Antealtares para que permaneciese
in uita sancta et regulari de gentibus.
Merced al documento de donación, fechado en el
16 de agosto del año 932 y firmado por san Rosendo, el rey Ramiro II y
destacados aristócratas, se comprueba que Cambre surgió como uno de los muchos
“monasterios familiares” fundados por la nobleza gallega entre los
siglos IX y X. En ellos los abades pertenecían a la familia fundadora e,
incluso, cuando un cenobio se integraba en una comunidad monástica superior,
solía mantenerse bajo un régimen familiar encubierto. Consta que a mediados del
siglo X un tal Gutierre, abad y conde, gobernaba los monasterios de Cinis y
Cambre. Al parecer era hermano de Elvira Alóitez, señora de la villa de Cambre,
e hijo del Alvito, que entregó Cambre a Antealtares.
En 1141 dicho monasterio cedió a la esposa del
conde Fernando Pérez de Traba, Sancha González, el coto y la iglesia de Cambre.
Por otros dos documentos del mismo año sabemos que el emperador Alfonso VII le
entregó la heredad de Morás (A Coruña) a cambio de que ella hiciera “donación
y dejación” del monasterio de Cambre al de Antealtares y también que doña
Sancha ofreció a su abad la iglesia de San Esteban de Morás para poder
recluirse en el priorato de Cambre.
Conviene saber que Fernando Pérez tuvo amistad
con el arzobispo Gelmírez y san Bernardo, además de ser tutor del rey Fernando
II, quien se convirtió en yerno suyo al casarse con su hija Teresa.
Pretendiente al trono de Portugal, primero, y Conde de Galicia, luego,
participó en la conquista de Almería y peregrinó a Jerusalén dos veces.
Según Hipólito de Sá, su hijo Gonzalo Fernández
posibilitó con nuevas donaciones que los monjes de Cambre “continuasen la
construcción de la iglesia, que hacía algún tiempo habían comenzado para
sustituir la primitiva, que estaba en muy malas condiciones”. Consta que en
1182 el monasterio de Antealtares cedió a su hija, Urraca González, el priorato
de Cambre a cambio, una vez más, del monasterio de Morás y de pagar anualmente
“cien sueldos para la obra del claustro o del monasterio”. Por el mismo privilegio,
estudiado por López Ferreiro, sabemos que la dama ordenó enterrarse en
Antealtares o Cambre y que su priorato “se rija por un monje ejemplar de
Antealtares” a quien ella y el “Capítulo han de nombrar prior y mudarle si
fuese necesario”.
La vinculación del priorato de Cambre con
nobles de la casa de Traba continuó años después, donándole en 1203 Gonzalo
Núñez parte de su heredad y aforándolo en 1454 de por vida el abad de
Antealtares a Gómez Pérez de las Mariñas, quien lo legó a una hija suya casada
con Diego de Andrade, descendiente de los Traba.
A fines del siglo XV, pasó a depender del
monasterio de San Martín Pinario, al incorporarse a éste la abadía de San Payo
de Antealtares. Con todo, en 1519 se suscitó un pleito por su posesión entre el
monasterio compostelano y la colegiata coruñesa de Santa María del Campo. En
tanto no se dictó sentencia, el priorato de Cambre quedó en estado de “secuestro”
a cargo de un juez ejecutor que redactó un documento que proporciona valiosa
información sobre el cenobio al describir sus dependencias (coro alto, capillas,
claustro, caballeriza, bodega, cocina, despensa, dormitorio con seis celdas,
refectorio, letrina, huerta y cementerio), junto con su ubicación respectiva.
Años después, tras saquear en 1589 A Coruña,
los piratas ingleses de Drake infligieron graves daños a Cambre. El Libro de
Visitas redactado al año siguiente, lacónicamente señala que la iglesia está
quemada y al cuidado del prior y dos monjes. De la reparación se hizo cargo la
abadía compostelana, estando en 1605, según el Cardenal J. del Hoyo, bien
avanzada.
El tiempo transcurrió entre pleitos por rentas
sin pagar. Tras 1742 se creó una escuela para niños en el priorato, visitado
por unos sacerdotes franceses en 1793. Las tropas napoleónicas saquearon sus
instalaciones en 1809, obligando a la reconstrucción de la techumbre y extremos
del transepto de la iglesia entre 1825 y 1833. Poco después, la desamortización
eclesiástica despojó al monasterio de sus bienes, informando el Libro de
Fábrica que para 1848 ya estaba suprimido con todas sus dependencias. Por fortuna,
la iglesia permaneció como parroquial, restaurándose entre 1951 y 1960 tras su
declaración como monumento nacional histórico-artístico el 3 de junio de 1931.
La construcción de la iglesia
La iglesia de Santa María de Cambre es de
planta de cruz latina, con tres naves divididas en cuatro tramos concebidas
para una cubierta de madera a dos vertientes. Posee también un transepto
saliente de nave única y cabecera con deambulatorio de bóveda anular abierto a
cinco capillas absidales con bóveda de nervadura y arcos apuntados. En ella se
aprecia un marcado contraste entre el cuerpo y la cabecera. El primero es el
resultado de adaptar soluciones compostelanas a una iglesia rural no abovedada;
la segunda combina en su girola formas románicas con otras ya góticas. Todo
ello refleja diversidad de concepciones arquitectónicas y provoca la impresión
de una desconexión entre cuerpo y cabecera.
Esta divergencia llevó a los estudiosos de la
iglesia a concentrarse en el conjunto absidal, exorbitando su significación y
considerándolo muy posterior al resto de la obra. Coinciden todos en que el
cuerpo es del siglo XII y que la cabecera se inspira en la de la catedral de
Santiago de Compostela, llegando López Ferreiro a insinuar que su traza se
debía al Maestro Mateo y atribuyéndola Lampérez (por una amalgama entre
distintas inscripciones de su interior) al Petrus Petri que trabajó en la
catedral de Toledo según una lápida de 1291, al que suponía discípulo del
Maestro Mateo.
La capilla mayor se encuentra rodeada por cinco capillas en los absidiolos de planta semicircular. En ellos todavía se conservan las cornisas y bóvedas originales.
Años después, Azcárate insistió en la relación
estructural entre la girola compostelana y la de Cambre, además de en el
posible parentesco entre el micahel petri inscrito en un pilar con el
Matheus Petri mencionado en un documento lucense de 1184 que podría
identificarse –según él– con el autor del Pórtico de la Gloria. Apuntaba así a
“la conexión de la obra de Santa María de Cambre con la obra del maestro
Mateo en Santiago” y a “la existencia de una amplia genealogía de
maestros con el patronímico Petri … a lo largo de la segunda mitad del siglo XII
y durante todo el siglo XIII”. Por su parte, Castillo y Caamaño advierten
una clara dicotomía entre el cuerpo y la cabecera protogótica, juzgando al
primero de fines del siglo xii y a la corona absidal del siglo XIII.
Opinamos que no es posible determinar las
etapas de construcción sin un estudio detallado de su decoración escultórica.
Ésta sorprende por la abundancia, variedad y cuidadosa ejecución de sus
elementos. Los noventa y cuatro capiteles del interior de la iglesia responden
a treinta motivos ornamentales diferentes, brindándonos su análisis valiosos
datos para la historia y filiación del edificio
Los correspondientes a los tres primeros tramos
del cuerpo forman un grupo homogéneo en su estructura, a pesar de estar unos
tallados con elementos esquematizados, otros con hojas lobuladas rematadas en
bolas, volutas y cabezas de animales o de adornarse algunos con leones
encabalgados y afrontados, con figuras desnudas tras ellos. Resultan todos
usuales en el románico gallego y se inspiran en piezas de la girola y el
transepto de la catedral compostelana.
Distintos son los de los absidiolos, más
esbeltos y semejantes a los presentes en algunas iglesias abulenses, segovianas
y gallegas del último cuarto del siglo XII.
Capitel de la nave. Lucha de animales:
en el centro de dos de ellos se representan sendos cuadrúpedos que apoyan las
garras en el collarino y se atacan con las fauces abiertas y las garras en
alto, mientras otros -situados en los laterales-, les acometen mordiendo sus
largas colas.
Pelea en la que los cuadrúpedos de los
extremos se enzarzan por parejas, que se dan la espalda pero vuelven las
cabezas, compartiendo misma lengua y cola. Entre ellos, tanto en el centro de
la cesta como en los vértices, aparecen figuras antropomorfas desnudas.
Los capiteles de la girola, de turgentes formas
vegetales, podrían vincularse por sus ábacos con otros del Poitou, Berry y
Valle del Loira en Francia. Repiten, a menor escala, el diseño de los que
rematan las grandes columnas de la capilla mayor, con hojas vueltas al modo del
capitel berrichon tan característico del románico de Airvault y Aulnay. Los
capiteles del cuarto tramo, a pesar de tener las proporciones de los tres
primeros, se asemejan a ellos, por lo que también parecen corresponder a la
última campaña de obras.
En la fachada de la iglesia advertimos cómo los
capiteles de los contrafuertes son del mismo tipo que los ornados de los
primeros tramos, asombrando los de los codillos por sus proporciones clásicas y
por su semejanza con otros de Palencia y Burgos (Aguilar de Campoo y Santo
Domingo de Silos) de fines del siglo XII y emparentándose los fitomorfos de la
portada con otros castellanos (San Vicente de Ávila y Santa Eufemia de
Cozuelos, en Palencia) fechados por García Guinea entre 1180 y 1200. Tal
cronología cuadra bien con la de la portada de Cambre, claramente posterior al
resto de la fachada. Por último, los capiteles de las ventanas son zoomórficos
en la izquierda y vegetales en la derecha, pareciendo anteriores a los de la
portada.
Es probable, por tanto, que las obras
comenzasen en el tercer cuarto del siglo XII por la fachada occidental y los
muros de las naves, bajo el patrocinio de los Traba. Recordemos que desde 1141
la esposa de don Fernando Pérez se había retirado a Cambre y que para entonces
la primitiva iglesia monástica, de fines del siglo IX, tenía muchos años.
El avance de las obras debió de ser lento y, a
pesar del patrocinio de su hijo, el conde Gonzalo Fernández, durante la primera
campaña parece haberse construido sólo los tres primeros tramos. La anómala
progresión de Oeste a Este se deduce del estilo de los capiteles y se justifica
por la presencia de la iglesia anterior, de estilo asturiano a juzgar por los
restos hallados en una somera excavación en 1918. La comunidad monástica no
podía prescindir de ella mientras durasen las obras en la nueva. Ya alzados los
muros y pilares de esta zona occidental, imaginamos que se cubrieron con
armadura de madera a dos vertientes sobre los piñones de los muros diafragma.
Es posible que la segunda campaña constructiva
haya sido promovida por Urraca González, quien en 1182 pidió permiso, como su
abuela antes, para residir en Cambre. En vez de cerrar los muros del transepto,
las obras hubieron de iniciarse por la cabecera, pues las molduras que coronan
el zócalo de la corona absidal y la plataforma del coro son semejantes a las de
los arcos de ingreso a los absidiolos. Hay razones para pensar que el maestro
que ejecutó todo esto fue distinto del que había trazado las naves románicas,
pues se presenta como un paladín del estilo que desde 1168 se estaba imponiendo
en la cripta de la catedral de Santiago y en la cabecera del monasterio de
Carboeiro (Pontevedra). Tras alzar las bóvedas de las capillas murió o se alejó
de Cambre, dejando tras de sí un dignísimo trabajo.
Comenzó luego una tercera fase constructiva
bien diferenciada de las anteriores. Hasta entonces, los canteros de Cambre
habían recibido su inspiración de los capiteles de la catedral de Santiago y,
si bien en los absidiolos circula una savia nueva, también mantienen algunas de
las pautas ornamentales usadas en las naves. El nuevo maestro de Cambre –quizás
el Micahel Petri ya mencionado–, da prueba, por los tipos decorativos que
implanta, de su independencia con respecto a otras iglesias gallegas. Aun evocando
algunos rasgos de la ornamentación vegetal del pórtico compostelano, el estilo
de sus capiteles le hace conocedor del arte del Oeste de Francia. Como
arquitecto tuvo que hacer frente a unas obras comenzadas en estilos, momentos y
lugares diferentes, acoplando la cabecera con el cuerpo de la iglesia en los
muros del cuarto tramo.
A continuación, debieron de implantarse las
gruesas columnas de la capilla mayor y colocarse los capiteles de las
semicolumnas de la girola, alzadas ya en la segunda campaña. En el crucero hubo
de ocurrir lo mismo; pero como en la actualidad faltan todos sus capiteles,
además de los muros testeros originales, no podemos ir más allá de la
hipótesis. Las huellas dejadas por el orden de prosecución de trabajos que aquí
se propone se descubren en el capitel de la semicolumna del cuarto tramo del
muro norte –de factura similar a los de la girola– y en el aparejo de los
sillares en los muros de tal tramo. Simultáneamente, debieron de alzarse los
cuatro pilares del crucero, más robustos que los restantes para sostener una
torre quizá abovedada. Sus capiteles, debidos a un mismo artista, parecen
concluir el trabajo escultórico dentro de la iglesia. Dada la inscripción
existente sobre uno de los más bellos y originales, podrían deberse a Micahel
Petri. Con el abovedamiento del deambulatorio y de la capilla mayor, y con las
cubiertas del crucero, brazos del transepto y último tramo de las naves
finalizarían los trabajos arquitectónicos a él vinculados. Quizá fuera en 1194,
pero al desconocerse la procedencia del extraño capitel inscrito con esa fecha,
no puede asegurarse.
Luego pudieron decorarse las portadas,
enmarcadas por arquivoltas semicirculares como en el Pórtico de la Gloria y en
otras iglesias gallegas concluidas en torno a 1200 (Carboeiro, Portomarín y San
Esteban de Ribas de Miño). Las obras debieron de seguir siendo financiadas por
la Casa de Traba. No sabemos cuándo concluyeron, pero tenemos la fecha de 1199
como pauta, pues en su testamento, Urraca Fernández, hija del conde Fernando
Pérez de Traba, dona a Cambre marcham I ad opus ecclesiae. Suponemos que
terminaron de montarse al poco tiempo, pues en la donación que hace en 1203
Gonzalo Núñez a la iglesia y monasterio ya no se emplea el termino ad opus.
La imposta de rombos que aparece en la girola y
basa de algunos pilares decora también el tornalluvias de la portada
occidental, afianzando nuestra hipótesis de que las obras concluyeron en el
cuarto tramo y de que dicha portada fue lo último en realizarse.
Después se cerraría el hueco previsto para el
rosetón –que parece imitar al que existió en la fachada occidental de la
catedral compostelana y cuyo diseño sigue al de los arquillos que decoran la
ventana del crucero norte– y se alzaría la espadaña.
Las portadas
La portada principal se abre entre los
contrafuertes centrales de la fachada occidental, cobijada por un tejaroz
adornado con diversos canecillos y una imposta de rombos. Su vano se corona con
un tímpano apoyado en ménsulas.
Dos arquivoltas, integradas por boceles y
mediascañas decoradas, de fuera hacia dentro, con billetes, palmetas de acanto,
motivos zoomórficos, un follaje serpenteante y labrys, lo envuelven, apoyada la
interna en columnas pareadas. Éstas resultan insólitas en el románico gallego,
pues aunque existen en la cripta del Pórtico de la Gloria, en Santa María del
Temple (A Coruña) y en Breixa (Pontevedra), están a la entrada de sus ábsides y
no en las portadas. En España, sólo algunas castellanas del último tercio del
siglo xii, como la parroquial de Perazancas de Ojeda (Palencia) y Santo Domingo
de Soria, pueden comparárseles.
El Agnus Dei que portan en gloria los dos
ángeles del tímpano concentra el mensaje de salvación de la portada occidental.
Pese a contar con precedentes bizantinos y otonianos el clípeo que alberga al
Cordero místico, pocos tímpanos del románico español presentan la combinación
de Cambre. En Galicia, por reunir ángeles y Agnus Dei en clípeo –aunque no
avenerado como aquí–, merece destacarse el de Moraime (A Coruña). Del resto de
España, un ejemplo aproximado aparece en la Puerta del Cordero de San Isidoro
de León, resaltando el de Armentia (Álava) por aunar en el mismo tímpano el
Agnus Dei en clípeo flanqueado por profetas con un crismón en venera llevado
por dos ángeles. En Portugal hay un tímpano similar al de Cambre, pero sin
clípeo lobulado, en Rates (Póvoa de Varzim), mientras que en Francia cumplen
sus características los de la catedral de Le Puy y el del sepulcro de
Saint-Junien, fechado hacia 1175.
El tímpano de Cambre se apoya en dos ménsulas
decoradas por ángeles que, por sostener uno un libro abierto y el otro una
cartela, parecen aludir, como ya propuso A. del Castillo, al Nuevo y Antiguo
Testamento. En Galicia podrían compararse con los de las iglesias de Santiago de A Coruña, las pontevedresas de Ansemil, Carboeiro y Camanzo y la catedral de
Ourense.
De gran interés iconográfico son los capiteles
historiados de las jambas. El de la derecha representa el pesaje de un alma por
San Miguel ante la mirada de un diablo –con cabellera y barbas erizadas, cuerpo
velludo y patas de ave–- seguido de un grifo enredado en un tallo. En el
capitel de la izquierda, aún más deteriorado, se adivina una figura alada con
escudo y lanza hendida en las fauces de un monstruo, tras el cual aparece un
erosionado grifo, quizás atacado por un ave. Parece plasmar la lucha de San Miguel
con el dragón apocalíptico, como sucede en San Miguel de Estella (Navarra) y en
dos capiteles de la portada sur de Daroca (Zaragoza), en donde el arcángel
aparece alanceando al dragón y con la balanza. En Galicia, el pesaje de las
almas se plasma en un tosco capitel de Arcade (Pontevedra) y en otro de Santa
María de Sar (Santiago).
También merecen atención las impostas,
arquivolta externa y modillones de la portada. Las primeras, pese a su notable
erosión, parecen decorarse con tallos serpenteantes habitados por aves y
hombres enredados en sus vástagos, a juzgar por lo conservado en el cimacio del
capitel historiado de la derecha. Tal diseño, ya aparecido en el período
helenístico, tiene parangón con los de iglesias castellanas, como Santo Domingo
de Soria, y las palentinas de Perazancas de Ojeda, Arenillas de San Pelayo y
Santiago de Carrión de los Condes, en donde la flora serpentina aprisiona
putti, animales y hombres. Todos ellos parecen aludir a los pecadores envueltos
en los lazos de la tentación de los que hablan los sermones medievales.
La arquivolta exterior se decora con motivos
zoomórficos dispuestos radialmente sobre el bocel. Entre ellos se distinguen
cabezas de ave, mamíferos y hombres de rostros burlones. También hay algunos
animales enfrentados, como sucede con el felino que ataca a una liebre y la
zancuda que lucha con una serpiente. Podrían interpretarse como seres inmundos,
indignos de penetrar en el santuario y símbolo de todo lo pecaminoso que aparta
a los fieles de la salvación otorgada por Cristo, simbolizado por el Agnus Dei
del tímpano. Ejemplo para ellos es el profeta Daniel, que aparece sentado y en
actitud pensativa entre los leones que le flanquean en medio de la arquivolta,
como arquetipo del justo que no adora a los ídolos. De este modo, todo el
conjunto es susceptible de una interpretación alegórica en la que a los
monstruos que encarnan el pecado se contrapone el profeta que, por mantener su
fe en Dios, es salvado de la muerte.
Si el estilo de los capiteles historiados
admite comparaciones con otros castellanos y cántabros de fines del siglo XII,
la composición de la arquivolta se emparenta con un extenso grupo de iglesias
cuyos más de doscientos treinta ejemplares se reparten por Francia, Inglaterra,
Irlanda, España, Portugal, Italia y Grecia. Dado que su característica general
es decorarse con cabezas protuberantes, en inglés se las conoce como
beak-heads, en francés como tête-plates y en español como “cabezas rostradas”.
Su origen hay que buscarlo en el arte clásico, pero también aparecen en el arte
celta y escandinavo. En el románico alcanzaron gran desarrollo, siendo
frecuentes en Inglaterra. Su origen se sitúa en el Poitou francés, siendo
populares en iglesias de Asturias y algo menos en Huesca y Navarra. De todo lo
anterior se deducen posibles contactos de los canteros de Cambre con alguno de
esos lugares y una cronología cercana al 1200 para la decoración de la portada.
Por su parte, los modillones que sostienen el
tejaroz de la fachada, tallados con cuerpos y cabezas de animales, dos
personajes y una “proa de barco”, tienen equivalentes en otras iglesias
gallegas de fines del románico.
La puerta que en el pasado dio al claustro se
abre en el tercer tramo del muro sur de la iglesia. Consta que se rehizo en
1908, quedando de la obra original dos ménsulas de factura similar, talladas
con cabezas monstruosas. La de la derecha engulle un hombrecillo, en tanto que
la izquierda, al morder a su víctima por el costado, deja ver su rostro
doliente. Se trata de una conocida evocación de la boca del Infierno, asimilada
al Leviatán bíblico en numerosas obras románicas. De él se afirma en el Codex Calixtinus:
“El Leviatán sorbe... a algunos cristianos gracias a diversos vicios.
Engulle a uno por su codicia..., a otro por su lujuria..., a otros por otros
pecados. Porque el Leviatán representa al demonio...”.
Las piezas, al tratar el mismo tema que las de
las portadas de la catedral de Tudela (Navarra) y de las iglesias de San
Vicente de Ávila, Agüero (Huesca) y las navarras de Gazolaz y Artáiz, podrían
ser sus coetáneas y datarse en torno al 1200.
El tímpano perteneciente a dicha portada fue
descubierto por el párroco Joaquín Sánchez entre el pavimento del coro en 1916.
Por el Diario de su sucesor, Juan Bueno, sabemos que ya en 1935 se encontraba
invertido tras el altar mayor de la iglesia. Es probable que se colocara ahí
por razones piadosas, al quedar cortada su parte superior y descabezado el
Cordero pascual que lo centra, flanqueado por dos figuras de identidad
imprecisa, al no conservar rasgos particulares en sus rostros o indumentarias.
Pese a las abundantes representaciones del
Agnus Dei en el románico, es poco usual plasmarlo entre humanos. Podrían
representar a los que le alaban en su gloria eterna. En Armentia son los
profetas Isaías y Juan el Bautista quienes le flanquean, anunciando la obra
redentora del Mesías, mientras que parecen ser la Virgen y el evangelista Juan
los que le presentan en Soto de Bureba (Burgos). En Galicia hallamos
composiciones similares en Pontevedra (San Martín de Moaña y San Salvador de
Camanzo), Santiago de A Coruña y en la desaparecida iglesia compostelana de San
Pedro de Fóra, cuyo tímpano inaugura en 1202 –según Serafín Moralejo– la serie
gallega de Agnus Dei orlado de roleos. A éstos hay que sumar el ejemplar
francés de Saint-Michel d´Aiguilhe, por combinar como en Cambre el Cordero
pascual con un friso ocupado por una vid serpenteante de racimos picoteados por
aves.
Tal decoración, de sentido eucarístico, fue
popular a comienzos del arte cristiano, pero también aparece en relieves
visigodos y románicos. Dada su correspondencia con el diámetro del tímpano,
pensamos que sirvió de dintel a su puerta, formando una unidad iconográfica
alusiva a la bienaventuranza de los justos en virtud de la sangre del Cordero.
Las mochetas que lo sostuvieron advierten, en cambio, del peligro de la
condenación eterna para los pecadores.
Algunas piezas sueltas
A los elementos escultóricos mantenidos in
situ se añaden algunas piezas sueltas. Entre ellas se cuentan dos capiteles
utilizados para sostener sendas pilas de agua bendita a la entrada de la
iglesia. Por su estructura y ornamentación vegetal se relacionan con los
capiteles de la girola y portada, pudiendo haber pertenecido a la ventana del
transepto norte y haber sido tallados durante la última campaña constructiva,
cerca del 1200.
Sabemos que un tercer capitel ya estaba
depositado en el suelo, a la entrada del presbiterio, en 1881. Su ornamentación
no coincide con la de ningún otro de la iglesia, siendo lo más notable de él la
inscripción ERA ICCXXXII seguida de dos iniciales de lectura incierta.
Algunos autores, erróneamente, han dicho que la fecha grabada en el capitel
aparecía junto al nombre de Michael Petri. Lo cierto es que tal nombre aparece
en un pilar del cuarto tramo y que el capitel sólo da la fecha de 1194 conforme
a la era hispana utilizada en el Medievo (ERA MCCXXXII). Ángel del
Castillo suponía que pudo pertenecer a una de las semicolumnas del crucero de
la iglesia y Segade Campoamor “a los claustros del convento”. También
pudo rematar alguna de las semicolumnas altas de la nave central que
reemplazaron los ábacos aplicados para apear los rebajados arcos de la nave
central durante la reconstrucción del 1830. Incluso pudo estar colocado sobre
el pilar con la inscripción MICAHEL PETRI, señalando, de ser así, el
final de las labores constructivas.
También se guarda en la iglesia un tosco
relieve con la Virgen y el Niño.
María tiene la cabeza cubierta por una ajustada
toca y un manto de los ya usados por las mujeres de Bizancio en el siglo V. El
Niño Jesús, sentado sobre la rodilla izquierda de la madre, sostiene un rollo o
libro, símbolo de la palabra divina, en tanto bendice a los fieles con su
diestra. Sus rasgos estilísticos e iconográficos permiten suponerlo del siglo
XIII, ignorándose el lugar original que ocupó en la iglesia. Por un tiempo
sirvió de base a la hidria de Jerusalén que se conserva en Cambre, pero es posible
que en el siglo XVI se hallara en el “Altar de Santana” mencionado en el
documento de secuestro del convento, ya que esa fue la identidad atribuida a la
mujer del relieve en la parroquia.
Perdida –o en poder de algún coleccionista–
está otra imagen de la Virgen con el Niño conocida por una antigua fotografía.
Por la simplicidad de su indumentaria y postura parece datar del siglo XIV,
pudiendo tratarse de la imagen mencionada por el P. Yepes al tratar de la huida
de los monjes ante el asalto inglés de 1589. Según A. del Castillo en toda la
comarca se tenía gran devoción a la “antigua imagen” de Santa María de
Cambre, emplazada en el altar mayor según el inventario de 1519.
A las anteriores piezas hay que añadir la pila
de abluciones conservada en la huerta y cuyas grandes dimensiones permiten
vincularla con el antiguo claustro monástico de Cambre, y un vaso relicario en
cerámica, de boca cuadrifolia y origen medieval, estudiado por A. del Castillo.
Por el Libro de Fábrica sabemos que se descubrió bajo el altar, dentro de un
pequeño sepulcro en el cual se guardaba “una tacita con dos asas llena de
Reliquias”. Vuelta a su sitio y redescubierta por el párroco Joaquín
Sánchez, ha sufrido una azarosa existencia desde 1917.
La Hidria de Jerusalén
La llamada “Hidria de Caná” de Santa
María de Cambre es un gran recipiente pétreo con forma de cáliz cuyas paredes
presentan un aspecto lamentable por las muchas raspaduras que sufrieron sus
asas y relieves florales, pues antaño se creía que el polvillo de su piedra
servía para aliviar diversas dolencias. Aun así, se conserva la inscripción IDRIE
IHLM que, al declararla HIDRIA DE JERUSALÉN, también indica su
procedencia.
Se hace referencia a ella en el documento de
1519 ya mencionado. Entre 1550 y 1572 el Licenciado Molina y Ambrosio de
Morales la calificaron de reliquia, pero fue el Cardenal Jerónimo del Hoyo
quien, tras admirarla en la capilla mayor de Cambre a comienzos del siglo XVII,
la presentó como una de las hidrias en las que Cristo convirtió el agua en vino
en las bodas de Caná. Poco después, en 1615, el Padre Yepes mencionó sus
presuntas virtudes curativas y el deterioro de su superficie. Fue esta fama de
la hidria como reliquia la que llevó al abad de San Martín Pinario a solicitar
al prior de Cambre en 1675 la entrega del “ánfora de pórfido que trajeron de
Palestina en la segunda cruzada unos caballeros de Galicia y que se depositó y
subsiste en dicha iglesia”. Al negarse el pueblo a desprenderse de ella, se
ha convertido en la joya de Cambre.
Es tradición local que la hidria llegó allí
desde la cercana iglesia de Santa María del Temple –a donde la habrían llevado
unos caballeros gallegos– al disolverse su Orden en 1312. Es cierto que el
epígrafe antes reseñado hace referencia a su origen oriental, pero las
opiniones divergen con respecto a los cauces de su llegada. En 1876 un
carmelita, tras haber examinado la pieza de Cambre, afirmó que “su
construcción, la calidad de la piedra, que es como la de aquella parte de la
Palestina, y su antigüedad, inclinan a creer que debió ser una de las seis de
las bodas de Caná” traída por los benedictinos al huir de Tierra Santa,
cuando ésta fue ocupada por Saladino, añadiendo que todas ellas “fueron
conducidas al Occidente cuando los cruzados se vieron obligados a abandonar
Palestina”.
Según López Ferreiro, en cambio, pudo haber
llegado con Fernando Pérez de Traba, conde de Galicia, quien, además de firmar
como Comes Hierosolymitano en varios documentos próximos al 1150, poseía
territorios por Cambre y estuvo dos veces en Palestina. La hipótesis es
plausible si consideramos, además, la costumbre de traer reliquias desde Tierra
Santa por parte de miembros de la nobleza gallega y cruzados.
También es posible que la hidria fuera traída
por un caballero templario, dado su asentamiento en el cercano Burgo de Faro ya
en la segunda mitad del siglo XII.
Pila
bautismal en la que se pueden apreciar las huellas de la Orden del Temple. En
este caso es un símbolo solar que a su vez representa diferentes períodos o
fases en que se divide un ciclo, como pueden ser los cuatro momentos del día,
las cuatro fases de la luna, las cuatro estaciones del año o las cuatro edades
de la humanidad. Este signo es una cruz inscrita en un círculo que está en la
puerta principal de la iglesia de Fisterra y en esta pila bautismal de Santa
María de Cambre.
Es posible, pues, que fuera uno de tales
caballeros quien transportase la “Hidria de Jerusalén” hasta la iglesia
de Santa María del Temple o la de Cambre, preguntándose Villaamil al admirar su
aspecto si no habría sido construida así para honrar más dignamente la supuesta
reliquia evangélica. Ya que en una de las gruesas columnas de la capilla mayor
de la iglesia hay una inscripción que dice PETRUS EAN DEI MILES y que
tanto cruzados como templarios fueron calificados de Milites Christi en
documentos del siglo XII, puede que el Petrus Ean proclamado como “soldado
de Dios” en Cambre fuese uno de ellos. Sabemos que uno de los nietos del
conde Fernando Pérez de Traba se llamaba Pedreans. Además, el epígrafe
grabado atrás con FERNANDI, podría corresponder a su madre, Urraca
Fernández, quien en 1199 hizo a Cambre una donación ad opus, es decir, para la
construcción de su iglesia y otra Ad frayres templarios. Uno de sus
hijos, Gonçal Eanes, fue maestre de la Orden de Calatrava en 1218 y un nieto de
Pedreans fue freire de la Orden del Hospital.
Consta igualmente la firma de un tal Pedro
Annes como maestre del Templo en un documento de Tomar (Portugal) de 1223.
Vista la vinculación de la Casa de Traba con estas órdenes militares, se puede
aventurar alguna relación con el Petrus Ean de Cambre. De ser éste un
templario, podría haber adquirido la hidria en Jerusalén antes de su conquista
por Saladino en 1187 y haberla donado a esta iglesia, vinculada a su familia y
próxima a la del Temple.
Tanto el análisis hecho al polvo de la hidria,
como el estilístico aplicado a los relieves florales de su superficie, permiten
considerarla como parte de la producción del taller escultórico instalado junto
al Templo de Jerusalén tras la segunda cruzada. Sus integrantes aplicaron allí
soluciones decorativas –rosetas y tallos serpenteantes de inspiración clásica–
propias del románico provenzal y del Sur de Italia. Según Z. Jacoby dicho
taller estuvo activo en Jerusalén entre 1165 y 1187. De ser el conde de Traba
quien trajo la pieza a Cambre, habría que adelantar su cronología a 1153, fecha
del último viaje de Fernando Pérez a Jerusalén; de ser un caballero templario
–incluido el presunto Petrus Ean mencionado en la inscripción de la capilla
mayor–, podría retrasarse hasta el 1187. Su exótico origen hierosolimitano
bastaría para suponerla reliquia de Tierra Santa. Con el paso del tiempo, los
monjes y lugareños de Cambre confundieron el nombre de la ciudad con el del
lugar del primer milagro de Cristo, transformando la “Hidria de Jerusalén”
en una “Hidria de Caná” imaginaria: una más entre la treintena de ellas
que empezaron a venerarse como reliquias en Occidente –en Alemania (Reichenau,
Hildesheim, Magdeburgo, Quedlimburg, Colonia), Francia (Port Royal, Beauvais,
Saint-Denis de París) o España (Oviedo, Escorial, etc.)– a partir del siglo X.
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